Ir al contenido principal

Etiqueta: Teoría monetaria

TON: la primera moneda de curso forzoso en una red social

Corría el año 2018, cuando los fundadores de la aplicación de mensajería (y actual red social) Telegram decidieron crear su propia blockchain. La llamaron Telegram Open Network (TON), y su principal fin era integrarla como plataforma financiera al ecosistema de su aplicación. Para financiar el proyecto, recaudaron 1.700 millones de dólares en una oferta inicial de monedas (ICO) para el token Gram, que podrían utilizar los usuarios de Telegram para intercambiar valor entre ellos.

En aquella época la aplicación de los Dúrov tenía la nada despreciable cifra de 200 millones de usuarios. Cuatro veces la población actual de España. Poner al alcance de este número de personas una forma instantánea de intercambio habría sido muy interesante de ver. Por desgracia, la SEC intervino en 2019 y el proyecto se tuvo que cancelar. TON pasó a manos de una fundación radicada en Suiza y su moneda, rebautizada como Toncoin, ha sido estos años una más de las altcoin que orbitan como satélites alrededor de Bitcoin.

Pero este año tenemos dos fenómenos que están cambiando la historia. Por un lado, la administración Trump ha abierto la mano regulatoria del Estado para que las criptomonedas como TON puedan ser utilizadas por empresas sin miedo a ser sancionadas. Por otro lado, el auge de empresas tesoreras de bitcoin está siendo aprovechado para que otras criptomonedas accedan a este tipo de esquema.

Hace unos días Pável Dúrov anunciaba que TON ya cuenta con su propia empresa tesorera. En la publicación dijo lo siguiente:

TON (The Open Network) is an infinitely scalable blockchain that we helped develop years ago to meet the needs of Telegram’s hundreds of millions of users. Today, TON is the economic backbone of Telegram — much like a national currency powers a country’s economy.

La comparación entre lo que supone TON para Telegram con las monedas nacionales de los Estados es importante. Telegram es, a día de hoy, una red social con más de mil millones de usuarios. Su plataforma es vital para millones de personas, ya que no solo les sirve para comunicarse, sino también como vehículo para sus negocios. Telegram no puede obligar a sus usuarios a aceptar TON en sus transacciones, pero sí se lo puede poner lo suficientemente fácil para que su aceptación sea algo natural. Y si eso ocurre, vamos a asistir a una situación sin precedentes.

Hay que entender que TON no es una stablecoin. No está respaldada por nada. Es la fundación que mantiene el proyecto y unos pocos centenares de nodos verificadores los que deciden la política de emisión de la moneda.La diferencia con otros miles de tokens es que Telegram tiene que mantener las reglas estables y transparentes si quiere que su moneda no sea repudiada, ya que, en última instancia, es su propiedad de una plataforma social de mil millones de usuarios la que respalda su token. Y esos usuarios solo van a permanecer en la plataforma si la actividad económica que articulan se basa en una moneda fiable.

Los estados están en una situación parecida, pero votar con los pies en el mundo físico es muy costoso. En el mundo virtual lo es mucho menos. Así que la disciplina en la emisión de moneda de una red social podría ser mucho mayor que la de un estado. Y esa situación nos pondría a todos en un escenario muy interesante.

Por otro lado, Pável Dúrov no es el personaje favorito de muchos estados occidentales. Fue detenido en Francia el año pasado porque su empresa no coopera lo suficiente con la maquinaria inútil que aspira a poner puertas al campo de la información en internet. Que su plataforma disponga de una moneda que pueda competir con el dinero fiat no va a aumentar su popularidad.

Pero Durov ha demostrado ser una persona bastante inteligente. Con los nuevos vientos a favor de la administración americana, y esquivando en la medida de lo posible al leviatán europeo, el experimento de TON puede llegar bastante lejos. Y si Telegram puede tener su moneda, el resto de plataformas también.

Bitcoin, stablecoins y tokens de redes sociales. A internet le están saliendo los dientes mientras que al estado le andan fabricando dentaduras postizas en forma de CBDCs. Es una carrera que las burocracias no pueden ganar, especialmente si la puerta de Estados Unidos sigue abierta durante todo el mandato de Trump. Philip K. Dick se preguntaba si los androides soñarán con ovejas eléctricas. En unos años seguramente podamos contestar a esa pregunta. Lo que sí podemos aventurar es que los androides no van a pagar con dinero fíat. Y eso va a ser algo digno de ser visto.

Abolir la banca: la disparatada propuesta de MAFO

¡Acabemos con los bancos! Es lo que sugiere Miguel Ángel Fernández Ordóñez (MAFO), exgobernador del Banco de España, en su libro Adiós a los bancos: Una visión distinta del dinero y la banca.

Para evitar las crisis bancarias, MAFO propone una revolución monetaria: sustituir los medios de pago creados por los bancos por un nuevo dinero digital, emitido de forma centralizada por un ente bajo control estatal. Este nuevo dinero digital sería similar a las actuales reservas emitidas por los bancos centrales, pero con una gran diferencia: no serían pasivos del ente emisor, sino activos reales, unidades virtuales en un registro centralizado que no serían pasivo de nadie ni estarían respaldadas por activo alguno.

En este sistema, cada ciudadano podría realizar sus cobros y pagos utilizando estas unidades virtuales, prescindiendo así de los bancos. Para MAFO, la banca desaparecería sin necesidad de prohibirla: considera (a mi juicio, erróneamente) que sería incapaz de competir contra su nuevo sistema digital centralizado.

Según Fernández Ordóñez, la gran ventaja sería contar con un dinero completamente “seguro”: al no ser promesas de pago, como los depósitos bancarios actuales, no tendrían riesgo de impago nominal. El nuevo sistema, por tanto, no podría colapsar como le pasa al sistema actual cuando estalla una crisis bancaria. Las crisis, según él, quedarían conjuradas para siempre.

El exgobernador acierta parcialmente en su diagnóstico. El sistema bancario actual disfruta de privilegios que, para maximizar sus beneficios, lo llevan a operar de forma ilíquida e inestable, como un castillo de naipes sostenido artificialmente por la refinanciación perpetua del banco central.

La solución propuesta por MAFO parece lógica y tentadora. Pero esconde una verdad incómoda: el exgobernador del Banco de España nunca entendió el papel esencial que cumple la banca en el sistema monetario. Su propuesta crearía un sistema monetario disfuncional y, de paso, arrasaría con nuestras libertades.

En un sistema monetario sano, los bancos cumplen un papel vital. La propiedad fundamental de un buen dinero es la estabilidad de su valor para realizar los pagos y cobros diarios, y para ello es importante que su oferta se ajuste constantemente a la demanda monetaria. Esta demanda nunca es constante, sino que fluctúa continuamente para liquidar los millones de pagos que se producen a diario. El sistema monetario “respira”, como dice Perry Mehrling, expandiendo y contrayendo los medios de pago a lo largo de cada día, absorbiendo estas oscilaciones de la demanda. Y no solo hay que absorber las fluctuaciones de demanda diarias, sino también las oscilaciones estacionales, y las imprevistas y abruptas variaciones causadas por cambios en la incertidumbre económica.

Para que el sistema monetario funcione correctamente, es imprescindible que la banca responda, de forma descentralizada, emitiendo o retirando sustitutos monetarios que absorban estas fluctuaciones de la demanda monetaria. Este es el papel primordial del sistema bancario.

Si la banca desapareciera, como propone MAFO, también desaparecería esta función clave. Ninguna autoridad central puede realizar esta tarea, por problemas de incentivos y de información. Su incentivo, al no emitir promesas de pago que tiene que honrar, es a expandir la oferta para financiar al Estado, generando un sistema crónicamente inflacionario. Pero incluso aunque no tuviera este problema de incentivos, tampoco podría disponer en tiempo real de la información dispersa necesaria para realizar esta función estabilizadora.

De hecho, el diseño propuesto por MAFO ni siquiera contaría con las herramientas para intentarlo. El nuevo ente emisor no tendría activos en su balance para defender el valor de este nuevo “dinero seguro”. Podría crear nuevas unidades monetarias y ponerlas en manos del Gobierno, pero no podría retirarlas del mercado ni defender su valor vendiendo activos financieros, divisas fuertes u oro, como hacen incluso los disfuncionales bancos centrales actuales.

En resumen, el sistema monetario que propone MAFO, sin banca y centralizado por una autoridad estatal sin balance, sería incapaz de realizar una de las funciones esenciales del sistema monetario: la de ajustar continuamente la oferta de medios de pago a su demanda real. El problema actual de la banca no es su existencia, sino operar bajo reglas distorsionadas por la intervención política.

El sistema actual es disfuncional, pero no porque los bancos expandan y contraigan el volumen de medios de pago, sino porque lo hacen adquiriendo de forma sistemática activos ilíquidos, como deudas a largo plazo o de alto riesgo. Esto hace que el sistema bancario actual sea frágil, incapaz de honrar sus promesas de pago ante una pérdida generalizada de confianza, de no ser por el rescate del banco central. Además, por su propio funcionamiento, el sistema actual provoca distorsiones acumulativas en la estructura productiva, causando los ciclos económicos.

La solución pasa por que los bancos se limiten a emitir medios de pago contra activos líquidos, seguros y a corto plazo, calzando sus activos con sus pasivos. Es lo que ocurre cuando los bancos tienen que competir entre sí sin privilegios, sin rescates ni la respiración asistida del banco central. Esta era la esencia de la doctrina de las letras reales, un mecanismo que permitía adaptar la oferta monetaria a las fluctuaciones de la demanda sin fragilidad ni distorsiones.

Además de este problema fundamental, a la propuesta de MAFO se le suman los peligros que comparte con las otras variantes de dinero fíat digital que pretenden implantar las autoridades monetarias. Centralizar el sistema de pagos en una entidad estatal otorgaría al Estado un poder descomunal: sabría cuánto gastamos, cuánto ahorramos y a quién pagamos; podría decidir qué pagos estarían permitidos y cuáles no; podría establecer fecha de caducidad para el dinero, confiscar nuestros fondos, aplicar multas automáticas, restringir el ahorro o imponer tipos de interés negativos. La propuesta de MAFO pondría en serio riesgo nuestras libertades más básicas, sacrificadas en el altar de una todopoderosa entidad monetaria estatal.

La solución, por tanto, no es abolir la banca, sino reformarla correctamente. El remedio contra los males del sistema monetario actual pasa por la banca libre, sin privilegios ni refinanciación estatal perpetua, y por un dinero sano y que no esté controlado por el poder político; un remedio que garantizaría el buen funcionamiento de la economía y sería respetuoso con nuestra libertad.

La unidad de cuenta como causa esencial del dinero

Quienes me leen saben que soy un firme defensor de Carl Menger. Estoy convencido de que sus teorías sobre el valor, el intercambio y el dinero son las que mejor explican la realidad, por encima de cualquier otra teoría desarrollada desde entonces. De hecho, no fue hasta bien entrado el siglo XXI que algunos autores comenzaron a desarrollar su teoría en una línea verdaderamente fiel a Menger: Carlos Bondone, Antal Fekete, José Ignacio del Castillo y Juan Ramón Rallo destacan entre ellos.

Quisiera resaltar que este artículo surge de una serie de conversaciones muy productivas con Juan Ramón Rallo, de quien tanto he aprendido hace ya casi 20 años, y a quien desde aquí quiero enviarle mi más cariñosa felicitación por su merecidísimo Premio Instituto Juan de Mariana 2025. Su labor incansable, tanto como teórico riguroso como divulgador brillante al servicio de la Libertad, lo hacen más que merecedor de este reconocimiento.

¡Enhorabuena, profesor, y gracias una vez más por tanto!

Por supuesto, cualquier error que pueda haber en este artículo es responsabilidad únicamente mía. En mis artículos y en redes sociales suelo invocar una y otra vez, algunos dirán que cual papagayo, los razonamientos mengerianos. Pero no lo hago por devoción acrítica, sino porque creo sinceramente que su teoría sigue siendo la que mejor explica la realidad. Y, aunque muy rara vez considero pertinentes las correcciones que le hacen otros autores, nada me impide ni me impedirá señalar lo que considero un error en su obra si es que alguien lo identifica.

Un posible error es haber identificado la función de medio de intercambio como la causa esencial del dinero. Carlos Bondone en su momento propuso que, si bien la unidad de cuenta podría no ser la función esencial del dinero, sí que era la más importante porque servía para facilitar el cálculo económico. Pero en sus trabajos más recientes ha evolucionado esta posición para afirmar que, en efecto, la unidad de cuenta sí que es la causa del dinero y es su función esencial. Y aunque me ha costado varios años conseguir asimilar sus argumentos, he conseguido llegar por fin a la conclusión clara de que Bondone tiene toda la razón.

En la tradición de pensamiento de la escuela austriaca la expresión “cálculo económico”, nos hace pensar automáticamente en precios, pues Ludwig Von Mises excluía tajantemente que sobre el valor se pudieran realizar cálculos cardinales de ningún tipo. Y visto así, el cálculo económico solo puede ser una consecuencia de los precios, y los precios son una consecuencia del intercambio. 

La clave que nos ofrece Bondone está precisamente en revisar este orden causal de la teoría económica de la siguiente forma: El intercambio es anterior a los precios y al dinero. Y que cualquier intercambio requiere calcular cantidades previamente. 

Y yo añado que el cálculo económico es también necesario para valorar. Menger establece que un objeto sólo tiene valor cuando la cantidad deseada por los sujetos supera a la cantidad disponible para estos sujetos. Esto aplica también a toda mercancía, incluido el dinero. Eso sí, para que algo pueda ser mercancía y por tanto eventualmente dinero, debe tener además valor de cambio.

Pongamos un ejemplo sencillo: un cepillo de dientes ya usado o una dentadura postiza tienen valor de uso para su propietario, pero no valor de cambio para terceros (salvo casos muy excepcionales). Por lo general, nunca entran en el tráfico mercantil. El dinero, por el contrario, necesita sí o sí valor de cambio para poder circular.

