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CHAZ, a un paso de la barbarie

“You are leaving the U.S.A.”. Un cartel improvisado advierte al transeúnte de que, lo que hasta ayer era Seattle, la ciudad más importante del Estado de Washington de los Estados Unidos, hoy es CHAZ, el acrónimo de Capitol Hill Autonomous Zone. Son seis bloques tomados por unas fuerzas anarquistas que han logrado echar a la policía local.

La ciudad llegó a esta situación tras una de las incontables manifestaciones pacíficas que se repiten por todo el país, ciudad tras ciudad. El pacifismo, claro, lo ponen los titulares. Porque los líderes locales del movimiento Black Lives Matter se presentaron en el ayuntamiento de Seattle, una de las ciudades más izquierdistas de todo los Estados Unidos, advirtiéndole a la alcaldesa que o retiraba de forma inmediata los fondos a la Policía local o se hacían con el control de una parte de la ciudad. Y eso hicieron. Entraron en el Ayuntamiento porque les abrió la puerta la concejal socialista de Seattle Kshama Sawant.

El lunes, 8 de junio, en un movimiento sorprendente, la alcaldesa de la ciudad retiró la Policía de Capitol Hill. Ante la retirada de la primera línea de defensa del Estado de Derecho, se ha creado allí un área gestionada por los impulsores de Black Lives Matter. “La primera noche de la llamada Capitol Hill Autonomous Zone que se creó tras el levantamiento del asedio de una semana de la Policía del departamento Este fue lluviosa y pacífica, y se llenó de discursos pronunciados por activistas, agitadores, poetas y concejales socialistas”, relata un blog.

Uno de los organizadores del movimiento, autodenominado Magik, dice altavoz en mano: “Espero que lo que cojones que estemos haciendo sea efectivo”. Imagino que por eso eligió su sobrenombre. A la mañana siguiente, los organizadores crearon una barricada en zig zag para evitar el paso de vehículos por las calles que pasaban por CHAZ. Sobre alguno de ellos está pintado Kill the police.

El mismo 9 de junio que decayó la Policía de Seattle, el rapero Raz Simone creó un cuerpo propio, una fuerza que responde sólo ante sí, y que ejecuta los juicios sumarísmos que ella misma hace. Por ejemplo, en un vídeo se puede ver cómo el rapero-policía golpeaba a un súbdito de CHAZ, por haber rociado con spray un graffiti. Para saldar la recién creada deuda con la sociedad de CHAZ, Raz le requisó su teléfono móvil.

Pero no es la única actividad que ha realizado la policía anarquista de CHAZ en este tiempo. Según recogen varios informes de la todavía Policía de Seattle, con información aportada por las víctimas, Raz se dedica a ir negocio tras negocio vendiendo protección contra su propia violencia. Como Don Fanucci en El Padrino II.

Mientras, la concejal socialista Sawant suelta una arenga a quienes le rodean en el cruce de la avenida 12 con la calle Pine, donde está la comisaría de Policía, ya abandonada. Se queja de que otros concejales, “de color, como yo”, no votasen de acuerdo con los criterios raciales.

Kshama Sawant llama a sus compañeros “concejales de empresa” y “vendidos”, y dice que, si bien se sienta a su lado en las juntas del ayuntamiento, “ellos no son mi gente. Vosotros sois mi gente”. En otro discurso, pronunciado al día siguiente, dice que su objetivo es imponer un gravamen a Amazon, la empresa informática y de distribución. “No puedes tener cero policía y eliminar el racismo y la opresión sobre una base capitalista”, advierte al público. Todavía el día 10, la activista Nikkita Oliver advierte: “No podemos tener un movimiento pacífico”.

Pero hay cuestiones urgentes que tratar en CHAZ. La organización de la celebración del día del orgullo, por ejemplo. Egan Orion, director ejecutivo de SeattlePrideFest, ha pospuesto la celebración de la fiesta: “Nuestro anuncio se ha retrasado porque ahora nos solidarizamos con los manifestantes, por lo que no queremos pisar ninguna de las protestas y de las acciones que están teniendo lugar”.

Sawant hace carrera política en Seattle, pero no es ella quien ha creado el movimiento. El grupo anónimo que lo dirige ha creado un documento en el que exponen una lista de 30 exigencias. Es un documento importante, porque refleja algunas de las ideas que animan las protestas que estallan por todo el país bajo el falsario lema “Black lives matter”. El primero es el más significativo de todos: “El Departamento de Policía de Seattle y su correspondiente sistema judicial son irreformables. No pedimos su reforma; exigimos su abolición”. Acabar con la Policía incluye dejar sin fondos el sistema de pensiones de los agentes, afirman. Exigen una investigación sobre la brutalidad policial realizada desde el Gobierno federal. Y exigen que todas las personas de color salgan de la cárcel y vuelvan a ser juzgadas por “sus pares en su comunidad”.

Sus exigencias alcanzan también la reforma social. Quieren acabar con la gentrificación de Seattle. Es ese proceso por el que los centros de las ciudades, degradados durante mucho tiempo, se ocupan por una parte activa de la sociedad, lo que hace que se eleven los alquileres. Para lograr ese proceso, exigen la imposición de una renta máxima; un instrumento ideal para degradar la ciudad y evitar su gentrificación, ciertamente.

En el ámbito estrictamente racista, exigen que Seattle contrate médicos y enfermeras negros para atender a la población negra de la ciudad. Y quieren imponer un certificado de pureza ideológica (anti-bias) para poder ejercer el magisterio, la medicina o el periodismo.

De hecho, la organización ha mutado, y ahora exige que se le llame por otro acrónimo: CHOP; Capitol Hill Organized Protest. El término inglés “chop” se traduce por talar, cortar, o trocear, pero sus intenciones parecen ser otras. Las expresa Maurice Cola con estas palabras: “No estamos intentando secesionarnos de los Estados Unidos”. Sería incongruente hacerlo y exigir, al mismo tiempo, que el Gobierno Federal investigue a la Policía de Seattle.

Este cambio se produjo el viernes pasado, con un importante cambio de estrategia: Hay que implicar a la gente “blanca y rica” de la ciudad en los cambios para favorecer a la población negra. El activista Jason Beverly dice: “La rica gente blanca está en una posición en la que puede actuar. Podéis hablar con los consejos de accionistas, podéis pedir fondos o donaciones, podéis actuar en favor de las comunidades afroamericanas”. Pero añade: “Todavía no ha habido una respuesta”, sin que el propio Beverly pueda sospechar los motivos.

