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Etiqueta: Socialismo del siglo XXI

Maduro: gobierno de facto / juicios de facto

Así como Nicolás Maduro mantiene un gobierno de facto, luego del írrito y fraudulento acto mediante el cual simuló juramentarse el pasado 10 de enero de 2025, habiendo perdido penosamente las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, de la misma forma, el sistema de justicia venezolano ya no realiza procesos judiciales orientados por los derechos a la tutela judicial efectiva y al debido proceso (artículos 26 y 49 de la Constitución, respectivamente), con el objeto de aplicar el Derecho; sino que, todos los integrantes de dicho sistema (jueces, fiscales, defensores públicos, funcionarios policiales), ahora realizan -simple y llanamente- juicios de facto.

En efecto, los derechos y garantías constitucionales que guardan relación con los procesos judiciales -en especial, los procesos penales seguidos por motivos políticos- son una pura ilusión. Partiendo de tipos abiertos como los previstos en la Ley Contra el Crimen Organizado y Financiamiento al Terrorismo, la Ley Contra el Odio, o Ley contra el Fascismo, prácticamente cualquier conducta que a juicio del régimen madurista sea contraria a sus intereses, resulta que es terrorista, fascista o fomenta el odio. Dichas leyes, por cierto, aparte de ser abiertamente inconstitucionales y contrarias a los tratados internacionales en materia de derechos humanos, son un desvío de la aplicación del Código Penal y el Código Orgánico Procesal Penal, normas más transparentes, con tipos más claros, y con un procedimiento -en líneas gruesas- más garantista.

Secuestros y torturas

Y luego, por supuesto, viene la aplicación como tal de estos “monumentos legales”. En la Venezuela de Maduro, se puede secuestrar a una persona en la calle (sin flagrancia, sin orden de captura), por funcionarios vistiendo capuchas. Luego “ruletean” (i.e. -en la jerga venezolana- llevan de un lugar a otro) al detenido, sin conocimiento de sus familiares y/o allegados. El plazo constitucional de 48 horas para detenciones preventivas no se aplica y, llegado el caso, lo que tienen lugar son audiencias judiciales express, muchas veces ante tribunales incompetentes en zonas distantes, que, luego, terminan declinando la competencia en otro tribunal (todo con el propósito de “cumplir” con la presentación judicial del detenido). Dichas audiencias suelen celebrarse a altas horas de la noche, o fines de semana incluso, sin testigos, sin posibilidad de designar abogado de la confianza del reo. Puros y simples paredones judiciales.

Para finalmente llegar a los centros de reclusión: antros inseguros e insalubres, donde mezclan a presos políticos con presos comunes. Donde no hay comida, ni derecho a recibir visitas. Y- lo más destacado de la Era Maduro- donde se practican distintos y sofisticados métodos de tortura, siempre con un “comodín” o vía (supuestamente) escapatoria: grabar un video donde el detenido se autoinculpe.

Extorsión

Un vídeo en el que exprese que algún líder opositor le conminó a generar todo el mal en la Tierra. No olvidemos lo siguiente: mientras dura la privación de libertad, se extorsiona a presos y familiares permanentemente. Puede ser para cuestiones rutinarias como que “no les molesten” durante su reclusión, sea para lograr una excarcelación (los funcionarios del régimen tampoco son muy proclives a mantener sus promesas y hay todo incentivo posible para la corrupción y el fraude).

Grosso modo, es el juicio de facto que aplica el gobierno de facto.

Las democracias del mundo tienen el doble imperativo de ayudar a los venezolanos a detener esta pesadilla, así como de no incurrir jamás en estas prácticas abyectas en sus propios países, para no convertir su justicia también en una justicia de facto.

Ver también

La represión en la Venezuela socialista no tiene límites. (Sairam Rivas).

Crisis en Venezuela. (Miguel Anxo Bastos).

Cinco políticas socialistas que destruyeron la economía de Bolivia

Por Fabricio Antezana Durán. El artículo Cinco políticas socialistas que destruyeron la economía de Bolivia fue publicado originalmente por FEE.

La gente no suele pensar en Bolivia; es un país pequeño en el corazón de Sudamérica. Pero siempre que se menciona, aparte de montañas y llamas, la gente piensa en el socialismo y en Evo Morales. Algunos incluso llegan a calificarlo de «milagro socialista» por su estabilidad económica y monetaria en la década de 2010. Sin embargo, esta percepción dista mucho de la realidad.

El actual partido político de Bolivia, Movimiento al Socialismo, lleva más de 17 años en el poder, a excepción del gobierno temporal de Jeanine Áñez, que duró solo un año, de noviembre de 2019 a noviembre de 2020. Operar durante casi dos décadas bajo un régimen socialista ha pasado factura a la economía boliviana, y los síntomas apenas comienzan a manifestarse. Para dar una idea de los problemas, he aquí 5 políticas socialistas que han destruido la economía boliviana:

1) Nacionalización de los recursos naturales

Bolivia estaba a punto de experimentar uno de los mayores «booms económicos» y oportunidades de inversión con la industria de los hidrocarburos (gas natural), que fue construida por entidades privadas en la década de 1990 y principios de 2000. Sin embargo, la Constitución de 2009 del Movimiento al Socialismo, concretamente el artículo 311, nacionalizó esta industria y casi todos los demás recursos naturales, desde el agua y los minerales hasta la electricidad.

Cuando los precios del gas natural alcanzaron su punto máximo a nivel internacional en 2012, los ingresos, que habían pasado a formar parte de la industria pública, se dilapidaron en vanos proyectos públicos, subvenciones, salarios y, en general, en un gasto público excesivo (o «despilfarro público», como sería más preciso denominarlo).

2) Propiedad privada condicionada

En las décadas de 1980 y 1990, se realizaron esfuerzos para fortalecer los derechos de propiedad privada en Bolivia. Sin embargo, la constitución boliviana de 2009 reescribió las normas relativas a la propiedad privada, declarando en el artículo 56: «Toda persona tiene derecho a la propiedad privada individual o colectiva, siempre que cumpla una función social». Aunque el Estado no expropia deliberadamente la propiedad a los ciudadanos, el artículo 56 añade un nivel de ambigüedad a la hora de proteger este derecho fundamental.

No es inaudito que tu propiedad en el campo sea invadida y expropiada por los lugareños, que no puedas desalojar a un inquilino que lleva meses o incluso años sin pagar el alquiler, o que de repente te encuentres con gente construyendo una casa en tu propiedad (incluso dentro de la ciudad). La falta de derechos de propiedad ahuyenta a los inversores y dificulta enormemente las empresas bolivianas.

