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La diplomacia de la vergüenza

Estamos acostumbrados a las patéticas puestas de escena que el Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia (parte del eje Cuba-Venezuela-Nicaragua) promueve desde los focos de circos mediáticos sometidos a su disposición. Son solo unos pocos los que creen las mentiras y derroches que profesan el actual presidente Luis Arce y sus beatos seguidores: los que viven del tesoro público y los que no tienen otra circunstancia, idea o ideología a la que aferrarse porque, sencilla y llanamente, carecen de la conciencia suficiente para tenerla, entonces vemos cómo unos allegados al Gobierno boliviano hablan de ‘refundación del Estado’, de ‘vivir bien’, de la ‘lucha por la soberanía de los pueblos’ y de conquistas varias que nadie conoce porque, simplemente, no existen y son objeto de inventivas trabajadas desde el odio y el populismo que impulsaron una vez sujetos como Álvaro García Linera (exvicepresidente e ideólogo del Socialismo del SXII), entre otros.

Lo sorprendente es ver cómo personas que deberían ocupar un cargo institucional de prestigio por la labor que han desempeñado o tener una cierta mediación para promover los valores que en su país de origen dicen defender, bajo el sentido común que debería imperar en la política –aquella virtud perdida en nuestro tiempo– se sometan a las líneas defensivas de los caudillismos más abyectos que ha conocido la región latinoamericana en las últimas décadas.

José Luis Rodríguez Zapatero, visitó Bolivia una vez más para enarbolar las banderas del socialismo del Siglo XXI junto a uno de sus más emblemáticos representantes, Evo Morales. Pero antes había hecho escala en Bogotá para laurear al candidato chavista de cara a las próximas elecciones generales en Colombia.

En su intervención junto al caudillo, con la elocuencia que lo caracteriza y los gestos que muestran su notable capacidad para disfrazar o empañar intenciones profundas como pocos hombres los hay que un día defienden el Estado de Derecho y las leyes en los sitios donde no se está permitido corromperse, y en otros espacios no tienen la vergüenza suficiente para empatizar con los acusados de destruir las instituciones públicas y perseguir a ciudadanos libres, el expresidente español manifestó: “la historia escribirá las mejores páginas para el cambio, el progreso, la justicia, la igualdad y la dignidad en Bolivia (…) esas páginas las van a escribir con el nombre de Evo Morales (…) ¿qué era Bolivia hace 20 años? Un país abandonado, oprimido, donde había millones de personas que no eran ciudadanos, que no existían, invisibles, sin derechos y en menos de una década estáis aquí firmen sabiendo que este país es vuestro, y que todos los hijos de la gente humilde tiene los mismos derechos que los hijos de los poderosos”.

No se trata solo de ignorancia, porque nadie ignora los hechos ciertos ocurridos los últimos años en Bolivia. El problema de explotar el victimismo táctico y las mentiras constantes en favor de alguien delatado hasta la saciedad por sus actos oscuros y puesto en evidencia por la Comunidad Internacional democrática es que efectivamente la gente te considere una víctima…pero de tu propia incompetencia.

Zapatero evitó hablar de la persecución y el encarcelamiento arbitrario de la expresidenta –como él– Jeanine Añez. No se pronunció respecto a la dependencia del sistema de Justicia a la política autoritaria del poder Ejecutivo. No dijo nada respecto a la corrupción que invade a las instituciones públicas por culpa del intervencionismo exacerbado que ejerce el partido de su anfitrión y olvidó por completo los antecedentes que imputan a Evo sus responsabilidades en la transición política de 2019, reconocidos por la OEA y la Unión Europea.

El expresidente español hoy no ocupa ningún cargo de relevancia, ni institucional ni orgánico, y ha decidido ser el portavoz de las dictaduras latinoamericanas y uno de los principales cabecillas de la banda del Grupo de Puebla. No se sabe a qué coste o bajo qué intercambio es capaz de proferir semejantes declaraciones, pero lo que sí sabemos es el resultado de sus defendidos y el calibre de su ignorancia y su interés egoísta.

Es una cara visible que solo sale a la superficie para defender lo que él considera que es correcto, lo contrario, precisamente, a lo que dice y hace al otro lado del charco, aunque en España se lo considere parte de un pasado que es mejor olvidar, como están intentando hacer los bolivianos con uno de los presidentes que más se ha enriquecido a costa de los ciudadanos y que más ha corrompido las instituciones públicas.

Rodríguez Zapatero y Evo Morales representan el fracaso de una sociedad sin rumbo claro y de una política vilipendiada por la corrupción y el autoritarismo sin escrúpulos. Ambos son el símbolo vetusto de la decadencia moral e ideológica en la que hoy estamos inmersos. Son el reflejo del poder grotesco, de política envilecida y de la derrota de la razón.

La imposibilidad de una política pública efectiva

Hemos hablado ya en varios artículos de este blog, e incluso tuve la oportunidad de dar una conferencia a finales del año pasado para el Instituto, sobre economía de la complejidad. Para refrescar conceptos, la teoría de complejidad en general, puesto que no existe una sola definición concreta generalmente aceptada, es una visión del mundo que pretende ir más allá que la visión de la física mecánica Newtoniana. Esto es, es una corriente nació entre los años 70 y 80 del siglo XX, a partir de aportaciones en termodinámica no lineal, biología, teoría del caos y como un desarrollo de la teoría de sistemas (Waldrop 1992). Frente a una visión mecanicista o estática del mundo, que se centra en estudiar estados de equilibrio, la complejidad adopta un enfoque dinámico y de incertidumbre, enfocado en el estudio de procesos emergentes (Wible 2000). Una manera muy sencilla de entender qué es la complejidad en rasgos generales, en comparación a otras visiones agregacionistas, es saber que para la complejidad el todo es diferente a la suma de las partes. Es decir, en sistemas complejos no hay una correspondencia lineal y directa entre los fenómenos micro y los fenómenos macro sino que, por el contrario, se dan dinámicas emergentes entre los dos niveles que en muchos casos son incluso impredecibles.

En economía, la complejidad es por muchos entendida como un movimiento donde han confluido varias corrientes heterodoxas: economía experimental, conductual, evolucionismo, institucionalismo, Escuela Austriaca e incluso marxismo (Potts 2000). De hecho, esto es algo que se ha sostenido también en trabajos como Colander et al. (2004) o Holt et al. (2011), a saber, que la economía de complejidad se integra por todos estos enfoques y herramientas heterodoxas que estaban cambiando de forma gradual lo que entendemos por mainstream económico. No debemos olvidar que, al igual que en otras ciencias, la economía dominante tiene una clara visión mecanicista que proviene de analogías con la mecánica clásica del siglo XIX (Mirowski 1989).

En este sentido, la economía de complejidad rechaza las teorías de equilibrio general, suposiciones como las de racionalidad perfecta, competencia perfecta o la exclusiva presencia de rendimientos decrecientes. Y, al contrario, sostiene que la economía no puede estar en equilibrio, que está en continua evolución, que existen fenómenos caóticos dentro de la misma y que los agentes están lejos de tener racionalidad perfecta, sino que son mejor representados por una racionalidad limitada (bounded rationality) y pensamiento inductivo (Arthur 2021).

De alguna manera, la visión de complejidad va impregnando distintas disciplinas. Comenzó en biología, luego llegó a la física y finalmente a la economía. No obstante, también ha llegado a otros campos como la teoría de las organizaciones o la ciencia política. En referencia a este último, desde un punto de vista económico para el diseño de políticas públicas, la complejidad supone un cambio en los fundamentos técnico-económicos de las políticas públicas, que incluso llega a condicionar su efectividad.

