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Eugenesia y darwinismo social o el Estado asesino

El siglo XIX fue mucho más que el siglo del laissez-faire: la era victoriana fue la maceta donde germinaron grandes movimientos que sacudieron la filosofía, la política y la ciencia y cuyas luces y sombras, a principios del siglo XXI, aún nos siguen afectando. Durante el siglo XIX nada estaba realmente diferenciado, los grandes descubrimientos científicos se interrelacionaban con los movimientos filosóficos y religiosos que conformaban la moral de las sociedades y, por tanto, buena parte de las políticas de sus gobiernos. Fue en este contexto en el que Charles Darwin, tras viajar en el Beagle dos años y después de varios más analizando sus muestras y observaciones, decidió hacer pública su teoría sobre la evolución de las especies.

Pronto la supervivencia del más apto, término que no fue acuñado por Darwin sino por el filósofo británico Herbert Spencer, o la selección natural, que sí se le debemos al naturalista, dieron el salto de lo meramente biológico al campo de la filosofía y de la naciente sociología. Francis Galton, además de primo de Darwin, fue un hombre de ciencia polifacético. Sus estudios sobre herencia ayudaron a desarrollar lo que se conocería décadas después como genética. Además, destacó en estadística, cartografía, geografía y meteorología, donde llamó la atención sobre el papel de los anticiclones. Pero aparte de todo esto e imbuido por los escritos de su primo, fundó y promovió la eugenesia, pseudociencia que propugna la mejora de la especie humana. Galton aseguraba que:

Mi objetivo general ha sido tomar nota de las variadas facultades hereditarias que tienen las personas, para averiguar hasta qué punto la historia puede haber mostrado si es practicable o no la sustitución del ineficiente género humano por unas líneas mejores, y valorar si sería o no nuestro deber realizarla, poniendo en juego los esfuerzos que puedan ser razonables, con el fin de ampliar los límites de la evolución con mayor rapidez y menos agotamiento que si dejáramos que los acontecimientos siguieran sus propio curso.

Galtón y otros consideraban que dentro de la Humanidad, los diferentes grupos combatían entre sí mediante mecanismos de competencia darviniana, de forma que los más exitosos eran los portadores de las características más avanzadas y "perfectas" y, por tanto, los más aptos y lógicamente, el futuro. Sus estudios sobre genealogías de personajes eminentes o el estudio comparativo de gemelos criados por separado fueron convenciendo a cada vez más gente. No sólo las personas con enfermedades hereditarias o socialmente rechazables como la epilepsia, sino las que padecían problemas como el alcoholismo o incluso aquellas que por circunstancias variadas tenían que practicar actividades como la mendicidad o la prostitución, pronto se pusieron en el punto de mira de sus partidarios. Por supuesto, la raza era otro factor demasiado importante para desecharlo y es que el racismo en esa época no era un concepto tan denostado como en la nuestra.

En Alemania, y a partir de la década de los 60 del siglo XIX, el morfólogo Ernst Haeckel, otro sobresaliente hombre de ciencia con un oscuro perfil político, destacó por su defensa del darwinismo en cuya personal interpretación encontró la justificación "científica" para el racismo. Según él, razas, grupos y nacionalidades evolucionaban respondiendo a su entorno, avanzando a través de una lucha competitiva. Heackel dio así contenido al monismo, filosofía que en la política propugnaba un Gobierno fuerte y centralizado como fuerza impulsora del progreso humano mediante la competencia racial, el sacrificio del grupo y la guerra internacional. Galtón y Heackel, incluso el propio Darwin, creían como mucha gente en esa época en la jerarquía racial y por supuesto, asignaban el escalón más alto a la propia.

Las justificaciones sociales también encontraron su lugar. El criminólogo italiano Cesare Lombroso hablaba de imbéciles morales refiriéndose a aquellos individuos que no habían alcanzado un adecuado grado de evolución, por lo general locos peligrosos, asesinos natos y epilépticos, encontrando así una explicación para los comportamientos antisociales. Semejante tesis tuvo también buena acogida en la población, sobre todo cuando se percibía un incremento del crimen y de cierta inestabilidad social. En Francia, Georges Vacher de Lapouge abogaba por la competencia entre razas por encima de la competencia entre individuos.

La eugenesia tenía dos formas de llevarse a cabo. La primera era evitar que determinados grupos se aparearan entre sí. Este sistema segregacionista se definió como eugenesia positiva y permitía en teoría salvaguardar los supuestos caracteres positivos de los individuos superiores. La segunda, la eugenesia negativa, consistía bien en que no pudieran reproducirse quienes formaran parte de los grupos considerados inferiores, es decir, en su eliminación como sujeto reproductor, bien en su asesinato, acelerando de esta manera el que desde su punto de vista era el proceso natural. Ambos sistemas encontraron lugar en las políticas de los gobiernos de muchos países occidentales. El darwinismo social había encontrado una herramienta perfecta para su máxima expresión, mucho más poderosa que la simple y execrable opinión de un ciudadano con mayor o menor poder o influencia: había encontrado el Estado.

