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Agricultores liberticidas

Protestan porque están presuntamente en ruina total y exigen soluciones políticas para sus gravísimos problemas: hacerse la víctima es una buena táctica para pedir ayudas y camuflar privilegios a costa del bolsillo del contribuyente. Parece que su actividad siempre está en crisis, no les resulta rentable y las diversas administraciones deben garantizar sus beneficios: ni hablar de libre mercado (derechos de propiedad e intercambios voluntarios) en el cual los que obtienen pérdidas deben aprender a hacerlo bien o simplemente abandonar el sector y dedicarse a otra cosa más provechosa. Gritan que nadie hace nada por ellos, que todo es inoperancia estatal, como si no hubieran oído hablar de la infame Política Agraria Común de la Unión Europea. No se cortan y reclaman justicia a todos los ministerios que haga falta: Agricultura, Industria, Comercio, Economía…

Denuncian las (según ellos) intolerables, desproporcionadas, injustificadas y crecientes diferencias que existen entre lo que perciben por la venta de sus productos y lo que paga el consumidor. Ellos son muchos, pobres, honestos y bien intencionados, pero los intermediarios, distribuidores y comerciantes organizados son unos pocos ricos, fuertes, manipuladores y tramposos que abusan de ellos e incluso les roban. Distraen la atención hablando de equilibrio y transparencia del mercado y libre competencia, de formación anómala de precios, para así tratar de excusar la intervención coactiva del estado: en su propio beneficio, claro, pero asegurando de forma altruista que es una cuestión de justicia y que también es por el bien de los consumidores engañados (que somos todos y pagamos demasiado por la comida). Si están seguros de que los márgenes de otros participantes en la cadena de distribución de alimentos son tan grandes, podrían utilizar el poco espíritu empresarial que tengan para entrar en esos sectores y enriquecerse sin límite. Pero no lo hacen, ¿por qué será? ¿Tal vez hay mucho cuento en sus lloriqueos?

Se escandalizan porque cobran por sus productos lo mismo o incluso menos que hace años, como si tuvieran algún derecho especial a que se les garanticen precios estables o crecientes, independientemente de la oferta y la demanda, de los cambios de las preferencias de los consumidores, de los avances tecnológicos o de la competencia de otros productores (seguramente extranjeros y más dinámicos al no estar acomodados en la dependencia de la subvención y el arancel).

Algunos proponen, pretendiendo que son legítimas y respetuosas con los derechos de todos, diversas medidas liberticidas (muchas ya en vigor): limitar la producción (arrancar campos), garantías de precios de compra, limitar los precios de venta, limitar los beneficios de los intermediarios, limitar las importaciones e incluso prohibir la integración vertical del sector (que los productores comercialicen y los comerciantes produzcan). Creen que el hecho de que se haga en otros sectores les da derecho a exigir lo mismo en el suyo, pero las regulaciones coactivas limitadoras de la oferta o garantizadoras de beneficios son contrarias a la libertad en todos los ámbitos, y no se trata de extenderlas a todos sino de eliminarlas.

Algunos denuncian que el mercado agrícola está adulterado por los grandes comerciantes. Que no reciben ofertas de compradores, sino que tienen ellos que ofertar sus cosechas, y además deben pagar una comisión al intermediario. Que sus contratos de compraventa no son por escrito sino de palabra, que no se fija la fecha tope de recogida del producto por el comprador, que no se les indemniza si éste se estropea, que a veces ni se fijan precios en el contrato (se vende a resultas) ni fecha de pago. Podrían modernizarse y aprender a negociar mejor o integrarse en una cooperativa, pero tal vez no les gustan las condiciones, o las consideran ineficientes; lástima que no se animen a promover su propia cooperativa para demostrar que puede hacerse mejor. Quizás lo hacen lo mejor que pueden, pero desgraciadamente esto no siempre es suficiente para mantenerse en mercados libres y competitivos: por eso exigen privilegios protectores a costa de los demás. Cambiar de modo de vida, eso nunca.

El método de la ciencia económica y la predicción

El método siempre ha sido una de las grandes preocupaciones de la Escuela Austriaca, desde Carl Menger hasta Hans-Hermann Hoppe. En este sentido, la Escuela Austriaca siempre ha apostado por la metodología deductiva. Un científico económico sabe qué va a buscar. Sabe que el intercambio existe, que el hombre actúa o que los precios varían en el tiempo; pero no sabe por qué se producen. La metodología deductiva es la que nos va a dibujar este complejo mapa.

Por el contrario, la metodología inductiva nos sirve para descubrir aquello que no conocemos. Es el método de las ciencias naturales o físicas. Aplicada a la economía, no es una técnica de investigación acertada ya que no nos revela respuestas universales, necesarias ni atemporales. Todo y así, en ocasiones algunos autores de la Escuela Austriaca han ido demasiado lejos en la crítica al inductivismo. A modo de ejemplo, podemos ver las críticas que Murray Rothbard hizo en su gran libro Making Economic Sense (versión en formato tradicional) a la teoría del caos, la estadística matemática y, en otros ensayos, a diferentes sistemas alternativos de predicción financiera como el análisis técnico.

Hay dos conceptos que se han de distinguir. Una cosa es la ciencia económica y otra el arte de hacer buenos negocios. Lo que nos resulta útil en un caso, no suele serlo en el otro. Aunque a veces se parezcan, o así quieran mostrarlo sus creadores, las finalidades son diferentes. Veamos un ejemplo. Tomemos una de las teorías básicas del Análisis Técnico, la Teoría de Dow. Sus primeras conclusiones son que el mercado se mueve esencialmente en tres escenarios temporales diferentes.

