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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Clásicos Populares

Fernando no ha adoptado ese tono fúnebre que se gastan en Radio 2, que bien parece que los locutores, en vez de dar paso a una genial creación humana parece que vayan a dar la peor de las noticias. No, Argenta, con su inseparable Araceli, ha hablado con pasión de la música y ha tratado con total naturalidad tanto al oyente como al "viejo peluca" o al "sordo genial".

No es que los nuevos responsables de la empresa pública hayan cambiado de criterio sobre lo que debe ocupar esa franja horaria en la primera cadena pública de radio. Es, simplemente, que Argenta tiene más de 58 años y, en consecuencia, entra en el plan de adelgazamiento de la pública emisora.

La noticia es penosa, como feliz ha sido la noticia diaria de su emisión, y especialmente por un período tan prolongado. No es que esté yo en contra de su plan de despidos, ya que los medios públicos los hacía yo adelgazar hasta cerrarlos por completo.

Pero Clásicos Populares es el gran contraejemplo de la realidad precisamente de estos medios públicos. La razón de ser de ellos es la de voceros del poder de turno. Por un lado se justifica su existencia simplemente uniendo las palabras "servicio público", pero la realidad es que el mismo día en que una ley prohibiese la emisión de contenidos informativos en los medios públicos, iban a anunciar su cierre inmediato. Hay muchos grupos, muy voraces, deseando llevarse los pastizales que Gobierno y Comunidades Autónomas se dejan en sus órganos de propaganda, y si no pudiesen seguir utilizándolos preferirían destinar ese mismo dinero a satisfacer a clientelas políticas.

Los medios públicos imitan a los privados en las fórmulas que dan dinero y se justifican aludiendo a su necesidad de sobrevivir económicamente. Pero ni compitiendo deslealmente con los medios privados ni poniendo al servicio del político de turno millones y millones de euros tienen viabilidas económica los TVE o canal autonómico de turno.

El programa de Argenta, que a nadie molestaba, era una buena excusa para el mantenimiento de la siempre Radio Nacional de España. Se ha esfumado ya, y muchos la echaramos de menos.

Derechos y prohibiciones

Resulta paradójico que aquellos que pretenden proteger a la infancia de los males de la sociedad, los que se presentan como paladines de sus derechos más fundamentales, sean los primeros que la usen para intentar implantar su particular modelo moral. Organizaciones de lo más variopinto suelen dirigirse a las autoridades para protestar por múltiples situaciones que afectan a ciertos colectivos. Cualquiera que tenga hijos, sobre todo si estos son aún muy pequeños, es especialmente sensible a las campañas que periódicamente se realizan para adecuar los programas de televisión que se emiten en determinadas horas a ciertos códigos morales. El problema no es que estos códigos sean más o menos conservadores o progresistas, sino que terminen conformando una moral pública que se imponga a aquellos que no la deseen.

No es extraño que este tipo de peticiones tengan buen recibimiento entre las autoridades. El político observa estas quejas como una oportunidad perfecta para legislar, para hacer ingeniería social, en especial aquellas que se adecuan a su ideología o sus objetivos. Las campañas contra el tabaco, contra la anorexia o contra la obesidad son algunos ejemplos de por donde nos hemos movido durante los últimos años. El resultado ha sido una legislación que limita las tallas de la ropa, que impide fumar incluso en recintos privados y que impone una estricta normativa a la fast food. Y toda la propaganda, toda la morralla que acompaña a cada una de estas decisiones políticas va acompañada de justificaciones en forma de derechos (salud, educación, cultura, etc.) que se convierten en pasos previos a la prohibición.

Que nadie piense que mi intención es censurar este tipo de quejas ya sean particulares o colectivas. Los padres pueden y deben pedir a las televisiones que varíen sus contenidos de forma que sus niños puedan encender la televisión sin encontrar situaciones que vayan contra la moral que se pretende transmitir. Desde luego que se puede pedir a los diseñadores de moda que no paseen modelos escuálidas por las pasarelas. También se puede exigir que las hamburgueserías usen ingredientes más sanos, según el baremo de lo políticamente correcto. De la misma manera, empresas, diseñadores y televisiones pueden o no ser sensibles a estas quejas y tomar o no medidas en este sentido. Al fin y al cabo, la clientela les puede ir en ello.

