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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

La palanca migratoria

La existencia de una cierta migración es un fenómeno que no debería sorprender a casi nadie. Que la gente quiera trasladarse desde las zonas menos prósperas a las más ricas tiene bastante de lógico. Sin embargo, junto con las ventajas económicas consustanciales al desplazamiento, el inmigrante tiene que confrontar el desarraigo de su entorno social, su cultura y su modo de vida. O dicho de otro modo: cabe esperar una cierta resistencia por parte de los inmigrantes a abandonar su lugar de origen, máxime si dicho lugar no es excesivamente pobre o, en especial, si las inversiones pueden afluir libremente a él.

La ciencia económica sabe perfectamente que existe una tendencia a que los trabajadores vayan allí donde los salarios están más altos, o bien a que el capital acuda allí donde los salarios son más bajos. En el primer caso, el mayor número de trabajadores reducirá los salarios; en el segundo, la mayor inversión los incrementará.

Este aumento de salarios en las zonas pobres derivado de la inversión procedente de las zonas ricas (lo que los progres tildan hoy de deslocalización) reduce aun más el incentivo para marcharse de unas zonas cada vez menos pobres.

En la actualidad podemos observar que la contención de la migración hacia Occidente funciona en lo relativo a los trabajadores asiáticos, pero parece carecer de la más completa influencia con respecto a los africanos. Con la irrupción del pánico social derivado de la "invasión africana", los políticos han adoptado, como de costumbre, la más irresponsable de entre las opciones disponibles: atacar los síntomas y no las causas y criminalizar a los africanos.

Ya vimos en otros artículos que la causa última de la pobreza en África es la falta absoluta de respeto a la propiedad privada por parte de sus gobiernos tiránicos. Allí donde el ser humano no sea libre de contratar y gestionar sus dominios libremente, nadie estará dispuesto a realizar cuantiosas inversiones que mejoren la vida de los consumidores, trabajadores y accionistas.

Los estados occidentales son en buena parte responsables de sustentar las dictaduras y regímenes socialistas africanos. Muchos de sus dirigentes han sido respaldados y educados por jerarcas europeos, y sus gobiernos reciben multimillonarias ayudas a través de la ONU y de patochadas altermundistas como el 0’7%. Sin ir más lejos de nuestro país, Zapatero ha defendido en varias ocasiones incrementar la ayuda para los tiranos africanos.

Con este tipo de propuestas sólo se logra reforzar un poder centralizado y opresor, que impide a los africanos abandonar la pobreza extrema. Si la inmigración supone un problema para Europa, los estados europeos deberían dejar de castrar las posibilidades de promoción de esos inmigrantes dentro de sus sociedades nativas.

Pero aun en el caso de que las sociedades africanas fueran un Edén de libertades, no parece que nuestros políticos tengan ningún interés en facilitarles las cosas. Los aranceles de la Unión Europea restringen enormemente los movimientos de capitales y las inversiones hacia África, ya que reducen la rentabilidad de las exportaciones hacia Europa.

De nuevo, no parece que obstaculizar las inversiones occidentales en África sea la mejor solución para contener las migraciones masivas. Si el capital no acude al trabajo, el trabajo acudirá al capital.

Estado de Bienestar

Uno de los peligros más grandes que supone el desarraigo está relacionado con el desamparo a que puede sucumbir el inmigrante. En las sociedades nativas existe una suerte de vínculos familiares y amistosos que, en buena medida, sirven de colchón cuando la mala fortuna se ceba con una persona en concreto. Sin embargo, cuando el inmigrante se introduce en una sociedad extranjera esos vínculos se ven enormemente debilitados. La sociedad receptora no tiene por qué ayudar a un desconocido en caso de necesidad y, por tanto, el riesgo de fracaso acarrea un coste considerable que refrena el impulso migratorio.

En Occidente, con todo, la asistencia social es un auténtico free lunch para los inmigrantes. El Estado, a través del expolio fiscal, crea toda una red educativa, sanitaria y de subsidios varios que trata de eliminar la inseguridad. El inmigrante sólo tiene que acudir a Occidente para saber que, en caso de necesidad, la sociedad extranjera forzosamente le ayudará.

Es más, en muchos casos convendrá simplemente migrar a esas sociedades extranjeras por el beneficio neto que supone dicha red de asistencia social. Mientras que en una sociedad africana la sanidad puede resultar prácticamente inaccesible, en España es gratuita. ¿Qué sentido tiene permanecer en esa sociedad, por muchos vínculos familiares y amistosos que se tengan?

El Estado de Bienestar occidental, por consiguiente, no sólo atrae inmigrantes, sino que socava las bases de la convivencia y de las relaciones entre los africanos. La necesidad de colaborar entre ellos desaparece por mor de la posibilidad de parasitar al Estado europeo.

Si de verdad queremos reducir la presión migratoria, basta con que eliminemos el Estado de Bienestar y hagamos que el inmigrante soporte enteramente el coste y los riesgos de migrar. Pero, por supuesto, los políticos mienten nuevamente cuando dicen que su voluntad es solucionar el problema de la inmigración.

¿Qué quieren realmente los políticos?

Tres simples –pero a la vez profundos– cambios serían necesarios para reducir el flujo migratorio hacia Europa: eliminar las ayudas al desarrollo, suprimir los aranceles y desmantelar el Estado de Bienestar. No obstante, a los políticos europeos les interesa poco o nada contener la inmigración. Como siempre, la única preocupación de todo político es ampliar su esfera de poder y control sobre la población.

