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Ley del Suelo insoluble

La próxima Ley del Suelo (LS) sobreabunda en intervencionismo respecto de una materia de por sí tan regulada como es la planificación urbanística. La nueva Ley, elaborada por el Ministerio de Vivienda, derriba el principio de la norma anterior de que todos los solares podían ser urbanizados salvo excepciones claramente tasadas e introduce deficiencias en el sistema de valoración del suelo.

La LS tiene múltiples puntos negros en su contra. Es probable que el más importante de ellos sea que la LS encarecerá el precio de las viviendas libres tras la reserva obligatoria de un 25% de suelo para vivienda protegida. Es previsible que por esta medida se reduzca la valiosa aportación de suelo original en el mercado por parte de los oferentes. Es la arrogancia fatal de siempre: se establece un peaje arbitrario por el que se pretende que circulen inexcusablemente todos los actores implicados en un asunto aunque se desprecien las últimas consecuencias de la imposición. A numerosos usuarios les va a salir caro el porcentaje forzoso en VPO: si la oferta disminuye, crecerán los precios.

Incluso en ambientes gubernamentales la LS convence poco. Por ejemplo, las organizaciones oficialistas de consumidores señalan el carácter irreal de las valoraciones del suelo (poco explicitadas a los contribuyentes, por cierto) que pretenden suplantar la ley de oferta y demanda. El mayor consuelo o justificación del proyecto para los consejeros autonómicos socialistas de ordenación del territorio es que no aniquila por completo su carrera política.

Además la LS, por causa de la nueva valoración, fomenta el oligopolio al expulsar a las pequeñas y medianas empresas dedicadas a la gestión del suelo, debido a una mayor dificultad de éstas para acceder a la financiación de sus actividades. El proyecto de ley insiste en el entrometido agente urbanizador; no acorta los plazos de transformación del suelo que acaben con la dependencia económica que los municipios tienen del urbanismo; es el enésimo parche de la sempiterna indolencia legislativa en España.

Una visión del nacionalismo

Seguramente hay personas que se pregunten cómo es posible que desde posiciones liberales no se apoye con vehemencia los fenómenos nacionalistas que afectan a España en particular y a Europa en general, ya que conllevan un debilitamiento del Estado que en último término, es el principal enemigo del liberal. Sin olvidar el hecho de que resulta frustrante ver que un fenómeno como el nacionalismo se ha convertido en una exhibición de forofos y detractores, como si de un club de fútbol estuviéramos hablando (aunque quizá siempre lo fue), la situación no es tan sencilla.

El nacionalismo, o sus rudimentos, tienen su origen en la Edad Media pero no es hasta el siglo XIX cuando el fenómeno madura y se globaliza, azuzado por las guerras napoleónicas y por la colonización que los europeos realizan en el resto del mundo. Desde un punto de generación de entidades políticas, contiene dos cualidades que paradójicamente no son excluyentes. Por una parte, está el carácter disgregador propio de aquel nacionalismo que nace destruyendo una entidad estatal superior, como le pasó Imperio Austrohúngaro. La doble monarquía incluía en su interior once nacionalidades, desde austriacos a húngaros pasando por bohemios, polacos, croatas, rumanos, bosnios, serbios entre otros, que tras siglos de equilibrios casi imposibles firmaron su desaparición al final de la Primera Guerra Mundial, una guerra que el Imperio había empezado junto a Alemania, un ejemplo del otro carácter, el agregador. Alemania nace del buen hacer de Bismarck, que aglutina sentimientos y da forma al sueño de una nación germana unida que reúne en una entidad política a la mayoría los pueblos de habla y cultura alemana.

Este carácter agregador conlleva el germen del imperialismo, que es a lo que tiende el nacionalismo una vez que desata en todas sus posibilidades. El nacionalismo se basa más en el mito que en la realidad, idealiza la historia hacia sus propios objetivos, oculta o elimina hechos, resalta o inventa otros y pide a sus contrarios un territorio que, por lo general, sólo dominó política o culturalmente en sus sueños más delirantes. En no pocas ocasiones, azuza el odio contra el enemigo que supuestamente le subyuga, reforzando ese sentimiento colectivo que le impregna.

Es este sentir común, este elemento aglutinante, cultural, lingüístico, étnico, religioso o tribal, el que más le aleja de una visión liberal ya que termina negando la primacía del individuo, supeditándolo a una entidad superior, a la postre política. A diferencia de otros movimientos de independencia, como puede ser los que separaron a los Estados Unidos del Imperio Británico o a los países iberoamericanos de España y Portugal, el nacionalismo necesita forzosamente de un orden estatal fuerte que dirija este proceso y establezca los que pueden o no quedarse bajo su paraguas. No es casualidad que durante el nacimiento de estos estados nacionales, o incluso después, se hayan producido una serie de limpiezas étnicas, de desplazamientos e incluso el asesinato de comunidades enteras ajenas o enemigas de los insurrectos.

