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Las Damas de Castro

A Fidel Castro le salieron rana las mujeres. Obviando su historia personal, ausente casi por completo de féminas (madre tiene), al dictador le han salido protestonas sus mujeres. No suyas por propiedad y aún menos por afecto, suyas porque se dirigen contra él y la maquinaria represora que orquesta y perpetúa. Son las Damas de Blanco, que siguen, después de cuatro años, reclamando que les devuelvan a sus hombres, a Los 75, detenidos en la primavera del 2003 por discrepar, encarcelados bajo cargos falseados, supuestas conspiraciones y delitos inexistentes.

A ellas dedica Juan Ramón Rallo una entrada en su bitácora. A través del relato de un cubano que firma como Timmy, el lector se ve transportado a un mundo alejado de las historias de película sobre la resistencia, un mundo real, en el que el protagonista es un tipo del montón, que se siente culpable por sobrevivir como puede. Para Timmy, la diferencia entre ellos, víctimas durante demasiado tiempo de una dictadura comunista, y nosotros, víctimas de un Estado que nos seduce para dominarnos, a golpe de subvención y tráfico de influencias, es clara cuando habla de los periodistas extranjeros:

Sólo los protege un frágil mandamiento de los gobiernos "No dañarás al vasallo de otro". Y su propio gobierno, por torpe y que repugnante que pueda verse, suscribe el mandamiento: "Cuidarás de tus vasallos". A diferencia del ¿nuestro? que sigue una variante distinta y más simple: "Harás daño".

Mucho daño. No solamente miseria económica, sino también aniquilamiento de la justicia y la libertad. Como se explica en la página web de las Damas, las sentencias de veinte años de privación de la libertad son dignas de ser leídas para calibrar el atropello. Los delitos son una nube de humo: "Según el gobierno, los opositores participaban en las ‘provocaciones’ y actividades ‘subversivas’ lideradas por el jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, James Cason. Sin embargo, la mayoría de los encarcelados no habían visitado nunca esa delegación diplomática, ni mucho menos conocido al señor Cason."

La cosa se agrava porque los presos de conciencia, por rechazar visitas de todo tipo y parte de su comida son represaliados dentro de las propias cárceles, donde la vida es ya un infierno: "las condiciones son –para todos los presos, no sólo para los presos de conciencia– infrahumanas: falta de higiene, escasos y malos alimentos, falta de espacio, abusos e incomunicación. Esta situación es difícil de combatir dado que, además, la observación de la situación de los derechos humanos en las cárceles cubanas no está permitida como actividad legítima, sino que es considerada ‘traición a la patria’ o un ‘atentado a la soberanía cubana’."

Timmy, quien publica sus reflexiones tras entrevistar a Laura Pollán, una de las Damas de Blanco, no es uno de Los 75. Es otra víctima de Castro, como cada cubano, incluidos los que no son tan conscientes de los abusos y tropelías del dictador y sus secuaces. Su seudónimo corresponde a un personaje de South Park, inválido, que sólo es capaz de pronunciar su nombre y el de su mascota. Refleja la realidad: la impotencia, la parálisis colectiva ante el abuso de la cúpula de poder y quienes tienen su favor.

No solamente están los muertos de Castro a sus espaldas, más de 100.000, también es responsable de las denigrantes acciones de quienes desprestigian la autoridad y la ley. La Policía viola niñas cubanas en los registros, algunas de las cuales terminan de jineteras, los hombres y mujeres de bien son represaliados y apartados de su puesto de trabajo, los estudiantes son expulsados de la universidad para impedirles el acceso a la formación y que sólo puedan conseguir trabajos sin cualificación. Mantener desarmado y mísero al pueblo es la mejor manera de alargar la barbarie. No hay más mercado que el ilegal. En esas condiciones la libre expresión implica el encarcelamiento, pero no como preso político, lo cual salvaría la honra del detenido, sino como un vulgar delincuente; te acusan de fraude y robo a tus compatriotas. Nadie habla de eso. Ellos no pueden. Nosotros miramos al techo. Terrible.

Tan terrible como la actitud del gobierno español de gira por la isla de la libertad. La semana pasada dos senadoras españolas recibieron a mujeres pro-régimen, que viajan por el mundo para denunciar el encarcelamiento de sus familiares (nuevos héroes de la revolución castrista) como terroristas en Estados Unidos. Tanto la vicepresidenta primera de la Comisión para Asuntos Iberoamericanos, Rafaela Fuentes, como la presidenta de la Comisión de Trabajo y Asuntos Sociales del Senado, y vocal de la Comisión de Asuntos Exteriores, Lentxu Rubial, hija del primer lehendakari pre-autonómico y vicepresidenta de la fundación Ramón Rubial que, entre otras cosas, atiende a presos españoles en el mundo, han sido las amables anfitrionas de las castristas. A diferencia de los familiares de las Damas de Blanco o de Timmy, que no han hecho nada, los héroes castristas se habían infiltrado en organizaciones "terroristas" asentadas en Miami que supuestamente ejecutan acciones criminales contra Cuba, incluida la colocación de bombas. ¿Le suena a chino? A mí también. Tiene tanto sabor a mentira como la información aparecida en el diario oficial castrista en la que se acusa a fundaciones benéficas y ONG’s de ser una plataforma terrorista a sueldo de los Estados Unidos, o como la propaganda que eventualmente aparece en la Agencia Cubana de Noticias atacando a la actual oposición, uno de cuyos miembros, Jorge Moragas ya no puede volver a Cuba. Organizaciones tan "peligrosas" como Reporteros Sin Fronteras, desde cuya página web alientan a agencias de todo el mundo para que apadrinen un periodista cubano encarcelado y no caiga en el olvido.

Terrible y vergonzoso. Tan vergonzoso como el acuerdo al que han llegado Joseba Azkarraga, consejero de Justicia, Empleo y Seguridad Social del País Vasco y María Esther Reus, ministra de Justicia de la nación caribeña. Según EFE, la agenda de la visita a Cuba de los representantes vascos con nuestro dinero, incluye varias sesiones de trabajo con el Tribunal Supremo Popular, con el cual esa Comunidad Autónoma tiene suscrito un acuerdo de colaboración. Las Damas de Blanco deben estar muy contentas al saber que el órgano represor que ha encarcelado a sus familiares va a funcionar asesorado por el Gobierno del País Vasco, lo que dará una mayor agilidad y eficiencia en su funcionamiento. ¿Se condenará ahora más rápidamente a inocentes, para celebrar el cuarto aniversario de la Primavera Negra de La Habana? Mientras tanto, ellas piden a Miguel Ángel Moratinos que no mire a otro lado, que las reciba.

Lo que denuncian Timmy y las Damas de Blanco con su día a día, con su persistencia silenciosa, es tan denigrante como el artículo de Carlos Carnicero a raíz de la visita de nuestro Ministro de Asuntos Exteriores a Cuba, pagado con los impuestos de todos los españoles. El periodista, conocido "experto en Latinoamérica, nacionalismo vasco, terrorismo de ETA o la cuestión palestina" declara sin pudor alguno: "En Cuba oigo el himno nacional y veo izar la bandera y no siento amenaza sino proximidad porque tengo la certeza de que dentro de veinte años seguirán las cosas igual si el enemigo, que siempre es exterior, no progresa."

