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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Hoy somos más ricos que antes

Los autores no explican, sin embargo, de dónde obtienen esos datos, y deberían, porque las estadísticas del INE no arrojan esa conclusión: los salarios han aumentado un 6.5% anual desde 1980 mientras que la inflación lo ha hecho un 5%. Pero es que además el aumento de la riqueza no se mide sólo en salarios.

Innumerables medicamentos y tratamientos que no existían hace 30 años prolongan nuestra vida y mejoran nuestra salud. La anestesia es más efectiva y podemos ver a nuestro hijo en una ecografía. Si no queremos llevar gafas, podemos ponernos lentillas u operarnos la vista. Podemos modelar nuestro cuerpo con cirugía estética, erradicar el vello para siempre con depilación láser, lavarnos los dientes apretando un botón y cortarnos el pelo con maquinilla.

El uso del braille para los ciegos está mucho más extendido y la mayoría de empresas ofrecen servicios adaptados a las personas con minusvalías. La ortopedia y la robótica han aumentado la autonomía de quienes no podían valerse por sí mismos. Los discapacitados pueden desplazarse en sillas eléctricas, las personas con sordera media pueden adquirir audición funcional con las últimas prótesis auditivas y el implante coclear consigue lo mismo para algunas personas con sordera profunda.

Podemos llamar por teléfono desde cualquier sitio en el momento que queramos. Hoy tenemos el iPhone, la Blackberry, el iPod, la Nintendo DS y la Xbox. Podemos disfrutar de videojuegos en el metro, escuchar música mientras corremos o ver películas mientras esperamos el avión. Tenemos contestadores automáticos digitales y hornos microondas. Podemos hacer fotos con nuestro teléfono móvil y enviarlas instantáneamente a nuestros amigos en la otra punta del mundo. Somos capaces de hacer 1.000 fotos de calidad excepcional en una cámara reflex digital, manipularlas con Photoshop y almacenarlas en Flickr.

Hoy tenemos internet y computadoras personales. Podemos comprar en el supermercado sin movernos de casa o encontrar gangas en Amazon, subastar o buscar rarezas en Ebay, escribir un blog, distribuir vídeos, descargar canciones y películas, chatear con los amigos o conocer gente de otros lugares, hacer videoconferencias vía Skype, enviar emails, practicar idiomas, leer la prensa de todo el mundo o acudir a fuentes de información u opinión alternativas. Podemos buscar en Google o en Wikipedia, aprender y descubrir infinidad de cosas a un click de distancia. Podemos escribir en Word, calcular en Excel, hacer presentaciones Power Point, organizar datos con el Access, crear ficheros PDF o imprimir documentos en casa. Es posible utilizar el portátil en el tren o conectarnos en el Starbucks.

A través del cable o del satélite tenemos acceso a cientos de canales de televisión, nacionales y extranjeros, de deportes, entretenimiento, historia, naturaleza, cocina, viajes o ciencia. Podemos ver películas en subtítulos o en otros idiomas, acceder al cine clásico con más facilidad que quienes vivían cuando se estrenaron aquellas películas, viendo TCM o alquilando DVDs. Disponemos de pay-per-view, reproductores de DVD, pantallas de plasma y sonido envolvente. Hay una mayor oferta de música, cine, literatura y arte.

Es posible valor a otras capitales europeas en avión con Ryanair o Easyjet por menos de 50 euros. Utilizamos el GPS para localizar nuestra posición en un mapa vía satélite cuando estamos de viaje, podemos enviar un paquete a otro país por FedEx o DHL y que llegue al día siguiente, pagar unas palomitas con tarjeta de crédito o sacar efectivo de un cajero automático en cualquier esquina del mundo.

Los coches actuales más baratos son más seguros que los más caros de hace 30 años y tienen más y mejores prestaciones. La oferta de comida actual es más variada e incluye alimentos orgánicos, sin grasas, sin colesterol, con vitaminas añadidas, para vegetarianos, para diabéticos, sin gluten, para controlar el peso o con envase reciclable. Hay más ONGs a las que donar dinero para causas justas.

Que a algunos no les parezca evidente que hoy vivimos mejor que antes es un síntoma de que damos por sentada la abundancia que nos rodea. Y con ello el sistema que la hace posible: el capitalismo. El dinero es un medio de intercambio, lo que nos hace ricos es la variedad, la cantidad y la calidad de los servicios y placeres que podemos adquirir. Basta preguntarse si preferiríamos vivir ahora o hace 30 años con la misma renta. Yo preferiría vivir ahora incluso con un salario real más bajo.

La pregunta clave en este contexto es cuánto más larga sería esta lista de avances en la calidad de vida si el ámbito de actuación del mercado hubiera sido mayor y el Estado no hubiera drenado tantos recursos. El progreso que hemos experimentado en los últimos 30 años –a pesar del Estado– ha sido extraordinario, ¿qué progreso habríamos vivido en ausencia de trabas, corruptelas, despilfarro e ineficiencias estatales?