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A propósito de Howard Roark

Cuántas veces rechazan tu creatividad, tus propósitos, dándote con la puerta en las narices, sin más justificación que el recelo, la rutina o la envidia. Los pretextos de esta amplia clase de obstaculizadores son casi siempre los mismos: "quieres aislarte del mundo", "sólo se pueden imitar los modelos históricos", "no puedes aprender a sobrevivir sino aprendes a transigir". Incluso pueden descalificarte por completo: "eres un egoísta, un impertinente, demasiado seguro de ti mismo".

Más adelante, alguien confía en el proyecto y te ofrece un empleo para desarrollar tus propuestas. Pero no es suficiente: los encargos no llegan, el negocio languidece. No lideráis aún la tendencia, os habéis anticipado a vuestro tiempo, faltan recursos y contactos. Los pronósticos sombríos se confirman. Aún así, no te doblegas, sigues convencido. Te preparas para recorrer el desierto. Comienza la supervivencia, los trabajos alimenticios sin vocación. En una de esas ocupaciones conoces a la persona que amarás durante toda tu vida. Ella o él te desean; no obstante matrimonian con quien le da mayor bienestar. Un día regresará a ti, será otra historia pendiente. En este momento lo que más te preocupa es la inexistencia de un socio que crea en ti. Por fin, sorpresivamente, lo conoces. Comienza el éxito, la confianza profesional. La flamante prosperidad pronto será acechada por la maledicencia; tendrás que defenderte en público, justificando ante el soviet de rencorosos tu afán de superación.

El Manantial, la película dirigida por King Vidor en 1949, refleja esta circunstancia vital de conquista de la libertad. Gary Cooper interpreta de forma espléndida a Howard Roark, el héroe de Aynd Rand en su novela del mismo título. Las palabras de Roark en su alegato final tienen el mejor sonido posible para muchos:

El hombre no puede sobrevivir si no es a través de su mente. Llega al mundo desarmado, su cerebro es su única arma. La mente es un atributo del individuo. Es inconcebible que exista un cerebro colectivo. El hombre que piensa, debe pensar y actuar por sí solo. La mente razonadora no puede actuar bajo ninguna forma de coacción. No puede estar subordinada a las necesidades, opiniones o deseos de los demás, no puede ser objeto de sacrificio.

Descarga The Fountainhead y aprecia su mensaje en todo aquello que pueda resultarte (resultarnos) útil. Comentémosla. Recomendémosla: no hay demasiado cine liberal del que echar mano. Olvidémonos del aire retro de alguna de sus escenas y quedémonos con lo esencial: la determinación de Roark en su libre albedrío, la amortización de incomprensiones externas, la satisfacción –sin perjuicio objetivo a terceros– de hacer más por ti.

La deshumanización del medio ambiente

En el análisis dominante sobre los problemas del medio ambiente hay un error de fondo que no deja enfocar adecuadamente las posibles soluciones. Parte del la premisa errónea de que la política puede resolver los problemas que el mercado o los individuos no son capaces de solventar. Como en muchos otros debates, la política debe prevalecer sobre la economía.

Según esta idea, son los individuos de la casta superior, los funcionarios y políticos, los que determinan qué se considera un problema medioambiental. A partir de entonces, la sucesión en cadena del dominó intervencionista empieza a sobrevenirse y un nuevo mercadeo de presiones y favores políticos nace ex nihilo.

Pero, para ello, es fundamental crear el problema y trasladarlo de manos privadas siempre más hábiles (según el teorema sobre la imposibilidad del socialismo) a manos burocratizantes. Condición sine qua non es la deshumanización del medio ambiente. En lugar de considerar las relaciones y problemas del ser humano con otros seres humanos en la naturaleza como un escenario más del juego de la vida, se diviniza a la naturaleza como un ente independiente y superior. No obstante, el problema medioambiental es un problema de planes de acción individuales contrarios entre sí, y no un problema que nada tiene que ver con las personas que interactúan en la naturaleza.

Esto tiene un corolario teórico al respecto que, casualmente, está sustentado en las teorías neoclásicas de los profesores Pigou y Coase. Sobre estas ideas, la solución otorgada por los políticos y economistas intervencionistas se sostiene en la maximización del bienestar general. Considerando los recursos dados y la imaginación congelada, la asignación de los bienes debe ser tal que el beneficio marginal individual no debe sobrepasar el coste marginal social. Es decir, no importa quién sea el propietario que soporta ese coste –puesto que es un coste de y para la sociedad–, sino que existe un problema con variables independiente de los auténticos protagonistas. Esto permite que en lugar de hacer hincapié en quien sufre una consecuencia indeseada en su propiedad, tal como podría ser el aire contaminado o residuos tóxicos, el verdadero protagonista (el individuo) ve anulada su importancia en pos de maximizar el bienestar del grupo (algo indefinido).

Así, se relativiza hasta tal punto el concepto de coste, que éste ya no tiene que ver nada con la propiedad y, por tanto, con la valoración de las personas, sino que se difumina deshumanizándolo y quitándole subjetividad. Y sin subjetividad, no hay un concepto real de coste, sino un concepto político-ingenieril.

