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Hasta nunca, Banco Mundial

Estados Unidos ha cerrado la crisis del Banco Mundial abierta por el malestar que causaba la permanencia de Paul Wolfowitz. Esta ha sido una nueva oportunidad para que se vuelvan a oír las voces que piden una reforma de la institución. No hay que hacerles ningún caso. Lo único sensato que cabe hacer con esta institución es cerrarla definitivamente, jurar solemnemente no volver a crear nada ni remotamente parecido y no mirar atrás.

El pecado de la institución es de origen. Nació en Bretton Woods con el objetivo de promover el desarrollo de las sociedades más pobres por medio de préstamos y ayudas. Cuando se creó predominaba una idea del desarrollo que casa con un juicio de Gunnar Myrdal de 1956, que es sólo un poco exagerado: "Ahora todo el mundo está de acuerdo en que un país subdesarrollado debería tener un plan nacional integrado omnicomprensivo, bajo el apoyo y el aplauso de los países avanzados". Qué suerte tienen los gobiernos de los países pobres, que pueden contar con el solidario y docto consejo de economistas blancos, más las fabulosas ayudas provenientes de los ricos bolsillos de los contribuyentes del primer mundo.

Lo que conocemos como Banco Mundial ya se ha reformado y ha pasado por cambios muy importantes. Y su contribución a la pobreza del mundo ha sido enorme. El proceso por el que se crea la riqueza pasa por poner los factores productivos al servicio de proyectos que crean más valor que el que podrían aportar en otras alternativas. Su lugar y oportunidad no están escritos y hay que descubrirlos. Esa es la labor de los empresarios, que cuentan para ello con el incentivo de los beneficios y la espuela de las pérdidas.

Pero las ayudas no están dirigidas por el beneficio y la empresarialidad. Se otorgan con un criterio politizado, no tienen porqué llegar a quienes harían mejor uso de ellas. Es más, cuando hay una fuente de enormes cantidades de dinero cuya concesión depende de la voluntad del probo burócrata de turno, por un lado se fomenta la corrupción y por otro la especialización en la búsqueda de rentas, en lugar de la generación de riqueza. Las ayudas se pierden como la arena de la playa entre los dedos si ese dinero no se convierte en capital dentro de un proyecto productivo sostenible por su propia productividad.

La propia institución acaba de lanzar su último Global Development Finance Report (2007). En él recoge el siguiente dato: "Los flujos netos de capital privado hacia los países pobres han alcanzado un récord de 647.000 millones de dólares en 2006" y "continúa el cambio desde la financiación pública a la privada". Es decir, que no le necesitan en las áreas económicamente más pobres.

No reformemos el Banco Mundial. Cerrémoslo.

La libertad de horarios comerciales

El día 30 de abril de 1985, el Gobierno del PSOE aprobaba un Real Decreto-Ley que tendría una trascendencia inmediata para aumentar la libertad (escasa, como casi siempre) de la que gozaban los españoles de aquel tiempo. El mismo Gobierno que tres años antes, con la expropiación de RUMASA, había perpetrado en un solo día el mayor atentado contra el derecho a la propiedad privada que recuerden los anales de la historia, decidía, entre otras medidas, liberalizar los horarios comerciales y la duración de los contratos de arrendamientos urbanos. Una prensa pasajeramente encandilada con el ministro de Economía popularizaría la denominación con la que pasó a la historia: el Decreto Boyer. No obstante, oficialmente, se publicaría bajo el nombre de Real Decreto-Ley 2/1985, de 30 de abril, sobre medidas de política económica.

La norma contenida en su artículo 5 desplegó rápidamente unos benéficos efectos en la vida de los atribulados españoles de los años ochenta. Sin ir más lejos, quien esto les escribe consiguió trabajar durante la campaña de Navidad de aquel año. La proliferación de contrataciones temporales y/o a tiempo parcial como consecuencia directa de la posibilidad, aprovechada por muchos comerciantes, de abrir los domingos y festivos y ampliar los horarios por la noche, palió las poco halagüeñas perspectivas en el mercado de trabajo.

Transcurridos casi diez años de disfrute de ese régimen de libertad de horarios, sin embargo, la agonía del último de los gobiernos de Felipe González, preso de sus propias fechorías y de una situación económica nada boyante, le predispuso a congraciarse con una coalición formada por las castas sindicales y algunas asociaciones gremiales de pequeños comerciantes, que se proclamaba agraviada por los horarios comerciales libres, en uno más de sus intentos desesperados por evitar la derrota en las elecciones generales que tendrían lugar el 3 de marzo de 1996. De esta manera, poco antes de esas elecciones, ese Gobierno –con el apoyo de sus socios del grupo parlamentario de Convergencia i Unió– consiguió promulgar dos leyes que, aunque dejaban en última instancia la decisión al arbitrio de las comunidades autónomas, acabaron de hecho con ese régimen de libertad de horarios de los comercios, si bien introduciendo excepciones en función de los productos que vendieran y el tamaño y la ubicación del establecimiento: la Ley 7/1996, de 15 de enero, de Ordenación del Comercio Minorista y la Ley Orgánica 2/1996, de 15 de Enero, complementaria de la anterior.

Aunque la regulación se quiso disimular como provisional hasta el 1 de diciembre de 2001, fue prolongada por el gobierno de Aznar hasta el 1 de enero de 2005, mediante la aprobación del Real Decreto-Ley 6/2000, de 23 de junio, de Medidas Urgentes de Intensificación de la Competencia en Mercados de Bienes y Servicios. No obstante, el último inciso del artículo 43.4 de este decreto-ley, relativo a esta cuestión, dispuso que, en defecto de disposiciones autonómicas, serían de aplicación las disposiciones de libertad absoluta de horarios y de fijación de días de apertura.

