En primero de carrera nos enseñan que las fuentes del ordenamiento jurídico español son: la ley, la costumbre y los principios generales del derecho. En todos los países, de forma más o menos refinada, esta es la regla genérica (en el mundo anglosajón la costumbre se haya más extendida). Sin embargo, la principal fuente del derecho durante las crisis o situaciones especiales (reales o inventadas) es el miedo.
Un buen ejemplo se haya en los campos de concentración que los estadounidenses crearon entre 1942 y 1946 para ciudadanos de ascendencia japonesa, alemana o italiana. Decimos “ascendencia” porque la mayoría de las 120.000 personas internadas forzosamente en dichos campos tenían exclusivamente la nacionalidad estadounidense. La mayoría eran de segundo o hasta tercera generación de inmigrantes. La Casa Blanca y el Congreso, ambos de mayoría demócrata (sólo se opuso un senador republicano), no dudaron lo más mínimo en encerrar, privando del derecho más básico, a miles de personas con el pretexto de tener los ojos rasgados, hablar arrastrando las consonantes o realizar gestos con la unión de todos los dedos de un mano al hablar.
La histeria había alcanzado semejante extremo gracias, en parte, a la labor de la prensa. Desde periódicos como Los Ángeles Times pedían el internamiento preventivo como mejor respuesta a la seguridad. Por cierto, miles de unidades militares apostadas en Los Ángeles y alrededores dispararon sus armas contra el cielo la mañana del 24 de febrero de 1942, arrastrando a miles de ciudadanos histéricos a realizar lo mismo bajo la creencia de un ataque japonés a la ciudad. La historia ha denominado jocosamente a este episodio Batalla de Los Ángeles, aunque no existiesen dos contendientes.
Así, el 19 de febrero el presidente Roosevelt, uno de los mayores enemigos de la libertad que haya pisado la Casa Blanca, firmó la orden ejecutiva 9.066, donde autorizada esta tropelía por parte de los Estados Unidos, sin parangón desde que el Norte invadió los Estados soberanos del Sur en 1861. Una apelación a la Corte Suprema fue posteriormente rechazada, en una nueva muestra de que los derechos constitucionales en un sistema jurídico positivista no dejan de ser meras expresiones escritas e interpretables al arbitrio del poder. Los campos comenzaron a ser desmantelados avanzado ya 1943, aunque el último prisionero estadounidense de origen extranjero no fue puesto en libertad hasta 1946. Como podemos suponer, sus bienes fueron embargados.
Como vemos, la posibilidad de que el miedo sea el que dicte la legislación no es algo nuevo y rompedor. Podemos llegar a pensar que las situaciones absurdas, como trapos en la cara por la calle, certificados QR excluyentes o limitaciones de la movilidad, por no decir suspensiones absolutas sin consecuencias para los que las impusieron, son cosa de tiempo pretéritos y lejanos. Nada más lejos de la realidad. Una vez que el ser humano entra en un estado de pánico, toda defensa de sus libertades no es que quede en suspenso, es que llega a ser mal vista.
De esta forma, las otrora dictaduras en las que un déspota imponía su voluntad sobre el conjunto de la población han evolucionado, gracias al sistema democrático, en una dictadura perfecta. Ya no se trata en desobedecer unas normas injustas porque obedecen al capricho particular de alguien, sino que es la voluntad (guiada) de la mayoría a lo que se enfrentan los disidentes. ¿Cómo enfrentarse a la voluntad de un pueblo, expresado a través de sus representantes democráticos? Si los cargos electos deciden que salir de casa representa un riesgo y que las personas pueden ser detenidas e internadas, la posibilidad de resistencia no es contra el aparato estatal (que ya es suficiente), sino contra el conjunto. No se trata de evitar cruzarse con una patrulla cuando se sale a hurtadillas, sino no ser visto por una red de espionaje por balcón que ya lo hubiera querido Erich Honecker en sus mejores tiempos.
Nos hemos referido muchas veces en esta sección al fenómeno de la anarquía entre los distintos elementos políticos y administrativos que componen un estado, pero no nos hemos referido nunca a las consecuencias en forma de políticas públicas de tal anarquía. En estos últimos días hemos asistido a la promulgación tanto a nivel europeo como español de una serie de normas referidas al consumo energético. Desde regular la temperatura de los aires acondicionados a la definición de un nuevo mix energético verde, que incluye al gas y a la energía nuclear por parte de las instituciones europeas.
Pero muchas de estas políticas se contradicen entre sí y se anulan unas a las otras. Ello muestra que la capacidad de cálculo interno dentro de las propias organizaciones estatales, en especial las que pretenden abarcar más como la UE, están seriamente dañadas o reducen su alcance, o muy probablemente colapsen en unidades políticas menores con mejor capacidad de coordinación y cálculo.
Recordemos que si bien los estados se organizan internamente de forma anárquica, como ya hemos explicado en artículos anteriores, su coordinación no se realiza mediante precios de mercado sino con sustitutos imperfectos como ideologías políticas, éticas o valores propios de la clase política dominante, lealtades personales o de grupo, expectativas de ocupar puestos políticos o incluso la corrupción y el chantaje.
Estos principios de coordinación transmiten, por su propia naturaleza, mucho menos información que los sistemas de precios. Y están por tanto sujetos a unos límites más estrictos que aquellos, siendo su alcance de coordinación mucho menor. Sería bueno recordar al respecto los estudios de Murray Rothbard sobre los límites de cálculo dentro de las organizaciones, y los estudios, estos no austríacos, de Paul Kennedy o Jean Baptiste Duroselle (Auge y caída de las grandes potencias y Todo imperio perecerá, respectivamente) para ver que toda organización política tiene un límite más allá del cual le es imposible hacer cálculos o coordinarse de forma efectiva. Pero una teoría definitiva sobre los límites del cálculo en el interior de los estados está aún por escribir. Así de la misma forma que una economía de corte socialista siempre va a funcionar peor que su correlato capitalista, un estado o megaestado siempre contará con un handicap a la hora de conseguir los resultados planeados que un estado de menores dimensiones, y de superar un umbral colapsará.
Este fenómeno parece que comienza a darse de forma ya claramente evidente en el ámbito de la Unión Europea, de tal forma que ya es cada vez más frecuente que políticas iniciadas en estas instituciones no sólo solapen sino que abiertamente contradigan y anulen a otras políticas también iniciadas en el mismo marco. En el ámbito monetario, por ejemplo, asistimos hace poco a la contradicción de que mientras que se reducen las compras de deuda soberana por parte del BCE al mismo tiempo se mantienen para países con posibles problemas de solvencia debido a sus déficit, que son curiosamente aquellos que más problemas de inflación y de estabilidad y que son precisamente aquellos a los que más habría que controlar en el caso de querer hacer creíble la política monetaria.
En este trabajo me gustaría, en cambio, discutir un poco las contradicciones de la UE y sus estados miembros en lo que respecta a la política energética que se deriva de la llamada agenda 2030 y que es uno de los más ambiciosos programas de planificación que ha llevado a cabo al Unión desde su aparición y que ha consumido ingentes cantidades de recursos públicos y privados, muchos de estos últimos inducidos por las regulaciones establecidas en dicha agenda. Dicha agenda, como es bien sabido, busca descarbonizar el espacio geográfico europeo mediante una batería de políticas públicas en muchos ámbitos. Estas incluyen desde establecer la obligatoriedad de contar con derechos de emisión de CO2 en el caso de determinadas actividades emisoras de dicho gas y para lo que se establecen las pertinentes subastas, hasta el cambio acelerado del mix energético, incluyendo cambios en la movilidad.
En un principio estas medidas fueron poco a poco siendo diseñadas e implantadas con el apoyo entusiasta de muchos gobiernos que veían en este objetivo una fuente de legitimación de nuevos impuestos, ahora denominados verdes y de nuevas fuentes de regulación en beneficio muchas veces de sectores buscadores de rentas bien conectados con sus respectivos gobiernos. Tampoco hay que olvidar el apoyo de muchos medios de comunicación, muchas veces asociados a esos buscadores de rentas y, por supuesto, el respaldo de muchos movimientos ecologistas y ciudadanos que veían en estas medidas un avance hacia sus objetivos de una sociedad más ecológica y sostenible.
Este triángulo de hierro regulatorio (coalición de políticos, burócratas y grupos de interés) ha conseguido cambiar la agenda política y diseñar t comenzar a implementar con cierto éxito sus primeras políticas. El impuesto a las emisiones, por ejemplo, hace ya ya años que funciona, con gran éxito recaudatorio, reduciendo a voluntad el número de emisiones permitidas cuando es necesario subir el precio de la compra de derechos. Esta medida, sumada a otras regulaciones restrictivas, tuvo el efecto previsto de reducir la combustión de combustibles fósiles, especialmente el carbón, llevando al cierre numerosas centrales térmicas en todo el continente.
Los planificadores españoles de la agenda 2030 también diseñaron un astuto sistema de fijación de precios eléctricos, llamado sistema marginalista, que sin estar desprovisto de cierta racionalidad económica, remunera al mismo precio a las energías renovables y las mucho más caras fósiles, subvencionando de esta forma a las primeras. Por último otro de las políticas más ambiciosas de la agenda es la de intentar la transformación del parque de vehículos privados movidos por combustión de derivados del petróleo en uno mucho más “verde” movido por electricidad”. Las subvenciones a tales vehículos y a las industrias que los fabrican fueron ingentes, reforzadas además por un prohibición genérica de la venta de vehículos emisores de CO2 en 2030 y su desaparición total en 2040 (las cifras pueden variar según las diferentes directivas).
Los problemas comenzaron después de la pandemia, cuando los gobiernos de la UE redujeron por decreto la cantidad de derechos de emisión que se podían subastar subiendo por tanto los costes de generar electricidad por medio de centrales térmicas, buscanco acelerar la transición a las renovables. Pero coincidió también que el precio del gas, que marca los precios en un sistema marginalista al ser el último en entrar en el proceso de generación, lo que llevó a un incremento sustancial en las tarifas cobradas a los consumidores.
Recordemos que el principal problema de las renovables es su intermitencia en el suministro, esto es dependen de que sople el viento con suficiente intensidad, de las horas de sol o de los flujos hídricos, por lo que no se puede garantizar un suministro constante. Esto generó las primeras tensiones y el desmarque de países como Polonia de las directrices provenientes de Bruselas, al negarse a abandonar 8una energía abundante, fiable y relativamente barata como el carbón a pesar de sus emisiones. Los problemas de verdad vinieron tras la guerra de Ucrania cuando los suministros de gas ruso se vieron amenazados y su precio en consecuencia se disparó(Rusia con mucha probabilidad fue un gran lobbista a favor de las energías verdes para reforzar la dependencia europea de sus suministros). Muchos países europeos se encontraron con que su capacidad de generación se viese amenazada y con ella el cierre de muchas industrias electrointensivas, algo que ya habíamos visto en el invierno de 2021 en España con el cierre parcial de industrias como Alcoa.
Dado que ni el viento ni el sol eran capaces de producir energía suficiente lo primero que hicieron los gobiernos europeos en verano de 2021 fue vaciar literalmente los embalses para intentar producir energía hidráulica (considerada también verde). Es España se vaciaron muchos pantanos casi totalmente, al igual que en Escandinavia que vació muchos de sus embalses para alimentar a la industria alemana. Pero no bastó y una vez agotados temporalmente las reservas hidroeléctricas hubo que echar mano de nuevo del demonizado carbón. En toda Europa se volvieron a activar las viejas centrales y se renovaron las reservas de carbón, incluida la muy verde España que reactivó centrales como la de As Pontes en el invierno de 2022. Todo ello antes de la guerra de Ucrania, pero combinado con una gran inflación derivada de los estímulos monetarios del BCE de los últimos años. La guerra, como antes apuntamos, no causó el problema pero si fue un punto de inflexión a la hora de darnos cuenta de que la situación estaba haciéndose insostenible. La quema de carbón fue el primer síntoma y la primera contradicción flagrante en el discurso oficial. No se puede al mismo tiempo pretender la descarbonización de la economía europea y quemar no gas ni fuel sino carbón puro y duro. No se puede querer bajar las tarifas con unos derechos de emisión de carbono muy elevados mientras se quema carbón artificialmente caro por culpa de esos mismos derechos.