Si una empresa vierte residuos tóxicos en la parte alta de un río, que perjudica a otra empresa situada más abajo de éste, la solución a este conflicto no pasa por permitir contaminar si se compensa al perjudicado con una cantidad fijada por la ley o los tribunales, ni tampoco en penalizar al que echa residuos con multas o impuestos, sino en permitir que el propietario del río paralice por completo la acción del emisor de residuos o en imponerle lo que él considere justa compensación: sin propietarios no hay ni siquiera contaminación, puesto que no se atacan los planes legítimos de nadie.

Solo permitiendo el surgimiento y desarrollo de los derechos de propiedad (libertad) se podrán fijar precios de mercado reales para la contaminación y eliminar o compensar el daño que generan a los auténticos afectados (los propietarios), de modo que se resuelvan los problemas medioambientales adecuadamente entendidos.

Metáforas

Si cruzamos el resentimiento intercultural que aflora en una sociedad "mestiza" con el clásico resentimiento que vertebra la visión marxista de la pirámide social, la doctrina del polilogismo que diría Mises, obtenemos una matriz de agravios que hace las delicias del moralista posmoderno. Una sociedad así necesita enmendarse y para ello nada mejor que un gobierno que sepa educar, un gobierno progresista que sea capaz de darle una moral construida sobre la empatía y la responsabilidad social.

El lingüista cognitivo George Lakoff sostiene que, dado que los seres humanos asimilamos las ideas complejas mediante metáforas que las acercan o descomponen en ideas más cercanas y sencillas, entendemos, siquiera inconscientemente, un orden complejo, como es una nación, en términos muy cercanos, familiares. Así, sostiene que los modelos de una estructura familiar idealizada fundamentan, metafóricamente, las concepciones políticas básicas más comunes: progresismo y conservadurismo.

Hasta aquí se parece bastante a la teoría de las visiones, utópica y trágica, de Thomas Sowell. Para Lakoff la visión progresista se representa, metafóricamente, con el modelo familiar del Padre "Educador" (nurturant parent family), mientras que la cosmovisión conservadora es representada por el modelo del Padre "Estricto" (strict parent family). Sendos modelos tienen diferentes prioridades morales lo que se traduce a efectos políticos en el papel que cada una reserva al Estado. Papá Estado o, mejor aún, Mamá Estado, puesto que Lakoff interpreta el mundo en clave femenina (nurturant) desde esa atalaya utópico-educadora. En su ensoñación progresista la economía debe servir a los fines morales promovidos por el gobierno y por lo tanto estar intervenida hasta el tuétano. En descarnado contraste, la visión estricta es desechada por ser culpable de todos los males derivados de su incondicional defensa del libre mercado y de la meritocracia.

Un cuento más de buenos y malos del que Steven Pinker da buena cuenta en las páginas de The New Republic. En definitiva, lo que persigue Lakoff es dar a los progres americanos un nuevo "marco conceptual" con el que puedan construir un mensaje radicalmente distinto al de los conservadores (y aquí incluye a los anarcocapitalistas), hasta el punto, nos dice Pinker, de que puede resultar ininteligible para sus potenciales votantes.

Si me he acordado de Lakoff en estas fechas prenavideñas es porque pensaba que precisamente los progres están convertido la Navidad en una metáfora en la que podemos reconocernos una buena parte de los liberal-conservadores que venimos "eclosionando" en España. Y es que volviendo al resentimiento que señalaba al comienzo del artículo, los progres a lo Lakoff están empecinados en solucionar problemas que sólo existe en sus agendas y aprovechan cualquier resquicio que les da la actualidad para atacar al mercado y a la libertad. Terrorismo islamista y multiculturalismo son hoy día relatos permanentes, palancas con las que bolcheviques resentidos, en expresión de Horacio Vázquez Rial, todavía tratan de cambiar el mundo o por lo menos hacerlo tambalear.

Y en esto llega la Navidad, ofendiendo a propios y extraños. Hay que vengarse. Deberían comenzar buscando algún nombre, algún ingenioso y grosero neologismo, cuanto más vejatorio mejor, con el que señalar la grave coincidencia que traen estas fechas: júbilo cristiano y alegría consumista. Cierto que el júbilo no es exclusivo de los cristianos, al menos no en Occidente. En Inglaterra los católicos, los musulmanes e incluso la propia iglesia anglicana, sin reparar en la alegría que su modesta alianza llevará a la Moncloa, están de acuerdo en que no hay nada ofensivo en la vindicación navideña. Oiga, y protestan en pandilla. Y no sólo ellos. Y es que escuchando a iluminados de variado pelaje y ocupación uno puede llegar al convencimiento de que la Navidad debería pasar a la clandestinidad; no sólo debería perder el favor del Estado, sino ser efectivamente perseguida con leyes, mientras los intelectuales subvencionados redescubren la estolidez de Oscar Wilde y nos ilustran a todos con nuevos remakes de "El alma del hombre bajo el socialismo".

Como Capella ya ha dejado claro que en el Instituto Juan de Mariana hay fenotipos diversos de un meme común que se define por su defensa "del derecho de propiedad, la no agresión y el cumplimiento de los contratos" entiendo que no todos los liberales compartan ni mi agnosticismo escéptico ni mi renovada ilusión por la celebración navideña. En lo que sí estaremos de acuerdo, espero, es en desear que por una vez nos toque mañana la lotería. Aunque sea monopolio del estado.

