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Deflactar o morir

Durante estos últimos meses, vivimos con preocupación la subida continuada y generalizada de los precios. Dicha inflación ya se sitúa en el 10,2% anual (dato del IPC a junio del 2022). Pero hay otro fenómeno que está pasando inadvertido, para alegría de sus beneficiarios, que también está erosionando sin lugar a dudas, la renta disponible de las familias españolas. Una subida de impuestos en cubierta; el no deflactar los impuestos.

Pero contextualicemos antes de entrar en meollo de la cuestión. Debemos tener claro, que con una inflación del 10,2%, para no perder poder adquisitivo, nuestro salario debería “incrementarse” al menos un 10,2%. Marco las comillas, porque son importantes, ya que con esta “subida” en realidad no nos están subiendo el salario, simplemente nos lo están manteniendo, para que nuestra renta no varíe. Esto es clave, porque en los próximos meses veremos al gobierno y empresarios llenarse la boca con “subidas de salarios” de un 3%-5%, que en otros años podría haber estado muy bien, pero con la inflación de este año todo lo contrario. Es decir, si a usted este año le “suben” el salario un 5%, realmente no se lo están subiendo, se lo están bajando. Todo lo que no sea una subida del 10,2% o superior, será una baja de salario en términos reales.

Teniendo ya esto claro, podemos pasar al tema de los impuestos. Como saben, son progresivos, van por tramos. Es decir, cuanto más gane uno, estará en un tramo superior y le tocará pagar un porcentaje mayor de tributos. Bien, ¿Qué sucede? Que estos tramos no se han actualizado con la inflación, no han sido deflactados.

¿Y qué provoca esto? Una subida encubierta de impuestos. Pongamos el ejemplo optimista que veíamos antes, nos aumentan el sueldo un 10,2%. Como hemos visto, nuestro poder adquisitivo, con esto, no habría cambiado en absoluto de un año a otro. Seguiríamos siendo igual de ricos o de pobres. Pues bien, de cara al gobierno y sus tramos de impuestos, según ellos, ahora somos más rico, ganamos más (aunque realmente no). Y como no han subido dichos tramos con la inflación, por tanto, entraremos en tramos impositivos superiores, pagando un porcentaje mayor de impuestos, pese a que no hemos ganado renta real.

Este hecho, que el gobierno, conscientemente evita mencionar, está provocando una disminución, aún mayor, del poder adquisitivo de las familias españolas. En favor de una recaudación récord de la agencia tributaria (un 16,4% más que el año pasado). He aquí el porqué de este silencio. Tan solo el gobierno regional de Madrid, siempre alumno aventajado a la hora de defender el bolsillo de las familias, ha hablado de este tema y de la necesidad imperiosa de deflactar los impuestos en base a la inflación.

El contribuyente español, los trabajadores, las familias, las empresas… No pueden pagar más. Subidas de precios, malversación de fondos públicos, impuestos abusivos… Es deflactar o morir.

Sin salto generacional

Decía Ortega que el de “generación” es un concepto fundamental para el estudio de la historia. Las personas, en cada periodo, están influidas por las creencias de cada tiempo, por los símbolos y elementos culturales compartidos que determinan la forma de posicionarse y entender el mundo  por parte de los coetáneos -distintos de los contemporáneos, que comparten, sólo, tiempo y atmósfera-. Cada “actualidad histórica” está conformada por tres dimensiones vitales, la de quienes viven el hoy desde sus veinte años, desde sus cuarenta y desde sus sesenta, y “eso, que siendo tres modos de vida tan distintos tengan que ser el mismo “hoy”, declara sobradamente el dinámico dramatismo, el conflicto y colisión que constituye el fondo de la materia histórica, de toda convivencia actual”.

Pero también dice Ortega que “el descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos a un cierto grupo de edad y a un estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer”. Y es que tomar conciencia -aunque sea sólo en parte- del conjunto de condicionantes externos que inevitablemente nos influyen, y que asimilan nuestro comportamiento al del resto de coetáneos, es un muy duro golpe para aquel a quien le han hecho creerse libre y original. Permanecer en la ignorancia evita el sufrimiento, tomar conciencia de esa realidad, desde la alta atalaya en la creíamos estar instalados, supone un costalazo brutal altamente deprimente y desmotivador.

En el pasado cada individuo todavía veía el mundo desde la porción de terreno en que le había tocado nacer, con una latitud y una longitud concretas, unas “circunstancias” ambientales, en definitiva, distintas de las del resto. Hoy en día, sin embargo, hasta con eso se está acabando. Los adelantos técnicos nos permiten vivir casi del todo ajenos a la realidad natural que nos circunda, y comer y desarrollarnos en urnas de cristal y acero iguales a lo largo del planeta, desde el ártico hasta las arenas del desierto.

La formación reglada, altamente estandarizada, protocolizada y formalista lima cualquier tipo de influencia del docente, que tiende a ser un bien fungible, sin apenas trascendencia. Hasta en el cuidado de la salud se utilizan protocolos implementados desde divinas instancias supranacionales, que ignoran cualquier tipo de condicionante espaciotemporal, sin dejar espacio para una disidencia proscrita y silenciada.

El ocio y el entretenimiento tienden a ser, cada vez más, los mismos, desde Oceanía hasta África, pasando por la Antártida o Europa. E igual pasa con la información, y las modas, y tantas y tantas otras cosas. Hasta las diferencias generacionales entre contemporáneos parecen quererse disipar, y el bombo y los platillos con los que se jalea, machaconamente, a las Gretas inclusivas, imbuyen del mismo pensamiento único, de los mismos valores, tanto a la señora de 65 -de cualquier parte del mundo- a quien los cada vez más extendidos avances médicos y estéticos hacen sentirse terriblemente joven, como al crío de 16, inoculado con ínfulas de adulto, desde el poder que cree que le dan el teclado y la pantalla de su móvil.

Decía también Ortega que todo cambio del mundo, del horizonte, trae consigo un cambio en la estructura del drama vital; y que aunque el cuerpo y el alma del hombre no cambien, cambia su vida porque ha cambiado el mundo en el que vive. El problema es si conseguimos aislarnos para vivir al margen de ese mundo, como si no cambiase. A eso es a lo que vamos, sin saber en qué quedará entonces la palabra libertad.

Y o no nos enteramos, o lo que vemos nos parece tan inevitable que para qué…

La Escuela Austriaca y sus críticos

Entre los méritos de la Escuela Austriaca está el haber conseguido un número igual o incluso mayor de críticos y detractores que de seguidores. La metodología y la teoría austriaca han sido duramente criticadas tanto por economistas académicos e investigadores como en discusiones cotidianas, y para esta última basta ir a Twitter a comprobarlo. Tanto es así, que el economista Bruce Caldwell escribió un artículo titulado Praxeology and its critics: an appraisal (1984), donde el autor recopiló las principales críticas que se le habían realizado a la praxeología hasta el momento.

Si bien es cierto que la Escuela Austriaca no escapa a errores y limitaciones, como cualquier otra escuela de pensamiento, las objeciones que habitualmente se suelen presentar ante ella son desproporcionadas y no hacen justicia a lo que verdaderamente plantea la escuela. De hecho, el trabajo de Caldwell reúne varios ejemplos de cómo desde la propia ciencia económica se vierten acusaciones exageradas sobre la metodología de la Escuela Austriaca, que normalmente se fundamentan en un malentendido o una lectura superficial de las posiciones de esta corriente.

Aun así, más allá de las críticas y las respuestas que los propios austriacos hayan podido dar a todos los ataques, uno puede encontrar varios autores no austriacos, incluso influyentes dentro del mainstream u otras escuelas de pensamiento, que han cambiado su posición con respecto a la Escuela Austriaca a lo largo de su vida. Veamos unos cuantos de ellos.

El primer autor que cabe mencionar es John Hicks. Este economista recibió el Premio Nobel de Economía en el año 1972, junto a Kenneth Arrow, por sus contribuciones a la teoría del equilibrio general y a la teoría del bienestar. Hicks es ampliamente conocido por impulsar la llamada síntesis neoclásica, que constituye una integración de la perspectiva macroeconómica keynesiana en el pensamiento neoclásico. En palabras más comunes, se suele decir que Hicks fue el que matematizó a Keynes y adaptó su trabajo al enfoque neoclásico. Gracias a toda esta producción científica, el británico es considerado uno de los grandes economistas convencionales del siglo XX, como también lo fueron Samuelson o Arrow.