La inmigración supone un medio perfecto: el problema es generado por los políticos de un modo que la mayoría de la población no comprende, y la inmigración genera un evidente pánico social. El resultado es previsible: el Gobierno reclamará "poderes extraordinarios" y "recursos adicionales" para hacer frente al problema.

Por un lado, parte de esos recursos se destinarán a enriquecer aún más a las dictaduras africanas, con la excusa de la ayuda al desarrollo; por el otro, se destinarán a crear una red de acogida de inmigrantes que dé respuesta al "drama humanitario", de modo que la inmigración se verá aún más estimulada.

Por si esto fuera poco, los poderes extraordinarios en materia militar y policial suponen la creación de nuevos e inquietantes controles sobre la sociedad civil. El control de las fronteras se incrementa, y los estados europeos adoptan cada vez más la apariencia de un centro de presidiaros.

No es casualidad que ocho estados europeos, entre ellos España y Francia, hayan solicitado a la Comisión Europea más fondos y medios policiales para controlar la inmigración. Como ya hemos visto, todo forma parte del mismo juego obsceno de los políticos: estimular la inmigración para generar un pánico que legitime la ampliación de su poder.

Ninguna de las propuestas de los "estadistas" occidentales pasa por una mayor liberación del comercio internacional, ni por la inmediata retirada de apoyo financiero a los regímenes tiránicos. Más bien discurren por la dirección opuesta. La consecuencia de todo este desaguisado no será menos sino más inmigración y, gracias a su habilidosa manipulación, no menos sino más Estado. Sólo denunciando las auténticas causas del problema podremos darle solución.

Ningún error podría ser mayor en este caso que el de criminalizar a unos pobres individuos que acuden a Europa a intentar mejorar sus míseras condiciones de vida, mientras confiamos nuestras almas a unos panzudos políticos que son los genuinos creadores de este caos. Precisamente porque eso es lo que ellos esperan que hagamos.

Cómo el capitalismo crea las modas

En el artículo anterior vimos por qué la moda, como fenómeno social, es útil para todos aquellos que deciden participar en ella. Ahora trataremos de explicar por qué el capitalismo es un buen sistema para crear y difundir las modas.

Cuando un individuo observa a otro y decide imitarlo, esta decisión puede estar basada en dos motivos: a) el individuo imitado seguía una pauta que el observador considera útil para resolver un problema que ya tenía y b) el observador quiere parecerse al individuo de referencia. El ejemplo del primer caso es sencillo de visualizar: si yo paso frío y veo que otro se calienta con un abrigo de pieles, trataré de conseguir un abrigo similar para protegerme. Aquí lo relevante son las características y la funcionalidad del invento, no la personalidad del inventor. El segundo caso, en cambio, es una consecuencia de la existencia de líderes naturales en la sociedad. Los individuos pueden admirar a otras personas por sus cualidades estéticas o por sus logros físicos o intelectuales. Este es el caso de los modelos (cualidades estéticas), los escritores, los líderes religiosos y los genios (logros intelectuales), los deportistas (logros físicos) o los cantantes o actores (cualidades físicas/logros intelectuales).

Los individuos imitamos algunos de sus comportamientos o características no porque nos agrade el comportamiento per se, sino por su autoría. Derivamos utilidad del hecho de intentar parecernos a nuestros ídolos, ello es lo que nos gusta y nos satisface. Asimismo, los líderes no tienen por qué ser líderes absolutos. La imagen de líder no debe ser solamente la de una estrella, sino también la de otros individuos de nuestra vida diaria que admiramos por distintos motivos: el maestro de escuela, el jefe de la pandilla de amigos, el rico del barrio… La cualidad fundamental del líder es su carisma, la disposición de otros individuos a imitarlo.

La moda es un fenómeno que deriva de la mezcla de estos dos casos. En un primer momento, los líderes naturales desarrollan una característica o un comportamiento que quienes los admiran se disponen a imitar. Por ejemplo, hoy en día el heavy metal está íntimamente ligado con el cuero, las tachas o las Harley-Davidson. Pero si lo pensamos un momento, en sus comienzos musicales nada predestinó al heavy-metal con ir unida a estas características. Tuvo que ser Judas Priest –quienes muchos consideran la banda creadora del este estilo musical– la que gracias a su éxito y liderazgo, extendiera el canon estético. Fue Judas Priest, y no otras bandas menores que no deseaban ser imitadas por la gente, quien popularizó la estética metalera entre sus primeros seguidores.

En un segundo momento, sin embargo, cuando los líderes ya han generalizado el canon, otros individuos pueden seguir la moda por simple funcionalidad. No es necesario que tengan por objeto imitar al líder, basta con que quieran facilitar sus posibilidades de relación social como ya explicamos en el último artículo. De este modo, un fan del heavy-metal puede decidir vestir con chupa de cuero aun cuando no le guste: simplemente para facilitar su integración.

Esto no significa, claro está, que la estética del heavy-metal sea inmutable y de hecho no lo ha sido. Las nuevas bandas, los nuevos líderes, no tienen por qué seguir adoptando los patrones de los anteriores y muchas veces la diferenciación y la ruptura con el pasado constituye una de las características que permiten perfilar el liderazgo.

En otras palabras, la creación de las modas requiere una cierta coordinación y difusión de la información de los líderes para generalizar el comportamiento pautado. El libre mercado es un sistema especialmente adecuado para lograr esto: las grandes empresas pueden contratar a los modelos, los actores, deportistas o intelectuales para que lleven su ropa, publiciten sus perfumes o hablen bien de sus productos. Así mismo, estas grandes empresas tienen el capital suficiente como para difundir, a través de la publicidad, la imagen, la voz y la letra de estos líderes naturales.

