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Etiqueta: Socialismo

El socialismo es la socialización forzosa

En su discurso en el Foro de Davos, Milei hizo una crítica pertinente y bien elaborada al socialismo y al colectivismo. Sin embargo, este tipo de críticas siempre suscita un viejo debate: ¿qué es el socialismo? Este debate revuelve las emociones de liberales y socialistas. Por lo tanto, presentaré algunas reflexiones sobre el mismo que considero que pueden ayudar a esclarecer el tema:

¿Qué es lo característico del socialismo?

Lo característico del socialismo es la socialización forzosa. Los seres humanos podemos tomar decisiones individualmente o emplear algún mecanismo de acuerdo para tomar decisiones grupales. Por ejemplo, podemos elegir nuestras parejas individualmente o esperar que uno o varios terceros nos asignen una pareja. O podemos administrar nuestro dinero, o socializar la administración de ese dinero para administrarlo bajo el criterio del grupo o del líder. La socialización de nuestros gastos y riesgos puede ser voluntaria, como al contratar un seguro médico en el cual decidimos compartir los gastos médicos con otros. O puede ser forzosa como la sanidad pública en donde se nos obliga a compartir nuestro gasto médico con el resto de la población

La socialización voluntaria, por más extendida que pueda ser, no sería socialismo. Por lo tanto, a pesar de no ser algo muy común, las personas que voluntariamente decidan vivir en comunidades donde compartan sus propiedades y sometan sus decisiones personales al grupo no viven en socialismo. Esto, a pesar de que la socialización excesiva o extendida de las decisiones tiene efectos negativos en la función empresarial. Porque a pesar de que un grupo pueda coordinarse para participar en el mercado, los incentivos empresariales son de peor calidad en las acciones grupales que en las individuales.

La socialización forzosa es un medio

Pero la socialización forzosa no es un fin, es un medio. Ahí yace la diferencia con el libertarismo. El libertario puede querer el fin de las clases sociales, pero no considera que el uso de la fuerza o violencia sea la vía. Los distintos socialismos a lo largo de la historia han buscado alcanzar alguna nueva condición humana como el fin de la desigualdad o las clases sociales. Y han considerado necesario pasar por encima de las preferencias individuales para hacerlo. Por lo tanto, siempre han requerido alguna forma de socialización forzosa. Si el fin es acabar con la desigualdad económica, han enfocado la socialización forzosa en el aparato productivo. Pero si el fin es acabar con la desigualdad por apariencia física, socializarían forzosamente la elección de parejas.

El hecho de que el socialismo siempre tenga consecuencias económicas no implica que siempre deba estar económicamente motivado. Supongamos que por medios políticos se socializa forzosamente la vestimenta y todos deben vestir con los mismos colores y llevar el mismo peinado. Esta medida socialista acabaría con la desigualdad de apariencias. Daría orden y homogeneidad y tendría claras consecuencias económicas. No habría función empresarial en el sector de la vestimenta y la estética personal. Pero la política no estuvo motivada por lo económico, sino por lo moral o estético.

Es evidente que el socialismo no ha terminado y que no hemos conocido todos los tipos de socialismo posibles. Lamentablemente, quedan aún muchas nuevas razones, justificaciones y formas de socializar forzosamente las acciones y decisiones humanas.

La diversidad del socialismo

El socialismo no es solamente Marxismo o Leninismo. Curiosamente, este es un error que cometen los socialistas cuando les conviene. Cuando se implementa un socialismo «a medias» en el que no se estatizan el 100% de los medios de producción y se mantienen algunos negocios bajo gestión privada, entonces, «no es verdadero socialismo». Y dicha afirmación es incorrecta, no se trata de verdaderos socialismos, se trata de modelos socialistas que compiten. No cabe duda de que en sus debates internos la izquierda reconoce abiertamente que el socialismo es extenso y diverso, pero de cara a los liberales o conservadores, defienden que existe un verdadero y falso socialismo.

Además, se puede ser verdaderamente socialista, pero ser menos socialista que otros. Cualquier modelo político que implique alguna forma de “socialización forzosa” es hasta cierto punto un modelo socialista, del mismo modo que cualquier modelo que permita la existencia de capital en manos privadas y la libertad de decidir sobre su uso es hasta cierto punto un modelo capitalista. Por lo tanto, es correcto decir que se es más o menos socialista o capitalista, ambos modelos están enfrentados, pero si se centran en aspectos diferentes de la vida humana pueden coexistir. Lo que ocurre generalmente es que hay ámbitos como la educación que son muy socialistas en todo el mundo y ámbitos como la vestimenta que son muy capitalistas.

El enemigo del liberalismo

Algunos liberales intentamos que en la definición de socialismo este contemplado todos los posibles enemigos que podamos tener. De allí la idea de que existen socialistas en todos los partidos o de que el concepto de socialismo debe abarcar tanto al intervencionismo o las políticas redistributivas como el aspecto regulatorio o las políticas de control social. Los liberales no queremos empresas públicas, pero tampoco queremos empresas privadas altamente reguladas que tengan una libertad de acción mínima.  

Por lo tanto, muchas veces buscamos definir socialismo de manera tal que abarque ambas cosas. Esto molesta a muchos socialistas que buscan demostrar que no quieren que le achaquen los fallos producto de la hiperregulación del mercado porque su ideal sería la ausencia total de mercado. No obstante, la regulación estatal que existe actualmente en el mundo emplea la socialización forzosa, por lo tanto, es socialista.

La deseconomización del socialismo

Por ejemplo, la prohibición de las drogas por parte del Estado es socialista, no porque se justifique bajo el concepto de salud pública o porque restringa el libre mercado de las drogas y, por tanto, la función empresarial, sino porque se impone a todas las personas sin excepción y la medida responde a los criterios de la mayoría o del gobierno. Esto implica que nadie puede drogarse, aunque se haga responsable de ello. Igualmente, si en una discoteca en particular se prohíben las drogas, la misma prohibición no es socialista porque es una decisión del dueño de la discoteca sobre su propiedad, que afecta a otros, pero que no se impone sobre terceros no involucrados, por ejemplo, otras discotecas que si acepten drogas.  

El socialismo ha tendido a deseconomizarse y a centrarse más en los ámbitos político, personal y de la vida privada. Pero el problema no radica en sus fines, que, aunque no sean deseables, pueden ser aceptables si se persiguen con los medios adecuados. El socialismo se define por sus medios, algo que sólo podemos ver desde el libertarismo, porque los socialistas han aceptado y normalizado absolutamente sus medios violentos y son incapaces de cuestionarlos.

Ver también

Sobre economía y socialismo. (Fernando González San Francisco).

Estructuras de vida social y teoría económica. (Fernando Herrera).

El espectro del estancamiento brezhneviano

Leonid Brézhnev gobernó la Unión Soviética durante casi dos décadas, entre 1964 y 1982. Probablemente, fueron las dos mejores décadas de la Unión Soviética y del campo socialista en general. La paz interna, la prosperidad y la estabilidad caracterizaron este periodo. El elevado crecimiento económico y la abundancia, cada vez mayor, de productos de consumo permitieron, por fin, sentir también las ventajas del bienestar a los ciudadanos. Parecía que la Unión Soviética había enterrado con éxito los salvajes años estalinistas y las caóticas reformas de la era de Jruschov.

La estabilidad interna vino acompañada de éxitos en política exterior. Vietnam del Norte, apoyada por los soviéticos, resistió a la maquinaria bélica estadounidense y se anexionó también el sur. Aumentó la influencia soviética en África y las tropas cubanas ayudaron al régimen poscolonial de Angola. La izquierda se hizo cada vez más fuerte en América Latina y consiguió hacerse con el poder en varios países. La literatura académica y la maquinaria propagandística soviética anunciaban que la Unión Soviética había llegado a la etapa del “socialismo desarrollado”, una nueva cima de la fase de desarrollo: humanismo socialista, estabilidad y seguridad, y creciente bienestar.

“La era del estancamiento brezhneviano”

Sin embargo, en menos de dos décadas tras la muerte de Brézhnev, esta era fue acuñada por Gorbachov como la “era del estancamiento brezhneviano”. Lo que en apariencia había sido un éxito, se había convertido en poco tiempo en un fracaso que socavaba la viabilidad del modelo soviético. El factor clave del cambio de percepción de la era Brézhnev es la cuestión de las llamadas reformas del sistema soviético-socialista.

Para comprender este proceso, hay que volver la vista atrás. Lenin fue el heredero del punto de vista más radical de Marx. El Estado y la Revolución, escrito en 1917 muestra la materialización de los sueños utópicos radicales de Marx. Lenin pretendía establecer un sistema económico completamente centralizado y estatal. Tras el colapso del régimen zarista, logró dar un golpe de Estado y terminó con el gobierno socialdemócrata-liberal moderado. La dictadura leninista se embarcó inmediatamente en la creación del Estado comunista.

Lenin no sólo era un visionario, sino un astuto político real. Y, pronto, se dio cuenta de que era imposible instaurar el comunismo total. Inició modestas reformas orientadas al mercado para permitir el funcionamiento de los mercados en la agricultura y evitar al menos el hambre inmediata y la amenaza de revueltas en contra de la dictadura. Estas reformas fueron abolidas por Stalin en 1928. La campaña de colectivización de la agricultura fue el inicio de una era de terror cuyo objetivo era forzar la industrialización del país.

Jrushchov / Brézhnev

Tras la muerte de Stalin, la era de Jrushchov se caracterizó por introducir tímidas reformas que se acercaran a la economía de mercado con el fin de aliviar el nivel extremo de escasez y tener un nivel mínimo de mejores niveles de vida. Además, se esperaba que estas reformas crearan incentivos locales a nivel de empresa para producir de forma más eficiente y prestar más atención a las necesidades de los clientes.

Cuando Brézhnev llegó al poder, al principio permitió la continuación de las reformas en los estados satélites, sobre todo en Checoslovaquia y Hungría. Sin embargo, la Primavera de Praga de 1968 asustó al régimen. Se dieron cuenta de que incluso un mínimo de reformas creaba un espacio para el pensamiento y las aspiraciones alternativas. Brézhnev, tras aplastar la Primavera de Praga, detuvo todas las reformas y devolvió la planificación estatal bien controlada.

Cambios en China y Occidente

Al mismo tiempo, cuando Brézhnev congeló el sistema soviético, se produjeron dos cambios monumentales en el mundo exterior. Tras la muerte de Mao, China inició una reforma hacia la mercantilización. Las primeras reformas orientadas al mercado se aplicaron en la agricultura, siguiendo el modelo de la NEP de Lenin y las reformas húngaras de comunismo gulash. Pero pronto, la apertura se extendió a la industria y el comercio, y permitió la inversión extranjera directa. Gracias a estas reformas orientadas al mercado, comenzó el meteórico ascenso de China y el rápido aumento del nivel de vida del pueblo chino.

Por otra parte, en Occidente, bajo el liderazgo de Reagan y Thatcher, comenzó la era de las llamadas reformas “neoliberales“, orientadas a dinamizar las economías americanas y europeas aletargadas y en crisis. Las reformas neoliberales buscaban más competencia, posibilidades de renovación empresarial y menos intervencionismo y planificación estatal. Las reformas ayudaron a lanzar un nuevo periodo de crecimiento e iniciaron la transición a nuestro mundo moderno, dominado por los ordenadores, los teléfonos móviles e Internet.

Cuando Gorbachov llegó al poder, en 1985, la Unión Soviética era un monstruo anticuado, pobre y corroído, irremediablemente estancado bajo las garras de la oligarquía del partido y la burocracia estatal que se resistía a cualquier intento de reforma que amenazara su posición de élite. El resto es conocido. Gorbachov intentó copiar las reformas chinas orientadas al mercado, pero la oligarquía se opuso a cualquier reforma. Tratando de romper la posición de poder de los poderosos burócratas, Gorbachov destruyó el Estado soviético y aceleró el colapso del socialismo.

Vivimos un estancamiento brezhneviano

¿Por qué esta historia es importante para nosotros? Porque, a mi parecer, en la actualidad estamos viviendo un periodo parecido al estancamiento de Brezhnev. Me explico.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa cambió su sistema económico. Abandonó el modelo del siglo XIX de capitalismo competitivo y el modelo de un pequeño Estado no intervencionista. Se embarcó en la creación de una economía mixta, en la que el Estado participa en la dirección de los procesos económicos y equilibra los mercados con un fuerte intervencionismo estatal y medidas del Estado del bienestar.

Este modelo entró en crisis a principios de los setenta. Los años de estanflación exigieron un nuevo enfoque. La reforma neoliberal pretendía dinamizar las economías excesivamente reguladas y dominadas por la intervención estatal que causaba un callejón sin salida con alto nivel del desempleo y inflación. Las reformas de mercado permitieron un nuevo periodo de crecimiento dinámico. Las reformas neoliberales tuvieron tanto éxito que el programa de reformas fue adoptado por los partidos de izquierda moderada y socialdemócratas. El programa de “tercera vía” fue adoptado por líderes históricos como Clinton, Blair, Schröder, Mitterand y Felipe González.

El ejemplo paradigmático de la nueva era fue Suecia en Europa. Suecia entró en una grave crisis a principios de los noventa como consecuencia de las políticas de los socialdemócratas que pretendían sobrepasar el capitalismo. Tras la crisis, surgió un nuevo modelo sueco que, por un lado, creó uno de los mercados más competitivos y, por otro, reformó el monolítico Estado del bienestar para convertirlo en una agencia competitiva que utilizaba métodos de mercado. La doble reforma no sólo permitió superar la crisis e iniciar un nuevo periodo de crecimiento, sino también mantener el Estado del bienestar.

El giro tras la crisis de 2008

Por desgracia, la crisis de 2008 causó un giro político equivocado. Se culpó a las reformas desenfrenadas y neoliberales de la crisis, mientras que la crisis hipotecaria de Estados Unidos, causa clave de la crisis, fue consecuencia de las políticas populistas en materia de vivienda iniciadas y aplicadas por la Administración Bush.

El giro político equivocado condujo al abandono gradual de las reformas orientadas al mercado, al retorno a una creciente regulación estatal y a una campaña de culpabilización contra los mercados. Por esta razón, existe una presión cada vez más fuerte para volver a los años dorados de la reconstrucción de posguerra, dominados y guiados por el Estado, a expensas de los mercados.

Estamos en una era de estancamiento conservador a lo Brézhnev. El nivel de vida es extremadamente alto, en comparación con el pasado o con el resto del mundo. Hay un Estado del bienestar general que se preocupa por nosotros. Gozamos de una estabilidad y seguridad sin parangón en la vida cotidiana, sobre todo, en comparación con épocas anteriores.  Sin embargo, el crecimiento económico se estanca y la falta de dinamismo y crecimiento se compensa con un endeudamiento creciente.  Hoy está todo bien. Mi temor es qué va en un futuro próximo. Especialmente, porque Europa se enfrenta a la competencia sin parangón de las nuevas superpotencias económicas, como China y los países del Este asiático.

Un declive lento y (casi) inevitable

Es prácticamente seguro que no vamos a asistir a un colapso al estilo soviético. La economía mixta europea, incluso en su forma actual, es mucho más competitiva y dinámica que la economía soviética, completamente estatal. Las burocracias estatales son poderosas, pero su poder es menor que en la Unión Soviética. Además, el sistema político democrático es legítimo y ofrece posibilidades de cambio. El verdadero peligro es el fantasma de Argentina. El continuo encubrimiento de la falta de una economía dinámica y competitiva causada por el endeudamiento desorbitado. El espectro es el declive lento y gradual a largo plazo.