Dejemos a Jason Beverly absorto ante la timidez de los ricosblancos ante un movimiento que quiere acabar con la Policía y el sistema judicial, y vayamos a la alcaldesa de la ciudad, Jenny Durkan. ¿Cuál es su visión de la toma de control de una parte de la ciudad por un conjunto de activistas, más la banda de Raz Simone? “Capitol Hill Autonomous Zone #CHAZ no es un páramo sin ley (ocupado por) una insurrección anarquista. Es una expresión pacífica de la pena colectiva de nuestra comunidad y de su deseo de construir un mundo mejor”.

En mi anterior artículo decía que esta revuelta iba contra la Policía como primera línea de defensa de nuestra sociedad. Derrumbada la Policía, la revolución iría contra todo lo demás. “El capitalismo, la moral, las leyes, todo lo que nos permite vivir en común, todo eso debe ir a la hoguera. Con todos nosotros, todos, en ella”. La hoguera aviva su fuego, que se alimenta de nuestra cobardía, y devora el entramado social. A pesar de todos los logros de la civilización, estamos a sólo  aun paso de la barbarie. Hoy, esa barbarie se presenta ante nuestros ojos como si fuese nuestra última esperanza.

España, del centro del mundo a un rinconcito (y ni nos hemos enterado)

Buscando datos para otro tema, me encontré con este artículo del World Economic Forum (WEF): “En 2020, el PIB de las economías asiáticas será superior a la suma del PIB del resto del mundo”. Dice el autor que será la primera vez que esto ocurra desde el siglo XIX. Y sí, es cierto que es PIB en paridad de poder adquisitivo (en términos nominales probablemente todavía falten unos cuantos años para alcanzar ese hito); y también es verdad que Asia tiene al 60% de la población mundial, así que es normal que concentre más de la mitad del PIB (o, al menos, no debería ser extraño).

Con todo y con eso, es uno de esos datos que le hacen a uno levantar las cejas. Esto quiere decir que ya estamos en esa situación en la que el mapamundi real del mundo ha dejado de ser el que todos tenemos en la cabeza, uno en el que el Meridiano de Greenwich está en el centro y divide en dos mitades el planeta. A los españoles nos encanta, porque nos pone a nosotros, también, en el centro de todas las miradas. España, Reino Unido y Francia estamos en el mapa en el mejor lugar posible: el estante premium, justo a la altura de los ojos, ése al que todos los consumidores miran cuando pasan con su carrito y que las marcas se pelean por ocupar.

Y sí, nuestra posición está muy bien, pero ya no es real. Tenemos que acostumbrarnos: ahora mismo el mapamundi de verdad, el que refleja lo que está pasando y lo que pasará en las próximas décadas, sería uno con el centro situado más o menos en el primer huso horario, dividendo el Pacífico por la mitad, con China, Japón, Australia a la izquierda de ese centro y la Costa Oeste de EEUU justo a la derecha. ¿Y nosotros, los europeos? Pues sí, en un rinconcito de la izquierda, pequeños y cada vez más irrelevantes.

Cuando pensamos en Asia y crecimiento económico, lo primero que nos viene a la cabeza es China. Y es cierto que es el factor con más peso en la ecuación. Pero también desvirtúa mucho la conversación: por el sistema político, por los límites a ese crecimiento, por la fiabilidad de las estadísticas o por las diferencias regionales dentro del país. Pero Asia no es sólo China: entre las cinco economías más grandes del mundo, ya hay otras dos asiáticas (Japón e India). Los emergentes asiáticos (Filipinas, Indonesia, Malasia, Vietnam) llevan creciendo entre el 5 y el 6% desde hace dos décadas (lo que supone duplicar el PIB cada 12-14 años) y son más de 500 millones de personas. Y podemos encontrar cifras similares en otros países de la región. Hasta los más ricos, como Singapur o Corea (ni siquiera Japón está tan mal como a veces pensamos si descontamos el efecto del envejecimiento) mantienen tasas de crecimiento que en Europa suenan a ciencia ficción. La previsión del WEF (previa al Coronavirus, eso es cierto) es que el PIB de estos países se duplique en la década 2014-2024.

De PISA a la jubilación

En cualquier caso, ya les digo que yo estaba a lo mío. Que en este caso era buscar cifras sobre jubilaciones, sistemas de pensiones y demás. Lo del WEF y el PIB agregado fue una casualidad. Me llamó la atención porque no lo había visto publicado en ningún sitio siendo una cifra tan curiosa y tan significativa (si alguien lo ha sacado antes, pido perdón: yo no lo encontré).

Lo que ocurre es que, en lo mío, me fui encontrando datos que también me golpeaban el cerebro:

Como uno está a mil cosas, también en estos días tuve que repasar estadísticas en EEUU. En principio, lo que quería era echar un vistazo a las diferencias de ingresos y empleos entre blancos-negros-hispanos; por si salía algún dato interesante ahora que estos temas están de actualidad. Pero, de nuevo, se me iban los ojos a los asiáticos: ya son el colectivo con ingresos más elevados del país, por encima de los blancos. El ingreso anual mediano (el que deja al 50% de la población por arriba y al 50% por debajo) entre los asiáticos era de 51.288 dólares en 2016; para los blancos estaba en 47,958 dólares, mientras que para los negros era de 31.082 dólares y de 30.400 para los hispanos.

Y sí, es cierto que hay mucho ingeniero chino, taiwanés y japonés que desvirtúa hacia arriba las estadísticas; pero también hay inmigrantes recién llegados de Filipinas, Vietnam o Bangladesh con ingresos muy bajos. Lo miremos como lo miremos, son el grupo de población que más crece (en población y en ingresos) y con más movilidad social del país. En muchas estadísticas ya han dejado de tratarles como minoría y los agregan a los blancos, a los que en realidad superan en casi todas las métricas. Sus hijos tienen muchísimas más posibilidades de alcanzar la universidad y, todavía más importante, obtener una licenciatura que los del resto de colectivos. Y hablamos de comunidades y familias que dejaron sus países a miles de kilómetros de distancia, sin ningún anclaje en su país de acogida y con enormes carencias idiomáticas (incluso en 2015, según datos del Pew Center, 3 de cada 10 asiáticos residentes en EEUU tenían dificultades con el inglés).