Principios generales del libre mercado

Con relativa frecuencia, suelen aparecer en determinadas publicaciones o estudios recomendaciones para que una determinada empresa, sector, región o país triunfe en el ámbito económico. Estas recomendaciones suelen estar plagadas de declaraciones grandilocuentes que normalmente hacen llamamientos a incrementar el gasto de la empresa en temas tan diversos como la investigación (o I+D+i, como se le suele llamar ahora), la promoción comercial, la reingeniería, la calidad, la diversificación, la formación, etc. No obstante, no cuesta trabajo observar cómo empresas que aparentemente aplican dichas recetas fracasan, mientras que otras que continúan operando siguiendo métodos tradicionales, es decir, sin darle prioridad absoluta a dichas directrices, sobreviven.

El motivo de esta aparente incongruencia no es otro sino la confusión entre medios y fines en el libre mercado. Para sobrevivir en el mercado es necesario comprender sus fundamentos y adaptar la empresa a éstos. Aquellas empresas que los entienden y se adecuan sobreviven, mientras que otras, que no lo hacen, quiebran y fracasan, sin excepciones. No obstante, ninguna de las recetas anteriores constituye en sí mismo un principio fundamental del mercado, sino que simplemente son herramientas que pueden ayudar a cumplirlos. Por tanto, como herramientas que son, no constituyen un fin sino un medio.

Para comprender el libre mercado debe entenderse primeramente cómo se llevan a cabo las transacciones entre consumidores y productores. El principio fundamental de las mismas radica en su total voluntariedad. Los intercambios se rigen por el principio de libertad absoluta y nula coacción. Ninguna empresa puede obligar a un consumidor a comprar algo que no le satisfaga, al igual que ningún comprador puede adquirir un determinado bien o servicio sin ofrecer a cambio algo que el vendedor valore lo suficiente como para desprenderse del mismo. Por lo tanto, si una empresa quiere que un consumidor le compre un bien o servicio no existe ninguna manera de obligarlo a realizar la adquisición, sino que ha de demostrarle a éste que el mismo le va a suponer un beneficio, y que éste compensa el pago que tiene que realizar a cambio.

Este principio, que parece tan básico y tan simple, es el motivo por el que muchas empresas, asociaciones o administraciones públicas han fracasado en sus políticas. Y es que el fin de una empresa no es dedicar un porcentaje mínimo de su facturación a la investigación, la formación, la calidad, u otros menesteres, sino que éstas no son más que unas herramienta para descubrir nuevas formas con la que satisfacer al consumidor. Una empresa puede destinar casi la totalidad de su presupuesto a innovar y, sin embargo, fracasar si olvida lo fundamental, y es que sin la aceptación del consumidor no es nada.

Si el primero de los principios fundamentales era la posición de supremacía absoluta del consumidor, sin cuya aprobación resulta imposible realizar cualquier operación, el segundo es la rentabilidad del negocio. Para poner a disposición del consumidor una serie de bienes o servicios hay que incurrir en diversos costes, y la suma de éstos ha de ser inferior al precio que el adquirente está dispuesto a pagar. Los ingresos de una empresa provienen de aportaciones voluntarias que se dan a cambio de algo. Al igual que no se puede obligar al consumidor a adquirir algo que no desea, tampoco se puede obligar a nadie a dar dinero a la empresa. Esto tiene como consecuencia que la suma de todos los costes en que incurre la empresa en llevar a cabo las distintas transacciones y transformaciones que necesita para poner a disposición del cliente un bien o servicio, ha de ser inferior al precio que el adquirente está dispuesto a abonar. Esta situación obliga a la empresa a buscar formas cada vez más eficaces de emplear el dinero que los clientes, entidades financieras y accionistas le entregan, si pretende sobrevivir en un mercado cuyos únicos ingresos provienen de estas fuentes.

Por tanto, para que una empresa triunfe sólo necesita cumplir dos fines: satisfacer a los clientes y hacerlo de una manera rentable. Éstas son las dos tareas de la empresa, tan simples en teoría, y tan complejas de cumplir en la práctica. Todo lo demás no son más que instrumentos supeditados al cumplimiento de estos objetivos. Cualquier receta que olvide estos principios básicos fracasará sin remedio.

Irracionalidad y competitividad

La escasa cultura científica entre los ciudadanos es un hecho incontestable. Incluso aquellos que han recibido una educación superior tienen lagunas en su formación respecto a materias elementales como la física o la química, que la LOGSE y sus avatares se están encargando de convertir en océanos. No de otra forma puede explicarse el auge de las pseudociencias, con el añadido del volumen de negocio cada vez más importante de las consultas telefónicas a videntes, curanderos, etc. Una estafa en toda regla que el Estado se niega a situar fuera de la ley, a pesar de la evidencia palmaria del delito.

