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Hasta un 30% de ERTE se convertirán en parados

“No romance without finance”. Gwen Guthrie.

El Gobierno que demoniza constantemente la reforma laboral de 2012 se quiere apuntar los ERTE (expediente de regulación temporal de empleo) como un éxito de Sánchez. El presidente no se sonroja cuando dice que en la anterior crisis -en la que gobernaba su partido, por cierto- se “recurrió al despido masivo” y ahora dice que ellos han hecho “la gran reforma estructural” de los ERTE.

Los ERTE ya existían en la anterior crisis, señor presidente, desde 1995 (artículo 47). En la crisis de 2008 a 2011, con su partido en el Gobierno, se destruyeron casi tres millones de empleos.

La verdadera “reforma estructural”, la flexibilización del procedimiento de ERTE que intenta Sánchez apropiarse se hizo en la reforma laboral. Es en la reforma laboral de 2012 (título VI) donde se establece el cambio de regulación que agiliza y establece el procedimiento de ERTE que hoy conocemos.

Antes de la reforma laboral, un ERTE era un procedimiento lento, burocrático e ineficiente donde se requería la autorización administrativa de la autoridad laboral. Eso se suprimió en el título VI de la Reforma de 2012. Para que se hagan una idea, si en esta crisis se hubiera mantenido el procedimiento como existía antes de la reforma laboral de 2012, la mayoría de los expedientes estarían desde marzo en procedimientos eternos, lentos y asfixiantes.

En las principales economías europeas hay unos 40 millones de trabajadores en esquemas de paro similares. Y se presenta un invierno complicado.

Según cifras oficiales del Ministerio de Seguridad Social, a 10 de agosto, y tras casi tres meses de apertura de la economía, todavía quedan 959.000 personas en ERTE. A este ritmo, terminaremos septiembre con 900.000 personas todavía en este esquema de desempleo temporal, que probablemente se volverá a extender.

Poco que celebrar

Se han reducido las personas en ERTE en 2.226.800 desde el máximo. Esto ha permitido que las cifras de paro oficial aparecieran como inferiores a lo que podría haber sido, y a pesar de ello España cierra julio con la tasa de paro más alta de la Unión Europea, 15,6%, por encima de Grecia. El paro femenino alcanza el 17,1% y el de menores de 25 años un 40,8%, también las mayores tasas de la Unión Europea.

¿Y ahora, qué?

Los ERTE siempre han sido una condición necesaria pero no suficiente. Al rechazar tomar medidas serias de exoneración de impuestos y líneas de liquidez sin recurso para pequeñas empresas sin acceso a crédito, el Gobierno ha llevado a España a la mayor destrucción del parque de empresas de la Unión Europea.

Se han perdido más de 130.000 empresas entre junio de 2019 y junio de 2020, y España continúa destruyendo grandes empresas (79 menos desde el cierre forzoso). España tiene hoy 125.000 empresas menos que en 2009. Eso significa menor potencial de empleo, menor riqueza e inversión.

Incluso considerando el rebote por efecto base, el índice de cifra de negocios de la industria muestra una caída anual del 16,5%, según el INE. En un país donde casi la mitad de las empresas estaban en pérdidas en 2018, según la AEAT, vamos a sufrir un desplome de beneficios y un tsunami de pérdidas sin precedentes.

Eso hace que hasta grandes empresas con capacidad de aguantar la crisis estén forzadas a reducir plantilla. El último índice compuesto publicado por Markit alertaba de que la industria continuaba reduciendo plantilla en julio a pesar del rebote expansivo.

¿Qué nos puede esperar en octubre?

Se juntan tres grandes problemas para el Gobierno a la hora de continuar disfrazando las cifras de paro. El primero es el despido por cierre empresarial.

Si cerramos la temporada de agosto con 900.000 personas en ERTE y un paro del 15% oficial, el riesgo es que la inevitable caída de muchas empresas, que hoy tiene en riesgo a casi 84.000 negocios por el desastre de cifras de ventas tras la reapertura, va a disparar las cifras de paro oficial hasta al menos un 20,5% según estimaciones, incluso si se mantienen los ERTE hasta diciembre.

Desde las asociaciones de empresarios y pymes llegan cifras simplemente terribles de pérdidas, con negocios que están funcionando tras meses de apertura con un 40% de actividad con respecto al año pasado.

El segundo es que el disfraz del crédito se seca. Muchas empresas han podido sobrevivir gracias a fuertes aumentos de crédito, endeudándose para poder sacar adelante su negocio. Muchos de esos préstamos-puente vencen entre septiembre y octubre con la cifra de negocios de esas empresas a niveles de derribo y su situación de solvencia empeorando.

Si en países dinámicos y abiertos ya se está notando esa caída de acceso a crédito, imaginen en un país donde la medida estrella del Gobierno ha sido conceder a los creadores de empleos la magnánima generosidad de endeudarse para pagar impuestos tres meses después.

El tercer problema es que el Gobierno parece creer que el empleo cae del cielo. La mayoría de la creación de nuevos puestos de trabajo viene de empresas de nueva creación y pequeñas empresas, dos segmentos que han sido completamente olvidados en esta crisis.

Las empresas que no tienen activos mobiliarios ni acceso a crédito para pedir avales, las que acaban de empezar, esa son las que están siendo cercenadas. Las sociedades mercantiles creadas (anual acumulado) registran una caída del 30% en junio, según el INE.

A todo ello hay que añadir una muy pobre gestión de los rebrotes que amenaza a la economía si se vuelven a implementar los ineficaces, devastadores e incompetentes cierres forzosos.

Mientras el mundo aprende que los países que no han llevado a cabo cierre forzoso y que han gestionado de manera eficiente la pandemia con protocolos serios también caen menos y con menos paro, España puede empeorar de manera muy peligrosa si volvemos a los confinamientos, algo que la economía -ya maltrecha- no se puede permitir.

Muchas estimaciones ya asumen que hasta un 30% de los ERTE pueden convertirse en paro y las más pesimistas muestran que esos 900.000 trabajadores que siguen en ERTE no se puedan recuperar.

El desastre va a ser muy grande si el Gobierno no implementa urgentes medidas como las que hemos pedido en varias ocasiones en esta columna (exoneración de cargas, facilidades administrativas, políticas serias de atracción de capital y empleo, lean este link).

Se presenta un otoño muy difícil en el que los parches de crédito y ERTE no van a poder disfrazar el gravísimo problema al que se enfrenta nuestra economía.

El ajuste deberá recaer sobre las pensiones

En apenas una semana, el sistema español de pensiones públicas ha recibido un baño de realidad por parte tanto del Tribunal de Cuentas como del Banco de España. Y es que, a pesar de que ahora mismo no parezca un problema prioritario frente al control de la segunda ola de la pandemia o frente a la honda crisis económica, el descuadre financiero de la Seguridad Social sigue siendo uno de los principales retos que este país deberá resolver en el medio plazo.

