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Izquierda y derecha

¿Qué es la izquierda y qué es la derecha? Esta pregunta se ha intentado responder muchas veces, y si no se ha llegado a una formulación única y sin ambigüedades será, quizás, porque esa dicotomía no lo permite. Pero sí se puede plantear una serie de diferencias entre ambas corrientes que permiten explicar muchas actitudes que consideramos propias de uno u otro signo.

La izquierda es la corriente que quiere someter la sociedad a un ideal formulado por medio de la razón. La derecha es la oposición a esas pretensiones. En ese sentido, acaso también en otros, la izquierda es esencialmente positiva mientras que la derecha es, sobre todo, una fuerza negativa, de reacción frente a las pretensiones izquierdistas. En este sentido, la derecha es reaccionaria.

La izquierda ve la sociedad como algo moldeable; es decir, ve posible la implantación de sus objetivos. Mientras, la derecha ve la sociedad como un conjunto de usos e instituciones que, sencillamente, son así. La izquierda cree poder llegar a comprender todo el mecanismo del funcionamiento social y de su cambio a lo largo de la historia. La derecha no cree que se pueda llegar tan lejos. La izquierda tiende a ser historicista en el sentido de poder descubrir leyes que explican la evolución histórica, mientras que la derecha ve la historia más como una sucesión, no perfectamente discernible, de hechos particulares pero con una continuidad institucional. La derecha cree poder llegar a una cierta comprensión de la historia, pero nunca de un modo absoluto.

La izquierda ve al hombre como perfectible. Es lógico, pues la sociedad está compuesta por hombres y si busca un cambio social tendrá que comenzar por cambiarlos a ellos. De ella surge el mito del hombre nuevo y la adoración por la juventud como encarnación de un nuevo futuro que plasmará sus ideales. La izquierda busca cambiarlo. Primero, por medio de la educación y luego, por los medios de comunicación y la propaganda. La derecha ve al hombre como reo de una eterna naturaleza humana. No busca cambiarlo; lo acepta como es, con sus virtudes y defectos. Pretende mejorar a las personas concretas mediante su sometimiento a normas morales.

Para la derecha la educación es un instrumento para la transmisión de la cultura heredada, y cada generación, un eslabón de una cadena que no debemos romper. Nosotros tenemos el deber de aprender y transmitir nuestra civilización porque lo que somos está definido por ella. Para la izquierda la civilización es un conjunto de conocimientos, normas e instituciones aprovechables pero esencialmente opresores y contrarios al cambio necesario hacia la sociedad perfecta. La izquierda, aunque tenga la pretensión de ser hegemónica, es esencialmente contracultural en el sentido más estricto del término.

La izquierda identifica problemas y ofrece soluciones. Son soluciones de una vez, pues en cuanto se implantan curan a la sociedad de sus males, claramente identificados por ella. La derecha no ve tantos problemas, tiende a aceptar la sociedad como es y ve en ella más virtudes que defectos. Las instituciones tradicionales son, para la izquierda, usos que no están sometidos a una lógica y por tanto son susceptibles de ser sustituidos por otros más racionales. Pues además son arbitrarios. Para la derecha esas instituciones tradicionales tienen un sentido, aunque no siempre lo podamos identificar. No son arbitrarias, por tanto, y su remoción o su cambio brusco pueden producir más males que bienes. La izquierda es impaciente. La derecha es conformista. La izquierda mira al futuro. La derecha mira al pasado.

La izquierda, que tiene muy claro a qué objetivo quiere llegar y se entusiasma con la sociedad ideal, no entiende la oposición de la derecha. Cree que la derecha, como ella, ve la posibilidad de una sociedad ideal, y la explicación que encuentra en su oposición es que tiene intereses contrarios a ese objetivo. Cree que la derecha ataca sus derechos futuros, y también los presentes en la medida en que éstos han sido conquistados. La derecha, por su parte, ve los esfuerzos de la izquierda como una subversión del orden establecido y un ataque a sus derechos presentes, que surgen del pasado.

La izquierda busca un cambio radical en la sociedad y ve al Estado como el instrumento idóneo para lograrlo. La derecha ve al Estado como una institución más de la sociedad y quiere someterlo, como todo lo demás, a las servidumbres tradicionales, al respeto del resto de las instituciones, a las normas de la moral.

La religión es contraria a la razón; es un conjunto de creencias y usos que sostienen la sociedad tradicional, y como tal es un elemento que hay que suprimir a ojos de la izquierda. En la visión de la derecha, es una Verdad revelada, que está más allá de la comprensión humana, y es un pilar básico de la civilización.

La izquierda adora a la humanidad pero aborrece a la gente. Todos sus esfuerzos están encaminados a la emancipación de la sociedad y a la consecución de una humanidad ideal, mientras que las personas concretas están contaminadas por la vieja sociedad y en ocasiones se oponen a sus planes. Llegan al exterminio de clases enteras o como poco de grupos sociales resistentes a sus planes. La derecha aprecia a la gente pero aborrece a la humanidad. La gente como aquellas comunidades entrelazadas por normas comunes inveteradas y que le dan a cada persona una sensación de pertenencia. Aborrece a la humanidad en el sentido de que desconfía o no aprecia a aquellas personas que no forman parte de esa comunidad natural con la que se identifica.

El intelectual cae fácilmente embriagado por la posibilidad de concebir una sociedad ideal y de conducir ese cambio hablándole al oído al gobernante. La derecha no es necesariamente anti intelectual, pero sí desconfía de esos intelectuales que creen dar con la solución a los problemas sociales. La derecha venera a los héroes, porque encarnan los valores que desea para cada uno.

¿Dónde entronca aquí el liberalismo? Quizás debiéramos plantearnos qué es el liberalismo para dar una respuesta completa, pero acaso no haga tanta falta. El liberalismo forma parte de la derecha en cuanto cree que hay una naturaleza humana fija y cree, también, que existe una armonía natural en la sociedad. En este sentido comprende gran parte de las instituciones existentes y las defiende, pues éstas son la plasmación histórica de esa naturaleza humana. Por tal vía, el liberalismo está en la derecha.