Lo que sí resulta sorprendente es que las empresas hayan empezado también a tirar su dinero en este tipo de pseudoterapias absurdas, como descubrí este domingo viendo el telediario. Si en el noticiario vespertino anunciaran que los asnos planean por el cielo de Madrid o que en una película española actual se han detectado trazas de inteligencia, nadie se lo tomaría en serio y la cadena en cuestión sufriría un bajón de la audiencia. Sin embargo, hace unos días apareció un minireportaje sobre un pintoresco estafador, especialista en "terapia de espacios", y que yo sepa, la credibilidad de Antena 3 sigue siendo la misma, salvo en lo que a mí respecta.

La pieza informativa nos mostraba a un "especialista" en sanar las casas y oficinas, ordenando el desbarajuste de líneas de una oscura energía telúrica que se desparraman por la superficie. Atención a la imagen de una costosísima tecnología de frontera aplicada a esta investigación: Un tío con dos varillas de hierro en las manos haciéndolas moverse según el lugar por donde transitaba. Uno de los clientes se mostraba muy satisfecho con los servicios de esta empresa de sanación espacial, porque de esta forma su casa tendría mejor rollito con las visitas. Que se joda, ojalá se le llene de cuñados todos los domingos.

Pero lo más interesante surgió al final de la noticia, cuando también aparece una empresa importante como cliente del tío de las varillas. Que el dueño de la empresa sea un rematado cretino, como lo acredita esa decisión, no es lo sustancial, sino el hecho de que en un país tan necesitado de mejorar la productividad para salir de la cola mundial en materia competitiva tire sus recursos en estos disparates. Lo peor de todo es que, probablemente, esa empresa, como muchas más, reciba subvenciones para mejorar sus procesos productivos. Estoy seguro de que incluirán la chorrada de la "sanación de espacios" en lugar preferente en su lista de objetivos cumplidos.

Consumismo estatal

Todos los años por estas fechas suelen aparecer mensajes en contra del insostenible consumismo al que nos abocan las grandes multinacionales capitalistas. A los ojos de estos austeros neocarcamales, los individuos estamos manipulados por la irresistible publicidad que elimina nuestra auténtica capacidad de elección; motivo que serviría para justificar la intervención y coerción del Estado sobre la soberanía del consumidor.

Estos primitivistas desconocen por entero el papel del consumo en el sistema económico, ya que precisamente el capitalismo se basa en la acumulación de capital y por tanto en la necesidad de ahorrar (restringir el consumo) para invertir e incrementar nuestra riqueza.

Con todo, la parcialidad de sus críticas resulta aun más llamativa que su ignorancia económica. Si tanto les molesta el excesivo consumo de la sociedad, uno esperaría que una parte sustancial de sus críticas estuvieran dirigidas hacia uno de sus principales promotores: el Estado. Sin embargo, esta estructura compulsiva sólo recibe halagos y vergonzantes pleitesías por parte de estos enemigos de la soberanía del consumidor.

Baste esta lista no exhaustiva de intervenciones nunca criticadas por los supuestos anticonsumistas y que aun así contribuyen enormemente a incrementar el consumo de los individuos:

  • La inflación: La continua pérdida de valor del dinero incentiva a que los individuos lo gasten cuanto antes. La inflación dificulta el ahorro y el atesoramiento de la riqueza en dinero, de ahí que convenga desprenderse de él cuanto antes. El Estado es culpable de la secular inflación debido a la instauración del dinero fiduciario y del continuo incremento de la masa monetaria no respaldada.
  • Reducciones del tipo de interés: Aunque la inflación sea su consecuencia más vistosa, las reducciones artificiales del tipo de interés promovidas por el Banco Central también permiten un incremento de la inversión por encima del ahorro real de la economía, esto es, un incremento del gasto en inversión sin que disminuya el gasto en consumo. Suponen por ello un consumo neto del capital acumulado sin que los individuos sean conscientes de ello.
  • Déficit público: El déficit público supone una captación de ahorro privado por parte del gobierno para emplearlo en gastos corrientes o en inversiones que no generan el flujo de ingresos necesario para amortizarlas; en otras palabras, son inversiones cuya rentabilidad se desconoce y que, por tanto, su mantenimiento se salda a través de ahorros que no son repuestos.
  • Propiedad colectiva: Todos aquellos bienes (como el agua) cuya privatización impide el Estado están sujetos a la famosa "tragedia de los comunes", es decir, un consumo del valor del bien por encima de los fondos dedicados a amortizarlo. Ante la inexistencia de un derecho de propiedad, los distintos usuarios no destinarán sus ahorros a preservar un bien que otros usarán más adelante sin que él pueda impedirlo. Cada usuario exprimirá al máximo el bien sin tratar de conservarlo.
  • Pensiones públicas: Las pensiones públicas están basadas actualmente en un sistema de redistribución intergeneracional, por el cual los jóvenes trabajadores pagan su pensión a los jubilados. Dado que estos jóvenes trabajadores tienen una predisposición a ahorrar parte de su renta para el futuro y los jubilados tienen una tendencia a consumir durante sus últimos años de vida su renta disponible y acumulada, el sistema público de pensiones propicia el consumismo.
  • Subsidio de desempleo: Cuando una persona pierde su empleo debería reducir su consumo o seguir consumiendo con cargo a sus ahorros previos. Los subsidios de desempleo permiten al individuo carecer de cualquier tipo de ahorro (esto es, consumir la totalidad de la renta mensual percibida) y aun así seguir consumiendo cuando es despedido.
  • Subvenciones: Hay multitud de individuos y asociaciones (sindicatos, partidos políticos, cineastas…) que son incapaces de generar riqueza pero que, aun así, perciben una renta gracias a la gracia estatal. Obviamente, en estos casos el consumo es mucho mayor al que podían alcanzar sin subvención.
  • Renta básica: La renta básica consiste en un derecho universal a percibir una retribución incondicional por el Estado. Se habilita a todos los individuos a consumir aun cuando no produzcan ni hayan ahorrado previamente de un modo similar, pero más generalizado, al de las subvenciones.
  • Impuesto sobre sucesiones: El impuesto sobre sucesiones disminuye la riqueza que percibirán los herederos, de modo que los propietarios actuales tienden a reducir y dilapidar sus patrimonios en mayor medida. Dado que no pueden transmitirlo íntegramente a sus sucesores, el consumo presente se vuelve más intenso.
  • Impuesto de sociedades: El impuesto sobre sociedades grava los beneficios de la empresa y, por tanto, disminuye el montante de ahorro empresarial que podría haberse reinvertido. Dado que no se permite su capitalización, las compañías tienen una tendencia muy clara a incrementar todos los gastos deducibles (como el salario de los directivos, las cenas de empresa, los regalos de Navidad…) para disminuir la base imponible (los beneficios) y reducir la cuota efectivamente pagada.
  • Gravamen de las plusvalías: La tributación de las plusvalías es un caso claro de doble imposición, ya que el incremento del valor bursátil de la empresa proviene de la capitalización de unos beneficios que ya han sido gravados por el impuesto de sociedades. Aparte de esta duplicación del atraco, el impuesto sobre plusvalías disminuye la rentabilidad de la inversión y, por tanto, convierte el ahorro en una opción menos atractiva.

