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Otra vez el coche

Las razones que un político ofrece para justificar la subida o creación de un impuesto sobre el consumo (en realidad de cualquier impuesto) más allá del mero afán recaudatorio, esto es, confiscatorio, son, en el mejor de los casos, decorativas.

Al fin y al cabo la confiscación se consumará y parecerá que es cosa nuestra decidir la cuantía del robo, ya que seremos nosotros los que, al perseverar en nuestra libertad de consumir esto o aquello, habremos optado por el bien cuyo gravamen nos va a agujerear el bolsillo, aunque sea poquito, un poco más.

En agosto, en plena canícula veraniega y con los precios del petróleo dibujando negros nubarrones en el futuro de nuestra economía, el Sr. Solbes anunció una subida “moderada” de los impuestos sobre hidrocarburos a partir de 2007. El ministro ofreció entonces tres motivos: la caída de la recaudación; la práctica congelación del impuesto, cuya cuantía, fija por cada mil litros de combustible, no se ha renovado desde el año 2000; y la dichosa armonización fiscal con la UE.

Aun con todo, la confiscación en 2005 supuso 10.210 millones de euros para la caja del Estado, 289 millones de euros menos de los presupuestados. La desviación está ligada a la generalizada caída en el consumo tanto de gasolina sin plomo (-7,2%) como la del gasóleo (que en realidad modera su crecimiento). Una caída que encuentra sus causas en la conocida y padecida subida de los precios de todos los carburantes y, en el caso de la gasolina, en la dieselización que ahora quiere frenarse.

Desde luego se podrá estar en radical desacuerdo con los motivos aducidos, pero al menos no se adornan con la habitual demagogia ecologeta, una suerte de moralina impuesta a mano armada con la que es habitual hacernos comulgar, dos por uno, cuando los gestores de la cosa pública (ajena) nos meten la mano en la cartera. Ahí está el Ministerio de Medio Ambiente para darle colorido institucional a la cosa nostra con regulaciones pigovianas inspiradas, generalmente, en medidas importadas a la fuerza (directivas UE) o sin esfuerzo.

Pese a la tendencia a la baja señalada por el ministro-vicepresidente, no parece que por nuestras estatalizadas carreteras vayan a trasegar menos vehículos privados. Al menos la reducción no será significativa al nivel en que usted o yo podemos constatarla, es decir, sobre el asfalto. Con un incremento del precio+IVA y de los impuestos de tarifa plana se logrará recuperar, algo, la hucha del Estado (tampoco estaría de más que se ajustara mejor el presupuesto) pero no creo que el efecto, la coartada, sobre el medio ambiente (menos tráfico, reducción de las emisiones de CO2) sea significativa. Es notoria la poca elasticidad del consumo del combustible. Así las cosas, la señora Narbona vuelve a la carga con su otrora frustrado plan para “conceder prioridad a los vehículos que usan más eficazmente (sic) el espacio público y que disminuyan la contaminación atmosférica, lumínica y acústica“. Estos es: gravar el uso del vehículo privado en las ciudades mediante la aplicación de un peaje, medida que se complementaría con la construcción de aparcamientos periféricos y con el fomento del uso del transporte colectivo.

Posiblemente, en un primer momento y como ha sucedido en Londres o Estocolmo, esta medida puede suponer una reducción apreciable en el volumen de los atascos, siempre que las plazas de aparcamiento y la disponibilidad del transporte colectivo (privado-liberalizado, espero) lo permitan. Sin embargo no veo qué utilidad puede tener esta medida en una ciudad como Madrid, por poner un ejemplo cercano. Es decir, la mayoría de los atascos, al menos los más graves de los que nos informan los boletines de noticias y que padecemos algunos, se dan en las vías de circunvalación, es decir, lejos del centro urbano, en las proximidades de los grandes espacios comerciales y polígonos industriales. En estos casos el uso del coche no sólo es una decisión libre sino la única alternativa sensata.

La diferencia fundamental entre un buen gestor y uno malo es que el primero pone a prueba sus hipótesis, es más, genera hipótesis con el propósito de entender la realidad, mientras que el segundo mira a los ojos a una realidad impostada, sin molestos intermediarios, los hechos, que pudieran arruinar su objetivo que, en cualquiera de los casos, será de los de corto plazo.

Cierto que los atascos son consecuencia de la ley económica que establece que la demanda siempre se expandirá por encima del suministro de bienes “gratuitos” para crear “colas”, sin embargo, antes de generalizar las medidas coactivas que preconiza el Ministerio de la señora Narbona es preferible buscar soluciones más modestas, que no se pierdan en la espesura de la demagogia gubernamental.

Botswana, o el buen gobierno

Muchas de las explicaciones tradicionales (es decir, socialistas) sobre la pobreza en África, como basarla en la difícil herencia de la época colonial, han argüido motivos que hubieran explicado igualmente la pobreza en Asia. Desgraciadamente, el éxito de los tigres asiáticos primero y de China e India actualmente no ha llevado a muchos de sus defensores, entre los que se cuentan naturalmente los manifestantes antiglobalización y sus portavoces mediáticos, como TVE, a modificar sus posiciones. Así pues, aún contando con que los de siempre seguirán en su mundo feliz en el que los males del mundo se explican por las maldades del imperialismo yanqui y el capitalismo "salvaje", quería aportar otro contraejemplo: Botswana.

