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Los segundos acuerdos de Minsk

Hospedados, como en la primera ocasión, por un anfitrión inquietante -el dictador bieloruso, Aleksander Lukashenko- el jueves pasado se celebró una singular reunión en la ciudad de Minsk para acordar los términos de un armisticio en la guerra que se está desarrollando en las regiones sur orientales de Ucrania.

Quedó a las claras, en primer lugar, quiénes son las partes enfrentadas. La presencia sin ningún disimulo del presidente ruso Putin – a quién no restó protagonismo la compañía de los líderes de las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk- disipó toda sombra de duda sobre las cínicas mentiras esgrimidas en momentos cruciales de esta guerra por parte del gobierno ruso. Recordemos como sus propagandistas acusaron a los “fascistas” ucranianos del derribo de un avión con 298 pasajeros civiles que sobrevolaba el territorio ocupado por los rebeldes separatistas dirigidos desde Moscú.

Junto a la llamada a la supervisión y seguimiento sobre el terreno del cumplimiento de los acuerdos por parte de monitores desarmados de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) los trece puntos acordados establecen un compromiso de alto el fuego que comenzó en la medianoche del día 15, y que parece haberse respetado hasta ahora, excepto en Debaltseve, donde las tropas rusas han conquistado un importante nudo ferroviario.

A grandes rasgos, las partes signatarias se comprometiron a cumplir un plan por etapas para conseguir la paz a cambio del reconocimiento de un estatuto especial para las regiones de Donestk y Lugansk, donde los insurrectos separatistas sustentados por el gobierno ruso se han hecho fuertes contra el gobierno central ucraniano. En este sentido, se parte de la idea de crear una zona de seguridad a ambos lados de los límites de ambas regiones con el resto de Ucrania, donde se deberían retirar en breve la artillería pesada y los sistemas de lanzamiento de misiles.

A continuación, se entablaría un diálogo, dentro del marco del grupo trilateral de contacto formado por los representantes de Ucrania, la Federación de Rusia y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa [OSCE], para organizar unas elecciones locales, de acuerdo a la legislación ucraniana y la ley sobre el estatuto provisional de autonomía de las regiones de Donestk y Lugansk, aprobada por el parlamento ucraniano después de los primeros acuerdos de Minsk, pero suspendida ante el incumplimiento de las condiciones por parte de los rebeldes separatistas. Las elecciones se celebrararían bajo la supervisión y siguiendo las reglas de la OSCE.

La recuperación del pleno control sobre las fronteras por parte de las autoridades ucranianas se producirá a partir del día siguiente a la celebración de esos comicios locales, tras la aprobación antes de fin de año de una reforma constitucional y una legislación de desarrollo que contemple la descentralización política y el reconocimiento de un estatuto especial para las regiones de Donetsk y Lugansk, de acuerdo con los representantes de estas últimas.

Mientras tanto, se garantizaría una amnistía para las personas que participaron en el conflicto; la liberación y el intercambio, bajo el principio de todos por todos, de los rehenes y personas detenidas ilegalmente; el acceso, entrega, almacenamiento y distribución de la ayuda humanitaria con el apoyo de los mecanismos internacionales y el restablecimiento del sistema bancario, de recaudación de impuestos, de los servicios públicos y de las pensiones en las regiones citadas dentro de la jurisdicción ucraniana.

Por otro lado, se repatriarían las unidades, los técnicos militares y mercenarios extranjeros bajo la supervisión de la OSCE, al tiempo que se desarman los grupos ilegales de guerrilleros.

Muchos son los interrogantes que suscitan unos acuerdos que parecen impulsados para detener una guerra sangrienta desatada por la insurrección apoyada por el gobierno ruso, quién, sin embargo, consolida sus posiciones territoriales ganadas por la fuerza, so pretexto de proteger a las personas de origen ruso, y se erige además en potencia que condiciona jurídicamente las decisiones de un país vecino, incluyendo el veto a su adhesión a la Unión Europea o la OTAN.

La precipitada concesión de una amnistía a los intervinientes en esta guerra soslaya la cuestión de que algunos hechos acontecidos pudieran calificarse como crímenes de guerra o de lesa humanidad, los cuales son imprescriptibles según normas superiores de derecho internacional.

Han pasado muy pocos años en términos históricos, desde que en el año 1994, la Federación rusa, entonces dirigida por Boris Yeltsin reconociera la independencia y la integridad territorial de Ucrania, incluyendo la península de Crimea y estas regiones de Donetsk y Lugansk en el Memorandum de Budapest. Ignorando las obligaciones internacionales derivadas de este acuerdo, algunos quieren justificar hoy la expansión rusa invocando títulos antiguos del Imperio zarista.

Parece conveniente mantener la alerta frente al indudable peligro para la libertad y la seguridad de los europeos que representa el régimen autoritario postsoviético de Putin. Hace ya tiempo asumió una doctrina estratégica de confrontación ideológica y militar con Estados Unidos y los países de Europa Occidental que se traducen en el desarrollo de un programa de rearme que consumirá hasta un tercio del presupuesto, según algunas fuentes, y en maniobras concretas de desestabilización (en países vecinos como Ucrania o los países bálticos) o instrumentación de grupos políticos y sociales en países más lejanos.

La potencial creación de un embrión de estado en estas regiones de Donetsk y Lugansk, dependiente de Rusia aunque incrustado en Ucrania, recuerda demasiado la situación real en Abjasia (Georgia) y Transdniéster (Moldavia). Aparte de las frecuentes provocaciones a los países bálticos, a finales del mes pasado los gobernantes rusos llegaron al punto de enviar dos bombarderos estratégicos al Canal de La Mancha, causando un lío monumental en el tráfico aéreo civil.

Ahora bien, los planes estratégicos de la nueva nomenclatura rusa podrían ser patéticos delirios de grandeza debido a otras circunstancias ajenas a su control. En efecto, los años de cotización del barril de petróleo a 100 dólares parecen acabados por mucho tiempo. Durante el periodo de bonanza de ese monocultivo Rusia no cambió su estructura económica. Por el contrario, desde allí se transfirió un enorme flujo de capitales a Occidente, sin que quepa prever su vuelta en una situación de hundimiento del precio del crudo. De esta manera, no quedaría mucho tiempo para presenciar el derrumbamiento de toda la tramoya montada.