Ante esta situación, la percepción del liberal debe ser cauta. El hecho de que se destruya un Estado superior no implica necesariamente que las naciones nacientes sean menos intervencionistas y siendo cierto que hasta que éstas aparecen no se puede adivinar cuál será su carácter, aunque sí intuirlo, también es cierto que la historia nos enseña que por lo general, estos Estados nacen con un afán de control desmedido, al menos igual al de su enemigo.

Así pues, a la hora de dar nuestro apoyo o quitárselo, deberíamos juzgar el nivel de libertad que posiblemente tengan sus ciudadanos con respecto al que ya poseen, pues este es en último término el objetivo del liberalismo, el incremento de la libertad. Tampoco podemos obviar que si realmente esa población (todos o al menos la gran mayoría de sus habitantes) quiere vivir bajo otro régimen, no se puede rechazar desde una perspectiva liberal, aunque si pudiera serlo desde un punto de vista emotivo, pero no podemos dejar de recordar que precisamente esta separación no es fácil, que surgen innumerables conflictos cuya resolución no es necesariamente pacífica, sobre todo si el nacionalismo ha elegido la vía de la violencia como principal, y que conllevan una serie de pérdidas de libertades como el de la propiedad o incluso la vida.

Por último, creo que el nacionalismo no es ni mucho menos un objetivo liberal, ni siquiera una herramienta que pueda o deba ser usada, porque más allá de la justificación que pueda tener desde el punto de vista político, traslada al individuo y sus derechos a un segundo plano.

Wildcat Banking, el sistema financiero estadounidense hasta 1866

El Wildcat Banking –”wildcat” para abreviar– era como se designaban a algunos bancos de los Estados Unidos en el siglo XIX fundados bajo las leyes del free banking, que podemos identificar como una especie de laissez faire financiero. Para crear un banco bajo el sistema de free banking era necesaria una licencia estatal –local en sentido amplio, no federal– que comprometía al banco a seguir una serie de requisitos.

Los wildcat emitían sus propios billetes (notes) que teóricamente estaban respaldados por unos activos como bonos, oro, plata y a veces otro tipo de materias. Los wildcat eran pues empresas de custodia que cuando el cliente entregaba sus activos al banco éste en contrapartida daba al cliente un “recibo” (billetes) que podían canjear por otros bienes en el libre mercado. Aunque el fenómeno de los wildcat fue reducido en Estados Unidos, llegaron a crearse 30.000 tipos de billetes diferentes.

Hasta 1970–75 wildcat fue sinónimo de fraude y crisis bancarias, y por extensión también el free banking. A algunos de estos bancos se les llamaba wildcat (gato montés) por la difícil accesibilidad que tenían. Generalmente se ubicaban en las montañas para que fuese difícil su acceso por parte de los clientes cuando tenían que hacer la amortización (o canje por el activo subyacente) de los billetes. Esto creó el mito, junto con algunas crisis, de que el sistema de free banking y dinero privado “sin regulación” siempre conducían al caos y a la ruina. Fue por esta razón que en 1.863 se aprueba la National Banking Act, aunque no tuvo aplicación real, o totalmente federal, hasta 1.866 junto con el abultado paquete de leyes intervencionistas de Lincoln.

A partir de los años setenta del siglo XX el sistema de laissez faire financiero, y por extensión monetario, empezó a despertar la curiosidad de algunos estudiosos y se dieron cuenta que las crisis sufridas en la época donde se alzaban los wildcat no fueron debidas a la avaricia de los banqueros o a un sistema insostenible per se, sino a factores regulatorios y de interferencia estatal, y además, el mito de las crisis fue claramente exagerado.

La verdad es que jamás existió un auténtico sistema de laissez faire financiero o monetario. Vera C. Smith (que se adelantó a la moda) calificó este periodo como un sistema de “descentralización sin libertad”, e incluso Hugh Rockoff (que fue quien empezó a despertar la curiosidad por investigar el mercado monetario anterior a la guerra de secesión) fue más lejos definiéndolo como “la antítesis de las leyes bancarias del laissez faire“. Posteriores estudios han concluido que una de las causas de las bancarrotas se debieron a la intervención de los propios estados, que obligaban a los wildcats a financiar sus gastos (tal y como está obligado a hacer hoy día el banco central cuando el gobierno entra en déficit). Además, aunque las leyes variaban de estado a estado, el gobierno local obligaba también a los wildcat a comprar bonos del gobierno a su valor nominal y no a precio de mercado. Así, incluso el propio Alan Greenspan en un discurso oficial en la Reserva Federal en el año 1996, afirmó que “en algunos casos, [el gobierno] contribuyó a estas quiebras bancarias”, franqueza poco usual en un funcionario.

También hemos comentado que las crisis fueron exageradas, probablemente por el propio gobierno federal. Por ejemplo, en Illinois –que fue uno de los lugares donde más se dejaron sentir las crisis– y según Lawrence H. White, en el periodo comprendido entre 1.851 y 1.860 se crearon 141 bancos –antes de seguir, reflexione sobre lo que acabamos de apuntar, ¡141 bancos en nueve años y sólo en Illinois!– de los cuales sólo uno duró menos de un año[1]. No observe este dato (141) como el correspondiente a la creación de un banco comercial actual, sino como lo que realmente eran: empresas de pequeñas dimensiones aunque de elevado capital (el capital inicial de constitución variaba según el estado de entre 5.000 a 50.000 dólares, que en esa época era mucho dinero).

