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El oro, superior a sus alternativas metalicas

En los tres artículos anteriores explicamos cuáles debían ser las propiedades del dinero, por qué el oro las cumplía mejor que ningún otro material y por qué otros bienes económicos tenían defectos que los convertían en malas alternativas al oro.

En general, la mayor parte de los defectos de los bienes estudiados tenían que ver con su compleja atesorabilidad y desatesorabilidad, lo que, en principio, parece que puede solucionarse recurriendo a los metales, componentes químicos que son duraderos y transformables. Sin embargo, también el oro supera como dinero al resto de sus compañeros metálicos:

  • Hierro: Aunque fue utilizado en la Antigüedad como moneda (por ejemplo en Esparta hasta la Guerra del Peloponeso), debido a su resistencia y durabilidad, el hierro es una forma de dinero bastante mala. Cantillon ya señalaba que "no dejaría de servir como moneda a falta de objetos mejores", pero constataba que el fuego "lo consume" y que "tratándose con vinagre se deterioraba su calidad". Precisamente, las monedas espartanas de hierro estaban corroídas con vinagre para evitar que fueran fundidas para usos no monetarios, dando lugar a una galopante inflación. Además, es el cuarto elemento más abundante sobre la superficie terrestre. Basta tener presente que con un dólar pueden comprarse hoy en día aproximadamente 15 kilos de hierro en mina, lo que nos da una idea de los enormes costes de transporte y almacenamiento que tendría.

  • Cobre: El cobre fue utilizado como moneda durante las etapas iniciales de la Roma Republicana e incluso durante buena parte de la edad moderna por los países escandinavos. Sus propiedades son bastante buenas, ya que es dúctil, maleable, no tiene un punto de fusión demasiado elevado y puede fraccionarse y estamparse con facilidad. Además, su proporción stock/flujo no es demasiado elevada: a día de hoy 33, esto es, se necesitan 33 años al ritmo de producción actual para doblar la cantidad de cobre. Sin embargo, tiene algunos defectos, como su oxidación con la humedad (formando el conocido verdigris) y, sobre todo, su abundancia que eleva enormemente los costes de atesoramiento y transporte. A día de hoy, un kilo de cobre cuesta aproximadamente 10 dólares frente a un kilo de oro que cuesta 30.000 dólares (3.000 veces más). Por consiguiente, los costes de almacenamiento y transporte son mucho más altos.

  • Platino: El platino, como metal precioso, tiene propiedades muy similares al oro y de hecho muchos inversores lo consideran dinero, hasta el punto de acuñar monedas de platino. Sin embargo, su punto de fusión es mayor (1.768 grados frente a 1.064 del oro) y su ductibilidad y maleabilidad menores, lo que dificulta y encarece la manipulación del platino. Esto se refleja en los markups (margen sobre el precio mayorista) que se aplican en la acuñación de monedas. En el caso de las monedas de una décima parte de onza, en el oro pueden situarse alrededor del 20% y en el platino del 50%. Históricamente, el platino tampoco ha podido prosperar por su concentración geográfica en tres lugares concretos del planeta: en la sierra de Witwatersrand en Sudáfrica, en los montes Urales y en Montana. Si un bien no está geográficamente accesible (ya sea en términos físicos o comerciales) será muy difícil que pueda convertirse en un medio de cambio y en una reserva de valor generalizada, de modo que no habrá efectos red derivados de su uso. No en vano, el único país en el que se intentó seriamente la circulación de monedas de platino fue Rusia (y luego la URSS). Pero, sobre todo, lo que sigue impidiendo que el platino se convierta en dinero es, al contrario que en el hierro y el cobre, su enorme escasez. La producción anual es una cuarta parte la del oro y su precio el doble, lo que significa que el valor de la moneda más pequeña que se fabrica (3 gramos) supera los 250 dólares. Dicho de otra manera, necesariamente tendría que emerger una forma alternativa de dinero para transacciones de menor valor (como en su día ya realizara la plata con respecto al oro), que, en su caso, podrían ser el oro y la plata, cada uno en su ámbito.

    El platino, por consiguiente, podría utilizarse en principio como reserva de grandes cantidades de valor, para reducir los costes de atesoramiento y transporte (en el caso de operaciones para liquidar los saldos de las cámaras de compensación) con respecto al oro. Pero, dado que su producción masiva es relativamente reciente, su relación stock/flujo es del orden de 25, lo que lo hace mucho más susceptible a una caída severa de su valor si la producción se incrementara de manera sustancial. Esto no significa que en un futuro, cuando el stock de platino se haya incrementado con respecto a su flujo anual, no pueda constituirse en la reserva monetaria de alto valor de la que hablábamos, si es que sus otros inconvenientes con respecto al oro son compensados por el ahorro de almacenamiento y transporte.

  • Plata: Durante siglos la plata ha sido la hermana menor del oro, los dos metales monetarios por excelencia. Su primera aparición como dinero fue en forma de oro blanco (aleación con el oro) en Lidia, 700 años a. C. En los s. XVIII y XIX fue el patrón monetario que el mercado seleccionó en numerosos países, como EEUU, Inglaterra o China (donde todavía subsiste hoy en gran medida el patrón plata). De hecho, el oro y la plata se usaron hasta finales del siglo XIX de manera intercambiable: la plata para pequeños pagos y el oro para los grandes. Sin embargo, las normas estatales (como la Peel Act en Inglaterra y el crimen del 73 que impusieron el patrón oro o las leyes bimetálicas que infravaloraban a la plata con respecto al oro, forzando su expulsión tal y como describe la Ley de Gresham) en conjunción con las innovaciones metalúrgicas que permitieron abaratar la producción de pequeñas cantidades de oro, terminaron desmonetizando parcialmente la plata cuyo precio se hundió con respecto al oro (de valer una 1/12 parte de oro a una 1/65 en la actualidad, aun cuando en ocasiones se ha situado alrededor de 1/20 como en los años 80). En cuanto a propiedades físicas, es un poco menos maleable y dúctil que el oro, además se oxida con el ozono y se corroe con algunos ácidos y sustancias (basta que contengan azufre, como los huevos).