Las pasarelas de modelos, por ejemplo, son un paradigma de exhibición por parte de líderes de belleza de los diseños que influirán en otros miembros de la sociedad. No se trata de que las pasarelas tengan el poder de "crear" la moda, sino que son una de las mejores plataformas para hacerlo.

La función de los empresarios, por consiguiente, es la de seleccionar a los líderes adecuados y darles publicidad. La moda puede ser un resultado intencionado (publicidad) o indirecto (estética personal de un cantante famoso); pero en todo caso requiere de una infraestructura que sólo las grandes empresas pueden financiar.

En ausencia de estos mecanismos, las modas estarían muy fragmentadas por comunidades y bloques culturales. Las épocas anteriores a la globalización ilustran como las formas de vestir de los distintos pueblos variaban no sólo debido al clima, sino también a que la información con respecto a la moda quedaba circunscrita en pequeños ámbitos territoriales.

Hoy, no obstante, gracias a la globalización la moda puede tener un alcance mundial y gracias a ello su utilidad es aún mayor. Cada vez más podemos viajar a países extranjeros sin necesidad de informarnos sobre qué indumentaria llevar o que comportamientos adoptar para evitar que seamos vilipendiados o marginados. Cuanta más gente participe en una moda, más útil y relevante es como mecanismo de coordinación social.

Hasta ahora hemos visto por qué las modas son útiles, cómo nacen y por qué el capitalismo es un sistema especialmente adecuado para crearlas y difundirlas. Nos queda estudiar, sin embargo, por qué el Estado no puede convertirse en una especie de tutor de la acción colectiva y de gestión de las modas. Pero esto lo veremos en el tercer y último artículo de esta serie.

¿Algún problema?

En realidad sí que ha fallecido alguno; "unos veinticinco" creyó recordar el ministro en el Parlamento, más de 260 en realidad. Pero no porque las patrulleras de la Armada tengan como prioridad supervisar los apasionantes ejercicios subacuáticos de la señora presidenta en aguas lanzaroteñas, sino por fastidiarle a don Alfredo las estadísticas, que entre la inmigración subsahariana también hay mucho facha.

En su relación detallada de éxitos en la materia, Rubalcaba resaltó el hecho de que más de cincuenta mil inmigrantes ilegales hayan sido devueltos a sus países de origen. Al parecer todos debemos alegrarnos de esta feliz circunstancia, como cuando las estadísticas sitúan a nuestro país a la cabeza en la detención de alijos de droga, y en lugar de escandalizarse por la magnitud de un tráfico ilegal que permite ese volumen de decomisos, los políticos se felicitan por ese constante incremento anual de capturas, por encima incluso de nuestro imponente IPC.

Pero lo más sustancioso de la comparecencia del ministro fue su tesis sobre los efectos electorales del problema migratorio. Según Rubalcaba, los países de origen mienten necesariamente sobre el volumen de las repatriaciones, porque si dijeran la verdad perderían las elecciones. El argumento es interesante, sobre todo si lo aplicamos al propio señor ministro, pues si, según él, los políticos no dicen la verdad sobre este asunto espinoso, no hay ninguna razón para creerle a él cuando habla al respecto. Hombre, todos sabemos que la izquierda es el epítome de la honestidad –catorce años de felipismo así lo atestiguan–, pero la naturaleza del político es tan voluble que hasta quienes se caracterizan por decir siempre la verdad, como Rubalcaba, podrían ser sospechosos de manipular alguna vez la información para obtener réditos electorales.

Lo único que queda claro en este asunto es que el gobierno no tiene ninguna responsabilidad en el origen del problema. Ni en éste ni en ninguno. ¿Los once muertos de Guadalajara? El viento. ¿Los incendios de Galicia? Los pirómanos, que andan alborotados (y el viento). ¿El helicóptero de Afganistán? No se lo va a creer: ¡el viento de nuevo! Y es que el clima es tan reaccionario que busca siempre la manera de fastidiar a los gobiernos de progreso. En otras palabras, Eolo = fascista.

LEGO o la empresa moderna

No era el único enfrentamiento, claro, también estaban, por ejemplo, los que adoraban el Cola Cao frente a los del Nesquik, pero en esa lucha yo era abstemio, en todos los sentidos. Siendo yo de LEGO, abandoné la afición cuando empezó a crecerme esa manía adolescente de querer parecer mayor. Pero eso no quita que sienta cierto absurdo orgullo al ver lo bien que esta empresa se ha adaptado a los tiempos de la revolución de Internet, tal y como ha reflejado Chris Anderson en su The Long Tail.

Hay varios cambios en marcha en la forma que las empresas tienen de relacionarse con los clientes. Uno es el hecho de que, en Internet, ser empresa no te garantiza tener el altavoz más grande. Los clientes descontentos pueden hacerse oír, y que sus voces sean más altas que las de las compañías, pero también pueden hablar para recomendarlas. La red también facilita la colaboración entre los usuarios y la posibilidad de compartir sus hallazgos entre ellos, lo que puede resumirse en una premisa: los clientes son muchos y, en conjunto, más listos que las empresas. Internet es también un fabuloso canal de distribución, que permite eliminar intermediarios y ofrecer un stock mucho más grande del que podría soñar cualquier tienda.

LEGO Store, la tienda virtual de la empresa, ofrece un stock muchísimo más amplio que el que se puede encontrar en una tienda de juguetes. El 90% de los productos de LEGO son difíciles de conseguir si no es por catálogo o por su propia tienda, donde se pueden encontrar desde bolsas de piezas básicas al tremendamente caro modelo de Estrella de la Muerte. Pero lo más interesante es que ha animado a sus usuarios a crear y compartir sus propios modelos, dando premios a los mejores e incluso incorporándolos dentro de su catálogo oficial.

