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Del pánico al sentido común (II)

En la primera parte del presente ensayo sobre la crisis global disparada desde el big bang de Wuhan resaltamos la importancia de ejercitar la identificación de contradicciones, particularmente en los argumentos que pretenden imponer restricciones a las libertades. A tal fin, ensayamos un breve análisis de las políticas de confinamiento y del uso de mascarillas. Contemplemos ahora algunas preguntas adicionales que es menester hacernos antes de abordar el tren de la fobia.

Una catarata de preguntas

  • ¿Por qué los medios han puesto desde un principio mucho más énfasis en la vacuna que en los posibles tratamientos?[1] 
  • ¿Por qué se hace más hincapié en el número de contagiados que en el exceso de mortalidad por toda causa?
  • ¿Por qué hay fumadores que le temen más a la covid-19 que al tabaco industrial?
  • ¿Por qué en un momento se podía tomar café únicamente de pie? ¿Por qué ahora se puede permanecer sentado a una mesa al aire libre sin mascarilla, pero hay que ponérsela si se está de pie junto a la mesa?
  • ¿Por qué en algunos lugares se prohibía sentarse en las plazas, y, posteriormente, con aumento de infectados y muertes, se permitió?[2] 
  • ¿Por qué en algunos casos requerían servir en vasos y cubiertos descartables y en otros no?[3] 
  • ¿Cuál es la necesidad de añadir un contacto físico con esa tontería de chocar los codos?[4] 
  • ¿A qué responde el criterio de “trabajadores esenciales”?[5] 
  • ¿Hemos perdido el derecho a circular libremente?[6][7] 
  • ¿El objetivo de las medidas era “aplanar la curva”?
  • ¿Hay que erradicar un virus con el que “inevitablemente tenemos que aprender a convivir”? Si el virus no se puede erradicar, ¿no es preferible que la sociedad se vaya exponiendo a él parcial y gradualmente (con cargas virales bajas, en épocas cálidas en las que se registra menos letalidad[8]), en lugar de intentar fútilmente de aislarnos completamente de él con confinamientos y mascarillas a granel?
  • ¿Puede que una buena defensa inmunológica se deba a anteriores exposiciones a coronavirus?[9]¿Cuán significativa es la transmisión desde asintomáticos?[10] 
  • ¿La “nueva normalidad” es nueva o es anormal?
  • Cuando el promedio de edad de las víctimas de la covid-19 ronda o supera el de expectativa de vida[11], ¿qué implicaciones debería tener esto para las políticas sanitarias? ¿Cuánto le vale a una persona muy mayor sacrificar un mes de su vida sin tener contacto con sus seres queridos?
  • ¿Por qué, a pesar de las medidas para la población general, no se pudieron prever tantas muertes en hogares de ancianos?
  • ¿Por qué Suecia no tiene un exceso de mortalidad muchísimo más alto que los demás países?[12] 
  • ¿Cuál es la diferencia entre morir con SARS-CoV-2 y morir de covid-19 (con/de influenza, con/de VPH, con/de herpes, etc.)? ¿Cómo han de contabilizarse las causas de muerte por cada tipo de infección o enfermedad?
  • ¿Cuántas muertes de covid-19 de promedio por mes (o mejor: qué nivel de exceso de mortalidad) debemos alcanzar para volver a la normalidad?

Algunas proposiciones generales a partir de las preguntas planteadas:

  • Las autoridades políticas y sanitarias han tambaleado, salvándose pocos de las sospechas de ineptitud o de intencionalidad. Nos hemos estado moviendo por una cadena de emociones –muy particularmente el miedo-, sobre la razón.
  • Los “expertos”, no son expertos en decisiones vitales que afectan todas las áreas de nuestras vidas; son expertos en áreas específicas de investigación y práctica profesional. Las cuestiones vitales más generales involucran evaluaciones filosóficas en las que deben prevalecer los principios de libertad.
  • “La Ciencia” que nos dice lo que tenemos que hacer y no hacer no existe, ni nunca existió. Además, específicamente en el caso de la covid-19, el grado de incertidumbre, desconocimiento y contradicción es muy alto.[13] 
  • En la pandemia abundan las estadísticas, pero si bien éstas son relevantes en la etiología en medicina y la ciencia de laboratorio (nube del estornudo, enganche de proteínas, etc.), son muchísimo más limitadas y problemáticas para guiar el comportamiento social.[14] Las recomendaciones que de ellas se desprenden terminan pareciéndose a esos tips de “ligue”, que si bien recaban información verídica, al final poco nos sirven para efectivamente “ligar”. Más bien, nos permiten sacar conclusiones de cosas que el sentido común ya nos dictaba.
  • A las autoridades (y de hecho, a los humanos en general) les suele costar aceptar que hay situaciones que están más allá de su control.[15] 
  • Las medidas de confinamiento y restricciones de libertad tienen un coste. Nadie en su sano juicio se expone al riesgo de una enfermedad gratuitamente. Si lo hace, en la medida que sea, siempre será en contraposición a lo que estaría perdiendo si no asumiera dicho riesgo. La reacción general a la amenaza de la covid-19 no ha tomado en cuenta todas las consecuencias negativas de las medidas adoptadas. No podemos estar seguros de que eso sea posible, pero lo alarmante es que en muchos casos –y en esto no me refiero exclusivamente a las autoridades-, no parece ni siquiera haber sido considerado seriamente.
  • Los brotes de autoritarismo y actitudes de corte fascista que ha expuesto esta crisis, acaso más evidentes en algunos ciudadanos de a pie que en los políticos (dado la evidente necesidad de muchos de estos últimos de camuflar sus intenciones), siembran serias dudas acerca de si realmente hemos avanzado en nuestra capacidad de tolerancia y diálogo, respecto de los abusos que creíamos superados desde la segunda mitad del siglo XX.[16]

Conclusión

Al pretender vivir libre de riesgos, nos deshumanizamos y nos dirigimos hacia una infantilización de la sociedad. No es cuestión de exponernos innecesariamente al peligro, sino de llevar una vida guiada por el sentido común. Si no salgo a la calle, habrá menos chance de que me atraquen o de que se me caiga una maceta en la cabeza. Si no conducimos automóviles, habrá menos accidentes de tránsito. Si nunca tenemos sexo sin preservativo, contagiaremos muchas menos venéreas. No obstante aceptamos que haya gente que participe de orgías, quizás sin protección y hasta intoxicados con alcohol o drogas, a la vez que haya otros que opten por el celibato. De esto se trata la libertad, y no de ser ciego a las consecuencias de los actos.

Todo este pandemonio es producto de una mezcla de ignorancia, miedo, dificultad para reconocer errores, y también del aprovechamiento político y el abuso de poder. En la base de la asustada reacción popular, hay una incapacidad para sopesar acertadamente la precariedad de nuestra condición. El confort de los tiempos posmodernos ha promovido una concepción edulcorada e irrealista de la vida. Esta concepción niega o invisibiliza lo único que tenemos realmente garantizado: la enfermedad, el envejecimiento[17], y la muerte. La covid-19 es sólo una amenaza entre miles con las que ya convivimos, pero no deja de constituir una oportunidad para despertar a la realidad.

[1] La viruela y la peste bovina son las únicas dos enfermedades infecciosas que se consideran erradicadas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Viruela#cite_note-18

[2] Ejemplo: atestiguado en primera persona en plazas de Buenos Aires.

[3] OMS: “Actualmente no hay ningún caso confirmado de contagio de la COVID‑19 a través de los alimentos o de sus envases.”

https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public/q-a-coronaviruses

[4] Aparentemente, ahora la OMS lo desaconseja.

[5] Un ejemplo absurdo entre muchos: programas de televisión con invitados.

[6] Es inevitable analizar el estado de alarma decretado para Madrid el 09/10/2020 en el contexto de una puja política entre el Estado nacional, y las autoridades locales:

https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2020-12109
https://www.lavanguardia.com/vida/20201009/483947837564/reves-judicial-aboca-sanchez-estado-alarma-madrid.html

[7] Argentina. La locura de prohibirle el paso a la gente entre provincias, con cierres policiales y levantamiento de zanjas y trincheras. Casos de personas que no pudieron despedir a enfermos terminales, que no se pudieron operar; productores que no pueden acceder a sus propiedades. Muertos que de noche se llevaron por delante montículos de tierra improvisados en las carreteras. Camioneros a los que les fajan las puertas para impedirles apearse en determinadas provincias. Ley seca en algunos pueblos. Drones controlando a los ciudadanos. Toques de queda. Los empleados públicos no se ven afectados porque cobran sus sueldos, pero impiden la circulación de los ciudadanos que dependen de su trabajo privado. Hisopados, cánones mensuales, y demás burocracias adicionales con costes adicionales. Acciones anticonstitucionales, ante las que los fiscales no actúan de oficio:

[8] https://www.youtube.com/watch?v=nh2b8TQYrpE&ab_channel=Co-Immunity (10:30)

[9] Las células T también fueron encontradas en muestras de sangre almacenadas con anterioridad a la pandemia. Los investigadores piensan que podrían haber sido generadas por exposiciones a algunos de los otros cuatro coronavirus humanos que causan resfríados:

https://www.sciencemag.org/news/2020/05/t-cells-found-covid-19-patients-bode-well-long-term-immunity

[10] OMS: “Es difícil efectuar estudios completos de la transmisión originada en individuos asintomáticos; aun así, los datos científicos recopilados a partir de los informes de rastreo de contactos por los Estados Miembros indican que es mucho menos probable que las personas con infección asintomática transmitan el virus por comparación con las que presentan síntomas.” “Los datos científicos recabados hasta el momento acerca de la transmisión de casos sin síntomas procede de un número escaso de estudios con muestras pequeñas en los que es posible el sesgo de rememoración y no se puede descartar la transmisión por fómites.”

https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/332657/WHO-2019-nCov-IPC_Masks-2020.4-spa.pdf

[11] https://www.youtube.com/watch?v=6RDffMCAujg&ab_channel=misesmedia (21:15)

[12] https://www.euromomo.eu/graphs-and-maps

[13] Ver The Fact-Free Lockdown Hysteria | Thomas E. Woods, Jr., minuto 17:00: “La ciencia no es una serie de afirmaciones infalibles, […] sino que es una búsqueda incesante de la verdad”; y minuto 18:05: Jefe del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS: “la evasión de la cuarentena de Suecia fue un modelo”.