    Sin embargo, la plata presenta la ventaja de un menor valor unitario que, si bien eleva los costes de almacenamiento y transporte, la hace adecuada para pequeñas transacciones donde utilizar el oro puede ser prohibitivamente caro: la moneda más pequeña de la actualidad, de tres gramos de oro, tiene un valor de 90 dólares mientras que tres gramos de plata son 1,5 dólares. En un sistema monetario libre, es posible que el oro se utilizara como depósito de valor, ocasionalmente como medio de cambio (ya que las cámaras de compensación son superiores en este sentido) y que la plata se empleara, en su caso, para transacciones diarias de valor mucho más reducido. En todo caso, las reservas de oro podrían complementarse sin demasiado riesgo con las de plata (en China lo están haciendo), ya que al igual que el oro tiene un ratio stock/flujo muy elevado, superior a 70.

¿Hacia dónde nos lleva el proceso autonómico español?

No lo sé y, sinceramente, no creo que lo sepa nadie. Si nos atenemos a las intenciones de los nacionalistas con sus nuevos y proyectados estatutos de autonomía este proceso no tiene muy buen aspecto. A modo de replicantes, muestran un afán intervencionista descarado por imponer todo tipo de controles al inerme administrado que cae bajo sus respectivas jurisdicciones con la excusa de robar parcelas de poder al Estado central.

Tampoco el liberal podrá congratularse al ver cómo el gasto/endeudamiento, el número de funcionarios y las regulaciones crecen exponencialmente en todas las autonomías, lo que puede llevar a un serio deterioro del mercado. Además, es preocupante la falta, a su vez, de descentralización de competencias y de recursos de las CC AA a favor de las corporaciones locales. Si a esto sumamos la grosera discriminación ejercida sobre todo lo que "huela" a castellano por parte de ciertos poderes autonómicos o la amenaza fascistoide (que en demasiados casos ha acabado en criminal eliminación física) que emplean como baza política algunos nacionalistas de "pata negra" sobre la vida y hacienda de los no domesticados bajo su credo, el panorama es ciertamente desolador.

No obstante, pese a la ausencia de una teoría austríaca del Estado, es posible (no probable) que el resultado final a largo plazo del proceso liberticida de descentralización autonómico español sea diferente al proyectado por los políticos. Los procesos sociales no siempre responden de la manera a cómo les gustaría a sus planificadores.

Traigo a colación lo que el moralista escocés Adam Ferguson escribió en sus Principles of Moral and Political Science a propósito de su análisis del paso del sistema feudal a los burgos libres en Inglaterra:

Los barones de Inglaterra […] no sabían que las concesiones (charters) arrancadas a su propio soberano se habrían de convertir en la base de la libertad del pueblo al que ellos deseaban tiranizar.

Tal vez mecanismos no previstos en esta carrera por el poder de las autonomías como la competencia fiscal, la amenaza del voto con los pies, la nueva estructura de incentivos que se forma a posteriori, el temor a las deslocalizaciones de empresas, a la fuga de inversiones y talentos (al traspaso de la riqueza, en suma) hacia otros territorios sea lo que retuerza y desfigure finalmente los diseños totalitarios de estos nacionalismos con "hambre de balón".

La derrota del PP en las pasadas elecciones generales del 9-M se debió a diversos factores. Uno de ellos fue no tomar la descentralización de los poderes del Estado como estrategia propia y fuera a remolque renuente del PSOE. Los malos resultados reiterados del PP en Cataluña y, últimamente, en el País Vasco muestran que tiene un problema de envergadura. El pedir a un partido conservador que tome la iniciativa sobre cambios del reparto del poder político territorial es estéril (como mucho emulará de mala gana al PSOE, nunca innovará). España es mucho más que el "Estado español". En casi todos los ámbitos, el PP es inmovilista. En definitiva, no es un partido liberal.

La historia de los pasados siglos nos muestra que los nacionalismos no traen nada bueno para el liberalismo, pero lo novedoso en estos momentos es que estamos en una era de crecientes intercambios comerciales (globalización) y de ideas (internet) a escala planetaria. Las guerras y los conflictos son ahora demasiado caros; pese a que su erradicación es imposible, no salen generalmente a cuenta. La competencia entre unidades administrativas diversas y no muy extensas en un entorno mundial y de interconexión progresiva tal vez, a la postre, resulte ser un inesperado aliado del liberalismo y un freno, por fin, eficaz a las tendencias expansionistas de los gobiernos. Regresaríamos, pues, a Montesquieu (el poder sólo es frenado por el poder) o a la conveniencia de la "difusión del poder" de la que habló Lord Acton.

Podría ser que ni los diversos nacionalistas, ni los no nacionalistas comprendamos muy bien o preveamos hacia dónde nos lleva este acelerado (y delicado) proceso actual de descentralización del poder político español que se está desplegando delante de todos nosotros. Se nos abre una gran interrogante. He esbozado una respuesta hipotética favorable a las posiciones liberales, si bien pudiera perfectamente no ser así. Nuestro futuro, por tanto, está abierto.

