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¡¡Acelera Fernando!!

"Estoy feliz de volver a vivir en mi país y pagaré ese dinero a gusto porque no soy pobre. Solo seré un poco menos rico que ahora".

Impecable. Para sentirse orgulloso. Todo un campeón de Fórmula 1 como Fernando Alonso decide volver a fijar su residencia en Asturias y, en un ejercicio de solidaridad, se apresta a que el fisco español se quede con casi un tercio del dinero que ingresa cada año… 57 millones de eurazos que irán a engrosar las arcas del Estado.

Todo un ejemplo para los indignados, que desde sus chiringuitos de la Puerta del Sol seguro que estarán ahora mismo planteándose montar un asamblea de cara a organizar una asamblea que designe otra asamblea, que, de forma asamblearia, reconozca el gesto del piloto asturiano… Eso sí, con una ponencia que le exija el uso de biocombustibles en vez de gasolina de alto octanaje.

Porque ¡qué bien! De esos 57 millones de euros que Fernando Alonso se ha ganado jugándose la vida en cada frenada, algo nos caerá. Después de que los políticos y los funcionarios que hacen posible todo este engranaje recaudatorio-solidario-redistribuidor se hayan quedado con la parte que les corresponda, quedará algún dinerillo que podrá gastarse en atender las necesidades, deseos e ilusiones de todos aquellos que no son capaces de generar sus propios recursos.

Así, gracias a la solidaridad del de Ferrari, y de otros como él, muchas instituciones muy importantes para España podrán cumplir sus objetivos.

Así, esos sindicatos de clase que con los ingresos de sus afiliados no consiguen cubrir los costes de la lucha obrera y los gastos de representación que esta conlleva podrán seguir con su defensa del proletariado.

Y, por supuesto, los partidos políticos, eje sobre el que gira nuestra democracia, disfrutarán de unos ingresos que complementarán a sus tradicionales vías de extor… perdón, de financiación.

Pero al ciudadano de a pie también le caerá algo. Más sanidad, más educación, más transportes públicos, pues nunca hay suficiente… Más cultura. Más viviendas para jóvenes. Más gasto social. Más monumentos en las rotondas, más cine español, más pistas de pádel públicas… Más de todo lo que los políticos tengan a bien darnos… ¡Qué ilusión!

Porque, ¿qué hubiera sido de nosotros si el bravo piloto asturiano decidiese quedarse en la insolidaria Suiza y meter su dinerito en un banco?

Pues nada, que dicho dinero estaría disponible para invertir, para crear empresas, riqueza y puestos de trabajo reales, allí donde se dieran las condiciones para poder sacar adelante proyectos empresariales viables… Es decir, que en España no hubiésemos visto un duro, excepto si Fernando Alonso decidiese comprar deuda pública.

Por ello, no cabe más que congratularnos de la decisión del Premio Príncipe de Asturias y, cada mañana de domingo, ataviados con la bufanda oficial de la marca del Cavallino Rampante, conectar con La Sexta para animar a nuestro compatriota a que frene en las curvas más tarde que el resto, sabiendo que una parte de su triunfo es nuestra… Bueno, del Estado.

¡Acelera, Fernando!

Piratas

Coincidiendo con el estreno de una nueva entrega de la saga de los Piratas del Caribe, quería compartir algunas reflexiones de contenido económico-liberal que me suscitó en su momento la tercera parte (En el fin del mundo). Vaya por delante que no pretendo hacer ninguna crítica de cine a favor o en contra del capitán Sparrow, con esa peculiar actuación del actor Johnny Depp o el cambio de sus partners femeninas: Keira y Penélope…

En general, suelo digerir mal los libros y películas sobre piratas, que habitualmente dan una imagen ridícula de los gobernantes españoles de aquella época: tontos y a la vez autoritarios. Esa idealización del pirata me parece incorrecta: fuera de la ley, eran delincuentes violentos que no respetaban los derechos de propiedad ni el funcionamiento de las instituciones vigentes. En algunos casos, además, estaban financiados por los gobiernos de Francia y Gran Bretaña en una guerra sucia contra el poderoso imperio español transatlántico.

Junto a ello, también ha quedado una versión histórica a mi juicio desenfocada de los mecanismos del comercio de España con sus reinos americanos: la Casa de Contratación en Sevilla. Es frecuente leer sobre el monopolio de este organismo, cuando técnicamente no es del todo correcto. Simplificando, se trataba de una aduana centralizada, por donde debían pasar todas las transacciones mercantiles que los empresarios de la Corona realizaban libremente entre la Península y el Nuevo Mundo. Algo muy diferente de los verdaderos monopolios estatales de Holanda y Gran Bretaña: sus respectivas Compañías de las Indias Orientales (y Occidentales). A los que la interpretación histórica juzga con enorme benevolencia.

Sin embargo, cuando hace poco pusieron en la TV la tercera aventura de esta saga, En el fin del mundo, recordé algo que en su momento me llamó la atención de esa película: la oposición de los piratas al abusivo dominio de la ahora ficticia East India Trading Co. Así que, después de volver a verla varias veces, y gracias a la enorme paciencia de mi hija Rocío explicándome los pormenores, maleficios, trampas y alianzas de unos y otros, puedo finalmente explicarles ordenadamente aquella primera vaga intuición que les indicaba. En este caso, y sin que sirva de precedente, voy a defender y alabar a esa variopinta hermandad de corsarios.

Aquí va mi lectura: la actividad piratesca se venía desarrollando con los riesgos inherentes al estado y condiciones del mar, sometido a la diosa Calypso. Para tratar de controlar esto, los piratas apresan a la deidad, consiguiendo un -digamos- supuesto equilibrio general en la navegación para garantizar su desarrollo económico. Pero la East India se aprovecha de esta circunstancia para extender su monopolio, utilizando a su favor un elemento incontrolado, El Holandés, barco fantasma de Davy Jones. Es como si un todopoderoso estado del bienestar, además de monopolizar la gestión pública y privada, oprimiera a los ciudadanos con los movimientos antisistema… lo cual suena misteriosamente próximo… Total que los piratas se rebelan y su reina (Elizabeth Swann) les anima a enfrentarse contra los ingleses en nombre de la libertad. Previamente habrán redimido a Calypso, para recuperar las condiciones normales del mercado; lo que entre otras cosas les permitirá deshacerse del molesto y pulposo antisistema Davy Jones. De esta manera, podrán derrotar al buque insignia de la East India, el Endeavour (literalmente traducido: esfuerzo o empeño; aunque lo que verdaderamente parece movían a su Almirante, lord Beckett, eran "just business").