Timmy no se "siente" amenazado en Cuba, vive amenazado, él y su familia, tanto como para ocultar su identidad. Las Damas de Blanco están amenazadas, y Los 75 padecen en sus carnes las amenazas del régimen del dictador Castro. Las palabras del periodista español me hacen enrojecer de vergüenza. Si Carnicero siente tanta proximidad con Cuba, debería irse a vivir allí; probablemente él disfrute de los mismos gustos que Castro y tenga tanta facilidad para acceder a esos placeres como el animal que rige los destinos de los cubanos que son, en su propia tierra, sospechosos en libertad condicional, como dice Timmy.

No se lo he contado, pero el personaje de South Park a veces es capaz de balbucear una frase: A World of Lies.

Libertad y moral religiosa

La norma fundamental de la ética de la libertad es el derecho de propiedad (equivalente al principio de no agresión). E única que puede ser universal, simétrica y funcional. Pero no todas las conductas compatibles con la libertad son igualmente exitosas. Los seres humanos guían su conducta social mediante normas morales (que pueden ser particulares, asimétricas y disfuncionales) sentimientos íntimos o tradiciones compartidas por el grupo (algunas compatibles, otras incompatibles con el derecho de propiedad).

La ciencia (especialmente la psicología evolucionista y la memética) puede explicar qué es la moralidad cómo surge evolutivamente como herramienta cooperativa y por qué tiene ciertos contenidos concretos. La ciencia también puede explicar la religión (la creencia en entidades sobrenaturales imaginarias) como un fenómeno natural para la mente humana.

La religión es un meme exitoso

La religión, en sus múltiples formas, es muy importante en la vida de muchos seres humanos: es un meme exitoso que ha conseguido conectar con los sistemas emocionales de muchos seres humanos que quieren tener fe y que se sienten molestos o incluso muy ofendidos si sus creencias son cuestionadas o atacadas (y entonces los más radicales e intolerantes pueden reaccionar con violencia física).

Las diversas religiones suelen presentarse como fundamentos y garantes de la moralidad, pero la religión no es imprescindible para la moralidad porque no es su base. Un ateo o un agnóstico pueden tener comportamientos perfectamente éticos, y un creyente puede ser violento y deshonesto. La religión no es fuente de sentimientos morales que son preexistentes, sino que se apoya en ellos, y en ocasiones los fortalece o complementa, pero también los distorsiona y puede hacerlos totalmente arbitrarios (la inexistencia de lo sobrenatural como base y la imposibilidad de comprobación permiten casi cualquier cosa).

La moral religiosa pretende ser perfecta, infalible, no acepta crítica (es la verdad absoluta) y no puede evolucionar (al menos en teoría, en la realidad histórica sí que cambia). La moral natural es imperfecta, pero puede existir sin interferencia religiosa, mientras que las religiones no suelen subsistir sin interferir con la moral.

Sumisión

Como el fundamento sobrenatural es inexistente, el contenido de la norma moral religiosa puede en principio ser cualquiera: la voluntad de la divinidad es misteriosa, y el transmisor de la revelación puede haber sufrido alucinaciones, equivocar el mensaje o simplemente inventárselo todo. Recurrir a premios y castigos tras la muerte es un engaño, que tal vez pueda funcionar (para controlar el comportamiento para bien y para mal), pero refleja la debilidad del sistema social de justicia. Fundamentar epistemológicamente mal la moral puede llevar a rechazar erróneamente preceptos morales adecuados si el creyente se da cuenta del engaño de la superstición de lo sobrenatural.

La libertad protege la voluntad individual en el ámbito legítimo de la propiedad; la religión suele insistir en la sumisión (voluntaria o coactiva) a la voluntad divina (expresada directamente de forma mística o a través de representantes terrenales). La libertad se basa en el subjetivismo y el relativismo de las preferencias humanas evolutivas; la religión insiste en la objetividad del bien y el mal absolutos y eternos recibidos mediante la revelación, y sus normas no suelen considerar los deseos humanos particulares.

Colectivismo

La libertad se refiere a individuos y sus derechos, la religión a menudo es colectivista: funciona como cohesionador de grupos y sirve de prueba de pertenencia a la comunidad de fieles o al pueblo elegido; si se opone al socialismo puede ser sólo por su materialismo. La religión puede fomentar la solidaridad y la confianza, pero también el colectivismo y la violencia (guerra contra el infiel o el hereje). Las sociedades pueden cohesionarse mediante principios éticos, humanistas y redes de relaciones voluntarias, sin necesidad de símbolos imaginarios inexistentes. La ausencia de religión no implica una sociedad atomizada sin lazos entre las personas ni entre el presente y el futuro.

El liberalismo se basa en la realidad objetiva, tanto del mundo como del ser humano (resultado de la interacción entre factores genéticos universales e influencias ambientales y culturales variables). El liberalismo es una filosofía racional, crítica, evolucionista, que se construye científicamente a partir de axiomas, hipótesis, deducciones lógicas y contrastaciones empíricas. La religión es un cuerpo de creencias, a menudo irracional, acrítico y creacionista, basado en revelaciones, tradiciones y dogmas arbitrarios y frecuentemente absurdos.

Crítica, resentimiento

No se trata de que la razón pueda aprehender, explicar y diseñar intencionalmente todo (constructivismo social, irracionalismo soberbio, disfrazado de racionalidad). Pero la religión revelada no es lo adecuado cuando la razón, siempre limitada, no da más de sí: lo acertado es reconocer los límites del conocimiento y proceder con cautela mediante ensayos (preferiblemente locales y parciales) con errores y aciertos.

Criticar la religión no implica pasión antirreligiosa ni resentimiento. La fe religiosa (la creencia en lo sobrenatural) no es en absoluto equivalente a la confianza crítica, provisional y escéptica en los fundamentos epistemológicos del conocimiento científico. Creer o no en la divinidad no es lo mismo que creer o no en cualquier otra cosa. El conocimiento se entiende como creencia verdadera y fundamentada, la fe religiosa pretende ser verdadera, pero en lo esencial no se refiere a la realidad ni está fundamentada epistemológicamente.

La naturaleza humana

No todos los memes son beneficiosos para sus portadores: algunos memes parásitos pueden ser nocivos. Es posible que un meme o costumbre sea útil y no se sepa por qué, pero también es posible que no se vea la utilidad porque no la tenga y sea conveniente eliminarlo (y tal vez se puede comprender su desutilidad): que hayan sobrevivido mucho tiempo en muchos sitios no implica necesariamente que sean correctos, o verdaderos, o adecuados (puede ser que su éxito reproductivo compense la desutilidad sobre sus portadores, o que sean falsedades usadas por los poderosos para manipular a las masas oprimidas). Algunas religiones pueden ser más adecuadas que otras, actuando como memes domesticados que cooperan para la supervivencia de sus portadores y que protegen de otras creencias religiosas más destructivas.