En las universidades de élite norteamericanas, el problema de los asiáticos no es que sean muy pocos y necesiten un empujón… el problema es que son demasiados y sienten que les están castigando por ello. Como lo oyen: Harvard ha tenido que ir a juicio por un sistema de admisión más que cuestionable (por ahora va ganando la universidad, pero con matices, porque el juez que emitió la sentencia favorable admitía que su sistema era muy mejorable; y todo apunta a que el caso que terminará en el Supremo y no está nada claro cuál será el resultado final). Los demandantes acusaban a esta universidad (y podrían haber hecho algo parecido con otros grandes nombres del país) por un sistema de selección que parece diseñado para evitar que haya demasiados asiáticos. En Harvard, por ejemplo, los asiáticos ya suman el 25% de los estudiantes, muy por encima de su peso en la población norteamericana, del 5,9%. Pero en la mayoría de los centros de élite, los niveles de admisión de asiáticos, aun siendo altos, se han estancado desde hace un par de décadas, a pesar del creciente número de solicitudes de ingreso por parte de este colectivo y de sus espectaculares notas. De hecho, lo que denuncian las asociaciones que han demandado a Harvard es que, si durante el proceso de admisión sólo se tuvieran en cuenta las notas del instituto y otros logros académicos, esa cifra se dispararía por encima del 40%. Por eso, cada vez más grupos de asio-americanos denuncian que las grandes universidades han diseñado procesos que les perjudican y que están dirigidos a limitar esa cuota de asiáticos (en los que la opinión subjetiva del examinador acerca de las habilidades extracurriculares del alumno tiene cada vez más peso). Ya hay casos de estudiantes que se cambian los apellidos y ocultan su procedencia para intentar que nos les afecte lo que casi podría denominarse como discriminación a la excelencia.

La pregunta del milenio

Salto a otro de mis temas favoritos. La pregunta del milenio: ¿por qué Europa? Sí, ahora nos parece evidente, pero en el año 1000-1200 no estaba nada claro que fuera aquí donde se fuera a iniciar el despegue económico. Nuestro continente era más pobre, atrasado, con estructuras estatales más débiles y una economía menos sofisticada que sus competidores. El libro de las maravillas lo escribió Marco Polo para explicar lo que se encontró en sus viajes por la Ruta de la Seda y en sus años viviendo en la corte de Kublai Kan; un viajero chino que se hubiera adentrado en la Europa medieval no se habría maravillado demasiado. Y sin embargo, apenas doscientos años después, los que surcaban los mares de medio mundo eran los descendientes de los Polo, no del Kan. Aunque, en realidad, la propia existencia del libro ya era un indicio de lo que se estaba gestando.

Las explicaciones a lo que ha ocurrido en los últimos siglos son muy variadas. Está la obvia, la institucional, que popularizaron Daron Acemoglu y James A. Robinson en Por qué fracasan los países: el libro está bien, pero siempre me pareció que se quedaba varios pasos cortos. Para explicar por qué Corea del Sur es mucho más rica que Corea del Norte no hacían falta 600 páginas. Está claro que no es un problema de raza o historia, sino de instituciones, leyes e incentivos.

Pero quedarse ahí es casi como no decir nada. Hay muchas preguntas, empezando por cómo las sociedades van conformando esas instituciones; cuánto de suerte hay en el desarrollo de normas que al principio estaban destinadas para un objetivo y al final terminan sirviendo para otro muy distinto (para bien o para mal); por qué en algunos ambientes tienden a consolidarse esas instituciones que impulsan el desarrollo de una sociedad mientras que en otros los brotes verdes son cortados de raíz… Y una pregunta todavía más peliaguda: por qué en entornos institucionales similares, grupos de población diferentes terminan obteniendo resultados opuestos. Lo de los asiáticos en las últimas décadas en EEUU (o Europa, que aquí el fenómeno es más reciente pero terminará con cifras similares).

En esto yo estoy cada día más con la tesis moral-cultural: esas “virtudes burguesas” de las que habla Deirdre McCloskey en sus libros. Esa idea de que fueron los valores predominantes en las sociedades occidentales los que les dieron la ventaja y el impulso que les permitió desarrollarse, crecer e inventar como nunca antes se había pensado que fuera posible.

Miren lo que decía McCloskey hace un par de años, en un coloquio en el Instituto Juan de Mariana:

Adam Smith ha hecho la gran pregunta de la economía. ¿Qué es lo que nos ha traído la riqueza de las naciones? Tenemos que estudiar todo tipo de teorías y pensar sobre las causas del progreso. ¿Son los ahorros [y el capital] la base de la riqueza, como afirma la derecha? ¿Se explica por el esfuerzo de los trabajadores, como dice la izquierda? ¿Se trata, entonces, de las instituciones, una tesis muy recurrente en las últimas décadas? No, la clave es otra, son las ideas que surgen en un contexto de libertad.

En dos siglos, la riqueza de un ciudadano medio se ha multiplicado por treinta. ¡Por treinta! Es un salto espectacular, un avance histórico en términos de desarrollo socioeconómico. Lo vemos en España, que ha cambiado de forma increíble, pero también en toda Europa, en Estados Unidos y, poco a poco, en el resto del mundo. ¿Explica el capitalismo ese salto adelante? En absoluto: el retorno del capital depende de la innovación. Aunque tengamos más capital, necesitamos también la innovación, la aparición de nuevas ideas en las que invertir ese capital.

Innovación, nuevas ideas, desarrollo tecnológico… Todo esto está muy bien y yo estoy básicamente de acuerdo con McCloskey: esto es lo que nos ha traído hasta aquí. Aunque ahora la pregunta es “por qué en Europa” fue donde los innovadores encontraron el terreno fértil, un lugar en el que eran respetados y valorados, no mirados con suspicacia. Respuesta políticamente incorrecta (ésta es mía, no de McCloskey): por esa ética judeo-cristiana (sí, también con raíces en Grecia y Roma) que valoraba al individuo (creado a imagen y semejanza de Dios y que respondía ante Él por sus actos); protegía a las familias y las pequeñas comunidades (y las asociaciones voluntarias); separaba el poder civil y el religioso (y no sólo para evitar que éste último se involucrase en los asuntos terrenales, como a veces se cree, sino también para que sirviera de límite al primero); y ponía la mirada en un horizonte de progreso, en el que el hombre era el centro de la Creación y estaba destinado a perfeccionarla.

