Ir al contenido principal

Choque de Estados

Para los que vivimos el final de la Guerra Fría, la alianza entre Estados comunistas nos resultaba algo casi natural. Sin embargo, bajo ese sistema aparentemente monolítico, controlado en buena medida por el PCUS y las instituciones soviéticas, se dejaban entrever desacuerdos que en algunos casos llegaron a enfrentamientos bélicos y que quizá no tuvieron toda la repercusión que debieron.

De pocos es sabido el enfrentamiento entre chinos y vietnamitas, pese a las coincidencias ideológicas de sus gobiernos. En 1979 hubo una guerra abierta entre ambos países, cuando Vietnam invadió la Camboya de los Jemeres Rojos para poner fin al régimen de Pol Pot. Mientras éste contaba con el apoyo chino, aquéllos lo tuvieron de la URSS.

Los desencuentros entre los gobiernos de Tito y Stalin afectaron a la Guerra Fría desde el principio hasta el punto de que, por ejemplo, Stalin no apoyó demasiado activamente al bando comunista durante la guerra civil griega, quizá porque había prometido no hacerlo, quizá porque tenía otros problemas más urgentes y no tenía recursos para estar en todas partes. Proyectos como la Gran Yugoslavia de Tito, que incluía a la actual Bulgaria, quedaron parados, pero a la larga Occidente ganó un enemigo algo más colaborador que el soviético.

De todos los enfrentamientos entre aliados, quizá fue el que encaró a la URSS y a China el que mayor riesgo conllevó. Durante los años 60 se produjeron varios incidentes fronterizos entre el Ejército Rojo y el Ejército de la China Popular. La creación de la República Popular de Mongolia, apadrinada por los soviéticos, no satisfizo las esperanzas territoriales chinas, que no aceptaban las imposiciones que se habían realizado en tiempo de los zares. El resultado fue una serie de incidentes fronterizos que culminaron a finales de los 60 en varios enfrentamientos militares en la isla de Zhenbao: el primero, el 2 de marzo de 1969, con decenas de muertos y heridos en ambos bandos, y 13 días después, el bombardeo de la concentración de tropas chinas, que se vieron obligadas a replegarse. Durante el verano, los enfrentamientos se ampliaron a la frontera en la provincia china de Xinjiang y varias incursiones chinas en Kazajistán. El problema radicaba en la naturaleza nuclear de ambas potencias y, si bien a los americanos les interesaban las desavenencias, al mundo no le interesaba un conflicto nuclear entre ambos aliados.

Años después, sus herederos, la Federación Rusa y una República Popular China algo menos comunista y, aparentemente, menos paranoica que la gobernada por Mao Tse Tung, viven una situación confusa. Por una parte, ambos tienen en Occidente un enemigo que puede hacer que tomen decisiones similares para problemas parecidos. Sin embargo, las situaciones heredadas en cuanto a fronteras e intereses económicos y, sobre todo, geoestratégicos, no se han resuelto; es más, con la desintegración de la Unión Soviética y la creación de un puñado de Estados en Eurasia, éstos se han vuelto mucho más complejos y difíciles de resolver si cabe.

La inmensidad de Eurasia, las grandes estepas y la baja densidad de población en buena parte de esos vastos territorios, unido a una cultura tradicional ligada al nomadismo y la trashumancia, ha hecho difícil, incluso para imperios tan poderosos como el chino y el “ruso-luego soviético-de nuevo ruso”, mantener controladas a las poblaciones que viven en los territorios que supuestamente administran.

Un hecho alarmante que han experimentado recientemente los rusos radica en la chinificación de ciertas zonas colindantes. La chinificación, así como la rusificación o cualquier otra colonización, ya sea natural (por voluntaria) o artificial (por forzada), ha sido una poderosa herramienta política que ha ayudado a delimitar mapas y producir éxodos, cuando no matanzas. Detrás de estos procesos, con el tiempo, pueden ir unidas reclamaciones territoriales, pero sobre todo hay influencias sociales, culturales y económicas.

En el Extremo Oriente ruso, la región comprendida entre el Lago Baikal y Vladivostok, con un tamaño que casi duplica el de Europa, tiene unas expectativas poco halagüeñas: la población asciende a 6,6 millones de habitantes, y la baja natalidad rusa y la emigración hacen que las previsiones para mediados de siglo sean de en torno a los 4,5 millones. A ello hay que unir las escasas y malas comunicaciones con los territorios más poblados de Rusia. Sin embargo, en los territorios fronterizos chinos, en Manchuria, la población asciende a más de 100 millones de habitantes, con una densidad de población 62 veces superior a la de la Siberia rusa. Las poco controladas fronteras entre ambos territorios han generado un goteo de chinos en dirección hacia zonas menos pobladas, pero cercanas a sus hogares originales y en ciudades como Chitá, esta población no ha hecho otra cosa que crecer.

El resultado de todo esto preocupa de manera notable a las autoridades rusas. No se trata de una anexión u ocupación militar, sino simplemente de un control demográfico y empresarial. Lo que no venga de la lejana Moscú vendrá de la zona china, no sólo más poblada, sino más rica y, a cambio, los chinos consiguen espacio que es una de sus principales aspiraciones. En todo caso, sólo el tiempo y la pugna por las materias primas de las estepas siberianas podrá decir cómo acabará todo.

Más preocupante para Rusia son algunas de las soluciones que ha encontrado China en su eterna búsqueda de materias primas para una economía y una demografía en expansión. Han puesto sus ojos en las antaño regiones del Asia Central Soviética, principalmente Kazajistán. El comercio entre China y estos países ha pasado de mover apenas 527 millones de dólares en 1992 a superar los 25.900 millones en 2009. Y el panorama, más que frenarse, parece crecer, con numerosos proyectos de infraestructuras entre los que destacan gasoductos y oleoductos que no paran en la gigantesca república de Kazajistán, sino que llegan hasta el mar Caspio y las reservas de hidrocarburos de países como Turkmenistán. China no se limita sólo a la búsqueda de hidrocarburos, sino que también está desarrollando infraestructuras viarias, como la carretera de más de 3.000 kilómetros que atraviesa Kazajistán y conecta con la propia China, en la que se han invertido 25.000 millones de dólares y que permite al gigante asiático abarrotar los mercados de Asia central con sus productos.

El choque entre los imperios ruso y chino tiene cierta lógica por tener ambos el mismo concepto geoestratégico de espacio vital. Ambos han vivido a lo largo de la historia la invasión de sucesivos pueblos y necesitan poner espacio entre sus centros administrativos y sus enemigos, bien controlado directamente, bien con la creación de Estados tapón. Ésta es, por ejemplo, la razón por la que Putin considera que los Estados surgidos de la descomposición de la Unión Soviética son “sus territorios” y por eso no deja que ni en Ucrania ni en Moldavia los proeuropeos tengan algo que decir distinto a lo que se dice desde Moscú. También influye en ello el hecho de que el presidente ruso sea una criatura de la Guerra Fría y que su filosofía política entronque muy bien, por otra parte, en la tradición histórica de Rusia.

