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Nuevas normas que algunos no entienden

Si hay algo en lo que el mundo de 1980 es diferente al mundo que vivimos, es la abundancia de información de la que disponemos y la rapidez y economía con la que podemos transmitirla. Esto ha sido posible gracias a dos revoluciones que, por encontrarnos aun inmersos en ellas, no somos capaces de valorar en su justa medida. Se trata de la revolución de los ordenadores personales que arrancó en la década de los ochenta, y la de las redes que, con Internet a su cabeza, hizo su debut en el panorama mundial a mediados de los noventa.

No es necesario insistir que ambas revoluciones han cambiado el modo en que trabajamos y la manera en que nos relacionamos en buena parte del globo. En cualquier diario en la red hay material suficiente para pasar varios días leyendo, y, aunque nos pusiésemos a ello, sería inútil porque las noticias y reportajes se actualizan continuamente. Hoy por hoy, el coste de transmitir un kilobyte de información es cero, o tiende a cero y cualquiera dotado de un ordenador personal puede contribuir a la marea siempre creciente de información a la que una comunidad de ámbito mundial puede acceder en cuestión de segundos.

Los que tenemos entre 30 y 40 años de edad conocimos a la perfección el mundo anterior, pero la revolución nos cogió lo suficientemente jóvenes para integrarnos en ella y comprender las nuevas reglas desde dentro. Muchos empresarios que manejan información, es decir, contenidos, también lo han entendido y han apostado por este nuevo modo de distribuirlos tratando de ingeniárselas para ganar dinero en un mundo en el que ese producto, el de los contenidos, es muy barato o directamente gratuito. Ahora podemos escuchar música, leer durante horas, ver fotografías o vídeos sin pagar un solo euro y, a pesar de ello, hay empresas que son rentables ofreciendo eso mismo.

Otros, sin embargo, no han dado con el quid de la cuestión y siguen emperrados en el modelo antiguo, en el de las licencias de emisión y las grandes empresas de comunicación inevitablemente vinculadas al poder político. Esto, que se traducía en una oferta limitada que garantizaba cierta impunidad y un discurso monolítico, era tan bueno como puede ser el poder hablar sin que te respondan. Hasta hace bien poco tiempo, si a un magnate de la comunicación le daba por emprender una campaña contra alguien se salía con la suya y arruinaba la vida y hacienda de ese alguien, a no ser, claro, que otro empresario de la competencia saliese en su ayuda.

Hoy las normas han cambiado. Los grandes grupos mediáticos siguen siendo poderosos, pero sus dictámenes ya no son indiscutibles. Al otro lado hay siempre alguien que no está de acuerdo y tiene la capacidad de discutírselo o de sacar a pasear la trola poniendo en evidencia a los fautores de la misma. Y lo mejor de todo, tiene público que le escucha, amigos que le repiten y la magia del hipertexto que pone a cada uno donde debe estar.

El modelo de empresa que no ha entendido absolutamente nada de lo que se despacha en lo relativo a la información es, curiosamente, la mayor empresa de España dedicada a la información: el Grupo Prisa. Se ha dado de bruces una y otra vez con el medio y ha dilapidado una fortuna en tratar de hacerse un hueco en el mismo con muy poco éxito. Mal acostumbrados como estaban a ser ellos los portadores del mensaje dominante, llevan muy a malas que se les lleve la contraria, pero no hacen nada por aprender de lo que está pasando. Más de 10 años después de que Internet arrancase en España se mantienen en sus trece tratando de exportar un modelo periodístico ideal para triunfar en el siglo XX, y para hundirse en la miseria en el XXI.

