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Etiqueta: Teoría económica

El lenguaje económico (LIII): sobre la ley de Say

Jean-Baptiste Say (1767 – 1832) fue un economista en la tradición francesa de laissez faire y también empresario textil, que gozó de gran reconocimiento en Europa y Norteamérica por su Tratado de Economía Política (1803), obra que se caracteriza por su rigor lógico y gran claridad expositiva. Esto afirmaba Schumpeter: «Su razonamiento discurre con tal limpidez que el lector apenas se detiene alguna vez a pensar y rara vez experimenta alguna sospecha de que pudiese haber cosas más profundas por debajo de esta fluida superficie» (Rothbard, 2012: 31). Los economistas clásicos y los austriacos, por su parte, interpretaron a Say correctamente, pero John M. Keynes la reformuló de forma errónea y confusa: «La oferta crea su propia demanda».

Lo que dijo J. B. Say (1803, cap. XV):

El hombre cuya industria se aplica a dar valor a las cosas, disponiéndolas de modo que tengan un uso cualquiera que sea, no puede esperar que sea apreciado y pagado este valor sino donde haya otros hombres que tengan medios para adquirirle. ¿Y en qué consisten estos medios? En otros valores y productos, fruto de su industria, de sus capitales y de sus tierras […] Si nada produce, nada podrá comprar.

Resulta obvio que, para consumir, primero es preciso haber producido algo. El bien producido puede ser consumido directamente, trocado o, más frecuentemente, intercambiado por dinero.

La moneda que haya servido en la venta de sus productos, y en la compra que haya hecho de los productos de otro, servirá dentro de un momento para el mismo uso entre otros dos contratantes; después servirá para otros y otros en una serie progresiva que no acabará jamás

Say nunca dijo que lo producido tendría una salida (venta) automática: «Las mercancías que no se venden, o se venden con pérdida […] porque se han producido cantidades demasiado considerables o más bien porque han decaído otras producciones». Algunas ideas de Say son proto-austriacas: a) Fue el precursor de la praxeología como método válido para el estudio de la economía (Rothbard, 2012: 32). b) Mito de la balanza comercial «desfavorable»: «Una nación se halla en el mismo caso con respecto a la nación vecina, que una provincia con respecto a otra» […] «No se perjudica a la producción y a la industria de los indígenas o nacionales, cuando se compran e importan las mercancías del extranjero»;  c) Error de considerar la economía en clases o categorías: «Es fútil la clasificación de las naciones en agrícolas, fabricantes y comerciantes»; d) Mito keynesiano de fomentar el consumo: «Los malos gobiernos excitan a consumir, y los buenos a producir».

Por último, Say intuyó la Teoría austriaca del ciclo económico al detectar que las crisis eran causadas por un «fallo general en la previsión y el ‘cálculo’ empresarial que conduce a lo que viene a ser una puja de costes excesivos» (Rothbard, 2012: 58). J. B. Say nunca supo que ese error, a su vez, provenía de una expansión crediticia artificial (sin ahorro real) que creaba malinversiones y que luego colapsan al revelarse insostenibles.

La interpretación de los economistas clásicos

En su libro Principios de Economía Política (Lib. III, cap. XIV) John S. Mill, reproduce fielmente la ley de Say:

Los medios de pago de los bienes son sencillamente otros bienes. Los medios de que dispone cada persona para pagar la producción de otras consisten en los bienes que posee […] Si pudiéramos duplicar repentinamente las fuerzas productoras de un país, duplicaríamos por el mismo acto la oferta de bienes en todos los mercados; pero al mismo tiempo duplicaríamos el poder adquisitivo. Todos ejercerían una demanda y una oferta dobles; todos podrían comprar el doble, porque tendrían dos veces más que ofrecer en cambio.

La interpretación schumpeteriana

En su monumental Historia del Análisis Económico, Schumpeter hace una exégesis de la ley de Say y descarta cualquier confusión: «la significación está suficientemente clara gracias a ejemplos y consecuencias» (Schumpeter, 2012: 683). En la economía no hay un problema de sobreproducción o de infraconsumo. Si una mercancía no tiene salida, sea en el comercio interior o internacional, es porque no es del gusto de los consumidores o porque estos no tienen nada que ofrecer a cambio. Schumpeter achaca la confusión al error de hacer agregados económicos.

La interpretación keynesiana

John M. Keynes, ya fuera por diletantismo[1] o por interés espurio, puso en boca de Say y de los economistas clásicos una frase inventada por él mismo: «La oferta crea su propia demanda» (Keynes, 1943: 28).

Desde los tiempos de Say y Ricardo los economistas clásicos han enseñado que la oferta crea su propia demanda […] que el total de los costos de producción debe necesariamente gastarse por completo, directa o indirectamente en comprar los productos.

Keynes tergiversó la ley de Say al presentarla como «la oferta siempre iguala a la demanda», ignorando el papel de los precios y la estructura de producción. Los excedentes se corrigen con ajustes de precios y no con la intervención estatal. Repitieron el error keynesiano conspicuos discípulos como Samuelson y Nordhaus (2006: 715):

Ley de los mercados de Say. Teoría que afirma que “la oferta crea su propia demanda”. J. B. Say afirmó, en 1803, que, debido a que el poder total de compra es exactamente igual al total de los ingresos y de los productos, es imposible que se presente un exceso de demanda o de oferta.

Conclusión

La interpretación correcta de la ley de Say es: «La producción [de unos productos] es la que da salida [venta] a los [otros] productos». Ni Say, ni ningún economista clásico afirmó: «La oferta crea su propia demanda», ni que toda producción se vendiera (tener salida) automáticamente, sino que la producción previa genera los ingresos necesarios para demandar otros bienes. La ley de Say muestra que el estado no puede crear una demanda real (gasto público) porque solo confisca y redistribuye bienes sin aumentar la producción. Lamentablemente, el error (Keynes) triunfó sobre la verdad (Say), probablemente, porque justificaba el intervencionismo estatal: estímulos, gasto deficitario e inflación monetaria.  

Bibliografía

Keynes, J. (1943). Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. México: FCE.

Mill, J. S. (1848). Principios de economía política.

Rothbard, M. (2012). Historia del Pensamiento Económico, vol. II. Madrid: Unión Editorial.

Samuelson y Nordhaus (2006): Economía, 18ª edición. McGraw-Hill

Say, J. B. (1820). Tratado de economía política. Ed. Internet.

Schumpeter, J. A. (2012): Historia del análisis económico. Barcelona: Ariel.

Notas

[1] Keynes no era economista y, según Hayek, sabía muy poco de economía.

Serie ‘El lenguaje económico’

Un respeto por la teoría económica

La teoría económica es la ciencia que explica los fenómenos económicos. La física y la biología tratan de explicar fenómenos naturales. Tan ciencia es la primera como las otras, aunque lógicamente no se pueda usar la misma metodología para estudiar unos fenómenos y otros.

Una característica fundamental de las ciencias naturales es que permiten de alguna manera predecir el futuro. En los fenómenos naturales, estamos bastante seguros de que en las mismas condiciones las mismas causas provocarán los mismos efectos. Es esta característica la que nos permite desarrollar tecnologías para satisfacer mejor nuestras necesidades, a partir del conocimiento científico.

Dado que los económicos son fenómenos con causa en el ser humano, y que no se puede, por tanto, asumir la constancia en las relaciones causa-efecto, su aplicación a desarrollos tecnológicos está muy limitada, si es que es posible. Lo que no es óbice para que pueda ser de utilidad en muchos contextos. Por ejemplo, para determinar cuál es el funcionamiento del mercado que más conviene a la sociedad.

Este es precisamente el ámbito del derecho de competencia o, como le llaman los americanos, antitrust. El derecho de competencia asume que existe un funcionamiento óptimo para los mercados, y vigila que los agentes presentes en el mismo no hagan acciones que distorsionen tal operación. Por ejemplo, se encarga de vigilar las concentraciones entre empresas, pues en su paradigma de mercado ideal menos competidores es peor que más competidores.

No es el momento de discutir aquí qué paradigma de mercado ideal es el más adecuado para juzgar estas operaciones empresariales. Sobre eso hay mucho escrito, incluida alguna aportación de un servidor. Pero en lo que sí deberíamos estar de acuerdo es que es la teoría económica la que ha de informar dicha cuestión, y no una encuesta o un lanzamiento de dados.

Imaginen que queremos diseñar un avión. ¿A quién se le ocurriría hacerlo a votos? ¿Alguien se montaría en un avión que hubiera sido diseñado a base de preguntar a la población sobre los problemas técnicos confrontados?

Pues bien, esto mismo, no con un avión, sino con las operaciones de concentración, es lo que han hecho recientemente algunas autoridades administrativas. Me refiero, en primer lugar, a la encuesta que el gobierno de España hizo al respecto de la fusión BBVA – Banco de Sabadell. Como he tratado de explicar, si dicha operación será buena o no para la sociedad (en términos económicos, incrementará el bienestar social), es algo que solo se puede determinar desde la teoría económica, y no preguntando a los españoles qué opinan al respecto.

Aún así, no cabe esperar mucho más del gobierno social-comunista-nacionalista que tiene como rehén a los españoles. Es solo otra más en un cúmulo de decisiones políticas ideológicas, y al menos de esta no cabe esperar un apagón eléctrico.

Más preocupante resulta que la misma técnica de sondeo sea utilizada por la Dirección General de la Competencia (DGCOMP) de la Comisión Europea. Al fin y al cabo, estos funcionarios sí son supuestamente tecnócratas y no políticos. Y bien orgullosos que se muestran de su pureza científica a la hora de tomar decisiones de derecho de competencia, para ellos siempre sólidamente basadas en lo que ellos consideran ciencia.

Pues bien, estos señores, ante el clamor del sector empresarial europeo de que tienen que cambiar la forma de hacer las cosas, se han marcado una consulta pública sobre las directrices de fusiones horizontales (esto es, las que se producen entre dos empresas que compiten en el mismo sector, como es el ya citado caso de BBVA y Banco de Sabadell).

Se trata de un cuestionario extremadamente complejo, con muchos conceptos económicos que, sin embargo, se somete al común de los mortales como si fuéramos todos expertos en teoría económica. Además, la lectura del cuestionario revela que está preparado para sacar porcentajes de voto, resultados en que valdrá lo mismo la respuesta del premio Nobel Jean Tirole (si decide participar en la encuesta) que el mío (que no participaré), o que el de Cristiano Ronaldo (que supongo que tampoco).

Dejo aquí un par de preguntas de las decenas que componen la encuesta, para mostrar las inquietudes de la DGCOMP:

¿Cuáles deberían ser los indicadores estructurales y las características del mercado utilizados por la Comisión para evaluar la probabilidad de efectos contrarios a la competencia en fusiones horizontales? Explíquenos su opinión sobre el papel y nivel de la cuota de mercado y concentración, así como sobre otros indicadores estructurales o características del mercado que considere pertinentes.[1]

¿En qué circunstancias pueden las fusiones afectar negativamente a la capacidad e incentivos de la empresa fusionada para innovar (por ejemplo, fusión entre grandes innovadores, adquisición de un innovador, adquisición de un insumo crítico para que otras empresas innoven)?[2]

La lectura de ambas dos, de las más comprensibles que uno se topa en los documentos, revela con absoluta claridad que se han de responder científicamente desde la teoría económica, y no aleatoriamente a base de opiniones o feelings. Y, sin embargo, ahí quedan expuestas a las inclemencias de la opinión pública, sin ningún respeto por lo que tengan que decir los científicos que han dedicado carreras y vidas a conocer el tema.

Insisto: ¿alguien se montaría en un avión que hubiera sido diseñado por este método? Pues parece que nos van a obligar a todos a vivir en mercados optimizados con criterios que vengan de esta consulta.

Acabo de decir que estas consultas públicas o encuestas son una falta de respeto a la teoría económica. Pero no es verdad: en realidad, lo que revelan con absoluta claridad es el fondo que subyace en el derecho de competencia, una disciplina que se presume como técnica, sujeta a la teoría económica, pero que todos sabemos que es tan política como cualquier otra decisión gubernamental o administrativa.

En otras palabras, aunque las decisiones de antitrust se vendan como algo eminentemente técnico, en que teoría y evidencia empírica son las guías, realmente son decisiones políticas que se justifican con la pseudociencia económica que constituye el mainstream de la disciplina. Por ello, los supuestos “científicos” de la DGCOMP no tienen reparos en preguntar sobre el tema a la opinión pública.

El derecho de competencia solo pasará a ser técnico cuando se radique en una teoría económica sólida y válida, esto es, se libere de los paradigmas neoclásicos de competencia perfecta e ideas similares como el Structure-Conduct-Performance. Entretanto, a nadie extrañe que la DGCOMP pretenda analizar los fenómenos económicos a base de encuestas: ¿acaso no somos democracias? Pues que se decida todo a votos, pero también cómo diseñar aviones. Que seamos una democracia completa, no limitada por la ciencia.

Notas

[1] What should be the structural indicators / market features used by the Commission to assess the likelihood of anticompetitive effects in horizontal mergers? Please provide your view on the role and level of market share and concentration levels, as well as other structural indicators / market features you consider relevant.” Pregunta 3 del cuestionario B. Traducción propia

[2]In what circumstances can mergers negatively impact the ability and incentives of the merged company to innovate (e.g. a merger between strong innovators, acquisition of an innovator, acquisition of an input critical for other companies to innovate)?” Pregunta 3 del cuestionario C. Traducción propia

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (I)

Al hilo de un artículo anterior sobre la medida del valor, hoy inicio una nueva serie sobre otra gran discrepancia entre dos de los autores más importantes de la escuela austriaca.  Esta discrepancia versa nada más y nada menos que sobre la teoría del valor.  En concreto, sobre el enfoque estrictamente ordinal por parte de Mises en contraposición a la visión cardinal por parte de Menger en lo que se refiere a la magnitud del valor y a la posibilidad de medirlo.

Quisiera resaltar, en primer lugar, el hecho evidente de que en nuestra experiencia individual del día a día no necesitamos que los economistas nos proporcionen una teoría del valor para poder valorar.  De la misma manera que los arqueros del neolítico no tuvieron que esperar a Newton para poder lanzar flechas con el ángulo y la fuerza precisa para acertar su objetivo, el consumidor, el contable o los empresarios realizan valoraciones continuamente independientemente de lo que teoricen o dejen de teorizar las distintas escuelas de pensamiento económico sobre el fenómeno del valor. 

Entonces, ¿Por qué es importante una buena teoría del valor? Si en el día a día nos las arreglamos perfectamente sin estas teorías, ¿Qué relevancia tiene si el valor son preferencias ordinales, o si es una magnitud cardinal, o si se determina subjetivamente u objetivamente según la cantidad de trabajo socialmente necesario? ¿Se trata acaso de una discusión bizantina para ratones de biblioteca sin ningún aporte práctico a nuestra vida cotidiana?

La crucial importancia de la cuestión del valor

Pues desde un punto de vista social y político tiene una importancia absolutamente crucial. En esta primera entrega voy a tratar de justificar la vital importancia que tiene una teoría que explique lo mejor posible el fenómeno del valor. Suscribo al cien por cien a Carlos Bondone que a su vez se adhiere a las palabras de Jevons, y que a su vez suscribía las palabras de J.S. Mill:

Casi toda la especulación relativa a los intereses económicos de una sociedad así constituida implica alguna teoría del valor: el más mínimo error en este tema inocula el correspondiente error en todas nuestras conclusiones restantes, y cualquier vaguedad o nebulosidad en nuestra concepción del mismo crea confusión e incertidumbre en todo lo demás.