Pero hay otra derivada: todo esto de la innovación nos gusta a todos y queda muy bien en los power points, pero luego hay que traducirlo y llevarlo a la práctica en el día a día. Y esa traducción es ahorro, trabajo duro y disposición a enfrentarse al riesgo y a la novedad. Con la innovación no es suficiente, para agarrar los peces de las buenas ideas hay que mojarse el trasero. Eso era Marco Polo: un tipo que, buscando nuevos mercados, se la jugaba y que estaba muchos años fuera de su hogar, currándoselo en busca de un futuro mejor para los suyos. Él no lo sabía, pero en su actitud (y en la de los funcionarios que rodeaban a Kublai Kan, encantados de haberse conocido) estaba la semilla de un futuro que en aquel momento les habría hecho carcajearse a todos (a los de un lado y otro de Eurasia).

Los mejores

Y todo esto qué tiene que ver con los asiáticos en las universidades americanas, con el nuevo mapamundi o con las empresas tecnológicas coreanas. Pues todo. Llevamos décadas mirándonos el ombligo y despreciando lo que nos trajo hasta aquí. Las “virtudes burguesas” son, en nuestras series, libros o programas de televisión, una rémora, una tacha, un defecto. No son algo de lo que enorgullecerse, sino que nos avergonzamos de ellas. El empresario es alguien que tiene que hacerse perdonar, explicar su éxito, justificar sus logros. Incluso, ser muy trabajador ya no está claro si es un elogio o una acusación. Cómo reaccionamos ante cualquier novedad (de Uber a Amazon): lo primero que pensamos es cómo protegernos, no cómo aprovecharla.

El otro día hablábamos de Tyler Cowen y su tesis acerca de “la complacencia” en la que se sumergido EEUU en las últimas décadas. Lo compara con el espíritu que percibe en sus viajes al este asiático y la foto no le gusta nada. Probablemente es cierto, pero incluso así, intuyo que en EEUU (eso sí, cada vez más fuera de sus universidades) todavía queda algo del espíritu innovador, optimista y luchador que les hizo grandes. En Europa, nos domina el miedo y, lo que es todavía más peligroso, el conformismo. Si uno mira un listado de empresas tecnológicas por continentes, no le queda otra que echarse a llorar. Nos hemos resignado a ser la sede de Roland Garros, el Museo del Prado o el Concierto de Año Nuevo.

Dos imágenes: piensen en cualquier ciudad europea ahora e imagínensela hace 30 años. ¿Muchos cambios? Nos hemos quedado petrificados. Si París hubiera tenido en 1850 las ordenanzas urbanísticas de la actualidad, nada de lo que ahora visitamos existiría (empezando por la Torre Eiffel). Ahora piensen en Singapur o en Seúl.

Mientras tanto, ¿quiénes ejemplifican en 2020 esas pequeñas comunidades de recién llegados que dieron forma al siglo XIX en EEUU? Hablamos de inmigrantes que iban creciendo alrededor de familias fuertes, redes de apoyo mutuo, trabajo duro, inconformismo, ambición y riesgo. Nos están adelantando por la derecha, con nuestras propias armas, y les miramos embobados por la ventanilla. Unos les insultan por hacer las cosas mejor y más barato. Los otros buscan excusas absurdas sobre los males del capitalismo o la globalización. Yo, en cambio, les admiro (y, en buena parte, les envidio).

No me resisto a terminar sin mi cita económica favorita (creo que es la que más he usado en mi vida). Es la frase con la que Carlo M. Cipolla cerraba su prólogo al primer volumen de la Historia Económica de Europa que coordinó (en España, la publicó Ariel). En estos días de ingresos mínimos vitales, grandes planes de reconstrucción post-Covid controlados por el Gobierno (siempre con anexos sobre impacto de género y climático, por supuesto), estatuas ultrajadas y escuelas cerradas me ha venido varias veces a la cabeza:

Para comprender la historia de Europa Occidental desde el siglo XII hasta la Segunda Revolución Industrial podemos, si queremos, calcular rendimientos, relaciones capital-producto, productividades… pero en el meollo de la cuestión encontraremos el factor cultural de aquellas compactas sociedades de ciudadanos que se sentían tan orgullosos de lo que hacían y que creían ser ‘los mejores’ precisamente por hacer lo que hacían.

Pues eso.

La trampa de la “reconstrucción”

“Why do you build me up buttercup, baby just to let me down and mess me around?” Mike D’Abo

En solo una semana, el INE, el Banco de España y la OCDE nos han recordado la extrema debilidad de la economía española, el fracaso del mando único y el efecto devastador del cierre forzoso de la economía por decreto y sin coordinación.

Según la OCDE, la economía española lideraría el desplome económico mundial. En el escenario más adverso la economía española caería en 2020 un 14,4%, la mayor de los países industrializados, y en el escenario base un 11,1%. El Banco de España empeoraba sus previsiones con caídas del PIB de entre un 9% y un 15,1%. Lo más preocupante es el lento y difícil camino a la recuperación del empleo, con un paro del 18,1% al 23,6% en 2020 y, además, en todos sus escenarios la tasa de paro superaría en 2022 el 17,1% en el escenario más benigno y un 22,2% en el más negativo.

La recuperación del nivel previo a la crisis se retrasaría hasta el 2023 en los peores escenarios. Aunque los datos de mayo reflejan un rebote -como no podía ser de otra manera- no podemos ignorar que el efecto base tras un desplome como el de abril suele enmascarar una mejora que simplemente es insuficiente.

España no tiene peores empresarios ni peor talento o potencial que otras economías. ¿Por qué caemos mucho más y nos recuperamos mucho peor? La excusa del turismo no es del todo válida. Países como Grecia o Portugal, donde el turismo es clave para la economía, caerán menos y se recuperarían antes. Además, si hay algo que el maravilloso sector del turismo español ha demostrado es que se adapta a situaciones de crisis y entornos difíciles de manera admirable.

