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Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (III): ss. IV-V d.C.

A inicios del siglo IV, el Imperio romano se había convertido en una realidad económica completamente diferente a lo que había sido a principios del siglo I. El eje principal de su sistema monetario durante los dos primeros siglos, el denarius argenteus, había virtualmente desaparecido desde mediados del siglo III, siendo sustituido a su vez por el argenteus antoninianus o el argenteus aurelianianus, numerales de mayor valor teórico, pero de cada vez menor valor real. Los excesos públicos en el presupuesto civil y militar, los incesantes sobornos y regalos, las reiteradas subidas de impuestos, el incremento de la burocracia estatal y las continuas requisiciones de bienes y metales preciosos habían extenuado la economía romana hasta niveles insospechados. Como broche de oro para esta desastrosa realidad, la inflación había pasado del 0,7% anual de los siglos I y II al 35% anual a finales del siglo III y comienzos del IV, empobreciendo a marchas forzadas a todas las capas sociales del Imperio. Diocleciano quiso poner fin a este descontrol mediante la promulgación del célebre Edictum De Pretiis Rerum Venalium de finales del año 301, en el que se prohibía subir los precios por encima de un determinado nivel bajo pena de muerte a casi 1300 productos y servicios esenciales. En el preámbulo del edicto se culpaba de la inflación a los agentes económicos, tachándoles de especuladores y de ladrones, y se los comparaba con los bárbaros que amenazaban el Imperio. La mayoría de productores e intermediadores, por tanto, optaron o bien por dejar de comercializar los bienes producidos, o bien por venderlos en el mercado negro o, incluso, por utilizar el trueque para las transacciones comerciales. Este debilitamiento de la oferta hizo crecer aún más los precios reales, en una espiral alcista que deterioró aún más el complejo sistema económico romano. Tan sólo 4 años después, en el 305, el propio Diocleciano abdicó en Nicomedia y se retiró a su palacio en Split, abrumado por su fracaso político y económico.

Un año después de la abdicación de Diocleciano, un joven Constantino, hijo del tetrarca Constancio Cloro, fue proclamado emperador por sus tropas en Eburacum, la actual York. Unos seis años después, en el 312, se hizo con el control de Occidente y, después, en el 324, también con el de Oriente, reunificando el Imperio nuevamente bajo su mandato. Considerado como el nuevo Augusto, Constantino llevó a cabo, al igual que el primer emperador, una ambiciosa y profunda reforma del sistema monetario. En el año 310 creó un nuevo solidus, rebajando su peso a 4,5 g. y con un título del 96-99% de oro puro. Esta moneda se convirtió en el nuevo eje de todo el sistema monetario bajoimperial, sustituyendo a los devaluados numerales de plata del pasado. El solidus constantiniano se convirtió en la unidad oficial para precios y cuentas y se establecieron nuevos impuestos exclusivamente en esta moneda. Así, gracias a la confiscación de importantes reservas de oro atesoradas en los templos paganos, que pasaron a estar desprotegidos por el Estado romano, se pudo soportar el valor real de esta nueva moneda, emitida en grandes cantidades, hasta el punto de que sirvió de valor refugio en el Imperio bizantino hasta el siglo XI. Junto al solidus, Constantino también creó, en el año 324, otros dos numerales de oro: el semis, de 2,25 g. y un título del 96-99%, y otra moneda de 1,7 g. y 96-99% de oro puro. El sistema se completaba con tres monedas nuevas más supuestamente de “plata”, el miliarensis pesado (5,45 g.), ligero (4,5 g.) y la siliqua o argenteus (3,4 g.), y con otras dos monedas más de bronce bañadas en plata, el nummus (3,4 g.) y el centenionalis (entre 2,7 y 1,7 g.). No obstante, estos numerales de “plata” y bronce se acuñaron en enormes cantidades y se devaluaron continuamente a lo largo de los años, perjudicando a sus usuarios más habituales, las clases sociales medias y bajas, mientras que las monedas de oro, utilizadas por el Estado romano y las clases sociales más altas, mantuvieron en todo momento su título y su peso originales. De esta manera, Constantino estableció el monometalismo áureo por primera vez en la Historia de Roma.

La muerte de Constantino en el 337 y el posterior reparto del Imperio entre sus hijos Constantino II, Constante y Constancio II no cambió radicalmente el sistema monetario, pero sí hizo que se volviesen a alterar los numerales de “plata” y bronce: a partir del 348 surgió una nueva moneda de 5 g. de bronce y 2,5% de plata, llamada pecunia maiorina por el Código Teodosiano, además de otras dos de 4 y 2,5 g. de bronce y 1 y 0,1% de plata, respectivamente. En el año 355 surgió una nueva moneda de 9 g. de bronce y 2% de plata, llamada por los especialistas AE 1, mientras que la siliqua fue rebajada de peso hasta los 2 g. de “plata”. La última gran reforma monetaria del Imperio fue establecida por Valentiniano I y Valente alrededor del año 368. El oro se afianzó como el eje estable del sistema monetario bajoimperial: tanto el solidus como el semis alcanzaron un título del 99% de oro puro, incorporando, tras la muerte de los dos emperadores, al tremis, de 1,5 g. de oro, una moneda que adquirió gran popularidad y difusión en las décadas posteriores. Esta estabilización de los numerales de oro, de un firme control en el peso y gramaje de los mismos, de diversas reformas contra la corrupción en la burocracia junto a un constante programa de aumento de los impuestos y de retirada del exceso de pasivo aun circulante por el Imperio ayudó notablemente a que la inflación se ralentizase anualmente. Sin embargo, este control de los numerales de oro no se aplicó al resto del sistema en “plata” y bronce. La siliqua, por ejemplo, se rebajó cada vez más, hasta los 1,14 g. de “plata”, y se convirtió en una moneda cada vez más rara de ver, mientras que el recién creado AE 1 perdió prácticamente todo su contenido de metal precioso, abandonándose para siempre la costumbre de bañar en plata las monedas de bronce. Este sistema monetario se mantuvo, sin grandes cambios, hasta la caída del Imperio romano de Occidente en el 476 y hasta las reformas de Anastasio en Oriente en el 498. El monometalismo áureo de Constantino, en cambio, sobrevivió hasta las últimas décadas del siglo VIII, cuando Carlomagno lo sustituyó por un monometalismo argénteo.

Durante los siglos IV y V la economía romana acabó por deteriorarse del todo, llevándose por delante a la sociedad y, en consecuencia, también a las ambiciones de los políticos del momento, convirtiendo al Imperio romano en un proyecto fallido y caduco. El continuo exceso del gasto público entre los siglos I y III obligó a los dirigentes romanos a devaluar la moneda de manera casi continua. Esta devaluación crónica, junto con el descenso de la población y de la actividad económica a lo largo del siglo III, disparó la inflación en todo el Imperio, un fenómeno que los romanos no sabían bien cómo manejar. La merma de poder adquisitivo efectivo de las clases medias y bajas intentó ser moderada por sus dirigentes mediante lesivos controles de precios, como el Edictum De Pretiis Rerum Venalium del 301, que acabaron de retirar la poca oferta de productos que quedaba en el mercado blanco, encareciéndolos en el mercado negro. Resulta verdaderamente chocante constatar como muchos políticos y partidos populistas de todo signo ideológico siguen proponiendo estos mismos “remedios” incluso hoy en día. Al mismo tiempo, los emperadores romanos crearon un rígido sistema de impuestos basados en pagos en especie para garantizar anualmente las entradas del Estado. Estas requisas públicas restringieron la libre oferta de productos en el mercado común y empobrecieron, así, a artesanos y comerciantes por todo el Imperio. Para garantizar estos impuestos, los gobernantes romanos impidieron que los campesinos y profesionales abandonaran sus domicilios y actividades originalmente registrados, creando, así, castas hereditarias de trabajadores e impidiendo que los factores productivos y los capitales transitaran hacia los sectores más necesitados de mano de obra e inversión en capitales.

Para poner fin a la galopante inflación, Constantino estableció un monometalismo áureo mediante el control del peso, las dimensiones y el título de los diferentes numerales de oro. El férreo control de la producción de monedas de oro frenó la escalada de los precios y alivió las tensiones en las cuentas del Estado, del mismo modo que hoy en día algunos países deciden combatir la inflación de sus divisas mediante la dolarización de sus economías, como es el caso reciente de la República Bolivariana de Venezuela. Sin embargo, el resto de numerales de plata y bronce, los más utilizados por las clases medias y bajas, quedaron a merced de una continua y desgastante inflación, provocando la pobreza y la descapitalización continua de las clases más humildes. En consecuencia, se acuñaron numerosas monedas locales, diferentes en cada sitio y todas ellas de baja calidad, a la vez que se veían favorecidos cada vez más los intercambios en especie o el trueque. Todo ello desincentivó el comercio de larga distancia y las producciones industriales de escala, convirtiendo cada vez más las diferentes áreas del Imperio en economías locales de subsistencia. Los habitantes de las ciudades, abrumados por las excesivas cargas fiscales y la falta de trabajo, se fueron trasladando cada vez más al campo, donde la economía se organizaba en lujosas villas rústicas, que se fueron convirtiendo paulatinamente en castillos. En conjunto, los efectos agregados del exceso de gasto público y de la inflación en la economía romana de los siglos I-III provocaron, en última instancia, un debilitamiento estructural sin precedentes de la capacidad económica de la sociedad de los siglos IV y V, que se vio reflejado en la incompetencia de sus gobernantes y élites para mantener el Imperio unido frente a las amenazas externas, que, citando al propio Ludwig von Mises, “no eran en modo alguno superiores a aquellas otras fácilmente vencidas por las legiones imperiales poco antes. Roma era la que había cambiado; su estructura económica y social pertenecía ya al Medioevo”.

El lenguaje económico (XX): Sobre el poder

Habitualmente resulta falaz el uso del término «poder» en economía. Dice Mises (2011: 767):

Genera confusión emplear el mismo término «poder» para expresar la capacidad de una empresa para abastecer a los consumidores de automóviles, zapatos o margarina mejor que otros proveedores y para referirse al poder que tienen las fuerzas armadas para quebrar toda resistencia.