[14] Las estadísticas relativas a la covid-19 (tasa de mortalidad, contagios, etc.) derivan de tantas variables incontroladas, que es muy difícil hacer comparaciones. Los resultados de los diversos países dependen, entre otras cosas de:

  • Forma de medir.
  • Grado de eficacia en las mediciones.
  • Inmunización natural preexistente.
  • Propensión genética de la población.
  • Grado de contagiabilidad de las diversas cepas.
  • Grado de fuerza dañina del virus de las diversas cepas.
  • Costumbres sociales relativas al contacto y la higiene.
  • Calidad de la infraestructura sanitaria y del tratamiento médico.
  • Distintas distribuciones etarias.
  • Interacción del virus con otros agentes, ya sean otros microorganismos, vacunas y medicamentos, u otros factores ambientales.
  • Diversos grados de movilidad de la gente en diversos momentos del desarrollo de la epidemia.

Ver: https://ourworldindata.org/covid-excess-mortality

[15] Ejemplos: https://rationalground.com/mask-charts/

https://mailchi.mp/tomwoods/labordaymsg-320680?e=1ef0b4f405

[16] Claramente, este punto constituye todo un tema en sí mismo, y amerita un profundo análisis propio. Se da la aparente contradicción de que, por un lado, no parece tan fácil avanzar hoy propuestas totalitarias o anti-liberales como hace un siglo, y sin embargo, en la dinámica geopolítica actual los logros liberales no dan la sensación de estar firmemente al amparo de súbitas embestidas autoritarias.

[17] Salvo en algunos casos aun más dramáticos de muertes muy prematuras.

Los dejes liberales del papa Francisco

Ante la nueva encíclica del papa Francisco, Fratelli tutti, algunos liberales católicos vuelven a sentir cierta desazón, si no inseguridad o duda, al ver cómo muchos de los “ramalazos anticapitalistas” a los que nos tiene acostumbrados aparecen de nuevo. Aun así, muchas de las afirmaciones en ella contenida quieren darnos cierta esperanza.

En efecto, muchos liberales podríamos suscribir afirmaciones como que el respeto a los derechos humanos “es condición previa para el mismo desarrollo social y económico de un país. Cuando se respeta la dignidad del hombre, y sus derechos son reconocidos y tutelados, florece también la creatividad y el ingenio, y la personalidad humana puede desplegar sus múltiples iniciativas en favor del bien común”. ¿Puede haber dignidad sin libertad? ¿Acaso no son los modelos liberales los que mejor defienden -los únicos que defienden- la libertad individual, el derecho de propiedad y la iniciativa individual y privada, el ingenio y la creatividad?

También aceptaríamos, sin discusión, que “todavía hay millones de personas (…) privadas de su libertad y obligadas a vivir en condiciones similares a la esclavitud (…). La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro, con la fuerza, el engaño o la constricción física y psicológica; es tratada como un medio y o como un fin”, que es, precisamente, lo que ocurre con los ciudadanos en los regímenes comunistas, a quienes se les coarta la libertad y se les mercantiliza más que en ningún otro sistema, convirtiéndolos tan sólo en medios para la mayor gloria del líder o de la revolución.

Y lo mismo podemos hacer con la dura crítica que hace el papa a las “mafias” que se presentan como “protectoras de los olvidados, muchas veces a través de diversas ayudas, mientras persiguen sus intereses criminales”. ¿No les suena?

Y es que, en varias de las páginas de la encíclica, el papa aboga por la no imposición, por el respeto de la diferencia, por el valor de la cooperación libre, por la lucha constante para lograr unos valores que nadie garantiza y deben ser conquistados cada día, pero recordando que la solidaridad, como virtud moral y actitud social, es fruto “de la conversión personal”.

Son frases, decía al comienzo, que quieren darnos esperanza, y ello porque, por mucho que se empeñe la mayoría, sólo hay un sistema, al menos hasta la fecha, en el que se busque el verdadero respeto de la libertad y la iniciativa individual; en el que cada uno puede buscar sus propios intereses, colaborando con personas con distintos objetivos, distintos valores y distintas formas de pensar, y en el que la solidaridad pueda realmente ser fruto de la conversión personal, y no de imposiciones externas que, por la fuerza, expolian al ciudadanos, lo mercantilizan, lo convierten en una vaca lechera a la que poder ordeñar para, presuntamente, alcanzar las metas ideológicas y sociales que sólo están en la cabeza de quien gobierna.

La mayoría de los liberales podríamos incluso aceptar afirmaciones del santo padre como que “el mercado solo no resuelve todo”. El problema del papa Francisco es que parece identificar libre mercado con ausencia absoluta de solidaridad; neoliberalismo, con consumismo exacerbado y derroche; propiedad privada, con robo y expoliación. El santo padre no distingue entre el marco general y la actuación y las motivaciones individuales; entre las reglas del juego y la forma de jugar de los partícipes: el liberalismo busca la defensa y protección de la libertad individual, pero no determina la forma en que cada individuo ha de usar tal libertad; el libre mercado ayuda a organizar la cooperación entre los miembros de la comunidad, pero sin imponerles los fines que deben perseguir; la defensa de la propiedad privada pretende respetar la dignidad de las personas (como decía León XIII en Rerum novarum, “poseer algo en privado como propio es un derecho dado al hombre por la naturaleza”), pero eso no significa robar o expoliar al otro, como sí ocurre en los regímenes socialistas.

Pocos liberales niegan que haya otros valores, además del de la libertad, que conviene practicar y extender; es evidente que la iniciativa individual de la sociedad civil tiene muchas cosas que aportar en nuestro mundo actual y no sólo en el ámbito estricto de la producción para el consumo de bienes y servicios. Todos queremos vivir en un mundo mejor, y para alcanzar una sociedad en la que merezca la pena vivir no basta el mercado y la defensa de la libertad, hay que “cambiar también los corazones”; pero desde el respeto al otro, buscando la cooperación y la armonía con todos, sin imposiciones, respetando la cada identidad. Si el papa está de acuerdo en eso, ¿cómo es que no defiende a ultranza los modelos liberales? Porque una cosa es lo que dice en sus páginas pares… y otra, lo que se deduce de sus páginas impares.

Teletrabajo, sí, pero libre

El libre mercado tiene considerables ventajas a la hora de encontrar soluciones a dificultades, conflictos y complicaciones que puedan surgir en un contexto o bajo unas circunstancias. La posibilidad de probar varias de ellas es consecuencia de poder poner el foco en el problema y no colocarlo en la norma que, no pocas veces, impide o dificulta algunas de esas soluciones, cuando no las limita a una o unas pocas. La situación ligada a la pandemia de la covid-19 colocó a empresarios y trabajadores de todo tipo y condición ante la imposibilidad de seguir ejerciendo su función, abocándoles, incluso, a la pérdida del trabajo o el cierre de la empresa. Ante esta grave situación, se planteó, entre muchas, la posibilidad del teletrabajo, que era una modalidad exótica de trabajo, en el sentido de que se venía hablando de ella durante muchos años, sobre todo en los medios de comunicación, pero raramente se planteaba en serio en el ámbito empresarial, sólo unos pocos eran los que se la permitían y casi siempre como una pequeña parte del concepto más amplio de la conciliación laboral. A partir de ese momento, mucho se ha hablado de ella, y su relativo éxito ha hecho que el Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias salga a regularlo para evitar “abusos” y definir conceptos.

Diría que el teletrabajo es una medida de éxito indudable, pero limitado. Es evidente que sólo es posible en los trabajos que no requieren la presencia física del trabajador para realizar el servicio que ofrece la empresa. Ninguna obra, ningún servicio de reparaciones, ningún servicio de mensajería o transporte, entre otras actividades, puede hacerse sin una o varias personas que lo hagan en el sitio y en el momento requeridos[1]. El teletrabajo ha sido una solución parcial para aquellas empresas y aquellos trabajadores que usaban o podían usar las tecnologías de la información para hacer su labor. Ha ayudado, eso sí, al desarrollo exprés por parte las empresas tecnológicas de soluciones a cuestiones como un mayor y más eficiente ancho de banda, un uso intenso de las redes, así como la promoción de programas y aplicaciones existentes y el desarrollo intensivo de nuevas que resolvían, al menos parcialmente, las necesidades que iban surgiendo (videoconferencias, software de control de jornada, etc.). Ha sido el mercado, la labor de miles de empresas y profesionales de estos sectores oferentes, la que ha facilitado este contexto para que el teletrabajo haya sido posible, y no las regulaciones o la labor de los políticos. Conviene recordarlo, pues ahora algunos se han apuntado tantos que pertenecen a otros.