Esta tradición, que a su manera, también está presente en los gobiernos chinos, independientemente de si han sido comunistas, nacionalistas o imperiales, es la que genera problemas entre ambos países. De hecho, China tiene problemas no sólo con Rusia o Vietnam, pues también los tiene con Japón, con las Filipinas, con Taiwán, con Corea del Sur, con Mongolia, con la India[1] y, en mayor o menor medida, con los países con los que delimita o interacciona.

De todo este juego de ajedrez se pueden sacar algunas conclusiones. El keynesianismo es la estructura básica de los Estados. Todo lo anterior se ha hecho con la riqueza generada por los ciudadanos y tomada por el Estado para satisfacer sus propios intereses, que no se corresponden con los de sus súbditos. Las carreteras, los canales, las líneas férreas o los oleoductos pueden beneficiar a pocos o muchos, pero no se han construido con la mirada puesta en ese beneficio, sino en los intereses de Estado. Si la estructura es keynesiana y la filosofía es básicamente socialista, que iría de la socialdemocracia europea al comunismo norcoreano, nada de eso puede prosperar si no dejan que haya algo de libre mercado, que genere esa riqueza y que se vayan satisfaciendo las necesidades reales de los ciudadanos. Cierta libertad económica en China, Vietnam o Rusia es lo que ha permitido que estos Estados estén ahora en esta situación, pero si les aprietan demasiado las tuercas, es posible que la sociedad se vuelva inestable y puedan estallar revueltas o que la coacción llegue a niveles cubanos o incluso norcoreanos. Veremos qué nos depara este choque de Estados.



[1] Otro Estado que está cayendo en la esfera de influencia china es Myanmar, la antigua Birmania. Estado débil y con abundantes riquezas que ya empieza a ver su frontera con China surcada de oleoductos. También ha invertido en un canal en Thailandia para evitar el bloqueo de los estrechos entre el Pacífico y el Índico, lo que permitiría a la flota china (la comercial y la de guerra) un acceso directo al Mar de Andamán y, de ahí, al de Bengala y el subcontinente indio, al tiempo que facilitaría el paso de grandes buques desde los países árabes.

¿El Estado acabó con el trabajo infantil?

La férrea creencia de que fue el Estado quien, gracias a sus regulaciones y leyes, acabó con el trabajo infantil sería una prueba irrefutable de que éste es necesario para regular el mercado, pues en su ausencia se producirían situaciones inaceptables. Pero mirada objetivamente la cuestión, no parece ser éste el caso.

Primero, ¿por qué en un lugar y época dadas los niños trabajan y en otras no? Siempre debemos tener en cuenta el abanico de oportunidades que un lugar y época dadas puede ofrecer, así pues carece de cualquier sentido plantear alternativas inexistentes: en épocas y lugares donde abunda el trabajo infantil la alternativa no suele pasar por ir a la escuela ni dar clases de idiomas al igual que Felipe V no tuvo la diatriba entre un carruaje de caballos y un Ford Mondeo por mucho que lo hubiera querido. Las mejores alternativas y opciones no surgen por un deseo del Gobierno sino gracias a los mayores niveles de capitalización y desarrollo. Y no, el Ford Mondeo ni el coche en general fue un invento del Estado, sino del mercado.

La imparcial Asociación de Historia Económica de EEUU afirma que "la mayoría de historiadores económicos concluye que la legislación del trabajo infantil no fue la causa principal de la reducción y virtual eliminación del trabajo infantil entre 1880 y 1940. En su lugar, apunta a que fue la industrialización y el crecimiento económico el que hizo aumentar los salarios permitiendo a los padres mantener a sus hijos fuera del trabajo".

Exactamente, no olvidemos que el trabajo infantil en Occidente existía desde tiempos inmemorables, y fue el Capitalismo –no las regulaciones estatales- quien acabó con él.

Pensemos por un momento, ¿qué pasaría si el Estado introdujera leyes contra el trabajo infantil en épocas y lugares donde los niveles de capitalización y desarrollo aún no fueran lo suficientemente altos para que existan buenas y mejores alternativas para los niños? Pues que se verían abocados a situaciones aún peores, como la prostitución. Y no es elucubración: véase el estudio "Consecuencias perversas de la Regulación Bienintencionada: Evidencia de la Prohibición del Trabajo Infantil en India", que concluye el empeoramiento de las condiciones de los niños tras la prohibición del trabajo infantil en este país.

Opinar desde nuestras oficinas con aire acondicionado y calefacción a veces resulta peligroso: las mejores condiciones y oportunidades no nacen por la fuerza de un decreto sino como consecuencia del Capitalismo. Es por lo que un trabajador gana más en California que en India. No porque los empresarios californianos sean más generosos, sino porque la fuerza de las mayores tasas de capitalización y libre competencia en California en comparación con India les ‘obliga’ a ello. Por cierto, tampoco tenemos aire acondicionado o calefacción en la oficina gracias al Estado, sino al mercado.

El gran economista Ludwig Von Mises escribía en su Acción Humana de 1949 a propósito de los trabajadores de fábricas al comienzo de la industrialización: "sin embargo sus ganancias eran muy superiores a lo que muchas de esas personas podían obtener en otros campos. Es una distorsión de los hechos decir que las factorías sacaron a las amas de casa de sus casas y cocinas y a los niños de sus juegos. Esas mujeres no tenían nada que cocinar para alimentar a sus niños. Esos niños eran indigentes que se morían de hambre. Su único refugio era la fábrica. Eso les salvó, en el sentido más estricto del término, de la muerte por inanición".

Hoy en día, existen muchos lugares donde aún se produce trabajo infantil. Y no hay que olvidar que el Gobierno puede hacer cosas muy valiosas y necesarias para poder más pronto que tarde erradicarlo: reducir los impuestos y las regulaciones –y los Gobiernos extranjeros abrir sus mercados permitiendo globalizarse a los países más pobres- para hacer posible que las sociedades se capitalicen y surjan cada vez más y mejores oportunidades para todos, y para los niños también.

En realidad, pues, los Gobiernos más que hacer deben dejar de hacer. Los enemigos de la libertad siempre buscan sus objetivos a través de la política y la acción política. Sin embargo, debemos ver toda intervención política como lo que verdaderamente es: un freno al progreso real.

@AdolfoDLozano

El sueño imposible

El modelo de financiación estatal debería asegurar el mismo acceso a los servicios públicos a toda la población, como dice la diputada del PSOE, Patricia Hernández Gutiérrez, independientemente de donde vivas. No se trata de que quien más paga, más exige. Eso es propio del ámbito privado, donde si has pagado un hotel de cuatro estrellas, tienes derecho a exigir servicios estándares de cuatro estrellas, y si no es así puedes denunciarlo. En el ámbito público, dado el principio de solidaridad interterritorial, las cosas funcionan de otra forma. Así que puede ser que te toque vivir en una Comunidad Autónoma que aporta mucho y recibe poco, o en otra que aporte poco y reciba mucho. Pero la universalidad de los servicios públicos debe estar asegurada.

El problema, más allá del ataque frontal a la existencia del Estado, que no es dogma de fe del liberalismo, sino solamente una opción, es cómo se delimita el conjunto de servicios que deben ser universales. Porque podemos pensar en la educación y la sanidad, pero en esas categorías, muy importantes y a la vez muy amplias, caben muchos epígrafes que no son la atención médica estricta o la investigación o el salario de los profesores o la calefacción de las aulas. Lo ideal sería que la administración dispusiera de un presupuesto tan generoso como para que todos pudiéramos exigir jacuzzi individual, clases de violín, instrumento incluido, puesto de trabajo vitalicio, pisito con garaje, etc., financiado por el Estado, simplemente por ser residente español.