En este sentido, siendo Hicks uno de los economistas neoclásicos más importantes, defensor del equilibrio y de la matematización de la economía, cabría esperar significativas diferencias y oposición con respecto a la economía de la Escuela Austriaca. Sorprendentemente, este no fue el caso, sino, precisamente, todo lo contrario. Hicks era un economista ecléctico, keynesiano y neoclásico, pero también abierto a otras perspectivas como efectivamente fue el pensamiento austriaco. De hecho, en una de sus últimas obras sobre teoría del capital, Hicks quiso redescubrir la teoría del capital austriaca, tal y como había sido desarrollada por Böhm-Bawerk y mantenida por F.A. Hayek, titulando incluso su libro como Capital and Time: A Neo-Austrian Analysis (1973). Es justamente en esta obra donde el autor hace unas consideraciones y elogios muy significativos sobre la Escuela Austriaca, que dejan bien clara su posición con respecto a esta corriente de pensamiento:

Tanto en mi subtítulo como en el texto del capítulo 1, he proclamado la afiliación “austriaca” de mis ideas; el tributo a Böhm-Bawerk, y a sus seguidores, es un tributo que estoy orgulloso de hacer. Escribo dentro de su tradición; aunque me he dado cuenta, a medida que mi trabajo continuaba, que es una tradición más amplia y grande de lo que en un principio pareció. Los “austriacos” no fueron una secta peculiar, fuera de la corriente principal; en realidad, ellos siempre pertenecieron a la corriente principal o mainstream; fueron los otros [Pigou, Marshall] los que estaban fuera de esta.

John Hicks es, probablemente, el caso más llamativo que comentaremos en este artículo. El propio autor declara que los austriacos son parte del mainstream y que su obra se encuadra en la tradición austriaca. Más claro no puede estar. No obstante, si bien Hicks es el ejemplo más sorprendente de todos, no solo tenemos su caso, sino que también podemos contar el de Mark Blaug o algunas declaraciones del propio Paul Samuelson. Empecemos por Blaug.

Mark Blaug fue un economista que destacó por sus trabajos sobre historia del pensamiento económico y sobre metodología de la economía. Completó su doctorado en la Universidad de Columbia, bajo la supervisión de George Stigler, un importante economista convencional perteneciente a la Escuela de Chicago. En cierto sentido, Blaug permaneció fiel al paradigma neoclásico, aunque su principal interés fuera más bien un análisis de las doctrinas económicas y de la filosofía de la economía. Por ello, dedicó muchas de sus obras a tratar la economía desde la perspectiva de la filosofía de la ciencia en el siglo XX, desde las contribuciones de autores como Karl Popper, Thomas Kuhn o Imre Lakatos.

Esto le llevó a criticar duramente a la metodología austriaca, especialmente, a una parte de ella: la praxeología. En uno de sus libros más conocidos, The methodology of economics (1980), Blaug tilda la metodología apriorista y el lenguaje empleado por Ludwig von Mises de dogmático e idiosincrático, y se alegra de que estos no se hayan extendido en la economía. Esta acusación de dogmatismo también la realizó Terence Hutchinson, otro economista especializado en metodología e historia del pensamiento. Justamente, Caldwell responde a Hutchinson en el artículo que citamos al comienzo de esta pieza, argumentando que calificar algo de dogmático puede ser problemático y conducir a autocontradicciones.

No obstante, más allá de estas duras objeciones a la metodología austriaca, Mark Blaug reconoció años más tarde que los austriacos habían tenido razón en términos de teoría, oponiéndose al equilibrio general y defendiendo una visión dinámica: “He llegado lentamente y de forma extremadamente reticente a ver que ellos (los austriacos) están en lo correcto y que todos nosotros hemos estado equivocados”. Aquí vemos otro famoso economista dentro de la corriente principal, que incluso habiendo sido un claro oponente de la metodología austriaca, acabó reconociendo los méritos de la teoría de la Escuela Austriaca. Algo parecido pasó con Paul Samuelson, uno de los padres del paradigma neoclásico.

En línea con Blaug, Paul Samuelson también tildó de exageradas las defensas de la capacidad de la deducción y del apriorismo de austriacos como Menger, el joven Robbins y Mises. De hecho, afirmó sentir preocupación por la disciplina económica por culpa de estos autores aprioristas y se complació de saber que la economía había avanzado dejando estas perspectivas atrás. Aun así, el hecho de criticar tan duramente a la metodología austriaca no impidió que reconociera la relevancia de las aportaciones de los economistas de dicha escuela.

En un artículo de 1981 en honor a Bertil Ohlin, Samuelson incorporó una hipotética lista personal de autores que probablemente hubieran recibido el Nobel de Economía si este se hubiera establecido en 1901. En esta lista aparecen importantes austriacos como Böhm-Bawerk, Menger o el propio Mises, a quien tanto criticó en alguna ocasión como la mencionada previamente. Esto es porque, como dice el propio Blaug, Mises hizo importantes aportaciones a la teoría monetaria, la teoría del ciclo y a la teoría económica sobre el socialismo, distintas a su contribución metodológica, que merecen igualmente un claro reconocimiento.

Si nos fijamos detalladamente, en los tres economistas que hemos mencionado podemos encontrar un reconocimiento a la teoría austriaca, pero no de igual manera hacia la metodología. Es decir, con esto se puede ver que lo que siempre se ha criticado y se sigue criticando de la Escuela Austriaca es su metodología, concretamente, la praxeología, como rechazo de lo empírico, y la oposición al uso de matemáticas para formalizar teoría económica. Empero, estos problemas metodológicos, a ojos del paradigma neoclásico, no han impedido a los austriacos elaborar buena teoría económica, alternativa al modelo convencional, ante la que finalmente volcaron elogios estos economistas que tan duros habían sido contra el método austriaco.

Es más, en vista de la posible evolución de la economía desde un paradigma de equilibrio a un paradigma basado en la complejidad, el famoso economista de la complejidad, Brian Arthur, ha hecho varias declaraciones en relación a la Escuela Austriaca. En una entrevista en el año 1996, Arthur afirmó: “Justo después de que publicáramos nuestros primeros hallazgos, empezamos a recibir cartas de todo el país diciendo: ‘Lo más que habéis conseguido es redescubrir la Escuela Austriaca’… Admito que en aquel momento no conocía las obras de Hayek y von Mises. Pero ahora que los he leído, puedo decir que eso es esencialmente cierto”. Más de veinte años después de esas declaraciones, en un reciente trabajo donde Arthur critica el uso de matemáticas algebraicas en economía, este se refiere a la economía austriaca de la siguiente manera:

La economía austriaca está basada en la idea de proceso. (…) Como consecuencia de esta base en el proceso, esta no se presta a la matemática algebraica sino que se expresa mayoritariamente en prosa narrativa. Pero esto le protege de muchas distorsiones que acabo de señalar. Le permite capturar ideas como el no equilibrio, la no racionalidad, las acciones, y le da una riqueza que no encontramos en la teoría estándar. Creo que el enfoque austriaco merece un lugar más central en la teoría económica.

La teoría de la Escuela Austriaca se reconoce como importante e incluso precursora del posible nuevo paradigma de la complejidad en economía, desde fuera de la propia escuela, por importantes investigadores como Brian Arthur. De confirmarse la evolución de la ciencia económica hacia la complejidad, la teoría austriaca podría incluso convertirse en una parte de la perspectiva principal, junto a otra ramas que hoy día son heterodoxas.

Después de todos estos ejemplos, la conclusión a la que podemos llegar es que, antes de criticar a la Escuela Austriaca o incluso mofarse de ella, haciendo alusión a su metodología apriorista, conviene recordar que otros muchos reconocidos economistas, aun a pesar de oponerse a la metodología, han sabido valorar positivamente las aportaciones teóricas de los austriacos. Más todavía, incluso cuando se habla de un método austriaco como es la praxeología deben presentarse criticas fundadas y razonables, más allá de descalificaciones superficiales. Como ya hemos dicho anteriormente, ni la teoría ni la metodología de la Escuela Austriaca son infalibles, pero tampoco es correcto que sean tratadas como si fueran completamente infundadas e inservibles.

