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¿Las máquinas destruyen el empleo?

Cada vez que leemos la noticia de que ésta o aquella compañía introduce máquinas para hacer esto o lo otro, siempre surgen las típicas quejas que afirman que esto creará desempleo. Por ejemplo, es el caso en el momento que escribo esta líneas de las máquinas de cobro en el gigante textil Zara.

Puede que resulte sorprendente que diga esto, pero sí, una máquina comienza por regla general y en lógica creando desempleo. Esa máquina nos hace prescindir de una persona para una o varias tareas. Sin embargo, hemos de hacer hincapié en que como mucho podemos afirmar que Pedro ya no es necesario para cobrar al cliente si una máquina lo hace. Pero no podemos deducir de modo automático que Pedro ya no es necesario para nada, o dicho de otro modo, que el empresario prescindirá inevitable y totalmente de él. Pedro no será empleado para cobrar, esto es todo cuanto puede asegurarse.

A primera vista, pueden suceder muchas cosas lógicas. El empresario puede emplear a Pedro en otras tareas que considera que deben o pueden estar mejor atendidas (por lógica el coste de la máquina es inferior al coste que se ahorra teniéndola pues si no, no la tendría). En esto es fundamental la fuerza de la competencia. Los empresarios viven de servir a los clientes, y de hacerlo mejor que sus competidores. Si realmente ‘disfrutaran’ echando a empleados para ganar más dinero, no tendrían ninguno y, es más, acabarían sin beneficios porque los competidores les sobrepasarían con empleados buenos y eficientes. 

También puede que despida a Pedro pero necesite contratar los servicios de otras personas para el mantenimiento de sus máquinas. No olvidemos, además, que las máquinas son diseñadas por personas.

Pero pensemos que finalmente Pedro acaba siendo despedido cuando llega la máquina. Éste es el efecto inmediato. Pero los efectos de la máquina no acaban en que Pedro sea despedido. Al reducirse los costes con la máquina, los precios tienden a bajar para los consumidores. Así, los consumidores tienen más dinero disponible sin tener que modificar su consumo y favorecerá la creación de más empleo quizás en otros sectores. Al reducirse (por la reducción de costes con la máquina y la fuerza de la competencia) el precio de lo que vendía Pedro, con el dinero ahorrado sus clientes Juan y Lucas pueden comprar un libro, Joaquín una silla o Marta un cosmético. Cuantos más medios tengamos a nuestro alcance (máquinas) podremos obtener más fines (bienes y servicios).

Y las máquinas no sólo reducen los costes, sino que aumentan la productividad. Podemos obtener y satisfacer más fines realizando menor trabajo.

Las máquinas además típicamente suelen hacer trabajo gravoso para el hombre (ya no tenemos que cavar manualmente enormes hectáreas), hacer mejores o más fáciles otras actividades humanas (movernos de un lado a otro en coche, metro o avión) o incluso realizar tareas antes no posibles sin ciertas máquinas que crean así nuevos sectores de empleo (obtener petróleo). Es harto difícil defender que es más "digno" trabajar de sol a sol que en una oficina con aire acondicionado.

En resumen, al valorar los efectos de una máquina debemos considerar no sólo los efectos instantáneos sino a largo plazo y no sólo los efectos sobre Pedro sino sobre la sociedad en conjunto. Es en el fondo sobre lo que advertía Frederic Bastiat: centramos nuestra atención en lo inmediato que vemos, pero olvidamos los efectos a largo plazo que no advertimos en el momento.

Si realmente pensamos que las máquinas son malas porque crean desempleo, acabaremos en lógica defendiendo ideas tan peregrinas y absurdas como que deberíamos usar cucharas en lugar de palas para hacer zanjas y así crear empleo, o que las calculadoras son malas porque crean desempleo entre las personas que saben calcular. Nadie puede negar que la invención de la imprenta por Gutemberg en el siglo XV desempleó en su original trabajo a incontables copistas.

Todo esto, el pensar que las máquinas son malas para el empleo y la humanidad, es una falacia económica con nombres y apellidos. Dicha ocurrencia fue popularizada de Ned Ludd (creador del ludismo) a comienzos del siglo XIX, y como tantos otros sofismas y falsas creencias, sigue siendo creído por innumerables víctimas de cualquier genialidad anticapitalista de última hora.

Una de las consecuencias del capitalismo de libre mercado es que tendemos a tener cada vez más tiempo libre y a la vez más capital y bienes disponibles. Gracias en gran medida a que las máquinas trabajan para nosotros.

@AdolfoDLozano

De la economía de guerra a la guerra de intereses

La transición de una economía de guerra a una civil es, como algunas relaciones, complicada. En una guerra total, como la Guerra Civil estadounidense, la Gran Guerra o la Segunda Guerra Mundial, la economía, los esfuerzos financieros y buena parte de las acciones colectivas o particulares suelen estar dirigidos a satisfacer las necesidades del conflicto, que se pueden resumir en una fundamental, acabar con el enemigo como amenaza bélica.

La producción de bienes de consumo destinados a la población civil sufre un descenso a la vez que la de las industrias y empresas que se dedican a la fabricación de munición, armamento y cualquier producto o servicio que puedan servir para el esfuerzo bélico, experimenta un crecimiento que tiende a hacerse mayor según se alarga el conflicto.

La producción industrial y agrícola de un país puede tener que verse compensada con importaciones de terceros, que pueden ser aliados, neutrales o no beligerantes; o por el contrario, puede compensar la de los aliados más perjudicados por las circunstancias. De esta manera, una guerra, aunque esté limitada geográficamente, puede llegar a afectar a lugares remotos. Durante la Primera Guerra Mundial, las despensas del Imperio Austrohúngaro fueron abastecidas por Alemania, pues los campos del imperio de los Habsburgo no fueron capaces de producir comida suficiente y esto se produjo incluso cuando, en momentos concretos, los alemanes pasaron por situaciones complicadas. En las potencias aliadas, los imperios coloniales suministraron buena parte de los bienes y servicios que las metrópolis no podían producir, países como Argentina exportaron carne, como harían también en la Segunda Guerra Mundial, y Estados Unidos, hasta su entrada en la guerra en 1918, no sólo financió las necesidades de británicos y franceses, sino que llegó a aportar barcos mercantes y de escolta.

Las economías de guerra están centralizadas y es razonable que sea así, en tanto su objetivo, como he comentado antes, es el de satisfacer estos esfuerzos destinados a vencer al enemigo. Las maneras de obtener estos resultados pueden estar en su fase más inicial muy ligadas a la competencia entre empresas, a la investigación y el desarrollo, a la prueba y el error; en este sentido, las empresas de países donde hay algún tipo de economía de mercado tienen la opción de buscar los nichos financieros ligados a las necesidades de las fuerzas armadas, del gobierno y del Estado en general. Esta fusión entre lo público y lo privado es más fuerte si el conflicto ya está en marcha, no sólo por la necesidad, sino por una cuestión de patriotismo. El complejo militar-industrial casi siempre ha sido poderoso, sobre todo cuando la tecnología ha empezado a ser determinante. Para que nos hagamos una idea, en 2010, según datos del Departamento de Seguridad Interior, en Estados Unidos unas 3.100 organizaciones trabajaban en programas de seguridad nacional e inteligencia, empleaban a 854.000 personas y gastaban unos 80.000 millones de dólares.

Por otra parte, las autoridades financieras de los países en guerra buscan recursos por tres vías; en primer lugar, a través de impuestos, aunque no es la más habitual pues no es demasiado exitosa, genera demasiadas protestas y está mal visto quitar dinero a ciudadanos que ya están muriendo en el campo de batalla. Es más habitual, sobre todo para las familias de los soldados, recibir subsidios y ayudas especiales, como créditos de bajo interés.

El esfuerzo de poner un impuesto es excesivo cuando resulta mucho más fácil que los mismos ciudadanos financien a su gobierno voluntariamente. Para eso están las campañas de propaganda para la compra de bonos de guerra. Las emisiones de bonos y otros productos financieros similares son adquiridas por ciudadanos particulares, por instituciones públicas y privadas e incluso por otros países, cuyos contribuyentes podrán ver atónitos cómo el dinero de sus impuestos puede terminar en el campo de batalla. Además, instituciones públicas o privadas, nacionales o extranjeras también otorgan préstamos directamente a los contendientes.

