La arcaica nueva ley del suelo de Madrid
Se trata de una ley continuista en su intervencionismo y que no afronta el futuro desde la perspectiva que los nuevos retos tecnológicos y empresariales requieren.
Se trata de una ley continuista en su intervencionismo y que no afronta el futuro desde la perspectiva que los nuevos retos tecnológicos y empresariales requieren.
El crecimiento no es estimulado por las necesidades sino por la libertad de los empresarios para detectarlas y poder emplear recursos para satisfacerlas: nada de esto queda facilitado por la subida de impuestos que propone Stiglitz.
El empleo depende de la productividad y los costes, y es absurdo sostener que se fomenta el empleo encareciendo las mercancías.
La idea de reformar la Unión Europea sacando a Alemania (principal aporte de fondos al BCE y motor de Europa) y extendiendo las políticas sociales es muy peligrosa.
La mejor solución pasa por avanzar hacia una supervisión que emerja del propio mercado y no que venga caprichosamente impuesta por el no supervisado Estado.
El poder de negociación de los trabajadores no puede venir de la imposición de leyes que hacen rígido el mercado laboral.
Repitamos con Hazlitt: hay que mirar lo que pasa con todos los grupos y a todos los plazos.
La idea de que tomar medidas ahora salva a los contribuyentes presentes y futuros es falsa.
No necesitamos más regulación con idénticos privilegios, sino menos privilegios y más autorregulación financiera no falseada por prebendas políticas.
Sin la intervención de empresarios o ingenieros sociales con ideas geniales ni políticos que las lleven a la práctica, el tiempo de ocio no ha dejado de ampliarse en las economías de base capitalista.