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Corren tiempos de censura

Una de las palabras que últimamente se han puesto de moda es crispación. Los intelectuales recurren constantemente a ella para acallar a todo aquel no piensa como él o no defiende unos modelos concretos de sociedad perfecta e igualitaria. Creen ingenuamente que, acallando a una persona (¡el demagogo!) o a un grupo de inconformistas, la sociedad quedará sin ideas y los individuos que la componen se verán obligados a seguir el pensamiento único de la autoridad.

La restricción de la libertad de expresión por parte del gobierno lo tenemos en los órganos de censura como el ALM de Alemania, la FCC de Estados Unidos o el CAC y el Consejo Audiovisual de Navarra de España, entre muchos otros. Los intelectuales, siempre defensores de su mecenas y guardián, el Estado, no dudan en apoyar este tipo de restricción tomando como excusa la salvaguarda de la salud moral e ideológica de la sociedad, de la que que de alguna forma surrealista creen sentirse protectores. Opinan alegremente que, acallando al demagogo, al activista o a grupos inconformistas con el establishment, eliminarán la voluntad de las personas para así poder introducir sus valores morales mediante leyes y el uso de la fuerza. Esta forma de razonar implica que la libertad es un mal innecesario y que los hombres han de ser guiados como robots en su forma de pensar y comportamiento.

Curiosamente, los que así discurren, los que creen que la sociedad como conjunto es idiota e incapaz de asumir responsabilidades propias pretenden colocar como jerarca supremo a otro idiota según su racionamiento, esto es, a un componente de la propia sociedad (que, por definición, consideran idiota). La consecuencia lógica no es más que un dictador idiota que gobierna a otros idiotas, pero mientras que la primera parte es cierta, puesto que al tomar responsabilidades globales que no recaen sobre uno mismo se genera corrupción y compra de intereses y, por lo tanto, inhibición de responsabilidades, la segunda es falsa ya que la responsabilidad es lo que hace al hombre sabio en sus acciones buscando siempre la felicidad moral, material e individual. Y es que la felicidad sólo puede ser un concepto individual, nunca un resultado de agregados sociales tal y como pretenden los intelectuales y el gobierno. No puede existir visión más irrealista, utópica y dañina que imponer la felicidad a base de prohibiciones y leyes.

Pretender hacer ver que la existencia del inconformista, del demagogo, del crítico con el establishment o de cualquier figura contracorriente es el creador de la crispación es precisamente la inversa a la real: ha de existir cierto espacio popular ideológico que permita este tipo de opinión crítica; si no, muere. Siempre y cuando esta voz no sea introducida por los medios políticos, esto es, los medios de la agresión unilateral y la represión.

Por otra parte, la censura en manos del estado e intelectuales pretende abolir las responsabilidades individuales para transferirlas a la elite dominante. La prohibición de contenidos a ciertas horas para proteger la "delicada" mentalidad de los menores es considerar que los padres no aprecian ni sienten amor suficiente a sus hijos como para que ellos puedan elegir qué han de ver y qué no han de ver, siendo además una labor totalmente vana y absurda. El claro ejemplo de no usar palabras malsonantes en horario infantil es un claro ejemplo; son precisamente los niños los que más insultos usan en su vida cotidiana. También es absurdo creer que el burócrata puede sentir más amor por los hijos de los demás que los propios padres. El alto burócrata no es más que un dictador (de la moral y la producción) que sólo sirve sus intereses.

La lobotomización mediática de la sociedad es un intento de imponer el pensamiento único, crear una sociedad de esclavos y sirvientes a los intereses del intelectual y del Estado. En la diversidad más pura y en la libertad está la armonía –que no significa felicidad– porque así cada uno puede expresar aquello en lo cree de forma abierta. Permitir tal armonía es precisamente lo que no quieren hacer ni los intelectuales ni el Estado, ya que de existir plena libertad individual, se quedarían sin poder ni dinero.

Cacareos contra la globalización

Nuestra televisión pública nos amenaza con un programa más de telebasura, "Voces contra la globalización – Otro mundo es posible", esta vez dirigido al ansia de confirmación de sus prejuicios de la progresía colectivista. Seres moralmente superiores van a recordarnos que, según ellos, otro mundo más socialista es posible (y para ellos deseable): seguramente no entrarán a detallar cómo, ya que implicaría violar múltiples leyes praxeológicas, económicas y éticas; pretenden defender un mundo más justo, lo cual no es sorprendente, ya que incluso sin asesores de imagen puede suponerse que promover la injusticia no está bien visto. Estos propagadores de memeces (memes de baja calidad intelectual) suelen despotricar contra la propaganda comercial, pero es que lo suyo no es adoctrinamiento, no, sino ejercer de profetas con conciencia social crítica.

Son una selección de necios más o menos populares que se toman a sí mismos muy en serio y que conviene consumir con moderación: José Saramago, Adolfo Pérez Esquivel, Carlos Taibo, Eduardo Galeano, Jean Ziegler, José Vidal Beneyto, Sami Nair, Ignacio Ramonet, Jose Bové, María José Fariñas, François Houtart, Manu Chao, Giovanni Sartori, Pedro Casaldáliga, Toni Negri, Avi Lewis, Federico Mayor Zaragoza, Vitorio Agnolletto, David Held, Jeremy Rifkin, Ramón Fernández Durán, Susan George, Jaume Botey. Llamarles necios no es un insulto ni un ataque ad hominem: es una descripción, no hay más que analizar sus argumentos.