Tenemos el modelo exitoso de los mercados competitivos y el poder para detener y cambiar la trayectoria actual. Necesitamos menos regulación y más mercado para facilitar una vida económica dinámica impulsada por la iniciativa empresarial y un nuevo periodo de crecimiento. Este es el camino para acabar con el estancamiento, el desempleo crónico y la pobreza.

Ver también

Socialismo: la economía del desabastecimiento. (Jon Aldekoa).

La trampa marxista: la imposibilidad del socialismo y la falacia histórica de la izquierda. (Andras Toth).

1917, la revolución económica. (José Carlos Rodríguez).

China da marcha atrás en la planificación demográfica

Por Peter Jacobsen. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

El siglo XX estuvo lleno de intentos de planificar la población de forma centralizada. Científicos como Paul Ehrlich y empresarios como Hugh Moore se pasaron la vida presionando directamente a políticos y ciudadanos para que abordaran el inminente espectro de la “superpoblación”. El lenguaje de los detractores de la población era a menudo dramático y a menudo incluía predicciones de muerte masiva en tan sólo unas décadas. Las predicciones nunca llegaron a cumplirse. La humanidad nunca se quedó sin alimentos -ni sin ningún otro recurso- antes del cambio de siglo.

Pero los agoreros de la población sí tuvieron impacto. Gobiernos como el de Estados Unidos, a través de USAID, y organizaciones como el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades en Materia de Población (FNUAP) dedicaron amplios recursos organizativos a frenar la población mundial. Este impulso se manifestó en el primer Premio de Población de la ONU concedido a líderes de China e India en 1983. En aquel momento, ambos países habían utilizado tácticas coercitivas para frenar el crecimiento demográfico, pero uno de ellos ha quedado grabado en el espíritu de la época como el principal ejemplo de planificación demográfica: China y su infame política del hijo único.

“Nueva cultura del matrimonio y la procreación”

Hace poco más de una semana, el 30 de octubre, el líder del PCCh, Xi Jinping, admitió implícitamente que la política demográfica de China fue un gran error. 2022 fue el primer año en más de seis décadas en el que China registró un descenso de su población. Esto no es sólo un parpadeo. A menos que algo cambie, la población de China disminuirá cada vez más rápidamente en un futuro previsible.

Para combatirlo, dice Xi, “debemos cultivar activamente una nueva cultura del matrimonio y la procreación”. Aunque los líderes del PCCh nunca admitirían que las políticas demográficas del pasado fueron un error, por miedo a admitir un fracaso del difunto dictador Mao Zedong, este cambio de rumbo es lo más parecido a una admisión que se puede conseguir.

La clave de este momento, sin embargo, no es sólo el fracaso de Mao y de la política del hijo único. El fracaso reside en la idea misma de planificar centralmente una población y en todos los planificadores centrales que la promovieron a lo largo del siglo XX. Veamos por qué fracasó.

Humanidad + Creatividad > Tragedia

El llamamiento a la planificación centralizada de la población se deriva en última instancia de un único ejercicio intelectual que dice algo así. Imagina que vives cerca de un estanque que nadie posee. Cada persona que vive en el estanque se da cuenta rápidamente de que cada vez que un vecino pesca, éste recibe todo el beneficio del pez, pero todos los que viven cerca del estanque experimentan la pérdida de tener un pez menos.

Esta situación incentiva a cada persona a pescar más a menudo porque significa que cada persona reclama más peces. Este reconocimiento conduce a un círculo vicioso en el que todos se apresuran a pescar y, al hacerlo, capturan todos los peces del estanque, de modo que éste queda vacío para siempre.

Este escenario se conoce como la tragedia de los comunes. El ecologista Garrett Hardin fue el primero en formalizar esta preocupación y lo hizo en el contexto del llamado problema de población. La teoría de Hardin era que si había recursos comunes, la gente produciría hijos en exceso porque los niños recibirían todo el beneficio de los recursos comunes sin que los padres soportaran el coste.

Las justificaciones de la planificación central de la población varían con el tiempo en función del recurso común. En los años 70, a muchos les preocupaba que los alimentos (que no son realmente un recurso común en ningún sentido formal) fueran consumidos en exceso por una población creciente. Hoy, los académicos escriben artículos sobre el consumo excesivo de nuestro recurso común, el “clima”.

Julian Simon y Elinor Ostrom

Estas justificaciones han resultado ser siempre erróneas. Los economistas Julian Simon y Elinor Ostrom explicaron por qué a lo largo de sus carreras. Simon destacó cómo el crecimiento de la población aumentaba el número de personas creativas que responderían a la escasez de recursos con soluciones ingeniosas. A lo largo de su vida debatió con Hardin sobre este punto (“Is the Era of Limits Running Out?” Public Opinion, 5, febrero/marzo, 1982, pp. 48-57) y ganó una apuesta contra Paul Ehrlich demostrando que los recursos eran cada vez más abundantes.

Ostrom abordó el problema de otra manera. Destacó cómo los grupos de personas a menudo ideaban normas culturales e institucionales inteligentes que protegían los bienes comunes de la sobreexplotación, y ganó el premio Nobel de Economía por ello.

El mensaje general de ambos académicos es el mismo: la gente no está atrapada en la tragedia de los bienes comunes. Son capaces de pensar en soluciones inteligentes que ecologistas como Ehrlich y Hardin eran aparentemente incapaces de concebir. Esta incapacidad para reconocer la creatividad humana como la solución definitiva a los problemas asociados a una mayor población es la primera razón del fracaso de la planificación demográfica centralizada.

Los humanos no son moscas de la fruta

La segunda razón del fracaso de la planificación demográfica central también está relacionada con la importancia de la creatividad humana. A diferencia de los supuestos en los que se basan muchos modelos de crecimiento de la población animal, las personas son capaces de considerar y sopesar los costes y beneficios futuros de tener hijos para sí mismas.

Este problema de los planificadores de la población se viene observando desde hace mucho tiempo. En un artículo de 1932 titulado “Población y cultura”, escrito por Lyman Bryson con comentarios del economista Frank Fetter, Bryson desmonta el “enfoque biológico” por el que se trata a los humanos igual que a los animales. Los defensores de este enfoque argumentan que funcionaría si se ignorara el hecho de que los humanos responden a condiciones cambiantes. Bryson responde,

¿Y no es esa otra forma de afirmar que los datos derivados del laboratorio, de experimentos controlados con moscas de la fruta, tendrían algún significado en las interpretaciones demográficas si no fuera por la obstinada tendencia de los hombres a ser hombres y no moscas de la fruta?

El comentario de Fetter refuerza este punto:

…tenemos el espectáculo del biólogo, mal entrenado en los elementos del pensamiento en el campo social, esforzándose por reducir el complejo problema de la población humana al tamaño y contenido de una botella de gusanos en su laboratorio.

El humano es un animal inteligente

En resumen, los seres humanos no son moscas de la fruta. En general, toman decisiones inteligentes sobre cuestiones importantes como tener hijos. Eso no significa que los humanos no cometamos errores, pero tampoco somos simples siervos de nuestros impulsos. En muchos países en desarrollo, los hijos cumplen una importante función de seguridad social para los padres. Si a esto unimos la preferencia cultural masculina que excluye a muchas mujeres del mercado laboral, resulta fácil ver cómo las familias muy numerosas son una respuesta racional de los pobres en función de su situación.

Los países ricos suelen desvincular la seguridad social de los padres y sus descendientes directos. En su lugar, la generación de más edad en su conjunto se mantiene teóricamente gracias al trabajo de la generación más joven en su conjunto. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esta disociación entre padres e hijos implica una disociación de incentivos. Cuando tus hijos te proporcionan directamente la seguridad social, tienes un incentivo para tener hijos. Cuando los hijos de otra persona pueden proporcionarle seguridad social, usted tiene menos incentivos para tenerlos.

La mala decisión de China

Esto no quiere decir que el sistema disociado no pueda funcionar. El país que lo utilice simplemente tiene que ser lo suficientemente rico como para hacer frente a este problema. El problema es que la planificación demográfica central ignoró por completo esta realidad. Al imponer una política artificial de un solo hijo, China redujo en millones el número de habitantes de las generaciones futuras.

Ahora China se enfrenta al problema de una mano de obra relativamente pequeña en comparación con una gran generación de edad avanzada. Si el país hubiera confiado en la toma de decisiones de los individuos, parece probable que la pirámide de población en China sería mucho menos problemática de lo que es.

El orden de muchos planes

El fracaso de la planificación demográfica central en China es un microcosmos de la tendencia de la planificación demográfica central a fracasar siempre. La actitud del planificador central queda bien reflejada en una cita de Mao Zedong, quien dijo,

Hay que planificar la reproducción. En mi opinión, la humanidad es completamente incapaz de autogestionarse. Tiene planes para la producción en fábricas, para producir telas, mesas y sillas, y acero, pero no hay ningún plan para producir seres humanos. Esto es anarquismo: sin gobierno, sin organización y sin reglas.

Irónicamente, esta cita de 1957 se produce sólo 8 años después de que Mao proclamara que el crecimiento de la población sería siempre una bendición para China.

El error fundamental que se comete aquí es la afirmación de que sin planificación central no hay gobierno, organización ni normas. Esto no es cierto. La mayoría de nuestras acciones e interacciones cotidianas se rigen por normas institucionales formales e informales ajenas al Estado. La ausencia de planificación central no es la ausencia de un plan. Más bien es la presencia de millones de planes creados por individuos inteligentes que saben más sobre sus situaciones de lo que jamás podría saber un planificador central.

La preeminencia del plan del dictador

Citando al economista Ludwig von Mises en su libro Socialismo:

Lo que defienden los que se llaman a sí mismos planificadores no es la sustitución de la acción planificada por el dejar hacer. Es la sustitución del plan del propio planificador por los planes de sus semejantes. El planificador es un dictador en potencia que quiere privar a todas las demás personas del poder de planificar y actuar según sus propios planes. Su único objetivo es la preeminencia absoluta y exclusiva de su propio plan.

Tal vez apoyar los planes de muchos sea una especie de anarquismo, pero es cualquier cosa menos caótico.

Contrasta con el caos de la planificación demográfica central. En los últimos 80 años China ha pasado del sentimiento pro-natal al sentimiento anti-natal, a la política anti-natal, al sentimiento pro-natal, y probablemente pronto a la política pro-natal. Con planes así, ¿quién necesita el caos?

La mejor esperanza para la humanidad en la cuestión del crecimiento demográfico es que la gente mire hacia atrás en la historia de las políticas demográficas de China y se dé cuenta de que no ha sido sólo un caso de mala suerte. Más bien, la inestabilidad demográfica es un resultado previsible de lo que ocurre cuando el gobierno se entromete en los planes de los ciudadanos.

Ver también

El sueño urbano de China. (Javier Moreno).

La gran lección económica de China. (María Blanco).

El visionario Milton Friedman y la economía de China. (Rainer Zitelmann).

El debate sobre el cálculo socialista, entonces y ahora

Por Kristian Niemieth. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

Voy a hablar del llamado debate sobre el cálculo socialista, que fue uno de los principales debates dentro de la economía del siglo XX. Un debate sobre la viabilidad de las economías planificadas.

Pero antes de nada, me gustaría decir unas palabras sobre por qué esto importa hoy, porque algunos de ustedes probablemente estén pensando: “¿Por qué debería importarme lo que un puñado de blancos muertos discutían hace 100 años?”.

Cuando ‘murió’ la historia

Si es así, hace diez años, habrían tenido razón. Tras la caída del Muro de Berlín, y durante aproximadamente un cuarto de siglo, la opinión generalizada era que el debate entre capitalismo y socialismo estaba prácticamente zanjado. Cuando Francis Fukuyama hablaba del “fin de la historia”, no quería decir que ya no iba a ocurrir nada interesante. Se refería a que las grandes batallas ideológicas que habían definido los siglos XIX y XX habían terminado.

Durante un tiempo, eso pareció cierto. En las décadas de 1990 y 2000, casi todo el espectro político -incluida la izquierda política dominante- aceptaba que las economías planificadas habían fracasado en la práctica y que una economía de éxito tendría que basarse predominantemente en el mercado. El Partido Laborista británico, por ejemplo, degradó su propia ala socialista y, bajo Tony Blair, se rebautizó como un partido que se sentía cómodo con la economía de mercado.

Por supuesto, siempre hubo grandes desacuerdos sobre política económica: sobre el tamaño y el alcance adecuados del Estado, sobre los límites de los mercados, sobre cómo deben regularse los mercados, sobre qué modelo de capitalismo es el mejor. Nadie ha dicho que eso esté resuelto, ni siquiera que pueda estarlo. Pero estos son debates dentro del capitalismo, no debates sobre si deberíamos tener una economía capitalista.

“Demasiado a la izquierda”

El marxismo nunca desapareció, pero se retiró de la primera línea de los debates de política económica y se convirtió en un tema más académico. Siempre ha habido movimientos anticapitalistas importantes, pero en los años noventa, 2000 y principios de 2010, eran sobre todo eso: antimovimientos, no movimientos por una alternativa específica.

Este sentimiento del fin de la historia todavía era notable después de las elecciones generales de 2015, cuando muchos comentaristas de los medios de comunicación -incluidos comentaristas simpatizantes de Ed Miliband- argumentaron que Miliband había perdido, porque era, con razón o sin ella, visto como “demasiado de izquierdas”. No había conseguido desprenderse de su imagen de “Red Ed”.

Dos años después, esa idea fue ampliamente refutada. Si Miliband había perdido porque era “demasiado de izquierdas”, entonces, lógicamente, su sucesor Jeremy Corbyn, un autodenominado socialista que estaba muy a la izquierda de Miliband, debería haber perdido por un margen aún mayor.

Pero ocurrió exactamente lo contrario. Corbyn ganó diez puntos porcentuales en comparación con Ed Miliband, y algo así como veinte puntos porcentuales entre los votantes más jóvenes. No ganó del todo, pero es evidente que contó con el apoyo entusiasta de millones de personas.

Corbymanía

La “Corbynmanía” llevó a las empresas de sondeos a preguntar a la gente más explícitamente cuál era su posición en el debate socialismo contra capitalismo, ese debate que supuestamente se había “zanjado” con la caída del Muro de Berlín. Resultó que no se había “zanjado” en absoluto. La idea de que “ahora todos somos capitalistas” es completamente errónea. Millones de personas no lo son. Entre los jóvenes y las personas de mediana edad, al menos una mayoría relativa -y quizá incluso absoluta- prefiere el socialismo al capitalismo. Si 1990 fue “el fin de la historia”, entonces la historia debe haberse reiniciado en algún momento de la última década.

Esta es, en pocas palabras, la razón por la que el debate sobre el cálculo socialista vuelve a ser importante. No es sólo una cuestión de los años veinte, sino también de los años veinte. Por eso tiene sentido conocerlo un poco, y esto es así independientemente del lado del debate socialismo vs. capitalismo en el que te encuentres.

¿Qué es el debate sobre el cálculo socialista?

El socialismo ha tenido sus críticos desde que existe como teoría. Sin embargo, antes de 1920, esas críticas se referían más a la naturaleza humana que, estrictamente hablando, a la economía. Los críticos afirmaban que el socialismo sería inviable, porque se basa en la voluntad de las personas de trabajar por el bien común y no para sí mismas, y la mayoría de la gente sería demasiado egoísta para eso.

Pero el debate sobre el cálculo socialista no trata de eso en absoluto.