Y aquí es donde entra en juego la unidad de cuenta: no podemos estimar si la cantidad deseada supera a la disponible sin antes definir una unidad con la que cuantificar esa cantidad. No hablamos de unidades estandarizadas, sino del concepto básico de unidad que ya usaban los hombres del Paleolítico: una manzana, un bisonte, una nuez.

La unidad elegida dependerá del acto de valoración: Bien puede ser un cántaro de agua, o un río entero si de lo que se trata es de negociar que tribu o nación es la propietaria del río. Pero debe haber alguna unidad, porque sin unidad no puede haber cuantificación, y sin cuantificación no puede concebirse la escasez, y por tanto el valor subjetivo. 

Hay que recordar que el valor subjetivo significa que la cantidad que necesita el sujeto es mayor que la cantidad disponible para ese sujeto.  Menger no utilizaba el término “escasez” para referirse a este concepto, y por una muy buena razón. Y es que es muy fácil interpretar escasez como mera rareza o escasez física objetiva, cuando él quiere referirse a escasez económica utilizando muy insistentemente la expresión “relación cuantitativa” entre la cantidad necesitada y la cantidad disponible. Por tanto, fue muy previsor al no utilizar el término “escasez” para evitar confusiones.

Por cierto, no quiero dejar de subrayar que en la cantidad necesitada ya va incluida la importancia o preferencia. 

El valor, como fenómeno subjetivo, surge cuando se identifica una necesidad insatisfecha. Y lo notable es que esa necesidad no requiere que el bien que la satisface exista realmente. Basta con que el sujeto lo conciba —aunque sea vagamente— como una posibilidad. En la Edad Media, alguien podía desear un “aparato para comunicarse instantáneamente a distancia”, aunque no existiera aún el teléfono. Esa necesidad ya genera valor subjetivo: Tenemos una unidad deseada aunque sea totalmente abstracta e indeterminada (“algo que me sirva para comunicarme”), frente a cero disponibles.

Este punto es esencial: el valor no está en los bienes y existe antes que los bienes. Y eso permite entender cómo el valor impulsa la acción humana. La necesidad mueve al individuo a buscar, imaginar o crear aquello que la satisfaga. Y para ello, incluso en un proceso interno como el intercambio intrapersonal o autístico de Robinson Crusoe, se requiere una unidad que permita valorar, calcular, comparar.  Para Crusoe posiblemente la unidad más conveniente para cuantificar serán sus horas de tiempo, y aquí saludamos muy de lejos a Marx.

Pero dejemos atrás a Marx y abracemos con entusiasmo al gran Ludwig von Mises, al menos para reconocerle que señala muy acertadamente que toda acción humana implica un intercambio. Ahora bien, todo intercambio presupone valor, y el valor, a su vez, presupone unidad porque como hemos dicho antes es ineludible pensar en cantidades necesitadas y disponibles. Todos intercambiamos nuestro tiempo y recursos para intentar obtener cosas que hemos decidido que tienen valor para nosotros. Y no podemos decidir si algo tiene valor o no sin unidad que cuantifique las cantidades.

El intercambio, ya sea intrapersonal o interpersonal es un acto que busca la satisfacción de un fin o necesidad, y presupone escasez.  Nótese que la mera posesión o atesoramiento ya es en sí mismo un intercambio intrapersonal en el tiempo. Esta presunción de escasez está presente tanto en Menger como en Mises, pues este último sólo considera susceptibles de intercambio los medios, y excluye del concepto de medio aquello que no es escaso (bien no económico en los términos de Menger).

La unidad que utilizamos para llegar a la conclusión de escasez es un concepto independiente del intercambio. El desarrollo y perfeccionamiento de estas unidades, comienza como “almacenes de valor” dentro del intercambio intrapersonal en el tiempo, por ejemplo estimamos que a igualdad de capacidad nutritiva, las nueces son mejor medio de intercambio en el tiempo que las castañas, simplemente porque duran más.  Esto ya lo hacen incluso las ardillas aunque sea instintivamente, consumen los frutos menos duraderos y atesoran los más duraderos.

La causa de que se intercambien intrapersonalmente las nueces y no las castañas es la mayor estabilidad de su valor, en este caso de uso. No hay que perder de vista que la finalidad del intercambio no es otra que preservar o aumentar el valor, no intercambiar por intercambiar.

Esto se traslada exactamente igual al intercambio interpersonal, y en un proceso de descubrimiento las mercancías que tienen cualidades más aptas para el intercambio que las hacen más intercambiables o vendibles (duraderas, divisibles, homogéneas, limitadas en cantidad, etc), son relativamente más estables en su valor y por tanto más convenientes para comparar el valor que se entrega versus el que se recibe en un intercambio.  

Las cualidades de las mercancías que facilitan su más fácil intercambio (vendibilidad) bien podrían ser la causa de que el valor de sus unidades marginales sea relativamente más estable en el tiempo gracias a sus cualidades (de nuevo nueces vs. castañas).

Y por estabilidad no me estoy refiriendo a la estabilidad ya final de lo que ya es dinero, sino al concepto más básico de estabilidad que es más bien conservación del valor, o que decaiga relativamente más despacio que el de otros bienes, como el sencillo ejemplo de las nueces frente a las castañas.

En conclusión, esta mayor conveniencia como unidad de cuenta más estable, en el sentido de que intercambiarlas intra e interpersonalmente suponen un menor quebranto económico, serían la causa de utilizarla como medio de atesoramiento o posición de seguridad o liquidez.  Démonos cuenta que nuestros colchones de tesorería modernos son, en esencia, exactamente lo mismo que el stock de nueces de la ardilla, que ya es un intercambio intrapersonal en el tiempo. 

Luego, y con lógica consecuencia los distintos bienes compiten como medio de intercambio interpersonal o mercancía, y finalmente la mercancía cuyo valor es relativamente más estable que las demás, aquella que es mejor unidad de cuenta, pasa a ser dinero.

Stablecoins: el momento Whatsapp del dinero

El otro día pasé por una experiencia curiosa: le tuve que explicar a un adolescente de quince años que, antes de la conexión telefónica de datos, los mensajes de texto entre móviles costaban dinero. El SMS no usa internet para realizar su función. Utiliza el canal de señalización de la red para transmitir datos. Por lo tanto, todo el sistema se basaba en la infraestructura de las operadoras de telefonía, que aprovecharon todos los que pudieron ese foso defensivo.

Esto terminó con la generalización de la conexión de datos de los smartphones. Una vez conectado a internet, cualquier servidor podía operar como intermediario en la mensajería. WhatsApp tuvo la brillante idea de reutilizar el número de teléfono móvil como dirección del destinatario, y los mensajes instantáneos y gratuitos llegaron al gran público.

El cambio no solo afectó a su precio. La mensajería a través de aplicaciones móviles permite dos cosas importantes: encriptación de extremo a extremo y capacidad de llegar a cualquier dispositivo conectado esté donde esté. Son dos características que no les hacen mucha gracia a los estados, pero que hoy en día no han sabido evitar.

El paralelismo con las transacciones de dinero es obvio. En el ámbito de los pagos, seguimos viviendo en la era del SMS. Cualquier transacción online se debe realizar a través de la infraestructura de pago de los bancos. Y ellos aprovechan esto, al igual que las operadoras aprovecharon el SMS.

Pero hay un problema mayor. Las operadoras telefónicas simplemente tenían que transmitir los datos que componen el SMS al receptor. Si este es de la misma operadora o de otra, no era mayor problema siempre que siguieran el estándar. Y si el número no pertenecía a una red válida, se aborta el proceso. El contenido del mensaje les daba igual.

Las transacciones de dinero bancario no son un intercambio tan simple. Cuando A quiere pagar a B, en realidad está traspasando una parte del saldo acreedor que A tiene con su banco Y al saldo acreedor que B tiene con su banco X. Por lo tanto, a los bancos les tiene que interesar realizar la transacción. Y muchas veces no les interesa.

Ya sea porque los bancos están en sistemas de compensación de pagos distintos, ya sea por las políticas antiblaqueo que el departamento de compliance ha decidido implementar, los pagos con dinero bancario pueden ser imposibles de realizar. Por lo que un WhatsApp de pagos no solo los abarataría, sino que abriría un universo de posibilidades que ahora nos están vetadas.

Esa es la tesis que defiende Chris Dixon en su cuenta de X:

El momento WhatsApp para el dinero

Las stablecoins son nuestra primera oportunidad real de hacer por el dinero lo que el correo electrónico hizo por la comunicación: hacerla abierta, instantánea y sin fronteras.

Pensemos en la evolución de los mensajes de texto. Antes de aplicaciones como WhatsApp, enviar un mensaje de texto a través de las fronteras significaba pagar 30 céntimos por mensaje. Incluso entonces, tenías suerte si llegaba a su destino. Luego llegó la mensajería nativa de Internet: instantánea, global y gratuita. Los pagos están ahora donde estaba la mensajería en 2008: Fragmentada por las fronteras. Cargados de intermediarios. Cerrados a cal y canto.

Las stablecoins ofrecen una alternativa limpia. En lugar de unir sistemas torpes, costosos y obsoletos, las stablecoins fluyen sin problemas sobre blockchains globales. Estos sistemas son programables, componibles y están diseñados para escalar más allá de las fronteras. Las stablecoins ya están reduciendo el coste de las remesas: Enviar 200 dólares de EE.UU. a Colombia por métodos tradicionales cuesta 12,13 dólares; con stablecoins, 0,01 dólares. (Las comisiones para convertir de stablecoins a monedas locales pueden oscilar entre un 5% y un 0%, y los precios siguen bajando debido a la competencia).

Al igual que WhatsApp trastornó las costosas llamadas telefónicas internacionales, los pagos con blockchain y las stablecoins están transformando las transferencias mundiales de dinero.

Suena convincente. Aunque no dejan de ser los mismos argumentos que se llevan utilizando 15 años para defender que Bitcoin podría sustituir al dinero fíat en los pagos por internet. ¿Por qué las stablecoins sí tendrían éxito en esta empresa? La clave está en la regulación.

Por desgracia, nuestro dinero dejó de ser nuestro mucho antes de la aparición de Bitcoin. La transición de los SMS a WhatsApp fue sencilla porque la materia prima (los mensajes) siempre estuvo en posesión del usuario. Para transmitir dinero primero necesitas acceder a él, y ese acceso siempre ha sido complicado cuando su fin era comprar Bitcoin, porque como hemos visto anteriormente, tu banco tiene voz y voto respecto con quién haces transacciones.

Pero las stablecoins tienen una ventaja regulatoria clara. Los Estados (concretamente la nueva administración de EE. UU.) no las ven con malos ojos. No dejan de ser una forma de colocar su deuda, y su control a través de grandes empresas es factible. Así que pueden dejar operar al mercado y ver qué pasa.

A muchos bitcoiners no les gusta esto. A mí tampoco me entusiasma. Pero creo que se abre un nuevo escenario donde la libertad puede ganar la partida.

Si pudiéramos volver 15 años al pasado y enseñarles a nuestros gobernantes Telegram o Signal, que a nadie le quepa la menor duda de que esas aplicaciones no existirían hoy en día. El hecho de que la tecnología fuera conocida no permitió a nuestros burócratas anticipar las consecuencias de su uso masivo.

Así que es posible que estemos ante el primer paso que permita que, algún día, un chaval de 15 años nos mire cara de perplejidad cuando le expliquemos que había pedir permiso a un banco para gastar tu dinero por internet.

Teoría fiscal del nivel de precios (IV): regímenes fiscales y evidencia empírica

En los tres episodios anteriores de esta serie sobre la Teoría Fiscal del Nivel de Precios (TFNP), describimos lo que considero que son los elementos esenciales de esta teoría macroeconómica. Por ello, en este artículo abordaré la prueba que toda teoría en una ciencia social debe superar: la contrastación empírica. Aunque la interpretación de dicha evidencia se incardina en un marco interpretativo determinado, sí que podemos determinar si, a priori, la TFNP guarda una mínima correspondencia con la realidad. 

Podría suceder, empero, que la evidencia empírica mostrara una presentación sesgada de la realidad económica, en solo aquellos casos donde la teoría no es falsable. En ese caso, a pesar de que en ese caso concreto existiera una correspondencia entre la TFNP y la evidencia, no podríamos afirmar que esta es una teoría adecuada y completa sobre el valor de la moneda fiat. Pero, si hay casos en los que se demuestra que la posición fiscal del gobierno guarda relación con el valor del dinero fiat, ¿no debería conformar esto una ley económica irrevocable? Lo cierto es que, para comprobar la TFNP empíricamente, deberemos articular una teoría que demuestre que esta es válida en todos los regímenes fiscales que pueden existir bajo un patrón fiat. 

Regímenes fiscales ricardianos y no ricardianos

En las teorías macroeconómicas convencionales, solemos distinguir entre regímenes fiscales ricardianos, bajo el que el gobierno otorga a una determinada cantidad de moneda fiat la capacidad de anular obligaciones tributarias nominales; y el no ricardiano, en el que las obligaciones tributarias se referencian a un porcentaje determinado de la producción de un agente económico. Si describiéramos el valor de la moneda fiat de forma algebraica, y asumiendo que la única fuente de la demanda monetaria son las obligaciones tributarias, en Rallo (2017) obtenemos:

A black text on a white background

Description automatically generated

En este modelo simplificado obtenemos conclusiones similares a las que llegamos con el modelo intertemporal de la TFNP, a saber, que la oferta de unidades de moneda fiat  (M) es igual al valor descontado por el factor estocástico m de las obligaciones tributarias reales –el producto del tipo efectivo T, el vector de mercancías Q producidas en t+j y el nivel de precios P de ese período. En los regímenes ricardianos, los tipos efectivos se incrementan proporcionalmente con la inflación. Y, dado que la producción nominal de mercancías (P*Q) y el factor estocástico de descuento se encuentran exógenamente dados en este modelo, entonces el nivel de precios se encontrará determinado por la política fiscal (T) y monetaria (M) del Estado (Ibidem). 