Se van a preguntar "¿Quién gobierna el mundo?" (contestarán que los malvados norteamericanos de forma unilateral); "¿Cuál es el poder real de los políticos?" (siempre poco, nunca suficiente, están comprados por los avariciosos empresarios); "¿Sabe usted que el volumen de negocios de una sola multinacional es superior al producto interior bruto de muchos países, incluidos Austria o Dinamarca?" (sí, lo sé ¿y qué? ¿Será que tienen éxito y satisfacen a los consumidores?); "¿Cuál es el papel de los paraísos fiscales que dan cobijo al dinero del crimen o al de la corrupción?" (son refugios fiscales, no paraísos, y también protegen el dinero de personas honradas de la voracidad confiscatoria); "¿Por qué se permite la existencia de estos territorios sin ley?" (como si no tuvieran ninguna ley, y es que los progres han olvidado aquello tan bonito de prohibido prohibir); "¿Cuál es el papel real de organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio?" y "¿Qué pasó realmente en la Argentina para que su economía se viniera abajo?" (difícilmente van a acertar dada su supina ignorancia de economía y ética).

Gracias a ellos vamos a saber en manos de quién están los grandes medios de comunicación y cuál es su papel: seguramente se correrá un tupido velo sobre aquellos de titularidad pública (que curiosamente no emiten programas existentes favorables al liberalismo y la globalización). Nos vamos a enterar de que suceden catástrofes como privatizaciones y deslocalizaciones de empresas (algo malísimo para los países más pobres que las reciben, los pobrecillos son explotados sin saberlo); la sociedad del bienestar en Europa y los derechos laborales se están perdiendo (no es que desaparezcan privilegios, redistribución coactiva e incentivos a la pereza); está triunfando la economía especulativa sobre la economía productiva (pronto no habrá que producir nada, los consumidores comprarán especulación pura) y la política económica neoliberal (seguro que es por la actividad del Instituto Juan de Mariana, con sus millones de seguidores y su exorbitante presupuesto).

Hay miseria en los países desarrollados (pregunten a los pobres dónde prefieren serlo), unos consumen más que otros (tal vez porque producen más), las grandes multinacionales farmacéuticas se niegan a regalar sus medicinas. Hace poco, el presupuesto de Naciones Unidas era seis veces menos que lo que los norteamericanos se gastaron en cosméticos: a ver si conseguimos que sea sesenta o seiscientas veces menos, que los cosméticos al menos son altamente apreciados por las personas libres (evolución, selección sexual, atractivo…). Vamos condenados camino de la extinción, dejándonos unos cuantos millones de especies en la cuneta, y es que los políticos son insensibles con el calentamiento global, un tema del que no hablan nunca. Las culturas se uniformizan, se pierden identidades indígenas: mejor establecer reservas puras de buenos salvajes e impedirles imitar culturas diferentes quizás más exitosas.

Marx y Keynes: paralelismos siniestros

Karl Marx fue rudo. John Maynard Keynes refinado. Marx es el padre del socialismo real, Keynes tan solo la coartada intelectual de la socialdemocracia. Escarbando un poco, sin embargo, encontramos demasiadas coincidencias en los escritos de ambos autores como para que se nos pasen desapercibidas.

Es posible que tanto keynesianos como marxistas sostengan que la causa de tales coincidencias no es otra cosa que su adecuación a la realidad. En tal caso, la carga de la prueba sigue recayendo sobre ellos a la hora de explicar no sólo el cúmulo de profecías fallidas de ambos, sino también la incapacidad de conciliar con sus teorías fenómenos como la generalización de las “clases medias”, la estanflación o la imposibilidad del cálculo económico en los sistemas socialistas. Así que repasaremos brevemente alguno de esos fatídicos paralelismos como aviso a navegantes ingenuos que todavía creen que el keynesianismo ha servido para salvar a la economía de libre mercado. Hasta nueve puntos de contacto evidentes nos surgen en una primera aproximación.

El ciclo económico

1. Ambos autores centraron el objeto de su análisis en el ciclo económico de la sociedad de mercado capitalista. Más concretamente se centraron casi en exclusiva en las fases de crisis y depresión, mostrando de ese modo una acusada inclinación anticapitalista.

Keynes no sólo se concentra en el estudio de la depresión (lo que es comprensible en un inglés contemporáneo de los años 20 y 30), sino que llega a creer que este es un estado permanente del que el mercado es incapaz de salir por sí mismo. Así acuña en “La Teoría General” el contradictorio término de equilibrio con desempleo.

Verdaderamente, parece capaz de permanecer en una situación crónica de actividad inferior a la normal durante un periodo considerable, sin ninguna tendencia acusada hacia la recuperación o hacia el completo colapso. Más aún, la evidencia indica que la ocupación plena, o incluso casi plena, es algo que se da raramente y que dura breve tiempo.

Excesiva riqueza

Marx tiene igualmente en mente la depresión cuando habla de la pauperización de las masas y del ejército de reserva de trabajadores. La ortodoxia marxista posterior no estuvo dispuesta a aceptar la posibilidad de alternancia de ciclos de auge y depresión, tan poco adecuada a la teoría de la inevitabilidad del socialismo. Kondratieff fue deportado y asesinado en Siberia poco tiempo después de publicar sus estudios de las series temporales de hasta 28 variables macroeconómicas. Y es que en ellos se ponía de manifiesto, no sólo que los periodos de auge y depresión se sucedían con periodicidad, sino que los primeros eran predominantes en los amplios lapsos de tiempo estudiados, con la consiguiente notable mejora del nivel de vida material en los sistemas capitalistas.

2. Tanto Marx como Keynes achacan el desencadenamiento de la crisis a un colapso en la rentabilidad de las inversiones causado por la excesiva acumulación de capital y riqueza en pocas manos y la insuficiente demanda de los compradores. Es la vieja falacia del subconsumo que Hobson otro teórico marxista, tanto haría por popularizar antes que Keynes. La superproducción con falta de demanda, debida a la insuficiente redistribución de la riqueza, hace que los stocks de mercancía se apilen sin encontrar salida.

Se agotan las oportunidades de inversión

3. Tanto Keynes como Marx sostienen que la sociedad capitalista se encamina hacia un punto de máxima entropía, en el que desaparecen las oportunidades de inversión. La eficiencia marginal del capital se iguala a cero de acuerdo con la terminología keynesiana:

Las experiencias posbélicas de Gran Bretaña y de EE.UU. son, verdaderamente, ejemplos reales de cómo una acumulación de riqueza, tan grande que su eficacia marginal, ha descendido más rápidamente de lo que pueda descender el tipo de interés ante los factores psicológicos e institucionales puede interferir, en condiciones principalmente de laissez faire, en un nivel de empleo razonable.