El teletrabajo, sin embargo, no está exento de limitaciones. Ya he mencionado las ligadas a la naturaleza de la actividad desarrollada, pero incluso en aquellas que se adaptan bien, tiene un límite. El teletrabajo implica desarrollar en el hogar parte o toda la labor que, en otras circunstancias, se desarrollaría en el puesto laboral. Eso implica, no pocas veces, mezclar en un único sitio la vida laboral, familiar y personal. Las condiciones que se han dado en la pandemia han favorecido esta circunstancia y no ha sido agradable para muchos. Las personas necesitan compartimentar actividades por una cuestión de higiene mental. En caso contrario, surge cierta sensación de celda, desencadenándose conflictos, agravándose los aspectos negativos y diluyéndose los positivos. Una de las quejas habituales ha sido el no poder desconectar del trabajo, que debería ser algo habitual al salir del ámbito laboral. Otra queja ha sido la dificultad de tener un horario fijo, ya que el hecho de convivir con otros supone distracciones y una labor interrumpida continuamente (sobre todo si hay menores de edad y otros dependientes). También ha habido quejas entre los trabajadores de que sus superiores les han llamado a deshoras, incluso en fines de semana, por cuestiones puramente laborales, hecho que, en circunstancias normales, era poco habitual.

Otro de los aspectos polémicos que ha salido a la palestra ha sido el coste que ha supuesto para el trabajador esta modalidad, ya que usa los recursos que tiene en su casa y no los de la empresa. En bastantes casos, las empresas han puesto a su disposición ordenadores personales, aunque la electricidad, el ancho de banda y otros elementos han sido aportados por el trabajador. No menos cierto que lo anterior es que, para el trabajador, también ha habido ahorros, en algunos casos considerables, como son los ligados al desplazamiento o los gastos en hostelería, comidas y otros similares, que ya no ha sido necesario hacer o al menos ya no salen tan costosos. El teletrabajo no es una solución mágica para nadie y es posible que haya cambios en la carga de los costes, pero fijarnos sólo en los costes que nos interesan para hacer ciertas reivindicaciones con carga ideológica quizá no es lo más adecuado para el eficiente funcionamiento de la medida. Es complicado saber cuándo los gastos en un hogar se refieren a una labor ligada al ámbito laboral y cuándo no. ¿Cómo se adjudica el ancho de banda de una conexión a internet si un miembro de la familia está viendo Netflix y otro, a su vez, está conectado en una teleconferencia? ¿Cuánto del consumo eléctrico sería asumible por dos empresarios en un hogar donde dos personas desarrollen teletrabajos para distintas empresas? No es fácil separar, salvo que este teletrabajo se haga desde otro sitio que no sea el hogar familiar y se pague un alquiler incluyendo los costes propios de la oficina. En este sentido, si el teletrabajo se generaliza, empresas de coworking podrían facilitar el coste al empresario original[2].

Toda esta polémica ha llevado al Gobierno, con el consejo y la presión de ciertos organismos sociales, a ponerse manos a la obra para regular el trabajo a distancia con un Real Decreto Ley, que entra en vigor el 13 de octubre. De entrada, se fija que será teletrabajo cuando se realice al menos durante más de un día y medio a la semana, lo que no deja de ser un límite arbitrario. En el Real Decreto Ley se asegura que todas las empresas deberán proporcionar a los empleados los medios, herramientas y equipos necesarios y que “no podrá suponer la asunción por parte del trabajador de gastos relacionados”, pero que “podrá establecer el mecanismo para la determinación y compensación o abono de estos gastos”, y que en el acuerdo se debe incorporar un “inventario”. Personalmente, lo veo complicado, no sólo por los ejemplos que he puesto antes, sino porque es demasiado difuso para ser legislación, parece que está redactado para crear conflictos y hacer la medida imposible.

Esta legislación dice favorecer la reversibilidad de la modalidad de trabajo, lo que en principio está bien, y evita jornadas laborales interminables, abogando por el “derecho a la desconexión digital”, con un horario que debe ser respetado, aunque es complicado establecerlo de cualquier manera, ya que, al menos en el hogar, las interrupciones pueden ser demasiado frecuentes y la disciplina para lograrlo, no ser tan fácil de mantener. Personalmente, creo que el trabajo ligado a un horario es más complicado de adaptar al formato de teletrabajo que el ligado a objetivos. Yo veo más una transición del primero hacia el segundo para incrementar la eficiencia, pero eso entraría en conflicto con el Decreto.

El Decreto establece también la exigencia de evaluación del lugar de trabajo a cargo de la empresa, o las instrucciones para que pueda hacerlo el propio trabajador si la empresa no es autorizada a acceder al hogar o local; otro hecho polémico, ya que no siempre se puede tener una casa lo suficientemente preparada para la labor y, en el peor de los casos, habría que optar por un alquiler cercano al domicilio[3]. En resumen, se me antoja una legislación demasiado rígida para una medida que, en la mayoría de los casos, está ligada a una situación excepcional como la vivida en la pandemia que, si bien se pueden normalizar ciertos hábitos adquiridos, es razonable pensar que una vez que la pandemia sea vencida, las cosas vuelvan a su cauce[4].

Incluso el Gobierno se ha planteado la adaptación de las zonas rurales (lo que se llama, de manera errónea, la “España vaciada”) para el desarrollo del teletrabajo, incluso a nivel europeo y mundial. La idea no deja de ser un brindis al sol, salpicada de demagogia, al obviar las dificultades que aparecen en este ámbito territorial (aunque el pensamiento mágico nos lleve a imaginar un futuro maravilloso lleno de aldeas y pequeñas poblaciones conectadas). Sería necesaria una inversión potente en digitalización de las zonas rurales, algo que está aún por llegar, pese a las mejoras hechas en los últimos años. Esta iniciativa asegura que el clima, el precio de la vivienda o la calidad de vida son factores positivos, pero, suponiendo que haya una red digital aceptable, la ventaja del precio pronto se vería dificultada por el lógico aumento del precio de la oferta ante una demanda creciente. Por otra parte, el clima de la zona y la calidad de vida (sea lo que sea eso) son irrelevantes para el desarrollo del trabajo en sí y sólo serían valorados de forma subjetiva por la persona que busca el lugar, no habiendo un gusto objetivo. El Gobierno, por último, aboga por una normalización de esta actividad, cosa que se me antoja que terminaría frenando tal soñada migración.

El teletrabajo es una solución parcial a un problema global, cuya regulación excesiva e ideologizada aspira a destruir sus ventajas. Parece que las soluciones que surgen del libre mercado, de la interacción voluntaria entre trabajadores y empresarios, fueran por sí mismas perversas, mientras que las surgidas de la mente de políticos que han tenido poco o ningún contacto con el mundo empresarial fueran virtuosas y loables. En tanto en cuanto la solución surja del libre acuerdo entre partes (empresario y trabajador) será más eficiente, pues se podrá ir adaptando en función de las necesidades o el contexto. Por el contrario, si una excesiva regulación acaba con las ventajas y la adaptabilidad de medidas como el teletrabajo, nos veremos abocados a que, en otras pandemias y hechos similares, no haya soluciones que permitan una actividad económica necesaria para todos.

[1] Para mí es discutible que exista una tecnología adecuada para que la telemedicina sea eficiente. La pandemia ha propiciado mucho este tipo de atención, pero creo que sus resultados finales han sido muy mejorables y, en algunos casos, trágicos.

[2] No podemos dejar de pensar en aquellos sectores que se han visto lastrados por el hecho de que los trabajadores dejen de ir a hacer su trabajo en las oficinas habituales. En especial, las empresas de hostelería, que han reducido mucho sus ingresos.

[3] Lo que supondría un desplazamiento, más corto, eso sí, pero desplazamiento, para el trabajador. La empresa podría plantearse si le merece la pena asumir ese teletrabajo.

[4] Quizá estemos de suerte y se elimine de una vez por todas el exceso de reuniones que ralentizan y no ayudan al desarrollo laboral, pero esto es una opinión muy personal.

El conservadurismo de un libertario

A mucha gente puede que le parezcan incompatibles e incluso contradictorios los términos con que he titulado este artículo. A mí, en cambio, lo que me sorprendió es que alguien pudiera ver incompatibilidad. Mis lecturas “conservadoras” siempre me habían parecido coherentes con la teoría económica austriaca, hasta el punto de que agrupaba libertarismo y las otras lecturas (que no tenía por conservadoras) en una misma corriente.

Para aclarar por qué lo creo, tendré que introducir diversas ideas económicas, filosóficas y psicológicas que forman los mimbres del razonamiento, no siendo la propia definición de conservador y libertario la menos importante. O sea, que empecemos como los buenos libros de matemáticas, con la definición.

La de libertario o anarcocapitalista la tengo bastante clara. Somos aquellos que pensamos que no hay necesidad de un poder centralizado con monopolio legal sobre una serie de servicios (qué servicios sean parece ser de mucho interés para los llamados defensores del Estado mínimo o minarquistas). Y lo pensamos porque la teoría económica demuestra, junto con la evidencia empírica, que la prestación de servicios en el libre mercado es la forma óptima de repartir recursos en la sociedad. Así pues, a menos que se demuestre científicamente que algunos servicios, por sus características, requieren de un monopolio legal para su prestación, consideramos innecesario el Estado.

Obsérvese que hay gente que asume estos postulados a priori, ideológicamente si se quiere, por pensar que la libertad de la persona está por encima de todas las cosas. Por mi parte, creo que la aproximación correcta a este asunto, como a la mayoría, es a través de la ciencia, económica en este caso. Si esa ciencia concluyera que lo mejor para el bienestar (de la sociedad, no del político comunista) es el comunismo, un servidor no tendría reparos en pasar a serlo.