En todo este asunto suele brillar por su ausencia un elemento indispensable: la responsabilidad individual. No es necesario acudir al mandamás para solucionar situaciones comprometidas. Los primeros y únicos que deben evitar que sus hijos vean programas subidos de tono, que jueguen a videojuegos violentos, que coman lo adecuado o que tengan amistades en las que se pueda confiar son los padres y tutores, y nadie más. El hecho de que no siempre sea fácil no es una excusa, es simplemente una justificación de su propia irresponsabilidad. Lo más cómodo es, desde luego, que otro haga el trabajo difícil, y si el elegido es el Estado, entonces debemos estar seguros de algunas cosas, que el objetivo no se terminará de cumplir nunca, que aquellos a los que queremos proteger nunca estarán protegidos, que en el peor de los casos habremos creado una generación de irresponsables que estarán al servicio de los políticos de turno y que el legislador honesto de hoy puede convertirse en inmoral mañana. No dirijamos nuestras quejas hacia los gobiernos porque un día de estos podremos ver como se han prohibido hasta los "Kinder Sorpresa". Todo sea por los niños.

Los contribuyentes acuden al rescate de las inmobiliarias

En un momento de crisis económica como es el actual, muchos ciudadanos contemplan boquiabiertos el desesperado intento del Gobierno por tratar de rescatar a las empresas que se ven abocadas a la quiebra, en concreto aquellas que pertenecen al sector de la construcción. No deberían extrañarse tanto. A poco que conozcan cómo funciona en realidad el negocio inmobiliario en España, se percatarían de inmediato que la corrupción y el pago de favores son los ejes esenciales que dominan las relaciones existentes entres promotores y autoridades locales, autonómicas e, incluso, estatales.

El elevado grado de intervencionismo público que reina en el ámbito urbanístico es la causa esencial de la podredumbre y el mal olor que desprenden los lazos político-inmobiliarios en este país. Y es que, todo proyecto, obra pública, edificio residencial o reforma inmobiliaria ha de pasar, obligatoriamente, por el despacho administrativo de turno. Es decir, por la aprobación de la autoridad política pertinente.

Tras más de diez años de crecimiento exponencial, el negocio del ladrillo en España ha generado suculentos beneficios económicos para ambas partes. Los promotores se han enriquecido hasta niveles exorbitantes gracias a la burbuja inmobiliaria, al tiempo que los ayuntamientos y los gobiernos regionales se frotaban las manos viendo el caudal de ingresos fiscales proveniente de la venta, transmisión y construcción de pisos y suelo (tanto urbano como rural).

Y eso ciñéndonos exclusivamente a la vía legal. Es decir, sin contar los sobres y maletines que se intercambiaban diariamente en el seno de los despachos públicos, a cambio del ansiado permiso o concesión que permitiera la recalificación de un terreno que, hasta ese momento, tan sólo podía emplearse a modo de patatal.

Sin embargo, la fiesta del ladrillo ha llegado a su fin tras el pinchazo de la burbuja crediticia. El sector de la construcción se derrumba a nuestro alrededor. Ante esto, la Administración Pública ha acudido al SOS lanzado por el sector aprobando todo un paquete de medidas destinadas a rescatar a sus socios y amigos. Sin embargo, será usted quien, finalmente, pague la factura de este particular Plan Marshall made in Spain.

En este sentido, la Administración Central prevé inyectar, por el momento, cerca de 25.000 millones de euros (2,5 por ciento del PIB) en el mercado residencial, a través de avales crediticios otorgados por el Instituto de Crédito Oficial (ICO), para la concesión de hipotecas destinadas a VPO y préstamos a los promotores de vivienda protegida. A ello, se suman, como mínimo, otros 12.000 millones de euros extra para impulsar obra pública.

Y ello, sin contar los planes específicos de rescate que han puesto en marcha la mayoría de gobiernos regionales. El último caso es el de Castilla-La Mancha. En concreto, la Junta se ha comprometido a comprar el stock de pisos que acumulan las inmobiliarias que no sean vendidas antes de un año. Tal barbaridad se traducirá, sin duda, en un abultado coste para las arcas regionales, cuya cuantificación será difícil de precisar. Cómo no, los principales promotores manchegos aplauden la propuesta. ¿Será casualidad que muchas de estas empresas participan activamente en el accionariado de algunos grupos de comunicación a nivel regional? No sean ustedes mal pensados. La Junta lo hace por el bien de la economía autonómica. La única pega es que, además de tener que cumplir puntualmente con el pago de sus hipotecas, serán los contribuyentes manchegos e, incluso, los hijos de éstos, quienes, finalmente engordarán las cuentas corrientes de los constructores gracias a sus impuestos. Qué poca vergüenza, qué gran despilfarro…