TFNP: ¿limitada a regímenes no ricardianos?

Una de las objeciones más comunes a la Teoría Fiscal del Nivel de Precios es que solo es capaz de explicar el nivel de precios en regímenes no ricardianos. Cuando los tipos impositivos no varían proporcionalmente junto al nivel de precios, entonces se podrían dar infinitas combinaciones de T*P*Q –a la postre, la obligación tributaria nominal. A priori, podríamos pensar que existiría una indeterminación del nivel de precios con respecto a la política fiscal del Estado. Con todo, hemos de tener en cuenta que toda obligación tributaria nominal contiene una sanción en el caso de que la obligación tributaria no se cumpla. Por tanto, no diríamos que el nivel de precios viene determinado por {M, m, T*Q}, sino por {M, m, s} (Ibidem), siendo s la sanción real por obligación tributaria impagada. De ahí que, en cualquier tipo de régimen fiscal, la política fiscal, junto a la política monetaria, sí determina el nivel de precios. 

Más en concreto, lo que nos estamos planteando aquí es si la validez del modelo intertemporal que construimos en la segunda entrega de esta serie recae enteramente sobre el tipo de régimen fiscal de una economía:

Diagrama, Esquemático

Descripción generada automáticamente

Como sucede con la formación del precio de cualquier activo financiero, la capacidad de repago del emisor siempre va a jugar un papel esencial. De ahí que esta identidad se cumpla en cualquier economía donde la unidad de cuenta la constituya una moneda fiat, siendo esta una deuda más del Estado. En suma, tal y como muestra la ecuación cuantitativa del dinero, el nivel de precios puede venir determinado por factores relacionados con la demanda de dinero (k), la oferta monetaria (M) o la producción de mercancías (Q) en una economía. Si consideramos que los factores reales son total o parcialmente exógenos, entonces solo nos queda pensar que {M, k} determinarán el nivel de precios. Y, como vimos en el artículo anterior de esta serie, las variaciones en estas variables surgen de las interacciones entre la política fiscal y monetaria:

A mathematical equation with symbols

Description automatically generated with medium confidence

El peso que tendrá cada uno de estos dos ámbitos a la hora de determinar el nivel de precios dependerá, en su mayor parte, de las políticas que escoja el gobierno en cada caso –por evitar complejidades innecesarias, supondremos que la política monetaria la emprende un banco central independiente, mientras que la fiscal la establece el Tesoro. Si este último decide llevar a cabo una política fiscal pasiva –en la que los superávits primarios reaccionan en proporción 1:1 con la inflación–, entonces la política monetaria determinará el nivel de precios: decidirá cuál de todas las combinaciones de M y P acabará prevaleciendo. Lo contrario sucederá si el banco central instaura los tipos de interés de acorde a la tasa de inflación interanual: la política fiscal acabará determinando el nivel de precios por la lógica establecida previamente. Lo anterior no significa, empero, que la política monetaria en el primer caso y la fiscal en el segundo no influencien el nivel de precios. Cuando afirmamos que una de las dos determina el nivel de precios nos referimos a que, cuando una de las dos reacciona pasivamente al nivel de precios, es la otra la que lo estipula.

Mientras que la realidad es infinitamente más compleja que el experimento mental anterior, resulta ciertamente útil para entender que, pese a la correlación de fuerzas entre la política fiscal y monetaria, ambas influyen en el nivel de precios y que, por consiguiente, el Tesoro tiene un papel esencial en este proceso, aunque no en todos los casos determina el nivel de precios si se decide perseguir una política fiscal pasiva. 

Evidencia empírica

Inicialmente, la teoría expuesta en los últimos artículos podría hacernos llegar a pensar que debería existir una correlación entre los superávits –o déficits– públicos y el nivel general de precios. No obstante, una vez observamos los datos de los últimos cuarenta años en Estados Unidos, no observamos dicha correlación entre las variables:

A graph of a graph showing the growth of the company's stock market

Description automatically generated with medium confidence

Mientras que se aprecian episodios de estímulo fiscal que vienen seguidos de episodios inflacionarios –como sucedió en 2020–, esta relación no se cumple en la mayoría de la serie temporal. Al fin y al cabo, ya explicamos con el modelo intertemporal que la valoración de los pasivos estatales no varía junto a cambios puntuales en los superávits primarios, sino junto a cambios estructurales de las expectativas de los agentes económicos respecto al flujo de superávits esperados en el período de tiempo relevante en la acción.

Historias fiscales: la inflación de los 70

En su artículo Fiscal Histories (2022), John H. Cochrane nos propone un marco interpretativo para analizar estas series temporales en base a la TFNP. Sobre la inflación de los años 70, Cochrane desafía el relato convencional, en base al cual fue la política monetaria la que terminó con esta. Sin mayor análisis, los datos secundarían esta tesis: cuando el tipo de interés del banco central supera a la tasa interanual de inflación –dicho de otro modo, cuando los tipos de interés reales aumentan–, entonces la tasa de inflación se acaba controlando. Esta es la lección que extraemos de la célebre regla de Taylor (1993).

Los teóricos de la Teoría Fiscal del Nivel de Precios no niegan el papel que tiene la política monetaria en el control de la inflación, sino que enfatizan que el déficit primario en 1975, alcanzando máximos históricos desde la Segunda Guerra Mundial, junto a una desconfianza hacia la solvencia de Estados Unidos tras la ruptura del sistema de Bretton Woods (Cochrane, 2022), agravó la inflación durante ese proceso. Del mismo modo, la inflación de los setenta no concluyó exclusivamente gracias a la política monetaria de la Reserva Federal, sino gracias a una concatenación de reformas monetaria, fiscal y microeconómica (Ibidem). En el ámbito monetario, ya hemos explicado el papel de la regla de Taylor; en el fiscal, la economía norteamericana recuperó los superávits primarios, compensando la pérdida de confianza por parte de los tenedores de deuda gubernamental; y, finalmente, en el aspecto microeconómico, la política desregulatoria de Carter seguida por Reagan provocó un crecimiento económico que alivió la situación fiscal del gobierno y también impulsó la demanda de dólares.

La pregunta que nos debemos hacer en todos estos episodios es si la política fiscal fue una condición necesaria para reducir la inflación. En este caso, podemos atender a la evidencia que presenta Christopher A. Sims (2011) en su artículo Stepping on a rake:  the role of fiscal policy in the inflation of 1970s. Para Sims, y de acuerdo con la TFNP, una subida de los tipos de interés reduce la inflación a corto plazo, pero la incrementa de forma persistente debido a los mayores gastos en intereses. Para evitar que esto se traduzca en superávits primarios menores en el futuro, será necesario, como mínimo, mejorar la posición fiscal del gobierno. Y esto es, según Sims, la razón por la que tal y como ocurrió en este episodio inflacionario, “la política fiscal puede ser una fuente primaria de cambios en la tasa de inflación” (Ibidem). 

Estímulos fiscales e inflación pospandémica

Un caso distinto al de la inflación de los años setenta es el de la inflación pospandémica, en el que las tasas interanuales de inflación alcanzaron máximos en décadas. Este caso es especialmente ilustrativo porque, al contrario que en el caso anterior –que podríamos calificar de un problema de expectativas–, en este nos encontramos ante un estímulo fiscal evidente, es decir, un shock fiscal que provoca un episodio inflacionario en el muy corto plazo. 

Para la TFNP, los estímulos fiscales no son necesariamente inflacionarios:  si los agentes económicos esperan que la deuda emitida en el estímulo fiscal va a ser amortizada mediante superávits primarios futuros, entonces este estímulo no generaría inflación. Utilizando el modelo intertemporal (Cochrane, 2023):

A mathematical equation with numbers and symbols

Description automatically generated

Nótese que, tal y como estábamos exponiendo, el cambio en la inflación no esperada sucede siempre y cuando tenga lugar un cambio estructural en las expectativas de superávits primarios por parte de los agentes. Esto tiene una clara explicación desde la liquidez de los pasivos estatales: si las expectativas sobre la solvencia estatal se deterioran tras el estímulo fiscal, la liquidez de la deuda pública con la que se ha financiado el estímulo –y contra la que se ha emitido moneda fiat– se deteriora, generando inflación a través del “efecto riqueza”: los agentes que han intercambiado un activo marginalmente menos líquido –deuda pública– por uno más líquido –moneda fiat– ven incrementada su capacidad de gasto, aumentando el nivel de precios.

A su vez, cuando se emite moneda fiat contra un activo de mala calidad, tal y como sucede con una deuda cuyo repago es cuestionado por sus inversores, la moneda fiat se depreciará: su valor fundamental –derivado de su colateral–, provocando que los inversores le apliquen una tasa de descuento superior (m en la primera ecuación de este artículo).

Cabe otro escenario, distinto al que propone la TFNP, bajo el cual un estímulo fiscal no causará inflación, a saber, si la demanda monetaria aumenta. Este caso es especialmente relevante si tenemos en cuenta que las situaciones donde se suelen aplicar estos estímulos suelen ser episodios de recesión económica, donde aumenta la demanda de dinero. Los súbitos cambios en su velocidad (la inversa de la demanda) en las zonas sombreadas de este gráfico, esto es, cuando Estados Unidos se encontraba en recesión, ilustran esta observación:

A graph showing the growth of the stock market

Description automatically generated

Atendiendo a la evidencia empírica sobre la inflación pospandémica, la realidad valida el diagnóstico de la TFNP. En primer lugar, la inflación tuvo raíces predominantes en el incremento de la demanda agregada tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea (Giannone and Primiceri, 2024). En segundo lugar, la fuente de esta mayor demanda agregada fue, fundamentalmente, los estímulos fiscales que ejecutaron los gobiernos de Occidente durante la pandemia (Cochrane, 2023).

Concretamente, en un working paper para el National Bureau of Economic Research (NBER), Robert Barro (2024) expone, con la muestra de 37 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que se verifica la tesis de la Teoría Fiscal del Nivel de Precios sobre el estímulo fiscal: déficits sin un flujo suficiente de superávits esperados conducen a inflación. En tercer y último lugar, toda esta nueva oferta monetaria no se vio contrarrestada por una demanda proporcional de atesoramiento de dinero, a pesar de que, tal y como muestra la gráfica anterior, creció considerablemente tras los primeros meses de 2020.

Conclusiones

La TFNP no debe relegarse a una exposición teórica de la relación entre los superávits o déficits primarios y la inflación, sino que debe contrastarse con la realidad económica. En este intento de respaldar empíricamente la teoría, podríamos caer en el error de relegarnos a economías con regímenes fiscales que, restringidamente, la Teoría Fiscal del Nivel de Precios podría explicar. Con todo, tal y como hemos visto, esta teoría del nivel de precios no requiere de un régimen fiscal específico: la variable P nunca cae en una indeterminación con respecto a la política fiscal y monetaria del Estado. Por ello, toda la evidencia empírica que se muestre no es más que una ilustración de una teoría del nivel de precios que demuestra tener la entidad suficiente como para poder comprobarse en los últimos episodios inflacionarios –a pesar de contener ciertas inexactitudes o errores que cabrá abordar en un futuro artículo.

Bibliografía

Barro, R. J., & Bianchi, F. (2023). Fiscal influences on inflation in OECD countries (NBER Working Paper No. 31838). National Bureau of Economic Research.

Cochrane, J. H. (2022). Fiscal Histories. The Journal of Economic Perspectives, 36(4), 125–146. ç

Cochrane, J.H. (2023). The Fiscal Theory of the Price Level. Princeton University Press.

Giannone, D., & Primiceri, G. (2024). The drivers of post-pandemic inflation (Working Paper No. 32859). National Bureau of Economic Research.

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Sims, C. A. (2011). Stepping on a rake: The role of fiscal policy in the inflation of the 1970s. European Economic Review, 55(1), 48–56.

Taylor, J. B. (1993). Discretion versus policy rules in practice. Carnegie-Rochester Conference Series on Public Policy, 39(1), 195–214.

La venganza de Milton Friedman

Por Iain Murray. El artículo La venganza de Milton Friedman fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Se está convirtiendo rápidamente en la sabiduría recibida que una razón importante por la que el presidente Trump ganó las elecciones de 2024 fue porque la inflación importa. Demasiadas familias trabajadoras habían visto cómo se reducían sus presupuestos domésticos, incluso cuando el gobierno federal continuaba con niveles récord de gasto. Al hacerlo, la administración Biden ignoró la sabiduría del difunto Milton Friedman de que los banqueros centrales siempre corrigen en exceso a la señal de contracción económica. El presidente Biden incluso hizo explícita la conexión: «Milton Friedman ya no dirige el espectáculo». Pero resulta que Friedman tenía razón: aumentar el gasto e imprimir dinero es una receta para la inflación, y los votantes odian la inflación.

Hace tiempo que Milton Friedman está fuera de juego. No es nada nuevo que la izquierda se burle de él: como joven conservador en el Reino Unido en los años 80, a menudo era atacado como «monetarista» por gente que no tenía ni idea de lo que era la política monetaria, tal era su supuesta influencia sobre Margaret Thatcher. Los izquierdistas siguen lanzando duras andanadas contra su memoria. Sin embargo, recientemente, incluso los autoproclamados conservadores lo han relegado a la historia en términos tan severos como Joe Biden.