De alguna manera, muchas de las políticas públicas o intervenciones del gobierno en la economía se fundamentan en teorías de equilibrio como la de los famosos fallos de mercado. Esto quiere decir que, al no alcanzar el propio mercado una situación Pareto óptima, debido a asimetrías de información, presencia de bienes públicos o externalidades, por citar algunos ejemplos, existe justificación para que el gobierno corrija la situación y lleve al sistema a una situación de mayor bienestar y eficiencia. Sin embargo, desde la teoría de complejidad sabemos que no existen óptimos globales para un sistema complejo que está en continuo cambio y coevolución. También, que es imposible el control global del sistema, sino que este se controla a sí mismo a través de mecanismos impersonales de competencia y cooperación (Arthur, Durlauf, and Lane 1997). En consecuencia, el marco analítico de equilibrio que habitualmente se usa para identificar y corregir fallos de mercado no existe para la economía de complejidad.

Esto ha llevado a uno de los principales economistas de complejidad como es Vela Velupillai (2005), en su vertiente computacional, a afirmar que conseguir una política efectiva es imposible. Esto se debe a problemas de computabilidad y decidibilidad relacionados con el formalismo de equilibrio en sistemas dinámicos complejos. Por ello, este importante autor de la complejidad computacional argumenta que, de hacerse recomendaciones de política económica, no pueden estar basadas teóricamente en formalismos sino que, si acaso, deben descansar en actitudes de economía política tradicional como la compasión o la igualdad. Es decir, parece no existir justificación de tipo teórica o técnica para la intervención.

Esto no quiere decir que los economistas de complejidad hayan adoptado un enfoque anarquista sobre las políticas públicas. De hecho, hay amplia variedad al respecto. El factor que decanta la balanza es la concepción de Estado e intervención que pueden llegar a tener los distintos autores. Colander y Kupers (2014), por ejemplo, apoyan un enfoque policéntrico à la Ostrom (2010), donde el Estado se entienda como una organización descentralizada en distintos niveles, compleja, operando en simbiosis y a través de meras influencias, no intervenciones directas, en la economía. Otros autores más cercanos incluso a la Escuela Austriaca, como Wagner, apoyan lo que denominan entangled political economy (Devereaux 2021). Como el nombre indica, se trata de superar la tradicional dicotomía entre lo público y lo privado, para entender cómo las dos se relacionan entre sí y constituyen las complejas economías modernas que hoy día tenemos.

La complejidad no acarrea inevitablemente una visión anarquista de la economía o la política, puesto que esto depende de cómo se entienda la organización política, pero lo que sí implica de manera casi inexorable es que no existe justificación formal o técnica, como las de equilibrio general y fallos de mercado, para la intervención y del diseño de políticas públicas. Parece que solo cuestiones morales, como las de tipo igualdad o justicia, pueden ser justificaciones para la intervención.

Referencias

Arthur, W. Brian. 2021. “Foundations of Complexity Economics.” Nature Reviews Physics 3 (2): 136–45. https://doi.org/10.1038/s42254-020-00273-3.

Arthur, W. Brian, Steven N Durlauf, and David A Lane. 1997. “Introduction.” In The Economy as an Evolving Complex System II, edited by W. Brian Arthur, Steven N Durlauf, and David A Lane, 1–14. Reading: Addison-Wesley.

Colander, David, Richard Holt, and J. Barkley Jr. Rosser. 2004. “The Changing Face of Mainstream Economics.” Review of Political Economy 16 (4): 485–99. https://doi.org/10.1080/0953825042000256702.

Colander, David, and Roland Kupers. 2014. Complexity and the Art of Public Policy: Solving Society’s Problems from the Bottom Up. Complexity and the Art of Public Policy. Princeton, NJ: Princeton University Press. https://doi.org/10.1515/9781400850136.

Devereaux, Abigail N. 2021. Complex and Entangled Public Policy: Here Be Dragons. Edited by David J. Hebert and Diana W. Thomas. Cham, Switzerland: Springer Nature Switzerland. https://doi.org/10.1007/978-3-030-56088-1_4.

Holt, Richard P.F., J. Barkley Jr. Rosser, and David Colander. 2011. “The Complexity Era in Economics.” Review of Political Economy 23 (3): 357–69. https://doi.org/10.1080/09538259.2011.583820.

Mirowski, Philip. 1989. More Heat than Light. Cambridge: Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9780511559990.

Ostrom, Elinor. 2010. “Beyond Markets and States: Polycentric Governance of Complex Economic Systems.” American Economic Review 100 (3): 641–72. https://doi.org/10.1257/aer.100.3.641.

Potts, Jason. 2000. The New Evolutionary Microeconomics: Complexity, Competence, and Adaptive Behaviour. Cheltenham and Northampton: Edward Elgar.

Velupillai, Kumaraswamy. 2005. “The Impossibility of an Effective Theory of Policy in a Complex Economy.” In Complexity Hints for Economic Policy, edited by Massimo Salzano and David Colander, 273–80. Milan: Springer.

Waldrop, M. Mitchell. 1992. Complexity: The Emerging Science at the Edge of Order and Chaos. New York: Simon & Schuster Paperbacks.

Wible, James. 2000. “What Is Complexity?” In Complexity and the History of Economic Thought, edited by David Colander, 15–30. London and New York: Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203436004-6.

De Georgia a Ucrania, pasando por el centro de la Tierra

En Noviembre de 2003, unos años después de la desintegración de la Unión Soviética, Georgia vivió “la Revolución de las Rosas”, gracias a la cual llegó al poder -tras la renuncia de Shevardnadze- Mijeil Saakashvili, un político pro-occidental que decidió salirse de la esfera rusa, con un planteamiento atlantista y proamericano.

Lo mismo ocurrió en Ucrania un año después: tras una nueva y “espontánea” revolución “de colores”, esta vez “naranja”, llegó al poder Yushchenko, también atlantista y anti-ruso. Curiosamente, en 2005, Yuschenko -el presidente ucraniano- apoyó al presidente georgiano en la firma de la Declaración de Borjomi, que abogaba por la creación de una institución de cooperación internacional en las regiones de los mares Bálticos, Negro y Caspio. La intención de salir del área de influencia rusa no podía ser más clara.

Pero las coincidencias no se quedan ahí:

En Georgia hubo, desde la desintegración de la URSS, dos zonas administrativas, Osetia del Sur y Abjasia, que siempre se mantuvieron prorrusas y anti-georgianas, y en las que el ejército georgiano había empezado operaciones militares en 1991 y 1992 para evitar su independencia y mantenerlas como parte integral de su territorio (ni que decir tiene, en dichas zonas, los ánimos se recrudecieron desde 2003 con la llegada de Saakashvili). Como sabemos, algo similar ocurría en Ucrania, concretamente en las zonas administrativas de la cuenca del Donets (o Donbás), las óblast de Donetsk y Luhansk, también prorrusas, y en las que, en 2014, se inició un “conflicto armado” entre las fuerzas ucranianas y las fuerzas “separatistas rusas”.

En 2008, Moscú dirigió un contingente militar a Osetia del sur como reacción a nuevas acciones militares georgianas que habían atacado, a principios de agosto, Tsjinvali, causando varios muertos en una posición de la guardia de paz rusa. Simultáneamente, los rusos invadieron también el valle del Kodori (Abjasia), destruyendo bases militares georgianas. En ese proceso, Rusia avanzó hacia la capital georgiana, Tiflis, para, sin embargo, retirarse y volver después -sin motivos bélicos aparentes- a las fronteras de Osetia del sur y Abjasia, reconociendo la independencia de dichas regiones el 26 de agosto de 2008. Es interesante destacar que Georgia, durante la incursión rusa, contaba con material moderno de la OTAN y disponía de instructores americanos.

Los paralelismos con la actual situación ucraniana son muy llamativos. Pero en Georgia, sin embargo, el grupo atlantista -capitaneado por USA- no logró crear una coalición directa contra Rusia y durante la guerra de Georgia, Rusia estaba presidida por Medvédev, quien había dado muchas más muestras de cierto -al menos aparente- atlantismo que Putin, aunque tras la vuelta a la Presidencia de este último, incluso los analistas más optimistas respecto de las intenciones pro-americanas de Medvédez empezaron a considerarlo una simple maniobra de distracción de Putin para ganar tiempo ante una futura confrontación de Rusia con Occidente; además, mientras en la guerra georgiana Rusia venía de haber respaldado la invasión americana en Afganistán -a pesar del riesgo geopolítico que ello suponía para Rusia, tratándose de su patio trasero del sur-, la enemistad entre Biden y Putin viene de lejos: recordemos que en la primavera de 2011, en un viaje a Moscú de aquél como Vicepresidente, afirmó sobre Putin “le estoy mirando a los ojos, no creo que tenga alma”, llegando a amenazar a Rusia con una nueva “revolución de colores”, similar a las “espontáneas” revoluciones árabes de 2011, o a las georgianas y ucranianas de 2003 y 2004, si Putin volvía a presentarse como candidato.