El problema de fondo al que nos enfrentamos es de sobra conocido: los gastos del sistema de pensiones son mayores, y crecen más rápido, que los ingresos. En concreto, los gastos en prestaciones contributivas aumentaron de 96.792 millones de euros en 2011 a 125.537 millones de euros en 2018: un crecimiento del 29,6%; en cambio, los ingresos solo mejoraron desde 95.163 millones de euros a 102.847: un aumento del 8%. De manera que el déficit del sistema ha aumentado desde 1.629 millones de euros a 22.690.

Pero, ¿por qué se han incrementado tanto los gastos y tan poco los ingresos? El crecimiento de los gastos se debe tanto al aumento del número de pensionistas —que ha pasado de 8,06 millones a 8,8 millones— como del gasto medio por pensionista —que se ha incrementado de 12.006 euros anuales a 14.254—. De hecho, si tuviéramos que descomponer la responsabilidad del incremento del gasto anual en 28.745 millones de euros, aproximadamente dos terceras partes se deberían al mayor gasto medio por pensión y un tercio al mayor número de pensionistas. Asimismo, el tibio aumento de los ingresos se debe al estancamiento del ingreso medio por afiliado —que se ha reducido de 5.505 euros anuales a 5.435—, y no tanto al incremento en el número de afiliados —que ha pasado de 17,28 millones a 18,92—. Obviamente, parte de la responsabilidad del estancamiento de las cotizaciones medias reside en el fuerte aumento del número de afiliados: si el empleo creado ha sido mayoritariamente de baja remuneración, la cotización media cae.

En todo caso, la radiografía que presenta el Tribunal de Cuentas es harto significativa: el gasto medio por pensionista es 2,6 veces superior al ingreso medio por afiliado (14.254 euros versus 5.435) y, sin embargo, el número de afilados solo es 2,14 veces mayor que el número de pensionistas (18,92 millones versus 8,8 millones). Y el problema es que estas tendencias se van a agudizar durante las próximas tres décadas por razones estrictamente demográficas: el número de afiliados no aumentará mucho más y, en cambio, el de pensionistas si seguirá incrementándose. ¿Cómo ajustar en tal caso el desequilibrio financiero?

Más allá de las ganancias que podamos experimentar en la ratio afiliados/pensionistas merced a un súbito repunte de la natalidad o a un incremento de la inmigración, la clave reside en ajustar la otra ratio: gasto medio por pensionista / cotización media por afiliado. Y, como es obvio, existen tres vías para volverla compatible con la sostenibilidad financiera del sistema: o recortar las pensiones (algo que reduciría el gasto medio por pensionista) o aumentar las bases de cotización o los tipos efectivos de cotización (ambos factores aumentarían el ingreso medio por afiliado).

La vía para que todos salgamos ganando es, claramente, incrementar las bases de cotización, es decir, los salarios: de ese modo el trabajador ingresa más y, abonando una misma cotización, conseguimos sostener pensiones más elevadas. Pero las políticas públicas no determinan directamente los salarios, sino que como mucho influyen sobre ellos de manera indirecta (mediante reformas estructurales que faciliten aumentos de la productividad). O dicho de otro modo: no existe garantía de que durante las próximas tres décadas los salarios aumenten lo suficiente como para cubrir el déficit de la Seguridad Social (de hecho, la garantía es prácticamente la opuesta: no lo harán). En tal caso, solo nos quedan dos variables con las que efectuar el ajuste restante: o menores pensiones o mayores gravámenes. Y aquí es donde entra el reciente informe del Banco de España.

En abstracto, podría parecernos igual de equitativo que los pensionistas cobren menos o que los trabajadores paguen más. Pero la realidad es que los actuales pensionistas —y también los del futuro— van a percibir en forma de pensión un 74% más de lo que han cotizado. ¿Por qué habría que forzar a los trabajadores actuales a que cotizaran mucho más para sufragar una prima del 74% para los pensionistas por encima de lo que cotizaron? Acaso se diga —con razón— que el dinero presente no tiene el mismo valor que el dinero futuro y que, en consecuencia, los pensionistas merecen una revalorización sobre lo que cotizaron. Más la rentabilidad imputada que están obteniendo es del 3,5% de media anual, cuando actualmente la deuda pública a 10 años apenas abona un interés del 0,28%. ¿Por qué si un pensionista está invertido, a todos los efectos, en un pasivo estatal ha de percibir una rentabilidad que es 12,5 veces superior a la que reciben otros titulares de pasivos estatales?

Por mera equidad intergeneracional, el agujero en la Seguridad Social que subsista tras el aumento de la población ocupada y el crecimiento de los salarios debería recaer sobre la cuantía de las pensiones públicas.

Las malas palabras del Gobierno

El poder de la palabra es un dato. No se cuestiona. En economía, tampoco. Todos recordamos el vuelco de los acontecimientos cuando Mario Draghi pronunció las famosas palabras. Era el 26 de julio de 2012 y Draghi, desde Londres, daba cuenta de la situación del euro, para intentar devolver la confianza perdida (y con razón) a los inversores.

Los rendimientos de los bonos de los débiles gobiernos de la eurozona estaban por las nubes y se dudaba si las instituciones nacionales, a nivel del euro o de la UE, podrían actuar conjuntamente para evitar un desastre. Y fue entonces cuando hizo la siguiente observación definitiva:

”Dentro de nuestro mandato, el BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente“. Es el famoso “whatever it takes”, lo que sea necesario, tan indeterminado, lo que resonó en los mercados y sirvió de punto de inflexión.

Todos los agentes eran conscientes, como lo son ahora, de que la capacidad de actuación de las instituciones es limitada, pero precisamente por ser un brindis al sol, Draghi transmitió la voluntad política de la institución financiera más importante de la Unión Europea.

Sin embargo, el poder de la palabra no es automático. Tal vez por eso resulta tan fascinante. Si repites tres veces Bloody Mary delante de un espejo, no va a aparecer de la nada una mujer que va a quitarte la vida.

No hay “ábrete sésamo” que mueva la roca que oculta el tesoro escondido en una cueva. El poder del que hablamos necesita de un entorno, una ocasión, una autoridad creíble que pronuncie esas palabras y, lo que no es menos importante, la expectación.

Porque si Draghi hubiera repetido esa frase en otras ocasiones, incluso si éstas fueran similares, no habría tenido el mismo efecto que aquella vez, cuando todos esperaban cualquier declaración menos esa, tan asertiva y genérica, a partes iguales. No habría resultado si hubiera ofrecido una lista de todo lo que se iba a hacer para sostener el euro. Lo que sea necesario se interpretó como una entrega total. 

Todas estas reflexiones vienen a cuento de la poquísima habilidad que está teniendo el Gobierno de España para gestionar la comunicación de la crisis económica en la que estamos, y cuyos efectos aún no se han visibilizado totalmente.

El Gobierno, a través del presidente, ministros, portavoces y estómagos agradecidos intenta convencernos de que ya estamos recuperándonos, que la recuperación va a ser en L, en L asimétrica, en L lánguida y escurridiza como los relojes de Dalí, la cosa va mejor, lo peor ya ha pasado, y nos rodea, de manera casi asfixiante, de mensajes “demasiado” positivos.

Mientras tanto, algunos medios de comunicación, dentro y fuera de nuestro país, cuentan la verdad: esto va a ser largo y muy complicado. Que no quiere decir que no hay nada que hacer, o que vaya a llover ceniza sobre nuestras cabezas, sino que la salida va a doler.