Por unas fronteras abiertas

Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la humanidad, hasta tal punto que se podría afirmar que forman parte de la propia naturaleza humana. Desde siempre, el hombre se ha desplazado en un afán de mejorar su vida, ya sea en grupos ya sea de manera individual. De hecho, en el ser humano era nómada en los primeros estadios de su desarrollo, lo que supone quizá el grado máximo del migrante al suponer un constante cambio geográfico a lo largo de la vida de una persona. En la mayor parte de los casos los motivos han sido y son económicos, pero no siempre es así. También ha habido y hay quien cambia de país de residencia en el afán de conseguir un nuevo hogar donde poder desarrollarse según sus propios valores o donde gozar de un mayor respeto a sus derechos.

En la actualidad el fenómeno migratorio ha alcanzado unos niveles en números absolutos mayores que en ninguna otra época. Los motivos son diversos. Nunca antes habían habitado tantos seres humanos sobre la tierra, lo que aumenta la cantidad de potenciales migrantes. Los medios de transportes son más veloces, cómodos y baratos que en cualquier momento del pasado. Si hace tan sólo un siglo cruzar de Europa a América (la ruta entonces habitual) suponía semanas de travesía en barcos mal acondicionados y con billetes caros, hoy en día el viaje en sentido contrario implica tan sólo unas horas de vuelo en cómodos y modernos aviones y a un precio proporcionalmente inferior al que pagaban españoles, alemanes, italianos o irlandeses por llegar a Argentina o Estados Unidos. Hay excepciones, no obstante, a esta norma de “más barato, corto y cómodo”, sobre todo en lo que se refiere a los africanos.

Otro motivo que conduce al incremento de la inmigración es la diferencia de niveles de vida entre países, tal vez mayor que nunca antes en la historia, lo que supone un incentivo para emigrar. Esto no se debe al lugar común de que “los pobres son cada vez más pobres”. No hay unos niveles de miseria que no haya conocido la humanidad en el pasado. Sin embargo, en amplias regiones del mundo (Norteamérica, Europa occidental y Sudeste Asiático, sobre todo) la mejoría ha sido mayor que en el resto del mundo y la diferencia se ha incrementado.

Y es este mundo rico el que trata de poner coto a la inmigración, al tiempo que la incentiva. Los gobiernos de los estados más desarrollados invierten cada vez mayores cantidades de dinero (procedente de los impuestos que pagan los ciudadanos) en sistemas que tratan de impedir la entrada de personas procedentes de otros países. Imponen asimismo visados para disminuir la cantidad de hombres y mujeres que cruzan legalmente las fronteras como turistas para después pasar a la categoría de irregulares o establecen moratorias como la que impide a rumanos y búlgaros establecerse en los demás países de la Unión Europea en igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos europeos.

Sin embargo, nada de esto logra frenar la inmigración. El motivo es que los mismos estados que ponen todas estas trabas son los que no cejan en su empeño de frenar el crecimiento económico de los países de origen de los inmigrantes. En un intento de proteger la “propia” industria y la agricultura, los gobiernos de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países subvencionan al campo, así como otros bienes y servicios producidos dentro de sus fronteras, al tiempo que a la producción externa le imponen altísimos aranceles. Esto no sólo obliga a los locales pagar precios artificialmente elevados (lo que supone un freno a la economía de estos lugares), sino que además impide que se enriquezca el resto del mundo. Quien no puede vender su producción a otros, con independencia de que estos estén a cientos o miles de kilómetros, termina por no mejorar su nivel de vida o incluso se empobrece más. Y ante esta tesitura la emigración se transforma en la vía más factible de mejorar la situación personal.

Por muchas trabas que se traten de poner o por muy alto que llegue a ser el nivel de vida en todo el mundo, siempre habrá migraciones y es un fenómeno que no para de crecer. La única política realista para que estos flujos se reduzcan es el desarrollo de los países de origen, y este ha de llegar por el libre comercio. Mientras los países ricos se nieguen a permitir que las naranjas o los coches nuevos crucen las fronteras, quienes las pasarán legal o ilegalmente serán las personas. Y se trata de algo legítimo.

Es necesario, por tanto, poner fin a las trabas al comercio entre países. Los gobiernos de los países más desarrollados deben dejar de impedir que sus ciudadanos adquieran libremente bienes y servicios procedentes de las regiones del mundo más pobres. Si lo hacen, las personas de viven en ellas se enriquecerán y la emigración perderá gran parte de su atractivo para muchos. Bajarán los flujos migratorios y las fronteras podrán estar como debería ser su situación: abiertas para todo el que las quiera cruzar con el fin de hacer turismo, estudiar o quedarse a vivir. Desaparecería así la irregularidad y los cruces ilegales, que ponen en manos de mafias a miles de personas que tan sólo buscan una legítima mejora de su vida.