En el primero, que podemos llamar de acumulación, es el producido después de una mala situación económica. En este momento los tipos de interés son bajos y esto estimula a las empresas a invertir, especialmente a aquellos negocios sensibles a los tipos como las eléctricas, empresas de autopistas y las denominadas, en líneas generales, utilities. La segunda, que es la fundamental, es aquella donde la economía avanza de forma uniforme, gradual y sostenida. Ahora las empresas se han podido financiar de forma sencilla gracias a los bajos tipos y crecen mediante inversiones, la bolsa sube. La tercera y última etapa es la especulativa, y es aquella que se produce cuando los tipos ya están subiendo (han dado la vuelta pues), la economía está en sus máximos y sólo suben y de forma muy acusada empresas de último nivel con fundamentales más que dudosos. En bolsa a estas empresas se las llama "chicarros" o "jaulas de oro" si son especialmente poco líquidas. En esta época, también, la economía es un desorden: afloran los bonos basura, se producen numerosas OPVs y OPSs, los instrumentos de apalancamiento aumentan en volumen, aumentan las ampliaciones de capital de empresas muy pequeñas, la inflación sube, hay "dinero para todos", etc. Después de las tres fases, vienen las crisis. En mayor o menor grado.

La Teoría de Dow es muy similar a la Austriaca en algunos puntos, pero su metodología y justificación son totalmente diferentes. La Teoría de Dow marca pautas, niveles de precios y casuísticas concretas del mercado. La Teoría de los Ciclos Austriaca, que sólo se concentra en las crisis, no hace tal cosa. La razón es porque no tiene el mismo objetivo que pudo tener el señor Dow.

Los que usan la Teoría de Dow, Elliot, Números de Fibonacci, Teoría de Gann, de Benner u otros sistemas de predicción como la Tabla de Hamilton (o Áreas de Hamilton también) basada en la Teoría del Caos, modelo Black Scholes, etc. no pretenden innovar en la ciencia económica, sólo usan estas herramientas para ganar dinero adelantándose al mercado, al resto de inversores y a sus competidores, al igual que puede hacer una empresa de ropa para mujeres pagando un estudio de marketing entre amas de casa para saber qué tipo de ropa confeccionar el año que viene. En los dos casos, el del inversor y la empresa de ropa, el fin es el mismo: adelantarse al mercado para extraer así una ventaja competitiva con el resto de actores (o "agentes" en la nomenclatura neoclásica) basada en la información.

Tanto las teorías económicas inductivas como los estudios de marketing o cualquier estratégica de management, no son universales, necesarios ni atemporales. Sólo sirven en un momento y espacio concreto y, por lo tanto, no siempre funcionan.

No toda metodología es mala o buena en sí. Todo responde a la finalidad deseada. Para el estudio de las ciencias sociales, como la ciencia económica o economía política, sólo nos será útil la metodología deductiva; sabemos qué vamos a buscar. Pero para el management financiero o empresarial, que nada tiene que ver con la ciencia económica, tendremos que usar sistemas de tipo normalmente inductivo que nos muestren aquello que desconocemos, como aproximaciones a precios futuros o a tendencias globales del mercado, pero no de la economía.

Educación para la sodomía

Lo que no podíamos suponer es que la ministra cabrera (permítaseme omitir la mayúscula en el apellido, como le gusta a García Domínguez) iba a ser tan explícita sobre lo que va a hacer con nuestros chiquillos para convertirlos en votantes ejemplares del PSOE.

El material de apoyo de la asignatura es espléndido. Me refiero, claro, al magnífico estudio antropológico, de gran valor educativo, cuyo título reza Alí Baba y los cuarenta maricones (los progres y sus metáforas, siempre tan sutiles). Hojeando este documento esencial para la educación infantil veo a dos señores agachados junto a un burro especialmente bien dotado, haciendo cábalas sobre diámetros, longitudes y su proporción con ciertos orificios de llegada, cuyo estudio será sin duda de gran provecho para los niños que tengan el privilegio de trabajar con él en clase. No obstante lo anterior, los profesores deberán andar muy finos en sus explicaciones, pues hasta los niños saben que, a pesar de su complejidad, la anatomía humana es un sistema perfectamente estructurado, con unos orificios de entrada y otros de salida. El orto, precisamente, pertenece a este segundo grupo, así que a ver cómo logran hacer entender a las criaturas esta aparente contradicción en materia de tráfico rectal.

Cuando vea a su hijo jugando a cambiarle la ropa a los madelman o quedarse embobado viendo películas de gladiadores, puede usted estar completamente seguro de que la criatura va directa a la matrícula de honor en esta materia. La otra opción es declararse objetor a esta asignatura, haciendo constar que sólo arrancando a sus hijos de sus manos yertas podrá la autoridad educativa torturarles con semejantes cochinadas, que es lo que pienso hacer yo mismo llegado su momento. Porque una cosa es enseñar a los niños a respetar ciertas formas de vida, cosa que ya hacemos los padres normales, y otra muy distinta animarles a ponerlas en práctica a despecho de lo que opinen sus papás y mamás.

Por supuesto, los hijos de los altos cargos socialistas no van a "disfrutar" de las divertidas enseñanzas de esta novedosa asignatura, pues en su inmensa mayoría asisten a colegios privados de superlujo, preferentemente católicos. Allí, en lugar de las bondades de tomar por retambufa, los niños de los líderes de progreso aprenden álgebra, matemáticas, física o historia, que es la mejor educación para la ciudadanía que se ha inventado desde los griegos. Lo del multiculturalismo, la megatolerancia, el mestizaje y el mariquiteo está muy bien, pero para los niños de los obreros en los colegios públicos de los suburbios donde, precisamente, el PSOE tiene su mayor semillero de votos, cosa que, paradójicamente, parece preocuparme sólo a mí, que jamás he votado a la izquierda. Los hijos de las elites progresistas, a colegios de curas y después a una buena universidad privada de los Estados Unidos.

