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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Navidades progresistas

Es un desasosiego mortecino e inútil, pero con el que muchos quieren convertir nuestras conquistas contra la miseria en argumentos para sentirnos mal. Son las navidades progresistas, que convierten estos días, que debieran ser de celebración, en un motivo más para sentirnos culpables por ser como somos y vivir como lo hacemos. Curiosamente, si hay algo típicamente cristiano es el sentimiento de culpa existencial; los progres se han ido a quedar con lo peor del cristianismo, para rechazar todo lo que tiene de bueno.

Quizá lo más molesto de los progresistas es lo aburridos que resultan. Nos dicen permanentemente lo malos que somos y critican que tengamos en nuestros planes consumir más. ¿Pero qué más les dará? Y si les pica, que se amuelen. Consumir es de lo más moral y bueno que podemos hacer, porque consiste nada menos que en satisfacer directamente nuestras necesidades y nuestros deseos. Y, por fortuna para la gente, en lugar de hacerles caso, cada vez consumimos más, porque cada vez somos más ricos.

La consigna anticonsumista se repite más que cualquier anuncio de unos grandes almacenes y, como todo mantra progre, tiene ese tono de reproche de curilla antiguo que lo hace tan encantador. Es un mensaje negativo por todos los poros, porque… si no debemos consumir, ¿qué hacemos con el resto de nuestra renta? Ahorrar, se supone. ¿Por qué, entonces, no lanzan el mensaje positivo de fomentar el ahorro aunque sea en navidades? Porque esto de ahorrar e invertir, lo de crear riqueza, no les va. Una sociedad de propietarios es una sociedad compuesta por personas independientes, con los medios suficientes como para tomar sus propias decisiones y esa mera idea les produce horror. Así que tampoco transforman su anatema sobre el consumo en una llamada al ahorro.

Al final, quién lo diría, el ideal ciudadano de unas navidades progres es Scrooge, ese huraño personaje del Cuento de Navidad, de Dickens. Lo de comprar regalos (esa cosa de pensar en los demás y demostrárselo con un presente) es sucio consumismo capitalista, pero no gastarse un chavo y no contribuir así a la rueda consumista es virtud progre sin parangón. Scrooge sería un héroe del ecologismo, que adoptaba los comportamientos más miserables con tal de no gastar electricidad. Incluso renunciaba a la división del trabajo, al capitalismo, vaya, haciendo por sí mismo todo lo que pudiera. Todo un icono progresista que los fieles de esa religión, eso sí, no parecen imitar.

Las regulaciones nos empobrecen a todos

El mayor problema de la economía española no es el desempleo, ni la precariedad laboral, ni las bajas ayudas en I+D ni la mayoría de argumentos que suelen dar los "expertos" del Gobierno. El principal problema es uno que jamás nombran: el propio Gobierno y su exceso de regulaciones, una medalla que no corresponde sólo al actual Gobierno del PSOE, sino también a los que tuvimos con Aznar. Los políticos han de cambiar de mentalidad de forma urgente para que el crecimiento económico que tenemos no sea más que una ilusión de bonanza que luego explote como una burbuja.

Si miramos la ficha económica de España que elabora anualmente el Banco Mundial en su informe Doing Business, podremos ver que nuestro Gobierno es de los primeros clasificados en poner trabas a la iniciativa privada. Se tarda una media de 277 días para la obtención de licencias, la rigidez en el empleo dobla a la media de los países de la OCDE, los impuestos a las empresas están entre los más altos, el coste inicial para la creación de una empresa triplica la media de la OCDE y tenemos el dudoso honor de ser el país donde más ha aumentado la presión fiscal en los últimos 30 años. Y la lista completa es mucho más larga; lo milagroso es que aún se creen empresas. Pero esta situación poco importa al Gobierno, que prefiere matar a la gallina de los huevos de oro con tal de lucrarse y, encima, carga contra los empresarios y las empresas por no querer modernizarse o les llama insolidarios por intentar esquivar el estado de sitio al que la administración les tiene sometidos.

Se está hablando mucho de un nuevo tipo de economía para España ante la evidencia de las deslocalizaciones y la globalización. Los políticos, como siempre, abogan por mayores impuestos y mayor control estatal para repartir el dinero arbitrariamente entre sus amigos (subvenciones) planificando la economía como si se tratase un juego de estrategia. Un poco de sentido económico, señores políticos, que nos lo están diciendo todos los informes extranjeros: el problema de la economía española es la regulación y burocracia excesiva. Si el gobierno dejara de ahogar sistemáticamente la iniciativa privada con impuestos y trámites la modernización se produciría de forma natural e inmediata.