Este país sudafricano ha sido un ejemplo para toda África, ejemplo que las demás naciones del continente no han dudado en no seguir. Ocupa el puesto 31 en la clasificación de países más libres económicamente que edita la Heritage Foundation (justo por delante de España, y empatado con Noruega y Portugal) o el 35 en la del Fraser Institute (página 17), lo que lo convierte en el más libre del África subsahariana. Es un país pequeño en el que la mayor parte del territorio es desértico y que no cuenta con salida al mar, dependiendo de sus vecinos para efectuar muchas de sus exportaciones. Desde su independencia en 1966 ha conservado su sistema multipartidista de gobierno y, sobre todo, su respeto por instituciones como la propiedad privada y el Estado de Derecho. Durante los treinta años que siguieron a esa fecha, Botswana estuvo entre los países de más rápido crecimiento, un 7,7% anual de media.

Aunque los liberales tendamos a criticar principalmente la intromisión del Estado en la esfera de actividad individual y el tamaño elefantiásico que ha llegado a tener, lo cierto es que no es sólo eso lo que cuenta a la hora de impedir la prosperidad de un país. La calidad del gobierno puede ser un factor tanto o más importante, en algunos casos. Un buen gobierno busca la prosperidad de su gobernados creando un marco estable en el que las personas de a pie puedan buscarse la vida y prosperar. En África, la escasez de calidad es un problema que se extiende mucho más allá de tiranos conocidos como Mugabe. Muchos de los gobiernos son depredadores; sus ocupantes no tienen ninguna preocupación por sus gobernados y se dedican a robar y rapiñar mientras permanecen en el poder. A más bajo nivel, los súbditos encuentran en la corrupción policial un obstáculo casi insalvable para prosperar. Un ejemplo clásico son los "controles" en las carreteras, en los que los uniformados intentan buscar cualquier excusa para acusar a los viajeros, incluyendo a los transportes de mercancías, de violar la ley y poder cobrarles su parte.

Botswana supone un ejemplo de lo que debe hacer un gobierno si desea que su país prospere. No se gastaban el dinero que no tienen, y el que pudieron obtener, principalmente a través de la minería del diamante, no lo gastaron en costosas y superfluas suntuosidades sino en infraestructuras, sanidad y educación, evitando el riesgo de depender en exceso de ese recurso natural. Aprovecharon las costumbres y estructuras tribales tradicionales para crear un marco en el que se respetara la propiedad. Ha recibido relativamente poca ayuda exterior, incluyendo en esto al FMI y el Banco Mundial, de los que no depende como otras naciones. Y ha dado la bienvenida al capital extranjero, eliminando trabas y creando un ambiente favorable para la inversión.

El ejemplo de Botswana pone de relieve un hecho importante. Pese a que el proteccionismo europeo y estadounidense en materia agraria suponga de hecho un freno al desarrollo africano, el libre comercio no es suficiente para el desarrollo de un país. Lo más importante es siempre la política económica interna. El camino para África es abandonar coartadas como las políticas agrícolas occidentales o la "herencia del colonialismo" y asumir que si se hace lo adecuado, cualquier país africano puede prosperar. Los habitantes de estos países son tan capaces como cualquiera de actuar en el mercado libre con provecho para ellos y sus conciudadanos. Pero para que puedan hacerlo, los gobiernos fallidos de la zona deben dejar de impedírselo. Botswana es el ejemplo en que deberían basarse muchos de ellos.

Pasotismo y liberalismo

Un gran amigo liberal me contaba, durante una de nuestras charlas hasta las tantas de la madrugada, como su padre había liderado a los soldados aliados en la liberación de los campos de exterminio nacionalsocialistas alemanes al término de la Segunda Guerra Mundial. En su momento, los judíos habían apoyado los controles de armas propuestos por los nacionalsocialistas. Pero no es sólo que, una vez desarmados, fueron las primeras víctimas. Contaba su padre que los soldados alemanes se habían tronchado atemorizando a los pobres desgraciados con simples paseos por el campo portando armas descargadas. Nada más delicioso para un tirano que la voluntaria y timorata ignorancia de la víctima. Episodios como este, que añaden más humillación y vergüenza a lo que ya era de por sí una de las páginas más patéticas de la historia, llevaron a varios judíos a crear la asociación de Judíos por la Preservación de la Propiedad de las Armas de Fuego. Pasar de temas que suenan tan feos como el derecho a portar armas puede salir caro.

Son historias que se repiten con cierta frecuencia aunque en demasiados casos pasen desapercibidas. Y suelen empezar casi siempre igual: abusando del último de la clase en popularidad. A veces es un genocidio, otras unos encarcelamientos. La masa, mientras tanto, discutiendo en el bar sobre el último partido de fútbol o lo imprescindible que es esta vez votar al menos malo, simplemente porque los otros son peores, todo sea por el voto útil y ni plantearse lo impensable. ¡Sobre todo, nene, no te salgas de la raya!

Cada dos por tres me viene a la memoria lo que contaba Rand de su inmensa pero desdichada tierra natal:

De una manera pasiva e indiferente, la mayoría del pueblo ruso estaba con el Ejército Blanco: no estaban a favor de los blancos, simplemente estaban contra los rojos; temían las atrocidades de los rojos. Yo sabía que la atrocidad más profunda de los rojos era intelectual, que lo que debía atacarse (y derrotar) eran sus ideas. Pero nadie las contestaba. La pasividad del país se tornó en un letargo apático a medida que la gente iba rindiéndose. Los rojos tenían un incentivo, la promesa del saqueo a escala nacional; ellos tenían el liderazgo y la semidisciplina de una panda de criminales; tenían un programa pretendidamente intelectual y una justificación pretendidamente moral. Los blancos tenían iconos. Los rojos vencieron.

Llega un punto en que a los malos no les hace falta ni cargar los fusiles, simplemente porque delante no tienen nada. Ganan por goleada por incomparecencia del adversario. Maldito letargo mortal. Entonces, para imponerse sobre esa resistencia nula basta con la más mínima intención. Van paseando zarrapastrosamente con toda su ineficiencia de dictadorzuelo por el campo de juego y marcan gol, porque no hay nadie que se moleste en pararlos.