El cinismo llega a la calle

Eso es al menos lo que puede imaginar uno al leer que el secretario general de la Federación Catalana del Taxi, Josep María Goñi, ha dicho que el profesional del sector es una "persona altruista". Y claro, tanto altruismo justifica que pretendan que las autoridades prohíban a los demás divertirse como les apetezca sin hacer daño a nadie.

Debemos reconocer que un videojuego consistente en asesinar taxistas puede ser de mal gusto. Sin embargo y por fortuna, la zafiedad, la horterada, lo escatológico y la mayor parte de las expresiones de más que dudoso buen gusto son legales. Si no fuera así, miles de personas (incluidos numerosos políticos, cantantes, periodistas y taxistas) estarían entre rejas. Además, resulta bastante improbable que la imagen de una profesión se vea afectada por un videojuego consistente en acabar con la vida de quienes se dedican a ella. De hecho, si son todos tan altruistas como pretende el señor Goñi, cualquier cliente comprenderá la realidad enseguida. ¿Quién va a tener algo en contra de unos señores que te transportan gratis, te invitan a tomar algo y te regalan dinero?

Es cierto que los taxistas no gozan de una buena imagen en general. Una prueba es el apodo castizo para referirse a ellos. Cuando en Madrid (desconozco como es en el resto de España) alguien comenta que ha llegado en un "pelas" o un "pesetas", todo el mundo comprende que ha tomado un taxi. Pero eso no se debe a videojuegos o películas. La culpa la tiene una parte de los profesionales del ramo, que lejos de ser altruista no duda en intentar incrementar el precio de la carrera como sea. En realidad, es un sector como cualquier otro.

Por mi propia experiencia en ciudades tan diferentes como la capital de España, Burgos, Barcelona, Toledo, Jerusalén o Washington, puedo dar fe de ello. He encontrado tipos que me han dado largos rodeos para cobrarme más, y otros que han parado el taxímetro antes de terminar la carrera debido a que no conocían bien el camino y existía la posibilidad de haber hecho un trayecto más largo del necesario. Mi opinión sobre cada uno de ellos se basa en mi experiencia, no en el Grand Theft Auto IV, al que no he jugado ni tengo intención de hacerlo.

Y si el juego de marras transmite imágenes estereotipadas, eso tampoco justifica que se pretenda prohibirlo. Al menos en esta ocasión el señor Goñi reconoce que desde su Federación han pedido medidas similares contra alguna película. Lo suyo no es rechazo a los videojuegos que no les dejan bien parados, es rechazo a la libertad de expresión en general cuando esta no sirve para elogiarlos. Bien pensado tal vez me eche una partidita a Grand Theft Auto IV. Para fastidiar a D. Josep María, más que nada.

Doble censura olímpica

Por una parte, aceptó celebrar los juegos que comienzan dentro de unos días en la capital de una dictadura totalitaria que incluye entre sus múltiples violaciones de los derechos más elementales del ser humano impedir la libertad de expresión y el encarcelamiento de ciberdisidentes. Por otra, coarta esa misma libertad a los participantes en el encuentro olímpico.

Pueden hacerse ahora los sorprendidos. La realidad es que tan sólo a los señores del citado COI se les pudo ocurrir pensar, en el más que dudoso caso de que ello sea cierto, que los periodistas iban a disfrutar de un Internet sin censura en Pekín. Y tampoco es válida la excusa de que no pueden "decirle a los chinos lo que deben hacer" y que se las tienen "que ver con un país comunista en el que existe la censura". Tan comunista y, por tanto, dictatorial era cuando se les concedió la celebración de los Juegos Olímpicos como ahora. Ahora falta libertad como faltaba entonces. Y sí hay algo que podrían haber hecho, elegir como sede de la cita deportiva a una ciudad que estuviera en un país diferente. Los tiranos no dejan de serlo gracias a que la comunidad internacional les "haga la pelota". Más bien al contrario. Además, que después de tan patéticas declaraciones el régimen chino haya dicho que al final no va a restringir el uso de la Red a los periodistas sirve más bien de poco. Nada garantiza que vaya a cumplir su palabra, y si la cumple tan sólo existirá una isla de relativa libertad en medio del océano de represión de Internet que es China.