España se enfrenta a las crisis con mayores dificultades porque tenemos empresas más pequeñas que la media de nuestro entorno, más paro y una alta economía sumergida.

Todos estos factores tienen un tronco común: una fiscalidad normativa que se sitúa entre las menos competitivas de la Unión Europea y la OCDE y una batería de escollos burocráticos y administrativos a la inversión y el empleo que son difíciles de encontrar en países similares.

El coste y problemáticas a la hora de contratar se añade una administración que trata a los agentes económicos como cajeros automáticos, una burocracia a la que le parece normal que se tarden dos años en recibir una licencia para operar, que le parece normal que el empresario y emprendedor español pase más tiempo cumplimentando trámites burocráticos que la media de nuestro entorno, según PWC y EY, y además que encima le digan los políticos que pagan pocos impuestos con el subterfugio de que recaudamos “poco”.

España recauda ópticamente menos que la media de la Eurozona porque tiene más paro, empresas más pequeñas y más economía sumergida. En vez de atacar esos problemas, los políticos siempre se lanzan a aumentar el esfuerzo fiscal de los que sobreviven al expolio.

Ahora, los mismos que exigen economía de guerra a los creadores de empleo y familias mientras mantienen subvenciones y administración política de bonanza, nos dicen que ellos -ellos- van a liderar la reconstrucción. Un grupo de personas que jamás ha creado un puesto de trabajo va a ser responsable de la reconstrucción. ¿De verdad? ¿Reconstrucción?

Primero, ignoran los riesgos de la epidemia, luego gestionan mal lo que se supone que es su competencia estelar -la sanidad- y posteriormente imponen el cierre forzoso de la economía más imprudente y descoordinado de las economías de nuestro entorno. Después, ponen escollos a la inversión y la atracción de capital que pueda ayudar a fortalecer la recuperación con leyes intervencionistas y amenazas constantes. Y entonces, con esa generosidad con el dinero de los demás que solo un burócrata puede tener, se presentan como la solución.

España podría recuperar el empleo rápidamente si eliminasen la brutal subida de los impuestos al trabajo escondida bajo el subterfugio del SMI, pero no. España podría recuperar rápidamente la capitalización y fortalecimiento de las empresas en dificultades si redujesen los enormes impuestos y escollos a la inversión, pero no. Las empresas españolas podrían adaptarse al entorno incierto, como lo hacen cada día en tantos países, si tuvieran protocolos claros y serios, pero no.

España no necesita un comité de reconstrucción y mucho menos uno liderado por políticos dirigistas que jamás han creado una empresa. No hay nada que “reconstruir”.

El tejido industrial, el talento, la capacidad inversora y la tecnología están intactas. No hace falta que nadie dirija la reconstrucción. Las empresas españolas saben perfectamente gestionar entornos complejos cuando no se les ponen todavía más escollos y trabas.

No es un problema de incertidumbre, sino de certidumbre. Las empresas invierten todos los días en un entorno de incertidumbre y lo incorporan a sus análisis de riesgo. Unas triunfan y otras fallan. Eso es el progreso. El problema de España es que a la sana incertidumbre económica y riesgo empresarial se añade la certidumbre de las políticas extractivas que nos quieren imponer y la inseguridad jurídica que quieren implantar.

España no necesita un comité de reconstrucción. Necesita que los miembros de ese comité se vayan de vacaciones, dejen de poner la zancadilla a la iniciativa creadora de empleo y que el gobierno permita a los agentes económicos creadores de riqueza fortalecer el país. España necesita más administración privada y menos intervención política. Solo así saldremos de esta crisis.

Contra la impunidad policial en EEUU

Cualquier persona que haya tenido ocasión de visualizar el cruel homicidio de George Floyd no podrá más que conmoverse y escandalizarse por la brutalidad del cuerpo policial de Mineápolis. No se trata, además, de una excepción: los abusos policiales han sido un fenómeno demasiado común durante demasiado tiempo en EEUU. Aunque es complicado encontrar estadísticas rigurosas al respecto —dado que la mayoría de cuerpos policiales se niegan a denunciar y compartir información sobre sus escándalos internos—, se estima que, entre 2005 y 2011, una media de tres policías fueron arrestados diariamente por comportamientos inadecuados tales como agresiones (13% del total), agresiones graves (8,5%), agresiones sexuales (4,8%) o intimidación (3,8%). Y, desgraciadamente, tales cifras son únicamente gotas en un océano de brutalidad policial, porque, como decimos, la mayoría de abusos ni siquiera son objeto de un procedimiento penal (muchos menos terminan en condena).

Y aunque el homicidio de George Floyd haya dirigido el debate público hacia el racismo presuntamente subsistente dentro de la sociedad estadounidense, el problema —al menos en relación con los cuerpos de seguridad estatales— es mucho más amplio que ese (los abusos policiales no son solo contra negros): se trata de un problema de falta de responsabilidad de la policía en el ejercicio de sus funciones. Es decir, y por expresarlo de un modo más llano, se trata del sentimiento de impunidad de los cuerpos policiales. Una sensación de impunidad que no es en absoluto infundada, sino que hunde sus raíces tanto en las reglas formales como en las prácticas informales que protegen sus actuaciones.

Por un lado, la principal institución jurídica que exime a los cuerpos policiales de responsabilidad se denomina ‘inmunidad cualificada‘: una doctrina introducida por el Tribunal Supremo en 1967 —y que, desde entonces, ha sido aplicada expansivamente por los tribunales estadounidenses— y que exime a todo empleado público —incluyendo, claro, a los cuerpos de seguridad— de cualquier responsabilidad por las decisiones tomadas en el ejercicio de sus funciones salvo en casos de violación flagrante de una ley federal o de un derecho constitucional. Pero ¿qué cabe entender por violación flagrante de una ley federal o de un derecho constitucional? A la hora de la verdad, que exista jurisprudencia donde otro agente haya sido condenado por exactamente esos mismos hechos dentro de una misma jurisdicción. La inmunidad cualificada, por consiguiente, constituye un escudo para el abuso de poder de la policía: si no existen condenas previas muy parecidas a los hechos que pretenden denunciarse, el agente gozará de impunidad.