Bitcoin es una mercancía

El significado más popular y extendido de mercancía es un bien puesto a la venta para su posterior utilización o consumo. Sin embargo, la RAE define mercancía como “cosa mueble que se hace objeto de trato o venta”, siendo “cosa mueble” algo tangible o intangible que se puede mover. En la misma línea, el diccionario Merrian Webster define commodity como “something useful or valued”. Como explicaré en este artículo, la definición más precisa de mercancía es aquello que poseemos con el único propósito de venderlo. Después, es posible que el siguiente comprador tenga la intención de venderlo o consumirlo. Si el comprador lo revende, sigue siendo una mercancía. Si lo consume, deja de ser una mercancía y pasa a ser un bien de consumo.

Es decir, el carácter de mercancía no es intrínseco al propio bien, sino una relación que tenemos con ese bien. En concreto, esa relación consiste en que el bien solo tiene valor de venta para mí, no tiene valor de uso, no lo quiero consumir.

Los servicios son un tipo de mercancía no tangible, que normalmente solo son mercancía para el proveedor del servicio y directamente son un bien de consumo para el comprador. Por ejemplo, el asesoramiento jurídico o un servicio de corte de pelo. La mayoría de nosotros producimos bienes y servicios que no queremos autoconsumir, y probablemente además no podríamos, aunque quisiéramos. Un abogado podrá autoconsumir sus servicios en muy pocas ocasiones. O un gran productor de trigo solo puede consumir una fracción ínfima de su producción, o incluso nada si es celiaco.

Las sociedades pobres de pura subsistencia apenas comercian y en ellas circulan muy pocas mercancías. Sus individuos no producen mucho más allá de lo que autoconsumen. La proliferación de mercancías es fruto del desarrollo del comercio, la especialización y la división del trabajo. No es concebible el comercio sin el concepto de mercancía, ni tampoco el concepto de mercancía sin el comercio.

Hay algunas mercancías que por sus características permanecen circulando en el mercado y no se consumen, pasando indefinidamente de mano en mano. Son el máximo exponente del concepto de mercancía y podríamos llamarlas mercancías “puras”. ¿Y por qué no se consumen? Porque casi siempre tienen más valor como instrumento para hacer intercambios que valor de uso, y, por tanto, las atesoramos con el único propósito de venderlas más adelante.  La existencia de mercancías “puras” es la prueba de que la esencia del concepto de mercancía nada tiene que ver con que el bien se consuma o no.

¿Y qué características tienen estas mercancías puras para que las demandemos solo para venderlas?. Suelen destacar en todas o muchas de las siguientes características: Duraderas, fáciles de transportar, fáciles de verificar, divisibles, fungibles, difíciles de falsificar, baratas de almacenar, su oferta es limitada de manera que muy poca cantidad puede tener mucho valor, etc.

Este tipo de mercancías son las que sirven para facilitar el comercio, son el lubricante o catalizador de los intercambios comerciales. Según el tipo de intercambio y las circunstancias se utilizan unas mercancías u otras. Y las que son más fácilmente intercambiables suelen llegar a ser dinero. Históricamente las primeras solían tener además valor de consumo (ganado, sal, trigo) y según se ha ido sofisticando el comercio se iban seleccionando mercancías más especializadas en el puro intercambio (metales preciosos, billetes convertibles, moneda fiat).

Pero no todas las mercancías puras son dinero en el sentido de medio de intercambio generalmente aceptado. Por ejemplo, el oro en monedas o lingotes hace ya décadas que no es dinero según esta definición, pero sigue siendo medio de intercambio si lo adquiero hoy, no con la idea de consumirlo, sino con el único propósito de intercambiarlo por otra cosa dentro de varios años. A esto lo llamamos depósito de valor, pero es importante darse cuenta que un depósito de valor no es más que un caso particular de medio de intercambio donde simplemente transcurre más tiempo entre la adquisición y la venta.

Quisiera dejar claro que cuando digo “medio de intercambio” me estoy refiriendo a medio de intercambio indirecto, en oposición al intercambio directo o trueque. Por ejemplo, en lugar de intercambiar trigo por naranjas, intercambio trigo por sal, y meses después intercambio la sal por naranjas. La sal de este ejemplo es un medio de intercambio tanto en el espacio (trigo por naranjas), como en el tiempo pues adquiero sal en agosto y la vendo en enero. Y la sal no es dinero mientras no sea medio de intercambio generalmente aceptado, pero que no sea generalmente aceptado no implica que yo no lo haya utilizado como medio de intercambio indirecto.

Es preciso tener en cuenta que el mero hecho de intercambiar trigo por naranjas implica una ganancia para mí, me ha hecho más rico. Valoro más las naranjas que tendré en invierno que el trigo que me sobra totalmente hoy en verano (y viceversa para el productor de naranjas).

Bitcoin es una mercancía pura y además digital. Muchos califican a Bitcoin como bien especulativo, pues solo sirve para comprar y vender. Y esto último es correcto, pero es que esto es así para absolutamente todas las mercancías mientras son mercancías. Y atención, una mercancía que además pueda tener aparentemente valor de consumo no garantiza en absoluto su valor. ¿Cuántas veces los productores tienen que desechar sus mercancías porque no las demanda nadie? ¿Cuántas veces se inventa un producto de consumo nuevo que, siendo sin ninguna duda mercancía para su inventor, no pasa de ser un prototipo? ¿Cuántos habrían calificado a Satoshi de inventor chiflado cuando  en 2009 nadie, salvo él y algún cypherpunk loco más, atesoraba Bitcoin? El concepto de mercancía implica sí o sí especular con el futuro y asumir riesgos. Toda mercancía es especulativa por definición.

Lo que muchos no comprenden es que el valor de una mercancía pura deriva de los intercambios que puede facilitar. Es decir, su valor presente es el del valor neto que aporten los intercambios que se estima la mercancía intermediará en el futuro. Igual que la Bolsa de Madrid también deriva su valor de los intercambios que intermediará en el futuro. Y más difícil aún de ver es cuando la mercancía se utiliza no tanto para los intercambios en el espacio sino sobre todo para los intercambios en el tiempo con el menor riesgo y coste posible (menor riesgo de impago, inflación de la oferta, deterioro físico, gastos de almacenamiento y mantenimiento, etc). Y es que además, estos intercambios en el tiempo son los más difíciles de llevar a cabo por la gran incertidumbre que conllevan, por tanto, un bien que facilite dichos intercambios puede llegar a ser muy valioso. La incertidumbre es mayor porque, a diferencia del dinero, su intercambio es menos frecuente y más lejano en el tiempo. ¿Bitcoin podría ser idóneo para el intercambio intertemporal?. Es posible. Yo creo que por sus propiedades es un excelente candidato.

El problema es que tanto si esa candidatura se materializa con éxito como si Bitcoin es un bluf absoluto, en los dos casos veremos exactamente lo mismo en el precio: Volatilidad. ¿O es que si algo va a ser muy valioso en el futuro no tiene todo el sentido que sea hoy objeto de la especulación más salvaje?  El mercado no suele vender duros a cuatro pesetas. Así que, al que se le ocurra apostar por Bitcoin como mercancía pura (no necesariamente como dinero), le tocará apechugar con el coste y la angustia de su volatilidad, por mucho que al final acabe acertando.

Los que a pesar de lo explicado en este artículo sigan pensando que una mercancía pura es algo inútil, no entiendo como pueden afirmar que Bitcon es una burbuja a partir de un precio determinado. No tiene sentido. Si algo es inútil, será una burbuja a cualquier precio. Tendría más sentido que afirmaran, en mi opinión, que Bitcoin es siempre una burbuja, más o menos “caliente” según el momento, pero siempre una burbuja.