Pero no es el caso. La situación es otra. Los impuestos no cubren los gastos, y no lo hacen desde hace mucho. ¿Cómo hemos llegado a ser titulares de una deuda estatal que en el segundo trimestre del 2014 representaba algo más del 96% del PIB?

Y aquí es donde hay que reflexionar acerca de ese "nuevo" modelo de financiación que dice que necesitamos la socialista canaria, afiliada al PSOE desde los 18 años y diputada con 24 por esas cosas de la cuota. ¿Qué modelo necesitamos? Obviamente, uno que ajuste ingresos y gastos. Pero a la vez, uno que asegure la universalidad de los servicios públicos. Y eso implica reducir la lista de servicios públicos, desglosar las partidas de gasto, revisar qué es imprescindible, qué es necesario y qué es superfluo. Porque lo que está muy claro es que este modelo de financiación no da más de sí. Yo me temo que su señoría no se refería a eso, supongo que la idea de Patricia Hernández era la cuadratura del círculo, aumentar el gasto para que quienes viven lejos no se vean perjudicados y puedan disfrutar de servicios universales y que el déficit sea sostenible.

Esa mentalidad es el origen del problema y es una herencia del mal llamado "estado del bienestar" que, lejos de asegurar la mejora de la condición de los menos favorecidos a costa de la solidaridad de todos, consigue que nos acostumbremos al recurso a la deuda, a una deuda creciente, hiperinflada y difícil de asumir.

La idea de un "estado asistencial" que supere los límites de la subsidiaridad es la semilla del problema. El Estado debía hacerse cargo de todos los males de la sociedad. Después, debía hacerse cargo de asegurar derechos universales cuya lista no tiene final. El resultado es que se puede retrasar pero no eludir por completo la quiebra de este modelo asistencial y engañoso con un nombre que ha calado hasta los huesos de todo el mundo. Y cuanto más deteriorada es la situación económica, más se agarran nuestras mentes al sueño imposible de mayor bienestar para los menos favorecidos, a la idea de "un mundo feliz" dictado desde arriba y al que hay que someterse.

Un breve análisis de la señora diputada de su propia frase podría llevarle a plantearse que tal vez, así no.

Milagros del sector privado y crímenes del sector público, de J. Tucker

Prólogo a la edición española, por Albert Esplugas

Prólogo a la edición española de Milagros del sector privado y crímenes del sector público, de Jeffrey Tucker, publicada por Unión Editorial (disponible aquí).

Su inconfundible pajarita lo delata como rothbardiano. Jeffrey Tucker comparte con Mr. Libertarian su fascinación por los milagros del capitalismo y su aversión a los crímenes de lo público. Austríaco de filiación, periodista y editor de profesión, Tucker es un narrador de anécdotas convertidas en parábolas. Compara el presente y el pasado aludiendo a sus dibujos animados preferidos, los Supersónicos, infinitamente más evolucionados que los Picapiedra. Desarrolla el concepto de la escasez, y su paulatina remisión en el mundo, hablándonos de un amigo de la antigua URSS que coleccionaba tantos objetos como podía. Ilustra la futilidad de la autosuficiencia desgranando el complejísimo y descentralizado proceso de elaboración de un “helado casero”. Se deshace en elogios por el McCafé, ejemplo de universalización comercial de los referentes de las élites.

Tucker quiere llamar la atención sobre la abundancia que nos rodea y el orden social que la ha hecho posible. La damos por descontada, y no deberíamos, porque nuestros padres y abuelos no disfrutaron de ella. No es una mera cuestión de renta per cápita, la riqueza no se mide solo en términos monetarios. Hágase el lector la siguiente reflexión: repase su día a día y todo lo que le rodea, y pregúntese si viajaría atrás en el tiempo, aun a cambio de un salario más alto.

Innumerables medicamentos y tratamientos prolongan y mejoran hoy nuestra vida. La ortopedia y la robótica han ampliado la autonomía de discapacitados y abuelos. Encontramos a nuestro match en Meetic, tenemos hijos aunque seamos estériles, practicamos sexo seguro con anticonceptivos, y acudimos al sexshop para satisfacer fantasías. Hacemos máquinas y deportes de aventura. Seguimos la ruta que nos marca el GPS, enviamos un paquete urgente con FedEx, imprimimos documentos en casa, ponemos la calefacción o el aire acondicionado, pagamos el periódico con una tarjeta contactless y sacamos efectivo de un cajero en cualquier esquina del mundo. Volamos lowcost a otras capitales europeas, nos desplazamos con una bicicleta plegable y alquilamos coches con dirección asistida, airbags, cambio automático, bluetooth y encendido ecológico. Hacemos el pedido del supermercado con un click, compramos libros de segunda mano en Amazon, subastamos en eBay, escribimos blogs, descargamos series, chateamos por Whatsapp, hacemos videoconferencias intercontinentales por Skype, guardamos nuestro trabajo en la nube, le pedimos a Siri que nos despierte a las siete, leemos prensa internacional, planificamos viajes con Kayak y Tripadvisor, reservamos cenas con descuento en El Tenedor, regalamos Smartbox, buscamos en Google y aprendemos en Wikipedia. Accedemos a cientos de canales de televisión, nacionales y extranjeros, de deportes, entretenimiento, historia, naturaleza, cocina, viajes, arte, ciencia, de cine clásico y de cine de autor, con subtítulos o en otros idiomas. Escogemos entre alimentos orgánicos, sin grasas, sin gluten, con vitaminas añadidas, con envase reciclable, para vegetarianos, para diabéticos y para nuestra mascota. Preparamos comida en un minuto al microondas, cenamos en un restaurante de fusión en un piso 40, nos llevamos sushi take-away y nos traen pizzas a casa. Asistimos a una cata de vinos, a un curso de pastelería o a clases de salsa. Vamos a un concierto, a la discoteca, a la bolera, a un parque de atracciones o al IMAX. Formamos un club de fans o montamos una asociación de frikis. Nos titulamos por internet, nos anunciamos en InfoJobs o Linkedin, financiamos nuestra empresa con crowdfunding o business angels, invertimos en una ETF o en fondos value, y donamos dinero a las ONG más eficientes según GiveWell. La oferta de que disponemos para divertirnos, aprender, experimentar, ejercitar, relacionarnos, ayudar y crecer intelectualmente no tiene parangón en la historia. Si echásemos la vista atrás nos daríamos cuenta de que Luis XIV tenía menos lujos que el ciudadano medio en la sociedad contemporánea.

El presente volumen es una compilación de artículos sobre las bondades del mercado y los perjuicios del Estado partiendo de la base de que las primeras las damos por descontadas. No es solo que no apreciemos los frutos del capitalismo, es que a menudo ni siquiera los reconocemos como tales. “La mano” del mercado es, a la postre, invisible, y el peligro inherente a esa invisibilidad es que atribuyamos su éxito a otras causas y acabemos sacrificando a la gallina de los huevos de oro.