Una solución podría ser abandonarse el sistema marginalista que deriva en precios tan elevados, pero es de difícil implantación sin acabar con todo el esquema de ayudas a las renovables, que como vimos subsisten en parte gracias a este esquema. Supongo que los inversores en renovables, las grandes eléctricas entre ellas, escarmentadas del recorte a las subvenciones en teimpod e la crisis de 2008, habrán tomado garantías e intuyo que sería muy oneroso hacer frente a tal cambio. Pero sin él difícilmente se podría cambiar el esquema de precios. Países como España y Portugal intentaron políticas como topar el precio del gas a la hora de reflejar un precio menor del mismo a la hora de calcular el precio final de la electricidad en los mercados mayoristas. Pero esto sólo va a conseguir, como bien sabra cualquier lecor de Hazlitt, tener consecuencias no previstas como incrementar la demanda de gas, crear un enorme deficit de tarifa y que españoles y portugueses subvencionen a otros países parte dus costes., al ser el mercado libre. Y no se soluciona ni el problema de la tarifa ni el del cambio climático, pues ni se dejan de aplicar las políticas verdes de la agenda 2030 ni se reduce el uso de combustibles fósiles, pues unas políticas anulan a las otras.
En ulteriores artículos intentaremos analizar algunas otras contradicciones que el Gentil Monstruo de Bruselas, como Enzensberger denomina a al UE, causa a la hora de implementar políticas.
El día 1 de agosto de 2022 será recordado seguramente en los anales de la historia como la fecha en la que un gobierno, en contra de sus aparentes primeras intenciones, se arrogó la potestad de fijar la hora de apagado y las temperaturas mínimas y máximas de los sistemas de aire acondicionado y calefacción de los establecimientos y oficinas privados de todo un país, además de los edificios de titularidad estatal. Dichos mandatos[1] – supuestamente dirigidos a ahorrar energía y reducir la dependencia del gas natural – se incrustaron en un Real Decreto Ley, publicado al día siguiente en el BOE, mediante el cual se regulan exhaustivamente materias tan variopintas como el transporte público y las becas o ayudas al estudio.
Sin embargo, esa sesión del Consejo de Ministros desplegó otra trampa en la línea de producción de normas y medidas para establecer un régimen autocrático a mayor gloria del caudillo y su nomenclatura. Con ese objetivo en mente los allí reunidos por el presidente del gobierno, activaron la tramitación urgente y acelerada de un anteproyecto de Ley de Información Clasificada a instancia del ministro de la presidencia, tal como informa la muy extensa referencia publicada en su portal en Internet[2].
Frente a la necesidad en la tramitación normal de un anteproyecto de ley de recabar informes a diferentes instituciones durante un período de consulta previa y de una información y audiencia pública durante 15 días, el gobierno consiguió con esta maniobra que el plazo para formular alegaciones quedara reducido a 7 días. De esta manera, el 12 de agosto precluyó esa facultad para los interesados[3]. Esta súbita aceleración, además de totalmente injustificada, no pudo ser inocente ni casual.
Es conocido, por un lado, que el mes de descanso estival por antonomasia en España se considera como tiempo inhábil en la mayoría de los procedimientos administrativos y judiciales. Por otro, el propio anteproyecto establece (Disposición Final cuarta) una “vacatio legis” de seis meses antes de su entrada en vigor después de su aprobación por ambas cámaras de las Cortes. ¿No es contradictorio acelerar la tramitación legislativa y, sin embargo, retrasar la entrada en vigor de la Ley que se quiere aprobar?
Si el gobierno quisiera realmente que los destinatarios de esta futura ley conozcan sus detalles y adapten su comportamiento a sus previsiones, se atendría a la tramitación prelegislativa ordinaria para concitar aportaciones plurales y difundir su conocimiento. La aparente contradicció se explica, como veremos, por cinco elementos entrelazados, a cual más inquietante.
Al no ser suficiente la exigua mayoría parlamentaria de apoyo incondicional, el gobierno ha negociado el texto con los grupos nacionalistas y de extrema izquierda filoterrorista como Esquerra Republicana y Bildu. Esta aseveración no es ninguna especulación. Durante la pasada primavera el resultado práctico del rocambolesco y supuesto espionaje contra dirigentes de la Generalitat catalana por parte del CNI a las órdenes del gobierno actual, se saldó con la dimisión de su directora – la cual habían demandado los socios airados – y la invitación a participar en la Comisión de Gastos Reservados del Congreso de los Diputados de esos dos partidos y la CUP, gracias a la inconmensurable ayuda de dudosa legalidad por parte de la Presidenta del Congreso. Todo ello con el añadido de la insólita denuncia de la Abogacía del Estado ante la Audiencia Nacional por el presunto espionaje al presidente del gobierno y a la ministra de defensa.
Encontrar una previsión como la contenida en el artículo como el 4.2 o) del anteproyecto no sería más que una profundización de esa relación estratégica. En efecto, dicho apartado establece que la competencia para la clasificación, reclasificación y desclasificación de la información que corresponda a las categorías de «Confidencial» y «Restringido», se atribuye también a “las autoridades autonómicas competentes en materia de policía, en aquellas Comunidades Autónomas que hayan asumido estatutariamente competencias para la creación de Cuerpos de Policía de conformidad con el artículo 149.1.29ª de la Constitución”.
La anticonstitucionalidad de ese inciso es rabiosamente flagrante, no solo porque anuncia embriones de servicios de inteligencia en las Comunidades Autónomas que cuentan con policías propias (Cataluña y País Vasco) incompatibles con la competencia exclusiva del gobierno central de Estado en materia de defensa y seguridad nacional, sino porque desde la perspectiva de la protección de los derechos fundamentales, la transparencia y el cumplimiento de la legalidad por parte de las administraciones públicas, la lista de autoridades que pueden declarar algún tipo de información como clasificada es exorbitante. De aprobarse este texto, los españoles se encontrarán con una enorme hidra de cargos políticos y administrativos por doquier, que se escudarán en el carácter secreto, confidencial o restringido de determinadas informaciones (que abarcarán casi cualquier asunto público[4]) para obtener patentes de corso o, como mínimo, escapar del escrutinio y el control de los ciudadanos. Como ya hace el presidente del gobierno, por cierto.
En ese contexto, la posibilidad de impugnar ante la Sala del orden contencioso-administrativo del Tribunal Supremo la diligencia o la directiva de clasificación por “cualquier persona directamente afectada por su contenido o que acredite un derecho o interés legítimo” se revela como un remedo de control de la legalidad de la actuación administrativa[5]. Máxime cuando, según el modelo constitucional, constituye una potestad exclusiva del juez de instrucción penal, no de la Administración, la declaración como secreta de una investigación criminal mientras se instruye la causa penal, de acuerdo a lo previsto en la Ley de Enjuiciamiento.
Estoy entre quienes consideran que no solo los servicios secretos españoles han fallado estrepitosamente en sus funciones en momentos trágicos de la historia reciente, lavándose las manos o buscando chivos expiatorios ante los abominables crímenes de lesa humanidad cometidos en los atentados sincronizados del 11-M, si algunos de sus elementos no se han desviado totalmente de las razones que justifican su propia existencia. Sin embargo, estos servicios secretos autonómicos con cobertura supuestamente legal, dependientes de autoridades que mantienen la ficción de constituir otro estado, colisionarán frontalmente con el CNI del gobierno central y necesariamente actuarán contra la Ley y el Derecho, si no protagonizan golpes de estado o conflictos armados.
Un segundo factor latente en este vodevil de lucha por el poder a perpetuidad apunta que, una vez llegado el acuerdo, el gobierno quiere asegurarse de que se aprobará con un margen de tiempo suficiente para no descartar un final anticipado de la legislatura y una convocatoria anticipada de elecciones generales en el año 2023. Obviamente, el jefe de gabinete conoce más detalles de lo que puede esperar del Banco Central Europeo. Sin embargo, habiendo observado su instinto de pícaro, no sorprendería que convocara elecciones generales antes de que la coyuntura económica se degrade aún más.
Un tercer elemento deriva en cierta medida de la aversión de este gobierno a la transparencia y a la solvencia en la gestión de los asuntos públicos. Es el gobierno de la propaganda por el gesto y viceversa. La disposición transitoria única el anteproyecto de Ley blinda por más tiempo las decisiones groseramente ilegales del gobierno para negarse a contestar requerimientos del Consejo de la Transparencia, aduciendo impropiamente que la información solicitada tenía carácter clasificado, de acuerdo a la Ley de Secretos Oficiales de 1968[6].
El cuarto elemento enlaza con las aspiraciones de un grupo de iluminados, ávidos y sedientos de poder. El actual presidente del gobierno no es más que un continuador de sus antecesores en la secretaria general del PSOE, que estos días andan rejuvenecidos en la promoción del indulto por el compañero caído “por no llevarse un solo duro a casa”. Total, ¡Qué es una condena por un delito de malversación de miles de millones de euros de fondos en concurso con una prevaricación continuada! frente a uno de los suyos. Ahora le ha llegado su turno, pero nos equivocaríamos si olvidáramos las evidentes semejanzas que alberga con Felipe González Márquez y Jose Luis Rodríguez Zapatero. El partido es como una secta que garantiza la cooptación de algunos y la paz material y espiritual para quienes saben esperar su momento. Pero el caudillo debe velar por el bienestar de los miembros del partido, por encima de todo.
En quinto y último lugar, honrando la aquilatada tradición del PSOE en la persecución de la libertad de expresión que no sea de sus medios de comunicación palmeros, este anteproyecto recurre al mismo expediente ensayado por los dictadorzuelos latinoamericanos del socialismo del siglo XXI para acogotar a los periodistas o elementos disidentes. En vez de cortas penas de cárcel, se amenaza con multas leoninas[7] a quienes cometan (o quiénes digan los gobiernos clasificadores) las infracciones administrativas previstas en su texto, violando flagrantemente la libertad de expresión y el derecho a la información, reconocidos como derechos fundamentales de la persona en el artículo 20 CE. Resulta muy curioso que el PSOE en el gobierno multiplique el importe de las multas desaforadas que la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana, promovida por Mariano Rajoy, estableció por actos que, sin llegar a calificarse como delito[8], contravendrían esa seguridad ciudadana.
Frente a todo lo anterior, la cuestión de los plazos de duración de las distintas categorías de clasificación resultaría interesante, si las bases del anteproyecto de ley fueran respetuosas de la Constitución y los derechos fundamentales.
De momento, bienvenidos al Reino (todavía) de Repúblicas sanchistas asimétricas, dentro del marco variable de la Unión Europea.
[1] Configurados en el artículo 29 como prohibiciones cuyos incumplimientos se remiten al disparatado régimen sancionador derivado de reglamentos técnicos y, en última instancia, de los artículos 30 a 38 de la Ley 21/1992, de 16 de julio, de Industria
[2] El precepto invocado, el artículo 27.1.b) de la Ley 50/1997, de 27 de noviembre, del Gobierno, exige, para que se pueda elaborar y aprobar un anteproyecto de Ley por la vía de urgencia que “concurran otras circunstancias extraordinarias que, no habiendo podido preverse con anterioridad, exijan la aprobación urgente de la norma”. En dicha referencia no se da cuenta de esas circunstancias extraordinarias. Tan solo que la regulación de marras fue anunciada por el Presidente del Gobierno en el Debate sobre el Estado de la Nación el pasado 12 de julio.
[5] La primera decisión de esa Sala ante un hipotético caso de impugnación en esta materia de clasificación debería ser plantearse si es un ley válida, desde la doble perspectiva de la Constitución española y el derecho de la Unión Europea.
[6] Hay otros muchos ejemplos, pero la denegación de información con ese burdo pretexto se ha dado en el caso de los viajes y el coste del avión Falcon, asignado para uso oficial el jefe del gabinete, y los informes administrativos para avalar la subvención de 53 millones de euros a la compañía aérea hispano venezolana Plus Ultra
[7] Los art. 41 y 42 del anteproyecto establecen una larguísima lista de infracciones muy graves, graves y leves que pueden ser sancionadas, respectivamente, con multas de 1.000.001 a 3.000.000 de euros, de 50.001 a 1.000.000 de euros, y hasta 50.000 euros. Un ejemplo de infracción muy grave es ( Art. 41.1 c) La falta de entrega a una autoridad o funcionario público de aquella información clasificada en las categorías de «Alto Secreto» o «Secreto» a la que se haya tenido acceso fortuito, sin necesidad de conocer, dentro de las 48 horas a contar desde el momento en que se haya accedido a dicha información.
[8] Entre 30.000 y 600.000 euros las máximas, sin embargo
“Si el adoctrinamiento está bien conducido, prácticamente todo el mundo puede ser convertido a lo que sea”.