Coartadas teóricas para el fascismo económico

Sin entrar a hablar de su utilización como arma arrojadiza de cómodo recurso en intercambios dialécticos, ante la falta de argumentos o ganas de pensar, “fascismo” es uno de esos vocablos que, a fuerza de ser mal y sobre-utilizado, ha acabado por convertirse en equivalente de todo lo execrable y desagradable del mundo. Sin embargo, es un peligroso proceder agrupar bajo la denominación de fascismo todas las prácticas despreciables de los totalitarismos. No sólo se pasan por alto las particularidades propias de cada uno, sino que se hace más sencillo exonerar a otros totalitarismos –casi siempre el comunista– de sus esencias criminales.

El fascismo es, efectivamente, una ideología y una forma política execrable. Y lo es tanto por sus métodos para alcanzar, ejercer y expandir su poder, como por la forma de organización social y económica que aspira a establecer. Por lo que respecta a los métodos, realmente existen pocas prácticas en las que los fascistas hayan sido innovadores, casi todo está ya en el leninismo: el partido ultra-disciplinado, la agitación y la propaganda, las milicias destinadas a dominar la calle, los campos de concentración, la persecución y la eliminación de los disidentes, la omnipresencia de la policía política, la desaparición de la vida privada y la generalización de las delaciones… La única creación fascista –nacional-socialista, para ser más exacto– es la purga a gran escala dentro de las propias filas. Una práctica que, por cierto, los comunistas tardaron bien poco en adoptar. Poco más de dos años transcurrió entre la Noche de los Cuchillos Largos y los Procesos de Moscú.

Algunos dirán que lo que hace característico al fascismo es su política racial. En Alemania, y tal vez en Japón, sí. Pero, desde luego, no en la Italia de Mussolini o en la España falangista inmediata a la posguerra. Existe en un punto mucho más esencial, común a todos los fascismos: la forma de organización de la vida económica que se establece y cuyas principales características podríamos resumir así:

  1. La producción y distribución de los bienes y la vida económica en general se planifica –bajo la supervisión del estado– a través de la integración en federaciones sectoriales de productores y sindicatos de trabajadores. Tal organización puede recibir diversos nombres: Estado Corporativo en la Italia de Mussolini; democracia orgánica en la España falangista; National Recovery Act en la pretendida transformación rooseveltiana. En ellos recae la función nominal de asignar cuotas de producción, fijar precios y condiciones laborales o conceder licencias. Simultáneamente, queda nacionalizado el comercio exterior, así como una serie de sectores denominados como estratégicos.
  2. Al mismo tiempo, el estado –que presume graves fallas en el funcionamiento del sistema de laissez faire– asume la responsabilidad del pleno empleo, utilizando para ello el recurso inflacionista de sufragar un formidable volumen de gasto público (obras públicas, gastos militares…) a través de los déficit públicos y la política monetaria expansiva.
  3. Se mantiene, al menos en nombre, el statu quo de la propiedad de los medios de producción. Es fundamentalmente de este punto del que deriva su aceptación, en tiempos de crisis, entre sectores conservadores y del establishment, que lo ven como una “tercera vía” para superar la lucha de clases y evitar los baños de sangre antiburgueses y anticapitalistas y la destrucción de capital humano asociados al socialismo de corte marxista.
  4. La puesta en marcha de políticas sociales de amplio alcance: educación, cultura y deporte públicos, fijación de salarios no referidos a la productividad, seguros sociales, etc. Se trata de una nota característica de los partidos de masas fundados y liderados, además, por personajes vinculados al sindicalismo y/o procedentes del socialismo: Benito Mussolini, Georg Strasser, Ramiro Ledesma, Juan Domingo Perón.
  5. Puesto que el poder estatal no es extensible más allá de las fronteras, el sistema económico aspira a la autarquía. Se sustituye el comercio internacional entre particulares por el militarismo expansionista (espacio vital) para la obtención de recursos no disponibles en el interior, por la política de sustitución de importaciones (sucedáneos –Ersätze–, el estructuralismo latinoamericano que tantas dictaduras populistas ha inspirado) o, en su defecto, por el trueque (clearing) llevado a cabo directamente a nivel intergubernamental.