En 1920, el economista austriaco Ludwig von Mises publicó un artículo titulado Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen -El cálculo económico en la mancomunidad socialista- en el que criticaba el socialismo desde un ángulo completamente distinto. Estaba de acuerdo con los socialistas y se limitaba a asumir la cuestión de la naturaleza humana:

Aún si concedemos […] que cada individuo en una sociedad socialista se esforzará con el mismo celo que lo hace hoy […], sigue existiendo el problema de medir el resultado de la actividad económica en una mancomunidad socialista que no permite ningún cálculo económico.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Para ver lo que quería decir con eso, tenemos que dar un paso atrás.

Sin intercambio, no hay precios

Cuando decimos que una unidad de un bien, X, vale cinco veces más que una unidad de otro bien, Y, ¿qué queremos decir con eso? ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo sabemos que vale cinco veces más que trece veces o tres mil veces? La respuesta es: porque ésa es la proporción en la que la gente suele estar dispuesta a intercambiar X e Y entre sí. Si a unas personas les das X y a otras Y, y les dejas que intercambien entre sí, convergerán en esa relación de intercambio de 5:1. Pero para eso, necesitas intercambiar. Pero para eso se necesita el intercambio. Si nadie intercambia nunca X e Y, no tenemos ni idea de cuál es la proporción “correcta”.

Von Mises suponía que, incluso en una economía socialista, seguiría habiendo algo así como “precios de mercado” para los bienes de consumo. Ello se debe a que suponía que existirían amplios mercados secundarios informales. Supongamos que el Estado asume que X vale tres veces más que Y, y reparte raciones de X e Y sobre esa base.

Pero es una proporción errónea, porque los consumidores valoran X cinco veces más que Y, no tres. La gente empezaría entonces a comerciar entre sí, y la proporción 5:1 sería observable en el mercado secundario. El Estado podría reaccionar y corregir la asignación primaria.

Sencillamente, imposible

Que yo sepa, eso nunca ha ocurrido. Hubo amplios mercados negros bajo el socialismo, pero no tengo constancia de que los planificadores socialistas observaran los precios de mercado en esos mercados negros y respondieran a ellos. Pero fue la suposición optimista de von Mises que una economía socialista podría, de esta manera indirecta, todavía generar algo parecido a los precios de mercado para los bienes de consumo.

Pero lo que no podría haber son precios de mercado para los bienes utilizados en la producción: factores de producción y bienes de capital. No habría precios de mercado para los distintos tipos de maquinaria, los distintos tipos de edificios industriales, los distintos tipos de materias primas, los distintos tipos de productos semiacabados, etcétera.

Si no tenemos precios de mercado para esos bienes, no podemos hacer cálculos económicos, en el sentido convencional. No podemos determinar si un método de producción es más eficaz que otro. Nos enfrentaríamos a miles de alternativas diferentes, pero no tendríamos ningún método racional para determinar cuáles son mejores y cuáles peores. La “planificación socialista” no sólo sería una mala idea. Sería literalmente imposible.

Nuevas reglas del juego

La afirmación de Von Mises sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo cambió las reglas del juego en varios sentidos.

En primer lugar, fue una inversión completa de lo que era una opinión muy extendida en la época: que el capitalismo era caótico (Marx y Engels habían hablado de “anarquía en la producción”), mientras que una economía socialista estaría racionalmente planificada. Au contraire, decía von Mises. Una economía capitalista puede parecer “caótica”, porque nadie la dirige en su conjunto. Pero es el único tipo de economía que nos permite comparar racionalmente los costes y los beneficios de diferentes cursos de acción. Es precisamente la economía “planificada” la que es caótica, porque hace imposible una auténtica planificación:

Tenemos el espectáculo de un orden económico socialista flotando en el océano de combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico. Así, en la mancomunidad socialista, cada cambio económico se convierte en una empresa cuyo éxito no puede evaluarse de antemano ni determinarse más tarde retrospectivamente. Sólo hay tanteos en la oscuridad. El socialismo es la abolición de la economía racional.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Una estatua para Ludwig von Mises

En segundo lugar, obligó a los economistas socialistas a reflexionar más detenidamente sobre cómo debía ser, en la práctica, la “planificación económica”. Algunos socialistas trataron de rebatir los argumentos de von Mises – eso es lo que convirtió el Debate sobre el Cálculo Socialista en un debate. Oskar Lange, un economista que más tarde se convertiría en una figura importante de la República Popular Polaca, escribió en 1936, casi con toda seguridad ligeramente irónico:

Los socialistas tienen ciertamente buenas razones para estar agradecidos al profesor Mises, el gran advocatus diabol de su causa. Porque fue su poderoso desafío el que obligó a los socialistas a reconocer la importancia de un sistema adecuado de contabilidad económica para guiar la asignación de recursos en una economía socialista. […]

El mérito de haber llevado a los socialistas a abordar sistemáticamente este problema pertenece enteramente al profesor Mises. […] Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en la gran sala del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Simplemente, cambiamos de gestor

Lange creía que von Mises estaba equivocado en última instancia, y que el Estado podía fijar los precios tan bien como el mercado:

En una economía socialista […] el proceso de determinación de precios es bastante análogo al de un mercado competitivo. La Junta Central de Planificación desempeña las funciones del mercado. […] Una sustitución de las funciones del mercado por la planificación es bastante posible y viable.

Oskar Lange

Lenin: trabajadores armados

Esto puede sonar extraño, pero hasta ese momento, los socialistas nunca habían pensado realmente en cómo funcionaría, en la práctica, una economía socialista. Marx y Engels nunca se habían preocupado de ello. Incluso Lenin sólo tenía esto que decir:

Todos los ciudadanos se transforman en empleados contratados por el Estado, que consiste en los trabajadores armados. Todos los ciudadanos se convierten en empleados y obreros de un “sindicato” estatal único en todo el país. Todo lo que se exige es que trabajen por igual, realicen la parte de trabajo que les corresponde y reciban el mismo salario; la contabilidad y el control necesarios para ello han sido simplificados al máximo por el capitalismo y reducidos a las operaciones extraordinariamente sencillas -que cualquier persona alfabetizada puede realizar- de supervisar y registrar, conocer las cuatro reglas de la aritmética y emitir los recibos correspondientes.

Friedrich A. Hayek

Eso es todo. Así de fácil. Sólo un poco de contabilidad y emisión de recibos, y trabajo hecho. Después de la Revolución Rusa, él -o mejor dicho, la gente lo suficientemente desafortunada como para ser sometida a ese experimento- aprendió por las malas que la economía es algo más que emitir recibos. De todos modos, esa fue la primera ronda del debate sobre el cálculo socialista. Uno de los alumnos de von Mises, el futuro Premio Nobel Friedrich August von Hayek, refinó más tarde los argumentos.

Hayek dejó más claro qué tienen los precios de mercado que los convierten en una herramienta tan vital, y por qué los precios fijados por el Estado no eran un sustituto adecuado. La idea básica es la siguiente: En una economía avanzada y compleja, dependemos de la especialización y de la división del trabajo. Nadie sabe hacerlo todo. No hay neurocirujanos que también sean grandes fontaneros, electricistas, poetas, traductores y expertos en política exterior. Pero todo el mundo sabe hacer algo. Así que todos hacemos cosas diferentes, y luego hacemos que esas diferentes piezas encajen.

División del conocimiento

Del mismo modo, las economías avanzadas y complejas se basan en una división del conocimiento. Nadie lo sabe todo sobre la economía. Nadie sabe más que una pequeña parte. Pero todos sabemos algo. Todos tenemos algún conocimiento económicamente relevante: tal vez sobre la industria en la que trabajamos, la región en la que vivimos o, si no hay nada más, todos conocemos nuestras propias preferencias mejor que nadie.

Todos aportamos conocimientos al mercado. El mercado agrega todos esos conocimientos y los difunde. Un ejemplo que Hayek utilizó fue el de una caída repentina de la oferta de estaño en algún lugar del mundo; o alternativamente, se descubre un nuevo uso industrial del estaño, lo que provoca un aumento de la demanda.

La mayoría de nosotros no tenemos ni idea de ese sector de la economía. No sabemos nada de la minería del estaño, y no tenemos ni idea de que esto haya ocurrido. Pero no necesitamos saberlo. Todo lo que tenemos que hacer es observar que los precios del estaño, y los precios de los productos que contienen estaño, han subido, y reaccionar a ello de alguna manera.

Precios y orden

Las empresas que utilizan estaño para fabricar, por ejemplo, muebles, pueden buscar algún sustituto. Los consumidores pueden cambiar a un producto alternativo que utilice menos estaño o, si eso no es posible, simplemente reducir su consumo de productos que contengan estaño. Al mismo tiempo, alguien, en algún lugar, detectará la oportunidad de obtener beneficios e intentará introducir en el mercado nuevos suministros de estaño o sustitutos cercanos.

Todos lo hacemos varias veces al día: reaccionamos a los cambios de precios, a veces de forma casi automática, normalmente sin saber qué los ha provocado. Y no necesitamos saberlo. Alguien, en algún lugar, sí lo sabe, y su conocimiento está contenido en los precios. Las condiciones económicas cambian todo el tiempo, de maneras que la mayoría de las veces ignoramos, y a través del sistema de precios, las partes relevantes de ese conocimiento se difunden por toda la economía.

Las economías planificadas no disponen de este mecanismo. Dependen de una junta de planificación para cotejar y evaluar toda la información pertinente. Hayek no fue tan lejos como von Mises: no dijo que una economía socialista fuera literalmente imposible. Sólo dijo que era una forma muy inferior de organizar una economía.

¿Es una cuestión de computación?

Hasta aquí, podría pensarse: ¿no es todo esto un problema de insuficiente capacidad de procesamiento de datos? Si es así, ¿no significa esto que el debate sobre el cálculo socialista está ya desfasado? Claro, planificar una economía requiere cantidades colosales de datos. Puede que en el antiguo bloque del Este no fuera posible recopilar, procesar y evaluar semejante volumen de datos. Pero, ¿seguiría siendo un problema hoy en día? ¿Acaso Amazon y Google no disponen ya de más información sobre sus clientes que la que jamás haya tenido cualquier consejo de planificación socialista?

Hayek no vivió para ver la era de Internet, y mucho menos el auge de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, si viviera hoy, sospecho que no se sentiría obligado a modificar mucho sus argumentos. El Debate Socialista sobre el Cálculo nunca versó principalmente sobre el procesamiento de datos en el sentido técnico.

Conocimiento tácito y no articulable

Hayek también argumentaba que gran parte del conocimiento económicamente relevante es de naturaleza tácita. El conocimiento tácito es el que poseemos, pero nos costaría articular. Para la mayoría de la gente, la gramática de su lengua materna es un conocimiento tácito. Todos podemos hablar un inglés perfecto, pero si un hablante no nativo nos preguntara “¿Por qué usaste este tiempo en vez de aquel?”, o “¿Por qué usaste esta palabra en vez de aquella?”, la mayoría de las veces, nuestra respuesta sería “No lo sé; simplemente suena bien, y la otra suena rara”.

Hay que reconocer que este es un mal ejemplo, porque si quieres puedes estudiar las reglas gramaticales de tu lengua materna. En este caso, puedes convertir el conocimiento tácito en formal.

El escritor que no sabe explicar cómo escribir

Pero a menudo no es así. La mayoría de los trabajos contienen conocimientos tácitos que se han adquirido a lo largo de los años, pero que costaría mucho articular y, por tanto, transmitir a un sucesor o a un colega. Nunca olvidaré mi decepción cuando leí el libro On Writing de Stephen King, el autor de novelas de terror. Lo leí porque pensé que podría aprender algunos trucos del maestro. No fue así. Es evidente que King es un gran escritor, pero explica fatal cómo lo hace. No sabe cómo lo hace. Es un conocimiento tácito. No puede articularlo. Pero si él no puede hacerlo, ¿quién puede?

Incluso las preferencias de los consumidores suelen ser tácitas y, por diversas razones, nuestro comportamiento de compra real suele desviarse de nuestras preferencias declaradas. El conocimiento empresarial también suele contener una gran parte tácita. Cuando se les pregunta por sus ideas de negocio, los empresarios de éxito suelen decir que tuvieron “una corazonada”, “un presentimiento” o “una intuición”.

Para ese tipo de conocimiento, no sirve de nada tener ordenadores más rápidos que puedan manejar más datos.

Prueba y error

Yendo un poco más allá del debate sobre el cálculo socialista en sentido estricto, Hayek también hizo hincapié en el papel de los procesos de ensayo y error en la vida económica. En economía, aprendemos la mayoría de las cosas a través de la experimentación y no de grandes planes. Esto es aún más evidente hoy que en la época de Hayek. Para casi todos los productos que usamos hoy en día, se pueden encontrar citas de expertos de la industria de la época de su lanzamiento, prediciendo con seguridad que el producto nunca despegaría. Las compras en línea nunca existirán. Internet nunca existirá. La televisión nunca existirá. El coche nunca existirá. Los Beatles nunca existirán. Arnold Schwarzenegger nunca triunfará como actor. Walt Disney nunca encontrará público para su excéntrica idea de un pato parlante en traje de marinero y un ratón parlante en bañador.

En retrospectiva, sería tentador burlarse de las personas que hicieron esas predicciones que envejecieron tan terriblemente, pero eso sería errar el tiro. Esas personas no eran estúpidas ni ignorantes. Es que así es la vida económica. Sabemos muy poco. Es muy poco lo que podemos planificar conscientemente. Tenemos que probar cosas, ver qué pasa y aprender haciendo.

No en una economía socialista

¿Podría una economía socialista permitir también ese tipo de experimentación? No veo cómo. Se necesita un sistema en el que la gente pueda probar ideas que, para la mayoría de los observadores, parecen inverosímiles y descabelladas. Las burocracias (o los comités democráticos) no funcionan así, ni deberían hacerlo. Un sistema en el que las personas tienen libertad para asumir riesgos debe ser un sistema en el que asuman la responsabilidad de las consecuencias. Para ello es necesaria la propiedad privada.

Yo diría que está claro, tanto desde el punto de vista teórico como histórico, qué bando ha ganado el debate sobre el cálculo socialista: el bando austriaco, el bando antisocialista. Pero yo no soy un observador neutral. Estoy firmemente en el “Equipo Austria”.

Pero también diría que, incluso si te encuentras en el bando socialista, deberías tomarte en serio el Debate sobre el Cálculo Socialista y comprometerte con la crítica austriaca. Las generaciones anteriores de socialistas ciertamente lo hicieron.

Recuerde lo que dijo Oskar Lange:

Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en el gran salón del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Oskar Lange

Me gustaría ver algo de ese espíritu en los socialistas de hoy. Me gustaría ver a un socialista actual intentar dar una respuesta meditada a los argumentos de Mises-Hayek. Me gustaría verles intentar presentar una versión del socialismo que evite esos problemas de cálculo socialista.

Los socialistas actuales no lo hacen. Se limitan a desestimar las objeciones al socialismo como “deleznables”. Disfrutan de una gran ventaja de reputación sobre sus oponentes, a saber, el hecho de que el socialismo se considera moderno y de moda, y por lo tanto, simplemente capitalizan esa ventaja, en lugar de preocuparse por los aspectos prácticos.

Convencer a los socialistas de que el socialismo es posible

Hasta cierto punto, les funciona. Sin embargo, al menos un socialista está de acuerdo conmigo en que la gente de su bando debería esforzarse un poco más. Sam Gindin, un marxista canadiense, escribe en la popular revista socialista Jacobin:

De las dos tareas centrales que exige la construcción del socialismo -convencer a una población escéptica de que una sociedad basada en la propiedad pública de los medios de producción, distribución y comunicación podría de hecho funcionar, y actuar para acabar con el dominio capitalista- la atención abrumadora […] se ha centrado en la batalla política para derrotar al capitalismo. El aspecto que podría tener la sociedad al final del arco iris […] sólo ha recibido una atención retórica o superficial.