El último paso tomado por la compañía ha sido LEGO Factory, que ofrece una aplicación para el ordenador con la que diseñar los modelos y subirlos a una galería que cuenta ya con más de 80.000, que van desde lo más tremendamente cutre a creaciones que LEGO ha comercializado, pagando al autor una pequeña suma por ello. Pero, además, tanto el autor como cualquier otro pueden encargar a LEGO que le envíe las piezas necesarias para construir el modelo, en una caja que también se puede personalizar.

La danesa LEGO está aprovechando dos tendencias bien conocidas en Estados Unidos que, sin embargo, en la esclerótica Europa no parece que se aprovechen con tanta facilidad. Una es esa "larga cola" de la que habla Anderson. Aunque existan grandes éxitos dentro del mundillo de modelos hechos con ladrillos de plástico, que son los que ocupan las estanterías de las tiendas, buena parte del negocio futuro estará en los relativos fracasos, que por medio del uso de Internet como canal de distribución pueden venderse y dar beneficios, cosa que antes no sucedía. La otra es la aparición del que Glenn Reynolds llama "ejército de David", un montón de pequeños productores que, juntos, pueden en algunos casos competir con los Goliath que son las grandes empresas. Por ejemplo, diseñando juguetes. LEGO está a la vanguardia de aprovecharse de ambos fenómenos. Otras empresas tendrán que averiguar cómo hacer lo mismo en su campo.

Estar de moda

En estadística se llama moda al valor más frecuente que adopta una variable aleatoria. En economía, la moda está relacionada con las maldades del capitalismo: esclaviza a la población y elimina la soberanía del consumidor.

El individuo ya no es libre porque no elige por sí mismo, sino que su comportamiento depende de las grandes tendencias estéticas marcadas por las multinacionales. El corolario es que el consumidor sólo será libre cuando destruya el sistema económico que lo esclaviza; o como diría Galbraith, "no se puede abogar por la producción como instrumento para satisfacer las necesidades si esa misma producción es la que crea las necesidades".

En realidad, existe una profunda incomprensión sobre el significado y el papel que las modas juegan en nuestra sociedad. Lejos de cercenar la libertad del hombre, la moda le permite participar y aprovecharse de un fantástico mecanismo de coordinación social.

Recordemos la definición estadística de moda: el valor más frecuente que toma una variable aleatoria. O dicho de otro modo, si no supiéramos nada sobre las condiciones que rodean una variable, el resultado más probable sería la moda.

Trasladando este esquema a las relaciones humanas, nos daremos cuenta de qué forma las modas facilitan nuestra vida. Sólo necesitamos conocer cuál es la moda en cada ámbito concreto (vestimenta, aficiones, deportes…) para maximizar nuestras probabilidades de relacionarnos con otras personas; es decir, sé que la moda será la manera por la que agradaré a un mayor número de personas. Por ejemplo, si queremos regalar una flor a alguien que no conocemos de nada (o a alguien cuyos gustos sobre flores no conocemos), seguramente optemos antes por una rosa fresca que por una marchita, porque la mayoría de la gente las prefiere así.

Cuando se critica que los niños tengan que vestir una determina marca para integrarse en la sociedad lo que se critica es que los niños incrementen sus posibilidades de relacionarse con el mayor número de niños.

En ausencia de modas (es decir, si cada persona fuera completamente distinta a otro), tendríamos que desarrollar un ingente proceso de investigación individualizado para conocer los gustos de cada una de las personas con las que potencialmente queramos tener algún tipo de relación futura.

En muchos casos, de hecho, sería imposible mantener relaciones sociales sin las modas. Por ejemplo, el individuo X cree que el individuo Y podría ser un buen amigo suyo, por lo que desea trabar contacto para conocerlo mejor. Pero para ello necesitará, ya de entrada, una mínima afinidad que no impulse a Y a rechazar cualquier transmisión de información. Tenemos un claro círculo vicioso: Y sólo contacta con aquellas personas que le causen una buena impresión, pero para causar esa inicial buena impresión X necesitará una cierta información sobre Y que sólo puede lograr después de haberse relacionado con él.

La moda permite solucionar el problema anterior: si X sigue la moda, maximiza su probabilidad de causar una buena impresión inicial a Y con la que poder conocerlo mejor posteriormente.

De hecho, dentro de cada colectivo social encontramos modas propias. Muchos individuos que dicen rechazar las modas, sólo están siguiendo la moda de un determinado ámbito. La indumentaria de las llamadas "tribus urbanas" es un claro ejemplo: si quiero agradar a los punks llevaré crestas y ropa ajustada, si quiero mezclarme con los hippies optaré por los colores alegres y las flores, y para introducirme entre los heavies me dejaré el pelo largo y me pondré la chupa de cuero con camisetas negras de mis grupos preferidos.

Por supuesto, habrá punks, hippies y heavies que no sigan estos cánones, pero en ese caso tardarán más tiempo en convencer a otros punks, hippies y heavies de que son especímenes auténticos; habrán de acreditar sus conocimientos y sus gustos de manera individualizada, lo cual consumirá mucho más tiempo que llevar simplemente los "signos distintivos".

Y quien habla de tribus urbanas puede referirse a cualquier otro segmento social. Cuando, verbigracia, se habla de "escritores de cabecera" de la derecha o de la izquierda, sólo se hace referencia al escritor de moda. Quien quiera agradar a sus conmilitones sólo tendrá que leer, o normalmente exhibir, una de sus obras para obtener el deseado reconocimiento.