3) De 3 Ministerios a 17 Ministerios y 22 Viceministerios

Antes de que el Movimiento al Socialismo llegara al poder, el poder ejecutivo de Bolivia estaba gestionado por el Presidente, el Vicepresidente y «los tres grandes» ministerios. Esto cambió drásticamente tras su victoria en las elecciones de diciembre de 2005. Desde que asumió el poder en enero de 2006, el partido ha creado gradualmente más ministerios y oficinas públicas, cada uno más innecesario que el anterior. La creación de nuevas oficinas públicas sirve de excusa para crear más «parásitos estatales», como decía Bastiat, desviando a las personas capacitadas de la creación de valor en la sociedad. He aquí algunos ejemplos de estos ministerios para ilustrar su absurdo:

  • Ministerio de Medio Ambiente y Agua
  • Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización
  • Ministerio de Desarrollo Productivo y Economía Plural
  • Viceministerio de la Hoja de Coca y Desarrollo Integral
  • Viceministerio de Lucha Contra el Contrabando

De estos ministerios aprendemos dos cosas: que no agregan valor a la sociedad y que los socialistas son muy creativos a la hora de nombrar cargos.

4) Más de 60 empresas estatales

El modelo económico del gobierno se llama Modelo Económico Social Comunitario Productivo. Este «modelo» es ambiguo, tiene un carácter social, y esencialmente pone al Estado en el centro del progreso y desarrollo económico, declarándolo su deber. Por esta razón, el gobierno ha creado más de 60 empresas, todas ellas deficitarias y arbitrarias para la economía.

Por ejemplo, Quipus, la empresa estatal de electrónica destinada a «promover el uso de la tecnología en Bolivia y las escuelas públicas», incurrió en pérdidas de alrededor de 5,5 millones de dólares en el lapso de cinco años desde su creación (y sigue funcionando). Estas empresas se mantienen a flote por avaricia y arrogancia, tal como sugiere El engaño fatal de Hayek.

5) Altos impuestos y un sistema fiscal burocrático

Bolivia tiene uno de los peores sistemas fiscales del mundo, en el puesto 186 de 190 países según el informe Doing Business del Banco Mundial.
Esto se debe a una mezcla de burocracia y «presión fiscal» excesivamente alta sobre sus ciudadanos. Según Doing Business, los bolivianos dedican 1.025 horas al año a pagar correctamente sus impuestos (¡más de 42 días!) y se arriesgan a pagar una tasa del 83,7% de sus beneficios si no los declaran correctamente.

Un estudio del analista económico Diego Sánchez de la Cruz calificó a Bolivia como el «infierno fiscal» de América Latina, situándola como la peor en presión fiscal y esfuerzo tributario. Sánchez de la Cruz realizó su estudio comparando el PIB y los tipos impositivos, explicando: «No es lo mismo recaudar el 30% del PIB en un país rico que en uno pobre». La situación fiscal en Bolivia ha llevado a que el 80 por ciento de la economía sea informal, o no esté registrada oficialmente en la economía.

Los frutos del socialismo

Bolivia está lejos de ser un «milagro socialista». Ha sufrido una serie de políticas socialistas que han lastrado fuertemente su economía, impidiendo su crecimiento y desarrollo. Puede que no hayamos visto estos daños en las décadas de 2000 y 2010, pero ahora que las reservas de gas natural se han agotado, seremos testigos de las consecuencias del socialismo más pronto que tarde. Los efectos económicos suelen verse a largo plazo, y Bolivia no es una excepción. El Movimiento al Socialismo cosechó los beneficios de las reformas económicas pro-mercado de los años 80 y 90, pero ahora Bolivia está empezando a recoger los frutos de casi dos décadas de socialismo: crisis, miseria y decadencia.

Ver también

El camino autoritario de Bolivia. (Mateo Rosales).

Bolivia: la construcción de un proyecto político. (Mateo Rosales).

¿Por qué a la extrema izquierda le entusiasma Bolivia pero aborrece Chile? (Juan Ramón Rallo).

Ponerse la soga al cuello

Cuando a un pueblo inculto, ignorante y lleno de ideas fantasiosas se le da la oportunidad de tomar decisiones políticas, lo más frecuente es que terminen poniéndose la soga al cuello. Los ejemplos abundan: democráticamente eligen a Adolfo Hitler, Hugo Chávez, Joe Biden, López Obrador. Aplauden los programas sociales, etc. Es decir, eligen lo peor; se ponen la soga al cuello.

Aguantar a los tiranos

Después de cometer democráticamente, un error, la intención de corregir es casi nula, puede tardar muchos años. La capacidad de los pueblos para sufrir y resistir a los tiranos que los gobiernan, sorprende. La Cuba de Fidel Castro mantiene una tiranía que supera el medio siglo; Enver Hoxha tirano en Albania, detentó el poder durante 41 años; Paul Biya con su sangrienta dictadura, sigue siendo el presidente de Camerún; Omar Bongo, con su dictadura disfrazada de democracia desde 1967 hasta 2009 en Gabón. Y así otros más.

No es un fenómeno nuevo. Al parecer, los pueblos que sufren largas tiranías se acostumbran y lo ven como algo normal. Las viejas tribus de hace miles de años, admitían como natural tener un dictador que les gobernara la vida. El líder de la tribu concentraba todo el poder y sus decisiones eran obedecidas sin discusión alguna. Si el líder decía que debían caminar hacia el norte, todos lo hacían; podía ordenar el asalto, asesinato y despojo a otra tribu y las órdenes eran sagradas. Así vivió la humanidad durante largos milenios y a nadie se le ocurría que podía ser diferente. La estructura política de un “líder y los demás obedecen” fue la constante durante miles de años. El intelecto se estancó, pues los subordinados no tenían necesidad de pensar. La actividad de pensar contraía riesgos ante el líder.

Disidentes

En efecto, algo cambia cuando un miembro de la tribu se atreve a pensar diferente. Surge el riesgo de romper el poder del líder, lo que es inaceptable. El disidente puede buscar la manera de matar al líder y tomar su lugar, lo cual fue muy frecuente. O bien, el líder detecta a aquél que quiere romper el orden y es asesinado para que todo siga igual. Pero también puede ser que el disidente huya al amparo de la noche, corre sin parar y posiblemente lo sigan dos, tres o diez seguidores y así se forma otra tribu. Pero la estructura política no cambia: un líder y todos obedecen. Era lo normal y eso explica la multiplicidad de lenguas e idiomas que tenemos.

El líder o dictador se asumía como dueño de vidas y haciendas. Éste podía disponer de los recursos de sus subordinados y también de sus vidas. Si se le ocurría hacer la guerra contra una tribu cercana, organizaba a sus ejércitos y la gente entregaba sus vidas, sintiendo gran orgullo de morir por su líder. Así es como se tienen historias tipo Genghis Khan, Atila, Mao Tse Tung, Pancho Villa, Adolfo Hitler, Vladímir Putin y muchos más.

Todos los dictadores y tiranos han destruido vidas y haciendas de sus pueblos y de los vecinos. Los vikingos, que vivían del asesinato y despojo, asesinaron a miles pobladores que ya se dedicaban a la producción agrícola e industrial de manera pacífica. Pero seguramente también murieron muchos vikingos que le daban “gloria y poder” a su tribu.

Democracia

La humanidad da un gran salto cuando descubre “la democracia”. El poder ya no se logra por la fuerza de la espada y cederlo solo a los descendientes para soportar largas dinastías. Los disidentes convencen de que se debe elegir al gobernador. La idea parece razonable y se adopta para crear las “sociedades democráticas”.