Ahora bien, independientemente de si Bitcoin encaja o no en el concepto de mercancía pura, concluir que una mercancía pura es inútil y que no aporta ningún valor añadido, creo que solo es posible si no se comprende bien el valor del comercio y sobre todo la enorme dificultad que supone transmitir o conservar valor en el tiempo.

El drama de subir precios

En plena escalada de los IPCs de muchos países occidentales, algo que la mayor parte de los mortales confunden con inflación, conviene describir los procesos microeconómicos que producen dichas subidas, aunque solo sea para apuntar que el empresario no es el malo de esta película.

Antes de ir con ello, recordemos algo muy simple: no es lo mismo la inflación que el IPC (Índice de Precios al Consumo), aunque haya mucha gente, interesada o ignorante, que los mezcle. La inflación es un fenómeno monetario que consiste en crear dinero de la nada e inyectarlo en la economía, algo que solo pueden hacer los monopolistas en la emisión del dinero, esto es, los gobiernos a través de esos organismos que nos venden como independientes llamados bancos centrales (el BCE en la Unión Europea, la FED en los EEUU, y los análogos en cada país).

Cuando estos organismos meten dinero en la economía, en realidad están “inflando” la base monetaria, de ahí el nombre de lo que hacen. Al crear dinero de la nada[1], el valor de cada unidad preexistente de dinero desciende. Como es sabido, valor depende de utilidad y cantidad disponible, y si aumenta ésta sin variar aquella, el valor tenderá a bajar. Esa bajada del valor del dinero se observa en la tendencia de todos los bienes y servicios a subir. Lo que pasa es que el dinero de nueva creación no se dirige por igual a todos los bienes, y normalmente empieza su paseo por los mercados de capitales. Eso es lo que se ha experimentado desde que comenzaron las inyecciones con la crisis de 2008, como se puede observar siguiendo la evolución de los índices bursátiles y de la deuda pública. O sea, lleva habiendo inflación desde 2008, lo que pasa es que solo ahora se empieza a ver significativamente en los bienes de consumo, porque por fin está saliendo el dinero del ahorro y la inversión para dirigirse a esta finalidad.

Esto es inevitable: la gente no ahorra dinero como objetivo final, sino para poder consumir en un momento futuro. Luego, tarde o temprano, ese dinero de nueva creación transita de los mercados donde se ha ahorrado a los mercados de consumo, y hace que suban los precios también de nuestra comida.

A quien le digan que los bienes de consumo están subiendo en los últimos meses por la guerra de Ucrania o milongas similares, simplemente que se pare a pensar lo siguiente: si por la guerra de Ucrania está subiendo el precio de los cereales, es lógico que suba el pan, y la gente tendrá que dedicar más dinero de su salario a comprarlo; pero eso implicará que le queda menos dinero para comprar otras cosas, y el precio de estas otras debería bajar. Entonces, ¿por qué sube todo[2]? La explicación es, por supuesto, la dada unos párrafos más atrás.

Pero vamos ya con el drama a que apunta el título. Las subidas de precios son, claro, un drama para los consumidores. Ven que su renta o salario se devalúa y que ya no pueden comprar tanto como antes. Ello puede causar penuria a las clases más desfavorecidas, no en vano a la inflación se le califica como el impuesto de los pobres.

Junto a este, hay otro drama igualmente importante, pero desdeñado normalmente por la opinión pública y no digamos políticos y funcionarios. Es el drama del empresario que se ve obligado a subir el precio de sus productos. Lo estamos viviendo cada día, cuando vemos declaraciones en prensa de representantes de sectores que, compungidos, nos anuncian que, de seguir las cosas así, “se verán obligados a subir los precios”.

Parece contra-intuitivo. Estamos acostumbrados a ver al empresario como alguien que solo busca el beneficio, y lo primero que se piensa es que la mejor forma de conseguir ganar más dinero es subir los precios. Y claro que es cierto que el empresario solo busca su beneficio, como cada uno de nosotros, sea monetario o psicológico. La cuestión es que no está nada claro que una subida de precios aumente sus beneficios. Lo que es seguro para el empresario es que, si sube los precios, puede perder ventas, y seguramente lo haga.

Por tanto, solo obtendrá beneficios de una subida de precios en unas determinadas condiciones: que pierda un porcentaje de ventas inferior al porcentaje que sube el precio. Los economistas dicen que las subidas de precio solo son rentables si la curva de la demanda está en un punto inelástico. Desgraciadamente, ni ellos ni los empresarios saben cuándo la demanda está en tal posición.

Lo que sí parece obvio es que el empresario que crea que puede ganar más dinero subiendo los precios, lo hará, no tiene que pedir, en principio, permiso a nadie. Y los seguirá subiendo mientras crea que así gana más dinero. Ergo, el precio que vemos en el mercado tiende a ser precisamente aquel que el empresario cree que ya no puede subir sin perder dinero.

Evidentemente, si cree estar en ese punto, tener que subir el precio por razones exógenas será para él un drama. Sus expectativas son de perder dinero como consecuencia de tal acto y poner en riesgo la viabilidad de su empresa, y los puestos de trabajo que en ella existan. En el fondo, los empresarios querrían vender lo más barato posible y todo lo que pudieran, pero no lo pueden hacer porque cada producto supone un consumo de recursos, unos costes, que tienen que recuperar con el precio de venta para poder seguir adelante. Y es que es mucho más fácil vender con precios bajos que con precios altos.

Lo que me lleva de vuelta al proceso inflacionario. El dinero de nueva creación sale de los mercados de capitales y se va a los productos de consumo. Los elegidos (quizá el último iPhone) tiran al alza de los factores de producción involucrados. Recuérdese, hay más dinero para la misma producción. Esa subida de precios en los factores afecta a los específicos y a los no específicos, y las subidas en los no específicos aumentan los costes de los demás empresarios que los usan, no receptores del dinero de nueva creación. Tarde o temprano, estos ven que tienen que subir el precio de su producto para mantener su viabilidad, y se desata el drama.

Será entonces cuando imploren la comprensión del consumidor, que básicamente es decirle que, por favor, mantenga su demanda pese a la subida de precios. El problema es que a ese consumidor tampoco le han subido el salario, y no va a poder mantener su demanda en todos los sectores que se lo están pidiendo. En consecuencia, habrá empresarios que al subir el precio pierdan dinero, alguno quebrará, y eso implicará una reducción de la producción en su actividad. Menos capacidad en la actividad implica mayor inelasticidad de los consumidores, que tienen menos opciones que antes, lo que sitúa a los empresarios supervivientes en una posición en la que sí pueden subir el precio de forma rentable, y volver ser viables en una situación de costes incrementados.

En el nuevo “equilibrio”, hay menos consumo, menos empresarios, y toda la sociedad está peor. Y podemos bajar el telón del drama de la subida de precios. O podríamos, si no fuera porque las autoridades vuelven una y otra vez a insuflar dinero a la economía para salvarla, y desatan de nuevo el drama, no solo para consumidores, también para los empresarios.


[1] Los puristas dirán que en realidad no crean dinero, sino que hace anotaciones en cuenta o cosas similares. Vale, que disculpen la imprecisión terminológica, el efecto es el mismo y así yo me ahorro complicar la exposición.

[2] Bueno, todo lo que se recoge en las cestas de los IPCs de cada país.

Hayek y la economía de la información

Friedrich August Von Hayek fue un visionario de la ciencia económica, siendo capaz de exponer una teoría como la del orden espontáneo décadas antes de que se produjesen los grandes avances modernos en la economía de la información y sus respectivos modelos. Hayek puso de relieve cómo el orden emerge a partir de millones de acciones individuales que parten de un conocimiento limitado, localizado e individualizado, pero que se coordinan a través del sistema de precios para dar lugar a un equilibrio dinámico. La defensa del libre mercado de Hayek en el plano económico surge precisamente a partir del argumento de que la institución del mercado, sometida a mínimas restricciones, sería la más eficiente a la hora de coordinar la inmensidad de conocimiento disperso existente en la sociedad.