Al no haber comunidad autónoma que renunciara a una regulación propia, la libertad de horarios ha quedado inédita, ya que tan solo se ha producido una limitada competencia entre ellas por permitir la apertura de más o menos domingos y días festivos. En este momento, por ejemplo, la Comunidad de Madrid es la región española que permite que se abran un mayor número de domingos y festivos. Su intervencionista y prolija Ley 16/1999, de 29 de abril, de Comercio interior de la Comunidad de Madrid, y el Decreto 130/2002, de 18 de julio que la desarrolló, permiten la apertura de todos los comercios en función de decisiones del Gobierno adoptadas el año anterior a su entrada en vigor. Su consejero de Economía autorizó la apertura de veinte domingos y festivos para este año 2007.

Para acabar la semblanza de la regulación de esta materia, en la actualidad, desde que se aprobara la Ley 1/2004, de 21 de diciembre, de Horarios Comerciales, la competencia para determinar los domingos o días festivos en los que podrán permanecer abiertos al público los comercios, con un suelo de ocho, corresponde a cada Comunidad Autónoma para su respectivo ámbito territorial.

Es por esto por lo que, recién celebradas unas elecciones autonómicas, se presenta una excelente ocasión para que los gobernantes surgidos de ellas rompan la dinámica intervencionista y, de paso, recuperen la tendencia liberalizadora truncada.

Frente a las ideas equivocadas de los políticos que creen que la protección a ciertos empresarios frente a la competencia contribuye a la prosperidad general o simplemente la justifican por motivos clientelares, sirva una audaz liberalización que demuestre inmediatamente sus benéficos efectos. La adopción de estas medidas puede defenderse por numerosas razones, fácilmente comprensibles para una población de una sociedad avanzada. Sin agotar las razones que lo apoyan, podríamos señalar:

  1. Las preferencias y los intereses de los consumidores actuales requieren de la más amplia oferta de horarios comerciales que les permita compatibilizar sus trabajos con el ocio y sus compras.
  2. Los gobernantes de un país especializado en turismo como España no deben desconocer las tendencias del mercado mundial, donde se observa el desarrollo de una demanda de múltiples visitas cortas y el turismo de compras de fin de semana. El espectacular incremento de los vuelos de bajo coste y la existencia de infraestructuras capaces de canalizarlos garantizarían el éxito en este momento.
  3. La liberalización del comercio en general con la eliminación de las restricciones de entrada y estas limitaciones horarias que reducen la oferta supone un factor de dinamización de la actividad económica y de descubrimiento de nuevas necesidades por los empresarios. Su puesta en marcha desembocará en un aumento del bienestar general.

Pocas veces una medida tan sencilla demostraría un efecto tan positivo y la perspicacia del gobernante que lo abordara. ¡Libertad de horarios comerciales, ya!

Ron Paul for President

Ron Paul, congresista republicano por el 14˚ distrito de Texas, recibe el mote de "Dr. No" por ser médico de profesión y votar "no" cada vez que el Congreso propone subir los impuestos, mermar los derechos civiles o hacer del ejército la policía del mundo. En palabras de William Simon, ex secretario del Tesoro, Paul es "la excepción en la mafia de los 535 del Capitolio".

Un político honesto o de principios suele ser un oxímoron, pero Ron Paul no es un político al uso. A sus 72 años, Paul es un conservador de la vieja escuela, un liberal que exige adherencia a una Constitución que, de acuerdo con el significado que le atribuyeron los Padres fundadores, no autoriza el Estado del Bienestar actual. Paul es partidario de privatizar el sistema de pensiones y abolir departamentos enteros como el de educación o el de agricultura, se opone a la implantación del carné de identidad y a la guerra contra las drogas, está a favor de la libre posesión de armas y de legalizar la prostitución, quiere eliminar el impuesto sobre la renta y la Hacienda federal, defiende el retorno al patrón oro y la moneda sana, y es un firme detractor del expansionismo militar y en general de la política exterior neoconservadora. Paul ha rechazado participar de la pensión que ofrece el Congreso a sus empleados, vota siempre en contra de los aumentos salariales para los congresistas y su oficina devuelve cada año dinero al Gobierno. Tiene una foto de Mises en la pared de su despacho, es un ávido seguidor y estudioso de la Escuela Austríaca, escribe para LewRockwell.com y acude a conferencias del Mises Institute.

Paul jamás promueve proyectos mascota que beneficien a su distrito a expensas del contribuyente. Se opone, por ejemplo, a los subsidios a la agricultura pese a que su distrito es eminentemente rural. No parece seguir el manual de supervivencia del político, y sin embargo está en su décimo mandato como representante del distrito texano. Posee una amplia base de adeptos en Texas, muchos de los cuales se sienten orgullosos de apoyar a uno de los pocos políticos íntegros y con principios que hay en Washington.

Ron Paul dio la gran sorpresa hace unos meses anunciando su candidatura a la presidencia del Gobierno federal por el Partido Republicano. Antes deberá vencer en las primarias del Partido frente a otros candidatos como John McCain o Rudy Giuliani. Sus posibilidades de ganar la nominación son prácticamente nulas; hay demasiada distancia entre sus ideas y las de las bases republicanas. Paul ha votado en contra de la Guerra de Irak y la ocupación con más coherencia que cualquier congresista demócrata, y eso suscita pocas simpatías entre unas bases mayoritariamente partidarias de las políticas de Bush. Las posiciones más liberales de Paul en lo social, como su oposición a la guerra contra las drogas, tampoco casan bien con la sensibilidad paternalista de muchos votantes republicanos. Su radicalismo en materia económica, con su continua alusión a la reducción del Estado, está más en sintonía con los instintos goldwaterianos y reaganianos del Partido así como con su retórica tradicional, pero incluso en este aspecto Paul resulta demasiado hardcore y excéntrico para algunos.