Sabemos gracias a Popper que no todos los acontecimientos sociales tienen su génesis en acciones y proyectos intencionados de los individuos (el psicologismo o voluntarismo en el terreno social quedó mortalmente herido tras él). Hayek, por su parte, nos recordaba que la función esencial de las ciencias sociales consiste en explicar los efectos no intencionados de las acciones intencionadas; es decir, el estudio de las consecuencias no deseadas de acciones humanas que pretendían otra cosa. El sagaz Menger ya observó que éste era un problema interesante y harto curioso, seguramente "el más curioso de todos los problemas de las ciencias sociales".

¿De verdad queremos ayudar a los países pobres?

Recientemente, en una reunión de amigos, surgió la pregunta de cuál era la mejor manera de ayudar a los países menos desarrollados. Inmediatamente hubo quien sugirió las clásicas recetas que suelen pregonar ciertas organizaciones no gubernamentales, que suelen gozar de más popularidad por parte de los medios de comunicación: donación del 0,7% del producto interior bruto de cada país, la creación de nuevos impuestos para destinar la recaudación a dichos países, la reducción de nuestros hábitos “consumistas”, el cese de la explotación por parte de las multinacionales, etc.

Debo confesar que no me causó mucho asombro que nadie hablase de bajar las barreras proteccionistas (arancelarias y no arancelarias) que rodean muchas veces a los países que habitualmente se encuadran en el llamado “primer mundo”. Anteriormente, ese mismo grupo de personas había mencionado cómo estaba afectando la competencia de los países asiáticos a determinados productores nacionales y hubo quien sugirió que no se dejase entrar dichos productos ya que empleaban mano de obra muy barata contra la cual no podían competir los productores nacionales.

Cuando en un mismo día con un mismo grupo de personas uno escucha opiniones tan contrapuestas cabe formularse la pregunta de que si realmente deseamos ayudar a los países pobres, o simplemente tranquilizar nuestras conciencias mediante recetas populistas, sin pararnos realmente en el significado de las mismas.

La mayor parte de los seres humanos nacemos con la capacidad de trabajar. Esta capacidad, puesta en práctica, nos permite obtener a cambio de ella distintos bienes y servicios. Las personas con menos recursos suelen ofrecer un trabajo poco especializado, que requiere de escasa formación, motivo por el cual la única ventaja competitiva que pueden ofrecer a un empleador es su baja remuneración. Con el paso del tiempo, la especialización y formación en el trabajo provocan que este trabajo que ofrecen tenga mayor valor, por lo que suele subir la remuneración, y consecuentemente el nivel de vida de estas personas.

Cuando tratamos de impedir el trabajo de estas personas pidiendo la prohibición de determinadas importaciones con la excusa de que emplean mano de obra muy poco remunerada, no estamos haciendo ningún favor a los trabajadores de dichas empresas situados en países pobres. Al impedir que puedan obtener remuneración mediante su trabajo la estamos abocando a la pobreza y mendicidad permanente. Por tanto, en la lucha con la pobreza, una herramienta muy importante es la libre circulación de bienes y servicios, de manera que tanto los habitantes de los países comúnmente denominados como ricos como los que lo hacen en el resto de países se vean beneficiados. Los primeros de una gama de productos y servicios más baratos, y los segundos de la remuneración que obtienen. Con el paso del tiempo, la experiencia y la formación les permitirán desarrollar trabajos más remunerados, que les permita progresar y ahorrar.

Aunque existan organizaciones y recetas muy bienintencionadas, e incluso algunas que realmente ayudan a los habitantes más pobres, no nos podemos olvidar que para acabar con la pobreza es necesario que puedan trabajar, y para ello no hemos de colocar trabas en nuestros propios países.

Playas, nudismo, familia

Un grupo de organizaciones lideradas por la plataforma HazteOir.org ha iniciado una campaña para pedir a las autoridades autonómicas y locales "la asignación de playas familiares en la costa". Argumentan que desde hace años "se ha procedido a asignar a colectivos nudistas una serie de espacios públicos adaptados a su forma de vida", mientras que "el resto de los ciudadanos carecemos de espacios donde poder disfrutar de nuestras playas y piscinas en un ambiente apto para las familias". Esta argumentación, a simple vista sensata, está cargada de trampas. Sobre todo si se ven las condiciones que deberían contemplar esos tramos del litoral español.

Así, en esos espacios se deberían establecer "unas normas mínimas que garanticen unos mínimos de decoro y respeto a los demás, especialmente a la infancia". Dicho de otro modo, pretenden que se legisle sobre moral y que se utilicen bienes públicos (en este caso el terreno ocupado por esas playas) para favorecer un modo de vida de sobre otro. Pretenden además que se utilicen fondos de la Administración para dar publicidad de la existencia de estos lugares. ¿Dónde se marca el límite del decoro? ¿Se acepta el biquini pero no el topless? ¿O tan sólo se permite el traje de baño de una pieza para las mujeres? ¿Es el tanga, tanto masculino como femenino, indecoroso? Son cuestiones en las que la ley no debería entrar.

También reclaman a los poderes públicos el "fomento" de actividades deportivas y culturales destinadas a las familias. Si se tiene en cuenta que HazteOir sostiene que la familia " está fundada en el matrimonio que, a su vez, es la unión entre un hombre y una mujer, reconocida públicamente como tal, y abierta a la vida", la conclusión es clara. Pretenden gasto público en unas actividades de las que se excluiría necesariamente tanto a aquellas todas las parejas de homosexuales y aquellas de heterosexuales que, con hijos o sin ellos, no se han casado aunque vivan juntos, por no mencionar a los solteros, que verán perturbada su paz por la realización de molestas "actividades familiares" que tienen que pagar y a las que no están invitados. Dicho de otro modo, pretenden que se establezca una discriminación en función del modo de vida de cada persona.