El mismo amigo del que hablaba al principio, decía que "en la conferencia del ISIL, electrifiqué a muchos liberales –Libertarians, dice él– al decir lo que para mí es obvio. Somos una minoría, pero una minoría de los mejores. No debemos decirnos que somos un movimiento minoritario y repetir el zeitgeist de la autolimitación. Al contrario, reconozcamos que somos el movimiento líder en el desierto intelectual de esta época […] No os dejéis engañar por los que dicen que vuestros derechos fueron anulados por el voto de la mayoría […] No se necesita una mayoría para detener esto. El liderazgo moral de la minoría puede llamar al pan pan y al vino vino y aquellos que irán con ella es todo lo que se necesita."

Los liberales debemos dejar de ser como aquella tía despampanante pero solitaria de la que hablaba Murphy; tantas virtudes no pueden, no deben quedar ociosas. Y tampoco es plan decir que es sólo cuestión de tiempo.

El progresismo, subproducto gramsciano

Se ha estudiado relativamente poco la obra filosófica (pseudofilosófica en realidad) de Antonio Gramsci y menos aún sus implicaciones prácticas en la evolución del marxismo ortodoxo a la socialdemocracia progre actual. Sin embargo, los trabajos de Gramsci son el basamento de la estructura moral de la izquierda contemporánea, aunque sus epígonos, alérgicos a la lectura (ahí está Zapo para demostrarlo) ignoren a quien deben la creación del programa subversivo al que recurren como única tabla de salvación, tras el naufragio del comunismo ortodoxo con la caída del muro de Berlín. En otro lugar he tratado de clarificar la responsabilidad de Gramsci en el programa subversivo contra los valores de Occidente desarrollado por la izquierda especialmente a partir de los años sesenta, aunque el asunto merecería un estudio "in extenso" que alguna vez habrá que realizar. Ahora me propongo comentar, acaso de pasada, la evidencia de que el socialismo, en contra de sus estudiosos y admiradores, no es una filosofía propiamente dicha, sino precisamente la negación de la misma en tanto herramienta necesaria para buscar la verdad objetiva.

En el marxismo, tradicionalmente, han convivido una serie de aspectos diversos: una metodología historiográfica, una determinada moral, una teoría supuestamente científica de la política y, sobre todo, un análisis sociológico en clave económica. A menudo, estos elementos entran en conflicto, dando lugar a determinadas corrientes dentro del marxismo en función de la primacía que se otorga a una u otra interpretación de las muchas a que da lugar un compendio doctrinal tan complejo.

El éxito de Antonio Gramsci fue resolver las aparentes contradicciones de un sistema heterodoxo, hasta integrarlo en una filosofía completa basada en la identificación de la teoría y la praxis. Todo el esfuerzo teórico de Gramsci fue destinado, en efecto, a construir una filosofía que agrupara graníticamente todos los elementos que el marxismo tradicional había dispersado a través de múltiples interpretaciones.

Gramsci es quien convierte al marxismo clásico en una simple escatología mediante la transformación de sus raíces pretendidamente filosóficas en una "no-filosofía". Para el pensador italiano, lo único relevante para determinar la validez de un principio es si éste contribuye al fin último pretendido por el marxismo: la creación de una sociedad regida bajo las premisas totalitarias del socialismo. Todo lo que contribuya al advenimiento del orden nuevo socialista será aceptado e integrado en la teoría (será declarado moralmente bueno) y cualquier impulso en la dirección contraria será puesto en el punto de mira como un elemento a destruir.

El resultado es la voladura de los pilares pretendidamente filosóficos esbozados por Carlos Marx, pues, después de Gramsci, la verdad de una proposición analíticamente demostrable (piedra de toque de la filosofía como ciencia) no importa lo más mínimo, sino tan sólo su eficacia como herramienta ideológica y política para convencer a las masas. Y ello no por una suerte de ineptitud intelectual, sino por la rigurosa exigencia de una cosmovisión que identifica la teoría y la praxis como un todo. El único oficiante autorizado para esta integración entre la teoría y la praxis es el partido comunista, que de esta forma reemplaza al "sistema" de los antiguos filósofos. El filósofo tradicional, para verificar la certeza de una afirmación recurría a su contraste con el cuerpo de argumentaciones coherentes que constituían su "sistema". En cambio, para el marxista, la doctrina es cierta si, y solo si, es sostenida por el partido.

Esta es, a mi juicio, la clave que explica la pintoresca estructura de pensamiento del progresismo contemporáneo, que despoja el análisis de la realidad de cualquier implicación ética más allá de verificar su compatibilidad con el ideal revolucionario. De esta forma, la izquierda apoya sin prejuicios al Islam por su capacidad para minar las bases del orden occidental (cristiano y capitalista). El hecho de que discrimine a la mujer u oprima a los homosexuales (algo intrínsecamente inmoral) no supone ningún problema para el progresismo, pues el fin último es lo que determina la moralidad de un proceso (Gramsci en estado puro). Otro ejemplo muy similar: la Cuba castrista es culpable de las mayores atrocidades contra el ser humano, algo sobradamente conocido y documentado, lo que la convierte, quizás, en uno de los regímenes más inmorales del planeta. Sin embargo, la izquierda sigue al sistema castrista, pues, nuevamente, es el ideal revolucionario socialista lo único moralmente aceptable.

El marxismo y sus descendientes provocan una gran tosquedad mental en sus seguidores. Además les convierte en malas personas, en sujetos amorales o con una moral depravada, sujeta siempre a los designios de sus dirigentes. Pero la droga marxista tiene otro efecto destructor más potente: también los convierte en necios. De nuevo sólo hay que pensar en quien citábamos al principio.