Por otro, la principal práctica informal que blinda a los cuerpos policiales de responsabilidad por sus actuaciones es el denominado ‘muro azul del silencio’, la regla no escrita por la que un agente policial no ha de denunciar bajo ninguna circunstancia los abusos de sus compañeros aunque tenga constancia de ellos. Perro no come perro. Los agentes que denuncian a otros agentes tienden a ser estigmatizados y marginados por el resto de sus compañeros: una práctica que es promovida y coordinada por unos poderosísimos sindicatos policiales que, además, se erigen como un inamovible obstáculo frente a cualquier intento externo de introducir supervisión, control y responsabilidad externa para derribar ese muro azul del silencio.

Decenas de miles de americanos protestan en las calles contra el racismo y la brutalidad policial

La batalla contra el abuso policial en EEUU no será una batalla sencilla de ganar tras tantas décadas de impunidad formal e informal. Pero, afortunadamente, es una noble batalla que ha sido librada desde un comienzo por el liberalismo estadounidense. Por ejemplo, el Cato Institute lleva años informando sobre los casos de abusos policiales cometidos al amparo de la inmunidad cualificada, y ha tenido que ser el congresista libertario Justin Amash quien en los últimos días ha presentado una proposición de ley para poner fin a esa injustificable inmunidad cualificada.

No es de extrañar: el liberalismo se fundamenta en el principio de igualdad jurídica entre todos los ciudadanos… incluyendo aquellos que formen parte del Estado. Políticos y burócratas no deberían gozar de privilegios, amparados en una ilegítima autoridad política, para cercear los derechos individuales de otras personas. De ahí que deban ser civil y penalmente responsables por sus actuaciones en exactamente los mismos términos que cualquier otro ciudadano. Parafraseando al propio Justin Amash, el liberalismo busca establecer límites al Estado para proteger los derechos individuales, mientras que la inmunidad cualificada —y el resto de prácticas informales que eximen de responsabilidad a la policía— busca limitar los derechos individuales para proteger al Estado. Ojalá el repulsivo homicidio de George Floyd sirva al menos para poner fin a tan execrable impunidad policial.

El espectro de la nacionalización de las empresas industriales

En las últimas semanas, un espectro se cierne sobre la economía española, amenazando nuestra industria y nuestras empresas: el fantasma de la nacionalización.

La idea de que la nacionalización podría ser una herramienta de salvación para nuestra industria es una de las ocurrencias más disparatadas que he leído, en las últimas semanas.

Por supuesto, cuando se levanta la mano y, con intención de disuadir al interlocutor, se menciona el ejemplo del INI (Instituto Nacional de Industria), siempre te dicen que esta vez no va a ser así, esta vez se va a hacer bien. Tal vez porque aquellos salvadores eran menos salvadores que los actuales.

Pero, tengo la fortuna de dedicar varias semanas de cada año a explicar a mis alumnos en qué consistió la economía franquista y, dentro del tema, el INI tiene un papel relevante. Así que me pilla a mano.

En su artículo primero, el INI definía su objetivo fundamental: “propulsar y financiar, en servicio de la nación, la creación y resurgimiento de nuestras industrias, en especial de las que se propongan como fin principal la resolución de los problemas impuestos por las exigencias de la defensa del país o que se dirijan al desenvolvimiento de nuestra autarquía económica”. En nuestro caso, por supuesto, se trata de la defensa frente a la crisis provocada por el Covid-19. Y, como si estuviéramos en una situación de posguerra, se nos alerta de la necesidad de tomar medidas extraordinarias, las que sean.

A la urgencia, que es el salvoconducto para la “barra libre” de las políticas económicas intervencionistas, hay que sumarle el miedo al invasor. Por supuesto, no se trata de un ejército de aliens, pero sí de inversores de fuera que, según nos dicen, van a venir con su dinero extranjero a comprar nuestra patria, o algo así.

Como si al “ceder” ante el capital de inversores de otros países, comunitarios o no, estuviéramos entregando el alma al diablo, igual que Mickey Rourke se la vendió a Robert de Niro en El corazón del ángel (1987).

Es cierto que la situación es excepcional, y que el Indice de Producción Industrial registró, en el último mes, una caída de un 32%. También es cierto que la situación de empresas industriales, como la de Alcoa en San Cibrao (Galicia), es muy complicada.

Ayer mismo se manifestaban unas 20.000 personas, en la zona, para protestar. Se trata del trabajo de casi seiscientas familias. Una de las soluciones que se barajan es la nacionalización. Pero, detengámonos un poco más en la situación. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, afirmaba que la ministra Reyes Maroto lleva dos años buscando una solución. Dos años. No parece muy eficiente.

El comportamiento de los vecinos que reclaman una solución estatal solamente refleja el patrón de conducta de la industria en España en el pasado: tengo problemas, nacionalízame.

Esa fue una de las razones de que el INI se hundiera en los años posteriores a la muerte de Franco. Durante el período 1976-1983, el INI era el paraguas bajo el que se refugiaban las empresas asoladas por la crisis del petróleo. Así que se quedó sin recursos. Y éste es el secreto que explica, entre otras razones, por qué la nacionalización es un espectro del que hay que huir. Se nutre de fondos limitados.

La gestión no es la más eficiente porque, aunque juguemos a ello, la historia nos demuestra que el criterio de gestión no es empresarial. En el mejor de los casos es caritativo o mesiánico y, en el peor, corrupto.

Además, las empresas estatales suelen ser deficitarias, precisamente porque se sabe que nunca quiebran. Generan mala asignación de recursos en el mercado de trabajo porque los empleados son como cierto tipo de funcionarios. Es decir, en muchas ocasiones, especialmente en puestos administrativos, se mantiene un nivel de ineficiencia que la iniciativa privada, simplemente, no puede permitirse.

Por otro lado, si se ayuda a una, se ayuda a todas. Y eso implica que un grupo comparativamente pequeño de personas afectadas, pero cuyo coste laboral es altísimo, estaría siendo sostenido vía impuestos por todos los españoles, que estamos haciendo equilibrios financieros. Recordemos en este punto que estamos en la antesala de una subida de impuestos que va a rebajar el poder adquisitivo de la clase media de manera sobresaliente.