Por último, la moda no impide el ejercicio de la función empresarial en el ámbito de los gustos humanos. Los individuos pueden rasgar el velo de la moda para tratar de conocer los gustos particulares de una persona muy concreta. La moda es como una tarjeta de presentación en un club social que nos permite evitar un examen de acceso cada vez que queramos entrar en el club.

Con todo, la moda no asegura el éxito de las relaciones sociales; sólo sirve para la toma de contacto, no para las ulteriores. El núcleo duro de las relaciones humanas requiere un ejercicio más preciso de la función empresarial; hay que averiguar los gustos concretos de esas personas de manera mucho más detalla a la generalidad que nos ofrece la moda.

En este ejercicio de la función empresarial –la planificación de maneras de agradar a nuestras personas más queridas– está el germen de nuevas modas: cuando nos desviamos de la moda, otras personas pueden observar ese cambio y adaptarlo a sus vidas, dando lugar a una nueva moda. En cierto sentido, podemos decir que estos creadores de nuevas modas son los líderes de la sociedad, los que consciente o inconscientemente generalizan los comportamientos más exitosos para los seres humanos.

Pero la génesis de las modas y el papel del capitalismo en su extensión y difusión lo estudiaremos en otro artículo.

Adiós a la era de la “seguridad total”

Esta misma semana, caía una aeronave Tupolev en Ucrania con 170 personas a bordo; por desgracia, un hecho relativamente habitual. Además, el continuo estado de alarma provocado por las amenazas terroristas hace que entre muchas personas cunda una sensación de desprotección e inseguridad.

La tragedia del avión de Kentucky invita a pensar sobre la seguridad en el transporte y, de manera aún más general, en todas las actividades sociales. En España, los accidentes de tren de Palencia y del metro de Valencia también han puesto en entredicho la supuesta excelencia de la seguridad del transporte por ferrocarril. Por cierto, ¿no decían que los accidentes eran el fruto de las privatizaciones?

Lo cierto es que los últimos accidentes en el transporte unidos a las elevadísimas medidas de seguridad en los aeropuertos, hacen temblar a medio mundo. El estado protector nos había vendido la moto de que la seguridad total era posible y ahora venimos a descubrir que no es cierto. Para colmo, los gobiernos de los estados de la tercera vía, es decir, de Occidente, se han empeñado en que la seguridad en cada medio debe de ser igual para todos. Con esta excusa han creado agencias públicas que intervienen a diestro y siniestro o decretan normas de obligado cumplimiento para todas las empresas por igual.

En vez de dejar a los empresarios y a los consumidores buscar las distintas formas de dedicar recursos a la seguridad y la reducción de riesgos, los gobiernos se han empeñado en emprender un programa igualitarista en el que no haya elección entre distintos niveles.

Michael O´Leary, director ejecutivo de Ryanair, ha decidido demandar al gobierno británico por el coste que su compañía tiene que soportar a causa de las extremas medidas de seguridad impuestas en el Reino Unido desde la última intentona terrorista. Exige una compensación de 4,5 millones de euros. Muchos diarios le han acusado de practicar demagogia barata. Pero lo cierto es que O´Leary afirma que al terrorismo se le derrota usando recursos de manera efectiva, económica y racional así como volviendo a la normalidad lo antes posible. Y lo que el gobierno de Blair ha emprendido es lo único que saben hacer: despilfarrar recursos en todo tipo de medidas, muchas de ellas absolutamente estúpidas e ineficaces que tienden a eternizarse una vez puestas en marcha a ambos lados del Atlántico.

El problema de fondo es el de siempre. Los bienes son escasos y, además, hay muchas formas de usarlos. Más recursos dedicados a la seguridad no tienen por qué traducirse en más seguridad efectiva. Las agencias gubernamentales tienden a ser ineficientes en esto como en todo lo demás por la desvinculación entre quien financia y quien toma las decisiones. En EE UU, por ejemplo, la agencia de seguridad nacional prohibió las colas especiales para los pasajeros de primera y business con la excusa de que eso exigía un porcentaje relativamente elevado de personal dedicado a estos pasajeros cuando se podían dedicar a tareas de seguridad que agilizaran el proceso de control de todos los pasajeros. Disparates como éste que dañan considerablemente a la industria son la norma y no la excepción. La actividad actuarial ha sido sustituida por las decisiones de burócratas y así nos luce el pelo. Al final, este igualitarismo en la gestión del riesgo impide el proceso competitivo de prueba y error que posibilite un avance efectivo de la seguridad a un coste reducido.

Pero es que además, cada recurso o cada euro gastado en mayor seguridad es un recurso o un euro dejado de gastar en otra finalidad como la rapidez o la comodidad del transporte. ¿Por qué se ha convertido en un tabú plantear que distintas personas pueden desear diferentes niveles de seguridad a cambio de mayores cotas de otros fines? Ahora que el mito del riesgo cero parece desmoronarse, es el momento de exigir la privatización de la gestión del riesgo.

Algo más sobre Sam Walton

Ahora que se aproxima el fin de las rebajas, y esperando un pronto regreso de las mismas en la forma que a cualquier comerciante avispado se le antoje, quisiera añadir algunas consideraciones al estupendo comentario de José Ignacio del Castillo sobre el éxito de Wal-Mart y la embestida de sus enemigos. La personalidad del fundador, como suele ocurrir en las empresas que perduran, fue determinante.