España se recupera, a pesar del Gobierno

Desde hace décadas, el profesor Carlos Rodríguez Braun desea los buenos días a diario desde la radio y las redes sociales con una fórmula característica: "Buenos días… a pesar del Gobierno". Esta muletilla no sólo es un sello personal del genial economista, que da título a uno de sus libros y encabeza su columna en La Razón. También se ha convertido en un permanente aviso mental que se ha ido instalando en las conciencias de muchos de sus seguidores. Es como una voz interna que a menudo nos recuerda que no todo lo bueno que nos ocurre es gracias al Gobierno. Casi siempre sucede, de hecho, a pesar del Gobierno. Todas las mañanas sale el sol, y ahí estará Rodríguez Braun para recordarnos que si amanece es porque el Gobierno aún no sabe cómo evitarlo.

En la economía española también parece que, tímido, va saliendo el sol. La crisis económica en la que llevamos inmersos desde que se desató en 2008 ha sido tan terrible que ha terminado por consumir las esperanzas de buena parte de los españoles. Desde el principio estaba claro que lo que teníamos delante era una larga depresión, un túnel en el que no se veía ninguna luz que indicase una salida rápida. Por supuesto, la crisis no es una maldición caída del cielo, no es algo que ocurra sin motivo. La crisis, como bien explica la teoría austriaca del ciclo económico, es precisamente la fase en la que se ponen de manifiesto y se empiezan a corregir los desequilibrios acumulados durante el pasado.

En el caso español, la crisis es la resaca tras el fiestón de los años de la burbuja inmobiliaria, tras la gran borrachera del crédito barato. Los españoles de pronto se encontraron con una factura demasiado abultada y con el piso destrozado. Es decir, con una deuda insostenible y con una estructura productiva distorsionada. Tocaba, pues, hacer limpieza. Por un lado, había que reducir el endeudamiento, desapalancarse, y para ello no quedaba otra que aumentar el ahorro. Por otro, había que liquidar las malas inversiones y las empresas inviables, y redirigir los recursos liberados para construir un nuevo modelo productivo. Había que rehacer el tejido empresarial de forma que estuviera coordinado con patrones sostenibles de consumo y ahorro. Para una recuperación ágil, lo que España necesitaba era sencillo: que familias y empresas tuvieran a su disposición la máxima renta disponible para reducir sus deudas y acometer sus reestructuraciones, y un marco institucional flexible y libre. Pero los sucesivos gobiernos no estaban dispuestos a poner las cosas fáciles, e hicieron todo lo contrario.

Hoy, más de seis años después del inicio de la crisis, seguimos sumidos en ella. Ahora se ve una tenue luz al final del túnel. A una lentitud desesperante, poco a poco, la economía española se va recuperando. España cerró el año 2014 con un crecimiento del PIB del 1,4%, una cifra modesta pero destacable dentro del esclerotizado contexto europeo. Para 2015 se espera un crecimiento de entre el 2% y el 2,3%. La tasa de paro, sin duda la gran lacra de la economía española, también ha mejorado, pasando de casi un 27% en 2013 a un 23.7% al final de 2014, año que cerró con un aumento de más de 430.000 ocupados. Para 2015 se estima una creación de al menos 450.000 empleos.

Estas cifras van a ser la principal arma del Gobierno que preside Mariano Rajoy de cara a un caldeado año electoral. Se van a intentar atribuir el mérito de esta mejoría. Pero basta analizar lo hecho durante estos años para comprobar que, si algo cabe achacarle al Gobierno de Rajoy y Montoro, es el hecho de alargar la crisis y hacerla más dolorosa. Decíamos que los españoles necesitaban la máxima renta disponible para amortizar deudas, liquidar las malas inversiones y reconstruir el tejido productivo. Pues si algo ha definido a este Ejecutivo, que es una continuación respecto al anterior de Zapatero, es la intensidad y voracidad con la que ha subido los impuestos. El Gobierno apretaba la soga en el cuello de familias y empresas justo cuando éstas más urgentemente necesitaban renta disponible. Y sobre sus espaldas colocaba, además, la losa adicional de los rescates de negocios quebrados con cargo al contribuyente. Pese a esto, y pese a las políticas monetarias destinadas a promover el endeudamiento, familias y empresas han sido capaces, con mucho esfuerzo, de reducir su deuda en unos 480.000 millones de euros, una reducción de en torno al 20% respecto al máximo de 2010. Mientras tanto, un Estado incapaz de controlar el déficit público, ha aumentado su endeudamiento en más del doble. Si a finales de 2008 la deuda pública era menor del 40% del PIB, a día de hoy roza el 100% del PIB. 

Decíamos, por otro lado, que la economía española necesitaba de un marco institucional flexible y libre en el que reconstruir la estructura productiva. Dicho de otro modo, hacían falta reformas estructurales. Si bien el Gobierno de Rajoy ha implementado alguna muy tímida reforma, la verdad es que España sigue teniendo el mismo marco institucional rígido y anquilosado de siempre. España es uno de los países de la OCDE en los que es más difícil invertir y crear empresas, con un mercado laboral enormemente costoso, una regulación asfixiante y una justicia lenta e ineficiente. España ha caído durante los gobiernos de Zapatero y Rajoy en el Índice de Libertad Económica que publica la Heritage Foundation, desde el puesto 29 en 2009 hasta el 49 en la actualidad. Pero a pesar de las trabas institucionales, los españoles han sido capaces de llevar a cabo un cierto reajuste en la estructura productiva, destacando sobre todo el gran progreso de la industria exportadora. Familias y empresas han logrado corregir casi por completo el tremendo déficit comercial de más del 10% del PIB que teníamos en 2008.

España, de forma lenta, se recupera. Por supuesto, la tarea aún no ha terminado. Queda buena parte del trabajo por hacer para tener una economía completamente saneada. En el horizonte, además, hay graves amenazas e incertidumbres, principalmente institucionales y políticas, que pueden frenar e incluso revertir la recuperación. Pero poco a poco, con gran sufrimiento, la economía va saliendo del hoyo. No deje que los políticos se atribuyan el mérito. 2015 es año electoral y el Gobierno nos va a vender que la tímida recuperación que ahora vemos son los frutos de su sacrificada labor gubernamental. Por fortuna ahí estará esa sabia voz interna recordándonos la coletilla de Carlos Rodríguez Braun. No se deje engañar. Si España se recupera es gracias al esfuerzo y el sufrimiento de las familias y empresas. Si España se recupera no es gracias al Gobierno. Es a pesar del Gobierno.

Malos tiempos para la libertad de prensa

Reporteros Sin Fronteras (RSF) ha presentado su informe Clasificación Anual Sobre la Libertad de Prensa. Sin ser un índice cien por cien infalible, es la mejor herramienta de la que disponemos para analizar la situación de este derecho, íntimamente ligado al de la libertad de expresión, en el mundo y por países concretos.