Además su argumentación de falta de espacios es victimista y no se compadece con la realidad. Cualquiera que haya ido a la playa o a la piscina y haya observado bien, se habrá dado cuenta que estos lugares son buenos ejemplos de orden social espontáneo. Sin que medie ninguna ley por medio, las personas suelen tender a agruparse en zonas más o menos homogéneas. Así, en algunas áreas dominan los adolescentes, en otras personas algo mayores que aquellos pero todavía jóvenes y en unas terceras hay una mayor proporción de familias con hijos pequeños. Es cierto que no se produce una homogeneidad total, pero se acerca bastante a ello.

Si a pesar de esto algún cabeza de familia considera que es un riesgo para su hijo la posibilidad de que este vea los pechos a una mujer o que cerca de él haya homosexuales lo que debería hacer es otra cosa. La opción legítima es, en el caso de las piscinas, inscribirse en un club privado que imponga normas morales de su gusto o unirse a otras personas para abrir uno. En el caso de las playas la vía no debería ser otra que hacer campaña para que puedan existir tramos privados en el litoral español (algo que no permite le legislación vigente), y que los dueños de los mismos impongan las normas que deseen. Así, sus recursos no irían para financiar playas de nudistas ni los de otras personas para lo que ellos pretenden: mantener tramos del litoral en los que se discrimine por la cantidad de tela que cubre el cuerpo o por el modo de vida de cada uno.

La exigencia de playas y piscinas "familiares" es algo muy distinto a la igualdad ante la ley o la defensa de unos derechos. Es pretender que se utilice el dinero de los ciudadanos en el "fomento" y la "protección" de un modo de vida y una moral en concreto. Si se aceptara en este caso, ¿por qué no entonces también unas en las que las mujeres tuvieran que ir cubiertas según las interpretaciones más rigoristas del islam u otras en las que los chiringuitos tuvieran que cerrar en sábado y cumplir las normas dietéticas judías? ¿O por qué no playas, nudistas o no, en las que se prohíba entrar a niños? Puestos a pedir, lo que sea.

Zapatero y el Estado como instrumento

En el último congreso del PSOE, Zapatero expuso lo que será su gestión y su política. Embriagado por la aclamación de sus fieles, alcanzó la iluminación total, y en pleno Nirvana soltó las primeras perlas totalitarias que se le pasaron por la cabeza: "el Gobierno es para nosotros el instrumento, el camino" y "el cambio que invocamos va mucho más allá de una mera alternancia en el Gobierno". Cuando todos nos preguntábamos a qué cambio se refería, afirmó que "el cambio es la transformación de la sociedad para que los valores humanos prevalezcan sobre el dinero o el poder. Ese es el cambio del que hablamos." Pues nada, se agradece la aclaración demagógica.

Más allá de las medidas concretas que pretende tomar, lo que me interesa es resaltar su deseo explícito de utilizar el aparato estatal como instrumento y la convicción de que así debe ser.

La idea de que el Estado es un instrumento para transformar económica y socialmente las sociedades es compartida por todos los partidos políticos sin excepción. La única diferencia son los fines que se proponen alcanzar y los beneficiarios de sus políticas.

Se plasma así, el deseo de que las formaciones e instituciones sociales no sólo sean un producto deliberado de la voluntad humana, sino que sean, además, una construcción que el individuo puede moldear, alterar o modificar ilimitadamente a su antojo para satisfacer sus anhelos. En las democracias actuales, por ejemplo, se nos asegura que las medidas deliberadas que emplean las autoridades son para lograr la llamada "justicia social". Es decir, que legitiman la coacción argumentando que las intervenciones son necesarias, benignas, sociales y a favor de los desfavorecidos.

Ciertamente, parece evidente que toda la maquinaria estatal es un instrumento, pero al servicio del poder político de turno. Conviene desmitificar la visión de un poder político carente de fines propios. El Estado es utilizado por el poder político para perseguir y alcanzar sus propios fines. Los políticos actúan praxeológicamente, pero no catalácticamente.

Para ello, los gobiernos buscan la legitimidad necesaria. ¿Cómo? Haciendo creer a la sociedad civil que es ella la que controla al Estado y se gobierna a sí misma, de forma que el Gobierno es un mero mandado/sirviente que ejecuta las órdenes y deseos del pueblo soberano. De ahí los eslóganes que suelen utilizar: "el pueblo es soberano", "juntos avanzamos", "la voluntad común", "hay demanda social de", "juntos podemos", "pacto social", "el pueblo es sabio y ha decidido". De esta forma consiguen que no sepamos dónde acaban ellos y dónde empezamos nosotros. Consiguen identificar sus intereses con los de la población. Sí, sé que recuerda a los antiguos totalitarismos, pero es que la democracia también puede ser totalitaria. Y vivimos en ella.

¿Cómo es posible que esto suceda? Básicamente porque, pese a la visión sentimental que tenemos de ella, en la moderna democracia no se ponen restricciones a los organismos gubernamentales. En la democracia moderna la tripartición clásica del poder se ha quebrado y los gobiernos han traspasado los poderes que las constituciones les habían asignado. Lo cual, dicho sea de paso, no la hace muy liberal, pese a que así la llamen. Hayek se refería a ella como democracia ilimitada, ya que el poder que se le otorga es ilimitado.