“No necesitamos a Rand o a Friedman; necesitamos a San Agustín”

El senador Josh Hawley, por ejemplo, dijo en la conferencia National Conservatism de este año: «Ahora no necesitamos la ideología de Rand o Mill o Milton Friedman, sino la perspicacia de Agustín». Rusty Reno, editor de First Things, lo critica en su libro Return of the Strong Gods. Yoram Hazony invoca la libertad de elección de Friedman en La virtud del nacionalismo, para criticarlo. Y el editor de Compact, Sohrab Ahmari, comentó: «Voz quejumbrosa: Pero, pero, pero, ¿qué diría Milton Friedman?», cuando el gobierno húngaro instituyó controles de precios, a lo que Ross Douthat, del New York Times, respondió: «Diría que esto no funcionará como se pretende, presumiblemente». (Spoiler: no, no funcionó.)

Otro consejo de Milton Friedman también ha sido rechazado en los últimos años por la izquierda y la derecha, y, sin embargo, su validación puede haber contribuido a la victoria de Trump. Se conoce como la Doctrina Friedman, la norma según la cual la responsabilidad social de las empresas es aumentar los beneficios. Friedman expuso su teoría en el New York Times Magazine en 1970, en respuesta a un creciente número de empresarios que sugerían que las empresas tenían responsabilidades con la comunidad en general. Friedman respondió: «Los empresarios que hablan así son marionetas involuntarias de las fuerzas intelectuales que han estado socavando las bases de una sociedad libre en las últimas décadas».

La ‘Doctrina Friedman’

Era un viejo debate resucitado. En la década de 1930, el exponente del New Deal A. A. Berle y el profesor de Derecho de Harvard Merrick Dodd mantuvieron un debate público sobre exactamente esta cuestión, en el que Berle parecía salir victorioso en su afirmación de que los intereses de los accionistas debían estar «subordinados a una serie de reivindicaciones de los trabajadores, de los clientes y patrocinadores, de la comunidad» frente a la tesis de Dodd de que las empresas sólo debían atender a los intereses de los accionistas. En 1970, sin embargo, crecía la preocupación de que este énfasis en lo que se conoció como intereses de las «partes interesadas» hubiera conducido al corporativismo, con las empresas ejerciendo demasiado poder sobre la política pública.

La aceptación generalizada de la Doctrina Friedman que siguió al artículo de Milton Friedman cambió la situación durante un tiempo, pero no por mucho tiempo. A mediados de la década de 1990, las empresas estaban cada vez más presionadas para «hacer el bien», sobre todo en relación con el medio ambiente. Lo que el difunto economista David Henderson llamó un sentido de «salvacionismo global» se convirtió en un importante motivador del comportamiento empresarial. Se trataba de la idea de que formaba parte del sentido corporativo de ayudar a cambiar el mundo.

Ya desde el New Deal

Esta vez, las nuevas profesiones de los teóricos de la gestión y la contabilidad entraron en escena. Conceptos como la «triple cuenta de resultados» y la «responsabilidad social de las empresas» se infiltraron en la formación empresarial y los cursos de ética. Mientras que bajo la Doctrina Friedman, la mera existencia como empresa, que proporciona bienes o servicios, puestos de trabajo y beneficios, se consideraba el papel adecuado de la empresa en el tejido social, se convirtió en un lugar común afirmar que las empresas tenían que «devolver» a la comunidad. Las empresas debían destinar sus beneficios a actividades comunitarias, algo que Milton Friedman tachó de socialismo.

De hecho, lo que era diferente de la versión del New Deal de la teoría de los grupos de interés era que la ética conservadora básica de cumplir los contratos y no perjudicar explícitamente a terceros fue sustituida por la ética progresista de ayudar activamente a diversos grupos de intereses especiales definidos por activistas de izquierdas. Los grupos de interés ya no eran grupos como los empleados y los proveedores, sino ideas más nebulosas como «el medio ambiente mundial», que permitían a los grupos de presión de izquierdas erigirse como si fueran el Lorax y afirmar que hablaban en su nombre.

ESG + DEI = ataque a la libertad de empresa

Tras la crisis financiera de 2008, este cambio de marcha se aceleró. Ya no se trataba simplemente del gasto de las empresas, sino de cómo se comportaban internamente. Esto evolucionó hacia lo que se conoce como ESG (Environmental, Social, Governance), que actúa como un conjunto de normas corporativas sobre cómo operan las empresas. Por ejemplo, al describir el aspecto social, IBM afirma que las normas se refieren «al impacto que la organización tiene en las personas, la cultura y las comunidades, y examina el impacto social de la diversidad, la inclusión, los derechos humanos y las cadenas de suministro». Esto va claramente mucho más allá de la comunidad local y refleja, en cambio, los principios del salvacionismo global.

Y entonces estalló otra polémica en Estados Unidos sobre lo que se percibía como una actuación policial con sesgo racial. Esa preocupación culminó en el movimiento Black Lives Matter (Las vidas de los negros importan), y se adoptó ampliamente otro conjunto de principios. La diversidad, la equidad y la inclusión (DEI, por sus siglas en inglés) tenían como objetivo inicial ofrecer una mayor igualdad de oportunidades. Sin embargo, pronto se transformó en una política del lenguaje -o incluso del pensamiento- y en sesiones de lucha empresarial.

Razas con himnos

Este doble conjunto de políticas pronto pasó de las prácticas internas a las externas. Las empresas tenían que exportar estos valores a sus clientes. Así, la Liga Nacional de Fútbol tocaba dos himnos nacionales (el himno nacional real y el «himno nacional negro», «Lift Every Voice and Sing») en cada partido. La Guerra de las Galaxias de Disney exploró la idea de que los Caballeros Jedi eran malvados. Los personajes de los videojuegos se hicieron menos atractivos para los jóvenes por miedo a satisfacer la «mirada masculina». Los restaurantes dejaron de ofrecer pajitas de plástico en favor de las empapadas pajitas de papel. Y las empresas empezaron a exigir a sus proveedores que adoptaran las mismas normas y prácticas.

Mientras tanto, los gobiernos se sumaron a la iniciativa. La Comisión del Mercado de Valores promovió normas para que las empresas que cotizan en bolsa promulguen normas ESG. La Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo amplió sus esfuerzos para promover la IOE. Todos los esfuerzos empresariales y gubernamentales, al parecer, estaban dirigidos a empujar la actividad empresarial hacia lo políticamente correcto.

Por desgracia para ellas, un grupo parecía recelar de lo que estaba ocurriendo: los consumidores. Las audiencias de la NFL cayeron. El servicio de streaming de Disney pasó apuros en medio de acusaciones de una agenda «woke». Los videojuegos se convirtieron en un campo de batalla cultural. Famosamente, las ventas de Bud Light se desplomaron tras su intento de utilizar a un influencer trans como portavoz. Empresas como Lowes, John Deere, Ford e incluso Meta abandonaron sus posturas políticas en respuesta a la presión de los consumidores.

El negocio de las empresas es el negocio

La reacción de los consumidores tuvo un efecto político. El fin de semana anterior a las elecciones, el New York Times admitió sobre estas prácticas radicales que «la breve era de su incuestionable dominio está llegando a su fin». Los hombres jóvenes en particular, un grupo cuyas preferencias eran el blanco de muchos de estos cambios, salieron a votar a los republicanos en una inversión de las tendencias anteriores.

Aún no disponemos de datos que demuestren el efecto electoral, pero el comportamiento corporativo ha sido uno de los principales objetivos de los defensores culturales de los jóvenes como Ben Shapiro y Jordan Peterson. Sin embargo, ahora debería ser obvio que atender a las partes interesadas percibidas (a menudo en realidad sólo más intereses especiales, como el movimiento ecologista) por encima de los clientes es una mala decisión empresarial.

Los líderes empresariales hicieron una mala apuesta al apostar por las iniciativas ESG/DEI. Les ha perjudicado financiera y reputacionalmente. Ahora se enfrentarán a una administración que dará un giro de 180 grados a estas políticas, cuestionando e investigando lo que antes fomentaba.

Es hora de que vuelva la Doctrina Friedman. El negocio de las empresas es el negocio, y eso es lo que ayuda a los consumidores y a la sociedad civil a prosperar, diga lo que diga la Harvard Business School.

Ver también

La doctrina Milei. (Patrick Carroll).

La teoría fiscal del nivel de precios (II): el modelo intertemporal

En el artículo previo de esta serie, analizamos las premisas básicas de la teoría fiscal del nivel de precios basándose en un modelo con dos periodos:

Imagen que contiene Diagrama

Descripción generada automáticamente

En función de este modelo, explicamos cómo el valor real de la deuda se ajusta a aquel de los superávits esperados descontados, pues estos son activos que el gobierno puede emplear para reabsorber la base monetaria –y, ceteris paribus, la oferta monetaria– y para mantener una la confianza de los tenedores de deuda gubernamental, de modo que no huyan de los pasivos estatales, incluyendo dentro de estos la moneda fiat. 

Flujo de superávits esperados

Con todo, la comprensión que nos puede proporcionar un modelo con únicamente dos periodos es, más bien, limitada. Como bien sabemos, la acción humana se desarrolla en un contexto dinámico, en el que el tiempo juega un papel fundamental (Mises, 2023). Si bien este modelo nos puede ser de utilidad para construir cierta intuición sobre la teoría, no es suficiente para explicar los cambios en las variables a lo largo de un periodo concreto. 

Mientras que el valor de la deuda pública a corto plazo viene determinado por el valor presente de los superávits esperados en un corto espacio de tiempo, el de la deuda pública a largo plazo se encuentra ligado al flujo de superávits esperados durante un período más prolongado. Por ello, es incorrecto entender la formación del nivel de precios como una reacción mecánica a los superávits esperados de los períodos más próximos en el tiempo, tal y como sugiere el modelo con el que hemos iniciado este artículo. Para ello, será necesario crear un modelo intertemporal que ilustre de forma rigurosa la realidad económica.

Representando estos procesos económicos matemáticamente (Cochrane, 2023):

Diagrama, Esquemático

Descripción generada automáticamente

De esta manera, es imprescindible entender que el nivel de precios no viene determinado por las finanzas del Estado en un momento concreto, sino por el flujo de superávits o déficits esperados. Esta es la lógica que subyace a reemplazar el modelo de dos períodos que ya introducimos en el artículo anterior con el intertemporal: el nivel de precios no reacciona de forma mecánica a los superávits o déficits presentes, sino a los esperados en un espacio temporal prolongado, que dependerá, en última instancia, del plazo de la deuda emitida por el gobierno. 

Tipos de interés y política monetaria bajo la TFNP

Hasta ahora, hemos tratado únicamente la política fiscal sin analizar cambios en la política monetaria. ¿Qué ocurre si los superávits y las ventas de bonos se mantienen inalteradas, pero se incrementan los tipos de interés? ¿Y si los tipos de interés y los superávits van en direcciones opuestas? ¿Qué consecuencias tiene sobre la TFNP una política de tipos de interés negativos? Este tipo de preguntas contienen una serie de implicaciones muy relevantes para la TFNP, y que han de ser resueltas si se quiere construir una teoría sólida sobre el nivel de precios.

En la actualidad, los bancos centrales controlan la base monetaria mediante los tipos de interés, y que dependen de cada banco central (Stigum, 2007). Unos bajos tipos de interés implican que los bancos centrales están creando reservas, ampliando su balance y, en consecuencia, aumentando el gasto o la demanda agregada dentro de la economía. Por contrapartida, una subida de tipos de interés significa lo contrario, es decir, una contracción de la base monetaria.

Efectos de la política de tipos

Si introducimos la política fiscal en este razonamiento teórico, la comprensión de la política monetaria como único método estabilizador cambia radicalmente. Unos tipos de interés más altos con un endeudamiento elevado y sin un compromiso del gobierno de realizar ajustes fiscales puede llevar, incluso, a generar inflación. Al incrementar los tipos de interés del banco central, también lo hacen los intereses devengados por la deuda pública de los gobiernos. Ello conduce a un menor superávit o a un mayor déficit primario, financiado con más deuda, lo cual ya sabemos que puede tener un gran efecto sobre el nivel de precios. 

Bajo este marco teórico se puede comprender, incluso, la viabilidad de los interest rate pegs con un nivel de precios estable, es decir, unos tipos de interés constantes en el tiempo. Al asumir una política fiscal pasiva –a saber, aquella en la que los superávits reaccionan en una relación 1:1 con la inflación–, distintas tradiciones, como la monetarista, argumentaron en contra de dicha propuesta (Friedman, 1968). La TFNP, en contraposición, sugiere que una política fiscal “activa” tiene una gran influencia sobre el nivel de precios (Cochrane, 2023).

Las lecciones de política fiscal y monetaria que podemos extraer de la teoría fiscal del nivel de precios se incardinan en la defensa de que la política fiscal tiene una gran influencia sobre el nivel de precios, razón por la cual es necesaria una coordinación entre ambos ámbitos de la política pública para establecer un control efectivo del nivel de precios. La efectividad de la política monetaria depende de la política fiscal, y viceversa, y la primera no es en absoluto prescindible en la TFNP. 

Expectativas

Volvamos al enunciado principal de la TFNP: “el nivel de precios se determina de manera que el valor real de la deuda se ajusta al valor presente y descontado de los superávits esperados”. Esta última palabra es central en esta teoría: precisamente porque estamos analizando el valor de un activo financiero como es el caso de la moneda fiat, las expectativas determinan en gran parte este valor y su precio en el mercado (Rallo, 2017).

