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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Fundamentalismo ecologista

El último número del semanario dublinés Northside People abría la semana pasada con un titular en portada y a toda página que no dejaba lugar a dudas: Fear on the doorsteps (Miedo en la puerta de casa). Y no es para menos. Unos vecinos de una barriada dublinesa se enfrentaban a la justicia, en concreto a penas de hasta de diez años de prisión….por no reciclar la basura, es decir, por no hacer la preceptiva separación y entregar las bolsas a unos basureros informales.

La legislación medioambiental irlandesa es una de las más severas de Europa, más incluso que la que el gabinete rojiverde de Fischer y Schröder está implantando en Alemania. Y lo que es peor, por la cuenta que les trae, los irlandeses la cumplen a rajatabla, al menos de puertas para afuera. Los isleños tienen la obligación, por ley, de separar sus desperdicios domésticos en distintas categorías, a saber; cristal, papel y cartón, plástico, metal y residuos orgánicos para su posterior compostaje. Una vez separados en bolsas de diferente color han de depositarlos en el cubo correspondiente. En Alemania dicen con sorna que Los Verdes han convertido la casa de cada alemán en un basurero, en Irlanda han ido más lejos, cada casa irlandesa es, además de vertedero, una planta de tratamiento de residuos.

Un cuerpo especial de policía, la Waste Management Enforcement Unit, se encarga de velar por el cumplimento de la ley y de patrullar en busca del infractor. Las multas, según la Waste Management Act pueden elevarse hasta la impagable cifra de 10 millones -sí, ha leído bien, millones- de euros y hasta diez años de cárcel. Vista semejante y desproporcionada severidad sólo queda preguntarse cuál será la pena que la ley de aquel país contempla para los atracadores de bancos. Miedo da pensarlo.

Tal situación es el último extremo de una política auspiciada desde el Gobierno para hacer de Irlanda el país europeo de referencia en temas medioambientales. Hace dos años, la tierra de Joyce y Molly Malone se convirtió en el primer país del mundo en crear un impuesto para las bolsas de plástico. 15 céntimos de euro por unidad. Consecuentemente a las pocas semanas habían desaparecido de los supermercados y hoy, para comprar, hay que ir pertrechado de engorrosos carritos de ruedas o bolsas de tela. Nadie pensó ni en los fabricantes de las bolsas ni en los que las estampaban, ni naturalmente, en la comodidad de los usuarios.

El impuesto sobre las bolsas, la Plastic-bag tax, ha cosechado tal éxito que el titular de Medio Ambiente, Martín Cullen, está estudiando crear nuevos impuestos sobre el chicle, los paquetes de poli estireno en los que se sirven las hamburguesas o, y esto es insuperable, sobre los recibos de papel que emiten las cajas registradoras. Otra de las brillantes ideas del ministro, que ya está en funcionamiento en el condado de Dublín, es multar a los que el cubo de la basura les pese más de lo estipulado. Una vez más, la idea que guía al ministro es la de evitar que sus conciudadanos generen más basura de la que él cree necesaria. La weight-based garbage tax estará implantada en toda la isla en enero de 2005, a pesar de las críticas que ha suscitado entre amplios segmentos de una población hasta el gorro de tanto ecologismo ultramontano.

A pesar de los aires que el Gobierno irlandés se da por los foros internacionales, los resultados de su política medioambiental integrista están a la vista de cualquiera de visita en Dublín. La aceras de la ciudad están, literalmente, hechas una porquería y en las papeleras municipales no cabe un alfiler. El ciudadano corriente, antes que pagar por el peso de la lata de refresco o deshacer el paquete de tabaco en las tres partes que exige la Ley, prefiere dejarlo en la calle o, en el mejor de los casos, buscar una papelera. En el campo están proliferando los vertederos ilegales, y en las zonas costeras el mar se ha convertido en un basurero anónimo de excepción. La dueña de un Bed & Breakfast de Galway, en la apartada región de Connaught, me contaba la semana pasada cómo algunos vecinos aprovechan la noche para colar su basura en cubos ajenos. Todo con tal de no someterse al despotismo ecológico de mister Cullen.

El sueño del ministro de ver una Irlanda más verde de lo que ya de por sí es gracias al clima, se ve de este modo truncado por un sencillo principio; cuanto más estúpida es una ley menos se cumple. Por de pronto, la controvertida legislación de residuos ha conseguido el efecto contrario que buscaba. La basura es indudablemente un problema de las sociedades avanzadas, pero las medidas que están aplicando en Irlanda -y quizá pronto también aquí- más que solucionarlo lo agravan. Si el gobierno quiere que la población recicle no tiene más que potenciar el pago por residuos y no al revés. La parte de nuestros residuos que merece la pena reciclar, esto es, que es rentable devolver al ciclo productivo, tiene un precio. Nuestras botellas, latas o periódicos tienen un valor de mercado, ¿Por qué hemos de darlos gratis o, peor aún, pagar dos veces por ellos?