El presente artículo lleva por título “Las coartadas teóricas del fascismo económico”, y es que siempre me ha parecido irritante que un adepto confeso de las políticas económicas fascistas como J. K. Galbraith –aunque él bien se guardara de reconocerlas como tales y hasta llegó a titular, con escasa vergüenza, su libro de memorias “Anales de un liberal impenitente” (Annals of an abiding liberal)– no sea estudiado como corresponde. Por motivos de espacio sólo reproduciré unas pocas citas para la reflexión:

“El mecanismo adecuado, al que casi inevitablemente llegaremos algún día, es una especie de tribunal público en el que estén representados el trabajo, las empresas y el público. Su jurisdicción debería estar limitada a los sindicatos y a las empresas más grandes: al sector organizado”. J. K. Galbraith, La Sociedad Opulenta, pág. 283

No puedes tener a la vez una política fiscal dinámica y un presupuesto equilibrado. Para reabsorber la capacidad de producción inutilizada y el paro, los poderes públicos deben gastar más allá de sus entradas fiscales. Entonces han de financiar el relanzamiento mediante el déficit presupuestario”. J. K. Galbraith, Introducción a la economía, pág. 143

La tercera etapa necesaria es algún tipo de control sobre salarios y los precios para impedir que se produzca la espiral alcista que tendría lugar, de otro modo, a medida que llegase el pleno empleo. (…) De hecho, el problema del control una vez que se han conseguido superar los obstáculos morales no es demasiado difícil“. J. K. Galbraith, La Sociedad Opulenta, pág. 282.

También hay productos y servicios, algunos de la mayor utilidad o necesidad, que no pueden nacer por obra del mercado. (…) Ni siquiera se descubren ni suministran, en esos casos, todos los requisitos de una planificación eficaz. Por ello esas tareas se cumplen mal, con incomodidad, o cosas peores, para el público. Si se reconociera que son tareas que requieren planificación, pero se han dejado sin planificar en el contexto de una economía ampliamente planificada, no habría vacilaciones ni disculpas vergonzantes en el uso de todos los instrumentos necesarios para planificar. El rendimiento sería muy superior“. (J. K. Galbraith, El Nuevo Estado Industrial, págs. 385-386).

Aprender del error de los franceses

Sin embargo, lo cierto es que siempre existe presión para dejar en paz a los empresarios y sus innovaciones, presión que en Europa se siente, pero en dirección contraria.

Podemos hacer un pequeño ejercicio mental. La famosa ley de Moore, que predice que el número de transistores integrados en un chip se duplica cada año y medio, no es la única norma empírica que se ha enunciado desde la industria de la informática. La ley de Grosch, enunciada por un ingeniero de IBM en 1956, afirmaba que la potencia de un ordenador crecía con el cuadrado del coste, y eso implicaba que la tendencia sería hacer pocas máquinas muy grandes y caras. Según una proyección de su empresa basada en esa ley, en el mundo había sitio para unos cincuenta y cinco grandes ordenadores, y todo el mundo trabajaría con terminales conectados a ellas.

Supongamos que los reguladores estadounidenses se lo hubieran tomado al pie de la letra y actuado en consecuencia. El lógico temor al monopolio digital de IBM hubiera obligado a repartir licencias de construcción de máquinas, para que no todas fueran hechas por la misma empresa, y seguramente hubieran organizado una libre distribución de terminales para garantizar el servicio universal de computación. Bueno, pues puede usted dejar de hacer ese ejercicio mental. Eso es exactamente lo que hicieron los franceses a finales de los 70 repartiendo terminales gratuitos de Minitel y dándoles acceso a las grandes computadoras propiedad del Estado. Por supuesto, no fueron capaces de ver la revolución que supuso Intel y su microprocesador y otras tecnologías de parecida importancia, que rompieron esa ley de Grosch como si fuera la promesa de un político.