Analistas de renombre internacional, como Carmen y Vincent Reinhart, en un recienteensayo publicado en la revista Public Affairs, entre otras cosas, resaltan la importancia de la capacidad de gestión económica de los gobiernos nacionales.

Afirman que, si tenemos en cuenta la escala y el alcance del colapso de la actividad económica mundial actual, la salida de esta crisis va a ser peor que la de la crisis del 2008.

Para estos autores, los buenos datos que estamos viviendo son sólo “el comienzo de un largo viaje para salir de un hoyo profundo”. Hay varios factores que caracterizan la crisis, uno de los cuales es, como comentaba, lo que hagan los gobiernos, especialmente en aquellos países a los que la pandemia les pilló en una situación económica débil, como España.

En este aspecto, los españoles lo llevamos como Caín. Porque uno de los lastres de éste Gobierno bicéfalo son las servidumbres, especialmente económicas, que se crearon al cerrar el pacto de Gobierno con Unidas Podemos. Y no es el único coste: también tienen deudas con Bildu y los nacionalistas, que demandan su prendas, tanto en términos políticos como económicos.

El análisis de los Reinhart, con el que discrepo en algunas cuestiones, presta atención al largo plazo, a la recuperación de largo recorrido, como uno de los requisitos para que los países y los segmentos de población menos favorecidos, que son los que más se van a resentir, no se queden atrás.

”Cuanto más tiempo se tarde en salir del agujero” que esta pandemia ha hecho a la economía mundial, “más tiempo algunas personas estarán innecesariamente sin trabajo, y es más probable que las perspectivas de crecimiento a medio y largo plazo se vean permanentemente afectadas”.

Después de pensar en las enseñanzas de estas frases, la ligereza con la que hablan los responsables del Gobierno resulta tan obscena que produce indignación. Se diría que para los representantes electos, todo vale.

Los españoles, sometidos al baile de la confusión (mascarillas sí, no, tal vez, a veces, siempre); de los cambios en en criterio de recuento de casos y bajas; del descargo permanente de responsabilidades entre la administración central y las autonómicas, o mejor dicho, algunas autonomías; de la compra descarada de medios afines al régimen, cuando nos dicen “ya podéis iros de vacaciones, pero con precaución”, no tenemos muy claro de qué precaución hablan, si la de Pablo Iglesias cuando estando él en cuarentena apareció sin mascarilla y tosiendo en un Consejo de Ministros, o la de las multas de 1.500 euros que te ponían si no llevabas el ticket de la compra, porque en tu tienda saben que prefieres que te lo manden por email.

La magia de las palabras hace culpables a los jóvenes, a Ayuso, a las bodas, a los extranjeros, a los conspiranoicos y al chachachá. Pero nunca es responsabilidad de la mala gestión del gobierno.

Tal vez esa magia funcione especialmente ahora a causa de la pandemia. Intentémoslo, pongámonos delante del espejo y repitamos tres veces con los Reinhart: “Un rebote no es una recuperación”.

Fortalezas y debilidades de la monarquía española

El exilio del rey Juan Carlos es el último movimiento tectónico dentro de la institución real española. Creo que es una decisión errónea, por las mismas razones que expresó Cristina Losada en un reciente artículo. Sus antecesores, todos hasta Carlos IV, han vivido al menos una parte de su reinado en el exilio, o han muerto en él. Pero entonces el exilio tenía otro significado, porque la figura del Rey portaba un conjunto de derechos y funciones políticas distintas a las de la segunda restauración.

Su sola presencia significaba la continuidad del Estado, de todo el acervo de instituciones del país, y el ejercicio del poder dentro de las mismas. Si un rey o reina estaba en el exilio, es porque otro ocupaba su lugar; o porque lo hacían las dos malhadadas repúblicas españolas. Lo que era inconcebible es la presencia en España de dos reyes con pretensiones de legitimidad. En tal caso, lo que cabe esperar es una guerra civil, que es lo que se produjo a lo largo del XIX entre dos ramas de los Borbones: las guerras carlistas.

Alfonso XIII elige el exilio porque cree que continuar en el empeño de mantener la monarquía llevará a un enfrentamiento civil, que él intenta evitar. Y porque como su persona representa la soberanía, junto con la nación, su presencia en España supone un conflicto. Si se queda, o lucha por hacer efectivos sus derechos, o renuncia definitivamente a ellos. El exilio es sólo una renuncia estratégica, no de principio.

La monarquía incrustada en la Constitución de 1978 es fundamentalmente distinta. Las constituciones de 1812 y 1869 proclamaron que la soberanía residía en la Nación, que la Pepa definía como “la reunión de los españoles de ambos hemisferios”. Pero apenas tuvieron vigencia. Y en el resto de constituciones modernas, incluida la de 1876, la facultad de escribir las leyes la compartían las Cortes y el Rey. La Constitución del 76, suspendida durante la Dictadura de Primo de Rivera, se restituye con el exilio del espadón y está en vigor cuando los republicanos ocupan el poder en 1931 ante el abandono por parte del Rey. La de 1978 es la primera constitución moderna española basada en la soberanía nacional que ha durado más de cuatro años en vigor.

Pese al nostálgico esfuerzo de Luis María Anson de convertir a Juan de Borbón en Juan III, en realidad Juan Carlos I es sucesor de Francisco Franco, “a título de rey”. Juan Carlos hereda de Franco la jefatura del Estado, primero por la designación de su creador, que es Franco, y segundo porque el Borbón acepta encabezar ese Estado, con todas sus leyes fundamentales, y las que cuelgan de ellas. Si Juan Carlos I lidera una transición a la dictadura “de la ley a la ley y por medio de la ley”, es porque a lo que está atada su jefatura de Estado es al que se creó en torno a la figura de Franco. Juan Carlos I no “rompe” con el franquismo para enlazar su legitimidad con la se su abuelo, Alfonso XIII.

Su gran contribución a la historia de España es esa: Partir de lo alto de un Estado que limitaba los derechos políticos e individuales de los españoles, y liderar una transición ordenada, legal y efectiva a una democracia. Nuestra democracia es muy imperfecta, con graves problemas que, en última instancia, ponen en riesgo la propia Constitución, y con ella la monarquía. Pero tiene la gran virtud de ser el primer sistema político sin exclusiones sistemáticas de una parte del cuerpo electoral.

Es difícilmente imaginable que la monarquía española fuera a sobrevivir a esta Constitución. Por pura supervivencia, eso la convierte en garante del actual orden constitucional. Pero esa dependencia de la Constitución de 1978 le convierte en una institución vulnerable. Llegado el caso de conflicto entre los intereses generales de la nación y el actual sistema político, sería comprensible que actuase en favor de este último.

La debilidad de la monarquía actual es que no quedan ya rastros de lo que se ha llamado la “constitución histórica española”; la que defendió Jovellanos, por ejemplo, en las Cortes de Cádiz. La legitimidad de la monarquía, como la de la Constitución, es puramente instrumental. Y positivista. De modo que un acuerdo político distinto arrastraría a la institución al recuerdo. Esa debilidad puede tener efectos políticos benéficos. Felipe VI comprendió perfectamente que la Casa Real albergará la jefatura del Estado mientras sea “ejemplar”, y se gane el respeto y el reconocimiento de los españoles.