La naturaleza humana es precisamente natural, no sobrenatural. Preceptos morales religiosos pueden ser adecuados si se basan en la naturaleza humana, pero entonces son filosofía moral y no revelación sobrenatural. Interpretadas de forma sensata, prescindiendo de sobrenaturalidad, son adecuadas por lo humano, no por lo divino. A pesar de sus bases irracionales (y en algunos aspectos incluso debido a ello) la religión puede tener efectos positivos: pero eso no garantiza que su efecto neto sea positivo, o que la selección natural de grupos garantice que las religiones nocivas sean eliminadas.

Religión y ciencia

La religión como solución a los problemas humanos es problemática cuando choca contra el conocimiento científico de la realidad. La religión es parte del problema si la gente no piensa, sino que simplemente cree y se aferra emocionalmente a sus prejuicios recibidos durante la infancia. Algunas sociedades desarrolladas están moralmente empobrecidas (familias rotas, drogadicción, criminalidad, dependencia) y en declive no porque hayan abandonado la religión, sino porque se han colectivizado, por la importancia de la política y el intervencionismo coactivo contra las instituciones éticas espontáneas de una sociedad libre. Muchos creyentes saben poco de economía y ética y promueven el socialismo, fracasando sistemáticamente en sus nobles intentos de erradicar el sufrimiento y la pobreza.

La moral religiosa es legítima si se considera como consejos persuasivos para una vida buena y feliz, pero no lo es si se trata de mandatos coactivos impuestos por organizaciones que monopolizan el poder. Algunas creencias religiosas son liberticidas, mientras que el liberalismo incluye la libertad religiosa, creer lo que se quiera mientras no se agreda a los demás.

Nuevas normas que algunos no entienden

Si hay algo en lo que el mundo de 1980 es diferente al mundo que vivimos, es la abundancia de información de la que disponemos y la rapidez y economía con la que podemos transmitirla. Esto ha sido posible gracias a dos revoluciones que, por encontrarnos aun inmersos en ellas, no somos capaces de valorar en su justa medida. Se trata de la revolución de los ordenadores personales que arrancó en la década de los ochenta, y la de las redes que, con Internet a su cabeza, hizo su debut en el panorama mundial a mediados de los noventa.

No es necesario insistir que ambas revoluciones han cambiado el modo en que trabajamos y la manera en que nos relacionamos en buena parte del globo. En cualquier diario en la red hay material suficiente para pasar varios días leyendo, y, aunque nos pusiésemos a ello, sería inútil porque las noticias y reportajes se actualizan continuamente. Hoy por hoy, el coste de transmitir un kilobyte de información es cero, o tiende a cero y cualquiera dotado de un ordenador personal puede contribuir a la marea siempre creciente de información a la que una comunidad de ámbito mundial puede acceder en cuestión de segundos.

Los que tenemos entre 30 y 40 años de edad conocimos a la perfección el mundo anterior, pero la revolución nos cogió lo suficientemente jóvenes para integrarnos en ella y comprender las nuevas reglas desde dentro. Muchos empresarios que manejan información, es decir, contenidos, también lo han entendido y han apostado por este nuevo modo de distribuirlos tratando de ingeniárselas para ganar dinero en un mundo en el que ese producto, el de los contenidos, es muy barato o directamente gratuito. Ahora podemos escuchar música, leer durante horas, ver fotografías o vídeos sin pagar un solo euro y, a pesar de ello, hay empresas que son rentables ofreciendo eso mismo.

Otros, sin embargo, no han dado con el quid de la cuestión y siguen emperrados en el modelo antiguo, en el de las licencias de emisión y las grandes empresas de comunicación inevitablemente vinculadas al poder político. Esto, que se traducía en una oferta limitada que garantizaba cierta impunidad y un discurso monolítico, era tan bueno como puede ser el poder hablar sin que te respondan. Hasta hace bien poco tiempo, si a un magnate de la comunicación le daba por emprender una campaña contra alguien se salía con la suya y arruinaba la vida y hacienda de ese alguien, a no ser, claro, que otro empresario de la competencia saliese en su ayuda.

Hoy las normas han cambiado. Los grandes grupos mediáticos siguen siendo poderosos, pero sus dictámenes ya no son indiscutibles. Al otro lado hay siempre alguien que no está de acuerdo y tiene la capacidad de discutírselo o de sacar a pasear la trola poniendo en evidencia a los fautores de la misma. Y lo mejor de todo, tiene público que le escucha, amigos que le repiten y la magia del hipertexto que pone a cada uno donde debe estar.

El modelo de empresa que no ha entendido absolutamente nada de lo que se despacha en lo relativo a la información es, curiosamente, la mayor empresa de España dedicada a la información: el Grupo Prisa. Se ha dado de bruces una y otra vez con el medio y ha dilapidado una fortuna en tratar de hacerse un hueco en el mismo con muy poco éxito. Mal acostumbrados como estaban a ser ellos los portadores del mensaje dominante, llevan muy a malas que se les lleve la contraria, pero no hacen nada por aprender de lo que está pasando. Más de 10 años después de que Internet arrancase en España se mantienen en sus trece tratando de exportar un modelo periodístico ideal para triunfar en el siglo XX, y para hundirse en la miseria en el XXI.

Coartadas teóricas para el fascismo económico

Sin entrar a hablar de su utilización como arma arrojadiza de cómodo recurso en intercambios dialécticos, ante la falta de argumentos o ganas de pensar, “fascismo” es uno de esos vocablos que, a fuerza de ser mal y sobre-utilizado, ha acabado por convertirse en equivalente de todo lo execrable y desagradable del mundo. Sin embargo, es un peligroso proceder agrupar bajo la denominación de fascismo todas las prácticas despreciables de los totalitarismos. No sólo se pasan por alto las particularidades propias de cada uno, sino que se hace más sencillo exonerar a otros totalitarismos –casi siempre el comunista– de sus esencias criminales.

El fascismo es, efectivamente, una ideología y una forma política execrable. Y lo es tanto por sus métodos para alcanzar, ejercer y expandir su poder, como por la forma de organización social y económica que aspira a establecer. Por lo que respecta a los métodos, realmente existen pocas prácticas en las que los fascistas hayan sido innovadores, casi todo está ya en el leninismo: el partido ultra-disciplinado, la agitación y la propaganda, las milicias destinadas a dominar la calle, los campos de concentración, la persecución y la eliminación de los disidentes, la omnipresencia de la policía política, la desaparición de la vida privada y la generalización de las delaciones… La única creación fascista –nacional-socialista, para ser más exacto– es la purga a gran escala dentro de las propias filas. Una práctica que, por cierto, los comunistas tardaron bien poco en adoptar. Poco más de dos años transcurrió entre la Noche de los Cuchillos Largos y los Procesos de Moscú.