Pero el liberalismo busca la comprensión de la sociedad por vías racionales. Y aunque reconoce que no puede comprender todo el mecanismo social, sí identifica un conjunto de regularidades que le llevan a dos conclusiones: Por un lado, identifica todas las consecuencias negativas del uso de la fuerza coactiva y, por otro, a medida que va identificando al Estado como el mayor causante de la ruptura de la armonía natural, va emergiendo el retrato de una sociedad ideal que es describible en términos racionales. Incluso puede ser revolucionario e impaciente en la búsqueda de la plasmación de ese ideal social. Esto le acerca a la izquierda, aunque sus diferencias con ella son insalvables.

Fukushima, el “apocalipsis” que nunca fue

El pasado 11 de marzo Japón sufrió un devastador terremoto seguido de un gran tsunami, dejando tras de sí miles de muertos y desaparecidos. Una tragedia histórica que, sin embargo, fue olvidada casi de inmediato en la mayoría de los medios europeos tras el estallido de la crisis nuclear de Fukushima. El pánico atómico se apoderó de portadas y telediarios alertando, una y otra vez, del riesgo de asistir a un nuevo Chernobyl. El desastre natural que causó el accidente quedó, pues, en un segundo plano. Fukushima se convirtió en el único centro de atención, hasta tal punto que el accidente fue calificado de "apocalipsis" por las autoridades comunitarias.

Dos meses después, el número de víctimas mortales causadas directamente por Fukushima asciende a dos, como resultado de la explosión inicial que sufrió la planta. Sin duda, un "apocalipsis" de gran magnitud. Este caso ha vuelto a poner de relieve la superchería y el vil maniqueísmo que rodea a todo lo que huela a nuclear. Y es que este tipo de energía, aparte de limpia, es la más segura. Algo tan usual y aparentemente inocuo como el carbón mata a más gente que la energía nuclear, tal y como atestiguaba Bill Gates recientemente.

Así es. Los datos históricos muestran que la energía nuclear es, con mucha diferencia, la más segura a día de hoy en comparación con el resto. Para comprobarlo es necesario comparar el número de muertes en función de la producción de energía. En concreto, organismos científicos como la World Nuclear Association, The Paul Scherrer Institute (PSI) o el Proyecto ExternE de la Comisión Europea utilizan la ratio de muertes por Teravatio hora producido (TWh) a fin de analizar la seguridad real de cada fuente energética.

Y el resultado salta a la vista. La nuclear, que produce el 5,9% de la energía mundial, tan sólo ha causado 0,04 muertes por TWh, muy inferior a las defunciones asociadas a la energía hidroeléctrica, situada en 1,4 por TWh si se incluyen los más de 170.000 muertos que provocó el colapso de la presa china de Banqiao a mediados de los 70.

De hecho, el desarrollo de energía solar y eólica provoca más muertes que la temida energía nuclear. La solar, que apenas produce el 0,1% de la energía mundial, registra una ratio de 0,44 muertes por TWh producido, casi 10 veces más que la fuente atómica, mientras que en el caso de la eólica la ratio desciende hasta 0,15.

Las defunciones causadas por estas fuentes renovables se deben, sobre todo, a los accidentes producidos en la instalación de placas solares –por ejemplo, en los tejados de las casas– así como en la construcción de los aerogeneradores (de gran altura).

Sin embargo, la energía con mayor índice de mortalidad es, de lejos, el carbón. Y no sólo por los habituales derrumbamientos y explosiones en las minas sino, más bien, como resultado de la contaminación atmosférica que generan sus partículas. Así, la ratio de defunciones en el caso del carbón alcanza un promedio de 161 muertes por cada TWh a nivel mundial (15 en EEUU, 25 en la UE y 278 en China).

La Organización Mundial de la Salud estima que la contaminación que generan las partículas de carbón causa cerca de 1 millón de muertes al año. El carbón genera aproximadamente 6.200 TWh. De este modo, la ratio de mortalidad se sitúa en 161.

En este campo destaca, además, otro dato poco conocido: los residuos que producen las plantas térmicas son en realidad más radiactivos que los generados por sus homólogos nucleares. De hecho, la ceniza que emiten las centrales que queman carbón crea 100 veces más radiación en el ambiente circundante que una planta nuclear que produce la misma cantidad de energía.

Pese a todo, gran parte del mundo tan sólo guardará en sus retinas el desastre nuclear de Fukushima, el "apocalipsis" que nunca fue, dejando así en el olvido a los miles de muertos que enterró la furia de la Madre Tierra.

La trampa democrática

Casi 35 millones de españoles estamos llamados a las urnas el próximo 22 de mayo en lo que la corrección política de licenciados en periodismo moldeado por las universidades estatales ha llamado en denominar "fiesta de la democracia". Una fiesta en la que se sacrifican nuestras libertades para el disfrute de los socialistas de todos los partidos y que pagamos los de siempre, los contribuyentes.

No debe llamarnos la atención que entre las tres formas puras de gobierno establecidas por Aristóteles se encontrara el gobierno de muchos que degeneraba en demagogia cuando dejaba de buscar el bien común. Los griegos ya lo pesaron casi todo antes y mejor de lo que nosotros podamos añadir ahora, pero lo que ya se sabía entonces parece haberse olvidado hoy.

El argumento cuantitativo no es ni debería ser el hecho que define lo que se conoce como "democracia", elevando un simple mecanismo de selección de élites a la categoría de sistema político en el que la aritmética es la única regla que valida el ordenamiento jurídico por el que nos regimos. La separación de poderes y un sistema de pesos y contrapesos que mantienen en equilibrio todo el sistema frenando los excesos sin convertirse en un lastre son una parte tan fundamental de una "democracia" como el conteo de votos.