John Stuart Mill

Es un hecho incontestable que los políticos utilizan la ciencia como justificación para legislar en un sentido u otro. Ejemplos de actualidad tenemos muchos, como por ejemplo las regulaciones relativas al cambio climático, que supuestamente están basadas en un amplio consenso científico. Este consenso científico se utiliza como argumento para determinar políticas fiscales de extracción de recursos a determinados individuos para dedicarlos a determinadas partidas presupuestarias, y no a otras. Es decir, se toma la decisión de dedicar recursos para prevenir el cambio climático que no se dedican, por ejemplo, a combatir la primera causa de muerte en el mundo como son las enfermedades cardiovasculares. Más nos vale, por tanto, que el consenso científico esté en lo cierto y se acaben salvando muchas vidas con estas decisiones.

Manipulación política del concepto de valor

No quiero caer tampoco en la ingenuidad de que, por muy buenas teorías que tengamos, los políticos no vayan a retorcerlas igualmente en función de sus intereses, o incluso influir en el ámbito académico para manipular el “consenso” científico hacia lo que les conviene. Pero esto no es excusa para dejar de trabajar en la dirección de tener la mejor teoría posible que dificulte al máximo la manipulación política. Por poner un ejemplo extremo, ya será difícil que los políticos decreten regulaciones sobre el tráfico aéreo basadas en que la tierra es plana. Hay teorías científicas que están tan establecidas que son ya prácticamente imposibles de cuestionar.

Aun así, el político aprovechará el más mínimo resquicio para introducir sus sesgos a la hora de legislar. En este sentido, otro ejemplo muy claro y de rabiosa actualidad es el control de precios de los alquileres en las grandes ciudades, que en mi opinión se asienta en una errónea concepción del valor. La “responsabilidad” académica de este error está en la teoría más ampliamente aceptada de la oferta y la demanda, pues si bien es cierto que según esta teoría los precios altos de la vivienda no se deben a la especulación, sino a la falta de oferta, hay que reconocer humildemente que la teoría está muy lejos de ser lo suficientemente clara y contundente como para que ningún político se atreva a cuestionarla.

Diferencia entre Alfred Marshall y Carl Menger

No debemos perder de vista qué múltiples teorías pueden explicar la realidad, e incluso ser útiles para hacer predicciones razonablemente precisas. Por ejemplo, la teoría geocentrista era capaz de predecir satisfactoriamente los movimientos de los planetas recurriendo a los epiciclos.  Es decir, por la misma razón que los arqueros del neolítico lanzaban flechas con bastante precisión sin necesidad de ninguna teoría, el economista puede formular teorías débiles o ad hoc, pero que explican la realidad con muy razonable precisión. Pero no por ello hemos de concluir que esa teoría no es susceptible de mejora. Esto último es aplicable al modelo de la oferta y la demanda establecido por Alfred Marshall, que es el predominante a día de hoy en lo que se refiere a la explicación de los precios.  

Ahora bien, para que una teoría sea superada no basta con señalar sus debilidades. Hay que proporcionar otra que explique mejor la realidad, y/o que lo haga de manera más general y simple, y que sea corroborable. Volviendo a la analogía del geocentrismo, ¿Qué acogida tendría frente al geocentrismo una nueva “teoría” heliocéntrica, está fuera imposible de corroborar ni fuera capaz de predecir nada tal y como está planteada? Pues posiblemente nula porque se quedaría en mera hipótesis.

Alfred Marshall criticó el enfoque marginalista de Carl Menger, W. S. Jevons y Lèon Walras, y rescata el modelo basado en el valor objetivo de oferta y demanda de Smith y Ricardo, pero reintroduciendo el marginalismo en la curva de demanda. Muy resumidamente viene a decir que el demandante compara la utilidad marginal del bien con su precio de mercado. Es decir, para explicar los precios necesita recurrir circularmente a los precios.

La tijera de Marshall… y la tijera de Menger

Menger, sin embargo, explicaba los precios basándose exclusivamente en valores. En el famoso ejemplo de las vacas y los caballos, los granjeros intercambiaban porque otorgaban un valor mayor a lo que recibían que a lo que entregaban, y de esas distintas valoraciones surgen los precios.  

En este sentido, Carlos Bondone propone rescatar a Menger sustituyendo la tijera de Marshall por la tijera de Menger, donde lo que se enfrentan no son las curvas de oferta y demanda (cantidades de bienes), sino las curvas de valor (utilidades marginales) de los bienes a intercambiar. Fijémonos en lo peligroso de la tijera de Marshall. Cito palabras del propio Marshall en sus Principios de Economía:

Podríamos con la misma sensatez discutir acerca de si es la hoja superior o la inferior de una tijera la que corta un pedazo de papel que si el valor está controlado por la utilidad o por el coste de producción. (el énfasis es mío).

A la vista de esta cita, quiero recordar las palabras anteriormente citadas de Mill: “el más mínimo error” “cualquier vaguedad o nebulosidad”. Pues aquí lo tenemos. Por mucho que queramos hacer una interpretación generosa, o que el economista defensor de esta teoría matice y explique posteriormente, un político se aferrará a la literalidad de estas palabras como a un clavo ardiendo para justificar científicamente sus sesgos utilizando a Marshall, y argumentar que el coste puede ser determinante del valor, y, por tanto, justificar científicamente la regulación de los precios de los alquileres en función de lo que el político considere costes objetivamente razonables. 

Menger era cardinalista, Mises era ordinalista

Explicada la vital importancia política y social de la teoría del valor, en las siguientes entregas de esta serie expondré en primer lugar por qué Menger era claramente cardinalista y en segundo lugar como Eugen von Böhm-Bawerk, y de manera más precisa Bondone, demuestran que los precios se pueden explicar enteramente por valoraciones subjetivas, sin recurrir circularmente a precios de mercado o agregados como hace Marshall. Y que estas valoraciones subjetivas tienen una naturaleza cardinal y no ordinal, como afirma Ludwig von Mises. 

Determinar si la naturaleza del valor es ordinal o cardinal no es en absoluto una cuestión menor. Mises criticaba el planteamiento de oferta y demanda de Marshall, pero al desviarse de Menger y Bohm Bawerk y sostener que el valor tiene naturaleza ordinal, su planteamiento no es corroborable, no ofrece una alternativa convincente que mejore la propuesta de Marshall. Nos guste o no, y análogamente a la hipótesis heliocentrista referida anteriormente, desde fuera de la escuela austriaca, la propuesta de Mises se ve en el mejor de los casos como una prometedora hipótesis.

En definitiva, no es lo mismo defender que sólo ordenamos valores afirmando tajantemente que es imposible medirlos, siendo en consecuencia deliberadamente “vago” o “nebuloso” en lo que se refiere a la magnitud de los valores, que defender y conseguir demostrar que la magnitud del valor se puede cuantificar y medir. Tal y como hemos insistido a lo largo de este artículo, cualquier vaguedad o nebulosidad será explotada por el político para tergiversar y manipular.

Serie sobre Carl Menger y Ludwig von Mises

Sobre la medida del valor

Hasta el siglo XVII el consenso científico venía a sostener que el sonido era algo que no se podía medir. Era efímero, era irregular pues se observaban timbres y tonos distintos, eco o sonido reflejado, también era intangible, no se podía guardar para compararlo con otro sonido posteriormente. Sus características como la intensidad, tono y timbre cambian según se mide a más o menos distancia del origen, etc. Aristóteles llegó a apuntar alguna idea como que los sonidos agudos debían viajar más rápido que los graves, pero durante dos mil años apenas hubo ningún experimento, incluso los pocos que intentaban experimentar temían mostrar sus resultados por el riesgo de ser repudiados, ridiculizados o relegados al ostracismo. 

Y sin embargo, en la práctica, los músicos sí que eran capaces de afinar sus instrumentos en el mismo tono, o graduar con razonable precisión la intensidad de su música para provocar emociones en su público. También los guerreros más sigilosos sabían medir cual era el ruido máximo que no debían sobrepasar para poder atacar por sorpresa, o los guanches canarios eran capaces de graduar y modular los silbidos para comunicarse a largas distancias. La teoría, como siempre, estaba muy retrasada a la hora de explicar la realidad.

¿Y por qué a partir del S. XVIII se comienza a contemplar la posibilidad de medir el sonido? ¿Qué es lo que cambia? Pues el gran avance en las matemáticas que supuso el descubrimiento del cálculo infinitesimal a finales del s. XVII (Newton, Leibniz). De repente había fórmulas para densidad, elasticidad, desplazamientos de cuerdas, superposición y propagación, etc. Curiosamente se disponía de un arsenal de ecuaciones pero apenas había resultados empíricos que contrastar. Poco a poco llegaron instrumentos que permitieron experimentar y contrastar hasta llegar al día de hoy donde ya disponemos de unidades de medida para las distintas magnitudes como los decibelios o los hertzios. Existen incluso medidas para la sonoridad (psicoacústica) que tienen en cuenta la subjetividad del oído humano

Las matemáticas ayudaron a demostrar con rigor que el sonido era medible, acabando con todo prejuicio histórico que existía al respecto de la medición del sonido. No es que yo sea un gran fan de las matemáticas para explicar los fundamentos teóricos de la economía, pero no me cabe ninguna duda que si se aplican bien, son una herramienta de corroboración de la teoría extremadamente potente. Por ejemplo, la teoría de Einstein no es lo mismo con o sin fórmulas. Las fórmulas sirven para avanzar desde el estadio de mera hipótesis hacia la corroboración de la teoría, como sucede al aplicarlas a la órbita de Mercurio. 


La cuestión de las matemáticas en teoría económica es relevante porque creo que tenemos una situación similar a la que he expuesto con el sonido. En el caso de la economía, la realidad, el cálculo económico en la práctica, sin duda va también muy por delante de la teoría. La teoría de la que disponemos parece haber establecido ya unos fundamentos sólidos para explicar el fenómeno del valor, cuyo desarrollo más riguroso es el de Carl Menger, pero al que hasta el momento no se le había aplicado con éxito las matemáticas. Jevons lo intentó pero fracasó. El mainstream austriaco actual ni lo pretende pues reniega totalmente de ello, y el resto de desarrollos neoclásicos dan por resuelta teóricamente la cuestión del valor y trabajan directamente con los precios, como las curvas de oferta y demanda de Marshall. Por cierto, sobre la relación de Carl Menger con las matemáticas María Blanco hace unas reflexiones interesantísimas.

Dejando aparte la postura sobre este tema de la corriente mayoritaria actual de la escuela austriaca, en la historia de esta escuela de pensamiento hay diversidad de opiniones sobre la posibilidad de medir el valor. Hasta donde yo llego, el autor que con más ahínco defendió esta posibilidad fue Eugene Bohm Bawerk, en contraposición a un radical desacuerdo posterior por parte de sus alumnos Cuhel y Ludwig Von Mises. El debate que tuvo con varios autores que criticaban su postura de que el valor es medible, y en especial el que mantuvo con su alumno Cuhel, que llevando la contraria a su maestro defendió que el valor se determina ordinalmente, dio lugar a que, afortunadamente para nosotros, Bohm Bawerk diera explicaciones muy detalladas sobre esta cuestión. 

Para dar respuesta a aquellas críticas incorporó un nuevo capítulo “Consideraciones psicológicas suplementarias sobre la teoría del valor” en la tercera edición de Teoría Positiva del Capital. En el apartado II de este nuevo capítulo hace numerosas reflexiones sobre este asunto. No pretendo aquí utilizar a B. Bawerk para incurrir en la falacia de la autoridad, sino destacar un argumento suyo que me parece definitivo y que puede ser corroborado por cada uno de nosotros por mera observación introspectiva. Se trata de la posibilidad de realizar operaciones aritméticas cardinales sobre el valor, aunque sean estimativas y por supuesto sujetas a error como cualquier otra cuantificación.   

Continuando el ejemplo de los caballos de Menger, si por ejemplo alguien nos ofrece adquirir uno de nuestros caballos sin todavía precisar a cambio de qué, nosotros pensaríamos en un valor X con la idea de pedirle al comprador algo más valioso que X a cambio del caballo. Si el comprador antes de ofrecer ningún bien concreto a cambio, y antes de que nosotros digamos nada reformula su oferta y muestra interés por comprar dos caballos, automáticamente pensaríamos en pedir una cantidad mayor que X. La utilidad marginal nos dice que no tiene por qué ser el doble, pues dependerá de la pendiente de la curva de utilidad marginal de nuestros caballos. Los ordinalistas sostendrían que pensaríamos directamente en la significación que representan los dos últimos caballos en bloque, pero para mi es totalmente evidente que podemos hacer el ejercicio mental de sumar el valor de los dos caballos. 

Menger llega a decir que la situación económica es más ventajosa después de que los agentes intercambien e incorporen un bien “cuyo valor es de 40”. Con “más” ventajosa yo interpreto mayor cantidad de valor (riqueza), sea cual sea el valor representado por la cifra “40” en ese momento para cada sujeto, y por tanto cabe la posibilidad de interpretar que está sumando valores cardinalmente.

La posibilidad de sumar es crucial, porque en el ámbito de lo ordinal no existe la suma aritmética cardinal. Ni exacta ni tampoco aproximada, sencillamente no existe.  Existe la unión de conjuntos ordenados, que aunque se pueda llamar “suma” no tiene nada que ver con la suma cardinal. Yo sostengo que podemos hacer una suma cardinal del valor de los caballos, sin importar que sea más o menos exacta. 

Tampoco tiene sentido la “divisibilidad ordinal”. Si tenemos dos elementos de un conjunto ordenado “primero y segundo” y añadimos un elemento más cuyo orden esté entre el primer elemento y el segundo, no sería el elemento “primero y medio”. Lo que haremos en todo caso es reordenar y tendremos “primero, segundo y tercero”. Tampoco cabe hallar diferencias (restar) entre un número de elementos muy pequeños de distintos conjuntos o subconjuntos. Primero porque al calcular diferencias en el número de elementos de distintos conjuntos estamos cuantificando los elementos de cada conjunto y por tanto haciendo una resta aritmética cardinal, es decir, cuantificamos, no ordenamos, y segundo porque el concepto de “elemento muy pequeño” ya implica haber cuantificado previamente la magnitud cardinal de cada elemento. Ordinal tiene que ver sólo con ordenar, no con cuantificar.

He tomado el ejemplo de los caballos de Menger, pero tampoco pretendo afirmar que Menger fuera cardinalista. Sumar los números que utiliza Menger a efectos ilustrativos puede implicar sucumbir a la falacia de la analogía de la cantidad descrita por Henry Phelps, es decir, sumar números que no son sumables, por eso Cuhel proponía ilustrar la graduación de valores con letras (a,b,c,d), para impedir interpretaciones falaces, según él, de la explicación del valor subjetivo. 

Menger no se pronuncia expresamente sobre si su visión es ordinal o cardinal. En muchos pasajes habla de magnitudes, de medir y cuantificar el valor, pero en otros habla de preferir satisfacer unas necesidades sobre otras, sobre todo en los ejemplos de su famosa tabla.  Hayek, en su introducción de una de las ediciones de Principios de Economía Política, califica claramente a Menger como ordinalista, si bien reconoce la existencia de pasajes cardinalistas. Yo me inclino por calificar a Menger como cardinalista, al igual que Ivan Moscati, aunque él matiza que es cardinalista en sentido clásico. Pero insisto, es mi interpretación y asumo el riesgo de poder estar cayendo en la falacia de la analogía de la cantidad.

Por tanto, el ejemplo de sumar el valor de los dos caballos es, lógicamente, una interpretación mía utilizando los argumentos de otros. Esencialmente los de Carlos Bondone, y también he traído aquí el argumento de Bohm Bawerk sobre la suma cardinal de los valores, que a mi modo de ver es totalmente definitivo.