A través de argumentos como el expuesto, la teoría hayekiana rompe de plano con los modelos clásicos de equilibrio general que se emplean como base teórica para la construcción de los teoremas fundamentales de la economía del bienestar, los cuales derivan de la teoría de la eficiencia paretiana y el equilibrio walrasiano. A la par, Hayek pretende alejarse de las teorías de la competencia perfecta para introducir un concepto de competencia asociado a la innovación y el descubrimiento constante de nueva información afectando las acciones de los agentes y a su vez el equilibrio de mercado, siendo, por ende, dinámico. Muchas de las premisas establecidas por Hayek al respecto de los procesos de mercado han sido y son tomadas por los teóricos de la economía de la información para la creación de modelos de procesos de agregación informacional.

La definición que Hayek da al concepto de equilibrio se basa en un conjunto de planes de acción individuales capaces de ser llevados a cabo sin interferencia mutua, dando lugar a un uso eficiente de la información disponible y dispersa entre los individuos, La noción de equilibrio de Hayek es dinámica y por lo tanto muy diferente de la de los modelos de equilibrio general de precios públicos y agentes precio-aceptantes (al menos en el plano más sencillo de los modelos de equilibrio walrasiano). Por lo tanto, Hayek establece que una de las principales ventajas comparativas del libre mercado es precisamente la capacidad de este de aunar información difusa y generar un mayor conocimiento a través de un mecanismo transmisor de señales al respecto, como son los precios. En el mecanismo descrito por Hayek, la generación de nueva información es constante, siendo por naturaleza la competencia un proceso dinámico. Estas nociones han formado la base (y así ha sido reconocido por gran parte de la academia) de gran cantidad de modelos actuales de competencia estratégica, que a su vez establecen fundamentales históricos para el estudio de las acciones de los agentes económicos, junto a variables exógenas aleatorizadas que tratan de replicar las siempre cambiantes condiciones del mercado.

Asimismo, Hayek destaca la capacidad coordinadora de la función empresarial asumiendo que la función empresarial daría lugar a un proceso de descubrimiento e innovación dinámico y continuo, en el que las oportunidades de beneficio se mostrarían en momentos de desequilibrio del mercado, siendo estas aprovechadas por empresarios innovadores que estabilizarían el mercado en el corto plazo, dando lugar a un proceso constante, tal y como señaló más adelante Israel Kirzner en su teoría de la competencia y la empresarialidad.

Por otro lado, el marco teórico hayekiano en lo referente a los procesos de orden espontáneo, a la dispersión de la información y a la función de transmisión de ésta de los precios, puede ser aplicado al estudio de los mercados financieros. En los mercados financieros, la información que se obtiene de los precios da lugar en muchas ocasiones a divergencias de los fundamentales de los modelos teóricos, cuyo efecto reflejado en el mercado es una mayor volatilidad de precios en el corto plazo, causando que, en posiciones muy apalancadas, cualquier pieza de mínima información puede afectar a los precios de suficiente manera como para desestabilizar carteras de inversión completas. Tal es el poder de la información y su rol en los procesos de mercados dinámicos.

Actualmente, muchos modelos que estudian la economía como un sistema adaptativo complejo en el que las variables dependientes se hallan determinadas por procesos de interacción social y transmisión de información, beben de la teoría hayekiana para construir sus bases. Algunos autores, como es el caso de Vriend o Rosser, incluso han explicitado la deuda intelectual que tienen con Hayek. Estos autores y sus modelos han garantizado un estudio mucho más complejo y profundo de los agentes económicos, pudiendo ser optimizadores intertemporales o disponer de racionalidad limitada, como expuso Herbert Simon; uno de los pioneros de la economía conductual.

Algunos de estos modelos han sido empleados para el estudio de los mercados financieros, sobre todo en lo referente a tendencias, volatilidad, shocks intertemporales y medición de periodos de regresión a la media, tal y como mostraron, incluso antes de la Gran Recesión, estudiosos de los mercados financieros influidos por la economía de la información.

En las últimas décadas, autores como Axel Leijonhufvud han publicado papers dónde desarrollan modelos de dinámicas macroeconómicas en los cuales los agentes individuales tienen una mucha mayor relevancia que la que en muchas ocasiones se le ha dado en el corpus teórico de la macro. Esta hibridación de la macro y la micro es realmente interesante. Hayek ha sido, es y será un autor esencial para el estudio de ciertos aspectos de la economía, como son las dinámicas de cooperación, el funcionamiento y rol de los precios en el mercado y las asignaciones intertemporales de recursos, convergiendo todo ello en la teoría del orden espontáneo. Pero, la relevancia de Hayek no termina ahí. Hayek es asimismo un enorme filósofo político y combatiente intelectual de los totalitarismos de todo signo. Un verdadero defensor de la libertad. De todo ello ya hemos hablado o hablaremos en otra ocasión.

Por dos cremas puede volver Montoro

Una de las historias más divertidas que nos ha dado la política en los últimos años fue aquella de las cremas de Cristina Cifuentes. Pese a que solo han pasado cuatro años de aquello, la verdad es que el hecho ha sido sepultado por toneladas de nuevos despropósitos políticos, y es posible que no dentro de mucho sea considerado una leyenda urbana, más que un acontecimiento real.

Era primavera del año 2018. Había pasado medio año del uno de octubre independentista, y el PP gobernaba con Soraya Sáenz de Santamaría manejando las cloacas del Estado, bien surtido de dinero gracias a la sangría a la que nos sometía Cristóbal Montoro.

Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, estaba en la cuerda floja por unas filtraciones a Ignacio Escolar sobre un máster que era bastante irregular, pero como se agarró al cargo, el fuego amigo del PP nos regaló a toda la ciudadanía uno de los videos más patéticos de un cargo público patrio: Cifuentes escoltada por un vigilante de seguridad mientras sacaba de su bolso dos cremas que había intentado sustraer.

El video fue definitivo y según lo estábamos viendo nos llegaba la noticia de su dimisión. Fue su muerte política y nos pareció bastante normal que así fuera. Pero desde entonces, hay un grupo muy activo de la intelligentsia derechil española que no se baja del burro de que se la hizo dimitir por dos cremas; cuarenta euros de nada, que comparados con los millones que se roban, o la gravedad de guardar un vídeo de seguridad durante 7 años y hacerlo público no es prácticamente nada.

Semejante forma de pensar viene a decirnos que hay partes muy activas intelectualmente en la derecha que desconoce cosas muy básicas de la base social a la que pertenece. Casi da vergüenza explicarlo, pero vamos a hacer el esfuerzo: la derecha (e incluso parte de la izquierda, pero vamos a centrarnos en la derecha) puede entender que un político se puede corromper cuando maneja millones de euros. Ojo, no lo tolera, pero lo entiende. Forma parte de la naturaleza humana. También entiende que los vídeos comprometidos de políticos no se borran nunca. A diferencia de ciertos intelectuales centristas, la base social de la derecha no nació ayer, ni cree que el mundo lo habiten ángeles.

Lo que casi nadie en la derecha traga es que un político se meta en un supermercado y obligue a un vigilante de seguridad y a unas cajeras, con sueldos en órdenes de magnitud por debajo del suyo, a pasar un rato desagradable porque ella quería un subidón de adrenalina.

Y es que la derecha del mundo real ha tenido que asistir a este tipo de situaciones más de una vez en su vida, y tiene familiares que las sufren a diario. Pero esta experiencia en carne propia, claro, está fuera del alcance de la inteligencia derechil que habita en medios de comunicación y tribunas periodísticas. Para ellos lo que hizo Cifuentes se puede cuantificar en 40 euros. Lo anotas en una Excel y al aplicar la fórmula de comparación con otros casos de corrupción se hace imperceptible, así que es incomprensible todo, o, mejor todavía, simple fruto del populismo.

Todo esto sería una anécdota si no fuera por la desproporción que existe entre las diferentes familias de la derecha a la hora de acceder a los altavoces sociales. Lo de Cifuentes, en su momento, estaba muy claro para todos. Después de estos años, solo se alude a las cremas para quitarle importancia al hecho y dejarnos el poso de que fuimos demasiado duros con ella. Cuando hayan pasado diez años, es posible que se convierta en un ejemplo de libro sobre cómo el populismo pudo acabar con la carrera política de una mujer valiente. Y la derecha social tragará, porque la lluvia fina habrá hecho su trabajo.