En fin, como suele decirse: la realidad supera a la ficción. Pero no se preocupen; aunque me he reconciliado parcialmente con los piratas, no voy a defender aquí al movimiento 15-M… ¿y si ellos son el Kraken., manejado por Davy Jones, manejado a su vez por la East India?

Problemas del dinero mercancía

El dinero como objeto físico es un bien duradero pero no eterno ni inmutable: puede estropearse de algún modo (gradual o abrupto), deteriorarse accidentalmente o intencionalmente, de forma honesta o fraudulenta, y perder calidad o valor, llegando incluso a desmonetizarse. La concentración de valor y la naturaleza homogénea e indistinguible de las monedas las hace especialmente vulnerables al robo. El mantenimiento de reservas monetarias tiene un coste de oportunidad importante, especialmente para los comerciantes que deben realizar grandes pagos con alta frecuencia. Además ocasionalmente puede haber escasez de dinero para las necesidades del comercio.

Los agentes económicos han generado complementos y sustitutos monetarios (fichas, papel moneda como resguardo de depósito o certificado de deuda, cuentas corrientes, cheques, billetes de banco, transferencias, recibos, pagarés, letras de cambio), sistemas y medios de pago que permiten economizar el uso del dinero mercancía y minimizar sus problemas.

Las monedas estandarizadas permiten no tener que analizar y pesar metales preciosos en cada intercambio, sino que basta con contar unidades monetarias. Cada moneda suele llevar grabada alguna imagen o texto que indican la cantidad y pureza certificada de su contenido de metal precioso (oro, plata) recién producida y la identificación del acuñador o certificador. La acuñación ha mejorado históricamente de forma progresiva conforme avanzaban las tecnologías de manipulación de los metales preciosos, produciendo monedas más resistentes, fáciles de reconocer y difíciles de manipular. Los costes de acuñación son relativamente mayores para las monedas de menor valor, lo cual puede originar problemas de escasez de cambio.

El valor nominal coincide con el valor real en una moneda nueva adecuadamente certificada. Con el uso una moneda puede desgastarse, perdiendo contenido metálico y calidad: cierta abrasión por fricción es inevitable; además son posibles diversas manipulaciones deshonestas mediante las cuales se extrae intencionalmente metal precioso de una moneda (raspar, limar o sudar la moneda, recortar los bordes, esquilado). Las técnicas más primitivas de acuñación producen monedas con bordes irregulares: la acuñación del canto permite distinguir si se ha producido algún recorte. En una moneda dañada o alterada el valor nominal no se corresponde con el real, y la diferencia puede ser despreciable o apreciable en distinto grado, dificultando el funcionamiento del patrón monetario.

Puede surgir un conflicto en un intercambio negociado a un precio determinado si el comprador intenta entregar una moneda de mala calidad y el vendedor no la acepta por su valor nominal: entonces o el comprador entrega una moneda de calidad suficiente, o se renegocia el precio, o el intercambio no se produce. Cada comprador puede intentar deshacerse primero de sus monedas de peor calidad, y cada vendedor que acepta recibir una moneda imperfecta debe considerar la posibilidad de que la misma no sea a su vez aceptada por su valor nominal cuando quiera usarla para comprar a otros. La necesidad de vender (preferencia por la liquidez, soberanía del consumidor o comprador) puede llevar a los vendedores a aceptar monedas cada vez más deterioradas mientras que se atesoran las de mejor calidad: así las monedas más gastadas tienden a desgastarse aun más con el uso. Una moneda suficientemente deteriorada puede ocasionar tantos problemas en los intercambios que merece la pena asumir los costes de su reciclaje o reacuñación, en su misma forma o en otra diferente.

Es importante distinguir el buen dinero del que no lo es. Algunas personas pueden intentar producir falsificaciones de las unidades monetarias, objetos que se parecen mucho a las monedas auténticas pero sin su mismo contenido metálico. El oro y la plata son difíciles de falsificar, pero es posible producir monedas con aleaciones impuras o piezas cuyo interior sea diferente de su cubierta exterior. También es posible declarar un valor nominal mayor que el valor real. Los gobernantes a menudo incrementan sus ingresos mediante el envilecimiento de la moneda generalmente combinado con leyes de curso legal forzoso.

Tener el dinero encima implica un riesgo de amenazas y daños físicos por un ladrón violento; es posible esconder el dinero atesorado, pero esto dificulta su uso para intercambio y posibilita el hurto si es descubierto; el transporte de grandes cantidades de dinero implica altos costes de protección. Algunos agentes económicos (joyeros, cambistas, bancos) pueden especializarse en guardar el dinero de otros. Los certificados de las cantidades depositadas para su guardia y custodia pueden intercambiarse en lugar de las monedas, con el problema de que alguien debe asumir los costes de almacenamiento y protección.

Al tener guardado el dinero de muchas personas, un banco puede servir como un sistema de pagos centralizado: en lugar de intercambiarse dinero físico, una persona ordena a su banco que transfiera una cantidad de su cuenta a la del receptor (en el mismo banco o en otro diferente), o que le entregue esa cantidad de dinero físico al presentar algún justificante; la orden puede realizarse directamente por cada comprador a su banco, o mediante la entrega de un cheque del comprador al vendedor, o mediante la presentación previa de una factura o recibo por el vendedor al banco del comprador (debiendo éste aceptar el pago). Los cheques o recibos pueden resultar impagados si el pagador no dispone de fondos en su cuenta en el momento de su presentación a cobro. Los documentos pueden ser falsificados: algunos requieren algún tipo de firma o identificación, otros son impersonales (al portador, sin identificación) y tienen los mismos riesgos de robo que las monedas.

