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La ‘totalitarización’ de Internet en Europa

No creo que nadie se sorprenda por el título de este artículo, aunque lo pueda hacer por el tremendo palabro que he utilizado. Y es que Europa se ha convertido en un Estado totalitario para todo lo relacionado con Internet, las Apps, las telecomunicaciones y todas esas cosas con las que nos hemos acostumbrado a vivir a través de nuestros teléfonos móviles y ordenadores.

Estado Totalitario, por precisar conceptos, es aquel que puede regular todas las relaciones sociales entre los individuos. Y es importante el matiz de que “puede” regular. Ni el antiguo estado soviético ni la pesadilla totalitaria que es Corea de Norte pueden presumir de haber regulado todas, absolutamente todas, las interacciones de los individuos que habitan o habitaban en su territorio. Pero lo que si tenían claro todos esos individuos es que cualquiera de esas relaciones la podía regular el Estado como y cuando quisiera.

En Internet, cada vez son más las relaciones intervenidas por las regulaciones de las instituciones europeas. Sin ir más lejos, hoy me desayuno con la noticia de que la CE va a proponer que se regulen las actualizaciones de los sistemas operativos[1]. Y la noticia también recoge que ya se ha regulado el puerto de carga de los teléfonos móviles.

Son noticias que ya no producen amargura, ya que el proceso de totalitarización lo tengo descontado, por lo que se limitan a producirme hilaridad. Lo tengo descontado, porque, como cualquier conocedor de la teoría del intervencionismo o del control de precios de Ludwig von Mises, sé que la intervención en los mercados precisa de más y más intervención en cada vez más ámbitos económicos para alcanzar sus objetivos, de forma que termina en planificación central, o, lo que es lo mismo, en un Estado Totalitario en que todas las relaciones, en este caso comerciales, están o pueden estar intervenidas. Así que gracias a von Mises nos sabemos el final de la película, y lo entretenido es observar cómo se llega al desenlace.

Para los que llevamos un tiempo en el sector, y por mucho que la teoría lo prediga, sigue siendo impresionante la vista del pasado que contemplamos en la actualidad. Como la semillita que era la regulación asimétrica ante la liberalización del mercado de las telecomunicaciones, hasta ese momento en monopolio legal, se ha convertido en una hidra-hiedra de mil ramas que cubre toda la actividad, no solo de las telecomunicaciones, sino de Internet, y llegando a los terminales y ordenadores. Como la proverbial rana de la cazuela hirviendo, la mayoría vivimos en el día a día y este proceso apenas lo notamos en su gradualidad, por lo que aguantamos el calentamiento paulatino hasta que no hay vuelta de hoja. La cazuela hirviendo solo se puede observar desde fuera, y por eso la rana a la que meten de golpe es la única que puede escaparse y sobrevivir.  

Decía que el origen se puede trazar a la liberalización del mercado de telecomunicaciones, una idea excelente que fue impulsada por la Comisión Europea. Los operadores que hasta ese momento disfrutaban del privilegio del monopolio legal, vieron desaparecer esa barrera de entrada y surgir la amenaza de alternativas, que tan buenos resultados causa a la sociedad. Desgraciadamente, la liberalización no se detuvo en la apertura de los mercados, sino que promovió la entrada de competidores mediante una regulación asimétrica que, básicamente, trataba de igualar las posiciones de partida con la del antiguo monopolista. Al mismo tiempo, y como ya sabemos que los políticos solo se fían del mercado de boquilla, concedían unos “derechos” a los usuarios para garantizarles que la competencia en el mercado no les perjudicaría.

Ya estaba el daño hecho: a partir de aquí, entra la teoría del intervencionismo en funcionamiento, y esa regulación, para ser efectiva, se fue extendiendo a nuevos servicios (Internet, móvil), a nuevos ámbitos, a nuevos operadores…Para hacerse una idea, en el momento actual el Código de Telecomunicaciones tiene 127 artículos; y dicho código es solo la punta del iceberg de la regulación que afecta a los proveedores de Internet, que no bajará de los cientos de miles de páginas.

Entre toda esta normativa, hay una que llama la atención por sus consecuencias para el proceso totalitario que se está describiendo: la regulación de la Neutralidad de Red. Esta regulación fue impulsada por agentes como Google en los EEUU para evitar que las telecos bloquearan sus servicios. Tras mucha polémica, entró en vigor y se mantuvo así un par de años hasta que la administración Trump la tumbó, y desde entonces nadie se ha quejado de problemas de neutralidad, problemas que en todo caso no dejaron de ser anecdóticos[2].

No ocurrió lo mismo en Europa, donde se implantó y nunca se ha abolido. El efecto de dicha regulación es que, en la práctica, elimina el poder de negociación de los operadores vis-a-vis los agentes de Internet, entre ellos Google, Facebook o Amazon.

Sin la disciplina competitiva que impone el proveedor de su principal insumo, y también atendiendo de forma excepcional las necesidades de los clientes, todo hay que decirlo, estos agentes han podido crecer sin límites. Se han transformado así en el nuevo “problema” a resolver por el Estado Totalitario de la UE, que considera que agentes tan grandes perjudican a los usuarios (sobre todo si son estadounidenses, aunque ese es otro debate).

En consecuencia, ha decidido aumentar su intervención en las relaciones comerciales de Internet. Ahora les toca el turno a los grandes agentes tecnológicos, como los antes citados. Para ello, se ha promulgado un engendro llamado Digital Market Act (DMA). Que nadie se preocupe, no toca entrar aquí en sus detalles. Pero su justificación y articulado son posiblemente la prueba más clara, hasta el momento, de esa deriva totalitaria que vive el sector en Europa. Por si sola, la existencia de una legislación como el DMA ya justificaría el Brexit, pues un verdadero atentado contra la “Rule of Law” y quiero pensar que en Inglaterra algo de eso sigue habiendo.

En cualquier caso, en breve tendremos a Google, Facebook, Amazon, Apple y algún otro despistado, prestándonos servicios no como ellos quieren, sino cómo diga la Comisión Europea que tienen que hacerlo. Por cierto, a la vista de lo descrito, a nadie debería extrañar el debate recientemente abierto por las telecos sobre si dichos agentes tienen o no que pagar por el abundante uso que hacen de las redes: como buen régimen totalitario, no es posible resolver esto dentro del mercado, y hay que acudir al Estado para que intervenga también en estas relaciones.

Obviamente, no acaba aquí el proceso. La demostración del totalitarismo que sufre Internet en Europa se puede ver en muchos más sitios, no siendo el de menos importancia el Reglamento de Protección de Datos (RGPD), con el que se intervienen nuestras relaciones con los proveedores de Internet al respecto de los datos personales que les dejamos o no.

Y se va a ver en más aún: ahora mismo hay proyectos de legislación para regular cómo se utilizan los datos de la Internet of Things (IoT), o cómo se tienen que proporcionar los servicios en la nube, o qué tipos de algoritmos de IA serán posibles legalmente en Europa, o si se pueden usar las criptomonedas. Incluso quieren regular, aunque parezca un oximorón, la cesión de datos personales a las AAPP en caso de emergencias. O sea, regular cómo hay que comportarse en situaciones excepcionales.

No paran aquí y tratan de anticiparse al futuro, que en estos momentos apunta hacia los llamados Metaversos. Ya han dicho en la CE que de momento no ven necesidad de regular nada, lo que es el indicio más evidente de que en breve empezarán el proceso para su regulación. ¿Hay mayor totalitarismo que tratar de fijar unas relaciones humanas que ni siquiera se han creado?

Esta exigua recopilación no tiene la intención de ser exhaustiva. Quedémonos con lo de la punta del iceberg, aunque ni siquiera es esa una comparación adecuada[3].