Pero […] la afirmación arrogante de la viabilidad del socialismo ya no es suficiente. Ganar a la gente para una lucha compleja y prolongada para introducir formas profundamente nuevas de producir, vivir y relacionarse exige un compromiso mucho más profundo con la posibilidad real del socialismo. […] No basta con centrarse en llegar. Ahora es al menos igual de importante convencer a los futuros socialistas de que realmente hay un ‘ahí’ al que llegar.

Sam Gindin

Así es.

Ver también

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico. (Vicente Moreno).

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico. (Eduardo Blasco).

Reseña de ‘El espejismo del socialismo sueco’, de Johan Norberg

Por Kristian Niemietz. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

El romanticismo escandinavo existe desde que tengo uso de razón. Pero ha adoptado diferentes formas en diferentes épocas. Hasta mediados de la década pasada, “Escandinavia” -y “Suecia” en particular- se utilizaba a menudo como sinónimo de “progresista”, “socialmente justo” o “todo lo que le gusta a la izquierda”. Era tanto un lugar de proyección como un lugar real.

Desde entonces, y en el contexto del retorno del socialismo como movimiento juvenil de moda, ha adquirido un significado bastante diferente. Algunos socialistas empezaron a utilizar “Suecia” o “Escandinavia” como carta de libertad para evitar la pregunta que los socialistas odian como nadie: “¿Puede nombrar una economía socialista de éxito?”

Si Suecia no es una economía socialista…

Para ser justos: no todos los socialistas hacen esto. Muchos no lo hacen. He leído al menos una docena de artículos y capítulos de libros de socialistas contemporáneos que se distancian explícitamente de la socialdemocracia escandinava y dejan muy claro que el sistema que tienen en mente no tiene nada que ver con Suecia. El socialismo, dicen, no tiene nada que ver con lo grande que sea el sector público o lo generoso que sea el Estado del bienestar. Se trata de quién posee los medios de producción. Para que una economía sea socialista, no es necesario ni suficiente un gran Estado del bienestar.

Pero al hacerlo, esos socialistas también tienen que admitir, al menos implícitamente, que no pueden señalar ningún ejemplo en el que el tipo de sistema que tienen en mente haya funcionado alguna vez. Tienen que admitir que te están pidiendo que hagas un gran acto de fe. De hecho, están diciendo: “Lo que sugiero aquí nunca ha funcionado en ningún sitio. Pero sé que esta vez funcionará. Esta vez es diferente. Confía en mí”.

Eso les funciona perfectamente cuando se dirigen a un público simpatizante. Pueden hacerlo en la revista Jacobin, o en Novara Media, o en Teen Vogue, o en la revista Tribune, o en The World Transformed, o en el festival Marxism, o en Twitter, o en un debate universitario. Pero funciona peor para un candidato político que se dirige a votantes indecisos o a un entrevistador hostil. En tal situación, “Suecia” puede no ser una respuesta honesta. Pero si su público no sabe mucho sobre Suecia, probablemente pueda salirse con la suya.

The Mirage of Swedish Socialism

Además, ni siquiera es una mentira completa. Lo que ocurre es que cuando los socialistas se refieren a Suecia, no están hablando del país real: desde luego no del país tal como es ahora, ni siquiera del país tal como fue alguna vez. Hablan del país en el que Suecia parecía estar convirtiéndose. Hablan de un periodo muy concreto de la historia de Suecia, y aun así, no se trata tanto de lo que ocurrió realmente durante ese periodo, sino del ambiente político que reinaba en ese momento, y de lo que parecía posible en él.

Ya llegaremos a eso.

En su nuevo libro The Mirage of Swedish Socialism: The Economic History of a Welfare State, Johan Norberg divide la historia económica de la Suecia moderna en cuatro periodos distintos: el periodo liberal (1870 – 1970), el periodo socialista (1970 – 1990), la crisis (1990 – 1995) y el Estado del bienestar capitalista (1995).

Suecia fue un país tardíamente industrializado. Su revolución industrial no despegó plenamente hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX y, en consecuencia, Suecia era mucho más pobre que la media de Europa Occidental en aquella época. Esto se debe a que, hasta mediados del siglo XIX, la economía sueca era más feudalista que capitalista, con una producción no agrícola controlada por un sistema gremial y un comercio exterior muy restringido. Todo esto cambió con una serie de reformas liberales que convirtieron a Suecia en una moderna economía de mercado.

La era dorada (capitalista)

Comenzó entonces una relativa edad de oro, durante la cual Suecia pasó rápidamente de ser un país agrario pobre a uno de los más ricos del mundo. Entre 1870 y 1950, el PIB real per cápita se multiplicó por más de cuatro, la esperanza de vida se disparó de 45 a 71 años, la mortalidad infantil bajó de más del 22% a menos del 3% y la mortalidad materna descendió de más de seis por cada 1.000 nacidos vivos a menos de uno. Algunas empresas suecas líderes mundiales, que (o sus sucesoras) siguen hoy entre nosotros, se crearon en este periodo.

En la década de 1920, los socialdemócratas se convirtieron en la fuerza política dominante: han estado en el gobierno durante algo más de 70 de los últimos 100 años, lo que incluye un periodo ininterrumpido de 40 años. Sin embargo, Norberg no considera que esto suponga, en sí mismo, una ruptura con el periodo liberal. Demuestra que, durante la mayor parte de ese periodo, los socialdemócratas no fueron un partido especialmente anticapitalista. Dejaron la economía de mercado prácticamente intacta y, aunque crearon un Estado del bienestar, incluso el gasto público siguió siendo notablemente modesto. Hasta 1970, el Estado sueco gastaba menos del 30% del PIB y, por tanto, menos que sus homólogos de Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania Occidental.

El fin de la era liberal

Por desgracia, los periodos liberales siempre llegan a su fin. El de Suecia no fue una excepción. La mayoría de los Estados del bienestar occidentales experimentaron grandes expansiones en la década de 1960, y Suecia no fue una excepción en este sentido. Lo que diferenció a Suecia fue que, cuando los demás se ralentizaron, ellos siguieron adelante. A finales de los años 70, el gasto público superó el 50% del PIB y pronto se acercó al 60%.

Pero las décadas de 1970 y 1980 no fueron sólo un periodo de elevado gasto público. El gobierno también empezó a manipular el funcionamiento de la economía de mercado, por ejemplo, interfiriendo en los precios y los salarios.

Sin embargo, cuando Norberg llama a este periodo de 20 años y pico “el periodo socialista”, no sólo se refiere a políticas específicas. También describe un espíritu general:

Suecia nunca llegó a ser un país socialista de manual, con los medios de producción en manos del gobierno. Los socialdemócratas consideraron tomar el control de las grandes empresas con los “Fondos de Empleados”, […] transfiriendo esas empresas de manos privadas a la propiedad colectiva, pero fue […] suavizado sustancialmente […].

Sin embargo, todo el clima de ideas en Suecia estaba impregnado de ideas socialistas en los años 70 y 80, ideas tanto inherentes al proyecto socialdemócrata como algunas procedentes de fuerzas externas.

Johan Norberg. The Mirage of Swedish Socialism: The Economic History of a Welfare State.

El plan Meidner

Se refiere a la idea política socialista estrella de la época: el Plan Meidner, obra del economista sindical Rudolf Meidner. En su forma original, el Plan Meidner era un plan para la socialización gradual de la mayor parte de la economía.

La idea era obligar a las empresas a emitir una nueva tanda de acciones cada año, en proporción a sus beneficios, y transferir esas acciones a un fondo propiedad de los sindicatos y gestionado por ellos. Técnicamente, nadie habría sido expropiado con este plan. Supongamos que una empresa emitiera inicialmente 100 acciones, y usted fuera propietario de 20 de ellas.

Esto le convertiría en propietario de una quinta parte de la empresa. Si luego la empresa emite otras 20 acciones y las entrega al fondo sindical, no le han quitado sus 20 acciones. Lo que ocurre es que ahora sólo posee una sexta parte de la empresa en lugar de una quinta parte (es decir, 20 acciones de 120 en lugar de 20 de 100). Si al año siguiente vuelve a ocurrir lo mismo, la proporción de la empresa que le pertenece se reduce a una séptima parte. Y así sucesivamente.

Admiración por el Plan Meidner

Estas cifras son meramente ilustrativas: la transferencia real de la propiedad con arreglo al Plan Meidner habría sido más lenta que eso. Pero en el transcurso de una generación más o menos, los fondos habrían adquirido una participación mayoritaria en la mayoría de las grandes empresas.

Por tanto, no es de extrañar que el Plan Meidner siga entusiasmando a muchos socialistas hoy en día. La revista Jacobin, por ejemplo, lo describe como “una de las propuestas políticas socialistas democráticas más ambiciosas jamás consideradas seriamente en una economía desarrollada”, y pide su introducción en Estados Unidos en la actualidad:

Los actuales propietarios de capital […] conservarían sus acciones, pero éstas se diluirían mediante nuevas emisiones cada año […]. Las acciones con derecho a voto de los fondos aumentarían así gradualmente de valor hasta que las rentas del capital y el control de la economía quedaran en manos del público.

Jacobin.

Un “Plan Meidner para el Reino Unido”

Del mismo modo, en el Reino Unido, la economista marxista Grace Blakeley escribe:

Cualquier gobierno socialista debe considerar propuestas radicales para transformar la propiedad y la inversión – a través, por ejemplo, de […] un Plan Meidner para el Reino Unido.

Grace Blakeley

En las últimas elecciones generales, dicho “Plan Meidner para el Reino Unido” fue la política oficial del Partido Laborista en todo menos en el nombre. Como dijo entonces el canciller en la sombra John McDonnell:

El poder también viene de la propiedad. Creemos que los trabajadores, que crean la riqueza de una empresa, deberían compartir su propiedad […]. Legislaremos para que las grandes empresas transfieran acciones a un “Fondo de Propiedad Inclusiva”. Las acciones serán poseídas y gestionadas colectivamente por los trabajadores. La participación dará a los trabajadores los mismos derechos que a los demás accionistas para opinar sobre la dirección de su empresa.

John McDonnell

La Suecia de los años setenta y ochenta

Cuando Suecia introdujo finalmente los Fondos de Empleados en los años 80, carecían de la característica clave del Plan Meidner original: su carácter abierto. Los fondos de Meidner habrían controlado, por diseño, una proporción cada vez mayor del capital social de la nación. Los verdaderos Fondos de Empleados suecos tenían límites máximos. Tampoco utilizaban el mecanismo de emisión forzosa de acciones. Eran más parecidos a un fondo de pensiones, que simplemente compraba acciones en salida. El propio Meidner -como es comprensible- no estaba contento con ellos: el verdadero meidnerismo nunca se ha probado. Al cabo de unos años, volvieron a disolverse sin mucha resistencia.

La Suecia de los años setenta y ochenta, por tanto, no era un país socialista, pero sí un país que llevaba la socialdemocracia hasta sus últimos límites, y en el que las ideas socialistas para ir más allá se discutían seriamente en las altas esferas.

Cuando los socialistas contemporáneos nombran a Suecia como ejemplo de “economía socialista de éxito”, se refieren a esto. No hablan de la Suecia actual. Ni siquiera hablan de la Suecia real de los años setenta u ochenta. Más bien toman como punto de partida la Suecia de los años setenta y ochenta y la extrapolan en una dirección socialista meidneriana.

El fracaso de la hipersocialdemocracia

Pero esto, por supuesto, sigue sin ser un lugar real. Y usarlo como ejemplo plantea en gran medida la cuestión de si el socialismo meidneriano habría funcionado mejor que las demás versiones.

En cualquier caso, los resultados económicos de la hipersocialdemocracia con características socialistas no fueron muy buenos. No condujo a una catástrofe humanitaria al estilo de Venezuela, pero sí a un periodo de relativo declive económico, que culminó en la crisis económica de principios de los noventa. Por primera vez desde los años 30, Suecia era menos rica que la media de Europa Occidental. La deuda pública se había disparado de menos del 20% del PIB a más del 80%, y el desempleo se disparó por encima del 10%.

Vuelta al liberalismo en los 90′

Esto llevó a una vuelta a los principios liberales en la década de 1990. Se abolieron los controles de precios, se privatizaron las empresas estatales y se redujo el gasto público a algo menos del 50% del PIB (que sigue siendo muy alto, pero para llegar ahí hubo que reducirlo en más de diez puntos porcentuales desde su máximo).

Hoy en día, Suecia se describe mejor como una economía de mercado que, en general, es bastante liberal, excepto por el hecho de que tiene un Estado del bienestar muy grande. ¿Es el éxito relativo del que vuelve a disfrutar Suecia hoy un reto para los partidarios del libre mercado?

Depende. Si eres un “Lafferita” convencido, que equipara la economía de libre mercado con la reducción de impuestos y que piensa que los impuestos altos son el mayor impedimento para el crecimiento, no es injusto que un oponente te pregunte por qué Suecia va tan bien. Pero mi opinión desde hace mucho tiempo es que si se hacen bien la mayoría de las demás cosas, y si se tiene una sociedad con un alto nivel de confianza en la que la gente está dispuesta a poner en común sus recursos, se puede salir adelante con un nivel impositivo bastante alto. Esto no significa que un modelo de impuestos altos sea una gran idea, sino que los inconvenientes son tolerables.

Dinero público, gestión privada: el modelo de los bonos

En otros aspectos, sin embargo, el Estado del bienestar sueco plantea algunos retos a sus admiradores declarados. En primer lugar, Suecia ha ido más lejos que la mayoría de los Estados del bienestar al introducir sistemas similares a los bonos, en los que los servicios se financian con fondos públicos, pero pueden prestarse de forma privada si los beneficiarios así lo deciden. Hay grandes diferencias entre las distintas ramas del Estado del bienestar, pero en general, casi una quinta parte del presupuesto de bienestar se gasta en proveedores privados.

Por ejemplo, uno de cada seis estudiantes asiste a escuelas privadas financiadas con fondos públicos. Siempre que se han adoptado o considerado medidas similares en Gran Bretaña, han provocado una feroz reacción de los socialistas y los aficionados a Suecia. El NHS, en particular, no puede comprar un lápiz a una empresa privada sin desencadenar campañas histéricas sobre la “privatización progresiva”.

En segundo lugar, el ejemplo sueco deja claro que no se puede tener un Estado del bienestar de ese tamaño gravando sólo a unos pocos superricos, como les gusta insinuar a los izquierdistas británicos. Requiere elevados impuestos para todos, y es deshonesto presentarlo como un almuerzo casi gratuito.

Redistribución horizontal

En tercer lugar, la mayor parte de la redistribución en Suecia es “horizontal” y no “vertical”: no es una redistribución de los ricos a los pobres, sino entre personas del mismo quintil de ingresos o de quintiles adyacentes. Algunas personas son beneficiarias netas del Estado del bienestar durante la mayor parte de su vida, otras son contribuyentes netas de por vida, pero muchas personas simplemente pagan sus propias prestaciones, menos el coste administrativo.

No es, ni mucho menos, el peor de los mundos posibles, pero no veo por qué es mejor que un Estado del bienestar más pequeño y específico, con el que no se entra en contacto a menos que se atraviesen tiempos difíciles.