El proceso de mercado es invisible a nuestros ojos porque es un proceso de coordinación indirecta, que no está teledirigido desde arriba. Los individuos interactúan persiguiendo su propio interés, y al hacerlo generan una constelación de intercambios voluntarios que beneficia a todas las partes. Como señalaba Adam Smith al acuñar el concepto de “mano invisible”, no compramos al carnicero para hacerle un favor ni él nos vende su carne por caridad, y no obstante el resultado de este intercambio interesado es que ambos salimos beneficiados. Indirectamente, al perseguir nuestro interés, beneficiamos a los demás. Ésta es la gran enseñanza del liberalismo clásico y que Tucker traslada al ámbito moderno y hasta sus últimas consecuencias.

Pero mucha gente no juzga las acciones por sus resultados sino por sus intenciones. Y el ánimo de lucro, la intención de enriquecerse, acarrea un estigma social que condena al mercado antes de que el juez pueda oír sus argumentos. El Gobierno, en cambio, está cargado de buenas intenciones. Los políticos prometen, la constitución garantiza, y el Estado transmite la imagen de un proyecto épico colectivo con la misión expresa de hacer una sociedad mejor. Da igual que el resultado sea todo lo contrario.

El mercado no cuenta con ninguna misión expresa con la que impresionar a las masas. No es una organización jerárquica intencional que declare luchar por una sociedad próspera y armoniosa. Por mucho que algunos quieran dotarlo de personalidad propia, el mercado no es más que un nombre para designar a millones de personas y asociaciones voluntarias que cooperan entre sí para conseguir sus respectivos fines. Éste es el corolario del mercado que a Tucker no deja de maravillarle: que el progreso y la armonía social surjan de un proceso de interacción descentralizado que coordina a cientos de millones de personas sin que nadie desde arriba lo dirija ni nadie desde abajo actúe con el propósito de hacer una sociedad mejor.

Tucker no ve fallos de mercado, sino oportunidades de negocio. Es obvio que el mercado no es “perfecto” si por perfecto entendemos que se ajusta en todo momento y lugar a las expectativas de las personas. Vemos ineficiencias por doquier: aquí hay una necesidad desatendida, allí hay una empresa que sobrevive pese a ofrecer un penoso servicio. Pero cada “fallo de mercado” o ineficiencia desde una perspectiva estática es una oportunidad de negocio desde una perspectiva dinámica. En otras palabras, si algo no funciona hoy, alguien puede hacerse rico arreglándolo mañana. Cualquier demanda insatisfecha es una oportunidad de ganar dinero para quien encuentre la forma de satisfacerla, lo que sugiere que no va a permanecer desatendida mucho tiempo. El mercado, pues, no es nunca eficiente desde un punto de vista estático, solo lo es desde un punto de vista dinámico. Es decir, tiende a la eficiencia a medio y largo plazo, instituyendo incentivos económicos y el test de la rentabilidad para descubrir y corregir ineficiencias conforme transcurre el tiempo. El Estado, sin incentivos económicos ni test de la rentabilidad, ni tiende a la eficiencia ni se le espera. Así, el hecho de que haya una necesidad desatendida o una empresa que ofrezca un pésimo servicio no debería llevarnos a concluir que el Estado “tiene que hacer algo” de inmediato, como si además supiera cómo hacerlo. Más bien debería inspirarnos reflexiones como “un poco de paciencia, seguro que alguien encuentra una solución y se hace rico”, o “esta empresa durará poco, la competencia la barrerá”, o “si nadie está satisfaciendo esa demanda a lo mejor es que no es tan acuciante como parece y hacerlo implica despilfarrar recursos”.

Tucker no teme recurrir a la expresión “que se encargue el mercado”. Como afirma el economista Donald Boudreaux, es una regla sencilla para un mundo complejo. Al contrario que la expresión “ya se encargará el Estado”, no es una respuesta dogmática ni simplista. Es una regla que encapsula en pocas palabras un elaborado planteamiento teórico con una buena dosis de humildad intelectual. Cuando decimos “que se encargue el mercado” estamos reconociendo los límites de nuestro conocimiento y depositando nuestra confianza en la creatividad de millones de personas que arriesgan su fortuna y su reputación en un proceso descentralizado que premia a los que aportan soluciones y castiga a los que malgastan recursos. Estamos confiando en un proceso que se va autocorrigiendo con el paso del tiempo y que estimula el progreso: cada individuo puede contribuir con sus propias ideas, las ideas compiten entre sí, las mejores ideas son imitadas y triunfan, y las peores van quedando relegadas.

Cuando decimos “que se encargue el Estado”, por el contario, estamos depositando nuestra confianza en un grupo de políticos y funcionarios que actúa en un marco completamente distinto. Los burócratas responden ante los electores que votan cada cuatro años, no ante consumidores que votan cada día cuando compran o se abstienen de comprar. En el mercado podemos cambiar de proveedor de internet o de compañía de gas con una llamada. Si queremos cambiar de policía, tener una justicia más eficiente o pagar menos impuestos por los servicios públicos, tenemos que hacer las maletas y mudarnos a otro Estado (donde probablemente encontremos similares carencias). Los burócratas no arriesgan sus propios recursos sino los de los contribuyentes, la irresponsabilidad y la ineficacia les sale gratis. Los burócratas no permiten la competencia de ideas, imponen su “solución” a todos uniformemente, y como actúan al margen del mercado no son premiados con beneficios cuando sus ideas sirven a la gente, ni castigados con pérdidas cuando despilfarran recursos. La expresión “que se encargue el Estado” no encierra ningún significado más profundo, se supone que el Estado dará con una solución simplemente porque dice tener la intención de encontrarla, aunque no tenga los incentivos ni pueda recurrir al test de la rentabilidad para hacerlo. Eso sí es un acto de fe.

Jeffrey Tucker invita al lector a valorar los milagros cotidianos del capitalismo y a desprenderse del Estado cuando haya alternativas de mercado. Es más sano preocuparse de las “trivialidades” de tu día a día que de la política nacional. Quizás así, por la vía de la indiferencia, el Estado sea cada vez más irrelevante.

Inmigración (XVII): afganos expulsados de Irán

"Cualquier forma de servicio o asistencia [a los afganos] será considerado un delito y castigado con todo el peso de la ley". Hadi Ebrahimi, gobernador general de la provincia de Mazandaran. 

"Echar la culpa de la inseguridad y del desempleo a los inmigrantes es eludir la responsabilidad de cada uno… Esta conducta indigna contra los inmigrantes [afganos] en Irán deja un sabor amargo". Asghar Farhadi.

 

Persia, históricamente acogedora de afganos

Desde siempre ha habido movimientos migratorios desde lo que hoy denominamos Afganistán hacia la más próspera Irán (antigua Persia) dadas sus afinidades históricas, culturales y lingüísticas. También ha ayudado lo suyo el que la sociedad clánica de Afganistán haya hecho de la guerra su principal ocupación desde tiempos inmemoriales. Pashtunes, hazaríes, tayikos, aimakos y otros grupos étnicos afganos han cruzado ininterrumpidamente la frontera en dirección a Persia a lo largo de la historia.