Pero no contentos con eso, desde el COI añaden a la censura gubernamental la suya propia. El Censor Olímpico Internacional ha tenido a bien prohibir a los participantes y otros miembros de las delegaciones nacionales realizar "artículos para prensa escrita o páginas web, o hacer un blog donde comenten sus impresiones sobre los JJOO durante su periodo de estancia en la Villa Olímpica". Tal como cuenta en su blog el participante en las pruebas de decatlón David Gómez, el Comité Olímpico Español le informó de esto el pasado día 30 de junio a través de un mensaje de correo electrónico. Como si de una mala burla del antiguo anuncio de la DGT protagonizado por Stevie Wonder, parece que le estuvieran diciendo: "si compites, no escribas".

Desde el COI intentan evitar que se les acuse de complicidad con el régimen comunista (como si no la hubieran demostrado ya de forma sobrada) diciendo que lo hacen ante las quejas de la prensa internacional por el intrusismo de los atletas en su profesión. Como si ese fuera un argumento. Con independencia de que la excusa sea cierta o no, posiblemente se trate de contentar tanto a los grandes medios de comunicación como a la dictadura china (se prohíben los artículos en prensa, algo que no molestaría a las empresas que los publicasen). La libertad de expresión es un derecho de todas las personas, no sólo de los periodistas. Tan mal está recortarla por las presiones de un sector empresarial o profesional como hacerlo por el deseo de unos tiranos.

Más de una semana antes de comenzar los Juegos Olímpicos de Pekín, ya se han logrado dos medallas en la categoría de libertad de expresión. Ambas de estiércol y logradas por un único participante: el Censor Olímpico Internacional. No es mala idea participar en la cibermanifestación organizada por Reporteros Sin Fronteras el día en que comienzan los juegos de la represión.

Playas, nudismo, familia

Un grupo de organizaciones lideradas por la plataforma HazteOir.org ha iniciado una campaña para pedir a las autoridades autonómicas y locales "la asignación de playas familiares en la costa". Argumentan que desde hace años "se ha procedido a asignar a colectivos nudistas una serie de espacios públicos adaptados a su forma de vida", mientras que "el resto de los ciudadanos carecemos de espacios donde poder disfrutar de nuestras playas y piscinas en un ambiente apto para las familias". Esta argumentación, a simple vista sensata, está cargada de trampas. Sobre todo si se ven las condiciones que deberían contemplar esos tramos del litoral español.

Así, en esos espacios se deberían establecer "unas normas mínimas que garanticen unos mínimos de decoro y respeto a los demás, especialmente a la infancia". Dicho de otro modo, pretenden que se legisle sobre moral y que se utilicen bienes públicos (en este caso el terreno ocupado por esas playas) para favorecer un modo de vida de sobre otro. Pretenden además que se utilicen fondos de la Administración para dar publicidad de la existencia de estos lugares. ¿Dónde se marca el límite del decoro? ¿Se acepta el biquini pero no el topless? ¿O tan sólo se permite el traje de baño de una pieza para las mujeres? ¿Es el tanga, tanto masculino como femenino, indecoroso? Son cuestiones en las que la ley no debería entrar.

También reclaman a los poderes públicos el "fomento" de actividades deportivas y culturales destinadas a las familias. Si se tiene en cuenta que HazteOir sostiene que la familia " está fundada en el matrimonio que, a su vez, es la unión entre un hombre y una mujer, reconocida públicamente como tal, y abierta a la vida", la conclusión es clara. Pretenden gasto público en unas actividades de las que se excluiría necesariamente tanto a aquellas todas las parejas de homosexuales y aquellas de heterosexuales que, con hijos o sin ellos, no se han casado aunque vivan juntos, por no mencionar a los solteros, que verán perturbada su paz por la realización de molestas "actividades familiares" que tienen que pagar y a las que no están invitados. Dicho de otro modo, pretenden que se establezca una discriminación en función del modo de vida de cada persona.