El Plan de Expolio Redistributivo

Bajo distintas siglas, los gobiernos socialistas, tanto central como autonómicos, tratan de resucitar el denominado PER, sólo que ahora se extenderá a actividades tales como la construcción, la limpieza de montes y obras sociales de diversa índole. El nuevo plan de Zapatero para estimular la economía inyectará cerca de 8.000 millones de euros en los ayuntamientos para ejecutar nuevos proyectos de obra pública.

Unos fondos muy similares al PER, tal y como reconoció sin ruborizarse lo más mínimo la consejera de Gobernación de Andalucía, Clara Aguilera. No obstante, la Junta que preside Manuel Chaves percibirá 1.400 millones de euros adicionales por este concepto.

Los subsidios agrícolas vigentes en el campo andaluz y extremeño nacieron con el pretexto de fomentar el empleo agrícola, generar puestos de trabajo y, en definitiva, crear riqueza para evitar el exilio de miles de trabajadores. ¿Resultado? Casi 25 años después, Andalucía y Extremadura siguen ostentando el vergonzoso honor de liderar las regiones más pobres de España y las tasas más elevadas de desempleo.

El PER tan sólo ha servido para comprar el voto socialista con el que se enriquecen cientos de cargos políticos de ambas regiones. De hecho, el citado plan se convirtió desde su nacimiento en un caldo de cultivo idóneo para fomentar la corrupción y mantener en la inactividad y en el mercado negro a miles de jornaleros que, gustosamente, se alimentan de la sopa boba que propicia el Estado.

Sin embargo, lejos de expiar sus culpas y reconocer sus errores, el Plan de Expolio Redistributivo –cuyos fondos proceden de los contribuyentes que trabajan en las regiones más prósperas– extiende sus redes. La Xunta de Galicia acaba de aprobar una medida muy similar. El Ejecutivo socialista de Emilio Pérez Touriño destinará 19 millones de euros a la contratación de 2.000 parados para el desempeño de tareas tan productivas como la limpieza y conservación de ríos, montes y carreteras.

Galicia, otro gran ejemplo de región próspera y desarrollada. Una comunidad que, año tras año, observa impávida cómo miles de jóvenes y brillantes universitarios emigran a otras regiones en búsqueda de un futuro más ambicioso y prometedor que el de limpiar las cunetas de zarzas y mierda de vaca. De ahí a emplearse en la vigilancia de los parques públicos para que nadie pise la hierba, tal y como sucede en la Cuba de los Castro, tan sólo hay un paso.

Aunque tampoco es de extrañar si se tiene en cuenta que la Administración autonómica es la mayor generadora de empleo de Galicia, ya que tiene a su cargo casi 88.000 trabajadores. Las trabas burocráticas para crear empresas y nuevas industrias restringen, en gran medida, el futuro laboral de los gallegos. Y es que, muchos de ellos tan sólo ven una salida: la preparación de oposiciones y, en última instancia, la emigración intrapeninsular.

Ahora el Gobierno central amenaza con ampliar este tipo de medidas, generadoras de pobreza y dependencia estatal a los ayuntamientos de toda España. De este modo, la Administración local podrá, al fin, saborear con mayor intensidad el poder que otorga el reparto artificial y arbitrario de empleo público entre sus ciudadanos.

España avanza hacia un PER nacional. El resultado será un fiasco y un ingente despilfarro de recursos, cuya factura será cobrada puntualmente a los contribuyentes. Si el expolio fiscal y la manutención gubernamental se instauran finalmente como medidas estrella para intentar frenar el paro, vayan preparando sus maletas. En pocos años veremos emigrar nuevamente a miles de trabajadores españoles. Sólo que esta vez los condenados al exilio se verán obligados a cruzar la frontera para encontrar un futuro mejor.

El Estado sostenible

Lo que pudo ser una verdadera revolución liberal, elogiada por muchos, generadora de mitos como Reagan o Thatcher, tal vez, a pesar de los avances, formó parte del proceso de adaptación y resistencia del omnímodo poder estatal. No es objeto de este artículo comentar lo que sucedió en aquellos años sino, sencillamente, advertir la tendencia seguida desde entonces que, muy lejos de debilitar al Estado, ha logrado hacerlo más fuerte si cabe.

Podemos interpretar la égida estatista en términos intensivos o extensivos, respecto a las competencias atribuidas o la regulación servida. En realidad, el Estado debe estudiarse como una estructura de dominación compleja, no ya en competencia con el proceso social de individuos libres, sino como parásito del mismo, infiltrado y adaptado paulatinamente a sus características y expresiones contingentes.