Pero no cantemos victoria aún. Cuantificar cardinalmente no es sinónimo de medir. Para hablar de medición además tenemos que tener una unidad mínima que pueda servir para expresar cuántas veces está contenida esa unidad en las demás. En ese aspecto el planteamiento de Bondone que torpemente pretendo exponer aquí, tiene un carácter exclusivamente teórico, fundamentado en la ley de utilidad marginal decreciente, o lo que es lo mismo que las distintas unidades de los bienes tienen valores distintos, relativos entre sí, decrecientes y cuantificables.

Este modelo teórico propone que el valor es medible de forma relativa utilizando la unidad marginal como unidad de medida de todas las demás. En el caso de los caballos, el último que “vale” 10 sería la unidad de medida del valor de los demás caballos. Pero 10 no es ningún valor que exista en la práctica sino una simple representación del valor mínimo, que podríamos representar igualmente como 1 o como 100, pero la magnitud de ese valor mínimo la decidiría en la práctica el sujeto que valora y en cada valoración ese “10” representaría una magnitud distinta.  

La unidad de medida del valor ha de estar necesariamente condicionada por la naturaleza del valor. Y dado que el valor tiene origen en el sujeto, solo puede ser él quien determine la unidad de medida en cada caso. No puede estar en los bienes. Esto implica que la unidad de medida no es constante de una valoración a otra. Se crea en cada valoración al asignar una magnitud a la unidad marginal y es distinta para cada acto de valoración.

De todo lo anterior de ninguna manera se ha de concluir que estemos continuamente valorando, y esto es así ya sea el modelo cardinal, ordinal o mediopensionista. No  estamos cuantificando valores y determinando unidades de medida continuamente. Eso sería imposible o como mínimo absolutamente agotador, no haríamos otra cosa en nuestras vidas. Insisto, todo esto es un modelo teórico para dar una explicación del valor. 

Esto lo razona muy bien Bohm Bawerk diciendo que somos muy eficientes a la hora de valorar. Por un lado no nos paramos en cada paso concreto representado en el modelo de valoración. Y vuelvo a insistir, el modelo es una abstracción teórica que explica lo esencial de la realidad práctica, no es lo que hacemos en la realidad práctica tal cual. La valoración práctica y real funcionaría, nos explica Bohm Bawerk, de forma tácita y similar a un pianista que no se para a pensar cada tecla que tiene que tocar, y además se haría solo cuando resulte necesario hacerla, en absoluto continuamente, y se hace con la precisión y exhaustividad que consideremos necesaria en cada caso. No es igual la valoración que hace una empresa que opera con enormes volúmenes y márgenes muy estrechos, que la valoración que hacemos al comprar un paquete de chicles. Es decir, también economizamos el propio proceso de valoración.  
El siguiente paso es  más complicado e implicaría extenderme demasiado, pero resumidamente se trata de que aparte de usar una unidad relativa “interna” para cada bien económico, en la medición trabajamos además con las relaciones de valor de unos bienes con respecto a otros. La medición del valor es un proceso doblemente relativo. Para los lectores que estén interesados en profundizar en el planteamiento de Bondone, este es el enlace a su trabajo.

Sobre la medida del valor

Hasta el siglo XVII el consenso científico venía a sostener que el sonido era algo que no se podía medir. Era efímero, era irregular pues se observaban timbres y tonos distintos, eco o sonido reflejado, también era intangible, no se podía guardar para compararlo con otro sonido posteriormente. Sus características como la intensidad, tono y timbre cambian según se mide a más o menos distancia del origen, etc. Aristóteles llegó a apuntar alguna idea como que los sonidos agudos debían viajar más rápido que los graves, pero durante dos mil años apenas hubo ningún experimento, incluso los pocos que intentaban experimentar temían mostrar sus resultados por el riesgo de ser repudiados, ridiculizados o relegados al ostracismo. 

Y sin embargo, en la práctica, los músicos sí que eran capaces de afinar sus instrumentos en el mismo tono, o graduar con razonable precisión la intensidad de su música para provocar emociones en su público. También los guerreros más sigilosos sabían medir cual era el ruido máximo que no debían sobrepasar para poder atacar por sorpresa, o los guanches canarios eran capaces de graduar y modular los silbidos para comunicarse a largas distancias. La teoría, como siempre, estaba muy retrasada a la hora de explicar la realidad.

¿Y por qué a partir del S. XVIII se comienza a contemplar la posibilidad de medir el sonido? ¿Qué es lo que cambia? Pues el gran avance en las matemáticas que supuso el descubrimiento del cálculo infinitesimal a finales del s. XVII (Newton, Leibniz). De repente había fórmulas para densidad, elasticidad, desplazamientos de cuerdas, superposición y propagación, etc. Curiosamente se disponía de un arsenal de ecuaciones pero apenas había resultados empíricos que contrastar. Poco a poco llegaron instrumentos que permitieron experimentar y contrastar hasta llegar al día de hoy donde ya disponemos de unidades de medida para las distintas magnitudes como los decibelios o los hertzios. Existen incluso medidas para la sonoridad (psicoacústica) que tienen en cuenta la subjetividad del oído humano

Las matemáticas ayudaron a demostrar con rigor que el sonido era medible, acabando con todo prejuicio histórico que existía al respecto de la medición del sonido. No es que yo sea un gran fan de las matemáticas para explicar los fundamentos teóricos de la economía, pero no me cabe ninguna duda que si se aplican bien, son una herramienta de corroboración de la teoría extremadamente potente. Por ejemplo, la teoría de Einstein no es lo mismo con o sin fórmulas. Las fórmulas sirven para avanzar desde el estadio de mera hipótesis hacia la corroboración de la teoría, como sucede al aplicarlas a la órbita de Mercurio. 

La cuestión de las matemáticas en teoría económica es relevante porque creo que tenemos una situación similar a la que he expuesto con el sonido. En el caso de la economía, la realidad, el cálculo económico en la práctica, sin duda va también muy por delante de la teoría. La teoría de la que disponemos parece haber establecido ya unos fundamentos sólidos para explicar el fenómeno del valor, cuyo desarrollo más riguroso es el de Carl Menger, pero al que hasta el momento no se le había aplicado con éxito las matemáticas. Jevons lo intentó pero fracasó. El mainstream austriaco actual ni lo pretende pues reniega totalmente de ello, y el resto de desarrollos neoclásicos dan por resuelta teóricamente la cuestión del valor y trabajan directamente con los precios, como las curvas de oferta y demanda de Marshall. Por cierto, sobre la relación de Carl Menger con las matemáticas María Blanco hace unas reflexiones interesantísimas.

Dejando aparte la postura sobre este tema de la corriente mayoritaria actual de la escuela austriaca, en la historia de esta escuela de pensamiento hay diversidad de opiniones sobre la posibilidad de medir el valor. Hasta donde yo llego, el autor que con más ahínco defendió esta posibilidad fue Eugene Bohm Bawerk, en contraposición a un radical desacuerdo posterior por parte de sus alumnos Cuhel y Ludwig Von Mises. El debate que tuvo con varios autores que criticaban su postura de que el valor es medible, y en especial el que mantuvo con su alumno Cuhel, que llevando la contraria a su maestro defendió que el valor se determina ordinalmente, dio lugar a que, afortunadamente para nosotros, Bohm Bawerk diera explicaciones muy detalladas sobre esta cuestión. 

Para dar respuesta a aquellas críticas incorporó un nuevo capítulo “Consideraciones psicológicas suplementarias sobre la teoría del valor” en la tercera edición de Teoría Positiva del Capital. En el apartado II de este nuevo capítulo hace numerosas reflexiones sobre este asunto. No pretendo aquí utilizar a B. Bawerk para incurrir en la falacia de la autoridad, sino destacar un argumento suyo que me parece definitivo y que puede ser corroborado por cada uno de nosotros por mera observación introspectiva. Se trata de la posibilidad de realizar operaciones aritméticas cardinales sobre el valor, aunque sean estimativas y por supuesto sujetas a error como cualquier otra cuantificación.   

Continuando el ejemplo de los caballos de Menger, si por ejemplo alguien nos ofrece adquirir uno de nuestros caballos sin todavía precisar a cambio de qué, nosotros pensaríamos en un valor X con la idea de pedirle al comprador algo más valioso que X a cambio del caballo. Si el comprador antes de ofrecer ningún bien concreto a cambio, y antes de que nosotros digamos nada reformula su oferta y muestra interés por comprar dos caballos, automáticamente pensaríamos en pedir una cantidad mayor que X. La utilidad marginal nos dice que no tiene por qué ser el doble, pues dependerá de la pendiente de la curva de utilidad marginal de nuestros caballos. Los ordinalistas sostendrían que pensaríamos directamente en la significación que representan los dos últimos caballos en bloque, pero para mi es totalmente evidente que podemos hacer el ejercicio mental de sumar el valor de los dos caballos. 

Menger llega a decir que la situación económica es más ventajosa después de que los agentes intercambien e incorporen un bien “cuyo valor es de 40”. Con “más” ventajosa yo interpreto mayor cantidad de valor (riqueza), sea cual sea el valor representado por la cifra “40” en ese momento para cada sujeto, y por tanto cabe la posibilidad de interpretar que está sumando valores cardinalmente.

La posibilidad de sumar es crucial, porque en el ámbito de lo ordinal no existe la suma aritmética cardinal. Ni exacta ni tampoco aproximada, sencillamente no existe.  Existe la unión de conjuntos ordenados, que aunque se pueda llamar “suma” no tiene nada que ver con la suma cardinal. Yo sostengo que podemos hacer una suma cardinal del valor de los caballos, sin importar que sea más o menos exacta. 

Tampoco tiene sentido la “divisibilidad ordinal”. Si tenemos dos elementos de un conjunto ordenado “primero y segundo” y añadimos un elemento más cuyo orden esté entre el primer elemento y el segundo, no sería el elemento “primero y medio”. Lo que haremos en todo caso es reordenar y tendremos “primero, segundo y tercero”. Tampoco cabe hallar diferencias (restar) entre un número de elementos muy pequeños de distintos conjuntos o subconjuntos. Primero porque al calcular diferencias en el número de elementos de distintos conjuntos estamos cuantificando los elementos de cada conjunto y por tanto haciendo una resta aritmética cardinal, es decir, cuantificamos, no ordenamos, y segundo porque el concepto de “elemento muy pequeño” ya implica haber cuantificado previamente la magnitud cardinal de cada elemento. Ordinal tiene que ver sólo con ordenar, no con cuantificar.

He tomado el ejemplo de los caballos de Menger, pero tampoco pretendo afirmar que Menger fuera cardinalista. Sumar los números que utiliza Menger a efectos ilustrativos puede implicar sucumbir a la falacia de la analogía de la cantidad descrita por Henry Phelps, es decir, sumar números que no son sumables, por eso Cuhel proponía ilustrar la graduación de valores con letras (a,b,c,d), para impedir interpretaciones falaces, según él, de la explicación del valor subjetivo. 

Menger no se pronuncia expresamente sobre si su visión es ordinal o cardinal. En muchos pasajes habla de magnitudes, de medir y cuantificar el valor, pero en otros habla de preferir satisfacer unas necesidades sobre otras, sobre todo en los ejemplos de su famosa tabla.  Hayek, en su introducción de una de las ediciones de Principios de Economía Política, califica claramente a Menger como ordinalista, si bien reconoce la existencia de pasajes cardinalistas. Yo me inclino por calificar a Menger como cardinalista, al igual que Ivan Moscati, aunque él matiza que es cardinalista en sentido clásico. Pero insisto, es mi interpretación y asumo el riesgo de poder estar cayendo en la falacia de la analogía de la cantidad.

Por tanto, el ejemplo de sumar el valor de los dos caballos es, lógicamente, una interpretación mía utilizando los argumentos de otros. Esencialmente los de Carlos Bondone, y también he traído aquí el argumento de Bohm Bawerk sobre la suma cardinal de los valores, que a mi modo de ver es totalmente definitivo.

Pero no cantemos victoria aún. Cuantificar cardinalmente no es sinónimo de medir. Para hablar de medición además tenemos que tener una unidad mínima que pueda servir para expresar cuántas veces está contenida esa unidad en las demás. En ese aspecto el planteamiento de Bondone que torpemente pretendo exponer aquí, tiene un carácter exclusivamente teórico, fundamentado en la ley de utilidad marginal decreciente, o lo que es lo mismo que las distintas unidades de los bienes tienen valores distintos, relativos entre sí, decrecientes y cuantificables.

Este modelo teórico propone que el valor es medible de forma relativa utilizando la unidad marginal como unidad de medida de todas las demás. En el caso de los caballos, el último que “vale” 10 sería la unidad de medida del valor de los demás caballos. Pero 10 no es ningún valor que exista en la práctica sino una simple representación del valor mínimo, que podríamos representar igualmente como 1 o como 100, pero la magnitud de ese valor mínimo la decidiría en la práctica el sujeto que valora y en cada valoración ese “10” representaría una magnitud distinta.  

La unidad de medida del valor ha de estar necesariamente condicionada por la naturaleza del valor. Y dado que el valor tiene origen en el sujeto, solo puede ser él quien determine la unidad de medida en cada caso. No puede estar en los bienes. Esto implica que la unidad de medida no es constante de una valoración a otra. Se crea en cada valoración al asignar una magnitud a la unidad marginal y es distinta para cada acto de valoración.

De todo lo anterior de ninguna manera se ha de concluir que estemos continuamente valorando, y esto es así ya sea el modelo cardinal, ordinal o mediopensionista. No  estamos cuantificando valores y determinando unidades de medida continuamente. Eso sería imposible o como mínimo absolutamente agotador, no haríamos otra cosa en nuestras vidas. Insisto, todo esto es un modelo teórico para dar una explicación del valor. 

Esto lo razona muy bien Bohm Bawerk diciendo que somos muy eficientes a la hora de valorar. Por un lado no nos paramos en cada paso concreto representado en el modelo de valoración. Y vuelvo a insistir, el modelo es una abstracción teórica que explica lo esencial de la realidad práctica, no es lo que hacemos en la realidad práctica tal cual. La valoración práctica y real funcionaría, nos explica Bohm Bawerk, de forma tácita y similar a un pianista que no se para a pensar cada tecla que tiene que tocar, y además se haría solo cuando resulte necesario hacerla, en absoluto continuamente, y se hace con la precisión y exhaustividad que consideremos necesaria en cada caso. No es igual la valoración que hace una empresa que opera con enormes volúmenes y márgenes muy estrechos, que la valoración que hacemos al comprar un paquete de chicles. Es decir, también economizamos el propio proceso de valoración.  

El siguiente paso es  más complicado e implicaría extenderme demasiado, pero resumidamente se trata de que aparte de usar una unidad relativa “interna” para cada bien económico, en la medición trabajamos además con las relaciones de valor de unos bienes con respecto a otros. La medición del valor es un proceso doblemente relativo. Para los lectores que estén interesados en profundizar en el planteamiento de Bondone, este es el enlace a su trabajo.

Breve comentario sobre Las leyes de la economía, de Dani Rodrik

Si ha tenido la ocasión de leer varios de mis artículos mensuales en este blog, habrá podido comprobar que la mayoría de ellos los dedico a hablar sobre metodología de la economía. El artículo de hoy no va a ser menos y, de nuevo, versará sobre metodología económica. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en hacer una escueta revisión al libro del economista de Harvard Dani Rodrik, titulado Las leyes de la economía: aciertos y errores de una ciencia en entredicho (2016). Antes de continuar, me gustaría señalar que el libro original fue publicado en 2015 bajo el nombre de Economics Rules. Empero, yo citaré la traducción española de 2016, puesto que es la que he leído. Dicho esto, procedamos con el análisis. 