En 2015 la Clasificación no ofrece demasiadas sorpresas. Como era de esperar, Venezuela retrocede puestos a un ritmo alarmante. A la tradicional política liberticida contra los medios no chavistas se suma ahora la dura represión contra los periodistas que tratan de informar sobre las protestas y la violencia que ejercen las fuerzas de seguridad contra los manifestantes. En Ecuador las cosas también han ido a peor, al imponer el Gobierno de Correa una norma de rectificación obligatoria que se ha convertido en “una forma de censura institucionalizada”.

La única sorpresa es, tal vez, que España mejora dos posiciones y pasa del puesto 35 al 33. Pero esta aparente mejoría no es tal. La moderada escalada en el ranking no se debe a que se haya avanzado en esta materia, sino a que otros Estados han retrocedido a un ritmo mayor. La situación en el más extenso de los países de la Península Ibérica ha ido, según el análisis de RSF, a peor.

Uno de los principales motivos que señala el informe es la conocida como “ley mordaza”. Por obra y gracia del ministro del Interior, Jorge Fernández (un hombre que atribuye la caída del Muro de Berlín a la Virgen de Fátima), se restringe la capacidad de informar sobre manifestaciones. Esto afecta sobre todo al material gráfico, puesto que ha pasado a sancionarse fotografiar o grabar a las Fuerzas de Seguridad sin autorización. Se trata de un retroceso evidente. Sin llegar a los extremos venezolanos, sí se comparte con el Gobierno de Maduro el afán de dificultar la difusión pública de imágenes de protestas de todo tipo.

No sólo se ha empeorado en eso. Al margen de lo apuntado por RSF, hay otras prácticas del Gobierno de Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría que suponen un serio retroceso. No nos referimos al uso partidista de la radio y la televisión públicas (algo que denuncia RSF), puesto que con Rajoy no es mayor que con Zapatero, Aznar o González. La reducción de libertad de prensa afecta sobre todo a los medios privados.

Desde el Ejecutivo se ha pedido la cabeza de directores concretos de periódicos, y se ha logrado. En concreto, la de tres de los cinco más importantes de España. Los destituidos fueron sustituidos por otros más dóciles. A cambio, se regaló a sus editores una Tasa Google o Canon AEDE que es un nuevo recorte a la libertad. No queda ahí la cosa.

El ministro de Hacienda no duda en lanzar, desde su escaño en el Congreso, sus dardos dialécticos contra los medios que han informado de forma poco favorable sobre él o su ministerio. No sólo eso, Cristóbal Montoro carga contra esas mismas empresas periodísticas por no destacar asuntos que a él le gustaría. Desde que comenzara 2015, sólo ha habido dos sesiones de Control al Gobierno, y en ambas ha hecho lo que no deja de ser una forma de presión.

En realidad, y aunque Reporteros Sin Fronteras no apunte a eso, el actual Ejecutivo es el peor en materia de libertad de prensa desde que terminara la dictadura franquista. Resulta incluso más nocivo que los nefastos gobiernos de Felipe González (de triste recuerdo en este terreno). Se ha empeorado sobre todo en lo referido a los medios de comunicación privados.

Son malos tiempos para la libertad de prensa en España. En ocasiones recuerda demasiado, aunque con formas y métodos más suaves, a lo que ocurre en lugares como Ecuador o Venezuela. Menos mal que todavía no se tiene por costumbre apuntar contra periodistas concretos con su nombre y apellido. No al menos desde el Gobierno; desde otro partido, con aspiraciones de llegar al poder especialmente mimado por ciertas televisiones, sí se hace.

El progresismo como terapia

El progresismo es una de esas ideas que son más fáciles de entender intuitivamente que de definir. El motivo seguramente es que es como el éter: está en todas partes. También se parece al éter en otro sentido: es falso. Pero sin pretender ser exhaustivos, podemos acercarnos a lo que es el progresismo de un modo muy aproximado, si tenemos en cuenta unos pocos elementos.

Uno de los más importantes es el darwinismo. Pero no en el sentido que se le suele dar a este término; no es la lucha individual por la supervivencia. Sino la idea de que las condiciones naturales determinan el éxito o el fracaso de las especies. Y que la especie humana es única en el sentido de que tiene la inteligencia suficiente para cambiar las condiciones. Y si las cambia, puede condicionar la evolución, conducirla, y llevarla a los efectos deseados.

Otro es el pragmatismo. Es esa ideología tan característica de los Estados Unidos, desarrollada en las tres últimas décadas del XIX, se plantea que no se puede llegar a conocer la verdad, sino sólo los efectos de las ideas que tenemos de ella. No hay verdad, en el sentido de que no hay una correspondencia entre las ideas y la realidad. Si no hay verdades, tampoco hay límites para la acción, como por ejemplo el valor supremo de los derechos individuales. Más, cuando la acción y sus efectos es lo que nos permite resolver los problemas. La acción, potenciada por el aparato del Estado, y liberada de las viejas ataduras, nos permite albergar nuevas reformas.

Un tercer elemento es la democracia. Ésta ha sufrido una transformación histórica desde un poder moderador de la Corona, a un depósito de la soberanía única. Y, por medio de las ideas de Rousseau, la mayoría se identifica con la “voluntad general”, y ésta con la verdad. Rousseau y el pragmatismo unidos erigieron a la democracia como fuente de verdad y agente del cambio social, sin oposición.

El progresismo no hubiera surgido sin el capitalismo. Durante milenios, la humanidad han vivido de formas que han cambiado de forma inapreciable para la vida de un hombre, y que sólo la mirada por encima de los siglos permite ver su evolución. El capitalismo rompió con esa idea de que las cosas son así, y no pueden ser de otra manera. Y trajo una aceleración del cambio histórico, que despertó la imaginación de muchos. Ahora todo parecía posible.

Es más, cambiar la realidad, instituir aquí y ahora la justicia, era un mandato divino para muchos estadounidenses. Richard Hofstadter, en su seminal obra The age of reform, dice que “la mente progresista (…) era eminentemente una mente protestante; e incluso aunque mucha de su fuerza estaba en las ciudades, heredó las tradiciones morales del protestantismo evangélico rural”, que aún bebía de las aguas, turbias ya, del “evangelio social”. Es esa concepción post milenarista de que es deber de todo creyente hacer todo lo que esté en su mano para salvar al prójimo, porque sólo eso le permitirá salvarse a sí mismo. El “evangelio social”, que llamaba a la acción individual, acabó encontrando el el Estado el instrumento ideal para prohibir o moderar el comportamiento pecaminoso al que estamos condenados. Por eso el movimiento por la Templanza, que comenzó cuando tuvo lugar el Segundo Despertar, en los años 20′ del siglo XIX, se convirtió en parte importante del progresismo estadounidense.