Aldous Huxley, escritor
[Para esta serie de artículos se han empleado estudios publicados disponibles en PubMed, publicaciones de prensa referenciadas, documentos de la OMS o el CDC de EEUU, estadísticas oficiales publicadas por New York Times o OneWorldinData, o la información y gráficas del periodista Ian Miller en su obra “Unmasked”, entre otras fuentes]
En el artículo anterior, pudimos comprobar cómo las guías pandémicas de los principales organismos sanitarios habían rechazado el uso de máscaras hasta -mediados de- 2020, y que ello se basaba en las mejores evidencias publicadas. Los estudios randomizados, los mejores posibles, no avalaban su uso. Vimos también cómo se intentó forzar una ciencia contraria a las evidencias, no sin con ello tirar por la borda la integridad científica. Hagamos un último intento suponiendo que esa literatura científica estaba equivocada y por tanto el uso de máscaras tuvo un beneficio en el escenario del covid. Dado que medio mundo se embarcó involuntariamente en un estudio sobre máscaras desde primavera de 2020, sólo tenemos que acudir a los datos generados. Veremos qué resultados obtuvieron regiones o países comparables con una alta a muy alta adherencia al uso de máscaras frente a otros con un uso entre bajo y nulo, así como si se observan cambios en las imposiciones y en las retiradas de las mismas. No sin antes revisitar una cuestión, y no una cualquiera sino esencial: los aerosoles y la física.
4.- Una cuestión de Física
“La ciencia es hermosa cuando realiza explicaciones sencillas” Stephen Hawking, físico
En el artículo anterior habíamos establecido cómo el covid se contagia también a partir de aerosoles, no sólo por gotas o microgotas. Esto no es nada controvertido, ya en 2020 reportajes científicos como éste de El País aceptaban los casi microscópicos aerosoles como la vía principal de contagio. No obstante, es más que chocante que la OMS tardara largo tiempo (¡casi 2 años!) en aceptarlo.
Sin ser ningunos expertos en Física, todos podemos entender matemáticas simples de primer grado. Veamos. ¿Cuál es el tamaño de las partículas -infecciosas- de covid? Si bien hay cierto debate científico, en realidad éste se ciñe a qué franja de tamaños exacta puede abarcar el covid. Pero hay un consenso especialmente en que hay una predominancia de partículas que no superan alguna décima de micrón. Quedémonos con esta medida: micrón.
Por ejemplo, la Universidad de British Columbia ha establecido que el tamaño más común del covid es de 0,1 micrones, o una décima de micrón (la franja más consensuada viene a hablar de 0,08 a 0,125 micrones) Una bacteria, por ejemplo, tiene 2 micrones mientras una partícula de polvo tiene hasta 10, un tamaño 20 y 100 veces superior respectivamente. Un simple pelo humano tiene un diámetro hasta más de mil veces superior.
Hablando de medidas, resulta por ejemplo chocante que el propio CDC de EEUU alerte expresamente de la inutilidad de las máscaras de tela para protegerse del humo de incendios o por combustión de cualquier material. Por la sencilla razón de que este humo tiene entre 0,4 y 0,7 micrones, es decir partículas hasta 7 veces más grandes que el covid. Esto es, en pura lógica el CDC debería alertar 7 veces más sobre la misma inutilidad de las máscaras de tela frente al covid. Aquí por ejemplo puede verse una fotografía microscópica de una máscara de tela comparada con el tamaño de una partícula de covid. Un perfecto coladero sería una fiel descripción gráfica. Una máscara quirúrgica homologada y nueva, por cierto, puede dejar pasar perfectamente una bacteria. Como hemos visto antes, una bacteria es unas 20 veces más grande que el covid.
A propósito de estos hechos, en primavera de 2022 se produjo un episodio incluso cómico. El Departamento de Salud del Gobierno de EEUU solicitó a los estados que le remitieran noticias falsas o fake news con las que tuvieron que lidiar en relación al covid. Y la respuesta de las autoridades oficiales del estado del medio Oeste americano de Indiana, con 7 millones de habitantes, no tiene desperdicio. Pues es una recopilación de fake news sobre el covid propagadas por las propias autoridades sanitarias del país, y en una de ellas comentan:
“Contrariamente a lo que dicen algunas autoridades públicas sanitarias, la obligación de máscaras no ha sido efectiva para proteger a la mayoría de la población. El covid se contagia por aerosoles [..] y los aerosoles escapan a las máscaras sin sellar, a las de tela en particular e incluso una N95/FPP2 tiene una capacidad reducida con la respiración al hidratarse. No es sorprendente que la mejor evidencia científica -los estudios randomizados- tanto antes como durante la pandemia hayan encontrado que las máscaras son inefectivas en impedir la transmisión viral”
¿Cuánto puede por cierto filtrar una máscara N95/FPP2 totalmente nueva, perfectamente sellada y sin haberla hidratado aún por respiración? Como máximo, el consenso establecido en esas condiciones serían 0,3 micrones. Los propios fabricantes de estas máscaras que declaran su capacidad de filtración en los etiquetados lo dicen claramente, pueden filtrar más del 95% (por esto se llaman N95 también las FPP2) sólo de partículas superiores a 0,3 micrones. Dado que el covid sólo tiene 0,1 micrones, es irrelevante en efecto aquel 95%. Es como querer parar moscas con una red que es un 95% eficaz en capturar langostas. Como dice el Doctor en Medicina, profesor visitante de la John Hopkins de EEUU, profesor emérito de Salud Pública en la Autómona de Madrid, licenciado con 22 matrículas de honor y Premio Extraordinario de Fin de Carrera, el Dr Juan Gervás: “el furor enmascarador es sólo parte del teatro de la seguridad. Como muestran las revisiones del Cochrane, se demuestra la inutilidad de las mascarillas en los ensayos clínicos sobre la gripe y otras enfermedades respiratorias del estilo del coronavirus. Se comprobó en 2007 y se actualizó en 2011 y en 2020. Su imposición es una confrontación a la ciencia, que la gente termina asumiendo como un talismán”
Sobre esta misma cuestión de física y máscaras, en enero de 2022 testificó como experto ante la Comisión de Salud del Senado del estado de New Hampshire en EEUU el ingeniero forense e higienista industrial y ambiental graduado con excelencia en su promoción Stephen Petty, durante 26 años especializado en la prevención de riesgos asociados con bacterias, humos, virus e infecciones y ataques biológicos y profesor de ciencias ambientales en la Universidad de Franklin.
Aparte de mencionar toda la evidencia científica y estudios publicados y hablar de los resultados de los mandatos de máscaras, Petty se centró en su especialización: el nivel micro y físico. Según estableció una publicación de febrero de 2021, el 99,99% de partículas covid se transmiten por aerosoles, no gotas ni microgotas.
Una parte francamente interesante de su exposición es la dedicada a las máscaras N95/FPP2, para algunos refugio salvavidas frente a las de tela o quirúrgicas que desde 2022 hasta las propias autoridades cuestionan para los virus (tras 2 años diciendo lo contrario, véase aquí el ex directivo de la FDA el Dr Scott Gotlieb diciendo ‘las máscaras de tela no protegen mucho’). Según expone Petty, al menos el 60% de máscaras N95/FPP2 disponibles durante 2020 ni siquiera cumplían los estándares esperados. Pero, como señala, aunque los cumplan éstas no pueden filtrar nada por debajo de 0,3 micrones. La parte más llamativa quizás de su exposición es cuando cita con imágenes las instrucciones oficiales de uso de 3M, el mejor fabricante del mundo de las mejores máscaras N95/FPP2, sobre estos productos. Expresamente indica “no usar para aerosoles o asbestos” (ver diapositiva 43 de la etiqueta del fabricante 3M). El asbesto es entre 2 y 200 veces más grande que el covid y ni siquiera para esto el mejor fabricante del mundo lo recomienda como una protección. En 2018 por cierto la periodista Laurie Garrett (premio Pulitzer por una investigación sobre el ébola) daba una charla en la Academia Nacional de Ciencias de EEUU donde hablaba de la inutilidad de máscaras contra los virus e incluso en febrero de 2020 decía exactamente lo mismo para “la más sofisticada máscara N95/FPP2”. Para su desgracia, estos vídeos y declaraciones son públicas y digo para su desgracia porque Garrie hoy sí cree en las máscaras y es realmente fascinante que no puede aportar más que hipótesis, pero no evidencias. La única clara razón por la que Garrie ha virado su opinión es porque Garrie es una devota seguidora del Partido Demócrata. Y como veremos, por alguna razón, el uso de máscaras sin evidencia se ha convertido en uno de los mantras ideológicos del progresismo actual.
Para Petty, si ningún mandato de máscaras en más de 2 años ha funcionado, ni ningún estudio publicado randomizado ha mostrado efectividad de las máscaras es porque no pueden funcionar para este uso. Es, según él, una imposibilidad física.
Citando de nuevo al Dr Juan Gervás: “Se enmascara a la población como forma de superstición, un poco reminiscencia de las teorías miasmáticas que atribuían las infecciones a los olores. Cuando las autoridades trabajan bien, se renuncia a la magia. Sirva de ejemplo Dinamarca, en cuyas escuelas ni alumnos ni profesores llevan mascarillas. Enmascarar a niños y maestros es una crueldad con la que se pretende ocultar la incapacidad de los expertos”.
Ahora sí, veamos sobre la vida real qué resultados arrojan más de dos años de mandatos e imposiciones de máscaras. La verdad última estaría ahí fuera.
4.-California, ‘un ejemplo para el mundo’
‘’Para mí es muy interesante que hombres perfectamente honestos pueden engañarse a sí mismos por completo” Irving Langmuir, ingeniero y físico
Dentro de EEUU, particularmente la progresista California ha sido el laboratorio donde se han implementado con fruición y sin dudarlo prácticamente todas y cada una de las medidas prometidas desde 2020 para conseguir los mejores resultados covid. Confinamientos, cierres de escuelas, cierres de negocios, draconianos toques de queda, mandatos de máscaras en cualquier lugar… No sólo en sus vertientes más extremas en la primavera de 2020 sino también en todo el invierno de 2020-21, con lo que California se erigió en un referente en Occidente de las restricciones más duras. Su gobernador demócrata Gavin Newsom proclamó que California mostraría al mundo los beneficios de “seguir la ciencia”. A comienzos de mayo de 2020 casi todos los condados de California ya tenían mandatos de máscaras, cuando los contagios aún eran bajos, y a mitad de junio la obligación de llevarla fue un decreto en todo el estado. Así pues, California impuso las máscaras obligatorias en todo el estado con los contagios aún bajos, por lo que se esperaba que evitara picos u olas. No obstante, esto no evitó un apreciable incremento de contagios en julio, con lo cual el gobernador Newsom pensó que había que ir aún más allá, y las máscaras obligatorias se mezclaron con toda suerte de limitaciones a las reuniones y capacidades de los negocios y tiendas cuando no directamente su cierre. El resultado del ‘ejemplo para el mundo’ de ‘seguir la ciencia’ de California ya es historia: el estado demócrata fue desde finales de ese otoño ejemplo para todo el país de un de las peores olas en EEUU. Visto el fracaso de las severas restricciones, la única ocurrencia de Newsom fue llegar hasta el final y en diciembre California prohibió incluso la apertura de cualquier negocio de hostelería incluso para comer uno solo al aire libre. Huelga decir que jamás ninguna autoridad justificó con ninguna evidencia cómo el cierre brutal de su economía iba a solucionar algo cuando las severas restricciones con máscaras y limitación de todo aforo o reunión no hicieron absolutamente nada.
Veremos enseguida que las comparaciones son odiosas y California es un caso perfecto. Si tomamos dos estados vecinos de California como Nevada y Arizona podemos ver cómo las curvas de estos 3 estados contiguos se desarrollan casi a la par sin importar cuán estrictas o laxas sean las restricciones o la adherencia a las máscaras, tanto que la eliminación de máscaras en Nevada y Arizona fue seguida en ambos casos de un consistente descenso de contagios. La prensa siempre ha intentado en todo tiempo y lugar ignorar el fracaso de lo evidente, y en febrero de 2021 el progresista Los Angeles Timescelebró sin rubor que el cierre de la hostelería había funcionado, a pesar de la clamorosa evidencia en contra por simple comparación con los vecinos que no hicieron nada de eso.
Dentro del estado de California el condado de lejos más poblado es el condado de Los Angeles, el más poblado incluso de todo el país y una de las joyas de la corona del Partido Demócrata, el cual muchas veces fue aún más lejos que su estado de California en las prohibiciones. Los Angeles fue de las primeras zonas (si no la primera) de Occidente en obligar a usar máscara, a principios de abril 2020 incluso en exteriores. En julio cerraron toda la hostelería en exteriores y como nada de esto impidió una ola después del verano, sólo se les ocurrió añadir un toque de queda y decretar un confinamiento a final de otoño dos semanas antes que el resto de California. Nada, absolutamente nada de esto, previno la ola de contagios de aquel otoño-invierno en LA.