Según Max Weber (2006: 162): «Poder o macht (capacidad de imposición) significa la probabilidad de imponer en una relación social la voluntad de uno, incluso contra la resistencia del otro, con independencia de en qué se apoye esa probabilidad». Es decir: «Poder equivale a capacidad para ordenar la actuación ajena» (Mises, 2011: 226). Cuando media poder, la relación humana es jerárquica o hegemónica: uno manda y otro obedece por miedo al castigo. Por ejemplo, ejerce poder un matón de barrio, un asaltante de caminos, un pirata, un piquete «informativo» de huelga o un recaudador de impuestos. Los padres eventualmente ejercen poder sobre sus hijos mientras tengan superioridad física. Todos ellos utilizan la violencia para obtener específicas conductas indeseadas por terceros.

1. Poder de mercado

En los manuales de economía se afirma que las grandes empresas y multinacionales tienen «poder de mercado», entendido como la capacidad de una persona o de un pequeño grupo para influir «indebidamente» en los precios de mercado (Mankiw, 2007: 9). Para otros autores, el «poder de mercado» faculta a las empresas para fijar el precio de sus productos sin perder todas sus ventas (Frank, Jennings y Bernanke, 2012: 260). Todas las empresas fijan precios, pero los consumidores son libres para aceptarlos o rechazarlos. Solo el gobierno, mediante la coacción, puede fijar topes mínimos y máximos a determinados precios.[1] «Poder de mercado» es un oxímoron. El poder es violento y el mercado es pacífico. Ni las empresas ni los multimillonarios tienen poder alguno sobre sus proveedores, clientes o empleados. Las relaciones mercantiles no se basan en el poder, sino en lo que Weber (2006: 162) llama «dominación» (herrschaft): «La probabilidad de que determinadas personas obedezcan una orden con un contenido determinado». En este caso, la obediencia se obtiene mediante la persuasión o la convicción de que las «recomendaciones» de la autoridad resultan beneficiosas para quien las cumple. Por ejemplo, los contratos, la publicidad, las relaciones amorosas, los mandamientos religiosos, los consejos de familiares y amigos o las prescripciones de médicos, asesores y videntes, se inscriben como «dominación».

2. El poder del dinero

Es habitual referirse al «poder del dinero» (Marx, 2008: 80). Tener dinero, sin embargo, no confiere poder alguno sobre terceros. Ningún magnate puede doblar el brazo a los consumidores, obligándoles a comprar lo que produce. Tampoco los 409 millones de dólares gastados por Michael Bloomberg[2] en su campaña electoral de 2020 le sirvieron para alcanzar la presidencia de EE.UU. El error, a nuestro juicio, es confundir «poder» con «capacidad adquisitiva». Ni siquiera el dinero usado con intención de soborno otorga poder. El dinero únicamente da poder cuando se usa con fines violentos, como contratar matones, sicarios o equipar ejércitos.

3. Poder empresarial y financiero

Algunos afirman que los políticos no ejercen poder, sino que son simples marionetas al servicio de grandes empresarios, bancos y fondos de inversión. Un magnate empresarial, eventualmente, puede usar su dinero para influir en las decisiones políticas, pero el político de turno es libre de aceptar o rechazar el soborno. El soborno es un acuerdo libre y consentido por los participantes. El empresario no ejerce poder porque no puede obligar a que el político se corrompa. Solo un mafioso ejerce poder cuando amenaza y asesina a políticos, jueces y policías. En cambio, mucho más frecuente y extensa que la anterior es la corrupción estatal: políticos y funcionarios exigen y/o aceptan coimas a cambio de la adjudicación de contratos públicos y otras «facilidades» burocráticas. En este caso, tampoco media poder, porque el empresario es libre de rechazar la «colaboración» económica con los políticos.

El tamaño adquirido por una empresa no es debido a «poder» alguno, al contrario, su elevada participación en el mercado es la mejor prueba de haber servido cabalmente a sus clientes. Tampoco los empresarios son poseedores de un «difuso, pero amenazante poder económico» (Rothbard, 2009: 64) que les faculta para despedir trabajadores. Interrumpir una relación laboral es una prerrogativa de cada parte y no implica violencia alguna; en otras palabras, nadie puede ser obligado a mantener una relación indeseada. Solo el Estado actúa en virtud de mando y subordinación (Mises, 2011: 234).

4. Poder de negociación

Existe la creencia que determinadas empresas, especialmente las de mayor tamaño, tienen «poder» sobre sus proveedores y clientes, supuestamente, las primeras pueden imponer unilateralmente los precios a los segundos porque tienen un mayor «poder intrínseco de negociación». Es habitual culpar a los grandes distribuidores de alimentación de «exigir concesiones de precios» (Porter, 2009: 160) a sus proveedores, que se ven obligados a vender sus productos a precios «demasiado» bajos o incluso con pérdidas. La realidad es que ni los proveedores están obligados a vender a un precio «demasiado» bajo, ni los consumidores a comprar a uno demasiado alto. Las grandes corporaciones obtienen mejores precios porque manejan grandes volúmenes de contratación. Según la ley de la «utilidad marginal decreciente»: a medida que aumenta el número de unidades de un bien (fungible), cada unidad vale menos.[3] El proveedor, por su parte, acepta el trato porque claramente le beneficia: a) Reduce sus costes de transacción; b) Reduce la incertidumbre comercial; [4] etc. Pero si el proveedor considera que el precio es inaceptable, no está obligado a cerrar el trato y buscará alternativas: buscar clientes más pequeños cuya «capacidad de negociación» sea menor, colocar el género en otros mercados o almacenarlo hasta que el precio suba, etc. Por desgracia, algunos agricultores y ganaderos, en lugar de buscar soluciones de mercado (pacíficas) acuden al gobierno (que sí ejerce poder) para que coaccione a la «gran distribución» con un buen decretazo de control de precios.

5. Empoderamiento 

Este término es muy actual y tiene connotaciones positivas. Los ideólogos de género desean empoderar a las mujeres con fines igualitarios y los gurús empresariales recomiendan empoderar a los empleados con fines organizacionales y económicos. En ambos casos se confunde poder con autonomía. Esta última puede ser conveniente y deseable para mejorar la toma de decisiones personales (vitales, laborales), pero «empoderar», stricto sensu, significa otorgar capacidad para violentar a terceros. Esa facultad sólo puede conferirla quien monopoliza la violencia legal: el Estado. Por ejemplo, hasta 1856, los gobiernos «empoderaban» a los corsarios otorgándoles una patente o licencia para atacar barcos y saquear poblaciones de naciones enemigas. Los sindicalistas son «empoderados» cuando el gobierno les permite amenazar y agredir impunemente a los esquiroles o interferir violentamente la producción empresarial. Empoderar, en su caso, puede ser profundamente inmoral. El empoderamiento sólo es legítimo cuando el uso de la fuerza también lo es. Sería admisible empoderar a los individuos, por ejemplo, extendiendo su capacidad legal para repeler una agresión criminal.

Bibliografía

Frank, R., Jennings, S. y Bernanke, B. (2012). Principles of Micro Economics. Sidney: McGraw-Hill.

Mankiw, G. (2007). Principios de economía. Madrid: Thompson.

Marx, K. y Engels, F. (2013) [1848]. Manifiesto del partido comunista. Madrid: Fundación de Investigaciones Marxistas.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Porter, M. (2009). Estrategia competitiva. Madrid: Pirámide.

Rothbard, M. (2009). La ética de la libertad. Madrid (Kindle): Unión Editorial.

Weber, M. (2006). Conceptos sociológicos fundamentales. Madrid: Alianza Editorial.


[1] «Topar» precios es una expresión incorrecta. Topar significa embestir con los cuernos, chocar o tropezar.

[2] Candidato demócrata, ex alcalde de Nueva York y empresario.

[3] Valor es la utilidad que cada persona otorga subjetivamente a un determinado bien. El precio es la relación de un intercambio comercial.

[4] La seguridad de colocar todo el género es relevante en los productos perecederos.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El invierno del descontento

A comienzos del otoño de 1978, el Reino Unido afrontaba su sexto año en declive económico. A la recesión provocada por la Guerra del Yom Kipur se le sumaba la contracción inmediatamente consecutiva a la enorme expansión monetaria de mediados de la década. El gobierno conservador de Edward Heath respondió con controles de precios y salarios, lo cual fue severamente castigado por el electorado británico en las elecciones de 1974 (comicios que hubieron de repetirse en octubre tras no alcanzarse en febrero una mayoría absoluta para ninguno de los partidos).

En ese momento, el Partido Conservador entró en una catarsis. Frente a los postulados imperantes de la época, basados en la mayor intervención económica como respuesta a las crisis siguiendo el manual keynesiano, el ala más liberal del partido, fundamentada en la economía de mercado, menos corporativismo y reducciones de impuestos y gasto público, terminó imponiéndose tras la convención del Partido en 1974. Margaret Thatcher, una diputada de tercera fila, era elegida líder del Partido con un discurso absolutamente nuevo y rompedor.

La situación de la economía británica no podía ser más deplorable. Las nacionalizaciones iniciadas por el laborista Clement Attlee, y que Winston Churchill no enmendó en su segundo mandato, habían traído consigo una consecuencia no intencionada: el enorme poder que los sindicatos ostentaban a la hora de negociar salarios. Los déficits presupuestarios, financiados en su mayor parte por emisiones monetarias, llevaron las tasas de inflación por encima del 10% durante toda la década de los 70. Esta situación estalló en el invierno del 79, cuando las subidas salariales con el fin de mantener el poder adquisitivo de los trabajadores llevaron la tasa de inflación por encima del 20%. El gobierno laborista entró en razón y propuso mantener los incrementos salariales en un máximo del 5%, a lo que los sindicatos respondieron con una serie de huelgas generales que paralizaron el país. Los electores responsabilizaron a los laboristas y los expulsaron del poder en octubre de 1979.

Thatcher había tomado nota. Su formación económica en Oxford, donde tuvo ocasión de leer Camino de servidumbre, lo cual le llevó a conocer personalmente a Hayek, le indicaba que no debía ceder bajo ningún concepto. “Medicina amarga”, como le gustaba llamarlo. Reino Unido tenía que vivir una terapia de choque: reducción del gasto público, reducción de la presión fiscal y, sobre todo, no ceder a los sindicatos. El poder de estos debía reducirse con la privatización de los servicios públicos estatalizados por los laboristas treinta años antes y que tantos quebraderos de cabeza daban al Estado en forma de permanentes déficits. Lo que viene después es de sobre conocido: el mayor despegue económico que haya vivido Gran Bretaña desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

El caso español no dista mucho de la situación británica en los setenta. Los españoles nos encaminamos hacia una legislatura totalmente perdida en lo que a crecimiento económico, creación de bienestar y empleo se refiere. Frente al resto de los países europeos, los cuales ya sitúan su PIB por encima de los niveles previos a la pandemia, España va a necesitar otro trimestre más de los previstos (y ya éramos los últimos), en alcanzar el nivel previo a la recesión de mediados de 2020, llevándola al primer trimestre de 2023. Por no hablar de la situación de los salarios reales: un 4,4% de caída sólo para 2022 respecto a 2021 y una caída desde 2008 del 3,1%. Lo máximo a lo que puede aspirar el gobierno es a maquillar las estadísticas con el cambio de metodología a la hora de contar desempleados, la cesta del IPC o el cálculo del PIB.