Si el progreso está a la vista de cualquiera. Si la tecnología hace posible cumplir nuestros sueños. Si no hay verdades que nos limiten en nuestros propósitos. Si sólo tenemos que cambiar las condiciones para modelar la sociedad a nuestro gusto. Y si la democracia es el valor político supremo, si se dan todas esas circunstancias, hay realidades sociales inaceptables. Son inaceptables porque tenemos los medios morales, ideológicos y políticos para cambiarlas. Si la pobreza es un hecho natural inmutable, puede causar dolor, pero no ansiedad. Y lo que caracteriza al progresismo es la ansiedad, la indignación, la rabia por que no se haya impuesto el Cielo en la Tierra y siga habiendo carencias o “injusticias”.

El progresista es una persona que mantiene una relación ansiosa con la realidad. Lo que le caracteriza es ese sentimiento; no tanto el análisis racional de la realidad. James Ostrowsky, en un libro dedicado al progresismo, llega a la conclusión de que éste no es sólo la respuesta ideológica a la realidad de muchos estadounidenses. Es, también, un instrumento de terapia, de autoayuda, para acallar ese desasosiego, esa angustia ante la realidad que lleva a la indignación. Simplemente, se confía en que el gobierno solucionará los problemas. Es una fe, que ni exige un conocimiento de la economía o de la política, ni permite que éste se interponga en el camino. Así las cosas, someter el programa progresista al tamiz de la razón lleva al fracaso. 

Errores intelectuales en el populismo (I)

El catedrático Carlos Rodríguez Braun ha comentado dos errores económicos que observa en una carta del Papa Francisco I al director general de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación), debido a que parece mostrar una incomprensión sobre el funcionamiento de los sistemas de producción y de consumo en las sociedades abiertas y sobre el mecanismo de formación de los precios en el orden de mercado, que son alterados por la intervención del orden político.

Existen estudios académicos, como el Doing Business y el Index of Economic Freedom que, anualmente, analizan y demuestran la relación directa entre el crecimiento sociocultural y económico que alcanzan los países y la evolución de su marco institucional hacia altos niveles de libertad empresarial, comercial y fiscal, la disminución del tamaño y las competencias del Estado, la calidad del dinero, la captación de inversiones y financiación, la flexibilización del mercado laboral, la protección de los derechos de propiedad y, también, los bajos niveles de corrupción política. 

Por dicho motivo, sorprenden los discursos populistas del Papa Francisco I porque caen con excesiva reiteración en errores intelectuales al tratar los asuntos económicos y al intentar explicar el orden de mercado y el comercio internacional entre sociedades abiertas, que es el único instrumento terrenal que permite erradicar la pobreza.

Quizás el Papa Francisco I trata de denunciar el socialismo de mercado o el capitalismo de Estado que se distinguen por el intervencionismo político, que merma los procesos de creatividad y coordinación empresarial y, por tanto, impide un mayor crecimiento sociocultural y económico en los países, tal y como muestran los mapas de la libertad económica.

Por ello, sería muy recomendable que ajustase bien sus discursos y se dejase asesorar por intelectuales de la talla de Juan Velarde, Pedro Schwartz, Carlos Rodríguez Braun, Jesús Huerta de Soto… para intentar realizar una aproximación más académica a la eficiencia dinámica en economía; evitando manifestaciones públicas populistas, que sólo favorecen el apuntalamiento de los líderes políticos intervencionistas y el impulso de los movimientos revolucionarios en los países que afrontan crisis económicas y financieras.

Siempre es preferible que los líderes religiosos cristianos concentren sus esfuerzos en el fortalecimiento espiritual del cristianismo con la práctica de la eucaristía, la comunión con el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y los valores morales tradicionales, fijos y absolutos, que transcienden el hecho religioso porque constituyen las instituciones morales de la sociedad civilizada como el respeto por los derechos individuales a la vida, la familia, la libertad, la propiedad, la igualdad de trato ante la ley, la función empresarial, el dinero de calidad, el comercio internacional…

El premio Nobel de 1974, Friedrich A. Hayek, señalaba en su obra La fatal Arrogancia, Los errores del socialismo (2010) [1997] que el cristianismo era guardián de la tradición porque permitía que arraigasen instituciones morales o patrones de comportamiento adquirido que generaban (y eran generados) por la sociedad civilizada.

Su maestro, Ludwig von Mises, argumentaba en la obra Teoría e Historia: una interpretación de la evolución social y económica (2003) [1957] que:

Nada hay en ninguna doctrina moral ni en las enseñanzas de ninguno de los credos que se basan en los Diez mandamientos que pueda justificar la condena de un sistema económico que ha multiplicado la población y que proporciona a las masas de los países capitalistas el más alto nivel de vida jamás alcanzado en la historia. Desde el punto de vista religioso la disminución del índice de mortalidad infantil, la prolongación de la vida, el éxito en la lucha contra plagas y enfermedades, la desaparición del hambre, del analfabetismo y de la superstición hablan en favor del capitalismo. Está bien que las iglesias deploren la pobreza de las masas en los países atrasados. Pero están muy equivocadas cuando dan por sentado que cualquier sistema puede terminar con la pobreza de estas infortunadas gentes … muchos de ellos creen que la ignorancia de la economía no constituye obstáculo para ocuparse de cuestiones económicas. (Mises, 2003: p. 347).

Ambos economistas austriacos, tanto Ludwig von Mises [1] como Friedrich A. Hayek [2], señalaban que es importante cuidar el lenguaje y los mensajes implícitos en el uso del mismo por las consecuencias no queridas que tienen las ideas erróneas, cuando arraigan entre la población y las autoridades y, por tanto, cuando determinan el devenir político y económico de los países hacia el socialismo y el intervencionismo que generan la pobreza y el hambre y, en muchos casos, los encarcelamientos y las muertes de cientos de miles de ciudadanos.

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Auschwitz fue el Estado

Hace pocos días se conmemoró el 70 aniversario de la liberación —por llamarlo de alguna manera, pues el Ejército Rojo acabó enviando al gulag a la mayor parte de los 7.500 supervivientes que encontró— del campo de exterminio de Auschwitz.

Pocas veces habrá estado el hombre tan cerca de haber trasladado el infierno a la tierra como en aquel complejo nacionalsocialista de alambre de espino, barracones y cámaras de gas próximo a la localidad polaca de Oswiecim, en la Alta Silesia, en la confluencia del Vístula con el Sola. Del millón largo de prisioneros, el 92% judíos, que entre mayo de 1940 y enero de 1945 fueron trasladados a ese horror —en cuyo frontispicio figuraba el escalofriante Arbeit macht frei— apenas salieron con vida unos pocos millares.