Pero, además de las distorsiones asignativas, las regulaciones, las rigideces y demás problemas acarreados por la nacionalización, resulta que sería peor para la empresa intervenida. Volvamos al pasado.

Uno de los problemas del INI era que los bienes y servicios producidos no eran competitivos respecto a los de nuestros vecinos. No nos compraban porque no estábamos a la altura. Ellos llevaban años exponiéndose a los rigores del mercado abierto y habían adquirido la flexibilidad necesaria para identificar sus fortalezas y hacer de ellas su mejor baza. ¿Queremos volver a esa situación?

Frente a este panorama nos queda la otra solución: atraer a inversores internacionales que inyecten ese capital que nuestras empresas industriales necesitan para seguir dando empleo, no sólo a las seiscientas familias de Alcoa, sino a todas las demás.

No es tan difícil, pero hay que dejar la política a un lado: promover el ahorro en lugar de gravarlo; flexibilizar el mercado laboral; ayudar a los autónomos que son empresarios de sí mismos; facilitar que las empresas encuentren la liquidez que necesiten, sin politizar el proceso, sino por el bien de los trabajadores cuyos puestos son mantenidos por esas empresas. Se puede hacer: fue el socialista Felipe González quien desmanteló el INI de Franco.

No estamos en el mejor momento para desplegar la bandera del nacionalismo económico. Ni por parte de la derecha, ni por parte de la izquierda. Nos va en ello un retraso en nuestro crecimiento económico de varios lustros. Abramos las oportunidades de inversión.

El racismo no cura el racismo

El 25 de mayo, George Floyd entra en Cup Foods, un restaurante independiente de comida rápida que da a la Avenida Chicago de Minneapolis. Un hombre cualquiera, en un sitio cualquiera de los Estados Unidos. Compra un tentempié y se va a tomárselo a su coche, que está en la calle 38, que cruza la avenida. El dependiente se da cuenta de que Floyd le ha pagado con un billete falso de 20 dólares, y llama a la Policía.

Acuden los agentes Alexander Kueng y Thomas Lane. Preguntan al dependiente y éste les dice que el hombre que les ha entregado el trozo de papel está en su coche, a la vuelta de la esquina. Y ahí estaba, en su coche, en compañía de otras dos personas. Lane se acercó al coche por el lado del conductor, que ocupaba Floyd, y Kueng por el del copiloto. Al llegar a la altura de la puerta del coche, Lane blande su pistola y apunta a Floyd. Éste acata las órdenes del agente y pone sus manos sobre el volante. Lane enfunda su pistola, y ordena al hombre que salga del coche. Una vez fuera, se resiste a que Lane le espose, pero el policía se vale de su experiencia para imponerse.

Una vez esposado, Floyd no ofrece ya ninguna resistencia. El policía le aleja del coche, y el vecino de Minneapolis sigue sus indicaciones sin atisbo de oposición. En un momento, se sienta y se recuesta contra la pared. Entonces, mantienen una conversación los dos, en las que Floyd se identifica, y el policía le informa de que está detenido por utilizar dinero falso. La cámara del local capta la conversación, y el momento en que el policía le conmina a levantarse. Floyd lo hace, con la ayuda del agente.

Entonces, los dos uniformados le acompañan al coche de Policía. Camino del vehículo, el detenido empieza a ponerse nervioso. Cae al suelo, alterado y rígido, y advierte a los policías de que tiene claustrofobia. En ese momento llegan otros dos agentes, en otro coche de policía. Son Tou Thao y Derek Chauvin.

Los agentes intentan que Floyd entre en el coche, pero él se resiste. Es un hombre corpulento. Forcejea con los agentes, se niega a incorporarse, y no hay forma de entrarle en el coche policial. “No puedo respirar”, dice repetidamente el detenido. El pánico hace que le falte el aire. Pero tiene el vigor suficiente para evitar que lo introduzcan en el vehículo.

A las 8:19, el detenido está con el pecho sobre el suelo, y Chauvin le tiene controlado, pues ha colocado su rodilla sobre el cuello de Floyd. Los policías dudan sobre cómo proceder. “¿Deberíamos ponerlo de lado”, pregunta Lane. Chauvin se opone: “No, le dejamos donde le tenemos”. Lane ve el estado de ánimo que tiene George Floyd: “Estoy preocupado por que tenga un delirio, o algo”. “Por eso le tenemos contra su estómago”, replica Chauvin.

La sociedad de millones de ojos y memoria digital en que vivimos ha hecho posible que podamos ver los últimos minutos de George Floyd. Son los que transcurren desde las ocho de la tarde, diecinueve minutos y treinta y ochos segundos, hasta casi cinco minutos después. En el vídeo se oye a los ciudadanos que contemplan la escena. “Su nariz está sangrando”, se oye. Otro vecino advierte: “Hermano, ya lo has reducido, déjale al menos respirar”. Floyd había advertido de su situación con angustiosa insistencia: “¡Por favor, no puedo respirar!”.

Chauvin, Thao, Kueng y Lane, y con ellos un coro de ciudadanos, ven cómo la vida se le escapa a George Floyd. La declaración del fiscal del distrito recoge escuetamente: “A las 8:24:24, Mr. Floyd deja de moverse. A las 8:25:31, el vídeo parece mostrar que Mr. Floyd ha dejado de respirar”. Pero el agente Chauvin mantiene su posición, y sigue oprimiendo el cuello del detenido hasta las 8:27:24.

Esto es todo lo que sabemos de sobre las circunstancias de la muerte de George Floyd. Completan el cuadro una primera autopsia concluía que la muerte se debió a una parada cardiorespiratoria, mientras que una segunda, realizada a instancias de la familia, recoge como causa una “asfixia mecánica”. La primera autopsia despertó las dudas sobre si el agente podría librarse de la condena por homicidio si la causa de la muerte del detenido estuviese en el corazón, pero los primeros análisis jurídicos apuntan a que ello no afectaría a su responsabilidad penal.

Y esto es todo. Una detención con un exceso de violencia, ejercida con saña y desprecio por la vida de un ciudadano, durante casi ocho minutos, contra las mejores prácticas policiales, y con un resultado fatal. Todo ello, además, por un delito presunto del cual George Floyd podría ser tan víctima como el hombre que recibió los 20 dólares falsos.