Después de las elecciones andaluzas hay mucha gente que no comprende cómo podemos volver a tener al PP con mayorías absolutas. Horroriza un horizonte con Feijoo gobernando en solitario, o en coalición con el PSOE, y con Montoro de vuelta en Hacienda. Pero no deja de ser la consecuencia lógica del equilibrio de poder en la derecha española.

El círculo vicioso de España es que tenemos una izquierda latinoamericana y un problemón secesionista, así que nos agruparnos en torno al centro centrado para empatar, lo que crea una asimetría que acentúa el problema. Fuera de ese consenso hay de todo: gente inteligente poniendo su granito de arena y desquiciados vendiendo sus neuras. Nada sólido a lo que la derecha social se pueda agarrar, así que se recurre al consenso con la esperanza en que esta vez la cosa va a funcionar.

Así que más que enfadarse con el mundo, habría que volver una y otra vez a lo fundamental: nadie debería pastorear a la derecha social, que tiene derecho a que sus distintas sensibilidades tengan sus altavoces de opinión. Simetría y libertad de expresión. Son conceptos sencillos a los que hay que aspirar, y que no son tan inalcanzables como parecen.

El lenguaje económico (XVII): Producción

En sentido amplio, entendemos por producción toda actividad humana cuyo fin es la obtención de un bien económico mediante el trabajo. Eventualmente, una actividad lúdica (i.e. pesca, caza, juegos de azar) puede reportar ciertos bienes económicos (i.e. capturas, premios), pero su finalidad principal no es la producción, sino el consumo de bienes de ocio. Por otro lado, la producción es una actividad humana y sólo en sentido metafórico decimos que las abejas «producen» miel o que un manzano «produce» manzanas. Veamos algunas confusiones relativas a la producción.

Trabajo productivo frente a trabajo improductivo

Los economistas clásicos  —Smith, Say, Ricardo, Bastiat, Mill— consideraron tres factores de producción: tierra, trabajo y capital. Esta clasificación, con ligeras adiciones (i.e. tecnología), se ha mantenido hasta la actualidad. En economía, la creación de clases siempre ha sido problemática pues conduce frecuentemente a su jerarquización: ¿Cuál es el factor de producción más importante? Los fisiócratas franceses, liderados por el Dr. François Quesnay, creían que solamente la agricultura era productiva (Rothbard, 2013: 405).

Por su parte, Adam Smith (2011: 424) introdujo la desafortunada distinción entre trabajo productivo (industria) e improductivo (servicios) Todavía hoy persiste este error cuando, por ejemplo, consideramos «más» productivo al agricultor que al intermediario (que «sólo» compra y vende). Esto se refuta con un mero ejercicio mental: imaginemos que, en lugar de adquirir todo en un único sitio (mercado), tuviéramos que acudir a cada uno de los miles de productores. Sin mayoristas y minoristas comerciales nuestro nivel de vida caería drásticamente. También es habitual creer que el comerciante obtiene mayores ingresos que el «genuino» productor: agricultor o ganadero. En los mercadillos municipales se aprecia este tipo de sesgos; por ejemplo, en Breña Alta (La Palma) se fijan topes máximos y mínimos para «garantizar los precios más justos para consumidores y productores».

Por último, en el sector turístico, los hoteleros —productores— también se quejan de los improductivos turoperadores. ¿Acaso la función comercial no forma parte del proceso productivo? Los primeros, en privado, reconocen que es muy ventajoso que alguien les asegure una ocupación mínima del establecimiento, vendiendo ellos el resto de habitaciones por otros canales. El turoperador es muy útil pues palía el daño ocasionado por la legislación laboral, equilibrando oferta y demanda. Es patente que si un hotel tuviera la capacidad de colocar directamente toda su oferta prescindiría del intermediario comercial; si lo hace, es porque claramente le beneficia.    

Economía real o productiva vs economía financiera

La falacia smithiana de la improductividad de los servicios alcanza su paroxismo en el sector financiero, que es visto como improductivo y especulativo. Supuestamente, existe una economía «real» que produce bienes (no financieros) y otra economía financiera que es improductiva y especulativa. Esta maniquea distinción carece de lógica económica. Por ejemplo, el pago con tarjeta de crédito que realizamos en el restaurante es tan real como la comida ingerida o el servicio recibido. Que algo sea intangible no significa que sea irreal. Paradójicamente, en el sector bancario se denomina «producto financiero» a cualquier contrato: hipoteca, crédito, depósito, seguro, etc.  El gestor de fondos de inversión, Daniel Lacalle, en su libro: Nosotros, los mercados, critica la injusta demonización de los negocios financieros: «Se habla de la “economía real” como si la economía financiera no fuera un elemento esencial para el desarrollo del comercio mundial y de la globalización» (Lacalle, 2013: 544[1]). 

Producción «ineficiente»

Otro mito es el referido a los (supuestos) fallos de mercado que «provocan producción o consumo ineficientes y el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34).

En el ámbito tecnológico, «eficiencia» tiene un significado preciso: es el resultado (output) obtenido por unidad de entrada (input) consumida. Así, los fabricantes establecen categorías de eficiencia para los electrodomésticos. En cambio, en el ámbito social el concepto de eficiencia —la mejor combinación de medios para alcanzar fines dados— (Rothbard, 2011: 254) se vacía de contenido porque medios y fines varían para cada individuo, se valoran de forma subjetiva y, a menudo, son antagónicos.

Es cierto que la producción capitalista produce mayor cantidad de bienes y a menor precio que la producción artesanal, pero algunos consumidores prefieren bienes más caros (muebles, joyas, alimentos) producidos de forma tradicional. ¿Y cómo saber cuál es la producción más eficiente? Para saberlo tendríamos que tener un conocimiento perfecto, pero lo que hay que producir, así como su cantidad y calidad, no está dado de antemano y siempre está sujeto a la incertidumbre.

Por ejemplo, el panadero, al final de cada jornada, debe elegir el momento de detener la producción: si se queda «corto» ganará menos dinero y si se «pasa» sufrirá mermas. La producción óptima nunca está asegurada y solo podemos aproximarnos a ella por tanteo. Pero incluso si aceptáramos, a efectos dialécticos, que el mercado es «ineficiente» y que genera «sobreproducción» o «infraproducción», constituye un non sequitur afirmar que el gobierno debe intervenir; esta conclusión no es económica sino normativa: “The contention that government should involve itself with the private economy is a moral conclusion, one that can be reached only if there are ethical arguments in the premises” (Block, 1983: 3).

Serie ‘El lenguaje económico’

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Block, W. (1983). “Public Goods and Externalities: The Case of Roads”. Journal of Libertarian Studies, Vol. VII, No. 1, spring, pp. 1-34.

Rothbard, M. (2011). Economic controversies. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Rothbard, M. (2013). Historia del pensamiento económico. Madrid: Unión Editorial.

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados: Qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles. Deusto.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw Hill (18ª ed.)

Smith, A. (2011). La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.


[1] Paginación en libro electrónico Kindle.

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (II): s. III d.C.

Desde la reordenación de Augusto entre los años 23 y 18 a.C., el Estado romano fue manipulando, durante los dos primeros siglos del Imperio, el valor intrínseco del denarius argenteus, eje principal del sistema monetario imperial, desde los 3,892 g. teóricos y 97-98% de plata, hasta los 3,22 g. y 56,5% de ley en el 196 d.C. El aumento del gasto militar, de las ayudas sociales, de los pagos a grupos concretos de presión, de las nuevas obras públicas e infraestructuras o de diversos tipos de excesos, entre otros, tensaron enormemente la capacidad de endeudamiento del Estado romano. En estos dos primeros siglos, la inflación fue moderada, del 0,7% ca. de media anual, pero el exceso de gasto público amenazaba, seriamente, con descontrolar los precios globales y la estabilidad del sistema económico imperial.