Algunos dirán que lo que hace característico al fascismo es su política racial. En Alemania, y tal vez en Japón, sí. Pero, desde luego, no en la Italia de Mussolini o en la España falangista inmediata a la posguerra. Existe en un punto mucho más esencial, común a todos los fascismos: la forma de organización de la vida económica que se establece y cuyas principales características podríamos resumir así:

  1. La producción y distribución de los bienes y la vida económica en general se planifica –bajo la supervisión del estado– a través de la integración en federaciones sectoriales de productores y sindicatos de trabajadores. Tal organización puede recibir diversos nombres: Estado Corporativo en la Italia de Mussolini; democracia orgánica en la España falangista; National Recovery Act en la pretendida transformación rooseveltiana. En ellos recae la función nominal de asignar cuotas de producción, fijar precios y condiciones laborales o conceder licencias. Simultáneamente, queda nacionalizado el comercio exterior, así como una serie de sectores denominados como estratégicos.
  2. Al mismo tiempo, el estado –que presume graves fallas en el funcionamiento del sistema de laissez faire– asume la responsabilidad del pleno empleo, utilizando para ello el recurso inflacionista de sufragar un formidable volumen de gasto público (obras públicas, gastos militares…) a través de los déficit públicos y la política monetaria expansiva.
  3. Se mantiene, al menos en nombre, el statu quo de la propiedad de los medios de producción. Es fundamentalmente de este punto del que deriva su aceptación, en tiempos de crisis, entre sectores conservadores y del establishment, que lo ven como una “tercera vía” para superar la lucha de clases y evitar los baños de sangre antiburgueses y anticapitalistas y la destrucción de capital humano asociados al socialismo de corte marxista.
  4. La puesta en marcha de políticas sociales de amplio alcance: educación, cultura y deporte públicos, fijación de salarios no referidos a la productividad, seguros sociales, etc. Se trata de una nota característica de los partidos de masas fundados y liderados, además, por personajes vinculados al sindicalismo y/o procedentes del socialismo: Benito Mussolini, Georg Strasser, Ramiro Ledesma, Juan Domingo Perón.
  5. Puesto que el poder estatal no es extensible más allá de las fronteras, el sistema económico aspira a la autarquía. Se sustituye el comercio internacional entre particulares por el militarismo expansionista (espacio vital) para la obtención de recursos no disponibles en el interior, por la política de sustitución de importaciones (sucedáneos –Ersätze–, el estructuralismo latinoamericano que tantas dictaduras populistas ha inspirado) o, en su defecto, por el trueque (clearing) llevado a cabo directamente a nivel intergubernamental.

El presente artículo lleva por título “Las coartadas teóricas del fascismo económico”, y es que siempre me ha parecido irritante que un adepto confeso de las políticas económicas fascistas como J. K. Galbraith –aunque él bien se guardara de reconocerlas como tales y hasta llegó a titular, con escasa vergüenza, su libro de memorias “Anales de un liberal impenitente” (Annals of an abiding liberal)– no sea estudiado como corresponde. Por motivos de espacio sólo reproduciré unas pocas citas para la reflexión:

“El mecanismo adecuado, al que casi inevitablemente llegaremos algún día, es una especie de tribunal público en el que estén representados el trabajo, las empresas y el público. Su jurisdicción debería estar limitada a los sindicatos y a las empresas más grandes: al sector organizado”. J. K. Galbraith, La Sociedad Opulenta, pág. 283

No puedes tener a la vez una política fiscal dinámica y un presupuesto equilibrado. Para reabsorber la capacidad de producción inutilizada y el paro, los poderes públicos deben gastar más allá de sus entradas fiscales. Entonces han de financiar el relanzamiento mediante el déficit presupuestario”. J. K. Galbraith, Introducción a la economía, pág. 143

La tercera etapa necesaria es algún tipo de control sobre salarios y los precios para impedir que se produzca la espiral alcista que tendría lugar, de otro modo, a medida que llegase el pleno empleo. (…) De hecho, el problema del control una vez que se han conseguido superar los obstáculos morales no es demasiado difícil“. J. K. Galbraith, La Sociedad Opulenta, pág. 282.

También hay productos y servicios, algunos de la mayor utilidad o necesidad, que no pueden nacer por obra del mercado. (…) Ni siquiera se descubren ni suministran, en esos casos, todos los requisitos de una planificación eficaz. Por ello esas tareas se cumplen mal, con incomodidad, o cosas peores, para el público. Si se reconociera que son tareas que requieren planificación, pero se han dejado sin planificar en el contexto de una economía ampliamente planificada, no habría vacilaciones ni disculpas vergonzantes en el uso de todos los instrumentos necesarios para planificar. El rendimiento sería muy superior“. (J. K. Galbraith, El Nuevo Estado Industrial, págs. 385-386).

La Europa del futuro

Esperanza Aguirre ha estado en Bruselas, donde ha dicho algunas verdades necesarias acerca de Europa. Concretamente, ha subrayado el problema endémico de una Europa de grandes palabras que no interesa a los ciudadanos y que, en lugar de tanta teatralidad, tiene que centrarse más en la competitividad, el medio ambiente y la lucha contra la pobreza mundial.

Cuando parecía que íbamos a lanzar un aplauso individual a Esperanza, sus palabros se han convertido en los mismos que podemos oír a los líderes europeos. El medio ambiente ya es uno de los objetivos de Europa y, por ello, estamos con Kyoto a vueltas y ufanos porque nuestras bombillas van a ser super-mega-hiper ecológicas, no sea que por tanto gastar electricidad, la temperatura terráquea se eleve un par de grados y se derritan los polos.

Y qué decir de la lucha contra la pobreza, ese propósito en el que la UE es sumamente generosa pues hace lo que Robin Hood pero de forma sistemática. Coge de aquí y de allá (léase del bolsillo ciudadano) y reparte el botín entre el resto de la humanidad. Evidentemente, lucha mucho, mucho.

Sobre el comercio justo, al que se refirió la presidenta de la Comunidad de Madrid, supongo que será el mismo que tiene lugar entre dos partes, cuando no media la coacción ¿no? Es decir, el que se produce a diario. ¿Acaso existe otro comercio más justo?

En cuanto a la competitividad europea, es cierto que tenemos un serio problema que difícilmente se podrá solucionar si no reconsideramos la legislación laboral actual. Con los sindicatos imponiendo sus deseos, pocas oportunidades tenemos de reducir el paro y tener unas economías que sean capaces de generar riqueza de forma sostenida.

Ahora bien, si no se procede a bajar los impuestos de forma inmediata, como parece que está haciendo el Reino Unido al prometer reducir el impuesto sobre sociedades del 30 al 28% para el 2008 y seguir bajándolo progresivamente hasta el 22% en 2009, tampoco podrá estimularse la competitividad europea.

Ahora bien, reducir los impuestos conlleva la necesidad de cortar de raíz muchos de los gastos públicos y ver si realmente es necesario que todos estemos bajo el paraguas de lo público en áreas como la educación, la sanidad o las pensiones, sobre todo, cuando nadie nos ha preguntado lo que queremos. Pero de nuevo, esta reflexión estuvo ausente en el discurso de Esperanza, porque, francamente, ningún político recortará el Estado de malestar actual ya que sabe que perdería votos.