Lo tenebroso es que realmente no parece haber cortapisas para que este Estado Totalitario de Internet se extienda a otros sectores económicos. Si lo han podido hacer con Internet, ¿qué hay que le impida a las instituciones comunitarias hacer lo mismo en otros? ¿O quizá lo están haciendo ya, como parece observarse en el mercado energético o en el financiero? Esto significaría que, de facto, el Estado Totalitario denunciado para esta actividad específica, es en realidad un Estado Totalitario completo, en el que las relaciones aún no reguladas pueden serlo en cualquier momento y de la forma que a los políticos les parezca.

Por dar alguna luz de esperanza, y gracias a que las instituciones europeas pretenden hacer del proceso totalitarizador un proceso democrático, esto es, convencernos de que los totalitarios somos los ciudadanos europeos, las cosas van bastante despacito, y seguramente no les dé tiempo a totalitarizar otro sector antes de su implosión y (esperemos) desaparición.


[1] https://www.xataka.com/legislacion-y-derechos/union-europea-se-plantea-poner-fin-al-gran-problema-android-actualizaciones-obligatorias-cinco-anos

[2] En los últimos años el único y más sonado debate relacionado con la neutralidad de redes fue la expulsión de Twitter de, precisamente, el expresidente de los EEUU. Pero, claro, aquí el atentado contra dicha neutralidad viene de un agente de Internet. Nunca ha ocurrido nada remotamente similar con los operadores de telecomunicaciones.

[3] La punta del iceberg supone, según el principio de Arquímedes, un 11% del volumen del iceberg. Las poco más de 1000 palabras de este artículo suponen un porcentaje despreciable del cúmulo legislativo que totalitariza Internet en Europa. Quizá si habláramos de la punta de la punta de la punta de la punta del iceberg la imagen sería más correcta.

Desde el poder

Parecen estar de acuerdo, la mayoría de los historiadores en que en la Rusia de 1917 convergieron varios procesos, que habían venido discurriendo paralelos hasta entonces, y que fueron esenciales para facilitar una revolución sin ellos altamente improbable. Dichos procesos son, según el resumen que hace Nicolas Werth en el “Libro Negro del Comunismo”, concretamente en el capítulo titulado “Un estado contra su pueblo: violencia, represión y terror en la Unión Soviética”:

  • La confrontación entre los campesinos y los grandes terratenientes, que no se resolvió sino algunos lustros después, con la derrota total de los labradores no por los latifundistas, sino por un Estado que ocupó la posición de éstos.
  • La paulatina decadencia de un ejército cada vez más desmotivado y con unos soldados cada vez menos patriotas.
  • Una “clase”, la de los trabajadores industriales, cada vez más activa y reivindicativa.
  • Un proceso de emancipación e independencia de las diversas “naciones” integradas bajo el imperio zarista.

Para Werth cada uno de dichos movimientos discurrió por su propio camino, con sus dinámicas y objetivos específicos y particulares, irreductibles a los simplistas eslóganes bolcheviques. Aún así, todos fueron catalizadores esenciales para destruir las instituciones tradicionales y erosionar sus formas de autoridad, creando un vacío de poder hábilmente colmado por la minoría bolchevique.

En lo que no se ponen de acuerdo los historiadores es en si el origen de dichos procesos fue natural o artificialmente creado. Si fue natural, la providencial fortuna de unos revolucionarios profesionales que estaban, en su mayoría, fuera del país -y viviendo, suponemos, del aire-, apenas un año antes, fue antológica.

Llama la atención ver en la prensa, a diario, que en nuestro país los mismos cuatro procesos están cobrando cada vez más fuerza: un campo cada vez más acogotado por un Estado supuestamente ecológico; un ejército con material que no sirve ni para ser enviado a la guerra de Ucrania, con unas fuerzas y cuerpos de seguridad que están siendo sistemáticamente humillados, además de utilizados contra la población en virtud de unas decisiones abierta y oficialmente inconstitucionales, como fueron los estados de alarma; una bandera y una historia, la nuestra, cada vez más denostadas, vilipendiadas y falseadas; unos nacionalismos cada vez más exacerbados, alimentados artificialmente por una clase parásita que llama al odio y a la confrontación y que crea problemas de convivencia donde tradicionalmente no los había; y una gran crisis en ciernes, alimentada por decisiones económicas y financieras miopes y estúpidas cuando menos, que podría -sólo podría- ser en su caso utilizada por una clase política demagoga para atizar un supuesto “odio de clase” e implementar decisiones “más valientes… y revolucionarias”.

 A todo eso hay que añadirle hoy, además, una campaña perfectamente diseñada desde hace décadas, financiada desde lo supuestamente público, y dirigida a pervertir el orden natural, las instituciones tradicionales y las costumbres; unas redes sociales y unos medios de comunicación omnipresentes, censores y monocolor; y una sociedad civil que está… de vacaciones.

Desconozco si el origen de los procesos en la Rusia de principios del siglo XX fue artificial o espontáneo, aunque tenga mi opinión. Basta leer los periódicos para entender que los de ahora están siendo dirigidos desde el poder. Se podrá discutir si es por maldad o por estupidez, pero sólo tenemos que ponernos de acuerdo en eso; el origen -artificial- es evidente. Los bolcheviques de antaño rellenaron, con su “revolución”, un supuesto “vacío de poder”. Los de ahora van a tener que colmar un erial oceánico; en lo demás, más de lo mismo.

La lección chilena

Una constitución es siempre un instrumento que se somete a los avatares del tiempo, sus cambios y trascendencias, pero que sobrevive a pesar de los conflictos y el transcurso de las generaciones. Es un acuerdo que se comprometen a cumplir un conjunto de ciudadanos y representantes públicos, más allá de los episodios de una época y de los cambios políticos, sociales o económicos que puedan surgir por los conflictos o las revoluciones sobrevenidas por causas diferentes. En síntesis, este pacto tiene su origen en la conciliación, el compromiso y el encuentro entre diversas visiones de la vida y formas de ver el mundo y comprenderlo.

Ese es el principio bajo el cual se rige la medida hecha para las costuras de una constitución. Vivir en sociedad implica un esfuerzo cotidiano, entender ello supone una virtud que los legisladores o asambleístas deben comprender en el momento de construir una alternativa o cuando tienen la competencia para reformar lo ya establecido, porque la experiencia histórica muestra que es plausible una reforma que pueda ser mejor adaptada a un entorno de cambio o necesidad que un cambio radical que siempre implica empezar de cero, de más está contar en estas líneas las experiencias vividas en Venezuela, Bolivia o Ecuador en este sentido.

No se trata, en consecuencia, de esgrimir un ‘experimento social’ con pretextos caprichosos y arengas hostiles que lo único que demuestran son la verdadera intención detrás de una propuesta que en un primer acto parece una oportunidad de cambio en positivo, de desarrollo y de fortalecimiento de la igualdad, pero que esconde una turbia reforma motivada desde la ideología y la política pura y dura.

A pesar de que en 2020 la mayoría de los chilenos votaron a favor de la redacción de un nuevo proyecto constitucional, el domingo pasado el fervor nacido entonces de ese deseo ha sido contundentemente rechazo por los mismos chilenos. Una propuesta vaga, dogmática, carente de los serios desafíos a los que se enfrenta un país paradigmático en una región obstinadamente perseguida por los fantasmas del populismo, el autoritarismo y la demagogia, que desgasta la institucionalidad y pretende arrasar con la democracia.

Este proceso ha puesto sobre la mesa un problema que trasciende la realidad chilena y que es fácilmente trasladable a otros casos del continente. En concreto, pone en evidencia a unas élites políticas timoratas, incapaces de entender la realidad social y los efectos de una crisis que durará todavía un tiempo. Claro ejemplo de ello fue, precisamente, el último gobierno de Sebastián Piñera, una gestión mediocre reducida a lo administrativo y con una falta de voluntad política propia de los burócratas, cuyas consecuencias son las que hoy testificamos.