¿Qué explicación encontrarían Marx y Keynes para los crecientes beneficios que año tras año consiguen a día de hoy Google, Intel, Microsoft, Electronic Arts o Genentech, tal y como Xerox, Texas Instruments, Motorota o IBM hicieron hace décadas?

Macroagregados y nominalismo

4. El acercamiento a los problemas económicos simultáneos. Por un lado, la observación de fenómenos muy concretos (por ejemplo, la concentración empresarial y los superbeneficios en la fase de auge, la elevación del tipo de interés por causas monetarias producida en el momento de la crisis o la reducción del consumo en la fase descendente del ciclo) con unas formulaciones teóricas en términos de macroagregados o clases sociales que ocultan lo que realmente está ocurriendo. Keynes es así culpable de retrotraer la economía a una etapa precientífica en la cual los fenómenos económicos no se ligan a las valoraciones y acciones subjetivas.

Bajo espurios términos como burguesía, proletariado, demanda agregada o renta nacional se ocultan los fenómenos reales que quedan sin explicación. El nominalismo omnicomprensivo “lo explica todo sin explicar nada”. Los fenómenos apreciados son erróneamente interpretados llevando a desatinadas conclusiones.

Contra la institución del dinero

5. El punto fundamental de ambas teorías es su ataque incondicional al dinero. En Marx el ataque es explícito. Punto fundamental del programa comunista es la abolición del dinero. A cambio, se propugnan unos bonos horas-trabajo o bien la distribución directa de la producción a través de cartillas de racionamiento. Como paso intermedio para socavar el orden de mercado se defiende la inflación (papel moneda de curso forzoso) y la nacionalización del crédito.

En Keynes el ataque al dinero se enmascara tras una terminología científica: la preferencia por la liquidez y el atesoramiento son los culpables de todos los desarreglos del mundo. El ataque al ahorro burgués es en realidad un ataque a la propia esencia del dinero. Una esencia que otorga soberanía al consumidor para rechazar la producción que no es de su agrado mediante el simple procedimiento de abstenerse de demandar.

El interés como origen del mal

6. Keynes, como Marx, encuentra en el interés el origen de todos los males. Igual que Proudhon, Solvay o Gessel aboga por el crédito gratuito para escapar de la tiranía capitalista. Marx abogaba por la exterminación de los capitalistas; Keynes por la eutanasia del rentista:

Aunque este estado de cosas (un rendimiento suficiente para cubrir el coste de reposición del capital) sería completamente compatible con un cierto grado de individualismo, significaría, no obstante la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de la escasez del capital”.

Aparentemente, Keynes ya estaba al corriente de la diferenciación entre empresario y capitalista y llamó rentista al segundo.

Igualitarismo

7. Marx tilda de anárquico el sistema de producción capitalista. Keynes, igualmente crítico, sostenía que “cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un casino, es probable que la tarea se realice mal“. Por motivos de espacio no trataré aquí esta objeción. Baste decir que las alternativas de planificación central que ambos autores abrazaban produjeron las mayores descoordinaciones, desabastecimientos, corruptelas e ineficacias a gran escala de las que la Humanidad ha tenido noticia.

8. Keynes y Marx defienden una fuerte redistribución de la renta con fines igualitarios –eufemismo para hacer respetable el robo cuando el Estado es el encargado del latrocinio– a través de un impuesto progresivo sobre la renta, la supresión del derecho de herencia y la nacionalización de la inversión (los medios de producción).

Teoría del valor-trabajo

9. La teoría valor-trabajo es explícita en Marx e implícita en Keynes, que utiliza unas fantasmagóricas unidades de salario. El mercado está obligado a absorber toda la producción, independientemente de si esta es deseada o no por el consumidor. No importa qué cantidad se produzca, qué precios se pidan, qué cualidades tenga el producto o cuáles sean los costes incurridos para obtenerla. El consumidor debe comprarlo todo, al precio de coste como mínimo y además le debe gustar. Jamás debe liquidarse un proyecto o despedirse a un trabajador.

En fin, Keynes no hizo más que actualizar el pensamiento socialista, dando las mismas interpretaciones de la realidad que pensadores anteriores a él como los mercantilistas, Sismondi, Roedbertus, Proudhon, Marx o Gessel proponiendo sin ambages la nacionalización del dinero, el crédito y la inversión (el capital) para el establecimiento de una nueva utopía totalitaria.

Leer en liberalismo.org

Ética del crimen

"El aumento de la criminalidad y la intolerancia resultan, entre otras causas, de un individualismo insolidario en avance permanente". ¿Quién se imaginan que ha sentenciado de esta guisa? ¿Quizá Rodríguez Zapatero o, mejor aún, el inefable Pepiño Blanco? ¿No podría ser algún intelectual orgánico como Sabina o un progresista ilustrado como Saramago?

Si cree que esta frase proviene de alguno de los próceres citados, lo sentimos pero se ha equivocado. Esta idea ha brotado de las nuevas generaciones del Partido Popular, lo cual viene a demostrar que el socialismo cala en todos los partidos. Lo decía Carlos Rodríguez Braun precisamente hace unos días en las jornadas que organizó este Instituto en Tenerife: no podemos confundir liberalismo con PP ni socialismo con PSOE porque de ninguna manera esa equivalencia es aceptable. El caso que comentamos viene a probar que Braun vuelve a tener razón.

Pero si le dedicamos una pensada a esta idea de los jóvenes peperos podemos descubrir que encubre toda una filosofía de la irresponsabilidad y, como veremos, una apología de la delincuencia.