Una economía regulada y burocratizada significa que las empresas trabajan para el gobierno y no para la gente, lo que es un lastre para nuestro bienestar.

Hacer perverso lo razonable

Las contradicciones no acaban aquí. Al Gobierno no le gustan las malas noticias, como las de los accidentes de tráfico, e intenta moderarlas obligándonos a hacer lo que privadamente debemos hacer: ponerse el cinturón, moderar la velocidad, equipar el coche con todas las medidas de seguridad… Con lo absurdas que son otras regulaciones, ¿habrá alguna más sensata y más sana que estas?

Y, sin embargo siempre hay algo que hace que incluso este tipo de normas se estrellen. El Gobierno obliga a todo el mundo a seguir comportamientos razonables, lo que parece óptimo. Pero somos tan complejos, que es como si diera igual por cuantos lados nos presionen; siempre hay alguna vía de escape, inesperada.

Por ejemplo: cada uno suele elegir un nivel de riesgo para distintas situaciones. Y si a una persona se le obliga a equipar el coche con todos los elementos de seguridad, que de otro modo no hubiera elegido, adapta su comportamiento con una conducción más agresiva, hasta alcanzar el nivel de riesgo que desea mantener. Como le ocurrirá lo mismo a más de uno, el resultado final de obligar a los conductores a ponerse el cinturón, pongo por caso, será incierto.

Pero hay más. George Reisman en su monumental libro Capitalism, muestra una nueva antilogía: Las regulaciones hacen mucho más caros los coches. Y "en la medida en que los nuevos coches se hacen más caros de lo que necesitan ser, la gente se ve impelida a mantener sus coches durante más tiempo. Dado que los coches más viejos por lo general no son tan seguros como los nuevos, esto quiere decir que la gente está forzada a conducir coches que no son tan seguros como lo serían en ausencia de la legislación de seguridad de automóviles". La economía es una ciencia de paradojas.

Con funcionarios esto no pasaría

Sucedió que un perro callejero tenía por costumbre cobijarse en el patio del parque móvil oficial. Los compañeros conductores (en los años ochenta se suponía que todos los funcionarios éramos "compañeros" y que estábamos ahí no por haber aprobado unas oposiciones, sino para hacer la revolución), sentían cierta simpatía por el chucho, al cual alimentaban con las sobras del almuerzo. El perrillo estaba tan agradecido que vigilaba los vehículos con una fiereza digna de un doberman cocainómano. No había quien se acercara al recinto pues el pobre bicho se desgañitaba ladrando y enseñando los dientes a todo el que no conocía.

Andando el tiempo, los compañeros conductores se apiadaron del animal y entre todos le proporcionaron una caseta para que se resguardara del frío en invierno y del sol en verano. A partir de ese mismo día dejó de importarle lo más mínimo que personas desconocidas deambularan por el recinto. No volvió a dar ni un solo ladrido: ya era funcionario. Después de este episodio, la seguridad del perímetro se funcionarizó también, con dos agentes por turno y un completo sistema de cámaras de vigilancia de última generación.

Con la primera huelga general que las masas trabajadoras le han recetado a Zapatero ocurrirá lo mismo, sobre todo porque se ha convocado donde más duele; dentro de casa. Una cosa es que los trabajadores del aeropuerto del Prat inmovilicen el tráfico aeroportuario, pues uno va a las rebajas de Harrods en aviones del ejército y esos no despegan de allí, y otra bien distinta que la señora vicepresidenta tenga que descuidar los importantes asuntos de su agenda para dar un planchazo al modelo que piensa estrenar al día siguiente.

Es lo que pasa cuando se confía el asunto de la intendencia al sector privado. Y mira que los compañeros sindicalistas nos lo tienen repetido: "lo público es bueno, lo privado malo". Así es, y por si doña Sonsoles aún lo dudaba, ahí tiene la prueba, en su misma cocina. Las empresas, con su manía de optimizar recursos y reducir costes en aras de la competitividad, olvidan con frecuencia que cuando se trabaja para la administración la clave del éxito es otra bien distinta.