Sin embargo, los británicos contaban con un Partido Conservador que supo aprender de sus errores (treinta años tardaron, aunque nunca es tarde si la dicha es buena), mientras que en España contamos con el Partido Popular de Núñez-Feijóo para remontar la situación, cuyo liderazgo y querencia por la libertad durante la pandemia en Galicia dejan bastante que desear. Es difícil realizar predicciones, pero viendo el comportamiento del líder popular, con medidas que no se han quedado atrás en lo que a atropello de derechos fundamentales respecta, se antoja complicado que vaya a llevar a cabo la revolución conservadora al mismo nivel que Thatcher, sin dar su brazo a torcer porque sabe que el camino correcto es el marcado por, entre otros, su maestro Hayek.

Los funcionarios y sus impuestos

Tengo unas notas de debate con mi querido amigo y compañero, José Hernández Cabrera (JHC)[i], él insiste en la tesis: “Es duro asimilar que los empleados públicos, stricto sensu, no pagan impuestos. Imaginemos que el gobierno eximiera de «pagar» cotizaciones e impuestos a los funcionarios, pagándoles exclusivamente el salario neto. Las cuentas del Estado no sufrirán modificación alguna. Ese impuesto, por tanto, es una argucia contable cuya finalidad es ocultar la naturaleza parasitaria de los «servidores» del Estado. En cambio, si a un trabajador del sector privado se le eximiera de pagar impuestos, ese dinero aumentaría su renta” (Véase).

Mi posición, desde un planteamiento, creo, praxeológico, no concluye de igual forma. De hecho, ya señalo que como se siga, sigamos, querido amigo Pepe, y colegas liberales en sus respectivas “categorías”, presentando como ficción los impuestos pagados por los funcionarios y empleados públicos y a estas personas como parásitos, creo que nos va a costar mucha incomprensión ajena y propia. Y desde luego, esta posición poco o nada redunda en la mejor causa liberal. Si vamos al punto importante del argumento de JHC, por donde creo se desliza el error que da pie a un sofisma, es que está definiendo, entendiendo y defendiendo el recurso o factor laboral de empleado público como sector público y que no es sector privado, como persona, como individuo. Ahí creo radica el error que aparentemente (sé, me consta, que su argumento es con buena y recta intención) sustenta el sofisma de la paradoja que presenta como cierta, no siéndolo.

A mi entender, siempre me he ubicado, como individuo, como persona, dentro del segmento “familias” como agente económico, y siempre, en este marco laboral, como oferente de trabajo. Que desde el sector privado ofrezco mis horas de trabajo a cambio de un sueldo, intentando resolver, de alguna manera, el logro de la mayor satisfacción derivada de las dotaciones de renta laboral y de ocio alcanzables. Ello sujeto a la clara restricción exógena y obvia de que cada día hay disponibles 24 horas menos las horas que duermo, y que la renta laboral mía es el resultado de multiplicar el número de horas trabajadas por el salario/hora que me pagan compensando mi renuncia al ocio que también me satisface.  Es verdad, que quien me paga es el sector público, pero ello creo no me hace dejar de ser quien soy, un individuo, recurso, factor, con decisión propia que procede ejecutando un intercambio voluntario en el mercado laboral, accediendo a la función pública, en su respectivo segmento, sin dejar de ser yo, insisto, un individuo o agente económico[ii].

Para nuestra reflexión, ¿no creen que otorgarnos la pertenencia de los empleados públicos al sector público como miembros suyos y negarnos la pertenencia al sector privado como individuos, elementos de las familias, que en su acción humana ofertan sus horas al sector público a cambio de un salario sea, creo, una baza tremenda para el engorde de las tesis públicas, hasta el punto de languidecer al sector privado? ¿Los impuestos que yo pago, no los pago, pagamos, como agentes económicos perteneciente al sector privado que pagan su irpf?, su igic, su ivtm, su ibi, …? ¿A los funcionarios, desde la metodología individualista, les es indiferente la subida y las bajadas de impuestos?

Es claro, para los dos, y para todos, que el 100% del cobro de los impuestos, la recaudación tributaria, es cobrada por el sector público (gobiernos y administraciones) y es pagada por agentes económicos desde el sector privado. Si nos quitas, se nos quita como oferentes de trabajo, del sector privado, entonces nuestros pagos ya no los computas porque cancelas el cargo y el abono y lo tildas como “argucia contable encubridora del parasitismo”. Este es el punto. Permítanme explicarlo en términos contradictorios.

Los dos, y todos, siempre estamos bien dispuestos a la escucha, a aprender y a sorprendernos. Ni los oropeles académicos ni los idearios deben nublar la mente ni el corazón, aunque a veces se nos cuela la bruma en el ojo y en la perspectiva. Querido JHC indicas. A) ‘Las cotizaciones a la SS y los impuestos que pagan los funcionarios es una ficción’. y B) ‘Todo ese dinero sale del sector privado’.

Al respecto:

1.- Estas dos proposiciones en sus contenidos creo es lo que hace vislumbrar que el pago de nuestros impuestos y cotizaciones (de los empleados públicos) los hacemos como elementos del sector privado.

2.- Es verdad la segunda proposición, ‘todo ese dinero sale del sector privado’.

La primera proposición A) para sostenerse necesita identificar al funcionario o empleado público como sector público, cosa que no comparto. Pero, además, si se hace esto entonces no sería verdad la segunda proposición que afirma que ‘todo ese dinero, el recaudado, sale del sector privado’. Cosa que como sabemos, así lo entendemos los dos, como indiqué, el 100% de la recaudación es pagada desde el sector privado. En tu concepción el sumatorio de lo recaudado es menor por excluirnos como agentes del sector privado. Digamos que tus 100% es en recaudación absoluta menor.

Mis impuestos pagados y mis cotizaciones a la SS no son una ficción, al margen de que me encantaría que los impuestos se redujesen, sí son fruto de una “coacción”, son una transferencia obligada y muy real, coercitiva, legalizada, una restricción exógena inexorable que opera en mi problema laboral praxeológico y cataláctico. En mi acción humana (Mises) y en la de muchos individuos, sus resultados se concretan en ‘los procesos sociales dinámicos` que conducen, sin dejar de ser yo, sin dejar ser cada uno, a los ACUERDOS míos y respectivos interactuando voluntariamente en los mercados de bienes y servicios, en los mercados de trabajo, mercados de activos financieros con otros agentes, públicos y privados, a nivel local, regional, nacional e internacional. Al respecto de “la argucia contable”: Partamos de la pregunta alternativa ¿”¿Se podría asimilar, entender que los empleados públicos, stricto sensu, pagan impuestos? Imaginemos que el gobierno NO eximiera de «pagar» cotizaciones e impuestos a los funcionarios, pagándoles el salario bruto; realmente para eso no hay que esforzarse en imaginarlo, es lo que hay. Pregunto, ¿Las cuentas del Estado en su saldo neto sufrirán modificación alguna? No. Tampoco. En su saldo neto, no. Pero las cuentas reflejan así la realidad de las transacciones habidas entre el sector público y su personal (parte propia del sector privado como oferentes de trabajo). Por tanto, la respuesta es sí, si pagan impuestos. Ese impuesto, creo, no es una argucia contable cuya finalidad sea ocultar la naturaleza parasitaria de los «servidores» del Estado. Ese impuesto es un instrumento fiscal, coercitivo, para quien lo pague, no es en absoluto ficción. En cuanto a lo del parasitismo, de todo tipo puede haber y de hecho haylo, en toda organización, si bien es verdad que, en el tiempo, el parasitismo de los que no combaten el despilfarro (sin tregua diría Mises), de los que anidan en la ineficiencia, suelen, según evidencias, durar menos en las organizaciones privadas que en las públicas. Pero ello, no es ningún resultado de teorema explícito conocido, siempre podremos ver puntos y contrapuntos.


[i] Sostenido en septiembre de 2021 y que creo puede justificar la redacción de este artículo para Análisis Diarios del IJM. 

[ii] También, praxeológicamente, desde un enfoque propio de “Individualismo Metodológico”.

Meloni, tu sei una di noi: ¿vuelve el fascismo a Italia?

El domingo 25 de septiembre tuvieron lugar los comicios electorales en Italia. Desde hacía meses las encuestas pronosticaban una holgada mayoría a la coalición del centrodestra¸ encabezada principalmente por la figura de Giorgia Meloni (Fratelli d’Italia), seguida de un opacado Salvini (Lega) – quizás le hayan pasado factura las medidas totalitarias que su partido avaló respecto a los encierros covidianos-, un Berlusconi (Forza Italia) que a pesar de los múltiples casos de corrupción y lazos con la mafia se resiste, con 86 años, a jubilarse, y finalmente, Maurizio Lupi (Noi Moderati).

Los agoreros de la prensa española no tardaron en alzar las siete trompetas del Apocalipsis, acompañadas, como en el relato bíblico, de cataclismos, aunque aquí no parece que haya habido interludios de esperanza. Los titulares se hacinaban por los medios patrios tildando al partido de Meloni de “fascistas”, “neofacistas”, “neonazis”, “posfacismo”, “fascismo tecnocrático y pro OTAN”, “ultraderecha”, y un sinfín de dislates y descalificativos sin una aparente justificación histórica-política, ¿o sí?

El Grupo Godó buscaba las raíces de la inspiración de Meloni en un viejo conocido de la política italiana: Giorgio Almirante. Según Juliana, la líder italiana tendría una foto del viejo político del MSI (Movimento Sociale Italiano) en su despacho. Más allá de eso, el paupérrimo argumento no aporta ninguna prueba de que, a nivel intelectual y práctico, Meloni se haya inspirado en Almirante. ¿Por qué no da políticas concretas que Fratelli haya cogido del MSI? ¿Por qué no aporta ningún texto doctrinal y muestra que son lo mismo? Cogen una parte del logo de ambos partidos y te intentan convencer de que son movimientos idénticos. Tanto di cappello.