Lo curioso aquí es que para muchos estudiosos el cierre de los wildcats habría sido del 100%. ¿Cómo se explica esto? El principal problema radica en responder: ¿qué es un wildcat exactamente? Para Arthur J. Rolnick y Warren E. Weber, wildcats, son aquellos bancos que cerraron en un periodo inferior a un año. Es evidente que desde este punto de vista, todo wildcat era un fracaso. En cambio, otros economistas han comparado las crisis del sistema de free banking con otras épocas y han verificado que no son superiores a los cierres producidos de otros bancos en otros períodos.

Posteriormente, con la National Banking Act antes mencionada, el free banking fue erradicado de Estados Unidos en pocos años a base de la creación de bancos nacionales, impuestos y más regulaciones. Esta pequeña exposición sólo ha sido un resumen muy concentrado de lo que fue un sistema monetario económicamente sano y que la historia, por dejadez, ha maltratado.



[1] Aquí hemos de apuntar que en el primer año de la guerra civil americana (1861), el 95% de los bancos en Illinois quedaron cerrados o suspendidos. Realmente es una cifra sorprendente que ahora no nos podemos parar a examinar, pero tal y como apuntan Salim Rashid y Abdus Samad, si ignoramos este año agitado militarmente y hacemos el balance entre los periodos 1852-1860 y 1862-1864 —eliminamos 1861— veremos que el cierre total neto sólo fue de 3 bancos. En 1861, muchos bancos no cerraron realmente, sino que se quedaron suspendidos y en 1862 volvieron a abrir. El cómputo global demuestra que el sistema de free banking sí era, no sólo rentable para los accionistas, sino también estable en el tiempo capaz de aguantar incluso una guerra.

Derecho natural

Para algunos pensadores el concepto de derecho natural es absurdo porque el derecho ni está en la naturaleza ni es natural. Su error proviene de confundir distintas acepciones del concepto de lo natural y la naturaleza.

Si se considera que la naturaleza está constituida por la materia inorgánica (rocas, agua, aire…) y los seres vivos (bacterias, protistas, plantas, animales…) excepto los seres humanos, entonces efectivamente el derecho no es natural en este sentido. Ni las piedras ni los árboles ni las garrapatas utilizan leyes prescriptivas que coordinen de forma adecuada su comportamiento conjunto.

El derecho es un fenómeno humano, artificial, una construcción mental, cultural y lingüística que permite regular la convivencia social de las personas. Algunos animales sociales con cerebros sofisticados tienen sentimientos morales básicos que facilitan su supervivencia conjunta (y que son el germen evolutivo del derecho), pero carecen de la sofisticación intelectual y lingüística necesaria para reflexionar y argumentar sobre sus normas de conducta de unos respecto a otros.

Pero el ser humano no es sobrenatural, no es ajeno a la realidad física, química y biológica, en realidad es una parte especial de la naturaleza capaz de crear, imitar y producir cultura. El derecho es así en cierto modo también natural, sólo que restringido a un ámbito limitado de la naturaleza, el dominio de lo específicamente humano.

Lo natural se refiere también a lo que se corresponde con cierta naturaleza de las cosas. Tiene sentido hablar de la naturaleza de las entidades que existen en la realidad: son sus rasgos comunes esenciales que los distinguen de otras cosas y que los agrupan en una misma clase (su composición, su estructura, sus interacciones con otras cosas, su comportamiento). La naturaleza humana puede ser conocida de forma científica mediante la praxeología (estudio formal de la acción intencional), la psicología evolucionista (investigación evolutiva de los múltiples subsistemas cognitivos y emocionales de la mente humana) y la memética (análisis evolutivo de la cultura).

El derecho natural no se refiere a la implacable ley de la jungla (típico arquetipo de naturaleza contrapuesta a la ciudad humana) según la cual el fuerte se come al débil, ni a las normas que hipotéticamente hubieran cumplido los presuntamente bárbaros ancestros humanos en el llamado estado de naturaleza antes de socializar y civilizarse.

El derecho natural, ética o iusnaturalismo se refiere a las normas (derechos y deberes, opciones, prohibiciones y obligaciones) adecuadas para la convivencia social y el progreso de los seres humanos: dada la naturaleza humana, no todos los sistemas legales son igualmente convenientes, igual que una bicicleta de montaña y una de carretera son más adecuadas en entornos diferentes, e igual que si un aparato funciona con pilas eléctricas no le echas gasolina. Se trata de leyes generales para todos los seres humanos, porque comparten una misma naturaleza universal, y no sólo de unos pocos en un lugar y tiempo concreto (derecho convencional). Son leyes que no necesitan ser reveladas por ninguna inexistente divinidad reguladora omnipotente, ni tampoco impuestas por déspotas paternalistas: sus contenidos pueden estudiarse mediante la razón humana (y la exploración empírica competitiva donde la razón no da más de sí), y su concepto fundamental es el derecho de propiedad.