De lo contrario, el mercado político se convierte en campo abonado para el socialismo de todos los partidos, que pugnan por el voto de una ciudadanía dependiente de las prebendas que estos ofrecen. Al iniciar este camino cuesta abajo, el crecimiento del Estado se vuelve incontenible y, prácticamente, irreversible, la red clientelar sustituye los esfuerzos y méritos individuales para convertir la iniciativa emprendedora en sujeto paciente a la espera de las concesiones distribuidas por los gobiernos. El propio sistema se cierra sobre sí mismo y a ningún partido ni a ninguno de los ciudadanos-beneficiarios les interesa poner coto a esa escalada, pues el coste aparece diluido entre toda la sociedad donde la ausencia de precios libres nos impide valorarlo en su dimensión real. Los políticos pasan a ser la casta que controla los mecanismos de poder mientras que los ciudadanos son receptores de renta, ya sea en forma de estudiantes eternos, pensionistas que nunca cotizaron, padres que tienen hijos u organizaciones subvencionadas de todo tipo. En mayor o menor medida, a ninguno le interesa parar la vorágine de explotación del contribuyente pues todos aspiran a beneficiarse de forma que el saldo de lo que aportan les resulte favorable, aunque jamás lo podrán llegar a comprobar.

Nuestro sistema constitucional está viciado en origen al tratarse de una carta otorgada por la clase política en la que se da forma al Estado y de éste surgen todos los derechos y deberes que los ciudadanos deben aceptar. De esta forma es el Estado el que controla a los ciudadanos y no al revés, que como hombres libres pactan una Constitución que defina y limite un poder político que tendrá como deber sagrado respetar los derechos previos de aquella comunidad reunida.

Un sistema que se justifica por sí mismo, que se autolegitima sin apelar a un cierre exterior o anterior, es maleable y corrupto en su propia esencia. Es, en definitiva, el mal del que adolece el sistema jurídico kelseniano sobre el que se levantan nuestras leyes. Si el Derecho se justifica en el Derecho, resolver la constitucionalidad y adecuación de las normas se limita a una simple cuestión formal, que aunque importante, permite trastocar la ley desde la ley vulnerando el espíritu de la misma hasta convertir todas las garantías constitucionales que nos protegen en un mero armazón inoperante. Ley que los políticos pueden saltarse siempre y cuando adecuen los atropellos formalmente, es decir, cumpliendo simplemente los procedimientos, aunque la letra y sus efectos sobre nuestras vidas sean aberrantes.

Esta doble trampa de nuestro nos atrapa en la vorágine de un sistema aparentemente legítimo pero cuestionable, sin dejar margen al necesario control que limite el poder político.

El Scottish National Party: entre el populismo y la independencia

En 1997, bajo los auspicios del recién llegado Nuevo Laborismo, Escocia recuperaba su parlamento a través de la reforma constitucional más importante efectuada en Reino Unido durante el siglo XX. El Scotland Act de 1998 tenía como objetivo acercar el gobierno de Escocia a los escoceses, nunca sentar las bases para la independencia. Asimismo, los primeros procesos electorales celebrados para elegir a las autoridades de la nueva institución no alteraron en lo substancial el mapa político británico, si bien el Labour Party debió formar gobiernos de coalición con los liberales en 1999 y 2003.

Este escenario comenzó a variar en las elecciones de 2007, con el triunfo por la mínima del SNP, esto es, del nacionalismo que apuesta por la independencia. Fue un hecho sorpresivo y para muchos puntual, es decir, la creencia generalizada fue que en los siguientes comicios (2011) todo volvería a la "normalidad", con una nueva victoria del Scottish Labour Party. Las encuestas de los primeros meses de este año así lo reflejaban. Sin embargo, el vuelco dado a las mismas por el SNP ha sido brutal.

En efecto, el nacionalismo ha pasado de estar incluso 12 puntos abajo a lograr la mayoría absoluta, hecho este último sin precedentes en la (breve) historia electoral escocesa y que, evidentemente, tendrá consecuencias en el corto plazo. ¿A qué se ha debido?

Hay un cúmulo de factores concatenados que lo explican. En primer lugar, el Partido Conservador ha visto cómo su ya de por sí precaria situación en Escocia se veía influida negativamente por las medidas económicas impopulares, pero necesarias, que han introducido en el gobierno británico. Dicho con otras palabras, los escoceses, de un modo cortoplacista, no han tolerado los recortes sociales.

Consecuentemente, se ha mantenido el distanciamiento entre conservadores y escoceses iniciado con Margaret Thatcher por motivos económicos y acentuado durante el mandato de John Major, si bien en este segundo caso tuvieron mayor peso los argumentos de tipo constitucional (sintetizados en la oposición del Primer Ministro a que Escocia tuviera su propio Parlamento).

Sin embargo, no sólo los tories han visto cómo los resultados no acompañaban a las expectativas. Sus socios de coalición, los Liberales-demócratas, han sufrido un batacazo enorme, con 13 escaños perdidos, lo que a su vez ha mostrado quién era el socio fuerte y el socio débil en la coalición gubernamental. En genérico, se abren dos opciones a partir de este momento para los liberales: bien romper el acuerdo de gobierno con Cameron (lo que sería un comportamiento infantil), bien seguir formando parte de la misma, aceptando su rol de junior partner, y buscar lo mejor para el conjunto del país.

¿Y el Labour Party? Más de lo mismo. Ha pagado muy caro utilizar Escocia como "conejillo de indias" con vistas a retornar al poder en Reino Unido. Ed Miliband sigue sin encontrar su sitio y los pésimos resultados logrados en Escocia han sido el primer aviso recibido, pues no olvidemos que era uno de los bastiones tradicionales de su formación.

Todo ello ha dejado el terreno abonado para que Alex Salmond, líder del SNP, haya practicado el mayor de los populismos posibles, en ocasiones de forma muy agresiva, presentándose ante el electorado escocés como el salvador y reparador de sus problemas. Sin enfatizar tanto como en ocasiones previas "la independencia", pues sabe que es impopular, sí que ha hablado de crear puestos de trabajo, de impulsar energías limpias, de relanzar la agricultura o de un rancio pacifismo basado esencialmente en dejar a Escocia desprovista de capacidades de defensa…

En esta estrategia ha gastado cuantiosos recursos en una campaña donde no ha escatimado medios para, en el fondo, mostrar unas recetas muy parecidas a las de la izquierda laborista. Así, para diferenciarse de ésta, ha añadido el típico alegato pro-independencia, aunque de forma dosificada.

El resultado ha sido la mayoría absoluta. A partir de ahora tiene que cumplir sus promesas. La primera reacción ha sido abstracta: solicitar más competencias del gobierno central, lo que implica modificar el estatus constitucional de Reino Unido. La batalla centro-periferia está servida para los próximos años.