El tercer sistema consiste en la emisión de dinero o la monetización de deuda y, cuando esto se generaliza, la situación suele haber llegado a un punto demasiado complicado. En estas circunstancias, a ningún gobierno le interesa que la inflación se dispare, manteniendo bajo control, en la medida de lo posible, al menos los precios de los productos más esenciales. No es extraño, por tanto, que lo primero que hicieran los países aliados en la Primera Guerra Mundial fuese salirse del patrón oro y luego tomar medidas para controlar los precios.

Hasta cierto punto, los ciudadanos lo comprendían e incluso lo aceptaban, era por un bien mayor, por un sentimiento patriótico, por una necesidad colectiva. Al fin y al cabo, las guerras se hacen por la victoria y por ello hay que hacer sacrificios. Esto, que puede sonar a filfa, a engaño colectivo, es lo que mantiene los conflictos encendidos; cuando cesa, el país en el que primero ocurre, es derrotado.

La misma estructura de la sociedad experimenta un terremoto. En las tres grandes guerras que he comentado fueron movilizados, de entrada, los hombres entre 18 a 30 años, donde se centraron la mayoría de las bajas. Además, parte de éstos se movilizaron en las industrias y actividades ligadas a la guerra. En la Primera Guerra Mundial se incrementaron los salarios para mantener contentos a los trabajadores, se generaron horarios de trabajo más razonables, en algunos casos con la ayuda de sindicatos y algunos partidos de izquierda, y se incorporó a la mujer al tejido industrial y empresarial, lo que hizo por el movimiento feminista más que varias décadas de búsqueda de la igualdad de derechos.

Vamos a pararnos un momento en lo que tenemos. En primer lugar, un gobierno que tiende a centralizar sus decisiones, que interviene en una serie de procesos económicos, que tiene importantes objetivos que cubrir, en este caso bélicos, pero también de salvaguardia de familias, heridos y afectados; un gobierno que tiene a su cargo una serie de colectivos que reciben ayudas, prebendas o privilegios, que favorece a unos en detrimento de otros, una serie de lobbies y grupos de presión que buscan favores del gobierno y parte de la riqueza que maneja; un gobierno que, para encontrar la financiación necesaria, es capaz de endeudarse o pedir crédito más allá de lo razonable y, si es necesario, devaluar su propia moneda o entrar en déficit.

Hasta ahora he estado hablando de un conflicto bélico, pero este resumen es perfectamente aplicable al sistema socialdemócrata, al Estado de bienestar. Efectivamente, la destrucción ligada a una guerra no es tan evidente, pero las servidumbres y las dependencias, los regalos y las asimetrías son similares. ¿Es el Estado de bienestar una especie de guerra de baja intensidad sin apenas víctimas mortales, pero igualmente destructiva?

Y ahora, volvamos al principio. Cuando una guerra termina, vencedores y vencidos se enfrentan a una situación complicada. El sistema económico generado ya no tiene sentido, ya no hay enemigo, ya no son necesarias ni tantas municiones, ni tantas armas, las industrias tienen que desmantelarse, redirigirse a otros sectores, y algunas simplemente desaparecen. Los recursos económicos quedan libres para ser usados allá donde se necesiten, pero esto es más fácil decirlo que hacerlo. Los lobbies presionan para seguir ligados a las necesidades del Estado y aquéllos que dependen del gobierno quieren seguir haciéndolo, o al menos tener un trato preferencial.

Los que han estado en el frente retornan y los que han ocupado sus puestos de trabajo, ¿deben cederlos a los que vuelven? Las mujeres, que durante los años 1914 a 1918 ocuparon un puesto muy importante en la industria, cambiando su forma de vivir, incluso de vestir, fueron expulsadas en su mayoría y no volverían a ser tan “útiles” para los poderes políticos hasta la siguiente gran guerra. Pese a ello, algo quedó: consiguieron en muchos casos el derecho al voto y se las liberó de varias cargas ligadas a la dependencia del género masculino, al menos legalmente, y se incrementó el número de mujeres en puestos administrativos y en universidades. ¿Se debe ayudar a los veteranos de guerra en la recuperación de sus puestos de trabajo, darles otro u otorgarles un sueldo? Al fin y al cabo, han luchado por los que quedaron atrás, por la nación, por la patria, por los ideales. Todos deben hacer frente a los bonos emitidos, a los créditos pedidos y, en el caso de los perdedores, a las indemnizaciones de guerra. No sólo hay que reconstruir lo destruido, hay que seguir haciendo frente a las necesidades que suponen todas estas cargas fruto del conflicto.

Después de la Primera Guerra Mundial, cada país que participó en la contienda afrontó la postguerra de distintas maneras y con consecuencias muy distintas. Gran Bretaña y Francia conservaron más o menos su imperio y sus instituciones e hicieron algunos cambios, manteniendo su sistema democrático, pero ahondaron en las diferencias con sus socios y aliados y se mostraron temerosos de las intenciones del resto. Rusia se sumió en una guerra civil que terminó por generar ese monstruo que fue la Unión Soviética. Estados Unidos inició un curioso camino que, por una parte, le haría aislarse en política exterior y, por otra, realizar una serie de inversiones en Europa que, cuando estalló la crisis del 29, ayudaron a que ésta se extendiera al otro lado del océano.

Los imperios Austrohúngaro y Otomano desaparecieron, dando lugar a una serie de pequeños países que aparecieron como víctimas y no como culpables de la guerra. Además, ayudaron a incrementar el número de fronteras en el Viejo Continente, a elevar los aranceles y a reducir el comercio, alejándose de un mercado común europeo. Este papel de malo le tocó en exclusividad a Alemania y, en parte, de manera merecida. Nunca asumieron el papel de perdedores y, hasta cierto punto, es normal que así pensaran sus habitantes, pues Alemania no fue ocupada durante la guerra. Los alemanes se sintieron traicionados y Versalles nunca fue aceptado. El resultado fue que Alemania, tras un inicio de postguerra peligroso, con un intento de creación de un sistema soviético, terminó en manos del nacionalsocialismo. Algo similar le pasó a Italia y Japón, pues a pesar de estar ambos en el bando vencedor, la mala gestión de la postguerra les enemistó con sus socios y terminaron creando un sistema político fascista en el primer caso y militarista en el segundo.

Y ahora vuelvo a la similitud entre la economía de guerra y el Estado de bienestar. Cuando se desmantela una economía de guerra es difícil saber qué va a pasar. Hay muchos intereses y muy poderosos que no se preocupan por el conjunto de la sociedad o de la economía, sino por satisfacer sus necesidades, no perder los privilegios, conseguir otros y, si es posible y existe, machacar al enemigo. Para ellos, los recursos son finitos y es un juego de suma cero, para algunos incluso es un juego mortal, donde la supervivencia de uno es la muerte del otro.

Si existe un paralelismo entre el Estado de bienestar y la economía de guerra es posible que, cuando desde el liberalismo queramos desmantelar la socialdemocracia, ocurran cosas que no nos gusten, se produzcan revoluciones que no nos esperamos y movimientos agresivos, pese a que el interés del liberal es permitir unas condiciones donde todos seamos más libres. No digo que no propongamos y hagamos lo que debe hacerse, sino que estemos preparados para sus consecuencias, incluso para las más negativas. Los hundimientos son peligrosos porque nadie sabe si el tejado le va a caer encima o la demolición va a ser controlada. No toda la información está generada. Es habitual que alguien diga con cierta soberbia que qué más da, que si han tenido unos privilegios, éstos son ilegítimos, pues han sido otorgados por el Estado a costa de lo robado a otros. Todo eso es cierto, pero quitárselos de golpe podría tener consecuencias no deseadas.

El castillo de naipes educativo

Esta semana han vuelto las "oscuras golondrinas" de las revueltas universitarias a pesar de estar en febrero y no en primavera. Ni que decir tiene que tampoco son lo que eran. No hay masas de universitarios recorriendo las calles de Madrid, convencidos o simplemente divertidos, protestando por "sus derechos". Lo de "ir a la mani" parece que ha pasado de moda. Al menos hasta que los líderes sindicales así lo digan.

Tampoco es que hubiera mucho que protestar. El decreto por el que se abre la posibilidad (con intención de que se vaya imponiendo poco a poco) al 3+2 como sustituto del 4+1 tampoco es muy grave, a estas alturas del partido. Una vez que hemos tragado hasta aquí, no parece que haya mucha vuelta atrás. Y realmente parece que estamos en un partido y que se trata de determinar cuál es estrategia de defensa o de ataque. No deja de ser curioso que ciertamente hablamos de una estrategia, de la más importante de cara a la lucha contra el paro en un futuro cercano, aunque tal vez no inmediato.