La grandeza del patrón oro

Suele afirmarse que el dinero cumple tres funciones: medio de pago, unidad de cuenta y depósito de valor. Aquellos bienes que logran conservar el valor eficazmente, se convierten en medios de pago y una vez se generaliza ese medio de pago pasan a ser unidad de cuenta. En un principio sólo existen bienes que conservan mejor que otros el valor, porque éste disminuye más lentamente tanto si incrementamos la cantidad como el horizonte temporal de uso.  A esta menor disminución del valor la llamaremos liquidez y es la característica esencial del dinero, esto es, su superior aptitud para circular.

Así se emplearon históricamente como dinero bienes como el ganado (que podía trasladarse en grandes cantidades a largas distancias), la sal (que podía conservarse durante largos períodos) o metales como el cobre, el hierro, la plata y finalmente el oro. Las razones que convirtieron al oro en un bien generalmente aceptado como medio de intercambio fueron varias: su facilidad de transporte, almacenamiento y conservación, su enorme divisibilidad, su homogeneidad, la dificultad de ser falsificado, su cualidad de metal precioso internacionalmente reconocido y, sobre todo, la baja proporción entre la producción anual y el stock de existencias (se tardarían unos 50 años en producir toda la cantidad de oro que existe actualmente).

Cada divisa nacional se expresaba en términos de oro, moviéndose los tipos de cambio entre ellas dentro de estrechos límites, pues si el precio de una caía mucho respecto de otra, salía a cuenta convertir la primera en oro y acuñar la segunda. Este respaldo común de las divisas establecía asimismo portentosas limitaciones a la posibilidad de incurrir permanentemente en déficits en la balanza por cuenta corriente y presupuestarios y también de prolongar en exceso las expansiones crediticias causantes del ciclo económico.

Esto fue especialmente relevante para reducir la incidencia y el numero de conflictos bélicos, ya que los estados no podían endeudarse indefinidamente y sus reservas de oro eran limitadas. Así, por ejemplo, en la guerra entre Japón y Rusia por el control de Manchuria en 1905, el imperialismo japonés no pudo seguir avanzando por la precaria situación financiera de su gobierno, de manera que tuvo que sentarse a negociar con el zar.

Pero sobre todo el patrón oro reforzaba el poder del ahorrador para protegerse de las expansiones crediticias desproporcionadas. Si los bancos disminuían los tipos de interés en exceso o se endeudaban alocadamente, los ahorradores podían retirar el oro de sus depósitos, conscientes de que su atesoramiento no supondría una mengua en su liquidez. El valor del oro no disminuía con el paso del tiempo y, por ello, el atesoramiento masivo de oro frente a un depósito bancario poco remunerado, constituía una amenaza creíble para las entidades de crédito.

La existencia de este respaldo común, la ausencia de desequilibrios y el control del endeudamiento bancario alocado permitieron que el capital fluyera de un lugar a otro sin miedo a la confiscación o a la devaluación. El fenómeno del "dinero caliente" era por completo desconocido para aquellas monedas que seguían el patrón oro, tales como la libra, el dólar, el marco o el franco. Precisamente, los países sometidos a la disciplina del oro desarrollaron importantes centros financieros que proporcionaban liquidez al sistema de comercio internacional. Pero sobre todos ellos destacó la City, Londres.

La City había desarrollado grupos de expertos tasadores de reconocido prestigio internacional que permitían a los bancos dar salida a prácticamente cualquier mercancía. Así, por ejemplo, si un brasileño quería venderle café a un francés, el brasileño redactaba una letra de cambio que tenía como librado no al vendedor francés, sino a un banco inglés, a quien a su vez traspasaba la propiedad del café. El brasileño podía descontar la letra de cambio en el marcado financiero y comprar moneda brasileña a cambio de las libras obtenidas. Por su parte, una vez el francés se comprometía a pagar al banco inglés y éste comprobaba su solvencia, el banco le entregaba el café al francés a cambio de un crédito de 90 días contra él.

De este modo, los centros financieros organizados en torno al oro proporcionaban la liquidez necesaria a todo el sistema económico internacional permitiendo una elástica y adaptable división del trabajo sometida a la soberanía del consumidor y del ahorrador. La globalización y la multiplicación de los flujos comerciales fueron el subproducto natural de este contexto cooperativo y pacifico.

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La ley del oeste

"El Oeste no era tan salvaje como la leyenda nos ha hecho creer. El mercado ofrecía protección y agencias de arbitraje que funcionaban con bastante eficacia, y que sustituían al gobierno total o parcialmente".
Terry L. Anderson y P. J. Hill

Más de una vez hemos visto en la gran pantalla como una turba enfurecida de vecinos asaltaba la prisión de un pueblo americano en el lejano oeste para intentar sacar por la fuerza a un reo con el propósito de ahorcarlo. Frases como "¡Hagámosle un juicio justo y después colguémoslo!" o del estilo, han sido tan protagonistas no sólo en los westerns sino también en las novelas y ensayos de la misma temática, que poco a poco han ido creando un mito sobre la extrema violencia de una sociedad debido a la ausencia de instituciones gubernamentales. Si a ello le unimos algunos episodios violentos dignos de reproducir en la gran pantalla o en los circos (a pesar de que no representaban las características generales de la sociedad del Oeste americano) solo se estará incrementando el mito de la anarquía como desorden violento y caos social.

La rapidez con la que se extendían los ganaderos, agricultores o mineros a los territorios del Oeste era mucho mayor que la del sistema gubernamental americano. Y sin embargo, la producción y ejecución de leyes se llevaba a cabo por parte de los particulares. Las leyes privadas se aplicaron a través de los land clubs (o clubes de propietarios de tierras), las asociaciones de ganaderos, las caravanas que tantas veces hemos vistos en películas atravesar las praderas de los desconocido, o las empresas y explotaciones mineras que se asentaban en las tierras californianas en busca de oro.