Y es que no se trata de la mera independencia de una u otra zona puntual del antiguo territorio soviético. Los pensadores americanos del siglo XX, desde Mahan o Mackinder hasta Brzezinski o Kissinger, lo han tenido siempre muy claro: “quien controla Eurasia controla el mundo”. Pero Eurasia, el “corazón de la Tierra”, con su núcleo en el pueblo ruso –un pueblo perfectamente consciente de dicha realidad geoestratégica-, es mucho más amplia que la Rusia contemporánea. Así, lo queramos o no, el pueblo ruso, sus gobernantes y sus pensadores, han tenido siempre una concepción mesiánica del papel de su país en el mundo, como corazón de Eurasia, tanto en un sentido religioso cristiano (los escritos de los filósofos rusos del XIX y principios del XX como Soloviev o Bardeyev son más que elocuentes), como estrictamente social o político (la Rusia postrevolucionaria no puede ser mejor ejemplo). Es por ello por lo que, como dice Alexander Duguin, un profesor que ha sido consejero del parlamento ruso en temas estratégicos: “Rusia está condenada al conflicto con la Civilización del Mar, la talasocracia, que está personificada en los EE.UU. y el orden mundial unipolar con centro en América”, y para ello no pueden ceder en su área de influencia, sino que deben ampliarla.

Aunque con Gorbachov y Yeltsin parecía que el Mar iba a vencer sin pelear, Putin -puesto ahí, curiosamente, por Yeltsin- vino, por lo que parece, para revertir la situación (recordemos que nada más tomar el poder reinició la guerra de Chechenia, en un claro intento por evitar la sangría que se estaba produciendo en los territorios antiguamente integrados en la URSS) y lo está haciendo lentamente, sin prisas; hasta ahora sólo se había ido preparando, ganando tiempo para fortalecerse… parece que las cosas están pasando a una nueva fase.

Y todo sin olvidarnos del Imperio del Medio o de la India, que también tendrán, en algún momento, algo que decir.

Madrid, ¡Por Tutatis!

Astérix y Obélix son una serie de historietas cómicas creadas por el dibujante Albert Uderzo y el guionista René Goscinny, que aparecieron por primera vez publicadas en 1959. En ellas, se cuentan las aventuras de una pequeña aldea gala, que se resiste a la conquista romana, liderada por el emperador Julio César.

Llevando esta historia a nuestros días, en nuestro país también hay una región que se resiste a una conquista, si bien no es una pequeña aldea, sino la capital del reino, Madrid, y todo el conjunto de su región. Y pese a que también luchan contra un “cesarismo” (surgido de una moción de censura), no son legiones romanas las que quieren ocupar esta próspera comunidad, sino el socialismo y la mediocridad en todas sus formas.

Para enfrentarnos a este terrible enemigo, no contamos con el astuto Astérix, sino con un también pequeño abogado del Estado como alcalde. Y en vez del valiente y fornido Obélix, tenemos a nuestra aguerrida presidenta. Algo en lo que sí que coincide de lleno nuestra historia y la de los infatigables galos, es la existencia de una formula muy poderosa, que es la que permite resistir y prosperar frente al asedio. En nuestro caso, nuestra poción no es secreta como la que preparaba el druida Panoramix en su marmita. Sino que la fórmula de Madrid, la piedra angular de todo su éxito, es de sobra conocida, la libertad. Madrid es prospera, Madrid resiste, Madrid progresa, porque Madrid es libre.

Muchos de los enemigos de este éxito, que ansían que Madrid caiga, reducen esta libertad a poder disfrutar sin límite de la hostelería. Y eso existe, por supuesto, que menos. Pero reducir las ideas de libertad simplemente a eso, es ser, sin querer o queriendo, muy corto.

Madrid triunfa y resiste porque en ella tienes libertad para elegir médico, Madrid triunfa y resiste porque en ella tienes libertad para elegir centro de estudios. Madrid triunfa y resiste porque en ella tienes la libertad de que no te confisquen demás, del sueldo que cada uno percibe por su duro trabajo. En definitiva, Madrid triunfa y resiste porque vivir en ella significa vivir libremente, en un mundo en el que desgraciadamente esto es cada vez más complicado.

No sabemos que les deparará el futuro a nuestros héroes, pero lo que sí que conocemos es como se preparan para ello. En los próximos 20 y 21 de Mayo se celebrará el Congreso del PP de Madrid, donde se renovarán los mandos de este inquebrantable ejército liberal-conservador.

Ya no vale solo con resistir los ataques como hasta ahora, el objetivo es mucho más ambicioso. Esta celebración servirá para organizar la contraofensiva, que consiga expulsar definitivamente cualquier rastro de socialismo y miseria, no solo de la comunidad madrileña, sino del resto de la nación.

Como en estos dos últimos años, guiados por la presidenta Isabel Díaz Ayuso, prietas las filas en torno a ella. No hay un segundo que perder, hay un país que recuperar, un futuro que conquistar.

Algunas cuestiones sobre las armas en Ucrania

Desde el principio* de la guerra entre Ucrania y Rusia, incluso antes de que empezara el conflicto, Estados Unidos, Gran Bretaña y, en menor medida, otros países occidentales han pertrechado a los ucranianos, no sólo de armas, sino que además les han enseñado tácticas y operativa que podían serles útiles ante las tropas rusas y sus predecibles movimientos. Y lo han hecho con relativo éxito. Aunque los rusos tienen en su poder muchos más soldados y armas que los ucranianos, la manera de usarlos no ha sido la adecuada para los objetivos marcados, mientras que los ucranianos, que han optado por una estrategia defensiva junto a contraataques localizados y contundentes, sí que han aprendido a hacer daño a los rusos, ralentizando su avance o haciéndoles retroceder, provocando innumerables bajas tanto en material como en soldados. Para ello han usado una variedad de material que va desde armas casi obsoletas, procedentes de su etapa soviética, hasta armas inteligentes y tecnologías avanzadas proporcionadas por occidente. Tal es el gasto de este último material que, el pasado 6 de mayo, el subsecretario de Defensa para Adquisiciones y Sostenimiento de los Estados Unidos, William A. LaPlante, planteaba que la necesidad de armas, municiones y otros pertrechos para los ucranianos está siendo mucho mayor de lo que se esperaba, “algo nunca antes visto” llegaba a decir, y que les está pasando lo mismo con otros aliados occidentales.

El material recibido no siempre ha sido el más adecuado; otras veces, era un excedente que estaba a punto de ser retirado, pero del que, de pronto, se podía sacar algo a cambio, aunque sólo fuera rédito político. Varios países de la OTAN o cercanos a ella han decidido venderlo y poner en marcha programas para sustituir aquello que está o empieza a estar obsoleto. Tal es el caso del carro alemán Gepard, muy elogiado en los medios de comunicación occidentales, pero bastante vetusto, ya que su diseño es de finales de los años 60 y que los alemanes tenían fuera de servicio y guardado en almacenes. Supongo que el ejército ucraniano se habrá sentido agradecido por una de las pocas medidas alemanas que no le perjudica.

No todo son gangas, lógicamente. Las necesidades de una guerra son muy variadas y Ucrania también está recibiendo material bélico de primera línea, material que proviene de las reservas que los países tienen para hacer frente a sus potenciales enemigos, reservas que se pueden adelgazar, pero sin traspasar ciertas líneas rojas, como parece que está ocurriendo con el misil Javelin. Este misil tiene una guía activa con sistema “dispara y olvídate”, capaz de atacar desde arriba a los tanques, la parte más débil. Otro misil de gran calidad es el NLAW, proporcionado por los británicos, no tan versátil como el estadounidense, pero con capacidad para atacar con ángulo descendente. Estos misiles tienen poca comparación con lanzacohetes, como el germano Panzerfaust 3 o el español Instalaza C-90, que tienen escaso alcance y penetración, una trayectoria recta y plana y que deja al lanzador en evidencia, pudiendo ser abatido.