La falacia naturalista consiste en inferir erróneamente que lo que hay en la realidad (en la naturaleza) es justo: es una idea absurda, ya que deja sin sentido el concepto de derecho y justicia, al no haber realidades contrapuestas (cosas injustas o que no se ajustan a derecho). Pero el deber ser puede inferirse del ser si se hace de forma inteligente: se conoce lo que el ser humano es para estudiar qué normas de conducta le convienen, y eso es la ciencia ética.

El complejo orden espontáneo de la sociedad libre moderna no parece natural a muchas personas, y es normal: sus instintos genéticos e intuiciones irreflexivas están ajustados para la supervivencia de los ancestros humanos en grupos pequeños, estáticos, permanentemente amenazados, con pocas posibilidades de acción y con escasa acumulación de riqueza y capital. Ahora vivimos en un mundo muy diferente, y la razón crítica puede compensar intuiciones erróneas nocivas.

Sobre agresores, agredidos y embusteros

Estamos asistiendo en estos días a una entrega más de la tragedia en no sé ya ni cuantos actos de la guerra en Oriente Medio. Una guerra que, efectivamente, no tiene fin, fluctúa sin cesar y mantiene al mundo en vilo y a la región sumida en la miseria y la tiranía. Pero, ¿por qué dura tanto el conflicto? ¿Dónde está el origen? ¿Por qué nunca termina y se reactiva una y otra vez?

En Occidente, especialmente en esa parte de Occidente impregnada de lo francés, esto es, lo muniqués, despachamos el asunto con una simplicidad asombrosa: Oriente Medio está guerra porque un estado agresor y artificial quiere adueñarse de todo lo que le rodea. Un estado que, para colmo, es la sucursal asiática de los Estados Unidos y que, por si eso fuera poco, practica el occidentalismo más aberrante con la democracia y la libertad de mercado como bandera. Ese estado, naturalmente, es Israel. Así de sencillo. Si se desea la paz hay que frenar a ese país o, poniéndose tremendo, hacer que desaparezca. Esto último, lógicamente, no se dice ni en las cancillerías ni en las redacciones europeas, pero se piensa y se pide fuera de los focos de lo políticamente correcto.

Algo tan simple como esto es lo que acarrean en sus conciencias la mayor parte de europeos y la práctica totalidad de periodistas del continente, que dedican lo mejor de su profesión a señalar minuciosamente el nombre de agresores y agredidos. El problema principal de lo simple es que, con cierta frecuencia, suele ser falso. No voy a detenerme a explicar porque, en Oriente Medio, los israelitas son los agredidos y sus vecinos árabes los agresores. No lo voy a hacer porque es algo que salta a la vista y tiene cumplida respuesta haciéndose dos sencillas preguntas: ¿Quién atacó a quién en 1948, 1967 y 1973? ¿Quién siembra el terror y las ciudades israelíes de muertos desde la última fecha?

Prefiero centrarme en el mecanismo del embuste, el que practica con deleite nuestra prensa. En lugar de recibir (o recoger) la información y transmitirla, se decanta por trufarla de ideología hasta la náusea. En este conflicto existen buenos y malos cuyo rol en la historia está predeterminado de antemano. Así, cualquier cosa que haga Israel está mal hecha, y, en el extremo opuesto, haga lo que hagan los palestinos está bien o, como mínimo, es perfectamente explicable. Estas son las reglas. La vida de un niño israelí no es que no valga nada, es que los medios occidentales ni dan la noticia en la que un francotirador palestino vuela la tapa de los sesos a un crío de un asentamiento. Algo así les estropearía la historia y pondría en un aprieto sus roles preestablecidos. Lo peor de todo es la que vida de un niño israelí vale mucho, tanto como la de un niño palestino.

Algo semejante sucede con la televisión. Intoxicada hasta el tuétano por los maestros inmortalizados en Pallywood, un documental que muchos periodistas "escandalizados" con el conflicto deberían ver sin más demora. Lo que aparece en pantalla no es necesariamente lo que sucede, sino lo que a la internacional del embuste le interesa que suceda. Si es preciso adulterar la realidad se adultera, si lo es inventársela, se inventa. Todo sea por que la película siga corriendo y lo actores no se muevan ni un milímetro del papel que les han adjudicado.

Con la razón en su contra y los medios a su favor, los terroristas palestinos y sus contrapartidas árabes pueden seguir cabalgando en el terror y el desafuero durante los años que hagan falta. Siempre encontrarán una mano amiga que se desviva por ellos y exponga ante la audiencia las "buenas" razones por las que mueren y, en voz baja, por las que matan.

Pensiones sin futuro

A medida que pasan los años y uno madura, empieza a pensar menos en el corto plazo y más en lo que sucederá cuando se retire. Normalmente, empezará a ahorrar más para complementar la pensión que se ha ido ganando tras muchos años de trabajo. De cada nómina, le habrán detraído, o mejor dicho sangrado, cientos de euros para cubrir esas prestaciones.

Pero llega un día en el que lee que el Secretario de Estado de la Seguridad Social, Octavio Granado asegura que “los beneficiarios [de las pensiones] van a tener que hacer mayores aportaciones durante periodos de tiempo más largos”. A continuación, conoce que el Gobierno ha pactado con sindicatos y patronal incrementar a quince años el periodo mínimo de cotización.