Y todo se hizo, tal y como ha sucedido con los peores crímenes de la historia, en nombre del Estado. Los responsables no fueron las perversas multinacionales, el despiadado capitalismo o la desregulación de los mercados. Fue el Estado, en este caso el alemán. Y es que cuando le retiramos al Estado el falso ropaje de la provisión de servicios sociales contemplamos a las claras su verdadero rostro: coacción, violencia y, en los casos más extremos, Auschwitz.

Seamos conscientes de que el Holocausto no fue la obra de unas docenas de descerebrados de las SS, sino la de toda una administración del Estado puesta al servicio de la destrucción de personas. Incluso el propio Reich se beneficiaba económicamente de los bienes incautados a los judíos, que pasaban sistemáticamente a manos del pueblo alemán, sin apenas casos de corrupción.

¿Cómo se pudo llegar tan lejos? A fin de cuentas el Estado no es más que una entelequia: solo existen las personas de carne y hueso, los líderes políticos, los burócratas, los funcionarios. ¿Cómo entender semejante barbarie en la nación más culta y avanzada de Europa? La única explicación pasa por interiorizar la naturaleza del dios de la democracia, ese mecanismo legitimador de cualquier atrocidad, que no se detiene ante nada ni ante nadie. El Estado solo es posible por el apoyo o la complicidad de la población, sin ese respaldo explícito o implícito se desvanecería.

En la actualidad, una frase del poeta y ensayista George Santayana figura en la entrada del bloque número 4 de Auschwitz: “Quien olvida su historia está condenado a repetirla”. Pues bien, no olvidemos que la democracia es Hitler, es Montoro, es Podemos. Nada bueno puede salir de ella.


Artículo publicado orignalmente en neupic.com.

Igualdad y desigualdad

Los seres humanos son iguales en algunos aspectos genéricos pero diferentes en detalles concretos: tienen distintas capacidades, preferencias, oportunidades y circunstancias. Igualdad o desigualdad son características relativas resultado de comparar diversos atributos de individuos: riqueza, renta, belleza, inteligencia, simpatía, reputación, poder, fuerza física, capacidad de persuasión. Algunos atributos son objetivos y medibles, otros son subjetivos o difícilmente cuantificables.

Igualdad y desigualdad

A los individuos les preocupa su estatus, su posición social, lo que los demás piensen de ellos, cómo los valoren. El valor no es un atributo intrínseco y objetivo de las personas: los individuos valoran subjetivamente a otros (y a sí mismos según su autoestima) y son valorados subjetivamente por otros. Estas valoraciones pueden ser muy diferentes desde ambos puntos de vista (evaluador y evaluado): algunos individuos tienen mucho éxito social y otros muy poco; los favoritos de unos son odiados por otros. Son comunes las afirmaciones de que todo el mundo es valioso, o incluso que todo el mundo es igualmente valioso. Los que las realizan pueden no entender la realidad, o quizás quieren caer bien a los demás con discursos populistas, bien intencionados y políticamente correctos.

La desigualdad implica que unos tienen (o reciben) más y otros menos de algo, unos son mejores y otros peores, unos están más arriba y otros más abajo. La mayor disponibilidad de recursos económicos o la posesión de características que otros valoran es útil para los individuos, ya que les facilita la supervivencia y el desarrollo al disponer de más poder y medios de acción.

Las posiciones relativas entre dos individuos pueden ser resultado de su propia acción aislada, de interacciones entre ambos o de relaciones con más individuos. Es posible triunfar o fracasar de forma independiente, cooperar con otros, competir contra otros, ayudar a los necesitados, robar para uno mismo o robar para otros. La igualdad y la desigualdad pueden suceder o conseguirse de forma pacífica o violenta, y de forma espontánea o mediante intervención externa: unos nacen más atractivos que otros; unos se entrenan, preparan o esfuerzan más; unos tienen más éxito en su profesión, en el comercio, en los negocios; unos reciben mayores herencias (genéticas o de riqueza) o mejor educación (capital intelectual individual) o contactos (capital social) de sus progenitores. Algunas desigualdades sociales se consiguen de forma violenta: los poderosos oprimen, esclavizan o parasitan a los débiles. Algunas igualdades sociales se consiguen de forma violenta: vagos, incompetentes o improductivos parasitan a los más productivos y eficientes.

La desigualdad es muy común en la naturaleza: dentro de una misma especie existe diversidad, y en los grupos sociales animales existen castas especializadas (insectos sociales) o jerarquías y diferencias de rango o estatus entre individuos (escalas de poder, relaciones de dominación y sumisión o subordinación). La competencia por el estatus social es un fenómeno omnipresente, ya que un estatus más alto implica mejor alimentación y más fácil acceso a oportunidades de reproducción: en algunos casos son posibles alianzas entre individuos para dominar a otros o para evitar ser dominados por otros. La naturaleza presenta un espectro de situaciones de desigualdad dentro de los grupos sociales: desde el macho alfa de los gorilas (único macho adulto con acceso a un harén de hembras) hasta el colectivismo promiscuo de los bonobos. Pero siempre existe el estatus, que suele estar asociado con demostraciones de poder físico y relaciones familiares.

Conforme crece la desigualdad dentro de un grupo los miembros de estatus más bajo pueden perder interés por el mantenimiento del mismo, pero quizás permanecen en él y no lo abandonan porque las alternativas son aún peores: la vida solitaria es muy difícil y en otros grupos podrían no ser admitidos o su estatus no mejoraría. El fomento de la igualdad dentro de un colectivo puede producirse para evitar la opresión por individuos muy dominantes (jerarquías de dominación inversa), o para conseguir que más individuos se involucren y participen activamente en las tareas necesarias para la supervivencia del grupo, especialmente en la lucha de ataque y defensa contra otros grupos.

La dinámica de las relaciones de desigualdad es compleja. La igualdad puede conseguirse si el peor mejora o si el mejor empeora; la desigualdad puede conseguirse si el mejor mejora o el peor empeora. Si se trata de un recurso transferible, como el dinero o diversas formas de riqueza, es posible quitar a uno para dárselo a otro. Sin embargo si se quita riqueza a los productivos se desincentivan la productividad y la generación de esa riqueza; y si se entrega riqueza a los improductivos se incentivan la improductividad y las relaciones de parasitismo y dependencia. En la medida en que se trate a todo el mundo igual independientemente de los resultados, y la obtención de estos resultados implique algún coste o esfuerzo, siendo todo lo demás constante los agentes racionales evitarán esforzarse para obtener mejores logros.