El mundo ideal basado en alharacas que promueve derechos fundamentales para todos los aspectos de la vida como a ‘envejecer dignamente’ o una ‘alimentación adecuada’, son una muestra de la improvisación y la falta de reflexión disfrazadas de oportunidad. Entonces la pregunta que nos plantemos después de leer la propuesta constitucional sería ¿qué es digno y qué es adecuado? Pero los vacíos y cuestiones existenciales no se quedan allí. La propuesta de promover un Estado plurinacional como un ideal ambicioso que no se termina de entender ni se practica en el país con el porcentaje de población indígena mayor en toda la región, como es Bolivia, único país ‘plurinacionalmente’ reconocido.

La pretensión del cambio de sistema deriva en una idea radical y sin consistencia cuando se trata de uno de los países con los mejores índices de crecimiento económico y reducción de la desigualdad del continente latinoamericano, y es una prueba del empeño dogmático de los redactores en su intención de desmarcarse de la legalidad cuando argumentan y promueven un Estado asistencial, alejado del principio de subsidiariedad que atiende, en esencia, a la preeminencia de la iniciativa individual y colectiva, la defensa de su libertad y la garantía de sus derechos frente a las estructuras inamovibles e inabarcables de un Estado burocrático que responde a los intereses de su propia oligarquía y busca –siempre– el cumplimiento de los objetivos de quien ostenta el poder público.

Probablemente, esta derrota sea la más importante de toda la gestión gubernamental de Gabriel Boric, de lo que ya va y lo que le queda, que es mucho. El presidente chileno y los constituyentes designados han pretendido ofrecer a la mayoría de los chilenos un proyecto desde la arrogancia y el desdén a esa misma mayoría, que ha respondido de forma contundente, porque una constitución no es un debate ideológico ni una revancha de un grupo social contra otro, es la base de convivencia que involucra a todos los ciudadanos y se constituye en un muro de contención frente a los autoritarismos y desavenencias del poder en todos los ámbitos. La violencia, el discurso de odio y la polarización nunca son tierra óptima para promover una iniciativa de esta magnitud. Esto se construye desde la institucionalidad y el diálogo, no desde el activismo. El radicalismo ideológico nunca será un asidero para una democracia y un futuro compartido e inclusivo. Boric se enfrenta a un paradigma existencial para la propia supervivencia de su proyecto y el de Chile: la imposición o el consenso. Y esperemos que no caiga en el bucle bolivariano.

Los enemigos de la globalización

No es ninguna novedad que nuestro modelo de globalización se encuentre amenazado por los sospechosos habituales. Desde hace varias décadas son muchas las fuerzas político-institucionales que han tratado, sin mucho éxito, de retraer la expansión de la globalización y atacar sus principales estandartes. Si algo hemos observado a lo largo de los últimos años es una intensificación del movimiento antiglobalización, tanto por las tendencias políticas posteriores a la Gran Recesión como, más recientemente, por el incipiente reordenamiento geopolítico y de poder a escala global. Fue la geopolítica la que dio paso a la globalización moderna -con el derrumbe del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética- y puede ser la geopolítica la que destruya el modelo de globalización al que estamos acostumbrados -tanto a raíz de la pandemia, como de la guerra de Ucrania o las severas fricciones entre China y EEUU-.

Como siempre he pensado y repetido en múltiples ocasiones, los enemigos de la globalización no se confinan en una esquina del espectro político, sino que ocupan ambas alas de este, yendo desde la izquierda postmoderna y anticapitalista hasta la derecha nacionalista y aislacionista. Aunque el ideario y el argumentario de ambos grupos sean distintos, uno de sus fines es común: acabar con la globalización tal y como la conocemos hoy en día para imponer un modelo alternativo de comercio a escala global.

Aún así, no debemos ser excesivamente pesimistas con el panorama actual, ya que, aunque durante el último par de años no haya cesado la conversación sobre la posible desglobalización, dicha tendencia no se refleja en las cifras de comercio a escala global. De hecho, los datos de flujos transfronterizos de bienes, servicios, capital e incluso personas se encuentran en máximos históricos en multitud de países. Esto no significa que no debamos preocuparnos por las amenazas existentes a la globalización, sino que el sistema actual está tan consolidado y las redes comerciales a escala global son tan sólidas que el coste de retraerlas sería muchísimo mayor que optar por la continuación del presente modelo.

El modelo autárquico que proponen como alternativa la mayoría de los enemigos de la globalización simplemente conllevaría a una mayor miseria, pobreza y sufrimiento; no solo en Occidente, sino, asimismo, y de manera más importante, en los países emergentes, ya que muchos de ellos son notablemente dependientes del comercio internacional. Por ello, aunque actualmente observemos cierta solidez en las cifras de comercio internacional, no debemos olvidar que las cadenas de valor globales son muy frágiles y pueden verse fácilmente afectadas por shocks externos. Ejemplo de ello han sido o son la pandemia del Covid-19 y la guerra en Ucrania. Mientras el primero supuso un freno en seco a los flujos internacionales de personas y multitud de bienes, la segunda ha supuesto la ruptura definitiva de los vínculos diplomáticos y comerciales de Occidente con Rusia y su círculo de influencia. A todo ello hay que añadirle el factor de las actuales tendencias políticas, con la izquierda anticapitalista y la derecha nacionalista campando a sus anchas, y ya tendríamos el cocktail perfecto para desestabilizar el modelo económico actual.

No debemos pensar en el movimiento antiglobalización y sus tendencias como algo que siempre ha existido o estado ahí, ya que hace 15-20 años, con la construcción y consolidación de algunas de las principales instituciones de apoyo al comercio internacional, los movimientos políticos contrarios a la globalización eran cuasi marginales.  En EEUU, por ejemplo, tras la Gran Recesión, prácticamente nadie se atrevía a hablar de desglobalización en público. Pero eso ha cambiado, y probablemente para siempre, ya que, hoy en día, la oposición a la globalización no es ya un tema puramente ideológico. El caso más claro es el de EEUU, donde tras el incremento de aranceles e implementación de medidas proteccionistas durante la Administración Trump, el presidente Biden no ha hecho nada especial por reducirlos ni revigorizar las relaciones comerciales del gigante americano. De hecho, parece que en la actualidad existe prácticamente un consenso político en torno a la idea de repatriar empresas pertenecientes a industrias consideradas estratégicas, para reducir la dependencia de terceros países como China.

Cabe resaltar que esta no es una tendencia unilateral de Occidente, ya que, por ejemplo, China ha contribuido enormemente a ello promoviendo e incluso forzando la producción nacional de tecnologías estratégicas y componentes clave a través del programa Made in China 2025, el cual fue lanzado previamente a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

La economía y la geopolítica presentan diferentes lógicas y argumentos en el asunto de la globalización y en el estado del debate actual. Mientras desde el punto de vista económico sigue siendo mucho más eficiente deslocalizar la producción de la gran mayoría de bienes y servicios, desde el punto de vista geopolítico o estratégico, dicha deslocalización productiva puede suponer numerosos riesgos a nivel de seguridad nacional. Por ejemplo, la invasión de Ucrania ha mostrado el riesgo de depender de países autoritarios para el suministro de materias primas o bienes esenciales, como es el caso del gas ruso. Por ello, actualmente multitud de organismos e instituciones se plantean una remodelación de las relaciones de Occidente con China, ante los elevados riesgos que supone depender de este país.

Esto último se observa muy claramente con el asunto de los semiconductores. Estos componentes son esenciales para la producción de casi todos los productos tecnológicos, desde móviles hasta misiles, pasando por cualquier tipo de equipo informático. Lo preocupante es que el 90% de la producción global de semiconductores se halla localizada en Taiwán, lo que significa que si China invadiera Taiwán podría paralizar la exportación de semiconductores y causaría una debacle productiva y comercial nunca antes vista. Es por ello por lo que en EEUU se aprobó recientemente el Chips Act, que pretende que EEUU sea un jugador relevante en el mercado de los semiconductores, garantizando así su suministro ante el elevado riesgo geopolítico. A pesar de que los motivos que subyacen dicha Ley son sólidos, no deja de representar un freno muy importante a la globalización, ya que el Chips Act restringe la inversión americana en algunos países y limita seriamente la capacidad de las empresas americanas de producir semiconductores en China.