Si los servicios de La Moncloa estuvieran gestionados por la administración habría cuatro directores de área (ropa, limpieza, cuidados infantiles y pipí canino) con dos jefes de servicio, tres de sección y cinco de negociado por cada departamento, además de la asesoría técnica compuesta por un veterinario, un dinamizador social especializado en psicopedagogía infantil y al menos diez estilistas. El equipo se completaría con cincuenta funcionarios interinos pertenecientes al grupo E para realizar las labores manuales, en turnos diarios de tres horas con el fin de compensar con descansos la realización de tareas fuera de lo fijado por convenio. De esta forma el servicio sería prestado con pulcritud y a satisfacción de todos.

Sí, sería algo así como veinte veces más caro que ahora, pero dado que la doctrina de la administración ZP fijada por la ministra Calvo es que "el dinero público no es de nadie", ¿Quién se va a molestar por esa minucia?

Hacer del robo, ley

El Proyecto de Ley posee infinidad de puntos oscuros, pero quizás el más preocupante es el cambio sustancial que sufren las valoraciones de suelo para supuestos expropiatorios. El criterio general que se viene utilizando para la valoración de inmuebles desde la Ley 6/98 es en función de su clasificación (urbano, urbanizable y no urbanizable). Sin embargo, este criterio es sustituido por el de en función de su situación básica  en el nuevo Proyecto de Ley (situación de urbanizado o situación de no urbanizado). De este modo, y con este cambio, cuando el Estado realice expropiaciones poco importará cómo este clasificado el suelo en el Planeamiento General de los municipios y la expropiación se realizará atendiendo a su situación básica en el momento del expediente expropiatorio. Y es que se podrán expropiar suelos clasificados como urbanizables que no han iniciado su transformación como si de no urbanizables o rústicos se tratase (en situación de no urbanizado).

Si a esta modificación le sumamos los cambios de los mecanismos de valoración del suelo que se detallan en el título III de la futura Ley, nos encontraremos con unas expropiaciones cuyas indemnizaciones incumplen el concepto de indemnidad patrimonial, ya que la compensación será infinitamente inferior a la del mercado libre. Rechazar la formación del precio del suelo en el mercado y sustituirlo por un valor irrisorio debería conllevar el cambio de denominación de justiprecio expropiatorio a injustiprecio.

El legislador, además, se apoya en nuevos conceptos que legitiman la intervención pública del suelo como puede ser el de “desarrollo sostenible”. Sin embargo, este concepto que se emplea en el texto es uno de los más controvertidos y contestados desde la ciencia económica. Este término (auspiciado por el Club de Roma) posee una más que dudosa validez científica debido a su incomprensión del proceso de formación de bienes económicos, el fenómeno de la escasez económica y la importancia del sistema de precios no intervenidos en la atenuación de escasez. Por ello, debido a esta serie de carencias conceptuales, las políticas económicas encaminadas a lograr un desarrollo sostenible sólo han logrado lo último: sostenerse en el tiempo, pero lastrando el desarrollo.

Si analizamos el articulado del Proyecto nos daremos cuenta de que se desarrollan definiciones y exigencias de dudosa constitucionalidad, ya que salen de las competencias del Estado en esta materia, acotadas de forma clara en la sentencia del Tribunal Constitucional 61/1997 (según esta sentencia la administración central única y exclusivamente tiene compendias en los deberes y derecho de la propiedad y las valoraciones de suelo para supuestos expropiatorios). Por apuntar dos cuestiones de extrema curiosidad, reseñaré el cambio de los derechos y deberes de la propiedad, al de derechos y deberes de la ciudadanía. De esta forma, se incentivan las decisiones colectivas sobre los límites de la propiedad privada del suelo, lo cual incrementará la inseguridad jurídica en torno a la propiedad y no ayudará a la transformación del suelo para los usos más urgentemente necesitados. La otra cuestión es que el legislador llega incluso a pedir que se incluya entre la documentación de las actuaciones de urbanización un informe o memoria de sostenibilidad económica, en el que se ponderará su impacto en las haciendas públicas; sin duda alguna este informe deja entrever que lo importante no es el desarrollo armónico en virtud del cual los recursos escasos se utilizan en la consecución de los fines más urgentemente necesitados por los individuos, sino que las arcas locales estén bien saneadas.