Con la democracia se forman partidos políticos y sus propuestas de gobierno, generalmente promesas que no se pueden cumplir. Colocan candidatos carismáticos, buenos oradores y campañas bien estudiadas para ganar las elecciones y votan los ciudadanos. Es una moneda al aire y solo queda contemplar la acción del nuevo presidente. Al final, casi todos terminan desencantados.  Así van cambiando de líderes que saben subir impuestos, establecer constituciones restrictivas, hacer construcciones faraónicas para que el pueblo perciba que son buenos gobernantes. Otros simplemente se encargan de saquear el erario para quedarse con grandes fortunas personales.

En fin, que la democracia no garantiza un buen gobierno ni prosperidad para la gente. Parece ser que la democracia ha resultado en la mejor alfombra no violenta para que la izquierda llegue al poder y coloque a los nuevos tiranos, dictadores y demagogos en el poder.

De la democracia al comunismo

La izquierda ya se percató de que la democracia puede ser empleada para construir un país socialista y luego uno comunista. Por ejemplo. El gobernante de izquierda convence al pueblo de la necesidad de construir escuelas y universidades. Consigue el aplauso de los gobernados y para ello, sube impuestos, compra o expropia terrenos, construye los edificios, contrata cientos o miles de profesores que deben impartir los planes y programas del gobierno. De esta manera, la izquierda crea las instituciones que se convierten en caldo de cultivo de promotores y defensores del socialismo. Esto conlleva un dominio de la mentalidad de la gente que pasa por las instituciones educativas. Quedarán agradecidas que el gobierno les haya dado la oportunidad de estudiar. Se han puesto una soga al cuello.

Democráticamente, el líder de izquierda convencerá a sus ciudadanos que el gobierno construya hospitales, clínicas y sanatorios para garantizar la salud del pueblo. Los ciudadanos aprobarán la política de salud del Estado y, sin saberlo, se han puesto la soga al cuello.

Lo mismo se podría decir respecto al manejo del petróleo y otros recursos naturales para que los administre el gobierno. Pero también la administración del dinero, ven como natural que el Banco Central quede en manos del Estado. El agua, el transporte, aeropuertos, puertos, ferrocarriles, etc. Con el beneplácito de la gente se va construyendo el socialismo sin aclararles que eso es socialismo. Cuando se llegan a dar cuenta, demasiado tarde.

Programas “sociales”

A los políticos de izquierda no les faltan palabras dulces y bellas para esconder sus objetivos perversos, que no son otra cosa que crear un poder político que controle a toda la sociedad, sea en la producción o en la distribución. Puede que nunca mencione la palabra comunismo, socialismo, fascismo, pero el hecho de monopolizar la educación, salud, petróleo, agua, carreteras, obra pública, banco central, financieras, etc. Está construyendo el fascismo, socialismo o estatismo. A esto se le puede agregar el control del sistema legislativo, judicial, policía, ejército, aduanas, rutas aéreas, telefonía, redes sociales, etc.

En México ya se ha dado un paso tenebroso, perverso y de aceptación popular hacia el socialismo, mediante el control de ancianos (tercera edad), madres solteras, estudiantes, profesores, campesinos, deportistas. ¿Cómo se da este control? Mediante programas sociales, dinero regalado a cambio de nada. Cada mes o cada dos meses el gobierno deposita en sus cuentas bancarias una cantidad de dinero que les hace pensar en la bondad del gobierno, “porque nunca antes se había hecho algo parecido”. Este reparto de dinero es la estrategia más sólida para que la gente siga votando por los gobiernos populistas.

Privatización de la educación

Desafortunadamente, nuestros países latinoamericanos carecen de buenos economistas que puedan aclararle a la gente que dejar la educación en manos del gobierno significa destruir el mercado educativo; que el gobierno maneje la salud significa destruir el mercado de salud; que el gobierno administre el petróleo, es destruir el mercado del petróleo. Y así es como todas estas acciones gubernamentales, aun cuando tengan el consenso, la aprobación del pueblo solo conllevan a una destrucción de la economía, destrucción del talento de jóvenes, destrucción del capital. Y finalmente, los votantes se pone la soga al cuello.

¿Cuál es la solución? Cambiar radicalmente la cultura del pueblo, destruir las fantasías marxistas que dominan en nuestras escuelas y universidades para que la gente se percate que el futuro bueno no está en dejar todo el poder en los gobernantes, sino en el mercado. Así podrán reconocer que solo hay un camino, una medicina: Privatizar todas las escuelas y universidades; privatizar todo el sistema de salud; pasar el petróleo a manos privadas, etc. Dicho de otra manera, el gobierno solo debe garantizar que los mercados funcionen bien, con seguridad, cuidar que no haya asesinatos, violencia, robos o fraudes y hacer justicia en su caso.

Una cultura libertaria

¿Existe otra alternativa? No, no hay. La medicina puede ser muy amarga, pero es la única que cura al enfermo. Por supuesto, esta medicina nunca la va a dar un gobierno izquierdista, pues significa perder el control político de la sociedad y sus recursos. Además, desconfían del poder del mercado, nada saben de la mano invisible de Adam Smith y jamás han leído un renglón de la Escuela Austriaca de Economía. En las universidades, publicas y privadas solo se enseña Carlos Marx, Maynard Keynes, Samuelson y otros autores estatistas. Al carecer de buenos teóricos, se traduce en una pobreza de ideas en la sociedad y ello explica la poca o nula resistencia a las políticas populistas de la izquierda.

En fin, para que la sociedad no se autoflagele ni se ponga la soga al cuello, se requiere el dominio popular de cultura libertaria y limitar la acción del gobierno a funciones muy limitadas y específicas.

Ver también

Gustavo Petro busca el voto de los incautos atacando a Nicolás Maduro. (Antonio José Chinchetru).

Caos en Colombia. (Edgar Beltrán).

El camino autoritario de Bolivia

Unas semanas atrás participé como ponente en un ciclo de conferencias (aquí) que organiza la universidad UCEMA de Buenos Aires. Fui como representante de la organización Libres en Movimiento. Nos convocaron los desafíos de la democracia, los avances y retrocesos experimentados al respecto en la región. También el análisis sobre el papel de las instituciones públicas a la hora de plantear respuestas en este contexto de constante cambio y volatilidad en Latinoamérica.

La conferencia giró en torno a la situación política en Bolivia en un momento clave. Hay proceso de desgaste interno que atraviesa el Movimiento al Socialismo (MAS). Se agudizan las prácticas autoritarias del régimen de Luis Arce. La oposición política actúa en un contexto de persecución, de carencia de propuestas estructurales alternativas. Y ello bajo un evidente intervencionismo del Gobierno en todas las instituciones públicas. Esto dificulta enormemente la construcción de un proyecto de oposición que prospere en el largo plazo.