Esto no sería tan vergonzoso si no se tuviera en cuenta que entre el MSI y Fratelli (Fdl) han pasado algunas refundaciones y casi 30 años. Un punto de inflexión fue La Svolta di Fiuggi (1995) en la que el partido se descompuso y de él nació Fiamma Tricolore (este con claras reminiscencias mussolinianas) y Alleanza Nazionale que, entre otras cosas, intentó romper con el legado fascista, el corporativismo y se aproximó a una derecha moderada. Gianfranco Fini quiso distanciarse del pasado adoptando las bases de una derecha más “europea”. Alleanza Nazionale en 2009 se refundó con Forza Italia y de allí apareció Il Popolo della libertà, pero las discrepancias entre ambos fueron tan latentes que en 2012 se produjo una escisión de la que surgió Fratelli d’Italia[1].

Con todo lo expuesto hasta este momento y siguiendo la lógica de la prensa española hodierna, ¿podríamos decir que Bildu es ETA? Es una coalición de partidos de izquierda formada en 2012, un año después de que la banda terrorista anunciara el cese de la lucha armada (sin mencionar de dónde proviene su líder). ¿Podríamos decir que el PSOE, fundado en 1879, es lo mismo que el PSOE de principios de los años 30s? Recuerden que, la dictadura de Primo de Rivera elogió y apoyó al partido por su colaboración para con el régimen. Como sabemos, las formaciones políticas mutan y con ellas sus líderes. En 1979 abandonaron por completo el marxismo, una postura ideológica sostenida desde hacía 100 años. A nadie en la actualidad se le pasa por la cabeza tildar al PSOE de marxista, puesto que hace más de 40 años que se alejaron de dicha corriente. Sin embargo, Mussolini, muerto en 1945, ¡está más vivo que nunca!

Para observar hasta dónde llegan los medios, las imágenes que se han repetido ad nauseam, de la primera mujer que podría ser presidenta de Italia, son las de una joven Meloni de 19 años que militaba en el Fronte della gioventù (la sección juvenil del MSI). Quien no se haya equivocado de ideología o partido político que tire la primera piedra. Podríamos repasar lo que hacían de jóvenes, y no tan jóvenes, algunos de nuestros políticos o expolíticos de primera fila como Pablo Iglesias, el cual, nunca ha tenido reparos en posar con banderas comunistas[2] y fotos de Lenin[3], u otros como Carlos Mato hablando de la Revolución Rusa en términos de “la más hermosa revolución de la historia”[4]. Sería como lanzar alabanzas hacia la Marcha sobre Roma (1922) – justo se cumple la efeméride del centésimo aniversario, ¿coincidencia? No lo creo, como diría Maestre-. Asimismo, nuestra excelsa ministra de trabajo o el de consumo han sido, o son, militantes muy activos de PCE desde hace décadas.

Sea como fuere, la conclusión de la izquierda, aquí y allí, es que la gente vota mal. Todos estamos alienados, excepto ellos, claro. La Vanguardia se hacía eco de un vídeo del Instagram de Meloni en el cual, posaba con dos melones y decía eso de “25 septiembre, lo digo todo”, en italiano meloni, significa literalmente “melones” (en todos los sentidos). Evidentemente, la líder de la derecha estaba usando un tono humorístico, pero ellos necesitan quedarse con la caricatura, e insinuar el bajo nivel de la candidata (y por extensión, de sus votantes). Se calcula que más de un 26% del electorado ha votado a dicha figura, o lo que es lo mismo 1 de cada 4 italianos. ¿Tanto fascismo hay en Italia?

Como era previsible, la izquierda no está celebrando que una mujer vaya a convertirse en la primera que llega a lo más alto del Ejecutivo italiano. Una vez más, demuestran que no defienden a las mujeres per se, sino a la mujer de izquierdas, da igual que, como en este caso, la de derechas haya roto el “techo de cristal”. Dentro de su cosmovisión, una mujer no puede ser conservadora o liberal. Con estos planteamientos que hacen, demuestran que se puede criticar a una mujer sin que el género sea el motivo de base, y de ahí se deduce que no todo lo que es considerado “violencia de género” tiene como móvil el hecho de ser mujer.

Consideraciones aparte, de Meloni se hizo mucha mofa por sus recordadas palabras de “Sono Giorgia, sono una donna, sono una madre, sono cristiana” (incluso MEM & J hizo una canción burlesca sobre ello[5]). ¿Cómo era eso de?, primero te ignoran, después se ríen de ti, luego te atacan y entonces ganas. En 2013 los resultados de Fratelli fueron del 2% del electorado, hoy, los sondeos a pie de urna, le dan más del 26%, siendo así, con bastante distancia, el partido más votado. Me llama poderosamente la atención cómo cuando la izquierda pierde las elecciones tiende a soltar soflamas de “fascismo” y lemas variopintos sobre la calidad democrática de X país. El juego consiste en infantilizar la política y reducirla a: o gano yo, o ganan los malos. El eterno cuento de “que viene el coco”.

La idea que intentan vociferar es que la libertad está en peligro (a pesar de las cortapisas del sistema jurídico italiano y su constitución para evitar que eso suceda) en base a que habrá partidos de derecha gobernando (¡esto en la URSS no pasaba!). Imagino que son los mismos que estuvieron de acuerdo cuando miles de personas fueron despedidas de su trabajo por no estar vacunados o eran tratados cuales apestados por una decisión médica personal. Son los mismos que dejaron el país en manos de tecnócratas que apelaban a la ciencia como dogma y como forma de política, y que no tuvieron reparos en gobernar manu militari durante dos años.

Por si el euroescepticismo no tuviera más motivos para coger fuerza, Ursula von der Leyen se cubrió de gloria al advertir que “si las cosas van en la dirección equivocada, (ellos, los burócratas de Bruselas) tenían las herramientas para ponerlas en su sitio”. ¿En qué nivel de espíritu democrático situaríamos tal afirmación? De hecho, la coalición de derechas tiene animadversión hacia la UE y cómo esta es capaz de restar soberanía a los estados y condenarlos, económicamente, con su política de moneda única -especialmente a los del sur de Europa-. Pero incluso, en Italia ha aparecido el partido Italexit (de Gianluigi Paragone), que tiene como objetivo principal salir de la EU -ciertamente con unos resultados paupérrimos-.

A todo esto, he seguido relativamente de cerca el proceso electoral y mientras unos hablaban de reducir impuestos al trabajo, fomento de las start-up, autónomos, control de la inmigración ilegal, de defender la nación italiana, mejorar la productividad, incentivar la maternidad (bajo mínimos históricos en Occidente), reducir el IVA de los productos para la infancia, impulso al emprendimiento juvenil, luchar contra las mafias, reducción del déficit -es decir, pensar a largo plazo-, defensa de la vida, etc, otros se han dedicado a hablar de minorías, derechos sexuales, discriminación, la llegada del fascismo, la reducción del consumo a causa del cambio climático, más inversión pública en renovables, transporte público gratuito (ya sabemos lo que les gusta todo lo que lleve esa palabra), agrandar el estado, quejarse del sistema electoral, aumentar impuestos a los “ricos” y a las herencias, subsidios a la pobreza (como el Reddito di Cittadinanza), etc.

Resumiendo, en la derecha el gran perdedor ha sido Salvini, quizás las imágenes del 2017 en la Plaza Roja de Moscú con la camiseta de Putin o las del Parlamento Europeo le han pasado factura, aun así, rectificó sus posturas y durante la guerra ha mostrado su posicionamiento a favor de Ucrania. Como he mencionado, quizás el apoyo a las medidas COVID y, como él mismo ha reconocido, prohibir trabajar a empleados públicos si no estaban vacunados[6], ha tenido sus consecuencias. Si así fuere, lo celebro.

El tándem Carlo Calenda (Azione) y Mateo Renzi (Italia Viva) – Terzo Polo – es el otro gran derrotado de la noche electoral. Ambos vendieron la moto de que eran los nuevos liberales, pero han obtenido un 7,75% de los votos. Berlusconi, sin hacer campaña y subiendo vídeos a Tik Tok, se ha llevado el 8%. Pero, sin duda, el golpe más duro ha sido para el Partito Democratico (PD) de Enrico Letta, una organización que arrastra problemas de identidad da che mondo è mondo, ¿es de izquierda?, ¿socialdemócrata? ¿heredero del PCI? Su estrategia, en buena medida, ha sido hacer un llamamiento al antifascismo, realpolitik, supongo.

Veremos qué sucede en España el próximo año, tanto a nivel municipal como nacional, pero con una izquierda identitaria centrada en discursos hacia minorías y jugando demasiado duro con la Ley del péndulo, a poco que haya unión en la derecha -como ha ocurrido en Italia-, las elecciones podrían decantarse hacia el espectro diestro del tablero con relativa facilidad. Il diavolo non è così brutto come lo si dipinge [El diablo no es tan malo como se pinta], Alessandro Manzoni, I promessi sposi (1827).


[1]  Un nombre cogido de la primera estrofa del Himno de Mameli “Il canto degli italiani” escrito en motivo del intento de unificación del país a mitad del s.XIX (la cual sería efectiva en el 1871). Este se convertiría hasta hoy en el himno nacional.

[2] https://www.youtube.com/watch?v=ObBMv8spohk con Álvaro García Linera, ex vicepresidente de Bolívia.

[3] https://www.youtube.com/watch?v=cisiRAjNEWQ.

[4] https://www.libremercado.com/2017-01-01/sanchez-mato-desea-un-feliz-y-combativo-2017-con-loas-a-la-hermosa-revolucion-sovietica-1276589815/

[5] https://www.youtube.com/watch?v=fhwUMDX4K8o Ciertamente, es un canal de YouTube que ha hecho mofa de muchos políticos independientemente del signo ideológico, pero, el más viral fue este.

[6] https://www.youtube.com/watch?v=uE_T6x7Y3BA a partir del minuto 14:18.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXIII): La anarquía entre políticas: la energía (II)

Como apuntamos en el artículo anterior, la Unión Europea va lentamente adquiriendo los rasgos de un estado convencional. Como tal está adquiriendo las herramientas y forma de funcionar aprendidas de sus predecesoras y no es de extrañar que pretenda hacer sus primeros ensayos de planificación económica, en este caso a nivel europeo, quebrando de paso uno de los elementos que dieron lugar al éxito económico europeo que no es otra cosa que la competencia entre estados para innovar y ofrecer soluciones variadas a los distintos problemas, en este caso los energéticos.