La primera consecuencia de una democracia ilimitada es que sus resultados no suelen ser los deseados o aprobados por la mayoría de la sociedad. Otra consecuencia es que el poder político se olvida del interés general para centrarse en ganarse el apoyo de grupos organizados de presión concediéndoles todo tipo de beneficios, que es lo mismo que decir que los gobiernos se centran exclusivamente en alcanzar sus propios fines (mantenerse en el poder), como hemos visto antes.

Si de algo tiene que ser instrumento el Estado es para garantizar el cumplimiento de las reglas independientes de fines (de mera conducta que diría Hayek) y el cumplimiento de los contratos, que es lo que garantiza la convivencia pacífica, la cooperación social y la libertad. Si la existencia del Estado tuviera alguna justificación, sería única y exclusivamente para que utilizase el monopolio de la coacción para realizar estas funciones. Un Estado "sin políticas", un Estado "mínimo". No parece que éste sea el rumbo que vaya a tomar el actual estado del bienestar.

Y esto es, lamentablemente, lo que permite a Zapatero y a los políticos hablar del carácter instrumental del Estado y utilizarlo para invadir todas las esferas de nuestras vidas que deseen. Éste es el principal motivo por el que el socialismo, como comentó Schumpeter en Capitalism, Socialism and Democracy, a pesar de no poder mantener sus promesas y de ser una alternativa peor para la mayoría de la gente que un sistema basado en el libre mercado, está destinado a triunfar.

Colapso judicial, una lacra estatista

A raíz de la huelga de funcionarios al servicio de los jueces se ha puesto de manifiesto para el gran público, si es que no lo estaba antes, el colapso que padecen juzgados y tribunales. No es algo nuevo, sino una progresión sin aparente final desde hace décadas. No vamos a profundizar en las reformas legales efectuadas ni en los cambios sociales sufridos en estos años. Simplemente, y no es poco, trataremos de explicar esta penosa situación a la luz del teorema general de imposibilidad del socialismo, teniendo en cuenta las aportaciones de la teoría de la tragedia de los bienes comunales. Para ello seguiremos las ideas expuestas en Justicia sin Estado, de Bruce L. Benson.

Señala el autor que la saturación de tribunales y juzgados no es característico de un país concreto, sino que acontece con similar intensidad en el resto del mundo desarrollado. El poder judicial ha sido absorbido, paulatinamente y de diversa forma, por el Estado moderno, en sus comienzos inserto en un proceso hacia el mercantilismo más atroz y hoy profundamente intervencionista, a pesar del contrastado fracaso del socialismo y la evidente aplicación del teorema que en 1920 publicó Mises como imposibilidad general de la planificación central o el estatismo.

Al estar en manos del Estado, la función de resolver controversias y castigar a los delincuentes con pronunciamientos ejecutivos e irresistibles una vez firmes, queda al margen de las señales que el mercado libre pone a disposición de la producción de cualquier bien o la prestación de cualquier servicio, como es el caso. Sin precios de mercado resulta imposible asignar recursos de forma racional. El despilfarro así como la ineficiencia se hacen inevitables. No es posible practicar un cálculo económico que ayude al actor, en este caso al "poder judicial" (en España, el Estado en su implacable inmensidad), a planificar su curso de acción ajustando sus decisiones a la situación del mercado abierto en la demanda de resoluciones judiciales de diversa naturaleza.

Benson va más allá y toma la tragedia de los bienes comunales como explicación satisfactoria y certera. El exceso en la demanda de los servicios judiciales se debe a la gratuidad, o práctica gratuidad de las mismas. Los costes no son asumidos por el actor procesal, al menos, no en su totalidad. Los particulares contratan con abogados y procuradores como requisito general de postulación. Las costas procesales, en su caso, con el tratamiento legislativo contingente, buscan disuadir al demandante temerario o abusivo, o tratar de expulsar los casos poco seguros o con un gran riesgo de ser perdidos. Aun así, esto no siempre sucede y Benson opina que sin un sistema rígido de "pierde-gana", donde el perdedor carga con todo el coste del proceso, incluida la defensa o representación de la parte contraria, difícilmente los consumidores del servicio judicial asumirán los costes reales, adaptando así su consumo en función de los fines que prevén obtener.

Dada la saturación actual, el coste se mide en función del tiempo hasta la resolución final. El sistema ha conseguido, en su ineficiencia congénita y sin visos de solución, aunar dos elementos: por un lado se atrapa a los legítimos demandantes en un eterno e infernal camino de desesperación procesal; mientras tanto, incentiva a quienes persigan fines espurios calculados incluyendo en la ecuación la ineficiencia misma del procedimiento. El resultado es manifiestamente mejorable…

Los agentes de la intervención, las mentes pensantes que pretenden sostener el sistema a pesar de su imposibilidad contrastada, intentan ajustarlo sin recurrir al libre mercado de servicios judiciales. Dos son las vías de reforma. Por un lado el cambio de las leyes procesales, la reducción de requisitos y trámites, la disminución de garantías consideradas ineficientes, en términos estáticos; en definitiva, un análisis económico del Derecho Procesal que en nada bueno servirá a la libertad y los derechos de propiedad de los ciudadanos.