El odio al coche

La ministra Narbona ha anunciado una auténtica cruzada contra el coche, los conductores y todos aquellos que disfruten de las ventajas de esta bendición de nuestro tiempo. Se plantea limitar el acceso a las ciudades de más de 100.000 habitantes, reducir los límites de velocidad y quién sabe si hasta seguir el ejemplo francés y gravar aún más a los vehículos 4×4. Los motivos aducidos son tan variados como demagógicos: la reducción de la contaminación, la reducción de los accidentes y la reducción del gasto en gasolina.

La guerra contra el coche no es un producto de Kyoto ni del amor por la naturaleza en su estado más puro. Si así fuese, los ecologistas deberían de erigirle al coche un monumento en la plaza mayor de cada ciudad. Nuestras calles y ciudades eran auténticos estercoleros antes de la aparición del automóvil y volverán a estar llenas de excrementos animales si nuestros políticos se empeñan en castigar el uso de motores de explosión frente a alternativas tan bucólicas y sucias como la fuerza animal. La tremenda mejoría de nuestro medio ambiente más cercano gracias a la generalización del coche como medio de transporte es algo que raramente comentan quienes no ven más allá de su odio a la máquina.

El intervencionismo estatal con máscara de protección de la naturaleza también ha provocado en las últimas décadas la fabricación de coches más ligeros y, en general, menos seguros. Ahora quieren reducir la siniestralidad haciéndonos conducir a velocidades inferiores a 50 kilómetros por hora. Todos sabemos que si se reduce la velocidad máxima a 0 kilómetros por hora los accidentes de automóvil desaparecerán completamente. Ahora bien, si lo que interesa no es paralizar la circulación sino reducir las víctimas de los accidentes de tráfico, la ministra de medio ambiente debería de proponer en el próximo Consejo de Ministros un plan para la eliminación de los puntos negros o la privatización de las autopistas españolas.

Por otro lado, es todo un detalle que el gobierno se preocupe por si se nos ocurre gastar  en gasolina más de lo que nos conviene. Pero, con toda la sinceridad del mundo, la mayoría preferiríamos que Narbona tratase de aliviar nuestros gastos reduciendo o eliminando los impuestos que hacen de la gasolina, fuera del mercado libre, un verdadero bien de lujo. Hasta que ese gesto de infinita bondad y misericordia tenga lugar la gente es lo suficientemente mayorcita como para saber qué proporción de su salario le conviene gastar en la gasolina encarecida por un Estado fagocitador.

No nos dejemos engañar. Los socialistas siempre han odiado el coche, esa obra del espíritu emprendedor que logra que los individuos se desplacen independientemente, como auténticos reyes de las carreteras, en lugar de hacerlo en rebaño; que te permite elegir los horarios en vez de ponerte a la cola de una estación; que te deja escuchar una sinfonía en compañía de la familia o los amigos. Pero resulta una delatadora ironía que, habiendo sido el coche un objeto de odio tan desmedido, el coche oficial haya ejercido al mismo tiempo una fabulosa atracción entre los ministros socialistas de todos los partidos, incluida Cristina Narbona, socialista y ministra.

El caso Lomborg

Recientemente, un comité danés, hasta ahora desconocido en nuestro país, ha dictaminado que el libro de Bjon Lomborg The skeptical enviromentalist (El ecologista escéptico) es culpable de deshonestidad científica. Los científicos le critican en las revistas. Los activistas le tiran tartas y se muestran extraordinariamente orgullosos de su hazaña, que supongo guiada por una santa indignación. Pero, ¿quién es Bjon Lomborg y qué ha hecho para merecer esto?

Lomborg es un profesor universitario de estadística que se declara ecologista y cuenta que todo empezó cuando leyó una entrevista con el economista Julian Simon en la revista Wired. Su indignación ante la afirmación de éste de que ni los recursos se estaban agotando ni la superpoblación era un problema, le llevó a comprar sus libros y a pedir a los alumnos de su clase que buscaran posibles fallos en los planteamientos de Simon. La dificultad para encontrarlos le condujo a reconsiderar sus convicciones ante lo que él mismo denomina la “letanía”.