En resumen: si quieres poner a Suecia como ejemplo de un Estado del bienestar socialdemócrata de éxito, que funciona a pesar de los altos impuestos, me parece justo. Tienes razón, aunque haya salvedades importantes que deberías mencionar. Pero utilizar a Suecia como ejemplo de una economía “socialista” de éxito no es más que un truco retórico barato, que debería ser denunciado. Los socialistas que hacen eso no se refieren a la Suecia real, ni siquiera a una Suecia idealizada del pasado, sino a una Suecia que creen que podría haber sido alguna vez. Lo que en realidad no es más que otra forma indirecta de decir “el socialismo real nunca se ha intentado”.

Ver también

El modelo sueco ya no es atractivo. (José Carlos Rodríguez).

El cambio del modelo sueco. (Daniel Rodríguez Herrera).

No, no es el Estado del Bienestar. (Juan Ramón Rallo).

Hacerse el sueco. (Pablo Carabias).

Los tres conceptos erróneos más importantes de nuestro tiempo

Hoy en día existen tres grandes tesis económicas que son erróneas:

1.       La economía de libre mercado solamente beneficia a los capitalistas.

2.       El socialismo y la redistribución beneficia a los pobres.

3.       El proteccionismo económico beneficia la nación (es decir, beneficia el bienestar económico de los ciudadanos del estado).

En el siguiente artículo, pretendo deconstruir, y reconstruir estas tres tesis.

La economía de libre mercado solamente beneficia a los capitalistas

La desigualdad, causada por la jerarquización socioeconómica, es una característica de la sociedad humana desde el nacimiento de los estados. Naturalmente, nos enfrentamos a una realidad histórica muy compleja y variada dependiendo del contexto que observemos. En Europa feudal y precapitalista, las élites guerreras y religiosas eran los terratenientes, que poseían la gran mayoría de las tierras. Los individuos y familias que formaban parte de estos estamentos establecían relaciones oligárquicas entre sí.

Por otra parte, en sociedades socialistas y pro-capitalistas, los líderes del partido y la élite administrativa formaban una élite gobernante, teniendo acceso a productos que no eran accesibles a las masas menos privilegiadas. Todos esos sistemas pre y post capitalistas, eran sistemas de acceso cerrados a la hora de formar parte de la élite, que siempre constituye de un grupo de personas pequeño.

En la Europa precapitalista, la élite tenía el monopolio casi exclusivo de la tierra y los trabajadores estaban sometidos a diversas formas de servidumbre. En el socialismo, el estado poseía todos los medios de producción y la élite política controlaba quién podía ser gerente en función de la lealtad a la clase gobernadora política.

Una élite independiente del poder político

El libre mercado da la oportunidad de crear una elite económica independiente del poder político. Esto sucede gracias a la posibilidad de competición en el mercado, que hace posible acceder a los círculos de elites económicas. Es decir, cualquiera tiene la oportunidad de aportar una buena idea innovadora y entrar al mercado competiendo con las empresas establecidas.

La historia del capitalismo está llena de personas con mentalidad emprendedora, que de la nada de repente son capaces de cambiar el mundo con una idea innovadora. La primera máquina de vapor, las primeras máquinas textiles, la bombilla, el sistema operativo Microsoft… todos ellos nacieron en “garajes”, en pequeños talleres. Gracias a la ventana de oportunidad creada por la economía de mercado abierta, talentos extraordinarios pudieron comercializar su idea innovadora y cambiar sus propias vidas y hacer más fácil la vida de todos los demás.

Riqueza y desigualdad

La economía de mercado es una grande maquinaria que genera riqueza. El truco del capitalismo es que no sólo beneficia y enriquece a los Ford, los Edison, los Gates, y otras personas con mentalidad empresarial. La repentina riqueza de estos grandes empresarios se debe a que sus inventos tuvieron un impacto positivo en nuestra vida. No podríamos imaginar nuestra vida sin coches, luz eléctrica, y ordenadores. Gracias a este proceso de innovación constante, la calidad de vida inimaginable comparada con épocas anteriores.

 En el capitalismo, la desigualdad, como en todas las sociedades jerárquicas, sigue siendo una característica existente. Pero en capitalismo la desigualdad es la consecuencia de la innovación empresarial. Y dado que esta innovación mejora la calidad de vida en general, parece ser es un juego en el que todos ganan. Tanto para las personas innovadoras con mentalidad empresarial como los consumidores.

El monopolio

El problema es el monopolio. El monopolio es una posición económica, en la cual, una empresa establecida disfruta de una posición de monopolio debido a la regulación. Esto significa, que no hay oportunidad para los que quieren entrar al mercado con un producto mejor o más barato. Monopolios dentro del seno del capitalismo, en realidad, crean un sistema de neo-feudalismo.

La posición dominante de una empresa no es lo mismo que el monopolio. Esta posición dominante puede derivar del reconocimiento del nombre, un producto superior y un modelo de negocio eficiente. Pero si el mercado está abierto a desafiar la posición dominante, no hay monopolio. Muchas empresas disfrutan de una posición dominante y tienen una cuota de mercado sustancial en sus nichos de mercado.

Un buen ejemplo en el mercado de teléfonos móvil es el caso de Nokia. Nokia gozaba de una posición dominante en el mercado. Sin embargo, la introducción de la innovación tecnológica de iPhone rompió la posición dominante de Nokia. Desde entonces, los consumidores se benefician de la competencia entre Android y Apple. Ninguna de las empresas puede permitirse dormirse en los laureles, sino que tienen que reinventar cada año sus sistemas operativos, sus aparatos, ofreciendo móviles de cada vez mejor calidad y mejores servicios.

La competencia

La competencia significa que cualquiera tiene la oportunidad de aportar una idea innovadora. Así pues, quienes defienden la economía de mercado no defienden que los ricos sigan siendo ricos, ni el neo-feudalismo. Todo lo contrario. Defienden que haya competencia y oportunidades, que la próxima generación de personas con mentalidad empresarial pueda entrar en el mercado con sus ideas innovadoras.

Defender la apertura de los mercados y la posibilidad de competir es una amenaza para la actual generación de capitalistas, que producen y comercializan bienes que podrían desaparecer con la próxima innovación. La política pro-mercado significa defender la oportunidad para cualquiera de enriquecerse mediante la introducción de una idea innovadora, que haga la vida más fácil, y no, defender los intereses de los ricos. Es la teoría económica que nos enriquece a todos a través de la competencia entre ideas innovadoras que buscan satisfacer a los consumidores.

La novedad de la riqueza de las naciones

Una última observación. El extraordinario enriquecimiento desde el siglo XIX es un fenómeno completamente nuevo en la vida de la humanidad. No hace tanto tiempo, ser pobre y estar en alguna forma de servidumbre era la situación típica de las clases no privilegiadas. Fue el avance hacia mercados más libres a partir del siglo XVIII lo que hizo posible tanto la libertad de los trabajadores como la vida relativamente buena de la que disfrutamos ahora.

Este maravilloso enriquecimiento hizo posible la creación y financiación del Estado de bienestar.  Por lo tanto, incluso aquellos quienes odian el capitalismo y abogan por más Estado del bienestar deberían ser conscientes del hecho de que, sin una defensa cuidadosa de la competencia del libre mercado, destruirían la base material de Estado del bienestar. Basta con echar un vistazo a Venezuela, que destruyó su economía de mercado, y ahora los venezolanos son uno de los más pobres a pesar de vivir en medio de las mayores reservas de petróleo del mundo. Deberían ser al menos tan ricos como los noruegos. Sólo necesitan un gobierno, que respete el estado de derecho y deje que los mercados ofrezcan oportunidades a cualquiera.  

El socialismo y la redistribución sirven a los intereses de los pobres

El socialismo es el sistema que pretende acabar con la desigualdad creada por los mercados. Consigue este objetivo concentrando todos los medios productivos en manos del Estado y acabando con la competencia mediante la planificación estatal. Esta estructura económica limita las oportunidades de las personas innovadoras para entrar en el mercado. El estado socialista, en efecto, se crea monopolios. Es verdad, que el socialismo logra cierta igualdad. Pero a un precio. El precio es la falta de dinámica innovadora constante de la vida económica y la falta de competencia.

En consecuencia, las economías socialistas permanecieron estáticas, usando las tecnologías que heredaron de sus predecesores pre-socialistas. Las únicas innovaciones suyas no eran más que innovaciones copiadas de las deseadas tecnologías y productos desarrollados por sus rivales capitalistas. Ni siquiera fue eficiente el copia y pega tecnológico que llevaron al cabo, pues la calidad de los productos era baja y no tenían un volumen suficiente en comparación con la demanda. Por esta razón, los países socialistas sufrían constantemente de escasez. Esto fue analizado por János Kornai, el más célebre economista húngaro del sistema socialista. En consecuencia, los ciudadanos de países socialistas eran pobres y soñaban con la sociedad de consumo occidental, donde abundan los zapatos bonitos, la ropa de buena calidad, los coches rápidos, y no había que hacer colas interminables para poder comprar en las tiendas.

Igualdad de la pobreza

Así pues, la igualdad que se logró fue la gloriosa igualdad de escasez frente a los deseos. Y ni siquiera eran sociedades iguales, ya que la élite política y administrativa tenía la oportunidad de acceder a los bienes occidentales a través de tiendas especializadas, que sólo estaban abiertas para las élites. La desigualdad en términos de consumo era menor, pero cuando todo el mundo es pobre, las pequeñas diferencias son realmente importantes. No es de extrañar que el socialismo fuera el único sistema político, cuya élite optó casi voluntariamente por el capitalismo. Opinaban que ofrece mejores oportunidades para una vida mejor y más cómoda. Incluso en China, donde a pesar de que se mantuvo el sistema político socialista, la reforma favorable al mercado provocó el enriquecimiento de cientos de millones de ciudadanos chinos en un periodo bastante corto.

Hoy en día el socialismo de esquema marxista ya solamente atrae a profesores académicos bien pagados y a sus estudiantes, que quedan fascinados por la idea de planificación y propiedad estatal y piensan en sí mismos como futuros ingenieros de una sociedad bien ordenada.

El Estado del Bienestar

La verdadera cuestión actualmente es la expansión paralela del Estado del bienestar y de la regulación estatal en Europa. Esta expansión paralela es la característica más constante del desarrollo social de los países europeos en el siglo XX, aunque esta tendencia cobró impulso después de 1945.

El orden de la posguerra se basó en la fuerte expansión del Estado del bienestar y la prestación estatal de servicios públicos. La estanflación y el auge de la industria japonesa en los años setenta señalaron el final de esta constante expansión. La coincidencia de la crisis económica y la pérdida de competitividad obligó a un importante replanteamiento del modelo europeo. El giro neoliberal, introducido primero por Margaret Thatcher y copiado después en toda Europa, frenó el auge del Estado y revitalizó los procesos de mercado.

Desde entonces, la cuestión política más destacada es el equilibrio entre la libertad de mercado y la regulación estatal.

Regular y redistribuir

Como consecuencia de los cambios sociales del siglo XX, el Estado europeo moderno es predominantemente un Estado redistribuidor y regulador, que asume la prestación de servicios públicos clave, como el bienestar, la educación y la sanidad. Existe un consenso político generalizado entre los partidos políticos de toda Europa en que este modelo mixto de economía de mercado y Estado del bienestar es un modelo que hay que mantener. Ningún partido político quiere volver al modelo de Estado “mínimo” del siglo XIX. Por otra parte, sólo unos pocos extremistas pretenden emular algo similar a lo que fue el modelo socialista del siglo XX o piensan que Venezuela podría ser un modelo para un país europeo.

El peligro actual es la posible repetición de la crisis política, económica y social de Grecia en 2008.  La lección del dicho caso es que la expansión del estado de bienestar, financiada mediante préstamos, es insostenible, y tarde o temprano resulta ser más dañino, que los beneficios que ofrece a corto plazo.

España, camino de Grecia

En base a las cifras macroeconómicas España se encuentra en una situación peligrosamente similar a la de Greca antes de la crisis. El nivel de deuda y desempleo son muy altos, de hecho, esta entre los más altos de Europa, mientras el sociedad Española más y más pobre.

Estas cifras indican que hay una expansión insostenible del estado, mientras que hay demasiada regulación del mercado. Demasiado regulación impide la utilización de los recursos humanos por las empresas. Especialmente preocupante es que el estado del bienestar español es uno de los más desiguales en su impacto, y en lugar de ayudar a los pobres y necesitados, da recursos adicionales a la clase media y superior.

Estado del Bienestar y redistribución

Como indica la Ley de la Vivienda, el estado español más bien destruye el mercado en lugar de ofrecer ayuda específica a aquellos que no pueden permitirse pagar los precios que prevalecen en el mercado.

Sin embargo, el Estado sueco moderno ofrece un modelo a imitar para los partidos políticos moderados. Tras la crisis del excesivo intervencionismo estatal a principios de los noventa, desarrolló un nuevo modelo que combinaba con éxito un modelo de Estado del bienestar bastante eficiente con una política económica favorable al mercado. Las reformas orientadas al mercado son clave para reducir el alto nivel de desempleo y revertir la tendencia de empobrecimiento gradual de los ciudadanos españoles, un proceso marcado en los últimos años.

Por lo tanto, no es tan fácil llegar a la conclusión de que la redistribución del Estado del bienestar sirva siempre a los intereses de los pobres, a pesar de los eslóganes políticos afirman lo contrario.

El proteccionismo económico beneficia la nación

El proteccionismo económico es una de las ideas económicas más antiguas. El nacimiento del pensamiento económico en los siglos XVI-XVII se caracteriza por la siguiente dinámica. El estado absolutista concedía monopolios a ciertas empresas y defendía los mercados nacionales con el fin de fomentar el desarrollo nacional. Tanto Turgot en Francia como Adam Smith en Gran Bretaña criticaron esta práctica. Smith argumentó que el proteccionismo mercantil y la concesión de monopolios sólo sirve a los intereses de los ricos capitalistas y sus patrocinadores políticos, mientras que el libre comercio sin duda conduciría a la riqueza de la nación. Según Smith, la riqueza de las naciones significa que la gente común pueda avanzar, tenga oportunidades, no sólo los extremadamente ricos y sus padrinos políticos.

El aumento de la libertad y la demolición de los monopolios crearon el entorno que impulsó a los artesanos y trabajadores cualificados a innovar y tuvo como consecuencia la revolución industrial. La revolución industrial convirtió a Gran Bretaña en el Estado preeminente de Europa y marcó el inicio de un aumento del nivel de vida sin precedentes.

De Friedrich List al lebensraum…

La idea de proteger los industrias de un nación por el gobierno para facilitar la industrialización fue revigorizada por el alemán Friedrich List en la década de 1840. List argumentó que el libre comercio no era favorable para Alemania. Por esta razón propuso el proteccionismo económico: el gobierno debía introducir muros arancelarios que defendieran a sus empresas industriales y, al mismo tiempo, introducir un entorno de libre mercado dentro de los territorios nacionales defendidos por los muros aduaneros. Según List, la protección exterior y la libertad interior crearán el entorno institucional que estimulará el desarrollo industrial. Sostenía que una vez que Alemania alcanzara el nivel de desarrollo británico, debería reducir el muro aduanero y optar por el libre comercio.

List consiguió captar la atención de los principales políticos de su época. El canciller alemán Bismarck, y el ministro de economía de Rusia DeWitte, desarrollaron sus políticas industriales nacionales siguiendo las ideas de List. El proteccionismo económico comenzó a crecer a partir de la década de 1870 y llegó a su tope después de 1920, durante los años de entreguerras. Ludwig von Mises argumentó que una de las causas de las devastadoras guerras mundiales fue que la limitación gradual del libre comercio forzó un nuevo impulso colonizador para asegurarse fuentes de materias primas y mercados. Recientemente, Richard Overy también ha argumentado que la Segunda Guerra Mundial fue, en realidad, una guerra colonial, ya que los Estados fuertes que no habían adquirido colonias intentaron colonizar nuevos territorios para asegurarse su propio lebensraum.