Degradación institucional

Desde el año 2006, Bolivia ha sido testigo de la degradación institucional permanente y progresiva que ha ejecutado el MAS. Se agravaron las carencias que quedaron pendientes antes de la llegada del régimen al poder y que era necesario corregir, respecto de elementos que no se habían superado entonces. Desde el retorno a la democracia el año 82’, el sistema de justicia o la corrupción como enfermedad incrustada en las instituciones pública ha creado un sistema totalmente sometido al poder central. Tenemos una economía al borde de la crisis y una sociedad tan dividida y polarizada como en los peores momentos de la historia nacional, pero con un ingrediente adicional que caracteriza a este tipo de autoritarismos de corte populista: la fragmentación a través del odio.

En las próximas elecciones nacionales, en caso de noticia de última hora, se habrán cumplido casi veinte años desde la conquista del poder –atendiendo a los términos que ellos suelen batir en sus arengas: la permanencia en el poder pasa por el asalto y la lucha irreconciliable entre unos y otros– de Evo Morales y el MAS.

Trazos del sistema masista en Bolivia

El panorama que se vislumbra no es halagüeño. A lo largo de este periodo se ha reproducido una práctica política que será difícil superar. Ha exacerbado las falencias del sistema político bolivariano, como una base social construida desde el propio ideario autoritario. El sometimiento de todos los poderes públicos. La corrupción y el narcotráfico impulsados desde las instituciones públicas de representación, como el Gobierno. El prebendalismo y el corporativismo a costa de la distribución equitativa de los recursos del Estado. La inexistencia de un principio de imparcialidad a la hora de impartir Justicia. Y la desinstitucionalización de todo el sistema político. Todo ello para que, en medio del caos, sea más sencillo imponer el rodillo totalitario y someter a la ciudadanía.

El MAS representa lo opuesto a una alternativa democrática. Los componentes de este partido son diversos en cuanto a la base y la representación social. Pero se distinguen por su método de interacción con la sociedad y la administración pública. También por la concepción que tienen del espacio público en lo que respecta al quehacer institucional y a la práctica política democrática en sí misma.

Luis Arce

Ese es uno de los motivos por los cuales la lógica autoritaria del MAS no se diferencia en uno y otro momento desde el 2006. Y ello teniendo en cuenta el periodo transitorio entre el 2019 y el 2020, que significó un recambio en la representación del partido y en la presidencia del Estado. Habiendo ganado las elecciones nacionales en 2020, Luis Arce continúa poniendo a disposición de sus propias bases la síntesis de los trece años de gobierno de Morales. Esto supone un autoritarismo desempeñado desde el poder central que busca capturar el debate en torno a la sociedad, la igualdad, la conciencia ciudadana y la justicia social. Hilvana una lógica hegemónica de ruptura con el orden constitucional ya seriamente debilitado en ese momento.

Incluso, la lógica autoritaria de Luis Arce se agudiza porque carece de tres factores claves que, en parte, explican este proceso. Son la base social y política, la bonanza económica y la imagen internacional. Además, que su propio proyecto político está en juego y el tablero no se inclina en particular frente a un adversario de oposición, sino a un enemigo interno que le impone la radicalidad de su juego.

MAS es el problema

Por tanto, el problema no es del caudillo de turno, sino del partido político en sí mismo. Se agotan aquellos que piensan que con el MAS es posible llegar a acuerdos de Estado. Y que los hechos de violencia y de interrupción del orden constitucional son circunstanciales. Para que ello ocurra, el partido tendría que experimentar un revulsivo que haga reflexionar a las bases que lo componen y renovar los liderazgos que se vislumbran en su interior. Cuestión improbable observando su naturaleza de origen: organizaciones hiper-verticalistas y personalistas, que entienden el proceso democrático como un puente entre lo deseado y lo obtenido a costa de la legalidad.

La democracia es una conversación pública de voces plurales. Es el proceso mediante el cual convergen posiciones distintas, pero que tienen la predisposición de llegar a un acuerdo que construya la idea de habitabilidad entre todos. La política es el vehículo para ello.

En Bolivia es necesario y urgente cambiar esa concepción de la política. Fortalecer la idea que se ha concebido a la hora de defender la democracia y asegurar su instalación en el sistema público, como forma de convivencia entre todos los bolivianos. No caben medias tintas a la hora de denunciar los hechos que ponen en evidencia el totalitarismo perpetrado por el MAS. Es el momento de trasladar a la ciudadanía, con contundencia, la esperanza en un proyecto político alternativo. Éste ha de ser capaz de atraer la convicción de la gente en hacia una propuesta para de su vida, más allá de la falsa política que ha experimentado el país en las últimas décadas.

Caos en Colombia

Edgar Beltrán. Este artículo fue originalmente publicado por Law & Liberty.

Hace diez meses, Gustavo Petro fue elegido primer presidente abiertamente de izquierdas de la Colombia moderna. Desde entonces, la situación en Colombia ha sido cada vez más tumultuosa. Inicialmente, los partidos de centro y centro-derecha intentaron apaciguarle promoviendo partes de su programa a cambio de puestos en su gabinete. Esta estrategia acabó fracasando cuando rechazaron su reforma sanitaria, y los escándalos políticos fueron en aumento. Más recientemente, el suicidio del coronel Óscar Dávila, figura clave en un escándalo político, ha suscitado especulaciones sobre un posible asesinato político.

Muchos eran optimistas sobre la presidencia de Petro. Al principio hizo gala de unas dotes de negociación nunca vistas hasta entonces, racionalizando la mayor parte de su agenda. Sin embargo, poco a poco, su coalición, que incluía a los dos partidos más tradicionales de Colombia y al partido del expresidente y premio Nobel Juan Manuel Santos, empezó a tambalearse.

Hacia el autoritarismo progresista

Como respuesta, empezó a coquetear con el autoritarismo y a dar un duro giro a la izquierda. Petro despidió a más de la mitad de su gabinete. Esto incluye puestos clave como los ministros de Interior, Sanidad, Hacienda y Agricultura, y lo llenó de leales. En un discurso pronunciado el 1 de mayo para conmemorar el Día del Trabajador, amenazó con iniciar una revolución si no se aprobaba su programa. También le dijo al Fiscal General (que en Colombia es elegido por la Corte Suprema, no por el presidente, y pertenece al poder judicial) que él era el “jefe de Estado y, por tanto, su jefe”.

Evidentemente, esto es preocupante. Pero para entender el ascenso de Petro al poder y su coqueteo con el autoritarismo, debemos entender de dónde viene, y cómo Colombia se enamoró de Petro.

Una larga carrera en el comunismo y la violencia política

A los 17 años, Petro se hizo miembro del Movimiento 19 de Abril (M19). Es un grupo guerrillero urbano formado en su mayoría por jóvenes educados de clase media-alta cautivados por el marxismo. El M19 es más conocido en Colombia por el tristemente célebre ataque a la Corte Suprema en 1985. En ese atentado murieron doce magistrados de la Corte Suprema junto con casi 100 personas. Muchas de ellas perecieron a sangre fría a manos del M19. Otras ardieron en los incendios que se produjeron a continuación. Aún otras fueron abatidas en el fuego cruzado entre el M19 y el ejército y la policía colombianos.