Una letanía que todos conocemos: Estamos acabando con el agua potable, con los combustibles fósiles, con los bosques, con la comida, con la pesca. Miles de especies desaparecen cada año. El agua y el aire están cada vez más contaminados. La tierra se calienta. El desastre es inminente, etc. El pecado de Lomborg ha sido estudiar cada uno de estos temas y llegar a la conclusión de que no es para tanto. Y lo ha hecho empleando las estadísticas más oficiales disponibles, las de la ONU, la FAO, el Banco Mundial, la EPA, la OMC, el IPCC… es decir, exactamente las mismas que emplean los ecologistas como soporte de sus temores.

Lo peor para el pensamiento único oficial ha sido observar cómo el profesor danés destruía a algunos de sus más santos patrones empleando, exactamente, los mismos datos que ellos. Pese a los esfuerzos, en todo este tiempo sólo han logrado encontrar en su libro menos de una decena de errores menores que no alteran las conclusiones generales. Normalmente, Lomborg se muestra educado con los posibles errores ajenos, aunque en ocasiones parezca costarle un mundo. Es probable que hayan oído en más de una ocasión la cifra de 40.000 especies extintas cada año. Pues bien, esa cifra fue inventada por un científico llamado Myers sin aportar evidencia alguna y repetida desde entonces como la verdad absoluta. Es cuando descubre cosas como ésta cuando a nuestro autor le tiembla la pluma de indignación.

Porque, de hecho, a lo largo de todo el libro, Lomborg se muestra como un ecologista de izquierdas. Su obsesión consiste en averiguar dónde podrían ser mejor empleados nuestros recursos públicos, si en los objetivos imprescindibles de Greenpeace o en reducir el hambre. Negando la realidad de algunas quejas, y poniendo otras en su justo lugar, llega a la conclusión de que el hambre parece un objetivo más razonable en el que invertir nuestros esfuerzos. Indignante.

Posiblemente, el episodio más vergonzoso de la manipulación a la que Lomborg se ha visto sometido es la actuación de la revista Scientific American. Bajo el pretencioso título de “La ciencia se defiende del ecologista escéptico” –que ya presupone que el libro es un ataque a la ciencia y, por tanto, ha de ser falso– la revista dedicó once páginas de su número de enero de 2001 a criticar al danés, escogiendo a cuatro científicos de conocida actitud ecologista. Meses más tarde tuvieron la deferencia de dejarle una página para contestar, pero a cambio le prohibieron publicar su crítica completa en su página web, pues consideraron que violaba sus derechos de autor. Todo sea por la ciencia.

Pues bien, el consorcio danés lo que ha hecho ha sido resumir en 6 las 11 páginas del Scientific American, dándolas por verdaderas sin examen alguno, reduciendo la amplia respuesta de Lomborg (unas 35 páginas) a línea y media. De ahí extrae su dictamen. Lo cual nos lleva a la pregunta clave, ¿quién es realmente el “científicamente deshonesto”?

Desarrollo insostenible

Un sistema capitalista de mercado libre produce siempre un desarrollo sostenible. Los recursos naturales se utilizan si es económicamente viable hacerlo. Cuando un recurso escasea su precio tiende a incrementarse, lo cual puede conducir, según cómo evolucione su demanda, a que se dediquen más medios para su obtención, a que se utilice de forma más eficiente sólo para los fines más valiosos o a que se abandone su uso y sea sustituido por otras alternativas más competitivas.

La acumulación de capital y el desarrollo continuo de las tecnologías de producción incrementan la eficiencia y la productividad del trabajo humano y liberan a las personas de la dependencia de los a menudo imprevisibles ciclos naturales de regeneración. El hombre no sólo consume como un parásito o depredador, sino que contribuye de forma activa a la generación de vida. Más población humana no significa necesariamente más problemas.

En una sociedad auténticamente libre los residuos, basuras y todo tipo de sustancias tóxicas indeseables son tratadas de forma adecuada para no agredir a los demás. No se trata de que el que contamine pague al estado (el cual permite que unos vean deterioradas sus condiciones de vida para beneficio de otros), sino de que nadie pueda violar impunemente la propiedad ajena. Una sociedad inteligente utiliza el conocimiento científico de forma crítica y consciente, sin dejarse alarmar por agoreros catastrofistas.

El desarrollo es insostenible cuando es manipulado de forma coactiva por políticos demagogos y burócratas aferrados a sus privilegios. Los problemas del mundo actual se deben a los obstáculos estatales a la legítima asignación de derechos de propiedad y al funcionamiento de los mercados. Los aranceles y los subsidios proteccionistas (agricultura, industria siderúrgica, maderera, textil, etc.) sirven para mantener trabajadores ineficientes y actividades no competitivas (es decir, no sostenibles), beneficiando a unos pocos a costa de muchos.