En lo que a las haciendas públicas se refiere, el legislador deja bien claro que es lo único que le interesa: incrementar los impuestos urbanísticos de forma sustancial. Por un lado, se incorpora una reserva mínima del 25% de la edificabilidad destinada para viviendas sujetas a algún régimen de protección (incorporación de dudosa constitucionalidad)  y por otro, se aumenta el impuesto del porcentaje de cesión de las plusvalías generadas por la promoción inmobiliaria. En la Ley 6/98 el porcentaje era del 10% del aprovechamiento del sector o ámbito correspondiente con carácter máximo y podía ser reducido por las legislaciones urbanísticas autonómicas. El actual Proyecto de Ley lo modifica de forma considerable: un mínimo del 5% y un máximo del 20%, que ya no se refiere al aprovechamiento urbanístico tipo o medio, sino a la edificabilidad media ponderada (este cambio de definición, aunque no afectará a la recaudación final de las arcas públicas, traerá problemas para los técnicos y burócratas que tiene perfectamente asimilado el concepto de aprovechamiento urbanístico). Sin duda, estos nuevos impuestos repercutirán en el precio final de la vivienda libre produciendo una tendencia inflacionista mayor de la que hoy existe.

Para concluir, habría que señalar la errónea interpretación que hace la futura ley sobre la especulación. La especulación tiene dos orígenes: uno autónomo que permite la adecuación de la oferta a la demanda en el plano intertemporal, y otro inducido por las diferentes formas de intervención pública en el libre uso del suelo. Tratar de evitar el primero (como hace el Proyecto de Ley) es desequilibrar el mercado y distanciar la oferta de la demanda, con los graves problemas que estas divergencias ocasionan. En cambio, tratar de evitar el segundo de una forma distinta al cese de la intervención que ha causado el problema, es sentar las bases de ulteriores intervenciones que,  descoordinarán las acciones de los agentes económicos y motivarán nuevas ocasiones para vivir de la especulación sobre futuras intervenciones y nuevos focos de corrupción. Es por ello que esta Ley, además de ser de dudosa constitucionalidad, de incrementar el precio de la vivienda y promover la mayor intervención pública incentivando de esta forma la especulación no coordinadora, traerá una mayor corrupción de la que hoy tenemos y desacelerará uno de los sectores más importantes de nuestra economía, al incrementar la inseguridad jurídica sobre la propiedad privada.

La propiedad privada por los suelos

El Proyecto de Ley pretende haber encontrado una fórmula mágica para acabar con la especulación y la presión del precio del suelo sobre el precio de la vivienda. Se trata de la eliminación de la clasificación del suelo como criterio general para la valoración de inmuebles. La idea es que la clasificación "ha contribuido históricamente a la inflación de los valores del suelo, incorporando expectativas de revalorización mucho antes de que se realizaran las operaciones necesarias para materializar las determinaciones urbanísticas de los poderes públicos y, por ende, ha fomentado también las prácticas especulativas, contra las que debemos luchar por imperativo constitucional". Si la eliminación se realizara para liberalizar la urbanización del suelo, esto podría tener algún sentido. Pero la realidad es que este cambio no incrementa la oferta y sólo sirve, como luego veremos, para reducir los pagos por expropiaciones.

Es más, el proyecto incorpora una reserva mínima del 25% de la edificabilidad destinada para viviendas sujetas a algún régimen de protección así como un aumento del porcentaje de cesión de las plusvalías generadas por la promoción inmobiliaria (que pasa del máximo del 10% en la Ley 6/98 a un nuevo máximo del 20%). De estas imposiciones sólo cabe esperar nuevas presiones al alza en el precio.

Además, pensar que con la eliminación de las clasificaciones se elimina la especulación es no entender nada. Existen dos tipos de especulación cuya naturaleza es totalmente opuesta. La primera es económica mientras que la segunda es política. La especulación económica está necesariamente presente en cada acción, grande o pequeña, que los seres humanos llevamos a cabo. Su efecto es claramente beneficioso en cuanto trata de coordinar intertemporalmente el uso presente de los recursos con su previsible escasez futura. En el caso del suelo, la especulación de naturaleza económica tiende a conservar suelos que puedan tener gran valor en el futuro y reduce las fluctuaciones del precio al comprarse terrenos cuando están muy baratos en relación a su potencial uso y venderlos cuando son caros y destinados a usos más provechosos. La especulación política, en cambio, consiste en comprar terrenos no urbanizables a muy bajo precio porque se tiene la certeza de que serán recalificados como urbanos. Mientras que la especulación económica tiene efectos sociales claramente positivos, la política es el caldo de cultivo de una de las mayores lacras modernas: la corrupción. Pues bien, el Proyecto de Ley del Suelo ataca la primera mientras que fomenta la segunda con nuevas dosis de intervencionismo y arbitrariedad.