El concepto de conservadurismo no lo tengo tan claro. Tras algunas lecturas, las más destacadas de Roger Scruton, relevante filosofo autocalificado como conservador, deduzco que el conservadurismo tiene que ver con organizar la sociedad de acuerdo a tradiciones y costumbres, en cuanto que son depositarias del conocimiento social obtenido durante siglos, frente a organizarla racionalmente, como proponen las tendencias socialistas desde el mismísimo Rousseau. El conservador no es intransigente respecto al cambio, pero sí que cree que este tiene que estar muy justificado y hacerse de forma paulatina. Se hace en la medida y en paralelo con los cambios espontáneos de la sociedad, y no impuesto desde fuerzas externas. Si esto es así, a los conservadores les queda el arduo trabajo de explicar si su perspectiva es compatible con las democracias; los anarcocapitalistas sabemos que la nuestra no.

El último mimbre que quiero describir antes de comenzar a entrelazarlos es el modelo para la mente que parece ser aceptado en la actualidad, y que Haidt simplifica en su ultraconocida metáfora del elefante y el jinete. Dicho modelo nos dice que la mayor parte de nuestras acciones son guiadas de forma casi automática por el “elefante” de acuerdo a mecanismos creados de forma evolutiva durante cientos de miles de años, no solo en el ser humano, sino en todas las especies que le preceden evolutivamente.

Sobre ese “elefante” y por razones evolutivas posiblemente debidas a la competición intra-especie, el ser humano desarrolló un “jinete” con la posibilidad de razonar. Sin embargo, y esto es importante, el propósito inicial de tal “jinete” no era ayudar al “elefante” en su toma de decisiones, sino más bien justificar las acciones del “elefante” en el entorno hipersocial en que tenía que vivir la persona.

Solo con el paso del tiempo algunos se empezaron a dar cuenta de que esa capacidad se podía usar para otros fines, y gracias a ello empezó el desarrollo exponencial de la sociedad humana frente a la de otros animales, sobre todo con la especialización que posibilita el intercambio, y más adelante el método científico.

Así pues, el “jinete”, nuestra razón, en muy raras ocasiones es capaz de conducir al “elefante”; nuestros mecanismos psicológicos aseguran que esto sea así y que además nos parezca fenomenal precisamente para defendernos de terceros (por ejemplo, el sesgo de autoconfirmación, o que pensemos tener siempre razón). Ello ha exigido a la sociedad la creación de superestructuras que impidan al “elefante” de cada persona que haga lo que quiera en un entorno de convivencia con otros.

Entre este tipo de superestructuras destacaré dos: las normas de convivencia y el mercado. Ambas impiden a los “elefantes” hacer lo que quieran por muy justificado que esté por los respectivos “jinetes”. Y ambas son consecuencia de un proceso espontáneo de creación, siguiendo la terminología de Hayek. Ni el mercado ni las normas han sido creadas por un tercero externo usando la razón, ambas proceden de las interacciones diarias y continúas de las personas, que las van dando forma constantemente.

Como decía, el anarcocapitalista o libertario piensa que el mercado libre es la forma óptima de satisfacer las necesidades de los individuos, creencia soportada científicamente por la teoría económica austriaca. Por su parte, el conservador considera que las normas y tradiciones son la base de la convivencia de una sociedad sana.

Contra ambos atenta la razón. En efecto, la intervención en los mercados se produce cuando el Estado “razona” que sería mejor que el mercado para dar un determinado resultado, y utiliza medios para conseguirlo, lo que lleva a una disminución de la eficiencia del mercado y el empobrecimiento de la sociedad. Por otro lado, cuando se pierde el origen de las tradiciones, la gente no entiende su existencia y cree que es capaz de mejorarlas usando procedimientos racionales.

En definitiva, parece que el anarcocapitalista que quiere que el mercado funcione libremente es necesariamente conservador. Para él, la únicas reglas aceptables son aquellas que se den sus participantes en el curso de las transacciones, algunas de las cuales adquirirán rango de norma y tradición por motivos de eficiencia (no queremos discutir otra vez sobre algunos aspectos de la transacción que ya se han resuelto con anterioridad en otras muchas), pero jamás porque las imponga alguien desde fuera aduciendo criterios de razonabilidad u otros. Y ni siquiera, y especialmente, de ese espejismo que es la razón porque el “jinete” lo único que hace es seguir al “elefante” y justificar las inclinaciones del mismo, que, obviamente serán buscando su supervivencia a cualquier precio, incluido el de destruir la sociedad en que vive.

El Reino Unido prohíbe los derivados sobre Bitcoin

Esta semana, la autoridad para los mercados financieros del Reino Unido (FCA) ha decidido prohibir la comercialización a inversores particulares de productos derivados sobre sobre Bitcoin y otras criptomonedas (opciones, futuros, CFD, etc.).  Estoy en absoluto desacuerdo con cualquier prohibición de este tipo, pero he de decir que, salvo para cubrir una posición por una actividad profesional financiera, comercial o industrial, no recomendaría a nadie hacer trading en Bitcoin y menos aún de forma apalancada con derivados o a crédito. Del trading en el resto de criptomonedas, ni hablo.

El razonamiento de la FCA se basa fundamentalmente en dos aspectos. El primero, que la mayoría de los inversores particulares pierden dinero en este tipo de productos; y el segundo, que el precio de Bitcoin es muy difícil de calcular porque Bitcoin no tiene valor intrínseco. 

En cuanto al primer razonamiento es cierto, pero pasa exactamente lo mismo con los productos apalancados que tienen como subyacente cualquier otro activo como puedan ser índices bursátiles, oro, divisas o petróleo. ¿Recuerdan los futuros del petróleo cotizando a – $40 hace apenas 6 meses? Sí, a 40 dólares negativos. ¿Fue aquello fácil de prever para un inversor particular? Y el segundo razonamiento, el de que Bitcoin no tiene “valor intrínseco”, que es el que me interesa, es radicalmente falso.

Para empezar, nada tiene valor intrínseco. El valor no es algo que resida en las cosas, es una idea que vive en la mente humana. El valor es subjetivo. Pero en fin, vamos a dar por bueno pulpo como animal de compañía y tomemos la definición de valor intrínseco que se utiliza en el mundo financiero, que es el valor presente de los flujos de efectivo futuros o la utilidad del activo en cuestión. 

Está claro que Bitcoin no tiene ningún flujo de efectivo, no genera intereses ni paga dividendos. Por tanto, lo que la FCA está diciendo es que Bitcoin no tiene utilidad, que es inútil. La FCA debe ser más lista que el mercado, que lleva valorando Bitcoin a precios crecientes los últimos diez años. ¿Es que el mercado es tonto? ¿Vive el mercado de Bitcoin en un estado de burbuja permanente? No, Bitcoin es, obviamente, útil, y el mercado está especulando con la utilidad presente y, sobre todo, futura de Bitcoin. La utilidad de Bitcoin es la misma que la de cualquier herramienta: ahorrar costes, tal y como explica Fernando Nieto con mucho más rigor que yo. 

Partiendo de la premisa de que todo intercambio ocurre porque las partes involucradas consideran que el intercambio les va a generar valor, Bitcoin es una herramienta que maximiza el valor neto de los intercambios, no importa si es para realizar pagos (corto plazo) o para depósito de valor (intercambios a largo plazo). Bitcoin, hoy por hoy y a falta de un mayor desarrollo de soluciones de segunda capa, como Lightning Network, destaca sobre todo en el ahorro de costes a largo plazo frente a sus alternativas, como puede ser la deuda pública, la moneda fiat o el oro.  A saber:

  • Bajo coste por dilución de tu parte del pastel (el stock global de oro se diluye un 2% anual)
  • No tiene coste por riesgo de contrapartida (bancarrota del emisor, inflación)
  • Muy barato de almacenar y asegurar (fácil de ocultar, difícil de robar o confiscar)

Sin embargo, actualmente Bitcoin tiene otro riesgo o coste importante, y que es más oneroso que el de sus alternativas. El coste de la volatilidad de su precio. Pero ojo, el precio es un ratio de intercambio con otro bien, y como tal es extrínseco a Bitcoin. En cualquier caso, la volatilidad es síntoma de que el mercado está evaluando si es realmente cierto que Bitcoin tiene las cualidades intrínsecas (estas sí que son intrínsecas) que de verdad den lugar a los ahorros de costes que identifico en el párrafo anterior, y eso es un proceso largo como todos sabemos. Que levante la mano el que haya sido capaz de entender Bitcoin a la primera.

No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.

F.A. Hayek, 1984

Friedrich Hayek era un economista austríaco en tanto que nació en Viena

El presente análisis se asienta en trabajo previo realizado por Walter Block (2013) también intentando responder a la pregunta de si Friedrich Hayek era un economista austríaco. Muchos estarán sorprendidos de que siquiera uno se llegue a preguntar si Hayek, probablemente el economista más famoso comúnmente asociado con la Escuela Austríaca de Economía, era un auténtico austríaco. El objetivo de este artículo es delimitar cuáles son los criterios que un economista ha de cumplir para ser reconocido como un economista austríaco y así entender mejor esta escuela.

El nombre de la Escuela Austríaca de Economía proviene del lugar de residencia y formación de Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk y Ludwig von Mises. Menger fue parte de la revolución marginalista, caracterizándose por el empleo de una metodología que pasaría a ser la base de la escuela austríaca: el individualismo metodológico. Menger centró todo su análisis elaborado en Principios de Economía (2007) alrededor del individuo y cómo actúa este, en contraposición al frecuente estudio de la economía como estudio de la empresa. A raíz de su trabajo creció el resto de la escuela con discípulos suyos como Böhm-Bawerk.