… y a la guerra

La consecuencia del proteccionismo es que bloquea las posibles fuentes de recursos y mercados para otros países. Así, crea un entorno de competencia de poder entre estados en lugar de competencia económica entre empresas. La competencia de poder entre estados es una rivalidad que niega la cooperación. Es un juego en el que solo uno puede ganar y el otro solo puede perder. La consecuencia y devastadora solución final de dicha competición entre estados es la guerra.

Por lo contrario, la competencia económica no solo tiene elemento de rivalidad, pero también de cooperación. China no sólo es un competidor económico para Europa, sino también un importante mercado de exportación para las empresas europeas, mientras que los productos chinos importados tienen efectos positivos en el nivel de vida de los consumidores europeos. Además, aunque la competencia económica tiene un elemento de ganar-perder, también tiene un elemento de ganar-ganar (win-win). Su elemento ganar-ganar es que obliga a la innovación empresarial constante para permanecer en el mercado.

Es decir, la solución último del proteccionismo económico estatal es la guerra, mientras que la competencia económica obliga también a la innovación, la cooperación y la renovación empresarial constante, lo que nos beneficia a todos. La renovación empresarial innovadora crea abundancia de bienes, aumento del nivel de vida y cooperación entre las naciones a través de cadenas de producción y comercio.

Tres conceptos correctos

1) La economía de libre mercado ofrece a cualquier persona con espíritu emprendedor la oportunidad de enriquecerse produciendo un producto innovador que satisfaga las necesidades de los consumidores.

2) El socialismo es una ruina económica, dado que la demasiada redistribución estatal encorseta las fuerzas empresariales del mercado, lo que perjudica a los pobres.

3) El proteccionismo económico conduce a la rivalidad entre Estados y, en el peor de los casos, a las guerras, que son el acontecimiento más destructivo para la vida y para la riqueza de las naciones y sus ciudadanos.

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico

Todo sistema económico tiene que resolver dos problemas: qué es lo que la gente desea y cuál es la mejor manera de producirlo. Para dar respuesta a estas cuestiones se debe recurrir al proceso de cálculo monetario, que consiste en calcular los ingresos y las pérdidas pasadas y esperadas. Aunque pudiéramos saber qué es lo que la gente quiere, eso solo resuelve parte del problema; nos quedaría saber cómo producirlo.

El hecho de que los bienes de capital—aquellos empleados en la producción de bienes de consumo—sean heterogéneos hace que según su combinación se puedan producir distintos bienes de consumo. Los mismos inputs pueden generar outputs distintos, y un output puede producirse con inputs diferentes, es decir, una combinación de madera, clavos, martillo y barniz puede fabricar una mesa o una silla y una silla puede producirse con madera, clavos, martillo y barniz o con acero, una sierra y un soldador. La esencia de la economía, pues, va más allá de conocer las preferencias de los consumidores porque éstas pueden satisfacerse de distintos modos.

Que el capital sea heterogéneo nos explica por qué hemos de decidir qué tenemos que producir y cómo ya que hay muchas cosas posibles para producir de muchas posibles maneras. Que las economías avanzadas se basen en una división del trabajo y de la información cada vez más profunda, nos plantea el problema de decidir el quién producirá qué y cómo. Si lo que queremos es un sistema económico que sea eficiente, tenemos que ver cuál es el que mejor resuelve ese problema, incluso cuando sepamos qué es lo que la gente quiere. Para eso se requiere comparar procesos de producción alternativo mediante el cálculo económico.

Karl Marx defiende que la anarquía de la producción propia del capitalismo en la que cada agente produce lo que considera como lo considera es un sistema poco eficiente, al incentivar la competencia entre proyectos y al frustrar unos planes por el éxito de otros. A diferencia de lo que se ha creído después, sí que dejó unos pequeños esbozos sobre cómo funcionaria el socialismo, siendo este el primer planteamiento formal de cómo se lograría esto como se puede observar en Marx (1891[1996]). Marx criticaba el sistema capitalista porque había un elemento de orden y otro de caos. Este elemento caótico se debe a que al competir los productores entre ellos algunos recursos sean desperdiciados porque estos solo se den cuenta de sus errores cuando es demasiado tarde, ya han hecho sus inversiones y están sufriendo por minimizar sus pérdidas. Marx (1867[1976], 667) afirmaba que:

“El modo de producción capitalista, aunque impone la economía en de cada empresa individual, también engendra, por su sistema anárquico de competencia, el despilfarro más escandaloso de la fuerza de trabajo y de los medios sociales de producción; por no hablar de la creación de un gran número de funciones actualmente indispensables, pero en pero en sí mismas superfluas”.

El capitalismo, según Marx, no permite que toda la producción social sea racionalmente planeada con antelación porque el capitalismo incluye diseños simultáneos de planes conflictivos de productores distintos. El resultado de este choque anárquico de muchos planes intencionales es un modo de producción social que produce conflicto y despilfarro de recursos. Por tanto, para Marx la idea de la planificación central requiere la unificación de planes sociales en uno único y consistente, una estructura compleja y coherente preparada por las mentes de los arquitectos socialistas antes de ser implementada. Para Marx el socialismo reemplaza estos productores capitalistas con una voluntad única y común de todos los productores. En el capitalismo hay una lucha constante entre los productores por beneficios. Estas relaciones antagonistas eran un desperdicio para la sociedad.

Marx creía que permitir que los propietarios privados de los medios de producción experimenten con alternativas y descubran sólo a posteriori cuáles son las mejores como hace el capitalismo era un despilfarro y que esta mecánica podía mejorarse decidiendo colectivamente antes del acto lo que debía producirse y cómo, y luego simplemente ejecutando ese plan, incluyendo quién debía recibir qué bienes al final. El socialismo, según este, sería más racional y eficiente, además de más justo.

En 1920 Ludwig von Mises publica “El cálculo económico en la comunidad socialista”, artículo en el cual critica la viabilidad de una economía socialista argumentando que, si todos los medios de producción son de propiedad estatal, esa viabilidad es imposible. El motivo es que no hay forma de realizar un cálculo económico objetivo y, por tanto, de asignar los recursos a sus usos más productivos. Mises defendía que reemplazando la propiedad privada por propiedad estatal se elimina el único mecanismo para distinguir entre los planes económicamente viables y los derrochadores, aunque se asumiese información perfecta. Esto es así, aunque se asumiese que no se cumple el dicho soviético de “ellos hacían como que nos pagaban y nosotros hacíamos como que trabajamos” y los trabajadores producirán bajo su máxima eficiencia; aunque se asumiese que Friedrich Hayek estaba equivocado cuando decía que los peores llegaban al poder; y aunque se asumiese que Lord Acton también lo estaba cuando decía que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” y que el planificador central no terminaría corrompiéndose.

El argumento podemos presentarlo en forma de lo que llamo el silogismo miseano del cálculo económico, que afirma que sin propiedad privada de los medios de producción no se realizarán intercambios voluntarios de estos entre agentes y, por tanto, no se formará un mercado de estos. En segundo lugar, sin un mercado no podrán surgir precios que reflejen la escasez relativa de los bienes de capital. Y, por último, sin precios que reflejen la escasez relativa de los medios de producción, el planificador no podrá distribuir los recursos escasos entre los distintos fines. Por lo tanto, en un sistema socialista el cálculo económico racional es imposible.

Por otro lado, un sistema capitalista sí que permite un cálculo económico racional. En primer lugar, en el capitalismo se puede calcular en términos de precios que hacen posible hacer los cálculos según la valoración de todos los participantes en el intercambio. Como los precios reflejan las actividades económicas de todos los participantes, podemos saber si el gasto de dinero de un agente ha sido beneficioso y si la señal de beneficios y pérdidas que emite guía los recursos hacia usos mejor valorados. Un emprendedor que descubre un mejor uso de un recurso que sus rivales tenderá a desplazar recursos hacia usos más valorados. Los beneficios se logran dándose cuenta de lagunas en el sistema de preciso y tendiendo a eliminar estas lagunas con tu actividad empresarial. Aunque las estimaciones futuras de beneficios no garanticen el uso social óptimo de los recursos, esta al menos permite eliminar de la consideración las innumerables posibilidades de procesos tecnológicamente posibles, pero no económicamente rentables. Y, por último, este sistema permite reducir evaluaciones de producción a un común denominador, el dinero. El marxismo rechaza el uso del dinero, por lo que no habría una unidad de cuenta común requerida para los cálculos cuantitativos que requiere la coordinación descentralizada.

Mises inició uno de los debates más importantes del siglo pasado, que continúa hasta nuestros días. Los socialistas del momento tuvieron que modificar sus argumentos para poder contestar al economista austríaco. Los autores principales del lado socialista fueron Oscar Lange (1964), Abba Lerner (1934, 1936, 1944), Henry D. Dickinson (1933), Fred M. Taylor (1964) y Evan Frank Durbin (1936).

Los dos primeros son los principales desarrolladores del llamado socialismo de mercado. Estos concedieron a Mises, aunque fuese implícitamente, la crítica de que los precios eran esenciales para el cálculo racional de una economía por lo que idearon un sistema de planificación central con precios. Estos autores proponen un órgano de planificación central que se ocupase de seguir unas reglas como que tienen que poner los precios al coste marginal y producir bajo los costes medios mínimos. Para Mises y Hayek esto suponía aceptar haber perdido el debate por aceptar la importancia del mercado y un sistema de precios para coordinar la actividad económica y reflejaba la confusión causada por la preocupación entre economistas por estados de equilibrio en vez de por procesos de intercambio y producción que causa la coordinación de la actividad económica.

Varios socialistas de mercado, entre ellos Lange, proponían que la junta central de planificación estipulase un precio—algunos mantenían que el mismo que durante la producción capitalista ya que creían que esta se encontraba bajo una situación de equilibrio general (que, de ser así, ¿qué necesidad había de cambiar de sistema a uno más eficiente si en un equilibrio general ningún factor se puede mejorar?)—y posteriormente, mediante un método de ensayo y error, este precio podía modificarse para determinar la asignación óptima de los bienes de capital. Otros socialistas como Taylor (1964) y Dickinson (1933) proponían hacer estas modificaciones mediante fórmulas matemáticas que podían ir resolviéndose. Resulta curioso ver que, para poder funcionar, el socialismo tiene que asemejarse cada vez más al capitalismo e intentar adoptar algún mecanismo de competencia entre planes de producción, aunque diste mucho del ideal libre mercado.

Hayek continúa con la tarea miseana de demostrar el problema del cálculo económico en un sistema socialista (1948). Para ello, critica los posicionamientos de Lange y Lerner sobre el socialismo de mercado. Al igual que la crítica de Mises se centra en el socialismo puro que plantea Marx, la de Hayek lo hace en la versión adulterada de Lange. Lionel Robbins (1934, 150–54) también realiza una crítica del socialismo de mercado similar a la de Hayek, sólo que al no ser considerado este austríaco y al haber rechazado a la escuela austríaca en sus años más avanzados de carrera, no se ha generado una controversia sobre si sus argumentos son compatibles con los de Mises. Con respecto a Hayek, sí.

Joseph Salerno (1990), Hans-Hermann Hoppe (1996), Murray Rothbard (1991) y Jeffrey Herbener (1991), entre otros, critican los argumentos de Hayek respecto al debate del cálculo económico, por ser erróneos o por ser innecesarios al estar ya incluidos en los de Mises. El austrianismo de Hayek también es un tema debatido. Pero tanto si se le puede considerar como un economista austríaco, a pesar de no serlo (Blasco 2020), como si no, sólo explicaría por qué otros autores austríacos se han centrado en criticarle. Y aunque sus argumentos sí sean austríacos, eso sólo nos diría que Hayek, un economista o no austríaco, usa argumentos austríacos para criticar el socialismo, elemento el cual no es condición suficiente para ser considerado austríaco.

La crítica que se le hace a Hayek en este tema proviene de que Hayek plantea que el socialismo no es imposible de que funcione, sino altamente difícil. Hayek habla de la gran dificultad de obtener, procesar y transformar la información requerida en la creación de los precios por parte de un órgano de planificación central, por lo que concede a los socialistas de mercado que el socialismo no es imposible, o al menos según sus críticos. Pero esto no es del todo cierto. Hayek sí que critica a Mises por haber “utilizado ocasionalmente la afirmación un tanto imprecisa de que el socialismo era ‘imposible’, cuando lo que quería decir era que el socialismo hacía imposible el cálculo racional”. Porque “por supuesto, cualquier curso de acción propuesto es posible en el sentido estricto de la palabra, es decir, puede intentarse” (Hayek 1948, 145–46). Por lo tanto, vemos de sus propias palabras decir a efectos prácticos lo mismo que decía Mises cuando afirmaba que el socialismo era imposible: que el cálculo racional en este sistema lo es.

Hayek aceptaba los argumentos de Mises. El malentendido respecto a sus propios argumentos reside en ver qué contestaba cada uno. Mises (1920[1990], 21) decía que aún con información perfecta, una economía socialista sería imposible producir de una manera eficiente por la ausencia de precios. Los socialistas que le respondieron malinterpretaron el argumento de Mises, al no entender que la imposibilidad del cálculo racional que describía Mises se daba aún si hubiese información perfecta (Lavoie 1985[2015]). Por tanto, fueron varios los socialistas los que pretendieron darle una respuesta al problema planteado por Mises elaborando métodos como la respuesta matemática o la de prueba y error para alcanzar esta información perfecta de las demandas de los consumidores y poder saber así qué producir. Aquí es donde se encuadra la crítica de Hayek.

Este les responde explicando por qué esta información nunca sería perfecta. Es decir, Mises por un lado asume que ni con información perfecta el socialismo podría producir más eficientemente que el socialismo, a lo que Lange y otros le responden con formas de alcanzar un estado de información perfecta para así poder llevar a cabo el cálculo económico. Hayek intenta demostrarles por qué un órgano de planificación central no podría calcular de manera racional ni aún asumiendo información perfecta, como pretendían los socialistas a los que contestaba. Un órgano de planificación central nunca podría hacerse con la información tácita, subjetiva y dinámica que reside en las mentes de los productores y consumidores y procesarla para lograr unos objetivos de producción superiores a los del capitalismo. Hayek asume que Mises tiene razón y que el cálculo racional no sería imposible sin propiedad privada de los bienes de producción ni aún si el órgano de planificación central tuviese toda la información correcta, pero para dar respuesta a los críticos del momento baja al barro y explica por qué esa información nunca puede llegar a ser perfecta.

Hayek critica que se presuma la información como dada y que un órgano de planificación central solo necesitaría instrucciones. Esta información necesita ser generada y para eso se necesita competencia. Tiene que ser real, no puede ser ficticia en un marco donde la gente no puede quebrar realmente ni beneficiarse si triunfan. Los datos para hacer cálculos económicos sobre las propias preferencias de los consumidores y, por extensión, sobre las preferencias de los productores, residen en la mente de todo el mundo, una pequeña parte en cada una. Esta es una información dispersa. Cada persona tiene un orden con los bienes de consumo que puede desear en distintos grados en distintas circunstancias, según surjan distintas necesidades y oportunidades. Según las circunstancias, un bien de consumo puede encabezar nuestra lista y actuamos para adquirirlo. Cuando lo hacemos, surgen los precios. Pero esto son información histórica. Transmiten información valiosa a los empresarios, pero esta es imperfecta, por lo que cada empresario actúa según la misma asumiendo un riesgo.