Porque ese 3+2 y ese 4+1 se refiere a los años de duración del grado y del posgrado necesarios para que un joven universitario pueda trabajar de manera profesional, homologada, con sello y bendición estatal. Al parecer, la protesta surge porque dos años de master implicaría un mayor coste sobre los hombros de los alumnos y uno coste menor para la administración. Y eso, si bajaran los impuestos en la misma medida, podría tener sentido, pero después de las repetidas subidas de impuestos, de manera que el coste para cada español de los servicios públicos es mayor, la cosa cambia. No parece aceptable que, además, el estudiante (o sus padres) tenga que hacerse cargo de un porcentaje mayor de la educación pública. Es una nueva subida de impuestos encubierta. Eso, que conste, no es privatizar la educación. Lo sería si el Estado dejara de cobrar la educación pública y que los padres y los estudiantes decidieran dónde estudiar y con qué sistema.

El origen del problema es la insostenibilidad del sistema de educación pública. Lo estipulado era que, puesto que los recursos son escasos, el Estado se comprometía a garantizar una educación gratuita (o casi) a los españoles desde los 6 años hasta el final de los estudios universitarios de licenciatura (ahora llamado grado). No entro en lo que sucede en jardín de infancia porque eso es otro cantar del que se puede discutir. Esta vez me quiero centrar en el tramo superior. Lo que sucedió es que cuando la reforma propuesta y firmada del Plan de Bolonia (la creación de un Espacio Europeo de Educación Superior) estableció la homogeneidad en la duración y estructura de los estudios universitarios, los españoles, acostumbrados a cinco años de carrera como poco (en ingenierías y medicina era alguno más), tuvimos que amoldarnos. Pasar a cuatro años de estudios implicaba recomponer departamentos. En la universidad privada eso significa despedir profesores. Pero en la pública no se puede despedir a nadie. Y el coste para el Estado aumentó. Añádase a eso el descenso de la población y, por ende, del número de matrículas universitarias.

A este panorama hay que sumarle que también se impuso la necesidad de obtener un máster para poder ejercer una profesión. Era algo que los médicos ya conocían y que los abogados empezaron a sufrir con el master en práctica jurídica. Probablemente el MIR, el período de residencia médica, tiene mucho sentido. No lo sé. Pero el master en práctica jurídica sustituyendo lo que toda la vida se ha llamado "pasantía", entendiendo por esto el período de training y aprendizaje del nuevo jurista, no ha aportado nada a los futuros abogados. Eso sí, ha encarecido la factura de su formación.

De la misma forma, el cambio en la estructura de la enseñanza universitaria de 5 años de licenciatura a 4 de grado más uno de master, y ahora a 3 de grado y 2 de master, no va a suponer una mejora del aprendizaje, que es incluso peor, y sí es percibido por estudiantes y profesores como una estrategia para abaratar el coste estatal de la enseñanza. Con lo fácil que habría sido aprovechar el Plan de Bolonia para dejar que las universidades se apuntaran o no libremente, que estructuraran los estudios, para aplicar el cheque universitario, y de esa manera ir comprobando cómo la libertad educativa funciona. Sería un primer paso y ganarían los estudiantes.

Por el contrario, nuestros diferentes gobiernos, han decidido demostrar que nuestro sistema de educación universitario puede ser incluso peor y mucho más caro. Perdemos todos, no hay duda.

Inmigración (XIX): la cruz rusa

"Sin exagerar, el problema central de la Rusia contemporánea es el demográfico, reforzar la familia, mejorar la tasa de natalidad… nuestras mujeres saben qué es lo que tienen que hacer, y cuándo".Vladimir Putin.

"Debido a la caída de la natalidad la inmigración ayuda a completar la fuerza laboral. En muchos mercados laborales locales hay déficit parcial e, incluso, total de trabajadores". Konstantin Romodanovski.

"Las cuestiones relativas a la migración se convertirán en inevitables y serán prioritarias en la agenda de Rusia en el siglo XXI". Anatoly Vishnevsky.

"Se pueden fijar cuotas, poner límites, alambres de espino, pero los inmigrantes seguirán viniendo porque aquí hay trabajo y los están esperando". Olga Vorobiova.

"Una de las pruebas más importantes de una sociedad desarrollada es su capacidad de atraer y hacer suyo un flujo diverso de personas que se trasladan al país a estudiar y trabajar". Piotr Schedrovitski.

Rusia, el país más extenso del planeta, tiene un problema serio con sus indicadores demográficos por lo menos desde hace un par de décadas. Su tasa de mortalidad ha subido de forma alarmante y los índices de natalidad están por los suelos. Las causas del aumento de muertes son debidas a un conjunto variado de factores, entre los que destacan las enfermedades cardiovasculares así como el problema del elevado consumo de alcohol de alta graduación. El descenso de nacimientos se debe, ente otros, a su tradicional primer puesto de entre los países con mayores tasas de abortos del mundo. A esto se le suma un envejecimiento de la población y una escasez correlativa de mano de obra joven. Se ha producido un fenómeno grave, lo que los demógrafos han denominado la cruz rusa; desde 1992 el número de muertes sobrepasó al número de nacimientos y se ha mantenido así en mayor o menor medida desde entonces. Algo parecido ha sucedido en otros países pertenecientes al antiguo telón de acero.

En la actualidad la Federación rusa posee una población de unos 143 millones de habitantes, frente a los 149 que tenía en 1991. La pérdida de población que comenzó al inicio de los años 90 (cuando la población llegó incluso a perder un millón de personas al año), unido al éxodo de rusos al exterior, es un problema acuciante para dicho país. Representa una disminución poblacional del 5% en 22 años. Es el periodo más largo de despoblación ocurrida nunca en un país en tiempos de paz.

La aparición de Gorbachov fue una tenue esperanza para el destino de los rusos; sin embargo, se intentó una quimera: modernizar, abrir y apuntalar un régimen comunista ya insostenible. Yeltsin fue el que finalmente lo desmanteló en 1993 de forma bastante caótica y desordenada, por cierto.

Los soviéticos, que vivían paradójicamente enclaustrados en un inmenso país, no sintieron en lo esencial que habían conquistado grandes dosis de libertad cuando Gorbachov inauguró la glasnost, ni cuando se pudo uno expresar sin temor a ser represaliado, ni cuando después se "privatizaron" las grandes empresas públicas o cuando se liberalizaron los precios. Sólo se hicieron realmente conscientes de ello cuando se acordó una mayor libertad de movimientos por el interior del país y fuera del mismo. Fue entonces, y sólo entonces, cuando empezaron a sentir verdaderamente lo que significaba la libertad.

Inmigración interna

La otrora URSS tuvo un sistema parecido al sistema hukou chino de control de la movilidad poblacional dentro del país mediante el registro y pasaporte interno conocido como propiska. Hasta hace bien poco existía aún un registro de movilidad más indulgente pero con claras reminiscencias estalinistas.

Se sabe que la libertad de movimiento de trabajadores en el interior de las fronteras juega un papel importante en el desarrollo económico de cualquier país ya que hace más eficiente la adjudicación espacial de los recursos y mitiga las diferencias de ingresos y de desocupación que se puedan dar entre regiones. Esto es especialmente relevante en Rusia debido a la desquiciada herencia recibida de la planificación soviética que llevó la industrialización a zonas con poco o nulo significado económico.

La recolocación/reutilización de los factores productivos o activos empresariales es siempre y en todo lugar problemática, pero en Rusia lo es todavía más por su inmenso territorio de 17 millones de kmt².

A pesar de las diferencias salariales tan acusadas entre las diversas regiones dentro de Rusia (mayores que en EE UU o en la UE) la movilidad interna es mucho menor en la primera -especialmente si se compara con los EE UU- porque el mercado ruso es bastante menos dinámico y flexible y porque existe un muy pobre desarrollo del sector inmobiliario. Incluso si no existieran estas lacras, los bienes de capital no fluirían con facilidad debido a los costes de los trámites administrativos y otras barreras burocráticas endémicas del país.

En la Federación rusa se sigue produciendo hasta el día de hoy de manera bastante ineficiente. Los planificadores soviéticos, con sus alocados diseños industriales, sobre invirtieron en zonas del país que bien son demasiado frías o están demasiado alejadas para hacer óptima la producción con criterios de mercado. Es más, el actual reparto urbano del país está distorsionado. Se observa un fenómeno curioso: el tamaño de las ciudades secundarias es más pequeño de lo habitual dado su nivel poblacional. Durante la época zarista y, sobre todo, soviética muchos asentamientos permanentes de Siberia y del Lejano Este se levantaron con criterios exclusivamente políticos que nunca se hubiesen producido bajo un orden espontáneo o de economía de mercado. En la actual época post soviética ciudades como Novosibirsk, Omsk o Ekaterimburgo y otras poblaciones menores de Siberia tendrían que reducir aún más rápidamente su tamaño poblacional en favor de otras ciudades del centro o suroeste del país -de clima y geografía más benignos- caso de haberse dado ya la recolocación de la producción en dichas zonas. Todos estos cambios requieren tiempo.