Desde el derecho "de participación y de prestación de los ciudadanos en relación con el urbanismo", al deber del propietario "de conservar los terrenos y su masa vegetal en condiciones de evitar" una enorme cantidad de riesgos, pasando por "el deber de dedicar la vivienda al uso previsto o autorizado directamente o poniéndolo a disposición de terceros" la futura ley es una retahíla de disposiciones cuya aplicación es totalmente arbitraria.

Pero los despropósitos no acaban aquí. En 1994 el Partido Popular introdujo en la Comunidad Valenciana uno de los mayores ataques a la propiedad privada que jamás se han perpetrado en el sector. Me refiero a la creación de la figura del agente urbanizador, ese tercero con derecho a suplantar al propietario a la hora de realizar una actuación urbanística. La Ley del Suelo de 1998 le dio cierta cobertura y se expandió por varias Comunidades Autónomas en poder de ambos partidos. Pues bien, la futura ley socialista trata de legitimar esta estafa legal y abre la puerta en el título del artículo 6 a la ampliación de estas prácticas contrarias la propiedad privada al campo de la edificación haciendo referencia al agente edificador.

Con todo, lo peor del Proyecto de Ley se encuentra en el Título Tercero, que trata las valoraciones de cara a la expropiación. Como hemos visto, las clasificaciones quedan eliminadas y los suelos pasan a ser considerados como rurales o urbanizados a efectos de su valoración. En lugar de valorarse el suelo que la Administración decide expropiar en función de su uso potencial, se hará en virtud de su situación física y se calculará a través del método de capitalización de rentas en lugar del método comparativo de suelos similares en el mercado. Para hacerse una idea de la importancia de este cambio, basta con observar que las fincas urbanizables serán expropiadas como rústicas. La ley se carga 400 años de aplicación más o menos acertada del justiprecio y la sustituye por algo que sólo puede ser calificado como injustiprecio. Las consecuencias de este ataque a la propiedad privada sobre la capacidad de financiación de los pequeños y medianos promotores vía reducción de las garantías hipotecarias no es ninguna broma. Los propietarios salen perdiendo y los únicos que sacan tajada son el Estado y el Agente Urbanizador.

Por desgracia, la ceguera económica de quienes han ideado el proyecto imposibilita solucionar problemas como el de los precios artificialmente elevados y el de la corrupción ligada a la especulación política. Es más, el espíritu de extremo intervencionismo logrará que se agraven aún más. Para colmo de males, la ley está empapada de tal desprecio por la propiedad privada que promoverá mayores cotas de incertidumbre jurídica y un nivel de injusticia propio de países huérfanos de algunas de las libertades más elementales.

Amazon.es y el precio fijo del libro

Un Amazon en español con centros logísticos en nuestro país e Hispanoamérica tendría un enorme mercado potencial. Nuestro país es la cuarta potencia editorial del mundo. Hubo varios proyectos de aprovechar la ausencia de la compañía de Jeff Bezos en España, pero datan de la burbuja y ciertamente se comportaron como las empresas de la época, gastando dinero a manos llenas e ingresando poco. Aún se recuerda la campaña publicitaria de Diversia, que comenzó ¡antes de que funcionara la página! Actualmente lo que tenemos son las tiendas online de las grandes librerías –como la Casa del Libro o El Corte Inglés– que, desde luego, carecen de la calidad, comodidad y buen precio del gigante norteamericano del comercio electrónico.

Las razones para al ausencia de Amazon en nuestro mercado son muchas. No somos un país amigo del comercio electrónico, aunque sea cada vez más común ver en las oficinas de correo los paquetes con sonrisa de la empresa de Bezos. Tampoco es que seamos muy proclives a eso de la lectura, motivo por el cual se ponen en marcha regularmente ridículos planes ministeriales para fomentarla, que fracasan, lo que no impide que lo vuelvan a intentar porque, claro, el dinero público no es de nadie. A pesar de ello, Amazon podría triunfar en nuestro país si la ley no le impidiera hacer los enormes descuentos que tan bien conocemos quienes compramos en sus tiendas en Estados Unidos y el Reino Unido.