El totalitarismo de entonces (caso chino), propio de una ideología constructivista que pretende la suplantación del orden social espontáneo por una organización a modo de estructura de dominación o Estado, ha comprendido que su empresa resulta no sólo inútil, sino que está condenada a la autodestrucción. Por ello, en concubinato con la socialdemocracia de todos los partidos, ha adoptado una serie de cambios orientados hacia el afianzamiento y perpetuación del Estado en un orden global basado en el comercio internacional.

El intervencionismo ha quedado en eufemismo si tenemos en cuenta los actos de agresión sistemática sobre la función empresarial y el orden social y de mercado perpetrados por las administraciones y los poderes del Estado. Como bien señaló Mises en su análisis del intervencionismo, no conviene matar a la gallina de los huevos de oro. Los ideólogos dispuestos a servicio de la causa estatista, en base a procesos de prueba, error, competencia y aprendizaje (duele decirlo), han concluido una serie de reformas para cambiarlo todo sin que nada en realidad se mueva de su sitio.

El neoliberalismo efectivo, el que caló entre la clase política y, pudo plasmarse como reformas concretas de la Gran Organización, no logró, y en muchos casos no quiso, ubicar al Estado en una posición residual, constreñido en funciones propias de un poder público consecuente. El minarquismo fracasó; fue su espíritu el que devolvió al estatismo la viabilidad perdida.

Las privatizaciones de sectores considerados estratégicos o bienes públicos incuestionables durante y después de la Segunda Guerra Mundial (cuando no antes), introdujeron un necesario dinamismo del que sólo el mercado libre es capaz. La competencia y los incentivos descubiertos en cada desajuste y situación de descoordinación, contribuyeron y contribuyen a generar resultados muy superiores a lo que se estaba acostumbrado mediante la utilización de entes públicos. Por otro lado, las que resistieron por una razón u otra, descentralizaron su actividad recurriendo a empresas privadas prestadoras de servicios secundarios, o incluso privatizaron su gestión.

El Estado logró así que los engranajes del proceso social, parasitado por él, favorecieran sus objetivos en otros muchos campos, los que más le interesan, fundamentalmente las relaciones interestatales. Para ello requiere fortaleza interna, imbuir a su población de un espíritu dependiente, asegurar de algún modo que pese a la obvia superioridad del mercado, cuando de generar resultados se trata, el Estado siguiera apareciendo como incuestionable instancia que asegure la paz social en sus diversas formas. El paternalismo no pereció.

El nuevo intervencionismo regula mercados que constriñe o relaja en función de sus necesidades. Fomenta la creación de empresas privadas sobre las que ejerce una influencia y dominio político idéntico al que pudiera extender sobre su propia burocracia empresarial. Podemos comparar la situación actual con algún otro caso histórico, pero carece de relevancia. Todo camina hacia fórmulas inusitadas siempre orientadas por la salvación del Estado.

Fue el profesor Carlos Rodríguez Braunquien, en su intervención en los cursos de verano de Aranjuez este año 2008, nos previno sobre los peligros de esas medidas en apariencia liberales adoptadas desde el poder. Si salen bien, el producto siempre quedará a favor de la perpetuación estatista, pero, si algo negativo sucediera en el sector "liberado", podemos tener por seguro que serán los propios liberadores los primeros en recular y atribuir el quebrando al exceso de libertad.

Vivimos un proceso de paulatina recomposición y adaptación del Estado en función de sus necesidades. La aparente libertad no es sino una ligera expresión de lo que podría ser, y en consecuencia, los resultados que disfrutamos un ápice de lo que la mera existencia del Estado hace que nos perdamos. Ese coste de oportunidad refleja los fines meramente estatistas indispensables para su sostenibilidad y perdurabilidad.

España: El chivo expiatorio de la inmigración

España no es una excepción. Tras sufrirla mayor burbuja inmobiliaria del mundo , el ajuste económico está siendo muy intenso y drástico. En sólo un año el número de parados se ha incrementado en 500.000 personas (un 25% más), lo que hace que la sensación de crisis sea aun más acuciante.

Este contexto está siendo el caldo de cultivo ideal para todo tipo de propuestas xenófobas y antiinmigración. Incluso el partido socialista, que ocupa las responsabilidades de Gobierno, no ha vacilado demasiado en unirse a este discurso: dado que el paro está aumentando, sobran inmigrantes en España.

El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, ha sintetizado perfectamente estos prejuicios: “No tiene sentido buscar albañiles en Rabat si los de aquí están en el paro” . De hecho, los delirios gubernamentales han llegado al punto de aprobar un plan por el que el inmigrante podrá elegir voluntariamente ser repatriado a cambio de cobrar, en su país, el subsidio de desempleo .

La idea está clara: si en España hay paro es que sobran trabajadores. Sin embargo, los problemas económicos suelen ser más complejos de lo que una primera aproximación simplista parece indicar.