Con todo, el fenómeno Ron Paul no ha dejado de crecer en los últimos meses. Sus declaraciones políticamente incorrectas en televisión le han valido tantas críticas como atención por parte de los medios y el público americano. Las encuestas online le dieron como vencedor en el primer debate con los demás candidatos republicanos, quedando segundo en la encuesta de Fox News en el debate que tuvo lugar días después, por encima de Giuliani y McCain. Estos datos deben cogerse con pinzas porque los liberales están sobrerrepresentados en la red y los seguidores de Paul quizás estén mejor coordinados, pero lo cierto es que su campaña está despertando interés entre las masas republicanas, crecientemente descontentas con el rumbo de su partido y la situación en Irak, y también entre los votantes demócratas que ven en Paul a un político más antiwar y pro-derechos civiles que cualquiera de sus representantes izquierdistas. Cuando preguntan a Paul si en realidad no se está presentando por la nominación del partido equivocado su respuesta parece insinuar que no es él el que se ha equivocado de partido sino los demás candidatos. El Partido Republicano, insiste Paul, ha sido históricamente el partido del Gobierno limitado y el aislacionismo militar.

Paul, que ya fue presidenciable en 1988 por el Partido Libertario, es muy admirado entre sus compatriotas liberales, aunque suscita división en dos temas: aborto e inmigración. Sus posiciones anti-abortistas, con las que coincido, chocan con las posiciones pro-choice de numerosos liberales. Su postura favorable a restringir la inmigración levanta ampollas en los liberales que defendemos la libertad de movimientos. Sea como fuere Paul es casi todo lo que un liberal puede soñar de un político. Personalmente soy escéptico con el reformismo desde dentro y bastante hostil a la participación política, pero si fuera estadounidense es probable que votara a Ron Paul. Aunque solo fuera para que cobrara celebridad, avivara el debate en las filas republicanas y siguiera divulgando su mensaje liberal en los medios. No ganará las primarias, pero al menos habrá sido una buena campaña publicitaria y nos habremos divertido en el camino.

¿Necesitamos el sistema Galileo?

El sistema GPS o Global Positioning System es un modernísimo sistema de navegación por satélite que nos sitúa en el mapa con una exactitud sorprendente. Funciona gracias a una constelación de 24 satélites que, a lo largo de los años 90, fue lanzando al espacio el Gobierno norteamericano. Sus orígenes son, evidentemente, militares, pero hoy millones de personas disfrutan del servicio y los receptores GPS son ubicuos en automóviles, embarcaciones y hasta en las mochilas de los montañeros.

El éxito del GPS se ha debido a la innegable utilidad que tiene saber donde se está unido al hecho de que es gratuito, es decir, que cualquiera con un receptor puede conectarse a sus satélites sin que nadie en el ejército norteamericano –que es quien opera la red– le pase una factura. Es bueno, bonito y hasta barato aunque, en nuestro caso, es gratis porque no pagamos con nuestros impuestos el mantenimiento de los satélites. Los Estados Unidos, como es lógico, se reservan cortar el acceso cuando a ellos les venga bien u ofrecer ligeros errores en el posicionamiento.

Esto ocasionó que los rusos en su época soviética se mosqueasen y emprendiesen un proyecto semejante llamado Glonass. El sistema ruso se compone, al igual que el del GPS, de 24 satélites pero a día de hoy sólo tienen 14 en órbita por lo que no pueden competir con la red americana. Quizá en un futuro no muy lejano ambos sistemas convivan y se complementen. La Unión Europea, infestada de políticos con demasiado tiempo libre, decidió hace unos años que no podía ser menos. Que si los Estados Unidos y Rusia cuentan con satélites de posicionamiento, Europa ha de tenerlos también, aunque sea la tercera red en discordia y su desmesurado coste se dé de bofetadas con el sentido común.

En 2003 los políticos parieron sobre el papel el invento. Se llamaría Galileo y sería un sistema calcado del GPS para, según ellos, no depender de los americanos. El problema es que la Unión Europea como tal no es una nación y, por lo tanto, carece de ejército que patrocine un proyecto concebido para contribuir a la seguridad nacional. Además, todos los países de la UE son firmes aliados de Estados Unidos y, por tanto, las ventajas estratégicas de uno valen para todos los demás. En eso consisten las alianzas militares.

Si la razón primera que motivó el lanzamiento del GPS o el Glonass no se sostiene, la utilidad que el sistema tenga para los europeos es más cuestionable aún. Sale carísimo, tanto que las empresas privadas que los burócratas de Bruselas habían enredado en el proyecto han dado marcha atrás obligando a que sea la administración pública la que corra con los gastos. Hacer que los europeos paguen una fortuna por un sistema igual al que ya tienen gratis es un absurdo. De ahí que los privilegiados funcionarios de la Unión se hayan puesto tan nerviosos y apelen a la "soberanía europea", como si ésta existiese y estuviese amenazada.

Si los norteamericanos cortan el servicio, extremo bastante improbable, quizá se presente una interesante oportunidad de negocio para una empresa que quiera explotar un sistema tan demandado, pero, eso sí, cobrando. Mientras sea gratis no hay nada que hacer. Por ahora, y por fortuna, el proyecto Galileo se encuentra parado por falta de dinero, esa bendición de color verde cuya escasez ha evitado tantas estupideces en el pasado.

El poder de la prensa

A finales de la década de los años sesenta del siglo XX, Jane Fonda, Tom Hayden, Susan Sontag y otras personalidades del mundillo intelectual de izquierdas de los Estados Unidos apoyaron una campaña totalmente sectaria en contra de la Guerra de Vietnam. El Gobierno norteamericano llevaba años embarcado en un escenario bélico en el que la mentira y la manipulación, pero sobre todo la falta de una estrategia clara, con una política basada en ciertos principios, corrompían una lucha que moralmente era entendible e incluso necesaria, la lucha contra el totalitarismo comunista.

Los medios de comunicación, dominados por una visión progre, liberal desde la perspectiva estadounidense, ayudaron a crear buena parte de la mitología del Vietnam, ocultando hechos como las fosas comunes donde los norvietnamitas apilaban a miles de ciudadanos asesinados por el Vietcong y retransmitiendo ciertas acciones del ejército de su país que, sin el debido contexto, sólo parecían actos de barbarie de una nación que se decía democrática pero bombardeaba con napalm a niñas inocentes, con unos aliados corruptos capaces de ejecutar en la calle y de un tiro a un supuesto traidor. Y así, mientras Jane Fonda visitaba Hanoi y desde la radio enemiga instaba a sus soldados compatriotas a abandonar la lucha, mientras Peter Arnett creaba su propia leyenda a base de contar sólo lo que le interesaba, en Vietnam del Norte nadie se atrevía a criticar la forma de llevar la guerra de Ho Chi Min, nadie instaba al pacifismo a los soldados y guerrilleros, nadie llamaba la atención por el elevado número de muertos que se producían entre sus propios compañeros en cargas suicidas y batallas perdidas de antemano.