Además su argumentación de falta de espacios es victimista y no se compadece con la realidad. Cualquiera que haya ido a la playa o a la piscina y haya observado bien, se habrá dado cuenta que estos lugares son buenos ejemplos de orden social espontáneo. Sin que medie ninguna ley por medio, las personas suelen tender a agruparse en zonas más o menos homogéneas. Así, en algunas áreas dominan los adolescentes, en otras personas algo mayores que aquellos pero todavía jóvenes y en unas terceras hay una mayor proporción de familias con hijos pequeños. Es cierto que no se produce una homogeneidad total, pero se acerca bastante a ello.

Si a pesar de esto algún cabeza de familia considera que es un riesgo para su hijo la posibilidad de que este vea los pechos a una mujer o que cerca de él haya homosexuales lo que debería hacer es otra cosa. La opción legítima es, en el caso de las piscinas, inscribirse en un club privado que imponga normas morales de su gusto o unirse a otras personas para abrir uno. En el caso de las playas la vía no debería ser otra que hacer campaña para que puedan existir tramos privados en el litoral español (algo que no permite le legislación vigente), y que los dueños de los mismos impongan las normas que deseen. Así, sus recursos no irían para financiar playas de nudistas ni los de otras personas para lo que ellos pretenden: mantener tramos del litoral en los que se discrimine por la cantidad de tela que cubre el cuerpo o por el modo de vida de cada uno.

La exigencia de playas y piscinas "familiares" es algo muy distinto a la igualdad ante la ley o la defensa de unos derechos. Es pretender que se utilice el dinero de los ciudadanos en el "fomento" y la "protección" de un modo de vida y una moral en concreto. Si se aceptara en este caso, ¿por qué no entonces también unas en las que las mujeres tuvieran que ir cubiertas según las interpretaciones más rigoristas del islam u otras en las que los chiringuitos tuvieran que cerrar en sábado y cumplir las normas dietéticas judías? ¿O por qué no playas, nudistas o no, en las que se prohíba entrar a niños? Puestos a pedir, lo que sea.

¿Por qué todo el mundo quiere un iPhone?

La telefonía móvil es el invento reciente que mayor y más rápida difusión y aceptación ha tenido entre el público de todo el mundo. Los aparatos que llevamos ahora en el bolsillo eran impensables hace sólo 20 años más allá de las películas de ciencia-ficción. Y no sólo por su tamaño y el despliegue de tecnología del que alardean en unos pocos centímetros cuadrados, sino por el bajísimo precio por el que adquirimos el último modelo de teléfono que, además, sirve de agenda digital, de reproductor de música, de cámara fotográfica y de consola de videojuegos.

El mercado de la movilidad telefónica creció de un modo exponencial durante el segundo lustro de los años 90 y el primero del nuevo siglo para estabilizarse en una feroz competencia por el tamaño, las prestaciones y, ya al final del ciclo, el diseño y la apariencia del interfaz gráfico. Entonces, cuando todos pensábamos que en telefonía móvil estaba todo inventado y los nuevos modelos no harían sino perfeccionar lo ya existente abaratando aun más el precio, ocurrió lo inesperado. Apple, una compañía californiana que hace una década se encontraba al borde de la quiebra, anunció un teléfono que hacía lo que todos los demás, pero con un estilo muy personal y algún que otro chisporrotazo de tecnología nunca visto antes.

Se trataba del iPhone, el teléfono móvil que reinventaba el mismo concepto de teléfono móvil, una suerte de año cero de la nueva tecnología desde el cual empezaría a datarse hacia detrás y hacia delante la historia de esa industria. Dicho así parece un plan pretencioso e irreal, pero sus creadores sabían muy bien lo que se hacían. Tan bien que, un año después de su lanzamiento, quien no tiene aun un iPhone quiere hacerse con uno lo antes posible, aunque sólo sea por probarlo, por tener entre sus manos la leyenda en metal, silicio y cristal de nuestra época.

¿Por qué deseamos tanto un teléfono nuevo, caro y difícil de comprar en un mercado saturado, donde todos tenemos ya un móvil moderno y barato? ¿Por qué todos o casi todos queremos tener un iPhone a pesar de que, para obtenerlo, tengamos que hacer primero cola y después casarnos con la compañía telefónica? El marketing, evidentemente, ha tenido mucho que ver, pero otras marcas también cuentan con competentes departamentos comerciales y no han conseguido lo mismo. El diseño ha influido, pero el iPhone no es el único teléfono bonito del mercado. La tecnología importa, la pantalla multitáctil del iPhone es una virguería de la que disfruta en régimen de monopolio, pero hay muchos modelos que equipan grandes avances tecnológicos exclusivos a un precio inferior.