La crisis económica se produce porque se han producido numerosas malas inversiones en determinados sectores económicos al tiempo que se han dejado otros atrofiados. Por este motivo, surgen los famosos “cuellos de botella” que paralizan el funcionamiento económico de industrias enteras: determinados factores productivos son demasiado caros como para utilizarlos de manera rentable.

Durante los últimos ocho años, en España se ha concentrado la mayor parte de la inversión en el sector de la construcción y, en cambio, se han dejado desatendidas otras industrias que ahora estrangulan la economía. En particular, España es incapaz de seguir financiando su abultado déficit exterior (el mayor del mundo) derivado de su dependencia energética con el exterior. Por consiguiente, España necesita reorientar su estructura productiva hacia el sector energético sustitutivo del petróleo o hacia el sector exportador para así obtener las divisas necesarias para sufragar las importaciones.

Pero esta reorientación de la estructura productiva implica invertir en nuevas compañías para lo cual es necesario un enorme volumen de ahorro del que España ahora no dispone.

En este contexto, los inmigrantes bien podrían suponer una bendición para la economía española, ya que sus salarios suelen ser más bajos que los de los españoles nativos y, por tanto, permiten incrementar los márgenes empresariales.

Estos mayores beneficios de las empresas suponen ahorro que o bien puede invertirse en los nuevos sectores productivos que España necesita o bien destinarse a bajar los precios a los consumidores (lo que a su vez aumentaría sus ahorros).

Dicho de otra manera, la inmigración facilita la creación de las empresas que permitirán sacar a España de la crisis y contratar a los españoles ahora desempleados.

El sesgo xenófobo del Gobierno, por consiguiente, carece de justificación y sólo indica una preocupante ignorancia económica. De hecho, pocas medidas pueden ser tan absurdas como repatriar a los inmigrantes y pagarles para que no trabajen en sus países con cargo al ahorro de los españoles.

Como sólo suceder con el intervencionismo estatal, la medida, lejos de lograr el objetivo que persigue, sólo ahondará más la crisis y el desempleo en España.

Este artículo fue publicado originalmente en ElCato.org el 21 de noviembre de 2008

Horas fachada

Este movimiento desató considerable polémica, puesto que afectaba a medios de comunicación (lo que supone un riesgo para la pluralidad informativa), pero también por su novedad.

Sin embargo, el problema de las frecuencias tiene las raíces bastante más profundas que en lo ocurrido la semana pasada. El espectro radioeléctrico constituye un activo básico, indispensable, para el suministro de determinados servicios, como son la televisión convencional (la que vemos normalmente en nuestro aparato), la telefonía móvil o la radio. Las empresas dedicadas a esto construyen su negocio sobre estas frecuencias, de la misma forma que otras lo hacen sobre un solar o sobre una marca comercial.

Estas últimas adquieren sus terrenos o promocionan su marca comercial con una cierta seguridad de que nadie se los va a quitar, pues son de su propiedad, y se supone que existe un marco jurídico que protege sus derechos. En cambio, las primeras carecen de esta certeza sobre su activo principal, la banda de frecuencias, puesto que sólo las tiene en concesión por un periodo más o menos largo, pasado el cual revierte de alguna forma al Estado, quien puede replantearse su utilización. Las empresas que se dedican a la radio o a la telefonía móvil no pueden garantizarse de forma alguna la disponibilidad del recurso más importante para su negocio.

Así pues, actividades enteras y cientos de puestos de trabajo reposan sobre el supuesto de que el Estado va a mantener el statu quo en cuanto al uso de las frecuencias. Y, hasta ahora, parecía ser así. La decisión del CAC, no obstante, nos devuelve a la cruda realidad: las frecuencias han sido arrebatadas al mercado por los Estados y su utilización no responde a las preferencias de los ciudadanos, sino a las de los políticos.

En esta línea hay que entender también las recientes presiones de las Comunidades Autónomas por hacerse con mayor parte del pastel, hasta ahora en manos del Gobierno de España (con la excepción, precisamente, de la radio y de algunas frecuencias de TV).

Es evidente que la solución a este problema pasa por permitir que las frecuencias sean como cualquier otro activo. Que se pueda adquirir su propiedad y se puedan realizar con ellas las distintas transacciones habituales en otros bienes. Vamos, que salgan de la órbita del control de las Administraciones Públicas. Así se ha hecho en algunos países de Centroamérica, dando lugar a considerables beneficios para los ciudadanos, en forma de precios y servicios.

Mientras no se haga así, el uso de las frecuencias producirá, además de las familiares interferencias técnicas, otras mucho más dañinas, éstas sobre el funcionamiento de los mercados y la iniciativa de los agentes.

¿Los informáticos ya no seremos ingenieros?