Aunque la globalización de las últimas décadas haya podido presentar algunos errores o haya generado tensiones políticas, el beneficio que la sociedad ha obtenido de ella es mucho mayor que sus costes, digan lo que digan anticapitalistas y nacionalistas. Oponerse a la globalización no es solo ineficiente a nivel económico, sino que da alas a aquellos que quieren destruir el actual modelo económico y político.

Marx y el dinero (y III)

La teoría general monetaria de Marx se completa con la tercera función que este le da al dinero. Anteriormente me he referido a esta como la función de atesoramiento del dinero, pero sería más correcto referirse a esta como la función de dinero como dinero: dinero que vuelve a actuar en su naturaleza de mercancía. Este uso del dinero se da no solo en el atesoramiento, sino también en la instrumentalización del dinero como medio de pago y como dinero mundial. Veremos estas tres implicaciones de la función del dinero como dinero por partes.

En primer lugar, los individuos atesoran dinero por los servicios de liquidez que este les genera. Al ser el dinero el activo real más líquido de una economía, los agentes eligen atesorar este entre el resto de las mercancías. Por lo tanto, según Marx, para que la mercancía que actúa como dinero sea atesorada, esta primero tiene que cumplir las otras dos funciones, ser unidad de valor y medio de circulación. Marx en su Crítica a la Economía Política (1859) afirmaba que el oro y la plata:

“Permanecen líquidos como la cristalización del proceso de circulación. Pero el oro y la plata se establecen como dinero sólo en la medida en que no funcionan como medios de circulación. Se convierten en dinero en tanto que no son medios de circulación. La retirada de las mercancías de la circulación en forma de oro es, pues, el único medio de mantenerlas continuamente en circulación.”

No obstante, como ya he defendido en otras ocasiones (Blasco 2021), dudo que esta sea el orden en el que el dinero va adoptando sus diferentes funciones. El dinero primero deberá ser un buen depósito de valor antes de ser usado como medio de intercambio generalmente aceptado. La mercancía que se vaya a convertir en dinero deberá de ser fácil de atesorar y desatesorar, para lo que necesitará una demanda estable. Esta demanda se compondrá de la demanda no monetaria del bien, de tener, y de la monetaria. Pero la demanda monetaria no siempre es la demanda de dinero en sí, por lo que es mejor referirse a esta como demanda de liquidez. Por lo que habrá una mercancía que aún no es dinero como tal, pero sí un instrumento que sirve para facilitar los intercambios indirectos por lo que provee liquidez a sus tenedores. Cuando la demanda de este bien se solidifique, también lo hará su liquidez temporal—función como depósito de valor—y posteriormente se extenderá y convergirá a su uso como medio de intercambio generalmente aceptado en la economía. Ser unidad de cuenta es la consecuencia de que una mercancía sea dinero: los individuos fijan los precios en ese bien porque quieren que se les pague en el bien más líquido.

Para Marx el atesoramiento tenía la función de cubrir la oferta monetaria que excediese la demanda de liquidez por motivos de transacción. Es decir, el atesoramiento de dinero sirve para cubrir la demanda de liquidez por motivos de seguridad y de especulación de los agentes. Para Marx “el acaparador de dinero desprecia los goces terrenales, temporales y efímeros para perseguir el tesoro eterno que no puede ser tocado ni por las polillas ni por el óxido, y que es totalmente celestial y totalmente mundano.”

Aunque Marx estaba en gran medida en lo cierto, no llegó a exponer correctamente cómo el atesoramiento podía absorber el exceso de oferta monetaria, por lo que su explicación queda incompleta. Por un lado, la demanda monetaria por motivos distintos a la transacción es una demanda de primer orden que los oferentes de liquidez buscan saciar igual que la otra. Es decir, los bancos al emitir activos financieros líquidos tienen estas demandas monetarias—seguridad y especulación—en mente. Bien, alguien podría decir que estos activos financieros no satisfacen la demanda de liquidez y que Marx se refería a cuando la oferta monetaria de oro excedía la demanda de este por motivos de transacción. Pero el mismo Marx en la Crítica a la Economía Política dice que la demanda de liquidez por motivos de seguridad y especulación—la que incurre en el atesoramiento del dinero—puede ser satisfecha no solo por el oro en sí sino también por cualquier otra moneda que dé derecho a esta. Esta matización nos puede recordar a la categorización de Carlos Bondone en su Teoría de la Moneda según la cual considera moneda a todo activo real o financiero que sirva para satisfacer la demanda de liquidez. Por otro lado, Marx dice el deseo de atesorar dinero es insaciable por su naturaleza especial: el dinero sirve para intercambiarlo por cualquier otra mercancía. Y por otro lado, si tanto el oro como activos financieros sirven para saciar la demanda de liquidez y los activos financieros se pueden producir a un coste prácticamente nulo, ¿qué impide a los bancos emitir tantos activos financieros como quieran dado que estos siempre encontrarán demanda y esto hará que los bancos aumenten infinitamente sus beneficios?

Pues bien, no es tanto que alguien se lo impida sino un mecanismo que se da en la banca libre: el reflujo de Fullarton. En la banca libre, los bancos compiten entre ellos fijando distintos tipos de interés por sus operaciones de intermediación financiera. Como explica David Glasner (1989, 65):

Aunque los costes de las transacciones probablemente hacían que el pago de intereses sobre los billetes fuera prohibitivo, el pago de intereses sobre los depósitos no lo era. Dado que los billetes podían convertirse fácilmente en depósitos, los tenedores de billetes tendrían que soportar el coste de mantener o utilizar los billetes en lugar de los depósitos. El aparente margen de beneficio que los bancos podrían obtener con los billetes que no devengan intereses no llevaría a los bancos a emitir billetes en exceso porque cualquier exceso de billetes se convertiría en depósitos que devengan intereses. En lugar de provocar un gasto excesivo, un exceso de emisión de billetes simplemente se convertiría en depósitos con intereses.

Es la ley del reflujo la que explica cómo este atesoramiento puede hacer frente al posible exceso de oferta monetaria.

El último paso para que el dinero cumpla sus otros usos de dinero como dinero, ser un medio de pago y el dinero mundial, sucede cuando este se utiliza para liquidar transacciones originalmente hechas mediante crédito. Marx dice que:

El oro se convierte en dinero, a diferencia de la moneda, primero al ser retirado de la circulación y atesorado, luego al entrar en la circulación como medio no circulante, y finalmente, sin embargo, al traspasar las barreras de la circulación nacional para funcionar como equivalente universal en el mundo de las mercancías. Se convierte así en dinero mundial.

Marx también hablaba del dinero como una fuente de poder social al ser “poder social y relaciones sociales en general: la substancia de la sociedad.”

Serie Marx y el dinero: I, II.

Referencias:

Blasco, Eduardo. 2021. “El dinero como tecnología y el Bitcoin como mejora.” Instituto Juan de Mariana. Disponible en:

https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/el-dinero-como-tecnologia-y-el-bitcoin-como-mejora-i/

Glasner, David. 1989. Free Banking and Monetary Reform. Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press.

Marx, Karl. 1859. A Contribution to the Critique of Political Economy. Moscú, Rusia: Progress Publishers. Disponible en:

https://www.marxists.org/archive/marx/works/1859/critique-pol-economy/

Fuentes oficiales

Una de las costumbres con más arraigo en España es celebrar las fiestas de los municipios habilitando espacios públicos para que la gente joven pueda juntarse, escuchar música a mucho volumen y beber a precios económicos hasta altas horas de la madrugada.