Culpar a la prensa de la derrota norteamericana en Vietnam sería un ejercicio de cinismo por mi parte; la culpa la tuvieron una sucesión de gobiernos que no se atrevieron a ser contundentes, sino que crearon una especie de sangría que duró décadas. Sin embargo, sí se puede asegurar que los periodistas contribuyeron a este desenlace. Este ejemplo del poder de la prensa en un país con un elevado grado de libertad es interesante en dos sentidos.

Cuando existe una división de poderes, cuando existen unas instituciones que favorecen la libertad y protegen la propiedad de las personas se generan corrientes de opinión dentro de la prensa libre que pueden hacer tambalearse al Gobierno más duro, se invita al análisis y a la crítica de forma que se mejoran, al menos en teoría, las políticas que se desempeñarán en una situación similar en el futuro. La pluralidad de opiniones críticas favorece la pluralidad de soluciones. Sin embargo, la visión progresista imperante en los medios de comunicación ayudó a crear una paradoja: mientras en las encuestas la mayoría del pueblo americano era favorable a la intervención contra el comunismo, en los medios imperaba una línea editorial muy diferente, lo que obligaba a los políticos a tomar decisiones estúpidas desde la perspectiva política, presupuestaria y militar. Los medios de comunicación ocultaron información al ciudadano y es posible que si todas las versiones hubieran tenido la suficiente cobertura mediática, los gobernantes norteamericanos, tan dependientes de la reputación en los medios audiovisuales, podrían haber considerado otras opciones y los resultados desde luego hubieran sido diferentes.

Dos ejemplos recientes pueden ilustrar este comentario y demostrar que cuando una sociedad es libre la crítica al gobierno la hace más fuerte y cuando, por el contrario, el Gobierno y el Estado impiden esta libertad, la sociedad se empobrece. El papel del Gobierno de Ehud Olmert en la última guerra que ha librado Israel en el Líbano ha sido objeto de las críticas de la prensa y de los israelíes. Lo han calificado de ineficiente y peligroso para las tropas que allí intervinieron, que los objetivos fijados no se alcanzaron y que de alguna manera todo sigue igual, lo que ha obligado al primer ministro a rendir cuentas y defenderse. Esta actitud crítica, que ya se dio en otros conflictos entre Israel y los estados musulmanes circundantes, es la que ha permitido al primero ganar todas las guerras, obtener el apoyo mayoritario de su pueblo y convertir este estado en el abanderado de Occidente en Oriente Medio.

Muy diferente es la situación en la cada vez más bolivariana Venezuela donde el sátrapa Hugo Chávez ha decidido eufemísticamente no renovar la concesión a la cadena Radio Caracas Televisión (RCTV) reduciendo así la cantidad y la calidad de la información a los venezolanos, eliminando la última cadena importante que mantenía una actitud crítica al régimen, demostrando de una manera trágica y extrema que el Estado no puede tener ninguna capacidad para imponer, quitar y poner medios, controlar los contenidos o aliarse con determinados grupos de información cercanos a sus ideas, y que la democracia puede degenerar en un totalitarismo fortalecido por las urnas.

El método de la ciencia económica y la predicción

El método siempre ha sido una de las grandes preocupaciones de la Escuela Austriaca, desde Carl Menger hasta Hans-Hermann Hoppe. En este sentido, la Escuela Austriaca siempre ha apostado por la metodología deductiva. Un científico económico sabe qué va a buscar. Sabe que el intercambio existe, que el hombre actúa o que los precios varían en el tiempo; pero no sabe por qué se producen. La metodología deductiva es la que nos va a dibujar este complejo mapa.

Por el contrario, la metodología inductiva nos sirve para descubrir aquello que no conocemos. Es el método de las ciencias naturales o físicas. Aplicada a la economía, no es una técnica de investigación acertada ya que no nos revela respuestas universales, necesarias ni atemporales. Todo y así, en ocasiones algunos autores de la Escuela Austriaca han ido demasiado lejos en la crítica al inductivismo. A modo de ejemplo, podemos ver las críticas que Murray Rothbard hizo en su gran libro Making Economic Sense (versión en formato tradicional) a la teoría del caos, la estadística matemática y, en otros ensayos, a diferentes sistemas alternativos de predicción financiera como el análisis técnico.

Hay dos conceptos que se han de distinguir. Una cosa es la ciencia económica y otra el arte de hacer buenos negocios. Lo que nos resulta útil en un caso, no suele serlo en el otro. Aunque a veces se parezcan, o así quieran mostrarlo sus creadores, las finalidades son diferentes. Veamos un ejemplo. Tomemos una de las teorías básicas del Análisis Técnico, la Teoría de Dow. Sus primeras conclusiones son que el mercado se mueve esencialmente en tres escenarios temporales diferentes.

En el primero, que podemos llamar de acumulación, es el producido después de una mala situación económica. En este momento los tipos de interés son bajos y esto estimula a las empresas a invertir, especialmente a aquellos negocios sensibles a los tipos como las eléctricas, empresas de autopistas y las denominadas, en líneas generales, utilities. La segunda, que es la fundamental, es aquella donde la economía avanza de forma uniforme, gradual y sostenida. Ahora las empresas se han podido financiar de forma sencilla gracias a los bajos tipos y crecen mediante inversiones, la bolsa sube. La tercera y última etapa es la especulativa, y es aquella que se produce cuando los tipos ya están subiendo (han dado la vuelta pues), la economía está en sus máximos y sólo suben y de forma muy acusada empresas de último nivel con fundamentales más que dudosos. En bolsa a estas empresas se las llama "chicarros" o "jaulas de oro" si son especialmente poco líquidas. En esta época, también, la economía es un desorden: afloran los bonos basura, se producen numerosas OPVs y OPSs, los instrumentos de apalancamiento aumentan en volumen, aumentan las ampliaciones de capital de empresas muy pequeñas, la inflación sube, hay "dinero para todos", etc. Después de las tres fases, vienen las crisis. En mayor o menor grado.