Al mismo tiempo que se habla de bajar impuestos, ya se está pensando en subir los tipos de IVA. Al final se compensaría la pérdida de ingresos de unos impuestos con el incremento de la recaudación en otros. Por tanto, mucho cambio para quedarnos como estábamos.

Europa tiene que replantearse por completo a dónde quiere ir a parar pero de forma mucho más radical que la que expuso Esperanza. Europa está caduca, es demasiado socialista y ecologista, y no es consciente de que el futuro está en otros continentes. Nuestra visión es, por decirlo finamente, un pozo sin fondo, donde el golpe siempre se posterga y posterga porque nunca llega.

La esperanza es que gente como Esperanza pueda liderar algún cambio de futuro, aunque bajar unos puntos algunos impuestos y eliminar otros, como dicen los anglosajones, does not make a difference; es decir, no supone una diferencia importante.

Si es usted depresivo, entonces olvídese de lo anterior porque decir a las claras que Europa no tiene futuro es el discurso que nunca se lo oiremos a un político como Aguirre. Pero c´est la vie. ¡Brindemos por el 50 aniversario del Tratado de Roma!

Sobre la adopción (II)

Hace unos meses escribí un artículo en torno a la adopción cuyas conclusiones levantaron un poco de polvareda. En el debate posterior se plantearon interesantes contra-argumentos y me gustaría revisitar el tema a la luz de estas réplicas y ulteriores reflexiones.

Entonces argüí que los padres tienen un derecho de tutela sobre sus hijos, un derecho a decidir con respecto a su desenvolvimiento en tanto el menor no pueda decidir por sí mismo. El papel de los padres es el de curador. El niño no es propiedad suya, es un sujeto de derecho, y en este sentido no puede ser víctima de maltrato o abusos. Pero en tanto carezca de autonomía y capacidad de elección forzosamente otros tendrán que decidir en su lugar. La pregunta es quién.

A la hora de asignar o identificar derechos, desde un punto de vista liberal, cabe hacerse dos preguntas: ¿es el elemento en cuestión susceptible de ser objeto de derecho? ¿Quién tiene el mejor título de reclamación sobre ese elemento? En el caso de las personas, ambas preguntas nos llevan a la auto-propiedad (derecho a decidir con respecto a nuestra propia persona). En el caso de los recursos externos, estas preguntas nos llevan a la propiedad privada a través del homesteading (el primer ocupante decide con respecto a su uso). En el caso de los niños el tema se complica, porque de un lado está claro que no son recursos externos sino personas humanas, pero al mismo tiempo no tiene sentido considerarlos plenos propietarios de sí mismos cuando son abiertamente dependientes de las decisiones de terceros. Luego por necesidad (a menos que defendamos que los niños han de permanecer aislados y valerse por sí mismos) debe ser legítimo que otras personas decidan con respecto al menor (decidan cómo tiene que ser educado, qué actividades debe practicar, etc.). Con esto contestamos a la primera de las dos preguntas: alguien tiene derecho a decidir con respecto al menor. En cuanto a la segunda, los padres tienen en relación con sus hijos un vínculo natural y objetivo del que carecen las demás personas. Ellos son, a diferencia del resto de la humanidad, quienes han traído el niño al mundo, y esta es la razón por la que poseen una mejor reclamación sobre la tutela del menor.

De este modo queda establecido que el niño tiene derecho a no ser agredido, pues es una persona con derechos propios, pero al mismo tiempo está sujeto a la tutela de sus padres en tanto no desarrolle la autonomía moral suficiente. (Stephan Kinsella tiene un artículo muy instructivo sobre esta cuestión: How we come to own ourselves.)

No obstante, quienes estén familiarizados con el concepto de la responsabilidad parental (véase también la discusión aquí) se preguntarán: ¿tienen los padres un derecho de tutela o más bien una obligación con respecto al niño? Si tienen una obligación, entonces es el niño el que tiene un derecho. Pero no vayamos tan rápido. El principio de la responsabilidad parental reza que los padres, por el hecho de colocar al niño en una posición vulnerable y de dependencia, tienen la obligación de proveerle sustento (hasta que esta vulnerabilidad/dependencia desaparezca). Del mismo modo que si empujamos al agua a un individuo que no sabe nadar tenemos la obligación de socorrerle (so pena de cometer homicidio), si traemos al mundo a un bebé que no puede sobrevivir por sí solo luego no podemos desentendernos, tenemos la obligación de darle sustento. Pero la obligación acaba aquí. Todo lo demás (la educación que debe recibir, las actividades que debe desempeñar, los valores que debe adquirir) no está cubierto por el principio de la responsabilidad parental.

Así, tenemos la obligación de los padres a proveer sustento y su derecho a decidir en aquellos ámbitos que trascienden la provisión de sustento. Ahora considerémoslo desde la óptica del menor, para que se vean claramente la implicaciones de esta conclusión: el niño tiene, ante todo, unos derechos negativos frente a las demás personas (derecho a no ser maltratado, abusado etc.), y en segundo lugar un derecho positivo a que los padres le provean sustento. Cualquier exigencia adicional ni queda cubierta por el principio de no-agresión ni por el principio de la responsabilidad parental (que a su vez deriva del anterior).

Llegados a este punto planteo la siguiente pregunta, que entronca con el debate sobre el mercado de adopciones: ¿de dónde se sigue que el niño tiene un derecho positivo a no ser traspasado a otra familia (y por tanto a permanecer en el seno de su familia biológica)? Los derechos positivos del niño (los derechos a recibir algo de los demás) empiezan y acaban con la provisión de sustento. Sin duda cabe imaginar muchos otros derechos positivos, lo difícil es justificarlos desde un punto de vista liberal, retrotrayéndolos al principio de no-agresión. Quienes no secundan el principio de la responsabilidad parental porque es un derecho positivo se contradicen si se oponen a la libre donación-adopción de niños. Quienes secundamos el principio de la responsabilidad parental entendemos que los niños sí tienen un derecho positivo (el de recibir sustento) pero de ahí no se colige ningún derecho positivo a permanecer bajo la tutela de los padres biológicos. El sustento también puede quedar garantizado siendo otra familia la que se encargue de cuidar al menor. Los afirmaciones del tipo "el niño tiene derecho a un familia con un padre y una madre" o "el niño tiene derecho a no ser cuidado por una familia distinta de la original", en tanto implican derechos positivos que no emanan del principio de no-agresión, me parecen ajenas al liberalismo.