Mises, discípulo de Böhm-Bawerk, elabora un estudio metodológico más detallado y desarrolla el concepto de praxeología o estudio de la acción humana, primero en Epistemological Problems of Economics (1978) y después en su tratado económico La Acción Humana (1949). Para autores como Hans-Hermann Hoppe (1995), toda la Escuela Austríaca se reduce al uso de la praxeología. Para intentar realizar la mejor defensa posible de que Hayek era de hecho un economista austríaco, escojo unos criterios más amplios. El profesor Jesús Huerta de Soto (2012, 16–17) enumera hasta doce características propias del paradigma austríaco en contraposición con el neoclásico. En primer lugar, ‘‘teoría de la acción humana entendida como un proceso dinámico’’, es decir, la praxeología, y no una teoría de la decisión asentada en la racionalidad del ser humano, siendo para Huerta de Soto la diferencia esencial entre esta escuela metodológica y otras. En segundo lugar, el punto de partida metodológico austríaco es el subjetivismo y no el objetivismo neoclásico. Tercero, para los economistas austríacos el centro del estudio es el empresario creativo; para los neoclásicos es el homo economicus. Cuarto, los austríacos aceptan que el ser humano puede cometer errores empresariales que les causen seguir caminos que produzcan un menor beneficio relativo. Quinto, el conocimiento es subjetivo, disperso y cambia constantemente como resultado de la creatividad empresarial. Sexto, los austríacos estudian los problemas económicos de forma interrelacionada sin distinguir entre micro y macroeconomía. Séptimo, la competencia es un proceso de rivalidad empresarial y no una competencia perfecta. Octavo, la Escuela Austríaca se caracteriza por la concepción subjetiva del coste. Noveno, el formalismo se obtiene con un lenguaje verbal, no matemático. Décimo, la Escuela Austríaca defiende que cualquier formulación sobre conocimiento de las ciencias sociales debe realizarse mediante razonamientos apriorístico-deductivos y que cualquier contrastación empírica de hipótesis es innecesaria e incorrecta. (Mi crítica favorita al empirismo puede encontrarse en el trabajo de Hoppe citado previamente y en el capítulo 6 de su libro A Theory of Socialism and Capitalism (1989)). Undécimo, los austríacos creen que la predicción es imposible, ‘‘pues lo que suceda depende de un conocimiento empresarial futuro aún no creado’’. Y en último lugar, la predicción viene a cargo del empresario. Para un análisis más detallado sobre cada punto, recomiendo leer el citado libro de Huerta de Soto.

Ahora ya tenemos los requisitos metodológicos de la Escuela Austríaca. Block, tras deliberar con Per Bylund, Thomas J. DiLorenzo y otros austríacos, elabora la siguiente lista de campos de investigación pertinentes a la Escuela Austríaca: la banca, el cálculo económico, las comparaciones interpersonales de valor, la competición, el conocimiento, el derecho y la economía, el dinero, la economía del bienestar, el emprendimiento, el equilibrio, la estructura de la producción, las expectativas, la historia del pensamiento económico, el intervencionismo, el marginalismo, la metodología, los monopolios, el patrón oro, la planificación central, la praxeología, la preferencia temporal, las preferencias demostradas, la probabilidad, los procesos de mercado, la racionalidad, la reserva fraccionaria o el coeficiente de caja, los sistemas económicos comparados, el socialismo, el subjetivismo, la teoría del ciclo económico, las teorías del capital, las teorías del Estado, las teorías del interés, el tiempo, la utilidad ordinal y no cardinal, la utilidad.

El trabajo de Hayek cumple con la mayoría sino todos menos dos de los requisitos de Huerta de Soto y abarca muchos de las áreas mencionadas por Block —sería irrazonable demandar que hubiese escrito sobre todas estas ya que posiblemente ningún otro miembro de la escuela lo haya hecho—. No obstante, Hayek rechaza lo que para Huerta de Soto, Block y Hoppe (y muchos otros citados en el capítulo de Block como Mises, George Selgin, Mario Rizzo o Jörg Guido Hülsmann) es el elemento esencial de la Escuela Austríaca, la praxeología. Si los otros representantes de la Escuela Austríaca estiman que es el método praxeológico el que diferencia a esta escuela de otras, es cuestión de cada cual creer cuan importante este elemento es sobre el resto y si el hecho de rechazar la praxeología es compatible con ser un economista austríaco. Block contesta negativamente a esta cuestión en su capítulo.

Hayek repudia de la praxeología en varias ocasiones. Primero, afirma que:

Yo mismo originalmente abordé mi tema, la economía, completamente imbuido de la creencia en la validez universal de los métodos de las ciencias naturales. No sólo mi primera formación técnica fue en gran medida científica en el sentido estricto de la palabra, sino que la poca formación que tuve en filosofía o método fue enteramente en la escuela de Ernst Mach y más tarde de los positivistas lógicos (1943).

Además, en una entrevista para el Cato Institute (Blanchard 1984), Hayek dice que Mises ‘‘nunca hizo lo que para mí [(Hayek)] ha sido el paso decisivo para alejarme del racionalismo. Permaneció hasta el final como un racionalista convencido y utilitarista ético […]’’. Un tercer momento de rechazo viene cuando en su autobiografía Hayek afirma que:

Lo que solo veo ahora claramente es el problema de mi relación con Mises, que comenzó con mi artículo de 1937 sobre la economía del conocimiento, que fue un intento de persuadir al propio Mises de que cuando afirmó que la teoría del mercado era a priori, estaba equivocado; que lo que era a priori era solo la lógica de la acción individual, pero en el momento en que pasaste de esto a la interacción de muchas personas, ingresaste al campo empírico (1994, 62).

Con esta cita se puede ver por qué digo anteriormente que son dos los criterios de Huerta de Soto que incumple, el primero y el décimo.

Selgin (1990, 27) también coincide con que Hayek se apartó la praxeología, precisamente con su ensayo Economics and Knowledge (1937). Selgin, sobre Hayek dice:

Aunque [Hayek] admitió que la economía austriaca poseía un componente ‘formal’ (que Hayek llamó la ‘lógica pura de la elección’), Hayek consideró que el significado y la verdad necesaria de este componente formal estaban severamente circunscritos. De hecho, consideraba que la praxeología solo se aplicaba de manera contingente a la cataláctica, es decir, a la elucidación de los fenómenos del mercado. En lo que respecta al mundo social, la lógica pura de la elección era simplemente una colección de tautologías empíricamente vacías. La praxeología, al buscar conclusiones ‘apodícticamente ciertas’, se había despojado tanto de contenido que se había vuelto inútil como medio independiente para derivar verdades útiles sobre la realidad (1990, 27–28).

Según Lawrence White (2003, 21) existe un Hayek I y un Hayek II, y el Economics and Knowledge fue un antes y un después dtras el que Hayek pasa a ser popperiano.

A algunos quizás se les ocurra la contestación de que entonces Menger y Böhm-Bawerk tampoco deberían de ser considerados austríacos ya que ellos nunca aceptaron la praxeología. Esto es cierto, pero porque Mises empieza a desarrollar esta metodología en 1933 si nos basamos en la fecha de publicación de Epistemological Problems of Economics o 1949 si usamos la fecha de La Acción Humana. Por aquel entonces ambos economistas ya habían fallecido. Mi suposición es que si hubiesen estado vivos sí que habrían aceptado la praxeología como metodología correcta para el estudio de los fenómenos sociales porque en su trabajo ya se puede apreciar una metodología muy similar sino idéntica por quizás la falta de explicitación o sistematización. Lo que vería difícil de argumentar sería decir que alguno de ellos la hubiese rechazado. Por tanto, yo los consideraría protopraxeólogos.

El repudio hayekiano de la praxeología y la aceptación del empirismo para las áreas de estudio de ‘‘intervención de muchas personas’’ imposibilitan, en la opinión de algunos, que Hayek sea un economista austríaco, más allá de su nacionalidad. Creo que mi opinión aquí es secundaria, ya que estoy lejos de ser un experto en el tema. No obstante, querría al menos cuestionar la posición de Hayek como economista austríaco. Quizás, como dice Block (2013, 82), sea algo así como un imperfecto neoclálsico o un afín a la economía conductual. Tal vez deba reconocérsele simplemente como un hayekiano. Sea como fuere, es importante recalcar que las aportaciones de Friedrich Hayek a la ciencia económica han sido cuantiosas y admirables. Nada querría más que fuese incontrovertiblemente austríaco (y praxeólogo).

Referencias

Blanchard, James U. 1984. “Exclusive Interview with F.A. Hayek.” Cato Institute. Disponible en:  https://www.cato.org/policy-report/mayjune-1984/exclusive-interview-fa-h….

Block, Walter E. 2013. “Was Hayek an Austrian Economist? Yes and No. Was Hayek a Praxeologist? No.” In Hayek and Behavioral Economics, editado por Roger Frantz y Robert Leeson, 70–89. Nueva York, Estados Unidos: Palgrave Macmillan.

Hayek, Friedrich A. 1937. “Economics and Knowledge.” Economica 4 (13): 33–54.

—. 1943. “The Facts of the Social Sciences.” Ethics 54 (1): 1–13.

—. 1994. Hayek on Hayek: An Autobiographical Dialogue. Londres, Reino Unido: The Bartley Institute.

Hoppe, Hans-Hermann. 1989. A Theory of Socialism and Capitalism. Boston, Estados Unidos: Kluwer Academic Publishers.

—. 1995. Economic Science and the Austrian Method. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Huerta de Soto, Jesús. 2012. La Escuela Austríaca: Mercado y Creatividad Empresarial. 2nd ed. Madrid, España: Editorial Síntesis.