La segunda vía propuesta y practicada por el voraz Estado es la multiplicación de los recursos a disposición de la prestación del servicio. Ciego, sin precios de mercado, incapaz de afrontar la asignación en base a señales espontáneas y libres que interpretar subjetivamente y tratar de incluir en un plan de acción con visos de alcanzar el beneficio perseguido, sucumbe ante la más desventurada de las soluciones. Más edificios, más jueces, más funcionarios. Las Ciudades de la Justicia proliferan en España, las comunidades autónomas, competentes en instalaciones y gestión de las mismas, entre otras cosas relacionadas con la prestación del servicio, amplían el espacio dedicado, mejoran los medios materiales, pero lo hacen sin ton ni son, en exceso o de menos, despilfarrando o quedándose cortas. Por otro lado el Estado se resiste a ampliar el número de plazas de jueces y magistrados, se pelea con los funcionarios que no comprenden o asumen la descentralización política de 1978 y pretenden idéntica retribución con independencia de la administración pagadora y autónoma. Del mismo modo, el Estado continúa complicando el entramado jurisdiccional, creando juzgados sin apenas asuntos, o con una cantidad ingente de los mismos. En base a la especialización y respondiendo a una legislación movida por la discriminación positiva o la claudicación ante presiones sectoriales, la planta judicial hace aun más difícil el ajuste.

En conclusión, no es la falta de presupuesto lo que colapsa los juzgados e impide a los ciudadanos ver satisfecha su demanda legítima de servicios judiciales. El racionamiento se hace inevitable en la gestión de bienes comunales por la autoridad competente. La discriminación en cuanto al tipo de cuestiones que perseguir con mayor o menor intensidad deja a la ciudadanía en la total indefensión de sus legítimas pretensiones.

Tenemos herramientas suficientes para reconsiderar muchas cosas, devolver al ciudadano lo que es suyo, desechar lo que a todas luces se ha demostrado liberticida e ineficiente, estática y dinámicamente. Abrir el debate es nuestra intención, lo que venga después, ya se verá.

La corbata de Sebastián

El Gobierno ha presentado, muy ufano, un plan de ahorro energético. El objetivo es utilizar menos energía; adoptar usos y comportamientos, dice el ministro, más “eficaces”, en el sentido de que podamos hacer nuestra vida más o menos igual, pero utilizando menos energía. Poniéndose como ejemplo, se ha quitado la corbata para que su cuerpo no se atosigue con un aire acondicionado que apenas refresca el ambiente. Aunque la capacidad de Miguel Sebastián como líder de masas, capaz con su sola palabra de arrastrar a millones de españoles a su filosofía ahorradora, fuese irresistible, aunque su discurso nos llevase en manada a estudiarnos todo lo que el ministerio quiere que hagamos, el “plan de ahorro energético” de Sebastián está condenado al fracaso.

Porque lo característico de las sociedades progresivas es el uso creciente de energía. Utilizamos más energía, y sobre todo mejor. La energía puede clasificarse en grados de “calidad” en función de su nivel de entropía, es decir, de desorden. El calor es la forma más “degradada” o desordenada, y a medida que desciende su nivel de entropía (que se puede calibrar en cantidad de energía dividido entre la temperatura), a medida que vamos “purificando” la energía, transformándola en formas más ordenadas, como la electricidad o los rayos-x, da lugar a usos que son para nosotros más valiosos. O, más bien, nos abre la posibilidad de hacer usos de la energía a los que antes no podíamos acceder. Y cuanto más “pura” u ordenada es esa energía, más ineficaz es, en el sentido de que hemos tenido que despreciar una cantidad mayor de energía, acaso en forma de calor, en relación con la que utilizamos.

Tal como explican Peter W. Huber y Mark P. Mills en The Bottomless Well, a medida que hemos ido adoptando economías más ricas y complejas, hemos ido utilizando más y más energía y, sobre todo, de un orden mayor. Si en la economía primitiva las fuentes de energía principales eran el sol (en las cosechas), la leña y los animales, con alguna contribución de la que proporcionaban el viento y el caudal de los ríos, el carbón que se quemaba en la máquina de Watt supuso la utilización de un depósito de energía más concentrado y que pronto permitió la producción creciente de una nueva forma de energía (nueva para nuestros usos): la electricidad. El porcentaje de electricidad utilizada por las economías desarrolladas no ha dejado de crecer, y el valor asociado a esos usos lo ha hecho igualmente.

La única salvación debe de estar en la adopción de tecnologías más eficientes, que obtengan iguales o mejores resultados con mucha menos energía. Con la búsqueda permanente de la eficiencia podemos tener el mejor de los mundos: más servicios y más valiosos, con un consumo decreciente de energía. Sólo que no es eso en absoluto lo que ocurre. Como cuentan Huber y Mills, “para reducir el consumo de energía, una tecnología más eficiente tendría que tener más impacto en los mercados que reemplaza que en los nuevos mercados en que se infiltra”; es decir, que “las nuevas tecnologías, más eficientes, sustituyeran a las viejas más rápido que lo que tardamos nosotros en encontrarles nuevos usos”.

Pero lo que ocurre es exactamente el contrario. Al igual que el paso, gracias a las nuevas tecnologías, de la producción artesanal y cara a la producción en masa y barata no reduce el mercado del producto que realiza esa transición, pese a la caída dramática en los precios, la introducción de tecnologías más eficientes permite infinidad de nuevos usos, antes imposibles o prohibitivos. Y su extensión a más y más mercados hace que, pese a la mejora en la eficiencia, el consumo de energía crezca, y no disminuya.

De modo que, o cambia nuestro Gobierno el curso de la historia o la corbata de Sebastián no va a servir de nada.

¿Por qué todo el mundo quiere un iPhone?