Entonces, despierta de su feliz sueño y se pregunta si no ha estado haciendo el canelo toda su vida laboral. Si hubiera dispuesto de lo que le han saqueado cada mes, sin pausa, hubiera podido permitirse suscribir un sistema privado de pensiones que le garantizaría, contrato mediante, la percepción de lo asegurado.

El Estado, órgano deífico que se ocupa de su vida, desde que nace hasta que se muere, a pesar de las promesas de velar por usted, incumple reiteradamente su deber de tutela.

Usted ya depende de la ineficacia, del dispendio masivo y del déficit. Usted no es dueño de lo que paga, sino un mero pedigüeño que tiene que lanzarse a la calle a clamar por el dinero que ha depositado en una institución que dice ser el mecanismo que impide que el hombre sea lobo para el hombre.

Mientras se lame las heridas, siente que los lobos tienen más dignidad que las personas que viven sometidas a una dictadura moral en la que se les exige supeditarse a la sociedad, entregar el fruto de su esfuerzo y esperar a que el líder de la tribu reparta las ganancias según el criterio que estime más oportuno.

En el caso de que se queje por la ración que le ha sido entregada, no tendrá más que echarse a su catre y gimotear sin descanso.

Ya ha descubierto la espantosa verdad: el Estado es un parásito que vive a su costa.

Ahora sabe lo que es Matrix. ¿Se atreve a descubrírselo a los demás?

Wal-Mart y sus enemigos

Realicen un repaso mental conmigo. ¿Cuántas veces no han escuchado alguna de estas críticas contra el sistema de mercado libre? Los márgenes entre los precios que pide el mercado a los consumidores y los que ofrece a los fabricantes y productores son enormes, los intermediarios se llevan la parte del león sin aportar apenas valor, el sistema capitalista es ineficiente por su anarquía y podría realizarse una distribución planificada por el gobierno de forma mucho más económica (esto ya se oye menos tras el caótico experimento socialista, pero estuvo muy en boga hace décadas), el mercado se olvida de los pobres, los precios de los productos están inflados por culpa de las marcas que venden bienes intrínsecamente no muy distintos de los genéricos con altas primas, la competencia de precios es una ilusión pues existe colusión entre los empresarios para evitar que estos desciendan, los trabajadores no participan en los beneficios que genera su empresa, la soberanía del consumidor es un mito…

Imaginen ahora un empresario que, punto por punto, se dedica a poner en solfa todas esas cuestiones. Que lo hace de forma sistemática y durante más de tres décadas. Iniciando sus actividades a pequeña escala y terminando por poderlo hacer de forma global. Pues sorpréndase porque ese empresario ha existido y tras su fallecimiento su compañía sigue funcionando de acuerdo con las líneas maestras fijadas por su creador. Para quien aún no lo haya adivinado, estoy hablando de Sam Walton y de su empresa Wal-Mart.

Cuando Wal-Mart abrió su primer establecimiento, el margen medio que cargaban los minoristas sobre las mercancías vendidas era del 45% y los costes de distribución representaban el 5% del precio de venta. Con su forma de operar Wal-Mart bajó esa cifra al 30% y al 3% respectivamente. Su propuesta de valor de “siempre precios bajos” y “satisfacción garantizada” se fundamentaba sobre la idea de que es posible reducir sistemáticamente los márgenes unitarios si se consigue mayor volumen y rotación. Es decir, puede llegar a ser más rentable vender con un margen por unidad de 3 en vez de 5 si se logra elevar el número de unidades vendidas por periodo de 10 a 25 (50 en el primer caso, 75 en el segundo). Es más, al incrementar las ventas y el beneficio total con un volumen de inversión similar, el retorno sobre la inversión también aumenta. Además de vender al menor precio posible la clave para vender mucho es mover mercancía que tenga buena salida. Es decir, vender lo que más guste al consumidor. ¿Quién dijo que el consumidor no es soberano?

Pero Wal-Mart todavía iba a ser capaz de reducir aún más los precios e incrementar la satisfacción del cliente con dos nuevas ideas. Por un lado, a través de la popularización de las “marcas blancas” ponía en juego su reputación (tan buena o mejor, pero más barata para el consumidor) en sustitución de la de los fabricantes. Por otro lado, con un impresionante sistema logístico de distribución y transporte iba a ser capaz de llevar cuenta de –y poner en el menor tiempo posible en los estantes– aquellas mercancías que más demandadas estaban siendo por los clientes. Los más beneficiados por todo ello serían las personas de menos ingresos que verían reducido el coste de la cesta de la compra en más de una tercera parte.

Seguramente el pueblo con más multimillonarios por cada mil habitantes de los EE.UU. es Bentonville (Arkansas) donde Wal-Mart tiene su sede social. El número de millonarios se corresponde con el de trabajadores de Wal-Mart que llevan el suficiente tiempo en la compañía como para haber visto multiplicar el valor de las acciones que la empresa viene entregando a sus empleados con más de un año de antigüedad como parte de su sueldo. Desde que Wal-Mart salió a bolsa en 1971 hasta la muerte de su fundador Sam Walton, 20 años después, la cotización de la acción se multiplicó ¡por más de 1.000 veces! (han leído bien), convirtiendo en multimillonarios no sólo a gerentes, compradores o encargados de almacén, sino también a camioneros y cajeras de la compañía.