Pero no conviene sulfurarse demasiado con esas cuestiones. La LOGSE (y su siniestra secuela) ha sido una herramienta tan efectiva en la producción industrial de burricie académica que, por mucho que lo intente la ministra, ningún estudiante podrá repetir al terminar el bachillerato ni una sola línea de todo este material pedagógico con que ahora se les amenaza. Están tan inmunizados contra el conocimiento puro que lo más probable es que sientan un rechazo espontáneo cada vez que escuchen algún concepto de los que esmaltan el proyecto de ciudadanía que zapatero quiere grabar a fuego en sus alborotados cerebritos.

Y un apunte final acerca de la promoción festiva de la homosexualidad, en la que quizás no hayan caído los altos cargos del ministerio: la Iglesia Católica exige respeto para los homosexuales, el Islam los ahorca en una grúa y el comunismo los encarcela. ¿Incluirán también este pequeño detalle en el diseño curricular de la materia?

El deber

Una de las nociones éticas más importantes es el concepto de deber. Y desgraciadamente una de las peor comprendidas y utilizadas. Según la falacia naturalista, no se puede deducir lo que debe ser de lo que es. Pero esto es problemático: si con "lo que debe ser" se indica el contenido de las normas de conducta de las personas, es cierto que no basta con afirmar que todo "lo que es" (lo que alguien hace, o quizás una mayoría) es válido (no es lo mismo una descripción que una prescripción, las leyes son físicamente violables). Pero sí es posible investigar racionalmente qué normas son adecuadas para la convivencia social basándose en la naturaleza humana (lo que el ser humano es, con su racionalidad y sensibilidad limitadas) y en criterios de igualdad (universalidad, simetría) y funcionalidad (consecuencialismo). Y resulta que no hay deberes naturales: por defecto, nadie está obligado a nada simplemente por ser humano, solamente a respetar (de forma pasiva) los derechos de propiedad ajenos (principio de no agresión). Los deberes positivos legítimos (de hacer algo de forma activa) se obtienen mediante contratos, acuerdos legítimos mediante los cuales las partes se comprometen formalmente y que legitiman el uso de la fuerza más allá de la defensa propia y la justicia ante las agresiones delictivas.

El deber (u obligación) y la prohibición son nociones éticas complementarias que expresan que para la legitimidad de una acción la voluntad de la persona afectada es irrelevante: tiene que hacerlo o no puede hacerlo, independientemente de si quiere o no. Añadiendo la negación es posible relacionar estos dos conceptos: prohibido hacer algo es equivalente a es obligatorio no hacer ese algo; prohibido no hacer algo es equivalente a es obligatorio hacer ese algo. Pero cuidado: que algo no esté prohibido no implica que sea obligatorio, y que algo no sea obligatorio no implica que esté prohibido.

Algo diferente del concepto ético de deber es el sentimiento moral del deber o sentido del deber, la sensación mental subjetiva de incomodidad si no se hace algo que íntimamente se considera obligatorio y la correspondiente satisfacción del deber cumplido. Los sentimientos morales son evolutivamente adaptativos porque causan conductas que facilitan la cooperación y la solidaridad y cohesionan los grupos humanos. Pero los imperativos morales tienen ciertos peligros, sobre todo si son absolutos: sirven para manipular a las personas sin necesidad de darles órdenes directas (implantando en sus mentes esos imperativos que viven como valores propios incuestionables), pueden transformarse en obsesiones particulares autodestructivas, y pueden ser intolerantes y fomentar la violencia cuando una persona cree y siente intensamente que los demás deben compartir su idea del deber, indignándose si no es así.

Es inteligente reflexionar acerca de lo que uno hace simplemente porque cree que debe hacerlo: qué sentido tiene ese deber, qué resultados y costes tiene la acción que provoca, qué alternativas hay y por qué no se siguen. La conducta humana flexible no es la de un autómata simple irreflexivo que sólo sabe cumplir órdenes (externas o endógenas). No se trata de eliminar por completo el sentido del deber o vaciarlo de contenidos, sino de depurarlos, entenderlos y aprender a utilizarlos. Algunos deberes son simplemente la expresión de la necesidad técnica (tal vez desconocida) de un medio indispensable o necesario para alcanzar algún fin (quizás la supervivencia o la reproducción).

En la sociedad actual, colectivista e intervencionista, muchos hablan de forma abusiva del deber, mostrando su ignorancia o su falta de honradez e intentando restringir la libertad ajena. Muchos deseos particulares se camuflan como deberes impersonales ("hay que") u obligaciones colectivas ("tenemos que"): así parece que no son simplemente "yo quiero" (y además no admito que tú no lo quieras), o "yo ordeno", o "creo que esto es necesario" (pero en realidad no sé explicar por qué). Los políticos, gente habitualmente de escasos escrúpulos morales, afirman cumplir con su obligación y así se sienten moralmente superiores y ocultan su ambición de poder y control mediante la coacción.

Es perfectamente legítimo cuestionar y rechazar estas engañosas reclamaciones que sistemáticamente recibimos. Desgraciadamente la gente no suele hacerlo (o lo hace pero lanza otras a los demás), y por el contrario a menudo intenta escaquearse de los auténticos deberes: cumplir responsablemente con el trabajo o con los productos y servicios contratados.

Hazte rico o muere en el intento

Es irónico que el Gobierno nos diga que no hemos de obsesionarnos con el dinero cuando son los políticos quienes mayor amor desenfrenado sienten por nuestros billetes. No tiene ningún escrúpulo para expropiar nuestra producción con impuestos y multas; crean inflación para aumentar sus beneficios y entran unilateralmente en déficits que tendrán que pagar nuestros hijos, es decir, aquellos a quienes ahora adoctrinan.

También es sumamente irónico que el Gobierno se crea autorizado a dar clases de cómo hacer un uso responsable del dinero. Ningún Gobierno ha destacado por su responsabilidad económica precisamente. Como dijo Ronald Reagan, el Gobierno gasta el dinero como un marinero borracho. Luego tuvo que pedir disculpas a los marineros borrachos porque ellos, al menos, se gastan su propio dinero. Y es que el Estado tiene tanta autoridad moral para impartir valores como la mafia.