Los nuevos propietarios de las tierras fronterizas debían asociarse para procurarse la ley y para ello adoptaban sus propias constituciones según las preferencias de los integrantes de estos clubes y disponían de sus propios jueces y oficiales que se encargarían de llevar a cabo estas disposiciones. Los gastos del juicio corrían a cargo del demandante y del demandado. Una manera de hacer cumplir las reglas que este tipo de asociaciones ciudadanas extra-legales (por estar fuera de la ley estatal) disponían era la de no comerciar ni relacionarse con aquellos que decidían saltarse este tipo de convenciones.

Otro tipo de leyes y organizaciones que surgían a medida de los integrantes de este tipo de asociaciones y que pueden acercarse más al llamado anarco-capitalismo es el de los campos y empresas mineras, que acordaban unas constituciones aplicables a los trabajadores de las minas. Las constituciones determinaban el modo de elegir las cortes y jurados mineros, y cuando las reglas aplicables no coincidían con los gustos de una creciente minoría de los mineros (y si estos eran suficientes), se procedía a la división del territorio o creación de otra jurisdicción o distrito para crear otra organización, también privada y no estatal, que recogiera el deseo de ese nuevo grupo voluntariamente asociado. De ese modo, el trabajo y las leyes en cada explotación cambiaban según las costumbres de cada distrito minero.

Otro caso de aplicación de la costumbre o de leyes privadas se llevó a cabo a través de los denominados comités de vigilantes. Estos se erigían cuando la corrupción e ineficacia de los sheriffs y demás garantes de la ley defraudaban a la población y permitían que los índices de criminalidad alcanzaran cotas inaceptables. Un ejemplo, el ocurrido en la ciudad de San Francisco en 1851 o en 1856 cuando numerosos ciudadanos se unieron indignados ante la ineptitud corrupta del sheriff y constituyeron este tipo de comités, cuyos cometidos iban desde impedir que delincuentes foráneos llegaran a la ciudad, hasta la creación de juicios más ágiles y garantes de la legalidad que los que los nacientes pero ya ineficaces gobiernos locales del Oeste estaban constituyendo hasta la fecha. Con este tipo de órganos se redujo drásticamente la criminalidad y aumentó el contento de la población.

Otro modo de resolver disputas y conflictos era a través de sistemas de arbitraje, más rápidos y neutrales que los juicios estatales: como sucedía en las caravanas, en donde fácilmente surgían conflictos y disputas y donde leyes propias se pactaban voluntariamente antes de salir hacia las praderas americanas. En estos casos encontramos las mismas cualidades y beneficios que actualmente. De hecho, las conclusiones a las que podríamos llegar a través de recientes
estudios bien podrían ser las mismas que en el salvaje oeste: flexibilidad, participación de las partes, irrevocabilidad de las sentencias, privacidad, grandes especialistas de prestigio (auctoritas en la materia)… y no es difícil pensar que en un futuro estos sistemas se perfeccionen y cobren mayor rapidez, sobre todo si tenemos en cuenta que más del 80% de las empresas internacionales prefieren este tipo de resolución de conflictos al de los tribunales estatales de justicia.

Por tanto, lejos de ser una época y unos lugares en la que la ley de la selva imperaba, el lejano oeste americano da ejemplos siempre limitados (pues había un trasfondo gubernamental) de cómo los ciudadanos cobraban protagonismo y lograban organizarse para desarrollar leyes privadas guiadas por la costumbre, la competencia y la propiedad privada como base para dicha organización.

300 millones

Este martes se producía uno de esos datos redondos que ofrece la estadística. Era el día en que la población de los Estados Unidos alcanzaba los 300 millones de almas. Por mandato constitucional, se realiza un censo cada 10 años, y el primero tuvo lugar en 1790. Poco después se realizó uno en Gran Bretaña, y la población temía que fuera un paso previo a una dictadura militar. La población de Estados Unidos creció a niveles sorprendentes en el cambio del XVIII al XIX, que despertaron los miedos y la imaginación de Malthus.

No es mala ocasión para hacer una breve reflexión sobre la población, especialmente cuando ciertos ecologistas se plantean (como expresión de su insaciable inquina por el género humano), qué bueno sería para la Tierra que la especie humana se extinguiera. Lo plantean como una extinción voluntaria, pero me temo que la desean como una eutanasia asistida. Hay ejemplos dramáticos de esa actitud antihumana.

La de Estados Unidos es una buena noticia. No es que estén creciendo a un ritmo alto, ya que, como el resto de países desarrollados, su población ha ido moderando su ritmo natural de crecimiento con el paso de las décadas. Pero el resultado es que seguramente nunca había vivido una población tan grande en un entorno de libertad tan amplio. Tenemos la suerte, además, de que los Estados Unidos importan a numerosos pobres (y no tan pobres), que acuden a esa sociedad en la que su trabajo es mucho más productivo. ¿Qué es lo que hace que una población amplia sea más una bendición que la causa de desastres sin fin?

Adam Smith vio en la división del trabajo la causa del desarrollo económico. Es cierto, como le reprochó Carl Menger, que hay otra pata del desarrollo, que es la acumulación de capital, que el primero no tuvo en cuenta. Pero entre sus mejores hallazgos se encuentra que la división del trabajo está limitada por la extensión del mercado. Si logramos engrandecer éste por el volumen de la población o por la ampliación de las comunicaciones entre los ciudadanos, estamos favoreciendo una de las causas del desarrollo económico. Con una mayor población, se pueden hacer colaboraciones mucho más productivas. Mises explicó en La Acción Humana que "el hecho social fundamental es la división del trabajo y su contrapartida, la cooperación humana", que se explica en dos hechos naturales: "Primero: la innata desigualdad de los hombres, por lo que se refiere a su capacidad de realizar distintos tipos de trabajo. Segundo: la desigual distribución de las oportunidades de producción ofrecidas por la naturaleza, no humanas, sobre la faz de la tierra."