El exilio de Juan Carlos está planteado como metáfora, como si el alejamiento geográfico fuera el mismo que tiene con el actual Rey. Tiene un elemento real; puesto que lo que justifica la Corona española es su origen y su utilidad pública, se puede desvincular a Juan Carlos de Borbón de la Corona y convertirlo en un ciudadano privado más. Porque su dignidad ya no está vinculada esencialmente a su persona, sino a la institución.

A corto plazo, parece haber funcionado, si la encuesta realizada para el diario El Español refleja la realidad: La salida de Juan Carlos I provoca un vuelco de 15 puntos a favor de la monarquía. Pero es un resultado que puede ser efímero. A largo plazo no está claro que la profilaxis del distanciamiento se sobreponga a otros mensajes que da el rey Juan Carlos con su extrañamiento de España: que acepta el grueso de las acusaciones que recaen sobre él. Además, si no va a vivir a una democracia asentada, Juan Carlos enviará un mensaje muy peligroso: que él no aprecia lo suficiente la importancia de vivir en un Estado de derecho con todas las garantías. Si se afinca en la satrapía de Abu Dhabi, habrá asestado un nuevo golpe a la institución que él encarnó durante cuatro décadas.

Las ‘cicatrices’ económicas del coronavirus

Scar” – “Cicatriz”: éste es uno de los términos de moda en esta crisis. Al menos en la prensa económica anglosajona. Aquí, Jonathan Portes, del King’s College londinense, cuenta 32 menciones, sólo en el Financial Times, desde que comenzó la crisis.

Como metáfora, es buena. Se refiere a esos efectos duraderos, que son visibles incluso cuando la enfermedad original ya se ha superado y que te acompañan toda la vida, como un recordatorio del daño recibido.

En economía, las cicatrices también se ven durante años, incluso cuando la crisis es sólo un recuerdo lejano. Portes, en un artículo muy conciso, pero interesantísimo (el que pueda leerlo en inglés, lo agradecerá), describe cuáles son los principales retos a los que nos enfrentamos en estos meses. Hay consecuencias de corto plazo (muy llamativos y que nos empujan a la acción) pero casi son más peligrosas las que permanecen durante años, quizás bajo la superficie, sin hacer mucho ruido, pero causando un daño persistente y profundo.

No es el único que nos ha advertido al respecto: aquí, por ejemplo, Tim Harford en el Financial Times, apuesta porque habrá sectores que nunca se recuperarán tras estos meses y nos recuerda que los jóvenes que terminan sus estudios durante una crisis acumulan salarios peores y más períodos de desempleo que los que se incorporaron al mercado laboral unos años antes o después.

En el caso español, además, llueve sobre mojado. Apenas estábamos saliendo de la anterior crisis… cuando nos arrasa la marea del Covid-19. Y, como explicábamos este sábado, tiene toda la pinta de que seremos uno de los países ricos en el que el desplome de la actividad sea más importante, la recuperación menos pronunciada y la vuelta al nivel pre-crisis se alargue más (posiblemente nos veamos, otra vez, peleando con Italia y Grecia por no ser el farolillo rojo europeo en cada clasificación).

Las cicatrices

– Desempleo y coste a largo plazo: cuando nos enfrentamos al paro, la obsesión se dirige a la pérdida de rentas y a la propia pérdida del puesto de trabajo.

Ambos efectos son importantes, pero a veces hacen que nos olvidemos de las derivadas a medio-largo plazo. Imaginemos una máquina de una fábrica que no se usa: poco a poco, se oxida, acumula porquería, no actualiza su software con las nuevas versiones… Pues en el caso del capital humano, pasa algo parecido. Un trabajador sin empleo se descapitaliza también: pierde habilidades técnicas (uso de conocimientos específicos de su puesto de trabajo) y no técnicas (trabajo en equipo, hábitos de trabajo, contactos en el sector, conocimiento de clientes y proveedores…)

En alguna ocasión lo hemos comentado, sobre todo en relación a la anterior crisis (aquí un artículo de 2013 sobre lo que se estaba viviendo en el mercado laboral español y aquí otro de 2019 sobre los efectos una década después de comenzar aquella): a las personas que no tienen un empleo les cuesta encontrar un nuevo trabajo… porque no tienen un empleo. Y no es un juego de palabras: si cogemos a dos personas con características profesionales similares (edad, estudios, preparación, experiencia…) y que sólo se diferencien en que uno está en paro y el otro ocupado, éste último tiene muchísimas más posibilidades de encontrar otro trabajo, seguir en el mercado laboral un año después, cobrar más, tener una carrera laboral normal, etc.

Además, debemos tener en cuenta que en los primeros meses después de perder un empleo, reincorporarse al mercado laboral es relativamente sencillo. Pero una vez que superamos los 6-12 meses como parados, esa misma situación de desempleo se vuelve un muro muy complicado de superar: en parte, por esa descapitalización de la que hablábamos.

– Experiencia-conocimientos desperdiciados: imaginemos ahora un trabajador que lleva 15 años en una empresa turística. Este hombre ha dedicado mucho tiempo a formarse en (1) los procesos internos de la compañía (desde sus aplicaciones informáticas específicas, hasta la cultura de la empresa) y (2) las características de su sector (idiomas, conoce a clientes y proveedores, dinámicas del mercado, etc.). Podríamos decir que es un experto en lo suyo.

Si en una crisis la empresa cierra, buena parte del punto 1 ya no le servirá de nada: es productividad, formación, habilidades, etc. que se pierden. Y si la crisis es muy profunda y se ve obligado a buscar un empleo en otro ámbito, también la segunda parte puede no servirle de mucho. Lo lógico es que busque un empleo en el que poder poner en práctica parte de esta experiencia. Pero no siempre es tan fácil lograrlo Por eso, las crisis muchas veces son tan duras, porque destruyen parte de ese capital-habilidades-formación que tanto nos había costado acumular. Son un auténtico desperdicio de conocimientos que deberían seguir siendo útiles.

– El valor de las empresas que ya funcionan: poner una empresa en marcha no es fácil. No siempre valoramos los procesos, automatismos, sinergias, experiencia acumulada entre los diferentes actores que conforman una empresa… Al final, ésa es la idea en cualquier empresa: que sus integrantes produzcan más como organización que como suma de individuos.

Por no hablar de su posición dentro de un proceso productivo más amplio: las empresas forman parte de una red de complejísimas relaciones con proveedores, clientes, competidores… de todas las partes del mundo.

Es verdad que por una parte los recién llegados tienen más flexibilidad, pero por otra hay numerosos ajustes que hacer para maximizar su eficiencia. Una crisis puede llevarse por delante negocios viables que sean bastante eficientes en esos procesos. Y todo ese valor ya creado y que se pierde será muy complicado de recuperar.

– Educación e inversión empresarial: pasaremos casi de puntillas por aquí, porque cada uno de estos puntos nos daría para un artículo. Pero está claro que el cierre de colegios y universidades afectará a los que lo sufran, perjudicando sus posibilidades futuras (éste efecto a largo plazo es también el más preocupante).