California en general y aun Los Angeles más en particular son un perfecto caso de estudio para ver el resultado de las medidas de mitigación y máscaras, pues pasaron casi todo el otoño invierno sin centros comerciales, sin parques temáticos, sin colegios ni eventos deportivos con público. El condado de Orange, cerca de Los Angeles, plantea otro contrapunto valioso. El primero optó por eliminar las máscaras durante todo el verano de 2020, Los Angeles las mantuvo a fuego. Y Los Angeles tuvo claramente peores datos tanto en verano como posteriormente.
Acumulando las cifras de mortalidad covid de 2020 y 2021, si Los Angeles se comparara con la media de los 52 estados de EEUU, lo que era un ‘ejemplo para el mundo’ que ‘anteponía la ciencia a la política’ acabó siendo el 5º estado/zona con mayor mortalidad covid de todo el país.
Nada del estrepitoso fracaso de California, tras haber asolado su economía durante meses, hizo a ninguno de los expertos mediáticos dudar un ápice de sus consejos. California era un ejemplo porque hacía lo que ellos decían que había que hacer. Los datos, la realidad misma, acabaron siendo una verdad demasiado incómoda que no podía desbaratar una teoría que parecía ‘plausible’.
Habíamos por completo entrado en todo el mundo en una nueva época: la épica de la post-verdad. Y de una nueva ciencia: la ciencia sin ninguna evidencia.
En realidad (aunque lo trataremos posteriormente), la aceptación totalmente acrítica del teatro de las máscaras no es nada chocante a la luz de la psicología social. Nunca subestimemos el poder hipnótico del teatro.
5.-Florida: sol, playa y muchos fachas
Florida fue sin dudarlo desde 2020 el objeto de la ira y el más severo escrutinio y crítica de dichos expertos mediáticos. Todo tipo de horrores y vaticinios de devastación en los medios se cernieron sobre el estado del sol, una de las plazas fuertes en el país en este caso del Partido Republicano. Florida, de la mano de su gobernador conservador Ron deSantis, fue el contra ejemplo de California. Se convirtió en el estado que más claramente rechazó las recomendaciones tanto del CDC como de la OMS.
Florida, con 22 millones de habitantes, jamás tuvo una obligación de máscaras desde el final del verano de 2020 y las muy puntuales restricciones que llevó a cabo las eliminó ya en septiembre de ese año, prohibiendo incluso que los negocios obligaran a llevar máscaras a sus clientes. Y al menos desde finales de 2021, Florida y su departamento de Salud incluso alertaron contra la falsa sensación de protección de las máscaras. Su responsable de salud el Dr Ladapo de Harvard dijo a sus ciudadanos que ‘las máscaras no han salvado ninguna vida de acuerdo a la mejor evidencia científica’ y su popular gobernador DeSantis en varias ocasiones dijo que llevar máscara ‘es ridículo’. Como era de esperar, Fauci se sintió ‘muy preocupado’ por la decisión desde el comienzo de Florida, y Michael Osterholm, epidemiólogo del CDC, vaticinó que Florida se convertiría en ‘un infierno’.
¿En qué se tradujo ese infierno? No sólo en contagios sino en exceso de mortalidad Florida obtuvo unos muy superiores resultados a California de manera consistente todo ese otoño e invierno de 2020-21. Además, ambos estados son muy buenos para comparar dada su semejante demografía, clima templado, estilo de vida y latitud. Otros ejemplos de seguir a rajatabla toda la retahíla de prohibiciones y obligaciones empezando por el enmascaramiento universal como el estado de Nueva York tuvieron datos mucho peores que Florida todo aquel 2020. Pero de nuevo, los datos no importaron a los medios cuando éstos no decían lo que tenían que decir. La narrativa debía permanecer intocable al margen de los hechos. Por cierto, hubo 3 condados en Florida que extendieron al final del verano de 2020 y al margen del resto del estado las máscaras en interiores varias semanas más (Martin, Nassau y Manatee). Si volvemos a creer que las recomendaciones oficiales acertaron, estaremos de nuevo equivocados. Los condados que mantuvieron más tiempo las máscaras tuvieron de media peores resultados que otros incluso con la densidad poblacional de Miami.
En febrero de 2021, Florida se convirtió en la sede de uno de los principales eventos del año, la final de la Super Bowl en su ciudad de Tampa. Tras la victoria de los Bucs, grandes masas de aficionados abarrotaron sus calles casi en su totalidad sin máscaras. Rápidamente, la maquinaria mediática inició la carga implacable con sus peores augurios contra Florida. ¿Recuerdan el sempiterno ‘ya verás en 15 días’? Casi unánimemente todos los medios que cubrieron la noticia remarcaron en titulares que esos aficionados no llevaban máscaras (maskless), desde el Washington Post, New York Times, Forbes y docenas otros. El británico The Independent les llegó a llamar ‘salvajes’ por ir sin máscaras. La CBS cubrió la noticia en directo con un reportero asegurando con indignación que eso sería un ‘evento super contagiador’ y esas personas serían las culpables. La también progresista CNN informaba en directo diciendo no dar crédito a que “la policía lo permitiera”. Todos los medios y expertos tenían una indubitable evidencia: aquello sumiría a Florida en una ola mortal.
Pero aquel evento que habían prometido por doquier que sería ‘super contagiador’ fue seguido de un constante descenso de contagios en todo Florida. Como siempre que los pronósticos de la pachanga cientifista y mediática no se cumplían, éstos buscaban otra historia u otro evento con tal de evitar reconocer lo evidente: eran sólo expertos en equivocarse y persistir constantemente en el error, eso sí aterrorizando a la gente que osaba saltarse sus sacrosantas recomendaciones oficiales, sus máscaras, sus limitaciones de reuniones y sus tests masivos.
En julio de 2021, el International Research Journal of Public Health halló ausencia de toda asociación entre obligación de máscaras y propagación del covid analizando todas las zonas de EEUU. A estas alturas, negar toda posible evidencia se había convertido casi en norma, y el teatro de máscaras debía continuar.
6.- Texas: sureños, y también fachas
Texas, con casi 30 millones de habitantes, centros urbanos tan densos como Houston o Dallas y uno de los estados más económicamente pujantes gracias a su política de bajos impuestos, es también un caso de especial interés. Uno de los bastiones de los conservadores en EEUU, fue otro estado que optó en gran medida por mantenerse al margen de las muchas recomendaciones de la OMS y el CDC y tomar una postura donde primaba la responsabilidad y libertad personales de modo en general semejante a su hermano Florida. Comparado con Florida, Texas durante 2020 no practicó unas medidas tan laxas, pero pronto en 2021 y a la vista de los resultados el gobernador Greg Abbott decidió levantar las restricciones que aún quedaban, entre ellas máscaras en determinados lugares interiores. Fue al inicio de marzo de 2021 y de nuevo la maquinaria mediática prorrumpió con los peores augurios para Texas, tanto más cuanto Texas permitió ya entonces eventos multitudinarios y masivos sin distancia alguna en estadios abiertos o cerrados y sin máscaras. Vanity Fair lo llamó un plan ‘para matar americanos’ y el gobernador de California dijo que era ‘absolutamente sin sentido’. El político progresista Beto O´Rourke llamó ‘culto a la muerte’ eliminar por completo las máscaras en Texas.
Todos los pronósticos de muerte, destrucción y castigo divino contra Texas se materializaron en que un mes después Texas tenía una tasa de contagios entre los estados con mejores datos, concretamente estaba en el 30% en la parte baja de la estadística.
Texas en conjunto con su política laxa y su temprana eliminación de máscaras tuvo datos mejores que California en todo 2020 y 2021. De nuevo los medios ignoraron el éxito de Texas sin máscaras ni restricciones.
Hablando del medio Oeste americano, Arizona -vecino de Texas- fue el estado donde el CDC llevó a cabo un estudio que supuestamente demostraba que llevar máscaras en las escuelas reducía los contagios. Tan orgullosos estaban de tener los resultados que querían que su directora Rochelle Walenski lo citó en incontables ocasiones en los medios como otra prueba de su política de máscaras. Si han seguido con anterioridad en esta serie de análisis el modo de usar la ciencia por las organizaciones públicas con las máscaras desde 2020, no les sorprenderá saber que se trataba de un estudio diseñado con una fuerte manipulación. No lo digo yo, la prestigiosa revista de análisis fundada en Boston en 1857 The Atlantic le dedicó un reportaje entero a este estudio en su sección de ciencia titulado: “El caso sesgado del CDC sobre las máscaras en las escuelas”. Noah Harber, nada menos que coautor de una revisión publicada de estrategias de mitigación del Covid19 dijo de este estudio: “es tan fraudulento que no debería haber visto la luz pública”. También merece la pena mencionar en esta región del medio Oeste el singular caso de Kansas, al Norte de Texas, por la sencilla razón de que en cada condado del estado se permitió decidir desde 2020 qué política de máscaras establecer y fue bastante semejante el número de condados que impuso la máscara en interiores y el número de condados que no lo hicieron. Exactamente desde verano de 2020, 105 condados de Kansas la impusieron en interiores, y 85 condados no. Los resultados de los 3 primeros meses de política opuesta de máscaras merecieron un análisis y publicación en Febrero de 2022 en la revista Medicine. En resumen, ¿cuál fue el resultado? Cito el propio estudio: “Los resultados de este estudio sugieren de modo potente que la imposición de máscaras causó 1,5 veces más muertes, eso es que aumentó un 50% la mortalidad frente a no imponer máscaras”. Por cierto, cuando en marzo de 2021 Texas se dispuso a eliminar las máscaras de todos los lugares, Biden dijo que eso era ‘pensamiento Neanderthal’. Curiosamente todos los que siguieron el pensamiento Neanderthal, junto con Florida y Texas entre otros, empezaron a tener menores contagios que sus avanzados y progresistas vecinos enmascarados.
Es tan imposible sostener un impacto favorable de las máscaras, que ni siquiera haciendo una estrategia sesgada de cherry-picking (coger sesgada y selectivamente datos de modo que al presentarlos parezcan respaldar una idea) con los datos generados de más de 2 años de experimentación global podríamos lograrlo. Por ejemplo, aquí vemos niveles de hospitalizaciones en EEUU versus uso de máscaras. No sólo el aumento del uso de máscaras no se correlaciona (en realidad la correlación es casi tan nula como entre nieve y hamburguesas) con menos hospitalizaciones, sino que el descenso en su uso va seguido de descenso de las mismas y a la inversa.
Los casos exitosos en EEUU de Texas y Florida como estandartes de ínfimas restricciones y rápida eliminación de máscaras son aún mayores cuando los comparamos con sus modelos opuestos en el país. Igual que hemos visto el fiasco sin paliativos de California, el también progresista Nueva York es una bofetada en la cara de la estadística y, sobre todo, de la narrativa oficial. De hecho, Nueva York siempre despuntó por su nivel récord en el país de uso de máscaras junto con su colindante Rhode Island. Con todo y con esto durante todo el comienzo de 2021 ambos encabezaron en el país los niveles de mortalidad covid. Es más, durante todo este período los 10 estados americanos con mayor uso de máscaras tuvieron los peores datos de mortalidad. Los peores, sí. Aquí vemos en la primavera de 2021 los 10 estados con más alto uso de máscaras qué mortalidad per capita tuvieron frente a los 10 estados en azul con más bajo uso de máscaras. Recordemos que aquí no se habla solamente de obligación de llevarla, sino de uso real de las mismas.
– El efecto Foegen
Si hemos visto las cifras hasta ahora, podremos advertir recopilando los datos que no sólo las imposiciones de máscaras no han producido ningún beneficio. Sino que incluso las imposiciones de máscaras han tendido a producir datos ligeramente peores.
En realidad, que las máscaras contribuyan a aumentar los contagios como las cifras parecen indicar es una hipótesis científica establecida bajo la denominación de ‘efecto Foegen’, por su principal postulante el alemán Dr Zacharias Foegen. Y es una hipótesis que concuerda con los datos. De hecho su autor propuso la explicación tras analizar la efectividad negativa de los mandatos de máscaras. Tras como él lo explica en la revista Medicine:
“Una razón para el aumento de infecciones al exigir el uso de mascarillas es probablemente que los viriones que ingresan o los que se expulsan al toser en gotitas se retienen en el tejido de la mascarilla y, después de la rápida evaporación de las gotitas, de gotas hipercondensadas o viriones puros sin estar dentro de gotas, éstos [los viriones, que son los agentes infecciosos] se vuelven a inhalar desde una distancia muy corta durante la inspiración. Este proceso se denominará ‘efecto Foegen’.