Caracalla, el “nuevo Alejandro”, continuó y expandió la política bélica de su padre, Septimio Severo: incrementó la paga militar a 2400 sestercios anuales, para poder emprender nuevas campañas contras los Alamanes y los Partos, a quienes sobornó para lograr la paz, y, para poder costearlo todo, aumentó otra vez los impuestos y llevó a cabo una nueva política monetaria expansiva. Entre los años 214 y 215 devaluó las 3 monedas principales: el áureo pasó de 7,2 a 6,6 g. de oro, el denario del 56,5% al 51,5% de plata y el sestercio de 25,5 a 24,8 g. de latón. Pero su principal invención fue la creación del argenteus antoninianus o antoniniano, con un peso de 1,5 denarios o 5,11 g. y un título entre el 46 y el 51% de plata, pero con el valor nominal de 2 denarios, que se convirtió en la moneda de referencia durante el siglo III. Por aquel entonces, la inflación aun se situaba por debajo del 1% anual y los precios generales eran 2,67 veces los de época augustea. Su sucesor, el prefecto del pretorio Opilio Macrino, intentó nuevamente elevar el título del denario al 58% de plata y abandonar el proyecto del antoniniano, pero, tras su efímero reinado, otra vez Heliogábalo volvió a los excesos en el gasto público. A partir del año 219, el excéntrico emperador-sacerdote rebajó el peso del áureo a 6,35 g. de oro, el título del denario a 46,5% de plata y el peso del sestercio a 22,5 g. de latón, además de reanudar la acuñación de antoninianos con un título de 43% de plata. El as de cobre de Augusto comenzó a desaparecer.

Con la caída en desgracia de la dinastía severa en el año 235 comenzó un período de profunda inestabilidad política y de crisis económica en todo el Imperio romano: hasta 26 emperadores reinaron en los siguientes 50 años, un emperador cada 2 años de media. Gordiano III, apoyado por los pretorianos, rebajó ulteriormente de peso el áureo en el año 238 hasta los 4,85 g., el antoniniano hasta los 4,35 g. y el sestercio hasta los 20,5 g., con el fin de costear su desastrosa campaña contra Sapor I de Persia. Pero el Imperio tocaría fondo a mediados de siglo con Galieno, quien, en sus 15 años de reinado, tuvo que hacer frente a más de 10 invasiones bárbaras distintas y a otros 15 usurpadores del trono imperial por todo el orbe. La devaluación de la moneda se disparó hasta niveles nunca vistos antes: rebajó el peso del áureo hasta los 3,4 g. y del sestercio hasta los 16,9 g. El grueso de la devaluación, sin embargo, fue a parar a los numerales de plata: el antoniniano pasó de los 3,5 g. y 36% de plata del año 253 a los 2,4 g. y 2,4% de plata del año 268, mientras que el denario hizo lo propio pasando del 41% al 6% de plata.

Denarios, sestercios y dupondios desaparecieron virtualmente de la circulación y, en consecuencia, la población romana volvió al trueque y a la economía de subsistencia. Si bien los precios generales eran sólo 3 veces los de época augustea, esto cambiaría drásticamente a partir del reinado de Aureliano. El representante del Sol Invicto en la Tierra derrotó a los imperios de Galia y Palmira y fue, por ello, nombrado restitutor orbis. Sin embargo, en el año 271, Aureliano intervino en la Moneta Caesaris, la sede central de la ceca romana de época imperial, para frenar una revuelta masiva de sus trabajadores, que demandaban el restablecimiento de la confianza de las monedas emitidas por el Estado romano. Por ello, en el 274, puso en marcha su particular reforma monetaria: el áureo recuperó los 6,6 g. de época de Caracalla y se creó el argenteus aurelianianus o radiado grande, de 3,89 g. y 4-5% de plata, en sustitución del depreciado antoniniano. No obstante, el Estado romano requisó numerosos bienes, como trigo, carne, vino, aceite, textiles o cuero, necesarios para alimentar y vestir a las tropas, a la vez que seguía empeorando el estado de la industria y el comercio. Estos fenómenos agravaron aún más la creciente inflación: cada vez menos bienes estaban disponibles en el mercado y cada vez la masa de moneda depreciada era mayor y circulaba en mayor proporción.

A finales de siglo, Diocleciano quiso poner freno a la desintegración de la economía romana con políticas públicas “keynesianas” que no solucionaron nada. Así, el ejército se amplió notablemente, añadiendo 35 nuevas legiones a las 42 o 43 que existían en el año 284; se llevaron a cabo multitud de obras públicas, como fábricas, cecas, fortalezas, carreteras y puentes, además de unas lujosas termas en Roma y de su propio palacio en Split; y, por último, se llevó a cabo un importante programa de ampliación de la burocracia provincial, tan desmesurado que hasta Lactancio reconoció que el número de trabajadores públicos había comenzado a superar al de contribuyentes privados. Al mismo tiempo, puso en marcha un renovado sistema monetario, más complejo y articulado que el de sus predecesores: el áureo, transformado en solidus a partir del año 301, pasó de 4,86 g. antes del 286 a 5,45 g. después, con un renovado título de 99,26% de oro; se creó el argenteus en el año 294 para sustituir al aurelianiano, con un peso de 3,38-3,40 g. y un título sorprendentemente alto del 92-98% de plata; y, por último, se crearon 3 nuevas monedas de cobre y bronce, el follis, laureatus maior o nummus, de 10,52 g. de cobre, plomo, estaño y 3-4% de plata, el radiatus, de 3 g. de bronce y 0,1% de plata, y el laureatus minor, de 1,27 g. de bronce. Para garantizar la aplicación práctica de este nuevo sistema monetario, Diocleciano llevó a cabo confiscaciones sistemáticas de plata, imposiciones de guerra, nuevas tasas, expropiaciones de metal a precio tasado y recargos por terrenos y propiedades mediante la aplicación de censos y de presupuestos anuales. En consecuencia, la economía romana se desequilibró de manera irreparable: por la Ley de Gresham, poco después del año 293 el argenteus fue rápidamente tesaurizado y desapareció de la circulación. Asimismo, la inflación se convirtió en hiperinflación: si en el año 284 la inflación general anual era del 5%, en el año 294 los precios generales eran 14 veces los de época augustea y la inflación había subido al 10%; para el año 301, en cambio, los precios generales subieron a 70 veces y la inflación se disparó al 35%.

A finales del siglo III, las expansivas políticas monetarias que los emperadores romanos habían estado usando continuamente para mantenerse en el poder, con el fin de adquirir apoyos políticos, militares y sociales, habían extenuado el sistema económico romano en todo el Imperio. Al efecto Cantillon, que favorecía a amigos y colegas del emperador, generales y senadores afines a su figura, se sumaba ahora la ley de Gresham, que cronificaba en el mercado la presencia de las acuñaciones de escaso valor intrínseco. Las cada vez más frecuentes confiscaciones, imposiciones, tasas y expropiaciones de oro y plata disminuyeron la confianza de los romanos, que empezaron a esconder sus propiedades bajo tierra: conservamos 1724 y 1985 tesorillos de los siglos I y II, respectivamente, cifra que se dobla en el siglo III, con 3937 tesorillos. El desenfrenado aumento de la masa monetaria total, junto con el generalizado descenso de la población y de la mano de obra debido a guerras, pestilencias y otros fenómenos, generaron una hiperinflación anual del 35% a finales del siglo III y comienzos del IV: la economía romana ya no estaba en condiciones de absorber todo el dinero de nueva creación y los precios de todos los bienes se vieron profundamente alterados.

El rechazo de la moneda de baja calidad provocó el aumento del trueque, que redujo las posibilidades del comercio de larga distancia y de las economías de escala, condenando a los distintos habitantes del Imperio a una producción local y de subsistencia. Los grandes productores industriales y agrícolas especializados menguaron, así como los diferentes gremios de artesanos y comerciantes en las diferentes ciudades del Mediterráneo, lo que obligó a los emperadores a crear empresas públicas para abastecer a sus ejércitos, volviendo el sistema más ineficiente y costoso. La crisis económica provocada con todo ello agravó la recaudación de impuestos estatales: los emperadores se vieron forzados, cada vez más, a pagar al ejército y a recaudar tributos en gran parte en especie, mediante indictiones extraordinariae, que se convirtieron en la forma más importante de ingresos durante la segunda mitad del siglo III. El resultado final fue pobreza generalizada y destrucción de gran parte del tejido económico romano.