Justicia o venganza: la vulnerabilidad de los grandes

En 1759, Adam Smith afirmaba en su Teoría de los Sentimientos Morales que "no hay mayor tortura para el ser humano que el resentimiento violento que no puede ser satisfecho".

La semana pasada fuerzas militares de los Estados Unidos, siguiendo las órdenes del su Presidente, mataron al terrorista más buscado de la década: Osama Bin Laden.

Las circunstancias particulares del acontecimiento: una operación ultra secreta en la vivienda del terrorista en la ciudad paquistaní de Abbottabad, delante de una de sus hijas, junto a su mujer y otro hijo, y el hecho de que el terrorista estuviera desarmado, no parecen sugerir al público norteamericano que algo no cuadra en todo esto.

Más bien al contrario, al saber la noticia corrieron a la zona cero de Nueva York, donde el terrorista perpetró uno de los atentados más crueles de nuestro tiempo, y el único en territorio estadounidense, para regocijarse coreando las siglas "USA", como muestra de la gran verdad mencionada en las primeras líneas, escrita siglos atrás por el filósofo escocés.

El problema es bajo qué etiqueta archivamos la muerte de Bin Laden. Por lo que he leído hasta ahora, la mayoría justifica que la ley de los Estados Unidos prescribe que es legal torturar fuera del territorio de los Estados Unidos, y es legal abatir a tiros a un criminal no armado fuera del territorio de los Estados Unidos, y explican por qué matar a Bin Laden no tiene nada de ilegal. Pero creo que hay que ir más allá de eso. Para quienes estamos en contra de la pena de muerte, la cosa está clara. Si todo el mundo merece un juicio justo y la posibilidad de defenderse, tal vez el mayor terrorista de la historia estadounidense también. ¿O no?

La excusa de que se trata de un acto de guerra y que en esas circunstancias ya se sabe, primero se dispara y luego se pregunta, no es nada convincente. Una guerra es un conflicto armado entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación según nos dice el diccionario. No hay una guerra contra el terrorismo. Hay una lucha contra esa lacra, contra un grupo armado que pretende manipular un país mediante el terror. Eso no es una guerra.

No es difícil imaginar qué sintieron los familiares de los miles de muertos en el atentado del 11-S, no es imposible empatizar con los millones de estadounidenses que se alegraron de la muerte de Osama Bin Laden. Pero, o nos importa el cómo además del qué, o nos igualamos a los otros. En mi opinión, lo que dice la ley estadounidense confirma que nos encontramos ante un acto de terrorismo de Estado. Y no me parece justificable. Probablemente habría sido más humillante un juicio justo, una condena a muerte (aunque ya he dejado clara mi postura al respecto). Tampoco ayuda que sospechosamente tiraran el cadáver al mar. No tiene sentido. Como no aumenta la credibilidad que justifiquen el abatir a un hombre desarmado argumentando que no se rindió, o que daba la impresión de que su mujer iba a coger un arma. ¿Por qué no mataron solamente a la mujer? Pero ese no es todo el análisis que se puede hacer del tema, y al fin y al cabo mi opinión no es más que eso, una opinión.

La venganza, individual o colectiva, muestra la imposibilidad del individuo de aceptar el dolor de sentirse vulnerable y, así, ante un acto de violencia contra él, necesita devolverlo para recuperar seguridad en su capacidad de autoprotegerse. La justicia, que es una construcción humana, es la canalización civilizada de ese sentimiento moral, de esa necesidad de venganza social. Y, precisamente, fue Adam Smith quien escribió en la obra anteriormente mencionada que la justicia no tiene por objeto reparar a la víctima, que suele ser imposible, sino absorber la natural indignación popular que se traduce en devolver el daño. De esta forma, los estadounidenses, que ven su ciudadanía atacada en su propia casa, no pueden sino salir a la calle a gritarle al mundo que siguen siendo los más capaces de vengarse, y que si no manchan la moqueta, es hasta legal. De lo que nadie puede convencerme es de que el asesinato de Bin Laden es parte del fin de Al Qaeda, en este caso, muerto el perro no se acabó la rabia. Más bien lo que se espera es una reacción.

Será interesante seguir por las redes sociales qué dicen los imanes en la oración de hoy viernes para tomar el pulso de la cuestión, si se manifiesta resignación, alivio, rabia o sed de venganza. Más venganza.

El uso mercenario de las encuestas políticas

La amplitud de la base demográfica de las sociedades modernas, unida al desarrollo de la rama estadística de las Matemáticas, dedicada específicamente al tratamiento sociológico, ha hecho posible el cada vez mayor uso de la técnica de las encuestas para conocer los estados de opinión subjetivos de los ciudadanos.

La complejidad social implica que cada vez mayor número de personas y grupos de ellas dependen de las decisiones de otras personas, es decir, estableciendo una analogía con el teorema matemático de Cantor, existen muchas más clases de elementos que elementos. El incremento de la población en una sociedad supone el aumento más que lineal de su complejidad, es decir, de su interactividad. Es por eso que se precisa, para toda acción social grupal, es decir, para la acción de aquellos grupos e instituciones cuyos objetivos y recursos dependen de las decisiones de otros individuos, del conocimiento de las intenciones y opiniones subjetivas de cada individuo. Tales intenciones, en cuanto se convierten en acciones que afectan a otros, pasan del ámbito de la subjetividad al de intersubjetivo, o, dicho de otra forma, de lo objetivo en términos sociales.

Es por eso que existen individuos, grupos e instituciones que, dependiendo de las acciones de otros, necesiten conocer la intención de los individuos antes de que ésta se convierta en acción. El peor de los problemas se produce en el caso de los políticos cuando quieren sondear la voluntad de los futuros votantes, no tanto para conocerla como para orientarla. Es lo que, por ejemplo, sucede en Asturias estos días en torno a la candidatura de Álvarez Cascos y su partido Foro Asturias. La magnitud de los intereses en juego está llevando a los grupos de poder regional, aquellos amenazados por su más que probable triunfo electoral, a presentar auténticas joyas de la manipulación.