Además existen dos diferencias esenciales entre el consumo privado y el consumo estimulado por el Estado: la voluntariedad y la auténtica sostenibilidad. Por un lado, el consumo privado es de carácter voluntario y pacífico, todas las partes de la transacción salen mutuamente beneficiadas; el consumo estatal se basa en la redistribución coactiva, el pillaje y la violencia. Por otro, las empresas destinan una porción de sus beneficios a amortizar sus estructuras productivas: un consumo por encima de ese mínimo capaz de regenerar los insumos empleados supone la depreciación progresiva de la compañía y su expulsión del mercado. En el caso del consumo inducido por el Estado la amortización ni siquiera es posible ya que el individuo que se ha de beneficiar de los servicios de la estructura productiva (o del montante de ahorros) no es el mismo encargado de amortizarla.

Casualmente ninguno de los autoproclamados enemigos del consumismo ha dedicado ni un segundo en criticar alguna de las intervenciones económicas que incentivan esta "plaga de nuestro tiempo". Parece más bien que el consumismo sea sólo una excusa vistosa para reclamar que el Estado cercene nuestra libertad de elección y estrangule el capitalismo.

Consuman y ahorren cuanto quieran durante estas fechas: un deseo que va mucho más allá de lo que les permite el Estado y de lo que los tontos útiles del auténtico consumismo insostenible están dispuestos a tolerar.

La leche

Existe cierta tendencia a identificar Estados Unidos con el liberalismo y el capitalismo, tanto entre quienes estamos a favor como quienes están en contra. Sin embargo, desde la época de la Gran Depresión, el gigante norteamericano ha ido sufriendo una lenta pero constante erosión de algunas de las libertades más fundamentales, como son las de producir y comerciar cuándo, cómo y dónde nos dé la gana. Sigue siendo un país próspero porque, en comparación con otras economías, ofrece mucho más campo para innovar, aunque en sectores más estables y antiguos presente tanto o más control estatal que los europeos.

Así, el sector lácteo está protegido por una ley que, en la práctica, supone un estricto control de precios sobre la leche, vaya a ser ésta utilizada para consumir directamente o para elaborar queso, yogur, mantequilla o helado. El asunto funciona a través de fondos regionales donde los granjeros (en 1937, cuando se aprobó la ley) o las grandes empresas lácteas (hoy en día) venden la leche siempre al mismo precio. Un precio superior al que tendrían en el mercado libre. Era tan provechoso el sistema para los productores que no hubo que esperar hasta el verano de 2003 cuando un empresario nacido en Holanda, Hein Hettinga, comenzó a vender leche a unos 20 centavos menos por galón fuera del mismo.

Se aprovechaba así de un agujero en la regulación del sector que permitía a aquellos que embotellaran leche sólo de sus propias vacas operar fuera de los fondos regionales centralizados. La reacción de las grandes empresas lácteas es previsible: se fueron a Washington a impedir que la competencia sirviera mejor a los consumidores ofreciendo leche más barata. Y con los esfuerzos de senadores y representantes de ambos bandos, tres años después han logrado su objetivo. Una nueva ley obligará a Hettinga a pagar a sus competidores por vender su leche fuera del sistema estatal.