El uso del agua potable, hace tiempo un recurso prácticamente inagotable, debe racionalizarse privatizando su control y permitiendo su compraventa a precios de mercado. Es absurdo que los agricultores obtengan agua a precios irrisorios mientras que algunas personas sufren restricciones para su consumo. Depender de la lluvia es arriesgado, como demuestran las sequías, y la desalinización del agua marina es a menudo una alternativa económica. Las instituciones públicas gestoras de recursos hídricos despilfarran el agua de forma sistemática, pero el estado aún tiene la desfachatez y la estulticia de pedir a los ciudadanos que ahorren agua cuando no pagan apenas nada por ella. Los precios de mercado son señales e incentivos adecuados para el uso eficiente de cualquier bien, pero los colectivistas en el poder se niegan a aceptarlo, porque va en contra de sus ideas absurdas y les quita su poder de decisión en nombre de los demás.

Los recursos pesqueros se agotan porque no se aplican los derechos de propiedad. Los seres humanos ya no son mayoritariamente cazadores y recolectores, sino ganaderos y agricultores. Lo mismo debe hacerse con los recursos marinos.

Las fuentes de energía a disposición de los seres humanos son variadas y abundantes. La contaminación real debe evitarse, pero es absurdo confundir gases de efecto invernadero (que tienen efectos aún no bien conocidos sobre el clima) con gases contaminantes, tóxicos para los seres humanos. Es irresponsable condenar a millones de personas a la pobreza por falacias ampliamente divulgadas como un presunto calentamiento global que es más mito que realidad. En cualquier caso el mercado libre, creativo y adaptativo, es la mejor respuesta ante los cambios en las condiciones de la naturaleza.

La ciencia económica muestra un problema más, de carácter extremadamente importante y fundamental, para que el desarrollo sea sostenible. Mientras que sean los estados quienes manejen el dinero y el crédito, la manipulación artificial de los tipos de interés confundirá a ahorradores, inversores y empresarios, comenzando proyectos que a la larga no serán sostenibles por falta de rentabilidad, lo cual llevará a crisis generalizadas, liquidaciones, pérdidas y desempleo: el ciclo económico, del cual se suele culpar de forma errónea a la irracionalidad de los mercados. Las causas del ciclo económico son conocidas por los auténticos economistas, pero los políticos, deshonestos e ignorantes, nunca harán caso: el poder de la emisión de moneda a cambio de nada es gigantesco y no es fácil renunciar a él.

Salvar al planeta… del ecologismo

Los ecologistas ya lo han conseguido. Me refiero a la práctica conquista de las mentes de la mayoría de una ciudadanía (derecha, centro, izquierda) totalmente desprevenida. Escribía Antonio Gramsci, el ideólogo marxista que desarrolló como nadie la doctrina expansiva del leninismo para la infiltración y la conquista de las sociedades occidentales, que "toda revolución política ha sido precedida por un trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos, al principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día sus problemas cotidianos" (Socialismo y cultura, publicado el 21 de enero de 1916). Gramsci a continuación, se dedicó a idear las claves estratégicas para la elaboración de esa nueva cultura: la "educación de masas" se debería llevar a cabo mediante un intenso trabajo de propaganda-"educación". La lucha por la sociedad civil apunta a apoderarse uno tras otro de los instrumentos de difusión de ideología –escuelas, medios de comunicación y prensa, casas editoriales, etc.– así como de los productores de ideología: los intelectuales. Justo lo que han hecho los ecologistas. Pregúntele a su niño por lo qué le enseñan en el colegio, encienda la televisión, visite las librerías…

Es verdad que los ecologistas tenían más difícil que los leninistas, conseguir el cambio a su paradigma cultural. No es fácil vender la idea de que el desarrollo industrial y económico –que ha hecho que hoy día trabajemos ocho horas diarias con dos días de descanso semanales y un mes de vacaciones, en vez de hacerlo de sol a sol por un puñado de arroz, teniendo comodidades impensables para los faraones del antiguo Egipto y con una esperanza de vida que ha aumentado más de treinta años en el último siglo, etc.– sea en realidad el envenenamiento del medioambiente. Sin embargo, lo han hecho. Hoy se deja sin agua potable a poblaciones enteras durante meses para permitir que un par de águilas puedan seguir anidando cada año, o se considera que disparar contra un lagarto es algo éticamente mucho más terrible que el aborto o la esterilización forzosa, que parecen ser por contra, grandes conquistas sociales.