La delincuencia deja de ser la consecuencia de un acto ilegal para convertirse en una respuesta a la falta de solidaridad. Dicho de otro modo, la culpa, en lugar de ser atributo del sujeto es predicable de la sociedad porque, como es evidente, nunca es suficientemente solidaria como para evitar que la gente tenga que delinquir. Y además, comprende otra importante idea, que el delito es el resultado de la pobreza.

Ahora podemos entender un poco mejor lo que quieren decir los cachorros de la derecha.

Por un lado, que la gente es irresponsable y por otro, que la culpa de todo la tenemos quienes nada hemos hecho por evitar que esa persona, por supuesto, pobre hasta las cejas, actuara de ese modo. El veredicto es terrible. Quienes estamos trabajando, somos culpables. Quienes no agredimos, ni robamos ni violamos a nadie, somos culpables. Los culpables, en cambio, por negación de la lógica, no lo son y los inocentes por el contrario, se convierten, bajo este prisma, en sus contrarios. El ser y el no ser, se confunden, la nada es algo y el algo es nada.

¡Estupendo comienzo revolucionario para un ideario de centro derecha!

Pero, desgraciadamente, aún hay más.

ETA, bajo esa perspectiva, sería una pobre organización criminal a la que la insolidaridad ha abocado a la lucha armada. Hasta el término "lucha armada", deberá ser aceptado puesto que no cabe duda alguna de quien coge un fusil es para aplacar el hambre. Cuando Zapatero, como ha recordado Jorge Valín, llegó a señalar en el Financial Times que la causa del terrorismo es consecuencia de las "enormes desigualdades" no se podía imaginar que los chicos que jalean a Rajoy, asumieran su discurso con tanto entusiasmo.

Seguro que al enterarse de esta noticia, más de una lágrima recorrería su rostro. "¡Al fin, al fin, la derecha se tornaba cabal!", podría decir para sí. De haber dedicado a la lengua española un par de tardes, quizás lo único que el presidente les podría achacar es no haberse expresado mejor. Con decir que "la insolidaridad provoca delincuencia" podrían haberse ahorrado una intrincada paráfrasis y explicar mejor su más que dudoso espíritu liberal, al que aparentemente se consagran con fervor.

Pensemos que de ser ciertas las palabras del monclovita y de sus nuevos seguidores, la extrema necesidad, permitiría a los pobres robar, a los terroristas matar y qué se yo, aplicando el viejo principio marxista, "de cada quien según sus capacidades a cada cual según sus necesidades", hasta justificar que alguien viole a otro ser humano.

Instituir la insolidaridad como la medida de todas las cosas implica destruir la esencia de la libertad, la responsabilidad. Dado que los hombres son irresponsables porque siempre es un tercero el que les empuja a actuar, el ser humano se convierte en un autómata, un animal sin capacidad de razonar. En definitiva, un esclavo de sus pasiones. Y como la pulsión más inmediata del hombre es la de alimentarse y reproducirse, señores, con este lema de las nuevas generaciones, tenemos todo un programa político que les puede permitir captar votos… de todos los sitios menos de quienes todavía creen que los hombres son racionales, responsables, libres y que no son culpables de lo que hagan otras personas.

¿Lo incluirá el PP entre las medidas que planteará en las futuras elecciones nacionales?

¿Por qué Hitler invadió la URSS?

Es un lugar común que el mayor error de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial fue invadir la URSS. Si no se hubiesen metido en aquel berenjenal, se dice, Hitler habría concluido con éxito la aventura militar de 1939-40 doblegando la resistencia inglesa e imponiendo un nuevo orden en el continente. Tal vez, años más tarde, nazis y soviéticos se hubiesen visto las caras en una nueva e inevitable confrontación, pero Alemania estaría ya en condiciones de plantarse frente a la mole rusa con ciertas garantías y el dominio alemán en Europa sería incontestable.

Si es así, que no lo es, el gran interrogante radica en saber por qué el invicto Hitler se embarcó en una campaña que tenía perdida de antemano complicándose de paso una guerra que le iba viento en popa. La explicación más habitual a algo, aparentemente, tan irracional es incidir en la locura del Führer que, borracho de triunfo tras aplastar a Francia, se sintió llamado por la historia a liquidar de un plumazo el imperio bolchevique que estaba poblado, además, por eslavos inferiores llamados únicamente a servir al nuevo amo ario. Para ello ignoró los consejos de sus generales y se dejó llevar por un optimismo enfermizo, sobreestimando sus propias fuerzas e infravalorando las del adversario.

Lo cierto es que Hitler no pensó en ningún momento que la invasión de Rusia iba a complicarle la guerra sino a hacérsela mucho más llevadera. Estaba convencido –él y todo su Estado Mayor– que, más tarde o más temprano se terminaría formando una entente, parecida a la de la Primera Guerra Mundial, formada por los Estados Unidos, Rusia e Inglaterra. Si, anticipándose, eliminaba a uno de sus futuros enemigos, la tentativa quedaría conjurada para siempre. El problema, su problema, es que sólo estaba en guerra con uno de ellos, con el Reino Unido. Con Estados Unidos existía una relación tensa pero pacifica, y a la Rusia de Stalin le unía un pacto de no agresión gracias al cual había invadido Polonia a placer.

Lo lógico, visto desde hoy, es que hubiera intensificado su ofensiva contra Inglaterra, pero Alemania no estaba preparada para mantener los ataques aéreos, y mucho menos para efectuar un desembarco en las costas británicas. La Inglaterra de 1940 era una potencia mundial, mucho más poderosa que Rusia y dotada de una Armada realmente temible. Las islas británicas, por añadidura, carecían de valor estratégico para los nazis. Era un archipiélago periférico y aislado que, debidamente controlado, poco o nada podía hacer por interponerse en los planes de Hitler.

Rusia, por el contrario, se antojaba en Berlín como un desastre sin paliativos en lo militar. La derrota del Ejército Rojo en Finlandia durante el invierno de 1939 frente a un puñado de guerrilleros emboscados en la taiga venía a demostrarlo. Stalin había decapitado a la cúpula militar en las purgas de 1937-38 y el armamento con el que contaba el Ejército Rojo era bastante peor que el del alemán. Por último, las llanuras rusas eran el campo de batalla ideal para la táctica preferida de los estrategas del Reich: la blitzkrieg, un tipo de ataque novedoso, rápido, letal e imposible de frenar.