Normalmente, las restricciones al mercado existen porque un grupo de presión exitoso ha logrado convencer a la administración de la necesidad de las mismas. El Estado, como explicó genialmente Carlos Rodríguez Braun, no redistribuye de ricos a pobres sino de grupos desorganizados a grupos organizados. Generalmente, claro está, estos lobbys no suelen actuar nunca exponiendo de forma clara y cruda su propio interés, habitualmente pecuniario. Con respecto a los libros, los principales beneficiarios son los editores, pero ponen la excusa de la pequeña librería "portadora de la cultura" para intentar convencer a los incautos, y vaya si lo consiguen.

La economía básica nos enseña que rebajar el precio de un bien permite que se venda más, de modo que si realmente se quisiera fomentar la lectura –tal y como nos aseguran que hará la nueva Ley del Libro– nada mejor que liberalizar su precio, permitiendo a las librerías aplicar el descuento que gusten. Así nos harían un favor a los consumidores de libros, que podríamos ahorrarnos nuestro buen dinero, que en algunos casos se gastaría en otras obras que a los precios actuales no habríamos adquirido. Eso, desde luego, se entiende perfectamente desde el Ministerio, pues cuando un grupo de presión mayor –las autonomías– es quien tiene que costear en parte o totalmente los libros de texto, curiosamente, y pese al sin duda enorme daño que hará a las pequeñas librerías y por tanto a la "cultura", según sus argumentos, han decidido acabar con el precio único de los mismos.

La edición y la remuneración al autor suponen aproximadamente la mitad del precio que pagamos por un libro. Una librería online como Amazon tendría, por tanto, un espacio enorme para hacer grandes descuentos que compensaran los gastos de envío y aun así obtener beneficios y reducir el precio final al cliente. Una tienda virtual de la calidad técnica de Amazon, con sus recomendaciones generadas por las opiniones y las compras de los clientes, posiblemente haría más por fomentar la venta de libros poco conocidos de editoriales pequeñas que todos los inútiles planes de lectura de todas las administraciones públicas. Pero que no se nos olvide que el Estado lo hace por nuestro bien, como siempre.

La “guerra” de los sexos

El socialismo discrimina a los individuos por razón de sexo. Este hecho irrefutable no constituiría por sí solo una amenaza, siempre y cuando tal precepto afectara única y exclusivamente al selecto club de los progresistas y allegados al PSOE. Al fin y al cabo, la discriminación es una herramienta que el individuo emplea de forma natural como consecuencia de su capacidad de decisión. Actuar en libertad implica elegir y, por lo tanto, descartar. El problema surge, sin embargo, cuando la legítima subjetividad del individuo es sustituida por una falsa objetividad del Gobierno, impuesta a golpe de decreto.

La Ley de Igualdad, que entrará en vigor en enero del próximo año, es un claro ejemplo de ello. La normativa, ideada por el Ejecutivo con la intención de “hacer efectivo el principio de igualdad de trato y oportunidades entre mujeres y hombres” (art.1), establece la denominada discriminación positiva como fundamento básico de nuestro ordenamiento jurídico. Dicho concepto nace en el seno de la teoría de género, que concibe al colectivo femenino como una “minoría” que se encuentra en una situación de desventaja con respecto a los hombres y, por ello, conforme a sus criterios de justicia, debería ser susceptible de ayuda y protección institucional para poder corregir tales desigualdades. De este modo, legitiman la aplicación de políticas sociolaborales ventajosas en favor de un grupo de individuos por razón de sexo.

Sin embargo, dicha argumentación adolece de una contradicción insuperable: ¿cómo es posible implementar un modelo en el que para mejorar la situación de los más, en teoría, desfavorecidos (en este caso las mujeres) es necesario vulnerar la posición y derechos individuales de los más aventajados (hombres)? De esta forma, se llegaría al establecimiento de una vulneración institucionalizada de derechos individuales inalienables que pertenecen a terceros, lo cual implica una violación en toda regla del fundamental principio de igualdad ante la ley.