El Colegio Profesional de Ingenieros en Informática de Andalucía llegaba a afirmar no sólo que desaparecerían los estudios superiores del ramo sino que los títulos actuales dejarían de tener validez. Algunos han llegado a proponer una huelga de informáticos para protestar contra la decisión del PSOE.

Por lo que parece, no es exactamente así. Las ingenierías están reguladas por lo que se denominan competencias y atribuciones. Las primeras son aquellas cosas que alguien es capaz de hacer por el hecho de ser capaz de realizar unos estudios, mientras que las segundas son actividades cuyo desempeño se limita por ley a unos titulados concretos; el ejemplo clásico es que el proyecto de un edificio sólo puede ir firmado por un arquitecto, y que la catedral de don Justo Gallego, la del anuncio de Aquarius, no es muy legal que digamos. O quizá sí, porque nunca hubo un proyecto que se pudiera firmar.

El caso es que la ausencia de ficha de informática se debe a que, como "la informática es una materia transversal" y no debe "concentrarse en una titulación concreta", según dice el Gobierno, pues la carrera no tiene atribuciones propias. Además, muchas competencias propias de informáticos, como la programación y el diseño y administración de bases de datos, son atribuidas a los ingenieros de Telecomunicaciones.

El caso es que los informáticos les tenemos bastante manía a los telecos. La consideramos una carrera casi vacía de contenido propio que no hace más que robarnos parcelas a nosotros y a los ingenieros industriales. Y, sobre todo, siempre han tenido mucha influencia en el Gobierno, de modo que les consideramos culpables de que seamos la única ingeniería que no tiene atribuciones profesionales. Así que es en cierto modo natural que agarremos el cabreo que hemos agarrado.

En cualquier caso, a mí me parece una polémica en gran parte estéril. El camino no es crear más atribuciones profesionales, sino ir eliminando las que ya existen. Del mismo modo que existen personas con talento para los ordenadores que jamás estudiaron la carrera, existe mucho zote con título. Son, o deberían ser, las empresas quienes, sin intervención del Estado, decidieran quién puede y quién no dirigir los proyectos informáticos, pero también muchos otros que ahora exigen un ingeniero titulado. Otra cosa es que la presencia de ingenieros, adecuadamente publicitada, pueda suponer un sello de garantía y dar una cierta confianza en la calidad del producto final. Pero que algo sea bueno no significa que deba ser obligatorio.

Otra cosa distinta es, eso sí, el ámbito público. Como ahí no se puede dejar a la arbitrariedad de la administración la contratación de funcionarios o las contrataciones a empresas privadas de proyectos públicos, tiene su lógica que se exijan unos criterios de selección que dejen el menor campo posible a la discrecionalidad. Pero fuera de ahí, esa idea de las competencias y las atribuciones fijadas por ley es de un gremialismo medieval muy poco amigo de la libertad y la competencia real del mercado.

Banca y sanidad: “liberalismo” suicida

La tercera vía, entendida como alternativa intermedia entre el libre mercado y el dominio público puro, es una opción condenada al fracaso. Es más, el intento por dar viabilidad e introducir dinamismo en sectores de intervención pública mediante la "privatización" de determinadas facetas del servicio conduce a situaciones en las que la libertad y el liberalismo, como actitud ética y moral, son los destinatarios de todas las críticas, atribuyendo el fracaso de las medidas a la falta de regulación y a la actuación de agentes privados. Veamos dos ejemplos vivos y controvertidos: la banca, en sentido general, y la sanidad, como servicio público financiado a través de impuestos.

La banca pública, donde un monopolista dispensa el dinero de curso forzoso, de tipo fiduciario, pero también es único operador con la potestad de prestar servicios bancarios de todo tipo, se opone al sistema de banca libre. Cuando ésta opera con dinero fiduciario y reserva fraccionaria, de acuerdo con lo defendido por autores como Huerta de Soto, queda indefectiblemente condenada a la implantación de un prestamista de última instancia que proporcione soporte al sistema, de por sí insostenible y generador de ciclos que necesariamente acaban en quiebras generalizadas.

Vemos como la vulneración de los principios generales del Derecho, cuando los bancos disponen sobre los depósitos a la vista en su poder, hace inevitable la aparición de un banco central, a modo de vía intermedia, o tercera vía, distinta de un orden de banca privada en la que sí se respetase la reserva del 100% y el patrón oro.

El sistema de banca pública conviviendo con banca privada aparentemente dota de una falsa viabilidad al presunto mercado financiero, dando la apariencia de dinamismo, favoreciendo expansiones crediticias que siempre terminan en la irremediable intervención. Esta puede adoptar muchas formas, dependiendo de la naturaleza de la crisis, bien sea de liquidez o de solvencia (como la actual). La irrupción pública en bancos privados, adquiriendo activos o recapitalizando la entidad, es una consecuencia del sistema mixto.