Inmigración externa

La desintegración de la URSS afectó la evaluación del ranking de Rusia con respecto a la inmigración internacional. Se creó el mito de que era el segundo destino del mundo preferido por los emigrantes tras los EE UU. Una interpretación errónea de las estadísticas de la ONU sugería aquello cuando la realidad era que se tomaban por inmigrantes a residentes o ciudadanos rusos que habían nacido en ex repúblicas soviéticas y que habían sido ya integrados o naturalizados hacía bastante tiempo.

En la actualidad los dirigentes rusos afrontan un complicado dilema: cada vez es más evidente la necesidad de inmigrantes para mantener el crecimiento de su economía pero sus nativos han dado muestras más que suficientes de que les preocupa, y mucho, el riesgo de perder su identidad cultural. Los nativistas rusos tienen un problema: se da la paradoja, además, que el mayor incremento poblacional en su propio país está concentrado en minorías nacionales no rusas.

La legislación rusa ha ido incrementando las restricciones en torno a la inmigración desde hace unos años pese a que dichas medidas contradicen las necesidades demográficas del país.

Con todo, la aplicación de dicho régimen de racionamiento del capital humano dista mucho de ser eficaz por lo que los flujos de inmigración siguen produciéndose de manera clandestina o indocumentada (mediante el soborno correspondiente al funcionario o policía de turno para aligerar el expediente convenientemente "engrasado"). Se da sobre todo en aquéllos provenientes de Asia central (uzbecos, kazajos, tayikos, kirguises, turkmenos) o de países CEI eslavos (ucranianos, bielorrusos, moldavos). Es realmente como la tasa de entrada a los inmigrantes propuesta por Gary Becker pero, en vez de ser transparente y cierta, es opaca e incierta con el añadido, además, de padecer todos los inconvenientes que trae consigo la inmigración ilegal (inseguridad jurídica, abusos, impago de impuestos, baja productividad, falta de incentivos para invertir en su formación, etc.).

Es una lástima que la presión de los nativistas rusos y sus temores imaginarios sean tan acusados en su país ya que cuentan con dos ventajas sobre el resto de las naciones europeas. Por un lado, una vasta mayoría de inmigrantes actuales (legales y clandestinos) provienen de repúblicas de la extinta URSS, por lo que son ruso parlantes (lo que favorecería su integración) y, por otro lado, el estado de bienestar ruso está mucho menos sobredimensionado que en los países de la Unión Europea por lo que el argumento nativista del supuesto abuso de las prestaciones sociales por parte de los inmigrantes es menos persuasivo.

Nadie puede decir con seguridad cuántos inmigrantes residen hoy en Rusia. Las cifras aproximadas oscilan entre 4 y 11 millones de personas, la mayoría de las cuales se encuentran en situación ilegal.

Proyecciones futuras y deberes pendientes

El envejecimiento de la población continuará en Rusia. Las peores estimaciones sugieren que para 2050 la población se reducirá entre un 15-20% (120-114 millones). En un breve lapso de tiempo se prevé, por tanto, que haya grave escasez de mano de obra joven. Las tendencias poblacionales son muy difíciles de revertir y requieren dilatados periodos de tiempo para lograrlo.

Ante estos desafíos demográficos que afronta el país y para compensar estas sombrías proyecciones, el presidente de la Federación, Vladimiro Putin, aprobó diversas medidas para minimizar la disminución de la población, como el llamado ‘capital materno’ (cheque-bebé de casi 7.000 euros), campañas propagandísticas para promover el modelo tradicional de familia e incentivos varios para que las mujeres tengan tres niños en las regiones más despobladas.

Putin comenzó su programa para mejorar la natalidad en 2007. El año 2008 fue declarado en Rusia como ‘Año de la familia’. Otras medidas simbólicas fueron reconocer jornadas vacacionales el 12 de septiembre como ‘Día del contacto familiar’ o, más recientemente, el 8 de julio como ‘Día de la familia, el amor y la fidelidad’, fechas en la que las autoridades llaman a hacer ‘el amor patriótico’ y ofrecen premios materiales (frigoríficos, televisiones…) para las madres que den a luz nueve meses después.

Todo esto es insuficiente pese a sus buenas y divertidas intenciones. Dirán los partidarios de estas medidas que la natalidad por mujer en edad fértil ha mejorado y es verdad: pasó de 1,25 en el 2000 a 1,7 en la actualidad, pero sigue estando por debajo del 2,1 necesario para el reemplazo generacional. Se está aún lejos de alcanzar los niveles poblacionales previos a 1990 y es dudoso se consiga a medio plazo. Con la anexión por las bravas de la península de Crimea, Rusia ha añadido 2,4 millones de personas a su jurisdicción pero no creo en absoluto que sea ese el camino para resolver sus problemas demográficos.

Lo que realmente necesita Rusia es un flujo de inmigrantes 3 ó 4 veces superior al actual, es decir, un millón de inmigrantes al año como mínimo. El flujo migratorio actual es de más de 300.000 personas al año. La política de inmigración se debe reorientar completamente y dejar de estar en manos de la policía y de los intermediarios laborales corruptos. Debería ofrecer mayores canales de entrada legal a los inmigrantes. El sector empresarial ruso debe trabajar en ‘blanco’ y la situación laboral de los inmigrantes debe regularizarse. Sería lo más sensato para beneficio de la economía del país.

La propia directora del Instituto de políticas de inmigración, Olga Gúlina, reconoce que solo hay dos formas de luchar contra la inmigración irregular: la legalización o la deportación. Conocedora del pesado gasto y empleo de recursos que supone la deportación por la aquilatada experiencia de los gobiernos de la UE o los EE UU, llega a la conclusión realista de que se debería aplicar mejor una "amnistía" para los inmigrantes ilegales que ya están trabajando en suelo ruso.

Ante todo, debería liberalizarse mucho más la economía rusa en todos sus frentes, facilitarse todo lo posible la reubicación de la producción (con el cese de ayudas públicas a zonas industriales caducas y reducir los trámites burocráticos) y favorecer aún más la inmigración interna del país (mediante la supresión de controles administrativos y de la reminiscente cartilla laboral que hace poco flexible el cambio de ocupación laboral). Todo esto, junto a una muy necesaria mejora del mercado inmobiliario (ofreciendo una mejor seguridad jurídica mediante la adecuada protección de los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos), mitigaría las diferencias de ingreso y de desempleo entre regiones al permitir la movilidad de trabajadores de zonas de baja productividad y menores salarios hacia otras de mayor productividad y mayores ingresos.

La historia económica nos enseña que con decrecimiento demográfico es difícil alcanzar la prosperidad; también nos enseña que la otra pata para alcanzarla es la productividad. En ambas asignaturas la Federación rusa está suspendiendo con su actual régimen autocrático.

A pesar del fuerte sentimiento anti-inmigrante que existe entre los rusos y de las medidas de repoblación un tanto berlusconianas que propone Putin, el potencial de la economía rusa necesita fomentar también la inmigración como palanca demográfica más significativa con la que poder contar a corto y medio plazo. Caso de no recurrir a ella, cargará con su propia cruz durante décadas.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXXXIXIIXIIIXIVXVXVI, XVII y XVIII.

¡Es la educación, idiota!

No es la economía, es la educación lo que determina en muchos casos la forma en que vemos el mundo. No hay tabla rasa en la que los profesores construyan desde cero pero lo que aprendemos en los manuales escolares en nuestra infancia se graba a fuego por la autoridad de esa palabra escrita y la de los propios maestros que sobre la tarima trasladan su visión del mundo a los alumnos.

Cada uno debería elegir como educar a sus hijos pero el Estado se ha encargado desde sus primeros pasos en apropiarse el sector educativo arrebatándoselo a la sociedad. El Estado garantiza la educación de todo ciudadano siempre y cuando sea educado cuándo, cómo y dónde los políticos decidan. No se permite ninguna clase de educación alternativa y cuando uno se sale de los centros señalados por los gobernantes, utiliza libros fuera del canon pretendiendo seguir su propio camino es perseguido. No es un mal que afecte sólo a las escuelas públicas, los colegios privados tienen que seguir los currículos oficiales y someter a todos sus alumnos al mismo tipo de exámenes sean cuales sean sus cualidades, y a través del dinero público que reciben los colegios concertados el Estado exige a cambio intervenir directamente en su organización.