Algunos intercambios no se pagan al instante: son intercambios diferidos en los cuales el vendedor concede crédito al comprador y acepta una promesa de pago en el futuro más o menos próximo. Estas promesas de pago (por el deudor) o derechos de cobro (para el acreedor) pueden ser aceptadas por terceras personas, circular y dar origen al uso de la deuda como medio de pago o dinero.

Sobre las zonas comunes y el anarcocapitalismo

En el último comentario, me refería a la viabilidad teórica del anarco-capitalismo, y propuse como una posible causa para su inexistencia hasta el momento el hecho de ser un sistema caro, que precisaba para su implantación un nivel mínimo de riqueza que aún no se había alcanzado en la sociedad, pero que eventualmente se alcanzaría. En este contexto, el Estado no dejaba de ser la solución cutre y chapucera que se habían dado "espontáneamente" los individuos para solventar la defensa de los derechos de propiedad.

Por supuesto, la solución "Estado" presenta muchísimos problemas que padecemos continuamente en nuestras carnes. Y uno de los más importantes es que el Estado, por su propia naturaleza, contribuye a la destrucción de la riqueza, con lo que alarga el proceso de acumulación de la misma hasta el nivel necesario para una solución anarco-capitalista. La razón por la que el Estado destruye riqueza es porque acopia recursos contra la voluntad de los individuos, utilizándolos contra las preferencias de los mismos; al no ser intercambios voluntarios, no se puede presumir que ambas partes ganan (i. e., se genera riqueza), sino que una de ellas necesariamente pierde, no pudiendo determinarse si se genera o no riqueza con el intercambio por ser imposible la comparación de valores entre sujetos.

En el debate posterior, se expuso una serie de elementos que, según un proponente, el anarcocapitalismo se obstina en ignorar: grupo, zonas comunes, territorios. Por concretar aún más la cuestión, se preguntaba: "¿Es posible una ‘sociedad’ en la cual no haya zonas comunes, relaciones comunales, para que no se tengan que tomar decisiones comunales, comunitarias que afectan a las zonas, tierras, comunes o a las relaciones comunales, del Todos? ¿Es posible una ‘sociedad’ en la que habiendo zonas comunes, y por tanto métodos para gestionar esas zonas comunes, estableciendo un territorio en el cual dichas zonas comunes estén regidas por lo que el común, el Todos, impongan normas de comportamiento a Todos?". Para este proponente, la existencia del Estado es consecuencia de la existencia de zonas comunes y relaciones comunes, que opone a las relaciones privadas entre personas.

El punto de partida para tratar de contestar a estas cuestiones es la definición de "zona común". Sería la existencia de estas zonas comunes dentro del territorio ocupado por la sociedad la que haría necesarias relaciones y decisiones comunales. El Estado sería la forma en que la sociedad (Todos) se asegura de que Todos cumplen estas decisiones.

Entiendo que zona común sería aquella que es propiedad de todos los individuos del grupo, sin necesidad de hacer un acto consciente de apropiación. Si la zona común es propiedad de un cierto número de individuos, pero no de todos, serían ellos mismos los que se dotarían de organización para resolver el uso de la zona común que han adquirido de común acuerdo, y no sería necesaria la existencia de Estado.

Dentro de este caso se encontrarían, por ejemplo, las llamadas zonas comunes de las comunidades de vecinos, o los activos de las sociedades anónimas. Sin embargo, ninguno de estos casos de zona común resuelve sus problemas mediante una organización tipo Estado. Aunque es cierto que su gestión presenta en muchos casos problemas, derivados posiblemente de las normas que precisamente a tal efecto impone el Estado. Léase la normativa de propiedad horizontal o la Ley de Sociedades Anónimas.

Así pues, las únicas zonas comunes que requerirían relaciones comunales protegidas por un Estado son aquellas que son de todos. La cuestión pasa a ser: ¿es necesario que existan este tipo de zonas para que una sociedad se pueda organizar?

Para avanzar en la respuesta, tratemos de identificar zonas comunes concretas que existen en la actualidad: las calles, las carreteras, el alumbrado, el alcantarillado, los colegios públicos y hospitales públicos, los servicios de justicia, los cuarteles de la policía… Obsérvese que estas zonas comunes coinciden plenamente con los servicios que "presta" el Estado a los individuos. Surge inmediatamente la duda de si son "zonas comunes" y por eso las gestiona el Estado, o si son "zonas comunes" porque las gestiona el Estado.

Si este análisis lo estuviéramos haciendo hace 50 años, nos hubiéramos encontrado con que, por ejemplo, las redes de telecomunicaciones eran "zonas comunes" en la mayor parte de los países europeos. Visto desde la actualidad, parece una broma.

Pero centremos aún más el debate: llevémoslo a las calles (no literalmente, para eso ya están los revolucionarios). La calle es el paradigma de zona común: cualquier individuo puede salir de su casa, darse un paseo libremente y encontrarse con sus vecinos. Nadie en su sano juicio discutirá la existencia de las calles y su gestión comunal por parte de los Ayuntamientos.

Pero ¿es que acaso la calle es una zona intrínsecamente común? Lo cierto es que tampoco: todos conocemos casos de urbanizaciones privadas en que el acceso a sus calles está limitado a los propietarios de inmuebles en la misma. La gestión de estas calles privadas se hace de la forma que estos propietarios consideren, de la forma que libre y voluntariamente decidan en cada momento. Y al que no le guste, siempre tiene la opción de vender su propiedad (y su derecho sobre la calle) e irse a otro sitio.

Así pues, estamos donde estábamos. La habitación por parte de un grupo en un territorio no implica la existencia de zonas comunes (zonas de todos). Por tanto, la existencia de Estado no es intrínseca a la ocupación de un territorio por parte de un grupo. Más bien al contrario, parece que dichas zonas comunes son creadas por el Estado para justificar su existencia, de manera que el Estado tendería a incrementar el ámbito de dichas zonas comunes, lo que también podríamos llamar interés general.

En el anarco-capitalismo precisamente dejan de existir estas innecesarias y artificiales "zonas comunes". Todos los bienes tienen un propietario definido (o una comunidad de propietarios); y, justamente porque cada bien tiene un propietario, éste tiende a maximizar el valor de su propiedad mediante la gestión que considere óptima. En esas condiciones, lógicamente la riqueza del grupo, obtenida de la agregación de las riquezas de los individuos, se incrementa.