Es fácil mirar hacia atrás y pensar en lo pardillos que fueron los gabachos con su sistema. Sin embargo, nosotros hacemos lo mismo constantemente. Miramos siempre a la imagen estática, olvidando que el mundo se mueve rápidamente, y más aún el mundo de las nuevas tecnologías. Los monopolios "naturales" pueden ser derribados por innovaciones tecnológicas de todo tipo, pero preferimos la seguridad de regulaciones que congelan la imagen en el punto en el que estamos y "protegen" a los consumidores asumiendo que esa fotografía va a permanecer así ad eternam.

El más claro ejemplo son las telecomunicaciones. Vivimos en una época en que la innovación en los ordenadores ha perdido importancia relativa cuando se compara con la que están viviendo las redes. Cada vez hay más tráfico en Internet y, sin embargo, hemos mejorado en velocidad. La tecnología ya ha logrado ampliar el espectro radioeléctrico para permitir que haya varios emisores en cada frecuencia, haciendo obsoleta la presunción de que es algo limitado que debe licenciarse, ya sea para TDT, radio o transmisión de datos por Internet. Sin embargo, seguimos pensando en las redes como si los "monopolios naturales" sobre muchos de sus recursos fueran inevitables. Como los franceses y los ordenadores, vamos. Menos mal que siempre hay otros países donde dejan más campo a la innovación y la libre empresa.

La Europa del futuro

Esperanza Aguirre ha estado en Bruselas, donde ha dicho algunas verdades necesarias acerca de Europa. Concretamente, ha subrayado el problema endémico de una Europa de grandes palabras que no interesa a los ciudadanos y que, en lugar de tanta teatralidad, tiene que centrarse más en la competitividad, el medio ambiente y la lucha contra la pobreza mundial.

Cuando parecía que íbamos a lanzar un aplauso individual a Esperanza, sus palabros se han convertido en los mismos que podemos oír a los líderes europeos. El medio ambiente ya es uno de los objetivos de Europa y, por ello, estamos con Kyoto a vueltas y ufanos porque nuestras bombillas van a ser super-mega-hiper ecológicas, no sea que por tanto gastar electricidad, la temperatura terráquea se eleve un par de grados y se derritan los polos.

Y qué decir de la lucha contra la pobreza, ese propósito en el que la UE es sumamente generosa pues hace lo que Robin Hood pero de forma sistemática. Coge de aquí y de allá (léase del bolsillo ciudadano) y reparte el botín entre el resto de la humanidad. Evidentemente, lucha mucho, mucho.

Sobre el comercio justo, al que se refirió la presidenta de la Comunidad de Madrid, supongo que será el mismo que tiene lugar entre dos partes, cuando no media la coacción ¿no? Es decir, el que se produce a diario. ¿Acaso existe otro comercio más justo?

En cuanto a la competitividad europea, es cierto que tenemos un serio problema que difícilmente se podrá solucionar si no reconsideramos la legislación laboral actual. Con los sindicatos imponiendo sus deseos, pocas oportunidades tenemos de reducir el paro y tener unas economías que sean capaces de generar riqueza de forma sostenida.

Ahora bien, si no se procede a bajar los impuestos de forma inmediata, como parece que está haciendo el Reino Unido al prometer reducir el impuesto sobre sociedades del 30 al 28% para el 2008 y seguir bajándolo progresivamente hasta el 22% en 2009, tampoco podrá estimularse la competitividad europea.

Ahora bien, reducir los impuestos conlleva la necesidad de cortar de raíz muchos de los gastos públicos y ver si realmente es necesario que todos estemos bajo el paraguas de lo público en áreas como la educación, la sanidad o las pensiones, sobre todo, cuando nadie nos ha preguntado lo que queremos. Pero de nuevo, esta reflexión estuvo ausente en el discurso de Esperanza, porque, francamente, ningún político recortará el Estado de malestar actual ya que sabe que perdería votos.