No obstante, aunque no se le puedan achacar errores teóricos o cesión a Hayek, sí que se le puede criticar por errores estratégicos. Hayek podría haber pensado que se iba a malinterpretar su crítica y que los socialistas la retorcerían para hacer parecer que estaba reconociendo que ciertos postulados de Mises estaban incorrectos y que el socialismo no era imposible sino enormemente difícil. Quizá Hayek tendría que haberse mantenido firme en la postura miseana y no haber entrado a explicar por qué el órgano de planificación central no puede poseer información perfecta sino repetido que aun así el socialismo sería imposible.

Referencias

Blasco, Eduardo. 2020. “Friedrich Hayek Era Un Economista Austríaco En Tanto Que Nació En Viena.” Instituto Juan de Mariana, 2020. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/friedrich-hayek-era-un-economista-austriaco-en-tanto-que-nacio-en-viena/.

Dickinson, Henry D. 1933. “Price Formation in a Socialist Community.” Economic Journal 43: 237–50.

Durbin, Evan Frank Mottram. 1936. “Ecollomic Calculus in a Planned Economy.” The Economic Journal 46 (184): 676–90.

Hayek, Friedrich A. 1948. Individualism and Economic Order. Chicago, Estados Unidos: The University of Chicago Press.

Herbener, Jeffrey M. 1991. “Ludwig von Mises and the Austrian School of Economics.” Review of Austrian Economics 5 (2): 33–50.

Hoppe, Hans-Hermann. 1996. “Socialism: A Property or Knowledge Problem?” Review of Austrian Economics 9 (1): 143–49.

Lange, Oskar. 1964. “On the Economic Theory of Socialism.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 55–143. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

Lavoie, Don. 1985[2015]. Rivalry and Central Planning. Arlington, Estados Unidos: Mercatus Center.

Lerner, Abba P. 1934. “Economic Theory and Socialist Economy.” Review of Economic Studies 2: 51–61.

———. 1936. “A Note on Socialist Economics.” Review of Economic Studies 4: 72–76.

———. 1944. The Economics of Control: Principles of Welfare Economics. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan Publishers Limited.

Marx, Karl. 1867[1976]. Capital: A Critique of Political Economy, Volume 1. Londres, Reino Unido: Penguin Books.

———. 1891[1996]. “Critique of the Gotha Programme”. En Marx: Later Political Writings de T. Carver (ed.). 208-226.

Mises, Ludwig von. 1920[1990]. Economic Calculation in the Socialist Commonwealth. Auburn, United States: Ludwig von Mises Institute.

Robbins, Lionel. 1934. The Great Depression. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan and Co.

Rothbard, Murray N. 1991. “The End of Socialism and the Calculation Debate Revisited.” Review of Austrian Economics 5 (2): 51–76.

Salerno, Joseph T. 1920[1990]. “Postcript.” En Economic Calculation in the Socialist Commonwealth de Ludwig von Mises, 49–60. Auburn, Estados Unidos: The Ludwig von Mises Institute.

Taylor, Fred M. 1964. “The Guidance of Production in a Socialist State.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 41–54. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico

En este año 2022 se cumplen cien años de la publicación del famoso libro de Mises (2012) Socialismo: un análisis económico y sociológico (1922). Esta obra tuvo una gran influencia en muchos economistas, como es el caso de F. A. Hayek, quien abandonó el socialismo fabiano tras leer a Mises. Originalmente, este trabajo fue un desarrollo de la crítica al socialismo y la planificación centralizada que Mises (1935) había delineado previamente, dos años antes, en un extenso artículo titulado El cálculo económico en la comunidad socialista (1920). A su vez, este mismo artículo fue escrito en respuesta a la propuesta que Otto Neurath realizó en 1919 en favor de la planificación central en especie (Neurath 1973). Este primer choque de posiciones entre Neurath y Mises es lo que dio lugar al famoso debate sobre el cálculo económico socialista.

A Neurath y Mises se unieron numerosos autores que prosiguieron con el debate durante parte de la primera mitad del siglo XX. Por un lado, economistas austriacos como F.A. Hayek y Lionel Robbins se sumaron a Mises en la crítica a la planificación central. Los argumentos se referían a la imposibilidad del cálculo económico racional bajo un sistema de planificación central (Mises) y a problemas de conocimiento e impracticabilidad del socialismo (Hayek y Robbins). Por otro lado, partiendo del esquema de equilibrio general, Frederic Taylor, Frank Knight, H.D. Dickinson, Abba Lerner y, de manera más relevante Oskar Lange, defendieron la idea de que la planificación central era posible de acuerdo a la teoría económica. El Estado solo tenía que resolver las mismas ecuaciones simultaneas que ya resolvía el mercado, se demostraba una similitud formal entre el sistema socialista y el capitalista.

La primera interpretación del debate por pate de la economía estándar concluía que los socialistas neoclásicos habían conseguido demostrar la viabilidad de la planificación central, declarando la victoria de los socialistas de mercado sobre los austriacos (Bergson 1948; Samuelson 1948; Schumpeter 2006). Sin embargo, años más tarde, Don Lavoie (1981; 1985) realizó una reinterpretación del debate argumentando que los economistas neoclásicos no lograron entender la posición austriaca. En realidad, los austriacos no negaron la posibilidad de que dada la información necesaria, bajo condiciones estáticas, el cálculo económico fuera posible mediante la planificación central. Esto podía resolverse como un ejercicio de optimización. Alternativamente, señalaban que dichos supuestos de información dada o condiciones estáticas no se correspondían con la realidad y, por ello, propusieron un enfoque dinámico. De esta forma, la posición austriaca dice que el cálculo económico no puede realizarse por un comité central en una economía dinámica donde la información no está dada, porque precisamente se va creando mediante un proceso empresarial descentralizado, bajo el contexto de instituciones como el dinero y la propiedad privada. Así, este análisis austriaco, de la mano del florecimiento de la ideología liberal con gobiernos como el de Reagan o Thatcher y la caída de la URSS, pareció quedar como conclusión final del debate sobre el cálculo económico. Al menos, para los austriacos.

No obstante, pocos años después de la obra de Lavoie, algunos autores socialistas identificaron este hueco, señalando que existía una “respuesta ausente” a este nuevo desafío dinámico austriaco. Entre estos autores destacaron Allin Cottrell y Paul Cockshott, que a finales de los 80 y principios de los 90 empezaron a trabajar en una nueva propuesta socialista, que sería presentada de forma más estructurada en 1992 con un libro llamado Towards a New Socialism (1992). Con el paso del tiempo, este nuevo enfoque ha pasado a conocerse como ciber-comunismo, y es que, una de las principales tesis de esta nueva perspectiva es que el avance tecnológico y la mayor capacidad de computación permiten la planificación central. Dicho así, parece no diferir demasiado de la propuesta de Oskar Lange sobre el uso de computadoras para hacer la planificación central (Lange 1967). Sin embargo, se puede encontrar una notable diferencia con respecto a este último enfoque por el hecho de que Cottrell y Cockshott rechazan el paradigma walrasiano y la teoría del valor subjetivo, abogando por el uso de la teoría del valor trabajo y la complejidad computacional. En consecuencia, esta nueva posición inaugura una nueva ronda del cálculo económico socialista.

La alternativa ciber-comunista no es la única en esta nueva ronda. Podemos encontrar otras visiones como la conocida planificación participativa (participatory planning, en inglés), en la que Adaman y Devine (1996; 2002) reconocen la importancia del conocimiento descentralizado y tácito, en línea con lo que planteó Hayek (1945; 1952), pero a su vez mantienen que el socialismo podría realizarse de manera descentralizada y participativa, aprovechando así el conocimiento descentralizado. En un artículo recientemente publicado, Emilio Carnevali y André P. Ystehede (2022) hacen una recopilación del estado actual del concepto de “socialismo” en economía en cinco puntos: (1) el socialismo como un esfuerzo voluntario y su ética; (2) el socialismo como proceso de democratización; (3) el socialismo, la eficiencia y la maximización del beneficio; (4) el nuevo debate del cálculo económico; y (5) el socialismo como un medio o un fin.

La novedad en esta nueva ronda del debate del cálculo económico socialista es que el bando socialista ha aprendido de los errores y ha mejorado considerablemente su teoría, tomando como referencia las críticas austriacas. De esta manera, por ejemplo, Cottrell y Cockshott (2007) consideran inválido el famoso “problema del conocimiento” hayekiano como imposibilidad para el cálculo socialista, dado que la información relevante y necesaria para llevar a cabo el plan central es objetiva y articulable en forma de, por precisar, coeficientes técnicos de producción (suponiendo que se usan tablas Input-Output como método para la planificación). Estos autores sostienen que no habría problema de información alguno en que empresas propiedad del Estado transmitieran continuamente información sobre demanda de consumidores y coeficientes técnicos de producción. Además, justifican la racionalidad del uso del valor trabajo en vez del valor subjetivo en base a teoría de Mises , solventando dos problemas que Mises identifica en el uso del valor trabajo: la no homogeneidad del trabajo y la imputación de valor de bienes no reproducibles. El partitipatory planning de Adaman y Devine es otro ejemplo de adaptación del argumento socialista a las criticas austriacas. Es decir, en el nuevo debate del cálculo económico es necesario que el bando austriaco repiense y refine sus argumentos si quieren verse involucrados de nuevo en el debate. Ya sea mejorando argumentos anteriores o ideando algunos nuevos, la cuestión fundamental es que no se puede tomar este debate como algo ya cerrado o sobre el que no hay que volver a pensar argumentos nuevos. Por el momento, los austriacos apenas han participado en esta nueva ronda, solo hay algunos artículos al respecto (Bylund and Manish 2017; Moreno-Casas, Espinosa, and Wang 2022). Es más, como he escuchado decir al propio Paul Cockshott, pareciera que los austriacos no hayan leído nada acerca de estas nuevas propuestas socialistas desde la obra de Lavoie. Por tanto, es imprescindible conocer todas las propuestas socialistas hechas desde Lavoie hasta hoy, si es que los economistas austriacos quieren tomarse en serio esta crucial y contemporánea ronda del debate.

El artículo citado previamente de Carnevali y Ystehede puede ser un buen punto de referencia para conocer el estado actual de los distintos desarrollos teóricos que tienen que ver con el socialismo. De ahí se puede partir, adentrarse en la literatura más reciente e intentar analizarla y/o criticarla. Sirva este artículo como una llamada a la acción: se necesitan economistas austriacos participando en este debate, con conocimiento sobre las posturas contrarias y con argumentos refinados y frescos. De otra manera, estaremos ante el riesgo de perder el histórico debate y que el socialismo triunfe, al menos, en el plano teórico-económico.

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¿Es posible el ciber-comunismo?

De manera directa, me atrevo a afirmar que estamos ante una nueva ronda en el histórico debate del cálculo económico socialista. El clásico enfrentamiento que tuvo lugar en el siglo XX entre Mises, Hayek y Robbins, por un lado, y Lange, Taylor, Dickinson o Lerner, por otro, fue interpretado por el consenso científico en economía como una victoria para los socialistas neoclásicos (Bergson 1948; Schumpeter 2006; Samuelson 1948). Los socialistas demostraron que la planificación central era posible mediante un modelo competitivo de prueba y error, que emulara de alguna forma el funcionamiento del mercado. Sin embargo, los que estamos familiarizados con los trabajos del profesor Huerta de Soto (2010), sabemos que existió un nuevo análisis del debate por parte de economistas austriacos varios años después. Esta interpretación alternativa fue liderada por Don Lavoie (1985), quien planteó la idea de que el problema principal de la planificación central no es tanto la recopilación de la información sino su creación. Es decir, en tanto que la planificación central elimina la institución de la propiedad privada sobre los medios de producción, no se puede crear la información, en forma de precios, necesaria para poder asignar el capital en las líneas de producción que más lo demandan. De esta manera, Lavoie planteó que el debate no fue ganado por los socialistas sino por los austriacos. Posteriormente, el propio Huerta de Soto acuñó este argumento dinámico sobre la creación de conocimiento y la interpretación alternativa del debate.

Ni diez años después del trabajo de Lavoie, una nueva generación de socialistas quiso retomar el debate del cálculo económico y responder a los austriacos. Hablamos de Allin Cottrell y Paul Cockshott. Estos autores, en su famoso artículo Calculation, Complexity, and Planning: The Socialist Calculation Debate Once Again (1993), afirmaron que, desde Lavoie, nunca hubo una respuesta contundente a la nueva interpretación austriaca y que, por tanto, su principal cometido era intentar proveer esa respuesta. Para ello, plantearon el argumento socialista de forma distinta a cómo lo hicieron los anteriores socialistas neoclásicos. En este caso, Cottrell y Cockshott se basaron en la teoría del valor trabajo, rechazando la teoría subjetiva del valor que sí apoyaban los anteriores socialistas, y concluyeron que esta posibilita la planificación central, de la mano de los avances en la capacidad computacional de los ordenadores modernos. Es decir, que si sustituimos los precios de mercado por mediciones en horas de trabajo y nos ayudamos de computadoras, la planificación central es posible. Por tanto, dado que la planificación sería ahora cibernética, el sistema propuesto ha sido llamado ciber-comunismo.

En un reciente working paper (Moreno-Casas, Espinosa, and Wang 2022), Victor Espinosa, William H. Wang y el autor de esta pieza de opinión, analizamos la posibilidad del ciber-comunismo, tal y como ha sido planteado por Cottrell y Cockshott y, también, algunos de sus seguidores como Nieto y Mateo (2020). Lo hacemos desde la teoría de complejidad, aplicada a la economía en sus versiones dinámica y computacional (Rosser Jr. 2009).

En primer lugar, dejamos claro que la propuesta de Cottrell y Cockshott puede enmarcarse en la complejidad computacional, puesto que los autores se basan en conceptos como la tesis Church-Turing, la teoría de la información de Shannon (1948) o la teoría de la información algorítmica de Chaitin (1987), que constituyen las bases del enfoque computacional de la complejidad a la economía (Rosser Jr. 2009). En efecto, los ciber-comunistas sostienen que en su sistema socialista la planificación central es computable, por su grado de complejidad. Esto parece chocar, en principio, con algunas ideas que son ampliamente reconocidas tanto en la versión dinámica como la computacional aplicadas a la economía. Por un lado, la visión dinámica parte de la base de que no puede haber un explotador global de todas las oportunidades en un sistema complejo, que no se pueden alcanzar óptimos globales y, por tanto, la economía se encuentra siempre movida por dinámicas fuera de equilibrio (Arthur, Durlauf, and Lane 1997). Por otro lado, la visión computacional entiende directamente que el problema del cálculo económico es NP-complejo y los precios de equilibrio no son computables (Markose 2005; van den Hauwe 2011). ¿Cómo es entonces posible que Cottrell y Cockshott se posicionen en favor de la planificación central de la economía desde un enfoque de complejidad computacional?