Menos fácil de vender aún era el desvarío humanofóbico de que el hombre es un virus para la Tierra. Tengo delante un panfleto de Greenpece titulado "Paraíso perdido – Cuenta atrás para la Destrucción" en el que se lee: "El Hombre moderno ha multiplicado a sus miembros a proporciones de plaga, saqueando al planeta en busca de combustible y ahora se yergue como una bestial criatura regodeándose". También han logrado vender eso. Pese a lo que pudiéramos creer algunos reaccionarios, la Naturaleza jamás ha sido un lugar hostil a conquistar y dominar. No, "Gaia sólo reacciona frente a las agresiones del ser humano". El ideólogo antiglobalización John Zerzan ya lo ha adelantado. El Hombre de Cromagnon vivía en armonía y paz. Los males comenzaron al tratar de modificar el entorno. Ni construir casas, ni hacer carreteras. Ni utilizar raticidas, ni drenar los pantanos. Ni encauzar los ríos, ni construir embalses. ¿Lo bueno? Vivir en cuevas, respetar las selvas, convivir con las ratas y los mosquitos de la malaria y soportar las riadas y las sequías. Merece la pena si con ello salvamos al sapo de manchas verdes.

¿Que estoy exagerando? Hace dos semanas se produjeron fuertes riadas en Centroeuropa. Un fenómeno natural más o menos periódico, como coincidieron en señalar prácticamente todos los climatólogos serios consultados. El sentido común dice que sólo la industrialización y el desarrollo permiten hacer frente a este tipo de calamidades. Pedir sentido común es demasiado a estas alturas. Para los medios de comunicación oportunamente infiltrados estábamos, por contra, ante este fenómeno por primera vez en la Historia de la Tierra. La causa por supuesto era la acción del hombre, según nos "explicaba" algún "experto" de Greenpeace. Algo por otra parte habitual. Antes de la caída del comunismo siempre teníamos que escuchar las manifestaciones de la agencia soviética TASS, ahora las hemos sustituido por la pertinente declaración de Greenpeaece. La conocida táctica de manejar la culpa y el miedo de la gente para acumular poder para sí mismos, continuaba su curso. Recuerdo que Steven Schneider ya lanzó esa consigna hace tiempo. Achacar cualquier catástrofe natural al hipotético cambio climático supuestamente provocado por la acción del hombre. Así se trata de llevar a la gente a creer que las catástrofes naturales no existen y que el capitalismo está detrás de todos los males, sequías, inundaciones y terremotos incluidos.

William Dodd uno de los directores de la firma de consultores Craver, Mathews, Smith & Cia., encargada de recaudar fondos para grupos ecologistas, daba el siguiente consejo: "Se necesita un sentido de la urgencia y se necesita un enemigo. La exageración funciona. En realidad es lo único que funciona".

Esta semana, los gobiernos mundiales discuten con toda seriedad la "solución" consecuente que proponen los ecologistas: caminar hacia el genocidio (no se me ocurre otro nombre para la natural consecuencia de abogar por reducir el "impacto" de la especie humana sobre el planeta). Sólo los EE.UU. parecen mantener cierta sensatez, negándose a participar en semejante farsa. Claro que para Antena 3 los "mayores envenenadores del Planeta" muestran una vez más su carácter indeseable. A esos "envenenadores" sólo les debemos el 40% de la riqueza que se crea anualmente en el mundo o más del 65% de los avances tecnológicos del último siglo. Sin duda, habríamos estado mejor sin la luz eléctrica, el magnetófono, el teléfono –el fijo y el móvil–, el avión, la televisión, la fotocopiadora, internet y tantas y tantas cosas. Si tenemos en cuenta que el aire que allí se respira es más limpio cada año, según las estadísticas de la propia EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente), tráiganme muchos de esos envenenadores.

En verdad, sí que es necesario salvar al planeta… de los ecologistas.

Los ordenadores no predicen el calentamiento

Las noticias sobre el calentamiento global o cambio climático, como gusta llamarlo ahora, me asombran por el enorme convencimiento de los periodistas de la verdad de las opiniones ecologistas. Se da por sentado su existencia en los titulares, pese a que los científicos consultados se muestras más cautos, negando categóricamente en algunos casos ninguna relación entre ese supuesto cambio del clima y las inundaciones recientes en el centro de Europa.

En realidad, la teoría del calentamiento no podría pasar por la prueba del algodón de la ciencia, el falsacionismo popperiano. Dicho de otra manera, según los ecologistas, el calentamiento existe sin lugar a dudas y todas las pruebas lo corroboran, aún cuando suenen contradictorias entre sí. Tanto si hay sequía como inundaciones, tanto si hace frío como calor, la culpa es siempre del calentamiento. Sólo se aceptan las mediciones de temperatura que corroboran la tesis, se escogen los rangos temporales que muestran ese incremento, despreciando otros más amplios que parecen contradecirlo. Y así podríamos seguir durante páginas y más páginas.