Es una tradición que no se discute, llevando a la paradoja que ciudades que cierran zonas verdes porque el viento o el calor los vuelven demasiado peligrosas, siguen habilitando que chavales se emborrachen en masa durante toda la noche.

La combinación de cientos de personas, alcohol y nocturnidad suelen llevar a problemas de orden público. Y éstos los protagonizan el porcentaje de personas incivilizadas que existe en la vida nocturna de toda ciudad. Hasta aquí la descripción de una realidad que todos conocemos, pero que por motivos políticos se emborrona construyendo distintos relatos.

Por ejemplo, hace unas semanas las fiestas de Alcalá de Henares protagonizaron la actualidad por una serie de incidentes que tuvieron lugar de madrugada. Al parecer, una pelea entre unas bandas latinas llevó al desalojo del recinto ferial, lo que provocó el enfrentamiento de varios grupos con la policía durante bastantes horas, sembrando la incertidumbre entre la población que asistió desde sus balcones al espectáculo.

En un primer momento, bastantes testigos aseguraron que se habían producido disparos, e incluso se llegó a difundir que había varias personas muertas. La prensa se hizo eco de lo primero, pero lo segundo no pasó de las redes sociales.

A las doce del mediodía, ocho horas después del inicio de los incidentes, el Ayuntamiento de la ciudad emitió un comunicado donde venía a decir que prácticamente no había pasado nada: un simple desalojo por precaución y un grupo revoltoso de unas veinte personas enfrentados puntualmente a la policía, dando casi por seguro que era gente de fuera de la ciudad. Todo el revuelo lo achacan a la mala costumbre de los ciudadanos de no informarse por fuentes oficiales y creerse todo lo que ven por internet.

Aceptando la versión del Ayuntamiento, es curioso que los vecinos de una ciudad tengan que estar varias horas escuchando cómo la policía se enfrenta a multitud de grupos violentos, lo que, por cierto, provoca disparos con proyectiles antidisturbios que al parecer tenemos la obligación de distinguir de oído de los disparos con proyectil metálico, sin sacar ninguna conclusión o informarse por nadie.

Los contenedores arden, las botellas vuelan y las detonaciones no se dejan de escuchar, pero no saquemos conclusiones precipitadas hasta que el equipo de gobierno se levante, se entere de qué ha pasado, y preparen un comunicado cuidadosamente redactado para no reconocer la más mínima responsabilidad en lo ocurrido. Suena divertido, pero por desgracia vivimos en un mundo post COVID, y estas cosas ya no hacen gracia.

Alcalá de Henares, y más concretamente su ocio nocturno, nunca ha sido tranquilo. Así que lo que ha pasado no cuadra con el relato, que en otros lugares puede ser cierto, de que la inmigración ha creado un problema de inseguridad donde no lo había. Pero eso no puede ser excusa para que el Ayuntamiento se dedique a ocultar la gravedad de incidentes en recintos bajo su responsabilidad, y cuyos responsables son claramente de colectivos de los que oficialmente no se puede hablar.

Pero lo que ya vuelve la situación es surrealista es que no se pueda hablar de bandas latinas, menas, o de disparos, pero eso sí, podemos soltar sin despeinarnos que los responsables son de fuera de la ciudad. Porque sí, en la España delirante en la que vivimos está mal visto resaltar que un delincuente es de otro continente, pero no hay ningún problema en inventarse que es del pueblo de al lado, que en el nuestro somos todos personas de orden. Ya se sabe, son las pequeñas particularidades de las fuentes oficiales.

¿Qué fue antes, la desigualdad o la pobreza?

Lo importante no es que no haya ricos, lo importante es que no haya pobres.

Mijaíl Gorbachov

La desigualdad es un fenómeno que ha acompañado a la evolución humana desde sus orígenes.

Como es generalmente sabido, la pobreza entendida como la ausencia de riqueza, es el estado natural del hombre. Hasta el desarrollo de la civilización moderna, la pobreza era la norma general entre los seres humanos y continuó siéndolo hasta la llegada del capitalismo hace menos de doscientos años. La imparable creación de riqueza, y la consecuente gran disminución de pobreza dieron lugar a un efecto colateral: la desigualdad.

Actualmente, el fenómeno de la desigualdad se encuentra en el punto de mira de la sociedad, a causa de su presencia en el repetitivo discurso político e ideológico, que achaca a este fenómeno la existencia de pobreza en las economías del mundo. En el presente escrito desmontaremos el dogma de la desigualdad como causante de la pobreza.

Para ello, es fundamental conocer los conceptos que forman el núcleo de este artículo: pobreza, crecimiento económico y desigualdad. Entendemos pobreza como la ausencia de riqueza, si bien es cierto, que en la actualidad este término ha adquirido multitud de “segundos nombres” ridículamente atribuidos por los ideólogos y políticos: pobreza material, pobreza rural, pobreza social, pobreza energética, pobreza menstrual, y un absurdamente extenso etcétera que no pretende más que distraer la atención del auténtico problema y de su indiscutible solución.

Por otro lado, el concepto de crecimiento económico ha sido modificado y moldeado a gusto de nuestros dirigentes y otros personajes de gran influencia, por lo que, yendo a la raíz y origen del término lo definiremos sencillamente como el aumento del PIB, PIB per cápita o la Renta nacional de un país durante un periodo de tiempo (generalmente un año).

Respecto a la idea de desigualdad, lo primero que debemos aclarar es que se trata de un concepto matemático. Existe igualdad cuando dos expresiones algebráicas tienen un mismo resultado (relacionadas por el signo =), y desigualdad cuando estas no resultan tener el mismo valor. Partiendo de esta premisa, podemos afirmar que los progresistas secuestraron este concepto, dándole un significado social. Todo ello sin sentido alguno, pues es completamente inútil intentar extender un concepto matemático exacto a la acción humana.

Sin embargo, haciendo un esfuerzo, podemos establecer que hay “desigualdad social” cuando hay una falta de identidad o similitud entre dos o más individuos, es decir, que se encuentran en la condición o circunstancia de no tener una misma raza, propiedades o renta. En definitiva, este término no hace más que enunciar algo que forma parte de la esencia de la raza humana, que somos diferentes unos de otros.

En la actualidad existe gran tendencia, por un lado, a asimilar los conceptos de desigualdad y de pobreza, en tanto que ambas son, en teoría, fenómenos negativos que deben ser erradicados, y por otro, asegurar que existe una relación entre estos términos: que la desigualdad es causante de la pobreza que asola el mundo en nuestros días y que aquellos que se enriquecen son los culpables de que aún exista población en situación de pobreza. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, los conceptos de desigualdad y pobreza son completamente disímiles. La desigualdad social (retomando la definición dada anteriormente) es la «Condición o circunstancia de un ser humano de no tener una misma naturaleza, cantidad, calidad, valor o forma que otro, o de diferenciarse de él en uno o más aspectos» según Oxford Languages. Atendiendo a esta definición podemos afirmar que simplemente recuerda una condición primigenia y natural entre los individuos: que somos diferentes unos de otros. Con diferentes capacidades, debilidades y fortalezas, que llevan inevitablemente a resultados y expectativas diferentes. Y eso es lo que justamente da lugar a esa diversidad tan valorada y tan a la orden del día. Por lo tanto, es incomprensible la connotación negativa que se le ha atribuido a este concepto en la sociedad actual.

Respecto a la pobreza, como ya hemos explicado, su definición ha experimentado numerosísimas modificaciones según el interés de unos y otros a lo largo de la historia, por lo que nos limitaremos a una definición simple (a partir de la RAE): se trata de la circunstancia de carencia o escasez de lo necesario para cubrir las necesidades básicas. Como adelantamos en la introducción, la pobreza es la condición en la que surgió la humanidad, la pobreza más plena y absoluta. Sólo el avance y prosperidad de los más astutos, y posteriormente, de una gran parte de la población mundial (cada vez mayor) rompió con esta condición, gracias a la acumulación de riqueza.