Los propulsores del New Deal hicieron leyes pensando que la Gran Depresión había sido causada por el descontrol del mercado libre, de modo que hicieron un buen montón de leyes que pretendían congelar el estado de la economía, eliminando competencia e innovación. Mucha de esa legislación fue eliminada, pero no toda. En aquel tiempo, cerca de un cuarto de los norteamericanos vivían del campo, de modo que no se atrevieron a quitar subvenciones como ésta de la leche. Hoy sólo lo hace un 2%, pero es un 2% que peleará duro para evitar que les quiten sus privilegios, como ha demostrado en este caso. Poco importa que los consumidores de leche, entre los que se encuentran personas de muy bajos ingresos –para los estándares norteamericanos, claro–, salgan perdiendo, teniendo que pagar al menos 1.500 millones de dólares al año, según Citizens Against Government Waste.

Los socialdemócratas de buena fe piensan que el Gobierno es necesario para redistribuir de ricos a pobres, pero lo cierto es que esa redistribución se produce en el mundo real de grupos desorganizados a grupos organizados, que son los que pueden meter presión a legisladores y gobernantes. Y los beneficiarios de privilegios estatales tienden a estar muy bien organizados. Así, resulta impensable que se puedan adoptar medidas como el cheque escolar, porque sindicatos y funcionarios son muy activos defendiendo "sus derechos", es decir, defendiendo su privilegio de esquilmarnos y destrozar la educación de nuestros hijos, y la escuela concertada también lo es y teme la competencia de nuevas escuelas que pudieran fundarse gracias al cheque.

Hombres maltratados

El artículo 14 de la Constitución española proclama el derecho a la igualdad y a la no discriminación por razón de sexo. Por su parte, el artículo 9.2 consagra la obligación de los poderes públicos de promover las condiciones para que la igualdad del individuo y de las agrupaciones en que se integra sean reales y efectivas.

La igualdad es, asimismo, un principio fundamental en la Unión Europea. Desde la entrada en vigor del Tratado de Ámsterdam, el 1 de mayo de 1999, la igualdad entre mujeres y hombres y la eliminación de las desigualdades entre unas y otros son un objetivo que debe integrarse en todas las políticas y acciones de la Unión y de sus miembros.

No es mío. Lo he leído en un documento de la página de la Asociación de Mujeres Juristas Themis. Esta asociación se ocupa de informar y defender a las mujeres. Entre una de las motivaciones de su creación quiero destacar ésta:

Lo que más conmovió nuestros sentimientos fue el ensordecedor silencio de las mujeres que no se atrevían a gritar ante nosotros su cotidiana tragedia, su miedo; el aislamiento que alimenta su dependencia, que refuerza la inseguridad y la certeza de su soledad ante las circunstancias: Las mujeres maltratadas.

Los malos tratos es uno de los azotes de nuestros días que más me avergüenza. Destroza familias, destruye a las personas. El daño para la víctima colea durante años, eso si hay una sola víctima, y cuando hay hijos, ya se sabe. Todos excepto el verdugo son víctimas. O excepto la verdugo.

Porque en la última década el caso de los malos tratos a hombres se ha disparado. Según un artículo publicado por Luis Losana en la revista Época del mes pasado, los varones representan el 22% de las muertes en el seno de la pareja y el 44% del total de violencia doméstica, según el anuario estadístico de la Policía de 2005.

La violencia contra el hombre adopta una forma diferente a aquella contra la mujer. El doctor en psicología y profesor por la universidad de Málaga Antonio Videra afirma que la violencia de las féminas es psicológica, sutil y basada en la humillación a través de manipulaciones que tienen por objeto herir al hombre en diferentes aspectos como su sexualidad, su profesionalidad, el trabajo en casa, etc.

Lo que resulta sorprendente es que las mismas personas capaces de compadecerse del silencio de las mujeres maltratadas se muestran hostilmente indiferentes frente a los malos tratos a los hombres siendo ambos iguales ante la ley y la sociedad y teniendo en cuenta que esta igualdad es un principio constitucional y un principio fundamental de la Unión Europea.

Para María José Varela, abogada feminista y miembro de la Asociación de Mujeres Juristas Themis los hombres asesinados por sus parejas no se pueden considerar malos tratos: “No hay que contabilizar a la mujer que mata a su pareja fruto de una patología severa como personalidad esquizofrénica”.

Esta jurista es capaz de afirmar que el maltrato psicológico es quién hace el trabajo de destruir la identidad y personalidad de la víctima. Reconoce que la dificultad para detectarlo está en que no hay huellas visibles que lo delaten y que el límite está en la pérdida de respeto de palabra con gestos de menosprecio, aunque se pretenda después, por parte del agresor, escudarse en la broma o en conceptos que manipulan esa falta de respeto.

Y, en la misma entrevista, afirma brutalmente un poco después: “Hay hombres maltratados en la misma proporción que los negros maltratan a los blancos. Las excepciones no son el problema y por tanto yo no las contemplo.”