En el ‘efecto Foegen’, los viriones llegan más profundamente en el tracto respiratorio. Así, se inhalan profundamente hasta los alveolos en lugar de los bronquios y se puede generar neumonía en lugar de bronquitis.
Además, el ‘efecto Foegen’ podría aumentar la carga viral general porque se vuelven a respirar los virones que deberían haberse eliminado de las vías respiratorias. La reproducción viral in vivo, incluida la reproducción de los virones reinhalados, es exponencial en comparación con la reducción lineal de gotitas inducida por la máscara.”
Esto es, dado que las máscaras no pueden bloquear viriones pero sí podrían dejar atrapadas microgotas con virones en el tejido, al dejarlas atrapadas favorecerían que al descondensarse estemos respirando más y más profundamente carga viral.
Además, Foegen cita como ulterior evidencia de su razonamiento que desde 2020 con la implantación de máscaras obligatorias se registró un aumento de contagios por rinovirus: el resurgimiento del rinovirus titulaba un estudio de una revista de enfermedades respiratorios del británico The Lancet.
Foegen además cree que el uso de máscaras ‘mejores’ como las N95/FPP2 sólo agravarían el problema al aumentar lógicamente la posibilidad de retener microgotas cuyos virones nos quedaremos largo tiempo reinhalando y lleguen así más fácilmente a los alveolos, favoreciendo un cuadro infeccioso potencialmente más grave.
Esto es, cuanto más ‘floja’ o menos filtrante sea una máscara tendremos menos probabilidades de estar reinhalando microgotas (algunas podrán tener viriones infecciosos), y por tanto al eliminar máscaras reduciríamos la probabilidad de infecciones más severas. Todo esto puede resultar casi herético en el mundo de post-verdad actual, pero el efecto Foegen concuerda con los datos que han producido dos años de mandatos de máscaras.
7.- Suecia: el país que dejó de existir. Un vistazo a Europa.
Adentrándonos en el continente europeo, y antes de abrir la caja de pandora sueca, veamos gráficamente qué curvas de contagios han generado los países europeos con sin o casi sin máscaras en rojo versus los que usaron masivamente mandatos de máscaras en negro.
Ahora sí, es el turno del caso de estudio europeo más fascinante, pues según todas las previsiones mediáticas estaba destinado de modo irremediable a ser el anti-ejemplo, el desastre irremediable. Suecia, desde el comienzo, fue un país diferente a la tónica dominante de ‘cuantas menos libertades, mejor’. En el fondo esto se explicaba fácilmente: su agencia de salud pública es por tradición en el sistema sueco una agencia desligada del Gobierno, completamente independiente. Tan independiente que no forma parte ni tiene que rendir cuenta alguna a la OMS ni participa directamente en la misma. Así que Suecia, por medio de sus decisores de expertos de salud pública, pensó que la respuesta el covid no pasaba por confinamientos, ni cierres de escuelas o negocios, ni controles de movilidad. Tampoco por máscaras. Particular fue la figura de Anders Tegnell, el anti-Fauci. Tegnell fue el máximo responsable de la agencia de salud pública de Suecia para la respuesta al covid. Ni que decir tiene que recibió toda suerte de furibundas críticas en los medios por su postura anti-restricciones. Pero Tegnell se mantuvo siempre firme citando evidencia científica para su postura.
Suecia siguió sosteniendo que toda la evidencia hasta 2020 sobre las máscaras seguía siendo válida y optó por nunca imponerlas en ningún lugar. Y ninguno significa ninguno (Suecia a lo máximo que llegó fue a una mera recomendación, durante unas solas semanas, sólo en el transporte público y circunscrito a las horas punta). Así pues, Suecia tuvo el menor uso registrado con diferencia en un país occidental de este artilugio o estrategia, pues las estadísticas mostraban un ínfimo 2% de uso en su población. Seamos conscientes de la situación: un 98% de suecos nunca o casi nunca uso una máscara en ningún lugar. Paseando por Estocolmo durante 2020 y 2021 uno podía identificar turistas por su uso de máscaras.
Y nadie puede decir que Suecia sea un país muy distinto de tantos otros occidentales, su capital Estocolmo tiene un millón de habitantes, es una de las capitales europeas del ocio nocturno y tiene una densa red de metro con 100 estaciones. La vida en Estocolmo es semejante a cualquier capital europea desde París a Londres. Además, la población del país se aglutina en el sur colindante con Dinamarca y Alemania.
Chequia, vecino de Alemania, ofrece un buen punto comparativo con Suecia. Son sociedades comparables pero que tomaron decisiones diametralmente opuestas respecto al covid. Chequia, quien no dudó en aplicar toda suerte de restricciones y una muy temprana imposición de máscaras, fue ampliamente elogiada. USA Today dijo que el país era un ejemplo para los norteamericanos sobre usar máscaras, y que eso les hacía posible conquistar la epidemia. Incluso Chequia desarrolló una iniciativa llamada Masks4All en la que se involucró la Universidad de Praga para universalizar su uso, con lo que su adherencia acabó siendo siempre superior al 80% de media nacional.
Aunque durante la primavera de 2020 parecía que Chequia tenía buenos datos, cuando llegó el otoño la situación cambió, y cambió dramáticamente. Cuando el país alcanzaba los mayores datos de adherencia al uso de máscaras, Chequia experimentaba su peor ola de contagios y un nivel de mortalidad creciendo en espiral. Suecia, que permaneció libre de máscaras y restricciones, tuvo un otoño e invierno con unos datos francamente mejores frente a los que palidecía Chequia. Cuando llegó la primavera de 2021 Chequia tenía la peor cifra de mortalidad covid del mundo, la peor del mundo, duplicando la de Suecia. Como bien ha reconocido en el caso español el catedrático de Parasitología de la Universidad de Valencia Rafael Toledo, las máscaras no han frenado ninguna ola en nuestro país. Igualmente, las máscaras en exteriores en España no se han correlacionado con menos contagios y mortalidad, sino con más.
No muy distinto escenario es el de Reino Unido. Éste empezó en julio de 2020 a imponer en escalada la máscara en más lugares y al final del verano ya estaba impuesta en cualquier lugar interior aún entonces con unas cifras de contagios muy bajas. Sin embargo, la llegada del otoño e invierno hizo sufrir a Reino Unido unas olas de contagio constantemente superiores a Suecia sin máscaras.
Alemania, vecino de los escandinavos, fue otro país ampliamente elogiado por su estricta respuesta al covid y con una casi universal adherencia a las máscaras y aun así con similares datos de mortalidad que Suecia toda la segunda mitad de 2020 y peores en todos los siete primeros meses de 2021. En este punto, las máscaras se habían convertido en una suerte de ‘nuevo comunismo’: no importaba cuantas veces fracasara su imposición usando cualquier métrica o comparación concebibles y en cualquier lugar del mundo, pues siempre se prometía que ‘esta vez’ iba a funcionar.
Suecia, por supuesto, se convirtió en esa verdad incómoda que había que ignorar. Realmente paradigmático fue que siempre toda suerte de horrores se le presagiaron a Suecia, y hasta tal punto se llegó a retorcer la realidad de los hechos que el país fue constantemente expuesto como ejemplo de lo que no había que hacer, ¡cuando sus resultados eran iguales o mejores! Para los anales de la desconexión con la realidad están por ejemplo las declaraciones del rey de Suecia en la Navidad de 2020 lamentando que su país no haya impuesto restricciones como las máscaras, ¡cuando el supuesto ejemplo alemán tenía la misma tasa de mortalidad entonces! ¿Qué beneficio que no obtienen los demás con una medida iban a obtener? Suecia se sacó del mapa, tanto así que raramente se hablaba de su caso en los medios, por no decir la televisión. Tan perturbador fue el buen desarrollo a largo plazo de Suecia que Tegnell, en vez de ser justamente reconocido, fue rechazado por la OMS cuando acabó su mandato sueco. Lo importante no eran pues los resultados, ni la mortalidad ni la salud, y la OMS demostró así que lo realmente importante para ella era el acatamiento acrítico. Recordemos que hoy la OMS es de facto una organización privada financiada principalmente no por los gobiernos sino por empresas privadas farmacéuticas y fundaciones como Gates Foundation del magnate Bill Gates.
Por cierto, en Suecia a través de su parlamento se estableció una comisión de respuesta al Covid alentada por quienes cuestionaron las medidas casi inexistentes del país. En sus conclusiones finales en 2022, esta comisión determinó: “La respuesta de Suecia fue en lo fundamental correcta”. Tanto que su modelo de mínimas restricciones, mínimas imposiciones y ausencia de máscaras lejos de producir la apoteosis predicha por los expertólogos en los tabloides se tradujo en la epidemia con menos exceso de mortalidad de toda la Edad contemporánea para Suecia.
Volviendo al escenario de su vecino Alemania, el de Baviera es un caso de análisis muy valioso. Por la sencilla razón de que éste fue un estado que obligó a usar máscaras N95/FPP2 o superiores, prohibiendo llevar cualquier otra supuestamente inferior incluso quirúrgicas, mientras que sus estados alemanes vecinos no hicieron tal cosa. El resultado comparativo de dos sociedades homogéneas bien con FPP2 bien cualquier otra de tela fue ni más ni menos como vemos: indistinguible, incluso con cifras ligeramente peores para el estado con FPP2 universal.
Austria, en enero de 2021, impuso también una obligación de portar N95/FPP2 o superior a nivel nacional y a final de aquel verano la endureció al máximo posible. Aun así, Austria llegó a los niveles más altos de contagios del mundo. Los más altos.
Otro caso comparativo europeo contundente de visualizar es el de dos regiones en Reino Unido con políticas de máscaras dispares. Inglaterra jugó varias veces desde el verano de 2020 a imponer y luego retirar máscaras de interiores. Su hermano británico Escocia nunca levantó su exigencia en este período. Como hemos estado constantemente viendo, Inglaterra no presenta cambios en correlación con que haya o no máscaras en interiores. Incluso más, en conjunto la progresista enmascarada Escocia tuvo mayores tasas de contagios sin el más mínimo levantamiento de las mismas.
En suma, Suecia fue un enorme grupo de control sin máscaras ni restricciones apenas, y al final de la historia Suecia tuvo una de las más bajas tasas de mortalidad covid europeas, por debajo de Grecia, Reino Unido, España, Italia, Portugal, Alemania. Es más, si buscamos la estadística, Suecia estuvo todo el 2020 y 2021 -exceptuando parte de la primavera del primer año- en niveles históricamente bajos de exceso de mortalidad, en 2020 redujo la mortalidad para todos los ciudadanos menores de 75 años, fue inferior a la de países comparables como Suiza, Holanda, Reino Unido, Francia o Austria que practicaron intensas restricciones, y ha ganado esperanza de vida cuando casi todos los demás países occidentales la han reducido.
Una sociedad sin máscaras no podía ser que tuviera menos mortalidad y contagios. El negacionismo, que fue constante, con las máscaras y las restricciones alcanzó aquí su epítome. Suecia, en resumen, había que expurgarla. En abril de 2022, el profesor de Microbiología Dr Beny Spira consiguió la publicación tras una revisión por pares de su estudio de todos los países europeos de más de 1 millón de habitantes entre octubre de 2020 y marzo de 2021 analizando tanto su política como su adherencia al uso de máscaras en relación con los niveles de contagios como de mortalidad covid. Spira llegó a dos conclusiones: 1) No se observa impacto en reducción de transmisión viral con mayor uso de máscaras y 2) Existe una moderada tendencia a mayor uso de máscaras y peores cifras de mortalidad covid por lo que ‘el uso de máscaras podría tener consecuencias no deseadas’. Recordemos el efecto Foegen de las máscaras que hemos mencionado anteriormente.
Hemos visto cómo no sólo la mejor evidencia publicada hasta 2020 y posteriormente no avaló nunca los mandatos de máscaras y sino cómo éstos han entrado de manera clara y rotunda en el libro Guiness de peores políticas globales de salud pública de la historia de la humanidad.
Nos quedan por comentar aspectos como el tremendamente doloroso de los niños tan severamente dañados en su desarrollo intelectual y emocional por unas políticas tan en el mejor de los casos totalmente inservibles para su propósito, intentaremos también comprender por qué el mundo tan acríticamente se ha sumido en el teatro de la obediencia hacia mandatos tan alejados de las evidencias y procuraremos descifrar cuáles pueden ser las razones de la imposición de políticas tan ineludiblemente fracasadas desde su comienzo.