Un sistema de planificación en estos ámbitos impediría, o en cualquier caso dificultaría mucho que una solución o alguna propuesta disruptiva encontrase encaje en el marco de las políticas energéticas. Todo debe supeditarse a las ideas, ocurrencias, a veces, diseñadas por los tecnócratas de la comisión europea. Una de estas propuestas de planificación es la ocurrencia de obligar a todos los estados miembros a que cambien sus vehículos, hasta ahora movidos principalmente por combustibles fósiles, y adquieran otros movidos exclusivamente por energía eléctrica.

Se trata de cambiar un parque móvil de centenares de millones de autos, la mayoría en buen uso, por otros cientos de millones de coches, furgonetas y autobuses dotados de un supuestamente mejor y más moderno modo de propulsión, que, por cierto, es más viejo que la combustión y que fracasó en el pasado por causas semejantes a las que va a fracasar esta propuesta en el futuro.

Antes de nada, conviene recordar, y así lo hace entre otros Vaclav Smil en varios de sus libros, que el conjunto de la industria relacionada con los combustibles fósiles constituye la infraestructura física y tecnológica más grande jamás creada por el hombre. Desde la producción, al refino, pasando por la complejísima logística de transporte, la industria relativa al petróleo y al gas emplean a millones de personas en todo el mundo y es fruto de unas inversiones enormes y muy complejas durante mucho tiempo y en muchos lugares de la tierra. Pretender cambiarlas por decreto y tan poco tiempo haría gracia si no fuese por las consecuencias que puede tener y que ya estamos viendo.

Cualquiera que estudie as transiciones energéticas, como lo ha hecho por ejemplo Vaclav Smil, se dará cuenta primero de que estas nunca fueron planificadas, sino que la nueva forma de energía se implanta paulatinamente porque tiene alguna característica que la hace mejor que la anterior. También se le hará evidente que ambas tecnologías siguen conviviendo y complementándose durante mucho tiempo; es más, es raro que la vieja llegue a desaparecer del todo. Simplemente, la industria y la logística van adaptándose a mayor o menor velocidad, según sea la capacidad de cambio de la economía.

Así aconteció con el carbón y el petróleo, por ejemplo. La movilidad y la industria fueron adoptando el nuevo combustible, que a su vez también evolucionó en varios derivados (gasolina, keroseno, diesel…) y encontrando nuevos usos para sus residuos en forma de plásticos o fertilizantes. Al mismo tiempo, el carbón iba cediendo usos, pero también su producción iba a ganando en eficiencia, aparecían nuevas minas y mejoraba su transporte, de tal forma que siguió contando, hasta hoy, con un papel muy importante en la producción de electricidad y en el consumo doméstico de muchos países. Incluso con la crisis actual se está recuperando su consumo en funciones y lugares en los que había sido prematuramente descartado. Todo ello se realizó sin grandes traumas y permitiendo competir a la vieja tecnología allí donde está podía hacerlo.

Simplemente, y sin obligar a nadie, los derivados del petróleo se impusieron porque no sólo ofrecían algo mejor, sino porque también ofrecían nuevas posibilidades, imposibles para el carbón, como el transporte aéreo, la movilidad individual a pequeña escala como motocicletas. También ofreció una mayor autonomía a la hora de repostar y una mayor potencia en los motores gracias ala mayor densidad energética de los hidrocarburos petrolíferos. No hizo falta ninguna orden o plan, es más, no se podría haber hecho, aunque se quisiera puestas muchas de estas nuevas funciones ni siquiera estaban previstas.

Tampoco se impuso ningún plazo temporal a la transición, que como acabamos de apuntar, ni siquiera se completó del todo. De haberlo hecho, la transición muy probablemente no se podría haber llevado a cabo. Imponer un plazo, por largo que sea este, implica que desde ese mismo momento las plantas productoras de la vieja energía dejarán de invertir en la renovación de las mismas, reduciéndose paulatinamente la producción y empeorando la calidad de la misma, hasta un punto en el que puede existir desabastecimiento y sin que la nueva tecnología disponga de la capacidad de sustituir a la vieja en todas sus funciones, si es que puede.

El personal empleado en las viejas plantas tampoco tendrá incentivo para continuar su formación, lo mismo que se abandonarán proyectos de investigación y mejora, muchos de ellos uy avanzados y en los que se había invertido muchos recursos. Ningún joven querrá iniciar su carrera labora en el sector y los más veteranos buscarán salidas en otros sitios, privando al sector de sus mejores recursos humanos. Algunos podrán ser reciclados en el nuevo sector, pero muchos otros por el tipo de formación que tienen no podrán serlo y serán obligados a aceptar trabajos submarginales, como se dice ahora.

Tampoco la localización industrial tendrá que ser la misma que ahora. Entiendo que nuestros planificadores piensan que las actuales fábricas de automoción simplemente se resdiseñarán y comenzarán a fabricar autos eléctricos en los mismos sitios en que actualmente lo hacen. No dudo que esto sea así en algunos casos, pero en otros seguramente no. Otras transiciones energéticas nos muestran que la geografía industrial se ve seriamente modificada por el cambio. Las fábricas de locomotoras no se reconvirtieron en fábricas de camiones, sino que aparecieron nuevas fábricas en otros sitios, pues las ventajas comparativas de producir en uno u otro sitio se alteraron significativamente. Una fábrica de locomotora está diseñada para eso, y no es tan fácil cambiarla en fabricante de autos. Algunos preferirán comenzar desde cero y establecer una planta diseñada ya desde el principio a fabricar autos y no necesariamente en mismo sitio que la vieja.  Las plantas de producción viven en una suerte de ecosistema industrial, como bien apuntan los geógrafos económicos de la escuela austríaca como Pierre DesRochers, y el ecosistema de la producción eléctrica es bien distinto del auto de combustión.

Pensemos en toda la industria de componentes específica de la combustión como inyectores, depósitos de combustible, piezas específicas de motores, materiales, chips específicos de regulación del consumo u otros muchos componentes. Estas fábricas están situadas y dimensionadas para atender una demanda específica en un lugar específico y a unos costes específicos. Pensemos a su vez en las futuras necesidades de la industria del auto eléctricos, desde baterías a componentes y materiales adecuados.

Pudiese ocurrir que la logística de estos componentes no se adapte bien a las viejas localizaciones y quien decida hacerlo escoja nuevas localizaciones más adecuadas a la nueva industria. Es probable que se aprovechen algunas viejas plantas y se readapten, aprovechando parte del Know How existente, pero es algo que no se puede predecir ni asegurar. Uno de los aparentes ganadores del sector del automóvil eléctrico parece ser Tesla, que tiene su matriz en los Estados Unidos, a pesar de que los USA en su conjunto (muchos estados resisten la aplicación de las nuevas medidas de movilidad) no están tan avanzados como la UE en estas medidas.

Pero aún a pesar de esto, Tesla parece puntera tanto en producción como en recarga rápida y veremos donde decide instalar sus plantas de componentes, especialmente las de baterías. La cercanía a las fuentes de aprovisionamiento de los materiales claves, como los muy contaminantes níquel y litio, o el políticamente arriesgado suministro del cobalto, puede ser determinante a la hora de decidir quien y donde producirán esos componentes. Y no tiene por qué ser necesariamente en Europa, y menos si entran con fuerza en el sector empresas chinas o indias.

Lo que si es cierto es que de triunfar la medida se producirá el cierre de cientos de fábricas de componentes de autos de combustión y el cierre de numerosas industrias de refino y derivados en el espacio europeo, sin que exista garantía alguna de relocalización de las nuevas. Y todo ello sin protesta sindical ni en los medios de comunicación. Si algo aprendieron en la UE es a comunicar bien y a preparar el terreno para sus medidas con años de publicidad y propaganda de la imperiosa necesidad de hacer tal transición. 

Otro aspecto que normalmente se obvia es que la planificación radical de la movilidad fósil impide la mejora evolutiva en los motores ya existentes. Como bien señala Manuel Fernández Ordóñez en sus escritos, el proceso de reducción de emisiones por los autos de combustión ya había comenzado mucho antes de la adopción de la agenda 2030 y se estaba invirtiendo mucho tiempo y dinero en acelerar este proceso descontaminador. Todos recordamos la adopción de los catalizadores, o la aparición primero de aditivos y luego de gasolinas sin plomo.

Hace poco apareció el adblue para reducir las emisiones de motores diesel y se estaban investigando soluciones como el encendido por microondas para mejorar la eficiencia y reducir, por tanto, la contaminación de muchos motores. Se idearon también formas de adaptar motores de gasolina a la combustión por gas, con menores emisiones, entre otras muchas posibles soluciones que mejorarían la salud del planeta sin necesidad de planificarlo y regularlo todo. Bien, estas soluciones quedan inmediatamente aparcadas en nombre de la agenda ecologista, y todo el capital humano y físico invertido en ellas queda reducido a casi cero. Se fuerza con la mano visible y pesada del estado la innovación en sectores aún inciertos y se abandona la mejora gradual, pero constante, en lo que ya estaba probado y estaba funcionando.

Y todo esto sin garantizar que lo nuevo sea mejor o incluso más ecológico, pues si lo fuera no sería necesaria tanta intervención y sobre todo por adoptar una innovación ya rechazada en los orígenes de la automoción. Si fuese tan buena ya correríamos a adquirir autos de este tipo sin necesidad de subvención o multa y la adoptaríamos sólo allí donde si puede aportar ventajas (transporte urbano, pequeña movilidad urbana, etc.). Algo parece fallar entonces cuando no se adopta, a pesar de que todo parecen ventajas en su adopción.

En artículos posteriores entraremos en otro punto que los planificadores han descuidado, y es que el auto eléctrico precisa de abundancia de electricidad, sea en la producción como en la distribución de la misma, para que esta sea accesible al nuevo y verde (veremos en un artículo posterior si lo es tanto) automovilista.

Contra el indulto a Griñán y Chaves

Resultaba previsible que tras el anuncio del fallo de la sentencia de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo[1] que confirma las principales condenas de la resolución de la Audiencia Provincial de Sevilla por el caso de los EREs fraudulentos organizados por los gobiernos de la Junta de Andalucía durante más de diez años[2]se organizase una gran campaña para salvar de la cárcel a uno de los principales condenados, Jose Antonio Griñán Martínez.