Al mismo tiempo que se habla de bajar impuestos, ya se está pensando en subir los tipos de IVA. Al final se compensaría la pérdida de ingresos de unos impuestos con el incremento de la recaudación en otros. Por tanto, mucho cambio para quedarnos como estábamos.

Europa tiene que replantearse por completo a dónde quiere ir a parar pero de forma mucho más radical que la que expuso Esperanza. Europa está caduca, es demasiado socialista y ecologista, y no es consciente de que el futuro está en otros continentes. Nuestra visión es, por decirlo finamente, un pozo sin fondo, donde el golpe siempre se posterga y posterga porque nunca llega.

La esperanza es que gente como Esperanza pueda liderar algún cambio de futuro, aunque bajar unos puntos algunos impuestos y eliminar otros, como dicen los anglosajones, does not make a difference; es decir, no supone una diferencia importante.

Si es usted depresivo, entonces olvídese de lo anterior porque decir a las claras que Europa no tiene futuro es el discurso que nunca se lo oiremos a un político como Aguirre. Pero c´est la vie. ¡Brindemos por el 50 aniversario del Tratado de Roma!

Las buenas noticias

He de confesar que no comparto ninguno de estos tres sentimientos, pero sí constato el enorme salto que hemos dado las últimas generaciones de nuestra atormentada especie.

Tengo en mi biblioteca The State of Humanity, un libro de Julian Simon que recoge en breves artículos cómo han ido evolucionando varios aspectos de la vida humana en los últimos siglos. "Clara mejoría" sería la recensión más breve de este libro de 694 páginas.

Ahora ha salido otro, The Improving State of The World, de Indur Goklany, que se refiere a nuestra experiencia más reciente y que observa que las mejoras han sido abrumadoramente evidentes. Vivimos más personas más tiempo, con mayor calidad de vida y mejores niveles de sanidad y educación. El hambre es un problema en clara regresión.

El aire que respiramos se enrarece cuando una sociedad en la miseria comienza a prosperar, pero a partir de cierto nivel de renta parte del progreso se destina a reducir la contaminación, una tendencia que se da en todos los países desarrollados. Tenemos una mayor movilidad laboral, que tiene como ámbito todo el mundo. Las ideas o el capital también desconocen las fronteras.

Todo ello se debe, dice Goklany, a un "ciclo de progreso" compuesto por fuerzas que se refuerzan mutuamente: progreso económico y tecnológico. Pero ese ciclo virtuoso se da en unas condiciones institucionales (respeto a la persona y su propiedad) que no se encuentran en las áreas más deprimidas del planeta. No obstante –y con contadas excepciones, como Cuba–, incluso en ellas vivir en este mundo es un poco más amable que hace décadas. Hay noticias buenas, después de todo.

Bragas de esparto

Yo soy más bien clasicote en esto del vestir, pero no descarto que alguna de estas locuras se acabe incorporando al uso general. ¿Quién puede estar en contra del progreso en la ropa, como en cualquier otro aspecto de la vida?

Pues los de siempre, claro está: los ecologistas. No hay avance que les parezca bien ni retroceso que les parezca suficiente. Lo último está en que recomiendan como lencería erótica bragas de esparto. Lo que quieren es poder compaginar el sexo y la sostenibilidad de nuestro planeta. Es decir, que no es ya que vayan contra todo lo que suene a inteligente y despotriquen contra la ocurrencia del MIT, es que quieren que hasta la ropa interior sea biodesagradable. ¿Qué no se lo cree? Lo cuenta este domingo el diario La Razón.

El interés ecologista por la sexualidad sostenible da con soluciones realmente eficaces. A las bragas de esparto como fino reclamo de lencería suma otra propuesta de lo más ecologista: en lugar de utilizar el látex, lo suyo es recurrir, nos dicen, a preservativos de tripa de cordero, que a diferencia de los otros se reintegran en el mundo natural que da gusto.