Petro, que entonces era concejal, no se encontraba en el palacio, sino cumpliendo una pena de prisión por almacenamiento ilegal de armas. Tras la disolución del M19 en 1990, Petro asesoró la reescritura de la Constitución colombiana en 1991. Fue elegido congresista, lo que daría el pistoletazo de salida a una larga carrera política. Esta carrera incluiría un puesto diplomático en Bélgica, ocho años como congresista, cuatro años como senador, cuatro años como alcalde de Bogotá y dos candidaturas presidenciales fallidas.

Sin embargo, gracias a una ola de descontento que desembocó en violentas protestas masivas en 2021, Petro sería elegido presidente en 2022.

La impronta política de Álvaro Uribe Vélez

Durante la mayor parte de su historia contemporánea, Colombia tuvo un sistema de gobierno bipartidista. Salvo la dictadura de cinco años de Gustavo Rojas Pinilla, Colombia fue gobernada por el Partido Conservador o el Partido Liberal desde 1900 hasta 2002. Hasta la presidencia de Álvaro Uribe Vélez, que puso fin al tradicional bipartidismo. Uribe asestó un golpe mortal a las guerrillas en el país, y se convirtió en un “kingmaker” tras sus ocho años de presidencia. El siguiente presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, fue su ministro de Defensa (aunque más tarde rompería con Uribe). Y su sucesor, Iván Duque, fue el candidato de Uribe en 2018.

Sin embargo, el estilo combativo de hacer política de Uribe, que llegó a armar a civiles para enfrentarse a la guerrilla, sembró la división en el país. El polémico acuerdo de paz de Santos y la mediocre presidencia de Duque, rematada con las violentas protestas de 2021 que casi acaban con su presidencia, sólo empeoraron las cosas y allanaron el camino para un candidato antisistema. Muchos colombianos estaban cansados de las élites tradicionales. Y Petro, un hombre que llevaba 30 años en la política colombiana denunciando la corrupción del sistema y pidiendo una renovación radical y de izquierdas del sistema político colombiano, se subió a la ola.

Un boxeador

Petro derrotó por un estrecho margen del 3% a Rodolfo Hernández, otro candidato de fuera, en las elecciones de 2022. Su alianza sólo obtuvo 39 de los 109 escaños del Senado y 70 de los 188 de la Cámara de Representantes, apenas suficientes para convertir a Colombia en el paraíso socialista que tenía en mente.

Muchos pensaron que sufriría las mismas limitaciones que Duque cuatro años antes: sin suficiente apoyo parlamentario, su gobierno se estancaría y se limitaría a unos pocos decretos ejecutivos y discursos. Serían otros cuatro años mediocres para Colombia. Al fin y al cabo, Petro se ganaba la vida enfrentándose a la clase política tradicional y denunciando su corrupción. Era un boxeador, no un jugador de ajedrez.

La audacia de Petro

Lo que no esperaban era que Petro fuera lo suficientemente audaz como para jugar limpio con los partidos tradicionales: ofreció puestos en su gabinete tanto a los partidos Conservador y Liberal como al Partido de la U (el partido del ex presidente Santos) y prometió moderar algunas de sus posturas (por ejemplo, diciendo que no intentaría simplificar las expropiaciones). A cambio, estos partidos acelerarían su programa. Con su apoyo, contaba con una mayoría de dos tercios en ambas cámaras del Congreso, más que suficiente para promulgar su proyecto.

Al principio, pudo hacerlo. Aprobó rápidamente una reforma fiscal, la ley de “paz total” que establece un nuevo marco de negociación con los cárteles de la droga y la guerrilla en el país, y parte de su reforma agraria para dar tierras a los pequeños agricultores.

Conspiranoia

Sin embargo, una polémica reforma sanitaria demostró que, a ojos de Petro, trabajar con su coalición era un ejercicio de equilibrismo insuperable. Es la Colombia que tiene en su mesiánica cabeza o nada. La reforma no consiguió ser votada en el Congreso a finales de abril.

El hombre más rico de Colombia, Luis Sarmiento, se apresuró a duplicar sus donaciones a los partidos tradicionales colombianos, incluidos los de la coalición de gobierno, lo que dio a Petro más razones para afirmar que las élites del país intentaban hacer fracasar su proyecto. Después de esto, la cara más conocida de Petro -el populista con impulsos autoritarios- se mostró a la vista de todos.

“Se están burlando de la decisión de los votantes y eso no debe ser”, dijo Petro en rueda de prensa. “Creo que el Gobierno debe declararse en emergencia”.

Poderes extraordinarios

Tras enfrentarse a un único escollo legislativo, Petro amenazó con crear un gobierno de emergencia que le diera más poder. Redactó un Plan Nacional de Desarrollo que incluía medidas para otorgar al presidente poderes extraordinarios en asuntos medioambientales y de seguridad en línea. Sin embargo, el Plan aprobado a principios de mayo no incluía tales disposiciones.

A continuación, pidió a todo su gabinete que presentara su dimisión. En total, 12 de sus 19 ministros ya han sido sustituidos en sus primeros nueve meses, siete de ellos tras la rabieta de Petro, más el jefe de gabinete.

“La invitación a conformar un pacto social por el cambio [en Colombia] fue rechazada”, anunció Petro en su cuenta de Twitter, un claro subtexto dirigido a los partidos tradicionales que intentaron apaciguar a Petro y moderar su agenda.

Todos los ministros destituidos son miembros moderados de su coalición, como su ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, miembro del Partido Liberal. Entran los partidarios de la línea dura de la izquierda y algunos de sus más firmes partidarios, que sobrevivieron a la puerta giratoria de su mandato como alcalde de Bogotá (cuando más de 50 personas pasaron por su gabinete de nueve miembros en cuatro años).

Cambios en el gobierno

Peor aún, el intento de los partidos de apaciguar a Petro y unirse a él en el gobierno creó un problema mayor: la rebelión interna. Algunos miembros de los partidos Conservador, Liberal y de la U todavía desean apoyar a Petro y promulgar su programa. Petro está apostando a que puede tener éxito negociando individualmente con los miembros de los tres partidos en el Congreso en lugar de tratar con las directivas de los partidos. En este momento, podría funcionar.

Destituyó a la controvertida ministra de Sanidad, Carolina Corcho, y la sustituyó por Guillermo Alfonso Jaramillo, un camaleón de izquierdas. Jaramillo fue secretario de Salud de Petro en Bogotá, al igual que el nuevo ministro de Hacienda, Ricardo Bonilla. También nombró jefe de gabinete a Carlos Ramón González, antiguo guerrillero e inflexible izquierdista.

A la ofensiva

Y luego pasó a la ofensiva. En un discurso pronunciado el 1 de mayo desde el balcón presidencial, se mostró dispuesto a confiscar la propiedad privada, diciendo: “La gran revolución en marcha requiere una clase obrera movilizada, organizada, unida y luchadora, este gobierno quiere una alianza profunda e inquebrantable con el pueblo trabajador.”