Y también que la caída en la inversión empresarial (todos los gastos no esenciales se pospondrán) dañará la capacidad de crecimiento futuro.

Flexibilidad y adaptación

El escenario es complejo. Por una parte, estamos diciendo que hay sectores-empresas que serán inviables tras la crisis. Porque los gustos y los patrones sociales han cambiado y ya no volverán. No tendría sentido que siguiéramos haciendo carromatos como en 1890, porque los consumidores ya no los quieren. No nos debería dar miedo, porque esa destrucción creativa es la que nos ha permitido crecer en los últimos 300 años. Por otro lado, no queremos descapitalizarnos, cerrando empresas o expulsando del mercado a trabajadores que sean productivos y viables una vez la situación sanitaria se resuelva (cerrar esas empresas equivale a ese desperdicio del que hemos hablado a lo largo de todo el artículo).

Sobre esta cuestión todos estamos más o menos de acuerdo en la teoría: a todos nos preocupa los efectos más palpables de la crisis (desempleo, desplome de la actividad…) pero nadie dice “hay que olvidarse de las consecuencias a largo plazo”. El problema es que, a la hora de diseñar políticas, normalmente predomina la tendencia a centrarse en el próximo dato del paro, del PIB o del déficit; y a olvidarse de poner las bases para un crecimiento más sostenible a medio plazo. En realidad, los dos objetivos deberían ser compatibles: (1) Contener la hemorragia ahora, facilitando liquidez a las empresas para que no cierren negocios viables por no poder hacer frente a los vencimientos a corto plazo. (2) No olvidar que el mundo ha cambiado en algunos aspectos para siempre y que aferrarse a la estructura productiva de diciembre de 2019 es un error: hay sectores que ya nunca se recuperarán y otros que ganarán importancia (la clave es permitir y no entorpecer que cierren los menos solventes de aquellos e incentivar que las inversiones se dirijan hacia estos).

Incluso, podemos pensar que las crisis son también una oportunidad y no deberíamos tener miedo a que desaparezcan los negocios menos eficientes o que ya no encajen con las preferencias de los consumidores. Lo estamos viendo en los últimos meses: desarrollo de nuevas tecnologías, consumidores más conscientes de sus gastos, nuevos nichos de mercado…

Las malas noticias es que España parece estar especialmente mal preparada para esta coyuntura. Por un lado, por un fenómeno del que no somos culpables, pero que nos penaliza: en el proceso de especialización que vive el mundo, nosotros hemos ido volcándonos cada vez más en el sector turístico. Éramos (somos) los mejores en eso y tiene sentido que haya acaparado muchos recursos (por ejemplo, en este artículo en Nada es Gratis, Libertad González y Tanya Surovtseva nos muestran cómo el porcentaje de empleo en este sector se ha disparado en toda España en las últimas dos décadas).

Pero, además, porque carecemos de esa flexibilidad que se necesita para enfrentarnos a ese nuevo mundo que se intuye tras la crisis y que está lleno de posibilidades: ni flexibilidad legal (tenemos mercados, sobre todo el laboral, pero no sólo, muy regulados y rígidos); ni flexibilidad formativa (sistemas educativos poco adaptados a las necesidades de la nueva economía, lejanía entre la universidad y la empresa, escasísima formación continua de los trabajadores en activo…); ni flexibilidad social (somos reacios a los cambios, movilidad geográfica reducida, alto peso de la vivienda en propiedad…).

Dice Portes que a largo plazo lo más importante para determinar el crecimiento futuro será el capital humano de cada trabajador, para que sea capaz de ir adaptándose a las necesidades que surjan por el camino. Pues bien, tampoco aquí, en España, tenemos demasiadas buenas noticias que ofrecer.

Señales de una recuperación pobre

“It’s getting better all the time (can´t get much worse)”. Paul McCartney.

La euforia con la que la propaganda gubernamental recibió los datos de paro de julio contrasta con la realidad de una recuperación lenta, endeudada y frágil. España cierra julio con la tasa de paro más alta de la Unión Europea, mayor incluso que en Grecia. El paro bajaba en julio en 89.849 personas, tras subir 5.107 personas en junio, 26.573 personas en mayo, 282.891 en abril y 302.265 parados en marzo.

La “histórica” cifra (“el mejor julio desde 1997”, según el gobierno) es en realidad muy similar a la de julio de 2016, cuando el paro cayó en 83.993 personas en un entorno de creación de empleo continuada. En julio de 2016, además, el número total de desempleados inscritos en las listas del Servicio Público de Empleo era el número más bajo desde agosto de 2009.

Curiosamente, la izquierda atacaba esas cifras en 2016 como terribles y ahora se lanza a la euforia con 3.773.034 desempleados (excluyendo ERTE). Tras dos meses completos de reapertura, en España aún hay 298.396 empresas y 1,35 millones de trabajadores en un ERTE y 1,5 millones de autónomos continúan percibiendo algún tipo de prestación por cese de actividad.

Un desastre de empleo sin precedentes que se enfrenta a un otoño muy difícil. Entre septiembre y octubre va a ser difícil que se sigan maquillando las cifras de desempleo si se acaban los ERTE y se convierten en desempleo oficial y a ello se une el cierre empresarial de tantos negocios que están sufriendo en la peor temporada turística en mucho tiempo y los que no pueden sobrevivir ante el aumento de costes y acumulación de impuestos en un entorno de ventas simplemente ruinoso.

Es aterrador que no se preste atención a la pérdida de empresas. En España, en junio de 2020, tenemos 131.399 empresas menos que en junio de 2019. La destrucción de empresas significa menos empleo, menos crecimiento, menos inversión y menos capacidad de recuperación. Se han destruido 85 grandes empresas desde junio de 2019. Un gobierno que se pasa el día atacando a las “grandes corporaciones” y las “grandes empresas” solo por serlo, debería estar avergonzado de usar ese subterfugio populista en un país que solo tiene 2.282 empresas de más de 500 trabajadores. 

Los populistas que repiten constantemente la mentira de que España es un paraíso fiscal para las grandes empresas deberían responder a las siguientes preguntas: Si España es un paraíso fiscal para las grandes empresas, ¿por qué tenemos tan pocas, cada vez menos y además son más pequeñas que las de otros países de nuestro entorno? 

Vivimos una crisis que es mucho más que una mala temporada turística. Vivimos una crisis de pérdida de confianza en la seguridad jurídica de nuestro país y está afectando a la inmensa mayoría de sectores incluso en la reapertura. Otros países con una alta exposición al turismo caen menos en el segundo trimestre, incluso en el semestre, y con menos paro.

A principios de verano, la previsión era que España recibiría 50 millones de turistas menos que en 2019. La inexistente gestión diplomática y gubernamental ante los rebrotes y los anuncios de cuarentena de diversos países empeoran ya las cifras en otros 4 millones menos.

La demonización del sector turístico, que es el mejor embajador de España, generador de riqueza, de valor añadido y tarjeta de presentación de nuestro país ante el mundo ha llevado al gobierno a abandonar un pilar clave de nuestra recuperación desoyendo las llamadas del sector ante lo que era una debacle sin precedentes. Pero el gobierno prefirió continuar dando mensajes contradictorios.