La desigualdad en un grupo puede intentar evitarse redistribuyendo de los ricos a los pobres, pero también es posible fomentar que los pobres dejen de serlo por sí mismos si disponen de suficientes oportunidades de formación y trabajo. Algunos grupos podrían conseguir igualdad expulsando a los pobres, obligándoles a esforzarse para dejar de serlo, o no permitiendo su acceso al colectivo (leyes de inmigración discriminatorias, leyes de salario mínimo).

La redistribución de recursos para fomentar la igualdad suele ser más aceptable cuando el grupo es más pequeño y homogéneo y los individuos lo sienten como una familia extendida (igualdad genética, étnica o cultural). La redistribución puede provocar odios o resentimientos si se percibe como ilegítima, si unos se aprovechan de forma tramposa de otros.

Un individuo puede querer ser más igual a otros en aquellas cosas en las que es peor que ellos, pero también puede querer ser menos igual si es o puede ser mejor que ellos. Cuanto más capaces sean los otros más probable es que puedan ser mejores cooperadores, pero también es posible que sean mejores competidores.

Una mejora puede implicar un incremento de la desigualdad si los que la adoptan no eran inicialmente los más desfavorecidos. La desigualdad podría crecer de forma indefinida si el hecho de ser mejor facilita además la capacidad de mejorar (rendimientos marginales crecientes): esto no es un fenómeno exclusivamente individual sino que tiene una fuerte componente social, incrementándose si existen efectos de red mediante los cuales los individuos quieren e intentan relacionarse con quienes tienen más éxito (afinidades o emparejamientos selectivos, quien más tiene más recibe). La desigualdad puede mitigarse o decrecer si al ser mejor es más difícil mejorar (rendimientos marginales decrecientes).

Desigualdad y pobreza son problemas distintos: es posible ser todos muy iguales y muy pobres y ser todos muy desiguales sin que nadie sea pobre (al menos en términos absolutos). Para resolver la pobreza basta con garantizar algunos mínimos sólo a los auténticamente pobres sin necesidad de realizar redistribuciones masivas de riqueza que afecten a toda la sociedad.

La observación empírica demuestra que en ocasiones los individuos prefieren situaciones peores en valor absoluto para ellos pero mejores en comparación con otros: es posible elegir ser cabeza de ratón antes que cola de león. La insistencia de algunos economistas para que los individuos se fijen solamente en su bienestar absoluto o en su mejora personal en el tiempo y no hagan comparaciones relativas con otras personas es problemática: la economía es una ciencia positiva que describe, explica y predice, y no una actividad moralizante que les dice a las personas lo que deben valorar o no; el que los agentes económicos valoren sus posiciones relativas es un hecho empírico que debe tenerse en cuenta y a ser posible explicarse en una buena teoría económica y psicológica.

El deseo de cierta igualdad o la envidia pueden ser rasgos adaptativos, emociones morales funcionales resultado de la evolución psíquica: la aptitud para la supervivencia y reproducción es un atributo contextual y tanto absoluto como relativo, ya que las diferencias son importantes en la competencia por la vida. Al individuo le importa lo bien que lo está haciendo en múltiples ámbitos (éxito en trabajo, amor, salud, relaciones familiares y sociales), pero esa bondad tiene una importante componente relativa (en comparación con otros), y tal vez el mejor punto de referencia válido para conocerla es el rendimiento o éxito de los otros: uno se compara con los demás para saber qué tal lo está haciendo. Además la felicidad o satisfacción es un sentimiento que se recalibra constantemente ante nuevas situaciones para que el individuo actúe más y mejor: estar mejor que en el pasado no implica necesariamente una mayor sensación de satisfacción que en el pasado.

Los igualitaristas, normalmente colectivistas intervencionistas mal llamados progresistas, insisten en que la igualdad, o al menos más igualdad, es necesariamente mejor y más justa: no expresan que ellos la prefieren a título particular, sino que aseguran que se trata de un hecho objetivo. Para ellos justicia (social o distributiva) es equivalente a igualdad: no ante la ley, sino mediante la ley; promueven la desigualdad ante la ley para fomentar la igualdad de oportunidades, o de resultados, rentas o riqueza. Para esconder su carácter coactivo y liberticida utilizan el término libertad como sinónimo de poder o riqueza y no como ausencia de agresión y respeto al derecho de propiedad. Desprecian la igualdad formal ante la ley y reclaman igualdad material, que todos tengan y puedan lo mismo independientemente de lo que hagan. Algunos pretenden que la ética exige sacrificar algo de eficiencia económica para garantizar más igualdad; otros aseguran que la mayor igualdad obtenida mediante la redistribución inteligente de la renta y la riqueza puede conseguir más eficiencia económica.

El igualitarismo colectivista y estatista puede ser la estrategia política de los peores para hacerse las víctimas, competir violentamente contra los mejores y beneficiarse a su costa. Algunos pensadores defienden políticas redistributivas para garantizar la paz social y el mantenimiento de la democracia: esto parece un eufemismo para recomendar ceder al chantaje de algunos individuos o grupos que amenazan con violencia y desorden, y pagarles a cambio de que no ataquen, roben o maten y acepten el orden establecido; también parece implicar una acusación contra algunos individuos insatisfechos con el sistema, especialmente los más pobres o desfavorecidos, los cuales se convertirán en alborotadores, delincuentes o criminales.

Los igualitaristas protestan porque les parecen injustas las diferencias de partida en la vida, que unos tengan más y mejores oportunidades que otros sin ser responsables por ello: parecen no entender que la vida de las personas no parte de la nada sino que hay una continuidad de padres a hijos. Los responsables del punto de partida no son los hijos sino los progenitores, y quizás sea a ellos a quienes se deba reclamar en lugar de a toda la sociedad. Pretender igualar las oportunidades implica decir a padres y madres que su esfuerzo por sus propios vástagos no sirve para gran cosa.

Con la crisis económica se ha difundido la falacia de que la desigualdad es su causa fundamental. La razón real de los ciclos de auge y depresión es la expansión insostenible del crédito, y esto va a suceder independientemente de por qué se expanda el crédito de forma intervencionista por el Estado, si es para favorecer presuntamente a los pobres, a los ricos o a nadie en particular. Fomentar que los pobres se endeuden para mantener o incrementar su nivel de vida, su renta y su consumo equivale a montar una peligrosa trampa. El crédito en el mercado libre se concede si el prestamista acreedor cree que el prestatario deudor es solvente, que puede devolver el préstamo o pagar lo que debe, y esto depende de su renta futura y de las garantías que pueda proporcionar. Si un individuo tiene pocos ingresos ahora y no va a tener más en el futuro, endeudarse es mala idea. Forzar la concesión de crédito a agentes económicos que no lo merecen (porque no quieren o no pueden devolverlo) tendrá como consecuencia quiebras y bancarrotas que provocan daños económicos importantes a acreedores y a deudores: pérdida de valor de los activos (préstamos de los bancos), pérdida de la propiedad de las garantías de los préstamos (viviendas), asunción de pesadas cargas financieras por largos periodos de tiempo (si las garantías son personales). Además el crédito excesivamente fácil y barato no suele estar sólo al alcance de los desfavorecidos sino que puede extenderse a toda la sociedad: las crisis pueden ser más graves o llamativas para los más pobres, pero los daños que provocan son generalizados.