El Irán petrolero moderno ha sido también desde hace décadas polo de atracción preferencial de sus vecinos afganos para buscar trabajo o escapar de sus cruentas e interminables guerras. Irán es, a día de hoy, el segundo país del mundo en recibir emigrantes afganos después de Pakistán. Según las Naciones Unidas, actualmente el número mayor de refugiados totales en el mundo procede del sufrido Afganistán seguido de cerca por Somalia, Irak, Sudán y Siria.

El gran éxodo de nueve millones de afganos (el mayor de su historia) se produjo tras la invasión soviética de Afganistán, posterior guerra civil y toma del poder por los adustos talibanes. Las autoridades iraníes, en consonancia con su tradición, se mostraron entonces razonablemente acogedoras con sus vecinos del Este al abrir sus fronteras a los mismos y permitir a un tercio aproximado de dicho éxodo el acceso a su territorio.

Se estima que en la actualidad hay más de tres millones de afganos en Irán. Al menos dos tercios de ellos se encuentran aún indocumentados. Miles de afganos siguen entrando de forma "ilegal" por sus fronteras cada año. Los afganos remesan desde Irán unos 500 millones de dólares anuales en ayuda de sus familiares; cantidad nada desdeñable para uno de los países más castigados del planeta.

Cambio de actitud de los dirigentes iraníes

Desde hace una década aproximadamente, cambió empero la percepción de los mandamases de Irán con respecto a su población de origen afgano. La creciente aproximación de Kabul a Washington (representante del Gran Satán) ha incomodado de manera extraordinaria a los dirigentes iraníes. Otros ven en la decadente economía iraní el motivo por el que sus autoridades hayan señalado a los afganos como los chivos expiatorios de la escasez y de la precariedad laboral en suelo iraní. Por descontado, no faltan acusaciones populistas de ser responsables de violar a las mujeres nativas, consumir droga, trapichear y engañar (en fin, nada nuevo bajo el sol de cualquier latitud nativista).

En consecuencia, a los afganos se les impide ya el acceso a muchas zonas o provincias del país vecino. Prácticamente todas las ciudades iraníes están vedadas para ellos y las autoridades persiguen a todos aquellos que les den cobijo o les procuren un empleo en las urbes.

Los matrimonios entre iraníes y afganos no han dado nunca derecho a la nacionalidad al cónyuge afgano ni a sus descendientes; aún así, se siguen produciendo. En 2006 se dio un paso más y se decretaron directamente como ilegales dichos matrimonios mixtos.

A pesar de las presiones de los diplomáticos iraníes hacia sus homólogos afganos, en 2012 se rubricó un acuerdo estratégico de colaboración entre EE UU y Afganistán mediante el cual se permitió a las tropas americanas permanecer en suelo afgano más allá de 2014. En respuesta a ello, el parlamento iraní aprobó en 2012 una ley por la que se restringieron drásticamente los permisos de residencia de los afganos en aquellas provincias más pobladas por ellos (Mazandaran y Hormozgan, entre otras).

La suerte de los afganos no ha hecho más que empeorar desde entonces.

El poder político contra la sociedad civil

Desde mediados de 2012 la residencia de afganos allí o sus eventuales documentos de residencia que pudieran portar quedaron invalidados de un plumazo. Las autoridades iraníes de las provincias afectadas han llevado ya a cabo la expulsión de unos 300.000 indocumentados afganos del país hasta el momento, sin importar que fueran o no refugiados. A pesar de tener obligación de escuchar las solicitudes de asilo de los mismos, fueron arrestados y lanzados al otro lado de la frontera afgana sin mayores trámites donde el peligro era y sigue siendo real y serio (contraviniendo todas las disposiciones de la Convención de Ginebra al respecto).

Según informe de la Human Rights Watch, la presión de las autoridades iraníes para evacuar el país podría estar afectando ya a unos 800.000 afganos. Incluso en algunos casos la policía ha confiscado su dinero para pagar los gastos de su deportación o les ha agredido para encerrarlos en contenedores sin ventilación alguna para su posterior expulsión (con riesgo de sofocación).

Esta presión desde dentro de Irán junto a la progresiva retirada de las fuerzas americanas y de las tropas de la ISAF de Afganistán que afecta, de momento, aún más a su seguridad ha incrementado, a su vez, el número de nuevos refugiados afganos hacia Pakistán, por lo que la tensión también en dicho país con los desplazados afganos empieza a recrudecerse. Al ser hermanos de una misma religión comunitaria fueron acogidos bien al inicio. Ya no lo son.

Los afganos residentes en Irán o sus descendientes tienen prohibido absolutamente realizar estudios superiores en física nuclear, minería, tecnología de la información, aeronáutica, ingeniería petroquímica, así como en áreas relacionadas con lo militar o lo naval.

Las autoridades de la ciudad de Isfahán prohibieron a los afganos acudir al parque público de su ciudad histórica para conmemorar cada año el "Día de la Naturaleza", celebrada por iraníes y afganos conjuntamente como viene siendo tradición.

En la provincia de Fars se ha llegado a prohibir incluso la venta de alimentos a los afganos (!). Se exige a los tenderos nativos solicitar el documento de identidad a todos sus clientes antes de intercambiar con ellos, so pena de cerrarles el negocio en caso de que no sigan las directrices de la "autoridad".

Muchos iraníes han expresado espontáneamente su solidaridad y empatía con los refugiados e inmigrantes afganos ante estas odiosas políticas de segregación de sus dirigentes. Han llegado hasta lo que un régimen teocrático permite y se han creado páginas en Facebook como el ejemplo de We are all Afghans. Todo ello con consecuencias prácticas bastante limitadas.

La libertad de movilidad debe ser universal

El caso del comportamiento de los dirigentes iraníes actuales no es más que un mero ejemplo de lo que un gobierno es capaz de hacer en nuestros días contra los inmigrantes o refugiados que caen bajo su jurisdicción. Muchos otros abusos contra los pacíficos inmigrantes se dan en el mundo como los llevados a cabo por Tailandia contra los birmanos, en México contra los guatemaltecos, en la República Dominicana contra los haitianos o en Marruecos contra los subsaharianos y así, en numerosos países más. Este es el estado lamentable de la situación.

La defensa en favor de unas fronteras más abiertas para los que desean emigrar por cualquier motivo (y su corolario, la crítica dirigida contra medidas excesivamente restrictivas o represivas a la inmigración) no debe circunscribirse sólo a un país concreto. Ha de ser necesariamente universal y atemporal.

Si uno toma en serio la libertad de las personas, esta causa no ha de ser obviada, por compleja y delicada que sea.

 


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXXXIXIIXIIIXIVXV y XVI.

¿Internet neutral? Ni sí ni no, sino todo lo contrario

Obama, en su pulsión reguladora, ha lanzado a la Federal Communications Comission (FCC) a que regule Internet. La ley de las consecuencias inesperadas predice el desastre. Con la excusa de forzar su neutralidad, Internet podría quedar regulada con la misma legislación que en los años 30 la telefonía.

Bajo esta nueva legislación la FCC haría de policía de tráfico. Interferiría con los proveedores de internet controlándoles la infraestructura, las tarifas, los niveles de acceso, etc. Cambiamos competencia comercial por discrecionalidad del regulador, que es lo que en el fondo el dictadorzuelo burocrático necesita para justificar su propia existencia.