La telefonía móvil es el invento reciente que mayor y más rápida difusión y aceptación ha tenido entre el público de todo el mundo. Los aparatos que llevamos ahora en el bolsillo eran impensables hace sólo 20 años más allá de las películas de ciencia-ficción. Y no sólo por su tamaño y el despliegue de tecnología del que alardean en unos pocos centímetros cuadrados, sino por el bajísimo precio por el que adquirimos el último modelo de teléfono que, además, sirve de agenda digital, de reproductor de música, de cámara fotográfica y de consola de videojuegos.

El mercado de la movilidad telefónica creció de un modo exponencial durante el segundo lustro de los años 90 y el primero del nuevo siglo para estabilizarse en una feroz competencia por el tamaño, las prestaciones y, ya al final del ciclo, el diseño y la apariencia del interfaz gráfico. Entonces, cuando todos pensábamos que en telefonía móvil estaba todo inventado y los nuevos modelos no harían sino perfeccionar lo ya existente abaratando aun más el precio, ocurrió lo inesperado. Apple, una compañía californiana que hace una década se encontraba al borde de la quiebra, anunció un teléfono que hacía lo que todos los demás, pero con un estilo muy personal y algún que otro chisporrotazo de tecnología nunca visto antes.

Se trataba del iPhone, el teléfono móvil que reinventaba el mismo concepto de teléfono móvil, una suerte de año cero de la nueva tecnología desde el cual empezaría a datarse hacia detrás y hacia delante la historia de esa industria. Dicho así parece un plan pretencioso e irreal, pero sus creadores sabían muy bien lo que se hacían. Tan bien que, un año después de su lanzamiento, quien no tiene aun un iPhone quiere hacerse con uno lo antes posible, aunque sólo sea por probarlo, por tener entre sus manos la leyenda en metal, silicio y cristal de nuestra época.

¿Por qué deseamos tanto un teléfono nuevo, caro y difícil de comprar en un mercado saturado, donde todos tenemos ya un móvil moderno y barato? ¿Por qué todos o casi todos queremos tener un iPhone a pesar de que, para obtenerlo, tengamos que hacer primero cola y después casarnos con la compañía telefónica? El marketing, evidentemente, ha tenido mucho que ver, pero otras marcas también cuentan con competentes departamentos comerciales y no han conseguido lo mismo. El diseño ha influido, pero el iPhone no es el único teléfono bonito del mercado. La tecnología importa, la pantalla multitáctil del iPhone es una virguería de la que disfruta en régimen de monopolio, pero hay muchos modelos que equipan grandes avances tecnológicos exclusivos a un precio inferior.

Nos gusta el iPhone por una mezcla de todo. Nos gusta porque nos lo han vendido bien, nos gusta porque es una preciosidad y nos gusta porque hace cosas que otros no hacen y las hace de un modo muy vistoso. Pero, sobre todo, nos gusta porque todos hablan de él, porque está de moda y porque tiene algo que no se puede ni explicar ni racionalizar. Ese intangible e incuantificable atractivo es el que ha marcado la diferencia. Apple ha sabido capturar el zeitgeist, el espíritu del momento, en algo tan aparentemente prosaico como un teléfono móvil. El consumidor, que no toma siempre decisiones racionales, lo ha entendido a la primera y se ha lanzado a poseerlo demostrando a los teóricos de la economía que dos y dos no siempre suman cuatro, unas veces suman tres y otras, como en el caso del iPhone, suman diez.

Ponga un libro de autoayuda en su crisis

En los tiempos que corren el que más y el que menos (y en especial, la que más y la que menos) ha echado una ojeada a un libro de autoayuda. Louise Hay, Joan Brady, Spencer Johnson son autores que escriben para lectores poco exigentes y se ganan la vida haciéndolo. Son asideros de mentirijillas y de obviedades para aquellas mentes débiles necesitadas de consuelo que no soportan o no están preparadas para afrontar la solución real a sus problemas.

La razón del éxito de estos libros es que mientras que la respuesta real a un problema o a una crisis normalmente implica renuncia y dolor, estos libros sirven de bálsamo instantáneo. Te incitan a pensar lo mejor de ti mismo aunque no sea real, a rechazar todo sentimiento de culpa, de dolor, de conflicto. Y para ello, nada mejor que desplegar el más ingenuo de los optimismos aderezado, a ser posible, con dosis moderadas de exotismo, universalidad y mensajes buenistas. Cómo canalizar la rabia, cómo sanar su mente, cómo entender a los hombres (o a las mujeres), cómo ser una madre (padre) de adolescente, cómo no perder la magia, cómo encajar la menopausia, cómo no dejarse avasallar por el jefe, cómo vivir en armonía con las fuerzas telúricas, cómo hacer los sueños realidad…

Y a partir de ahí tiene usted soluciones de todo tipo: piedras mágicas, pirámides milagrosas, técnicas de meditación, filosofía barata, psicología más barata aún… y alguna cuestiones de sentido común que cualquier abuela sabia te diría. Estos libros no son una novedad de nuestro turbulento siglo, Cómo ganar amigos e influir en las personas de Dale Carnegie es de principios del siglo XX. La primera regla de Carnegie para hacer amigos es "No condene, ni critique, ni se queje" y otra reza: "Recuerde que para toda persona, su nombre es el sonido más dulce e importante en cualquier idioma." Obvio ¿no? Este señor diseñó un curso de ventas de gran éxito en todo el mundo. Increíble que tanta gente cayera fulminada ante este tipo de consejos. En eso consiste la autoayuda.