A diferencia de Inglaterra, Rusia sí era estratégico, y mucho. A espaldas del Reich todo era Unión Soviética, miles de kilómetros de frontera virtualmente indefendibles. Prácticamente todo el petróleo que Alemania consumía procedía de los yacimientos del Mar Caspio. Esto, junto a la industria pesada y, sobre todo, el feraz campo ucraniano, podían poner en jaque mate a la máquina bélica alemana si Stalin decidía aliarse con Inglaterra.

En el Berlín de 1940 se pensaba, naturalmente, que los eslavos eran seres inferiores pero, por encima de la ideología, los generales de Hitler estaban persuadidos de que, amén de lo anterior, los pueblos que convivían de mala manera en el seno soviético estaban muy desmotivados tras 20 años de miseria y hambrunas. Esto llevaría a bielorrusos, ucranianos o lituanos a recibir a los invasores como liberadores o, en el peor de los casos, a no ofrecer resistencia.

Vistas así las cosas, que es como estaban entonces, lo más oportuno era entrar en Rusia cuanto antes y quitarse el problema de en medio. Hitler, efectivamente, era un peligroso desequilibrado mental, pero no planificó la campaña de Rusia bajo el influjo de la locura. Midió bien sus pasos y estaba convencido de que iba a ganar.

En junio de 1941 dio comienzo la Operación Barbarroja. El generalato nazi, que se las prometía tan felices, se dio de bruces con la realidad y la guerra mundial inauguró su teatro de operaciones más mortífero e inhumano. Un ejemplo perfecto de cómo en la guerra no hay nada seguro y como una decisión equivocada, sólo una, puede llevar a colapso definitivo.

La gripe social

Llega la gripe y, como todos los años, las autoridades –políticas– sanitarias nos cuentan que hay dosis de la nueva vacuna para todas aquellas personas que la necesitan. Olvidan que el año pasado lo dijeron y al final no hubo para todos los que creían necesitarla. Sin embargo, ellos siguen pensando que la cantidad de vacunas de las que disponía la SS era óptima. Lo que ocurrió es que los individuos la demandaron de manera irracional por la desinformación –creada por los propios políticos– sobre la gripe aviar.

Irracional o no, lo cierto es que en nuestro país el estado determina quién debe vacunarse y quién no. Y no lo determina en función de que unos puedan coger el virus y otros no, porque lo cierto es que todos podemos contraer la gripe. Lo deciden en base a sopesar el riesgo de contraerlo en función de cada profesión o edad frente al coste de la vacuna.

Esta discriminación se podría llevar a cabo en función de los antecedentes gripales de cada paciente o alguna otra variable más o menos arbitraria. Pero ninguna de las reglas de discriminación puede satisfacer a todos en su condición de ciudadano, paciente y contribuyente. Y es posible que la regla elegida lo logre en menor medida que ninguna otra. El análisis coste-riesgo (o coste-beneficio) sólo lo puede realizar el individuo (y sólo si paga por la vacuna) porque tanto el coste (de financiarlo) como el riesgo (la probabilidad de contraer la gripe en relación a la desutilidad del padecimiento) son netamente subjetivos.

La administración gratuita de vacunas hace que la demanda supere la oferta y que el aparato estatal busque formas arbitrarias de simular un análisis coste-beneficio y así poder discriminar y racionar a gusto. Los estatistas dirán que los contagios son problemas de salud social, estatal o pública y no individual. Su propagación afecta al resto de la sociedad. Vamos, que estar vacunados tiene externalidades positivas. En fin, lo mismo ocurre con la cortesía o con la higiene y afortunadamente nadie defiende hoy en día que el Estado nos tenga que limpiar el culo. Es curioso observar cómo primero eliminan el precio de mercado y luego se ponen a discriminar al tiempo que dicen que hay para todos.

A quienes llevan las riendas del estado les molesta tremendamente que sean los individuos quienes decidan quién se vacuna y tratan de forzar las cosas al límite. Pero no queda ahí el intento de control social. Tampoco les gusta que haya gente, pueblos o comunidades que se vacunen de cosas que no se dan gratis en el resto del sistema de la SS. Ejemplos familiares para quienes sean padres son la vacuna de la varicela o el famoso Prevenar. Los seguros privados médicos las recomiendan mientras que la SS repite una y otra vez que el riesgo no justifica el desembolso. Seguro que a más de un político y a muchos burócratas les gustaría prohibirlas (a estos últimos les salva que son los únicos que pueden elegir entre sanidad pública o privada y eligen en un 85% la que no produce el Estado para el que trabajan), pero tampoco es cuestión de enseñar los colmillos no sea que el paciente vaya a ver que detrás de la bata de bondadosos médicos sin fronteras se esconde el lobo feroz.

Tengo más de un amigo que confió en las recomendaciones vacunales de la SS y –¡Dios mío!– qué mal lo han pasado hasta que los chiquillos pasaron la varicela. ¿Quién es el Estado para decidir que los 70 euros que puede costar cualquiera de estas vacunas es mucho o poco en comparación con una semana de lloros, gritos, dolores, picores o fiebre?

Ahora la Comunidad de Madrid ha decidido ampliar las vacunas que ofrece a sus ciudadanos. La decisión es tan arbitraria como la de no hacerlo, pero los efectos que ha provocado tienen su gracia. "Qué insolencia", parecen exclamar alarmados los consejeros de sanidad de las demás comunidades y la propia ministra, que sí han dicho en medio de su indignación que "todo el Estado ha de trabajar por consenso". Les falta explicar el gran "daño" que causará la decisión: mostrará a los madrileños que con un pinchacito más (que cuesta menos de 100 euros) puedes ahorrarte un mal trago y que sus políticos no eran tan benefactores como pensaban. Después de todo, los ciudadanos pagan obligados una SS que es un robo y sus dirigentes ni te pagan la vacuna ni te dejan que las compañías que las fabrican te informen sobre las ventajas de inyectártelas. Puede ser que en esta ocasión la competencia política no vaya a reducir el gasto público pero al menos parece que sí ayudará a desenmascarar las mentiras y mostrar a las claras por qué no quieren que nos podamos informar en el campo de los medicamentos. Con suerte, algún día superaremos la gran gripe social de nuestro tiempo: el estatismo.