Podemos concluir entonces que lo único que tienen en común estos dos conceptos es que ambos son difíciles, por no decir imposibles, de erradicar. En el caso de la desigualdad, siguiendo la definición dada anteriormente, los seres humanos, por naturaleza, somos diferentes unos de otros. Acabar con la desigualdad supondría adulterar la naturaleza humana, pretendiendo igualar las capacidades de cada individuo (lo cual es imposible) o los resultados de los mismos (lo cual es injusto). Sería necesario para ello violentar la propiedad privada de las personas, igualando la riqueza de todas ellas siempre en el nivel más bajo. Porque la igualación de la riqueza de los individuos solo puede producirse de dos maneras: o bien igualando por arriba, para lo cual sería necesaria una aportación de riqueza que no existe. O bien igualando por abajo, lo que significaría, por una parte, sustraer rentas a quienes las han ganado honradamente, y por otra regalar esas rentas a cambio de nada, a quienes no las han obtenido con su propio esfuerzo. Ambas cosas serían igualmente injustas.

Un ejemplo de ello es el sistema educativo español, donde los alumnos sobresalientes son castigados por el sistema y los alumnos más atrasados premiados, condenando a todos por igual (eso sí) a la mediocridad.

En el caso de la pobreza, se trata de un fenómeno que siempre estará presente en el mundo, por tres razones principalmente: 1) los recursos de los que disponemos son limitados. A pesar de que es posible crear riqueza, los medios para ello no son ilimitados. 2) las necesidades a cubrir siempre tienden a aumentar. Es decir, conforme progresa una sociedad y son cubiertas las primeras necesidades, aparecen otras nuevas. Por consiguiente, también aumentan las necesidades que se consideran “básicas”. Ejemplos son: el teléfono móvil, que con el paso de los años se ha convertido en un elemento fundamental para mantenerse comunicado, o el acceso a internet, que la reciente pandemia por el Covid-19 ha convertido en algo imprescindible. Estos dos primeros puntos, quedan resumidos en una simple frase: recursos limitados, necesidades ilimitadas. 3) Alguien puede querer verse en esa situación, vivir sin posesiones materiales ¿y quiénes somos nosotros para obligar a ese individuo abandonar la circunstancia deseada? ¿a decirle cómo debe vivir?

En lo que se refiere a la relación entre la desigualdad y pobreza, pese a que pueda parecer algo obvio, no es la desigualdad la culpable de la pobreza, es la salida masiva de la pobreza la que da lugar a desigualdad. Si hilamos todo lo explicado anteriormente podemos deducir, que la desigualdad es natural, positiva, y permanente. Luchar contra ella sólo resultaría en un panorama peor que el que se pretende “resolver”.

Finalmente, es interesante mencionar la cuestión de la igualdad de oportunidades. Se trata de una garantía/mecanismo muy útil para el aumento de riqueza, y por ende para que la población salga de la pobreza. No obstante, también hay una confusión generalizada en torno a este término. Ya nos hablaba de ello Amartya Sen, con su teoría de la capacidad: la mayoría habla de garantizar la igualdad de oportunidades, refiriéndose en realidad, a la igualdad de resultados. Me explico: se debe tratar de garantizar el mayor número de oportunidades que un mercado libre pueda ofrecer, para que, de esta forma, el individuo tenga más posibilidades de desarrollo académico, futuro profesional y enriquecimiento. No obstante, no debemos inmiscuirnos en los resultados obtenidos, pues cada persona a través de sus deseos, de sus capacidades, pero sobretodo a través del trabajo duro y el esfuerzo, alcanzará un resultado diferente. Intentar igualar esos resultados nos sumiría en el conformismo y la mediocridad, los enemigos del enriquecimiento y el progreso.

Tras todo lo aventurado, nos reafirmamos en tres cuestiones: que la connotación negativa que se le ha atribuido al concepto de desigualdad no tiene sentido, en tanto que se trata de un fenómeno que aparece con la salida masiva de la pobreza de gran parte de la población mundial; que la desigualdad y la pobreza guardan una relación inversa, en contraposición a lo que tiende a creer la sociedad actual; y que lo verdaderamente fundamental es garantizar el número máximo de oportunidades, las que permite el mercado libre. Los errores de comprensión o definición de los términos: desigualdad, pobreza y crecimiento económico pueden llevar a catástrofes de gran magnitud en las economías del mundo, y por consiguiente en del desarrollo de la humanidad.

Dolarizar la Argentina es posible e imprescindible

Ante el alto nivel de inflación que muestra la Argentina y los continuos fracasos de estabilizar el poder adquisitivo del peso, crece en la sociedad la idea de dolarizar la economía. Muchos colegas economistas que durante largo tiempo se oponían a esta reforma, ahora empiezan a sumarse a la cruzada. Varios políticos que ignoraban el tema, hoy lo colocan sobre la mesa de debate.

¿Pero qué tan factible es dolarizar la economía? ¿Cómo podríamos hacerlo? El primer paso es hacer un diagnóstico de la situación financiera de Argentina:

1. Inflación histórica desde 1935 a la fecha supera el 50% acumulativo anual;

2. Inflación para 2021 superó el 50 por ciento;

3. Expectativas de inflación base para 2022 en torno al 70% -100%, y tal vez más,

4. Inflación reprimida que amplía esas expectativas si se quitaran los controles de precios o dejara de atrasarse el tipo de cambio oficial y las tarifas de servicios públicos, las que reciben subas por debajo de la inflación actual;

5. Acumulación de pasivos monetarios en el Banco Central en forma de Leliq y pases que superan el tamaño de la base monetaria y garantizan que la inflación futura será mayor aun que la presente;

6. Falta de independencia del Banco Central para resistirse a continuar monetizando los desequilibrios fiscales, lo que en definitiva garantiza que seguirá ampliándose la oferta monetaria, y también los pasivos monetarios; y

7. Con el avance espontáneo de una dolarización real en la que los argentinos poco a poco abandonan el peso como reserva de valor, y más bien lo sustituyen por activos o dólares, moneda que resguarda mejor el poder adquisitivo de sus tenencias.

Un programa de estabilización a lo Chile o Israel podría tener éxito en resolver los desequilibrios macro y le darían quizás a la Argentina un panorama de estabilidad, pero hay al menos tres elementos que chocan con este objetivo: 1. El reciente fracaso del programa de estabilización de Federico Sturzenegger; 2. El tiempo que se requiere para estabilizar la economía con un programa gradual y de mediano plazo; 3. Que la elección de un eventual gobierno populista podría evitar que se complete el proceso, o bien, si se completó podría anular o revertir el programa y volver a un escenario inflacionario.

Opción viable, con claros beneficios

La dolarización, por el contrario, parece entonces una opción viable que permitiría en menos tiempo obtener tres claros beneficios: 1. Evitar que el gobierno pueda continuar monetizando el déficit fiscal, por lo que se alcanzaría la estabilidad monetaria en un plazo relativamente corto de tiempo, convergiendo la tasa de inflación actual hacia la que tiene Estados Unidos; 2. Eliminar el riesgo de devaluación, y con ello reducir las tasas de interés nominales y reales, recuperando el crédito para apalancar el crecimiento económico; 3. Dificultad para un próximo eventual gobierno populista revertir ese camino y volver a los procesos de devaluación e inflación.

La pregunta que queda entonces es cómo dolarizar. ¿A qué tipo de cambio podría hacerse la conversión de los pesos circulantes? Aquí un escenario.

El primer punto a destacar es que la economía argentina ya se ha dolarizado de manera espontánea. Desde las últimas PASO en agosto de 2019 la mayoría de los argentinos retiraron sus dólares del sistema financiero por la desconfianza que generaba un posible triunfo electoral de quienes en ese momento constituían la oposición. La caída en las reservas brutas y netas fue abrupta e instantánea, y desde entonces no se recuperaron.