Nos gusta el iPhone por una mezcla de todo. Nos gusta porque nos lo han vendido bien, nos gusta porque es una preciosidad y nos gusta porque hace cosas que otros no hacen y las hace de un modo muy vistoso. Pero, sobre todo, nos gusta porque todos hablan de él, porque está de moda y porque tiene algo que no se puede ni explicar ni racionalizar. Ese intangible e incuantificable atractivo es el que ha marcado la diferencia. Apple ha sabido capturar el zeitgeist, el espíritu del momento, en algo tan aparentemente prosaico como un teléfono móvil. El consumidor, que no toma siempre decisiones racionales, lo ha entendido a la primera y se ha lanzado a poseerlo demostrando a los teóricos de la economía que dos y dos no siempre suman cuatro, unas veces suman tres y otras, como en el caso del iPhone, suman diez.

Soluciones para la televisión pública

Creo que ningún Estado debería financiar ninguna televisión mal llamada "pública". Si algún liberal pudiera llegar a dudar alguna vez de ello, le remito a programas como Crónicas, concretamente a su programa Marinaleda, treinta años de lucha, donde se explica el caso de un pueblo de Andalucía que vive "en cooperativa". Hasta las casas, que por más que hayan sido pagadas, quienes viven en ellas no llegan a convertirse en dueños reales de las mismas, ya que no podrán venderlas nunca porque pertenecen a la colectividad.

Si aun viendo estos reportajes que financiamos todos todavía tiene dudas sobre la necesidad de acabar con las televisiones públicas le propongo un sistema mixto. Va a ser muy difícil que las televisiones públicas desaparezcan de la noche a la mañana, de modo que ¿por qué no probamos un sistema como el de la PBS americana? Citando a la Wikipedia, la PBS es "una red de televisoras públicas de diverso índole cuenta con 169 operadores de licencias educacionales no comerciales que operan 348 estaciones de televisión. De estas 169 licencias, 86 son de organizaciones comunitarias, 57 de universidades, 20 de autoridades estatales y 6 de autoridades locales o municipales".

Esta definición ya nos permite vislumbrar sus grandes diferencias con el modelo español, ya que la PBS la forman una red de emisoras y además tiene claro su objetivo primordial: la educación. Su financiación se divide entre los siguientes grupos: estaciones afiliadas (47%), la CPB y fondos federales (24%), royalties, derechos de retransmisión, servicios satelitales e ingresos de inversiones (14%) y venta de productos educacionales (12%). Cualquier liberal diría que sigue habiendo un 24% de la financiación que paga el Estado, que pagan los ciudadanos, y es verdad. Pero, ¿no sería maravilloso que el Estado pagara en este 2008 sólo el 24% de los costes de TVE? ¿No sería el primer paso para que dejara de pagar una televisión a nuestra costa?

En la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre se jacta de ser liberal, y en algunos aspectos como las leyes comerciales puede que así sea, pero en lo que se refiere a la televisión pública es tan socialista como los demás. Los ciudadanos madrileños que mantenemos la televisión pública, que además los sindicatos apagan cuando quieren, nos merecemos que el Gobierno de nuestra comunidad se plantee seriamente qué quiere hacer con los medios de comunicación pública. La opción socialista ya la conocemos demasiado bien.

De los polvos del “servicio público de televisión”

“Riñen los ladrones y descúbrense los hurtos a voces”
Refrán castellano

El artículo 10.1 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, comienza proclamando que toda persona tiene derecho a la libertad de expresión, el cual comprende la libertad de opinión y la libertad de recibir o de comunicar informaciones o ideas sin consideración de fronteras, y sin que las autoridades puedan interferir en ese derecho.

Sin embargo, el estatismo de los políticos europeos –el cual podía considerarse atávico ya en los años 50 del pasado siglo, que fue cuando se promulgó el convenio– frenó las veleidades liberales que podía despertar un enunciado como el anterior. De esta manera, un último inciso aclara que esa libertad no obsta para que los Estados sometan a un régimen jurídico de autorización previa a las empresas de radiodifusión, de cinematografía o de televisión. Como consecuencia de ello, todavía a finales de los años setenta del siglo pasado, los gobiernos europeos del llamado mundo libre tenían sometido el sector audiovisual a un férreo control. De hecho, en la mayoría de ellos un monopolio televisivo gestionado por empresas o agencias estatales se encargaba de transmitir sus contenidos.