La ficción del Estado se enseña como verdad ineludible en los centros donde tienen que educarse obligatoriamente los más pequeños. Se educa en el pensamiento crítico siempre y cuando no se pongan en duda los cimientos ideológicos y empíricos del Estado. De ahí asignaturas como Educación para la ciudadanía que ya promovía el ideólogo del Leviatán Thomas Hobbes escribiendo que "es necesario que se establezcan períodos determinados de instrucción, en los que el pueblo pueda reunirse y (…) escuchen a quienes les digan cuáles son sus deberes y cuáles son las leyes positivas que les conciernen a todos, leyéndoselas y explicándoselas, y recordándoles quién es la autoridad que ha hecho esas leyes".

Más efectivo que este burdo adoctrinamiento es el lento martilleo de las ideas estatistas que lo impregnan todo y que se trasladan en todos los campos de conocimiento sin necesidad de hacerlo explícito. No nos damos cuenta porque asumimos esas ideas como ciertas e incuestionables, están en el ambiente y de locos sería pensar como si el Estado no fuera una realidad tangible. De hecho, como locos se trata a aquellos que osan desafiar la idea de Estado.

El sector educativo es uno de los más corruptos y endogámicos. No es de extrañar, los funcionarios que trabajan en colegios y universidades no son solo profesores, son propagandistas del Estado. Se trata de un sector estratégico para el Estado, en España el gasto público en educación sehaincrementadodeformasostenidadesdeelaño 1994 -frenándose únicamente en esta última crisis- impulsado por la LOGSE mientras que el número de alumnos caían de forma sostenida casi en la misma proporción. Tenemos menos alumnos y gastamos más dinero público en ellos pero su educación no ha mejorado en la misma proporción -basta consultar los informes PISA- aunque sí terminan el proceso educativo con el cerebro lavado para analizar el mundo y las relaciones humanas únicamente dentro del marco estatal.

Es prioritario liberalizar el sector educativo y terminar con el adoctrinamiento que sufrimos desde temprana edad. Por eso cuanto más socialista es un partido más pretende alargar el tiempo en el que tenemos que ir a centros estatalizados para ser educados, ya sea por la parte la parte de abajo (cuando los niños no han cumplido ni si quiera un año) o por arriba, alargando la educación obligatoria. Como han hecho siempre los políticos, envuelven el adoctrinamiento como el caramelo de una mejor educación o simplemente la alfabetización de la sociedad. Desde luego se trata de un objetivo noble pero como toda acción política esconde tras de sí otro propósito que trasciende al de un solo partido: adoctrinar en la fe del Estado.

No es casual que el gran enemigo del Estado haya sido el cristianismo y la iglesia en particular. Construido a su imagen y semejanza, el monopolio estatal está por encima de las ideologías, es una fe que ambiciona la hegemonía total. Admitir otra fuente de legitimidad sería demostrar la ilusión del Estado como realidad y por tanto con el devenir de los siglos ha procurado sustituir la fe en Dios en la fe en el Estado imitando la estructura de la iglesia e incluso contaminándola con su positivismo y confianza ciega en la razón como arché o principio de todas las cosas.

La forma en que percibimos el mundo queda enmarcada por todo cuando aprendemos, es imposible que las ideas liberales calen en una sociedad adoctrinada en el estatismo porque la libertad individual supone pensar más allá del Estado. Recuerdo que mi profesor de filosofía de Bachillerato decía que la filosofía era como una piscina en la que los pensadores se topaban siempre a Dios al nadar, poco a poco se consiguió sacar a la ballena de la piscina. Lo que nunca nos explicó es que el lugar de la ballena fue ocupado por el Estado y lejos de liberarnos de las cadenas como nos proponía Rousseau nadamos ahora en peor compañía, la del Leviatán.

Capitalismo, tráfico y ciudad (I)

Hace unas semanas Libre Mercado publicó una entrevista que me realizó Manuel Llamas con motivo del alarmismo generado en las últimas semanas en Madrid por la polución. En ella expuse que los datos no avalaban el alarmismo que se está vendiendo en los últimos días al respecto, pues las partículas contaminantes de la capital de España están dentro de la normalidad. De hecho, si comparamos Madrid con otras ciudades menos contaminadas, veremos que las diferencias son insignificantes. Además, comenté que la polución lleva décadas bajando, tal y como muestran algunos estudios, como, por ejemplo, "It’s Getting Better All the Time: 100 Greatest Trends of the Last 100 Years" de Julian Simon y Stephen Moore.

Página 187 de “It’s Getting Better All the Time: 100 Greatest Trends of the Last 100 Years" de Julian Simon y Stephen Moore.

Estos datos no fueron recibidos con entusiasmo por los que intentan vender Madrid casi como una catástrofe ambiental. Sin embargo, según los comentarios que he podido leer sobre la entrevista, lo que más ha molestado a algunos es que dijera que nuestras ciudades están cada vez menos contaminadas gracias al capitalismo y que la figura del empresario, la construcción de más parkings, la propiedad privada, la liberalización del planeamiento urbano y los servicios públicos eran clave para mejorar el tráfico en nuestras urbes y seguir reduciendo la contaminación.

Por ello, me gustaría explicar un poco más, las aseveraciones que hice en la entrevista. 

En este primer comentario quiero exponer por qué las ciudades son más limpias gracias al capitalismo y en mi próximo artículo presentaré las soluciones que considero prioritarias si queremos realmente solucionar la ineficiencia del tráfico en las mismas. 

El capitalismo no es otra cosa que lo que surge cuando se deja a los seres humanos en libertad, pues cooperan entre ellos intercambiando bienes y servicios y, además, a través del ahorro y la creatividad empresarial, son capaces de ir creando riqueza. Si esto no existiera y sólo nos dedicáramos a consumir, como algunos pretenden, seguiríamos en las cavernas.

La ciudad como tal surge gracias al libre mercado y al capitalismo. Los individuos descubren que, para cooperar unos con otros, es mucho más económico para vivir agrupados en urbes que dispersos a lo largo del globo. Pero es que, además, nuestras ciudades son un claro ejemplo de ahorro y creación de riqueza. Hemos pasado de unas ciudades con viviendas que hoy serían consideradas como chabolas, con calles estrechas y empedradas y sin ningún tipo de alcantarillado o alumbrado público a otras que ya tienen viviendas robotizadas y están perfectamente climatizadas, con calles espectaculares asfaltadas y con avenidas ajardinadas para pasear y, por supuesto, poseen alumbrado público y un buen saneamiento.

Cuadro de Madrid a mitad del siglo XVIII de Antonio Joli .

Madrid en el siglo XXI.

Por añadidura, la ciudad como tal es el mejor invento capitalista —poder intercambiar, ahorrar y crear riqueza— que conocemos, pues gracias a las facilidades de intercambio que dan es más fácil que se produzca el importante fenómeno de división del trabajo que es fundamental para el desarrollo y la creación de riqueza y, por lo tanto, alcanzar un mayor bienestar social. En el pasado, en nuestras ciudades, que se parecerían más a los pueblos de hoy pero indudablemente con más actividad, no existían hospitales y los médicos eran generalistas, sin embargo, en las ciudades desarrolladas tenemos importantes hospitales y en ellos los médicos están cada vez más especializados. Algo así no podría existir sin la división del trabajo y el conocimiento y el ahorro y la capitalización del mismo. Es más, no podríamos hablar de sociedades desarrolladas sin nuestras ciudades y, tal y como explica magistralmente en su libro Edward Glaeser, las ciudades son nuestro mejor invento y nos hacen más ricos, inteligentes, verdes, sanos y felices. 

Algunos podrán pensar que esto es un error, que a simple vista se ve, que claramente la ciudad es el peor invento del hombre y el más contaminante y, por ello, necesita estar fuertemente regulada y planificada centralmente para que los despiadados y contaminantes hombres no hagan de las suyas destrozando el planeta.