1. Conocimiento íntimo del negocio. Sam Walton no pecaba de ignorancia puesto que comenzó su actividad empresarial desempeñando labores modestas en su tienda. También es frecuente el previo rodaje como vendedores entre los más conspicuos directivos de grandes almacenes españoles. El propio Walton lo expresaba así en la revista Walt-Mart World: "No empecé como banquero o inversionista, o algo que no fuese atender clientes. Muchas personas que dirigen grandes compañías jamás ha estado detrás de una caja registradora ni ha atendido a los clientes; por eso siempre he valorado lo que significa ser vendedor de almacén y lo mucho que puede influir en la clientela".

2. Clarividencia en los objetivos. Tras un primer desengaño con la tienda de Newport, el fundador de Wal-Mart, a partir de los años 50, dirigió su estrategia exitosa a la localización y comercialización de almacenes grandes, de más o menos 7000 metros cuadrados, en pueblos con menos de 5000 habitantes, siempre que ofrecieran algún atractivo para que la gente del campo se animase a conducir 15 ó 30 kilómetros hasta llegar a ellos. Al finalizar la citada década, Walton diversificó su habilidad comercial hacia los establecimientos de descuento –origen genuino de los actuales Walt-Mart– y abrió el primero en Rogers, Arkansas, en 1962. Los comienzos no fueron fáciles. Numerosos fabricantes se negaban a relacionarse con un "proveedor de masas".

3. Prueba-y-error en el trabajo. Walton era un experimentador constante; siempre insistió en no tenerle miedo al fracaso. Escuchar las ideas de los demás, escoger entre esas ideas, y esforzarse por implementarlas, son ideas-fuerza que predominaban en él. "Ensayen la idea de cualquier persona –decía– puede que no funcione, pero no arruinará a la compañía cuando eso ocurra".

4. La mejor tecnología para cada ocasión. Cuando la compañía sobrepasó los 1.000 almacenes en 1987, ni siquiera la mítica avioneta de Walton era capaz de acudir a todos y cada uno de los establecimientos susceptibles de supervisión. Los sistemas de comunicación a través de seis canales de satélite, el VideoCart dirigido a los clientes o el escanógrafo UPC en la línea de caja, fueron algunos de los hitos científicos de la compañía. Walton, al contrario que muchos ejecutivos de oropel, no escatimó recursos para la mejora organizativa.

5. Cadena de valor y generosidad. Como afirmaba José Ignacio del Castillo, el manantial de beneficios para quienes apostaron por Wal-Mart ha sido espectacular. Cien acciones compradas en 1970 por 1650 dólares valían 2,6 millones en 1992, cuando falleció Walton. Los trabajadores que al menos permanecían un año en la empresa y que trabajaban 20 horas a la semana tenían bonificaciones del 5 por ciento de promedio sobre los salarios anuales, según relata Daniel Gross en su semblanza de Sam Walton para Forbes. Cuando el trabajador se retiraba, su participación en beneficios, hasta entonces retenida, era retribuida en acciones Wal-Mart de primera. La familia Walton –sobria en aficiones– donó grandes sumas de dinero en investigación médica, fondos para becas y causas benéficas.

Sam Walton representa el emprendedor arquetípico que no encuentra inspiración encerrado en su despacho, atiborrándose de informes. No paraba: aparecía allí donde se le necesitaba. Se jubiló en 1974, pero aburrido en su retiro volvió a la faena dos años más tarde. Si encontraba una tienda sucia o desordenada, no dudaba en cerrarla para arreglarla, en beneficio de los consumidores. Parecía un candidato en trance electoral, repartiendo buenas palabras a todos, aunque distinguía rápidamente las imperfecciones. Prefería ser agudo conductor de hombres, en lugar de mero supervisor de los mismos, según la doble distinción de Alfred Marshall acerca de los roles empresariales. Quizá la actual cúpula directiva de Wal-Mart debería volver la vista atrás al sincero ejemplo de su fundador (Walton se definía como hombre de negocios de pueblo pequeño) para evitar errores predecibles, susceptibles de escándalo en los medios de comunicación, que ponen en cuestión una trayectoria muy estimable.

Desestabilizadores automáticos

En la literatura económica se suele argüir que una de las formas más importantes por las que el Estado contribuye a contrarrestar los ciclos económicos son los estabilizadores automáticos. Su funcionamiento es simple: cuando la economía se expande, contraen el consumo, cuando la economía entra en crisis, lo incrementan. De esta manera, las fluctuaciones se suavizan y los excesos del boom tienden a compensar las insuficiencias de la recesión.

El problema de los estabilizadores es que se basan en la existencia de una relación positiva entre consumo y crecimiento: cuando aumenta el consumo hay expansión, cuando decrece hay recesión. Ya vimos que este razonamiento es del todo erróneo, por lo que necesariamente las consecuencias derivadas de los estabilizadores automáticos también lo serán.

Se suele distinguir entre dos tipos de estabilizadores automáticos: los que inciden sobre los ingresos del sector público y los que afectan a sus gastos. En realidad, son dos caras de la misma moneda, ya que lo que nos interesa es su efecto combinado: en una expansión económica los estabilizadores incrementan los ingresos del sector público y reducen sus gastos; en una recesión disminuyen los ingresos y aumentan los gastos (dando lugar al saludable déficit keynesiano).

Un ejemplo de estabilizador automático que incide sobre los ingresos del sector público son los impuestos progresivos: cuando crece la economía, la renta de los ciudadanos es mayor, con lo que su contribución a las arcas públicas viene determinada por tramos impositivos más gravosos que harán pagar mayores impuestos y permitirán consumir menos; por el contrario, cuando la economía se estanca, la renta cae y los ciudadanos pagan menos impuestos, pudiendo consumir más.