Las leyes de la economía 

Si tuviera que señalar la tesis principal en el libro de Rodrik, diría que es el énfasis en la idea de que la economía se explica con una inmensa pluralidad de modelos y no con un único modelo o teoría universal. Además, estos modelos deben ser lo más realistas posible, al menos, en lo que Rodrik llama los supuestos críticos. Estos son elementos que, de ser eliminados o alterados, cambiarían drásticamente el resultado del modelo. 

Rodrik es muy crítico con la aspiración habitual de la política económica clásica a conseguir teorías económicas universales que sean capaces de explicar todos los fenómenos económicos. El autor demuestra que la excesiva confianza en una única teoría general ha llevado a muchos economistas a desligarse de la realidad y a no conocer los fenómenos que realmente ocurren en la economía. Esto se debe a que: “No podemos buscar en las ciencias económicas las explicaciones o prescripciones universales que se aplican independientemente del contexto; las posibilidades de la vida social son demasiado diversas para caber a presión en marcos teóricos únicos” (Rodrik 2016, 21). Según Rodrik, a diferencia de las ciencias naturales: “La economía es una ciencia social, y la sociedad no tiene leyes fundamentales, al menos no de la misma clase que la naturaleza” (Rodrik 2016, 57). Por tanto, lo lógico es limitarse a construir modelos que expliquen la cadena de causalidad en un determinado contexto y situación, siendo mucho más concretos y aplicados. 

Además, dada la excesiva complejidad del mundo social, que es la que nos impide obtener leyes universales, la economía necesita modelos simples. Cada modelo deriva de una especie de experimento mental, donde tienen que aislarse determinados fenómenos bajo el supuesto ceteris paribus. De esta manera, se pueden controlar ciertos sucesos y así comprobar cuál es la cadena de causalidad en la regularidad observada. Esto es precisamente lo que hacen en ciencias naturales con sus experimentos controlados. El riesgo que tiene diseñar modelos complejos es que no nos permitan identificar la regularidad relevante que queremos observar y, en lugar de arrojar luz sobre algo, nos dificulten el entendimiento de los procesos económicos. 

Estas dos ideas, la de simplicidad y el uso de modelos, serían los puntos principales del libro de Rodrik. Hay muchas más y todas se encuentran mucho más detalladas y desarrolladas de lo que acabo de exponer. Evidentemente, él lo expone en un libro y yo tengo que hacerlo en un artículo. Aun así, espero haberlas expuesto de manera clara y fiel a lo que dice el autor originalmente.

Dicho esto, al igual que he resumido los argumentos de Rodrik, también resumiré mi opinión sobre la tesis que él plantea en el libro. De manera general, creo muy acertado el énfasis que pone en la necesidad de los modelos como teorías contingentes, debido al evidente abismo que hay entre las teorías universales y la realidad. La teoría contingente es fundamental para la ciencia económica. Sin embargo, creo que no se puede rechazar la existencia de leyes fundamentales en economía. Del mismo modo, tampoco creo que la construcción de modelos más complejos sea incompatible con la simplicidad que reclama Rodrik. Desarrollemos esto un poco más.

Leyes universales en economía 

Decir que las leyes universales no existen en economía sería remontarnos al argumento historicista durante el Methodenstreit. Por ello, a cualquier economista austriaco, en especial, no debería sonarle bien esta negación de las teorías universales. Como ya he comentado en otros artículos, la escuela austriaca nace en defensa de la existencia de leyes universales en economía en contra del historicismo alemán, siendo esto algo que la caracteriza. La propia afirmación que desde la ciencia económica o, si se quiere, metodología de la economía (pero seguimos en el terreno económico), se hace sobre la no universalidad de las leyes económicas es o, al menos pretende ser, universal. Es decir, el argumento de Rodrik sobre la no universalidad de la teoría en economía es en sí mismo universal, a ser aplicable a cualquier proposición económica. Esta aparente contradicción lógica demuestra que las leyes universales existen, también en economía. 

La praxeología, por ejemplo, es una forma muy lógica de demostrar la existencia de teoría universal (Mises 1998). No obstante, las leyes praxeológicas por sí mismas no permiten comprender la realidad en toda su complejidad y riqueza. Esto es porque, justamente, cualquier matiz que se añade a una teoría universal para que se corresponda con la realidad da lugar a una teoría contingente (Selgin 1990). 

Tanto las teorías universales como contingentes son necesarias en economía. Lo más habitual es que manejemos teorías contingentes o modelos, pues son las que se aplican a la realidad. Sin embargo, estos modelos deben basarse en teorías universales para evitar contradicciones lógicas severas que puedan explicar erróneamente los fenómenos reales. ¿Qué pasaría si asumiéramos que los seres humanos no somos racionalmente limitados? ¿y si no respetáramos la ley de preferencial temporal? Las proposiciones universales deben estar siempre detrás de cualquier modelo económico. 

 Como ya escribí en otra ocasión, la mejor forma de comprender esta relación entre teoría universal y contingente es a través del método de Carl Menger (1985). En él se puede entender la debida importancia de las proposiciones universales y necesarias a través de la orientación exacta y, también, cómo estas sustentan a las contingentes, o lo que llamamos modelos, dentro de la orientación empírico-realista. 

El error de Rodrik, en este caso, es centrarse exclusivamente en los modelos. Le ocurre lo mismo que a los que se centran exclusivamente en leyes universales como la praxeología, creyendo que esta, por sí sola, puede explicar todos y cada uno de los fenómenos económicos. Lejos de ambas posturas, considero que lo más prudente es reconocer el importante papel que ambos, teorías universales y modelos, desempeñan en la explicación económica. 

Simplicidad, simpleza y complejidad

La simplicidad de la teoría es otro de los puntos que remarca Rodrik. Si bien tiene razón al señalar que un modelo complejo no sirve de mucho si no nos permite comprender una regularidad de forma clara o simple, creo que su apuesta por la simplicidad puede conducir a la simpleza. 

Si no recuerdo mal, el propio autor pretende diferenciar entre lo simple o sencillo y lo simplista. Lo simplista, por supuesto, está equivocado. Pero, lo simple o sencillo es fundamental para la ciencia, como el propio principio de la navaja de Ockham indica. Actualmente, los modelos complejos, usualmente computacionales como los agent-based models (ABMs), permiten manejar la complejidad del mundo y extraer conclusiones sencillas y claras. Al contrario, los modelos tradicionales más simples, que dependen de matemática algebraica, caen en errores como la idea de equilibrio, con tal de simplificar la realidad (Arthur 2021). Si Rodrik apuesta por modelos tradicionales que usen matemática algebraica, ha de saber que estará asumiendo supuestos como la idea de equilibrio, que se han demostrado irrealistas desde el enfoque de complejidad. En ese sentido, sí creo que la nueva teoría de complejidad permita conocer el mundo de forma más realista y sencilla, cosa de la que Rodrik parece dudar. En este caso, yo lo animaría a probar ABMs.  

Aplicabilidad y expansión horizontal de la ciencia

En último lugar, me gustaría destacar positivamente dos ideas que Rodrik resalta en el libro y que considero muy importantes. En este caso, no las voy a criticar sino a destacar. La primera de ellas es su apuesta por la aplicabilidad de los modelos en lugar de su verificabilidad. Es decir, no hay modelos incorrectos sino que cada uno explica una determinada circunstancia. La cuestión es, por tanto, saber escoger el modelo que hay que aplicar. Esto deriva de la segunda idea: En contra de perspectivas tradicionales en la filosofía de la ciencia, la economía no avanza de manera vertical, reemplazando unos modelos por otros, sino de forma horizontal, multiplicando modelos, añadiendo unas explicaciones a otras. Ambas ideas están relacionadas, pues si no se verifican y rechazan los modelos, estos se acumulan y, si se piensa que los modelos se acumulan, uno no puede proceder a verificar uno. 

Como también he señalado en otro artículo, el gran problema del positivismo, desde mi punto de vista, es el verificacionismo. Por tanto, considero esta idea de Rodrik fundamental como alternativa al verificacionismo o falsacionismo más extendido dentro de la ciencia. Esta es una de las ideas más buenas y contundentes del libro. A cualquier economista austriaco debe resultarle atractiva cuanto menos.  

El lenguaje económico (V): La biología

Un campo muy fértil en el empleo de metáforas y analogías económicas es el de las ciencias naturales y la biología. Se dice, por ejemplo, que «la economía se parece más a un sistema biológico que a una máquina» (Pino, 2020); los consumidores se defienden de los «virus» informáticos; se dice que el capitalismo laissez-faire es la «ley de la selva» o que en el ámbito mercantil «el pez grande se come al pez chico»; que cierta industria es el «músculo» económico del país o que en cierta región el paro es «endémico»; en el marketing se oye decir que cierto mercado (como la fruta) está «maduro» o que los productos tienen un «ciclo de vida» (Porter, 2009: 206; Kotler y Armstrong, 2003: 337): nacen, crecen, alcanzan la madurez y mueren. La lista de tropos es interminable, algunos resultan inocuos, pero otros forman parte de una retórica perversa que no facilita el análisis racional de los problemas; algo que el profesor Rodríguez Braun llama —también metafóricamente— lenguaje «envenenado».

Cuerpo, salud y enfermedad

Es frecuente hablar del «cuerpo» social como sinónimo de sociedad. Por ejemplo, el famoso Leviatán (1651) de Hobbes muestra un dibujo alegórico del soberano: un gigante portando corona, cetro y espada cuyo cuerpo está formado por minúsculos individuos o súbditos. La «mano invisible», que acuñara Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), es probablemente la metáfora corporal más conocida. En el ámbito académico se llama «corpus» (cuerpo) al conjunto de datos y textos relativos a una disciplina.  El médico y economista francés François Quesnay (1694-1774), fundador de la Escuela fisiocrática, decía que el dinero en la economía era como la sangre en el cuerpo humano. Y si admitimos que la sociedad o la economía son como un cuerpo biológico, resulta inevitable pensar que éste puede estar «enfermo» y que, cual médico, «el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). Los apóstoles de Keynes afirman que una economía «debilitada» se puede fortalecer con las «vitaminas» que le administra el gobierno en forma de inflación. Un buen ejemplo de «estímulo» económico fue el ruinoso Plan E: la pócima keynesiana del gobierno de Zapatero, cuyo resultado fue rematar al enfermo. Por su parte, los austriacos dicen que la inflación es un «cáncer» y los sindicalistas afirman que la retirada de ayudas gubernamentales a ciertos sectores —siderurgia, automovilístico— debilita el «músculo» industrial o el «tejido» empresarial.

La ley de la selva

En la naturaleza los animales viven en libertad. El depredador situado en un escalón superior de la cadena trófica se alimenta del animal situado en otro inferior. El primero solo puede sobrevivir a expensas del segundo, dicho coloquialmente: el pez grande se come al pez chico. Cuando se afirma que el capitalismo laissez-faire es la «ley de la selva» se producen varias y desafortunadas analogías. Se piensa que las empresas actúan como los peces, por ejemplo, que el gran distribuidor comercial se «come» al pequeño comercio; o que los empresarios se «alimentan» (explotan) de sus empleados, sustrayéndoles la mítica plusvalía. Surgen múltiples metáforas que llevan asociada una condena moral: los especuladores financieros son «tiburones» y los fondos de inversión (capital riesgo) especializados en la compra de activos muy depreciados son «buitres».

Estos tropos biológicos aplicados a la economía carecen de sentido desde cuatro ópticas: A) Biológica: La cadena trófica o alimentaria forma parte del funcionamiento natural de cualquier ecosistema. No hay animales «buenos» y «malos». Los tiburones, lobos, hienas y buitres —vistos por el público con antipatía— no son ni mejores ni peores que el resto de animales. B) Moral: La conducta animal es instintiva. Sólo la «acción humana es intrínsecamente moral, está referida al orden moral» (Ayuso, 2015). C) Institucional: En la selva no hay instituciones —derecho, comercio, justicia, seguridad— que resuelvan los intereses antagónicos entre las especies. En el libre mercado, en cambio, la conducta humana queda sometida a los principios generales del derecho: buena fe, honradez, veracidad, lealtad, etc. Y como los hombres no son ángeles, la ley sanciona a los infractores. D) Económica: En la naturaleza, las relaciones entre especies (con excepción de la simbiosis) son de tipo «suma cero»: unos ganan a expensas de otros. En el mercado, quienes intercambian obtienen un beneficio mutuo.

Tampoco los darwinistas sociales aciertan al afirmar que la sociedad es una «lucha» por la supervivencia entre los más aptos frente a los menos aptos, una pugna entre ricos y pobres, entre patronos y empleados o más últimamente, entre sexos. «El concepto de lucha por la existencia, que Darwin tomó de Malthus sirviéndose de él en la formulación de su teoría, ha de entenderse en un sentido metafórico» (Mises, 2011: 210). En definitiva, no hay nada «salvaje» en el sistema capitalista. En el mercado no se libra una lucha a muerte por la supervivencia, sino la pacífica cooperación a través de la división del trabajo (Mises, 2011: 174):

Los dos hechos fundamentales que originan la cooperación, la so­ciedad y la civilización, transformando al animal hombre en ser hu­mano, son, de un lado, el que la labor realizada bajo el signo de la división del trabajo resulta más fecunda que la practicada bajo un régimen de aislamiento y, de otro, el que la inteligencia humana es capaz de reconocer esta verdad.

Fondos buitre

Se llama —peyorativamente— fondo «buitre» a un específico tipo de inversor especializado en la compra de activos muy depreciados y de alto riesgo: deuda pública de gobiernos poco solventes, empresas en quiebra, hipotecas de difícil cobro, etc. Al igual que los buitres se alimentan de lo que otros animales desechan —carroña—, los fondos «buitre» asumen los trabajados y riesgos que la mayoría de inversores elude. Su labor, lejos de ser censurable, cumple una función económica de gran importancia. Primero, respecto de los gobiernos, estos inversores no caen en la trampa de ceder ante las «reestructuraciones» de deuda y quitas, chantaje político cuya finalidad es obtener coactivamente un descuento. Un gobierno tiene poder absoluto para coaccionar y confiscar la propiedad privada, pero sólo en su ámbito soberano. Los fondos de capital riesgo, afortunadamente, acuden a la justicia privada internacional para obligar a los gobiernos a honrar sus pactos: Pacta sunt servanda. Sin ir más lejos, el gobierno de España acumula 42 arbitrajes internacionales que reclaman 15.000 millones de euros por lucro cesante (recorte de las subvenciones en la producción de energía renovable). Con respecto a las empresas, los fondos «buitre» compran compañías quebradas y las reflotan para luego venderlas. Esto no es distinto a comprar una casa en ruinas, reformarla y venderla a un precio superior. Los vendedores de los activos depreciados, por su parte, aceptan las ofertas (supuestamente abusivas) porque claramente les beneficia. Si los fondos buitre no existieran se produciría un mayor consumo de capital. Algo parecido podríamos decir de los «tiburones» financieros, esos míticos villanos cinematográficos que especulan en bolsa e intrigan para hacer caer la cotización de un activo mediante posiciones «cortas» ­—mal llamadas «bajistas»­— (Lacalle, 2013). La realidad muy distinta: los inversores toman decisiones basadas en un riguroso análisis de la situación de cada empresa, del sector y la competencia. Por tanto, resulta maniqueo dividir metafóricamente a los inversores en «ángeles» (business angels) y «tiburones» cuando todos buscan un mismo fin: obtener beneficios de su actividad especulativa. Los especuladores, en búsqueda de lucro, de forma no intencionada, provocan un «mejor» —más aproximado a la realidad­— ajuste en el precio de las acciones. Sólo tras un reflexivo análisis praxeológico puede el economista advertir la importante función social de los míticos «tiburones» y «buitres» económicos.