Gracias a haber sustituido el modelo de dos períodos con el intertemporal, hemos formalizado que estas expectativas se corresponden a un flujo indefinido de superávits, y no a aquel del período posterior. Este avance teórico que encabeza la teoría fiscal del nivel de precios se puede observar en contraste a la típica formulación de la teoría cuantitativa del dinero, en virtud de la cual los cambios en la oferta monetaria influían directamente en el nivel de precios (Friedman, 1956), tal y como se puede apreciar en la siguiente representación gráfica:

Gráfico

Descripción generada automáticamente con confianza media

En contraposición, la TFNP ofrece una perspectiva algo más sofisticada y que se integra de un modo mucho más adecuado en la realidad económica. La determinación del valor del dinero fiat –entendiendo este valor como la inversa del nivel de precios (1/Pt)– también se encuentra influenciado por las expectativas (Et) de los agentes económicos sobre la solvencia y las finanzas del gobierno. En forma gráfica:

Gráfico

Descripción generada automáticamente

Deterioro del balance del banco central, demanda de pasivos estatales y refinanciación de deuda gubernamental

En este sentido, las expectativas pueden afectar a la determinación del nivel de precios tanto desde el cuantitativo como cualitativo, a través de los siguientes procesos:

  1. Deterioro del balance del banco central: puesto que la mayoría de los bancos centrales mantienen deuda pública en su balance, este es un activo con el cual pueden reabsorber moneda fiat y estabilizar su valor. Si los acreedores desconfían en la solvencia relativa del gobierno a largo plazo, el valor de la deuda pública en el mercado decrecerá, de la misma manera que lo hará la calidad del activo financiero –a fin de cuentas, recordemos que el valor del activo financiero depende de aquel de los activos que sirven como su colateral.
  2. Reducción de la demanda de los pasivos estatales: si los agentes económicos pierden confianza sobre la solvencia del gobierno, tendrá lugar una caída de la demanda de los pasivos de este –recordemos que el valor de un activo financiero se encuentra ligado a la solvencia percibida del emisor. Y, como la moneda fiat es un pasivo más del Estado (Rallo, 2017), también se reducirá la demanda monetaria, bien sea mediante el atesoramiento de activos reales, de otras monedas fiat y activos financieros o simplemente consumiendo sus saldos de tesorería (Ibidem).
  3. Incapacidad de refinanciar la deuda. Recordemos, en primer lugar, que en este modelo el gobierno puede retirar moneda fiat del sistema mediante los superávits (s) y las ventas de bonos estatales (Qt*Bt):

Menor margen de maniobra

Si se reduce la demanda global de la estructura de deuda del gobierno –dentro de la cual no solo está la moneda fiat, sino también todos los bonos que emite–, la consecuencia directa será que el gobierno perderá la capacidad de estabilizar el nivel de precios mediante la venta de bonos que generan un reflujo de la moneda fiat.

Como vemos, mientras que 1) y 2) afectan a la calidad de la moneda fiat, 3) hace referencia a la cantidad de moneda fiat que permanece en la economía. Todos estos tres procesos, como se observó en la ilustración inicial, afectan directa o indirectamente al nivel de precios bajo el marco de la TFNP.

¿Y la deuda a largo plazo?

En el inicio del presente artículo ya explicamos la necesidad de incorporar un flujo intertemporal de superávits esperados y descontados en el modelo inicial, dado que el valor de cada bono se determinaba en función de los superávits esperados en el mismo vencimiento. A raíz de este razonamiento, surgen diferentes implicaciones sobre el nivel de precios en relación con el plazo de vencimiento de la deuda.

Pero primero, hemos de entender que los Estados se endeudan de forma regular mediante la refinanciación, o roll-over, de esta: pagan la cantidad inicial a devolver emitiendo deuda por ese mismo valor nominal, teniendo que hacer frente únicamente a los gastos de intereses. En consecuencia, una huida generalizada de la deuda gubernamental a corto plazo no se produciría porque el gobierno no es capaz de generar los superávits necesarios, sino porque es incapaz de refinanciar esa deuda mediante nuevas emisiones, en un proceso similar al de un pánico bancario (Cochrane, 2023). 

Para la TFNP, el nivel de precios se comporta de distinta manera si la estructura de deuda del gobierno es a corto o a largo plazo. Mientras que la deuda a corto plazo es más volátil respecto a los superávits o déficits presentes, la deuda a largo plazo se valora en relación con un flujo de superávits más extendido y, en consecuencia, genera comparativamente más estabilidad en las finanzas del gobierno y en el nivel de precios (Cochrane, 2001).

Conclusiones

En este artículo, hemos avanzado en una comprensión más global y realista de lo que es y lo que no es la TFNP, gracias a haber expuesto un modelo intertemporal que nos permite explicar la variación de los superávits a lo largo de varios períodos. Esto es esencial al integrar las expectativas y los flujos de superávits esperados en las teorías macroeconómicas, al influir estos de forma significativa sobre el nivel de precios.

Si cabe extraer una conclusión fundamental de este artículo, es que la política fiscal es fundamental en términos macroeconómicos. Evidentemente, los tipos de interés, las operaciones de mercado abierto, o la oferta monetaria son imprescindibles para entender las fluctuaciones en el nivel de precios. Sin embargo, tanto o más importantes son los superávits y déficits primarios, los plazos de vencimiento de la deuda pública y demás variables fiscales que tienen una gran influencia sobre la economía real y financiera.

Bibliografía

Cochrane, J. H. (2001). Long-Term Debt and Optimal Policy in the Fiscal Theory of the Price Level. Econometrica, 69(1), 69–116.

Cochrane, J.H. (2023). The Fiscal Theory of the Price Level. Princeton University Press.

Friedman, M. (1956). The Quantity Theory of Money – A Restatement. En Milton Friedman (ed.), Studies in the Quantity Theory of Money, University of Chicago Press, 3-21.

Friedman, M. (1968). The Role of Monetary Policy. The American Economic Review, 58(1), 1-17.

Mises, L.v. (2023). La Acción Humana. Unión Editorial.

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Stigum, M. (2007). Stigum’s Money Market. McGraw Hill.

Ver también

La teoría fiscal del nivel de precios (I): una introducción. (César Táboas).

La teoría fiscal del nivel de precios. (Jon Aldekoa).

Romper la regla de oro destruye todo

Imaginemos, por un momento, un mundo ideal. Un mundo donde ltodos los ciudadanos se han convencido de guiarse por tres principios: Nadie mata a nadie, nadie roba a nadie y nadie engaña a nadie. Mientras los individuos respeten estos tres principios, pueden hacer lo que les venga en gana. La consecuencia de un mundo así es que no se necesita una autoridad sobre los individuos pues nadie comete delito alguno, nadie incurre en fraudes, no hay delitos qué perseguir pues todos son bien portados.

A Juan se le ocurre poner un negocio de automóviles, no está prohibido. Podrá contratar a los trabajadores necesarios, comprar materia prima, producir y vender en donde crea que le pagan el mejor precio. Así empieza a hacer fortuna y no tiene límites. Al rato se le ocurre hacer una empresa constructora de grandes edificios o de aviones, etc. Y todo está bien: sus trabajadores se contratan porque les gusta participar en esa labor. Se ponen de acuerdo individualmente con el patrón sobre sueldos y prestaciones y al que no le guste, nadie le puede obligar a trabajar para ese patrón. El dueño no le puede poner una pistola en la cabeza para que haga labores que no desea. El obrero puede pedir un salario alto por día trabajado, el patrón valora y quizás le de lo que pide o quizás no; no están obligados a contratar en desacuerdo.

Simplemente el obrero puede negarse y buscar otro patrón o dedicarse a otra actividad que crea le será más benéfica. Quizás se decida a convertirse en un comerciante, quizás se decida a emprender un negocio, es libre de hacer lo que le convenga. Por el lado del patrón, buscará  trabajadores que esten dispuestos a laborar en su empresa. Pero todo es voluntario, nadie puede forzar a nadie.

Un mundo de empresarios

Ninguna empresa tiene garantizado el éxito; hay algunas que mueren antes de cumplir un año. Algo le habrá fallado al empresario: no supo detectar los gustos, necesidades o caprichos de la gente; quizás no supo formar un buen equipo de trabajadores, no les supo comunicar de la importancia de la empresa. Puede ser que no supo manejar los precios adecuados, o no cuidó la calidad del producto. En fin, hay muchas variables que inciden en la suerte de una empresa. Pero haya sido como haya sido, la sociedad obtuvo beneficios, quizás pequeños, por la decisión de ese empresario. En otras palabras, sea cual sea la decisión del empresario, nunca perjudica a la sociedad.

Claro, si fue un empresario exitoso la sociedad se beneficia porque se invierten, ningún patrón se las puede comer; tampoco las usará para tener una alberca llena de manedas de oro y nadar como lo hacía el Rico Mac Pato en las caricaturas de Walt Disney.

En este mundo ideal, donde todos respetan sagradamente los tres principios mencionados, en realidad es un mundo de empresarios. Es porque todos son vendedores y compradores: unos venden automóviles, otros venden naranjas, otros atención médica, educación, diversión, o mano de obra. Todos venden, todos compran, todos negocian el mejor precio. Es un mundo de comerciantes.

El dinero

En cuanto al dinero, usan oro para comerciar. Es porque este metal tiene buenas características: es divisible, maleable, no se hecha a perder, se puede transportar, todos le tienen confianza pues saben que es bien recibido donde sea. Como el oro es un metal que casi no crece (3% anual) todos saben que atesorarlo no lleva a pérdida de valor. Es decir, no pierde poder adquisitivo.

A pesar de las virtudes del oro, resulta algo complicado andar cargando cinco kilos en el bolsillo. Los pueblos se ponen de acuerdo en dejar el oro en las bodegas y a cambio producir billetes respetando una regla estricta: Solo se puede producir un peso argentino si en la bodega queda guardado un gramo de oro. Solo se imprimirá un peso argentino si está respaldado por un gramo de oro en bodega, y así, en todos los países se adopta la misma regla. Un dólar es un gramo de oro, un quetzal es un gramo de oro, etc.

Toda la economía sigue funcionando perfectamente, con la ventaja de poder fraccionar los billetes sin ningún límite. Digamos, en lugar de que un gramo de oro se imprima un quetzal, ahora se puede producir mil billetes de un miliquetzal. O bien, un gramo de oro puede originar un millón micro quetzales y así. Nótese que no se está inflando a las economías de cada país pues todo billete está respaldado por el metal áureo. La regla resulta perfecta.

El crédito

En nuestro mundo ideal, donde hay una cmpleta libertad para los individuos mientras no violen los tres principios fundamentales, los sistemas de crédito y financiamiento surgen de manera natural, porque no violan los tres principios.

Dentro de un país, algunos individuos se dedican al negocio de guardar dinero pagando una tasa de interés pasiva y prestarle a quien lo necesite a cambio del pago de una tasa de interés activa. Es un negocio que obtiene sus ganancias por la diferencia entre la tasa activa y la tasa pasiva. Los ahorradores están contento pues al depositar su dinero ganan, en lugar de guardarlo en el colchon de casa. Ese dinero estará disponible para los que lo necesiten pero deben pagar una tasa de interés para que ganen los dueños del dinero y la banca. La Banca es una gran institución que ayuda a los emprendedores, comerciantes, profesionistas y a la gente que tiene alguna necesidad o quiere comprar un automóvil o una casa a crédito.  Hasta aquí no detectamos ningún problema en esta economía mundial y local.

Empréstitos internacionales

Puede ocurrir que un empresario, digamos de España, quiera ampliar su negocio, comprar máquinas, terrenos etc, pero ningún banco nacional se dispone a otorgarle crédito. Entonces acude a un banco extranjero que, por suerte, está dispuesto a prestarle. El empresario español, responde con sus activos y usa bien el préstamo para su negocio. Paga el principal y los intereses y no hay problema alguno. La nación del banco que prestó no sufre pues si su banquero se dispuso a prestarle al español es porque los ciudadanos de aquella nación no demandaban crédito o porque el banquero sintió que ganaba más con el empresario español. De cualquier manera ambas partes se benefician. Ahora el banquero foráneo tiene más recursos para sus ciudadanos y el Español generará más bienes o servicios para los nacionales. Todos ganan.

En realidad, el empresario español no necesitaba necesariamente acudir por un préstamo al exterior, bastaba que anunciara su disposición de pagar una mayor tasa de interés y, seguramente, convergerían otros españoles con ganas de aprovechar la oportunidad.

Alguien rompe la regla

Seguimos en un modelo de mundo ideal donde la oferta y demanda funcionan perfectamente. ¿Cuantos bancos debe haber? Nadie lo sabe, porque eso depende de la oferta y demanda. Si es un pueblo con poca energía para proiducir y prosperar, quizás haya un solo banco o ninguno. Pero si el espítitu de emprender es alto, todos quieren créditos para abrir o ampliar sus negocios y ello empuja para que surjan más bancos. Pero nadie lo puede determinar porque eso solo se resuelve en la dinámica del mercado.

Admitamos ahora que alguien, digamos un banquero, quiere aprovecharse de la situación de alta demanda y corre a prender la maquinita que imprime billetes. Lo tendrá que hacer en la noche, para que nadie se de cuenta. Así que consigue bastante papel y tinta y pone a trabajar a la imprenta a su máxima capacidad. Por la mañana, llega en una camioneta con múchos dólares para no negarle créditos a nadie. Es más baja la tasa de interés que los otros bancos aplican y así concentra la demanda de crédito. Es más, anuncia créditos bajos para comprar casas, autos, vacaciones o lo que se le ocurra a la gente. ¿Cuál es el efecto de este proceder?

Auge y depresión

La noticia llega a otros países y los empresarios se aprestan para aprovechar la oportunidad de la baja tasa de interés. Nótese que en este mundo ideal no hemos admitido la figura de Gobierno. Pasa el tiempo y se llega la fecha de pago, hay que regresar el dinero prestado. Y resulta que los empresarios no pueden pagar su crédito. Los que compraron casa con el crédito barato concedido no pueden pagar las mensualidades, el agricultor que adquirió un buen tractor tampoco puede pagar. Es que con tanto dinero vertido a la economía, la gente se volvió loca comprando.

Ante tanta demanda, los precios fueron empujados al alza, pero los sueldos perdieron poder adquisitivo, los ahorros, hechos con tanto sacrificio, se pulverizaron. El banquero malo se empieza a quedar con propiedades, fábricas y negocios. Un gran negocio pues solo bastó imprimir billetes y prestar a tasas bajas. Los banqueros perdieron clientes y mejor cerraron sus bancos, arrojando a los empleados al ejército de desocupados. De hecho, ese mal banquero podía haberse quedado con toneladas de oro con el simple mecanismo de producir sin límites. En pocas palabras, la destrucción del orden económico generó gran desorden por vía del señoreaje, es decir, de la impresión de dinero sin respaldo.