La Teoría de Dow es muy similar a la Austriaca en algunos puntos, pero su metodología y justificación son totalmente diferentes. La Teoría de Dow marca pautas, niveles de precios y casuísticas concretas del mercado. La Teoría de los Ciclos Austriaca, que sólo se concentra en las crisis, no hace tal cosa. La razón es porque no tiene el mismo objetivo que pudo tener el señor Dow.

Los que usan la Teoría de Dow, Elliot, Números de Fibonacci, Teoría de Gann, de Benner u otros sistemas de predicción como la Tabla de Hamilton (o Áreas de Hamilton también) basada en la Teoría del Caos, modelo Black Scholes, etc. no pretenden innovar en la ciencia económica, sólo usan estas herramientas para ganar dinero adelantándose al mercado, al resto de inversores y a sus competidores, al igual que puede hacer una empresa de ropa para mujeres pagando un estudio de marketing entre amas de casa para saber qué tipo de ropa confeccionar el año que viene. En los dos casos, el del inversor y la empresa de ropa, el fin es el mismo: adelantarse al mercado para extraer así una ventaja competitiva con el resto de actores (o "agentes" en la nomenclatura neoclásica) basada en la información.

Tanto las teorías económicas inductivas como los estudios de marketing o cualquier estratégica de management, no son universales, necesarios ni atemporales. Sólo sirven en un momento y espacio concreto y, por lo tanto, no siempre funcionan.

No toda metodología es mala o buena en sí. Todo responde a la finalidad deseada. Para el estudio de las ciencias sociales, como la ciencia económica o economía política, sólo nos será útil la metodología deductiva; sabemos qué vamos a buscar. Pero para el management financiero o empresarial, que nada tiene que ver con la ciencia económica, tendremos que usar sistemas de tipo normalmente inductivo que nos muestren aquello que desconocemos, como aproximaciones a precios futuros o a tendencias globales del mercado, pero no de la economía.

El deber

Una de las nociones éticas más importantes es el concepto de deber. Y desgraciadamente una de las peor comprendidas y utilizadas. Según la falacia naturalista, no se puede deducir lo que debe ser de lo que es. Pero esto es problemático: si con "lo que debe ser" se indica el contenido de las normas de conducta de las personas, es cierto que no basta con afirmar que todo "lo que es" (lo que alguien hace, o quizás una mayoría) es válido (no es lo mismo una descripción que una prescripción, las leyes son físicamente violables). Pero sí es posible investigar racionalmente qué normas son adecuadas para la convivencia social basándose en la naturaleza humana (lo que el ser humano es, con su racionalidad y sensibilidad limitadas) y en criterios de igualdad (universalidad, simetría) y funcionalidad (consecuencialismo). Y resulta que no hay deberes naturales: por defecto, nadie está obligado a nada simplemente por ser humano, solamente a respetar (de forma pasiva) los derechos de propiedad ajenos (principio de no agresión). Los deberes positivos legítimos (de hacer algo de forma activa) se obtienen mediante contratos, acuerdos legítimos mediante los cuales las partes se comprometen formalmente y que legitiman el uso de la fuerza más allá de la defensa propia y la justicia ante las agresiones delictivas.

El deber (u obligación) y la prohibición son nociones éticas complementarias que expresan que para la legitimidad de una acción la voluntad de la persona afectada es irrelevante: tiene que hacerlo o no puede hacerlo, independientemente de si quiere o no. Añadiendo la negación es posible relacionar estos dos conceptos: prohibido hacer algo es equivalente a es obligatorio no hacer ese algo; prohibido no hacer algo es equivalente a es obligatorio hacer ese algo. Pero cuidado: que algo no esté prohibido no implica que sea obligatorio, y que algo no sea obligatorio no implica que esté prohibido.

Algo diferente del concepto ético de deber es el sentimiento moral del deber o sentido del deber, la sensación mental subjetiva de incomodidad si no se hace algo que íntimamente se considera obligatorio y la correspondiente satisfacción del deber cumplido. Los sentimientos morales son evolutivamente adaptativos porque causan conductas que facilitan la cooperación y la solidaridad y cohesionan los grupos humanos. Pero los imperativos morales tienen ciertos peligros, sobre todo si son absolutos: sirven para manipular a las personas sin necesidad de darles órdenes directas (implantando en sus mentes esos imperativos que viven como valores propios incuestionables), pueden transformarse en obsesiones particulares autodestructivas, y pueden ser intolerantes y fomentar la violencia cuando una persona cree y siente intensamente que los demás deben compartir su idea del deber, indignándose si no es así.

Es inteligente reflexionar acerca de lo que uno hace simplemente porque cree que debe hacerlo: qué sentido tiene ese deber, qué resultados y costes tiene la acción que provoca, qué alternativas hay y por qué no se siguen. La conducta humana flexible no es la de un autómata simple irreflexivo que sólo sabe cumplir órdenes (externas o endógenas). No se trata de eliminar por completo el sentido del deber o vaciarlo de contenidos, sino de depurarlos, entenderlos y aprender a utilizarlos. Algunos deberes son simplemente la expresión de la necesidad técnica (tal vez desconocida) de un medio indispensable o necesario para alcanzar algún fin (quizás la supervivencia o la reproducción).

En la sociedad actual, colectivista e intervencionista, muchos hablan de forma abusiva del deber, mostrando su ignorancia o su falta de honradez e intentando restringir la libertad ajena. Muchos deseos particulares se camuflan como deberes impersonales ("hay que") u obligaciones colectivas ("tenemos que"): así parece que no son simplemente "yo quiero" (y además no admito que tú no lo quieras), o "yo ordeno", o "creo que esto es necesario" (pero en realidad no sé explicar por qué). Los políticos, gente habitualmente de escasos escrúpulos morales, afirman cumplir con su obligación y así se sienten moralmente superiores y ocultan su ambición de poder y control mediante la coacción.