Venezuela: la tragedia de los recursos naturales

Los problemas que está atravesando Venezuela son notorios. Las cifras de su economía son más difíciles de refinar que su crudo (de baja calidad por su alto contenido de azufre): problemas extremos de liquidez, acumulación de vencimientos, desabastecimiento galopante del 55%, PIB per cápita cayendo, pobreza del 27,3% y aumentando, inflación que ya supera el 63%, importaciones notables y crecientes, devaluaciones de moneda (el mercado ya la está repudiando), escasez de divisas y expropiaciones. Es actualmente uno de los países con menos libertad económica del mundo y el segundo país más violento del mundo con casi 70 homicidios por día en 2014.

Ciertamente, Venezuela sufre la "maldición de los recursos naturales". Hay países que en un momento dado descubren un recurso natural que resulta ser muy valorado por los seres humanos, en este caso fuentes de recursos no renovables como el petróleo.

[Recordemos que el valor de los bienes económicos es subjetivo y no intrínseco, en el sentido de que depende de la abundancia de ese determinado bien y principalmente de la valoración que los seres humanos tengan del mismo. El petróleo era denominado "la maldición de Texas" hasta descubrirse su importante utilidad para satisfacer necesidades humanas].

Estos recursos se suelen presentar y considerar como una increíble oportunidad a nivel económico. Y, sin embargo, en infinidad de casos esto ha significado el empobrecimiento y deterioro de las condiciones materiales y sociales de los países.

Sin ir más lejos, en el caso de Venezuela ha llevado a la descomposición institucional y a la descomposición social.

Descomposición institucional porque el gobierno ha utilizado el recurso para subvencionar y comprar a la población y, de esta manera, perpetuarse en el poder sine die. De forma oportunista, los gobiernos han sometido al país al petróleo, haciendo de éste la principal actividad económica del país y concentrándolo en sus manos.

El privilegio a este sector ha supuesto la progresiva destrucción del resto de sectores productivos de la economía venezolana, hasta el punto de ser prácticamente inexistentes. Los ingresos del gobierno venezolano provienen en un 96% del petróleo, por lo que podemos decir que el país es un petro-estado.

No hay tejido ni vida empresarial por lo que el destino del país está ligado exclusivamente al petróleo. Esta tragedia se aplaza parcialmente en el tiempo si el precio del barril se sitúa a precios muy elevados que permitan gastar de forma desmesurada para llevar a cabo sus políticas populistas. Venezuela ha disfrutado de precios de hasta 140-150$ barril, lo que ha permitido enmascarar sus políticas bolivarianas empobrecedoras y derrochadoras.

¿Pero qué sucede cuando el barril disminuye hasta 50$ barril o menos? Pues básicamente que es imposible cubrir ese gigantesco déficit y descomunal desequilibrio de las cuentas nacionales. Se estima que Venezuela necesita que el barril se sitúe en más 120$ para cubrir sus gastos. Lo que significa que el país está en la más absoluta bancarrota.

Ligada a la descomposición institucional está la descomposición social. Deriva de que el gobierno bolivariano es dueño absoluto de facto de la economía del país. Sin tejido productivo y actividad económica los ciudadanos sólo tienen incentivos de aproximarse al poder y ganarse su favor. Es la única forma posible de prosperar y sobrevivir. Aumenta la corrupción, el clientelismo, los favores, las subvenciones y la compra de votos.

La política ha sustituido a la economía. El rent-seeking es lo único viable y rentable. Lo que hace que el gobierno sea cada vez más totalitario y represor, alcanzando cotas inasumibles.

Qué duda cabe que existen países que han convertido los recursos naturales en oportunidad para incrementar su crecimiento y bienestar, véase Estados Unidos, Australia o Canadá entre otros. Estados Unidos ha desarrollado la técnica del fracking y ya es independiente energéticamente, lo que ha hecho que combata la crisis mejor y más rápido que el resto de zonas de mundo. Asimismo, hay países muy prósperos que no poseen recursos naturales, véase Suiza.

Y es que la riqueza de las naciones no depende de sus recursos naturales, sino de establecer marcos institucionales que permitan el crecimiento y progreso económico. Pero Venezuela escogió otro camino: el de dilapidar toda la riqueza proveniente del oro negro. Ha destruido las instituciones y la actividad productiva del país. Una vez los ingresos del petróleo se han mostrado insuficientes, Venezuela tiene un serio problema. Venezuela lo tiene crudo.

@jmorillobentue

El fracaso de las políticas monetarias (de quién)

Ayer lunes, el ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, ha criticado a la autoridad de la troika, institución compuesta por el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Respondía a la aseveración de Michael Fuchs, diputado socialdemócrata del partido de Merkel. Fuchs, que representa a millones de votantes alemanes en el Parlamento, aseguraba que la cosa es simple: las obligaciones adquiridas ante la troika por Grecia como contraprestación al rescate hay que cumplirlas. No hay camino de vuelta. Hay un pacto escrito en un papel y firmado.

¿Estamos en un Titanic monetario? 

Ante estas declaraciones, Varoufakis ha denunciado que al Banco Central Europeo se le ha ido de las manos la política monetaria. Y por ello reclama que se disuelva la troika.

No debería estar muy alegre el griego ante tal panorama. ¿Quién va a sacarle las castañas del fuego a la economía griega? Con una moneda europea con problemas ya al nacer, cuestionada seriamente desde que estalló la crisis, la necesidad de cada país de tirar hacia su lado en estos momentos tan difíciles explica que manejar la política monetaria de todos los países de la eurozona a la vez sea una tarea titánica y que ese “irse de las manos” sea lo mínimo que puede pasar.

Cuando es malo devaluar para unos es lo más conveniente para otros. Todos piden, todos se resisten a aportar más y quienes más tienen que callar son quienes señalan con el dedo. Y, con todo y con eso, tal vez haya cierta verdad en las palabras de Varoufakis. Eso sí, cuando los euro escépticos planteábamos esta posibilidad antes de la crisis, se nos tachaba de antieuropeos (como si realmente eso fuera un defecto), reaccionarios, retrógrados y otros desagradables epítetos.