De un tiempo a esta parte en determinados círculos, se ha empezado a escuchar, entre susurros, el término “estanflación”. Entendemos la estanflación como la coincidencia en un mismo periodo, de inflación y, bien estancamiento económico, bien recesión. Es algo raro de ver, puesto que las medidas de política monetaria que crean inflación (políticas expansivas), también generan crecimiento económico y las que reducen el crecimiento (políticas monetarias restrictivas), disminuyen también la inflación.
Cuando se dio a conocer al público por primera vez este fenómeno, fue con la crisis del petróleo de 1973, que provocó por un lado una profunda recesión económica y por otro, al aumentar el precio del petróleo, aumentaron los costes de producción y con ello los precios. Ante aquello, la tradicional política de medidas expansionistas para salir de las crisis dejó de funcionar, al aumentar estas, aún más, la inflación existente. Por lo que las viejas ideas keynesianas quedaron desfasadas y empezó a ponerse de moda otra corriente totalmente distinta, que venía de la escuela de Chicago.
La solución que propuso dicha escuela, y que funcionó, fue primero estabilizar los precios con una adecuada política monetaria, aunque esto agravase momentáneamente la recesión. Y una vez esto estuviese controlado, se empezaría, mediante bajadas impositivas y una disminución del peso del Estado, a conseguir crecimiento económico. El mejor ejemplo de todo este fenómeno lo tuvimos en Reino Unido, con una fuerte estanflación en los años 70, y la aplicación de todas estas medidas en los años 80, por parte del gobierno de Margaret Thatcher, que aunque muy al principio fueron dolorosas, acabaron trayendo una década entera de un fuerte crecimiento económico.
Hoy en día es innegable que caminamos hacia la estanflación, con inflaciones cercanas a los dos dígitos y estancamiento, cuando no recesión (EE.UU. está ya oficialmente en recesión). Sin embargo, tenemos un problema adicional, que dificulta aún más el enfrentarse a la estanflación, y es la deuda, que nos impide llevar a cabo una correcta política monetaria que en esta situación. Conllevaría una fuerte subida de tipos de interés, y muchas economías quebrarían al no poder hacer frente a sus costes de la deuda. Además por si fue poco, los últimos años de crecimiento que han vivido nuestros países, en buena medida no se han debido a mejoras en la productividad o eficiencia, sino a unos estímulos sin precedentes de los bancos centrales; nuestra economía estaba dopada.
Todo esto nos lleva a un dilema con difícil solución. Nuestras economías llevan años sin crecer si no son dopadas mediante estímulos monetarios, estímulos que ya tampoco podemos soportar, puesto que crean una gigantesca inflación como estamos viviendo, pero a la cual no nos podemos enfrentar como se debe, puesto que hundiríamos la economía y por los tipos de interés, muchos gobiernos quebrarían.
Viendo los últimos movimientos de los organismos económicos, parece que como el menor de los males, aceptarán un término medio. Es decir, una política monetaria un poco restrictiva, insuficiente para acabar con la inflación, pero al menos que la mantenga algún punto porcentual por debajo de la actual y lo suficientemente laxa, como para que no quiebren los estados híper-endeudados.
El objetivo fundamental de los bancos centrales es mantener la estabilidad de precios y el de los gobiernos, el mantener una situación político-económica estable y segura, que permita el crecimiento económico y con ello la mejora del resto de variables como el paro, la pobreza… Podemos decir sin ningún atisbo de duda, que ambos han fracasado estrepitosamente.
Marx escribió dos teorías para explicar la manera en que los capitalistas obtienen beneficios. La principal teoría es la explotación del trabajador según la cual, el trabajador gana en media jornada laboral el salario que asegura su supervivencia dedicando la otra mitad del tiempo de trabajo a producir los beneficios para el capitalista. Es una explotación invisible, tan invisible que ni siquiera los propios capitalistas saben lo que produce sus riquezas. Aunque esta teoría sólo funcione en condiciones irreales basadas en las suposiciones de Marx, como hemos mostrado en el primer artículo y analizado en el tercero de esta serie, ha llegado ser el lema de los movimientos socialistas y la causa de la lucha de clases.
Marx ya había insinuado en El Capital que su teoría no era aplicable a las condiciones del capitalismo industrial, algo que más tarde fue abiertamente reconocido por Engels. Por eso, como hemos analizado en el segundo artículo, Marx desarrolló una segunda teoría que explica cómo los capitalistas obtienen beneficios al intensificar la producción y al invertir en maquinaria para las fábricas. Aunque las dos teorías se contradicen entre sí, Marx encubrió su contradicción con una hábil tapadera.
Marx escribió El Capital con la intención de construir “del más terrible misil que se ha disparado jamás contra las cabezas de la burguesía (terratenientes incluidos).”[1] La carga emocional de El Capital es unos de más importantes mensajes de metacomunicación del libro, lo que ayuda a los lectores simpatizantes a identificarse con el texto evitando así que encontraran las posibles contradicciones. Por eso, El Capital llegó a ser una fuente de ideas para la interpretación del mundo capitalista y la construcción del posterior socialismo.
La primera teoría: revolución
Para los seguidores de Marx que creen en su primera teoría sobre la explotación, la única vía de escape del capitalismo es la revolución socialista llevada a cabo por los obreros y la creación del estado socialista. El mercado sólo produce miseria. La eliminación del mercado y los capitalistas solucionaría todos los problemas del mundo porque no tienen ninguna función útil. Así, tal y como imaginó Lenin en El Estado y Revolución[2], la economía funcionaría como un reloj o como una oficina de correos.
Así, no sorprende que todos los intentos por establecer el socialismo hayan resultado un fracaso. Como sabemos, la economía no funciona como un reloj ni como una oficina de correos: el sistema económico planificado por los estados socialistas no ha podido cumplir los sueños de Marx, crear más abundancia para los obreros que en los países capitalistas. La comparación de la Alemania socialista con Alemania occidental, Corea Norte con Corea Sur, Austria con Chequia (que antes de 1918 era la parte más desarrollada de imperio austriaco) muestra muy claramente que el socialismo no ha conseguido crear ningún paraíso terrestre porque se ha levantado sobre una tesis científica mal construida.
Incluso es muy claro que entre las economías socialistas los países que tuvieron más éxito relativo fueron los que abandonaron el plan original marxista y dejaron, por lo menos, algún espacio al mercado. El “socialismo goulash” de János Kádár en Hungría y las reformas de Deng Xiaoping en China fueron los programas más exitosos dentro del marco socialista porque estas reformas pro-mercados hicieron crecer el nivel de vida del trabajador. La transición hacia las reformas pro-mercados tuvo consecuencias incluso más importantes, como la disminución de la política del terror de Estado provocada por la necesidad de alcanzar determinadas metas económicas.
La segunda teoría: socialdemocracia
La segunda teoría del Marx habla de la explotación a través de la intensificación de la producción. Esta teoría acepta, entre líneas y de mala gana, la importancia de los capitalistas para hacer una producción más eficiente y los efectos positivos que el aumento de la productividad tiene en el trabajador. [3]
Es esta segunda teoría la que anima a los partidos socialdemócratas de la actualidad. El giro copernicano de la socialdemocracia moderna, que renuncia al programa revolucionario marxista (comunista), tiene su origen en la obra de Eduard Bernstein, un socialdemócrata alemán moderado que formuló su programa político reformista para la socialdemocracia a finales del siglo XIX.
Eduard Bernstein argumentaba en 1893[4] que la profecía de Marx no se había cumplido: no sólo había aumentado el peso de la clase media, sino que una parte de los obreros había podido incorporarse a la clase media. La democracia permitía hacer políticas que favorecen a los obreros. El programa revolucionario de Marx no había resultado apto en los tiempos de creciente abundancia del capitalismo del siglo XIX. Bernstein predijo que el llamamiento de Marx a la dictatura del proletariado sería un fracaso.
La socialdemocracia que sigue las pautas de Bernstein ha abogado por una economía mixta dentro del marco democrático; acepta la necesidad de la economía del mercado y acepta el papel de los capitalistas, pero aboga por dar un papel importante al Estado para balancear el poder de los capitalistas y crear más igualdad. El arte de gobernar es encontrar el difícil camino entre competitividad e intervención estatal.
Para nosotros, con la experiencia del fracaso del socialismo, es vital ver el lado positivo del funcionamiento de los mercados y apreciar el poder innovador de los empresarios y capitalistas. Tenemos que apreciar el poder de la innovación incluso más de lo que la segunda teoría de Marx nos permite apreciar.
El Capital de Marx se publicó casi simultáneamente con Los Principios de la Economía de Menger (1871).[5] Marx y Menger leyeron a los mismos autores, pero Menger, a diferencia de Marx, reconoció las deficiencias del pensamiento de Smith y fue capaz de situar el pensamiento económico sobre una nueva base con la ayuda de las ideas de Condillac, que había sido rechazado por Marx. De esta manera, evitó la laboriosa tarea del engaño y subterfugio que encubría las contradicciones de una teoría mal fundamentada. A cambio, podría dedicar todas sus energías a construir una teoría que funcionara realmente bien, libre de contradicciones.
La teoría de Menger puso de relieve la característica más importante del capitalismo o del libre mercado que Marx se había negado a ver[6]: la posibilidad de innovación, de que personas con ideas y tendencias emprendedoras descubran y pongan en práctica sus ideas para mejorar sus vidas y, por ende, el mundo. Como resultado, los países que han aplicado las ideas de Adam Smith sobre el libre comercio y la libertad personal han alcanzado niveles de vida antes inimaginables.
Así, la lectura más importante no es Marx ni El Capital. Las obras imprescindibles son las de Menger y sus discípulos, Mises, Hayek y Schumpeter, que proporcionan el verdadero apoyo para que la humanidad alcance el resultado que Marx imaginó: el mejor nivel de vida posible y la libertad personal para todos, también para los trabajadores y no sólo para la élite, ya sea económica o política.
[1] Marx, K. (1867) ‘Letter to Johann Philip Becker, 1867. 04. 17.’, in MECW vol. 42. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, p. 358.
[2] V.I. Lenin: El Estado y el revolución. Fundacion Federico Engels, 1997. pag. 72-3.
[3] “Del propio plusproducto creciente de éstos (los capitalistas – TA), crecientemente transformado a pluscapital, fluye hacia ellos (a los trabajadores – TA) una parte mayor bajo la forma de medios de pago, de manera que pueden ampliar el circulo de sus disfrutes, dotar mejor su fondo de consumo de vestimenta, mobiliario, etc, y formar una pequena fondo de reserva en dinero” (Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009 ed. Madrid: Siglo XXI., p. 766-7).
[4] Bernstein, E. (1899) Preconditions of Socialism. Cambridge: Cambridge University Press.
[5] Menger, C. (1871) Principles of economics. 2007th edn. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.
[6] „La lucha de la competencia se libra mediante el abaratamiento de las mercancías” (Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009 ed. Madrid: Siglo XXI., p. 778).
El debate sobre la viabilidad de una nueva Constitución en Chile sigue abierto. Después de que en 2019 se encendiera la mecha de lo que entonces se denominó como ‘estallido social’ para posicionar mensajes que, aunque no fueron nuevos en su momento, pretendían mostrar un Chile sumido en una crisis existencial que se extendía desde la ausencia de un sistema de pensiones justo y al alcance de todos los ciudadanos, hasta el aumento de los precios en el transporte público, que fue, precisamente, el motivo de impulso determinante de los convocantes de las protestas en aquel año.
Tres años más tarde, después de la victoria de Gabriel Boric en las elecciones generales de diciembre de 2021 y unas elecciones que dieron pie a la Convención Constituyente en que la derecha chilena quedó reducida a una minoría sin alcance suficiente para constituirse en un punto de quiebre en las negociaciones del nuevo texto constitucional, el próximo 4 de septiembre los chilenos volverán a las urnas para votar en favor o en contra de la Constitución propuesta por los asambleístas elegidos.
Se trata de una propuesta que pretende dar un giro radical a la carta magna vigente hasta hoy desde hace más de cuarenta años. Se entiende por ello la lógica bajo la cual se ampara el furtivo motivo de impulso de una nueva constitución como si ello fuera una solución a los problemas estructurales de Chile que, con sus falencias incluidas y la falta de eficacia social en diferentes ámbitos, el país se presentó durante las últimas décadas como un ejemplo de crecimiento y fortalecimiento institucional sin parangón en la región latinoamericana.
Una parte importante para entender el fenómeno social, aupado por diferentes demandas que se aglutinaron en un eje de quiebre contra el Gobierno del entonces presidente Sebastián Piñera, es la maniobra de los grupos de izquierda más radicales que buscan posicionar su modelo frente al éxito demostrado por Chile en los ámbitos social, económico e institucional todos estos años.