Como se suele decir, el dinero no da la felicidad, pero ayuda mucho. Si queremos que nuestros hijos sean personas prósperas hemos de hacerles ver que las cosas cuesta ganarlas. Cuando antes aprendan los niños que los logros provienen del esfuerzo y trabajo personal, antes estarán preparados para enfrentarse al mundo real y ser así unos triunfadores. Cuando antes se den cuenta que sus habilidades y aptitudes tienen un precio, más se esforzarán en servir a los demás y conseguir su justa recompensa económica mediante el intercambio pacífico del libre mercado.

Por el contrario, si siguen los mandatos educativos de Zapatero, lo único que aprenderán es a vivir de la mendicidad del Estado y a costa del trabajo de los demás. El actual Gobierno socialista quiere un futuro de funcionarios mentalmente estériles que sirvan al Estado como robots. ¿Así quiere ver a su hijo?

Veamos el ejemplo de un triunfador y cuán diferente era su punto de vista. André Kostolany era estudiante de Filosofía e Historia del Arte. Su padre le dijo que dejara los estudios y se pusiera a trabajar como bróker en París. Así lo hizo y empezó ofreciendo sus servicios gratuitamente. Tardó años en aprender cómo funcionaba el mundo de la bolsa y las finanzas. Además, se arruinó en diversas ocasiones llegando a pensar en el suicidio, pero su trabajo constante, su vitalidad y amor por el dinero le mantuvieron a flote. Afirmó que "el que quiere ser rico ha de estar hipnotizado por el dinero como una serpiente por su encantador", una de las claves de su éxito. Los valores de su padre y no del Gobierno, junto con su pasión por el triunfo financiero-empresarial le convirtieron en un hombre increíblemente rico y en alguien adorado por millones de personas que aspiran hoy día incluso a ser como él.

Probablemente, Kostolany, de estar educado en los valores de Zapatero y haber desoído a su padre, no habría sido más que un chupatintas de tres al cuarto en alguna universidad de Budapest. ¿Quiere ver a su hijo como un súbdito más, como un robot programado por el Estado, o como un moderno Kostolany con millones de euros, dólares y acciones en algún paraíso fiscal bien lejos de las zarpas del Gobierno?

La economía de la vivienda

Cualquiera que tuviera que describir a un extranjero la situación de la vivienda en España casi con seguridad resaltaría algunas características notables: la minúscula proporción de alquilados frente a propietarios (cerca de uno a nueve) en la forma de ocupar la vivienda, el deterioro del parque de viviendas en los cascos viejos de numerosas ciudades, la existencia de una bolsa de inmuebles desocupados de larga duración o el desorbitado precio de la vivienda tanto en términos de valoración de activos (más de treinta veces su rentabilidad anual por alquiler) como en términos de renta y salario medio (el número de años de sueldo íntegro que representa el precio de la vivienda está entre los primeros del mundo). Todo ello adornado con el significativo porcentaje que el coste del suelo representa en relación con dicho precio.

Lo triste de todo ello es que tal situación no es fruto de ningún imprevisible accidente, sino la conclusión económica lógica de décadas de intervenciones públicas con las más “nobles y sociales” intenciones posibles en los campos de la regulación de alquileres, el urbanismo, el patrón monetario y la regulación de los tipos interés. Más terrible aún si cabe es que ni políticos ni ciudadanos de a pie parecen tener conciencia cabal de ello y una mayoría de ellos sigue pensando que la solución está en nuevas dosis del veneno intervencionista.

Comenzando con la legislación de alquileres, los efectos de la regulación franquista que impuso precios máximos y prórrogas forzosas a los mismos produjeron, como estudió con maestría Joaquín Trigo Portela, una auténtica revolución en el régimen de ocupación de vivienda causada por la falta de disponibilidad de vivienda en alquiler. Efectivamente tan pronto como entró en vigor la nueva ley, la mayor parte de las viviendas que aún no estaban alquiladas y las que iban quedando libres de inquilinos desaparecieron de la oferta optando los dueños por dejarlas vacías en lugar de sufrir la expropiación de facto. A partir de entonces, la compra se convierte prácticamente en la única alternativa factible de acceder a la vivienda para las nuevas familias. Aunque la liberalización parcial de 1984 reanimó algo el mercado de alquiler, perviven elementos de desprotección del casero sobre los que no me extenderé, pues Francisco Moreno ya lidió brillantemente con ellos en un comentario anterior.

Asimismo, el notable deterioro del parque de viviendas, que a menudo los municipios programan rehabilitar con dinero del contribuyente, encuentra su origen en semejante legislación. La mengua en la rentabilidad del propietario y la seguridad de que el inquilino no abandonará el piso, pues el precio que paga es notablemente inferior al valor real de lo disfrutado, hace que el propietario reduzca el gasto en conservación y mejora. Ese fenómeno de barrios enteros sin rehabilitar y amenazando ruina que acompaña sistemáticamente y en cualquier lugar del mundo a los controles de alquileres ha sido reconocido incluso por los economistas menos amigos del mercado: “De hecho, y si se excluye un bombardeo, el control de alquileres parece en muchos casos ser la técnica más eficaz que se conoce para destruir ciudades, como lo muestra la situación de la vivienda en Nueva York”, Assar Lindbeck, La economía política de la nueva izquierda.

Además, la escasez de vivienda llevó a adoptar ulteriores intervenciones: los incentivos fiscales a la adquisición de vivienda que discriminan frente a otras formas de ahorro e inversión o la promoción de la vivienda pública generadora de agravios comparativos, corruptelas y, por necesidad, crónicamente incapaz de satisfacer toda la demanda.