No en vano, la pena de 6 años de prisión, que se le impuso como coautor – junto a otros nueve altos cargos – de un delito continuado de prevaricación en concurso medial, con un delito de malversación, de especial gravedad por las cantidades desviadas, ha alcanzado firmeza e implica, en principio, el próximo ingreso en prisión, según las disposiciones del Código Penal. A pesar de no haber salido tan mal parado del juicio y contar con una edad -76 años – que facilita la obtención rutinaria de unas condiciones muy favorables de cumplimiento de la pena privativa de libertad – prebostes como el expresidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero ya habían aclarado en la campaña de las últimas elecciones autonómicas andaluzas que un expresidente del PSOE[3] con una larga hoja de servicios al partido/secta justifica un cierre de filas de sus militantes sin reparar en barras y colocarse por encima de la Ley. Todos los ocupantes socialistas del Palacio de San Telmo, proclamó el orate, han sido personas “honestas”. Tal cual. A pesar de la malversación de por lo menos 680 millones de euros.

Las primeras reacciones del gobierno actual apenas conocido el fallo, con el lanzamiento de consignas como “pagan justos por pecadores“[4] recordaron – probablemente sin quererlo – que Manuel Chaves González, presidente de la Junta de Andalucía durante casi veinte años, Gaspar Zarrías Arévalo, vicepresidente y Magdalena Álvarez Arza, consejera de Economía y Hacienda durante los años en que se puso en marcha del famoso programa 31 L dentro de las leyes de presupuestos del gobierno autonómico andaluz, entre otros, recibieron como premio unas módicas penas de inhabilitación especial por delitos de prevaricación continuada que presuponían la malversación de caudales públicos. Con esa partida (pronto conocida como fondo de reptiles) se dotaría al Instituto de Fomento de Andalucía (IFA) luego denominado como Agencia de Innovación y Desarrollo de Andalucía (IDEA), que, a su vez, en virtud de “un convenio” con la Consejería de Empleo, destinaría los fondos a subvencionar empresas supuestamente inmersas en expedientes de regulación de empleo (EREs) por motivos económicos, elegidas con total opacidad y arbitrariedad.

Obviamente la construcción de la cutre epopeya socialista exige olvidarse de la persecución de la primera jueza instructora del caso (Mercedes Alaya Rodríguez). Del mismo modo que no cabe sino admirarse de la entereza y la perseverancia de esta magistrada, apartada del caso por maniobras políticas en contra de su voluntad a finales de 2015, tampoco cabe llamarse a engaño. Las dimensiones del caso habrían exigido a un Estado de Derecho digno de tal nombre proveer de recursos y medios excepcionales a su Administración de Justicia, para afrontar la investigación de unos hechos que implicaron a miles de personas, al modo de los macroprocesos contra distintas mafias en Italia. Los imputados de esta denominada pieza política jugaron con los privilegios del aforamiento. No en vano la causa fue elevada al Tribunal Supremo, pero se devolvió al juzgado de instrucción ordinario para su enjuiciamiento final en la Audiencia de Sevilla. Con ello los procesados ganaron tiempo, por mucho que ahora clamen que se produjeron dilaciones.

Desde altas instancias del estado detentadas por militantes del PSOE o sus adláteres se lanzaron todo tipo de maledicencias contra la magistrada instructora y se obstruyó la investigación (el papel equívoco de la juez sustituta María Núñez Bolaños fue muy criticado). Esa falta de medios del juzgado de instrucción nº 6 de Sevilla, junto a los privilegios exorbitantes de los aforados, condujo a fragmentar la investigación de unos hechos que deberían comprender también las subvenciones otorgadas y las relaciones de políticos y empleados públicos con las principales empresas beneficiarias, despachos de abogados y asesorías encargados de la tramitación de los EREs con objeto de mantener en funcionamiento este gigantesco mecanismo de compra de votos.

Nunca se sabrá hasta que punto esta endeble instrucción, de la que se beneficiaron los altos cargos del gobierno andaluz, permitió que decayeran las acusaciones de asociación ilícita y de malversación de caudales públicos para los coacusados que durante diez años procedieron con la rutinaria mecánica de elaborar y proponer una ley de presupuestos regionales que contenía ese celebérrimo mecanismo de elusión de controles de la intervención llamado “programa 31 L”.

Pero lo que supera todas las cotas hasta ahora alcanzadas de iniquidad ha sido la petición del indulto para José Antonio Griñán Martínez por supuestos motivos humanitarios y de equidad, firmada por casi todos los viejos miembros de la nomenclatura del PSOE, a la que se han sumado algún político que ya montó en el coche oficial en las postrimerías del franquismo (Rodolfo Martín Villa) y algunos artistas y académicos de la quinta del condenado. Los elementos conocidos apuntan a una operación de altos vuelos para evitar que el interesado llegue a pisar siquiera la cárcel. ¿Con petición de suspensión de la ejecución de la sentencia a la Audiencia sevillana mientras no se resuelva el indulto, “cuando, de ser ejecutada la sentencia, la finalidad de éste pudiera resultar ilusoria” (art 4 CP? ¿Con simultánea interposición de recurso de amparo y petición de suspensión con el mismo argumento? Cualquier argumento vale cuando se juega con las cartas marcadas.

El bucle en España continúa y se repite hasta el paroxismo. Se ha puesto en marcha la concesión de otra patente de corso de modo explícito. Un estamento político cínico y corrupto considera que sus miembros están por encima de la ley y conviene que así sea. ¿Siempre?


[1] Sentencia 749 de la Secc 1ª de la Sala de lo Penal de 13 de septiembre de 2022. Identificación del Centro de documentación judicial: 28079120012022100737

[2] Sentencia 490 de la sección 1ª de la Audiencia Provincial de Sevilla de 19 de noviembre de 2019, dictada en el Rollo 1965/17. Identificación del Centro de documentación judicial: 41091370012019100159.

[3] Concretamente desde el 5 de febrero de 2012 al 27 de julio de 2017, sucediendo en el cargo al también condenado y expresidente de la Junta de Andalucía Manuel Chaves González. Fue elegido durante el XXXVIII Congreso del PSOE.

[4] Las aspiraciones del partido ahora sanchista por identificarse con el Estado y una réplica de la Iglesia tiene una larga tradición.

La transición a la Era de la Información (Sobre ‘El individuo soberano’)

Si nuestro razonamiento es correcto, el Estado-Nación será reemplazado por nuevas formas de soberanía, algunas de ellas únicas en la historia. Algunas que recuerdan a las ciudades-estado y las repúblicas mercantiles medievales del mundo pre moderno. Lo que era viejo será nuevo después del año 2000. Y lo que era inimaginable será un lugar común. A medida que la escala de la tecnología se desplome, los gobiernos se darán cuenta de que deben competir como corporaciones por ingresos, cobrando por sus servicios no más de lo que valen para las personas que pagan por ellos. Las implicaciones de este cambio son de todo menos inimaginables.

El Individuo Soberano, Lord William Rees-mogg y James Dale Davison

Me parece necesario introducir una asignatura en el primer curso de todas las carreras universitarias que se llame La transición a la Era de la Información y tenga como manual El Individuo Soberano. Las instituciones del conocimiento y de la información necesitan algo más que una reforma. La canalización de las nuevas relaciones sociales y económicas es una tarea por hacer para permitir a empresas y profesionales desenvolverse con solvencia ante las innovaciones que se van desarrollando. Los servicios de seguridad y defensa se deben ajustar a las necesidades y cambios de la lógica de la violencia. Y todos estos cambios deben ser envueltos por nuevas formas políticas que funcionen como jurisdicciones privadas que den cabida a todos estos cambios y los organicen políticamente. Una nueva era está siendo edificada sobre los restos del naufragio de nuestras sociedades, y debemos prepararnos para ella.

Estamos viviendo los inicios de una transición megapolítica, un cambio de era. Cuatro son las etapas de la historia humana desde un punto de vista económico: las sociedades cazadoras-recolectoras, las sociedades agrícolas, las sociedades industriales y las que están asomando la cabeza en el parto de la historia: las sociedades de la información. La transición de la Era Industrial a la Era de la Información es la que va de la imprenta a internet.

La ley que rige esta nueva era es que el poder pasa de los compradores a los vendedores, de la ley de la oferta y la demanda a la ley de la demanda y la oferta. Como consecuencia de ello, las ventajas de controlar los recursos a gran escala serán cada vez menores, ya sean los recursos de la violencia, los de la producción o los del conocimiento. Internet no solo permite un acceso nuevo a canales de información y conocimiento para su distribución y adquisición, también a las mercancías y servicios. Además, permite conectar de forma mucho más personalizada la oferta con la demanda, por lo que la personalización y la especialización serán las líneas maestras que vayan reconfigurando todos los espacios sociales, económicos y también políticos.

Como bien dice Adolfo Contreras —que nos ha traído El Individuo Soberano al español—, “en periodos largos de tiempo no hacemos aquello que consideramos bueno, sino aquello que estamos incentivados a hacer”. Pues estamos viviendo un cambio en los incentivos de la forma de producir, atesorar riqueza, relacionarnos socialmente y acceder al conocimiento y la información; es decir, estamos cambiando nuestra forma de vivir. Por ello, es inevitable que también se produzca un cambio en la forma que tenemos de organizarnos políticamente.

El libro analiza la crisis del Estado-Nación. La Historia no se repite, pero rima. Al igual que el orden medieval entró en crisis con la aparición de dos innovaciones que cambiaron los incentivos en los ámbitos del acceso y distribución del conocimiento y la información —la imprenta— y del ejercicio de la violencia —la pólvora—, el Estado-Nación también entrará en crisis por la aparición de Internet y del ciberdinero.

“Gobiernos del Mundo Industrial, vosotros, cansados gigantes de carne y acero, vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, os pido en el pasado que nos dejéis en paz. No sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos.” (Declaración de Independencia del Ciberespacio, Barlow). El ciberespacio es un nuevo espacio a nivel global, donde los Estados no tienen soberanía, que permite relaciones sociales y económicas que no pasan por los filtros estatales. Además, es un ámbito que al ir cobrando cada vez más relevancia deja en evidencia una de las principales atribuciones del Estado: la producción de seguridad. El Estado es incapaz de perseguir eficaz y eficientemente los ciberdelitos.