Un ejemplo de estabilizador automático que incide sobre los gastos son los subsidios al desempleo. Durante la expansión el desempleo baja, con lo que los subsidios por desempleo son menores; durante la crisis el desempleo sube, de modo que los subsidios aumentan y esto permite a las familias mantener el consumo.

Con respecto a la estabilización en la fase expansiva del ciclo, el error de los estabilizadores automáticos es típicamente keynesiano y consiste en creer que el consumo presente viene determinado por la renta disponible presente, cuando es evidente que los ciudadanos pueden pedir prestado con cargo a su renta futura. De hecho, ésta será típicamente la situación en la fase alcista del ciclo económico, momento en el que existen unas expectativas eufóricas sobre el crecimiento y la riqueza futura y en el que el tipo de interés se reduce (incrementándose aparentemente el valor presente de la riqueza futura).

Dicho de otro modo, la pretendida reducción del consumo sólo abocará a los ciudadanos al mercado de créditos, favoreciendo la expansión crediticia y el endeudamiento masivo que dará lugar a la crisis. Los estabilizadores automáticos sólo reducen las posibilidades de autofinanciación de los individuos y les estimulan a participar en la orgía del crédito.

Podría argüirse que el incremento del endeudamiento viene contrarrestado por la reducción del consumo (y por tanto incremento del ahorro) favorecida por los estabilizadores automáticos, siendo una situación simétrica a la de un incremento del consumo (esto es, reducción del ahorro) sin endeudamiento. Sin embargo, no es cierto que la reducción del consumo se traduzca en un mayor ahorro, ya que el gobierno sí gastará los recursos en diversos menesteres. Es decir, se producirá un incremento del endeudamiento privado sin que se hayan incrementado los ahorros de la sociedad.

Sólo habría un caso en el que podríamos considerar que el impuesto progresivo no desestabiliza la economía (si bien tampoco la estabilizaría) y es cuando la mayor recaudación se utiliza íntegramente para pagar deuda pública, incrementando así el ahorro público.

Con respecto al período de crisis, los estabilizadores automáticos favorecen un incremento del consumo a costa del ahorro, ya que el ideal keynesiano es que el gobierno financie el mayor gasto y los menores ingresos a través del déficit público.

Pero ésta es precisamente la receta perfecta para retrasar la recuperación. Las crisis económicas no surgen por una insuficiencia de consumo, sino de ahorro. Los empresarios no encuentran el capital suficiente para liquidar sus deudas excesivas y reemprender sus actividades, debido a que los individuos rehuyen el mercado crediticio y prefieren destinar su renta al consumo, ya sea en forma de gastos corrientes o al atesoramiento de activos líquidos no productivos (como el oro).

Esta insuficiencia del crédito hace que partes enteras de la estructura productiva permanezcan inutilizadas hasta que los tipos de interés vuelvan a estar suficientemente bajos como para hacerlas remunerativas.

El problema es que bajo la dictadura de los estabilizadores automáticos, el déficit gubernamental reduce aun más los ahorros disponibles para los empresarios, elevando el tipo de interés y dificultando la liquidación de los antiguos proyectos mal invertidos.

En definitiva, no puede afirmarse que los mal llamados "estabilizadores automáticos" estabilicen en modo alguno la economía. Más bien al contrario, durante el boom favorecen el endeudamiento de la población y el consumo estatal, durante la crisis reducen el ahorro disponible; primero agravan la extensión de la mala inversión y luego dificultan el necesario proceso de liquidación.

Por mucho que a los neoclásicos les cueste reconocerlo, la receta para evitar las crisis económicas hace tiempo que se conoce: el patrón oro y la austeridad pública. En su defecto sólo padeceremos expansiones crediticias alocadas, una inflación secular y reiteradas recesiones destinadas a reajustar los excesos intervencionistas. En esas estamos.

Servidumbre europea

UGT parece ignorar deliberadamente que horas en el centro laboral y producción no son lo mismo. Tomando los datos de Eurostat, si se toma como base la productividad en la Europa de los 25 (100 "unidades de producción" por persona que trabaja), la productividad española es de 96,5 y la de, por ejemplo, Estados Unidos, es una de las más altas del mundo con 136,2. Es decir, España es menos productiva. Pero la medida se hunde si comparamos la productividad por hora, que en la UE ampliada es de 100 y en España de 87,7. La explicación, por tanto, es que trabajamos más porque producimos menos.

Los colectivistas nos dicen que hemos de ser iguales a los europeos con eslóganes que ocultan gran parte de la realidad. La nota del sindicato es una muestra. Su intención es hacer un mundo homogéneo donde no exista la diversidad. El comunicado del grupo sindical nos sirve para ver la intención redentora que siempre ha tenido toda la izquierda, el constante avance hacia el pensamiento único, la uniformidad de actuación e imposición de una sola ideología.

Para llegar a una mejor situación económica no podemos dedicarnos a copiar a los países socialistas de Europa. Hombres que no se dejaron engañar por las bonitas palabras de los colectivistas, y pensaban en su bienestar individual en lugar de delegar su responsabilidad a los burócratas, convirtieron países pobres como Estados Unidos, Hong Kong o Nueva Zelanda en países ricos y prósperos.

Intentar innovar a través de políticas socialistas es el camino a la servidumbre burocrática y a la pobreza. Los países con mayor mayor libertad económica son los más prósperos, los más socialistas son los más pobres. ¿Por qué cree que la "Europa del bienestar" intenta, con muy poca fortuna, dejar atrás sus antiguas políticas keynesianas? No es por capricho, sino porque el estado del bienestar es insostenible.