Pese a la bestial campaña en su contra auspiciada al unísono por sindicatos –que no han conseguido penetrar la compañía–, izquierdistas radicales y progres de clase alta, una reciente encuesta llevada a cabo por RasmussenReports.com (la única encuestadora que obtuvo un 100% de acierto en las últimas elecciones norteamericanas) mostraba que el 70% de la población tiene un buen concepto de Wal-Mart –porcentaje que se elevaba al 80% entre los trabajadores y ex trabajadores de la compañía así como entre familiares y conocidos de estos–. ¿Se imaginan un partido político o sindicato de esos que dicen “representar al pueblo” con ese nivel de aceptación? Otro dato significativo de dicha encuesta es que, entre los detractores de la compañía, prima la gente de elevados ingresos. En resumidas cuentas, que unos trabajadores no sindicados lleguen a multimillonarios trabajando en una compañía que ha elevado el poder de compra de los menos pudientes en una tercera parte, consiguiendo a la vez enriquecer a sus accionistas y todo ello sin ningún programa socialista de redistribución o fomento es algo que las élites de la izquierda sencillamente no pueden tolerar.

Gasto sanitario y esperanza de vida

Los apologistas del estatismo suelen despreciar las enseñanzas de la teoría económica y, para ello, suelen adoptar una postura empirista que, supuestamente, refute las conclusiones apodícticas de la praxeología.

Así, sabemos que la teoría económica nos informa de que el sector privado es más eficiente que el público, esencialmente por una cuestión de cálculo económico, incentivos y recopilación de información. Sin embargo, muchos intentan demostrar que la teoría económica falla y para ello recopilan y componen incesantemente datos para tratar de buscar causalidades detrás de lo que son meras simultaneidades.

Un caso típico es el que relaciona el gasto sanitario con la esperanza de vida. Sabido es que en EEUU la esperanza de vida es similar, o incluso más baja, que en otros países occidentales, mientras que su gasto sanitario es muy superior. Dado que el sistema sanitario estadounidense es privado y el del resto de países público, una conclusión simplista nos llevaría a afirmar que el sector público es más eficiente a la hora de proveer la sanidad. Con un gasto mucho menor obtenemos unos resultados similares.

El último libro de Arnold Kling, Crisis of Abundance, resulta iluminador para entender cómo la izquierda pretende darnos gato por liebre. En realidad, lo que las estadísticas no nos dicen es que la calidad de la sanidad estadounidense es mucho mayor que la europea y, por tanto, el mayor gasto sólo refleja esa mayor calidad.

La cuestión que a la mayoría de la gente se le vendrá a la cabeza será: ¿Y por qué esa mayor calidad no se traduce en una mayor esperanza de vida? La explicación está muy relacionada con el abuso y mal uso de los agregados estadísticos.

La mayor parte del gasto sanitario diferencial entre EEUU y Europa proviene de lo que Kling ha denominado premium medicine, esto es, la expansión del uso de especialistas y de capital físico de alta tecnología (como la tomografía computerizada o la visualización por resonancia magnética). Así, por ejemplo, sobre una muestra de 1.000 habitantes, los estadounidenses realizan cada año 1.400 visitas a especialistas, tienen un gastroenterólogo por cada 30.000 habitantes (Canadá uno por cada cien mil), el porcentaje de angioplastias duplica el de Francia, el de bypass triplica el de UK y cada año se realizan 24 millones de visualizaciones por resonancia magnética y 50 millones de tomografías computerizadas.

Las características esenciales de esta premium medicine que prevalece en EEUU y no en Europa son dos: a) es muy cara, b) no altera generalmente el diagnóstico. Es fácil entender el punto a), sin embargo, el b) requiere una explicación adicional.

La premium medicine tratar de conocer por anticipado la aparición de enfermedades o de perfilar el diagnóstico. Esto significa que sólo en muy pocos casos será realmente determinante en prolongar la esperanza de vida del paciente.

Utilicemos el ejemplo de Kling. Si un paciente acude a la consulta con tos, el médico puede adoptar tres posiciones: 1º no tratar al paciente (dos aspirinas y reposo), 2º tratar al paciente de acuerdo con su experiencia histórica o 3º utilizar la premium medicine (pruebas biomédicas, rayos X y consulta por especialistas). La sanidad europea utiliza esencialmente los métodos 1 y 2, la estadounidense el tercero.

La cuestión es que sólo un porcentaje muy pequeño de pacientes sufrirá complicaciones por un mal diagnóstico, esto es, muy pocos verán agravada su tos originaria en bronquitis.

Imaginemos que el tratamiento especializado cuesta 1.000 dólares y que el porcentaje de personas cuya tos degenerará en bronquitis es de 2 por cada 1.000 pacientes. En este caso, necesitaremos gastar un millón de dólares para salvar un 0’2% más de vidas. Como vemos, el gasto agregado se incrementa mucho para salvar la vida de muy pocas personas, ya que todos los pacientes deben someterse a unas pruebas especializadas que sólo en muy pocos casos serán de utilidad.