Quizás haya quienes consideren que esta exposición peca de un exceso de racionalismo y que lo único que hay que sopesar es si un libre mercado de adopciones beneficia o no a los niños. Aunque no creo que la discusión abstracta sobre derechos pueda desvincularse de un examen más pragmático / utilitarista, recojamos el guante. Ya expuse que la libre donación-adopción de niños tiene a mi juicio tres efectos positivos fundamentales: en primer lugar desincentiva el aborto (la mujer embarazada que no desea tener un hijo tiene incentivos económicos para tenerlo y darlo en adopción), y este es un punto que debería considerar seriamente todo aquél que, como yo, se siente abrumado por las dimensiones del fenómeno abortista. En segundo lugar desincentiva el abandono al pie de la escalinata a favor de abandonos más "ordenados" (mediados por orfanatos privados, por ejemplo). En tercer lugar permite el traspaso de niños de familias que no los quieren a familias que sí quieren cuidar de ellos (y en la medida en que los maltratos y abusos se dan en los primeros, tenderían a disminuir). Sin duda en este contexto también habría indeseables que adoptarían a un menor para abusar de él escapando a la justicia, pero estos abusos ya se dan hoy en día y no está claro que fueran a suceder con más frecuencia. Pero, sobre todo, no creo que sea una razón para rechazar in toto un mercado de adopciones, por lo mismo que la existencia del fraude no nos lleva a prohibir todo el comercio de bienes (solo a prohibir y a perseguir los intercambios fraudulentos).

Progres, váyanse a Cuba

Las listas de distribución de correo son una de las mejores formas de estar al día y saber lo que se cuece en ciertos ámbitos. Una de mis favoritas es la Sexualities del Latin American Studies Association, gestionada por Adan Griego de la californiana universidad de Stanford. Lo malo de las listas es que junto a la información valiosa uno también recibe las mayores barbaridades. La libertad de expresión no es gratis, y yo estoy dispuesto a pagar su precio, aunque también puedo protestar cuando me plazca.

El pasado siete de marzo recibí un texto vía ese grupo cuyo titular anunciaba: "En lo que respecta a los derechos gays, ¿está Cuba por delante de los EE.UU?". La pieza provenía del USA Today y estaba firmada por DeWayne Wickham.

El artículo señalaba el gran movimiento que el "rígido" (sic) Gobierno de Fidel Castro estaba protagonizando a favor de los derechos de los homosexuales. Entre otros grandes hitos, el autor señala la producción y "visionado" de la película Fresa y Chocolate, el declive en la persecución de gays, la aparición de un personaje homosexual en un culebrón y el proyecto gubernamental de "dar a las parejas de personas del mismo sexo algún tipo de estatus".

Además, según afirma Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, "tenemos que redefinir el concepto de matrimonio" pues "el socialismo debe ser una sociedad en la que nadie sea excluido". El autor considera irónico que un Gobierno "llamado totalitario" expanda los derechos de los homosexuales mientras que a su juicio en los Estados Unidos se está produciendo justo lo contrario.

Una de las causas de este cambio reside en el papel desempeñado por Mariela Castro, sobrina del dictador –lo de dictador es mío, no de Wickham– y presidenta del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba. Otro factor es la estrategia cubana de defenderse de los "intentos norteamericanos por derrocar el gobierno comunista y reemplazarlo por una democracia al estilo de la de los EE.UU."

El artículo finaliza con las conocidas fórmulas de apoyo al régimen castrista: "El tira y afloja de 50 años de Cuba con los EE.UU es una lucha ideológica. Es una competición entre los ideales socialistas de este país y los esfuerzos norteamericanos por imponer su voluntad en esta isla nación (…) su resultado dependerá de la guerra de trincheras en la que Cuba lucha por los corazones y las mentes de su pueblo, tanto de los heteros como de los gays."

Uno puede ser comunista, castrista o lo que le guste. Algunos incluso afirman continuamente que en Cuba se vive mejor que aquí, aunque nadie se atreve a dar el paso de la emigración al paraíso socialista. No voy a decir nada que no se sepa sobre el inmenso océano de hipocresía que inunda el llamando "pensamiento progresista" en Occidente. Pero usar la represión y el intento fallido de genocidio –uso la definición actual del término, que incluye tanto a grupos políticos como a homosexuales– que los gays cubanos han sufrido bajo el régimen comunista cubano, a fin de redactar una pieza de propaganda y de paso presentar al presidente Bush como una amenaza para los derechos humanos rebasa con creces los límites no sólo de la profesionalidad, sino también de la moral.

Artículos como el reseñado son un insulto para las decenas de miles de gays y lesbianas cubanos asesinados, torturados y encarcelados desde que Castro, su amigo Che Guevara, sangriento representante de la homofobia más cerril, y los otros decidieron que los homosexuales éramos una excrecencia de la sociedad burguesa, y por tanto deberíamos desaparecer. Y si no lo hacíamos por propia voluntad, ya se encargarían ellos de echar una mano a la madre naturaleza, que al final ha dado la razón a quien la tenía. Lo mismo sostuvieron muchos marxistas sobre el judaísmo, aunque por fortuna hoy en día son pocos los socialistas que se atreven a defender estas ideas. No obstante, el precio en vidas que ha costado sacarlos de su delirio ha sido bien alto.

Celebro que el Gobierno de Cuba haya decidido que ya no hace falta ir cazando y matando homosexuales, aunque todo dependa del capricho de la sobrinita del dictador. No quiero ni pensar lo que ocurriría si mañana la señora se enemistara con un gay o, por ejemplo, discutiese con alguno sobre la elección de restaurante donde tomar el brunch dominical; ¿hay de eso en Cuba más allá de los hoteles para extranjeros y las mansiones de los dirigentes comunistas? Vamos, que a la mínima la situación puede volver a empeorar.

Hay que ser muy miope o poseer mucha mala fe para alabar a un régimen político en el que los principios rectores de la política se reducen a los antojos de la familia dirigente y a su proyecto de perpetuación en el poder sine die. No me gusta que Bush haya intentado reformar la constitución de su país para evitar el matrimonio gay, aunque a Wickham se le olvida mencionar que el presidente sí se muestra partidario de legislar para que las parejas gays no sean discriminadas en asuntos fiscales, de herencia y demás. Y en todo caso, digan lo que digan él y sus partidarios, son el pueblo libre y los tribunales de justicia los que en último caso decidirán, no el humor con que se levante alguna sobrinísima.

Entre un Bush o un miembro de Hazteoir.org y un comunista cubano –o un islamista de esos que le encantan a ZP, Zerolo y Moratinos– yo lo tengo muy claro. ¿Quién de ellos me considera una persona y por tanto ser racional y valioso en mí mismo? ¿Quién de ellos considera que poseo unos derechos y libertades inviolables que no pueden ser cercenados sin causa justa y razonada? ¿Quién de ellos se atendría a negociar conmigo? ¿En quién debo confiar en caso de llegar a un acuerdo?

Exhortar a los gays cubanos a decirle a Mariela Castro "Señora, quédese usted con sus derechos" sería apelar a un heroísmo rozando lo temerario. De todas formas, lo que sí les digo a tod@s l@s "mari progres" hispan@s y foráne@s es que su apoyo al totalitarismo no tiene ninguna gracia. Como mínimo, resulta trágico. Como máximo, es un viaje hacia el suicidio en el que espero no encuentren muchos compañeros de viaje. Se puede ser marica –y a mucha honra– pero no imbécil.