El caso del armamento pesado es otro cantar. Para usar un lanzacohetes o un misil se necesita, relativamente, poca instrucción; a veces, basta con apuntar y apretar el gatillo, pero el material pesado requiere meses de formación y de experiencia para usar esos sistemas y sacarles algo de provecho, algo que se hace mucho más evidente para los tecnificados sistemas occidentales y no tanto para los rusos o soviéticos, más rudimentarios1. Es por ello por lo que se está poniendo énfasis en que los antiguos países miembros del Pacto de Varsovia entreguen sus armas a los ucranianos a cambio de material occidental más moderno, versátil y potente.

El “negocio” es redondo en varias facetas. Los ucranianos, los más necesitados en este asunto, logran sistemas que ya saben utilizar, ya que las armas de su ejército son mayoritariamente de este tipo, tras su secesión de la URSS, y no necesitan aprender a usarlos, además de lograr aumentar su parque de armas de manera casi inmediata. Para los donantes, es un gran negocio, ya que se deshacen de armas obsoletas y bastante deficientes a cambio de armas más modernas y eficientes gratis o a precio de ganga, que recibirían de Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países. Por poner un par de ejemplos, Polonia, República Checa, Bulgaria y otros países están entregando cazas Mig-29 a los ucranianos a cambio de F-16 y, en algunos casos, F-35; también sus obsoletos carros T-64 y T-72 están siendo sustituidos por modernos y potentes carros M-1A2 o Challenger 22.

Por último, en el caso de las potencias occidentales, sobre todo Estados Unidos y Reino Unido -que, una vez más, están siendo más listos que los europeos continentales-, logran un doble beneficio: desde el comienzo del conflicto, ambos países han sido decididos y rápidos en la ayuda3, aportando rápidamente material letal y de alta calidad, lo que les ha reportado el reconocimiento de Ucrania y de los países del Este, que los ven como socios más fiables y hacia los que se decantan en materia de seguridad. Por otra parte, al proporcionar armas a los vecinos de Ucrania a cambio de sus obsoletos tanques y aviones, ambos países se garantizan el futuro negocio de proporcionar piezas, mantenimiento y entrenamiento a las fuerzas armadas de dichos países, en detrimento de la industria armamentística europea y sus sueños de independencia en materia de seguridad.

Ucrania está aguantando en una guerra desigual gracias al sacrificio de sus soldados y civiles y al material que está recibiendo. Rusia es consciente de este último hecho y ya ha amenazado con atacar los envíos de material. El problema al que se enfrentaría Ucrania es que este flujo de armamento cesara, tanto el más avanzado tecnológicamente como el más sencillo, bien por una cuestión de carencia, aunque por suerte ya se están anunciado recompras y planes para incrementar la producción, bien porque las amenazas rusas se tornen en realidad.

La cuestión que se plantea es quién paga todo esto. Aunque Occidente pueda tener un deber moral apoyando a los ucranianos, no menos cierto es que donar o financiar las armas que usan los segundos a cargo de los impuestos que pagan los habitantes de los países occidentales es algo que puede empezar a cuestionarse cuando los efectos de la guerra se hagan más molestos y pase la primera fase de “entusiasmo” ciudadano4. Las guerras destruyen economías, sociedades y vidas humanas. Cuando termina una, el resultado es, en conjunto, mucho más pobre de lo que había antes. Es cierto que habrá gente que se haya enriquecido, pero será mucha más la que se haya empobrecido. Ucrania está recibiendo esta ayuda, pero no es gratis y cuando acabe este infierno y sus ciudadanos tengan que levantar un país en ruinas, también tendrán que pagar estas armas que están usando, por mucho que los occidentales lo quieran suavizar. Un peso que les lastrará. Por el contrario, si son los rusos los que terminan venciendo, serán los ciudadanos occidentales los que, con sus impuestos, hayan pagado este esfuerzo que no habrá servido para los objetivos marcados. Guste o no, un conflicto bélico afecta a muchas personas de distintas maneras y en sitios no necesariamente cercanos. Es por este efecto tan poderoso por lo que es bueno analizar y entender qué hay detrás de un conflicto bélico, su génesis, su desarrollo y su verdadero final y por qué no hay que caer en tópicos, prejuicios y mentiras que rondan en torno a él. Como vemos, esta guerra ya está cambiando los equilibrios de poder en la zona, está cambiando la confianza que algunos países han puesto en otros, está mostrando quién es un verdadero aliado y quién no, y esto también nos afectará, sobre todo a la vieja Europa, que está quedando para parque temático de turistas asiáticos.

[*El presente artículo ha sido escrito en colaboración con Rafael Illán Oviedo]

1 Estos sistemas más rudimentarios tienen, lógicamente, su mercado y no es precisamente escaso. En países en vías en desarrollo y del Tercer Mundo, donde formar a un soldado es demasiado caro para sus economías, interesa tener más material de este tipo, relativamente fácil de manejar, que el tecnológicamente avanzado occidental.

2 Si alguien duda aún de la superioridad de los carros occidentales pese a lo que se está viendo en Ucrania, vale la pena recordar la batalla de 73 Easting y sus resultados.

3 A diferencia de los timoratos germanos, tan dependientes del Osos ruso y, en general, de los europeos, tan dependientes de su Estado de Bienestar.

4 Resulta paradójico que las necesidades energéticas europeas sean las que financian al ejército ruso y que esta particularidad no sea tan evidente para los ciudadanos.

El gran error de la revolución francesa

La Revolución Francesa es vista por mucha gente como un gran hito histórico en el desarrollo de la civilización y sociedad occidental. Por mi parte, hace tiempo que me sacudí sus aires míticos, sobre todo si se compara suimpacto sobre nuestro bienestar con el de la otra revolución de la época, la Industrial.

En todo caso, ello no quita para que siempre haya tenido curiosidad por conocer cómo se desarrolló históricamente, sus causas y sus vaivenes. Es por ello que he leído recientemente una serie de novelas históricas sobre la misma, la excelente Histoire d’un Paysan, de Erckmann-Chatrian. He disfrutado y aprendido a partes iguales, y me he hecho una idea más precisa de la situación de Francia en la época. Además, los libros incorporan a modo de apéndice los documentos más importantes elaborados por los organismos revolucionarios, como la primera Constitución, o la Declaración de los Derechos del Hombre. Es al asomarse a esta última, luego reflejada en la primera Constitución, cuando uno detecta ese gran error a que hace referencia el título de estas líneas, y la semilla de los desmanes que se cometerían durante los siguientes años por gente como Robespierre o Napoleón, entre otros.

Pero vayamos poco a poco. La situación en la Francia pre-revolucionaria era ciertamente tremenda. El feudalismo es rampante, cuando ya no existe en muchos de sus países vecinos, como Inglaterra o España (en realidad, aquí apenas existió). Estamos hablando de finales del XVIII, y la mayor parte de la gente está sometida a impuestos y cargas draconianas, que van a manos de monarquía, nobleza y clero. Mientras estos disfrutan de ocio, prebendas, lujo y fiestas, aquellos apenas pueden subsistir. El panorama que pintan Erckmann-Chatrian es desolador e indignante. 

La situación no es tan distinta de la actual en España, por cierto, en el aspecto fiscal. En nuestro caso, da lugar a una clase política tan parasitaria o casi como aquella nobleza, sujeta a privilegios y ganancias inexplicables para el común (los casos de Irene Montero y su chalet, o de la fortuna de José Bono tras años dedicados en exclusiva a la política, vienen a la mente). La diferencia con aquel entonces es que ahora somos mucho más productivos gracias al capital acumulado, y aunque los impuestos son relativamente superiores, en términos absolutos nos dejan más que suficiente para sobrevivir y hacerlo bien.