Asimismo, no ha parado de asumir cada vez más competencias, por ello tiene unos compromisos de gastos enormes, además de una importante losa de deuda pública. En el caso de que los ciudadanos comiencen a hacer un opt-out, los Estados se verán obligados a subir cada vez más los impuestos y a crear más dinero de la nada para poder hacer frente a sus gastos, entrando en una espiral autodestructiva: “El Estado se ha acostumbrado a tratar a sus contribuyentes como un granjero trata a sus vacas, manteniéndolas en un campo para ordeñarlas. Pronto, las vacas tendrán alas. […] Cuando los individuos puedan manejar sus propias políticas monetarias a través de la red, importará poco o nada que el Estado continúe controlando las imprentas de dinero de la era industrial.” (El Individuo Soberano)

Pero los cambios de era no suelen ser pacíficos. Los beneficiados por la coacción organizada, los que viven del Estado, verán con malos ojos la libertad de los conquistadores del ciberespacio. Por ello, es de esperar que los ataques, la fricción y la violencia se incrementen como fruto del cambio de era. Los incentivos en nuestras sociedades están extraordinariamente mal alineados, lo que agravará significativamente la situación.

Con el abandono de las antiguas profesiones del industrialismo aparecerán los neoluditas. Aquellos que han logrado buenos ingresos con profesiones poco cualificadas o especializadas verán menguar sus ingresos frente a aquellos que sean los mejores en el margen. La producción industrial requería de recursos naturales ligados a un territorio y eran muy intensivos en capital, por lo que eran muy vulnerables a ataques. Además, trasladar la industria de un lugar a otro suponía incurrir en unos gastos enormes. Esto permitía a los Estados y a los trabajadores ganar poder de negociación organizando la coacción sobre ella a cambio de protección, consiguiendo mejores salarios y altos impuestos sobre la producción. Hoy, tanto un creador de contenido —un youtuber— como una empresa completamente digital pueden elegir las jurisdicciones que mejor les traten, porque sus ingresos no están vinculados a recursos naturales, pueden hacer sus patrimonios completamente portátiles y sus necesidades de protección son muchísimo menores. Es su poder de negociación el que cambia radicalmente con el cambio de los incentivos de la Era de la Información.

Usain Bolt batió el récord de 100m del mundo por primera vez cuando estaba en 9.735s, lo hizo con la marca 9.72s. Una diferencia de 0,015s en el margen le ha llevado a la cima del mundo del atletismo. Lo mismo pasará en cada vez más áreas: el ganador se lo llevará todo. Esta parte de la población que esté en el margen será capaz de proteger sus ingresos mejor que nunca antes en la historia, lo que les permitirá convertirse en lo que el libro llama individuos soberanos.

Los perdedores de la Era de la Información serán aquellos que tengan sus patrimonios e ingresos inmóviles y vinculados a los Estados. El Estado les chupará el tuétano hasta que se queden esqueléticos para alimentar a los consumidores de impuestos. Cuando ya no quede nada, éstos también sufrirán la merma del alimento. Esto implica que las sociedades del siglo XXI, para bien o para mal, serán más desiguales que ninguna otra que hayamos vivido antes.

Y todos estos cambios también pasan por la aparición de nuevas formas de organizarse políticamente, lo que los autores llaman microsoberanías. Las grandes ciudades son propias del industrialismo, parece consecuente que con el fin de éste aparezca una nueva forma de organizarse políticamente. Al ganar poder, los individuos soberanos y gracias a la facilidad para poder asociarse a través de internet, podrán negociar de tú a tú con Estados para poder establecer sus propias jurisdicciones. Y dado que la protección será cada vez más informática que militar, las jurisdicciones de todo el mundo competirán por atraerles a su territorio, haciendo que las palabras de Molinari tengan más sentido que en ningún otro momento: “Por lo que a nosotros concierne, estamos totalmente convencidos de que un día se establecerán asociaciones para reclamar la libertad de gobierno como han sido establecidas para reclamar la libertad de comercio” (La producción de seguridad, Gustave de Molinari).

Es un libro magnífico para comprender el momento histórico que vivimos y la dirección en la que vamos. Parece mentira que sea un libro publicado en 1997 y haya descrito con tal precisión la evolución de las siguientes décadas. Hay que agradecer a Adolfo Contreras y a Javier A. Maestre traer al español esta obra imprescindible, además con prólogo de Miguel Anxo Bastos. En ella se anticipa la transición a una nueva era, los cambios en los medios de comunicación, la aparición de Bitcoin y de la cibereconomía, la evolución en la lógica de la violencia, la crisis de los Estados- Nación, la necesidad de una moral fuerte para los nuevos tiempos, la aparición de las Micrópolis, la agonía de la democracia entendida como el fundamento del gobierno, la reacción de los nuevos luditas, el fin del igualitarismo y las erupciones de violencia de los Estados cuando se vean impotentes.

Por mi parte, en Micrópolis trataré de complementar con una fundamentación filosófica buena parte de las líneas trazadas por este manual imprescindible para manejarse en la nueva era, analizando sus cimientos y tratando de corregir algunas de las tesis planteadas. La crisis que vivimos no es meramente de una forma de producción. Tampoco es el fin de la política. Es la crisis de la Modernidad.

El Mapa Político y el Gran Reto de Nuestro Tiempo I

El mapa político más efectivo a la hora de representar las similitudes y diferencias entre los partidos políticos actuales se basa en el ensayo de Friedrich Hayek titulado “Por qué no soy conservador”, escrito en 1961.

Hayek propuso un triángulo imaginario para describir el espacio político cuyos representaban el liberalismo, el conservadurismo y el socialismo. Estas eran las ideologías políticas defendidas por los principales partidos europeos de la época.

Para poder adaptar el triángulo de Hayek a la época posterior a la Primera Guerra Mundial, se deben tener en cuenta los escritos de Hayek y los de otro gran maestro de la Escuela Austriaca de Economía, Ludwig von Mises.

Mises, asustado por el alzamiento de movimientos revolucionarios de carácter radical tanto en la izquierda como en la derecha tras la Primera Guerra Mundial, decide examinar la vida política de su era con el objetivo de comprender la trágica evolución de los acontecimientos históricos.

Según Mises (1944), el sentimiento anti-mercado y la creencia en el papel del Estado en la organización y planificación de la economía condujeron al totalitarismo antiliberal. Los dos ejemplos más evidentes fueron el Nacionalsocialismo en Alemania y el comunismo en la Unión Soviética. Irónicamente, aunque estas dos ideologías son enemigos mortales, tienen varias similitudes en sus ideales políticos y nacen del mismo sentimiento antiliberal. Mises argumentó que un liberalismo pro-mercado acompañado de un estado minimalista que respeta incondicionalmente la libertad es el verdadero oponente de los revolucionarios radicales anti-mercado pro-estado de la derecha y la izquierda.

El eje principal del espacio político triangular esbozado por Hayek es el eje vertical que expresa la oposición política entre el liberalismo pro-mercado, que tiene como fin reducir el papel del Estado, y los movimientos revolucionarios radicales pro-estado de la izquierda y derecha, que quieren limitar el mercado al extremo o eliminarlo por completo.  El eje horizontal del triángulo expresa el hecho de que, aunque hay muchas similitudes entre la izquierda y la derecha ya que son ambas antiliberales y tienen tendencias políticas pro-estatales, también son ideologías diametralmente opuestas, y tratan de imponer valores diferentes a los distintos grupos y benefician diferentes estratos sociales.

Así, para obtener un mapa político que sea capaz de representar la esfera política actual debemos modificar el triángulo Hayek-Mises y añadir dos nuevos componentes al lado izquierdo y derecho del triángulo, más o menos a medio camino entre el liberalismo y la posición extremista del anti-mercado. Los partidos socialdemócratas/socialistas moderados y los cristiano-socialistas/cristianodemócratas/conservadurismo de hoy en día, favorecen tanto al Estado de bienestar como la intervención limitada del Estado como herramienta para moderar el mercado. A pesar de esto, también apoyan el mantenimiento del mercado, la democracia liberal y el respeto de los derechos humanos.

Como consecuencia, la interpretación triangular del espacio político resultante proporciona la clave del desarrollo de la sociedad europea después de 1945. Este proceso fue marcado por la gran reconciliación entre los partidos moderados de izquierda y derecha. 

Los partidos de la izquierda y la derecha moderadas renunciaron a la demonización del otro lado político respectivamente y se aceptaron uno al otro como partidos democráticos. Estos partidos moderados y centristas de la izquierda y de la derecha abrazaron los valores de la democracia liberal y del Estado de Derecho. Juntos marginaron a los partidos extremistas de la izquierda y la derecha, que incendiaron Europa en las décadas entre las dos guerras mundiales. Con esta Gran Reconciliación, los enfrentamientos entre la izquierda y la derecha llegaron a su fin y el orden democrático se consolidó finalmente en la mitad occidental del continente europeo.

Además, los objetivos sociales de la izquierda y la derecha moderada también convergieron. Ambos lados pretendían crear una economía social de mercado basada en la receta keynesiana en la que el Estado desempeñara un importante papel económico.

En este nuevo modelo consensual, tanto la izquierda moderada como la derecha moderada creían que la propiedad privada y la economía de mercado eran necesarias para la competitividad. Al mismo tiempo, trataron de corregir las injusticias percibidas o reales de la economía de mercado mediante el funcionamiento de un amplio sector público y la ampliación de los servicios del Estado de bienestar. Todos los partidos moderados y mayoritarios se fijaron el objetivo de crear una sociedad próspera y de clase media sin precedentes. Había nacido la nueva versión del Estado del bienestar y gestor.

La edad de oro de la Europa posterior a 1945 sobre esta reconciliación política. La Gran Reconciliación entre los partidos moderados de la izquierda y la derecha suavizó los antagonismos de clase de los años de preguerra y los convirtió en diferencias culturales que se manifestaron como preferencias políticas divergentes relacionadas con valores tradicionales y religiosos o secular pos-modernistas.

 La relajación del clima político también supuso seis décadas de seguridad y la consolidación de la democracia. Las sociedades europeas se desmilitarizaron, democratizaron y humanizaron en un grado sin precedentes. Este período de crecimiento pacífico, casi ininterrumpido durante más de medio siglo, también dio origen al modelo social europeo. La política se basaba en la competición de los partidos de masas moderados que satisfacían las aspiraciones de las amplias masas del electorado y luchaban entre ellos para satisfacer las demandas de los votantes elevando su calidad de vida.

Parece que en 2022 hemos llegado al fin de este periodo de sueño de bienestar y desarrollo sin límites. En el fondo, la causa es la pésima constitución del sistema financiero que nació en 1944 y ha sustentado el papel del Estado sin precedentes en la historia, no solo un alto nivel de vida inimaginable anteriormente. Sin embargo, este sistema financiero basado en el consumismo y en la figura del Estado, ha provocado problemas como el alto grado de inflación, el grave endeudamiento estatal o los altos niveles de desempleo presentes en las sociedades europeas que amenazan con producir una gran crisis con posibles graves consecuencias. En el próximo capítulo vamos a examinar que ha ido mal en nuestro sistema financiero.