Menger, Carl. 2007. Principles of Economics. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Mises, Ludwig von. 1949. Human Action: A Treatsie on Economics. New Haven, Estados Unidos: Yale University Press.

—. 1978. Epistemological Problems of Economics. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Selgin, George. 1990. Praxeology and Understanding: An Analysis of the Controversy in Austrian Economics. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

White, Lawrence. 2003. “The Methodology of the Austrian School Economists.” Ludwig von Mises Institute. Disponible en: https://cdn.mises.org/methfinb.pdf.

Sobre el ¿derecho? de secesión

Ley, democracia y libertad. En torno a esos tres significantes y sus respectivos significados se plantea el debate sobre la secesión territorial y el derecho -existente o no- a la propia. En ocasiones se confunde con el derecho de autodeterminación, que se encuentra perfectamente estipulado y delimitado en tratados internacionales y que, como veremos, no corresponde ni afecta al caso de España, y más en concreto, de Cataluña. Si pretendemos mantener un debate coherente sobre el ciertamente abstracto derecho de secesión, debemos primero plantear una visión general del asunto para, más adelante, adentrarnos en el caso concreto que nos preocupa para el estudio de la cuestión, tratándose este del independentismo catalán, transformado en secesionismo etnonacionalista, a lo largo de las últimas décadas. Para poder mínimamente alcanzar una conclusión algo coherente y alejada de todo tipo de fanatismo acerca del asunto que nos acaece, debemos en primer lugar revisar multitud de conceptos, comenzando por la democracia misma y lo que entendemos por ello.

En primer lugar, debemos tener en cuenta que la democracia -al contrario de lo que alegan muchos demócratas pretendidamente liberales hoy en día- no puede basarse únicamente en la satisfacción de las demandas y/o exigencias populares, o dejarse guiar por las movilizaciones masivas. La democracia en todo momento ha de atender a algún tipo de razón legal y/o moral de orden superior si no desea pervertirse en una tiranía de las mayorías. Para comprender el concepto, introduzcamos un ejemplo práctico. Imaginen por un momento que el día de mañana, respaldado por un proceso electoral democrático, legal y legítimo, un partido situado en el extremo izquierdo del tablero político obtuviera una mayoría absoluta y llevara a cabo la expropiación de todos los medios de producción y la riqueza privada del país. Llevemos ahora el ejemplo al extremo opuesto e imaginen que un partido neofascista en cualquier país del mundo lograra obtener una mayoría absoluta en el parlamento y lograra, gracias a esta, reintroducir leyes de segregación racial y étnica en el espacio público. ¿Serían dichas decisiones democráticas? Si entendemos la democracia como un proceso mecánico, sí. Por el contrario, si entendemos la democracia como un proceso orgánico, con mecanismos de gatekeeping y checks and balances -que es como la entiende el constitucionalismo liberal y legislativo- entonces, definitivamente, dichos movimientos no serían catalogados como democráticos y existirían ciertos cortapisas legales, como es el caso de la Constitución, para impedir los mencionados atropellos a la libertad individual y a los derechos de los ciudadanos.

Por lo tanto, queda meridianamente claro que no podemos interpretar el concepto de “democracia” únicamente como el gobierno del pueblo, entendido este como gobierno de la mayoría, en su más pura traducción del griego antiguo, sino que debemos introducir en dicha definición la función de las instituciones, tanto naturales como políticas en democracia, ya que han sido estas las que han construido los regímenes liberal-democráticos en la actualidad, apoyadas en una Constitución y un poder legislativo, o en el common law, en algunos casos más cercanos al mundo anglosajón. Conviene recordar que fue tras la Segunda Guerra Mundial cuando se insistió verdaderamente en la construcción y consolidación de regímenes democrático-constitucionales, que hicieran especial énfasis en la separación de poderes y los límites de la política. Esto se traduce en que no toda movilización, por muy mayoritaria que sea ha de obtener automáticamente un halo de legitimidad democrática. El respeto a la libertad y los derechos individuales han de prevalecer siempre, y es por ello por lo que el Estado de derecho es la pieza clave para la protección de nuestro orden democrático. Sin un marco normativo superior no hay democracia. Sin ley no hay democracia.

La democracia ha de respetar la tradición, y la tradición ha de respetar la democracia. Debemos ser conscientes de que, desde prácticamente mediados del siglo XIX, la democracia ha ido construyéndose a sí misma y estableciendo sus propias delimitaciones. Por lo tanto, la democracia no tiene memoria propia -como quieren hacernos creer Carmen Calvo y Yolanda Díaz-, ni tampoco se pone de parte de unos u otros en conflictos políticos y legales -como quieren hacernos creer los secesionistas catalanes-. La democracia ha de imperar a través del orden constitucional y convalidando su relevancia y legitimidad sobre una base histórica real.

Es aquí cuando entra en juego el nacionalismo, en el sentido más amplio posible del término. Al liberalismo incluso se le puede achacar haber sido nacionalista durante buena parte de su historia reciente. Solo tenemos que remontarnos al siglo XIX y observar cómo el liberalismo que luchaba contra la prevalencia del Antiguo Régimen era un liberalismo nacionalista, favorable a la homogeneización cultural e identitaria en torno al Estado-nación, al ser este liberalismo a su vez bastante centralista y contrario a las identidades locales o regionales, con un caso muy claro al respecto, como fue el de España y los isabelinos. Pero no es este concepto de nacionalismo el que más haya preocupado a lo largo de la Historia.

El nacionalismo más oscuro dio pie y se nutrió de ideologías totalitarias como el fascismo italiano o el nazismo, sumándole a la ideología nacionalista una notoria ración de darwinismo social, llevando al colapso global y a los mayores crímenes del siglo XX, junto a las veleidades asesinas de regímenes comunistas como el de Stalin, Mao o Pol Pot. Cabe recordar, aunque a muchos revisionistas actuales del comunismo les duela admitirlo e incluso traten de ocultarlo, que los mencionados regímenes comunistas, tras un falso velo internacionalista, en el fondo escondían fuertes pulsiones etnonacionalistas, que se vieron plasmadas en tragedias como el Holodomor. Algunas de estas tragedias son las que han llevado a teóricos como Habermas a reafirmar su preferencia por un orden político global y supranacional que difumine hasta eliminar la figura del Estado-nación, afirmación que no respaldo en su gran mayoría, aún desde mi convencido europeísmo.

Hasta aquí la carta de presentación del nacionalismo. Ahora volvamos a una cuestión mucho más relevante para el tema a tratar en este texto, como es la existencia, o no, de la legitimidad de la secesión y si esta compone un derecho.

El primer problema que encontramos aquí es el de creación de supuestos derechos artificiales sin ningún respaldo legal. Es por ello que un gran número de políticos, basándose en un falso derecho a la secesión, alentaron a muchos ciudadanos ideológicamente cercanos al independentismo catalán a saltarse la legalidad vigente, y cometieron incluso ellos mismos actos contrarios a lo legalmente establecido. Por ello siempre se insiste en que cualquier debate respecto a la secesión o autodeterminación de un territorio ha de desarrollarse dentro de las delimitaciones establecidas por la ley, con el propósito de evitar debatir sobre falsas o distorsionadas percepciones de la política. Las políticas de identidad han hecho mucho daño en este plano, ya que han proporcionado un supuesto halo de legitimidad ejecutoria a ciertas ideas cuya puesta en práctica chocaría frontalmente con la legislación vigente del Estado español. Pero no son únicamente los nacionalistas catalanes o vascos los que caen en este error frecuentemente. Desde el nacionalismo español, encarnado hoy en día principalmente por Vox, se promueven ciertas políticas de identidad que, de nuevo, chocan con el marco legal establecido, muchas veces incluso en el plano internacional. En este caso hablo de políticas principalmente relacionadas con el control de los flujos migratorios y el quebranto de tratados y convenios internacionales firmados al respecto.

Por otro lado, hay mucha gente que suele confundir el derecho a la autodeterminación con el derecho de secesión, junto con el papel que el primero juega en el orden nacional e internacional. Cabe aclarar, por lo tanto, que mientras el derecho de secesión no se encuentra reconocido ni en la esfera nacional ni internacional, el derecho de autodeterminación sí; aunque no es reconocido en prácticamente ningún país a nivel nacional, en la esfera internacional sí que es recogido por la ONU, eso sí, bajo determinadas y muy específicas circunstancias. La Carta de Naciones Unidas circunscribe el derecho de autodeterminación a dos premisas básicas, de las cuales al menos una de las dos ha de cumplirse para que dicho derecho pueda hacerse efectivo. Para que un territorio pueda acogerse al derecho de autodeterminación, los derechos de este territorio han de ser flagrantemente violados por la nación en cuyo seno se encuentra comprendido, o, en su defecto, haber sufrido una ocupación colonial previa. Ninguno de los dos es el caso de Cataluña, ya que, además, la región española ni siquiera se encontraba en la lista de territorios para los cuales el presidente Wilson diseñó dicha prebenda, que fue incluida en el Pacto de la Sociedad de Naciones al finalizar la Gran Guerra. Dicho derecho de autodeterminación restringido se encuentra dentro de las teorías remediales sobre la autodeterminación, aplicables a un número de casos muy limitados.

Por lo tanto, tal y como podemos observar, en el plano legal, Cataluña no dispone de un supuesto derecho de autodeterminación, y no se encuentra este recogido ni en la legislación nacional ni, aún encontrándose activo en el derecho internacional, tampoco puede acogerse a él. Es decir, el hecho de que los nacionalistas catalanes hablen sobre un supuesto derecho de autodeterminación no va más allá de las soflamas populistas y la propaganda política.