En realidad la actuación privada nunca queda libre de regulación y siempre depende de ésta. La nacionalización de la banca o la socialización de las pérdidas, son resultados inherentes al modelo. La indisciplina de los operadores o los intentos de burlar la regulación, no asumiendo costes, caminando hacia el abismo, no son fruto del ligero reducto de libertad entre tanta intervención. Las crisis son endógenas y endémicas al intervencionismo.

Aunque pueda sonar extraño, algo similar sucede con la sanidad. Las consecuencias de terceras vías degradan el mercado y el servicio, siendo injustamente imputadas a la presunta libertad introducida. Dos modelos: sanidad privada, libremente sufragada por los individuos, contratando con empresas que ofertan servicios concretos, a través de seguros o prestaciones contingentes; y sanidad pública, universal, sufragada gracias a la redistribución de la renta previamente incautada a través del sistema fiscal.

La pública está condenada a la ineficiencia y el coste creciente. Lo vemos en la práctica, pero lo comprendemos gracias a la teoría de la tragedia de los bienes comunales, las enseñanzas de la Escuela de Elección Pública y el teorema de la imposibilidad del cálculo económico socialista. Para salvarla, la clase política, consciente de la inviable situación de un servicio totalmente público, en gasto y prestaciones, recurre a la externalización de distintas facetas del mismo, creando un mercado de la salud. Éste queda intervenido y regulado. Se permiten centros privados, no sustitutivos, es decir, sin que el individuo que los prefiera deje de soportar la carga fiscal necesaria para sostener el sistema público de salud. Pagan dos veces. Gracias a ellos se descongestionan en parte los hospitales del Estado.

Se externalizan servicios logísticos, laboratorios, pero también profesionales, que dejan de ser funcionarios. Surgen empresas privadas al cobijo del gasto público ofertando por menor coste lo que venía prestando la administración directamente. Pero el sistema no logra salir a flote. Comienza la privatización de centros y su gestión completa. La tendencia de todo sistema público que pretenda seguir sosteniendo un servicio aceptable (sin disparar el coste del mismo hasta niveles inaceptables e insoportables para una carga fiscal que no asfixie hasta matar al proceso social) es a la privatización íntegra, o casi, de la prestación del servicio de salud.

El resultado hace depender del gasto público a multitud de empresas privadas en relativa competencia por lograr el contrato con la administración. De igual forma se regulan al máximo las condiciones y posibilidades de la actividad. Lo que en un primer momento parece introducir dinamismo y sostenibilidad, termina en un nuevo colapso.

Las empresas viven del presupuesto, se saben necesarias al tiempo que actúan bajo la imposición de la universalidad. Los operadores terminan por corromper sus decisiones y forman grupos de presión para forzar decisiones públicas, bien de aumento del gasto o cambio en la regulación. El servicio prestado mediante esta tercera vía dispara el coste por ciudadano y termina por quebrar la universalidad, expulsando a colectivos en función de unas u otras características.

La privatización que quiso dar viabilidad al sistema acaba en un esperpento insostenible que despilfarra recursos e impide el ejercicio libre de la función empresarial para resolver desajustes evidentes. Las rentas altas escapan del sistema, aun pagando dos veces, mientras que las bajas acaban o sin servicio o con un servicio profundamente deficiente.

Llegados a este punto las voces son casi unánimes en contra de la libertad introducida en el sector, sin apreciar en absoluto las causas endógenas de la propia concepción pública del mismo. Del monopolio se pasa a la liberalización de la prestación, nunca de la financiación y elección del mismo.

Tanto la banca como la sanidad son ejemplo de cómo el dominio soberano ejercido por el Estado en el diseño del mercado o la prestación del servicio, así como la presencia de un órgano de dirección central o del Gobierno mismo, distorsiona señales, contribuye a la indisciplina de los agentes y lo que es peor, genera una red de empresas privadas que viven del expolio o el privilegio. El resultado es evidente.

¿Para cuándo roaming entre CCAA?

Resulta que, como parte del pacto para aprobar los presupuestos de la nación, PNV y PSOE han acordado que el Gobierno vasco podrá otorgar una licencia de telefonía móvil en su territorio. Hasta ahora, estas licencias se otorgaban a nivel nacional, puesto que el espectro radioeléctrico (el trocito de aire por el que se transmiten las ondas de radio, TV y telefonía móvil, entre otras) se consideraba un bien de dominio público cuya titularidad correspondía al Gobierno central.

Por tanto, si prospera este acuerdo, parece que una parte del espectro pasará a ser de titularidad autonómica. Una vez abierta esta espita, aunque sea sobre una banda, es cuestión de tiempo (y de presupuestos en minoría) que las Autonomías pasen a gestionar la totalidad del mismo. No cabe demasiado optimismo a la vista de la sed competencial que han mostrado históricamente y de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional.