Más bien, es absolutamente lo contrario. Se imaginan un mundo donde viviéramos separados unos de otros a kilómetros de distancia y sin carreteras, es decir, habitando en cabañas en medio de la nada o el bosque. O donde las ciudades están formadas por calles y grandes espacios verdes poco edificadas al más puro estilo de Broadacre City de Frank Lloyd Wright. Sin duda, seríamos pobres, eso lo primero, pero es que además, estaría infinitamente más contaminado, puesto que aparte de no disponer de sistemas de transporte eficientes, tendríamos que destinar infinidad de recursos para llevar la electricidad a cada una de las casas, plagando la tierra de cables y con los desechos acumulados en cada una de nuestras casas entre otra importante cantidad de problemas que surgirían.

Imagen de Broadacre City de Frank Lloyd Wright.

Sin embargo, las ciudades nos permiten todo lo contrario y, además, gracias al capitalismo son cada vez más limpias y eficientes. El ahorro, la inversión y la creatividad empresarial, claves en el proceso de creación de riqueza y fundamentos básicos del capitalismo, han permitido que el principal recurso de las ciudades sea el capital humano y no el físico.

Como apunté en la entrevista, muchas personas socialistas siguen pensando que lo que genera riqueza es poner a mucha gente trabajando en una fábrica haciendo láminas de acero. Empero, esto no es así. Con el paso del tiempo la industria y los trabajos derivados de la misma han ido perdiendo protagonismo y cada vez es más importante el capital humano para la creación de riqueza. 

Además, como también comenté, la tendencia del capitalismo es la desindustrialización de las ciudades y, gracias a ello, cada vez son más limpias, debido a que los propios ciudadanos quieren lugares confortables donde vivir y, merced al transporte, la industria puede situarse a las afueras de la ciudad. No obstante, también habría que apuntar que, gracias al capitalismo y no a los protocolos de Kioto, la industria contamina cada vez menos, pues la maquinaria es cada vez mejor, más eficiente y menos contaminante.

Imagen de la Ría de Bilbao en 1961.

Imagen de la Ría de Bilbao en 2013.

Por otro lado, las ciudades en el pasado carecían de saneamiento y los desechos se vertían en la vía pública, no existían automóviles y las calles estaban repletas de excrementos de animales. Gracias a todos los avances y al ahorro y la creación de riqueza, esto ya no es así. Además, cuando se produjo la revolución industrial no existían automóviles y las ciudades se llenaron de fábricas que contaminaban enormemente, pues los trabajadores tenían que vivir donde estuvieran las fábricas. Pero aunque algunos podrían ver la revolución industrial como un mal del capitalismo que ensució nuestras ciudades, la realidad es más bien la contraria, pues debido a este fenómeno que se produjo gracias al capitalismo, fuimos capaces de crear mucha más riqueza y emplearla en asfaltar calles, incluir el saneamiento, crear ese invento maravilloso llamado automóvil y, por tanto, conseguir mejorar la contaminación de nuestras ciudades en otros aspectos mucho más preocupantes que los de hoy. 

En este aspecto, algunos podrían decir que la mejora de salubridad de nuestras urbes se produjo gracias a importantes planes urbanísticos, pero, sin negar que tuvieron unos efectos concretos y medibles, estos planes no se podrían haber realizado nunca sin el incremento de la riqueza que se produjo gracias al avance tecnológico y a la creatividad empresarial.

Esa misma creatividad, pieza clave en el fenómeno de creación de riqueza y que sólo se puede dar en el capitalismo, ha sido fundamental también para lograr que nuestros coches sean cada vez más limpios. Y estoy convencido que si el capitalismo no se coarta, los automóviles en el futuro serán aún más económicos y menos contaminantes.

Syriza, Podemos o Venezuela: el populismo y la hipocresía de la izquierda

Con la victoria de Syriza copando todos los titulares en Europa y la consiguiente -y esperada- caída de la Bolsa griega como reacción a la nueva realidad política, uno no puede dejar de pensar en qué pasará en España cuando lleguen las próximas elecciones. Son muchas las similitudes ideológicas entre Syriza y Podemos, que se confirman al leer sus respectivos programas electorales. Pero si hay algo que une a ambas formaciones políticas es su naturaleza populista. Y es precisamente esta circunstancia la que más debería de preocupar al ciudadano medio en España. ¿Por qué? Porque el populismo es como un virus, cuya propagación acaba afectando a todas las formaciones políticas y cuyas recetas simplistas, contraproducentes y utópicas se acaban instalando en la mente de los votantes. Y es que Podemos es populista y demagógico hasta en el nombre. No, no podemos impagar la deuda, subir impuestos, aumentar el gasto público, aumentar la regulación, implantar una renta básica universal, nacionalizar media economía, gobernar con un sistema asambleario, adelantar la edad de jubilación o subir el salario mínimo. No podemos hacerlo si lo que buscamos es prosperidad. Podemos hacerlo (más bien, decir que lo haremos) si lo que buscamos es ganar unas elecciones. Populismo 2.0.

Para comprobar que las recetas populistas no funcionan no tenemos más que observar a dos países: Grecia y Venezuela. Empezando por Grecia, el discurso que ha aupado a Syriza al poder ha sido una fortísima oposición a unas supuestas políticas de austeridad y un rechazo de los ajustes exigidos por la Troika. Y digo supuestas por que el déficit público griego no ha parado de subir. Esta es la primera demagogia de la izquierda europea: vender una austeridad pública que brilla por su ausencia. Pero ya saben, repitan una mentira mil veces y se convertirá en verdad. La segunda es que parte de la situación griega sea por culpa de una desalmada Troika, que habría impuesto a Grecia unas medidas de ajuste imposibles de cumplir. Otra mentira tan grande como la que el Gobierno griego ocultó sobre la realidad de sus finanzas públicas al entrar en el euro. Gracias a la Troika, Grecia ha podido pagar los últimos años las pensiones y el resto del gasto social, ha logrado que no se le cierren los mercados de deuda internacionales (pese a hacer una quita de su deuda en 2012 del 73%, ahorrándose 100.000 millones) y ha podido financiarse en 2013 con tipos de interés más bajos que los de Alemania. Cuando uno compara la realidad con el discurso de Syriza se da cuenta del abismo que hay entre uno y otro. Ese abismo tiene un nombre: populismo. Lo peor del populismo es que siempre va acompañado de hipocresía. En el caso griego, la hipocresía es que un partido político que dice ser de izquierdas tarde apenas 24 horas en olvidarse de sus votantes y planee una alianza con ANEL, un partido de derechas griego que, en palabras de Juan Ramón Rallo es “nacionalista, mercantilista, antiliberal, antiausteridad, proteccionista y antiinmigración.”

Lo mismo que sucede en Grecia, lleva tristemente cerca de quince años sucediendo en Venezuela. Hugo Chávez, máximo responsable de la tragedia que hoy están viviendo los venezolanos, tenía la misma ideología que Podemos, por más que estos últimos lo quieran ocultar. Fue el populismo y la demagogia lo que aupó a Hugo Chávez al poder. Fueron unas promesas imposibles de cumplir y fue la ocultación de sus verdaderas intenciones las que lograron que millones de venezolanos confiaran su voto en el militar golpista. Muchos de esos venezolanos están arrepentidos de haber confiado en un discurso muy seductor, que prometía milagros y que tan sólo ha conseguido alcanzar unos niveles de miseria inaceptables. El régimen bolivariano estaba condenado desde el primer día, como cualquier otro sistema socialista, al más absoluto fracaso. Los que se sorprenden de que Venezuela haya aguantado tanto tiempo un sistema económico que consigue una pauperización generalizada deben de observar una variable que está copando titulares hoy en día: el precio del petróleo. El Gobierno de Chávez llegó al poder con el precio en $20 por barril y ha llegado a verlo a más de $150. Ahora que esos ingresos extraordinarios y ficticios desaparecen, la realidad se impone y observamos las consecuencias del intervencionismo económico de todos estos años: escasez y desabastecimiento generalizado, hambrunas, cortes de luz, inflación desbocada, déficit públicos gigantescos y un default más que probable (que ya roza una probabilidad del 100%). Con la abrumadora realidad que asola al país, el régimen de Maduro sigue siendo tremendamente populista, demagogo y mentiroso. La hipocresía del régimen venezolano es obvia. ¿Acaso creen que los principales dirigentes del país hacen colas para comprar productos básicos en los supermercados? ¿Creen que tienen las mismas dificultades para acceder a divisas internacionales a los mismos tipos de cambio que el resto de la población?