Se trata, en síntesis, de promover un Estado asistencial, alejado del principio de subsidiariedad que atiende, en esencia, a la preminencia de la iniciativa individual y colectiva, la defensa de su libertad y la garantía de sus derechos frente a las estructuras inamovibles e inabarcables de un Estado burocrático que responde a los intereses de su propia oligarquía y busca –siempre– el cumplimiento de los objetivos de quien ostenta el poder público.
La tradición constitucional occidental, la que impera en Chile y en el resto de los Estados democráticos que tienen vigentes los principios que soportan su sistema establece que el Estado es, precisamente, un actor accesorio a la estructura de la sociedad y dentro de los procesos de relación entre los ciudadanos con el propio poder público. Es decir, el Estado como actor limitado cuya función no es otra que la de vigilar y encauzar el ejercicio de los derechos humanos y, aun así, en este campo la responsabilidad individual prima sobre el papel que deberá tener el Estado en los diferentes campos de acción de los individuos.
Contrario a ello, la idea establecida en el artículo 1 del texto propuesto por la Convención y de su comunicado publicado el 12 de abril de este año, determina lo siguiente: se abandona el concepto de Estado subsidiario, implícito en la actual Constitución, que entrega principalmente a los privados el cumplimiento de los derechos sociales.
En ese sentido, se apela a la suplantación del modelo practicado en Chile como sistema de pesos y contrapesos que ha demostrado ser el más próximo al éxito evidenciado las últimas décadas, tanto a nivel económico como institucional, no el modelo de Estado ‘Leviatán’ pretende prevalecer en Chile con la nueva constitución.
Probablemente, este sea el episodio mas importante de la vida política de Chile desde la Transición iniciada a finales de los años ochenta. Como en todo proceso eleccionario con dos alternativas únicas y opuestas donde se no caben los términos medios, los chilenos elegirán entre la alternativa propuesta por la Convención que busca el predominio del Estado proteccionista y protagonista en la vida de los individuos y en los propios procesos sociales o su rechazo.
La polarización y la ausencia de un acuerdo general de acuerdo con los trabajos iniciados en la Convención se exponen en las últimas encuestas que indican que el rechazo a la nueva Constitución en Chile supera por ocho o más puntos a la aprobación al texto propuesto por los convencionales. De acuerdo con la encuesta de ACTIVA (10-12 de agosto) un 44,4% de los encuestados votaría en contra del proyecto, frente al 33,9% que le daría su respaldo en las urnas.
El texto reproducido a continuación es fruto de una serie de correos enviados entre los dos entre el 24 y el 27 de agosto de 2018, editado para su mejor comprensión.
Álvaro D. María: La pregunta que le planteé era que cómo conjugaba sus creencias católicas, en concreto el dogma de la Trinidad, con su nominalismo ontológico. El origen de esta pregunta está en la condena por triteísmo a Juan Roscelino de Compiègne, considerado el padre del nominalismo, puesto que si sólo existe lo individual no se puede decir que Dios es uno y trino, sino que estaríamos ante tres dioses. Cuestión, la del dogma de la Trinidad, que también llevó a la confusión a los moros cuando se referían a los católicos como los politeístas.
Pues bien, lo que quería “denunciar” con esta pregunta es un supuesto error a la hora de hablar de la inexistencia “ontológica” del Estado. Esta afirmación sostiene, implícitamente, un error principal a mi juicio, que sería dar el salto del individualismo metodológico al individualismo ontológico. Un error similar a considerar que la duda cartesiana era una duda ontológica, cuando Descartes en ningún momento duda de la existencia, por ejemplo, del mundo que percibe, simplemente hace una ficción metodológica.
Puesto que considero que la afirmación en origen está basada en los planteamientos de Mises, creo que él mismo deja esa cuestión clara en La acción humana, Primera parte, Capítulo II, Epígrafe 4. El principio del individualismo metodológico:
“No menos infundada, por lo que respecta a nuestro tema, es la oposición entre el realismo y el nominalismo, según el significado que a tales vocablos dio la escolástica medieval. Nadie pone en duda que las entidades y agrupaciones sociales que aparecen en el mundo de la acción humana tengan existencia real. Nadie niega que las naciones, los estados, los municipios, los partidos y las comunidades religiosas constituyan realidades de indudable influjo en la evolución humana. El individualismo metodológico, lejos de cuestionar la importancia de tales entes colectivos, entiende que le compete describir y analizar la formación y disolución de los mismos, las mutaciones que experimentan y su mecánica, en fin. Por ello, porque aspira a resolver tales cuestiones de un método satisfactorio, recurre al único método realmente idóneo”. (von Mises, L., La acción humana, tratado de economía, Undécima edición, Unión Editorial, p. 51)
Pues bien, lo que pretendo señalar es que hay una ontología subyacente en su afirmación, que estaría por explicitar, puesto que decir que el Estado no tiene existencia ontológica depende de qué coordenadas ontológicas se den. Por ejemplo, en el materialismo filosófico de Gustavo Bueno no se pondría en cuestión tal existencia ontológica puesto que se consideran tres géneros de materialidad. Y esta ontología subyacente resultaría incompatible con los dogmas católicos, y, además, considero que va contra los principios filosóficos de la Escuela Austríaca por hacer de lo que sólo es un método una ontología.
Aprovechando que me pongo en contacto con usted para aclarar este tema, quisiera plantearle otra cuestión —que me consta que está también en debate por sus tierras— que es el hablar del Estado como lo político. Siguiendo corrientes de “derecha dura”, como Dalmacio Negro, o el tradicionalismo hispano —o incluso Carl Schmitt—, el Estado no es lo político, sino una de las formas de lo político. Si se es antiestatista —como es mi caso— habrá que señalar por qué se está en contra de esa forma política, y no multiplicar los Estados sin necesidad, aunque sea en muchos pequeñitos.
Muchas gracias de antemano por su atención.
Reciba un cordial saludo,
Álvaro D. María
Miguel Anxo Bastos: Estimado Alvaro: en primer muchas gracias por tomarse la molestia de discutir estos puntos. Es así como avanza el conocimiento. No soy filósofo y lo agradezco doblemente pues así me obliga a tener en cuenta estos aspectos. Probablemente mi manejo de los conceptos filosóficos sea muy primitivo y no haya matizado bien los distintos conceptos de ontología. Creo que Mises se contradice pues es también en la acción humana donde dice aquello de que no es el estado el que ejecuta, sino el verdugo, etc. La idea de estado sí que influye en la vida y la evolución humana, pero no es más que una idea al servicio de personas concretas, que son las que tienen existencia, intereses y voluntad. Pero influye a unas personas y no a otras (por ejemplo, a los pigmeos, pueblo sin estado, no), por lo tanto, no deja de ser a mi entender una idea, eso sí muy sofisticada, compartido por muchas personas. Para estas personas es un ente ontológicamente real y como tal opera, pero eso no quiere decir que usted me lo pueda presentar e irnos a cenar con él. Pero el estado no es más que un ente imaginario y si rastrea bien se puede descubrir quienes expresaron y racionalizaron tal contexto. Le adjunto un libro que me ha influido mucho y que igual es de su interés. [Imagining The State, Mark Neocleous]
En cuanto a lo de la Santísima Trinidad, entenderá que es cuestión de fe, y ahí está la gracia del asunto. Si fuese racional sería una evidencia y no tendría mérito, de ahí lo de creo porque es absurdo de Tertuliano.
En cuanto a su afirmación occaniana de no multiplicar los estados sin necesidad supongo que me refería a que la escala de esa organización política importa. Entiendo que la capacidad de hacer daño de una organización de ese tipo es menor cuanto más pequeña (p.e las Alemania del tiempo de Goethe y la de Bismarck no fueron exactamente las mismas en sus consecuencias). Y es cierto que el estado no es la única fuente de violencia.
Espero tener el honor de conocerlo en persona pronto.
Álvaro D. María: Estimado Miguel:
Muchas gracias por su amable respuesta y por el libro que me recomienda.
A mi juicio el Estado no es solamente una idea, también es una forma de organización política. Tampoco le puedo presentar a un campo electromagnético para irnos a cenar con él (no son ni corpóreos), lo que no implica que no existan.
Asimismo, no me parece que Mises se contradiga. Efectivamente, es el verdugo el que ejecuta, y no el Estado. De igual forma, son los futbolistas individuales los que marcan goles, pero reducir los clubs de fútbol a éstos, o negar la existencia de los clubs precisamente como organizaciones, es el salto que considero erróneo, justamente por considerar que se parte de una ontología nominalista que niega la existencia de las relaciones, pues sólo considera como realmente existente lo individual (lo que le comentaba en el anterior correo de un salto de la metodología a la ontología). Así, desde su punto de vista, habría que cargar contra las “sociedades” de responsabilidad limitada, puesto que serían una coartada por parte de los empresarios individuales para evadir ciertas responsabilidades.
Pero es que las morfologías también son operatorias, por supuesto, vinculadas a elementos físicos. Un paraguas sólo cumple su función con una determinada forma, si la manera de componer sus elementos dejase espacios entre las partes dejaría de cumplir su función y, por tanto, de ser un paraguas. Es más, la forma está tan presente a la hora de actuar que al hablar de individuos no decimos que el individuo es meramente una idea que carece de existencia real porque sólo existen órganos y tejidos conectados, y a su vez que éstos son ficciones porque sólo existen células, que a su vez sólo son ficciones… así hasta qué se yo. Precisamente, es por la incapacidad de dar cuenta de las funciones que cumplen los individuos a partir de los elementos que la componen por lo que se consideran como existentes.
Respecto a la cuestión del tamaño en las organizaciones políticas creo que parte usted directamente de considerar que son organizaciones para “hacer daño”. Yo prefiero a los EEUU antes que a Venezuela, y el tamaño ahí no es el problema. Es más, sabiendo que el poder está en el fusil, despedazar una potencia militar como EEUU en fragmentos chiquititos dejaría vía libre a otras potencias. Que sea capitalista y respete las tradiciones/instituciones (jurídicas, culturales, etc.) reducirá más la violencia que el tamaño, pienso yo. Pero tampoco considero que la violencia sea mala en todo caso, precisamente porque puede ser la salvaguarda de ambas (sin ser necesariamente estatal).
Muchas gracias de nuevo por su atención y un placer hablar con usted.
Espero poder ir a las Xuntanzas y conocerle, el honor sería mío.
Un abrazo
Miguel Anxo Bastos: Muy interesante debate señor D. María. Razona usted muy bien.
No niego la importancia de las relaciones, sólo digo que estas tienen que ser interiorizadas (por experiencia, educación aprendizaje…) por los individuos. Un pigmeo no entendería el significado del fútbol, como nosotros el de sus ritos ni le daría la misma importancia. Claro que estamos aculturados y compartimos valores. Uno de ellos es el de la pertenencia a un estado, pero si dejamos de creer en él desparece. Igual que antes existía el oráculo de Delfos, o el culto a Moloch (con sus cuerpos sacerdotales). Dejamos de creer en ellos y se desintegraron. Las personas que componen el estado también creen en él, pero se coordinan por valores, ritos o por intereses monetarios. En cuanto aparece una organización nueva en la que creer la vieja desaparece. Desaparecieron muchos estados en Europa e incluso hubo históricamente procesos de reversión del estado a la anarquía, y por siglos.
Es interesante lo de las sociedades limitadas (Neocleous les dedica un capítulo en el libro que le di). El estado se configuró históricamente como una corporación, para pretender ser inmortal y diferenciarse, al menos como ficción jurídica, de las personas que lo componen. Y después intentó moldear parte de la sociedad civil a su imagen y semejanza. Las sociedades anónimas o limitadas son creaciones jurídicas del estado, y cuando aparecieron fueron resistidas, hasta que se impusieron.
Estaría por ver si es más fácil derrotar a los estados unidos o fragmentados en partes. Keeley en War before Civilization explica que los pueblos anárquicos son más difíciles de conquistar que los árquicos, como probaría el caso de incas y aztecas (conquistados en semanas) o los apaches que no sólo no fueron conquistados por los españoles sino que llegaron a ganar terreno. ¿Si Hernán Cortés en vez de luchar con un imperio luchase contra 400 miniestados, ¿le sería más fácil o más difícil, que cree usted?