De vuelta a la Francia de 1780, nos encontramos con una monarquía al borde de la bancarrota (vaya, otro paralelismo con la situación actual del España) y con la nada original idea de crear un nuevo impuesto (y otro más). El nuevo impuesto que se planteaba afectaría a clases burguesas, y estos reaccionaron mirando a la ley, y recordando que para tal imposición sería necesaria su aprobación en unos Estados Generales. Los numerosos impuestos creados hasta el momento no habían pasado por tal requisito por la sencilla razón de que sus sufridores no eran conscientes del mismo y no lo exigían. Obsérvese que, en la actualidad, los políticos nos ponen impuestos a troche y moche con la única condición de haber sido elegidos democráticamente y con independencia de a que se hayan comprometido: ¿otro paralelismo más?

El caso es que la Revolución comienza por las razones correctas: una revuelta contra otra imposición de la casta al pueblo, contra los privilegios de unos pocos a costa, no del bienestar, sino de la supervivencia de muchos.

Como es sabido, las cosas se fueron de madre cuando el Tercer Estado se dio cuenta de que aquello era solo un montaje para que se aprobaran los impuestos que quería la clase pudiente, y decidieron contra viento y marea seguir el programa que se les había vendido y para el que supuestamente se habían reunido. Y el primer documento que produjeron es la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano.

La lectura de dicha declaración no ofrece a los ojos actuales grandes sorpresas, y su correcta valoración exigiría haber vivido la época. Se afirma (artículo 1) que “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos “ (iguales en derechos, no en propiedades como piensan comunistas y socialistas de todos los tiempos). En su artículo 2, declara como derechos naturales e imprescriptibles del hombre “la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.” (sí, la propiedad). Y de la propiedad nos dice también en el artículo 17 que “Siendo inviolable y sagrado el derecho de propiedad, nadie podrá ser privado de él, excepto cuando la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exige de manera evidente, y a la condición de una indemnización previa y justa.

En fin, tampoco procede detenerse mucho más en ello, tras haber constatado que tiene los mimbres correctos para una sociedad libre, dado que reconoce como derecho natural el de la propiedad, aunque sea con algún límite.

Los problemas empiezan cuando define, en el artículo 4, la libertad. “La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. (…) Sus límites solo pueden ser determinados por la ley.” 

Nada que discutir tampoco ahora, pero el gran error llegará con el artículo 6, donde se define qué es la Ley: “La ley es expresión de la voluntad de la comunidad. Todos los ciudadanos tienen derecho a colaborar en su formación, sea personalmente, sea por medio de sus representantes.

Quien haya leído a Hayek o Leoni, habrá identificado de forma inmediata el problema. La Asamblea Constituyente desconoce que el origen de la ley no es la voluntad o la razón humana, sino que es una creación espontánea del colectivo para resolver conflictos sociales. En este sentido, es más bien una creación “divina” que humana, no hay nadie guiando su creación, pese a que su aparición procede de la interacción de los seres humanos, y por eso no se puede decir que sea natural tampoco.

Los Asamblearios revolucionarios incurren en el tremendo error del positivismo en derecho. A partir de ese momento, mucha gente pensará que para hacer leyes basta que se reúnan unos cuantos iluminados y se pongan de acuerdo en lo que escriben en un papel. Así funcionan las cámaras legislativas, entre otros, en nuestro país. Y, como ya dije en otra columna, algún día legislarán sobre la tabla de multiplicar y nos quedaremos tan campantes.

Con esa concepción de la ley en la mano, y seguramente con la mejor voluntad, los reunidos se pusieron a emitir decretos como si no hubiera un mañana para conseguir la Francia de sus sueños. Se aprobaron Constituciones como churros, a la mejor conveniencia de los mandatarios de turno. Y, aunque solo sea como curiosidad, recuérdese que ¡hasta cambiaron el calendario!, dando esos nombres deliciosos a los meses, como Vendimiario, Brumario o Fructidor.   

Se trata de un arma ya suficientemente peligrosa en manos de gente honrada y buena, pero estos instrumentos siempre acaban en poder de gente como Robespierre, Hitler o Stalin, con lo cual lo que conseguimos es regímenes de terror en que toda la vida de los “ciudadanos” queda sometida al arbitrio y designio de déspotas.

El positivismo en derecho que reconocieron los revolucionarios franceses fue un gran error, sí, y con gravísimas consecuencias. Pero me parece perfectamente disculpable en la época en que se produjo. Después de todo, a la mayor parte de la gente en la actualidad les sigue pareciendo correcta la concepción de que las normas dimanan de Parlamentos, y eso que ahora tenemos muchos más conocimientos y medios para adquirirlos de los que podrían disponer aquellas gentes en el siglo XVIII.

Eso sí, si alguna vez hay revolución española contra los privilegios de nuestra casta política, seamos conscientes que ya no tendremos disculpa para cometer el mismo error.

La tormenta que no cesa

Hemos de asumir la tendencia desglobalizadora que se ha asentado ya en el panorama geopolítico actual y que afecta de lleno a nuestra manera de comprender y analizar la economía y sus dinámicas. Muchas de las tendencias económicas presentes, junto a los principales shocks de los últimos años, como son la pandemia de la Covid-19 y la guerra en Ucrania, han contribuido enormemente a la consolidación de un fenómeno que arrancó con el fortalecimiento de la guerra comercial entre China y EE. UU., allá por 2017. La rivalidad geopolítica entre China y EE. UU. fue entonces clave para frenar el crecimiento del comercio mundial y erosionar las cifras globales de inversión extranjera directa. Tras ello, la pandemia contribuyó a cambiar el patrón de consumo y, por lo tanto, la demanda de bienes y servicios a nivel mundial, con un gran impacto sobre las cadenas mundiales de valor, ejerciendo de causa principal de los posteriores cuellos de botella.

Cualquier manual de Economía habría dictaminado que un fenómeno de la envergadura de una pandemia global habría supuesto un enorme shock negativo de demanda, reduciendo la demanda agregada a escala global a niveles insospechados. Esto habría sido así de no ser por las políticas fiscales y monetarias desarrolladas por los gobiernos y bancos centrales, respectivamente, a lo largo de todo 2020 y gran parte del 2021, lo que contribuyó a incrementar la renta disponible de los ciudadanos e impulsó la demanda. La cuestión principal del asunto se halla en el factor de que ante la coyuntura pandémica la composición de la demanda agregada global perdiese peso en servicios para ganarlo en bienes duraderos, ante las restricciones a la actividad económica impuestas por multitud de gobiernos a lo largo y ancho del mundo durante el mencionado periodo.

Cuando, debido a la reapertura de muchas economías, el empleo volvió a recuperar su nivel previo y muchos trabajadores salieron de esquemas de desempleo temporal como los ERTE en España o el furlough scheme en Reino Unido, nos encontramos en algunos países con el fenómeno de la falta de trabajadores para muchos puestos de trabajo, impulsado por la “Gran Dimisión”, en países como EE. UU.

Todo ello generó un mix radiactivo, que unía una fuerte demanda junto con severas restricciones productivas y logísticas a escala mundial, conllevando a una notoria inflación, que, aunque en un principio se pensó temporal, finalmente ha demostrado ser algo más que eso.

Por si no fuera suficiente con esto, la invasión de Ucrania por parte de Putin, iniciada en la segunda mitad de febrero, contribuyó a empeorar aún más el panorama macroeconómico mundial, reduciendo el crecimiento y potenciando las tensiones inflacionistas, especialmente en lo referente a energía y alimentos. Mientras tanto, los confinamientos masivos en China están frenando en seco la producción y distribución de multitud de bienes (especialmente componentes) esenciales, añadiendo más madera a la hoguera de la inflación.

Aunque si bien es cierto que el panorama económico actual está haciendo mella en multitud de países occidentales, la situación es muchísimo más grave en muchos países emergentes, los cuales no disponen de las herramientas macroeconómicas necesarias para cubrirse las espaldas frente a coyunturas como la actual. Durante la pandemia muchos de estos países tuvieron verdaderas dificultades para poder incrementar el gasto público y las transferencias sociales, ante la imposibilidad en muchos casos de monetizar su deuda, viéndose obligados a emitir mayores cantidades en dólares, lo cual, a la larga y debido a las subidas de tipos de la Fed a causa de la inflación, ha supuesto un mayor coste de la deuda, generando tensiones financieras y políticas.

