Análisis diario
Una España rota antes que roja
En Cataluña la disputa se entabla entre los amigos de un Estado y los que anhelan construir una réplica de éste.
El patriotismo es el último refugio de los canallas (Samuel Johnson).
José Calvo Sotelo, líder del partido monárquico Renovación Española y figura más destacada, junto con José María Gil Robles, de la derecha de la época, dijo en noviembre de 1935 que prefería una España roja antes que una España rota. Unos días después explicaba su postura en las Cortes de la siguiente manera:
Yo, en el Urumea, hice una frase que han combatido; dije que prefería una España roja a una España rota. Y conste que sabía y sé lo que sería una España roja. ¡Cómo no había de saberlo si en otro mitin que ha habido en el Urumea los comunistas han pedido mi cabeza y han anunciado que Calvo Sotelo y los suyos irán ante el pelotón de pistoleros obreros inmediatamente que triunfe el movimiento! Pero a mí, eso ¡qué me importa si va a sobrevivir la unidad nacional, si con una España roja que ha de ser pasajera y temporal, fatalmente pasajera y temporal, no se va a romper el vínculo o la unidad nacional de mi Patria! ¡A mí eso qué me importa si en definitiva ha de subsistir la Patria, mientras que con una España rota, la Patria quedaría para siempre muerta. Por eso dije que prefería la España roja a la España rota. Por eso dije que palabras como éstas podrían suscribirlas todos los españoles de bien, cualquiera que sea su doctrina política, republicana o monárquica. Vosotros (señalando a las izquierdas) queréis una España republicana, yo quiero una España monárquica; vosotros queréis una España atea, yo la quiero cristiana; vosotros la queréis a espaldas de la tradición, yo la quiero en continuidad con ella; pero vosotros queréis España y nosotros también. Es una coincidencia, señores, evidente, indiscutible, una coincidencia que no hay con estos señores (señalando a los nacionalistas vascos). Vosotros sois cristianos, nosotros también; pero vosotros queréis por encima de todo Euskaria, Euskaria cristiana, pero separada de España; por eso con vosotros no tenemos la coincidencia de España y dejáis de ser cristianos cuando supeditáis la propia cristianización de la nación española a vuestra independencia.
“Vosotros queréis España y nosotros también”. Unas palabras que inevitablemente traen al recuerdo el entusiasmo que despierta Ciudadanos entre la derecha dizque liberal, esa que abomina —y con razón— del PP de Rajoy pero que se agarra al clavo ardiendo de gaviota naranja. Porque el liberalismo, lejos de participar en conceptos como soberanías nacionales o indisolubles unidades patrias, promueve la soberanía de cada persona y el derecho de secesión —cuanto más individual mejor—. Y, al cabo, Ciudadanos es una excrecencia más del estatismo que todo lo domina. Un partido fundado por jacobinos, igualitarista, centralista y socialdemócrata hasta los tuétanos. No peor que los demás, pero sí muy alejado de una alternativa liberal.
En ese sentido, el profesor Carlos Rodríguez Braun resumió atinadamente lo sucedido en las elecciones catalanas del 27-S así:
En Cataluña la disputa se entabla entre los amigos de un Estado y los que anhelan construir una réplica de éste.
Ahora, y como siempre, lo que está en peligro es la libertad, no la nación. La libertad de cada uno de nosotros para llevar a cabo los planes de vida que elijamos en un marco de convivencia pacífica y de respeto a los planes de vida de los demás. La nación es la coartada preferida por los políticos para engrandecer su poder. El profesor Miguel Anxo Bastos explica que el culto a la bandera estatal opera como un trasunto de las ceremonias católicas. Un peligroso paganismo bajo el cual el Estado puede justificar cualquier desacato. Lo mismo da que se trate de la rojigualda que de la estelada. Es más, como suele insistir Fernando Díaz Villanueva, esto todavía no se ha derrumbado del todo porque a la izquierda española no le ha dado por abrazarse sin pudor a la bandera. El día que eso ocurra, estaremos definitivamente perdidos.
Una España roja sería, no hay que irse muy lejos, Argentina. O Venezuela. Y, por cierto, Calvo Sotelo, poco más de medio año después de pronunciar aquellas palabras, fue asesinado por miembros de las fuerzas de seguridad del Estado y por milicianos socialistas.