Esto implicaría que terminarían entorpeciendo nuevas tecnologías, productos y servicios, paralizando uno de los sectores más vibrantes del Siglo XXl hasta ponerlo a velocidad de burocracia. Un futuro daño irreparable. Aunque las regulaciones inicialmente parezcan nimias, sabemos cuándo se empieza a regular pero no cuando se acaba. Y lo que ignoramos son las consecuencias imprevisibles.

La Red cambió el mundo y lo hizo sin intervención. Ha dado un fantástico servicio. Que no la toquen. No violemos la primera “ley” de la informática. “Si no está roto, no lo arregles”.

Si pagamos distinto por la velocidad de descarga. ¿No debería suceder lo mismo con la velocidad de subida? Si necesito enviar una carta rápidamente, ¿nos negarían por ley el derecho a pagar un servicio de mensajería urgente? Sería como declarar ilegales a Fedex, UPS, Seur.

Si el ejemplo cunde a nivel internacional, tendrán la excusa para crear todo un enjambre de normativas en cada país las cuales además entrarán en conflicto.

Primero empezarán regulando el tráfico, luego el precio y después el contenido. Imaginemos que estamos viendo un vídeo de un servidor americano. Por diseño, internet envía la información troceada en paquetes y cada uno puede tomar distinta ruta. ¿Cada país le aplicaría distintas restricciones y velocidades a cada trozo de información según por donde pase ese paquete? Guerra arancelaria versión Internet.

La pretensión de neutralidad implica que todos tengan los mismos derechos, sea un pequeño blog o un gigante como YouTube. En principio esto suena bien. Pero es como decir que todos paguemos el mismo recibo de la luz, gastemos lo que gastemos. Todos igual, un pequeño taller o una gran fábrica.

Estas disquisiciones de neutralidad, de ancho de banda y prioridades las debe resolver el mercado. Y lo hará por el lado de la oferta. Los actores mejorarán sus servicios con nuevas fibras ópticas y nuevas tecnologías. Si el cliente no está satisfecho con la estrategia de tráfico que tiene su proveedor simplemente cambiará a otro. Y será el mercado el que decida. El usuario votando con su cartera.

De hecho esto ya ocurre, muchos hogares tienen varios proveedores simultáneos de internet. Uno por cable y tres o cuatro distintos en el teléfono móvil de cada miembro de la familia. Cada cual con distintos precios y servicios.

¿Se acuerda alguien de MINITEL? MINITEL fue una difunta iniciativa de France Telecom. Era una especie de precaria protointernet (solo texto) de los años 80. La idea no era mala. Pero estaba regulada hasta las cejas y subvencionada por el gobierno francés, que casi regalaba los terminales. Era necesario obtener una licencia para subir contenidos. ¿Te imaginas una licencia para ser blogger?

La Internet que conocemos está viva de milagro. Los terribles atentados del 11 de septiembre de 2001 sirvieron para justificar operaciones masivas de control de Internet y de correos electrónicos por diversas agencias de seguridad americanas. Pero para entonces Internet ya era robusta, tenía masa crítica. ¿Qué hubiese ocurrido con la Red si el atentado se hubiese adelantado una década? Justo cuando estaba saltando de ser una intranet del mundo científico-militar al mundo comercial.

Internet nació porque se le escapó al regulador de entre los dedos. El mercado fue más rápido. Al menos en su expresión comercial, abierta al público y libre que hoy nos es habitual. La Red tenía todas las papeletas para ser maniatada o censurada: narcotráfico, violaciones de copyright, blanqueo de capitales, pornografía infantil, pederastia, terrorismo, fabricación de explosivos, tráfico de armas, etc. Podría existir otra red. Sería Orwelliana. Todo se habría diseñado para evitar el anonimato, direcciones IP estáticas y nominativas, obtención de licencia para introducir contenidos, identificación de la CPU, otro muy distinto protocolo TCP/IP. Y un largo etcétera.

No regulemos. Es el mercado -el usuario- el que debe decidir la política de tráfico de su proveedor. Y si no le gusta, cambiar a otro. Los proveedores competirán por los clientes, por los contenidos y por satisfacer velozmente a todos.

Y lo siento. No, no somos iguales. Esta página web del Instituto Juan de Mariana no puede tener el mismo trato que YouTube. Esta página carga en segundos y los grandes necesitan un “cañón” de ancho de banda.

Pero en un mercado libre esto es bueno para grandes y pequeños. Si por ley tuviésemos “café para todos”, YouTube (y muchos otros) se verían fatal, a saltos (como hace años). No se disfrutaría de la experiencia, menos red (más tele) y por tanto menos visitas al IJM. Luego ¡qué curioso! Con discriminación, ¡ganamos todos!

En definitiva, Internet libre de leyes. Ni neutral ni parcial, sino todo lo contrario. 

Atar de manos a los políticos

Uno de los males de nuestras democracias es el poder ilimitado que han alcanzado. La democracia, legitimada como voluntad popular, tiende a ser considerada un poder que no se puede limitar pues supondría limitar la soberanía del pueblo que vota. Esta visión simplista y demagógica de la democracia triunfa en las sociedades en las que la intromisión de la política se ha derramado sobre todos los aspectos de la vida identificando democracia como fin y no como medio. La visión de Rousseau se ha impuesto a través de sus nuevos intérpretes del republicanismo contemporáneo encabezado por Philip Pettit y asumido con entusiasmo por los políticos de todo tipo que debían justificar los votos que pedían en el fin de la historia, cuando las ideologías ya parecían amortizadas.

No se trata por tanto de conseguir una buena gestión ilimitada de lo público sino de protegernos de la intervención de los políticos en nuestras vidas. Nuestros derechos no quedan blindados al aparecer enumerados en un papel sino al establecer mecanismos que impidan a los burócratas decidir en esas áreas de nuestra intimidad sobre la que solo nosotros deberíamos poder decidir.

Una de las peores formas manipulación política es el control de la política fiscal y económica. El curso forzoso de la moneda y su emisión vinculada únicamente a objetivos políticos -legitimados como democráticos- ha puesto en manos de los políticos toda decisión sobre nuestras ganancias y ahorros. No se trata de algo nuevo, ya Juan de Mariana denunció la mutación monetaria, pero al eliminar el patrón oro el único control que mantenía el valor de la nuestras monedas saltó por los aires. ¿Acaso un mandato popular no puede incluso decidir qué debe valer el dinero? No satisfechos con este poder desmedido la nueva economía keynesiana les otorgó la justificación teórica para incurrir en déficit y financiar mediante deuda las políticas públicas de modo que los votantes ya no tenían que aprobar subidas de impuestos -o incluso nuevos impuestos- y ese trago amargo quedaba diluido en el largo plazo. El cortoplacismo del juego democrático unido a la intervención económica contribuyen a la irresponsabilidad fiscal que solo retrasa los problemas pasando de generación en generación esa bomba de deudas que en algún momento estallará como hemos podido comprobar en España y otros países.