La respuesta a la anterior pregunta la encontramos en dos partes. Primero, es lógico que Cottrell y Cockshott no compartan las características de un sistema complejo que proporciona la complejidad dinámica, puesto que ellos sostienen un enfoque computacional, que en muchas ocasiones rechaza la visión dinámica y el concepto de emergencia por ser demasiado general y poco preciso (Rosser Jr. 2009). Después, ellos mismos reconocen el problema de la computabilidad de los precios en el equilibrio Walrasiano (Cottrell and Cockshott 2007), en línea con los autores de la complejidad computacional, pero entonces demuestran que, si asumimos la medición en tiempo de trabajo, sí podríamos computar un plan central. De hecho, ponen el ejemplo del sistema nervioso de una mariposa para demostrar que un sistema de control puede computar un sistema de manera completa sin ni siquiera necesidad de recurrir a aritmética (Cottrell and Cockshott 1993). Aquí, el problema del planteamiento de Cottrell y Cockshott es que olvidan la cuestión central de la autorreferencia.

La autorreferencia se relaciona con un fenómeno por el que un elemento se refiere de manera directa a sí mismo, lo que puede conducir a paradojas. Koppl y Rosser Jr. (2002) estudian el fenómeno de la autorreferencia en economía en varios niveles. Uno de ellos es el juego Holmes-Moriarty planteado por Oskar Morgenstern, en el que la hipótesis de racionalidad perfecta lleva al juego a una paradoja “yo pienso que el otro jugador piensa que yo pienso…”. En paralelo a este razonamiento, en otro de los niveles, Koppl y Rosser Jr. concluyen que, en tanto que los planificadores tienen el mismo nivel de racionalidad y computación que los agentes en una economía, el control y la predicción es imposible puesto que conduce a paradojas derivadas de autorreferencias (“yo pienso que el otro agente piensa que yo pienso…”). Además, siguiendo la tesis de Wolpert (2001), esta paradoja no podría resolverse ni siquiera asumiendo que el problema (planificación central) es computable, incluso con la existencia de un hipercomputador, puesto que ningún computador dentro del mundo es capaz de predecir siempre de forma correcta lo que ocurrirá en el mundo antes de tiempo. Sería necesario estar fuera del sistema, como un observador con mayor grado de complejidad que el sistema observado, para poder anticipar y controlar su comportamiento.

El problema de Cottrell y Cockshott es que cuando hablan de la mariposa o su sistema de control, parecen asumir que este se encuentra fuera del sistema nervioso, como una entidad de complejidad superior que pudiera controlar y computar el sistema nervioso de la mariposa. La realidad es que no es así, y al encontrarse dentro del propio sistema, no podrá predecir ni explicar completamente su comportamiento (Hayek 1952). Aplicado a la planificación central, podemos decir que un gobierno no puede conocer ni predecir completamente la evolución de una economía que contiene el plan central dentro de ella misma (Rosser Jr. 2012). Como sugería el profesor Rallo en un comentario a nuestro working paper: “justamente un sistema ha de poder falsarse a sí mismo (¿cómo sé que estoy equivocado si he de decir yo si estoy o no equivocado?) y para eso hacen falta fuentes de falsación externas al plan [central]”.

Además de lo anterior, cabe cuestionar dos asunciones fundamentales que hacen Cottrell y Cockshott, a saber: (1) que una economía puede funcionar de acuerdo a la teoría del valor trabajo, y (2) que el bureau planificador cuenta con información sobre los coeficientes técnicos de producción o puede hacerse con la información relevante necesaria para elaborar el plan de producción. Estas dos suposiciones no las vamos a desarrollar en este artículo por motivos de extensión, pero recalcamos que también son criticadas en nuestro trabajo. Por ello, animamos a cualquier lector que se dirija a nuestro working paper, citado abajo, en caso de que quiera profundizar más en la crítica.

En conclusión, podemos decir que el ciber-comunismo diseñado por Cottrell y Cockshott no es posible, debido, entre otros motivos, al problema fundamental de la autorreferencia que hemos discutido en este artículo. También hay otros problemas, como las suposiciones acerca de la teoría del valor trabajo y la información, o también, si es posible la agregación de preferencias individuales en una preferencia social. Como nueva ronda en el debate del cálculo económico, el ciber-comunismo merece toda la atención posible por parte de los economistas, concretamente, de los economistas austriacos. Esto quiere decir que serán necesarios trabajos posteriores, cuantos más mejor, que puedan analizar la propuesta ciber-comunista desde distintos puntos de vista.

Referencias

Arthur, W. Brian, Steven N Durlauf, and David A Lane. 1997. “Introduction.” In The Economy as an Evolving Complex System II, edited by W. Brian Arthur, Steven N Durlauf, and David A Lane, 1–14. Reading: Addison-Wesley.

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II. Economías planificadas: el caso angoleño

Sigo con el problema al que dediqué el primer artículo que publiqué en esta institución (véase Economías planificadas: el caso cubano). El segundo país que he escogido es uno relativamente poco conocido, Angola. El estado que nos atañe se sitúa geográficamente al sur del continente africano y tiene un pasado colonial portugués muy significativo. Aun así, el marco histórico en el cual se desarrollará este artículo será entre la segunda mitad del s.XX, las postrimerías del mismo y ligeramente el s.XXI.

A priori una persona no versada sobre la historia de África no tendría por qué conocer ni entrever las concomitancias y similitudes entre un país caribeño y otro africano (1), así pues, corre a cargo de un servidor exponer con la mayor sencillez posible un tema arduo como es el de las economías planificadas. Es importante mencionar que en la República de Angola se han dado las condiciones históricas necesarias para que confluyeran instituciones extractivas y para más inri, para que se adoptara un modelo de planificación central.

Uno de los papers que he tenido ocasión de leer recientemente se centra en investigar el sistema bancario de dicho país, el cual proporciona un marco de análisis óptimo para entender qué problemáticas acucian a su economía y, por ende, a su sociedad. The political economy of banking in Angola (2018), investigación llevada a cabo por Manuel Ennes Ferreira (2) y Ricardo Soares de Oliveira (3). Sin duda, el continente africano supone un reto para encontrar trabajos sobre economías de estas características, a mi parecer, esto se debe a las pocas investigaciones realizadas y como siempre, a la opacidad de este tipo de regímenes. 

La pesquisa del paper gira en torno al crecimiento económico, al petróleo y a la caída de precios internacionales. Se empieza haciendo una breve introducción histórica al tema tratado. De entrada, lo que llama la atención es la sangrienta guerra civil originada por ver quién gobernaría el país en 1975 (la cual no finalizó hasta el 2002). Como es de imaginar, estas condiciones materiales son el primer obstáculo para desarrollar una economía eficiente con instituciones políticas inclusivas. 

Quien resultó vencedor de este conflicto armado fue el MPLA (Movimento Popular de Libertação de Angola) con una base ideológica heterogénea, pero dentro de la familia del marxismo-leninismo. Dicho triunfo militar fue en detrimento del UNITA (União Nacional para a Independência Total de Angola) que, por el contrario, defendía un nacionalismo africano de carácter conservador.

Los principios ideológicos del MPLA son reveladores. Por poner sólo algún ejemplo:

A República Popular de Angola é um Estado soberano, independente e democrático, cujo primeiro objectivo é a total libertação do Povo Angolano dos vestígios do colonialismo e da dominação e da dominação e agressão do imperialismo e a construção dum país próspero e democrático, completamente livre de qualquer forma de exploração do homem pelo homem, materializando as inspirações das massas populares

MPLA, Artículo 1 de la Ley Constitucional de la República de Angola (1975). Como puede columbrarse, la retórica está impregnada de una capa de populismo de izquierdas y va acompañada de fines y palabras rimbombantes que en la práctica se demostraron fallidas. 

Siguiendo un orden cronológico, en 1980 durante el plenario de un congreso del movimiento, se culpó al capitalismo de las vicisitudes económicas por las que estaba atravesando el país. Me gustaría hacer hincapié en esto, puesto que puede parece un detalle baladí. Dentro de la academia (y también fuera), hay mucho vociferador convencido de que la pobreza en África (continente que viene tratado muchas veces como si de un país homogéneo se tratara) es debida al “capitalismo” (4). 

Mi pregunta es: ¿cuándo ha habido un solo país en el continente africano que tuviera instituciones inclusivas (al estilo de Robinson y Acemoglu), libre mercado, estados pequeños y la retahíla de condiciones para que hubiera de facto un modelo económico como muchos gurús proclaman? En la mayoría de países que un servidor ha tenido oportunidad de observar, el común denominador son los caudillos que se perpetúan en el poder y que usan los recursos occidentales para su propio beneficio en detrimento de sus poblaciones. El debate de la pobreza y sus motivos es inabarcable, aun así, me adscribo a las premisas de Easterly, el cual arguye que la causa de la misma es la ausencia de derechos políticos y económicos sumado al “free political and economic system that would find the technical solutions to the poor’s problems. The dictator whom the experts expect will accomplish the technical fixes to technical problems is not the solution; he is the problem” (Easterly, 2013, pág. 14).

Volviendo al tema del MPLA, el partido revolucionario llevaba ya un lustro en el poder (desde 1975) cuando lanzaba balones fuera y argumentaba que la situación económica era debida al capitalismo. Aun así, como muestra el autor A. Birmingham, las ganancias de las industrias heredadas del período de la colonización (creadas en los años 60s) fueron nacionalizadas/confiscadas y se dilapidó lo que ya estaba construido en los primeros 10 años de independencia. Por ejemplo: el sector manufacturero había caído un 30%. Esto lo atribuyeron a la supuesta especulación capitalista, pero de facto lo que había era lo siguiente, “the government had more or less followed Soviet-style models of economic planning” (Birmingham, 2015, p. 101).

En líneas generales, se trata de un buen ejemplo de país condenado a la Maldición de los recursos naturales (también conocido como Mal holandés). Siguiendo esta teoría, vemos que, elementos como el petróleo pueden ser muy dañinos para las regiones menos desarrolladas, por muy paradójico que pueda sonar. Angola ha experimentado diversos shocks negativos y positivos en su economía, por poner algún ejemplo de la investigación, “under President José Eduardo dos Santos’s rule, during which Angola’s oil-fuelled GDP increased ten-fold from 2002 to 2014” (Ennes Ferreira & Soares de Oliveira, 2018, p. 2). Angola en 2008 se convirtió en el país africano que más petróleo producía (superando a Nigeria), este recurso suponía el 45% de su PIB y más del 90% de sus exportaciones (Hammond, 2011, p. 354).

En el famoso libro de Terry Karl, The paradox of Plenty (1997), se explica cómo los países que tienen abundancia de recursos han experimentado nacionalizaciones y expansiones de sus estados. Además, el politólogo norteamericano alerta de que esto puede tener consecuencias impredecibles en la economía y en el caso de Angola, pone como ejemplo su amarga guerra civil (Karl, 1997, p. 32). No son pocos los países con grandes reservas de petróleo que cuentan con una élite extractiva nacional que vive de las rentas internacionales. Esto acaba provocando que se formen gobiernos autoritarios que no ofrecen grandes coberturas de bienestar a su población, descuidando cosas como la educación o la sanidad.

En lo que respecta al sector bancario, en tan solo 3 años de gobierno revolucionario, ya no quedaba ningún banco privado y prácticamente, toda propiedad permaneció en manos del estado mediante las leyes de Nacionalización y Expropiación de 1976 (5). Lo que acabó ocurriendo es que, una pequeña élite vinculada a la familia dominante, controló el sistema bancario, el cual, no tuvo la voluntad de financiar sectores productivos de la economía. Así lo expresan los autores del paper, [los bancos] “They do not lend to small and medium enterprises or productive sectors and are able to conceive of profit in Angola without broader financial development” (Ennes Ferreira & Soares de Oliveira, 2018, p. 16).

Durante el trabajo, los autores analizan la relación entre el sistema bancario y sus fuentes de recursos naturales. Hay 3 aportaciones principales en la investigación. La primera es que el crecimiento económico en el sector bancario quedó en manos de una parte muy pequeña del MPLA que se enriqueció muchísimo. Esta oligarquía comunista usó al estado para someter a los bancos, especialmente a su Banco Central. En segundo lugar, el crecimiento espectacular durante los “booms” del petróleo permitió la extracción de rentas, pero no la reinversión de estas. Se concedieron pocos créditos, y la mayoría de la población no tenía ni una sola cuenta bancaria. En tercer y último lugar, la caída de precios del crudo en 2014 provocó un proceso de regulación global del sector (impulsado por agentes externos).

Para ir acabando, no se puede disociar la economía de la jurisprudencia, y para que un país tenga instituciones inclusivas es conditio sine qua non tener separación de poderes, entre otras cosas. De ahí la importancia de la independencia judicial y el respeto hacia la Constitución. Angola, en su Carta Magna (1975) insiste en el papel del Consejo de la Revolución (Conselho da Revolução) y en su artículo octavo dice lo siguiente respecto a su economía, “O Estado orienta e planifica a economia nacional visando o desenvolvimento sistemático e harmonioso de todos os recursos naturais e humanos do país e a utilização da riqueza em benefício do Povo Angolano”.

En definitiva, vemos cómo el modelo económico de planificación estatal nace con muy buenos propósitos teóricos, pero la praxis acaba muy alejada de estos. La pequeña élite que se enriquece, vive al margen de las vicisitudes de la mayoría de sus habitantes. Por poner un ejemplo concreto, la hija del presidente José Eduardo dos Santos (el cual gobernó el país durante 1979-2017), Isabel dos Santos, es la mujer más rica del continente (según la revista Forbes) con una fortuna que asciende a más de 1.7 billones de dólares provenientes principalmente del sector bancario. Esto es un caso de todo el entramado de corruptelas que padece el país. 

Finalmente, es importante mencionar las dificultades de desarrollar un trabajo académico solvente en países como los que se han tratado y se tratarán cuando la opacidad es la norma y no la excepción. Mi ambición ha sido intentar observar con más precisión cómo funcionaron algunas economías planificadas, centrándome en casos paradigmáticos y vestigios que actualmente quedan. 

En lo que coinciden estos sistemas es en la anulación de la libertad individual. Esto, lejos de ser una soflama liberal constituye la piedra angular de las sociedades con instituciones inclusivas. En los casos analizados, siempre se aspiraba a un bien superior, por el cual, los medios estaban justificados: expropiaciones, nacionalizaciones, persecución ideológica, exilio, encarcelamientos, propaganda, estados enormes, planificación económica, enemigos comunes, doctrina política convertida en catecismo, etc.  

En conclusión, allí donde se intentó erradicar el cálculo de precios, subyugar la economía a la política y las decisiones quedaron a manos de una Nomenklaura, los resultados económicos distaron mucho de las prerrogativas teóricas. Es necesario analizar desde la economía mainstream aquellos casos donde el modelo económico se repensó, para entender sus fortalezas, debilidades y consecuencias. Siempre es positivo cuestionarse las cosas, pensar en un mundo mejor, pero, ¿a qué precio?

(1) Recomiendo encarecidamente leer el artículo sobre la economía de Cuba, puesto que, mi intención es publicar otro sobre Corea del Norte y la URSS con el propósito de discernir similitudes y diferencias. Ergo, todos los escritos estarán relacionados.

(2) Profesor e investigador de la Universidad de Lisboa. Especialista en Economía industrial, en la Angola postcolonial, en relaciones económicas, etc.

(3) Profesor e investigador asociado de la Universidad de Oxford. Especialista en geopolítica, energía, economía política, etc.

(4) O palabras que se usan como sinónimos, entiéndase por estos: colonialismo, imperialismo, entre otras.

(5) A pesar que su texto constitucional de 1975 dice explícitamente en su Art. 10, lo siguiente, “A República Popular de Angola reconhece, protege e garante as actividades e a propriedade privadas, mesmo de estrangeiros, desde que úteis à economia do país e aos interesses do Povo Angolano”. El vacío legal para actuar de la forma en que lo hicieron podría ser la frase de “desde que úteis à economía”.

Bibliografía

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