El poder de las ideas

Cuando uno defiende ideas a contrapelo del discurso dominante, sobre todo al llegar a cierta edad, acaba adquiriendo un grado quizás excesivo de escepticismo. Esa especie de conciencia de que tus ideas nunca van a triunfar, lejos de provocar frustración proporciona una gran tranquilidad de espíritu. Ya no luchas para cambiar el mundo; al contrario, te refugias en sus certezas intentando que el mundo no te cambie demasiado a ti.

Sin embargo, eso significa infravalorar la potencia espiritual de los principios que llevas defendiendo toda tu vida: la libertad del ser humano frente al poder del estado, lo individual frente a lo colectivo, el orden natural frente a la ingeniería social, el derecho a ordenar tu vida según tus propios principios y no bajo el dictado de la corriente contracultural del momento…

¿Las ideas liberales no van a triunfar jamás en nuestras sociedades? Bien, probablemente estemos equivocados; esté equivocado.

Estos primeros días de octubre, unos locos independientes hemos organizado en Murcia un ciclo de conferencias para explicar los principios filosóficos del liberalismo. La primera sorpresa ocurrió cuando a la conferencia inaugural (a las 18:30 de la tarde, en Murcia y con 37ºC de temperatura en los termómetros) asistieron en torno a cincuenta personas. En mis fantasías más delirantes esperaba justo la mitad, mientras rezaba para que al menos hubiera diez asistentes y la afrenta a mis invitados no fuera excesiva.

Mientras en esa conferencia inaugural el Maestro Huerta de Soto desgranaba sus argumentos como andanadas con munición de diamante, yo me daba cuenta de la extraordinaria potencia de nuestras ideas. No por brillantes, que también lo son cuando las exponen los genios, sino porque sencillamente son las únicas que explican la realidad de un modo satisfactorio. El ser humano tiende a la libertad, no a la esclavitud, a la autonomía individual, no al vasallaje de unos cuantos iluminados. Por eso, cuando la gente intelectualmente honesta escucha nuestro discurso, de pronto todas las piezas que la esquizofrenia posmoderna les había deformado comienzan a encajar una por una.

Tuvimos, además, el acierto involuntario de programar la conferencia de Gabriel Calzada inmediatamente a continuación de la del Maestro. La explosión nuclear provocada por el profesor Huerta de Soto había dejado flotando en la sala una metralla de ideas con las que nuestro presidente construyó el edificio sistemático de la filosofía de la libertad. Esas cincuenta personas salieron de allí con un arsenal analítico suficiente para azotar intelectualmente a cualquier socialdemócrata en una conversación de barra de bar. La capacidad de expansión de ese arsenal en forma de círculos concéntricos es, además, de proporciones geométricas, lo que refuerza mi tesis de que lo más efectivo no es intentar cambiar la mentalidad de los políticos (una guerra perdida de antemano) sino dar la batalla de las ideas entre la sociedad. En jerga tardomarxista, cambiar la estructura para que la superestructura acabe mutando en la dirección correcta.

Las dos últimas conferencias del ciclo, dictadas de forma también brillantísima por el profesor Jerónimo Molina ("La Europa antiliberal") y el columnista José Antonio Martínez-Abarca ("Las ideas liberales en los medios de comunicación") fueron el feliz colofón a unas jornadas intensas, cuyo provecho exacto probablemente no percibiremos hasta dentro de un tiempo.

A la salida de la última conferencia pregunté a un chaval que había asistido a todo el ciclo qué le habían parecido los cuatro conferenciantes. Inmediatamente me respondió exactamente lo mismo que otro joven al que hice también esa pregunta el día anterior: "Son mis héroes". Los míos también.

Las multinacionales del chantaje

El 24 de marzo de 1989 el petrolero Exxon Valdez se golpeó contra unos arrecifes frente a las costas de Alaska, una cantidad de petróleo equivalente al contenido en 1,48 millones de barriles se vertió en el agua y la superficie afectada cubrió unas 460 millas cuadradas a lo largo de 2.000 kilómetros de costa provocando una catástrofe medio ambiental cuyo coste de limpieza se elevó a 2,1 billones de dólares.

Dos circunstancias ayudaron a magnificar el incidente. Por una parte, Alaska fue presentada como un ecosistema virgen prácticamente ajeno a la acción humana, la Madre Tierra en toda su potencia. Aún hoy, la posibilidad de explotaciones petrolíferas dentro de este territorio genera polémica y rechazo. Por otra, los medios de comunicación desarrollaron un seguimiento detallado del incidente casi siempre desde la perspectiva ecologista. La televisión espectáculo tuvo otro gran desastre medioambiental, el cuarto del quinquenio. En el accidente de Bhopal en la India murieron miles de personas la noche del 2 al 3 de diciembre de 1984 debido al escape de gases tóxicos. El 11 de julio de 1985 gobierno francés ordenó el hundimiento del barco ecologista de Greenpeace Rainbow Warrior en el puerto neozelandés de Auckland. Por último, la catástrofe de Chernobil, el 26 de abril de 1986, se produjo debido al desinterés del gobierno soviético en el mantenimiento de una central obsoleta incluso para su época. Todos ellos ayudaron a sembrar los medios de comunicación de imágenes "espantosas" que los televidentes y votantes no estaban dispuestos a consentir. Los políticos, asustados por el impacto de semejantes espectáculos, pusieron entre sus posibles aliados a tan molestas organizaciones.