La sanidad europea considera que no "sale rentable" incrementar el gasto de todos los europeos para salvar la vida de un porcentaje residual de personas. La racionalidad de los socialistas es simple: unas pocas vidas no valen miles de millones de euros.

La cuestión, obviamente, debería ser si cada persona quiere pagar ese dinero extraordinario para prevenir la improbable aparición de enfermedades graves. Sólo en ese caso, cuando cada cual destina su dinero a los fines que maximizan su bienestar, podemos hablar de eficiencia, aun cuando en términos agregados el incremento del gasto sanitario total no se traduzca en un incremento proporcional de la esperanza de vida.

Y es que esta última depende de muchos otros factores aparte de los pocos meses o años que una medicina más especializada consiga alargar. Pensemos tan sólo en los hábitos alimenticios, en el clima o en la mortandad juvenil por accidente de tráfico. Todo ello ejerce una influencia mucho más determinante sobre la esperanza de vida que el efecto marginal de un mayor gasto sanitario.

Por supuesto en el caso estadounidense el gasto sanitario no se debe por completo a una libre elección de los individuos. La extensión de los seguros sanitarios para todo tipo de tratamientos (derivado de los incentivos fiscales, los subsidios a determinados seguros y de la prohibición de subir salarios durante el New Deal que provocó una competencia empresarial por salarios en especie) que diluye el coste entre todos los asegurados y la extremada cautela de los médicos para evitar los litigios por negligencia, han llevado al abuso de la premium medicine.

Pero en todo caso no debemos olvidar el hecho fundamental: la sanidad privada no es más ineficiente que la pública, sino más bien todo lo contrario. El gasto sanitario es mayor porque ofrece mejores servicios que, aun cuando en términos agregados no se traduzcan en mejores resultados, sí salvan la vida de muchas personas.

La necesidad de una privatización del mastodóntico Estado de bienestar europeo sigue siendo tan necesaria como la teoría económica nos permite deducir. La sanidad pública es un vertedero de ineficiencia que sólo multiplica las redes clientelares en torno al Estado al enorme precio de retrasar el progreso sanitario y encarecer sus servicios. A largo plazo, no hay nada que reduzca tanto la esperanza de vida como la coacción sistemática del Estado y la represión de la libertad.

¡Traición!

El New York Times ha dado a conocer parte de los planes del Gobierno de los Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo islámico. La Administración federal seguía los pasos del dinero, la savia que junto con el odio sin límites a lo occidental alimenta las organizaciones terroristas y sus actividades criminales. Tenemos que acabar con ellos, ¿no? Y tiene que hacerlo el Gobierno, ¿no? Y si para hacerlo tiene que tener control sobre las claves internacionales de nuestras cuentas, si tiene que intervenir los teléfonos de los periodistas y otros ciudadanos, pues qué le vamos a hacer. Su objetivo es protegernos.

¿No?

Mientras nos entretenemos en pensar si el Estado va a renunciar a cualquier objetivo que pueda obtener con todos los medios que se arroga con la excusa de perseguir al terrorismo, centrémonos en la actitud del New York Times y en la de sus críticos. Los más conservadores han pronunciado en un tono más elevado que otras, la palabra traición. La información del Times desbarata los planes del Gobiernos por invalidar los planes de los terroristas, en su permanente lucha por hacer de este un mundo más seguro. Pero no es la única crítica. Resulta que el Times pretendía haber desvelado un secreto que, pásmense, estaba en boca de todos. Algo así como si dijera en sus páginas que ha desvelado los secretos planes de Bush de hacer permanentes sus rebajas de impuestos. ¿En qué quedamos? ¿Ha desbaratado un preciado secreto oficial o engaña a sus lectores habiendo pretendido hacerlo, ya que se hablaba de ello hasta en las hojas parroquiales?

La reacción conservadora a la información del Times es el típico caso en el que un macrovalor colectivo nubla el pensamiento hasta dejarlo absolutamente inservible, algo que ellos mismos denuncian una y mil veces en la izquierda, y con razón. Ese valor colectivo es la fidelidad al Gobierno por lo que se refiere a nuestra seguridad. Todo lo que se oponga a sus designios, a sus manejos, a sus planes, es traición.

Pero contar la verdad, ¿es traición? Y si lo es, ¿a qué se traiciona? La respuesta no puede ser otra: a algo que no casa con la verdad, que sufre con la convivencia de una sociedad informada y que puede tomar sus decisiones responsablemente y por el contrario se crece con el ocultamiento, la propaganda y la mentira, disfrazada de verdad por profesionales. La acusación de traición a un medio de comunicación por contar lo que ocurre es el reconocimiento de una debilidad, la alianza con vacío informativo y moral.