Contemporáneamente con todas estas medidas, la segunda mitad del siglo XX fue testigo de la completa entronización del papel moneda gubernamental –y sistemáticamente envilecido– como signo monetario. También en este punto los particulares se vieron obligados a adaptarse a la situación. Conforme la gente observaba que mantener el ahorro a medio y largo plazo en papel moneda o renta fija era sinónimo de perderlo casi todo, fue creciente el porcentaje que huyó a los bienes reales y particularmente a los inmuebles urbanos donde encontraron más que decentes depósitos de valor para sus ahorros. Se ha convertido en un lugar común entre los españoles –a mi juicio, inexacto y peligroso con las valoraciones actuales– aquello de que “los pisos nunca bajan”.

La situación española del último lustro se ha visto agravada por la expansiva política monetaria del Banco Central Europeo que situó los tipos de interés en el entorno del 2% para “fomentar el crecimiento” en plena ebullición de la economía española. Será bueno recordar que esta intervención fue resultado de presiones políticas desde el campo más radicalmente keynesiano que denunciaba la independencia de los bancos centrales y su falta de sensibilidad social.

En último lugar, pero no menos importante, un urbanismo completamente hostil a cualquier liberalización del suelo y en general infectado de socialismo y ecologismo hasta el tuétano acaba por completar el desolador panorama. Baste como muestra de tales despropósitos la última promesa de la otrora liberal presidenta de la Comunidad de Madrid, que se apunta a aquello de “hiper-restringido el suelo ahora vamos a por el vuelo”.

Elecciones y libertades

La relación entre la libertad y la democracia, es sumamente compleja. Es evidente que cada vez que el pueblo vota decide quien gobierna, lo cual evita que los políticos se atornillen a sus sillones de por vida. Y esto supone, como indicó Popper, un método para cambiar de Gobierno evitando el derramamiento de sangre. No tener que aguantar a tiranos de cualquier signo, ya se llamen Franco o Castro, Hitler o Stalin, es un argumento incontestable a favor de la democracia. Pero ¿es acaso el único?

Esta pregunta nos obliga a plantear bajo qué presupuestos podemos juzgar la democracia. La premisa del liberal sería la libertad. Con la democracia, todos votan y prima la opinión de la mayoría. Si un porcentaje considerable de la población vota a un político que quiere prohibir trabajar más de 35 horas semanales, por mucho que el resto se oponga a que decidan por él cómo debe utilizar su tiempo y cuánto quiere trabajar, nada podrá hacer contra la voluntad popular. Supuestamente, los derechos individuales tendrían que ser los límites al ejercicio de la soberanía, pero estos derechos han sido constantemente restringidos y tergiversados, como cuando se constitucionaliza que el derecho de propiedad tiene un fin social o se define al Estado con adjetivos como social, o sea, socialista, es decir, contrario a los derechos individuales.

Los impuestos son otro de los asuntos donde se aprecia que la mayoría desea pagar pocos tributos pero defiende que los ricos soporten la mayor carga fiscal porque, al fin y al cabo, son los que más tienen. Por tanto, a esos se les debe exigir mucho más. Para hacernos una idea, ahora que estamos en plena campaña de la renta, recordemos que el IRPF es un impuesto progresivo que supone que un incremento de renta provoca un salto en el tipo impositivo de forma que se penaliza el esfuerzo. Luego, una vez más, la mayoría decide sobre nuestro tiempo, bien porque tenemos que trabajar más meses para el Estado o bien porque nos anima a que tengamos más ocio (para evitar que se disipe el dinero que podríamos haber cobrado por trabajar más).

Y qué decir de los servicios sociales, desde la Policía hasta la Sanidad, pasando por la educación. Se nos impone una seguridad insegura, una sanidad masificada y una educación lamentable que no prepara a los alumnos para desarrollar un trabajo. El coste es claramente brutal, no sólo en eficiencia sino también en libertades. Como decía irónicamente un economista argentino, sobre otra de las medidas propias del Estado Providencia, el "seguro de desempleo" equivale a "desempleo seguro".

Lamentablemente, no podemos escapar a esta telaraña que nos atrapa como moscas. La agonía no se percibe pues nos invade una especie de letargo en el que vivimos pensando en que este es el mejor de los mundos. Nuestro voto nunca puede contrarrestar semejante situación.

El sistema democrático establece un mecanismo de rotación de oligarquías que ofrecen demagogia y promesas tan vanas e imposibles, como las del PP y el PSOE en Madrid: hacer del Manzanares una playa, propuesta que recuerda a aquella con la que soñaba el socialista utópico Fourier, convertir los océanos en limonada. La idea sin duda, sería refrescante pero estúpida. Como otras tantas que los charlatanes nos han estado repitiendo. Alguna, como la que ha expresado Simancas de que si se vota al PP este partido privatizará el aire, es tan increíble como propia de quien se comió la rosquilla tonta de San Isidro.

Por otro lado, no podemos desdeñar el hecho de que la gente desconoce el funcionamiento mínimo de los impuestos, la distribución de las competencias entre las autonomías y el Gobierno central, el cupo vasco, la financiación de la sanidad y de la UE o qué son las aduanas. Es decir, la gente no invierte tiempo en controlar a los políticos que ha designado. Es más, desconoce la teoría económica básica por lo que acaba creyendo que los salarios mínimos, los controles de precios y la redistribución de la renta son los medios para alcanzar el bienestar social. Está claro que no todos pueden ser expertos en todo pero quizás tengamos cierta responsabilidad en la medida en que votamos, porque con nuestros votos podemos estar apoyando políticas dañinas para la sociedad. ¿Hasta qué punto recapacitamos? ¿Presionamos a nuestros políticos para que cejen en sus perniciosos empeños? La respuesta es un flagrante no. Ahora bien, seguro que a muchos se le ocurre que los grupos de presión son la manifestación de ese sentir. Desgraciadamente, se dedican a expandir ideas catastróficas y se esfuerzan en recabar más fondos, como sucede con los artistas, verdaderas plañideras a la caza de un canon más expoliador que cubra unas imaginarias ventas potenciales.