El mecanismo por el que esto es en sí una manipulación se basa en que, una vez publicada esa encuesta, puede actuar como elemento de influencia sobre la opinión de muchas personas una vez leídos los resultados. La existencia de un mecanismo de decantación de la opinión basado en la actitud de los demás hacia cierto tema es determinante. La mayoría de las personas suele, en condiciones generales, seguir la tendencia mayoritaria y recelar de lo marginal.

Por ello, los aspectos éticos de los procesos han de ser tenidos en cuenta y a ellos debe aplicársele algunos criterios elementales:

  1. Correcto diseño científico de la encuesta. El objetivo es lograr la máxima fiabilidad y correspondencia entre las preferencias reales y las manifestadas.
  2. Correcta redacción de las preguntas para evitar equívocos relativos a su comprensión y a su efecto emocional.
  3. Honestidad en el tratamiento de la encuesta. Dado que no es posible evitar que el que la contrata lo haga al margen de sus propios intereses, es importante que las empresas demoscópicas expresen la existencia de una determinada encuesta, salgan o no a la luz sus resultados.

La “Enmienda del Ladrillo”, ¿socialista y liberal?

Sabemos por la teoría austriaca del ciclo que la expansión crediticia desaforada, promovida en última instancia por los bancos centrales, da lugar siempre a inversiones masivas fallidas. En el caso español, el estallido de la burbuja del sector promotor y de la construcción ha puesto patas arriba toda nuestra economía, se ha llevado por delante millones empleos y ha dejado tocado buena parte del sistema financiero patrio tras la ingesta obligada de éste de activos basura a resultas de dicha juerga inversora.

Hasta aquí, lo más sobresaliente, pero el dinero barato tiene muchas otras repercusiones. Una de ellas fue la anómala diversificación de carteras de las empresas constructoras durante los felices años del boom. Dos casos paradigmáticos fueron la incursión de ACS en la eléctrica Iberdrola (inicialmente con el 12,6% de sus acciones) y la de Sacyr Vallehermoso en la petrolera Repsol (que adquirió el 20% de sus acciones). Bien relacionados con el poder, desembarcaron en el sector energético en operaciones fuertemente apalancadas con escaso sentido industrial. Con el tiempo, estos nuevos accionistas han ido reclamando más poder en la junta general de dichas compañías.

Sin embargo, se toparon con una anacrónica e insalvable limitación de los derechos de voto recogida en los estatutos sociales de sus empresas parcialmente adquiridas que les impedía designar a su gente de confianza en los puestos gerenciales claves. En los dos casos que nos ocupan, se prohíbe ejercer más del 10% de los derechos políticos de un mismo accionista, aunque tenga mayor participación. Ante este impasse, el lobby constructor, cuando se ha visto seco en su liquidez, ha empezado a trabajarse al poder político de forma discreta.

El propósito que históricamente animó al legislador a dar luz verde a este tipo de blindaje estatuario se justificó por la existencia de un presunto interés nacional en proteger ciertas empresas pertenecientes a sectores considerados estratégicos (uno empieza a estar cansado de oír arrebatos patriótico-mercantilistas de este jaez. Las empresas dan o no buen servicio a la clientela y punto; no debería importar, por tanto, el ADN de sus accionistas).

Otro argumento de más peso fue que dicho blindaje obligaba a incrementar el precio de la opa para la toma del control de una empresa cotizada con el fin de proteger los intereses de los accionistas minoritarios. No obstante, tras la reforma de la ley de opas de hace unos años, los minoritarios están razonablemente protegidos. No se sostiene ya dar excesivo poder a los gestores con la excusa de estar aquéllos indefensos. Las opas hostiles lo son generalmente para el equipo directivo de la empresa opada, no para sus accionistas.

La realidad es que las limitaciones de voto dificultan la entrada de terceros en el capital social de una empresa y lo único que refuerzan actualmente es el dominio y el control de los administradores sobre las juntas de accionistas y, por extensión, sobre el proceso de la toma de decisiones de una compañía. Perpetúan el poder de los ejecutivos e impiden que propietarios alternativos puedan imponer una nueva gestión más eficiente o, al menos, más acorde con sus legítimos intereses.

A diferencia de lo sucedido con las golden shares, la UE renunció en 2004 a regular en la Directiva de opas el asunto de la limitación de los derechos de voto de las empresas. Fiel al principio de subsidiariedad, dejó que cada país miembro legislase a su buen entender. La mayoría optó por mantener estos blindajes anti opa, como era de esperar.

Por el contrario, el grupo del PSOE en el Congreso, al constatar que muchos afectados por el Código Unificado de Buen Gobierno de las sociedades cotizadas de 2006 se pasaban por el arco del triunfo la recomendación de evitar dichos blindajes, decidió por sorpresa enmendar de forma chapucera el año pasado la Ley de Auditoría de Cuentas y la de Sociedades Anónimas (hoy refundida en la de Sociedades de Capital) para prohibir expresamente a partir del próximo 1 de julio de 2011 la limitación del número máximo de votos que puede emitir un mismo accionista en las sociedades cotizadas. Se acabó de forma fulminante en nuestro ordenamiento con uno de los mecanismos más usuales desde 1951 para impedir operaciones de toma de control a la chita callando de estas empresas con accionariado disperso o carente de socios mayoritarios. Además, pareciera como si nuestro gobierno se hubiese vuelto el más liberal en esta materia al "desblindarlas", sin exigir en contrapartida la regla de la reciprocidad en los demás ordenamientos ni en los estatutos de las sociedades extranjeras que lancen una opa sobre nuestros campeones empresariales.

El apoltronamiento de los gestores de algunas empresas del Ibex frente a los dueños del capital tiene irremediablemente sus días contados. Por una vez, y sin que sirva de precedente, los socialistas han legislado a favor de la esencia de los derechos de propiedad de uno de los pilares básicos de la economía de mercado (las sociedades anónimas) al hacer respetar la proporcionalidad entre el porcentaje de capital que se posea y el derecho a participar en la gestión. Muy probablemente se espolearán operaciones ahora inhibidas por su falta de interés y contribuya a una mejor formación de los precios en bolsa.

Lástima que esto no haya sido en absoluto la intención del grupo socialista. La enmienda anti-blindajes (que, por cierto, tuvo nulo coste electoral al aprobarse como ley) ha obedecido más bien a un precipitado intento por socorrer a empresas del ladrillo amigas y, de paso, a la banca que las financió generosamente. De esta manera, se pone en valor las participaciones de aquéllas y, así, se les facilita el hacer frente a los próximos vencimientos de su abultada deuda. Todo va a quedar arreglado entre compinches.