Cuando se antepone un valor colectivo (en este caso la seguridad nacional y la fidelidad debida al Gobierno en esta materia) a los derechos individuales, como el de obtener información veraz y transmitirla, lo más valioso se pone en peligro. Puesto que estos valores supraindividuales son imposibles de asir, no se refieren ni pueden referirse a situaciones concretas, su ámbito es potencialmente ilimitado y por tanto su capacidad para arrinconar a los derechos de las personas es total.

Pero, entonces, ¿cualquier traición es inocua? ¿Toda fidelidad es innecesaria o incluso mala? Ni mucho menos. La sociedad es un entramado de afectos, dice Arcadi Espada, con profunda verdad. Esos afectos se asientan en unas relaciones de solidaridad, de acuerdos mutuos y convenciones aceptadas que permiten ese milagro de que millones de personas puedan seguir sus propias vidas en relación con el resto. Estas solidaridades interpersonales necesitan de un compromiso personal, y su violación sí es una traición moralmente reprobable. Pero no es el caso del Estado. La relación que mantenemos con él es de obediencia y subordinación. Ninguna exige un compromiso moral.

El transgénico malo

La propaganda tiene efectos maravillosos. Puede dotar a una palabra de un contenido que nadie era capaz de concebir cuando fue creada, lo que la convierte en una herramienta revolucionaria que los grupos ecologistas han sabido adaptar a sus fines. La simple y machacona repetición de un mensaje, por muy falso, tendencioso o dudoso que sea, es suficiente para que las empresas y los gobiernos, a través de una legislación restrictiva, frenen cualquier tecnología novedosa. Los transgénicos son en la actualidad uno de los productos más perseguidos y rechazados pese a que muchos desconocen qué son o para qué se usan. El ecologismo militante ha marcado su demonio particular y los gobernantes preparan la hoguera.

Un organismo transgénico es aquel al que se ha modificado genéticamente con el objetivo de dotarle algún tipo de ventaja frente al organismo original. La agricultura y la ganadería ha venido realizando este proceso a lo largo de siglos mediante cruces entre diferentes variedades y razas de la misma especie, o incluso entre diferentes especies, de forma que el resultado de dichos experimentos permitían organismos mejor adaptados a ciertas necesidades productivas o a determinadas condiciones medioambientales, más frío, más calor, más o menos acidez, salinidad, mayor resistencia a la sequía, etc.

El desarrollo de la ingeniería genética ha permitido no sólo que este proceso se acorte –ya no será necesario cruzar varias generaciones de una especie genéticamente pura durante un periodo que dura varios años– sino que al actuar en el ADN se pueden cambiar otras propiedades que difícilmente podrían haber sido alterados mediante el cruce. Así, añadiendo determinados genes de otras especies o retirando alguno, se les dota de propiedades como la resistencias a enfermedades, a condiciones extremas como las sequías o la salinidad o a tratamientos sanitarios que se aplicarán sobre otras especies parasitarias o invasoras. También se le pueden añadir valores nutritivos adicionales o incluso sustancias que se pueden aplicar como medicinas o para investigación como los marcadores fluorescentes que tanto llaman la atención de los medios de comunicación.

Precisamente es el uso de este tipo de tecnología la que denostan los grupos ecologistas ya que, en palabras de Greenpeace, "permiten franquear las barreras entre especies para crear seres vivos que no existían en la naturaleza. Se trata de un experimento a gran escala basado en un modelo científico que está en entredicho".

Este mensaje forma parte de otro más general que viene a asegurar que sólo lo natural es moralmente aceptable y que cualquiera de las actividades realizadas por el hombre es susceptible de alterar el medio ambiente en niveles no conocidos por lo que hasta que no se sepan realmente los efectos, no deben ser producidos. Entramos por tanto en un bucle, si no producimos transgénicos (o cualquier otro productos consecuencia de una tecnología que entre en conflicto con la utopía verde), no tendremos una base experimental para saber sus verdaderos efectos sobre la naturaleza y el hombre, más allá de la teoría o de resultados de experimentos restringidos que a todas luces estarán lejos de la realidad, por lo que nunca podremos desarrollar y cultivar transgénicos.

Afortunadamente, las empresas productoras de transgénicos tienen aún suficiente maniobrabilidad para lanzar al mercado este tipo de productos pese a la oposición verde, a los que últimamente acompañan los partidarios de la agricultura y la ganadería ecológica, y a la de los reguladores estatales. Paradójicamente, este oposición ha llevado aparejada una fuerte y numerosa regulación, incluida la aprobación de los productos para consumo humano, lo que ha favorecido que, junto a los medicamentos, los organismos transgénicos estén entre los productos más seguros en los ámbitos sanitario y alimenticio, sin olvidar la obligación de etiquetar los alimentos que los tienen en su composición.

Asistimos a una batalla enconada entre los que pretenden imponer una visión restrictiva a través de las herramientas que les da el Estado, uno de los mejores amigos del ecologista, y la libertad de empresa y la búsqueda de mejores y mas eficientes productos. Es evidente que surgen muchas dudas, algunas justificadas y otras no, pero todas tienen una solución en el ámbito privado ya que éste ofrece suficientes herramientas de control, desde los implementados dentro de la propia empresa a las auditorías externas y por supuesto, siempre esta la posibilidad de la denuncia en caso de flagrante delito.