Es aquí donde debemos alargar algo más el debate y pensar en qué tipo de reivindicaciones, más allá de las puramente legislativas o en base a derechos, pueden exponer aquellos que abogan por la secesión o autodeterminación de un determinado territorio.

Comencemos por las teorías en torno a la propia autodeterminación de carácter nacional. Para que esta exista, el territorio al que hagamos referencia ha de encuadrarse dentro del concepto de nación, ya que dicha teoría se enmarca en los principios normativos del nacionalismo posromántico. Y es precisamente esta teoría la que da pie al carácter xenófobo de parte del movimiento independentista catalán, pero que podemos encontrar igualmente, aunque revertidas, en boca de nacionalistas españoles. Estas soflamas se basan en que la nación, más allá de las delimitaciones territoriales, se encuadraría en un marco cultural homogeneizador, y aquellos individuos situados fuera de dicho encuadre no estarían representados como miembros de la nación. Ahora ya saben de dónde viene el empecinamiento de Joaquín Torra con el “ADN catalán”.

En segundo lugar, y aún habiéndolo tratado previamente por encima, otro de los encuadres para la construcción de demandas políticas supuestamente legítimas en torno a la autodeterminación se centran sobre las teorías de carácter plebiscitario. Dichas teorías alegan que con que una mayoría simple de ciudadanos dentro del territorio a separar sea favorable a dicha secesión esto otorgaría validez y legitimidad a la demanda política de autodeterminación. Si llegamos a aceptar dicha premisa con base en el derecho de libre asociación, esta debería ser de aplicación global y, por lo tanto, llevándolo al plano más práctico, serviría también para el supuesto caso de secesión de Tabarnia del resto de Cataluña. Curiosamente, dicha secesión interior no fue aceptada por parte de los nacionalistas catalanes con base en argumentos de carácter etnonacionalista.

Al final, y en medio de todo este entramado teórico, el argumento esgrimido por los independentistas catalanes gira siempre en torno a lo mismo. En un primer lugar, alegan una supuesta legitimidad democrática con base en movilizaciones populares que, como hemos observado anteriormente, poco tienen que ver con la democracia dentro del marco del liberalismo legislativo. Por otro lado, tratan de construir su propia nación con base en principios de homogeneización cultural y territorial más propios del volkismo del pasado siglo XX. Finalmente, algunos dirigentes independentistas catalanes, como es el caso de Joaquín Torra, han llegado incluso a defender la vía eslovena, es decir, un proceso de declaración unilateral de independencia y una ejecución de la secesión territorial haciendo uso de la violencia.

En conclusión, tal y como podemos observar, hoy en día en España no existe el derecho de autodeterminación, aunque bien es cierto que la Constitución acepta enmiendas que, con el apoyo suficiente de ambas Cámaras, podrían llegar a incluir dicho derecho en la vigente legislación. Vías democráticas existen para ello, pero tristemente, los independentistas suelen optar por argumentos etnonacionalistas, excluyentes y disgregadores.

Referencias

Habermas, J. (2001), “The Postnational Constellation: Political Essays”, MIT Press.

Smith, A. (2014), “The Origins of Catalan Nationalism”, Palgrave Macmillan.

¿Qué es una empresa libertaria?

Vivimos en un mundo en el que la gente señala con el dedo a las empresas acusándolas de mala praxis. En ocasiones, se hace con fundamento y justicia. Otras veces, las acusan de querer ganar dinero, lo que se encuadraría en una acusación con fundamento, el lucro, pero ciertamente inmoral. Acusar a un conjunto de personas, una empresa, mientras hacen un trabajo que se encuadra dentro de la legalidad vigente de querer obtener un beneficio por ello, es una acusación que no tiene base moral.

En septiembre de 1970, Friedman publica el trabajo “The Social Responsibility of Business is to Increase its Profits”. En mi opinión, el escrito es tan cierto como incompleto. Para mí, la responsabilidad social de una empresa es beneficiar tanto a sus shareholders, accionistas, como a sus stakeholders, cualquier persona que esté en contacto con la misma.

Por poner un ejemplo sobre muchos otros, ¿qué beneficio social tendríamos si una empresa fuera rentable a costa de tiranizar al empleado? Ciertamente, poco o nada.

A partir de aquí, la empresa (nada más que un conjunto de personas) no le debe nada a nadie. Siempre que practique su actividad bajo una legalidad establecida que el día de su constitución como entidad aceptó y siempre que pague los impuestos que se les exijan. Las empresas no son malas o buenas porque busquen o no el lucro. Existen empresas (repito, como grupos de personas) excepcionales, que buscan incesantemente el lucro mientras mejoran la vida de quienes tienen alrededor. Y, en el otro lado de la ecuación, hay empresas malas que no tienen lucro, ni lo buscan.

Cómo beneficiar a los stakeholders

Locke postula tres bases nucleares, y las sitúa como derechos naturales: vida, libertad y propiedad privada. Estos tres pilares, como diría Bertrand Russell, “abrumadoramente intensos”, funcionan como cimientos, no solo de cualquier individuo honrado sino también de cualquier empresa que desee beneficiar a sus stakeholders.

1) Responsabilidad individual

En primer lugar, buscamos el respeto por la vida y los proyectos de vida de los demás. Descartemos que una empresa sea nada más allá que un grupo de personas que, a veces, ganan y otras veces pierden tiempo y dinero. Cuando una empresa evade impuestos, evaden la dirección o el departamento fiscal. Ese perjuicio que causan en el territorio donde funcionan deberían pagarlo los que han errado. No es correcto que peque el manager pero pague la penitencia el accionista, el empleado con un despido, o incluso el país con una contracción del PIB como ocurrió en 2008. 

El ejemplo manido de privatizar beneficios pero socializar pérdidas se evita cuando una empresa se rige bajo el prisma de la responsabilidad individual de cada empleado. De nos ser así, caemos en ejemplos como el de Lehman Brothers, donde Dick Fuld ganaba un sueldo de más de 22 millones de euros mientras quebraba uno de los bancos de inversión más grandes del mundo, la piedra angular del sistema bancario y empresarial americano. Tan solo mirando el PIB hubo una contracción del 3,4% en los países industrializados. Dick Fuld declaró tener solo 100 millones de euros, una vez quebrada la firma, cuando tuvo que parar la construcción de un colegio para el que había comprometido 50 millones como parte de su labor filantrópica.

2) Empleados libres

El segundo paso para Locke es la libertad. Esta es quizá la clave para sobrevivir como empresa como John Stuart Mill explica en su maravillosa obra On liberty: «El genio solo puede respirar libremente en una atmósfera de libertad». Una empresa solo puede innovar si dejamos que el talento funcione en libertad, especialmente ahora que, como la Ley de Moore representa, los ciclos de innovación y cambio son más cortos que nunca.

Muy conocido es el caso de Google, donde el 20% del tiempo del empleado se dedica a usar la libertad en la extensión de la palabra. ¿Beneficia esto a los stakeholders? Sí, ¿hace esto que Google sea una empresa que valga más en bolsa en el largo plazo? Diría que sí también, ¿hace esto de Google una empresa mejor? Sí, sin duda.

3) Derechos de propiedad privada

Y aquí es donde llega la expresión que todo liberal que se precie debe conocer y, frecuentemente, usar: la batalla de las ideas. Si los empresarios no luchamos por que sea fácil crear nuestra empresa, sea sencillo trabajar en libertad y se respete lo que hemos ganado, nadie lo va a hacer por nosotros.

Perdón, solo instituciones como el Instituto Juan de Mariana nos seguirán apoyando pase lo que pase. Y por eso debemos apoyarles nosotros a ellos también, por cierto.

Por qué el Estado no funciona

Algunas veces, cuando nos dirigimos a la Administración, esta no responde nuestras solicitudes (escritos o correos electrónicos); otras, las dudas no son resueltas y nos remiten a la legislación aplicable. De la atención telefónica mejor no hablar. Con la pandemia, muchos trámites presenciales han sido «oficialmente» sustituidos por medios telemáticos, pero la Administración responde aún menos que antes. Algunos funcionarios están encantados con la covid porque tienen la excusa perfecta —proteger la salud— para eludir a los «molestos» ciudadanos. Si los funcionarios rinden poco en sus dependencias, es de ingenuos esperar que lo hagan desde casa. Este empeoramiento de la atención ciudadana ha sido recientemente denunciado por el actor Antonio Resines en la puerta de un organismo público (INSS) en Madrid. La Administración está «de brazos caídos» y los ciudadanos sufren las consecuencias de su inactividad. La actividad económica se resiente porque toda ella depende de la obtención de autorizaciones y licencias. Tampoco podemos descartar que se esté obrando de mala fe. Cuando el dinero público escasea, la ineficacia (deliberada o no) se traduce en menores desembolsos a los titulares de derechos económicos (pensiones, dependencia, becas, etc.). El problema de crear derechos espurios es que luego no hay dinero para pagarlos, pero volvamos al tema que nos ocupa hoy.

Para entender por qué el Estado no funciona (ni puede funcionar) debemos primero comprender su naturaleza. ¿Quién es el Estado? Frédéric Bastiat (2012: 167) decía irónicamente: «No he tenido el honor de conocerle». Nietzsche (1984: 73), en palabras del profeta Zaratustra, afirmaba: «Todo lo que tiene es producto del robo». Más recientemente, el profesor Bastos Boubeta concluye que se trata de un ser hipostático, sin entidad real. «El Estado como tal no existe, son personas organizadas y jerarquizadas, vinculadas por relaciones jurídicas y de poder, que operan sobre un territorio monopolizando el uso de la fuerza» (Bastos, 2005: 15).