Nuestros más destacados políticos, y la sociedad en general, están guiados por este tipo de principios y los aplican a cualquier conflicto. ¿Qué hacer ante la crisis económica? Primero negarla, eso siempre dará tiempo para ver qué hacen los demás y decidir quiénes son nuestros afines e imitar sus conductas. En segundo lugar, quítele importancia, los pensamientos negativos no son buenos para nadie, le impiden que fluya la energía positiva, que es la que cristaliza en soluciones. En tercer lugar, no pronuncie palabras tabú, use un lenguaje que confiera cierta confianza por espuria que sea a quienes le escuchan. En lugar de soluciones adopte medidas paliativas. Esta es la técnica peculiar de nuestros líderes de diseño, que se resume en el famoso lema "Podemos".

Pero aplicar paliativos sintomáticos no cura la enfermedad y no soluciona la crisis económica. Solamente constituyen un bálsamo inmediato y temporal para perpetuar la sensación de que no pasa nada. Y aquí entra en juego otro de los males de nuestra sociedad, del que ya hablaba C. S. Lewis. Vivimos en una sociedad enloquecida por el cambio, por la novedad permanente, se aborrece "lo de siempre". Se pierde la perspectiva de la dualidad entre necesidad de cambio y permanencia que, según Lewis, se llama ritmo. Decir en alto que la solución es la de siempre es la mejor manera de ganarse muchas críticas y algún insulto. Se aprovecha para sacar lo peor del pasado y atribuirle a uno su defensa.

Para muchos, la solución a una crisis como la actual es no hacer nada, o casi nada, y aprender de las causas que la provocaron para que no vuelva a suceder. Si los tipos de interés estaban artificialmente bajos y las señales del mercado a los inversores se distorsionaron por motivos políticos, no lo hagamos más. Sin embargo, es mucho más popular lamentarse de estar en la zona euro porque ya no podemos devaluar. Incluso si eso significa detraer capacidad de compra del ciudadano. Lo que se suele llamar atraco a mano armada.

Cuando vienen vacas flacas las empresas recortan gastos y reducen plantilla. La solución de autoayuda es impedirlo, o prometer a los futuros parados (al módico precio de un voto) un sueldo por no trabajar, un pisito de protección oficial, una semanita en Marina D’Or a costa del contribuyente solidario a la fuerza… Lo que no es popular es asegurarse de que los posibles parados puedan encontrar más fácilmente otro trabajo, porque eso implica abaratar el despido, es decir, abaratar el coste de contratar un trabajador para el empresario. La realidad es que no se flexibiliza el mercado laboral "oficial" pero se da pie a que aparezca un mercado negro de trabajadores.

Si se han tomado decisiones irresponsables, lo de siempre es apretar los dientes y asumir la responsabilidad de la elección. Solamente así quienes tienen que confiar en un gestor sabrán cuál es el bueno y cuál no. Pero es más fácil de vender que la responsabilidad de los gestores y de los inversores es de índole "social", nos afecta a todos y todos pagamos. Al menos en los casos que convenga.

El resultado, además de la emergencia de una clase de gurús profesionales de la economía, la empresa y la política, es una sociedad sin sentido de la responsabilidad, no ya propia, sino también de la ajena. No somos capaces de echar al que ha roto el jarrón, o al político que nos tima con su manual de autoayuda. A lo más que llegamos, de vez en cuando, es a hacérselo pagar a un chivo explicatorio (como decían Les Luthiers) que nos ciegue frente a nuestra propia desidia.

Soluciones para la televisión pública

Creo que ningún Estado debería financiar ninguna televisión mal llamada "pública". Si algún liberal pudiera llegar a dudar alguna vez de ello, le remito a programas como Crónicas, concretamente a su programa Marinaleda, treinta años de lucha, donde se explica el caso de un pueblo de Andalucía que vive "en cooperativa". Hasta las casas, que por más que hayan sido pagadas, quienes viven en ellas no llegan a convertirse en dueños reales de las mismas, ya que no podrán venderlas nunca porque pertenecen a la colectividad.

Si aun viendo estos reportajes que financiamos todos todavía tiene dudas sobre la necesidad de acabar con las televisiones públicas le propongo un sistema mixto. Va a ser muy difícil que las televisiones públicas desaparezcan de la noche a la mañana, de modo que ¿por qué no probamos un sistema como el de la PBS americana? Citando a la Wikipedia, la PBS es "una red de televisoras públicas de diverso índole cuenta con 169 operadores de licencias educacionales no comerciales que operan 348 estaciones de televisión. De estas 169 licencias, 86 son de organizaciones comunitarias, 57 de universidades, 20 de autoridades estatales y 6 de autoridades locales o municipales".

Esta definición ya nos permite vislumbrar sus grandes diferencias con el modelo español, ya que la PBS la forman una red de emisoras y además tiene claro su objetivo primordial: la educación. Su financiación se divide entre los siguientes grupos: estaciones afiliadas (47%), la CPB y fondos federales (24%), royalties, derechos de retransmisión, servicios satelitales e ingresos de inversiones (14%) y venta de productos educacionales (12%). Cualquier liberal diría que sigue habiendo un 24% de la financiación que paga el Estado, que pagan los ciudadanos, y es verdad. Pero, ¿no sería maravilloso que el Estado pagara en este 2008 sólo el 24% de los costes de TVE? ¿No sería el primer paso para que dejara de pagar una televisión a nuestra costa?

En la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre se jacta de ser liberal, y en algunos aspectos como las leyes comerciales puede que así sea, pero en lo que se refiere a la televisión pública es tan socialista como los demás. Los ciudadanos madrileños que mantenemos la televisión pública, que además los sindicatos apagan cuando quieren, nos merecemos que el Gobierno de nuestra comunidad se plantee seriamente qué quiere hacer con los medios de comunicación pública. La opción socialista ya la conocemos demasiado bien.