Esa desigualdad interpersonal no se limita a las capacidades, sino también (como desarrolló Hayek) en el conocimiento. Y cuanto mayor es la población, más pronunciadas son las diferencias que explotar y más amplio es el conocimiento que se puede compartir y coordinar. Dice el austriaco en La Fatal Arrogancia: "Los hombres nos hemos vuelto poderosos porque hemos llegado a ser muy diferentes: nuevas posibilidades de especialización –que dependen no tanto de un incremento en la inteligencia humana como de una creciente diferenciación de los individuos– provee la base para un uso más exitoso de los recursos de la tierra."

Se puede pensar que, de todos modos, tenemos que crear riqueza con los medios materiales que tenemos, y éstos están dados. Pero es un error, porque el valor que sepamos crear de ellos depende del uso que le demos, y de la posición que le otorguemos en el proceso productivo. Y de cada recurso podremos ampliar su productividad, bien incardinándolo en una sociedad más amplia, con una división del trabajo más profunda, bien haciéndole partícipe de un proceso productivo más capitalista. Cada nueva persona no es sólo un nuevo devorador de bienes; es también un nuevo productor. Es más, dado que la producción no es una cuestión física (recordemos a Lavoisier y la ley de la conservación de la materia, luego materia-energía), sino de valor, que es un fenómeno de la mente. Y "las mentes importan económicamente tanto o más que las manos o la boca. Los seres humanos creamos más de lo que utilizamos, de media".

Pero una población abundante no asegura nada. Necesita poder cooperar en libertad, y no todos los entramados institucionales sirven a esa libertad de igual manera. Por eso la llegada del estadounidense 300 millones es una excelente noticia.

La “guerra” de los sexos

El socialismo discrimina a los individuos por razón de sexo. Este hecho irrefutable no constituiría por sí solo una amenaza, siempre y cuando tal precepto afectara única y exclusivamente al selecto club de los progresistas y allegados al PSOE. Al fin y al cabo, la discriminación es una herramienta que el individuo emplea de forma natural como consecuencia de su capacidad de decisión. Actuar en libertad implica elegir y, por lo tanto, descartar. El problema surge, sin embargo, cuando la legítima subjetividad del individuo es sustituida por una falsa objetividad del Gobierno, impuesta a golpe de decreto.

La Ley de Igualdad, que entrará en vigor en enero del próximo año, es un claro ejemplo de ello. La normativa, ideada por el Ejecutivo con la intención de “hacer efectivo el principio de igualdad de trato y oportunidades entre mujeres y hombres” (art.1), establece la denominada discriminación positiva como fundamento básico de nuestro ordenamiento jurídico. Dicho concepto nace en el seno de la teoría de género, que concibe al colectivo femenino como una “minoría” que se encuentra en una situación de desventaja con respecto a los hombres y, por ello, conforme a sus criterios de justicia, debería ser susceptible de ayuda y protección institucional para poder corregir tales desigualdades. De este modo, legitiman la aplicación de políticas sociolaborales ventajosas en favor de un grupo de individuos por razón de sexo.

Sin embargo, dicha argumentación adolece de una contradicción insuperable: ¿cómo es posible implementar un modelo en el que para mejorar la situación de los más, en teoría, desfavorecidos (en este caso las mujeres) es necesario vulnerar la posición y derechos individuales de los más aventajados (hombres)? De esta forma, se llegaría al establecimiento de una vulneración institucionalizada de derechos individuales inalienables que pertenecen a terceros, lo cual implica una violación en toda regla del fundamental principio de igualdad ante la ley.

La igualdad jurídica formal,propia de la tradición liberal, queda así en el más absoluto de los olvidos: “Todos los hombres son iguales y deben ser considerados y tratados por igual” y “la ley es igual para todos”, base jurídica sobre la que se edifica la concepción del Derecho y del Estado modernos. Según esta misma argumentación teórica, ¿qué impediría a otros colectivos que se perciban a sí mismos como marginados o discriminados, aduciendo simplemente una situación de desigualdad frente a otros, la aplicación legítima de este tipo de medidas? Desigualdad que, por cierto, se configura como elemento intrínseco de la sociedad y de la propia naturaleza humana, y cuya argumentación podría estar basada en una infinidad de criterios: desigualdad económica, social, biológica, física, personal, intelectual, etc.

Se trata, por tanto, de una intervención directa por parte del Estado en el mercado de trabajo, cuyos efectos y consecuencias generan más problemas que beneficios. Y es que, ¿acaso no parece ilógico tratar de imponer a un empresario el tipo o clase de individuos que debe incorporar a su plantilla? ¿No se tiene en cuenta que dicho empresario, en su búsqueda constante de beneficios, tratará de contratar al personal que estime más conveniente y competente para el desempeño de determinadas tareas independientemente del sexo, la raza o la religión a la que pertenezca?

Evidentemente, existen prejuicios a nivel individual que afectan a la hora de tomar este tipo de decisiones, pero ¿de qué legitimidad y superioridad moral goza nadie para poder decidir por otro en aspectos de la vida semejantes? ¿Es que acaso está legitimado el Estado para recomendar o decidir por mí la clase de coche que debo comprar, o el tipo de personas que deben entrar en mi casa, con quién me debo casar, con quién debo hacer negocios? ¿No son éstas decisiones que pertenecen también al ámbito de lo privado? ¿Por qué entonces siendo yo el dueño de mi empresa puede intervenir el Estado a la hora decidir a quién debo ascender o contratar para un determinado puesto?