Además, hemos de tener en cuenta que multitud de ciudadanos en los países emergentes, ante el creciente coste de la energía y los alimentos, se han visto forzados a reducir su consumo por debajo de unos estándares básicos, pasando a incrementar las tasas de pobreza en algunas de estas naciones. Todo esto puede confluir en un mayor número de protestas sociales e inestabilidad política, lo cual no sería nada positivo para el panorama económico en un futuro próximo de los emergentes.

Tal y como podemos observar, la tormenta no cesa, independientemente del ángulo desde el que la miremos. Va a resultar muy complicado lograr un crecimiento económico sostenido en los próximos años si este no se da a través de un incremento de la productividad, permitiendo a muchos países ser más competitivos en un entorno económico global cada día más hostil.

Por el lado del análisis de las tendencias de la productividad cabe ser algo más positivo, aunque a lo largo de los últimos años las cifras de crecimiento de la productividad en la mayoría de los países europeos se hayan visto estancadas. La pandemia trajo consigo nuevas formas de producir bienes y servicios y posibles nuevas organizaciones del trabajo. Por ejemplo, muchos servicios que antes no se consideraban exportables, o cuya exportación se realizaba con mayor dificultad o a un mayor coste, tras la pandemia han visto abrirse un abanico de oportunidades y multitud de nuevos modelos de negocio para ello. Aún así, sin las necesarias reformas institucionales y acertadas políticas públicas, en Europa va a ser muy difícil ver el necesario incremento de la productividad que garantice el crecimiento sostenido al que hacía referencia con anterioridad.

De hecho, la tendencia puede que sea justo la contraria, debido a la inversión de la pirámide demográfica y los nulos visos de que dicha tendencia cambie a lo largo de las próximas décadas. El envejecimiento poblacional en la mayoría de los países occidentales significa una disminución de la fuerza laboral, de la productividad y, consecuentemente, del crecimiento económico. Además, la ya mencionada desglobalización no hará más que ahondar en la ralentización del crecimiento, volviendo a levantar barreras comerciales y dificultando la especialización productiva y la descentralización a escala internacional, siendo estos factores esenciales para lograr un crecimiento sostenido en el largo plazo a través de incrementos de la eficiencia productiva.

Si los países occidentales quieren defender una política que promueva incrementos de la productividad y un crecimiento sostenido en el largo plazo, han de luchar contra la desglobalización a través de, por ejemplo, un refuerzo de las instituciones multilaterales que garantizan la continuidad del comercio internacional y refuerzan su seguridad jurídica, como es el caso de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Con el fin de la época de la política monetaria ultralaxa es hora de que los gobiernos occidentales se tomen en serio por una vez la necesidad de incrementar la productividad en nuestros países ante un escenario nada proclive al crecimiento económico. Si queremos garantizar el bienestar de nuestras sociedades primero hemos de reforzar la eficiencia de nuestras economías. Desconectarlas entre sí no sería un buen primer paso.

Marx y el dinero (I)

El pensamiento monetario de Karl Marx es muy interesante y lleno de sorpresas. Para empezar, Marx seguía la teoría clásica del dinero (Glasner 2000) y era un gran crítico de la teoría cuantitativa del dinero, por lo que muchos teóricos monetarios todavía adheridos a esta incorrecta interpretación del dinero pueden aprender de Marx. Además, Marx era afín a la Escuela Bancaria, citando extensamente a Thomas Tooke y a John Fullarton, principalmente por su oposición a la teoría cuantitativa del dinero, aunque tenía ciertas discrepancias con estos (Lapavitsas 1994).

Marx analiza el dinero desde una visión general según su función y características. El interés del pensador sobre el área recae en que el dinero funciona como una parte esencial del sistema capitalista, es el engranaje que explica los procesos mediante los que los procesos productivos se ajustan y desacoplan entre el lado real de la economía y el lado monetario. Es decir, pensando en la ecuación cuantitativista del dinero, entre M (oferta monetaria) y V (velocidad de la circulación del dinero) con P (nivel de precios) y Q (nivel de producción). Estas relaciones sirven para explicar los cíclos económicos.

Marx inicia su estudio del dinero en la primera parte del primer volumen del capital donde realiza un análisis de este en términos generales, sin concretar cómo opera o qué papel tiene en una estructura capitalista de producción, para luego profundizar más sobre el dinero en un sistema capitalista. Marx decía que lo importante era en primer lugar entender el dinero en términos generales y la demanda de atesorarlo, para poder entender posteriormente el crédito, propio de un sistema capitalista. Marx (1978, 192) afirma que “este es el curso que ha tomado la historia: el dinero a crédito no jugó ningún papel, o al menos no uno significativo, en el período inicial de la producción capitalista.” Por esto Marx llega a criticar a Tooke y Fullarton, porque “ellos vacilan constantemente entre las formas abstractas del dinero que lo distinguen de la mercancía y aquellas formas bajo las que se ocultan relaciones concretas, como el capital, los ingresos, etc.” (Marx 1904, 191).

Marx explicando la circulación del dinero metálico como punto de parte de lo que es el origen de mercancías que funcionen como dinero. Marx enumera una serie de características físicas de los bienes, similares a las que menta Carl Menger (2009), como la divisibilidad y la homogeneidad de sus partes. Marx hace una reflexión muy cercana a la teoría orgánica mengeriana sobre el origen del dinero al afirmar que:

Los metales preciosos destacan por estas cualidades. Al no ser el dinero el resultado de un esquema o acuerdo, sino que se ha producido instintivamente en el proceso de intercambio, una gran variedad de mercancías más o menos más o menos inadecuadas han desempeñado sucesivamente sus funciones. (Marx 1904, 32)

De ahí que Marx considere que es el oro la mercancía que sirve para jugar el papel de dinero en relación con otras mercancías porque ya ha jugado el papel de mercancía en relación con estas.

Marx no solo en esto coincidía con Menger, sino también en su entendimiento del dinero en línea con la teoría clásica del dinero. Marx defendía que el movimiento de mercancías ocurre fuera de la esfera monetaria y que el movimiento de dinero en la mayoría de los casos venía determinado por los movimientos de las mercancías. Es decir, la demanda de dinero era un factor exógeno, determinado por los bienes en circulación, no endógeno y dependiente de la oferta de dinero como defiende la teoría cuantitativa del dinero. La oferta monetaria, para Marx, era un componente endógeno del sistema, porque esta se ajusta para satisfacer la ecuación cuantitativa. Además, Marx rechazaba la pretensión de los defensores de la neutralidad del dinero de que V sea constante. Que el dinero sea neutral implica que un aumento en la oferta monetaria altera los precios sin afectar a la economía real. No obstante, defender este concepto implica rechazar el funcionamiento de V como velocidad del dinero o, lo que es lo mismo, como la inversa de la demanda del dinero. Un aumento de M puede acarrear uno de V. Como vemos, Marx acepta y emplea la ecuación cuantitativa del dinero como una herramienta analítica, rechazando la teoría cuantitativa del dinero.