El accidente del Exxon Valdez no ha sido ni el mayor ni el más importante de los que han afectado el mar pero se convirtió en un punto de inflexión en la actividad del movimiento ecologista y a Exxon en el arquetipo de capitalismo salvaje y en uno de los mayores enemigos de la Humanidad. Pero ante todo estamos ante un ejemplo práctico de cómo los grupos ecologistas ganan prestigio por la fuerza y con la connivencia de muchos.

Accidentes e incidentes como estos han jugado a favor de los grupos ecologistas a lo largo de estos últimos años creando una imagen donde la denuncia y la solidaridad, el buenismo en definitiva, sustituye a la realidad, una realidad que en manos de los ecologistas roza, cuando no invade, la ilegalidad y que en buena parte echa mano de la coacción e incluso de la violencia desatada. A diferencia de otras instituciones y organismos, los grupos ecologistas no son simples think tanks que ofrecen sus ideas o defienden ciertas posiciones políticas o sociales. Los grupos ecologistas son organizaciones en los que se mezclan la ideología, la política, el activismo social coactivo, el marketing de la marca y el chantaje a las empresas en forma de campañas de denuncia que orbitan desde las fuentes de energía a la química de sus productos. Nadie está fuera del punto de mira de estas multinacionales del chantaje.

Resulta complicado explicar las razones por las cuales unas organizaciones que persiguen, invaden propiedades y destruyen bienes tienen el beneplácito del público. Pensemos por un momento lo que se diría si unos agricultores especializados en cultivos transgénicos, hartos de esta actitud chulesca y violenta, entraran en la sede de Greenpeace se encadenaran y destrozaran todos los ordenadores y mobiliario como los ecologistas hacen con sus cosechas. Dos son los aliados naturales que juegan a su favor: los medios de comunicación que incorporan a sus líneas editoriales las ideas de las organizaciones ecologistas e incluso pueden contar entre sus redactores con activistas o miembros de algunas de estas organizaciones, y los partidos políticos y las instituciones estatales que favorecen sus políticas e incluso las incorporan en sus programas y labores de gobierno.

La primera de las alianzas conlleva dos ventajas claras. Por una parte les permite un canal adecuado no sólo para dar a conocer a sus ideas, sino también para adoctrinar a una parte de la sociedad que suele dar credibilidad a los artículos y los reportajes que en ellos se publican frente a otras fuentes de información más áridas y menos populares como son los propios organismos científicos. La segunda es precisamente ese barniz de credibilidad en el que se envuelven y que los medios de comunicación les conceden y que les permite ganar imagen incluso cuando sus actuaciones rozan lo ilegal o incluso cuando lo sobrepasan hasta el punto de que el agredido se convierte en el villano y el agresor en el héroe.

Este comportamiento no sería posible si no tuvieran a los organismos públicos de su parte. Las alianzas entre los partidos políticos y los grupos ecologistas se hace plena cuando estos entran en el espectro político de mano de los primeros. No son sólo las ecotasas o las políticas energéticas basadas en las energías renovables, que son comunes a partidos de derechas e izquierdas; de todos es conocida la alianza rojiverde que gobernó la Alemania de Schröeder o el acuerdo que alcanzaron Los Verdes con el PSOE para las elecciones generales de 2004. Esta posición ventajista tanto en la opinión pública como en los poderes estatales es la que les permite presionar a las empresas para que estas dediquen parte de sus recursos a satisfacer sus objetivos.

Así, buena parte de los recursos de las empresas se destinan, a través de la responsabilidad social corporativa, a financiar programas sociales de contenidos cercanos a las tesis ecologistas. La enseñanza pública y su alianza con la empresa se convierte en una herramienta importante de perpetuar esta tendencia. De la misma manera, empresas energéticas, alimentarias, químicas y cualquiera que sea potencialmente peligrosa para el medio ambiente, siempre desde una perspectiva ecologista, tienden a mantener buenas relaciones con los poderes públicos que favorecen este tipo de políticas. Cualquier esfuerzo es poco para evitar caer dentro de sus críticas y campañas pues los efectos pueden ser a la larga, contraproducentes. Gobiernos tan poderosos como el francés y el estadounidense terminan, cada uno a su manera, rindiéndose a sus peticiones aunque nada es suficiente para calmar sus ansias.

Hume versus Rousseau

Es sorprendente comprobar la popularidad de la que goza Jean-Jacques Rousseau y lo poco o mal conocido que es, en general, David Hume cuando las aportaciones al pensamiento filosófico, económico, histórico y político de este último son de mucha mayor enjundia. Ambos pensadores son estrictos coetáneos entre sí en tiempos de la Ilustración europea. En concreto, Hume fue una de las figuras sobresalientes de la fructífera Ilustración escocesa. Por contraste, Rousseau fue más bien una rareza en el movimiento ilustrado europeo. Podría muy bien ser considerado un primer romántico prerrevolucionario infiltrado en el grupo de los enciclopedistas franceses.

David Hume (1711-1776) fue un pensador profundo y coherente desde su primera obra magna en tres volúmenes titulada Tratado sobre la naturaleza humana (1739). En filosofía pura, fue el exponente más radical del empirismo inglés (continuando la labor de Locke y Berkeley). Frente a los excesos del racionalismo, alertó de los límites de la razón para prevenirnos tanto de una metafísica abstracta plagada de sustancias que nada tenía que ver con los hechos, como de un conocimiento de esos mismos hechos engañosamente seguro de sí mismo.

En su pensamiento político tuvo la sensatez de reconocer que, a pesar de las limitaciones del hombre, éste había creado –sin previos consensos explícitos– instituciones y tradiciones válidas y muy útiles para la supervivencia y desarrollo del hombre en sociedad.  En temas económicos, sus críticas al mercantilismo por su visión estática de la balanza de pagos entre países, su confianza en el libre mercado como impulsor de la beneficiosa división internacional del trabajo, su comprensión exacta de la naturaleza del dinero y de la conveniencia de que tuviera siempre un "valor intrínseco" y otros hallazgos fueron sorprendentemente modernos para aquella época. Tan sólo le faltó sistematizar en un solo tratado todo su rico, pero disperso, pensamiento económico. De haberlo hecho intuyo que la "supuesta" paternidad de la moderna economía política hubiese recaído en él y no en Adam Smith.