Ver: Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (I): Siglos I y II.

Marx y el dinero (II)

El mes pasado publicaba sobre la teoría monetaria de Marx hablando sobre su teoría general y la primera de las propiedades que atribuye al dinero, la de unidad de valor. Continuando con estas, en segundo lugar, tenemos la función del dinero como medio de circulación. Para Marx, el dinero tenía que operar primero como unidad de valor para luego ser puesto en la práctica en su papel como dinero. Esta es la materialización de que un bien se ha establecido como dinero. Fijar los precios permite comparar el valor de las mercancías que van a ser intercambiadas, pero no garantiza que lo vayan a ser. Solo cuando tras esa fijación del precio lo han sido, es cuando para Marx esa mercancía se puede considerar dinero. La primera función es una condición necesaria de la segunda, y la segunda un complemento de la primera. La primera función del dinero tiene como condición la variabilidad de su valor en comparación con las mercancías intercambiables; la segunda implica la variabilidad de la cantidad que circula y que puede comprar estas otras mercancías.

Marx distingue entre la demanda monetaria y no monetaria del oro. Para este, como el oro tiene una demanda no monetaria, circulará más allá de su uso como oro, pero la cantidad de oro que funcione como dinero dependerá de los precios y del volumen y velocidad de las transacciones.

A pesar de las críticas a la teoría cuantitativa del dinero, en un primer momento Marx concuerda con David Ricardo cuando habla del valor del papel moneda para indicar que el valor de este sí que viene determinado por el volumen del papel moneda en circulación y el volumen de las mercancías a las que da acceso, es decir, la ley de oferta y demanda. Marx afirma que:

Mientras se observe una cierta proporción entre las necesidades de circulación y la cantidad de dinero emitido, ya sea papel, oro, platino o cobre, no se puede hablar de una proporción a observar entre el valor intrínseco (coste de producción) y el valor nominal del dinero. […] Ricardo comprendió tan bien la verdad que, después de basar todo su sistema en el valor determinado por el tiempo de trabajo, y después de decir: “El oro y la plata, como todas las demás mercancías, sólo tienen valor en proporción a la cantidad de trabajo necesaria para producirlos y llevarlos al mercado”. Añade, sin embargo, que el valor del dinero no está determinado por el tiempo de trabajo que incorpora su sustancia, sino únicamente por la ley de la oferta y la demanda. (Marx 1910).

El valor del papel moneda, al carecer de un valor intrínseco (coste de producción), según Marx es inversamente proporcional a su cantidad. Esto se debe a que la emisión de este no viene sujeto a su producción y, por tanto, no adquiere el valor de las horas de trabajo necesarias para su producción, sino de la cantidad emitida que viene determinada por el gobierno independientemente de los requisitos de circulación de este. Por tanto, con el caso del dinero de papel las “leyes inherentes de circulación” parecerían ser abolidas y la refutación marxista del cuantitativismo propio de Ricardo perdería su carácter general si se excluyera de ella el papel moneda.

No obstante, Marx cambia de opinión en El Capital diciendo que el valor de ningún dinero viene determinado por su cantidad y critica a Ricardo por su obsesión cuantitativista. Siguiendo a Tooke y Fullarton, Marx dice que Ricardo se equivoca distinguiendo entre los diferentes tipos de dinero y sus diferentes formas como el crédito. De todos modos, la postura original de Marx no merece ser rechazada del todo. Es cierto que lo que defiende en The Poverty of Philosophy está equivocado porque con las consecuencias de los cambios de valor del dinero se explican con el enfoque monetario de la balanza de pagos (Blasco 2022); por ejemplo, si la oferta monetaria nacional crece más rápido que la demanda de dinero, las reservas internacionales se reducen y el oro sale del país. Pero hay escenarios en los que la ecuación cuantitativa sí que se comporta como la describen los teóricos cuantitativistas. Si hubiese un monopolista de dinero fiat inconvertible a oro, ahí vemos como explica George Selgin (1987, 439–40), que la ley de compensaciones adversas no se daría. La ley de compensaciones adversas dice que cualquier banco que cree pasivos a la vista en cualquier forma por encima de la demanda de mantener dichos pasivos a un nivel de precios determinado se enfrenta a compensaciones adversas y, por lo tanto, a una pérdida de reservas de dinero de productos básicos igual a su exceso de emisión (Selgin 1987, 438). Selgin lo explica así:

Por lo tanto, en un sistema monopolizado la demanda de dinero a menudo debe ajustarse a la oferta, y no a la inversa. Ninguna regla predeterminada para la gestión monetaria puede permitir a los bancos de un sistema monopolizado encontrar los límites adecuados de la expansión del crédito. La monopolización de la emisión de moneda destruye el mecanismo de compensación adversa y, al hacerlo, crea un vasto problema de cálculo que ninguna fórmula a priori puede resolver. (Selgin 1987, 449)

Para Marx, el papel moneda estaba condenado a permanecer en circulación, siguiendo con la idea de que la ley de compensaciones adversas defendida por Selgin o la ley del reflujo de Fullarton defendida por David Glasner (1992) no se darían. Con un patrón de papel moneda, el estado podría emitir tanto dinero como quisiera aunque no podría sacarlo de la circulación. Pero aquí se equivoca por dos motivos. El estado podría sacarlo de circulación deteniendo su contante emisión—aunque carezca de incentivos para hacer esto—y aumentando impuestos, y también porque este puede ser atesorado por las personas. Marx rechaza esta opción porque sería contraria a su teoría del valor trabajo. Nadie demandaría algo que no tuviese valor incorporado mediante las horas trabajo socialmente necesarias para su producción. El papel moneda por tanto no puede reemplazar el oro, solo circular junto a él en cuanto opere como un sustituto monetario del oro.

Para Marx, por tanto, el papel moneda funciona como dinero en tanto que es un símbolo del oro, pero es un dinero falso porque no puede ser otra cosa salvo un sustituto condenado a circular eternamente. Dicho de otra manera, siguiendo la clasificación de Bondone (2012), los activos financieros de los bancos circulan sirven como moneda—conjunto de activos que circula a valor facial y sirve para satisfacer la demanda de liquidez de un país—siempre que sea convertible en un activo real, en este caso el oro. Aquí Marx se equivoca y es fácil actualmente ver por qué: el dinero fiat tiene valor para la gente, no únicamente valor de cambio sino también de uso en tanto que este dinero se atesora, es decir, lo siguen demandando como moneda para satisfacer su demanda de liquidez no solo para atesorarlo sino para transacción también (para Marx, para que algo tuviese valor de uso primero tenía que tener valor de cambio).

Marx decía que el oro operaba en primer lugar como medida de valor y que luego cambiaba su denominación según su convertibilidad en el papel moneda, y como instrumento para atesorar (tercera función que veremos en el siguiente artículo), pero que era el papel moneda el que circulaba y, por tanto, funcionaba como medio de intercambio, obteniendo su valor del oro al que daba derecho. En el momento del intercambio inicial es cuando con el dinero, como medio de intercambio, se puede establecer una ecuación del precio: X cantidad de una mercancía equivale a Y cantidad de dinero. Por lo tanto, el dinero obtendrá su precio cuando se intercambie por otros bienes ya que finalmente será posible establecer la fórmula de circulación simple: M-D-M (mercancía-dinero-mercancía).

Referencias

Blasco, Eduardo. 2022. “Una Alternativa a La Explicación Cuantitativa Del Mecanismo de Ajuste Internacional Del Oro.” Instituto Juan de Mariana, Enero 12, 2022.

Bondone, Carlos A. 2012. Teoría de La Moneda. Buenos Aires, Argentina: Publicado independientemente.

Glasner, David. 1992. “The Real-Bills Doctrine in the Light of the Law of Reflux.” History of Political Economy 24 (4): 867–94. https://doi.org/10.1215/00182702-24-4-867.

Marx, Karl. 1910. The Poverty of Philosophy. Chicago, Estados Unidos: Charles H. Kerr & Company.

Selgin, George. 1987. “The Stability and Efficiency of Money Supply Under Free Banking.” Journal of Institutional and Theoretical Economics 143 (3): 435–56. http://www.jstor.org/stable/40751005.