Otra semejanza entre Marx y los economistas de escuela austríaca es la manera que tiene de conectar la microeconomía y la macroeconomía. Por un lado, Marx conecta la microeconomía y la macroeconomía a través del comportamiento del dinero porque, según él, la existencia de dinero y la posibilidad de acaparamiento son condiciones previas para una crisis general de sobreproducción en una economía capitalista. Marx no hace distinciones entre los términos teóricos en los que discute la reproducción de bienes capitales particulares de los que discute la reproducción del sistema capitalista en su conjunto. Para Marx el análisis de cualquier nivel es fundamental estudiar cómo opera el dinero y qué movimiento sigue y resaltar la importancia de la calidad de este. Por otro lado, la escuela austríaca de economía también sigue un tratamiento similar de las distorsiones macroeconómicas que genera el dinero. Como dije Steven Horwitz:

Las perturbaciones de la oferta de dinero de dinero tendrán efectos sistemáticos de distorsión en todo el conjunto de los precios monetarios relativos, la “macroeconomía” puede entenderse como el intento de comprender las causas y las consecuencias de esos patrones sistemáticos, en toda la economía de distorsiones de precios y descoordinación microeconómica. […] Entender por qué las economías están están sujetas a fluctuaciones agregadas como las recesiones y la inflación requiere que busquemos un culpable sistemático de esos problemas “macroeconómicos” de toda la economía. Las explicaciones se encontrarán en la forma en que la picaresca monetaria distorsiona el proceso microeconómico de coordinación de precios. Este es el legítimo de la macroeconomía austriaca. (Horwitz 2020, 105)

Lo que hace que una mercancía llegue a ser dinero es que se considere socialmente válida como mercancía de equivalencia entre mercancías. Como para Marx el valor lo marca las horas de trabajo socialmente incorporadas en la producción de un bien, el dinero podría verse como un simple registro de los derechos adquiridos a cambio del tiempo de trabajo generado para la producción de otras mercancías. Para Marx, como para Menger, el dinero es una mercancía más, con la peculiaridad de que sus características le permiten cumplir mejor que otras las funciones del dinero. Por lo que será una mercancía más, pero una distinta del resto.

Estas funciones características del dinero según Marx son tres. En primer lugar, tenemos la función del dinero como una medida de valor. Siguiendo lo que se explica anteriormente de la relación del oro con el resto de las mercancías, Marx afirma que:

El oro se convierte en una medida del valor porque el valor de intercambio de todas las mercancías se mide en oro, expresada en la relación entre una cantidad de oro y una definida cantidad de una mercancía que incorpore las mismas horas de trabajo. (Marx 1904, 42)

Las mercancías entran en circulación con un precio y el dinero con un valor. El dinero se tiene que producir como una mercancía anteriormente. De tal forma, si el valor del oro (el tiempo socialmente incorporado en su producción) cambia mientras que el valor del resto de las mercancías se mantiene igual, entonces el nivel general de precios cambia. Si el tiempo de trabajo necesario para producir una cantidad de oro se dobla, el precio monetario de las cosas se reducirá a la mitad. Como medida de valor, el dinero tiene fines complementarios. Darle al oro un valor fijo sería igual a arrebatarle sus funciones monetarias como las de unidad de valor, su naturaleza como mercancía y especular ya que careceremos de la mercancía sobre la que todo el resto de las mercancías se miden. Si, por el contrario, tuviese precio en otra mercancía, el oro se convertiría en una mercancía más y perdería su carácter general como medio de valor. Marx critica a Ricardo porque para este es la invariabilidad del patrón monetario el que determina la naturaleza monetaria de una mercancía. Con esto y lo dicho anteriormente sobre la teoría marxiana del origen del dinero, podemos intuir que Marx sería también crítico con el cartalismo.

Cuando una mercancía funciona como unidad de valor, una específica cantidad determinada de esa mercancía o “precio monetario” empieza a funcionar como unidad de cuenta.

En el próximo artículo se analizará las dos otras funciones que cumple el dinero: el de ser un medio de circulación y un instrumento de atesoramiento.

Referencias

Glasner, David. 2000. “Classical Monetary Theory and the Quantity Theory.” History of Political Economy 32 (1): 39–59.

Horwitz, Steven. 2020. Austrian Economics: An Introduction. Cato Institute.

Lapavitsas, Costas. 1994. “The Banking School and the Monetary Thought of Karl Marx.” Cambridge Journal of Economics 18 (5): 447–61.

Marx, Karl. 1904. A Contribution to the Critique of Political Economy. Chicago, Estados Unidos: Charles H. Kerr & Company.

———. 1978. Capital: A Critique of Political Economy. Volume 2. Londres, Reino Unido: Penguin Books.

Menger, Carl. 2009. On The Origins of Money. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Ok, boomer

De todas las polémicas entre identidades prefabricadas que están apareciendo en los últimos años, una de las más divertidas es la de zoomerscontra boomers. Tiene la gracia de los enfrentamientos entre los partidarios de la tortilla con o sin cebolla, pero con bastante más variedad de argumentos.

Los zoomers tienen unas cuantas cosas que reprochar a los boomers. Veamos; la vivienda es bastante más cara (según dónde) que en la juventud boomer. Conseguir trabajo es ciertamente más difícil. El gasto de pensiones va a peor, y todo apunta a que va a ser una losa de por vida para toda su vida laboral. El sistema político deja bastante que desear, y va degradándose cada vez más.

Los boomers contraatacan con sus propios reproches: los zoomers han recibido la educación más cara de la historia, no tienen cultura del esfuerzo y han vivido en un sistema democráticoconsolidado que no valoran.

Cada grupo tiene parte de razón, como siempre pasa en este tipo de polémicas. Al igual que si divides a la gente entre ricos y pobres, hombres y mujeres o urbanitas y camperos puedes achacar todo el mal que hace una pequeña parte del grupo rival a toda la categoría.

Personalmente, al haber nacido en 1981, tengo una perspectiva bastante más completa que los zoomerssobre las generaciones que me han precedido. No tengo ningún romanticismo por la vida que llevaban los adultos en mi niñez, pero sé de primera mano que lo que llevamos de siglo no ha sido un camino de rosas para quienes nos ha tocado empezar nuestra vida adulta en esta época.

Pero del mismo modo, en estos últimos años me ha llamado la atención un fenómeno que me hace simpatizar con los zoomers, especialmente con el sector facha: cada vez que leo un periódico, enciendo la televisión o escucho la radio me encuentro con las mismas voces que ya estaban allí cuando era un adolescente y, lo que es más preocupante, los mismos discursos.

La última experiencia ha sido leer un artículo de Ansón alabando un libro de Pablo Iglesias. Dejando a un lado la capacidad de cierta derecha para respetar a personajes siniestros, siempre que estén a su izquierda, la sensación de incomprensión que uno siente al seguir leyendo a un tipo como Ansón es enorme. Me explico: hace 20 años nadie de mi edad leía a este señor. De hecho, su línea editorial era antigua hasta para nuestros padres. ¿Por qué sigue siendo importante lo que dice?

Pues porque en España la derecha lleva siendo pastoreada por un círculo extremadamente pequeño de periodistas e intelectuales desde hace décadas. Entiendo perfectamente que para una generación que se ha criado con internet la sensación de ver a un montón de señores mayores intentando convencerles de que el mundo es igual que en 1990, que personajes como Feijóo son la solución a todos nuestros problemas, o que Pablo Iglesias era perfectamente asimilable en el régimen del 78, sea una experiencia psicodélica.

Por lo tanto, en estos casos y hasta que el aire se renueve un poco, la respuesta que se merece todo el sector periodístico de centro derecha es un tajante: OK, boomer

La ruptura generacional y el nuevo contrato social (I)

“Por lo que a nosotros concierne, estamos totalmente convencidos de que un día se establecerán asociaciones para reclamar la libertad de gobierno como han sido establecidas para reclamar la libertad de comercio”

La producción de seguridad, Gustave de Molinari

En esta primera parte, trataré de analizar la ruptura generacional y ver la necesidad de un nuevo contrato social, cuestión que plantearé en la segunda parte.

Cada vez se respira mayor tensión entre los distintos sectores de edad de la sociedad, aunque la categoría de generaciones defendida por Ortega ha recibido críticas razonables, considero que sigue siendo oportuno emplearla, aunque por el crecimiento de la esperanza de vida conviene ampliarla de 15 a 30 años. A grandes rasgos, podemos identificar tres grandes sectores de edad: boomers y pensionistas (>58 años), trabajadores (30-58 años) y jóvenes (<30 años).

Entre estas generaciones hay una serie elementos comunes que permiten trazar un retrato de cada una, donde se puede ver que sus intereses están muy poco alineados, lo que no hace presagiar nada bueno y puede producir una ruptura generacional.