Sagas empresariales

En la Unión Europea las empresas familiares (EF) representan entre el 60 y el 90% del volumen de negocios, según naciones, y suponen dos tercios del PIB y de los empleos. En Estados Unidos, a mediados de los noventa, más del 90% de las empresas eran familiares, algo más de la mitad de los bienes y servicios de aquel país. La tercera parte de las Fortune 500 (las quinientas empresas más importantes en USA) a finales del pasado siglo estaban controladas o dirigidas por familias. A pesar de cierto menosprecio por parte del ámbito académico, las EF representan una poderosa realidad económica y gozan de buena salud.

Las crónicas acerca de las EF se suceden continuamente. Acaba de publicarse que parte de la familia Areces pleitea en los tribunales una mejor valoración de sus acciones para su próxima salida de El Corte Inglés. Amancio Ortega ha sido recién designado por Forbes el octavo hombre más rico del mundo y no debería obviarse el carácter aún familiar de su imperio cuando su ex-cónyuge, Rosario Mera, posee el 7% de Inditex-Zara. Los ejemplos de EF exitosas enredadas por múltiples cuestiones podrían ampliarse. En cualquier caso, ¿cuál es la marca diferencial de las EF respecto de las empresas estrictamente gerenciales? Siempre se consideró por los historiadores económicos (Alfred D. Chandler y otros) que la gestión eficaz de las empresas debería atribuirse en exclusiva a directivos profesionales y que los negocios familiares eran otra cosa, un asunto menor entre clanes. No obstante, la EF ha sobrevivido a la marea burocratizante, tiene voz propia y levanta el vuelo.

David S. Landes, en su última obra Dinastías (Crítica, 2006), no da una definición totalizadora de la EF –cuestión relativamente ardua si preguntamos en las cátedras de EF– pero sí que descubre un relevante friso de las interioridades de las familias más acaudaladas del mundo. Landes cuenta el majestuoso ocaso de la casa Rothchild, la sempiterna alianza de dinero, poder y corrupción en los Morgan y los Rockefeller, las indecisiones de los Ford y la pugnaz supervivencia de los japoneses Toyoda.

Interesa además en Dinastías ciertas consideraciones en torno al subdesarrollo. El autor eleva la apuesta en favor de las EF como factor de prosperidad en los países pobres ante la globalización. Quizá la tecnología y la logística internacional son insuficientes: "Las ventajas culturales… no son fáciles de emular, y los emisarios enviados al extranjero para aprender o los viajeros que aprenden de sus estancias en el extranjero no siempre están dispuestos a regresar a su país natal. La exportación de talento humano puede ser más duradera que la exportación de capital o de bienes". Landes ejemplifica con la temprana industrialización de Egipto a principios del siglo XIX –vertical, desde arriba– que no funcionó sin un previo tejido empresarial familiar. De ahí la importancia de las estirpes que ofrecen numerosas pruebas de carácter emprendedor y superación de riesgos. Hay interesantes estudios sobre los valores familiares entre comerciantes del Líbano que se mantienen incólumes frente a los desastres de la guerra.

En ocasiones la EF metamorfosea en empresa gerencial y viceversa. Parece una condición guadianesca para la supervivencia: o bien se contratan managers y la familia permanece en segundo plano, o bien se prescinde de extraños y se asume todo el protagonismo. Una muestra: los Agnelli y los Peugeot tuvieron en la ejecutoria de Cesare Romiti y Jean-Martin Folz, respectivamente, una temporal tabla de salvación. Es posible que la clásica explicación de los tres círculos "pariente-propietario-empleado" que se entrecruzan no aclare por completo la realidad del fenómeno familiar, sino más bien la perseverancia de sagas empresariales que fracasan, renacen o se agazapan, sustentadas en capacidades intangibles, tácitas, no articuladas, que el azar o la causalidad hacen brotar o sumergir. Tales capacidades configuran el inaprensible escenario de los negocios familiares.

Política y competencia según Castillo de Bobadilla

Jerónimo Castillo de Bobadilla, uno de nuestros clásicos liberales de la Escuela de Salamanca, escribió en 1597 su obra principal en dos volúmenes, denominada Política para corregidores y señores de vassallos, en tiempos de paz y de guerra y para juezes eclesiásticos y seglares, juezes de comisión, regidores, abogados y otros oficiales públicos. Dicho tratado constituye una obra de referencia sobre la ciencia política y administrativa del Siglo de Oro español.

Su Política fue concebida con una finalidad eminentemente práctica, y se convirtió pronto en un clásico en donde se recogía numerosas observaciones y recomendaciones para el buen gobierno de los corregidores, jueces y otras autoridades municipales; todo ello tratado desde la propia experiencia profesional del autor. Si bien la obra sufrió ciertas amputaciones en 1640 a instancias de la Inquisición, se imprimieron numerosas ediciones de su Política hasta bien entrado el siglo XVIII.

Castillo de Bobadilla, sabedor de los desmanes de las autoridades municipales, denunciaba un hecho que, por desgracia, es hoy también de aplicación: “Pocos ayuntamientos hay donde no haya regidores aprovechando”; como se ve, todo un clásico. Ya por entonces nuestro jurista constató que el servicio público era en demasiadas ocasiones una mera plataforma para el lucro o promoción personal a expensas de los demás, siendo un sorprendente precursor del antirromanticismo político de la Escuela de la Elección Pública de J. Buchanan y G. Tullock, por lo menos a escala municipal.

En su haber de logros conceptuales, Castillo de Bobadilla en su Política para corregidores defendió la propiedad privada como refugio frente al poder, el principio de equidad para dar con sentencias justas, la costumbre como fuente de derecho jerárquicamente comparable a la ley escrita y, en ocasiones, superior a ella (acotando, pues, la autoridad del monarca) y pudo también expresar con nitidez sobresaliente –en el capítulo cuarto del segundo volumen de su Política– una de las leyes más universales que existen con respecto a la oferta: “Los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de los vendedores”.

Éste fue uno más de los numerosos y atinados hallazgos de los miembros de la fructífera Escuela de Salamanca. El pensamiento liberal sabe bien que la competencia supone la movilización más eficiente de los recursos, capacidades y conocimientos de los vendedores/productores en beneficio del consumidor y de la sociedad entera. No obstante, la inaplicación de dicha ley tiene un claro origen: la intervención de los poderes públicos sobre el mercado.

Siguiendo el enunciado de esta ley de Bobadilla, podemos decir que los precios de los bienes y de los servicios no bajan todo lo que debieran –inflación y expansión crediticia aparte– porque existen:

  1. Impedimentos a la abundancia de vendedores: burocracia o abrumadoras regulaciones inhibidoras de la iniciativa empresarial, licencias o autorizaciones selectivas de actividad, tipos impositivos elevados que descapitalizan a empresas, aranceles o restricciones a la importación, clasificaciones y recalificaciones administrativas que impiden la competencia entre oferentes de suelo, etc.
  2. Restriccionesa la emulación de vendedores: leyes excesivamente protectoras de los derechos de propiedad intelectual o industrial, monopolios a la explotación de ideas, etc. y/o
  3. Ausencia de la concurrencia de vendedores: monopolios estatales, concesiones administrativas de explotaciones en exclusiva, cuotas al libre establecimiento empresarial, acciones de oro, etc.