El papel de la mujer como directiva y empresaria es cada vez mayor, algo impensable hasta hace bien poco; los empleadores son cada vez más conscientes del enorme valor y alta competencia de la mujer en el ámbito laboral, lo cual posibilita el debilitamiento y eliminación de estereotipos de carácter sexista; las empresas son cada vez más conscientes en cuanto a la mejora de las condiciones laborales, como la creación de guarderías en los centros de trabajo, seguros médicos y escolares, bajas por maternidad, etc. Los avances a este respecto son claros y han sido posibilitados por la propia dinámica del mercado y no mediante la puesta en práctica de medidas discriminatorias implementadas por el Gobierno.

El mercado desempeña una esencial función de coordinación social, el único capaz de proporcionar un eficaz equilibrio entre los innumerables deseos individuales (demanda) y la diversa y variada gama de productos, bienes y servicios (oferta), y tal sistema descansa sobre los principios básicos de libertad de acción y establecimiento de acuerdos voluntarios por parte de los individuos. Sin embargo, libertad y voluntariedad no son compatibles con los conceptos de imposición y obligatoriedad por parte del Estado a través de sus políticas a nivel económico y social. El ministro de Trabajo, Jesús Caldera, se ha encargado de desenterrar el hacha… La guerra de los sexos comienza, precisamente, ahora.

El Plan B

Los profesores universitarios españoles estamos de enhorabuena: ya tenemos nuestro Plan A. Y ha sido parto múltiple. Han bautizado a las criaturas con el bonito nombre de PERME. No, no es un diminutivo, significa Planes Específicos para la Renovación de las Metodologías Universitarias. Como buenos planes, y gracias a los dioses, no son una realidad… aún.

Los profesores que disfrutan de un "piloto de Bolonia" y estén leyendo pueden sacar el pañuelo y enjugarse las lágrimas en silencio, pero no lo dejen muy lejos. Un "piloto de Bolonia" es una asignatura en la que la universidad de turno ha decidido aplicar el proyecto de Bolonia, a ver qué tal va la cosa. Y la cosa va como era de esperar. Mal.

Cuando preguntas a cualquier afectado si funciona el experimento ves en sus ojos dolor, cansancio, desesperación, y sobre todo, desconcierto. Los que aún no han sido tocados por la mano de dios y no han vivido esa experiencia religiosa saben que, además de clases magistrales, habrá tutorías y talleres; que se harán encuestas de todo tipo que se sospecha serán manipuladas posteriormente para que las estadísticas cuadren. Ninguno tiene muy claro si alumnos y profesores están preparados para ello, nadie ha preguntado su opinión. Yo sí: "No hay horas en el día para los chicos… ¡ni para nosotros!". Y a partir de ahí, ya no son capaces de articular palabra y vuelven a meter la cabeza en sus papeles, encuestas, trabajos… de todo menos artículos científicos.

También se sabe que habrá asignaturas y en algún caso departamentos que desaparecerán en el proceso. Los candidatos no saben si serán "asimilados" o qué, y mientras tanto, siguen enseñando con los incentivos en proceso de extinción acelerada. La Historia del Pensamiento Económico sale gravemente herida, tal y como se recalcó en el último congreso de la European Society for the History of Economic Thought, que tuvo lugar en Oporto el pasado abril. Trato de imaginarme ilustres profesores como Adam Smith, Carl Menger, Lucas Beltrán y tantos otros aplicando Bolonia. No soy capaz.

Los profesores liberales que además de decirlo en determinados círculos o cuando conviene, ejercen de ello, y que actualmente, son discriminados y apartados en un despacho o en un departamento marginal de alguna universidad pública del sur o del norte de Madrid, por poner un par de ejemplos, van a tener que echarle imaginación para no serlo más aún. Si hoy en día ser simplemente liberal y anti-keynesiano te cierra puertas de departamentos en todas las universidades europeas, cuando la burocracia del proyecto de Bolonia pida cabezas está claro cuáles van a rodar primero.

Pero seamos positivos y dejemos los temas políticos a un lado. Nuestro Plan A, el PERME, va a constar de una oficina donde se va a concretar la política de liderazgo, concentración de esfuerzos y asunción de responsabilidades que se pretende promover y visualizar. Esto es lo que nos dice en la página 127 el documento "Propuestas para la Renovación de las Metodologías Educativas en la Universidad" publicado por el Ministerio este mismo año. Liderazgo, esfuerzos y responsabilidades… Entre nosotros, ¿serán capaces de ofrecer lo que exigen? Más adelante, como quien no quiere la cosa y sin avisar, llega el veneno: el presupuesto de la oficina debe permitirle actuar y son las actuaciones que realice y promueva las que dan sentido a su existencia y la justifican. ¡Estamos perdidos! Léanlo otra vez, ¿a que asusta?

De nuevo el Estado despliega su manto y esta vez hace desaparecer al profesor universitario del escenario. Es un verdadero drama que, de salir adelante, haremos pagar a las generaciones futuras. La labor del maestro en la universidad es básica, determinante, imprescindible. Lo saben los privilegiados que tienen uno. Ante esta situación ¿Cuál es nuestro Plan B?

Con permiso de los austriacos, cito a un maestro: En todas las zonas en las que hay mezcla de nacionalidades, la escuela es un premio político de la mayor importancia. No se le puede eliminar su carácter politico mientras siga siendo una institución pública y obligatoria. Hay, de hecho, una única solución: el estado, el gobierno, las leyes no deben de ninguna manera ocuparse de la educación o la escolarización. Los fondos públicos no deben ser empleados para esos propósitos. La instrucción y educación de la juventud debe ser dejada completamente a los padres y a instituciones y asociaciones privadas.