Que sean biodegradables no son las únicas ventajas que tienen. Cumplen su función de preservar al mundo de la venida de nuevos retoños, que ya sabe que para los verdes un nuevo hombre en la Tierra supone la llegada de un depredador más. Pero es que además no previenen la transmisión de enfermedades, lo que no deja de tener su aquél. Greenpeace cree que el hombre se ha extendido por el planeta como una plaga. Y ya sabe lo que hay que hacer con ellas…

Quizá propuestas como éstas quiera decir que los ecologistas están en ciertos aspectos en claro retroceso, porque tradicionalmente han sido más expeditivos. Paul Ehlich, entomólogo y santón del ecologismo, proponía "métodos coactivos" para el control de la población, si los voluntarios fallaban. Stewart M. Ogilvy, presidente de honor de Amigos de la Tierra, era incluso más claro: "Si los frenos menos estrictos sobre la procreación fallan, algún día quizá tener hijos merezca ser un crimen punible contra la sociedad, a no ser que los padres tengan una licencia del Gobierno. O quizás todos los padres potenciales deberán ser forzados a utilizar anticonceptivos químicos, con antídotos en manos del Gobierno para que elija quién puede tener hijos". Prefiero que se queden en propuestas como las bragas de esparto o los preservativos de tripa de cordero.

Sobre la adopción (II)

Hace unos meses escribí un artículo en torno a la adopción cuyas conclusiones levantaron un poco de polvareda. En el debate posterior se plantearon interesantes contra-argumentos y me gustaría revisitar el tema a la luz de estas réplicas y ulteriores reflexiones.

Entonces argüí que los padres tienen un derecho de tutela sobre sus hijos, un derecho a decidir con respecto a su desenvolvimiento en tanto el menor no pueda decidir por sí mismo. El papel de los padres es el de curador. El niño no es propiedad suya, es un sujeto de derecho, y en este sentido no puede ser víctima de maltrato o abusos. Pero en tanto carezca de autonomía y capacidad de elección forzosamente otros tendrán que decidir en su lugar. La pregunta es quién.

A la hora de asignar o identificar derechos, desde un punto de vista liberal, cabe hacerse dos preguntas: ¿es el elemento en cuestión susceptible de ser objeto de derecho? ¿Quién tiene el mejor título de reclamación sobre ese elemento? En el caso de las personas, ambas preguntas nos llevan a la auto-propiedad (derecho a decidir con respecto a nuestra propia persona). En el caso de los recursos externos, estas preguntas nos llevan a la propiedad privada a través del homesteading (el primer ocupante decide con respecto a su uso). En el caso de los niños el tema se complica, porque de un lado está claro que no son recursos externos sino personas humanas, pero al mismo tiempo no tiene sentido considerarlos plenos propietarios de sí mismos cuando son abiertamente dependientes de las decisiones de terceros. Luego por necesidad (a menos que defendamos que los niños han de permanecer aislados y valerse por sí mismos) debe ser legítimo que otras personas decidan con respecto al menor (decidan cómo tiene que ser educado, qué actividades debe practicar, etc.). Con esto contestamos a la primera de las dos preguntas: alguien tiene derecho a decidir con respecto al menor. En cuanto a la segunda, los padres tienen en relación con sus hijos un vínculo natural y objetivo del que carecen las demás personas. Ellos son, a diferencia del resto de la humanidad, quienes han traído el niño al mundo, y esta es la razón por la que poseen una mejor reclamación sobre la tutela del menor.

De este modo queda establecido que el niño tiene derecho a no ser agredido, pues es una persona con derechos propios, pero al mismo tiempo está sujeto a la tutela de sus padres en tanto no desarrolle la autonomía moral suficiente. (Stephan Kinsella tiene un artículo muy instructivo sobre esta cuestión: How we come to own ourselves.)