“La tierra es para quien la trabaja”, dijo. “Tiene una función social, una función medioambiental. La tierra no es para un grupo de herederos feudales y esclavistas que la conservan. . . y la defienden matando a los pobres”. Y añadió: “El gobierno tiene que tomar la tierra”.

Esto es preocupante, pero eso no fue lo peor.

“No basta con ganar en las urnas, el cambio social implica una lucha permanente y la lucha permanente se da con el pueblo movilizado, y a la cabeza de ese pueblo tiene que estar la juventud, el pueblo trabajador, la clase obrera”. El intento de recortar las reformas puede llevar a una revolución”, añadió en el discurso, en el que se comparó con Simón Bolívar, el libertador venezolano de Colombia.

La amenaza de revolución no pasó desapercibida.

La marcha de la guardia de base racial

Dos días después, el 3 de mayo, 600 hombres de la llamada Guardia Indígena marcharon hacia el recinto del Congreso colombiano vestidos de negro, con los rostros cubiertos y garrotes en las manos, mientras el Congreso discutía el Plan Nacional de Desarrollo de Petro. Muchos medios locales consideraron que se trataba de un intento inaceptable de intimidar al Congreso para que aprobara las reformas de Petro, y la Guardia regresó el jueves, justo cuando se aprobaba el plan.

Pero Petro no se detuvo ahí. El 26 de abril compartió una noticia que decía que un fiscal, Daniel Hernández, ocultó información sobre asesinatos perpetrados por el Cartel del Golfo, el cartel de la droga más poderoso de Colombia. El Fiscal General, Francisco Barbosa, criticó a Petro, diciendo que estaba poniendo a Hernández y a su familia en peligro. Luego, el 5 de mayo, le preguntaron por Barbosa y dijo que “se le olvida que soy el jefe de Estado y, por tanto, su jefe”, y luego redobló su posición en las redes sociales, afirmando que Barbosa le había “irrespetado” como “jefe de Estado, representante de la Nación ante el mundo y el pueblo”.

El poder judicial pone pie en pared

En Colombia, la Corte Suprema nombra al Fiscal General, no el ejecutivo. Parecía que Petro intentaba inmiscuirse en otra rama del poder público, justo una semana después de amenazar al poder legislativo. La Corte Suprema publicó inmediatamente un comunicado en el que su presidente, Fernando Castillo, declaraba que el Fiscal General no tenía superior jerárquico y que “desconocer o malinterpretar los fundamentos de nuestro Estado de Derecho genera incertidumbre, fragmentación e inestabilidad institucional”.

Mientras tanto, Barbosa dijo en una entrevista que Petro estaba tratando de acabar con “la Constitución de 1991… materializando su intención de estar por encima de la rama judicial del poder público”, y lo calificó como un “dictador” que está tratando de “dar un golpe de Estado al poder judicial.”

El escándalo

Ahora, Petro enfrenta el mayor escándalo de su administración, luego de que a principios de junio se revelara que su exjefa de gabinete, Laura Sarabia, llegó al extremo de hacer que la Policía interviniera el celular de su niñera tras sospechar que había robado dinero de la casa de Sarabia. Mientras tanto, el exjefe de campaña de Petro y embajador en Venezuela, el polémico Armando Benedetti, se enojó porque nunca recibió un nombramiento a nivel de gabinete, y reveló que Sarabia lo llamó para que la ayudara a enterrar la historia de la niñera, lo que llevó al inicio de una investigación por parte de la Fiscalía General del país. Benedetti, entonces, en una entrevista reveladora, habló de la posible participación de carteles en la financiación de la campaña de Petro, entre otras irregularidades.

El coronel Óscar Dávila iba a ser interrogado por el Fiscal General de Colombia en relación con las escuchas no autorizadas, pero supuestamente se pegó un tiro el día antes del interrogatorio. Se trataba de un interrogatorio que había solicitado personalmente a través de su abogado en una carta pública. Muchos sospechan de juego sucio, porque el primer periodista que llegó al lugar informó de que había visto dos agujeros de bala.

Petro, una vez más, respondió llamando a sus partidarios a las calles y culpando a una conspiración de la derecha de todos los problemas. También insistió en que el Fiscal General y los medios de comunicación eran los culpables del supuesto suicidio de Dávila.

El rechazo de los colombianos

Los colombianos se han cansado rápidamente de Petro. En sólo nueve meses, pasó de ser uno de los presidentes más populares de América Latina a tener un índice de aprobación del 35%. Incluso en sus periodos relativamente benignos, los pequeños escándalos han perseguido su presidencia. Su vicepresidenta, Francia Márquez, una activista ecologista negra, ha sido criticada por utilizar un helicóptero del gobierno para asuntos privados. Su hijo, Nicolás Petro, fue acusado de tener vínculos con cárteles de la droga. Y Petro trató de eludir la situación alegando que “él no lo había criado”, porque Petro estaba en el ejército guerrillero cuando Nicolás era un niño, por lo que no podía ser considerado responsable de Nicolás.

Esta afirmación no resulta convincente, dado que Petro fue el responsable del lanzamiento de la carrera política de su hijo. Sus intentos de aumentar la participación del gobierno en sectores de la economía, bloquear contratos petroleros, endurecer las leyes laborales y amenazar la propiedad privada se volverán contra él más pronto que tarde. Y su coalición legislativa no ha hecho más que reducirse y radicalizarse a lo largo de su mandato.

Petro se ha metido en un buen lío. Ha optado por la confrontación y ha desafiado a las instituciones colombianas, que han resistido valientemente, aunque a duras penas, las guerras civiles, del narcotráfico y de la guerrilla. ¿Cuánto tiempo podrán sobrevivir a un autócrata caprichoso?

Venezuela: socialismo y asesinato a manos del Estado

Cuando tengo la oportunidad de explicar a mis alumnos qué son el fascismo y el nacionalsocialismo, mi principal objetivo es que lleguen a dos conclusiones fundamentales: la primera, que comprendan que estas dos ideologías son claramente de izquierdas, a pesar de las percepciones comunes que las sitúan en otro espectro político. Y la segunda, que comprendan que el fascismo y el nacionalsocialismo no son fenómenos del pasado que hayan desaparecido. Siguen presentes en la sociedad actual de formas que pueden no ser evidentes a simple vista.

Es importante subrayar que la persistencia de estas ideologías no se debe a la admiración de unos pocos por figuras históricas como Hitler o Mussolini. Tampoco a la existencia de grupos neonazis dispersos dentro o fuera de Alemania. De hecho, poco tiene que ver con la etiqueta de «fascista» que se suele lanzar indiscriminadamente por los medios «woke». La combinación de socialismo y nacionalismo ha logrado perdurar y perpetuarse. Eso, a pesar de que sus símbolos, imágenes y referencias literales (esvástica, por ejemplo) son ampliamente rechazados en la esfera social.