Sorprende que adopte la misma actitud que quienes durante mucho tiempo acallaron las voces de las mujeres. Y, lamentablemente, también los hombres víctimas de maltrato psicológico reaccionan como las mujeres hicimos: con miedo y silencio. La psicóloga argentina Silvia Fairman, autora del libro “El hombre maltratado por su mujer (una realidad oculta)” explica:

Cuando en nuestra sociedad el poder ha sido siempre uno de los atributos masculinos, es inadmisible que este hombre reconozca ante sí mismo y ante los demás la estrepitosa caída de su omnipotencia.

No es algo nuevo, algunos hombres ilustres fueron maltratados por mucho que su drama se silenciara: Dalí era maltratado por Gala y Federico Chopin, ya enfermo, por George Sand. En nuestra sociedad no se le da importancia a este fenómeno aludiendo a la superioridad de la fuerza física masculina, pero todos conocemos alguna mujer con “armas de víbora”, capaz de torturar psicológicamente a un hombre y hacer de él un desgraciado. Empeora la cuestión el que al ser un tema tabú no se disponga de estadísticas fidedignas. Por otro lado, este silencio tiene muchos componentes: el trato de la Policía cuando un hombre denuncia es denigrante, la asistencia psicológica a hombres es muy escasa aún, a pesar de los esfuerzos de las pocas asociaciones que les defienden.

La negación de que el terrorismo psicológico en el hogar no nos afecta solamente a nosotras es perjudicial tanto para los hombres como para las mujeres. Perpetuar la autopercepción de la mujer como víctima del hombre e incapaz de infligir algún daño, es equivocada y no contribuye a resolver el problema de la mujer maltratada. Quienes pretenden salvar a la mujer del horror del maltrato ninguneando los derechos del hombre y encumbrándole para siempre como macho abusador solamente consiguen mantenerla en ese estereotipo de sexo débil contra el que tan bienintencionadamente luchan. Y es discriminación.

Azaña: el ataque laicista contra la libertad

La Constitución de 1931, cuerpo legal básico sobre el que se sustentaba la II República, proclamada el 14 de abril, recogía en su artículo 26 el carácter laico del Estado. A partir de ese momento, tal y como señalaba Manuel Azaña, entonces ministro de la Guerra: "España ha dejado de ser católica". La separación Iglesia-Estado es hoy en día uno de los rasgos característicos de todo régimen democrático, pero entonces tal acontecimiento resultaba ciertamente significativo.

El problema de fondo es que tal afirmación constituía, en esencia, una mera imposición de ley, puesto que la inmensa mayoría de la población se declaraba abiertamente practicante de este dogma de fe. La "cuestión religiosa" a la que aludía Azaña en su discurso, pronunciado ante las Cortes el 13 de octubre de 1931, consistía en resolver una problemática socio-política que derivaba de la instauración de un nuevo régimen, cuyos fundamentos ideológicos no contemplaban la posibilidad de mantener el contexto de convivencia y recíproca complicidad en el que ambas instituciones, la política y la religiosa, se encontraban desde hacía siglos.

Sin embargo, el conflicto que deriva de tal cuestión no radica en la mera separación entre Iglesia y Estado, como consecuencia lógica de la proclamación constitucional de un sistema político laico, de por sí saludable, e incluso deseable, sino más bien de la extralimitación de funciones con que la II República trata de afrontar tal materia. En este sentido, cabe destacar la aplicación de un elevado intervencionismo que choca frontalmente con el ejercicio de determinados derechos fundamentales de inspiración liberal, vulnerándolos plenamente en la práctica: como la libertad de culto, la libertad de enseñanza y el derecho a la propiedad privada.

A) Tal y como establecía el texto constitucional en su artículo 26, "todas las confesiones religiosas serán consideradas como Asociaciones sometidas a una ley especial". Dicha reglamentación disolvía de hecho todas las órdenes religiosas que no se atuvieran al mandato legítimo del Estado o que, en su defecto, "constituyan un peligro para la seguridad del Estado". Así pues, la ley viola directamente la libertad de culto y de asociación. El Estado impone a la sociedad su declarado laicismo.

B) Promulgaba la "prohibición de ejercer la industria, el comercio o la enseñanza". Esta última actividad había sido ejercida por la Iglesia desde hacía siglos, con lo que ello supuso para el mantenimiento y desarrollo de la cultura y el conocimiento (cabe recordar aquí el origen jesuita de la Universidad de Salamanca, al igual que otras muchas a lo largo de nuestra historia).

C) Finalmente, declaraba la "incapacidad de adquirir y conservar, por sí o por persona interpuesta, más bienes que los que, previa justificación, se destinen a su vivienda o al cumplimiento directo de sus fines privativos", así como la "obligación de rendir anualmente cuentas al Estado de la inversión de sus bienes en relación con los fines de la Asociación". Y todo ello, bajo la amenaza real consistente en que "los bienes de las órdenes religiosas podrán ser nacionalizados".

De este modo, la instauración por ley del laicismo estatal resultó incompatible con la existencia de otros derechos fundamentales inviolables propios del ámbito asociativo. La separación Iglesia-Estado resultó, en la práctica, la sustitución de la Iglesia por el Estado y, como consecuencia, la reducción de la libertad del individuo. Puestos a hablar de Memoria Histórica, este hecho constituye uno de los "logros", si bien menores, del republicanismo español.