Aun con todo, el intervencionismo tiene grados. Y los servidores del Estado que negociaron en 1977 la firma del convenio en nombre del Gobierno de España quisieron dejar claro que el monopolio televisivo estatal surgido durante el franquismo no iba a ser amenazado en el futuro. El tribunal europeo podía interpretar que autorización previa no equivale a aplazar sine die el reconocimiento de un derecho individual a fundar empresas que se dediquen a esa actividad televisiva, invocando su derecho a la libertad de expresión. Si hubiera sido de otro modo, no habrían añadido que el Estado español interpretaría las disposiciones de ese precepto como “compatibles” con el régimen de organización de la radiodifusión y televisión en España.

Entre el momento de la rúbrica y la ratificación del convenio se promulgó la constitución de 1978, cuyo artículo 128.2 proclama que mediante ley se podrá reservar al sector público recursos o servicios esenciales, especialmente en caso de monopolio, y asimismo acordar la intervención de empresas cuando así lo exigiere el interés general.

La doctrina administrativista española –siguiendo el campo trillado por teóricos decisionistas franceses e italianos– ya había puesto a disposición del régimen de Franco la “técnica” de considerar la radio y la televisión como servicios públicos. Nótese que dentro de esa lógica ordenancista cabe que la titularidad pública de un servicio no condicione a un gobernante para adjudicar su gestión a una empresa privada mediante una concesión administrativa. Pero esta fórmula podría entenderse como incompatible con un régimen de libertad de empresa y de expresión –intervenida, eso sí– como la implícita en el convenio europeo. Después de todo, se puede deducir de ese texto que corresponde al Estado otorgar licencias a todos aquellos particulares que cumplan una serie de requisitos previamente establecidos, dentro de las limitaciones del espacio radioeléctrico. Con el paso del tiempo, no obstante, el desarrollo tecnológico hizo añicos los pretextos para coartar la libertad con base en la socorrida escasez de ese espacio.

Después de la aprobación de la constitución y los estatutos de autonomía, comenzó una loca carrera entre las comunidades autónomas por fundar televisiones públicas que replicaran en sus respectivos ámbitos al “ente público” por antonomasia: RTVE. En la actualidad, casi todas ellas cuentan con uno o varios canales de televisión. Como era de esperar, visto su modelo, las deudas del juguete favorito de los políticos no tardaron en llegar, ya que los ingresos que obtienen no cubren los gastos de explotación ni, claro está, sirven para amortizar el desembolso que se hizo para su puesta en funcionamiento con cargo a los presupuestos públicos.

Tiempo después, uno de los gobiernos de González Márquez promovió la concesión de tres canales de televisión analógica de ámbito nacional a la gestión privada. Una ley de 1988, que calificó a ese servicio público como esencial, dio la cobertura legal a esa iniciativa. Ya se sabe que los dirigentes socialistas españoles, en algunos aspectos alumnos aventajados del intervencionismo que aprendieron durante el franquismo, han conseguido profundizar esa línea de actuación política proclamándose antifranquistas. Una penúltima intervención legislativa, promovida por el actual Gobierno, amplió a cinco los canales privados de ámbito nacional que se permiten antes del llamado apagón analógico.

Dentro de este contexto, cuando el pasado viernes se conocieron los tres acuerdos de la UEFA con RTVE, la FORTA y Mediapro para adjudicar los derechos de retransmisión de los partidos de fútbol de la liga de campeones europea, durante tres temporadas a partir de la temporada de 2009, comenzó un debate cuyo desenlace podría resultar interesante, si se extrajeran las lecciones adecuadas de la situación.

Privado de uno de sus productos estelares, uno de los grandes grupos beneficiarios del oligopolio legal de esos servicios de televisión se dio cuenta de los perjuicios que causa ese modelo de regulación, basado en la falaz noción de servicio público esencial, del que resultan paganos forzosos los contribuyentes.

Como muy bien dice ahora el periódico del grupo Prisa, el mantenimiento de todas las televisiones públicas genera un despilfarro de recursos que, tarde o temprano, se arrebata a los contribuyentes. Incluso cuando esas empresas públicas no pujan por los codiciados derechos de retransmisión del fútbol, añadiría yo. Ahora bien, vistos los intereses creados, mucho me temo que todo esto quede en una nueva escaramuza entre grupos de comunicación que buscan los favores del Gobierno de turno. Una cortina de humo que esconda la urgencia de desterrar esa ficción de que la televisión sea un servicio público que justifica la gestión directa o indirecta por parte del Estado, en primer lugar.