La forma concreta en que se manifestaron estas ideologías ha evolucionado y no sigue siendo idéntica. Pero su esencia ha logrado infiltrarse en el paradigma político contemporáneo de maneras sutiles y difíciles de reconocer para muchos. El trasfondo y los principios fundamentales que sustentaban estas ideologías han dejado una huella duradera en nuestra sociedad, aunque no siempre sea evidente.

Nuestras economías fascistas y nacional socialistas

En la actualidad, la amplitud del espectro político está infrarrepresentada. La mayoría de los Estados implementan un Estado del Bienestar similar, controlan sectores estratégicos de la economía, regulan el tránsito de personas y mercancías, controlan los medios de comunicación y emplean medidas de censura, expresan la violencia policial, prohíben las armas y las drogas, etc.

Estas políticas públicas suelen justificarse desde lógicas socialdemócratas y nacionalsocialistas. Por ejemplo, la defensa de la educación pública se hace para garantizar tanto la igualdad de oportunidades como una juventud homogéneamente educada y leal a su nación. Del mismo modo, la inmigración se controla para proteger a los trabajadores nacionales, proteger la integridad nacional y evitar desequilibrios económicos. Es decir, el Estado no acepta inmigrantes en masa porque pueden perturbar su planificación económica.

Socialdemócratas de todos los partidos

Los socialdemócratas de todos los partidos han conseguido hacernos creer que sus enemigos, su extremo opuesto, la extrema derecha, son los fascistas/nacionalsocialistas. En realidad son sus primos cercanos, sus aliados en la lucha contra el liberalismo y el capitalismo por parte de los socialistas no marxistas. Desde la Primera Guerra Mundial, los Estados y supra-Estados han apoyado políticas características del fascismo y del nacionalsocialismo como:

  • Control estatal de sectores estratégicos para la guerra bélica o para la guerra contra la pobreza, las drogas, el COVID, etc.
  • Proteccionismo y privilegios para empresas y trabajadores nacionales.
  • Nacionalización de empresas, acoso al sector privado y eventuales controles de capitales, de precios y salarios.
  • Rechazo del patrón oro junto a manipulaciones monetarias por medio de la banca central como expansión del crédito, manipulación de los tipos de interés, etc.
  • Atención sanitaria nacional, seguros de desempleo, imposición de estándares educativos y políticas de planificación familiar.

Posiblemente la mayoría de las economistas no se reconozcan a sí mismos como «fascistas en lo económico» aunque indirectamente si lo sean. Especialmente, por la vía del Keynesianismo anti libre mercado o por la vía de síntesis proteccionistas-nacionalistas, socialistas de mercado, capitalismo-escépticas.

Nacionalsocialistas en lo económico, progresistas en lo social

El mainstream político no solo se esfuerza por hacernos creer que la mayoría de los políticos de izquierda se diferencian importantemente de Hitler o Mussolini en cuanto a sus políticas sociales y económicas. O que los únicos que se les parecen son los políticos de «extrema derecha» como Trump y Bolsonaro. También han querido asociar a Hitler con el conservadurismo. Y, sin embargo, el proyecto nazi era tan progresista como el socialismo del siglo XXI de Chávez o la agenda 2030 de Naciones Unidas.

La exaltación de épocas pasadas en discursos populistas y de agitación no convierte inmediatamente a cualquier político en conservador. Las imágenes del pasado se utilizan a menudo para reforzar una identidad nacional. Para hacer sentir al público que en sus venas y en su historia habita el poder, la voluntad y el destino de cambiar el mundo. De reorientarlo o reconstruirlo.

Un nuevo hombre para una nueva sociedad

Por ejemplo, Chávez y su revolución bolivariana se sirven descaradamente de la imagen manipulada de Bolívar para pintarlo como pensador socialista y héroe de la clase obrera y nacional. Sin embargo, el culto a Bolívar no contradice en absoluto las ambiciones progresistas de la revolución. Ésta pretende emplear el Estado para llevar a cabo los cambios radicales necesarios para construir una sociedad nueva, solidaria y autosuficiente, con abundancia material e igualdad u homogeneidad.

El proyecto nazi, o la revolución bolivariana, no buscan actualizar órdenes sociales anteriores, buscan crear una nueva sociedad y un nuevo hombre. Lo que para muchos marca la diferencia radical entre el nazismo y los socialismos nacionalistas actuales es el énfasis de Hitler en la cuestión racial determinada genéticamente. Su ingeniería social se basaba en la eugenesia o higiene social. Es decir, en limpiar ética y racialmente Alemania, buscando llevar a la extinción a judíos, enfermos psiquiátricos, discapacitados y otros grupos perseguidos.

Redistribución hacia los ciudadanos de primera

Sin embargo, los ingenieros sociales actuales no hacen hincapié en el componente genético como antes. Han trasladado la pelota al terreno de los cambios culturales y las ideas. El medio no es eliminar personas de una etnia concreta, sino eliminar ideas de una naturaleza concreta. La reeducación de la población y la criminalización de determinadas ideas o expresiones es el medio preferido de los progresistas del siglo XXI. Eso es lo que les diferencia de los del siglo XX.

Los distintos socialismos establecen bajo diferentes esquemas su lógica distributiva, por ejemplo, de burgueses a proletarios o de productores a no productores. En el caso del nacismo la distribución fue de judíos, grupos perseguidos y extranjeros hacia el Estado con reparto prioritario hacia el gasto militar y los alemanes arios. Este mismo esquema es característico de los progresismos que establecen una agenda política que diferencia ciudadanos de primera y de segunda, grupos expoliados y priorizados, beneficiando a productores, funcionarios públicos, minorías agrupadas y grandes empresas, a costa de los consumidores, autónomos, pequeñas empresas, nuevos trabajadores y empresas no enchufadas.

El asesinato como política de Estado

Aunque la mayoría de los Estados se empeñan en realizar purgas sociales, ideológicas y culturales en lugar de purgas físicas, excluyendo o matando a los ciudadanos, el Estado venezolano está llevando a cabo actualmente una brutal limpieza étnica y socioeconómica mediante una política sistemática de violencia policial y ejecuciones extrajudiciales. Las fuerzas de seguridad están militarizadas y reciben órdenes directas de entrar en los barrios más pobres de la ciudad para secuestrar o matar en el acto a jóvenes varones entre 16 y 25 años.

Durante sus 2 primeras décadas de gobierno, el chavismo permitió que la delincuencia alcanzara su punto más alto, debilitando las fuerzas policiales, el sistema judicial y armando directamente a grupos dedicados al robo, el secuestro y el narcotráfico. En los últimos años, Maduro ha centrado progresivamente sus esfuerzos en controlar o exterminar a los grupos armados que ellos mismos crearon, constituyendo una nueva política de control de las zonas rojas del país. Esta estrategia totalitaria es efectiva incluso dentro del marco democrático, la población azotada por la delincuencia puede apoyar las políticas de «mano dura» como solución a la inseguridad, sin embargo, pagan un precio muy alto, y es ampliamente conocido que cada día mueren jóvenes inocentes, o al menos sin un juicio adecuado, en manos de las fuerzas policiales.