Si la democracia no consiste en un sistema apoyado en votantes conscientes que conocen, al menos en teoría, el funcionamiento del Gobierno y que dedican tiempo a informarse y analizar la realidad de forma sosegada, sino que más bien se dejan guiar por lo que sus padres les han dicho, lo que parece más moderno o progresista, entonces quizá lo que argumenta Bryan Caplan en su apasionante libro The myth of the rational voter sea cierto: la democracia es "un concurso de popularidad".

Probablemente este juicio sea erróneo porque hay mucha gente que se esfuerza en seguir la actualidad y estar al día de lo que pasa en el mundo, pero el peso marginal de un voto en unas elecciones es irrelevante. Deprime pensar que ningún político sea 100% liberal, aunque compre una de nuestras camisetas. Nuevamente, citando a Caplan, cabe sostener que "en elecciones con millones de votantes, los beneficios personales de aprender más sobre política son insignificantes porque un voto difícilmente cambiará el resultado. Entonces ¿por qué aprender?"

La solución a este drama sería aumentar los ámbitos en los que prime la libertad individual y no la política, es decir, que sean las personas las que puedan tomar decisiones sobre su vida, libertad y propiedad de forma que, aunque envidiemos a nuestro vecino por tener dos coches o a nuestros jefes por cobrar más que nosotros no podamos utilizar la política para satisfacer nuestra sed de venganza, haciendo que el Estado les expropie más y más. Tampoco, cabría ampararse en la democracia para censurar o para promover la virginidad, como ha hecho Bush, gastándose a tal efecto 740 millones de dólares del erario público.

Por mucho que nos repitan, la solución no pasa por más democracia sino por una mejor democracia, aquella en la que la libertad no pueda ser destruida, por nadie, sea mayoría o no. Más importante que la democracia es una Constitución mínima que impida que el Estado se expanda, lo cual, siendo realistas, podemos calificar como una utopía porque el poder tiende a crecer, como la nariz de los políticos al mentir.

Sin embargo, estamos ante otro sueño porque ¿desde cuándo alguien que recibe un subsidio por desempleo, que tiene acceso a la sanidad pública y que no paga demasiados impuestos va a renunciar a estos "derechos"? Aunque se arguya que esa persona ganaría más en un mercado libre, mucha gente no desea más que la falsa seguridad de un Estado que desde la cuna a la tumba le ha cuidado como a un indefenso bebé.

Cambiar las cosas parece tan difícil que a veces el único voto que funciona es el votar con los pies, un voto efectivo para que cuando todo lo que uno ama, como cantaba Sabina, se llena de cenizas y quepa escapar de las democracias tiránicas. Así que para quienes se quejaban de que mis postulados resultaban poco prácticos cuando aconsejaba no votar por nadie, les planteo otra solución, como es votar con los pies. Eso si, compren calzado cómodo porque no podrán dejar de moverse.

Elecciones digitales

Sin ir más lejos, Fernando Moraleda, al dar el segundo avance de participación, afirmó a preguntas de periodistas que la mayor abstención hasta ese momento en Cataluña se debía a la retransmisión del Gran Premio de Fórmula Uno. Está claro que no debe haber aficionados a ese deporte fuera de los països. Quizá Martín Higueras viva en Barcelona sin saberlo.

En su comparecencia detalló todos los datos sobre participación… que hacía ya rato que estaban disponibles para todos en la página web que el Ministerio del Interior puso a disposición de todos los ciudadanos. De ahí que la interminable letanía sobre la abstención producida en cada una de las regiones españolas produjera cierta vergüenza ajena, una sensación de estar asistiendo a un espectáculo del siglo pasado. Antes resultaba necesario que los políticos ofrecieran los datos que les habían dado los funcionarios a los periodistas, ya fueran por escrito o verbalmente, y que éstos nos los dieran a nosotros. Gracias a Internet, ahora sobran ambos intermediarios. Es de agradecer, eso sí, que al contrario que en anteriores comicios no se detuviera la incorporación de información a la web para que la portavoz del Gobierno pudiera dar datos novedosos. Lo que dijo De la Vega era lo que todos podíamos ver en nuestros monitores.

Dado que los resultados de las autonómicas los ofrecía cada uno de los ejecutivos regionales, los avances en el escrutinio fueron más complicados de seguir de lo habitual. La web de Cantabria, brevemente, y la de Aragón durante buena parte de la noche dieron problemas de acceso, seguramente por no estar preparadas para la demanda. Eso sí, es destacable el esfuerzo de esta última por ofrecer una web un poco distinta a las demás y más en sintonía con el diseño de las páginas de la Web 2.0. Por otro lado, en Castilla y León y Valencia retuvieron los datos hasta tener un porcentaje escrutado muy amplio, hurtándonos a los internautas de esa información. La web del Ministerio de Interior no resultaba especialmente intuitiva, sobre todo a la hora de encontrar los datos de cada municipio. Pero, en general, no se pueden poner más peros a las web electorales del pasado domingo. Así da gusto.

Una de las pocas medidas efectivas que puede tomar el sector público para impulsar el uso de Internet en España es precisamente poner a disposición de todos los ciudadanos la información que poseen de la manera más cómoda y accesible posible. Es, además, derecho de todos los españoles poder acceder a ella y emplearla como estimen oportuno. Deberían colgar de la red desde esos libros que editan todas las administraciones basados en tesis doctorales que nadie lee hasta todo lo producido por los distintos medios de comunicación públicos, de RTVE a cualquier autonómica, que bien caro hemos pagado todo y bien barato que sería, en comparación, tenerlos a disposición de todos. Aunque sospecho que no me van a hacer mucho caso, la verdad.