En el socialismo europeo el hombre es un robot sin voluntad, un instrumento a servicio de la sociedad, y en tal concepción, son gobierno, sindicatos y grupos de presión quienes forman esa sociedad, no usted. Usted sólo es el instrumento productivo para que ellos se enriquezcan.

Europa y España son diferentes, sin duda, pero eso no significa que seamos peores o vayamos a peor. Los países con mayores índices de suicidas son precisamente aquellos que más envidian los sindicatos, como Dinamarca o Suecia, con un 13,6 y 13,4 de suicidios por cada 100.000 habitantes según la World Health Organization. Estados Unidos tiene 10,8 según el Departamento de Salud Americano. La brecha entre Estados Unidos y Europa es cada vez más acusada; sólo Arkansas, Montana, Oeste de Virginia y Mississippi estarían por debajo del PIB per cápita de los países de la UE. La tasa de desempleo en Suecia es ahora mayor que a mediados de los 70, y en el sector privado, el desempleo está en su cota más alta desde 1950. Finlandia tiene el índice más alto de Europa en reclusión no voluntaria en instituciones mentales. El 80,9% de los americanos —según el Banco Mundial— van a la universidad, en Suecia el ratio es del 50%. Los alemanes pagan impuestos por tener un televisor (y si no lo pagan, van a buscarlos), en Holanda cada habitante paga por la cantidad de basura que produce. La proporción de europeos que emigran a Estados Unidos es 10 veces superior a la proporción de norteamericanos que vienen a Europa, ¿no le parece extraño que la gente huya del paraíso europeo? ¿Queremos aspirar a estos "beneficios"?

Europa no ha de ser la referencia de los españoles ni de nadie. Tampoco hemos de copiar a Estados Unidos; sólo el trabajo duro y la responsabilidad para conseguir un auténtico bienestar individual es la meta. De no ser así, sólo seremos seres mediocres que aspiran a ser siervos de las elites y la oligarquía política.

Huelga e irresponsabilidad

En nuestra vida cotidiana realizamos actos contrapesando los pros y los contras, los costes y los beneficios desde el punto de vista económico. Al final tenemos que asumir cierto grado de responsabilidad sobre nuestras acciones. Si montamos un escándalo en un restaurante, o nuestros hijos se dedican a ir de mesa en mesa tirando los platos de los demás no nos tendría que extrañar que el responsable del local nos eche. Si en el trabajo llegamos tarde, nos vamos antes, no hacemos nada, y nos dedicamos a molestar al resto de compañeros, no nos tendría que sorprender que nos llamasen la atención e incluso que nos despidieran.

Algo que parece tan evidente en el mundo cotidiano se desprecia cuando proclamamos hacer actos antisociales por motivos reivindicativos o de logro social. Para evitar la situación de la huelga del Prat algunos están pidiendo una ley de huelga, pero como ha dicho Alfredo Pérez Rubalcaba, los cambios legislativos no siempre resuelven los problemas. Efectivamente, las leyes laborales han de contentar a tantos grupos de presión, saciar tantos intereses opuestos y están tan condicionados a la compra de votos que siempre acabamos teniendo regulaciones peores a la anterior.

Rubalcaba también apuntó que las últimas huelgas, especialmente la de los sucesos acaecidos en el Aeropuerto del Prat, deben conducir a una reflexión por parte de todos. Bueno, pues ya que nos invita, se lo diremos claro.

El gobierno socialista, con sus valores relativistas de "todo vale" y "nadie es responsable de sus actos" —excepto las pérfidas empresas— jamás hará nada en esta materia que tanto irrita a los consumidores. La huelga es un derecho legítimo, el de libre asociación y libertad de expresión. Por nuestro bien, ninguno de los dos puede ser manipulado ni controlado. Pero las huelgas en este país van asociadas a un curioso principio de irresponsabilidad. En las huelgas vemos como los piquetes agreden físicamente a empleados y no empleados, retienen a personas contra su voluntad, queman coches, neumáticos o cierran carreteras. Si fuéramos tan violentos en nuestra vida privada, en nuestro día a día, no saldríamos del cuartelillo ni el fin de semana.

La pregunta es: ¿por qué en una huelga podemos practicar la más desagradable y violenta de nuestras facetas sin que pase nada? Siempre suelen ser problemas técnico-judiciales o el hecho de que la suspensión de una huelga va siempre ligada a un pacto que obliga al perdón para todos los huelguistas. Las huelgas no son una situación de anarquía porque en la anarquía, al menos, todas las partes hacen lo que quieren. En cambio, las huelgas se han convertido en un privilegio concedido por el gobierno a un grupo para que pueda ejercer la violencia contra los demás, es decir, del huelguista contra la empresa y el consumidor. Si la empresa intenta defender su propiedad de los huelguistas es multada y si nos defendemos de la agresión de un piquete lo mismo.

Para arreglar esta situación, y de paso también el enmarañado y estático mercado laboral, la mejor respuesta es dar libre capacidad de acción a todos los actores económicos que intervienen. Eso significa que la empresa pueda despedir de forma inmediata a quienes cometan actos antisociales y daños a la propiedad privada y física de las personas y remplazarlos por nuevos empleados con ganas de trabajar, servir al cliente y ganar dinero.

Si cuando somos irresponsables en nuestra privada hemos de pagar las consecuencias, ¿por qué no también en nuestra vida laboral? Igualdad para todos es lo único que hay que exigir. Es cuestión de sentido común.