En el mismo día en el que la ministra de Exteriores intentaba negociar con Reino Unido la cuarentena anunciada, Fernando Simón se convertía en tendencia nacional diciendo en público: “Que Reino Unido exija una cuarentena a cualquier persona que venga de España, en cierto modo nos favorece porque desincentiva el que venga gente de Reino Unido”.

La compraventa de viviendas retrocedió un 34,3% el pasado mes de junio con relación al mismo mes de 2019. Cuatro meses consecutivos de tasas interanuales negativas después de haber caído en marzo un 18,6%, en abril un 39,2% y en mayo un 53,7%.

No solo es el turismo o el sector inmobiliario. El automóvil, el sector exportador, la industria manufacturera y el sector servicios sitúan la recuperación de España, según los indicadores adelantados del Ministerio de Economía y los datos de alta frecuencia recopilados por Bloomberg como “la recuperación más lenta de la eurozona”. 

El gran problema es que caigamos en la autocomplacencia ante datos que, como el del paro de julio, solo muestran un rebote técnico, el efecto base. El índice manufacturero (PMI de la consultora Markit) mostraba expansión en la última medición para el mes de julio porque, como el resto de Europa, refleja el cambio de un mes a otro. No implica volver a los niveles de febrero ni mucho menos.

Pero lo que más preocupa de ese índice es que, ya con casi tres meses de apertura, una nota clave “fue la nueva destrucción de empleo (en julio) ya que las empresas continúan operando muy por debajo de sus capacidades” y “la confianza con respecto del futuro también se mantuvo moderada”.

El gobierno se ha dado cuenta del efecto devastador para la recuperación que tendría la subida de impuestos con la que llevan amenazando desde hace meses. Sin embargo, en vez de reconocer su error y la realidad de que el efecto en recaudación, empleo y crecimiento sería negativo, solo se les ocurre reiterar que llevarán a cabo la enorme subida de impuestos, en 2023.

Imaginen cualquier inversor que esté pensando en invertir a largo plazo en España. No solo confirma el gobierno que la recuperación del PIB oficial estimado no se dará al menos hasta 2023, sino que hunde el apetito inversor diciendo que el hachazo fiscal llegará cuando nos recuperemos.

Necesitamos urgentemente medidas de oferta serias, un plan nacional de atracción de inversión y empleo que no considere a los creadores de empleo como cajeros automáticos. Todos los datos que hemos mostrado se pueden mejorar, y España puede ser un ejemplo de salida de la crisis. Esa salida de este desastre se dará si no se fortalece urgentemente la seguridad inversora y jurídica.

¿Ha funcionado la estrategia sueca contra el coronavirus?

La gestión sueca de la pandemia ha sido uno de los modelos propugnados por todos aquellos que se oponían a las medidas centralizada de distanciamiento social. A la postre, el gobierno sueco no ha confinado a la población en sus domicilios y apenas ha restringido las interacciones sociales de sus ciudadanos. La lógica parecía clara: el país nórdico optaba por salvar su economía (o, más en general, la normalidad de la vida social) aun cuando decidiera sacrificar la vida de algunos de sus ciudadanos. Pero no parece que la estrategia haya funcionado especialmente bien. No solo porque las pérdidas humanas han sido muy notables: el número de muertos por millón de habitantes en Suecia es de 570, frente a los 106 de Dinamarca, 60 de Finlandia o 47 de Noruega. Si la estrategia sueca tampoco ha funcionado es porque su economía ha experimentado una dura caída durante el segundo trimestre: en concreto, su PIB se ha desmoronado un 8,2%.

Ciertamente, la caída de Suecia es bastante menos intensa que la de España, pero se prevé que sea similar a la de otros países nórdicos (por ejemplo, el PIB de Noruega descendió un 7,1% en los tres meses que transcurrieron desde marzo a mayo). En tal caso, Suecia habría sufrido muchas más muertes por el coronavirus sin ni siquiera tener el consuelo de haber salvado su economía. Pero, ¿cómo es posible que la economía sueca haya caído un 8,2% sin que su gobierno haya impuesto medidas de distanciamiento social? Parte de la explicación desde luego se debe al colapso del resto de economías mundiales: si todos tus socios comerciales se paran, tú también te paras. Pero esta exposición resulta incompleta, dado que, de ser válida, deberíamos observar caídas comparativamente más drásticas del PIB en Dinamarca, Finlandia o Noruega (países que no solo se habrían enfrentado al desmoronamiento de sus socios comerciales, sino a sus hibernaciones económicas internas). ¿Qué es, entonces, lo que ha sucedido?

Uno de los asuntos peor entendidos acerca de los efectos económicos de esta pandemia es que la caída del PIB viene provocada no principalmente por las medidas de distanciamiento social que los gobiernos han adoptado para combatir la propagación del patógeno, sino por la reacción espontánea de los ciudadanos para protegerse del mismo. Que un gobierno decida no tomar ninguna medida no significa que sus ciudadanos no vayan a reaccionar de ningún modo para minimizar el riesgo de contagiarse. ¿Y cómo pueden los ciudadanos reaccionar para minimizar el riesgo de contagio? Reduciendo por su cuenta el número de sus interacciones sociales diarias. Este distanciamiento social voluntario (ejercido por los ciudadanos y no forzado por el gobierno) también repercute negativamente sobre la economía por dos vías: reduce las actividades de producción social (por ejemplo, menor afluencia a centros de trabajo) y reduce las actividades de consumo social (por ejemplo, menor afluencia a bares o restaurantes).

En el siguiente gráfico podemos observar cuánto disminuyó la movilidad social de suecos, españoles y daneses desde mediados de marzo a finales de abril con respecto al mes de enero. Nuestro país fue el que más contrajo su movilidad hacia centros de ocio, supermercados, transporte público o centros de trabajo, por cuanto el confinamiento fue mucho más duro que en otras partes de Europa (y lo fue porque también se permitió inicialmente que el virus penetrara en nuestra sociedad con mucha más crudeza). Sin embargo, las diferencias de movilidad social entre Dinamarca y Suecia (la primera con medidas de distanciamiento social más estrictas que la segunda) son mucho menos acusadas, especialmente en lo relativo al uso de transportes públicos y a la asistencia a centros de trabajo.

Por consiguiente, que Suecia no decretara medidas de distanciamiento social no equivale a que los suecos no decidieran distanciarse socialmente para minimizar su riesgo de contagio. Y ese fuerte distanciamiento es el que ha hundido su PIB del segundo trimestre. Obviamente, el gobierno sueco podría haber forzado a que los ciudadanos se distanciaran todavía más de lo que ya lo hicieron y ello habría dañado a corto plazo a la economía en mayor medida. Pero existen al menos dos razones que podrían justificar la conveniencia de ese distanciamiento social adicional: primero, el número de vidas salvadas (ya hemos analizado la notable diferencia entre Suecia y sus vecinos nórdicos); segundo, si profundizando en el distanciamiento social se acelera el regreso a la normalidad, una mayor caída a corto plazo podría verse compensada por una subsiguiente recuperación más rápida (desde mediados de junio a finales de julio, por ejemplo, la movilidad social hacia centros de ocio es un 19% superior en Dinamarca de lo que lo era en enero, frente a solo un 1% en Suecia; asimismo, el uso del transporte público solo ha caído un 5% en Dinamarca, frente al 12% en Suecia).