En la medida en que el modelo de sociedad se separa más del anarco-capitalismo, aparecen más "zonas comunes", que son de todos y de nadie, y que no se gestionan de forma óptima por sus gestores, puesto que no pueden apropiarse de su producto, al no ser suyo el recurso. Es lo que se conoce como la "tragedia de los comunes", y con la que todos estamos familiarizados.

Podemos cerrar este comentario respondiendo a las cuestiones planteadas a su principio: efectivamente, es posible una sociedad sin "zonas comunes de Todos", puesto que todas dichas zonas comunes podrían ser propiedad de un número definido de propietarios que las gestionaría para dar servicios a los demás individuos, si de esta forma incrementaran su valor. Y lo dicho entronca con la demostración aludida en el comentario del mes pasado de que todos los servicios públicos pueden ser prestados en el libre mercado.

Dejamos para otro análisis la siguiente pregunta que se planteó hace un mes: ¿y cómo suministraría el servicio de justicia el libre mercado?

¡Indignaos!… reclamando más Estado y menos libertad

La portada del panfleto facilón y demagogo de Hessel dice que es un "alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica". Parece ser que esta recopilación brillante de sofismas económicos y topicazos anticapitalistas va dirigida a los jóvenes, para invitarlos a desperezarse y a cambiar la indiferencia por una indignación activa. Habrá que entender indiferencia como todo aquello que no sea reclamar más intervención del Estado en nuestras vidas y en la economía.

En otro momento, ya he comentado la falta de honestidad de Hessel, típica del "buen intelectual", que consiste en criticar el sistema capitalista, pero aprovecharse de él al mismo tiempo. En el caso de Hessel, no duda en denostar al sistema capitalista y a los medios de comunicación, pero no ha dudado en utilizarlos para promocionar su producto. Incluso le ha puesto un precio (capitalista) a su panfletito. Y, sobre todo, no ha renunciado a las ganancias. Todo muy honesto.

Pero quizás lo peor del mini-documento de Hessel es lo que intenta transmitir a los jóvenes.

Primero, transmite la idea de que el Estado debe intervenir activamente en sus vidas para resolverles los posibles problemas que vayan teniendo en la vida. Es decir, que su vida, cuerpo y posesiones dependen de decisiones externas a él. Cuidados desde la cuna hasta la tumba. No hay que preocuparse de anticiparse al futuro porque ya estará la dulce mano del Estado para recogernos y acompañarnos.

Lo cual significa destruir toda iniciativa individual a favor de la iniciativa política; significa fomentar e institucionalizar el parasitismo, ya que los ciudadanos saben perfectamente que viven a costa de extraer renta a otros ciudadanos; y significa delegar sus responsabilidades vitales como son su salud, su futuro, su trabajo y su educación. Y esto no es más que sacar lo peor del ser humano. Eso es lo que comunica directa e indirectamente Hessel. Desde luego, eso no me parece que sea vivir una vida plena y responsable.

Otro nefasto efecto que tiene el panfleto fascista-comunista de Hessel para los jóvenes es que no les ayuda a comprender los fenómenos económico-políticos, lo que hará que tomen decisiones erróneas en el presente y futuro. Pongamos por ejemplo el sistema de pensiones público. Si alguien verdaderamente cree que este sistema es viable y necesario, actuará de forma muy distinta a alguien que entiende que este sistema es totalmente inviable por ser un sistema piramidal. El primero cree que percibirá una buena y segura jubilación cuando se retire laboralmente; el segundo sospecha que no recibirá nada. El primero no se preocupará demasiado en ahorrar e invertir en el presente para acumular y aumentar su riqueza de cara al futuro; el segundo se convertirá de inmediato en un ahorrador e inversor, consciente de que nadie le va a pagar su retiro. El primero no debe actuar con perspectiva a futuro; el segundo sí, y rápido. El primero es un funcionario y parásito; el segundo es un empresario y emprendedor. La diferencia entre uno y otro es abismal. Y sus futuros también lo serán.

Hessel, claro está, fomenta el primer caso. Desde luego, no creo que sea un modelo intelectual a seguir por los jóvenes. Y menos, en la situación de crisis actual.

Recursos naturales y Geografía, Instituciones y Desarrollo

Dentro de la corriente dominante en desarrollo económico, existe una creciente literatura que enfatiza la importancia de las instituciones en el desempeño económico, como ya comenté hablando de un trabajo reciente sobre las consecuencias de la Revolución Francesa.

Tras décadas en las que las instituciones (definidas grosso modo como reglas del juego o normas que regulan el comportamiento económico) apenas eran consideradas en la corriente ortodoxa, en la actualidad autores de la talla y el prestigio académico como Acemoglu, Rodrik y muchos otros las consideran como la causa fundamental de por qué unos países son ricos y otros son pobres. Pero surge otra pregunta: ¿por qué hay tanta diferencia en calidad institucional entre países? Una de las respuestas más aceptadas en la literatura es que distintas condiciones geográficas han podido afectar en un sentido u otro a las instituciones, las cuales han persistido desde tiempo atrás.

En este contexto general se sitúa el artículo "The Varieties of Resource Experience: Natural Resource Export Structures and the Political Economy of Economic Growth" de Isham et al., que pretende explicar el desempeño económico de un conjunto de 90 países en vías de desarrollo entre mediados de la década de 1950 y finales de los 90.

Lo que sucedió en este periodo, en media, fue un crecimiento por encima del 2% hasta prácticamente los años 80, seguido por una caída brusca que se extiende hasta el 85, para luego volver a crecer por encima del 2% a partir de 1995. El hecho estilizado al que prestan atención los autores es la notable divergencia en el desempeño de los distintos países dependiendo de cuál era su estructura exportadora. Se distinguen cuatro tipos de estructura exportadora: 1) manufacturera, 2) difusa (ganado y productos agrícolas), 3) ‘point source’ (combustibles, minerales, cosechas de plantación) y 4) especializadas en cacao y café. Desde 1974, la tasa de crecimiento media en los países exportadores de manufacturas fue del 4,58%, en contraste con la ridícula tasa para los países exportadores de recursos naturales, ligeramente superior al 0%.