Pero lo que más me irrita como informático es que se aluda como sustento teórico los modelos de clima simulados por computadora. De hecho, la causa de la alarma son los resultados de las predicciones de dichos modelos. Y no sé por qué razón, generalmente se aceptan esas conclusiones como verdad casi absoluta y eterna.

Los ordenadores no piensan solos. Lo único que realizan son cálculos a partir de los datos suministrados por el hombre con fórmulas matemáticas creadas por el hombre. Si los datos son erróneos o incompletos o las matemáticas no reflejan correctamente el modelo a simular (en este caso, el clima), los resultados fallan, por muy potente que sea la computadora. Por ello, los expertos procuran comparar los resultados de la aplicación de esos modelos matemáticos con los datos que poseen.

Hasta ahora no se ha encontrado ningún modelo que refleje adecuadamente los datos. Y es normal, pues resulta enormemente complicado reflejar todos los factores que afectan al clima. Y, entre ellos, los relacionados con el “efecto invernadero”. Se olvida con frecuencia que el 98 por ciento de los gases que lo provocan es vapor de agua. El CO2 es un porcentaje minúsculo. Su incidencia en el clima depende casi más que de él mismo, de las interacciones con los demás gases, especialmente con el vapor de agua.

El modelo que se emplea actualmente para crear la alarma predice que doblar la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera subiría cuatro grados la temperatura de la misma. Los ordenadores así programados ofrecen, por supuesto, panoramas desoladores a pocos años vista. Sin embargo, se oculta cuidadosamente que en los últimos cincuenta años, con un incremento del CO2 de alrededor del 50%, la temperatura ha subido menos de medio grado, cuando debería haber subido dos.

Desconfíen de los científicos que muestren como prueba de sus teorías resultados ofrecidos por computadoras. Estas complicadas calculadoras sólo ofrecen aquello que se les ha programado para ofrecer, según las premisas y los datos que se les introducen. Es la realidad la que nos permite aceptar o falsar esos resultados. No son, pues, las máquinas las que predicen el calentamiento, sino quienes las programan. Ustedes sabrán si se fían de ellos o no.

La Antártida se enfría y los verdes se calientan

Stephen Schneider, profesor de Biología en Stanford, señalaba en 1992 que “hay una tendencia hacia el enfriamiento global, quizá cercana a una pequeña era glacial”, y parece que entonces se estaba acercando un poco más a la verdad de lo que está haciendo actualmente al defender todo lo contrario.

Dave Foreman, fundador de Earth First! un grupo ecologista radical, por su parte, empuñando la espada del enfriamiento decía en 1993 que “Una nueva época glaciar está a punto de llegar y yo la recibo como un cambio necesario. No encuentro solución alguna a la destrucción de la tierra que no pase por una drástica reducción de la población humana”. Actualmente es de los que daría su alma por el Protocolo de Kyoto pero no por el género humano.

La verdad es que este artículo es un réquiem a los pobres ecologistas, que tanto tiempo llevan advirtiendo que el planeta se calienta, cuando en realidad ahora se sabe que la Antártida se enfría. El estudio de la National Science Foundation’s McMurdo Dry Valleys Long-term Ecological Research demuestra cómo, entre 1986 y el año 2000, el enfriamiento ha sido de 1,23 grados Fahrenheit.

Tampoco es de extrañar que los modelos climáticos en que se apoyan el Proyecto de Kyoto y los ecologistas en general sólo tuvieran en cuenta una península del Antártico cuando algunos de los más “brillantes ecologistas” dicen cosas como estas: “Es necesario implementar un tratado climático a escala global incluso si no hay evidencia científica que apoye el efecto invernadero” (Richard Benedick presidente del National Institute for the Environment).

Conviene recordar que las conclusiones de los modelos climáticos señalaban que las regiones polares serían las primeras en sufrir el calentamiento de la tierra por el incremento de las emisiones de gases que producen el efecto invernadero. Sin embargo, está sucediendo lo contrario.

Tal y como Richard Lindzen ha apuntado en la revista Geophysical Research Letters de 26 de Junio de 2002: “los datos obtenidos de mediciones de la superficie de la tierra sugieren la existencia de una calentamiento de alrededor de 0,25 grados centígrados mientras que los satélites demuestran que no ha habido incremento significativo alguno”

¡Desconfíen de los apocalípticos… se equivocan tanto!

La agricultura social

Lo "social": pocas palabras hay tan hermosas en su realidad y a la vez tan repugnantemente distorsionadas en el actual lenguaje políticamente correcto. Su significado auténtico y valioso está en lo referente a la sociedad, al orden espontáneo de relaciones libres y enriquecedoras entre múltiples seres humanos. Pero los colectivistas la utilizan como excusa para perpetrar todo tipo de agresiones políticas que en realidad son antisociales. Para pervertir un concepto basta con adjetivarlo como "social": justicia social, derechos sociales, economía social de mercado, socialdemocracia, seguridad social.