Habrá que esperar varios trimestres hasta poder emitir un juicio definitivo sobre los resultados de la estrategia sueca pero, de momento, no resultan muy esperanzadores: más muertos y misma ruina que sus vecinos.

La mirada parcial de María Jesús Montero

“Lo peor de la situación económica ha pasado, después de la pandemia hemos tenido un terremoto económico, que ha sido durante los meses de abril mayo, y que ya afortunadamente estos trimestres han vencido, ahora estamos trabajando en recuperar todos los sectores”. Ésta es la transcripción de las declaraciones de María Jesús Montero, ministra de hacienda y portavoz del Gobierno de España.

Estas declaraciones asumen que “lo peor” de la situación económica es la inactividad empresarial, la paralización absoluta de la economía que hemos sufrido de marzo a junio. En ese sentido, las afirmaciones de la ministra son ciertas. Pero no es realista. Porque Montero supone que las empresas han parado y sus cuentas se han mantenido indemnes. Y no ha sido así: durante el parón ha habido pérdidas y destrucción empresarial, y los ERTE solamente han enmascarado un desempleo catastrófico. No ha pasado lo peor. Ha pasado la inactividad.

¿Cuál es el error de base? Mirar solamente a un lado, y de refilón. En este caso, al lado de la oferta. Efectivamente, la industria manufacturera va a mejor en julio, y la subida del PMI (Índice de Precios de Manufacturas) ha sido muy intensa. Pero no ha recuperado la caída sufrida desde marzo. Podemos anunciar este hecho de muchas maneras. Podemos señalar que no hemos vuelto al punto en el que estábamos o, por el contrario, comparar el crecimiento de julio con el pasado y descubrir que el dato es el más elevado desde la crisis del 2008. En ninguno de los dos casos nuestro análisis es completo.

En primer lugar, el PMI mide las condiciones relativas al mes anterior, y no la magnitud del cambio. Al igual que sucede con las tasas de crecimiento mensuales y trimestrales, cuando la actividad cae tan bruscamente, como lo ha hecho, la etapa inicial de recuperación siempre se verá muy drástica cuando se mida en tasas de crecimiento. Y de ahí, el aumento a 53,3 desde el 30,8 que llegó a alcanzar, en los PMI de hoy, en toda Europa.

En segundo lugar, hay que mirar otros indicadores: la confianza del consumidor, el cierre empresarial y el desempleo no son buenos. Nos dice mucho de la sobrecapacidad y de lo que nos viene: más paro. Y aquí es muy relevante tener en cuenta la sangría del sector turístico que estamos padeciendo, precisamente, en el mes estrella del sector. Veintiocho millones de turistas menos que el año pasado hasta junio, y una caída enorme en el gasto por turista.

Cada vez más voces apuntan a cambiar el modelo productivo. Sustituir el turismo por la investigación y la industria. Como quien cambia de zapatos. Y no es tan sencillo. La estructura económica de un país es el resultado de muchos años de maduración y su cambio implica capacidad innovadora, flexibilidad en el mercado laboral, una demanda (nacional o internacional) robusta y, sobre todo, voluntad política. La estructura empresarial no puede evolucionar si no hay incentivos al ahorro y la inversión. Y ahí se acaba todo: estamos en un país donde el gobierno remunera el gasto y penaliza el ahorro.

Por eso, abandonar el sector turístico de repente, o proclamar lo terrible que es vivir de un sector dependiente es muy negativo. Por supuesto que lo mejor sería dedicarnos a exportar petróleo, pero no puede ser. Tampoco las políticas del gobierno favorecen el desarrollo de nuestras industrias, que las hay. Ni crea un clima adecuado para la creación de empresas sólidas que crezcan y se consoliden. Mientras eso sea así, seguiremos atados al turismo.

Por otro lado, hay que mirar el lado de la demanda. Hace unos días, el economista Manuel Hidalgo era censurado en Twitter por explicar el ciclo renta-gasto, que se explica en primero de licenciatura en Economía y en Empresariales, y que es una herramienta que ayuda a explicar algunas cosas. Para calmar a quienes le llamaron keynesiano, debo apuntar que fueron los fisiócratas los primeros que esbozaron el análisis renta gasto, a mediados del siglo XVIII. Que el instrumento se utilice de mejor manera o de peor manera depende de la persona que lo use.

Manuel Hidalgo explicaba, de manera muy general, que la renta de la economía se distribuye en rentas del trabajo, excedente bruto de explotación, impuestos y rentas a factores extranjeros. Él estaba mostrando que el PIB se genera a partir de una estructura productiva. En sus propias palabras, es “la expresión de nuestra capacidad de producir, de generar rentas en un momento dado”. Y que, por tanto, la caída del 18% de nuestro PIB se refiere a la capacidad de producir hoy, no a la capacidad de producir en términos absolutos.

Por supuesto, no es que no haya habido destrucción empresarial, sino que no toda la caída del PIB implica destrucción económica. En qué porcentaje la caída responde a una cosa o a la otra, es una cuestión que aún no podemos analizar.

Sin embargo, del análisis de Hidalgo queda muy claro qué sucede cuando cae la capacidad productiva y suben los impuestos. Las demás partidas se van a ver perjudicadas, también las rentas del trabajo. Vamos a vivir peor todos. Un panorama nada esperanzador.

En estas circunstancias, la mirada parcial de María Jesús Montero escuece a quienes nos dedicamos a mirar la realidad económica sin intereses políticos. Y debe doler mucho a los empresarios que han echado el cierre, a los trabajadores despedidos, a quienes están en un ERTE y saben que vana engrosar las cifras del paro, a quienes, desde este verano tórrido, contemplan el otoño sin esperanza.

No, ministra, lo peor no ha pasado.

El Juan de Mariana destaca el rol de la solidaridad privada frente a la covid-19

El Instituto Juan de Mariana, think tank liberal con sede en Madrid, ha lanzado esta semana una página web dedicada a recoger las iniciativas de solidaridad mostradas por el sector privado durante la crisis del coronavirus en España. La entidad ha querido destacar de esta forma el esfuerzo realizado por empresas y sociedad civil en un contexto marcado por la nefasta gestión sanitaria y económica del gobierno.

Desde el IJM destacan que “la pandemia provocada por la covid-19 representa un desafío único por su carácter natural y las consecuencias sociales y económicas que ha tenido en todo el mundo. Una pandemia provocada por una enfermedad relativamente desconocida, que además puede hacer a los infectados desarrollar o no síntomas, se ha escapado del control de individuos y comunidades. Y también, cómo no, de sus representantes públicos”.

“En España, país en el que el virus se ha cobrado la vida de muchísima gente -una cifra que puede rondar las 50.000 personas-, hemos visto a un Gobierno lento, exhausto y poco transparente. Hemos vivido momentos de colapso del sistema sanitario en cuanto a disponibilidad de UCI o de EPI. Sin embargo, también hemos contado con una ciudadanía más comprometida que nunca, que ha respondido mejor y de forma más rápida y espontánea”, subraya el think tank.