Zapatero te quiere adoctrinar

Aun así, una mayoría de la población sigue desconfiando de esta tesis. A sus ojos el Estado sigue siendo un altruista benefactor que trata de proporcionar al pueblo llano la escuelita que necesita para no quedarse rezagado frente a los ricos y poderosos. Por supuesto, quienes sostienen tales ideas deberían caer en la cuenta de que ellos mismos han sido educados en un sistema controlado firmemente por el Estado, y de que, por consiguiente, buena parte de sus ideas puede ser producto de esa manipulación originaria.

Entre los rufianes que se benefician del sistema y los cándidos serviles que se creen la cantinela de los anteriores, la educación pública sobrevive como el más prodigioso aparato de adoctrinamiento masivo que existe.

Las últimas maniobras del Gobierno socialista, con todo, deberían hacer caer de la parra a más de uno. La asignatura de Educación para la Ciudadanía que pretende implantar el Ejecutivo desvela con toda claridad el propósito primigenio de todo el sistema educativo español: crear entusiastas militantes del Estado.

Aun así, no dudo de que la mayoría de los españoles siga siendo tan pusilánime como para mirar hacia otro lado mientras le azotan la espalda, pero confío en que el descaro totalizador de la asignatura abra al menos algunas brechas entre las adormiladas conciencias patrias.

De hecho, la revolución educativa que ha planteado ZP ya ha tenido su particular reacción en el Gobierno de Esperanza Aguirre, que, en un alarde de magnanimidad y de liberalismo extremo, ha permitido convalidar la asignatura por labores de voluntariado. Vamos, como cuando Mao sustituyó la lectura de su Libro rojo en las escuelas y envió a los niños a las granjas rurales para reformar su espíritu mediante el trabajo.

Al Gobierno, obviamente, esta injerencia en su agenda interna le ha sentado como una patada en la espinilla, y se ha afanado en recordar que la asignatura es obligatoria. ¡Y tan obligatoria! Como que sustituyen el cerebro de los críos por una papeleta electoral del PSOE.

Basta pasarse por los contenidos de la asignatura para comprender el alcance ideologizador y emburrecedor de la materia.

Por ejemplo, en contenidos comunes encontramos

Reconocimiento de las injusticias y las desigualdades. Interés por la búsqueda y práctica de formas de vida más justas. Participación en proyectos que impliquen solidaridad dentro y fuera del centro.

Como toma de posición ética no está mal: desigualdad = injusticia. O, dicho de otro modo, cualquier orden social no igualitario es intrínsecamente injusto y maligno. Afortunadamente, el cirujano estatal estará siempre presto para realizar las oportunas operaciones, apelando siempre, eso sí, a los sentimientos de solidaridad "fuera del centro" que convenientemente se habrán encargado de insuflarnos.

¿Que un empresario gana dinero? Explotación. ¿Que un individuo se compra una segunda casa para veranear? Especulación. ¿Que un hombre accede a un puesto de responsabilidad en una compañía? Sexismo. ¿Que critico ciertos dogmas del islam? Xenofobia. ¿Que estoy en contra de las ayudas estatales al Tercer Mundo? Genocidio.

Lo importante no es que los individuos entablen relaciones libres y voluntarias, que cumplan de buena fe los acuerdos contractuales o que reparen los daños que causen. Todo esto no tiene nada que ver con la justicia; de hecho, la libertad puede generar injusticias si da paso a una distribución desigual de la renta. ¿Seguro que ZP no es un clon procedente de un gen tonto de Karl Marx?

Otro ejemplo de adoctrinamiento lo tenemos en el siguiente punto:

Ciudadanía global. Desarrollo humano sostenible. Cooperación. Los movimientos comprometidos en la defensa de los Derechos Humanos.

El multilatelarismo estatista de ZP metido de lleno en las aulas. Ahora resulta que somos ciudadanos del globo, esto es, que nos adscribimos a un Estado mundial cuya misión parece ser promover un desarrollo sostenible de la Humanidad; o, dicho de otro modo, planificar, controlar, dirigir y reprimir las vidas de 6.000 millones de personas para evitar la extinción del chinche verde.

Y como el Estado no produce nada sino que se nutre del expolio de la población, supongo que será necesario crear algún impuesto mundial, como la Tasa Tobin, para financiarlo. Al fin y al cabo, parece que el compromiso con la defensa de los Derechos Humanos debe consistir en vulnerar los derechos naturales más elementales de manera sistemática. Las personas tienen derechos en la medida y en la extensión en que el Estado los tolere, pues en todo caso están sometidos a que no den lugar a un orden social desigual. Hay que apretar las tuercas y mover las palancas intervencionistas conforme sople el viento de la libertad.

Pero si todo esto es escandaloso –y lo es mucho–, esperen a ver el método de evaluación:

Reconocer los Derechos Humanos como principal referencia ética de la conducta humana (…) Se trata asimismo de valorar si el alumnado entiende los derechos humanos como una conquista histórica inacabada y manifiesta una exigencia activa de su cumplimiento.

No se conforman con atiborrar de basura, mentiras y prejuicios socialistas a los escolares, además quieren que se crean esas falacias y que las asuman como la Verdad. La posición ideológica de cada alumno –y no el grado de conocimiento sobre una posición ideológica– es uno de los criterios de evaluación. Estamos ante los exámenes y las supervisiones de pensamiento: el objetivo auténtico, como en 1984, no es soportar estoicamente al Gran Hermano, es amarlo y adorarlo como al auténtico y único realizador de la Humanidad.

Con estos mimbres, no es de extrañar que el Gobierno se empeñe en que la asignatura sea obligatoria en toda España. ¡Si les garantiza el chiringuito por varias décadas!

Es momento de volver a reivindicar la muy necesaria separación de la escuela y el Estado. La solución no pasa por confiar en que otros políticos lleguen a salvarnos. El problema es inherente al sistema: la estabilización coactiva de los alumnos para que se les inculque un programa aprobado por los políticos y para los políticos.