Y ahora agricultura social. Los gobernantes de la Unión Europea y unos cuantos países más de la Organización Mundial de Comercio se niegan a eliminar los subsidios a sus agricultores y las barreras proteccionistas a los productos agrícolas del Tercer Mundo. En realidad lo hacen porque temen las consecuencias: movilizaciones violentas, deterioro de su imagen pública y posible pérdida de votos. La penosa excusa es que la agricultura tiene "carácter social, cultural y medio ambiental, por lo que no puede ser tratada como cualquiera otra industria". Pero ¿existe alguna actividad económica que no tenga carácter social? Lo de cultural no sorprende, ya que es otra de las palabrejas que sirven para pseudojustificar cualquier cosa en esta lamentable Europa nuestra, tan gastronómicamente culta y a la vez tan necia. Y lo medioambiental está en boga en todo el mundo. Todo con tal de evitar el mercado libre, el riesgo, la incertidumbre, la responsabilidad y la competencia.

Un porcentaje ínfimo de trabajadores políticamente organizados se llevan la parte del león del presupuesto de la UE. El agricultor no produce para el intercambio y el consumo ajeno: produce para la subvención. Si el último mohicano era un héroe admirable, los últimos agricultores europeos son unos parásitos sin escrúpulos. Especialmente nuestros vecinos franceses, los vándalos quemadores de camiones representados por ese cínico indeseable que es José Bové. Creen tener derecho a mantener su ineficiente e incompetente modo de vida a costa de los demás. Sobre todo a costa de mantener en la pobreza a los países menos desarrollados. A ver si se dignan a cambiar de profesión o a ejercerla respetando la libertad ajena.

Es posible que algunos agricultores europeos sean honestos y quieran librarse del intervencionismo político, pero deben estar muy bien escondidos. Pocas cosas hay tan absurdas para el desarrollo económico como destruir alimentos, imponer cuotas máximas de producción, eliminar cultivos o prohibir intercambios comerciales. La Política Agraria Común es un gigantesco disparate, pero ahí sigue. De momento la OMC parece impotente frente a la agricultura "social". ¿O será socialista?

Bravo por Australia

Hace unos días el Gobierno australiano anunció su intención de no ratificar el Protocolo de Kyoto. Rusia ya había hecho lo propio poco tiempo antes, siguiendo el ejemplo inicial de los EEUU. Si Japón se suma también, el Protocolo será historia. Es decir, el número de países que sigue abandonando dicho engendro continúa creciendo imparablemente, de lo cual nos congratulamos. Destruir el tejido industrial que tanto tiempo y esfuerzo ha costado acumular y que sirve para garantizar la prosperidad de miles de millones de personas, no es precisamente “pecata minuta”. Hacerlo en base a un fantasma pseudo-científico es sencillamente demencial.

En una columna anterior resaltábamos el hecho de que, los que hace veinticinco años decían que el peligro era una nueva era glacial, ahora nos sacaban el espectro inverso. Mi buen amigo Thomas Sowell repasaba hace poco las hemerotecas. En el número de la revista Science del 1 de marzo de 1975 y en base a un informe de la National Academy of Sciences (Academia Nacional de Ciencias) se concluía que “una nueva era glacial es una posibilidad real”. En el Newsweek de 28 de abril de 1975 “el clima de la Tierra parece estar enfriándose”. Según el número de Science Digest de febrero de 1973, “una vez que se inicie la congelación, ya será demasiado tarde para actuar”. Si les suena este histerismo, las medidas que se proponían para “salvar la Tierra” les sonaran aún más. Efectivamente, el crecimiento cero y la Contrarrevolución Industrial.

Todo esto no es de extrañar. Uno de los más conspicuos ecologistas pseudo-científicos, el americano Stephen Schneider advertía así a sus correligionarios según cita reproducida en el libro Trashing the Planet. “Tenemos que presentar escenarios que asusten, hacer declaraciones sencillas y dramáticas y hacer escasa mención de cualquier duda que podamos tener. Cada uno de nosotros tiene que decidir sobre el equilibrio posible entre ser efectivo y ser honesto”. Curiosamente el propio Schneider participó junto a Paul Ehrlich en uno de los mayores ridículos que la “ciencia ecologista” ha sufrido nunca: la apuesta cruzada con Julian L. Simon a principios de los 80. Simon ganó fácilmente la contienda pues, los recursos naturales lejos de agotarse en las próximas décadas como aventuraban todos los “expertos”, han venido siendo cada vez más económicos en términos de ingreso per capita para prácticamente cualquier ciudadano del mundo. A este respecto, recomiendo vivamente el magnífico resumen que de dicha controversia, puede encontrarse en el próximo número de la Ilustración Liberal firmado por Antonio Mascaró Rotger.