Despejada esa fantasía, podría iniciarse un verdadero proceso privatizador y liberalizador de ese mercado. Dada la carga que el endeudamiento de las televisiones públicas tiene para los contribuyentes, el siguiente paso debería ser bien su enajenación en subasta pública, al tiempo que se garantizase a los potenciales postores que la adjudicación les permitiría tomar las decisiones empresariales que considerasen oportunas, o bien su liquidación, si las subastas quedaran desiertas. Se perdió la oportunidad –sobre todo allí donde se anunció– de iniciar un proceso privatizador antes de que la aparición de nuevos modos de difusión (internet, TDT, satélite) redujera el atractivo potencial de todos esos activos de titularidad pública. Pero, cuanto más tiempo se tarde, más gravoso será tapar tamaño agujero sin fondo.

De cómo liarla al pasar de minutos a segundos

Viene esto a colación de la investigación a que los tres operadores están siendo sometidos por la Comisión Nacional de Competencia debido a la conducta que realizaron al adaptar los precios de sus servicios a la Ley de Mejora de Protección de los Consumidores de 2007, que les exigía cobrar las llamadas por segundos. Hasta ese momento, los operadores eran libres de facturar como lo desearan. Alguno lo hacía por minutos, otro por segundos o por fracciones de minuto. Desde entones, no hay alternativa.

En el momento de la norma, y también en la actualidad, la estructura de precios de las llamadas telefónicas se componía de dos partes: un importe por establecimiento de llamada más otro dependiente de la duración de la misma. Pues bien, estos tres operadores decidieron, como parte de la revisión de sus precios ante la nueva imposición reguladora, subir la parte de establecimiento de llamada de 12 a 15 céntimos de Euro.

Esto es lo que la CNC encuentra como posible atentado contra las normas de competencia. Aparte de la obvia necesidad de la CNC por conseguir algo de notoriedad tras casi un año de existencia, y de la siempre fácil persecución del sector de telefonía móvil, un oligopolio (causado, irónicamente, por las barreras que los propios Gobiernos ponen a la entrada de nuevos operadores basándose en la escasez del espectro), interesa centrarse en la causa de esta actuación.

Y esta no es otra que la intervención del regulador obligando a la facturación por segundos. Que sólo se cobre por lo que se consume. ¿Quién puede estar en desacuerdo con esta afirmación?. Y, sin embargo, quizá esto no sea lo más eficiente, ni por tanto lo más barato, ni, en suma, lo que desea el consumidor.

Cuando alguien se compra una lata de Coca-Cola, igual no quiere beber 33 centilitros del conocido líquido. De la misma forma que seguramente los consumidores de cerveza agradecerían unas latas mayores, aunque sin llegar al doble. Es más, cada uno preferiría poder consumir tantos cl. como le apetezca en cada momento. Pero no es así; el consumidor se ve obligado a comprar algo que no consume. Y, sin embargo, a nadie se le ocurriría exigir que se la cerveza se vendiera por centilitros. Seguramente le costaría tanto al suministrador que nos quedaríamos sin latas de refrescos.

No obstante, estos fabricantes tratan de adaptarse lo mejor posible a las demandas de sus clientes, y eventualmente crean envases más grandes o más pequeños, según lo que perciben como necesario. Mientras nadie les imponga el suministro por cl. podrán hacerlo.

Pero a los operadores móviles les impidieron esta opción. Y tuvieron que adaptarse desde el esquema que cada uno creía mejor para sus clientes y, por ende, para el mercado, al que consideraban el mejor regulador. Lo hicieron como se les ocurrió dentro de las escasas posibilidades que permite la actuación en un mercado competitivo cuando no cambian las preferencias de los consumidores, y para evitar que los intereses de sus accionistas, que tampoco habían variado, se vieran afectados.

Coincidieron en el esquema: no es de extrañar, ya que se les imponía regulatoriamente la misma modificación sobre un mismo producto y sin alteración del mercado. Ahora, ese aparentemente aséptico paso de minutos a segundos, aséptico para un regulador, podría resultar constitutivo de delito para otro. No bastaba con multiplicar por sesenta.