Desempleo endémico

Un endemismo es una especie —vegetal o animal— que habita en un área única y limitada. Cuando se dice, por ejemplo, que en España o en Grecia el desempleo es «endémico» podemos cometer el error de olvidar que el paro es un fenómeno institucional. El desempleo nada tiene que ver con la biología, la latitud o el clima, sino que es consecuencia exclusiva del intervencionismo. La legislación laboral es la principal causante del paro, pero otras regulaciones —comercial, industrial, turística, urbanística— reducen artificialmente el número de empresas, autónomos y empleados. En una economía no interferida por el gobierno, «para encontrar trabajo, el inte­resado, o reduce sus exigencias salariales, o cambia de ocupación, o varía el lugar de trabajo» (Mises, 2011: 708). No es endémico el desempleo, lo único que es habitual y permanente es la obsesión regulatoria de las autoridades.

Bibliografía

Ayuso, M. (2015): «El Estado como sujeto inmoral». Recuperado de:

<https://www.youtube.com/watch?v=hQJYQIoNOV0>

Kotler, P. y Armstrong, G. (2003): Fundamentos de marketing. México: Pearson.

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados. Barcelona: Deusto (Kindle).

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Pino, F. del (2020): «El confinamiento como experimento totalitario». Recuperado de: https://www.fpcs.es/el-confinamiento-como-experimento-totalitario/

Porter, M. (2009). Estrategia competitiva. Madrid: Pirámide.

Rodríguez Braun, C. (2002): «Nuestro lenguaje envenenado. La retórica de la economía». Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=dNR3FHlTwtw

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006): Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).

Serie El lenguaje económico

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (IV): La física

La influencia de la física en el lenguaje económico forma parte de un fenómeno universal, a saber, el ascendiente de la racionalidad científico-tecnológica en todos los ámbitos del saber. Este hecho «tiene sus raíces en el pensamiento de Descartes y de Bacon, así como en el éxito espectacular de la física newtoniana, y se desarrolló a través de la mentalidad ilustrada y positivista» (Marcos, 2010: 67). El enorme prestigio de la física creció en los siglos XIX y XX, siendo considerada la ciencia por excelencia debido a su elevada capacidad predictiva. Thomas Khun (2006: 314) advirtió: «La potencia de una ciencia parece aumentar con el número de generalizaciones simbólicas que quienes las practican tienen a su disposición». Los científicos sociales, encandilados por la física, emularon su método sin percatarse que resultaba inadmisible reclamar algo que estaba fuera de su alcance: la predicción cuantitativa. Dicho en román paladino: «No se puede pedir peras al olmo». Los más conspicuos científicos sociales fueron abducidos por el positivismo: en el derecho, Kelsen; en la psicología, Skinner; y en la sociología, Durkheim (2001: 77):

“[La ciencia] Estudia el calor al través de las variaciones de volumen que producen en los cuerpos los cambios de temperatura, la electricidad a través de sus fenómenos físico-químicos, la fuerza a través del movimiento. ¿Por qué ha de ser una excepción la solidaridad social?”.

Los economistas tampoco escaparon a este influjo y pronto comenzaron a utilizar los términos de la física y la mecánica: aceleración, centro de gravedad, ciclo, densidad, equilibrio, fuerza, inercia, masa, velocidad, etc. Todos ellos fueron empleados para acuñar fenómenos sociales. Eminentes economistas definen al mercado como un «mecanismo» a través del cual compradores y vendedores interactúan o que «los precios son la rueda que equilibra el mecanismo del mercado» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 26). Algunos de estos deslizamientos lingüísticos resultan inocuos, pero otros son confusos, falaces y funestos.

1. Capacidad de carga

Los medios de transporte —camión, barco, avión, ascensor, etc.— tienen limitaciones técnicas que son especificadas por los fabricantes. A su vez, los gobiernos fijan límites máximos —peso, viajeros— para cada categoría de vehículos. Un territorio, sin embargo, no tienen límites en cuanto al número de residentes que pueda albergar. Por ejemplo, la isla canaria de La Palma (708 km2) y Singapur (721 km2) tienen una superficie parecida, pero la segunda (censo: 5,7 millones) está 68 veces más poblada que la primera (censo: 84.000). Es un error deslizar el concepto y el término «capacidad de carga» desde el ámbito industrial al social. Se habla incorrectamente de la «capacidad de carga» de un destino turístico y del «exceso» de turistas, hoteles o vehículos que debe soportar. Fijar topes al crecimiento o al consumo es un acto arbitrario, basado en prejuicios, avalado por informes espurios y cuyo nefasto resultado es el intervencionismo económico, urbanístico y medioambiental. En última instancia, retrasa el progreso y reduce la calidad de vida de los habitantes. Por ejemplo, se imponen moratorias turísticas que impiden la construcción de nuevos hoteles e incluso los espacios naturales y los senderos de montaña son objeto de esta absurda idea de «capacidad de carga».

2. Elasticidad

En física, elasticidad es la propiedad de un cuerpo sólido para recuperar su forma cuando cesa la fuerza que la altera. En economía, a medida que sube el precio de un bien los consumidores reducen su cantidad demandada, y viceversa. El concepto de elasticidad está referido a esta respuesta, que es diferente para cada bien y para cada individuo en función de su escala de valores. También en el ámbito fiscal se habla de «elasticidad de la base imponible», según Rallo (2018): «Suele ubicarse en torno a 0,4: es decir, un incremento del 1% en el tipo impositivo conduce a una reducción del 0,4% en la base imponible». Como ya hemos expuesto en artículos anteriores, la respuesta de los individuos ante los cambios en los precios no puede medirse acudiendo a curvas u otros expedientes matemáticos.

3. Equilibrio

En física, se dice que un cuerpo o un sistema está en equilibrio cuando sobre él actúan diversas fuerzas que se anulan mutuamente. Equilibrio es sinónimo de reposo, estabilidad y ausencia de cambio. En la economía nada permanece en equilibrio y éste tan sólo es un escenario imaginario que sirve al razonamiento económico. En efecto, «a quienes actúan nada les interesa el equilibrio ni los precios de equilibrio, conceptos estos totalmente ajenos a la acción y a la vida real» (Mises, 2011: 837).  No obstante, en el libre mercado, la competencia entre empresarios (ávidos de obtener ganancias) tiene un efecto equilibrador de los precios.

4. Fuerza

Las fuerzas físicas —gravitacional, electromagnética y nuclear— y las fuerzas económicas no tienen relación alguna. Según Mises (2011: 405): «Nada hay de automático ni mecánico en el funcionamiento del mercado». En economía, la palabra «fuerza» es metafórica. Para Marx y Engels (2013) las «fuerzas productivas» eran los diversos medios de producción: trabajo, máquinas, herramientas, materias primas, etc. Se dice que el mercado se rige por las fuerzas de la oferta y la demanda. Para Mises (2011: 502), tan reacio al empleo de tropos, la «fuerza» impulsora del dinero expresaba su capacidad de generar cambios. Otras veces, el significado de fuerza tiene connotaciones misteriosas: por ejemplo, la mítica fuerza que origina el «subconsumo» o que «induce a un exceso de frugalidad» (Keynes, 1943: 326). Por último, algunas organizaciones —políticas, sindicales, empresariales— también se autodenominan «fuerzas».

5. Liquidez

Es la «facilidad con que es posible convertir un activo en el medio de cambio de la economía» (Mankiw, 2007: 444). El dinero en efectivo y los depósitos a la vista son los activos más líquidos, le siguen los sustitutos monetarios —cheques al portador,

cheques de viaje, pagarés—, acciones, participaciones en fondos de inversión, bonos, letras del tesoro, etc. El dinero-mercancía —oro y plata— tiene una liquidez intermedia y, por último, los bienes inmuebles o las obras de arte son activos poco líquidos por su menor facilidad de venta. Un sinónimo (no metafórico) de liquidez sería «mercabilidad» (Mises, 2011: 482) 

6. Velocidad

En física, la velocidad a la que un cuerpo se desplaza es la cantidad de unidades de espacio que recorre en una unidad de tiempo (v= e/t). En economía, por velocidad del dinero se entiende la «tasa a la que el dinero cambia de manos» (Mankiw, 2007: 462). Sin embargo, el dinero no se desplaza, tan solo cambia de dueño en cada transacción. Ni el dinero ni el resto de bienes intercambiados circulan a «velocidad» alguna; de nuevo, estamos ante otra metáfora. Para definir el número de veces que una moneda es intercambiada en un año, los economistas podrían haber elegido otros términos más adecuados, por ejemplo: frecuencia de intercambio o rotación del dinero. Según Mises (2011: 484), el dinero nunca está en circulación porque «no hay momento alguno durante el cual el dinero no sea de nadie, de ninguna persona o entidad». Existe la creencia popular —por otro lado, infundada— de que es bueno para la economía que el dinero esté en movimiento. Sin embargo, como afirma Shostak (2018):

Son las acciones con propósito individual las que determinan los precios de los bienes y no una velocidad mítica. El hecho de que la llamada velocidad sea 3 o cualquier otro número no tiene nada que ver con los precios promedio y el poder adquisitivo promedio del dinero como tal.

Si aumentar el número de intercambios, per se, fuera algo positivo, deberíamos gastar con frenesí hasta el último céntimo de nuestro saldo en efectivo. No olvidemos que el dinero solo es un medio de intercambio, por tanto, no se es más rico imprimiendo más dinero ni gastándolo desaforadamente. Dinero «ocioso» es otra mala metáfora porque el dinero atesorado (saldo en efectivo) cumple una función vital: proporciona seguridad económica frente a la incertidumbre. Según Mises (2011: 484): «Lo que suele denominarse atesoramiento no es más que un saldo de metálico supe­rior —según la opinión de quien enjuicia— al considerado normal y conveniente». En definitiva, la creación de riqueza nada tiene que ver con la velocidad de circulación del dinero, sino con las mejoras en la cantidad y calidad de la producción de bienes.

7. Miscelánea

Otras metáforas físicas resultan inocuas: A) «Masa» monetaria es la cantidad agregada de dinero que hay en una economía. Hay distintas masas monetarias —M0, M1, M2, M3, M4— en función de su «liquidez». B) «Apalancamiento» es sinónimo de endeudamiento. C) «Nivel» de precios es otro desliz lingüístico copiado del comportamiento de los fluidos. Una metáfora más apropiada sería «convulsión de precios» (Mises, 2011: 496). D) «Vehículo» de inversión. E) «Aceleradora» de empresas. F) «Densidad» de población. G) «Ciclo» de vida del producto, «ciclo» económico. H) En econometría, «inercia» es la medida de la dispersión de los datos respecto a un punto llamado «centro de gravedad». Para terminar, les dejo un ejemplo de cómo el lenguaje físico y el matemático pueden ser combinados de forma ininteligible en algo que metafóricamente podríamos llamar «diarrea» mental:[1]

Si tenemos un conjunto de n individuos sobre los que se han medido k variables podemos representar a dichos individuos como un conjunto de n puntos en el espacio vectorial Rk. Dado un punto p del espacio Rk y una base ortonormal de dicho espacio, la inercia total de los individuos respecto al punto p es igual a la suma de las inercias de los individuos respecto al punto p a lo largo de cada uno de los vectores de la base ortonormal.

Bibliografía:

Durkheim (2001) [1893]: La división del trabajo social. Madrid: Akal.

Keynes, J. (1943): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. Méjico: FCE.

Kuhn, T. (2006): La estructura de la revoluciones científicas. Méjico: FCE.

Mankiw, N. (2007): Economía. Madrid: Thomson.

Marcos, A. (2010): Ciencia y Acción. Méjico: FCE.

Marx, K. y Engels, F. (2013) [1848]: El manifiesto Comunista. Madrid: Fundación de

Investigaciones Marxistas.

Mises, L. (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Rallo, J. (2018): ‘Destope’ de cotizaciones sociales: demagogo, injusto e ineficaz. Recuperado de: https://blogs.elconfidencial.com/economia/laissez-faire/2018-01-22/destope-de-cotizaciones-sociales-demagogo-injusto-e-ineficaz_1509173/?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=news_ec&utm_content=textlink&utm_term=opinion

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006): Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).

Shostak, F. (2018): «El problema con la “velocidad del dinero”».


[1] https://jjgibaja.wordpress.com/2008/02/14/descomponiendo-la-inercia/

Serie El lenguaje económico

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Réplica a El lenguaje económico II: Las matemáticas

El Dr. José Hernández Cabrera ha escrito recientemente un artículo: “El lenguaje económico (II): Las matemáticas”[1] en el que expone con brevedad su óptica sobre posibles razones o sinrazones de la matematización de la economía e intenta justificar que ello ha sido innecesario y que ha sido perjudicial para la ciencia económica. Como ven mi amigo no se corta. Por lo que parece, lecturas e interpretaciones aproximadas hay bastantes. También hay múltiples y variadas en el sentido contrario. Él me conoce y sabe que juntos y por separado hemos estudiado y trabajado el Tratado La Acción Humana de Mises, y en su libertad me ha invitado a hacerle una réplica a su artículo. Mi reflexión más que una réplica contradictoria o de pugna seguirá en la línea de búsqueda conciliatoria. Estoy vivo, muy vivo por ahora, aunque cada vez con menos tiempo restante y advierto que no estoy solo. Estoy con los otros. Sereno, estable, acompañado, bien sea para alcanzar con ellos algún tipo de acuerdos, bien, en cierta tensión, cuando me encuentro en búsqueda de acuerdos mediante negociación o, en mucha tensión, cuando me encuentro ante conflictos. Esto veo que pasa a todas las personas, físicas y jurídicas. Y dada la escasez manifiesta de tiempo en nuestras vidas, no debemos perder tiempo.

La ciencia económica, como ciencia social, como ciencia humana, se ocupa de problemas en contextos de escasez. Esta condición es inexorable. De no existir escasez, serían los bienes libres y no habría planteamiento económico alguno. La cosa es que los agentes económicos libres, cada quien, en su acción (humana) toma decisiones y al decidir elige y renuncia, en ello tienen puesta todos y cada uno su atención considerando sus respectivos y diferentes objetivos.

“La disputa sobre el método”

Sobre la Teoría de la Elección Racional (TER)

José Hernández Cabrera, en su ímpetu, con su estilete habitual y con claridad, intenta argumentar que las matemáticas no son sólo innecesarias sino también perjudiciales para la economía. Al final de su artículo pone un ejemplo ilustrativo, dice, del error de matematizar las ciencias humanas y, en particular la economía. Lo hace utilizando la Teoría de la Elección Racional (TER) expuesta por una catedrática de universidad, la cual sostenía que “para que un agente sea racional debe tener preferencias racionales, a saber, completas y transitivas”. Y seguía José diciendo: “Solo el axioma de transitividad resulta problemático: …. dicho en román paladino: si Juan prefiere un té a un café y un café a un chocolate, entonces prefiere un té a un chocolate. Los economistas matemáticos consideran que un orden de preferencias puede presentarse como una función ordinal de utilidad: U(x) > U(x’) > U(x’’) y que la elección racional coincide con su maximización”. Seguidamente indica, “semejante ‘teoría’ es ajena a la realidad …” y lo expone así: “un consumidor puede preferir un café por la mañana, un té por la tarde y un chocolate por la noche; e incluso alterar ese orden al día siguiente sin dejar por ello de ser racional. …. La TER, por tanto, no se refiere a como elige un ser humano, sino a como lo haría un robot cuyos gustos son inalterables. Efectivamente, la transitividad solo puede darse en un mundo irreal donde los hombres son maquinas o donde el tiempo no existe”.