Por su parte, el pensamiento político de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) pasó por erráticos avatares a lo largo de su existencia, pero tuvo una virtud inigualable: fue un forjador nato de términos preñados de modernidad (de la mala) que, andando el tiempo, tuvieron gran aceptación: "bondad natural del hombre", "la voluntad general", "el pueblo", "la igualdad social", "alienación del hombre", etc.

En el Discurso sobre las artes y las ciencias (1750), las ciencias y a las artes, lejos de haber hecho al hombre avanzar en libertad y en quilates de felicidad, lo habrían corrompido. El hombre natural (presocial y cercano al Creador) era, según él, un ser verdaderamente libre y feliz. Luego vio la luz el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1755) en que se denunciaba las perversas consecuencias de la propiedad privada y causa de toda desigualdad, injusticia, guerra o asesinato. El buen salvaje se veía obstaculizado en su beatífica vida de paz y dicha cuando barruntó por vez primera la verja en un prado.

La siguiente obra de Rousseau, El Contrato social (1762), fue tan solo un poco más meditada que sus inmaduros Discursos. Aceptó en ella que el buen salvaje no era el estadio mejor para el hombre (vaya hombre, ¡qué avance!) y que lo importante era llegar a determinar el bien común del pueblo y, así, armonizar los asuntos de los hombres. Para ello el hombre natural debió enajenar en un prístino contrato todos sus derechos naturales a favor de la Voluntad general que se los devolvería multiplicados y mejorados en forma de derechos civiles. El hombre, participando de en la infalible Voluntad general, acoplándose a ella, se hacía libre porque "se obedecía a sí mismo". Cualquier totalitarismo puede perfectamente abrevar aquí. A partir del contrato social de Rousseau, la Voluntad general, como justificadora de regulaciones de todo el ámbito de la acción humana y fuente única del derecho, no tendría ya límites en manos de los modernos gobernantes. Hume, partidario de los gobiernos representativos, se opuso, por el contrario, a la infalibilidad de las mayorías. En Of the First Principles of Government sostuvo que el gobierno estaba sustentado por la opinión general sólo por la posibilidad de sustituir pacíficamente a los hombres del gobierno, caso de haber actuado contra dicha opinión.

David Hume fue demasiado sensato, demasiado escéptico o evolucionista como para estimular mentes calenturientas y simples, prestas a regenerar al hombre desde sus cimientos; pero fue un magnífico faro que "ilustró" a los hombres deseosos de conocimiento y cansados de supersticiones o quimeras. El hombre actual, especialmente si es liberal, tiene claramente una deuda pendiente con el sagaz observador David Hume y una deuda que cobrar al fantasioso Jean-Jacques Rousseau.

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Nueva York y nosotros

Cinco años después, Nueva York resiste. Al llegar a la zona cerodel 11-S, la preocupación y el dolor se reflejan mayoritariamente en los rostros de los visitantes que contemplan el homenaje ofrecido por la ciudad a sus mártires en el día del crimen. Entre las grúas y los forjados de la reconstrucción, la cruz allí clavada testimonia el holocausto. Las imágenes que tapizan el vallado que rodea el foso del World Trade Center son muy poderosas: el sollozo de una compasiva mujer musulmana, la viril lágrima de un policía ante el desastre, el arrojo de los primeros ciudadanos que acudieron al suceso imantados por la pasión, la razón y los colores de su bandera.

Allí mismo, cruzando la calle, la tierna capilla de San Pablo acoge amorosamente miles de mensajes de agradecimiento dedicados a los que dieron su vida en las difíciles horas del rescate. La capilla es un pequeño respiro, un energizante que permite volver a confiar en los demás. La profunda herida está ahí, bien visible, pero lacapital del mundocuida su desgarro sin desesperanza, con suprema dignidad.

Nueva York aguanta, sigue respirando. Este verano, los musicales en Times Square rebosaron de público. El veterano Sonny Rollins hizo vibrar el Lincoln Center con su jazz magistral. Bodies, la exposición dedicada al cuerpo humano en Fulton Street, es un éxito definitivo por su imaginación y sabiduría. La Neue Galerie cautivó a los aficionados a la pintura con la obra de Gustav Klimt. MOMA y Metropolitan repletos, como siempre. Central Park, esplendor en la hierba. En definitiva, la big apple está lista para comérsela.

Y lo más importante, la suprema dignidad de la gente: el merecido regreso a casa de los trabajadores tras una dura jornada, bajo el plácido atardecer de la bahía, en el ferry que lleva a Staten Island; las distinguidas damas que moran alrededor de la "milla de los museos" y los esforzados camareros de origen hispano que preparan el desayuno de la urbe. Todos ellos perseveran, caben, se necesitan mutuamente allí.

Esta representación de vida en libertad, plena de empatía y deseos –además de errores y frustraciones- quieren aniquilarla los que no pueden soportar que su civilización permanezca al pairo del progreso humano generalizado. En opinión de Thomas Friedman (recomendable su último libro "La Tierra es plana"), no resisten incluso que China e India les superen económica y socialmente; lo consideran una grave ofensa hacia los elegidos que dominarán el mundo según revelación divina. De ahí el designio de venganza. Arrasar el globo antes de que sus súbditos tengan la oportunidad de admirar a los infieles y descubran la impostura. Oriana Fallaci, antes del fin de sus días, desveló para los europeos este horrible asunto. Oriana contaba el Apocalipsis en Florencia, en Nueva York, en Madrid. Exagerando o no, Oriana aspiraba a la veracidad. Los profetas de calamidades desconsuelan, sí, pero quizá descubren que el siguiente paso corresponde a cualquiera de nosotros para que la vida buena, imperfecta y fértil que conocemos continúe.