Es perfectamente legítimo cuestionar y rechazar estas engañosas reclamaciones que sistemáticamente recibimos. Desgraciadamente la gente no suele hacerlo (o lo hace pero lanza otras a los demás), y por el contrario a menudo intenta escaquearse de los auténticos deberes: cumplir responsablemente con el trabajo o con los productos y servicios contratados.

La economía de la vivienda

Cualquiera que tuviera que describir a un extranjero la situación de la vivienda en España casi con seguridad resaltaría algunas características notables: la minúscula proporción de alquilados frente a propietarios (cerca de uno a nueve) en la forma de ocupar la vivienda, el deterioro del parque de viviendas en los cascos viejos de numerosas ciudades, la existencia de una bolsa de inmuebles desocupados de larga duración o el desorbitado precio de la vivienda tanto en términos de valoración de activos (más de treinta veces su rentabilidad anual por alquiler) como en términos de renta y salario medio (el número de años de sueldo íntegro que representa el precio de la vivienda está entre los primeros del mundo). Todo ello adornado con el significativo porcentaje que el coste del suelo representa en relación con dicho precio.

Lo triste de todo ello es que tal situación no es fruto de ningún imprevisible accidente, sino la conclusión económica lógica de décadas de intervenciones públicas con las más “nobles y sociales” intenciones posibles en los campos de la regulación de alquileres, el urbanismo, el patrón monetario y la regulación de los tipos interés. Más terrible aún si cabe es que ni políticos ni ciudadanos de a pie parecen tener conciencia cabal de ello y una mayoría de ellos sigue pensando que la solución está en nuevas dosis del veneno intervencionista.

Comenzando con la legislación de alquileres, los efectos de la regulación franquista que impuso precios máximos y prórrogas forzosas a los mismos produjeron, como estudió con maestría Joaquín Trigo Portela, una auténtica revolución en el régimen de ocupación de vivienda causada por la falta de disponibilidad de vivienda en alquiler. Efectivamente tan pronto como entró en vigor la nueva ley, la mayor parte de las viviendas que aún no estaban alquiladas y las que iban quedando libres de inquilinos desaparecieron de la oferta optando los dueños por dejarlas vacías en lugar de sufrir la expropiación de facto. A partir de entonces, la compra se convierte prácticamente en la única alternativa factible de acceder a la vivienda para las nuevas familias. Aunque la liberalización parcial de 1984 reanimó algo el mercado de alquiler, perviven elementos de desprotección del casero sobre los que no me extenderé, pues Francisco Moreno ya lidió brillantemente con ellos en un comentario anterior.

Asimismo, el notable deterioro del parque de viviendas, que a menudo los municipios programan rehabilitar con dinero del contribuyente, encuentra su origen en semejante legislación. La mengua en la rentabilidad del propietario y la seguridad de que el inquilino no abandonará el piso, pues el precio que paga es notablemente inferior al valor real de lo disfrutado, hace que el propietario reduzca el gasto en conservación y mejora. Ese fenómeno de barrios enteros sin rehabilitar y amenazando ruina que acompaña sistemáticamente y en cualquier lugar del mundo a los controles de alquileres ha sido reconocido incluso por los economistas menos amigos del mercado: “De hecho, y si se excluye un bombardeo, el control de alquileres parece en muchos casos ser la técnica más eficaz que se conoce para destruir ciudades, como lo muestra la situación de la vivienda en Nueva York”, Assar Lindbeck, La economía política de la nueva izquierda.

Además, la escasez de vivienda llevó a adoptar ulteriores intervenciones: los incentivos fiscales a la adquisición de vivienda que discriminan frente a otras formas de ahorro e inversión o la promoción de la vivienda pública generadora de agravios comparativos, corruptelas y, por necesidad, crónicamente incapaz de satisfacer toda la demanda.

Contemporáneamente con todas estas medidas, la segunda mitad del siglo XX fue testigo de la completa entronización del papel moneda gubernamental –y sistemáticamente envilecido– como signo monetario. También en este punto los particulares se vieron obligados a adaptarse a la situación. Conforme la gente observaba que mantener el ahorro a medio y largo plazo en papel moneda o renta fija era sinónimo de perderlo casi todo, fue creciente el porcentaje que huyó a los bienes reales y particularmente a los inmuebles urbanos donde encontraron más que decentes depósitos de valor para sus ahorros. Se ha convertido en un lugar común entre los españoles –a mi juicio, inexacto y peligroso con las valoraciones actuales– aquello de que “los pisos nunca bajan”.

La situación española del último lustro se ha visto agravada por la expansiva política monetaria del Banco Central Europeo que situó los tipos de interés en el entorno del 2% para “fomentar el crecimiento” en plena ebullición de la economía española. Será bueno recordar que esta intervención fue resultado de presiones políticas desde el campo más radicalmente keynesiano que denunciaba la independencia de los bancos centrales y su falta de sensibilidad social.

En último lugar, pero no menos importante, un urbanismo completamente hostil a cualquier liberalización del suelo y en general infectado de socialismo y ecologismo hasta el tuétano acaba por completar el desolador panorama. Baste como muestra de tales despropósitos la última promesa de la otrora liberal presidenta de la Comunidad de Madrid, que se apunta a aquello de “hiper-restringido el suelo ahora vamos a por el vuelo”.

Elecciones y libertades

La relación entre la libertad y la democracia, es sumamente compleja. Es evidente que cada vez que el pueblo vota decide quien gobierna, lo cual evita que los políticos se atornillen a sus sillones de por vida. Y esto supone, como indicó Popper, un método para cambiar de Gobierno evitando el derramamiento de sangre. No tener que aguantar a tiranos de cualquier signo, ya se llamen Franco o Castro, Hitler o Stalin, es un argumento incontestable a favor de la democracia. Pero ¿es acaso el único?