Me ha sorprendido mucho esta conclusión. Un ‘mundo irreal’ no tiene que traducirse como ‘falso’; se puede tratar de un contexto donde se introduce un cierto grado de abstracción para simplificar un problema complejo. Y, desde luego, el mundo que describe la TER no necesita en absoluto que los “decisores” sean robots, porque los robots nunca deciden, se limitan a cumplir órdenes. Permítaseme extenderme un poco sobre este punto que me parece particularmente importante.

Sobre los robots, las máquinas y el ser humano.

En relación con este punto lo primero que habría que preguntarse es:¿es el hombre realmente libre?, ¿tiene libre albedrío o no es más que una máquina biológica, un robot? Hay ‘cientistas’[2] que tratan de explicar la  libertad humana a partir de una filosofía estrictamente materialista[3], pero, en mi opinión, esto es un auténtico sinsentido.

Si el universo es estrictamente determinista, el hombre es un robot. La idea de que somos capaces de decidir libremente no es más que una ilusión, tal vez una ilusión que “la naturaleza” nos fuerza a aceptar para poder sobrevivir, pero ciertamente una ilusión. Ahora bien, podría ser que el universo no fuese estrictamente determinista, que en la evolución del cosmos existiese un cierto margen de azar[4]. Aún así, seguiríamos siendo robots, pero robots de comportamiento aleatorio. Podría ocurrir que dentro de esa parte del cosmos que son nuestros cerebros existiera una “máquina generadora de azar”. De este modo las decisiones libres se podrían ligar al azar, como hace el filósofo Robert Kane. Sánchez Molinero[5] resume la tesis de Kane con estas palabras: “el cerebro humano no está programado de tal modo que en cada momento tenga que ir en una dirección especifica; en algunas ocasiones los programas cerebrales se quedan sin saber qué hacer y entonces se produce el “salto cuántico”, es decir, interviene el azar”; y esto es lo que nosotros percibimos como decisiones “libres”. Pero, ¿qué clase de libertad sería ésta?, ¿dónde queda relegada la libertad humana?, ¿tiene esto algo que ver con el libre albedrío?

Evidentemente, si negamos el libre albedrío, La TER carece de sentido, aunque no todos los usuarios de la misma sean conscientes de ello. A lo sumo, podríamos interpretarla, en un sentido positivo, como el intento de describir una ilusión –la ilusión que nosotros tenemos de decidir libremente. Si por el contrario lo aceptamos –si reconocemos la existencia de una voluntad, situada más allá de la física, que es causa última de las decisiones libres–, podemos aceptar la teoría en cuestión como un paso adelante en nuestra búsqueda de la verdad. Simplemente tratamos de descubrir cómo deciden los seres humanos. Aunque el comportamiento de un ser libre, a nivel individual, sea (o pueda ser), en muchas ocasiones, absolutamente imprevisible, eso no impide que podamos observar, con mayor o menor fiabilidad, regularidades predecibles en los grupos humanos, pautas estables de comportamiento.

Lo que resulta más problemático es la interpretación de la TER en términos normativos. Desde luego la catedrática que refiere Hernández Cabrera en su artículo no quedó muy bien al afirmar que “para que un agente sea racional debe tener preferencias racionales, a saber, completas y transitivas”, interpretando esta aseveración como una proposición “normativa.” Formalmente ese “debe tener” podría inducirnos a pensar que se trata de una proposición normativa. Pero no lo es, a menos que estemos dispuestos a tragarnos que las preferencias incompletas o intransitivas son algo “malo” o “indeseable” en algún sentido. Yo desde luego no veo nada malo en las preferencias incompletas. En muchas ocasiones renunciamos a comparar alternativas, reservamos nuestro juicio porque no tenemos suficiente información, o por cualquier otra razón. Tenemos preferencias incompletas.

La cuestión del tiempo.

La otra cuestión que Hernández Cabrera plantea como problemática es el tratamiento del tiempo en la TER. Efectivamente, el análisis económico puede plantearse unas veces en sentido estático y otras en sentido dinámico. Son distintas formas de tratar el factor tiempo. Un mismo sujeto puede tener preferencias racionales cambiantes con un orden transitivo y completo en la mañana, en la tarde y en la noche; o bien un orden cambiante de un día para otro. Esto no implica irracionalidad, como reconoce Hernández Cabrera, ni tampoco puede inferirse que trunque el alcance de la TER. La teoría de la utilidad cuenta con instrumentos, matemáticos, por cierto, para tratar estos problemas. Los cuales pueden resultar a veces bastante complejos, pero no imposibles de tratar.

Las sorpresas del tiempo (mañana, tarde y noche…) y de la racionalidad operan por doquier, también dentro de la economía austriaca. Así, cuando la argumentación austriaca habla del ‘conocimiento disperso’ y del ‘tiempo’ requerido en “los procesos sociales dinámicos” me percato de cómo varía el conocimiento a lo largo del tiempo, tanto el conocimiento que cada uno tiene de sí mismo como de los demás. Pero esto no puede llevarnos a afirmar que existe una diferencia “esencial,” infranqueable, entre el conocimiento de un período y el de otro. En este sentido, leo en Zanotti (2008)[6], que las diferencias entre los autores clásicos de las Escuela Austriaca han sido “demasiado enfatizadas, más por problemas terminológicos y de definiciones que por problemas reales. Hablar, por ejemplo, de una diferencia ‘esencial’ entre Mises y Hayek respecto al tema ‘conocimiento’ me parece en ese sentido un imposible epistemológico. Ellos no podrían ponerse de acuerdo ni con ellos mismos, según fuesen los diversos períodos de su pensamiento. Así que, si fuera el caso de buscar diferencias ‘esenciales’, habría que buscarlas entre los Mises 1,2,3,4… y Hayeks 1,2,3,4,… Hasta que la Escuela Austriaca tuviera una implosión en mil escuelas ‘esencialmente’ diferentes perdiendo la noción de programa de investigación, diverso pero identificable en relación a los otros programas de investigación neoclásicos”.

Recapitulando, permítanme, el hombre es ‘racional’, el tiempo opera, las máquinas o robots están predeterminadas, el hombre tiene libre albedrio, la economía tiene su sitio y la matemática también tiene su sitio, como la TER tiene su sitio y su alcance. Y yo me encuentro lejos del determinismo, lejos de la filosofía materialista y convencido de disponer de libre albedrio.

Sobre el uso de las matemáticas en la economía en la disputa del método.

No acabo de ver el calado de la discusión sobre la matemática en la economía. Creo que el debate refleja la pugna entre dos escuelas de pensamiento muy afines en su alcance, aunque también muy obstinadas en sus métodos. Para “desencallar” el debate me permitiré apuntar lo siguiente: cada individuo, cada quien, para su acción, elección o renuncia, define sus objetivos en libertad e intenta lograrlos en relación con los otros. Pero estos procesos suelen tropezar casi siempre con restricciones exógenas y endógenas. Restricciones exógenas como las relacionadas con la escasez de recursos, los precios relativos de bienes, los precios de factores productivos, las rentas, las políticas fiscales, monetarias y cambiarias, así como las políticas sociales, culturales y religiosas desplegadas en el ordenamiento jurídico y en los usos y costumbres de cada momento. Por otro lado, están las restricciones endógenas, integradas o no en los diferentes objetivos a lograr: como las preferencias, la aversión al riesgo, la cultura, etc.

Nada de esto constituye un problema insuperable para el análisis del logro, alcance y sostenibilidad de los acuerdos en una sociedad civilizada. El análisis puede llegar a ser muy complejo. La búsqueda y el logro de los acuerdos en la acción humana entre personas distintas con objetivos distintos y restricciones diversas es un arte que define lo alcanzable y lo inalcanzable a la luz de los datos disponibles. Más aún, los parámetros y las variables pueden ser, y de hecho son, cambiantes. ¿Por qué? ¡Porque estamos vivos! Hay que asumir la complejidad propia de la existencia humana tanto en la esfera económica como en otras esferas. Y también hay que asumir que los seres humanos a menudo somos inconsistentes; y nos equivocamos. Suponer que somos racionales en el sentido que la TER da a esta palabra, o incluso en el sentido más amplio de la “praxeología” de Mises, es ciertamente un supuesto restrictivo. Pero ninguna teoría puede aspirar a ser una representación exacta de la realidad que pretende estudiar. Conocer implica construir “modelos,” nunca representaciones perfectas, del mundo que nos rodea.

¿Hasta qué punto son necesarias las matemáticas para la construcción de los modelos económicos?  La economía clásica, hasta el último tercio del siglo XIX, se construyó en base a razonamientos puramente verbales. El mismo Marshall, relegó toda su argumentación matemática al espacio de las notas a pie de página. Sin embargo, con León Walrras, Wilfredo Pareto, el marginalismo y todo el desarrollo posterior de la escuela neoclásica, la economía se ha ido llenando de matemáticas hasta alcanzar su culmen en la moderna teoría del equilibrio general.

Evidentemente, se puede llegar bastante lejos en economía sin apenas recurrir a las matemáticas, como ya nos mostraron Smith, Ricardo y los grandes economistas de la Escuela Clásica, así como Mises, Hayek y todos los grandes autores de la Escuela Austriaca. Pero a veces el recurso a las matemáticas resulta ineludible. Sobre todo, cuando entramos en el terreno de la economía cuantitativa y nos planteamos la contrastación de hipótesis basadas en modelos abstractos. Entonces nos damos cuenta no sólo de la importancia de la econometría, que es una disciplina esencialmente matemática, sino también del grado de formalización de la teoría en la cual se apoya. A menudo, la formalización matemática nos ayuda a darnos cuenta de matices que el análisis puramente verbal tiende a pasar por alto.

Para ilustrar esto último con un breve ejemplo, tomemos la teoría de la utilidad. Ciertamente, la oferta y la demanda se pueden racionalizar muy fácilmente sin recurrir a funciones de utilidad, lagrangianas y determinantes hessianos. Basta con ir a algún texto elemental de introducción a la economía. Pero el desarrollo de la teoría formal (matemática) de la utilidad nos permite descubrir la interdependencia entre las funciones de demanda de los distintos bienes; y nos lleva a la conclusión práctica de que las funciones de demanda no deben estimarse de manera aislada sino “en bloque” (sistemas de ecuaciones de demanda).  Esta estimación “en bloque” nos permite apreciar hasta qué punto son significativas las interdependencias y qué tan graves pueden ser los errores cometidos cuándo no las tenemos en cuenta. 

No quisiera dejar en el aire la referencia que hice más arriba a la teoría del equilibrio general. Sin matemáticas sería imposible abordar cuestiones tales como la existencia o la estabilidad del equilibrio general competitivo. Ahora bien, ¿hasta qué punto es útil dicha teoría?, ¿en qué quedan los teoremas de eficiencia cuando se reconoce la presencia de “imperfecciones” inevitables –monopolios, regulaciones, etc.– y la inexistencia de reglas generales para la búsqueda de un “segundo óptimo” (second best)? Mucha gente piensa que toda la teoría del equilibrio general es irrelevante desde el punto de vista empírico. Esta área de la economía constituye sin duda el reino de los matemáticos. Pero, para mí, no es la más interesante.

Hay que asumir la complejidad propia de la interdependencia requerida para la existencia de ‘actividad económica’, que nace de que al menos voluntariamente se geste una relación, el intercambio voluntario (interdependencia) entre al menos dos agentes económicos diferentes, ya sean individuos, familias, empresas (sector privado), gobierno (sector público) y los agentes privados y públicos del resto del mundo (sector exterior). De estos intercambios en los mercados de bienes y servicios, en los mercados de factores productivos, en los mercados de activos financieros y de divisas fluye la posibilidad de “procesos sociales dinámicos” con dimensión económica, social y política, expresados en términos austriacos del profesor Huerta de Soto (2011)[7], que converjan a logros por otra parte no alcanzables sin los intercambios voluntarios y también se hace posible que la actividad económica sea susceptible de medición, al menos de medición aproximada. La cataláctica y la praxeología requiere y se apoya en ‘el cálculo económico’, en el ‘cambio directo’ o en el ‘cambio indirecto’. Asimismo, la escuela neoclásica, ‘prima hermana’ de la escuela austriaca en su alcance, aunque díscolas entre ellas, por sus diferencias en método sobre requerimientos formales, matemáticos, concluye similarmente definiendo el logro de ‘los equilibrios parciales’ o ‘el equilibrio general’ mediante los mercados y la determinación de los precios relativos sostenedores espontáneos de los acuerdos logrados.

Creo que los argumentos austriacos de la acción humana combatiendo sin tregua el despilfarro, considerando los intercambios voluntarios, tanto bajo ‘cambio directo como indirecto’, permiten conciliar conclusiones con aproximaciones diferentes, haciéndolas compatible en su dinámica, no sólo en economías de ‘giro uniforme’, sino también ‘en crecimiento’, sin ingenuidades, ni dicotomías, ni pugnas. La negociación y los acuerdos en todos los ámbitos ponen a los individuos, las sociedades, la libertad, la justicia y la política en su sitio y en ello la matemática y la economía aprecio que se apoyan o pueden apoyarse recíprocamente.

Sobre la “tijera” de Marshall y el significado de los modelos, el punto de equilibrio y los precios relativos.

Sobre estas cuestiones haré tres observaciones[8]:

Primera. La tijera de Marshall encierra un modelo muy complejo, a pesar de su aparente simplicidad [9]. Lo que no se puede olvidar nunca es que se trata de un modelo. Y los modelos han de ser juzgados por su capacidad predictiva. ¿Existe algún criterio mejor? Si lo hay, que alguien me lo explique.

Los humanos siempre estamos utilizando modelos. Los necesitamos para entender el mundo que nos rodea y también para actuar. Incluso en las situaciones más simples. Si quiero cruzar una calle y veo que un coche viene hacia mí, calculo rápidamente la probabilidad de que me atropelle y tomo la decisión de cruzar o no cruzar. Normalmente supongo que el conductor de ese coche no es un loco que va a acelerar para atropellarme. Decido cruzar y corro hasta la otra acera. He fabricado un modelo de comportamiento y lo he “verificado” cruzando la calle con éxito.

También la teoría de la acción humana de Mises se puede interpretar como un modelo, construido a través de un ejercicio puramente deductivo, a partir de unos supuestos, los cuales se presentan como verdades a priori; aunque yo no tengo tan claro que lo sean. Por ejemplo, la idea de que toda acción humana busca la felicidad (mejorar en algún sentido). O la idea de que un sujeto plenamente feliz no actúa, no necesita nada y, por consiguiente, no hace nada. Aquí uno puede legítimamente preguntarse: ¿qué es la felicidad?, ¿quién puede definir un concepto tan abstracto con precisión?, ¿acaso la acción humana, del tipo que sea, no puede ser en sí misma una fuente de felicidad? En cualquier caso, yo nunca podría interpretar estas ideas como verdades a priori. Sí puedo aceptarlas como meros supuestos, en el mismo sentido que acepto la noción de equilibrio en la teoría neoclásica.

Segunda. La noción de equilibrio es fundamental para entender lo que significa “la tijera” de Marshall. Aunque el equilibrio es siempre una abstracción, no es observable. Nosotros nos ponemos unos anteojos para ver el mundo (los mercados en este caso), anteojos para vislumbrar el equilibrio. Podríamos desterrar el concepto de equilibrio, pero siempre tendríamos que recurrir a algún modelo para saber cómo funcionan los mercados. Los modelos son las gafas que podemos utilizar para aproximarnos y ‘movernos’ por el mundo.