La formación de masas: psicosis y dictadura social 2020-22

Es difícil exagerar la anomalía social que hemos vivido a partir de 2020 y es imposible no calibrar precisamente cuán anormal es que miles de vínculos y amistades se hayan visto afectados e incluso rotos por visiones distintas a cuenta de incluso un producto farmacológico. ¿Se imaginan ustedes una masiva estigmatización social a quienes se oponen al uso de estatinas contra el colesterol para la enfermedad cardiovascular o no poder cuestionar en una reunión familiar los beneficios del ibuprofeno? Pero, ésta es la cuestión, ¿cómo se llegó a esto?

Posiblemente, la mejor explicación en psicología social la encontramos en la llamada teoría de formación de masas, o mass formation, del profesor Mattias Desmet. Desmet, autor de “La Psicología del Totalitarismo”, describe cómo bajo determinadas circunstancias puede llegar a producirse la denominada formación de masas, en la cual una narrativa determinada acaba abrazada por las masas no porque sea o no cierta, sino porque genera una sensación de vínculo y pertenencia.

Desmet enumera una serie de condiciones que típicamente se producen en una sociedad para que emerja esta formación de masas:

  • Las personas sienten una suerte de desconexión y aislamiento social.
  • Fruto de esta desconexión se produce un estado de incertidumbre, ausencia de significado y propósito vitales.
  • Una tercera condición serían altos niveles de ansiedad ambiental en la población que no es sino una consecuencia lógica de lo anterior. Una ansiedad ambiental es un tipo de ansiedad que no se dirige hacia objetos o situaciones específicas o físicas.
  • La cuarta es un grado elevado de frustración en la población.

Es imposible no advertir cómo desde 2020 estas condiciones se han producido en nuestras sociedades de un modo casi perfecto.

Los confinamientos, aislamientos, restricciones generaron una desconexión entre los seres humanos sin precedentes en nuestra sociedad contemporánea occidental. Así, sólo quedó para millones una alternativa de conexión virtual que eliminó los vínculos reales. La llamada ansiedad ambiental de la que habla Desment fue perfectamente reproducida bajo la ansiedad a un virus que nadie puede ver, resultando por tanto una ansiedad difícilmente aceptable y tolerable ya que no podemos lidiar con ella (dicha ansiedad acaba cronificada).

Cuando los medios de comunicación de masas abrazan de manera implacable y constante una narrativa repitiendo el objeto de esta ansiedad se llegan a producir situaciones socialmente muy destructivas: las masas están irracionalmente deseosas de participar en estrategias de exclusión. Al no poder lidiar con el hecho de que un virus es esencialmente inadvertible e invisible, se busca un alivio o lenitivo a la ansiedad con chivos expiatorios: quienes no siguen la narrativa. Por ejemplo, en la narrativa comunista, y dado que el comunismo nunca funciona, los chivos expiatorios sobre los que se carga la culpa acaban siendo los especuladores, los usureros, quienes practican la empresarialidad o acumulan capital o cualesquiera de los chivos de la religión marxista que, eso sí, se viste de científico (el llamado marxismo y socialismo científicos). No olvidemos tampoco que el comunismo en gran parte de sus teóricos promete el éxito en base a un gobierno conducido por expertos y científicos sociales. El sometimiento absoluto a un gobierno con poderes nunca vistos por grupos de expertos resultó en 2020 una siniestra remembranza del comunismo, y no por casualidad a quien estábamos imitando es al régimen colectivista de China. A pesar de los omnímodos poderes adquiridos por los burócratas de la noche a la mañana, la masa a quien temía no era a éstos sino siempre por encima al virus. El miedo convertido en pánico al virus fue un maravilloso disolvente del verdadero miedo que debíamos haber todos tenido a esos niveles orwellianos de control. Como explica elocuentemente la psicóloga Laura Relloso, ese pánico inducido desde 2020 fue el que alimentó una formación de masas sin precedentes, y el principal escudo que existe contra esa formación y adoctrinamiento es el amor propio.

Como en la novela distópica de Orwell, un grupo seleccionado por los burócratas como expertos serían los cerdos de la granja más aptos para dirigir al rebaño. Cerdos que cambiaban las reglas de la noche a la mañana sin que el público apreciara engaño o error. Los quince días para aplanar la curva acabaron siendo semanas y meses para aplanar derechos fundamentales, las dos dosis para volver a la normalidad acabaron enseguida siendo tres y luego cuatro para acabar en un experimento global de monitorización de personas convertidas en códigos QR.

Ya en marzo de 2020, el propio Desmet publicó un artículo titulado “El miedo al virus es peor que el virus en sí mismo”, en el que analizaba cómo los modelos matemáticos y epidemiológicos usados para la narrativa oficial exageraban enormemente el riesgo real del virus. En efecto, ninguno de esos modelos como el célebremente fatídico modelo del Imperial College de Londres que propició el encierro de la sociedad europea, se cumplió ni por casualidad. Por ejemplo, la narrativa del encierro prometía que Suecia tendría decenas de miles de fallecidos covid sin confinarse. Suecia jamás confinó a un solo ciudadano en primavera de 2020 y se produjo una mortalidad de 6.000

Al haber una masa que sigue dicha narrativa y participa, llegado un momento ciegamente, se genera una suerte de reconexión. Pero la solidaridad de esta masa que sigue la narrativa realmente se cimenta sobre la exclusión del disidente a la narrativa. Cuando la gente acaba dentro de tal narrativa, ese seguimiento que hemos calificado de ciego es literal. Y es que éste acaba siendo hipnótico, cancelando nuestros más comunes sentidos. Los ejemplos desde 2020 podríamos contarlos por millones con situaciones que todos, incluso sus propios protagonistas, verían absurdas fuera de esa hipnosis colectiva. Personas con máscaras en los lugares más insólitos, incluso solas. Personas que no cuestionan un ápice de su narrativa adquirida cuando les plantean el contradictorio caso de un producto tan efectivo para uno mismo que realmente no lo es si no lo consume el de al lado. Personas que desaprenden por completo todo el correcto conocimiento popular que tenemos sobre la inmunidad natural y adquirida. Y todo esto resulta un inapelable caso de formación de masas definida por Desmet cuando descubrimos que incluso personas con todas las posibles formaciones y conocimientos incluso técnicos y científicos caen presas de una narrativa tan inane en sus postulados (pensemos en cuántas personas hasta con la más alta formación siguen abrazando la pseudociencia del marxismo). Ésa es la auténtica, y espeluznante, potencia de la formación de masas.

Para el asentamiento de la formación de masas, y para el reconocimiento de los adeptos a la narrativa, se generan comportamientos y actos rituales que sirven de refuerzo a esa sensación de pertenencia. Incluso es propio que haya una jerga o lenguaje propio de refuerzo (el marxismo ya nos enseñó esto) de la narrativa. Pandemia, nueva normalidad, distancia social, mascarilla, restricción, conspiranoico, negacionista, antivacuna… es amplio el nuevo léxico que la narrativa desde 2020 ha desplegado para generar una adhesión.

La participación en rituales, que carecen de beneficios prácticos (limpiar dos veces, pasear por la playa con una máscara puesta) y llega a imponer sacrificios (me aíslo del resto, sacrifico mi vida social, incluso acepto sacrificios económicos), acaba representando uno de los aspectos más característicos de esta hipnosis social: el colectivo se antepone al individuo. Es francamente imposible no advertir dicho colectivismo revisando la narrativa oficial desde 2020 donde todo acto personal debía estar supeditado a un bien superior colectivo y todo acto individual era juzgado en función del mismo. Todo tipo de derechos y libertades fundamentales en países perfectamente considerados hasta la fecha democracias liberales llegaron a ser suspendidos arbitrariamente (a nadie parece importar que luego se declarase la ilegalidad de esos atropellos, recordemos que la legalidad es parte de esa razón y racionalidad suspendida en las masas) en pos de dicho bien colectivo con el regocijo (alivio momentáneo de la ansiedad) de la masa. Por supuesto, la formación de masas acaba cancelando no sólo la razón sino la normativa ética. Recordemos los delatores de vecinos y aun conocidos por habitar por ejemplo su segunda residencia. Los denunciantes, abiertamente inmorales, se creían sin embargo héroes.

Aunque la formación de masas puede emerger inicialmente de modo espontáneo (como el nazismo en sus orígenes en Alemania) necesita para su sostenimiento de un aparato de propaganda. En nuestros días, se precisa la repetición de la propaganda por los medios de comunicación típicamente. Pensemos también por un momento cómo los contenidos educativos con fines ideológicos han servido como una propaganda efectiva para insuflar narrativas por ejemplo nacionalistas o progresistas en las nuevas generaciones (en Cataluña son cada vez más los ciudadanos que tienen una idea distorsionada de la historia, y en nuestro país cada vez más universitarios aspiran antes a ser funcionarios que emprendedores).

Los estados totalitarios (recordemos no sólo los ilegales estados de alarma, sino que se llegó a considerar la proclamación de un estado de excepción militar) se basan en “un pacto diabólico entre las masas y las élites” decía la experta en totalitarismos Hannah Arendt, quien en los años 50 advertía del surgimiento de un nuevo totalitarismo basado en la tecnocracia (nada puede ser más actual).

Por supuesto, los rituales en la formación de masas no están para ser analizados, cuestionados o juzgados. Están para seguirse, de nuevo ciegamente. El adepto y seguidor de la narrativa no está interesado en argumentaciones racionales, simplemente responde a los mensajes repetitivos de la narrativa que se refuerza con imágenes, frases hechas etc. Hechos como que Suecia sin confinamientos tuvo menor transmisión viral que la mayoría de Europa en primavera de 2020 o que Florida y Texas sin uso de máscaras tuvieron menos transmisión que regiones de EEUU con muy alta adherencia a su uso eran algunas de muchas cuestiones que pertenecían al campo de la argumentación de datos y hechos.  Bajo la formación de masas, cualquier dato que cuestione la narrativa supone un señalamiento de quien lo aporta. Recordemos, entre otros, que el propio reconocimiento dentro de la narrativa de la paupérrima duración del efecto del producto farmacéutico nunca socavó la narrativa misma como habría hecho en una sociedad racional.

Nada menos que en anuncio oficial de la Casa Blanca de EEUU en otoño de 2021, se pronosticó “un invierno de enfermedad grave y muerte” para los disidentes del consumo del producto farmacéutico en cuestión.