La primera generación, la de boomers y pensionistas, es una generación que se encuentra cómoda con la Transición y los resultados de ella, en su mayoría son propietarios de una o varias viviendas, gozan de pensiones superiores a su contribución a las arcas públicas –según el Banco de España de 1,74 euros por cada euro aportado–, sus fuentes de información son los medios de comunicación tradicionales –prensa, televisión y radio–, creen que los estudios universitarios son fundamentales para obtener un buen trabajo –fijo y buen salario–, han disfrutado y disfrutan del Estado de bienestar, y creen que todo esto está garantizado. No obstante, son una generación que ha obtenido todo esto a base de consumir el ahorro de los abuelos y de traer al presente bienes y servicios endeudándose por las generaciones futuras.

La segunda generación, la de trabajadores, ha experimentado en su juventud la buena vida, y trabaja incansablemente por alcanzarla. Aspiran a llevar una vida como la de sus padres, donde la tranquilidad y la seguridad es lo que más se busca. Sin embargo, los impuestos y regulaciones, junto a la inflación, les ponen en serias dificultades. Además, hay que añadir que por el alargamiento de la esperanza de vida ya no heredan cuando empiezan sus proyectos vitales, sino ya cuando están cerca de la jubilación. Empiezan a percibir un cambio significativo en la estabilidad social y ven peligrar su futuro. Son los que están viviendo la ruptura del contrato social. Al ver a los jóvenes perciben que ellos no van a llevar los mismos niveles de vida de sus padres, puesto que difícilmente puedan contar con unas pensiones que les permitan un nivel alto de vida o recibir una sanidad de tanta calidad. Sus fuentes de información también son los medios tradicionales, pero desconfían de ellos. Son los que creyeron en las promesas del sistema y empiezan a ver que no se van a cumplir. No obstante, no quieren renunciar a sus aspiraciones, prefieren evitar enfrentarse a la realidad y seguir en la rueda del hámster como si el castillo de naipes no se estuviese desmoronando delante de sus narices.

Por último, los jóvenes, ya saben que ese mundo no es para ellos. Apenas se identifican con la política. Sus fuentes de información son radicalmente distintas, se informan a través de creadores de contenido, Youtube, Twitch, podcast; información mucho más personalizada que les confronta directamente con las generaciones anteriores. Ya saben que una educación en una universidad no te garantiza ni un trabajo ni un buen salario. El descrédito de todo lo anterior junto a la dificultad para encontrar salidas y proyectos vitales esperanzadores los arroja a la frustración. Sólo han vivido en crisis, primero la de 2008 y ahora la del Covid-19. Tienen muy difícil el acceso a la vivienda, y los alquileres que les cobran las generaciones anteriores les dejan muy poca renta disponible para su día a día e iniciar sus proyectos vitales.

Esto son solo algunas pinceladas de estas generaciones, pero es que además hay una serie de elementos que hacen que sus intereses e incentivos estén completamente desalineados, veamos algunos de ellos sin hacer un númerus clausus:

1/ Forks de los medios de comunicación. Estamos viviendo una bifurcación de los medios de comunicación. Las fuentes de acceso a la información de los jóvenes son radicalmente distintas a los de las otras generaciones, y esto hace que vivan en mundos distintos, ven la realidad de forma diferente y esto es una fuente constante de conflictos. De continuar así, los relatos políticos y sociales que circularán en una y otra dirección serán opuestos. Por si fuera poco, al ver amenazada su posición, los medios tradicionales cargan contra los youtubers a la mínima ocasión que tienen, lo que aviva aún más la percepción de ruptura.

2/ Pensiones e impuestos. Las pensiones van a continuar incrementándose los próximos años, lo que no hace presagiar nada bueno acerca de los impuestos. Cada vez habrá más pensionistas con menos trabajadores, lo que incrementará la carga fiscal sobre cada uno de ellos. Además, la generación de boomers y pensionistas necesitará incrementos en su gasto sanitario para su vejez. Esto genera una situación de asimetría entre una generación que aúna la mayoría del voto, propiedad inmobiliaria y extracción de rentas al resto de la sociedad sin contribuir a la producción; lo que cada vez va a generar mayores tensiones sociales, ¿quién querrá contribuir con aproximadamente un tercio de sus ingresos a un sistema del que sabe que no percibirá sus beneficios?

3/ Vivienda. La mayoría está concentrada en manos de la primera generación, lo que dificulta enormemente el acceso a los más jóvenes a algo esencial para empezar sus proyectos vitales. Apenas pueden formar una familia, independizarse, o dejar de depender de sus padres, ¿cuántos años aguantará esta situación?

4/ Trabajo. Si hace unas décadas se cumplía el acuerdo social de “estudia y tendrás un buen trabajo”, ese acuerdo hoy está completamente roto. La cronificación de los trabajos precarios para los más jóvenes, con contratos de prácticas abusivos, jornadas laborales que apenas dejan tiempo de ocio, la sobreprotección de la generación de los trabajadores que impide a los jóvenes competir con ellos en el mercado laboral, la destrucción de capital de las dos crisis, la burocracia, los altos costes de contratación, impuestos, etc., hacen del mercado laboral hoy para la tercera generación un auténtico infierno, donde si consigues trabajo apenas te da para vivir.

5/ Demografía. Da vértigo ver la evolución de la demografía en España, es el elefante en la habitación que nadie quiere ver, y ya es tarde para tratar de remediar sus consecuencias. A medida que la segunda generación se vaya jubilando, la primera tendrá una losa encima que le impedirá prosperar por tener que mantener a las otras dos.

6/ Herencias. La herencia permitía el inicio de los proyectos vitales de los hijos en su juventud. El incremento tan significativo de la esperanza de vida resulta en que este capital que permite el inicio de dichos proyectos no se ha trasladado. Ahora se hereda, en la mayoría de los casos, en el ocaso de la vida. Pero si, además, por las dificultades económicas la primera generación tiene que empezar a consumir su patrimonio para llegar a final de mes y mantener su nivel de vida, las herencias se verán significativamente consumidas.

7/ Educación. La educación está rota. Cualquiera que esté relacionado con el sector sabe que es una pérdida de tiempo enorme en la que los incentivos están completamente desalineados. Su degradación no parece conocer límites. Sin una buena educación será muy difícil tener buenos trabajadores y empresarios en el futuro que permitan mantener el gasto social.

8/ Bitcoin. Por si todo esto fuera poco, aparece un activo que te permite preservar valor de manera excepcional en periodos largos de tiempo y también des responsabilizarte de las decisiones erróneas de terceros en el ámbito económico-patrimonial. Puedes hacen un opt-out y encontrar esa seguridad económica en tiempos de incertidumbre.

Estos son solo algunos de los elementos. La inflación y las subidas de tipos de interés servirán de catalizadores para acelerar estas tensiones sociales entre las distintas generaciones. A nada que los introduzcamos en una coctelera vemos que sus consecuencias no parecen muy halagüeñas.

La primera generación se encuentra ante un escenario donde perderá su posición de comodidad y verá peligrar aquello que consideraba seguro y garantizado. Frente a ello, optará por votar a aquellos partidos que se lo garanticen a cualquier precio para el resto de la sociedad, lo que tensará aún más la cuerda por el significativo número de votantes que son. Apostarán todo a la continuidad, a mantener el statu quo.

La segunda generación tendrá que trabajar más y pagar más impuestos para percibir menos de lo que esperaba, con la incertidumbre del “¿qué podemos esperar de las siguientes generaciones?”. Tendrán que llevar a cabo una segunda transición, evitando tanto la continuidad como la ruptura.

La tercera generación no tiene nada que perder, lo que los puede llevar a buscar la ruptura. Sin trabajos estables y bien remunerados, sin poder formar sus familias, sin acceso a la vivienda, con unas fuentes de información opuestas a las de las otras generaciones, con un activo que les permite independizarse del resto de la sociedad, engañados por el sistema educativo, con una carga fiscal desproporcionada y con menor representación política por la demografía.

Frente a esta situación habrá que reformular el contrato social si se quiere aliviar tensión social, y es ahí donde el proyecto de las Micrópolis ofrece una salida a este escenario.