Esta pregunta nos obliga a plantear bajo qué presupuestos podemos juzgar la democracia. La premisa del liberal sería la libertad. Con la democracia, todos votan y prima la opinión de la mayoría. Si un porcentaje considerable de la población vota a un político que quiere prohibir trabajar más de 35 horas semanales, por mucho que el resto se oponga a que decidan por él cómo debe utilizar su tiempo y cuánto quiere trabajar, nada podrá hacer contra la voluntad popular. Supuestamente, los derechos individuales tendrían que ser los límites al ejercicio de la soberanía, pero estos derechos han sido constantemente restringidos y tergiversados, como cuando se constitucionaliza que el derecho de propiedad tiene un fin social o se define al Estado con adjetivos como social, o sea, socialista, es decir, contrario a los derechos individuales.

Los impuestos son otro de los asuntos donde se aprecia que la mayoría desea pagar pocos tributos pero defiende que los ricos soporten la mayor carga fiscal porque, al fin y al cabo, son los que más tienen. Por tanto, a esos se les debe exigir mucho más. Para hacernos una idea, ahora que estamos en plena campaña de la renta, recordemos que el IRPF es un impuesto progresivo que supone que un incremento de renta provoca un salto en el tipo impositivo de forma que se penaliza el esfuerzo. Luego, una vez más, la mayoría decide sobre nuestro tiempo, bien porque tenemos que trabajar más meses para el Estado o bien porque nos anima a que tengamos más ocio (para evitar que se disipe el dinero que podríamos haber cobrado por trabajar más).

Y qué decir de los servicios sociales, desde la Policía hasta la Sanidad, pasando por la educación. Se nos impone una seguridad insegura, una sanidad masificada y una educación lamentable que no prepara a los alumnos para desarrollar un trabajo. El coste es claramente brutal, no sólo en eficiencia sino también en libertades. Como decía irónicamente un economista argentino, sobre otra de las medidas propias del Estado Providencia, el "seguro de desempleo" equivale a "desempleo seguro".

Lamentablemente, no podemos escapar a esta telaraña que nos atrapa como moscas. La agonía no se percibe pues nos invade una especie de letargo en el que vivimos pensando en que este es el mejor de los mundos. Nuestro voto nunca puede contrarrestar semejante situación.

El sistema democrático establece un mecanismo de rotación de oligarquías que ofrecen demagogia y promesas tan vanas e imposibles, como las del PP y el PSOE en Madrid: hacer del Manzanares una playa, propuesta que recuerda a aquella con la que soñaba el socialista utópico Fourier, convertir los océanos en limonada. La idea sin duda, sería refrescante pero estúpida. Como otras tantas que los charlatanes nos han estado repitiendo. Alguna, como la que ha expresado Simancas de que si se vota al PP este partido privatizará el aire, es tan increíble como propia de quien se comió la rosquilla tonta de San Isidro.

Por otro lado, no podemos desdeñar el hecho de que la gente desconoce el funcionamiento mínimo de los impuestos, la distribución de las competencias entre las autonomías y el Gobierno central, el cupo vasco, la financiación de la sanidad y de la UE o qué son las aduanas. Es decir, la gente no invierte tiempo en controlar a los políticos que ha designado. Es más, desconoce la teoría económica básica por lo que acaba creyendo que los salarios mínimos, los controles de precios y la redistribución de la renta son los medios para alcanzar el bienestar social. Está claro que no todos pueden ser expertos en todo pero quizás tengamos cierta responsabilidad en la medida en que votamos, porque con nuestros votos podemos estar apoyando políticas dañinas para la sociedad. ¿Hasta qué punto recapacitamos? ¿Presionamos a nuestros políticos para que cejen en sus perniciosos empeños? La respuesta es un flagrante no. Ahora bien, seguro que a muchos se le ocurre que los grupos de presión son la manifestación de ese sentir. Desgraciadamente, se dedican a expandir ideas catastróficas y se esfuerzan en recabar más fondos, como sucede con los artistas, verdaderas plañideras a la caza de un canon más expoliador que cubra unas imaginarias ventas potenciales.

Si la democracia no consiste en un sistema apoyado en votantes conscientes que conocen, al menos en teoría, el funcionamiento del Gobierno y que dedican tiempo a informarse y analizar la realidad de forma sosegada, sino que más bien se dejan guiar por lo que sus padres les han dicho, lo que parece más moderno o progresista, entonces quizá lo que argumenta Bryan Caplan en su apasionante libro The myth of the rational voter sea cierto: la democracia es "un concurso de popularidad".

Probablemente este juicio sea erróneo porque hay mucha gente que se esfuerza en seguir la actualidad y estar al día de lo que pasa en el mundo, pero el peso marginal de un voto en unas elecciones es irrelevante. Deprime pensar que ningún político sea 100% liberal, aunque compre una de nuestras camisetas. Nuevamente, citando a Caplan, cabe sostener que "en elecciones con millones de votantes, los beneficios personales de aprender más sobre política son insignificantes porque un voto difícilmente cambiará el resultado. Entonces ¿por qué aprender?"

La solución a este drama sería aumentar los ámbitos en los que prime la libertad individual y no la política, es decir, que sean las personas las que puedan tomar decisiones sobre su vida, libertad y propiedad de forma que, aunque envidiemos a nuestro vecino por tener dos coches o a nuestros jefes por cobrar más que nosotros no podamos utilizar la política para satisfacer nuestra sed de venganza, haciendo que el Estado les expropie más y más. Tampoco, cabría ampararse en la democracia para censurar o para promover la virginidad, como ha hecho Bush, gastándose a tal efecto 740 millones de dólares del erario público.

Por mucho que nos repitan, la solución no pasa por más democracia sino por una mejor democracia, aquella en la que la libertad no pueda ser destruida, por nadie, sea mayoría o no. Más importante que la democracia es una Constitución mínima que impida que el Estado se expanda, lo cual, siendo realistas, podemos calificar como una utopía porque el poder tiende a crecer, como la nariz de los políticos al mentir.