Dados estos hechos (que no podemos olvidar que son contingentes a un periodo temporal y selección de países concretos), podemos preguntarnos: ¿cuáles son los mecanismos por los que la composición exportadora podría afectar al desempeño económico?, ¿se puede establecer que la calidad institucional es la pieza fundamental de estos mecanismos?

En la literatura sobre desarrollo económico es ampliamente conocida la ‘maldición de los recursos naturales’ (también llamada como ‘enfermedad holandesa’), que dice que los países ricos en recursos naturales tienden a tener peores resultados económicos, principalmente por su peor calidad institucional. Se han señalado diversos canales por los que sucede esto, que pueden clasificarse en tres: ‘rentier effect’, ‘delayed modernization’ y ‘entrenched inequality’.

El primero tiene que ver con los efectos negativos que se generan al tener el gobierno fácil acceso a recursos financieros sin necesidad de establecer un vínculo entre él y la sociedad a través de impuestos. El segundo sostiene que en países abundantes en recursos naturales las élites del poder se resistirán a la modernización e industrialización de la economía por miedo a perder su estatus privilegiado. Y el tercero, siguiendo la influyente tesis de Engerman y Sokoloff, se refiere al impacto de la composición exportadora sobre las estructuras sociales: cosechas como el trigo o el maíz propiciaron en Norteamérica una estructura de pequeñas granjas y derechos de propiedad sólidos, en contraste con las plantaciones de azúcar, café o cacao que generaron grandes plantaciones donde los derechos de propiedad eran débiles.

Así, según estos estudios, parece que diferentes tipos de dotaciones de recursos naturales tienen una importante influencia en el desarrollo económico a través de las instituciones. Países dependientes en recursos naturales de tipo ‘point source’ y de grandes plantaciones están predispuestos a grandes divisiones sociales y debilidad institucional. Esto afecta negativamente a la capacidad de los países para responder efectivamente a shocks, lo que reduce las tasas de crecimiento en el medio plazo, sostienen Isham et al.

A través de un indicador de estructuras exportadoras que construyen, realizan el análisis econométrico donde estiman dos ecuaciones: la primera trata de capturar el efecto de la estructura exportadora sobre variables institucionales, mientras que la segunda lo hace para ver cómo afectan estas variables institucionales al crecimiento económico.

Los resultados son consistentes con las hipótesis iniciales, es decir, países dependientes de recursos naturales de tipo ‘point source’ se correlacionan con instituciones de mucha peor calidad, en contraste con los países exportadores de manufacturas. Se muestra cómo una reducción de esta dependencia tendría un impacto muy importante sobre las tasas de crecimiento económico.

Otro resultado interesante es la correlación positiva entre la propensión exportadora de un país y su calidad institucional, lo que se puede explicar por qué los países más globalizados necesitan tener buenas características institucionales si quieren permanecer conectados en los mercados globales.

Las implicaciones para la política económica de los gobiernos y los organismos internacionales para favorecer el desarrollo no son nada fáciles ni obvias dado que la estructura exportadora que se origina de la dotación de recursos naturales no es una variable fácilmente controlable por el gobierno. Sin duda, una mayor transparencia y responsabilidad de los gobiernos podría dar buenos resultados, pero para países con baja calidad institucional puede ser muy difícil que los gobiernos se comprometan y cumplan estos compromisos.

Estas conclusiones ilustran lo complicado que puede llegar a ser que los gobiernos tengan un impacto efectivo y positivo sobre el desempeño económico debido a que éste en última instancia depende de condiciones institucionales que son difícilmente manipulables. Quizás el enfoque alternativo de poner el acento en qué políticas o qué cosas no deberían hacerse (primum nil nocere) pueda ser menos arriesgado y más efectivo en el largo plazo. El conocimiento de los economistas y científicos sociales es limitado, y las sociedades no son fácilmente maleables.

Para qué sirve la justicia y la ley

Hay una gran confusión de términos entre las palabras ley y justicia. Mucha gente lo toma como sinónimo cuando les separa un abismo. Algo similar ocurre con otras palabras grandilocuentes como libertad y democracia. La libertad es un fin, la democracia una herramienta —totalmente fallida— para legar a ese alto fin.

Los términos justicia y ley no son lo mismo. La justicia es un fin, mientras que la ley solo es una herramienta para llegar ella. De hecho, puede haber justicia sin ley. Muchas sociedades creadas en la América colonial, como la de los cuáqueros o puritanos (ver Justice without Law?), convivían en un sistema de justicia sin ley que les trajo gran prosperidad comercial y seguridad hasta que intervino el Gobierno. Pese a tal distinción, el vocablo "ley" se ha confundido y ha tomado más importancia que el de "justicia" trasgrediendo los límites de su definición.

Para cualquier liberal, los medios para llegar a la justicia han de ser de mínimos. Si estos medios crecen más allá de sus fronteras legítimas, invaden la libertad individual convirtiendo la sociedad en estado policial y confiscatorio. Evidentemente ha ocurrido, ¿por qué? Por el crecimiento del pensamiento colectivista, ya le queramos llamar socialista, conservador, nacionalista o religioso. Mientras que la justicia solo pretende que una comunidad con disputas y la violencia; la ley ha querido crear "un mundo mejor" y "más justo". Si alguien pretende hacer un mundo más justo, significa que yo soy un encaje de su sueño y muy probablemente me quiera imponer algo financiándolo con mi dinero. La legitimidad moral que se esconde tras está agresión y robo es porque el "nosotros" es más importante que el "yo".

La UE quiere hacer un mundo mejor por ley, y por eso prohibió el uso de plantas medicinales que durante miles de años han funcionado. En realidad no tiene nada que ver con el bien común, ha sido la presión de las farmacéuticas que así hacen más amplio su monopolio. Leire Pajín quiere un mundo más justo también y por eso pretende prohibir los chistes de homosexuales. (Otra vez, es pagar favores al lobby que le llevó al poder). Los grupos conservadores también quieren un "mundo mejor" usando la ley para meterse en el cuerpo de las persones prohibiendo la eutanasia, el aborto o alimentando el más destructivo de los sectores colectivistas: el de la guerra y seguridad nacional. El terrorismo legalizado.