Y aquí es donde entra en escena Podemos. A todos los que les comparan y relacionan con el chavismo y Venezuela les acusan de manipuladores y demagogos. Afortunadamente, la hemeroteca y la documentación es tan abrumadoramente extensa que no hay duda de la relación profesional e ideológica entre unos y otros. Negar la relación es una simple estrategia electoral: que el electorado español sepa la verdad en este asunto tendría un coste que no se puede asumir. Mucho se ha escrito sobre la relación de Iglesias, Monedero y Errejón con el chavismo. Sabemos, por ejemplo, que han recibido varios millones de euros por (supuestamente) asesorar al gobierno venezolano. Mi opinión personal es que los asesorados han sido ellos. Hasta la idea del nombre de Podemos viene de Venezuela. El aluvión de millones recibido de Venezuela ha permitido (con La Tuerka primero y Podemos después) desembarcar en España el monstruo de chavismo. Los niveles de populismo a los que Podemos está degradando el discurso político son peligrosamente altos. Y como comentaba anteriormente, el problema del populismo es que se extiende. ¿Conclusión? Tenemos populismo para rato.

Una de las características del populismo es la manipulación de la verdad con fines electorales. Lo importante es llegar al poder y todo lo que se haga con tal de alcanzarlo es legítimo. Al igual que hemos visto que sucedía en Grecia y Venezuela, el populismo de Podemos es por encima de todo hipócrita. Ya sabemos (tras la buena labor de investigación de la prensa y no por la transparencia de sus líderes) que Iglesias y Monedero forman parte del top 1% de los ciudadanos por sus rentas. Los portavoces del 99% son curiosamente miembros del famoso top 1%. ¿Cabe mayor hipocresía? ¿No era imposible hacerse rico si no era mediante la explotación del obrero? ¿Qué sentido tiene que Monedero hable de los ricos como si él no fuese uno de ellos? Pierde bastante legitimidad una persona que dice que los ricos se van sin pagar cuando él lo es y se ha demostrado que intenta pagar los menores impuestos posibles.

No hay mejor ejercicio contra la ignorancia que el saber. Aprendamos de las catastróficas consecuencias que el socialismo ha provocado en Venezuela. Miremos con lupa el desastre económico que el nuevo gobierno de Syriza muy probablemente genere sobre sus ciudadanos. No caigamos en la trampa del populismo, con sus cantos de sirena y burda manipulación de la realidad, con sus promesas utópicas y sus liberticidas intenciones. No caigan en la trampa de Podemos. En la dramática situación en la que se encuentra España no nos lo podemos permitir. No, we can´t.

Libertad de expresión y estado de derecho

¿Puede un liberal escribir: Je ne suis pas Charlie?

Desde luego, si respetamos el principio de la libertad de expresión tendríamos que admitir esta postura, bastante minoritaria, en medio de la marea de lápices y de adhesiones al Semanario (y de ventas millonarias). Voy a tratar de razonar con ustedes, dialogando con varios compañeros anteriores de sección, por qué me parece un asunto no tan sencillo de resolver y con varios matices para tener en cuenta.

Sin entrar en precisiones jurídicas, ámbito que apenas conozco, pienso que la libertad de expresión es un derecho fundamental, pero con limitaciones y exigencias de responsabilidad. Me parece que el respeto a la verdad debería estar por encima de la libertad de expresión (¿está justificado mentir o decir impunemente cualquier cosa?). Por supuesto, el derecho a la vida es un bien mayor, de manera que no cabe ninguna justificación para esos terribles asesinatos, sea o no sea razonable la opinión de los redactores de Charlie. Ahora bien, creo que es posible -desde posturas liberales- plantear una frontera a la libertad de expresión: la que marca el estado de derecho y el respeto a los demás. A veces se pone como excusa la "autocensura": es que si no digo todo lo que pienso estoy violentando mi propia libertad… No es tan sencillo: claro que existen límites al ejercicio de mi libertad, como por ejemplo los derechos de mi vecino. Aquí tendríamos que considerar hasta qué punto es más libre la persona que hace exactamente lo que le apetece, o la persona que actúa bajo un principio de responsabilidad. Yo me apunto al segundo caso.

Por eso, no me parece justificable ampararse en la libertad de expresión para insultar, denigrar o simplemente difundir conductas poco ejemplares de otras personas. Pero claro, los límites entre lo correcto y lo abusivo no son fáciles de discernir: para ello tenemos un sistema jurídico que, con todos los errores que queramos, debería tratar de defender los derechos individuales, la fama, el honor, el buen nombre, etc. En España, la presión terrorista y una enfermiza obsesión por lo políticamente correcto nos ha llevado a emplear de forma bastante cansina ese término del "supuesto delincuente": aunque todo el mundo haya visto cómo disparaba su arma, será un supuesto asesino hasta que se le juzgue… Pero sensu contrario, parece que cualquier ciudadano anónimo tiene que aguantarse que le mancillen su honorabilidad so capa de la libertad de expresión. O también los políticos, que ya no son anónimos, tendrían que soportar en la entrada de sus viviendas esos agresivos escraches por la misma razón.

Claro que hay límites a la libertad de expresión, y la justicia debería velar por su respeto (me parece que con más cuidado). Otro derecho fundamental es la libertad religiosa: no es correcto insultar (o discriminar) a las personas por sus creencias, del mismo modo que por su color de piel, cultura o estrato social. Sin embargo, la única herramienta para defender estos principios es exigir el cumplimiento de la Ley: si alguien se siente agredido, que vaya a los tribunales. Es en este sentido en el que me ha parecido, también, poco afortunada la expresión del papa Francisco: no se puede dar un puñetazo al que te insulta… Hay que denunciarle ante el juez: por eso, mi consejo a esos musulmanes moderados que ahora todo el mundo cita, es que denuncien al Semanario si se sienten ofendidos. Y lo mismo le pediría al Sr. Arzobispo de París si la portada de esa revista se mofa de la religión católica (como parece que acaba de hacer): por favor, vaya a los tribunales. ¿Resulta que la justicia es una basura y nadie nos defiende?: pues a protestar, razonar y presionar para que se cambie.

La ironía de todo esto, como bien escribe Antonio J. Chinchetru, es que da la sensación de que "el Papa ha enviado un peligroso mensaje a los integristas, unos totalitarios que amenazan la vida y la libertad de millones de seres humanos. Les ha dicho que la máxima autoridad de la principal confesión cristiana, a la que ellos identifican de forma automática con el conjunto de Occidente, no está dispuesta a defender los valores de esa misma civilización occidental y hasta les ofrece cierta cobertura moral" (aunque yo matizaría lo de calificar como fundamentalistas cristianos a los que defienden la divinidad de Jesucristo).

En un sentido más conceptualista, F. Capella explicaba que "Defender el derecho a expresar cualquier idea no es equivalente a defender o estar de acuerdo con esas mismas ideas ni implica tener que participar en su difusión: es posible defender el derecho a expresar cosas que se califican como estupideces, o ideas erróneas o nocivas". Como liberal, yo aceptaría este derecho a expresar cualquier idea, siempre que existan los mecanismos legales para defenderse en caso de agresión, injusticia o falta a la verdad. Porque me parece peligrosa la situación que plantea enseguida el mismo Capella: "Libertad total de expresión puede significar que mediante el lenguaje se mienta, se acuse falsamente de delitos, se defiendan las violaciones de la libertad, la violencia o la incitación a la misma, se coordinen agresiones, o se produzcan humillaciones y vejaciones contra individuos o colectivos oprimidos o estigmatizados": ¿qué podemos hacer en estos casos?

Una respuesta interesante es la que propone Francisco J. Contreras, llamando a una reflexión consecuente sobre lo que consideramos "valores europeos". Y también me ha gustado lo que escribía Gabriel Zanotti jugando con esa expresión: "yo soy el respeto", "yo soy la libertad religiosa", "yo soy el Rule of Law". Es en estos sentidos en los que me parece adecuado protestar: Je ne suis pas Charlie!

El nacionalismo y la política británica

Liberales y conservadores, hasta la década de los años veinte del pasado siglo y, posteriormente, conservadores y laboristas, se alternaron en el gobierno británico, si bien las mayores estancias en el mismo correspondieron a los tories. Bipartidismo perfecto y primeros ministros como Margaret Thatcher y Toni Blair disfrutaron de mayorías absolutas, lo que les permitió transformar económica y constitucionalmente el país.

El escenario que podemos encontrar a partir del 7 de mayo aportará novedades significativas. Partidos pequeños como UKIP o el Scottish National Party, aspiran a algo más que una presencia simbólica en el Parlamento. En efecto, los de Nigel Farage quieren monopolizar la política dubitativa de los conservadores hacia materias de especial sensibilidad, como la inmigración y la Unión Europea.