La solución real consiste en que los padres caigan en la cuenta de que la educación de sus hijos les corresponde a ellos. Es hora de generalizar el homeschooling y la educación privada, de cerrar escuelas públicas y de enterrar los planes escolares obligatorios y centralistas. La libertad requiere de responsabilidad y desemboca en diversidad: si no quiere ser un peón de la burocracia y del poder político, saque a sus hijos de los centros de adoctrinamiento estatales.

Para el liberal, lo cortés no quita lo valiente

En estos tiempos de creciente polarización política –¿les suena la frase "no me hablo (u oso hablar de política) con fulano desde marzo de 2004"?– a veces cuesta trabajo creer que se pueda discutir o incluso disputar abierta y radicalmente de asuntos políticos con otros de forma productiva, o que las diferencias en la manera de ver el mundo puedan ser el sustento de una amistad.

Todos los que hayamos perdido o enfriado alguna relación de amistad, incumplido nuestras obligaciones maritales o sufrido el abandono por motivos político-ideológicos, deberíamos repasar la historia y aprender de algunas parejas "contra natura". No sugiero que dejemos de buscar afinidades y nos suscribamos a un chat socialista, neofascista o mariprogre (¿tal vez una copa con Miguel Sebastián?). Simplemente me gustaría recordar, y recordarme, que con frecuencia el contraste permite no sólo el aprendizaje, sino también la consolidación de las creencias propias. En otras palabras, que lo cortés no quita lo valiente.

En una misiva enviada a su amante Louise Colet, Flaubert dice a su compañera "Llegarás a la plenitud de tu talento despojando tu sexo, que ha de servirte como ciencia, y no como expansión. En George Sand, huele a flores blancas; rezuma, y la idea corre entre las palabras como entre los muslos sin músculos". Más allá de la deliciosa sensualidad del novelista, en esta cita destaca la gran admiración que Flaubert sentía hacia Sand. Sin embargo, poco tenían que ver estos dos autores en sus ideas políticas y morales más allá de compartir el desprecio por la hipocresía. De haber participado en alguna revolución, me temo que habrían estado en lados opuestos de la barricada.

Otro curioso ejemplo de amistad aux contraire lo proporcionan el progresista y anticlerical Benito Pérez Galdós y el conservador José María Pereda. No sólo profesaban ideologías opuestas, sino que la propia vida del canario, putero y manirroto, constituía una constante afrenta a la ética del cántabro. Sin embargo, su relación fue cordial y afectuosa, y alguna vez Pereda acudió en socorro de su desdichado amigo ofreciéndole apoyo económico y refugio cuando la disipación de Galdós lo colocaba al borde del precipicio.

Quizá un poco de flema británica nos ayudaría a la hora de enfrentarnos al dilema de convivir con el que persigue fines perniciosos para nuestros derechos. Es el caso de G.K. Chesterton y su amigo Holbrook Jackson, ambos críticos literarios e interesados en la figura del dramaturgo socialista George Bernard Shaw. Mientras que el primero se decantó por el catolicismo y lo que algunos jocosamente llamamos agro-liberalismo à la Sánchez-Dragó, el segundo optó por el fabianismo y el laicismo antirreligioso.

Sin embargo, eso no fue óbice para que Chesterton, a la hora de enjuiciar la monografía de Jackson sobre el "progre" Bernard Shaw, escribiera: "Podría haber escrito [Jackson] mejor filosofía si hubiera discutido con él [Bernard Shaw], pero ha escrito incluso mejor literatura defendiéndolo… el hecho de que el trabajo del señor Jackson mueva a la mente a reflexiones destructivas sólo prueba la espléndida sinceridad y simpatía intelectual que brilla a través de sus páginas."

En 1911, Hoolbrok Jackson envió a su amigo un ejemplar de su libro de aforismos titulado Platitudes (simplezas). Sobre él, Chesterton redactó en lápiz verde de punta gruesa una larga serie de anotaciones. La mayoría de ellas "deconstruye" de forma más o menos burlesca las ideas de Jackson, hasta el punto de que a veces es difícil imaginarse que quien las escribiera lo hiciera también desde el afecto. Sin embargo, así fue. Exceptuando el vituperio y la agresión, afrentas ante las que la mera tolerancia puede ser incluso más dañina que el entuerto cometido, la cercanía y la amable intimidad con el opuesto son posibles y aconsejables. El cómo hacerlo es otra historia, y en todo caso una cuestión puramente práctica. No obstante, no estaría de más dedicarle algún tiempo y unas cuantas neuronas. Les dejo con estas perlas de la dialéctica, cuyos autores ciertamente habrían estado poco complacidos con una presentación que con mucho ha rebasado los límites de la buena educación. Pido disculpas a ambos.

Jackson: La teología y la religión no son lo mismo. Cuando las iglesias están controladas por los teólogos, la gente se va.
Chesterton: La teología es simplemente la parte de la religión que requiere cerebro.

J: Todos los dogmas son correctos, pero es equivocado necesitarlos.
C: Todos, excepto los débiles mentales, los necesitamos.

J: Toda costumbre fue una vez una excentricidad; cada idea fue una vez absurda.
C: No, no. Algunas ideas han sido siempre absurdas. Ésa es una de ellas.

J: Sólo los ricos recomiendan a los pobres que se contenten.
C: Eso cuando no recomiendan el socialismo.

J: Las mayores cualidades del trabajador son su amor por el juego y su odio al intelecto. Estas virtudes le proporcionan un toque de paganismo que lo acerca a los dioses.
C: Lo que el trabajador detesta es el intelectualismo, la intelligentsia de Rusia. Yo también. La cabina del conductor del autobús está llena de intelecto.

J: La gran revolución del futuro será la rebelión de la naturaleza contra el hombre.
C:Espero que nadie vacile a la hora de disparar.