El uso de ley por parte del colectivismo nos obliga a implicarnos en la sociedad, incluso en el mundo, más allá de lo que nosotros deseamos. El resultado es un mundo perfecto lleno de horrores. La ley ha servido como instrumento para conseguir la injusticia. El hombre se acaba volviendo el esclavo de políticos, gobernantes, lobbies, sindicatos, grupos religiosos e ideológicos. Todo el mundo decide sobre el individuo menos él.

La justicia ha de ser gestionada por la sociedad civil, no por monopolios coactivos. La ley es la mejor arma del tirano para dirigir la sociedad y economía a su antojo. Nuestra vida, libertad y propiedad no es para uso de tiranos ni está a disposición de locos sueños colectivistas. Tal vorágine dictatorial lleva al caos social y económico. Piense en el desastre de las pensiones públicas donde pagamos la vejez de alguien que no conocemos mediante la fuerza sin que ni siquiera nos pregunten. Tal sistema solo ha traído la destrucción del ahorro personal a largo plazo. Antes cuando alguien llegaba a viejo, lo hacía con dinero. Ahora llegamos a viejos con una pensión que no nos permite llegar ni a mitad de mes.

Una sociedad liberal es la que carece de leyes. No pretende hacer un mundo mejor con extorsiones. Solo pretende que cada miembro respete la vida, propiedad y libertad de los otros. La única arma para conseguir una sociedad mejor ha de ser la persuasión, no la prohibición.

Una sociedad liberal consigue, a su vez, la seguridad por medio de empresas privadas (ver los casos de The Privatization of Police in America), y las herramientas del mercado, como alarmas, vallas, armas. La estabilidad jurídico–comercial se consigue con el arbitraje. Y miles de personas interactuando entre ellas pueden hacer un mundo mucho mejor que una oligarquía en el Poder con la única legitimidad de una pistola en la sien. Es decir, de la ley.

Antisemitismo, un odio elitista

(Este texto complementa y es continuación del publicado en el Instituto Juan de Mariana el pasado 13 de abril: Antisemitismo un odio profundamente antiliberal).

El Informe Sobre Antisemitismo en España 2010 (en referencia al cual tratamos hace un mes de explicar los orígenes profundamente antiliberales de la judeofobia) refleja que un 58,4% de los encuestados opina que "los judíos tienen mucho poder porque controlan la economía y los medios de comunicación". Este prejuicio se dispara entre los universitarios, donde es defendido por un 62,2%, y entre aquellos que afirman "tener interés en la política". El presidente de la Federación de Comunidades Judías de España en el momento el que se presentó el estudio, Jacobo Israel Garzón, destacó que "los más antisemitas son supuestamente los más formados e informados", lo que le resulta "preocupante".

Aunque este dato sea digno de generar preocupación (como cualquier otro que muestre la extensión de un odio hacia las personas que forman parte de un grupo por el mero hecho de estar incluidas en él), no debería resultar sorprendente.

Como explicamos en el anterior texto sobre el antisemitismo como odio antiliberal:

La xenofobia, el racismo, la homofobia, la crisitianofobia, la islamofobia y otros sentimientos similares tienen en común el hecho de que quien las siente no valora a cada persona como objeto del odio como un ser individualizado. Al contrario. Tan sólo importa de ella la pertenencia a un grupo, y se le atribuye toda una serie de características personales por el hecho de formar parte de ese "colectivo" al que se percibe como un "todo" homogéneo, nocivo y, en ocasiones, hostil.

Esa incapacidad de valorar a cada persona de forma individualizada (aunque después sea cada miembro del grupo el que recibe el odio y las posibles acciones derivadas de ese sentimiento negativo) ya convierte a estos sentimientos en algo profundamente antiliberal. Pero hay algo que aumenta esta característica en mayor grado en varios de ellos, como el racismo, la xenofobia y la judeofobia. El objeto del odio es percibido como un competidor en el mercado laboral o en el intento de obtener recursos del Estado como subsidios o "ayudas sociales" de diferente tipo. Se le culpa, de manera errónea, de los propios problemas.

Así, el racismo y la xenofobia suelen estar extendidos especialmente entre los sectores de la sociedad con menores recursos económicos, aunque después pueda extenderse hacia el resto de los habitantes del lugar. Esto se debe a que los extranjeros (aunque no son lo mismo, racismo y xenofobia suelen ir en buena medida unidos) suelen ocupar puestos de trabajo que requieren una menor cualificación y, por tanto, están peor pagados. Además, al quedarse muchos de ellos dentro de los sectores de población con menos recursos, suelen acudir como el resto de los ciudadanos en una situación similar a intentar obtener recursos estatales como becas o vivienda protegida.

La judeofobia tiene, en muchas ocasiones, en común con el racismo y la xenofobia que se desarrolla como una reacción ante la competencia de los miembros de un grupo que son percibidos como "diferente". Sin embargo, y a diferencia de los otros casos, surge dentro de sectores sociales con un mayor nivel cultural y profesional (aunque, también aquí, pueda extenderse a otras capas de población). Esto se debe a que los prejuicios hacia los judíos suelen atribuirles características que serían consideradas positivas si no fueran considerados como "elementos hostiles". Mientras el racista y el xenófobo suelen considerar al objeto de su odio como "vago", "sucio", "inculto" y similares, el antisemita (y muchos que no lo son) suele pensar que los hebreos son "inteligentes", "cultos" o "hábiles para las finanzas y los negocios".

Así, quien se siente "amenazado" por su "competencia" no es el obrero de la construcción o el mozo de almacén. Al contrario, quien le percibe como un riesgo para sus propios intereses suele ser un profesor universitario, un médico, un abogado, un alto cargo de empresa (o quien aspira a llegar a serlo algún día) o un periodista. En definitiva, quien se sitúa dentro de los grupos profesionales en los que se requiere una mayor cualificación y nivel culturales. En definitiva, lo que algunos definirían como "élites" sociales. Unas "élites" que además suelten tener una mayor capacidad de difundir sus prejuicios al resto de la población.