Ya tengo ganas de conocerlo. A ver si puede venir. Un abrazo y gracias
Álvaro D. María: Estimado Miguel:
Tengo que empezar dándole la razón, las relaciones tienen que ser “interiorizadas”. Sin embargo, es precisamente eso lo que hace que no sean meramente subjetivas, y si es necesario se “interiorizan” a base de porrazos. Si desaparecen las formas políticas no es porque se deje de creer (al modo en que se podría dejar de creer en un dios antiguo) en ellas, sino porque son destruidas o transformadas (insisto en limitar el término Estado a una forma de lo político concreta). ¿Acaso a fuerza de dejar de creer los venezolanos en el Estado desaparecerá éste? ¿Es el Estado una ilusión o son las relaciones que lo componen tan objetivas como pueden serlo las relaciones materno-filiales?
En cuanto a la cuestión militar, plantea usted, como posible tesis, que “los pueblos anárquicos son más difíciles de conquistar que los árquicos”, cuestión sobre la que carezco de conocimientos históricos y militares como para poder emitir un juicio. No obstante, lo que yo planteaba no era qué clase de pueblos son más difíciles de conquistar, sino que son los imperios los que imponen su orden y conquistan, y que renunciar a ser uno supone, ya de partida, adoptar una posición sobre “cómo es mejor defenderse”: “Imperium, quod inane est, nec datur umquam” (pretender el mando, que no es nada, sin conseguirlo nunca) Lucrecio, De rerum natura, III, 998). Si el comunismo ha sido desterrado, prácticamente, del mapa político no ha sido gracias a Luxemburgo o Liechtenstein, o a dejar de creer en él. Ha sido el imperialismo de EEUU el que lo ha puesto contra las cuerdas.
Estado e Imperio son categorías políticas, a mi juicio, distintas. El Imperio español carecía de Estado porque no había decisiones soberanas, jurídico-políticas, (la idea de soberanía es ajena a la hispanidad, como decía el propio Gaspar de Añastro Isunza al traducir Los seis libros de la República de Bodino) por parte de la monarquía, entre otras cosas. El propio Dalmacio Negro, en su Historia de las formas del Estado contrapone a las formas estatales la Monarquía Hispánica, los Gobiernos de Rule of Law y La República Federal Norteamericana. Si mal no recuerdo, d’Ors tiene un artículo, o algo parecido, sobre el no-estatismo de Roma. Sobre la idea de Imperio el mismo Dalmacio y Gustavo Bueno tienen aportaciones interesantes.
Interesantísimo debate. Espero que nos veamos en octubre y continuemos estos debates con una buena mesa.
Parecen estar de acuerdo la mayoría de los historiadores en que en la Rusia de 1917 convergieron varios procesos que habían venido discurriendo paralelos hasta entonces, y que fueron esenciales para facilitar una revolución sin ellos altamente improbable. Dichos procesos son, según el resumen que hace Nicolas Werth en el “Libro Negro del Comunismo”, concretamente en el capítulo titulado “Un estado contra su pueblo: violencia, represión y terror en la Unión Soviética”:
La confrontación entre los campesinos y los grandes terratenientes, que no se resolvió sino algunos lustros después, con la derrota total de los labradores no por los latifundistas, sino por un Estado que ocupó la posición de éstos.
La paulatina decadencia de un ejército cada vez más desmotivado y con unos soldados cada vez menos patriotas.
Una “clase”, la de los trabajadores industriales, cada vez más activa y reivindicativa.
Un proceso de emancipación e independencia de las diversas “naciones” integradas bajo el imperio zarista.
Para Werth cada uno de dichos movimientos discurrió por su propio camino, con sus dinámicas y objetivos específicos y particulares, irreductibles a los simplistas eslóganes bolcheviques. Aún así, todos fueron catalizadores esenciales para destruir las instituciones tradicionales y erosionar sus formas de autoridad, creando un vacío de poder hábilmente colmado por la minoría bolchevique.
En lo que no se ponen de acuerdo los historiadores es en si el origen de dichos procesos fue natural o artificialmente creado. Si fue natural, la providencial fortuna de unos revolucionarios profesionales que estaban, en su mayoría, fuera del país -y viviendo, suponemos, del aire-, apenas un año antes, fue antológica.
Llama la atención ver en la prensa, a diario, que en nuestro país los mismos cuatro procesos están cobrando cada vez más fuerza: un campo cada vez más acogotado por un Estado supuestamente ecológico; un ejército con material que no sirve ni para ser enviado a la guerra de Ucrania, con unas fuerzas y cuerpos de seguridad que están siendo sistemáticamente humillados, además de utilizados contra la población en virtud de unas decisiones abierta y oficialmente inconstitucionales, como fueron los estados de alarma; una bandera y una historia, la nuestra, cada vez más denostadas, vilipendiadas y falseadas; unos nacionalismos cada vez más exacerbados, alimentados artificialmente por una clase parásita que llama al odio y a la confrontación y que crea problemas de convivencia donde tradicionalmente no los había; y una gran crisis en ciernes, alimentada por decisiones económicas y financieras miopes y estúpidas cuando menos, que podría -sólo podría- ser en su caso utilizada por una clase política demagoga para atizar un supuesto “odio de clase” e implementar decisiones “más valientes… y revolucionarias”.
A todo eso hay que añadirle hoy, además, una campaña perfectamente diseñada desde hace décadas, financiada desde lo supuestamente público, y dirigida a pervertir el orden natural, las instituciones tradicionales y las costumbres; unas redes sociales y unos medios de comunicación omnipresentes, censores y monocolor; y una sociedad civil que está… de vacaciones.
Desconozco si el origen de los procesos en la Rusia de principios del siglo XX fue artificial o espontáneo, aunque tenga mi opinión. Basta leer los periódicos para entender que los de ahora están siendo dirigidos desde el poder. Se podrá discutir si es por maldad o por estupidez, pero sólo tenemos que ponernos de acuerdo en eso; el origen -artificial- es evidente. Los bolcheviques de antaño rellenaron, con su “revolución”, un supuesto “vacío de poder”. Los de ahora van a tener que colmar un erial oceánico; en lo demás, más de lo mismo.
Tras los acontecimientos vividos en la última semana con la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, la relación entre las dos superpotencias que representan China y EEUU se ha recrudecido hasta extremos insospechados. Los movimientos militares del gigante asiático sobre Taiwán a lo largo de los últimos días han activado las alarmas de multitud de analistas geopolíticos internacionales y de algunas de las principales instituciones encargadas de salvaguardar la paz a nivel global. Aun así, como suele suceder con asuntos tan complejos, no existe un consenso en torno a la cuestión de la posibilidad de una guerra entre ambos países e incluso sobre el ritmo de desacoplamiento en el plano de las relaciones internacionales entre ambas potencias. Mientras hay analistas que tildan a otros de fatalistas por plantear que la posibilidad de una guerra entre China y EEUU es muy real, otros creen que Occidente sigue sin querer afrontar la realidad del nuevo escenario de relaciones geopolíticas que, cada vez de manera más clara, se deja entrever a escala mundial.
Es normal tener la sensación de la existencia permanente de una guerra fría entre China y EEUU a lo largo de las más recientes décadas, ya que desde la incorporación del gigante asiático a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001, las relaciones entre este país y las principales potencias occidentales no ha sido nada fácil. De hecho, el asunto de Taiwán no es en absoluto nuevo, como tampoco lo es el choque de posturas entre EEUU y China sobre el asunto desde, al menos, la década de 1950. Todo ello no significa que la agresividad de la confrontación sobre el asunto no haya variado ni la intensidad de las posturas de ambas potencias se haya acrecentado.
En primer lugar, todos coincidiremos en que no es normal que China prolongue los ejercicios militares sobre Taiwán cerca de una semana y, por ello, no se debe tratar el escenario actual como la mera continuación de una disputa geopolítica cuyo escenario y posturas se encontrarán previamente establecidos. Esta vez hay multitud de elementos que tornan el escenario actual en algo distinto a lo que hemos vivido durante las últimas décadas.
Una guerra entre China y EEUU hoy en día no es sólo posible, sino probable. Esto no quiere decir que sea inminente, sino que la situación se ha vuelto mucho más inestable que hace meses y que eventos que antes podían ser controlados, en caso de suceder ahora mismo podrían ser la chispa para la mecha que conduzca al enfrentamiento armado entre ambos países.
Desde luego, la retórica y la narrativa del gobierno chino durante los últimos días no ayuda en absoluto a calmar los ánimos sobre la posibilidad de una guerra entre ambos países. Mientras que los predecesores de Xi Jinping trataron el asunto de manera menos directa, desde la llegada del actual Presidente chino al poder el nacionalismo belicista ha marcado el ritmo de las confrontaciones con EEUU sobre Taiwán. Un ejemplo muy claro al respecto, sucedido la pasada semana tras la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, fue la reacción del embajador chino en EEUU, quien subió un vídeo a Twitter en el que el Ejército Popular de Liberación (EPL) aparecía rodeado de misiles balísticos, mientras de fondo se escuchaban sirenas y cánticos de guerra típicos de las tropas chinas. No hace falta ser un analista demasiado perspicaz para percatarse del claro mensaje del embajador chino: China está dispuesta y preparada para defender lo que considera su integridad territorial a través de la fuerza.
La intensificación de las posturas de unos y otros ha sido lo que ha conducido a la brecha que en la actualidad existe entre ambas potencias y que podría llegar a un escenario de confrontación armada. Ejemplo de ello es, tal y como comentábamos en párrafos anteriores, la intensificación de la postura de China con respecto a Taiwán y la mayor agresividad de sus mensajes y acciones desde la llegada de Xi Jinping al poder. Desde 2012 China ha establecido multitud de nuevas bases en el mar del sur e incluso algunos enfrentamientos armados han terminado con multitud de muertos de tropas chinas e indias. La escalada militar de China durante los últimos años y en la actualidad es imparable, hasta el punto de que ya supera a EEUU en unidades de buques de guerra.
Algunos predecesores del actual Presidente chino incluso llegaron a calificar la potencial reunificación con Taiwán como un evento a largo plazo y que debía forjarse lentamente. El escenario desde entonces ha cambiado de manera notoria, con Xi Jinping diciendo públicamente que la reunificación con Taiwán es una misión histórica que no puede transferirse de generación en generación, remarcando claramente la necesidad de que esta sea parte de su legado.
Por otro lado, cabe mencionar que la intensidad de la confrontación no solo ha acrecentado por parte de China, sino asimismo de EEUU. Biden ha sido el primer presidente americano en afirmar en mucho tiempo que EEUU estaría dispuesto a defender militarmente Taiwán en caso de que este sea invadido por tropas del EPL.
De hecho, esta ha sido una afirmación repetida en multitud de ocasiones, insistiendo en que a EEUU no le temblaría el pulso a la hora de ir a la guerra con China por defender a Taiwán. Para muchos contrasta esta postura con aquella más medida y moderada en el caso de la invasión rusa de Ucrania, sobre la cual Biden insistió en no intervenir directamente sobre el terreno por el riesgo que esto supondría para el desencadenamiento de una potencial Tercera Guerra Mundial. Multitud de analistas consideran que el duro posicionamiento y potencial respuesta bélica de EEUU con respecto a la cuestión de Taiwán se debe a que el gigante americano considera esta confrontación geopolítica como esencial en lo respectivo al escenario estratégico e ideológico en lo que resta de siglo XXI.
Taiwán por su parte ha reforzado su apoyo político a la independencia de la región, reeligiendo en 2020 como Presidente a Tsai Ing-Wen, líder pro-independencia de Taiwán y del principal partido. Este movimiento político está cogiendo fuerza de generación en generación, debido a que los jóvenes son progresivamente aquellos que más apoyan la independencia de Taiwán, lo cual proyecta a futuro una relación bilateral aún más conflictiva entre la región y el gobierno central chino.
Desde una perspectiva internacional, el apoyo a Taiwán es cada vez mayor, no solo por sus propias reivindicaciones, sino también por la opresión que se ha visto intensificada a lo largo de los últimos años en Hong Kong, y que justifica en gran parte los deseos de desconexión de Taiwán. Los taiwaneses no desean formar parte de una dictadura y así quieren hacérselo saber a Xi a través de altavoces internacionales como es EEUU.
A pesar de que el apoyo a Taiwán debe ser inquebrantable, en todo momento se ha de tratar de evitar un enfrentamiento armado en EEUU y China. Una guerra abierta entre ambos países por la cuestión de Taiwán no sería únicamente devastadora para esta región, sino asimismo para China y la economía mundial. Los muertos se contarían probablemente por cientos de miles y los refugiados por millones, provocando una ruptura de la paz y la estabilidad social a escala global, en un entorno ya de por sí complicado. La intervención armada de EEUU en este conflicto supondría, de facto, ni más ni menos que el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. Es por ello por lo que es deber y responsabilidad de todos los agentes geopolíticos globales evitar a toda costa que este escenario se consolide.
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