No obstante, quienes estén familiarizados con el concepto de la responsabilidad parental (véase también la discusión aquí) se preguntarán: ¿tienen los padres un derecho de tutela o más bien una obligación con respecto al niño? Si tienen una obligación, entonces es el niño el que tiene un derecho. Pero no vayamos tan rápido. El principio de la responsabilidad parental reza que los padres, por el hecho de colocar al niño en una posición vulnerable y de dependencia, tienen la obligación de proveerle sustento (hasta que esta vulnerabilidad/dependencia desaparezca). Del mismo modo que si empujamos al agua a un individuo que no sabe nadar tenemos la obligación de socorrerle (so pena de cometer homicidio), si traemos al mundo a un bebé que no puede sobrevivir por sí solo luego no podemos desentendernos, tenemos la obligación de darle sustento. Pero la obligación acaba aquí. Todo lo demás (la educación que debe recibir, las actividades que debe desempeñar, los valores que debe adquirir) no está cubierto por el principio de la responsabilidad parental.

Así, tenemos la obligación de los padres a proveer sustento y su derecho a decidir en aquellos ámbitos que trascienden la provisión de sustento. Ahora considerémoslo desde la óptica del menor, para que se vean claramente la implicaciones de esta conclusión: el niño tiene, ante todo, unos derechos negativos frente a las demás personas (derecho a no ser maltratado, abusado etc.), y en segundo lugar un derecho positivo a que los padres le provean sustento. Cualquier exigencia adicional ni queda cubierta por el principio de no-agresión ni por el principio de la responsabilidad parental (que a su vez deriva del anterior).

Llegados a este punto planteo la siguiente pregunta, que entronca con el debate sobre el mercado de adopciones: ¿de dónde se sigue que el niño tiene un derecho positivo a no ser traspasado a otra familia (y por tanto a permanecer en el seno de su familia biológica)? Los derechos positivos del niño (los derechos a recibir algo de los demás) empiezan y acaban con la provisión de sustento. Sin duda cabe imaginar muchos otros derechos positivos, lo difícil es justificarlos desde un punto de vista liberal, retrotrayéndolos al principio de no-agresión. Quienes no secundan el principio de la responsabilidad parental porque es un derecho positivo se contradicen si se oponen a la libre donación-adopción de niños. Quienes secundamos el principio de la responsabilidad parental entendemos que los niños sí tienen un derecho positivo (el de recibir sustento) pero de ahí no se colige ningún derecho positivo a permanecer bajo la tutela de los padres biológicos. El sustento también puede quedar garantizado siendo otra familia la que se encargue de cuidar al menor. Los afirmaciones del tipo "el niño tiene derecho a un familia con un padre y una madre" o "el niño tiene derecho a no ser cuidado por una familia distinta de la original", en tanto implican derechos positivos que no emanan del principio de no-agresión, me parecen ajenas al liberalismo.

Quizás haya quienes consideren que esta exposición peca de un exceso de racionalismo y que lo único que hay que sopesar es si un libre mercado de adopciones beneficia o no a los niños. Aunque no creo que la discusión abstracta sobre derechos pueda desvincularse de un examen más pragmático / utilitarista, recojamos el guante. Ya expuse que la libre donación-adopción de niños tiene a mi juicio tres efectos positivos fundamentales: en primer lugar desincentiva el aborto (la mujer embarazada que no desea tener un hijo tiene incentivos económicos para tenerlo y darlo en adopción), y este es un punto que debería considerar seriamente todo aquél que, como yo, se siente abrumado por las dimensiones del fenómeno abortista. En segundo lugar desincentiva el abandono al pie de la escalinata a favor de abandonos más "ordenados" (mediados por orfanatos privados, por ejemplo). En tercer lugar permite el traspaso de niños de familias que no los quieren a familias que sí quieren cuidar de ellos (y en la medida en que los maltratos y abusos se dan en los primeros, tenderían a disminuir). Sin duda en este contexto también habría indeseables que adoptarían a un menor para abusar de él escapando a la justicia, pero estos abusos ya se dan hoy en día y no está claro que fueran a suceder con más frecuencia. Pero, sobre todo, no creo que sea una razón para rechazar in toto un mercado de adopciones, por lo mismo que la existencia del fraude no nos lleva a prohibir todo el comercio de bienes (solo a prohibir y a perseguir los intercambios fraudulentos).