Hay otra diferencia también muy importante. Mientras el racismo y la xenofobia surgen en contextos sociales en los que hay un alto índice de población extranjera o de diversos orígenes éticos, para que se desarrolle la judeofobia no es necesaria una presencia importante de hebreos. Al contrario, en muchos lugares se da el antisemitismo sin judíos. El porqué de esto es más difícil de explicar, y daría para otros textos más largos. En cualquier caso, también está relacionado con esa doble característica del antisemitismo como un odio profundamente antiliberal y elitista.

La errática política monetaria: Introducción

El dinero fiduciario no sólo genera innúmeros problemas para la estabilidad y la prosperidad de ahorradores y tenedores de moneda. Aunque pueda parecer paradójico, también añade numerosas dificultades a la labor de su emisor, los bancos centrales. Y es que estos institutos de crédito, una vez suspendida la convertibilidad de sus pasivos con respecto a sus reservas de oro, se vuelven absolutamente ciegos a la hora de gestionar el dinero fiduciario.

Exactamente, ¿cuál debe ser el criterio a seguir a la hora de determinar lo que se ha conocido como “política monetaria”? Como analizaremos próximamente, el asunto era relativamente sencillo y obvio cuando debían mantener la convertibilidad de sus pasivos con el oro: debían hacer lo posible para no poner en peligro esa convertibilidad. Mas, abandonado éste, ¿por qué deben preocuparse? ¿Qué variables son las que deben determinar sus niveles de endeudamiento o la cantidad y calidad de sus activos?

En los meses venideros dedicaremos diversos artículos a analizar los distintos criterios que se han ido propugnando para guiar la actuación de los banqueros centrales, si bien, grosso modo, ya podemos anticipar que se dividirán en dos grandes grupos: aquellos criterios que concentran su atención en minimizar el envilecimiento del dinero fiduciario (buscando estabilizar algún objetivo de nivel general de precios, de masa monetaria o de tipo de cambio) y aquellas que intentan influir en la actividad económica (dirigiendo su atención al nivel de desempleo, la evolución del PIB nominal, los tipos de interés). Asimismo encontraremos otras que, como la regla de Taylor o el sostenimiento del sistema bancario, combinan el mandato dual de preservar el valor de la moneda e impulsar la actividad económica.

Al concluir la serie comprobaremos que no existe ninguna guía infalible para la actuación de los bancos centrales en un sistema de dinero fiduciario y que, por tanto, la política monetaria, lejos de tener un carácter científico, no es más que pura superstición económica. Demostraremos que sólo la obligación de convertir las deudas del banco central en un activo que sea enormemente líquido –como es el caso del oro– permite garantizar un sistema monetario y crediticio sano que no distorsione de manera negativa ni al valor de los medios de pago ni a la actividad productiva. Pero eso será en los siguientes artículos.

Una errónea Segunda Transición hacia la cleptocracia

Los españoles estamos asistiendo a un proceso de cambio institucional que se está realizando de espaldas a los ciudadanos, aprovechando las fisuras normativas que presenta la Constitución Española de 1978 para imponer a los ciudadanos una hoja de ruta de "ingeniería social", con una prepotencia y una inmoralidad que permiten catalogar al régimen que padecemos de partitocracia.

Una errónea Primera Transición hacia la partitocracia

La primera transición se realizó por medio de un proceso constituyente que desembocó en el texto constitucional que fue aprobado por los ciudadanos en referéndum el 6 de diciembre de 1978. Los "padres" de la democracia negociaron durante meses para integrar a la mayoría de partidos en un régimen democrático multipartidista. Sin embargo, se produjeron excesivas concesiones a los partidos minoritarios de ideología independentista, razón principal por la cual el Título VIII se aprobó sin que se fijasen competencias bien definidas, fijas y estables, entre el Estado central (art. 149 CE y art.150 CE) y el Estado autonómico (art. 148 CE).

Adicionalmente, el "consenso" no instauró un sistema electoral que asegurase un Gobierno de España fuerte (art. 99 CE) y un Parlamento (art. 68 CE) independiente y, por otro lado, tampoco se preocupó de garantizar la independencia del poder judicial (art. 122 CE) dotando al país de elecciones de jueces o, simplemente, de un Tribunal Superior (art. 123 CE) en donde pudiesen actuar jueces con carrera profesional brillante y carácter vitalicio, lo que, desgraciadamente, no sucede en el tribunal político que denominamos Tribunal Constitucional (art.159 CE).

Si a lo anterior sumamos la carencia de financiación transparente y de democracia interna en los partidos políticos, es fácil comprender las razones principales por las cuales puede calificarse la primera transición de erróneamente guiada hacia una partitocracia. Desde luego, ha proporcionado 30 años de desarrollo económico, gracias principalmente a la incorporación al mercado común europeo y a la acción humana de millones de españoles trabajando con amplias libertades civiles respeto de la dictadura.

Sin embargo, lejos de ser complacientes, debemos observar cómo muchos de los errores constituyentes han permitido la degeneración de la democracia, formándose una casta político-judicial que ha instaurado una partitocracia con el poder político repartido en clanes regionales "autonómicos" que reparten prebendas públicas entre los ciudadanos, organizaciones y empresarios locales, con múltiples casos de corrupción y prevaricación que desprestigian las instituciones y aíslan los partidos políticos, frente a una mayoría de ciudadanos de bien.

Una errónea segunda transición hacia la cleptocracia

Pues bien, ya analizamos cómo la degeneración institucional evoluciona desde una partitocracia hacia la cleptocracia que, en el caso de España, se produce con una constante centrifugación del poder hacia clanes regionales autonómicos. Y este proceso de involución podría ser la principal razón que podría estar impulsando la realización de un segundo proceso de cambio institucional que ha roto el contrato institucional, aprobado en referéndum el 6 de diciembre de 1978 por una amplia mayoría de los españoles, porque ataca el espíritu de la ley base del ordenamiento jurídico español y prescribe la validez de los principales artículos de la Constitución.