Ahora bien, como ya he dicho antes, los equilibrios de mercado no son observables. Se trata de abstracciones. Cuando me encuentro con una distribución de precios –digamos, los precios efectivamente pagados por los pisos en una determinada zona– y una cantidad –el número de pisos de calidad más o menos similar vendidos en esa zona–, calculo el precio medio y supongo que ese es el precio de equilibrio en ese momento para esa clase de viviendas. Si repito este cálculo a lo largo de un trimestre, por ejemplo, y veo que el precio (medio) ha bajado y la cantidad ha subido, lo atribuyo a un aumento de la oferta. Y concluyo que nos estamos moviendo a lo largo de una función de demanda decreciente. De modo parecido, cuando observo que el precio y la cantidad se mueven en la misma dirección, lo atribuyo a variaciones en el nivel de la demanda y concluyo que nos estamos moviendo a lo largo de una función de oferta creciente.

Naturalmente, en todo momento puede haber gente que reserve sus decisiones de compra o de venta en espera de tiempos mejores. Las expectativas también influyen en las ofertas y las demandas individuales. Lo mismo que las rentas, los precios de otros bienes, etc. Son las variables que normalmente agrupamos bajo el paraguas del coeteris paribus (lo cual nos remite a la TER). Algún cambio en esas variables podría hacer que las demandas y las ofertas se movieran al mismo tiempo. Nos encontraríamos entonces con un problema de identificación. Para sortearlo tendríamos que indagar qué es lo que hay detrás de la cláusula coeteris paribus y ver qué ha pasado ahí. A menudo, estos problemas de identificación podemos sortearlos con trucos econométricos, que también se apoyan en modelos más o menos discutibles. No podemos desprendernos de los modelos.

La “tijera” de Marshall, si somos capaces de identificar correctamente las funciones, puede servirnos para predecir eventos importantes. Por ejemplo, qué va a ocurrir en el mercado de trabajo menos cualificado cuando se establece un salario mínimo superior al de “equilibrio” –aunque esta referencia no sea más que una abstracción. O qué repercusiones puede tener el control de los alquileres en el mercado de la vivienda. …

Tercera. Hernández Cabrera cita a Zuloaga (2012)[10] tratando la tijera de Alfred Marshall y señala que “el error más grave es filosófico, porque la <<Tijera>> presupone que oferta y demanda son conocidas con anterioridad al intercambio, <<pero las expectativas del comprador y el vendedor se basan en informaciones dispersas, intenciones personales, intimidades ocultas… etc. que resulta imposible representarlas por una expresión matemática y con antelación al hecho real de un acuerdo transaccional>>”. Hernández Cabrera hace una lectura audaz, aunque creo algo atrevida, precipitada. Él infiriendo lo innecesario de la matemática para la economía afirma seguidamente: “El razonamiento correcto es el inverso: solo una vez que se produce el intercambio, fijando precios y cantidad, podemos hacernos una idea sobre la oferta y la demanda”. Es verdad que no se aprecia ex-ante la oferta y la demanda. Lo que sí se aprecia de “la tijera” es el punto de cruce, resultante del acuerdo de intercambio voluntario, precio y cantidad acordada (p, x). Se aprecian los acuerdos alcanzados. Y hasta a veces se refrendan ante notario. Y el mismo Hernández Cabrera indica que ex-post podemos hacernos una idea sobre la oferta y la demanda. Resalto la relevancia de este punto, más que el ex-ante o el ex-post. Advertimos esto porque las personas captamos los precios de los bienes, ciertamente no podemos directamente observar las preferencias o gustos de los demás, pero conocemos y reconocemos los propios gustos, preferencias y objetivos, cada uno de sí mismo. Al captar los precios de los bienes se captan los precios relativos. Los precios relativos observables permiten a cada quién decidir con su información subjetiva las cantidades susceptibles de demanda y de oferta y las cantidades reales del intercambio voluntario que son las de compra-venta dependiendo del precio y el lado corto del mercado. ¡Esto es fantástico! y merece ser lo destacado. Lo importante, lo realmente relevante. Una información, una realidad objetiva, observable, captable, por el conjunto y por cada persona que concurre al mercado ‘toca tangencialmente o mediante solución de esquina’[11] con una información real subjetiva, conocida por cada persona, de manera que cada quién va tomando decisiones sobre cantidades observando los valores del vector de precios relativos. Cada escuela puede, por sus respectivas metodologías, explicar los procesos de ajuste, bien mediante los ‘procesos sociales dinámicos’[12] de la escuela austriaca o bien por los ‘excesos de demanda positivos o negativos’ que explican la convergencia del ‘núcleo de la economía’ y de los precios hacia el vector de precios relativos eficiente propio del ‘equilibrio general competitivo’[13]

La economía puede analizarse y estudiarse con robustez siguiendo ambas escuelas y sus metodologías. Afirmo que la matemática al servicio de la economía me ha ayudado a comprender los conocimientos que he alcanzado y también a atisbar la magnitud de mi ignorancia, sin ser condición necesaria ni suficiente para lograr la entera comprensión de la economía. Las escuelas austriaca y neoclásica con sus sistemas metodológicos abiertos me han ayudado.

Es verdad que no vemos las tijeras de Marshall ni la navaja de Ockham, no vemos las demandas marshalianas, ni hicksianas ni las ofertas ni los costes marginales cuando vivos vamos por la calle. Es verdad que no vemos las preferencias y gustos de las personas. Es verdad que no vemos por las calles las distintas restricciones tecnológicas formales que operan en las empresas. Pero no verlo, no ver funciones de utilidad ordinal, curvas de indiferencias, relaciones marginales de sustitución, restricciones presupuestarias, isocuantas, relaciones técnicas de sustitución, procesos productivos y combinación lineales de los mismos, funciones de beneficios, ingresos y costes,…., reitero, no verlas por las calles no implica que no existan, que no operen, que no ayuden y tampoco que no se necesiten para entender también la toma de decisiones propias de la acción humana mejorando y complementando la construcción lógica teórica.  La abstracción matemática puede ayudar, incluso su razón para aplicarla suele ser, aunque no siempre, simplificar la aproximación al problema complejo objeto de análisis. Nos puede permitir alejarnos para ver el bosque mejor.  Ello puede entrañar la incomodidad del ‘formulismo matemático’ pero no por ello creo cabe considerarla como “innecesaria complicación” que “choca frontalmente con el principio de sencillez o parsimonia atribuido al escolástico Guillermo de Ockham”[14].

Alongarnos a ver. ¿Un atrevimiento o algo necesario?

¿Qué podemos ver en los asuntos económicos y en la necesidad de medición? Casi todo está escrito en los clásicos sin formalización matemática. Tras León Walrras, en cambio, con Alfred Marshall, Wilfredo Pareto, el marginalismo y la escuela neoclásica, con sus intentos de aproximación “al paradigma dominante: el positivismo”[15], la economía así explicada se ha llenado y rellenado de matemática desde la escuela neoclásica hasta la máxima expresión formal con la teoría y teoremas del equilibrio general y el mismo desarrollo de la propia ‘economía matemática’. También la economía puede seguirse muy bien en los textos y artículos de la escuela austriaca con Mises, Hayek, Rothbard, Huerta de Soto, Bastos, Rallo…, sustentada en la argumentación, la cataláctica y la praxeología, que ha seguido en su gran desarrollo la más genuina línea clásica. Aunque no les quepa duda que también calcula y mide, porque el hombre en su acción humana en su toma de decisiones necesita hacerlo y calcula, ¡claro que calcula y mide! ‘El Cálculo Económico’ es criterio permanente para la cataláctica y la praxeología, pues intentar combatir sin tregua el despilfarro buscando caminos de mejora lo requiere cada quien en su acción. Como explicita el axioma central de la praxeología: “Toda acción humana es el intento deliberado de pasar de un estado menos satisfactorio a otro más satisfactorio. Acción humana como libre e intencional con conocimiento disperso” Zanotti (2008)[16]. Ya desde antiguo se dice: ‘siéntate a calcular tus gastos’. Ciertamente Mises (2011)[17] indica que “en la esfera praxeológica, el concepto de medición carece totalmente de sentido”. Esto paradógicamente lo hace, y muy bien, en la tercera parte de su impresionante Tratado, titulada certeramente ‘El Cálculo Económico’, que tiene tres capítulos: “XI La evaluación sin cálculo”, “XII El ámbito del cálculo económico”, y el “XIII el cálculo monetario al servicio de la acción humana”. Al servicio de la acción humana todos los recursos, siempre escasos, deben y pueden utilizarse. En la misma página 271 ante la realidad patente apreciada de que “los precios del mercado son hechos históricos, resultado de una constelación de circunstancias registradas en un cierto momento del irreversible proceso histórico” Mises necesita entrar en la idea (abstracción) de Estabilización. Idea que desarrolla en su punto 5 para la validez de los métodos del ‘cálculo económico’ que ‘solo exige evitar que se produzcan graves y bruscas variaciones en la cantidad de dinero’, ‘un sistema monetario inmune a la interferencia estatal’ impidiendo ‘que el gobernante provoque por sí mismo inflación’ y evitando ‘que introduzca la expansión crediticia de la banca privada’ (la reserva fraccionaria). Todo ello se hace preciso para que no se desarticulen las relaciones monetarias (y su reflejo en los precios visibles, observables) y perturben ‘el cálculo económico’ preciso para decidir y actuar, sin exigir la rigidez en el poder adquisitivo de la unidad monetaria por impensable e irrealizable.

Tras el disfrute de la lectura permanente del tratado de Mises….y de la escucha y participación atenta a debates donde se abordan los diferentes problemas desde la óptica austriaca, en congresos, reuniones, jornadas y encuentros, también me ha surgido interés por escrutar los textos y abordar la sistematización estructural sintética de esta forma de analizar. Escrutando las referencias bibliográficas he visto qué bueno es apoyarse en lo que otros economistas han pensado y escrito antes, así en este punto me gustaría destacar el trabajo de Zanotti, G.J. (2008)[18] apoyándose en lo que han pensado los grandes economistas austriacos y ha realizado una síntesis  en su artículo y conferencia: “Axiomas y  Teoremas en la Escuela Austriaca de Economía”. Al leer el axioma central, los teoremas praxeológicos y los teoremas de la economía aprecio múltiples paralelismos en conceptos, conclusiones o implicaciones de ambas escuelas encauzadas por sus respectivas metodologías. Cito algunas: que la acción es para mejorar y para empeorar mejor es estar quieto, los medios son escasos, toda acción implica acto de valoración, satisfacción de necesidades prioritarias, medios y fines, falibilidad, el acto de valoración es subjetivo, bienes de consumo y bienes de producción, producidos y originarios, los factores de producción, acción humana transeúnte (externalidad), ley de la utilidad marginal, la utilidad marginal decreciente, la productividad marginal, la productividad marginal decreciente, la relación inversa entre la utilidad marginal del factor trabajo con la utilidad marginal del ocio, la acción humana transcurre en el tiempo, la ley de preferencia temporal (consumo presente-consumo futuro), el interés originario, ahorro e inversión y su relación con el ahorro previo, el sujeto actuante como inversor: el aumento del capital disponible (inversión neta), el mantenimiento del capital disponible (la amortización o depreciación) y el consumo del capital, la división del trabajo, las condiciones necesaria para el intercambio, la oferta y la demanda encuentran una valoración común en el precio, el precio implica la síntesis del conocimiento disperso, tendencia directa entre oferta y precio, tendencia inversa entre demanda y precio, el mercado tiende espontáneamente acercar las expectativas de oferta y demanda a través del precio, los precios son condición necesaria para ‘el caculo económico’, el cambio directo o trueque se complica con el aumento del número de agentes demandantes y oferentes, el cambio indirecto (moneda) lo resuelve, el precio del dinero es su poder adquisitivo, el aumento de la oferta de dinero produce tendencia a la baja de su poder adquisitivo, el aumento de la demanda de dinero genera la tendencia contraria,…, los efectos adversos de la intervención pública des-economizarían, descoordinación entre oferta y demanda por controles de precios mínimos o máximos efectivos, la desviación de producción y de comercio hacia zonas de menor productividad por tarifas arancelarias, la no neutralidad del impuesto, la menor capitalización derivada del impuesto directo, el reparto de la carga del impuesto depende de las sensibilidades de los demandantes y oferentes, el cálculo económico es imposible bajo socialismo, tal sistema económico no permite conocer los precios de los factores de producción. En definitiva,alongándome con cierto atrevimiento he visto todo un elenco de implicaciones realmente validas y robustas.

En conclusión

Con todo, ambas escuelas intentan aproximarse de forma diferenciada metodológicamente a los mismos intercambios voluntarios, a lo que ocurre cuando los agentes, las personas en su respectiva acción humana, de forma voluntaria y libre, concurren en los mercados que operan como mecanismos de asignación de bienes, servicios, factores y activos financieros. En esta tarea la matemática, el análisis formalizado es una herramienta, un recurso, susceptible de utilizarse en sus diferentes niveles, en el campo propio de la economía, no con ánimo determinista, de conocimiento exacto, en absoluto, sino como recurso que posibilita la aproximación al conocimiento de la acción humana y social mediante un sistema axiomático-deductivo o mediante modelos, simples o complejos, que intentan captar en sus dinámicas las pautas estables de comportamiento de los diferentes agentes que concurren en los diferentes mercados y su interdependencia.

Hay que asumir la complejidad propia de la interdependencia requerida para la existencia de ‘actividad económica’ que nace de que voluntariamente se geste una relación, el intercambio voluntario. De estos intercambios en los mercados fluye la posibilidad de “procesos sociales dinámicos” con dimensión económica, social y política, que converjan a logros por otra parte no alcanzables sin los intercambios voluntarios. Tales intercambios voluntarios, flujos, hacen posible que la actividad económica sea susceptible de medición, al menos de medición aproximada. Creo que los argumentos propiamente austriacos de la acción humana combatiendo sin tregua el despilfarro, considerando los intercambios voluntarios permiten conciliar conclusiones con aproximaciones diferentes, sin ingenuidades, ni dicotomías, ni pugnas. La negociación y los acuerdos en todos los ámbitos ponen a los individuos, las sociedades, la libertad, la justicia y la política en su sitio y en ello la matemática y la economía aprecio que se apoyan o pueden apoyarse recíprocamente.

Bibliografia:

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Zuloaga, M (2012), “Oferta y demanda: una crítica a la Tijera de Marshall”. Recuperado de:https://mzuluaga.wordpress.com/2012/08/23/tijera/


[1] Hernández Cabrera José (2021), “El lenguaje económico (II): Las matemáticas”. Instituto Juan de Mariana, 5.4.2021

[2] “Los economistas austriacos denominan cientismo a este “intento profundamente acientífico de transferir acríticamente la metodología de las ciencias físicas al estudio de la acción humana”. Por desgracia, la disputa sobre el método en la ciencia económica es el origen de otros tantos desacuerdos en el plano teórico, tal y como apunta Moreno (2021)”. Véase Hernández Cabrera J (2021) citando a Rothbard (20011), pag.3 y a Moreno (2021). Véase en Von Mises L. (2015) en el ESTUDIO PRELIMINAR incorporado por Huerta de Soto J. pág. xlii. La metodología apriorístico-deductiva y la crítica del positivismo cientista.

[3] Sánchez Molinero, J.M. (2015), “Últimas preguntas. Un ensayo sobre los límites de la razón”. NTh nº 21, pag.43 2ª Época. ISTIC. Tenerife.

[4] Véase Sánchez Molinero, J.M. (2015). Ob.cit. Pág.46.

[5] Véase Sánchez Molinero, J.M. (2015). Ob.cit. Págs. 46 y.47.

[6] Véase Zanotti, G.J. (2008) , Axiomas y Teoremas en la Escuela Austriaca de Economía. Conferencia para el II Simposio Internacional. Fundación Hayek.. PDF created, www.pdffactory.com .