De ahí que límites como el que impone el artículo 135 de la Constitución española sean tan importantes. Limitar el endeudamiento y el déficit es responsabilidad democrática para no hipotecar a las generaciones futuras. Atar de manos a los políticos para que nosotros podamos correr cargando menos fardos impuestos. Si quieren ampliar el gasto público que tengan que retratarse pidiendo votos para subir los impuestos sin enmascarar esos objetivos en una huída hacia adelante que al final tenemos que pagar todos.

Limitar constitucionalmente a un gobierno o parlamento no es limitar la democracia, es protegerla; es limitar a los políticos. Limitarles para que no puedan entrometerse en áreas que no deben ser de su competencia para proteger la libertad de los individuos. La democracia, el gobierno de la mayoría impuesto sobre la minoría, es solo un medio para formar gobiernos y tomar decisiones colectivas pero el fin debe ser proteger a la minoría y no debemos olvidar, citando a Ayn Rand, que "la minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías".

El inversor no es Satanás

“Quien invierta en acciones no debería estar demasiado preocupado por las erráticas fluctuaciones en los precios del valor, puesto que a corto plazo el mercado de acciones se comporta como una máquina de votar, pero a largo plazo actúa como una báscula”.

Benjamin Graham.

 

Una de las figuras más demonizadas por la izquierda, aunque la derecha tampoco se queda atrás, es la del empresario. Sin embargo, cuando nos referimos al inversor, la cosa se pone aún más fea, pues estamos hablando del mismísimo Diablo.

Los empresarios, entendidos como personas creativas que arriesgan su capital para satisfacer a la sociedad en un entorno de libertad y no como seres que se lucran gracias a privilegios en un ambiente coactivo, son los auténticos héroes de nuestra época. Además, son quienes transforman el mundo en un lugar mejor, al ser los encargados de coordinar los distintos desajustes que existen, convirtiéndolos en riqueza, como ha quedado acreditado en multitud de casos: Henry Ford (padre de la producción en serie), Jimmy Wales (Wikipedia), Peter Thiel (PayPal), John Deere (fabricante de maquinaria agrícola), Mark Zuckerberg (Facebook), Reid Hoffman (LinkedIn), Satoshi Nakamoto (Bitcoin) o muchísimos otros más desconocidos para el gran público.

Pero ¿y el inversor? ¿Cumple alguna función social o es realmente Satanás?

Si entendemos por inversor a aquella persona que utiliza privilegios en mercados intervenidos por organizaciones coactivas –ya sea el Estado o cualquier otra- para lucrarse, no sé si se le podría llamar Satanás, pero, desde luego, lo que no se le puede considerar es un inversor. 

El inversor, al igual que el empresario, cumple una importantísima función social coordinadora y es pieza clave en el fenómeno de creación de riqueza en  nuestras sociedades.

Son bastantes los empresarios que tienen grandes ideas y no pueden llevarlas a cabo por la falta de financiación necesaria o no pocas las empresas -pequeñas, medianas o grandes- que tienen buenos proyectos, pero peligran por la carencia de capital. Es especialmente en estas circunstancias cuando el inversor juega un papel clave en el fenómeno de creación de riqueza, pues, ante esta descoordinación, arriesga su dinero para cooperar con iniciativas que benefician a la sociedad.

El inversor, al igual que el empresario una vez más, puede ser grande o pequeño, eso no es relevante, pues lo importante es que contribuya en la producción de riqueza. El ejemplo más claro es la inversión en bolsa, donde se puede comprar desde una única acción hasta un paquete importante de acciones de una empresa.

Algunos pueden ver a grandes inversores como Benjamin Graham, Peter Lynch, John Templeton o Francisco García Paramés como personas que se han lucrado aprovechándose de los demás, pero esa es una visión totalmente equivocada. Los inversores que más ganan, una vez más al igual que los empresarios, son aquellos que más contribuyen a mejorar la sociedad.

Los inversores arriba citados, por cierto, bajo una estrategia de inversión en valor o value investing, son un claro ejemplo de ello. No sólo han colaborado con sus inversiones en empresas en las que, por distintas circunstancias, el mercado había dejado de creer, sino que además han hecho que muchísimas personas ganaran dinero gracias a ellos.

Llegados a este punto, alguno podría pensar que si de lo que se trata es de financiar grandes ideas o buenas empresas, por qué no es el Estado el que se encarga de ese aspecto. Pues bien, al igual que el Estado no puede realizar el papel descubridor y creativo del empresario, tampoco puede llevar a cabo la función del inversor, pues ni tiene los incentivos adecuados ni posee la información necesaria. Prueba de ello son la multitud de proyectos fallidos de I+D+i o de empresas públicas o privadas que son financiadas con dinero público sin ningún tipo de éxito. Es más, cuando un inversor se equivoca, quien pierde el dinero es él, sin embargo, cuando el Estado juega a ser inversor, quien pierde el dinero es el contribuyente.

Por todo ello, el inversor no solo no es Satanás, sino que cumple una importantísima función en el fenómeno de creación de riqueza. Y para que pueda cumplir tan decisiva misión es fundamental que exista libertad.

25 años del muro

La verdad es que este aniversario ha pasado un poco desapercibido en nuestro país, pienso que debido al pseudo referéndum celebrado en Cataluña ese mismo día. Lo que no deja de ser una ironía de la Historia: levantar muros cuando se está celebrando la caída de otros…

Pero no hablemos de ese tema. Lo que iba a recordarles es cómo el Muro de Berlín ha tenido algo de vergonzante para muchos protagonistas del panorama cultural, académico o político de la vieja Europa, que durante treinta y ocho años estuvieron mirando hacia otro lado hasta que Ronald Reagan le espetó a Gorbachov: "Tear down this Wall". Y ocurrió el Mauerfall, debido a un cúmulo de coincidencias, la presión social y la determinación política de algunos personajes del momento. Vuelvo a citar aquí ese interesante libro de John O’Sullivan sobre el Presidente (Reagan), la Primera Ministra (Thatcher) y el Pontífice (Juan Pablo II), cuya conjunción en el tiempo seguramente fue decisiva para la Caída del Muro.

Por otra parte, todo ese bloque oriental comenzaba a resquebrajarse. Carlos Alberto Montaner ha escrito que fueron días de ira e ilusión: "en Hungría el propio Imre Pozsgay, un reformista decidido a liquidar el sistema, abría sus fronteras para que los alemanes de la RDA pasaran a Austria y de ahí a la fulgurante Alemania Federal, la libre. En Checoslovaquia, Vaclav Havel y un puñado de intelectuales valientes animaban el Foro Cívico como respuesta a la barbarie monocorde de Gustáv Husák. En junio, cinco meses antes del derribo del Muro, los polacos habían participado en unas elecciones maquiavélicamente concebidas para arrinconar a Solidaridad, pero, liderados por Lech Walesa, la oposición democrática ganó 99 de los 100 escaños del senado". Montaner se refiere al Pan-European Picnic promovido por Otto de Habsburgo y Pozsgay ese verano del 89, una excusa festiva en la frontera de Austria y Hungría que permitió el paso a Occidente de muchos alemanes del Este.

Me quejaba de un cierto olvido de este aniversario, aunque también diré que sí se han emitido algunos programas en la televisión recordando la construcción y la caída del Muro (además de esa acelerada película de Willy Wilder con James Cagney: One, two, three). Tengo que reconocer que esas imágenes de la gente subida en el Muro con martillos y cinceles me siguen emocionando, como las de los que saltaban las primeras alambradas, la desolación ciudadana ante los tanques en Praga o el discurso de Kennedy en Berlín ("Ich bin ein Berliner").