Nadie debiera quejarse por la llegada de la competencia, ni siquiera el empresario (pese a hacerle la vida un poco más complicada) pues es un beneficio social evidente. De lo único que debe lamentarse un empresario es de no ser capaz de modificar su estructura productiva para adaptar sus procesos productivos a los permanentes cambios que se dan en el mercado, siempre dinámico. El consumidor debería, en estos casos, tener siempre a su disposición la respuesta adecuada a dicha incapacidad empresarial: irse a la competencia que mejore lo ofertado (pese a que sus queridas empresas nacionales o de su terruño se queden sin ingresos. Es pertinente traer a colación esta cita de Adam Smith en su Riqueza: “La máxima de cualquier padre de familia [léase también estado] es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar”).

Las empresas de cierto fuste, incluidas las multinacionales, no temen seriamente a los gobiernos ni a los reguladores públicos (las más de las veces pueden, y de hecho llegan, a acuerdos con ellos). Lo que realmente temen es a la competencia. Ella es un freno eficaz a sus abusos y sirve de acicate real para aumentar su productividad y explorar nuevas vías de producción, dando, por tanto, lo mejor de sí mismas.

Cuando la competencia hace acto de presencia pueden tomarse básicamente dos caminos: o bien abortarla o bien mejorar los precios o calidad de los bienes/servicios ofrecidos mediante la reducción de costes o la introducción de innovaciones de todo tipo.

Es lamentable constatar que el freno a que surja la competencia es fácil de conseguir, pues los empresarios socialmente improductivos o, en el mejor de los casos, saboteadores de la libertad, dedicados a la búsqueda de blindajes, privilegios o de rentas ajenas tienen demasiado a mano el canal legitimador de la coacción pública (sobre todo si ésta adolece de gatillo fácil para legislar a cambio de financiación) para, con su inestimable colaboración, revertir exitosamente esta ley económica expresada por Bobadilla en su Política e impedir que bajen los precios en el mercado mediante el logro de la escasez de oferentes, la restricción a la emulación o la ausencia de concurrencia de vendedores.

En estos casos habrán intervenido fatalmente elementos exógenos a la institución del mercado, poniendo en cuarentena la deseable rivalidad entre empresarios.

Malthus y la huella ecológica

La base de las protestas ecologistas es casi siempre malthusiana. Los hombres siempre estaríamos consumiendo más de lo posible, con consecuencias desastrosas. Si Thomas Malthus puso su atención en la producción de comida, que estaría siempre por debajo de las necesidades humanas y, por tanto, limitaría su crecimiento, los ecologistas modernos se han centrado en todo tipo de recursos, desde el petróleo hasta la tierra cultivable.

Una de las últimas modas consiste en hacer un test para averiguar nuestra "huella ecológica". Según uno de ellos, para mantener mi nivel de vida consumo 4,3 hectáreas (la media española sería de 4,7) y para que todos los habitantes de la Tierra pudieran vivir como yo harían falta 2,4 planetas. Está basado en una medida harto discutible que "traduce" todos los tipos de consumo a áreas, de modo que "ocupemos" no sólo la zona en la que vivimos, sino el terreno necesario para darnos de comer, los recursos energéticos que consumimos e incluso el área de bosque necesaria para absorber el CO2.

No voy a preocuparme en discutir si la medida es buena o mala; parece bastante admitido que no es más que una aproximación que, de hecho, no puede ser precisa. No deja de ser curioso, eso sí, como los ecologistas caigan y hagan caer en la gente una y otra vez en la misma falacia económica, negando la posibilidad de un cambio tecnológico que, de hecho, sucede continuamente. Por ejemplo, la "revolución verde" ha permitido multiplicar nuestra producción agrícola incrementando el suelo cultivado en sólo un 2% desde 1950. Sin embargo, si hubieran inventado esta medida de "huella ecológica" antes de los años 60, la producción alimenticia hubiera cubierto el número de hectáreas necesarias para darnos de comer con la tecnología agraria antigua. Hemos reducido de hecho nuestra huella en la alimentación desde entonces comiendo cada vez más; la tecnología lo ha hecho posible.

Lo mismo sucede con otros recursos como los energéticos. El enorme desarrollo que disfrutan China y la India ha producido, por ejemplo, un gran encarecimiento del petróleo. Eso ha provocado que se comiencen a emplear fuentes cuya extracción no era anteriormente rentable, como las arenas bituminosas de Canadá, y las compañías hayan buscado y encontrado otros lugares donde extraer petróleo.  Y es que, como argumentó Julian Simon, las "reservas conocidas" no son más que la cantidad total existente en las zonas que han sido estudiadas y parecen prometedoras con las técnicas de extracción actual. Así, Exxon asegura que el abastecimiento está asegurado hasta 2030 "y más allá".

Por último, hay que recordar que el precio es precisamente medida de, entre otras cosas, la escasez. En el momento en que cualquier recurso se hace relativamente escaso con respecto a la necesidad que tenemos de él se encarece, reduciendo automáticamente nuestro consumo y obligándonos a economizar. Se crea así un enorme incentivo para que inventores y empresarios pergeñen nuevos modos de hacer lo mismo empleando menos cantidad de ese recurso. Como dice el economista Jesús Huerta de Soto, "el descubrimiento, por ejemplo, de un carburador que duplique la eficiencia de los motores de explosión tiene el mismo efecto económico que una duplicación del total de reservas físicas de petróleo".

El concepto de huella ecológica se utiliza para atacar ideológicamente a las sociedades libres desde dos frentes distintos. Por un lado, olvidadas ya por absurdas las tesis marxistas de explotación del proletariado y las leninistas de explotación del Tercer Mundo (pues éste ya ha demostrado en Asia que puede enriquecerse haciéndose capitalista), ahora se impone el concepto de deuda ecológica; las sociedades prósperas estarían haciéndose ricas a costa del planeta y de los países pobres, a los que estaríamos esquilmando sus recursos. Por otro lado, intenta imponer la idea de que nuestro desarrollo es imposible de sostener porque la Tierra no da más de sí, facilitando la imposición de medidas que lo coarten.

Evidentemente, cada uno es libre de hacer el test de su huella ecológica, preocuparse y reducir su consumo. No veo motivo alguno para censurar esa actitud; los bienes y servicios que nuestra sociedad provee no son obligatorios, que se sepa. El problema está en que el ecologismo no sólo pretende concienciarnos para que cambiemos nuestro modo de actuar, sino utilizar el Estado para que nos obligue a hacerlo, como ejemplifica el protocolo de Kyoto. Es ahí donde conceptos como la "huella ecológica" dejan de ser entretenidos esfuerzos moralistas basados en un concepto del mundo estático e irreal para convertirse en un peligro para nuestras libertades más básicas.