Ahora es diferente. Varoufakis, henchido de orgullo, sabiéndose protagonista, David frente a Goliat, asegura que se les ha ido de las manos… como estaba anunciado. No es precisamente la persona ni es éste el momento para bravuconas. Cuando Grecia estaba siendo rescatada ¿dónde estaba Varoufakis?

La alternativa: susto o muerte

Mientras quien propone una solución franquista a una situación muy delicada (eso de los bonos perpetuos tiene un antecedente en la Dictadura) se permite el lujo de criticar la política monetaria de la troika, yo me pregunto cuáles son las alternativas hoy por hoy.

La marcha atr
ás que nos llevara a devolver la soberanía monetaria a cada país seguramente pondría a cada cual en su lugar y, en concreto a los españoles, nos iba a tirar por el desfiladero. La razón es que la fiabilidad de las instituciones que gestionan la política económica en nuestro país, antes y ahora, es muy baja. La politización, el lema de “pan para hoy y hambre para mañana” (y para pasado mañana) seguramente debilitarían la moneda española (la nueva peseta). Pero no solamente eso. Esta situación dejaría mucho más en evidencia a los países mal gestionados, no solamente a España, y los mercados no iban a obviar esa información.

Lo paradójico es que la gente aplaude como quien monta una fiesta antes del día del fin del mundo.

Viva Varoufakis que se ha atrevido a plantar cara a la troika. Viva el final de la troika. Viva la vuelta a las monedas nacionales. Y, sobre todo: viva el coste que nos va a suponer la chulería de Varoufakis.

Parecen olvidar el ministro griego y sus palmeros, que todo eso se monta sobre los hombros de los ciudadanos europeos (españoles también), que llevan sobre los hombros, como si fuera un paso de Semana Santa, la “dolorosa” de la deuda, el coste de monitorización y el coste de transacción de firmar este nuevo tratado con Grecia y la búsqueda de una solución. Lo que me escuece es oír a Varoufakis hablar de una solución “aceptable para todos”. No es aceptable que los ciudadanos portugueses, españoles, belgas y holandeses aguanten el rifirrafe entre Grecia y las instituciones europeas.

Para Varoufakis solo queda desear que tenga que pactar con Putin, en lugar de la troika, a ver si mantiene la misma actitud.

¿Somos responsables de lo que votamos?

Soy bastante crítico con la población en general. No me gusta centrar las críticas en políticos, partidos, empresarios o instituciones porque creo que es necesario combatir la costumbre de culpar a los demás que todo ser humano adopta cuando las cosas van mal.

Por ejemplo, mientras mucha gente recuerda los errores de Zapatero durante los primeros años de la crisis, yo recuerdo a muchas personas de mi entorno que se mostraban sorprendidos por la incapacidad de los políticos de prever la burbuja (porque era su responsabilidad preverlo) o confiaban la solución de la crisis al gobierno (que los que saben resuelvan el problema).

La conclusión obvia que se saca observando a la sociedad en su conjunto, y no solo a su clase política, es que sus miserias no se deben a unas políticas más o menos acertadas, sino que son el simple resultado del comportamiento de millones de personas que a duras penas saben convivir de forma civilizada.

Se puede pensar, entonces, que soy de los que afirman que las personas somos responsables de lo que votamos, y que, por tanto debemos apechugar con la responsabilidad de lo que hagan nuestros representantes en el gobierno.

Pues la verdad es que opino exactamente lo contrario: no somos responsables de ninguna decisión que tome un gobierno. Y no lo somos por una razón muy sencilla: cuando se vota no se decide sobre una medida legal concreta, sino simplemente se le da carta blanca a un determinado político (o a unas siglas políticas) para tomar decisiones bajo el amparo de nuestro voto.

Vamos a ser realistas; un Estado como el español maneja un presupuesto de 400.000 millones de euros (más o menos). ¿De verdad el ciudadano común puede tener la información mínima para conocer el 1% de decisiones que hay que tomar para administrar ese gasto? Ya no digamos la información necesaria para desarrollar las leyes que regulan el resto de la economía que no maneja directamente el gobierno, y que afectan a sectores tan diversos que el ciudadano común ni siquiera conoce la existencia de la mayoría.

Y aunque redujéramos el número de temas de los que decide un gobierno a su mínima expresión, es improbable que tantas personas se pongan de acuerdo en tal número de temas durante cuatro años, así que el sistema se basa simplemente en votar con el que más se simpatiza, para luego sentirse personificado en todas sus decisiones, a no ser que sean tan radicalmente distintas a las tuyas como para repudiarle y esperar cuatro años para votar a otro.

Por lo tanto si un gobierno toma unas medidas con consecuencias nefastas lo lógico es pensar que es el sistema que ha aupado a ese gobierno al poder, y sobre todo el que le proporciona ese poder a cualquier gobierno, el que es responsable, y no la población que ha votado al partido o partidos que gobernaban.

Por supuesto, los sistemas no funcionan solos, ni los ha impuesto un ser ajeno a la población del país donde rigen. Pero es bastante distinto culpar a los votantes de un determinado partido político de los males del país, que culpar a la sociedad en su conjunto. En el primer caso se responsabiliza a una parte de la ciudadanía, que aunque es ligeramente mayoritaria, se le opone claramente otra parte. Dando así la impresión de que hay una alternativa errónea y otra acertada dentro de la sociedad.

Por otro lado es otro error poner el foco en un acto que los ciudadanos realizan cada 4 años, en vez de señalar a las ideas erróneas que sostienen durante cada día de sus vidas.

Por ejemplo si en la España de un universo paralelo el asesinato fuera tolerado por el conjunto de la sociedad, tendríamos diferentes partidos presentándose a las elecciones proponiendo diferentes tipos de asesinatos: por riqueza, por raza, por actitudes sociales minoritarias, etc. Provocando así el caos y llevando al país al desastre.

Si un observador de esta dimensión tuviera que emitir un juicio sobre cuál es el problema de dicha España, obviamente diría que es el poco respeto por la vida ajena que manifiesta la sociedad. A nadie se le ocurría culpar a los votantes del partido que apoya matar a las personas con ingresos superiores a 100.000 euros, cuando podían haber votado a los que proponían matar a los inmigrantes, o haberse abstenido por pensar que ningún partido de los existentes asesina lo suficiente.

Por lo tanto, sí, mirémonos al espejo a la hora de buscar culpables a las crisis que vivimos como sociedad, pero no caigamos en la trampa de pensar que la solución pasa por reflexionar qué papeleta escogemos cada cuatro años. Son los actos y las ideas que expresamos cada día los que dan forma a la sociedad en la que vivimos. Si no nos gusta lo que vemos, significa que muchas cosas tendrán que cambiar en cada uno de nosotros antes de que unas urnas sirvan de algo.