“Muchas personas se han quedado sin empleo o han visto disminuidos sus ingresos de forma considerable y otras han visto incrementadas su jornada laboral o la peligrosidad asociada a su trabajo para dar respuesta a las necesidades ciudadanas. Pero cuando los recursos son escasos y la sociedad pasa por momentos duros, la solidaridad privada florece con más fuerza que nunca. Entretenimiento desde los balcones, donaciones monetarias y en especie o transporte de material sanitario de las grandes empresas, pasando por las comunidades de vecinos organizadas para hacer la compra a personas vulnerables, han sido algunas de las iniciativas de solidaridad que tanto el mundo empresarial como la sociedad civil han realizado para hacer frente a la crisis del coronavirus. Ejemplos de nuestro gran capital social y del poder de las redes comunitarias en tiempos de crisis”, apunta el comunicado de la institución liberal.

Según destacan, “los ciudadanos, pese a las dificultades o la distancia social, no dudaron en ponerse a trabajar y en ofrecer valor allí donde el Gobierno no llegaba o no se ocupaba. Y como no puede ser de otra forma, internet, las redes sociales y las nuevas tecnologías han sido el aliado perfecto. Estas herramientas han servido para mantener esos lazos sociales, generar nuevos y coordinar el apoyo para los más necesitados. Y desde el Instituto Juan de Mariana queremos poner esto en valor”.

La web del IJM recoge de esta forma más de mil iniciativas que sintetizan el esmerado empeño de empresas y familias por paliar la incapacidad exhibida por las Administraciones Públicas durante los meses más duros de la crisis sanitaria.

Las claves de la solidaridad privada

Tras realizar un análisis preliminar de lo que ha caracterizado la acción solidaria en España durante este tiempo, el IJM subraya lo siguiente:

  • “Por el momento hemos recopilado un total de 1.000 iniciativas de las cuales el 24% provienen del sector de los servicios financieros (bancos, aseguradoras, fondos de inversión, etc.), un 16,7% de alimentación y distribución y un 6% respectivamente de las tecnologías de la información y la comunicación y la industria química y farmacéutica”.
  • “La gran mayoría de iniciativas (un 67,5%) provienen de organizaciones grandes o multinacionales. Sin embargo, el número de iniciativas llevadas a cabo por micro organizaciones es bastante significativo (alrededor de un 15%)”.
  • “La donación de material sanitario ha sido el tipo de iniciativa más frecuente, algo evidente ante la escasez de EPIs que hemos sufrido durante los meses más críticos de la pandemia”.
  • “La gran mayoría de iniciativas han sido llevadas a cabo por empresas (un 80%), puesto que generalmente estas tienen mayor capacidad económica y de recursos humanos que las asociaciones o fundaciones”.
  • “La gran mayoría de iniciativas han sido también en especie, representando alrededor del 80%”.

Iván Redondo, el poder sin velos

Iván Redondo despierta una admiración sin aristas. Su inteligencia descuella sobre las demás, y quienes le han conocido no dejan de señalarlo. “Nunca he tenido a un alumno más brillante que Iván”, reconoce otra Rosa Díez. “Tiene una enorme intuición y una capacidad de trabajo asombrosa”, dice Iñaki Oyarzábal con asombro a Manuel Jabois. Los políticos abren la boca y los ojos ante su nombre. Casi se palpa su emoción. Parece ver el fondo del río de aguas turbias que separa a la opinión pública del acceso al poder, y Redondo fuera el único hombre capaz de vadearlo.

Muestra una humildad sin igual. ¡Y qué joven es! ¡Qué futuro le espera! Aunque yo creo que después de llevar al poder a Pedro Sánchez, alguien con la inteligencia de un maniquí y una honradez sólo comparable a la del vicepresidente Iglesias, ya no puede ir mucho más allá. El currículo de Redondo se engrandecerá con consejos de administración de grandes empresas, cursos de comunicación política en escuelas de negocios, y la creación de una gran fundación que alertará sobre los peligros del cambio climático y la corrupción política. Con los medios de comunicación a sus pies. En realidad, quien le ha definido con acierto sin el asombro y la emoción de sus potenciales clientes, es Javier Benegas.

Por todo ello, se me hacen fríos los elogios que recibe el analista político. Todavía no ha recibido en España el reconocimiento que merece. Sí, se ha abusado del tópico de Maquiavelo, y el de los hilos colgando de sus dedos. Pero lo interesante de Redondo es que observa la política como un geólogo el movimiento de las placas tectónicas. O, más bien como un etólogo. Ve la política con un realismo sin contemplaciones. Es, siempre lo ha sido, un juego en el que unos viven a costa de otros, y quien decide los premios es quien ejerce el poder. El objetivo es alcanzarlo y controlarlo. Es un juego sucio, y hay que revestirlo de justicia social, progreso, cuidado del medio ambiente y demás señuelos. Y encajar el dramatis personae en un esquema muy sencillo de buenos y malos; algo que pueda expresar un contertulio con cierta soltura, y que pueda entender cualquiera viendo un telediario.

Los términos del juego son esos. El acceso y el uso del poder, el manejo de la maleada opinión pública, el apoyo en ciertos grupos organizados y sectores cuyo coste no sea muy oneroso, y poco más. Define la política como “el arte de lo invisible”, en una reciente entrevista. Lo invisible es la política, ciertamente. Es lo que oculta la cancamusa de la comunicación política, de las ideologías que muestran qué grandes objetivos se pueden lograr desde el Estado, si están las personas adecuadas.

Dice en el mismo sitio: “Hemos acabado con los contrapoderes y los compartimentos estancos”, en referencia al funcionamiento de la Moncloa. Así de fácil. No ha tenido que recurrir a describir un “Estado profundo”, como ha hecho la derecha estadounidense. Un poder libre de condicionamientos, que gire en el vacío para moverse sin obstáculos. ¡Sin contrapoderes, es decir!

La información del diario El País es un retraso en el que no sólo se oye su voz. Una de ellas desvela alguno de los elementos de la estrategia de Redondo. Cuando habla de las iniciativas legislativas que se sucederán en la legislatura, precisa que tratarán “asuntos como la guerra cultural y la reforma de la Constitución”. La guerra cultural lleva a fijar los lindes de lo que es políticamente aceptable, para dejar fuera de juego a la España que no les vota. Y la reforma constitucional supone cambiar las reglas del juego, de nuevo para expulsar a una parte de la sociedad española.

Desde este lado, del lado del ciudadano, tenemos que hacer el esfuerzo de desembarazarnos de toda la hojarasca ideológica que viste al poder para ocultarnos lo que es: un reparto masivo de renta y riqueza a cambio de apoyos políticos a quien ejerce ese poder.

Pero ¿no falta algo? Falta, en todo esto, la comunidad política. Falta España. Falta tener en cuenta que hay valores que deben primar antes que la pura conveniencia política, como es la convivencia, la amistad civil, el respeto a cada uno independientemente de cuáles sean sus ideas. Falta la atención a los intereses de la mayoría de los ciudadanos a largo plazo. Faltamos los ciudadanos.