El Estado no somos todos. Lo compone un grupo organizado de personas: políticos, funcionarios y, en general, todas aquellas cuyas nóminas se pagan con dinero confiscado. Los empleados en empresas públicas son apéndices del Estado pues viven total o parcialmente de fondos públicos. En cambio, los pensionistas y otros perceptores de dinero confiscado no forman parte del Estado. Unos y otros, por lo general, no son conscientes de sus respectivos roles. Por ejemplo, los empleados de los sectores público y privado no se ven a sí mismos como explotadores y explotados o como parásitos y huéspedes, respectivamente. Como explicamos el pasado mes (Sobre la defensa del libertarismo), el vínculo entre un funcionario y un ciudadano no es contractual, sino hegemónico y que cuando «pagamos» un café no lo hacemos de la misma manera que cuando «pagamos» el salario de un funcionario. En sus relaciones con la Administración, los ciudadanos son tratados como lo que son: clientes cautivos que deben asumir resignadamente su condición servil. La Administración es una organización antisocial porque su actividad reduce el nivel de vida de la sociedad. Los ciudadanos, por su parte, no se enfrentan a ella porque consideran que la elusión, la sumisión, la lisonja o el recurrir a las «amistades» son vías menos costosas que pleitear.

La ineficiencia es una característica principal del Estado, consecuencia inevitable de su naturaleza violenta. Cuanto más autoritario es un Gobierno, más ineficiente es. Esta correlación es muy visible en los regímenes totalitarios, pero también se observa puntualmente en España. Por ejemplo, durante la pandemia el Gobierno ha aumentado su poder y la Administración funciona peor. Dicho en términos coloquiales: «el Estado falla más que una escopeta de feria» y no podría ser de otra manera porque su función principal no es servir a los ciudadanos, sino servirse de ellos para su propio provecho. Veamos tres ejemplos: a) Los políticos y otros altos cargos del Estado utilizan a los agentes de policía para su seguridad personal. b) Los funcionarios de la sanidad pública tienen patente de corso para saltarse las listas de espera. c) La justicia es parcial. Si la segunda vivienda de un ministro, diputado, concejal, juez, fiscal o policía es usurpada (okupada) su recuperación será inmediata; mientras que a un ciudadano común le costará muchos meses y tormentos. Los gitanos, que gozan de justicia privada, no sufren este problema porque un okupa sería desalojado en cuestión de minutos. Daniel Esteve, fundador de la empresa Desokupa, recomienda no llamar a la policía y recuperar la propiedad con medios contratados o incluso de forma personal.

Pero si el Estado no funciona, ¿por qué sigue existiendo? Para supervivir, el Estado necesita dos cosas: a) Mantener sus monopolios: militar, policial, legal, jurisdiccional, fiscal, monetario, etc. b) Legitimarse mediante la propaganda y la prestación de servicios, aunque estos sean precarios. Para mantener su modus vivendi el Estado debe combinar el palo (legislación, cárceles, multas) con la zanahoria (servicios, obsequios) y aderezarlo todo bien con la propaganda (educación y control de los medios de comunicación pública). El Estado necesita que las masas crean que funciona o que, al menos, es un mal necesario; y aquí debemos reconocer su maestría. Por desgracia, los políticos son trabajadores infatigables, si fueran más vagos harían menos daño.

Desde el punto de vista económico, la ineficiencia del Estado es un hecho científico, demostrado en 1920 por Ludwig von Mises. En el ensayo «El cálculo económico en el sistema socialista», el economista austriaco prueba que si los medios de producción no son privados no se puede generar un sistema de precios y, por tanto, no es posible saber si una actividad es o no económica. Por ejemplo, una empresa privada de seguridad determina el salario de sus vigilantes mediante precios de mercado; el Gobierno, en cambio, no tiene forma de saber el salario de un funcionario —juez, militar, policía— y su determinación obedece a intereses políticos, corporativos, sindicales, etc. Esto debe ser asumido y entendido como un mal irremediable.

El Estado, al contrario que las empresas, no proporciona utilidad a los consumidores y la mejor prueba de ello es que sus servicios deben pagarse forzosamente, mediante la confiscación y bajo condiciones impuestas unilateralmente. Si el consumo y pago de los servicios públicos fuera voluntario, 3.225.900[1] trabajadores a sueldo del Estado tendrían que ganarse la vida como todo hijo de vecino, a saber, sirviendo puntualmente al prójimo mediante relaciones contractuales, libres y consentidas. Esto no sería problema para muchos funcionarios —maestros, sanitarios, policías, administrativos— que encontrarían acomodo en el sector privado. Algunos empleos mermarían considerablemente —militares, profesores universitarios, científicos, sindicalistas— y otros directamente desaparecerían: los políticos y burócratas que han tejido esa intrincada tela de araña llamada estado de bienestar y que únicamente sirve al suyo propio.

Bibliografía

Bastiat, F. (2012). Obras escogidas. Madrid: Unión Editorial.

Bastos, M. A. (2005). «¿Puede la intervención estatal ser justificada científicamente? Una critica». Procesos de Mercado, Vol. II, no 1, pp. 11 a 51.

Mises, L. (2009) [1922]. El Socialismo. Madrid: Unión Editorial.

Nietzsche, F. (1984): Así́ habló Zaratustra. Madrid: Busma.

[1] Fuente: Absolutexe, datos EPA, julio 2020.

Una reflexión a propósito de la situación política en España

En un Estado democrático las instituciones públicas son las responsables de velar por la protección de la libertad de los individuos y la igualdad de estos ante la ley. Ese es un principio que prevalece en el entendimiento de cómo funciona una democracia, cuál es la base del diálogo entre las fuerzas políticas y cómo se discierne el horizonte para la mejora de la calidad institucional y, en consecuencia, la vida de los ciudadanos.

Es ese diálogo al que se someten los representantes políticos, fundamentados en la virtud de representación que compone una parte ineludible del desarrollo político y la relación de ese sujeto social-colectivo con la cosa pública, que debe permitir crear políticas públicas, esto es, leyes, Decretos Reales, estrategias, pero que además de la labor parlamentaria, son los representantes los que en primera instancia deben velar por la preservación de las instituciones democráticas frente a la posible vulneración de las leyes y la Constitución, esta función de control es parte de la tarea, y debe serlo aún más en tiempos de polarización, cuando se empieza a poner sobre la mesa viejos debates acerca de la prevalencia de un modelo político sobre otro.

En ese entendido, la alternativa frente al peligro para la estabilidad democrática e institucional es la defensa irrestricta de los valores contemplados en la Constitución, a través de la evidencia fehaciente de los resultados, anteponiéndose a la mentira disfrazada de verdad, cuando la propia verdad deja de serlo y se modifica según convenga a una de las partes y cuando ha pasado a ser un simple apéndice de la realidad política, como quien necesita un repuesto o una pegatina.

Es decir, la defensa de la verdad que no es otra cosa que la legalidad, las instituciones y los valores de la democracia y la libertad en el esquema práctico: la apropiación del discurso y el mensaje, y la atracción de la cuestión moral hacia este lado del espectro político. Y es que está ocurriendo en España, delante de nuestros ojos, el intento consecutivo de quebrar el orden preestablecido, no por una cuestión de funcionamiento del Estado que pretende traspasar un modelo agotado o arcaico, aunque la monarquía española represente una de las mejores democracias del mundo hasta hace muy poco, sino por la pretensión de agotar una realidad contraria a las pretensiones de los neomarxistas/populistas en el poder.

No solo se trata de la raíz de un gobierno desde el principio cuestionado por razones obvias y conocidas, sino por la constante puesta en escena de un argumentario falaz sobre la historia y la situación política de España, y la intención de estigmatizar la Monarquía que es la garantía constitucional del orden institucional establecido. A ello hay que añadir las preferencias generales de la coalición gubernamental, que prefiere pactar con los que quieren romper España en pedazos bajo la incomprensible consigna de ‘plurinacionalidad’ y acordar con aquellos cuya oscura historia todavía tiene fresca la memoria de un país azotado por el terrorismo.

Pero nada de aquello importa -que quede claro- porque el objetivo final es, precisamente, romper ese orden institucional. La pandemia y la crisis económica será aprovechada para acelerar los plazos en el cumplimiento de ciertos objetivos en este sentido y la fijación de posiciones por el gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. El primero quizás no sepa hasta que punto esto puede ser cierto y llegar a concretarse, el segundo lo tiene todo muy claro y su estrategia es seguir con el desgaste lento con golpes bajos, pero permitiendo la gobernabilidad para su presidente. Se trata, en última instancia, de permanecer en el poder a toda costa: el poder por el poder, una vieja receta adaptada a estos tiempos de convulsión e incertidumbre. Ambos salen ganando.

En consecuencia, el debate se deberá centrar en la capacidad de acción y reacción de los representantes políticos que creen en la libertad, la democracia y en las instituciones españolas. Pero no solo ahí. La ciudadanía deberá tener un papel protagónico de cara a la defensa del orden institucional.

¿Por qué la movilización ciudadana es una categoría exclusiva de la izquierda y por qué la protesta es una patente de los que se hacen llamar defensores de los derechos sociales? ¿O es que, acaso, la libertad no es el bien social más preciado hasta ahora alcanzado? ¿Es que hay algo más progresista que la defensa de los valores de la democracia liberal?

España hoy es un país donde la defensa de las instituciones y la Constitución ha pasado a ser de ‘radicales’ y la ruptura y la imposición parte de lo ‘políticamente correcto’. Hoy más que nunca en los últimos cincuenta años es importante asumir un papel protagónico y estar preparados, porque no todo se reduce a la economía y a los burócratas europeos; ojalá fuese así. El tiempo nos dará o quitará razón.