Esta política de señoreaje fue ampliamente aplicada por el Füher Adolfo Hitler, y él brincaba de gusto pensando que así inventaba una mejor economía que la capitalista, ni Dios podía hacer esos milagros económicos: trabajo para todos, escuelas para todos, salud para todos, creación de un gran ejército para conquistar y apoderarse de grandes territorios junto a las riquezas naturales (petróleo, oro, azufre, etc).

También soñaba con destruir a Alemania mediante una gran invasión de libras esterlinas fabricadas en las imprentas del Tercer Reich.

Gobiernos que piden dólares prestados

El mundo ideal se está destruyendo desde el momento en que metimos a un bandido que furtivamente se atreve a falsificar dolares, perdón, dinero sin respaldo de oro. Ahora introducimos un agente que no corresponde al Mundo Ideal, en efecto, ahora surge la idea de tener un gobierno que vigile y castigue a los bandidos. La gente acepta, no del todo convencida. Por supuesto, ese gobierno está formado por hombres que comen, visten y tienen necesidades. Convencidos o no, se establece una tasa impositiva.

Ese gobierno se da cuenta que es bastante cómodo vivir de impuestos y rápidamente se ofrece para dar otros servicios a la sociedad, y por supuesto, subir los impuestos. Calles, puentes, acueductos, etc., ahora los provee el gobierno. Nadie se atreve a criticar pues todos reciben los beneficios. Ahora el tamaño del gobierno es grande y sin limites para seguir creciendo. Y como ya no les alcanza los impuestos, se sienten con el derecho de pedir prestado a otro país. En efecto, acuden con el tío Sam para pedir un a cifra inconfesable de dólares.

Los préstamos del Tío Sam

El tió Sam se pone muy amable y se dispone a prestar, digamos $10.000.000.000,00 o más. Despues de todo, el Tio Sam solo tiene que desvelarse unos días para imprimer toneladas de dólares. Con su noble actitud de amigo, le otorga una tasa de interés baja, o mejor aún, le aplica tasa cero. Ahora la bodega del país deudor está llena de dólares. Pero en Argentina (digamos) no circulan los dólares. Pero sigue la regla de Breton Wood (1944) “Puedes imprimir pesos argentinos si te respada el oro o las divisas en bodega.” Asi que se pone a trabajar a todo vapor la maquinita que imprime pesos argentinos. El gobierno argentino se desvela pensando en qué hará con tanto dinero.

Por otro lado, la gente del gobierno argentino ve que la bodega está repleta de dólares y empieza a soñar con nuevos proyectos financiados con divisas: Comprar aviones, locomotoras, cañones, etc., hasta que quedan vacias las bodegas del gobierno. Pero ha pasado el tiempo y llega la hora de pagar al Tio Sam. Pero no hay dinero ni para el pago de intereses. Así que se refinancía la deuda pidiendo más dolares para pagar los intereses. Y así, la deuda crece y crece sin límites. O bien, el tío Sam acepta que Argentina pague con ganado. Miles de vacas se van al norte.

Gracias a la actividad delictiva de imprimir billetes sin respaldo, se dejó a un país en ruinas y sin capacidad de levantarse. El país que tiene la maquinita se hace de una fortuna inmensa sin haber arriesgado absolutamente nada, pues solo le puso tinta al papel. 

Conclusiones

  • La única manera en que el mundo tenga un desarrollo sano es cuando se apega a la regla de oro: todo billete debe estar respaldado por oro.
  • Si sabes que un país rompe la regla del patrón oro, nunca le pidas prestado, ni le vendas productos porque te va a destruir tu economía.
  • Si en tu país tienes un gobierno, bueno o malo, debe estar muy limitado, debe estar estrictamente prohibido pedir prestado a otros países y tampoco a sus propios ciudadanos.
  • Todo gobierno debe vivir estrictamente con lo que recibe de impuestos. (Cero déficit). Y lo puede hacer si se limita a las funciones fundamentales: cuidar la paz de los ciudadanos, que nadie asesine, nadie robe y nadie cometa fraudes. Ni siquiera le dejes la obra pública porque es mejor mediante organizaciones privadas temporales que no vivan de impuestos.
  • Si un gobierno se limita a las funciones fundamentales, los impuestos serán pequeños y los deben pagar los individuos, no las empresas.
  • Solo los agentes privados deben tener el derecho de contratar deuda nacional o foránea, pues solo éstos perciben las oportunidades correctas, asumen el riesgo y responden por las consecuencias; a diferencia de los gobiernos que son temporales,  aplican descuido en el manejo de recursos que no les pertenecen y al final, nadie sabe donde se esconden.

Teoría fiscal del nivel de precios (I): una introducción

¿Qué es lo que determina el poder adquisitivo del dinero con respecto a las demás mercancías? Desde los anales del pensamiento económico, muchos han sido los economistas que han tratado de averiguar por qué los precios crecían o bajaban conjunta y súbitamente en determinadas circunstancias. Actualmente, comenzando por Thomas Sargent (1985) y Neil Wallace (1981), se inició una tradición que observó que la inflación también podría tener raíces en la política fiscal del gobierno, dando comienzo al desarrollo de la Teoría fiscal del nivel de precios (TFNP).

Esta teoría propugna que “el nivel de precios se ajusta de manera que el valor real de la deuda se equipara al valor presente de los superávits primarios” (Cochrane, 2023). Aunque esto podría parecer una perspectiva antagónica a la teoría cuantitativa de Friedman (1956), focalizada únicamente en la naturaleza monetaria de todo proceso inflacionario, es metodológicamente muy similar a la Escuela de Chicago. En palabras de John H. Cochrane:

Yet fiscal theory is, at least as I present it, much in the Chicago tradition. It allows a less-is-more approach, in which with a little bit of hard supply and demand work takes you further than you might have thought (Cochrane, 2023, p. xii).

Las raíces de la Teoría fiscal del nivel de precios

La premisa de la que parte la teoría es análoga a la versión convencional, a saber, que un exceso de gasto sobre la producción causa inflación, y un exceso de producción sobre gasto, deflación. Estas serían, en suma, las conclusiones que extraemos al observar la ecuación cuantitativa del dinero (M*V=P*Q): cuando la oferta monetaria existente excede al valor nominal de la producción de bienes y servicios o a la demanda monetaria de los agentes económicos, el nivel de precios aumenta.

La TFNP no niega esta premisa, sino que enfatiza el papel de la deuda pública en el incremento de la demanda agregada. Por tanto, abordando la TFNP con mayor rigor, diríamos que el nivel de precios se incrementa cuando existe demasiada deuda estatal –incluyendo la moneda fiat– con respecto al pago esperado de dicha deuda. Posteriormente veremos que esta visión no entra en conflicto, sino que complementa y expande la concepción ortodoxa de la inflación que hemos expuesto.

La Teoría fiscal del nivel de precios y sus rasgos característicos

Así mismo, podríamos categorizar los rasgos diferenciales de la TFNP en dos: en primer lugar, esta es la única teoría que vincula el valor presente de los superávits primarios con el nivel de precios a través de la formación del precio de la deuda pública. En segundo lugar, la TFNP presta atención a la calidad de los activos contra los que se emite la moneda fiat. Por ejemplo, emitir oferta de esta con deuda a largo plazo como colateral no tendrá los mismos efectos que si esta deuda es a corto.

A fin de cuentas, un mayor plazo de vencimiento implica un mayor riesgo de duración, y una menor credibilidad del emisor conlleva un menor riesgo de impago, verbigracia. Este perfil de riesgo y de tiempo afecta a la capacidad del activo de ser vendido a un precio constante en el tiempo, propiedad a la que denominaremos liquidez. Por ende, cuanto mayor sea la credibilidad atribuida al Estado emisor de la moneda, y más profundo sea el mercado para esta deuda, mayor será la liquidez de esta, pudiendo retirar una cantidad lo más constante posible de oferta monetaria para estabilizar el nivel de precios.

La Teoría fiscal del nivel de precios en un patrón fiat

En este sentido, es esencial entender que esta es una teoría fiscal sobre el nivel de precios y, en consecuencia, está centrada en las finanzas públicas del gobierno. Por consiguiente, la teoría solo es capaz de explicar el nivel de precios en un patrón fiat, es decir, donde la base del sistema monetario está constituida por dinero emitido por el Estado. No son descartables, empero, las posibles aplicaciones que la TFNP puede tener sobre la teoría del valor de sustitutos monetarios –estos son, activos financieros que ejercen determinadas funciones monetarias.

Ahora bien, si ya hemos explicado que esta es una teoría sobre el nivel de precios en un patrón fiat, queda explicar qué tipo de activo es la moneda fiat, pues su valor, como explicamos en un artículo anterior, se determina de forma diferente dependiendo de si se trata de un activo financiero o real y si, en el caso de que sea el primero, de si es un activo o un pasivo estatal. La visión de la TFNP a este respecto es correcta, pues caracteriza a la moneda fiat como una deuda más del Estado, dependiendo su valor de aquel que poseen los flujos de caja esperados descontados.

La moneda fiat como activo financiero

Este tratamiento lo resume John H. Cochrane en su artículo Money as stock (2005), en el que equipara la moneda fiat a una acción de cualquier empresa. Con esta analogía, el economista estadounidense pretende construir la concepción de la moneda fiat como un activo financiero, es decir, un derecho a recibir determinadas mercancías o a saldar deudas en el futuro. En este sentido, de la misma manera que una acción es un derecho contingente a recibir dividendos en el futuro, una deuda del Estado es un derecho a los superávits primarios futuros, con los cuales retira moneda fiat de circulación y hace frente al pago de la deuda. Tanto los dividendos en el primer caso como los superávits primarios en el segundo constituyen los flujos de caja esperados que, al descontarse, determinan el valor de ese activo financiero.

Precisamente porque la moneda fiat es un pasivo más del Estado, las expectativas sobre la solvencia de este afectarán al precio de todos sus pasivos, incluyendo la propia moneda. Dicho de otra manera, la estructura de activos del Estado, tanto tributarios como no tributarios, así como la valoración subjetiva de los agentes económicos sobre las finanzas públicas a largo plazo de dicho Estado, son fundamentales para determinar el valor de la moneda fiat (Rallo, 2017). En última instancia, el valor fundamental de un activo financiero deriva de los activos a los que da derecho (Rallo, 2019), por lo que una degradación de la calidad de los activos que mantiene un Estado en su balance afecta negativamente a su valor.

El equilibrio básico

Para entender las raíces fiscales de las variaciones en el nivel de precios, primero habremos de observar una de las condiciones de equilibrio de la teoría, previo a introducir cualquier otra fricción, y asumiendo precios totalmente flexibles y tipos de interés constantes, donde P1 es el nivel de precios en t=1, Bº la venta de bonos en t=0 y S1 los superávits primarios en t=1 (Cochrane, 2023):

Si el gobierno emite bonos para recibir financiación en t=0, monetiza esa deuda, pero posteriormente retira toda esa oferta monetaria creada mediante el cobro de impuestos, entonces la oferta monetaria de moneda se mantiene en los niveles en los que estaba previa a la emisión de Bº. Veámoslo en forma de balance:

El papel de los superávit

Como ya hemos explicado, el Estado puede absorber la moneda fiat con la que ha financiado su moneda bien con sus activos tributarios o con una emisión de deuda pública. Fijémonos que la Teoría fiscal del nivel de precios no hace referencia, por el momento, a activos no estatales que forman parte del balance de los bancos centrales y que pueden ser utilizados para generar un reflujo de moneda fiat que contraiga la oferta monetaria. Simplificaciones a un lado, en el período t=-1, estos son los dos métodos que emplea el Estado para realizar esta operación, donde la nueva variable Qº denomina el valor nominal de los bonos en t=0:

Siguiendo esta relación, si el valor de los bonos (Qº) decrece, será necesario que el Estado emita más deuda o que incremente su recaudación. De lo contrario, el nivel de precios experimentará una variación al alza debido a un incremento de la oferta adicional de moneda fiat que el Estado es incapaz de absorber con sus activos, tal y como hemos explicado en el epígrafe anterior. Así las cosas, si el valor de los bonos que los agentes económicos están dispuestos a atesorar puede influir sobre el nivel de precios, quedará ver de dónde procede este valor, mediante la ecuación de valoración de la deuda gubernamental:

En suma, el tipo de interés nominal (1º) de los bonos se iguala al tipo de interés real (R) –que tiende a converger con la tasa de descuento subjetiva (B)–más la inflación esperada. O, dicho de otra manera, el valor de los bonos estatales depende del valor descontado de los flujos de caja esperados por dólar prestado, sumado a la inflación esperada.

Si sustituimos Qº en la primera ecuación del epígrafe, el resultado es el siguiente:

Y sustituyendo la condición básica del equilibrio inicial:

De acuerdo con esta ecuación, podemos extraer dos conclusiones, una en relación con la confianza de los acreedores y con las posibilidades de estabilizar el nivel de precios mediante mayores superávits presentes (Sº):

La confianza de los acreedores y el nivel de precios

En primer lugar, si los agentes económicos no tienen confianza en la solvencia futura del gobierno, entonces el nivel de precios tenderá a subir por la huida generalizada de los pasivos gubernamentales. Recordemos que los superávits, derivados de los activos tributarios del Estado, son los activos con los cuales este puede estabilizar el valor de la moneda fiat y de las demás deudas estatales. Y si, como hemos apuntado, el valor fundamental de un pasivo financiero deriva del activo que tiene como colateral, y este se deteriora (menores superávits esperados), su valor decrece. En el caso del dinero, este descenso de su valor se puede trasladar al tipo de cambio, al tipo de interés y, evidentemente, al nivel de precios.