En materia de derechos de propiedad, cuando los socialistos aciertan lo hacen por motivos ajenos a los que hubiesen sido lógicos y deseables. De verdad, no tienen remedio.

La imparcial

Durante el programa "Los Desayunos" de TVE, la secretaria General del Partido Popular, Dolores de Cospedal, y la presentadora del mismo, Ana Pastor, tuvieron un breve pero agrio debate sobre la imparcialidad de RTVE y la profesionalidad de sus trabajadores.

Respondiendo a una pregunta sobre una supuesta campaña del PP en contra de la entidad pública, Cospedal aseguró que ésta no mantenía una línea imparcial en el área informativa. Ana Pastor replicó a la política preguntando que dónde existía ese tipo de televisión pública que sirviera de modelo, refiriéndose aparentemente a las televisiones públicas autonómicas de Comunidades gobernadas por el PP, a lo que Cospedal respondió que una televisión pública, pagada con el dinero de todos, no puede ser subjetiva y parcial y que entendía que esto podía enfadar a sus dirigentes. Pastor, aparentemente molesta, respondió que también a sus profesionales y así se convertía durante unos instantes en juez y parte del debate, y no en moderador.

La polémica siguió. Primero, sobre si lo dicho por la presentadora era representativo de la posición de todos los profesionales, luego, sobre el hecho de qué tipo de dirección se había creado, si una dirección política o profesional, que el PP también había ayudado a crearla y que, según los premios y valoraciones, esta RTVE era la más libre de todos los tiempos, incluyendo la que hubo con algunos gobiernos socialistas.

Al día siguiente un nuevo debate surgió entre la vicesecretaria de Organización, Ana Mato y el presentador de RNE, Juan Ramón Lucas. Para Mato, las televisiones públicas no debían estar ni dirigidas ni teledirigidas por un Gobierno que abusaba de su posición: hay noticias, como los ERE de Andalucía, que no tenían presencia relevante en la televisión pública nacional. Lucas, más agresivo que su compañera televisiva, preguntaba sobre la parcialidad cuando gobernaba el PP, sólo consiguiendo reforzar los argumentos de la popular. Lo novedoso en este caso era que, según Mato, el PP, una vez en el poder, estaba dispuesto a cambiar la ley y privatizar todas las televisiones autonómicas. Sobre RTVE no se manifestó. Sería un paso revolucionario, ya que en ocho años de gobierno popular no se hizo nada en este sentido. En todo estos debates llama la atención que todo gire en torno a cuándo y cómo fue la televisión pública menos parcial, reconociéndose así de facto que sí que son parciales.

La naturaleza objetiva de la entidad pública estaba para los populares, en entredicho y para algunos de los presentadores estrella y los máximos dirigentes de RTVE, la profesionalidad de sus trabajadores.

Ya sean públicas o privadas, la objetividad y la imparcialidad son quimeras que nos han vendido muy bien los políticos y, en algunos casos, los empresarios. Nosotros, sujetos, tenemos valoraciones subjetivas, nuestras percepciones están limitadas, nuestros valores morales determinan lo que está bien y lo que está mal. Como mucho, se puede pedir honestidad a la hora de transmitir esa visión subjetiva. De la misma manera, que un programa traiga varias opiniones o posiciones tampoco lo convierte en objetivo, pues pueden dejarse fuera otras que alguien puede considerar esenciales o dar tiempos distintos a cada una de ellas, interrumpiendo en ciertos momentos clave, etc. Ser imparcial puede ser posible en situaciones simples, pero no en aquellos casos donde como en la política hay demasiados intereses. Pero es que ser parcial y subjetivo no es un pecado, es humano y puede que una estrategia empresarial perfectamente aceptable.

La supuesta profesionalidad de los trabajadores tampoco es un tema importante en el fondo del asunto. Hay sacerdotes que son grandes profesionales y consiguen no sólo dar paz a sus feligreses, sino que convertir a quien no lo es. De la misma manera, hay asesinos que, como grandes profesionales, han matado sin que nadie les haya atrapado. La profesionalidad no dice nada de la naturaleza de la empresa, de su idoneidad o la necesidad de que exista, sino del desempeño de una labor. Cuando Juan Ramón Lucas se defiende de Ana Mato diciendo que la única consigna que le han dado desde la dirección ante la campaña electoral del 22 de mayo era independencia, quería decir que nadie le iba a decir lo que tenía que decir, pero si los gestores hacen bien su trabajo, no tienen que hacerlo ya que los "profesionales" elegidos sabrán cuáles son los contenidos que deben ser potenciados y cuáles no. Bastaría con contratar a un periodista honesto de izquierdas (o de derechas) para que los contenidos de izquierdas (o de derechas) tomen protagonismo sin que necesariamente ese profesional decida manipular. Qué no se podrá hacer si el elegido no es honesto y sí un hábil manipulador.

Lo que está en entredicho es la naturaleza pública de estas televisiones, si una televisión pública subjetiva y parcial, porque no puede ser otra cosa, es moralmente aceptable. Si una televisión pública que depende del poder político y que se pone al servicio del partido, de la ideología o del gobierno de turno, que apuesta por unos contenidos ideológicos o gubernamentales, puede ser pagada con el dinero de todos.

Cuando se empezaron a fundar las primeras empresas televisivas en el mundo, en España había una dictadura, la de Francisco Franco y la televisión que se creó lo hizo al servicio del poder, para educar en los principios morales y políticos de la época o, al menos, para no maleducar. El problema es que en democracia el modelo de televisión pública es básicamente el mismo, fiel al poder, en este caso con un fuerte componente ideológico progresista y con un control que, pese a depender de todos los partidos, en la práctica es sólo del partido en el poder.

Las televisiones autonómicas copian el sistema nacional y la consecuencia es un conjunto de entidades que en mayor o menor medida son herramientas de poder para los políticos. Existe sin embargo una novedad, actualmente la producción de ciertos programas en algunas televisiones públicas se ha dejado en manos de productoras privadas, pero que hacen las veces de excelentes comisarios en cuanto al sesgo de los contenidos. Un ejemplo más de cómo la alianza entre el Estado y las Empresas es tremendamente negativo para el ciudadano y el contribuyente.