Sin embargo, estamos ante otro sueño porque ¿desde cuándo alguien que recibe un subsidio por desempleo, que tiene acceso a la sanidad pública y que no paga demasiados impuestos va a renunciar a estos "derechos"? Aunque se arguya que esa persona ganaría más en un mercado libre, mucha gente no desea más que la falsa seguridad de un Estado que desde la cuna a la tumba le ha cuidado como a un indefenso bebé.

Cambiar las cosas parece tan difícil que a veces el único voto que funciona es el votar con los pies, un voto efectivo para que cuando todo lo que uno ama, como cantaba Sabina, se llena de cenizas y quepa escapar de las democracias tiránicas. Así que para quienes se quejaban de que mis postulados resultaban poco prácticos cuando aconsejaba no votar por nadie, les planteo otra solución, como es votar con los pies. Eso si, compren calzado cómodo porque no podrán dejar de moverse.

Para el liberal, lo cortés no quita lo valiente

En estos tiempos de creciente polarización política –¿les suena la frase "no me hablo (u oso hablar de política) con fulano desde marzo de 2004"?– a veces cuesta trabajo creer que se pueda discutir o incluso disputar abierta y radicalmente de asuntos políticos con otros de forma productiva, o que las diferencias en la manera de ver el mundo puedan ser el sustento de una amistad.

Todos los que hayamos perdido o enfriado alguna relación de amistad, incumplido nuestras obligaciones maritales o sufrido el abandono por motivos político-ideológicos, deberíamos repasar la historia y aprender de algunas parejas "contra natura". No sugiero que dejemos de buscar afinidades y nos suscribamos a un chat socialista, neofascista o mariprogre (¿tal vez una copa con Miguel Sebastián?). Simplemente me gustaría recordar, y recordarme, que con frecuencia el contraste permite no sólo el aprendizaje, sino también la consolidación de las creencias propias. En otras palabras, que lo cortés no quita lo valiente.

En una misiva enviada a su amante Louise Colet, Flaubert dice a su compañera "Llegarás a la plenitud de tu talento despojando tu sexo, que ha de servirte como ciencia, y no como expansión. En George Sand, huele a flores blancas; rezuma, y la idea corre entre las palabras como entre los muslos sin músculos". Más allá de la deliciosa sensualidad del novelista, en esta cita destaca la gran admiración que Flaubert sentía hacia Sand. Sin embargo, poco tenían que ver estos dos autores en sus ideas políticas y morales más allá de compartir el desprecio por la hipocresía. De haber participado en alguna revolución, me temo que habrían estado en lados opuestos de la barricada.

Otro curioso ejemplo de amistad aux contraire lo proporcionan el progresista y anticlerical Benito Pérez Galdós y el conservador José María Pereda. No sólo profesaban ideologías opuestas, sino que la propia vida del canario, putero y manirroto, constituía una constante afrenta a la ética del cántabro. Sin embargo, su relación fue cordial y afectuosa, y alguna vez Pereda acudió en socorro de su desdichado amigo ofreciéndole apoyo económico y refugio cuando la disipación de Galdós lo colocaba al borde del precipicio.

Quizá un poco de flema británica nos ayudaría a la hora de enfrentarnos al dilema de convivir con el que persigue fines perniciosos para nuestros derechos. Es el caso de G.K. Chesterton y su amigo Holbrook Jackson, ambos críticos literarios e interesados en la figura del dramaturgo socialista George Bernard Shaw. Mientras que el primero se decantó por el catolicismo y lo que algunos jocosamente llamamos agro-liberalismo à la Sánchez-Dragó, el segundo optó por el fabianismo y el laicismo antirreligioso.

Sin embargo, eso no fue óbice para que Chesterton, a la hora de enjuiciar la monografía de Jackson sobre el "progre" Bernard Shaw, escribiera: "Podría haber escrito [Jackson] mejor filosofía si hubiera discutido con él [Bernard Shaw], pero ha escrito incluso mejor literatura defendiéndolo… el hecho de que el trabajo del señor Jackson mueva a la mente a reflexiones destructivas sólo prueba la espléndida sinceridad y simpatía intelectual que brilla a través de sus páginas."

En 1911, Hoolbrok Jackson envió a su amigo un ejemplar de su libro de aforismos titulado Platitudes (simplezas). Sobre él, Chesterton redactó en lápiz verde de punta gruesa una larga serie de anotaciones. La mayoría de ellas "deconstruye" de forma más o menos burlesca las ideas de Jackson, hasta el punto de que a veces es difícil imaginarse que quien las escribiera lo hiciera también desde el afecto. Sin embargo, así fue. Exceptuando el vituperio y la agresión, afrentas ante las que la mera tolerancia puede ser incluso más dañina que el entuerto cometido, la cercanía y la amable intimidad con el opuesto son posibles y aconsejables. El cómo hacerlo es otra historia, y en todo caso una cuestión puramente práctica. No obstante, no estaría de más dedicarle algún tiempo y unas cuantas neuronas. Les dejo con estas perlas de la dialéctica, cuyos autores ciertamente habrían estado poco complacidos con una presentación que con mucho ha rebasado los límites de la buena educación. Pido disculpas a ambos.

Jackson: La teología y la religión no son lo mismo. Cuando las iglesias están controladas por los teólogos, la gente se va.
Chesterton: La teología es simplemente la parte de la religión que requiere cerebro.

J: Todos los dogmas son correctos, pero es equivocado necesitarlos.
C: Todos, excepto los débiles mentales, los necesitamos.

J: Toda costumbre fue una vez una excentricidad; cada idea fue una vez absurda.
C: No, no. Algunas ideas han sido siempre absurdas. Ésa es una de ellas.

J: Sólo los ricos recomiendan a los pobres que se contenten.
C: Eso cuando no recomiendan el socialismo.

J: Las mayores cualidades del trabajador son su amor por el juego y su odio al intelecto. Estas virtudes le proporcionan un toque de paganismo que lo acerca a los dioses.
C: Lo que el trabajador detesta es el intelectualismo, la intelligentsia de Rusia. Yo también. La cabina del conductor del autobús está llena de intelecto.

J: La gran revolución del futuro será la rebelión de la naturaleza contra el hombre.
C:Espero que nadie vacile a la hora de disparar.