Pero ¿por qué esta pérdida de confianza y la subsecuente pérdida de valor de la deuda estatal incrementa el nivel de precios? Esto puede suceder por dos vías primordiales: 1) los tenedores de deuda la liquidan y la gastan, generando un crecimiento de la demanda agregada (Cochrane, 2023); y 2) estos tenedores intercambian deuda por pasivos de otros agentes económicos, provocando un aumento del tipo de interés de la deuda pública por una menor demanda en relación con la oferta de pasivos estatales.

El riesgo de una espiral inflacionaria con unas pesimistas expectativas sobre la solvencia futura del Estado es, por tanto, muy elevado, ya que condena a unos superávits públicos menores por mayor gasto en intereses y a una mayor monetización de deuda –que a su vez no podría ser reabsorbida por mayores superávits públicos– por una caída de la demanda externa sobre esta. Aunque existen diversas soluciones para frenar esta espiral inflacionaria, estos mecanismos ponen de manifiesto por qué unos menores superávits primarios esperados pueden, ceteris paribus, incrementar el nivel de precios.

Ajuste fiscal presente y estabilización del nivel de precios

En segundo lugar, el Estado puede hacer frente a un incremento en el nivel de precios si, incluso a pesar de una pérdida de confianza de los acreedores, incrementa sus superávits primarios lo suficiente en el presente. De este modo, estaría  generando un flujo de activos –en este caso tributarios– con los cuales puede reabsorber el valor nominal de  en la ecuación anterior.

Por ello, resulta de una extraordinaria importancia que el Estado o estructuras supraestatales tengan un compromiso con la estabilidad presupuestaria a largo plazo si es que quieren preservar el valor de su moneda. Si, por el contrario, el Estado emite más deuda con vencimiento en t=0 pero no incrementa los superávits primarios, entonces esto se traducirá, según la TFNP, en inflación en t=1 por el proceso explicado con la ecuación básica de la teoría. Bastaría con volver a la ecuación inicial, cuando añadimos la que indicaba el valor de los bonos gubernamentales (Cochrane, 2023):

En definitiva, en función de este modelo simplificado, emitir más deuda sin alterar los superávits primarios incrementa sus tipos de interés nominales, reduce su precio y aumenta el nivel de precios en t=1, como ya hemos señalado. Siguiendo la lógica de la TFNP, esta nueva emisión de bonos provoca una mayor recaudación en términos nominales, pero genera un crecimiento en el nivel de precios en el período posterior –en este caso t=1. Esto sucede tanto por la creación futura de base monetaria para hacer frente al pago de la deuda –recordemos que los superávits se mantienen estables– como por el descrédito que sufren los pasivos del Estado en esa coyuntura, dando lugar a los dos procesos inflacionarios explicados.

Conclusiones

Hagamos referencia al enunciado principal de la Teoría fiscal del nivel de precios al que nos dirigíamos al principio: “el nivel de precios se ajusta de manera que el valor real de la deuda se equipara al valor presente de los superávits primarios”. Ya hemos visto cómo un menor valor presente de estos superávits puede transformarse en una menor demanda por los pasivos estatales o en un mayor gasto agregado. Ambas vías acaban afectando directamente al nivel de precios. Por ello, no sería correcto afirmar que las variables monetarias no juegan ningún papel en la determinación del nivel de precios ya que, como hemos señalado, en un patrón fiat el flujo de deuda estatal tiene una estrecha relación con la cantidad de moneda fiat en circulación.

Por esta razón, desprenderse de las variables fiscales al analizar la inflación constituye un error teórico notable cuya manifestación ya se vio plasmada en la teoría cuantitativa y en su incapacidad de describir y predecir las fluctuaciones en el nivel de precios en una economía moderna. En todo caso, la TFNP, sin olvidarse de sus raíces en la Escuela de Chicago y de las posibles causas monetarias de la inflación, trata de avanzar y aplicar las teorías sobre la teoría del valor de la moneda fiat, y halla en las finanzas públicas una fuente esencial de las variaciones en el nivel de precios.

Bibliografía

Cochrane, J. H. (2005). Money as stock. Journal of Monetary Economics, vol. 52(3), 501-528.

Cochrane, J. H. (2023). The Fiscal Theory of the Price Level. Princeton University Press.

Friedman, M. (1956). The Quantity Theory of Money – A Restatement. En Milton Friedman (ed.), Studies in the Quantity Theory of Money, University of Chicago Press, 3-21.

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.

Sargent, T. & Wallace, N. (1985). Interest on Reserves. Journal of Monetary Economics, vol. 15(3), 279-290.

Wallace, N. (1981). A Modigliani-Miller Theorem for Open-Market Operations.The American Economic Review, 71(3), 267–274.

Mises, el origen del dinero y el subjetivismo

En tres de mis artículos anteriores, he abordado muchos de los argumentos que, en la actualidad, esgrimen los herederos intelectuales de la Escuela Monetaria en contra de la banca libre con reserva fraccionaria en la Escuela Austriaca. Tanto a la hora de criticar su teoría del valor de los sustitutos monetarios, su teoría del ciclo económico y sus implicaciones sobre la política bancaria con el caso de Henry Simons, me percaté de que todos estos errores procedían de la raíz de cualquier teoría monetaria: la teoría sobre el origen del dinero. Esto puede observarse claramente con las dos tendencias predominantes en la historia del pensamiento económico: el metalismo y el chartalismo.

La relación entre el metalismo y la teoría cuantitativa

El metalismo consideraba que todo activo monetario debía ser, necesariamente, un activo real y, en caso de no serlo –es decir, que fuera un activo financiero–, actuaría de forma homóloga a este. O, en términos de Ludwig von Mises (2012), estos activos financieros que actuaran como medios de pago en la economía serían sustitutos monetarios perfectos.

Aunque aparentemente trivial, este marco analítico que concibe a todo activo monetario como un activo real cometió el grave error de aplicar la misma teoría del valor a los activos reales y financieros, desembocando en el error teórico del cuantitativismo. Si todo incremento de la oferta de un activo financiero tiende a reducir su utilidad marginal –como sería el caso de los activos reales–, entonces la oferta monetaria es lo único que nos debería concernir desde un punto de vista económico. Pues de esta provendrían todas las fluctuaciones en el poder adquisitivo del dinero. En este caso, podemos observar cómo la teoría del origen del dinero de los metalistas condiciona decisivamente su modo de entender los patrones monetarios y sus errores teóricos al no diferenciar entre activos financieros y reales.

La teoría cuantitativa y la demanda de sustitutos monetarios

La realidad económica, empero, reacciona de manera distinta ante el incremento (o la disminución) de la oferta de un activo real y un activo financiero. Si bien el valor del activo real depende de los servicios que le pueda proporcionar a su propietario –en el caso de que este activo real deviniera dinero, estos serían los servicios de liquidez a lo largo del tiempo y el espacio (Rallo, 2019)–, el de un activo financiero estará condicionado por el flujo esperado de servicios o activos reales que provea. Y, si este se incrementa y es demandado por el público, entonces no existe ninguna razón por la cual una mayor oferta de activos financieros pueda causar un decrecimiento de su utilidad marginal si los servicios de liquidez que proporcionan no se degradan.

Dicho de otra manera, el flujo de activos financieros que actúan como sustitutos monetarios y que circulan en una economía a lo largo del tiempo no es homogéneo, pues la solvencia y la credibilidad del deudor puede incrementarse. Esto posibilita que el valor de un activo financiero pueda aumentar tras un incremento de su oferta.

El chartalismo y la Teoría Monetaria Moderna

Así mismo, en la Teoría Monetaria Moderna se vuelven a producir errores como consecuencia de una teoría incompleta sobre el origen del dinero: el neochartalismo. Pero, antes de todo, ¿cuáles son los orígenes de esta doctrina? Para ello, habremos de retrotraernos al origen del chartalismo en la obra de Georg Friedrich Knapp, A State Theory of Money.

Para los chartalistas, el dinero surge de las obligaciones que uno mantiene con la comunidad o, dicho de otro modo, de la deuda que un individuo tiene sobre terceros, y viceversa. Desde esta doctrina, el dinero solo podría surgir como un activo financiero, no como un activo real. De hecho, muchos autores chartalistas han recalcado que el surgimiento de los activos reales en los patrones monetarios surge en la búsqueda de un denominador común para saldar estas deudas.

El dinero es una “criatura del mercado”

Siguiendo la evolución lógica del chartalismo, si el dinero solo puede emerger como obligaciones contra otros integrantes de la comunidad, y estas suelen estar regidas por un Estado, entonces el dinero surgiría de las obligaciones fiscales que el individuo mantiene con este, siendo el dinero una criatura de la Ley. De ahí la evolución al neochartalismo del que bebe la Teoría Monetaria Moderna.

Se ha de recalcar que este salto lógico invalida una teoría que podría haber encajado en una visión evolutiva y subjetivista del origen del dinero, pues describe una posibilidad de selección espontánea de activos financieros como dinero. Pero, como hemos apuntado previamente, el dinero puede, pero no ha de ser necesariamente un activo financiero. Sin embargo, incluso si todo lo anterior fuera cierto, concebir al Estado como la fuente última de la demanda monetaria es un error teórico, pues los individuos no mantienen el dinero en sus saldos de tesorería únicamente para saldar sus obligaciones fiscales.

Dinero y evolución

Evidentemente, el Estado y la imposición de obligaciones fiscales pueden facilitar el proceso espontáneo de descubrimiento que ya recalcó Carl Menger en su obra El Dinero, pero esto no es condición necesaria ni suficiente para que el dinero surja en una comunidad. En todo caso, podríamos decir que un Estado que no facilite la libre competencia de monedas y que promueva leyes de curso forzoso provoca que ciertas redes –entendidas estas en su sentido monetario– se vuelvan incompatibles y dificulten el proceso de selección de aquel dinero con mejores servicios de liquidez.

De no ser un Estado tan intervencionista en el ámbito monetario, también podríamos explicarlo desde la teoría evolutiva, ya que convierte a una mercancía concreta en más negociable con respecto a otras, en el sentido de que a otros individuos les será útil, como mínimo, para pagar impuestos, aunque esta no sea la fuente última de la demanda monetaria. De hecho, actualmente encontramos muchos casos, especialmente en países con inflaciones galopantes como Venezuela, donde los ciudadanos huyen de la moneda gubernamental a pesar de tener obligaciones fiscales con ese Estado.

La utilidad monetaria no está constituida por las obligaciones fiscales

Sea como fuere, los errores teóricos de la teoría del origen del dinero que defiende la Teoría Monetaria Moderna acaban impregnando toda su teoría monetaria y sus propuestas de política económica. Si se presume, como con el neochartalismo, que la utilidad monetaria parte de las obligaciones fiscales que los integrantes de la comunidad política tienen con el Estado, entonces sería posible llevar a cabo todo tipo de expansiones monetarias para garantizar el pleno empleo sin que se redujera el poder adquisitivo de la moneda fiat.

A pesar del atractivo de estas proposiciones teóricas, la demanda monetaria no se destina únicamente a saldar obligaciones fiscales con el Estado. Por esta razón, puede decrecer el valor de cambio objetivo del dinero incluso si se incrementan los impuestos, si es que los agentes económicos perciben subjetivamente que los servicios de liquidez del dinero se han deteriorado. En suma, tal y como sucedía con la homogeneización de activos reales y financieros de la que parte el metalismo, defender que el origen del dinero es una causa de la coacción estatal explica muchos de los errores de la Teoría Monetaria Moderna.

Sobre el dinero ideal

Una vez observemos cómo históricamente se han constituido los patrones monetarios, se manifestarán 1) las equivocaciones de los chartalistas y los metalistas que no distinguieron entre activos reales y financieros; y 2) las virtudes de una teoría subjetivista y evolucionista del origen del dinero, como la que planteó Menger en su obra El Dinero y descartó implícitamente Mises en su Teoría del Dinero y el Crédito. Para ello, retrocederemos al patrón oro clásico, ya que es un ejemplo perfecto de las virtudes de la combinación entre activos reales y financieros para construir un sistema que imponga el principio de disciplina o de elasticidad allí donde sea necesario.

Si acaso lo planteáramos desde un punto de vista estático e ideal, huelga decir que no existiría ninguna razón para la disciplina en el sistema monetario. Al fin y al cabo, este principio supone la eliminación de parte de los sustitutos monetarios emitidos previamente, lo cual no sería explicable desde una visión estática de los procesos económicos. Sin embargo, dado que la incertidumbre y el error son dos componentes inherentes a estos, es vital que existan mecanismos que contribuyan a evitar o solventar los desajustes que surgen en el mismo. Entre estos, podemos destacar la competencia, la convertibilidad y la Ley del Reflujo de Fullarton, los cuales ya pudimos abordar en un artículo anterior.

El principio de disciplina

El patrón oro clásico supuso, en parte, la plasmación de los principios de disciplina y elasticidad en el sistema monetario. Este sistema se fundamentaba en activos reales –en este caso el oro– sobre el cual se emitían los sustitutos monetarios, con una oferta completamente elástica. El principio de disciplina descrito anteriormente se vería caracterizado por los activos reales, a los cuales los ciudadanos y los bancos siempre podían recurrir en caso de que uno de estos últimos degradara la liquidez de sus pasivos, principalmente los depósitos a la vista y los billetes de banco.

Esto, a su vez, imponía un límite exógeno para la emisión de sustitutos monetarios, dado que, en el caso de que las instituciones financieras decidieran expandir su balance indefinidamente, perderían sus reservas y se verían abocadas a la quiebra.

No todos los activos financieros son sustitutos monetarios

Hasta aquí, hemos explicado el elemento de disciplina que poseía el patrón oro. El principio de elasticidad, por su parte, se ve plasmado a través de los sustitutos monetarios. Pero antes, es imprescindible destacar el elemento intrínsecamente subjetivo del sustituto monetario. No todo activo financiero actúa como un sustituto monetario, sino solo aquellos que son percibidos por los agentes económicos como un medio de transferencia temporal y espacial de liquidez adecuado.