Estamos considerando la importancia histórica de los 25 años del Muro; a lo que podemos añadir una pregunta sobre su reconocimiento presente: Alejandro Chafuen (http://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2013/11/06/tear-down-this-wall-celebrating-victories-over-communism-on-world-freedom-day/ ) escribía sobre la poca atención que le prestan los políticos actuales a este aniversario, y creo que tiene razón (¡hay que celebrar ese Día de la Libertad!). Y así, el Presidente del influyente Think Tank Atlas Economic Research citaba, entre las personas que se dirigieron a él para reflexionar sobre la importancia del nueve de noviembre, a Vicente Boceta, director del Centro Covarrubias. Seguramente por este motivo es que se ha elegido esa fecha para la entrega de los Premios Diego de Covarrubias, que anualmente se otorgan a un trabajo en el que se aborde algún aspecto de "la compatibilidad del liberalismo económico con los principios y valores de la civilización judeo-cristiana", según se lee en las Bases de la convocatoria.

Lo que me permite hablarles de la segunda edición, que tuvo lugar el pasado 13 de noviembre en la Fundación Rafael del Pino. Su ganador ha sido José Ramón Ferrandis por un ensayo con el título de Globalización y generación de riqueza. Como explicaba en esa ceremonia, su objetivo era desmontar varios mitos y lugares comunes, a su juicio equivocados, respecto a la realidad económica de nuestro mundo globalizado. Comenzando por una enfermiza fijación de la ONU contra la expansión del comercio internacional y la inversión extranjera directa en los países subdesarrollados. Al contrario, las naciones han crecido económicamente cuando se han integrado en los procesos de intercambio global: esto es algo que se puede demostrar teóricamente, pero es también una evidencia -nos contaba- demostrable empíricamente desde su experiencia profesional en la Administración Pública.

Ferrandis explicó convencido la ineficacia de las transferencias directas a países del Tercer Mundo, que benefician más a todo un lobby de intermediarios (y, desgraciadamente con mucha frecuencia, a los propios gobernantes) que a los ciudadanos. También nos alertaba contra el mito de la "redistribución forzosa": es una utopía confiar en la intervención económica omnisciente de no se sabe qué organismos para que, como alguien señaló con ironía "los pobres de los países ricos transfieran dinero a los ricos de los países pobres". Recordando finalmente que lo propio de la condición humana es la diversidad; se debería partir, es cierto, de una igualdad en el origen: pero no en los resultados. Conocemos bien que la pobreza de una mayoría social no se debe a la riqueza de unos pocos. Porque hay que respetar el esfuerzo personal, que sí genera bienestar siempre que se realice en un entorno de justicia y libertad.

Por supuesto, en las bases de todo progreso económico están, necesariamente, los principios del buen gobierno que el pensamiento occidental ha desarrollado con voluntad, tiempo y no pocas contrariedades: el imperio de la Ley, el respeto a la propiedad privada, la estabilidad institucional, la división de poderes o la seguridad en los contratos. Esto no significa, añado yo, que las democracias europeas cumplan todos estos requisitos: hay mucho que corregir y demasiada corrupción, como nos publicitan los Medios casi a diario. Pero esto no es una consecuencia del liberalismo, sino todo lo contrario: es un resultado de la abusiva injerencia del Estado en la vida privada, y de la cada vez más lamentable educación moral de nuestras sociedades avanzadas. Lo que nos llevaría a hablar de un relativismo ético y filosófico casi idéntico en los políticos de izquierdas o de derechas… cosa que dejo para otra ocasión.

1980: un homenaje a la libertad

Cuando supimos de la iniciativa que tenía en mente Arteta, le felicitamos desde este mismo medio de comunicación. Anteriores trabajos suyos como 13 entre mil o El infierno vasco fueron auténticas joyas que reflejaron sin aspavientos el terror sembrado por eta durante décadas, poniendo en valor el rol de las víctimas, olvidadas antes y parece que ninguneadas ahora.

1980, además, cuenta con otra virtud. La carencia de subvención alguna por parte de los poderes públicos, ha hecho que su financiación se haya realizado fundamentalmente a través de la técnica del crowfunding. TVE y Telemadrid sí que han secundado este proyecto, la televisión autonómica vasca (ETB), no. ¿Alguien se sorprende de esto último?

El nacionalismo vasco defiende la tesis del final "dialogado" o "sin ganadores ni perdedores", sofisma que, desgraciadamente, sectores del PP y PSOE están comprando y haciendo suyo, quizás para no quedarse al margen de la mayoría. En consecuencia, el desamparo de las víctimas aumenta, al mismo tiempo que se pervierten los términos en que la historia debe ser transmitida a los más jóvenes. Instalarse en la poltrona de la "paz" es lo cómodo, es decir, justo lo contrario a lo que hace Arteta en su película, donde el realismo suple al falso optimismo con que las elites políticas nos venden la derrota de eta.

Como sucediera con los títulos anteriormente mencionados, son pocas salas las que se han lanzado a proyectar la película (en Madrid, los cines Renoir, sitos en la Calle Princesa). Con esta forma de operar, bien condicionada por criterios económicos, bien por haber caído de bruces en los parámetros de lo políticamente correcto, va a ser difícil construir un relato que ponga el valor la importancia, protagonismo y memoria de las víctimas. Por ello, al ir a contracorriente, Arteta se anota un nuevo tanto pues se opone al nacionalismo obligatorio e identitario, al mismo tiempo que lo combate.

El producto final merece la pena. Un trabajo bien documentado en el que a través del testimonio de las víctimas, nos acerca cómo era el ambiente en el País Vasco a comienzos de los 80. Imágenes impactantes combinadas con aportaciones como las de Gorka Fernández, Teo Uriarte, Florencio Domínguez, Aurelio Arteta o Ander Landáburu… quienes diseccionan desde el presente lo que fueron aquellos años, señalando culpables y responsables.

El espectador podrá comprobar las razones por las que el centro-derecha no nacionalista careció de presencia en la política vasca hasta los 90. En efecto, durante la Transición y "los años de plomo", quienes defendían siglas como las de AP o UCD, fueron perseguidos, amenazos y buena parte de ellos, asesinados. El miedo se apoderó de la sociedad vasca y la cobardía fue la respuesta de un sector significativo de la misma que prefirió el silencio cómplice, la equidistancia o el cinismo ilustrado en la frase "algo habrá hecho".

En este sentido, el documental de Arteta muestra a las claras cómo se invertían los papeles, de tal modo que las víctimas se convertían en victimarios. De hecho, en la mayor parte de las ocasiones, tras el asesinato, la familia del asesinado debía de hacer frente a un torrente de falsas acusaciones que, a su vez, habían servido para justificar la comisión del crimen. En otros casos, debían abandonar la localidad.

Todo ello aparece bien desmenuzado y mejor documentado en la obra de Arteta. 102 minutos trepidantes y emocionantes. Un homenaje a aquellos que han caído en el olvido y que gracias a trabajos como éste, recuperan el lugar que les corresponde como referentes éticos y morales.