De esta manera, la oferta monetaria en pesos que podemos considerar convertir a dólar representa sólo una porción del dinero que tienen los argentinos. Esa oferta monetaria es la que debemos evaluar convertir a dólar para encaminarnos a una dolarización oficial. Por supuesto, el potencial dólar convertible a calcular se incrementó en 2019 con la “fuga de capitales” y se incrementó de nuevo en 2020 con la enorme expansión monetaria en pesos para acompañar los efectos nocivos de las políticas de cuarentena. Cuánto más alto el tipo de cambio de conversión más difícil dolarizar en la práctica, pero a la vez, más imprescindible.

Veamos entonces un escenario para el tipo de conversión. La fórmula simple sería:

TC conversión (TCC)= Base monetaria + otros pasivos (Leliqs y pases) / Reservas del BCRA. Con datos del 31 de agosto de 2022 el ejercicio arroja:

$ 4.211.669 millones + $ 6.070.311 / USD 36.932 millones = $ 278

Sin embargo, aquí se abre un debate sobre ese total de 36.932 millones de dólares que el BCRA declara en sus reservas brutas. Y es que ese total incluye, entre otros elementos: 1) dólares de depositantes que podrían retirarlos en cualquier momento; 2) un swap chino por 19.982 millones de dólares cuya disponibilidad todavía no está clara que pueda hacerse efectiva; 3) oro y otros metales que no se pueden hacer líquidos de manera rápida.

Si el lector desea jugar con este escenario e imagina reservas netas líquidas nulas o negativas, entonces los números de conversión suelen ser elevados, lo cual lleva a algunos analistas a afirmar que no es posible dolarizar.

Esto no significa, sin embargo, que no haya dólares para dolarizar. Si hubiera intención política de hacerlo, el gobierno debe evaluar el escenario y trabajar tanto en reducir los pasivos monetarios a convertir, como también en obtener dólares para ampliar el denominador.

Emilio Ocampo y Nicolás Cachanosky, por ejemplo, han propuesto canjear los pasivos monetarios en manos de los bancos securitizando activos del BCRA (por ejemplo Letras Intransferibles) a través de un fideicomiso emitiendo bonos en dólares a corto plazo. Por el lado del denominador, habrá que explorar la posibilidad de monetizar el swap chino, o bien obtener un préstamo del FMI o algún organismo multilateral para llegar a un tipo de cambio de conversión que no implique un fuerte empobrecimiento de la sociedad y con ello haga inviable a la medida.

El punto central aquí es que la economía argentina ya está dolarizada. Que aunque las reservas netas líquidas sean cero, para dolarizar los pesos que circulan se necesitan USD 40.000 millones, incluso menos, y se podrá aceptar un tipo de cambio de conversión algo menor a $300. No es un monto que pueda evitar una dolarización de la economía. No es una suma que asuste al sistema financiero global, si el gobierno dolarizador sabe explicar las grandes ventajas del proceso, y el potencial de crecimiento al que da lugar.

Gran parte del costo de la dolarización los argentinos ya lo hemos sufrido. Se trataría más bien de aprovechar ese costo para avanzar hacia sus beneficios y generalizarlos a toda la población. El momento es oportuno, incluso por la gran licuación de ingresos que ya hemos sufrido.

El lenguaje económico (XIX): El Principio de Peter

El Principio de Peter es un libro de management escrito, en 1969, por el catedrático de Ciencias de la Educación Laurence J. Peter. Su tesis es la siguiente: «En una jerarquía (organizacional), todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia: la nata sube hasta cortarse». Es decir, los trabajadores más competentes son ascendidos sucesivamente hasta que alcanzan un puesto donde dejan de serlo y ahí son retenidos. Esta idea tan sugerente ya había sido expuesta por el filósofo José Ortega y Gasset en la década de 1910: «Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes».

El Principio de Peter puede ser visto como un «fallo» organizacional, mal inevitable en toda corporación, especialmente aquellas de gran dimensión, altamente estructuradas y jerarquizadas: ejércitos, ministerios, multinacionales, etc. Este Principio ha sido asumido, acríticamente, como una verdad del management: por ejemplo, un buen médico puede resultar un pésimo director de hospital; un excelente académico un mal rector de universidad o un buen comercial un mediocre jefe de ventas. Hoy analizaremos críticamente el popular Principio de Peter. 

En primer lugar, un jefe puede constatar que un empleado es competente o incompetente, actualmente, para ciertas tareas. Esta situación es dinámica y puede cambiar según las circunstancias personales del individuo y el entorno laboral. Por tanto, el «máximo competencial» —suponiendo que existiera— es incognoscible. En el ámbito de la acción humana (praxeología) las metáforas «techo» y «suelo» son engañosas porque se trata de conceptos estáticos. Nunca tenemos certeza del desempeño de alguien que es promovido, es algo que debe descubrirse. Deberíamos preguntarnos si las empresas hacen bien en ascender a los mejores, es decir, a quienes ocupan actualmente niveles de «elevada competencia». ¿Acaso deberíamos dejarlos en su sitio y probar con otros peores? Si no tenemos certeza del futuro desempeño de unos y otros, lo más sensato parece ascender a los mejores. Hacer lo contrario sería dañino para la moral de los empleados y para la organización en su conjunto. Por ejemplo, nadie querría ser demasiado eficiente para evitar ser retenido en su nivel de «máxima competencia».

En segundo lugar, las habilidades requeridas para ocupar puestos directivos pueden ser perfeccionadas. Las organizaciones capacitan a los empleados que demuestran tener potencial para ocupar puestos de mayor responsabilidad. Por ejemplo, en el Ejército suele ser obligatorio superar un curso de capacitación antes de ser ascendido. Si los sistemas de promoción están bien diseñados, los aciertos superan a los fallos.

En tercer lugar, el Principio de Peter no se cumple en absoluto en algunos negocios: en el deporte profesional nadie es mantenido en un nivel de incompetencia. Los deportistas suben o bajan de categoría con suma facilidad, en función de sus resultados; por tanto, cabría preguntarse: ¿bajo qué circunstancias se cumple el Principio de Peter?

Tal vez, el Principio de Peter no sea una característica inherente del funcionamiento corporativo, sino la consecuencia de una interferencia gubernamental. Allí donde existe completa libertad contractual el Principio de Peter no se cumple. En la economía sumergida —paradigma del libre mercado— no hay «incompetentes» porque el mercado sitúa a cada quien en el lugar más acorde a sus capacidades; y si los hay, son remunerados acorde a su productividad. En un mercado laboral laissez faire cualquiera que fuera ascendido y demostrase incompetencia sería automáticamente devuelto a su condición anterior, pero la legislación interfiere este retorno, por ejemplo, mediante la «consolidación» del salario. Es el legislador, no insondables fuerzas del management, quien premia la incompetencia. El Principio de Peter es espurio, no es una regularidad organizacional, sino la consecuencia indeseada de haber interferido el mercado laboral. Por ejemplo, como las indemnizaciones por despido dependen de la antigüedad de los empleados, con frecuencia, las «víctimas» de un ajuste de plantilla no son los más incompetentes, sino los más modernos.

Por desgracia, la literatura sobre management está plagada de pseudoprincipios que no resisten el menor análisis praxeológico. Las «leyes» de Murphy no dejan de ser simpáticos chascarrillos: «Si algo puede salir mal, saldrá mal»; «La tostada siempre cae del lado de la mantequilla», etc. En definitiva, si los dueños del capital y los gerentes a sus órdenes tuvieran completa libertad para dirigir sus organizaciones, el Principio de Peter sería la excepción y no la norma. Este «principio» no es consustancial al management, sino el resultado de haber interferido la función empresarial, la libertad contractual y la propiedad privada.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Los Héroes del capitalismo: Margaret Thatcher

Hace más de un año publiqué un artículo titulado “Los héroes del capitalismo: Ronald Reagan”[1]. Allí postulaba una de las carencias más acuciantes de los defensores de la economía de mercado: la falta de mitos. En contraposición con la izquierda y su romantización por los símbolos que otrora fueron la encarnación de la opresión más estulta que jamás haya presenciado la tierra, la derecha y sus familias estamos huérfanas de referentes intelectuales y políticos. Por ende, hay que seleccionar y resignificar a algunas figuras históricas que, si bien podemos discrepar de ciertas acciones, en conjunto sirven para plasmar unos valores que compartimos.