O, dicho de otra manera, un activo financiero devendrá sustituto monetario si el público lo emplea tanto para adquirir mercancías como para preservar su riqueza patrimonial en el tiempo, y a su vez otros agentes lo perciben de la misma manera. Resulta esencial resaltar que la cuestión de qué activos reales y financieros son dinero no es una cuestión cualitativa sino de grado, porque habrá bienes económicos que cumplan mejor o peor con estas funciones, o solo desempeñen una de estas. A esta propiedad la llamaremos dinerabilidad.

Activos reales y financieros

Hecha esta aclaración, existen importantes diferencias entre los activos financieros y reales. En primer lugar, al contrario que con estos últimos, la oferta de los activos financieros que actúan como sustitutos monetarios es totalmente elástica, es decir, que, debido a que los costes de emisión de estos sustitutos monetarios son cercanos a cero, su cantidad varía proporcionalmente con el aumento de la demanda de atesorar dinero en sentido amplio (Rallo, 2019).

En segundo lugar, la determinación del valor de los activos reales y financieros es bien distinta, pues los activos reales no tienen riesgo de contraparte –esto es, que no dependen de la solvencia de un tercero– y sus unidades son homogéneas, mientras que la composición de un activo financiero puede variar en función del flujo de activos reales al que estos dan derecho y de la esperada solvencia del deudor.

Como hemos resaltado previamente, estas importantes diferencias entre ambos tipos de activos monetarios invalidan en gran parte muchas de las premisas chartalistas y metalistas, que presumen que todo estos son o se comportan como activos financieros –en el caso de los primeros– o activos reales –en el caso de los segundos. De nuevo, podemos observar como la concepción última del activo monetario, presente en la teoría del origen del dinero, tiene importantes implicaciones sobre toda la teoría monetaria que parte de esta.

Menger y la teoría evolutiva del origen del dinero

La existencia de un patrón monetario que combine activos reales de oferta inelástica con activos financieros de oferta elástica pone de manifiesto la validez teórica de la teoría evolutiva del origen del dinero, y que no consiguieron igualar ni el chartalismo ni el metalismo por su concepción restringida de los activos monetarios. Esta teoría fue inicialmente enunciada por Carl Menger en su obra El Dinero, donde el economista austriaco demuestra que el dinero es una criatura del mercado, y no de la ley. Para Menger, el dinero surge como una modernización de los intercambios mediante el trueque en un proceso descentralizado de descubrimiento de aquellas mercancías con mayor negociabilidad, es decir, aquellas que todas las personas deseen adquirir. En palabras de Menger (2013):

«Recurriendo al camino más largo de un intercambio intermedio –es decir, cediendo sus mercancías menos negociables a cambio de otras que lo son más–, tiene la probabilidad de conseguir su objetivo de manera más segura y económica que limitándose al trueque directo.»

El subjetivismo monetario de Carl Menger

A priori, podríamos pensar que Menger se inserta en la tradición metalista previamente enunciada, en función de la cual solo los activos reales podían convertirse en activos monetarios. Sin embargo, para Menger, las mercancías son los bienes económicos de todo tipo destinados al intercambio (Menger, 2020). Teniendo en cuenta esta definición tan amplia, un activo financiero también podría devenir dinero bajo la teoría evolutiva del origen del dinero.

Al fin y al cabo, las deudas con un tercero de confianza, ya sea un banco, el gobierno o cualquier otra institución, podrían convertirse en dinero si poseen un alto grado de negociabilidad, y cumplen con las propiedades que designa Menger en su obra, como la transferencia patrimonial de valor en el tiempo o, en la nomenclatura de este artículo, la liquidez.

Si bien es cierto que todos los pensadores austriacos identificaron la distinción entre el dinero-base y los sustitutos monetarios pagaderos en el mismo, la teoría del origen del dinero que sostiene la ortodoxia en la Escuela Austriaca es incompatible tanto con el surgimiento de un patrón monetario basado enteramente en activos financieros –como es el caso del patrón fiat–, como con las bases subjetivistas de la escuela.

El teorema regresivo de Mises

Ahora bien, ¿cuál es esa teoría del origen del dinero en la Escuela Austriaca a la que nos estamos refiriendo? En 1912, con su Teoría del Dinero y el Crédito, Mises enunció el llamado teorema regresivo del dinero, que daba una solución a la incógnita del surgimiento del poder adquisitivo del dinero. Esta paradoja se explica con el distinto comportamiento que Mises les atribuye a las mercancías en función de si son, o no, un activo monetario o no monetario.

En una mercancía que no deviene dinero, su valor de cambio proviene del valor de uso que los agentes económicos le atribuyen subjetivamente a la unidad marginal de esa mercancía. Sin embargo, para Mises, la utilidad marginal del dinero viene determinada por su valor de cambio en t-1, a la inversa de lo que sucede con bienes económicos no monetarios.

¿De dónde surge, entonces, el poder adquisitivo del dinero en t si este depende del que tenía en t-1? Mises parece tener una solución a este problema: de la utilidad no monetaria de la mercancía en t-1. Por ello, para que un bien devenga un activo monetario será necesario que ese bien tenga un valor de uso no monetario previo.

El metalismo de Mises

Podemos observar, entonces, que Mises adopta una visión metalista del origen del dinero y, por tanto, errónea dentro de la tradición de la teoría evolutiva de Menger. Esto es, porque el autor austriaco no contempla que un activo financiero o un activo real sin una utilidad no monetaria previa puedan convertirse en dinero, aun si no tenía una utilidad no monetaria previa.

Como se ha apuntado previamente, existen ejemplos históricos, como el dinero fiat actual o la emergencia de Bitcoin, que debilitan teóricamente la postura de Mises sobre el origen del dinero. No obstante, y más relevante incluso, la paradoja que enunciábamos con anterioridad parte de la premisa de que la utilidad de un activo monetario –comprendida en el sentido amplio y mengeriano del término– depende de su valor de cambio en t-1.

Tanto la liquidez presente como esperada

Esta suposición sobre la que se basa la incógnita que parece resolver Mises es errónea porque un bien puede convertirse en dinero sin que haya tenido una utilidad no monetaria en el pasado. De la misma manera que hay numerosos factores relativos a la oferta y a la demanda de dinero que afectan a las variaciones de su poder adquisitivo, también los hay que afectan a si esa mercancía se convierte –o no– en dinero. Estos factores pueden agruparse en dos: la liquidez tanto presente y esperada.

En cuanto a la primera, la capacidad de ese bien económico de transportar valor a lo largo del tiempo y del espacio puede influir en que determinados agentes económicos le atribuyan utilidades exclusivamente monetarias. Cabe afirmar, empero, que si existe una mercancía que deviene dinero en su origen o en el momento el que le confieren cierta utilidad, es harto improbable que la mantengan en sus saldos de tesorería por su liquidez actual, ya que esta suele manifestarse una vez el mercado del bien se ha expandido lo suficiente como para evitar la volatilidad inicial que es inherente a un spread elevado y no próximo a cero (Rallo, 2019).

Por esta razón, es más probable que los agentes económicos comiencen a imputar utilidades monetarias a ese bien en función de la liquidez esperada debido a las propiedades que pueda tener ese activo monetario. Y esta liquidez esperada también puede venir determinada tanto por el poder adquisitivo pasado de la mercancía como por su negociabilidad, como apuntábamos refiriéndonos a las aportaciones monetarias de Carl Menger.

Una mercancía sin utilidad previa puede convertirse en dinero

Fijémonos que, aunque una mercancía que se convierta en dinero haya tenido utilidades no monetarias previas –lo cual ha sido frecuente históricamente (Ammous, 2018)–, esto no demuestra la validez teórica del teorema regresivo porque no hace alusión a todos los factores que influyen en esta acción. Evidentemente, los agentes económicos tienen en cuenta el valor de cambio objetivo de la mercancía a la hora de comenzar a emplearla como dinero, pero no es condición ni necesaria ni suficiente para que se convierta en tal, pues las expectativas forman parte de la utilidad que se le da a un bien en particular.

En parte, este factor determinante de la demanda de dinero desmiente la premisa de la regresión sobre la que Mises sostiene su teorema, pues un agente económico puede imputar utilidad monetaria a un bien sin que este haya tenido poder adquisitivo en el pasado, si espera que vaya a otorgarle servicios de liquidez adecuados.

¿Es la teoría monetaria de Mises verdaderamente austriaca?

Y, ¿por qué hemos afirmado previamente que el teorema regresivo del dinero no obedece a la tradición austriaca subjetivista? Al restringir los factores determinantes de la demanda monetaria originaria al valor histórico, Mises desprecia que los agentes económicos puedan decidir, en base a sus expectativas, que un bien económico pueda cumplir las funciones de transferencia espacial y temporal de liquidez, tal y como la teoría evolutiva de Menger describe.

Con todo, no es aquí donde más se aprecian las raíces ricardianas de la teoría monetaria de Mises, pero sí podemos observar cómo, al considerar a los bienes económicos y a los medios de cambio como dos categorías distintas, cae en el error de describir la valoración subjetiva del activo monetario a partir de una única condición como es la del valor de cambio objetivo. En contraposición, un teorema del origen del dinero enteramente subjetivista debería abordar: la distinción entre activos reales y financieros; el origen del dinero como un proceso de descubrimiento descentralizado; y la variación de la dinerabilidad a lo largo del proceso de monetización.

La distinción entre activos reales y financieros

En base a la teoría evolutiva del origen del dinero, se debe comprender la posibilidad de que pueda surgir un dinero que sea un activo financiero o un activo real en base a la utilidad monetaria que se le conceda a ese bien en un determinado momento en base a las expectativas o al valor histórico, verbigracia. De este modo, es esencial que se comprenda el origen de un activo monetario como un fenómeno autónomo: ni los activos reales necesariamente han de emerger en el sistema monetario para saldar las deudas entre individuos ni los activos financieros han de partir exclusivamente de los activos reales.

Dicho de otro modo, puede haber patrones monetarios donde se empleen únicamente activos reales o financieros, sin necesidad de que exista una combinación entre ambos, porque el dinero elegido depende, en última instancia, de las preferencias de los agentes económicos.

El origen del dinero como un proceso de mercado

Si por algo destaca la Escuela Austriaca es por su análisis dinámico y multidisciplinar de los procesos de mercado, partiendo siempre desde el individualismo y el subjetivismo metodológico. Estos procesos no están constituidos por individuos que meramente reaccionan ante los cambios en su entorno, a pesar de que la acción humana tiene un claro componente reactivo y de imitación. Más bien, el ser humano está en la constante búsqueda de nuevas oportunidades de ganancia que surgen en todos los ámbitos, incluyendo el monetario.

En este sentido, los procesos económicos se caracterizan principalmente por el descubrimiento de nueva información que previamente no existía, fruto de la creatividad humana. Siendo el origen del dinero un proceso de mercado más resulta imprescindible explicar, como consiguió Menger en su obra monetaria, que este es un proceso descentralizado de descubrimiento en el que cualquier mercancía puede convertirse en dinero, aunque haya algunas con mayor dinerabilidad que otras.

La variación de la dinerabilidad a lo largo del proceso de monetización

Aunque esto no es algo que entre en conflicto con ninguna de las teorías estudiadas, resulta de un enorme interés económico observar cómo las mercancías que experimentan el proceso de monetización –fundamentado en la experimentación descentralizada de estas en el intercambio– van adquiriendo más propiedades inherentes al dinero, es decir, que van perfeccionando los servicios de liquidez que proveen.

Esto no solo enriquece cualquier teoría sobre el origen del dinero, sino que también elimina cualquier arbitrariedad implícita en la designación de dinero, siendo este un concepto de grado y no cualitativo. Bitcoin es, de hecho, un ejemplo perfecto de una mercancía cuya volatilidad se está reduciendo –mejorando su liquidez temporal– y comienza a ser empleada en cada vez más intercambios, incrementando su dinerabilidad y su liquidez espacial y temporal.

Conclusiones

Toda teoría monetaria tiene su base en la teoría del origen del dinero, y ya hemos visto cómo, en el caso del chartalismo, el metalismo y el teorema regresivo, muchas de las tesis subsecuentes se ven comprometidas debido a errores en este campo. No pretendo defender, en ninguno de los casos, que los errores señalados invalidan toda la teoría monetaria restante, aunque sí tenga implicaciones sobre estas, condicionando las políticas económicas propuestas. En todo caso, para demostrar todos los errores teóricos de la Teoría Monetaria Moderna o del cuantitativismo se necesitará una crítica dirigida ante cada una de las premisas de estas teorías, por mucho que la concepción del dinero que se encuentra implícita en estas condicione de forma severa sus postulados.

En el caso de la Escuela Austriaca, ya hemos analizado cómo el teorema regresivo se ha desplazado de muchas de las bases subjetivistas de la teoría evolutiva del dinero sobre la que debería basarse una teoría monetaria compatible con el marco teórico de la escuela y con la realidad económica. El objetivo del presente artículo no es demoler los cimientos teóricos de la escuela, sino de resaltar los errores que restringen la sofisticación de la teoría monetaria austriaca. Aunque es evidente que los errores del teorema regresivo de Mises reclaman un cambio en ciertos paradigmas monetarios de la Escuela Austriaca, es necesario que estos se lleven a cabo si se pretende construir una teoría monetaria más completa de la que ahora posee.

Bibliografía

Ammous, S. (2018). El Patrón Bitcoin: La alternativa descentralizada a los bancos centrales. Ediciones Deusto.

Menger, C. (2013). El Dinero. Unión Editorial.

Menger, C. (2020). Principios de Economía Política. Unión Editorial.

Mises, L. von (2012). Una Teoría del Dinero y el Crédito. Unión Editorial.

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí que la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.