Pero es que, además, el sistema público de televisiones nos sale carísimo. Las televisiones públicas presentan unas pérdidas que no aguantaría ninguna empresa privada sin quebrar: el conjunto de entes televisivos públicos de España acumula al año cerca de mil millones de euros de pérdidas, a los que hay que añadir unos 600 millones de euros más en concepto de subvenciones del Gobierno Central o de los autonómicos. Son empresas deficitarias, que si existen es porque el poder político así lo quiere. No hay ninguna razón para mantenerlas, las opciones que tiene hoy el ciudadano para estar informado o entretenido son múltiples y con contenidos muy variados gracias a las nuevas tecnologías.

Extraña el anuncio de Ana Mato de proceder a privatizar las televisiones autonómicas, no porque no sea una medida muy positiva sino porque no sé si considerarlo creíble. ¿Es una opinión personal, está recogida en las propuestas del PP o es una promesa electoralista a olvidar tras las elecciones? ¿Existen empresarios dispuestos a hacerse con entidades tremendamente endeudadas si no reciben algún tipo de ventaja? ¿Podemos pensar que las pujas por estas televisiones serán libres o los ganadores serán ciertos empresarios de éxito, controlando posteriormente de forma indirecta los contenidos a través de condiciones que no tienen que ver con la libertad de empresa?

La unificación del Poder

EL Poder único tiene dos formas: personal e impersonal. La primera forma, en su estricto desarrollo, tiende a la segunda o cede ante ella. La monarquía absoluta genera su propia burocracia, como cualquier poder extenso que multiplica sus facultades a medida que complica el ejercicio de las mismas. Las organizaciones, sean o no políticas, públicas o privadas, acaban burocratizándose (Mises), momento en el que comienza su decadencia. El Estado representa la segunda forma, la impersonal, y surge a su vez de dos factores: la necesidad organizativa del poder extenso (y expansivo), y la convergencia de intereses particulares, ya sean estos políticos, morales o económicos, que acaban definiendo la naturaleza de este tipo singular de organización. La forma del Poder plural es la República, entendida como cúmulo de poderes públicos coordinados y contrapesados, en relación federativa entre sí, y en interdependencia con otros poderes particulares que pueden o no terminar adoptando la categoría de contrapoderes institucionalizados.

La unificación del Poder exige que tanto el poder político como el económico se fundan bajo una misma organización sin que esto suponga necesariamente la centralización de la dirección empresarial o la colectivización de la propiedad de los bienes (principalmente los de orden superior), sino que se expresa en las distintas versiones intervencionistas (Mises). Sin embargo, el proceso integrador al que tienden las grandes organizaciones originalmente competitivas o sometidas a un régimen de propiedad plural y Derecho común tiene en lo económico un límite insuperable (Coase), mientras que en lo político, puede darse la existencia de varias voluntades no dispuestas a dicha integración por motivos que exceden un análisis praxeológico (Mises) o cataláctico (Hayek). 

A consecuencia de la técnica moderna, las organizaciones tienden a desarrollarse, unirse y a aumentar su campo de acción. La consecuencia inevitable es que el Estado político debe aumentar incesantemente sus funciones económicas o abdicar parcialmente a favor de grandes empresas privadas suficientemente poderosas para desafiarle o fiscalizarle. Si el Estado no exige la supremacía sobre esas empresas, se convierte en su muñeco y ellas se convierten en el verdadero Estado. De un modo o de otro, dondequiera que existe la técnica moderna deben ser unificados el poder económico y el político.

B. Russell. El Poder. Un nuevo análisis social.

Esta lección posee un fondo de verdad que, no obstante, parece no ser coherente con las teorías que el autor maneja sobre el Poder (muy consistentes y completas).

Sólo el estatismo genera las condiciones para que el Poder político, en su versión extensa, tienda a unificar el resto de órdenes bajo su halo homogenizador (D. Negro). Russell asume que la única forma de Poder viable en el mundo industrial es el ilimitado, o Estado, descartando por completo la República. El anarquismo soluciona la cuestión eliminando de su razonamiento todos los órdenes que no sean el estrictamente económico, pudiendo así dar aparente verosimilitud a unas teorías claramente desconectadas de los rasgos inteligibles propios de los fenómenos que trata de explicar. En ambos casos se produce idéntico error intelectual: considerar el Poder como una fuerza que no se halla también sujeta a las vicisitudes y contingencias del proceso social, sean estas de tipo moral, jurídico, político o económico. Es decir, en ambos casos se realiza un análisis parcial de los fenómenos sociales, lo que conduce al fracaso explicativo de sus teorías.

El Poder social (distinto del poder físico), en cualquiera de sus versiones, se manifiesta como una fuerza fundamental que afecta a la coordinación de intereses y el consenso civil básico que a su vez posibilita la convivencia. Sin embargo, queda sometido a otras muchas fuerzas que impiden esa tendencia agregadora que inspira el ideal estatista. El Hombre es un ser moral, que se comporta también de un modo jurídico, y que participa de intercambios motivados por sus valoraciones subjetivas. El tipo de conocimiento relevante que hace posible la coordinación de intereses particulares y su satisfacción impone una grave limitación a la concentración del dominio económico, haciendo irrelevante semejante temor en la consideración de la acuciante necesidad de compensar en lo político la temida aparición de un poder extenso en el ámbito estrictamente mercantil. De igual modo, tampoco es cierto que el poder moral, o el poder religioso, puedan alcanzar la uniformidad, poniendo a disposición de una estructura de dominación organizativa la facultad de provocar el cambio social en una dirección concreta sin que este hecho experimente crisis, revoluciones y una constante tendencia a la disgregación, la novación y la singularidad.

El estudio del Poder no debe verse condicionado por el mito de la unificación, se entienda esta desde la perspectiva estatista o desde la que podemos denominar anarquista. La primera hace deseable, o al menos preferible, que el poder se unifique en torno a lo político. El anarquismo elimina por completo la fuerza que representa el Poder social, prescindiendo de sus todas sus formas, con excepción de la económica (idealizada al margen de sus inevitables extensiones políticas), en su versión capitalista o, exceptuando el poder moral, en su versión estrictamente comunista.