La primera consecuencia evidente es que se complicará la posibilidad de prestar este tipo de servicios a nivel nacional, lo que conllevará pérdidas de economía de escala y supondrá mayores precios para los usuarios. De hecho, algo similar ocurre con las radios, dado que las concesiones de las mismas se hacen a nivel autonómico, por lo que para conseguir cobertura nacional deben acudir a acuerdos con otras emisoras o directamente renunciar a prestar servicio en determinadas áreas.

Pero lo más divertido del futuro que nos aguarda es compararlo con la situación actual en la Unión Europea. Como las licencias de móvil son nacionales, nuestro operador no puede prestarnos servicios directamente en otro país, por lo que debe llegar a acuerdos de roaming con operadores locales. Esto da como resultado esos precios "escandalosos" (para algunos) por llamar fuera de nuestro país con el móvil y que han proporcionado una exculpa estupenda para quedar bien a la Comisión Europea (con su regulación).

Más aún, este organismo está tratando de buscar bandas de frecuencias que se puedan conceder a nivel europeo para facilitar la prestación de servicios comunes en todos los países de la Unión.

En esas estamos, cuando España va y toma el camino contrario: concesión de espectro a nivel subnacional, lo que dará lugar a operadores regionales y nos podría llevar, en menos tiempo del que parece, a la situación europea que la Comisión trata de resolver con las medidas antes apuntadas. Esto es, a tener que pagar por el roaming cuando pasemos de Castellón a Tarragona o de Huesca a Álava.

Pero no nos preocupemos demasiado, que seguro que montan estupendos comités para coordinarse y coger dietas, y que regulan los precios para que no nos claven demasiado con el roaming inter-autonomía. Eso sí, tras echarle la culpa del tema al malvado operador capitalista que lo único que quiere es explotar al consumidor.

¡Acabemos con iTunes!

La peculiar coalición está formada por unos productores musicales sedientos de mayores regalías en Estados Unidos y el Defensor del Consumidor noruego (un tipo nombrado por el rey del país escadinavo para, según dicen, defender a los consumidores de esa nación).

La Asociación Nacional de Editores Musicales (NMPA) ha reclamado que la cantidad que tiene que pagar Apple a sus miembros por cada canción vendida aumente en un 66 por ciento, de 9 a 15 centavos de dólar. Si esto ocurriera, la venta de canciones a 99 centavos dejaría de ser rentable, por lo que la compañía de la manzana ya ha amenazado con cerrar su tienda de música si las autoridades deciden dar la razón a la NMPA. Y es de temer que el poder político actúe como quieren los editores. Quien debe decidir sobre la cuestión es la Copyright Royalty Board (CRB), que anteriormente ya ha demostrado tener poco cariño por internet. Esta institución, adscrita a la Biblioteca del Congreso y formada por tres jueces, decidió el año pasado que a partir de 2010 las tasas que pagan las radios online por derechos de autor se tripliquen, con lo que desembolsarán mucho más que las emisoras tradicionales.

La NMPA argumenta que el beneficio de Apple está en la venta del iPod, por la que ellos no ingresan un céntimo, y que los editores musicales necesitan ganar más ahora. No se plantean que es mejor ganar algo (que dado el volumen de ventas de iTunes no es una cifra pequeña) que no ganar nada debido al cierre de iTunes o a que esta pierda su clientela por subir los precios para que siga siendo rentable, lo que también conduciría a su clausura.

Y es precisamente el iPod lo que abre el frente noruego para iTunes. El Defensor del Consumidor pretende obligar a Apple a que las canciones vendidas a través de su tienda puedan ser escuchadas con reproductores diferentes a los suyos. Si el gigante informático no cede a sus presiones, amenaza con llevarle ante los tribunales. Por supuesto, si esto ocurre y los juzgados dan la razón a ese tipo nombrado por el rey de Noruega, puede haber una reacción en cascada en todos los países de la Unión Europea y no es descartable que las autoridades comunitarias, tan intervencionistas como son, se sacaran de la manga una sanción contra la compañía fundada por Steve Jobs y Stephen Wozniak.

Si una buena parte del negocio de iTunes está en que favorece la venta del iPod, obligar a abrir sus canciones a otros reproductores haría de la venta de música un negocio nada rentable para la compañía, con lo que el cierre en Europa sería algo factible. Algo que no parece plantearse el noruego en cuestión. Un señor que además no da la impresión de haberse enterado de que existen otras tiendas que también venden canciones sueltas, por lo que nadie tiene la necesidad de comprar el producto de Apple.

Tan sólo falta que un grupo de editores musicales y supuestos defensores del consumidor asalten con antorchas la sede de Apple al grito de ¡acabemos con iTunes! Los efectos no serían peores.