La igualdad jurídica formal,propia de la tradición liberal, queda así en el más absoluto de los olvidos: “Todos los hombres son iguales y deben ser considerados y tratados por igual” y “la ley es igual para todos”, base jurídica sobre la que se edifica la concepción del Derecho y del Estado modernos. Según esta misma argumentación teórica, ¿qué impediría a otros colectivos que se perciban a sí mismos como marginados o discriminados, aduciendo simplemente una situación de desigualdad frente a otros, la aplicación legítima de este tipo de medidas? Desigualdad que, por cierto, se configura como elemento intrínseco de la sociedad y de la propia naturaleza humana, y cuya argumentación podría estar basada en una infinidad de criterios: desigualdad económica, social, biológica, física, personal, intelectual, etc.

Se trata, por tanto, de una intervención directa por parte del Estado en el mercado de trabajo, cuyos efectos y consecuencias generan más problemas que beneficios. Y es que, ¿acaso no parece ilógico tratar de imponer a un empresario el tipo o clase de individuos que debe incorporar a su plantilla? ¿No se tiene en cuenta que dicho empresario, en su búsqueda constante de beneficios, tratará de contratar al personal que estime más conveniente y competente para el desempeño de determinadas tareas independientemente del sexo, la raza o la religión a la que pertenezca?

Evidentemente, existen prejuicios a nivel individual que afectan a la hora de tomar este tipo de decisiones, pero ¿de qué legitimidad y superioridad moral goza nadie para poder decidir por otro en aspectos de la vida semejantes? ¿Es que acaso está legitimado el Estado para recomendar o decidir por mí la clase de coche que debo comprar, o el tipo de personas que deben entrar en mi casa, con quién me debo casar, con quién debo hacer negocios? ¿No son éstas decisiones que pertenecen también al ámbito de lo privado? ¿Por qué entonces siendo yo el dueño de mi empresa puede intervenir el Estado a la hora decidir a quién debo ascender o contratar para un determinado puesto?

El papel de la mujer como directiva y empresaria es cada vez mayor, algo impensable hasta hace bien poco; los empleadores son cada vez más conscientes del enorme valor y alta competencia de la mujer en el ámbito laboral, lo cual posibilita el debilitamiento y eliminación de estereotipos de carácter sexista; las empresas son cada vez más conscientes en cuanto a la mejora de las condiciones laborales, como la creación de guarderías en los centros de trabajo, seguros médicos y escolares, bajas por maternidad, etc. Los avances a este respecto son claros y han sido posibilitados por la propia dinámica del mercado y no mediante la puesta en práctica de medidas discriminatorias implementadas por el Gobierno.

El mercado desempeña una esencial función de coordinación social, el único capaz de proporcionar un eficaz equilibrio entre los innumerables deseos individuales (demanda) y la diversa y variada gama de productos, bienes y servicios (oferta), y tal sistema descansa sobre los principios básicos de libertad de acción y establecimiento de acuerdos voluntarios por parte de los individuos. Sin embargo, libertad y voluntariedad no son compatibles con los conceptos de imposición y obligatoriedad por parte del Estado a través de sus políticas a nivel económico y social. El ministro de Trabajo, Jesús Caldera, se ha encargado de desenterrar el hacha… La guerra de los sexos comienza, precisamente, ahora.

Una vía accidentada

Nadie se ha preguntado, viendo cómo estas tragedias se suceden, si la gestión pública del transporte por tren es la más adecuada. ¿Imaginan que alguno de estos accidentes hubiera tenido lugar en Gran Bretaña? Todos los informativos abrirían con lamentaciones sobre la "polémica" privatización del sistema ferroviario.

Los accidentes son parte de la vida, pero ¿no podemos hacer algo para mejorar la seguridad en las comunicaciones ferroviarias? Hay una respuesta para la que no hace falta mucha imaginación, y que es la primera que se da en este tipo de situaciones: gastemos más dinero público. Pero el gasto da resultado sólo si se utiliza bien, algo para lo que la burocracia carece de incentivos y de ese conocimiento relevante que sólo se adquiere en el mercado. ¿Qué hacer, entonces?