Algún lector me ha reprochado desconocimientos científicos en el asunto. Es verdad que no soy climatólogo, sino economista y desde esa perspectiva creo mi deber informar a la ciudadanía cuando una determinada política trata de destruir las fuentes de la riqueza que nos sustentan. Pero cuando numerosos climatólogos —no sólo norteamericanos: David Linzen del MIT, Fred Singer; Patrick Michaels del Cato Institute, James K. Glassman del Harvard-Smitsonians Center etc., sino también alemanes como los autores del libro Klimatfakten que han sido víctimas de vetos políticos en Baja Sajonia— denuncian manipulaciones políticas en los congresos de académicos, inconsistencias científicas, resultados contradictorios, múltiples teorías alternativas plausibles y sobre todo escaso desarrollo de la Ciencia del Clima y el hecho de que la cuestión del calentamiento no es perentoria ni siquiera en el peor de los escenarios posibles, aplaudir esta nueva forma de ludismo es sencillamente una irresponsabilidad.

Más tonterías ecologistas

Enrabietados contra los EE.UU. por no haberse plegado al carísimo y absurdo programa energético establecido en el Protocolo de Kioto, los ecologistas han desencadenado una de sus habituales campañas de desinformación e intoxicación ciudadana. Según ellos, los EE.UU. estarían haciendo “dumping contaminante”. Sus empresas se estarían beneficiando de la energía más barata a costa de incrementar la polución del planeta. Las compañías establecidas en el resto de países “solidarios” —léase los gobiernos borreguiles que servilmente obedecen los dictados de Greenpeace—, se verían de este modo incapaces de competir adecuadamente. Ante tanta necedad conviene hacer algunas puntualizaciones.

Primero. Es falso que los EE.UU. estén contaminando el planeta. Las mediciones sobre contaminantes en al aire que anualmente realiza la EPA —la Agencia Norteamericana de Protección del Medio Ambiente—, muestran una continua e ininterrumpida mejoría en la calidad del aire. De hecho, el economista judío americano Julian L. Simon mantuvo hasta su muerte en 1998, la siguiente propuesta: “Apostaré el salario semanal o mensual a que cualquier tendencia medioambiental y económica perteneciente al bienestar material básico humano (…) mostrará mejoría a largo plazo en lugar de empeorar (Simon, The Last Resource, 1996, p.36). Usted elija la tendencia —tal vez, la tasa de mortalidad, el precio de un recurso natural, alguna medida de polución o contaminación del agua o el número de teléfonos por habitante— y elija usted el área del mundo y el año futuro con que deba establecerse la comparación. Si yo gano, mi premio irá a investigaciones no lucrativas”. Respecto a la calidad del aire en particular, Simon proponía una apuesta sobre los contaminantes que los residentes de EE.UU. respiran. Es difícil comprender cómo los EE.UU. están ensuciando el planeta si el aire que ellos respiran es cada vez mejor. Por supuesto, los ecologistas no han aceptado jamás esta apuesta. Aunque muy dispuestos a jugar alegremente con la el patrimonio de los demás, estos señores no arriesgan el suyo propio.

Segundo. Es verdad que los productores americanos se benefician de una energía más barata. Pero, lejos de ser algo perjudicial, tal situación es beneficiosa no sólo para los americanos, sino también para el resto de habitantes del planeta. De este modo, todos tenemos acceso a productos más económicos. Si producir y vender barato significase empobrecer al resto del mundo, mañana mismo habría que ordenar dinamitar todas las factorías y destruir las máquinas. También convendría como decía el insigne economista francés Frederic Bastiat, tapiar todas las ventanas y tragaluces con el fin evitar la desleal y agresiva competencia que ejerce el sol contra los eventuales fabricantes de bombillas, candelas y electricidad. El sol regala una luz que a él nada le cuesta producir.

De toda esta necedad, sólo hay un punto cierto: los países que aplican el Protocolo de Kioto lo hacen a costa de sus empleos y de la prosperidad de sus empresas. Al dejar inservible parte de su equipo capital, rebajan su productividad y por tanto su capacidad para pagar buenos salarios. Todo en aras de un ruinoso espantajo científicamente insostenible. Si se obliga a otros países menos estúpidos a hacer lo mismo, la situación general lejos de mejorar, se va a agravar considerablemente.