Y al mío, le dedico una frase de la canción "Plan B" de los ochenteros Dexys Midnight Runners:

Forget their plans / and their demands/ PLAN B/ They’re testing you – but don’t worry.

No llores por mí, argentino. Llora por todos.

El cuidado de los pobres no justifica el Estado del Bienestar

En ausencia de Estado del Bienestar nadie velaría por los más pobres. Las capas menos favorecidas no pueden acceder a la sanidad o a la educación privada, sólo el Estado del Bienestar es capaz de garantizar a los pobres los servicios básicos. Ésta es quizás la principal objeción al liberalismo planteada tanto por sus detractores como por aquellos que, aun simpatizando con sus tesis en general, no ven claro que el destino de los más necesitados esté a merced, por ejemplo, de la caridad privada y no al amparo del sector público.

En primer lugar, concediendo a efectos dialécticos que esta objeción sea válida, es preciso aclarar que el cuidado de los pobres en una sociedad desarrollada no exige un Estado del Bienestar, sino a lo sumo una red de asistencia pública mínima que procure atención a esta minoría desfavorecida. En otras palabras, la objeción de los pobres no es un argumento en contra de un Estado poco intervencionista como pretenden algunos, en contra de la privatización de la sanidad, la educación o las pensiones, en todo caso es solo un argumento a favor de un sistema de cheques o subsidios selectivos a los más pobres.

Ahora relajemos esa concesión y preguntémonos si es cierto que en ausencia de intervención estatal los pobres se hallarían desamparados y padecerían más de lo que padecen en la actualidad.

La gente asume que el Estado cuida de los pobres y raramente se plantea la posibilidad inversa, que sea su mayor lastre. ¿Por qué tendrían los gobernantes que preocuparse de los más pobres, que carecen de peso político, en lugar de fingir hacerlo y servir en realidad a otros intereses? Las leyes de salario mínimo y las regulaciones laborales elevan los costes laborales, reduciendo los salarios de la gente y condenando al paro a los menos productivos. Las licencias y los permisos para entrar en un sector restringen la competencia y encarecen servicios como la sanidad o los transportes metropolitanos. La regulación del suelo encarece la vivienda y el proteccionismo encarece la comida. Los impuestos indirectos, que cada vez tienen un peso mayor en el organigrama fiscal, son regresivos y se ceban en los más pobres. La subida de los precios provocada por la expansión crediticia es siempre asimétrica y afecta especialmente a las personas de rentas más bajas, que ven subir los precios de los bienes que compran antes de que hayan subido sus salarios. Las regulaciones y los impuestos en general socavan la acumulación de capital y el florecimiento de nuevas oportunidades de negocio. ¿Es así como el Estado ayuda a los más pobres?

Algunos se fijan en las rentas netas de los individuos y en los precios de la sanidad o la educación privadas hoy y concluyen que los pobres (y los no tan pobres) no pueden tener acceso a estos servicios a menos que el Estado se lo proporcione. Pero no se trata de valorar si en el contexto actual los pobres (y los no tan pobres) pueden pagarse una sanidad o una educación privada, sino si podrían en otro contexto, en un contexto no-intervenido. ¿La renta neta de las capas menos favorecidas sería la misma si no hubiera impuestos y los trabajos estuvieran mejor remunerados? ¿La oferta y los precios serían los mismos en un marco enteramente competitivo, en el que no satisfacer a los consumidores comporta la quiebra en lugar de más fondos públicos?

Aunque en un libre mercado sin restricciones se generara más prosperidad para todos y hubiera menos pobres, es posible que continuara habiendo una bolsa de gente que por sí misma no fuera capaz de pagarse determinados servicios básicos. Defender la asistencia pública alegando que en la actualidad la caridad privada se revela insuficiente para afrontar estos problemas supone, de nuevo, caer en el error de pensar que en un contexto no intervenido el volumen de donaciones (y la forma de canalizarlas) sería equiparable al que resulta en presencia del Estado del Bienestar. ¿Acaso los ciudadanos no podría destinar más dinero a beneficencia si su renta fuera más elevada y apenas pagaran impuestos? Tampoco debemos olvidar el efecto "crowding out" del Estado: el Estado no complementa la iniciativa privada, la desplaza. La única razón por la que mucha gente se muestra pasiva ante los pobres es que da por sentado que el Estado ya cuida de ellos (sic) y cree que en cualquier caso ya hace bastante pagando sus impuestos. Por otro lado, las organizaciones sin ánimo de lucro que dependen de donaciones voluntarias tienen más incentivos para proceder honesta y eficientemente que el Estado, que no depende de las donaciones de nadie. A la ONG corrupta puedes retirarle tu favor, al Estado no puedes dejar de pagarle impuestos.

El argumento de los pobres adolece de una curiosa paradoja. Quienes lo plantean suelen decir: "yo ayudaría a los pobres, porque a mí me preocupan, pero no confío en que los demás hagan lo mismo, así que el Estado debe intervenir para garantizar esa ayuda a los pobres". Pero la inmensa mayoría de gente opone la misma objeción al liberalismo, por lo que tenemos al 99% de la gente diciendo que ellos ayudarían a los pobres, pero los demás no. ¿Es razonable pensar que en un contexto en el que el 99% dice personalmente estar dispuesto a ayudar a los pobres nadie lo haría? ¿Todos se comportarían exactamente como temen que se comporten los otros? Si la gente es en efecto sensible a la pobreza lo iluso no es tanto creer que habrá personas dispuesta a ayudar a los necesitados como asumir que los gobernantes tienen inclinaciones más altruistas y que la letanía de políticas del Estado del Bienestar favorece a los pobres.