El estatismo es ingenuo al pensar que cabe uniformizar dando primacía a lo político, domando así las otras tendencias bajo el mito de la integración del individuo en lo público organizado, hallando un justo equilibrio entre el interés común y los intereses intensamente particulares. El anarquismo peca de idéntica ingenuidad partiendo como parte de la misma concepción que tiene el estatismo sobre el poder, todo ello en su objetivo de resolver la paradoja social mediante la eliminación abstracta de la inevitabilidad del Poder social en todas sus expresiones, salvo en lo que considera sometido a fuerzas suficientes como para limitarlo: la competencia, el mercado y la propiedad privada (versión anarco-capitalista).

La alternativa a todo esto es el esfuerzo por estudiar y comprender el Poder expresado en sus distintas formas, identificando la unificación, desde cualquiera de ellas, como un artificio que se sostiene gracias a la anulación del propio proceso social, total o parcialmente, en alguno o en todos los órdenes que lo componen (D.Negro). El Poder social, sea éste privado o público, asistemático o institucional, es limitado mientras que el poder desnudo del absolutismo no logre adquirir la condición de tradicional (Russell). Esta actitud permite explorar las distintas posibilidades históricas o aquellas que quepan imaginar y poner en práctica por el Hombre, en el sentido de potenciar el carácter plural del Poder, aislarlo en sus distintas expresiones (moral, político, jurídico, económico, intelectual…), dentro de un proceso dinámico y competitivo que se adapte a la naturaleza misma del orden social, frente a la ciega confianza en la capacidad humana para organizar la sociedad de manera centralizada y a través de mandatos de contenido suficiente.

De cabras, ardillas, gallinas y nazis

Que todo nacionalista lleva dentro un SS es algo evidente. El tema de la pureza racial es sin duda una de sus obsesiones, y, aunque en algunos casos parecen anteponer el idioma al fenotipo, como cuando el histórico dirigente peneuvista Xavier Arzallus hace algunos años manifestó preferir a un negro que hablase euskera que a un vasco puro que lo desconociese… (aunque no aclaró para qué exactamente lo prefería…), la obsesión racial siempre está presente.

Así, en sus orígenes todos los movimientos nacionalistas han buscado una afirmación racial, unos orígenes arios, celtas, árabes o directamente cromagnon. Han tirado de grupos sanguíneos, medido narices, palpado cráneos…Desde Sabino Arana a Adolf Hitler el impulso eugenésico ha sido una constante para cualquier movimiento étnico- patrio-nacionalista.

Pero hoy en día, la selección racial humana, la definición de "herrenvolks" puros, libres de "untermensch", charnegos o maketos está más complicada. Realmente, las sociedades occidentales están tan mezcladas que para cualquier nacionalista se complica el poder definir unos patrones raciales exclusivos en los cuales no se quede fuera algún conocido, familiar, compañero de partido o futbolista del equipo de sus amores (aunque el Athletic de Bilbao con su política de fichajes exclusivos de vascos, muy lograda desde el punto de vista racial, pero no tanto desde el punto de vista deportivo, sea una excepción en este último punto).

¿Y qué han hecho? Pues buscar un campo en el cual poder dar rienda suelta a su imaginario racial, a su pulsión eugenésica.

Así la obsesión por las razas puras, por la selección racial, se ha desplazado sobre los animales, cada vez más humanizados para bien o para mal, buscando, seleccionando e inventando razas "puras" que encajasen dentro del imaginario nacionalista y, a la vez, señalando especies o variedades como extranjeras que erradicar.

Y, si bien en algunos casos la erradicación de especies alóctonas como los conejos europeos en Australia (…y los colonos blancos, añadirían los aborígenes) puede ser justificado por problemas ecológicos que se transforman en problemas económicos, en otros casos, destila un tufillo xenófobo inconfundible.

Así, en Inglaterra, toda una campaña nacional, con cebos envenenados, con trampas, con escopetas, se ha puesto en marcha para erradicar a la ardilla gris americana, que desde su introducción en los años treinta ha desplazado a la nativa ardilla roja…básicamente por ser más fuerte, más resistente a las enfermedades, más adaptable y mucho más simpática con la gente, es decir, por ser mejor ardilla, como comentaba un periódico yankee….

Pero, por supuesto, es en nuestro país donde estas campañas de limpieza étnica animal han alcanzado cumbres delirantes, como la normativa del gobierno vasco para mantener la pureza de una supuesta y ancestral gallina euskaldún, unas Leyes de Nuremberg, con plumas, en las cuales prácticamente solo han tenido que cambiar la palabra "judío" por "gallina española"…

Lógicamente, en Cataluña no se podían quedar atrás y, después de toda una campaña identitaria basada en el burro catalán, ahora, para alegría del nacionalismo, han descubierto, nada más y nada menos, en el Montseny un rebaño de cabras ¡de pura raza catalana!, no contaminadas por sangre charnega.

Ante semejante tesoro étnico-pecuario, del cual el payés propietario no era consciente, pues pensaba que simplemente eran cabras no identitarias, una asociación, Slow Food, que reivindica la vida lenta, se ha hecho con algunos ejemplares para fomentar la recuperación de dicha estirpe… Hasta aquí bien, es su problema…

Pero como siempre, estas cuestiones raciales e identitarias tienen un trasfondo económico. Así, un rebaño de cabras que a duras penas era rentable para su propietario y que, de hecho, debía ser muy poco productivo, como demuestra su escasez, pasa a ser un activo a subvencionar…

Y seguro que estará al caer una ayudita del Govern, que convertirá a dichas cabras en un negocio saneado… Aunque, eso sí, para considerarse merecedoras de dichas ayudas, deberán pasar un proceso de inmersión lingüística que sustituya el "meeeé" tradicional acabado en acento agudo castellano con el que se comunican con otras cabras del resto de la península por un "meeeè" acabado en acento grave, más acorde con su catalanidad….

Pues eso, que se empieza por seleccionar cabras, ardillas o gallinas por motivos étnicos, y se acaba seleccionando a personas. No olvidemos que un tal Henrich Himmler empezó de avicultor…