Este hecho, luctuoso, cruel, ha despertado un movimiento que se ha extendido por todo el país, y más tarde por todo el mundo. Y cabe preguntarse por qué. Como cabe preguntarse por qué muchos arquearán sus cejas al leer esta pregunta, porque entienden que la respuesta es obvia. Ciertamente, lo parece. Cualquier televisión, cualquier radio, casi cualquier artículo de periódico, todas las declaraciones tomadas a pie de manifestación, apuntan a lo mismo: La rodilla de Chauvin es la de todos los blancos, y el cuello de Floyd el de todos los negros. El ciudadano George Floyd murió por todos los negros del país, a manos de todos los blancos.

Y, entonces, todas las circunstancias sobre la muerte, recogidas en el arranque de este artículo, no tienen ya tanta importancia. Y al duelo le ha sustituido un sentimiento de indignación y denuncia de un determinado racismo (el de la raza blanca toda hacia la negra) que, a diferencia de otros, se considera intolerable. Y los edificios ardiendo son el símbolo de lo que se quiere hacer con todo el país, con sus instituciones, y con una mitad de la población que ha permitido que Donald Trump esté en la presidencia. El mito del cambio en política, el mito de la injusticia estructural, el mito problema-solución, y el mito del fuego, se dan vida el uno al otro y justifican la violencia.

Estamos ante una olla que ha estallado, en la que había ideas muy distintas, que se esconden unas a otras, y que es preciso desenmarañar, una a una, para que podamos entender todo este espectáculo. Y, en última instancia, para que entendamos la enorme amenaza a la democracia y las libertades que se cierne sobre nosotros. No es fácil, pero el esfuerzo vale la pena porque están en juego las instituciones que nos permiten vivir en común.

La sostenida violencia del agente Derek Chauvin sobre el detenido, ¿estaba motivada por racismo? Para responder a esta pregunta, necesitamos saber dos cosas. La primera, qué es el racismo. La RAE lo define como “exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive”. Pero esa es en realidad una segunda derivada de lo que es en realidad el racismo, que define perfectamente el diccionario Merriam-Webster: “La creencia de que la raza es el principal determinante de los atributos y capacidades humanos, y que las diferencias raciales producen una superioridad de una raza particular”. Y, como segunda definición “Una doctrina o programa político basado en la asunción del racismo y diseñado para ejecutar sus principios”. Lo segundo que necesitamos saber para dar respuesta a la pregunta de si Chauvin actuó por racismo es su propio pensamiento. Pero eso, por el momento, se nos escapa.

El racismo es una idea, y las ideas sólo las pueden albergar las personas. Lo que debería dilucidarse es si el agente las tenía, y si ellas han podido condicionar su actuación. Pero cuando se habla de racismo en las protestas, en las declaraciones públicas, en los medios de comunicación, parece que se habla de otra cosa: del racismo como atributo de la estructura social, como algo que supera la capacidad de los los individuos para pensar de una u otra manera. En última instancia, se habla del racismo como una cualidad adherida a la piel: como un atributo de la raza.

Así, este antirracismo es racista. Denuncia a toda una raza, la blanca, como poseedora de un conjunto de atributos de los cuales ninguno de sus miembros puede escapar. Es el viejo y acendrado racismo, la atávica llamada a definirnos por nuestras cualidades genéticas comunes. Es la forma de pensar que en algún momento soñamos que el descubrimiento del individuo podía haber dejado para la historia; materia para la coprología de las ideas. Hoy, el racismo se viste de su contrario para sobrevivir. Y emerge con una fuerza desconocida desde comienzos del pasado siglo.

Por poner un solo ejemplo, voy a rescatar un artículo de un periódico tan progresista, y en consecuencia tan proclive al racismo, como es el diario El País. El pasado 6 de junio publicó un artículo muy preciso, tanto por su titular como por su contenido, adherido sin burbujas al canon del racismo.

El título, Yo soy racista, tú eres racista, todos somos racistas, es inapelable en sus tres primeras palabras, y está firmado por Nuria Labari y Quan Zhou. Labari lo explica con su cuerpo de escritora: “Es importante que se escuchen voces fuera de la mirada blanca cuando hablamos de racismo”. Su problema consiste en responder a la cuestión: “¿Qué puede hacer una mujer blanca española por la lucha contra el racismo en el mundo?”. Se vale de su amiga Quan Zhou como sujeto de desdoblamiento que le permite expresar sus ideas a ella, cuya raza anula el valor ético de sus ideas: “Me gustaría que ayudaras a dar voz a los racializados, me gustaría que no fuera otra española blanca hablando de raza”, le confiesa. Nuria no puede porque es blanca. Pero quizás Quan, racializada, pueda dar un contenido ético a este racismo. Que el nuevo racismo pueda curar el antiguo es una de las ideas más estúpidas y más peligrosas del momento.

Cada uno de los blancos, como miembros de esa raza, poseen todas esas características despreciables. Y deben pedir perdón por su condición, y humillarse poniéndose de rodillas. Han de pedir perdón por pertenecer a un grupo humano del que, eso sí, no pueden escapar. Al menos pueden redimirse hundiendo sus rodillas en el suelo, como Chauvin lo hizo sobre el cuello de Floyd. Algunos, que no somos racistas, que nos vemos a nosotros mismos como individuos, con toda la dignidad de ser únicos e irrepetibles, nos negamos a asumir nuestra cualidad racial, y a humillarnos de ese modo.

Puesto que el racismo no es un conjunto de ideas que cualquiera puede asumir o rechazar, no se puede luchar contra ellas con el viejo y desacreditado apero del racionalismo. Es estructural, y es toda la estructura lo que hay que derribar. Y en esa estructura está la Policía. Una manifestante negra, y en consecuencia con el derecho de hacer interpelaciones al poder, le preguntaba al alcalde de Minneapolis si iba a desmantelar la Policía. Con un gran pensar, y sin nada que ofrecer para justificar su posición, tuvo que decirle que no iba a hacer eso.

Es estructura la ley que defiende, o debería defender, la Policía. Es estructura la democracia que codifica las leyes y las reforma. Todo es estructura y todo está impregnado de ese racismo del que no podemos escapar. El capitalismo, la moral, las leyes, todo lo que nos permite vivir en común, todo eso debe ir a la hoguera. Con todos nosotros, todos, en ella.