Con discreción, casi con silencio, se han cumplido diez años de la privatización de los servicios ferroviarios en Gran Bretaña. Una ocasión perfecta para mirar atrás, algo que ha hecho la Asociación de Compañías Operadoras de Tren (ATOC) de Gran Bretaña, con varios informes. Desde 1996, cuando se privatizó, el transporte ferroviario ha crecido como en ningún otro país europeo: un 41% en pasajeros y casi un 60% en mercancías. La red ha sumado en estos años en 19 nuevas líneas y 51 estaciones y está en el mayor proceso de renovación de su historia, del que se reemplazarán 4.800 vehículos.

Se dirá que sólo invierten porque las 25 operadoras actualmente en servicio quieren ganar más dinero. Y es cierto. Compiten con otras vías de comunicación, y tienen que ser lo suficientemente competitivas. Pero ello incluye también a la seguridad, en la que han invertido más de 750 millones de euros.

El éxito ha sido notable: Desde 1996 la siniestralidad no ha dejado de caer, y es hoy una de las más bajas de Europa, que no llega al 0,1 por ciento por cada millón de kilómetros. Por el contrario, si miramos qué países encabezan la siniestra lista de quienes que tienen más accidentes, encontraremos siempre a países con una gestión pública del servicio ferroviario. Por única solución propuesta, más dinero público y más regulaciones.

La vieja idea de que las empresas no gastan en seguridad porque les cuesta dinero es un viejo mantra del intervencionismo, que no entiende cómo se comporta una empresa cuando tiene que competir con otras para ofrecerle más y mejor transporte, sí, pero también mayor seguridad. Siempre parte de la idea de que el burócrata es más listo y sabe más y mejor de las necesidades de cada ciudadano que cada uno de ellos. Así, prefiere tomar él las decisiones. Pero la gente sabe decidir por sí misma, y elegirá, si tiene varias opciones, entre aquellas que le ofrezcan cierta seguridad. En Gran Bretaña pueden hacerlo, y les va bien. Han elegido la vía adecuada.

Intervencionistas a todo tren

En realidad, la única diferencia respecto al modelo estatal era que, a partir de su privatización, el servicio sería prestado por empresas privadas, cuyo beneficio dependería exclusivamente de la eficiencia con que satisficieran las necesidades del consumidor. Quiero decir que las leyes de la física seguirían siendo las mismas, aunque los trenes no fueran ya más conducidos por funcionarios malhumorados. Recuerden lo que hemos repetido tantas veces en esta columna: la Naturaleza no es nada, nada, nada progresista. Se siente.

Recientemente se han cumplido diez años desde la privatización de los ferrocarriles británicos. Pues bien, para asombro de los profetas del apocalipsis ferroviario, la realidad ha sido exactamente la contraria. Gran Bretaña ha experimentado en estos diez años, de largo, el mayor crecimiento en transporte ferroviario de toda Europa, con veinticinco compañías privadas operando en el sector, mientras que la proporción de accidentes no ha dejado de reducirse hasta situarse en una de las más bajas de Europa, 0’1 accidentes por millón de kilómetros recorridos (por poner un caso cercano, en España la proporción de siniestros es exactamente el cuádruple).

El problema de la izquierda es que reduce su discurso a que las cosas se hagan según su método, aunque el resultado sea el contrario del previsto. Su receta es siempre ceder el control de los asuntos al poder político. Si hay un problema, el gobierno crea un organismo (generalmente un "observatorio", que ya es tener humor), se sangra un poco más el presupuesto a costa del bolsillo de los ciudadanos y se proclama que todo está en vías de solución. Por supuesto, la intervención estatal no hace más que agravar la situación, pero para eso el progresismo también tiene una respuesta preparada: "Las cosas están peor, sí, ¡pero aún lo estarían mucho más si no nos hubiéramos encargado nosotros de su cuidado!"

La avalancha del marxismo pasó, pero aún quedan sus sedimentos. Conviene sacar el recogedor y acabar de limpiar los restos, aunque sólo sea por higiene social. En otras palabras, hay que dejar de tener miedo a la libertad y levantar de una vez el tabú de la palabra "privatización". Los países que tienen la valentía de dar ese paso y soportar el primer sarampión de las protestas de la izquierda, ganan en eficiencia y sus ciudadanos se ahorran un buen dinero que pueden destinar al consumo, a la inversión o al ahorro. El dinero donde mejor está es en el bolsillo de los contribuyentes. Sobre todo cuando la alternativa es gastarlo mal para ofrecer unos servicios paupérrimos. En España sabemos algo de todo esto.