Las recientes euroelecciones resultaron altamente provechosas para UKIP. Su nicho de votantes no se basa exclusivamente en tories descontentos, sino también en sectores de la clase trabajadora, en especial la inglesa, fenómeno este último que el laborismo ha menospreciado.

En cuanto al SNP, se ha convertido en la estrella emergente de la política británica. Perdió el referendo in vs out celebrado en Escocia el pasado 18 de septiembre pero desde entonces, ha incrementado tanto el número de afiliados como el de votantes potenciales, ambos a costa de un laborismo que, con Ed Miliband, ha retrocedido ideológicamente hasta los años setenta, cuando la izquierda se hizo con las riendas de la formación. Durante la década de los 80, los liderazgos de Michael Foot y Neil Kinnock sólo provocaron la división en un partido incapaz de plantear batalla electoral a Margaret Thatcher y John Major.

La táctica seguida por Miliband desde que fue elegido líder del partido laborista (septiembre de 2010) ha consistido, básicamente, en acusar a David Cameron de multiplicar los recortes en el gasto público. Frente a ello, ha propuesto una defensa a ultranza de la subida de los impuestos, que ha suscitado la crítica en contra del mismísimo Blair, consciente de que el principal riesgo que conlleva el extremismo es el rechazo electoral durante varias legislaturas.

Poco más ha aportado Miliband. A falta de cuatro meses para las votaciones, se observa que con ello no le bastará para ganar los comicios. Además, y con esto no contaba, Escocia ha dejado de ser el feudo del laborismo y en dicha nación los sondeos no le son nada halagüeños (en el mejor de los casos, le dan un 24% en intención de voto).

Es ahí donde el SNP le tiende su mano, o más bien le da el abrazo del oso, ya que la formación liderada por el binomio Nicola Sturgeon/Alex Salmond apuesta por sostener a un hipotético (y en minoría) gobierno laborista en Londres, a través de apoyos a medidas puntuales, nunca de un pacto.

Curiosa, que no sorprendente, la actitud del nacionalismo. Hace unos meses, ansiaba la implosión del Reino Unido y ahora irrumpe como su mesías salvador, bajo el mantra de asegurar la gobernabilidad del país, empleando un discurso claramente sectario, que tiene como fin estigmatizar a los tories (cuya presencia, en lo que a Escocia se refiere, es testimonial).

El modus operandi del SNP demuestra a las claras la voracidad del nacionalismo para el que lo importante no son los ciudadanos, sino los territorios. Generar desigualdades, en función de agravios más supuestos que reales, es otro de los componentes de su discurso. La parte dictaría la política que debe seguir el todo. Este escenario resulta ciertamente familiar en España, donde el nacionalismo periférico está instalado en la reivindicación y el regateo, lanzando órdagos de manera constante.

Al respecto, Miliband no ha dado una respuesta contundente en un sentido u otro. En cuanto a Cameron, la situación del Partido Conservador tampoco resulta envidiable y, aunque la mejora de la economía juega a su favor (lo que mantiene intacta la escarapela de los tories como gestores eficaces), tampoco parece que ello le vaya a garantizar la mayoría.

Interstellar: Interés general y egoísmo

En noviembre se estrenó en nuestro país la última película de Christopher Nolan. Sin estar a la altura, en mi opinión, de las de Batman, es en todo caso una película imprescindible. Y, como suele ser el caso con el director, da para muchas reflexiones de todo tipo.

La mía ya se puede imaginar que tendrá algo que ver con la economía. Pero antes de seguir es obligatorio avisar que al avezado lector que se interne en las siguientes líneas le esperan algunos "spoilers" sobre la película. No creo que sean "spoilers" decisivos, pero no está de más avisar para que nadie se enfade.

La historia se sitúa en la Tierra, en un futuro más o menos cercano, en que las inclemencias atmosféricas hacen que solo algunas especies vegetales puedan sobrevivir. Ello, a su vez, pone en riesgo a la especie humana, cuya alimentación ha pasado a sostenerse en el maíz.

En tan hostil entorno transcurre la vida del protagonista (el magnífico True Detective Matthew McConaughey), quien vive en una granja con sus dos hijos y su padre, dedicado, por supuesto, al cultivo del maíz.

A no mucho tardar, nos traza Nolan el carácter de la sociedad en que vive la Tierra. En efecto, el protagonista, que es ingeniero astronáutico devenido en granjero, tiene ilusiones de que su hijo pueda dedicarse también a la ingeniería. Sin embargo, la burocracia dirigente ha decidido que lo que se necesita en el mundo ahora son granjeros y no ingenieros, y que a tal tarea deberá dedicarse también el hijo.

Este suceso es complementado por una conversación con el padre del protagonista, en que aquel recuerda los gloriosos días pasados en que prácticamente todos los días había algún producto nuevo que comprar. Así pues, nos movemos en una sociedad en que, al menos en algunos aspectos, se utiliza la planificación central como sistema económico. Y, en consecuencia, la innovación tiende a desaparecer.

En una lectura más concreta, al considerar los planificadores sociales que la única alternativa para sobrevivir es el cultivo del maíz (y asumir que tienen información perfecta para tomar la decisión), es lógico que todos los recursos disponibles se dediquen a tal tarea. Desdeñan completamente la innovación porque no entra en sus paradigmas; precisamente esa innovación que podría salvar al maíz si se dejara a la gente investigar (ser ingenieros) en lugar de obligarles a cultivarlo. Esta relación entre supervivencia e innovación es uno de los temas que también presiden el desenlace final, al que ahora nos vamos a dedicar.

Y así transcurre la vida hasta que por razones que no voy a explicar, nuestro héroe entra en contacto con el núcleo científico dedicado a salvar a la humanidad. Aquí se entera de que el maíz también está llamado a extinguirse y con él la especie humana, a menos que se busquen alternativas fuera de la Tierra.

Tienen bastante avanzado el programa de rescate: han identificado tres posibles planetas en que se podría sobrevivir, y solo queda ir a chequearlos, misión de la que se encargará el protagonista, que para eso fue astronauta. Cuando hallen uno que sea viable, deberán avisar a la base en la Tierra, activándose uno de dos planes: o bien se manda a la población de la Tierra al nuevo planeta (para lo que tienen en marcha un programa de investigación que seguramente pronto dé resultados), o bien, si va mal el primer programa, se mandan unos embriones para que una nueva humanidad colonice el planeta. En ambos casos, la humanidad se salvará.

Por supuesto, nuestro héroe marcha al espacio con todas las garantías por parte del núcleo científico de que el primer programa terminará con éxito, y de que podrá volver a ver a sus hijos en el nuevo planeta. Pues es esto precisamente lo que motiva al granjero a arriesgar su vida en una aventura sin retorno: la supervivencia de sus hijos, sobre todo de su queridísima hija a la que, en una amarga despedida, ha prometido formalmente que volvería a ver.

Desgraciadamente, y ahora viene el spoiler más gordo, el programa de viaje para los terrícolas es mentira. Ya hace mucho que los planificadores centrales han decidido que sería imposible el traslado al nuevo planeta y han elegido la solución de una nueva humanidad, actuando, eso sí, guiados por el interés general, y no por los intereses egoístas de cada ser humano.

De ello se enterarán los viajeros cuando ya esté superado el punto de no retorno. Es comprensible su desesperación y desconfianza, incluso mutua, a partir de ese momento. Sin embargo, hay algo que permanece: la determinación del protagonista por volver a ver a su hija, por mantener su promesa contra toda posibilidad. Lo que permanece es el egoísmo individual del héroe por reunirse con sus seres queridos: el protagonista no quiera salvar a la humanidad, simplemente quiere ver a su niña. Así de sencillo, así de grande.

Al final, por supuesto, es esta determinación la que salva el día y a la humanidad. Pues solo por amor a su hija el protagonista asumirá un riesgo brutal para su vida, algo que ninguno de los planificadores centrales hubieran hecho por la humanidad. Y la apuesta le sale bien… pero eso ya lo imaginabais.

La lección de la película es clara: es la iniciativa individual la que hace avanzar al mundo, son los egoísmos de cada uno de nosotros los que hacen que la humanidad progrese y sobreviva. Ningún bienintencionado planificador central (léase político) puede en nombre del interés general llevarnos a otro sitio que al desastre.

Los expertos dicen que Interstellar es bastante coherente con las leyes físicas, dentro de lo que es una película de ficción[1]. Yo me atrevería a decir que también respeta las leyes praxeológicas. ¡Disfrutadla!



[1] Por ejemplo: http://www.businessinsider.com/crazy-physics-to-understand-interstellar-2014-11.