[7] Véase en Von Mises L. (2015) concretamente tras el índice general de la obra el ESTUDIO PRELIMINAR incorporado por Huerta de Soto J., al referirse a “la economía como teoría de los procesos sociales dinámicos: crítica del análisis del equilibrio (general y parcial) y de la concepción de la Economía como una mera técnica maximizadora”; págs. xliv-xlvii. Me ha sorprendido leerlo. Veo, leyendo el tratado de V. Mises, efectivamente su gran mérito “de construir toda Ciencia Económica de una manera lógica sin necesidad alguna de utilizar funciones…”. Pero, por otro lado, no alcanzo a vislumbrar, por qué afirma Huerta de Soto J. que en Von Mises hay razón “para negar el sentido que tiene la construcción matemática de una Ciencia Económica basada en el modelo de equilibrio (general o parcial) …”. Véase González Pérez J.M. (2019) como un ejercicio de aproximación ecléctica.

[8] Con la ayuda inestimable de mi profesor y maestro Sánchez Molinero, José Miguel (UVA), tras debatir sobre ello.

[9] Incorporo un comentario a mi réplica de Muñoz Cidad, Cándido (UCM), que fue decano de mi facultad y me animó a emprender la actividad docente: “Las tijeras” son muy útiles para explicar y hacer intuitivas cosas complicadas. El propio Walrras a mí me explica muy bien toda una economía interdependiente (que es una idea que entienden mal los no economistas y el economista medio). Lo que no me parece que interese es la matematización actual más ingenieril que económica (sin base económica) así como todas esas regresiones forzadas, cada vez más complejas desde el punto de vista estadístico-teórico. Y qué pocos temas de interés nuevos han sacado la presunta economía matemática. Muy recomendable el excelente libro de Deirdre Nansen McCloskey: ‘Por qué el liberalismo funciona’. Deusto contra la nueva clerecía progresista. …. Además, hace una excelente crítica a Piketty, …”.

También incorporo un comentario recibido de Barbé Durán Lluís (UAB), mi primer jefe en Bellaterra, resaltando la Matemática y la importancia de la Inferencia Estadística del campo económico-social, así como su acuerdo con Cándido Muñoz Cidad en el interés que presentan los libros —todos— de McCloskey, …Uno de sus primeros libros … La Economía como retòrica, es impagable”.

[10] Zuloaga, M (2012), “Oferta y demanda: una crítica a la Tijera de Marshall”. Recuperado de: https://mzuloaga.wordpress.com/2012/08/23/tijera/

[11] ¿Tangencias entre las Relaciones Marginales de Sustitución (RMgS) dadas las preferencias y las restricciones presupuestarias, definidas por los precios relativos de los bienes y servicios?; ¿tangencias entre las Relaciones Técnicas de Sustitución (RTS) dadas las tecnologías y los precios relativos de los factores requeridos?; ¿tangencias entre RMgS y RTS?; ¿O, soluciones de esquina bajo las condiciones de Kuhn Tucker? ¿Abstracción de alcance interesante?

[12] Véase González Pérez JM (2019), La Igualdad. XII Congreso de Economía Austriaca, 2019. Madrid.

[13] Véase Hildebrand W. y Kirman A.P. (1976, 1982), concretamente creo es suficiente su resumen introductorio págs.9-45.  Introducción al análisis del equilibrio, Antoni Bosch, editor. Traducción y edición 1982.

[14] Véase HCJ (2021), en su punto sobre el lenguaje matemático.

[15] Véase Hernández Cabrera J (2021), en su punto sobre la disputa del método.

[16] Véase Zanotti, G.J. (2008) , Axiomas y Teoremas en la Escuela Austriaca de Economía. Conferencia para el II Simposio Internacional. Fundación Hayek.. PDF created, www.pdffactory.com .

[17] Véase Mises, L. (2015). La Acción Humana. Tratado de Economía. Madrid: Unión Editorial. Undécima edición. Pág. 271, también lo cita HCJ (2021),

[18] Ya citado. He leído con mucha atención los enunciados del axioma central de la praxeología, los enunciados de los 24 teoremas praxeológicos  y los 87 teoremas de la economía ( Primera parte del núcleo central : 1-8 sobre el paso a los precios; 9-19 Sobre ‘Cambio indirecto’ (moneda); 20-23 sobre factores de producción: a) sobre el factor capital (24-34); b) sobre el factor trabajo 35-49; c) sobre factores originarios de producción de naturaleza no humana 50-54;  Segunda parte del núcleo central (intervencionismo): 55 (teorema central); 56-58 sobre precios; 59-64 sobre moneda; 65-69  sobre Mercado de capitales (teoría del ciclo); 70-77 sobre Trabajo y salarios; 78- 81 sobre Recursos naturales; 82-85 sobre medidas  adicionales de restricción de la producción; 86-87 sobre socialismo (cooperación social en ausencia total de mercado)  y creo ver paralelismo de los conceptos y equidistancia cuidada en los métodos.

El lenguaje económico (II): Las matemáticas

Otro de los ámbitos de nuestra crítica al lenguaje económico es el referido al uso de la matemática y la geometría como sustitutos del lenguaje verbal. En efecto, la matemática es omnipresente en los currículos universitarios: econometría, álgebra lineal, cálculo diferencial e integral, optimización matemática, estadística descriptiva, cálculo de probabilidad e inferencia, etc. Hoy expondremos las posibles razones de esta matematización y justificaremos que su uso es tan innecesario como detrimental para la ciencia económica.

La disputa sobre el método

En primer lugar, nuestra crítica se enmarca dentro de un problema más amplio de carácter epistemológico, a saber: ¿Cuál es el método apropiado en la economía? El paradigma dominante en la actualidad es el positivismo: el «único» medio de conocimiento científico es la experiencia comprobada o verificada a través de los sentidos: «La ciencia es medida». Tomemos como ejemplo la astronomía: los planetas describen órbitas precisas y regulares que, tras observación, permite a los científicos establecer hipótesis y someterlas a verificación experimental. En este caso, «las matemáticas son adecuadas para recoger los estados repetitivos y en equilibrio que se dan en el mundo de la mecánica» (Huerta de Soto, 2014: 29). Denominar «mecánica celeste» al movimiento regular de los astros, por tanto, es una metáfora admisible.

El gran prestigio de la física se debe a su elevada capacidad predictiva y por ello los astrónomos, por ejemplo, predicen con exactitud un eclipse con muchos años de antelación. Sin embargo, los hombres no son entes inanimados y no se comportan mecánicamente, tienen voluntad propia y persiguen fines variados. Las ciencias humanas estudian fenómenos praxeológicos[1] donde no existen relaciones constantes entre las variables y, por tanto, el concepto de medición carece totalmente de sentido (Mises, 2011: 271; Huerta de Soto, 2014: 27).

Para poder medir una categoría —espacio, tiempo, superficie, volumen, tensión eléctrica, temperatura— necesitamos una unidad de medida que sea constante —metro, segundo, área, litro, voltio, grado Kelvin—, pero en economía «no hay parámetros: todos son variables» (Huerta de Soto, 2014: 17). Los economistas matemáticos deseaban imitar los logros de las ciencias «duras» empleando sus mismos métodos. El propio Schumpeter (2012: 906) afirmaba que León Walras —el primer economista matemático— era el más grande porque su sistema del equilibrio económico soportaba una «comparación con los logros de la física teórica». Los economistas austriacos denominan cientismo a este «intento profundamente acientífico de transferir acríticamente la metodología de las ciencias físicas al estudio de la acción humana» (Rothbard, 2011: 3). Por desgracia, la disputa sobre el método en la ciencia económica es el origen de otros tantos desacuerdos en el plano teórico, tal y como apunta Moreno (2021):


La metodología es uno de los campos donde más disputa hay dentro de la ciencia económica. Es decir, si hay disputa por el propio método, sabiendo que este constituye la propia base sobre la que desarrollar cualquier edificio teórico posterior, difícil será encontrar consenso en las teorías más básicas o aplicadas a la realidad. Sin duda, esto constituye uno de los problemas más graves de la ciencia económica actual y explica, en parte, la cantidad de divergentes corrientes que hay en ella.

     Concluyendo, obtener conocimiento verdadero[2] exige un método correcto y el saber económico no puede, por más que lo intente, imitar el método de las ciencias físicas.

El lenguaje matemático

Tras la obligada introducción epistemológica, pasamos a analizar los problemas del lenguaje matemático y su representación gráfica. Por ejemplo, veamos como se matematiza un contrato de telefonía cuya cuota mensual es un fijo de 10€ más 10 céntimos por minuto (T) hablado. La factura (F) mensual se expresaría así: F = 10€ + 0,1 T; lo que a su vez se representa en un gráfico donde el eje de ordenadas es el precio de la factura (F, variable dependiente) y el eje de abscisas es el tiempo hablado (T, variable independiente). La ecuación tiene la forma de una línea recta que arranca en la posición 10 de la ordenada (F), cuya pendiente (altura/base) es 0,1.[3] Cabe preguntarnos si esta «traducción» sirve para algo o «no es más que vana manipulación de símbolos matemáticos, inútil pasatiempo que no proporciona conocimiento alguno» (Mises, 2011: 305). En efecto: F (T) o «F es función de T» no es distinto de algo ya sabido: que el monto de la factura depende de cuanto tiempo hablemos por teléfono. Podríamos relatar infinidad de ejemplos. Si el precio (P) del bien A es mayor que el de B, lo matematizamos así: PA > PB. O también, si el precio de una Pepsi es 5€ y el de una pizza 10€, la pendiente de la «restricción presupuestaria» es 10€/5€ = 2 (Mankiw, 2007: 315). Como advierte Huerta de Soto (2014:28): «Los economistas matemáticos primero han de construir lógicamente sus teorías y luego traducir sus resultados al formulismo matemático», esta innecesaria complicación choca frontalmente con el principio de sencillez o parsimonia atribuido al escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349). A continuación, veremos que su «navaja» está mucho más afilada que la «tijera» de Marshall.

La Tijera de Alfred Marshall

Otra representación criticable es la famosa «Tijera» de Alfred Marshall (1842-1924), expresión gráfica de las curvas de oferta (ascendente) y demanda (descendente) que se cortan en el punto de equilibrio (E) que determina el precio (P) y la cantidad de producto (Q) de un intercambio. Los economistas austriacos han presentado numerosas objeciones a este gráfico (Mises, 2011: 402):

Podemos representar esta interacción de la oferta y la demanda mediante dos curvas cuyo punto de intersección nos daría el precio. También se puede expresar lo mismo con símbolos matemáticos. Pero conviene advertir que tales representaciones para nada afectan a la esencia de la teoría y ni amplían lo más mínimo nuestros conocimien­tos. No debemos olvidar que nada, mental ni experimentalmente, sa­bemos de la configuración de dichas curvas. Solo conocemos precios de mercado, es decir, el punto de intersección de esas hipotéticas cur­vas; de ellas mismas, nada sabemos. Tales representaciones tal vez puedan tener interés docente para aclararles las ideas a jóvenes prin­cipiantes. En cambio, para la auténtica investigación cataláctica no son más que un mero pasatiempo.

El matemático Mario Zuluaga (2012) realiza una prolija crítica a la tijera de Marshall: «Es un instrumento demasiado simplificado, rígido y desarticulado para explicar la formación de precios; considera la demanda y la oferta como fenómenos independientes sin entender que son fenómenos que se entrelazan y autorregulan». Por otro lado, las curvas de oferta y demanda se pintan de forma continua, cuando

«todas las cantidades en economía vienen cuantificadas de forma discreta» (Zuluaga, 2012). Pero el error más grave es filosófico, porque la «Tijera» presupone que oferta y demanda son conocidas con anterioridad al intercambio, pero las «expectativas del comprador y el vendedor se basan en informaciones dispersas, intenciones personales, intimidades ocultas…etc., que resulta imposible de representarlas por una expresión matemática y con antelación al hecho real de un acuerdo transaccional» (Zuluaga, 2012). El razonamiento correcto es el inverso: solo una vez que se produce el intercambio, fijando precio y cantidad, podemos hacernos una idea retrospectiva sobre la oferta y la demanda.

Por su parte, los economistas neoclásicos contraatacan acusando a los austriacos de carecer del «instrumental matemático adecuado». Lo cierto es que la elaboración de ecuaciones y gráficos no exige tener habilidades matemáticas más allá de los rudimentos de álgebra y geometría que se estudian en el bachiller (Bernanke, Olekalns y Frank, 2005: 36).[4]

La Teoría de la Elección Racional

Para terminar, relataré una experiencia personal que ilustra el error de matematizar las ciencias humanas y, en particular, la economía. En 2011, durante la realización de un máster universitario en filosofía de la ciencia, una catedrática (Universidad de La Laguna) expuso la Teoría de la Elección Racional (TER). Según la TER, cuyo origen es la microeconomía clásica, para que un agente sea racional debe tener preferencias racionales, a saber, completas y transitivas. Sólo el axioma de transitividad resulta problemático: En un conjunto de elecciones S, si un agente prefiere X a X´ y X´ a X´´, entonces prefiere X a X´´. Dicho en matematiqués: Para todos los x, x’, x” en S, si xPx’ y x’Px”, entonces xPx”. Y dicho en román paladino: Si Juan prefiere un té a un café y un café a un chocolate, entonces prefiere un té a un chocolate. Los economistas matemáticos consideran que un orden de preferencias puede representarse como una función ordinal de utilidad: u(x)> u(x´) >u(x”) y que la elección racional coincide con su maximización.

Como pueden suponer los lectores, semejante «teoría» es ajena a la realidad, cuestión que este autor (a la sazón alumno) expuso así: un consumidor puede preferir un café por la mañana, un té por la tarde y un chocolate por la noche; e incluso alterar ese orden al día siguiente sin dejar por ello de ser racional. La profesora, un tanto acorralada por el motín que se formó en el aula, tiró de galones y resolvió la disputa diciendo que se trataba de una teoría «normativa» y que un supuesto era la «continuidad de las preferencias» del agente. La TER, por tanto, no se refiere a cómo elige un ser humano, sino a cómo lo haría un robot cuyos gustos son inalterables. Efectivamente, la transitividad sólo puede darse en un mundo irreal donde los hombres son máquinas o donde el tiempo no existe. Schumpeter (2012:1060) se dio cuenta que los economistas matemáticos estaban forzados a introducir supuestos irreales:

Que las cantidades de servicios productivos que entran en la unidad de cada producto (coeficiente de producción) son datos tecnológicos constantes; que no existen costes fijos; que todas las firmas de una rama de industria producen el mismo producto por el mismo método y en cantidades iguales; que el proceso productivo no consume tiempo; que es posible despreciar los problemas de localización espacial.

En conclusión, el saber económico no puede, por más que lo intente, imitar el método de las ciencias experimentales; por tanto, utilizar un lenguaje matemático es un error epistemológico —postivismo— y una práctica tan innecesaria como detrimental porque no añade conocimiento al proporcionado por el uso de la palabra. Toda la parafernalia matemática sólo consigue dos cosas: a) Convertir a la economía en un arcano: una ciencia misteriosa sólo accesible a los iniciados en esta neolengua llamada «matematiqués». b) Extender innecesariamente el currículo con materias que sólo ocasionan pérdida de tiempo y energía a los sufridos alumnos.

Bibliografía

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[1] Del griego, praxis: acción o práctica.

[2]  Episteme, en griego; scientia, en latín.

[3] En cualquier libro de texto académico se enseña cómo traducir una determinada realidad económica en fórmulas, ecuaciones, funciones, tablas y curvas que se cortan dentro de planos cartesianos (Bernanke, Olekalns y Frank, 2005: 36).

[4] “Although many of the examples and most of the end-of-chapter problems in this book are quantitative, none requires mathematical skills beyond rudimentary high school algebra and geometry”.

El lenguaje económico (I): Dinero, precio y valor