Es el caso de Margaret Hilda Thatcher, también conocida como “la dama de hierro”. El sobrenombre lo estableció la propaganda soviética cuando llegó a líder del partido conservador. Como Reagan, Thatcher provenía de una familia humilde. Su padre, Alfred Roberts, era dependiente en una tienda desde los 12 años[2] y ulteriormente, combinó ese trabajo con una especie de puesto funcionarial de bajo nivel. Su tienda no solo vendía comestibles, sino que también fue una franquicia de correos. El horario que tenían era de 8:00 am a 7:00 pm, de lunes a sábado, y tanto él como su esposa, Beatrice (la cual durante muchos años fue costurera) se turnaban en el negocio familiar. Cierto es que, en muchas ocasiones, Thatcher usó la carta de sus orígenes y quizás exagerara en cuanto a penurias económicas se refiere.

Su padre se involucró en política, y una de sus mayores obsesiones fue mantener bajos los precios de los productos. Se convirtió en el director de Finanzas de la Cámara de Comercio (puesto que mantuvo más de 20 años) y se granjeó una reputación como protector de los contribuyentes con un celo especial hacia la malversación de capital ajeno. El biógrafo John Campbell postula que es precisamente de aquí de donde Thatcher sacaría su “hostilidad visceral” respecto al gasto público (Campbell, 2009, pág. 18). A pesar de sus orígenes consiguió entrar en Oxford (institución donde, en su mayoría, sólo tiene acceso una pequeña élite económica) en 1943 mediante una beca que, inicialmente, le fue rechazada. La futura Premier se licenció en Ciencias en la especialidad de química.

Fue precisamente en sus años universitarios donde conoció a autores de la rama conservadora-liberal, especialmente, quien causó un impacto mayor en la cosmovisión de la joven fue Friedrich Hayek y su ilustre obra “Camino de servidumbre” (1944) de la cual, entre otras, dijo lo siguiente: “Esos libros no sólo proporcionaban argumentos analíticos claros y nítidos contra el socialismo, […] también nos daban la sensación de que el otro bando simplemente no podía ganar al final” (Thatcher, 1993, pág. 12). Sus referentes también fueron liberales clásicos provenientes de la Ilustración escocesa, “que produjo a Adam Smith, el mayor exponente de la economía de la libre empresa hasta Hayek y Friedman” (Thatcher, 1993, pág. 521).

Así pues, desde muy joven se acabó dedicando a la política y a los Tories. De entre muchas cosas, cabe destacar que ganó su primer escaño en un enclave que históricamente había pertenecido al partido laborista (Dartford), así como su papel en el Ministerio de Educación, líder de la oposición y su llegada a la presidencia, la cual sentó un precedente histórico ya que se convirtió en la primera mujer en conseguir dicho puesto de poder y nunca usar ese argumento para victimizarse (rondaba el año 1979). Incluso, casi dos décadas antes, el 5 de febrero de 1960, en virtud de un discurso que pronunció en el Parlamento pidiendo que las reuniones del Consejo fueran públicas, le hicieron una entrevista donde ella mostraba gratitud a la hora de servir a su país en una institución tan prestigiosa. En un momento determinado, el entrevistador le postuló si era más difícil hacer esos discursos teniendo en cuenta que ella era mujer, a lo que respondió tajantemente, “no, no noté eso” para acabar alabando, elegantemente, a su audiencia.

Ya es sorprendente que el feminismo hodierno, que tanto brama para obtener puestos de alta responsabilidad en paridad de género (no así cuando se trata de los trabajos más infames que son ocupados, mayoritariamente, por hombres), no se digne a mencionar jamás a Margaret Thatcher. Ella nunca usó su sexo para victimizarse en un mundo político claramente masculino (solo hace falta ver la composición de sus ministros), y llegando a abrirse paso en dicha sociedad de forma contundente. Sin rastro de querer ser una mártir (cosa que en la actualidad está a la orden del día), se convirtió por méritos propios en una pieza clave para el desarrollo histórico de la segunda mitad del s.XX.

Por supuesto, más allá de sus múltiples logros políticos, su posición, ya desde muy temprana edad, fue en contra de los impuestos, de Europa como institución, del concepto de sociedad -abogando por los individuos-, de la reducción del gasto (incluso, en la educación, cuando ella era ministra -eliminando la free milk for school children-), su apelación a la responsabilidad individual, así como su encarnizada lucha contra la Unión Soviética, por todo ello, bien merece estar dentro del Olimpo liberal. Hay una anécdota que podría describir mejor quién fue Thatcher y porqué su figura debe ser reivindicada con más contundencia. Cuando era jefa de la oposición, en medio de una reunión del partido conservador, un funcionario tímido pronunció algunas afirmaciones sobre la política económica de Gran Bretaña, postulando un camino intermedio entre la planificación soviética y el liberalismo económico, doña Thatcher le interrumpió, se levantó, buscó en su bolso y sacó el libro de “Los Fundamentos de la libertad” de Hayek, lo mostró delante de su audiencia, lo golpeó contra la mesa y dijo “¡Esto es en lo que creemos!” (Berlinski, 2008, pág. 12).

Como siempre, las grandes figuras tienen grandes detractores, especialmente por parte de la izquierda. Igual que para con Reagan, Thatcher no era considerada una política culta y la última crítica que, a vote pronto, yo recuerde, ha venido especialmente de Owen Jones. Para quien no lo conozca, se trata de un historiador británico que se ha dedicado al ensayo político con mucha virtuosidad, no por lo que dice, sino porque sus libros tienen cuota de mercado y sus ideas, muy espoleadas por Podemos, han conseguido cierta repercusión fuera de su país. En su libro “Chavs” (2011), de dudosa originalidad, se dedica a culpar al Thatcherismo de cuestiones como la desindustrialización de Gran Bretaña, de la demonización de la clase obrera y la supresión de identidad de la misma (cabría la posibilidad de preguntarle al excelso historiador si esta cuestión no está relacionada con su izquierda posmoderna y sus luchas parciales más que con Thatcher). Como siempre, otros intelectuales de la misma cuerda se han dedicado a pagar sus frustraciones con personajes concretos de la historia reciente, ejemplo de ello es David Harvey, Richard Wolff, Martin Barker, etc.

Finalmente, me dejo muchos episodios que darían pie a que me extendiera ad infinitum, como su respuesta a la Junta Militar de Galtieri en 1982, su represalia hacia los sindicatos y las huelgas mineras de 1984-85, su mano dura para con el IRA, su tándem internacional con Reagan, entre muchos otros.

Así pues, me gustaría acabar con las frases que la primera ministra británica pronunció cuando llegó al poder:

“Que donde haya discordia, llevemos la armonía. Donde hay error, que llevemos la verdad. Donde haya duda, que llevemos la fe. Y donde hay desesperación, que llevemos esperanza”.

Y esto es, en resumidas cuentas, lo que más necesitamos hoy en día.

Bibliography

Berlinski, C. (2008). There Is No Alternative: why Margaret Thatcher matters. New York: Basic Books.

Campbell, J. (2009). The Iron Lady: Margaret Thatcher: From Grocer’s Daughter to Iron Lady. New York: Penguin Books.

Thatcher, M. (1993). The downing street years. New York: HarperCollins.


[1] https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/los-heroes-del-capitalismo/.

[2]  Se vio obligado a dejar los estudios, a pesar que quería ser profesor, pero siempre cultivó un profundo interés por la lectura.