Venezuela

Actualmente, en Venezuela existen toques de queda y redadas nocturnas donde los jóvenes son cazados en sus propias casas, esto permite al Estado infundir terror y debilitar a las comunidades donde se llevan a cabo las ejecuciones, ya que en esas zonas pobres donde el Estado suele atacar, las familias dependen unas de otras, pero el nivel de violencia con el que el Estado las ataca las deja desamparadas, abatidas, resentidas y desesperanzadas.

Investigadores de la organización Caracas Mi Convive registraron cualitativamente la experiencia de los familiares de las víctimas. Y la tragedia se puede ver reflejada en algunos extractos:

«Tocó la puerta y… “tía me van a matar, tía me van a matar”. El policía lo agarró y le decía a la policía: “dame una pela, no me mates” y él le decía: “cállate que te voy a matar, cállate y arrodíllate” y cuando, cuando mi prima como abrió la puerta un poquito, le dió.»

«A todas estas, los policías se pusieron a sacar las balas de todas las paredes para llevárselas, para que no quedara ninguna evidencia en su contra, ¿entienden?»

«Porque de verdad, si mi hijo tuviese algo que ver en lo que lo involucraron… yo realmente, ni estuviera hablando contigo. Ni… estuviera perdiendo mi tiempo en una fiscalía, ni buscara que realmente saliera a la luz la verdad.» (Sardi, et al. 2018, pp. 61-71)

No tan diferente

La situación política y económica actual se parece más al fascismo y al nazismo de lo que muchos reconocen, aunque el componente totalitario no es el mismo, se dan fenómenos similares en los regímenes democráticos. Por su carácter progresista, estas ideologías y sus manifestaciones actuales suelen centrarse en la creación de un hombre nuevo, para lo cual la población debe ser depurada ideológica y físicamente.

Particularmente en Venezuela (o en China con las etnias musulmanes), hoy en día se está llevando a cabo una limpieza física, a la cual no se le da la relevancia que merece porque se asume que lo que está haciendo el chavismo-madurismo resulta de alguna forma diferente a lo que hizo Hitler, pero de ninguna manera lo es.

Bibliografía

Sardi, G., García, S., Oropeza, C., Udelman, F. & Azpúrua, I. (2018) Cuando suben los de negro. Experiencia de duelo en víctimas de violencia policial. Caracas, Venezuela.

La diplomacia de la vergüenza

Estamos acostumbrados a las patéticas puestas de escena que el Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia (parte del eje Cuba-Venezuela-Nicaragua) promueve desde los focos de circos mediáticos sometidos a su disposición. Son solo unos pocos los que creen las mentiras y derroches que profesan el actual presidente Luis Arce y sus beatos seguidores: los que viven del tesoro público y los que no tienen otra circunstancia, idea o ideología a la que aferrarse porque, sencilla y llanamente, carecen de la conciencia suficiente para tenerla, entonces vemos cómo unos allegados al Gobierno boliviano hablan de ‘refundación del Estado’, de ‘vivir bien’, de la ‘lucha por la soberanía de los pueblos’ y de conquistas varias que nadie conoce porque, simplemente, no existen y son objeto de inventivas trabajadas desde el odio y el populismo que impulsaron una vez sujetos como Álvaro García Linera (exvicepresidente e ideólogo del Socialismo del SXII), entre otros.

Lo sorprendente es ver cómo personas que deberían ocupar un cargo institucional de prestigio por la labor que han desempeñado o tener una cierta mediación para promover los valores que en su país de origen dicen defender, bajo el sentido común que debería imperar en la política –aquella virtud perdida en nuestro tiempo– se sometan a las líneas defensivas de los caudillismos más abyectos que ha conocido la región latinoamericana en las últimas décadas.

José Luis Rodríguez Zapatero, visitó Bolivia una vez más para enarbolar las banderas del socialismo del Siglo XXI junto a uno de sus más emblemáticos representantes, Evo Morales. Pero antes había hecho escala en Bogotá para laurear al candidato chavista de cara a las próximas elecciones generales en Colombia.

En su intervención junto al caudillo, con la elocuencia que lo caracteriza y los gestos que muestran su notable capacidad para disfrazar o empañar intenciones profundas como pocos hombres los hay que un día defienden el Estado de Derecho y las leyes en los sitios donde no se está permitido corromperse, y en otros espacios no tienen la vergüenza suficiente para empatizar con los acusados de destruir las instituciones públicas y perseguir a ciudadanos libres, el expresidente español manifestó: “la historia escribirá las mejores páginas para el cambio, el progreso, la justicia, la igualdad y la dignidad en Bolivia (…) esas páginas las van a escribir con el nombre de Evo Morales (…) ¿qué era Bolivia hace 20 años? Un país abandonado, oprimido, donde había millones de personas que no eran ciudadanos, que no existían, invisibles, sin derechos y en menos de una década estáis aquí firmen sabiendo que este país es vuestro, y que todos los hijos de la gente humilde tiene los mismos derechos que los hijos de los poderosos”.

No se trata solo de ignorancia, porque nadie ignora los hechos ciertos ocurridos los últimos años en Bolivia. El problema de explotar el victimismo táctico y las mentiras constantes en favor de alguien delatado hasta la saciedad por sus actos oscuros y puesto en evidencia por la Comunidad Internacional democrática es que efectivamente la gente te considere una víctima…pero de tu propia incompetencia.

Zapatero evitó hablar de la persecución y el encarcelamiento arbitrario de la expresidenta –como él– Jeanine Añez. No se pronunció respecto a la dependencia del sistema de Justicia a la política autoritaria del poder Ejecutivo. No dijo nada respecto a la corrupción que invade a las instituciones públicas por culpa del intervencionismo exacerbado que ejerce el partido de su anfitrión y olvidó por completo los antecedentes que imputan a Evo sus responsabilidades en la transición política de 2019, reconocidos por la OEA y la Unión Europea.

El expresidente español hoy no ocupa ningún cargo de relevancia, ni institucional ni orgánico, y ha decidido ser el portavoz de las dictaduras latinoamericanas y uno de los principales cabecillas de la banda del Grupo de Puebla. No se sabe a qué coste o bajo qué intercambio es capaz de proferir semejantes declaraciones, pero lo que sí sabemos es el resultado de sus defendidos y el calibre de su ignorancia y su interés egoísta.

Es una cara visible que solo sale a la superficie para defender lo que él considera que es correcto, lo contrario, precisamente, a lo que dice y hace al otro lado del charco, aunque en España se lo considere parte de un pasado que es mejor olvidar, como están intentando hacer los bolivianos con uno de los presidentes que más se ha enriquecido a costa de los ciudadanos y que más ha corrompido las instituciones públicas.

Rodríguez Zapatero y Evo Morales representan el fracaso de una sociedad sin rumbo claro y de una política vilipendiada por la corrupción y el autoritarismo sin escrúpulos. Ambos son el símbolo vetusto de la decadencia moral e ideológica en la que hoy estamos inmersos. Son el reflejo del poder grotesco, de política envilecida y de la derrota de la razón.