De hecho, el Tribunal Constitucional actúa como un tribunal político que está proporcionando la cobertura "legal" a un proceso de cambio institucional que pretende realizar una segunda transición, gradual y errónea, hacia un estado confederal, con integración del terrorismo en las instituciones, con desvertebración territorial, legislativa y presupuestaria y, en definitiva, con constante enfrentamiento futuro entre las regiones.

Hoja de ruta "errónea"

Y resulta elocuente comprobar el silencio de muchos medios de comunicación ante las protestas ciudadanas, actuando como cómplices del Gobierno en su estrategia de ningunear las voces discrepantes.

Tal y como hemos explicado [1][2][3][4], existen alternativas para racionalizar el sistema autonómico y frenar el secesionismo sin necesidad de recurrir a pactos inmorales con delincuentes terroristas.

Según ha avanzado en repetidas ocasiones el ex-Ministro de Interior, el proceso de "ingeniería social" que pretende imponer el irresponsable Presidente, D. José Luis Rodríguez Zapatero, conduce España hacia un camino de servidumbre al nacionalismo separatista. Permítanme que esboce la probable hoja de ruta del proceso de negociación y rendición frente al nacionalismo separatista que parece contar con los siguientes hitos:

Con el listado de hitos anterior no pretendo reflejar la verdad absoluta sobre un proceso de negociación con el secesionismo. Sí pretendo que el lector visualice el alcance del problema que debemos enfrentar los ciudadanos de bien en España para analizar lo errado de un proceso de negociación con el nacionalismo separatista.

En primer lugar, intentar integrar al terrorismo en una sociedad libre significa no entender la naturaleza psicopática de los terroristas y sus secuaces y, por tanto, no comprender el desafío que suponen las ideologías totalitarias ya que, para sobrevivir intelectualmente, necesitan recurrir a la dominación política de la sociedad mediante la coacción y la violencia sobre los ciudadanos que piensan diferente.

La delincuencia terrorista se combate eficientemente con persecución policial, financiera y jurídica y con cumplimiento íntegro de las penas. Nunca con erróneas negociaciones ni con concesiones políticas que sólo proporcionan justificaciones para que intenten nuevamente la consecución de sus fines políticos mediante la aplicación de más terror en determinados territorios gobernados por políticos susceptibles de arrodillarse y rendirse ante los violentos.

En segundo lugar, intentar reformar una Constitución sin el consenso de la mayoría de la población, que se obtiene vía referéndum, significa no entender cómo funciona una sociedad civilizada, entendida como un orden extenso, abierto y complejo de cooperación humana.

Por ello, muchos ciudadanos de bien consideramos que los objetivos de la errónea segunda transición están diametralmente alejados de los valores morales y la organización territorial de un Estado moderno que arraigan instituciones que permiten una convivencia pacífica entre regiones y ciudadanos.

Invalidación constituyente

Deseo más que nadie que no se cumpla la hoja de ruta que he esbozado, dado que los errores en el marco institucional de un país se pagan caro, cuando las autoridades y la sociedad civil no saben actuar a tiempo, con honestidad, valores morales y sentido de Estado, con inteligencia y una estrategia constitucional a largo plazo.

En el año 1978, la primera transición se realizó con una ratificación legal de los ciudadanos y se buscaba la integración de un amplio espectro político a cualquier precio, pero ya contenía errores de bulto porque se realizó sin tener en cuenta la importancia de ciertas instituciones para el desarrollo de una sociedad abierta.

Y, ahora en la segunda década del siglo XXI, estamos asistiendo al deleznable espectáculo de una errónea segunda transición que se realiza sin contar con la opinión de los votantes –que pagan con sus impuestos los salarios y las prebendas de la casta político-judicial—, por lo que queda invalidada constitucionalmente al no recurrir al Título X que especifica cómo proceder legalmente con una reforma constitucional.

Lo que es más grave, la errónea Segunda Transición se desarrolla contrariamente al espíritu constituyente de la primera transición, empleando un tribunal controlado por políticos para otorgar una pátina de "legalidad" a un espuria hoja de ruta –diseñada para transformar España en una confederación de autonomías que operan como "Reinos de Taifas"—, mediante sentencias que no gozan de los principios judiciales de la independencia o de la imparcialidad, puesto que los miembros del Tribunal Constitucional han sido elegidos por los mismos políticos cuyas leyes y actos administrativos deben enjuiciar.

Punto de inflexión institucional

El paso dado por el Tribunal Constitucional, permitiendo la presencia de la coalición Bildu (*) en las elecciones municipales, muestra claramente cómo la apuesta de la casta político-judicial es un órdago que no se retirará salvo que exista una crisis institucional con miles de ciudadanos en la calle reclamando, un día sí y al otro también, tanto memoria, dignidad y justicia con las víctimas del terrorismo como respeto estricto por el espíritu constitucional de convivencia pacífica ratificado el 6 de diciembre de 1978.

Lo impresentable jurídicamente es que un tribunal político invalide la sentencia de ilegalización de Bildu por el Tribunal Supremo (**) con el pobre argumento de la "insuficiente entidad" de las pruebas presentadas contra ellos, entrando a valorar nuevamente las pruebas ya aceptadas por expertos juristas profesionales, y cuando se presentaron hasta nueve documentos de ETA y formaciones de la coalición, intervenciones telefónicas a miembros de Herri Batasuna, cartas o declaraciones judiciales.

La sentencia del Tribunal Constitucional es como si la Corte Suprema de los Estados Unidos de América ofreciese cobertura "legal" a las organizaciones y mezquitas afines al extremismo islámico de Osama Bin Laden y su organización terrorista Al Qaeda para que presentasen candidaturas a las elecciones locales, integradas por testaferros de los terroristas, con el objetivo de lograr el poder en municipios y condados desde donde promover el hijadismo, la fragmentación y el odio a los EE.UU.

Nuevamente, veremos cómo aquellas instituciones locales que controlen los testaferros del entramado terrorista de ETA, seguirán otorgando fondos a las organizaciones afines y continuarán amenazando ciudadanos, extorsionando empresarios y arrinconando socialmente a aquellos que, sin ser abiertamente separatistas, pretendan seguir viviendo en municipios intervenidos por el separatismo radical y asesino de ETA.  

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