Contabilidad creativo-pacifista

Para el progresismo hispano, la única moral válida es la que le permite alcanzar el poder, y en esa carrera siempre suelen llevar ilustres compañeros de viaje. Como Baltasar Garzón, nuestro justiciero por antonomasia, una suerte de Capitán Trueno con puñetas dispuesto a alancear a los enemigos de la verdad, el bien y la justicia.

En el imprescindible libro de Jesús Cacho El negocio de la libertad se cuenta con pelos y señales el episodio de la recusación del juez Gómez de Liaño por el caso Sogecable, en el que Garzón tuvo una participación estelar. "Le voy a freír los huevos a Javier" es la frase atribuida al juez megaestrella, plena de sentido de la justicia y ecuanimidad de la que ahora pretende también hacer gala con Aznar, a quien no desea freírle el escroto sino simplemente llevar ante la corte internacional de justicia. Se conoce que, con el paso de los años, también los jueces megaestrella se ablandan.

Tras las últimas algaradas del faranduleo en contra de la guerra de Irak, el superjuez ha puesto de nuevo su granito de arena afirmando que la muerte de seiscientos cincuenta mil iraquíes exige que Aznar, y eventualmente Bush y Blair, acaben entrullados. Es interesante que centre su análisis no tanto en la supuesta ilegalidad de la intervención en Irak, como en lo que abultan las cifras de víctimas. ¿Si hubiera muerto menos gente inocente –pongamos unos diez mil, como en Paracuellos del Jarama, por utilizar un ejemplo cercano– habría materia para iniciar un proceso por crímenes de guerra según el superjuez?

Pero vayamos con los muertos de Garzón, quiero decir, con la cifra de víctimas de la guerra enarbolada por D. Baltasar. Los EEUU enviaron 225.000 soldados a Irak, a luchar contra un ejército de unos trescientos mil soldados de Sadam más cuatrocientos mil reservistas, aunque la mayoría de estos no entró en combate, pues prefirió la táctica de dar media vuelta y avanzar sin contemplaciones siguiendo las enseñanzas militares de aquel famoso jeque tuerto, grabado mientras huía en ciclomotor con los marines pisándole la chilaba (se ve que eso de las veinte huríes reservadas a los soldados de Alá no lo tenía demasiado claro). Durante la guerra murieron doscientos soldados de la coalición y unos seis mil iraquíes. En la posguerra, la inmensa mayoría de víctimas han sido causadas por atentados terroristas, no por disparos de los soldados de la coalición, con un saldo final, según el Iraq Body Count, de 65.000 víctimas civiles. Si a esta cifra le sumamos los 3.500 soldados de EEUU muertos durante la posguerra más los soldados iraquíes caídos en combate durante la ocupación, resulta un saldo de unas 74.500 víctimas en total.

Pero entre las cifras fiables y las estimaciones del gran Pepiño Blanco, Baltasar Garzón prefiere utilizar los datos aportados por el estadista de Palas de Rei. Debiera el juez ser más cuidadoso con los elementos de prueba si finalmente decide iniciar un proceso penal contra el trío de las Azores, no sea que lleve el caso ante la corte suprema de justicia progresista universal y se lo tiren abajo por defectos en la instrucción. Creo que tiene ya alguna experiencia al respecto.

Igualdad social®

Expresado de otra forma, si usted hereda algo, trabajará menos. ¡Ojalá fuera cierto! ¿Qué problema hay en poder vivir de tu propio dinero sin trabajar? ¿No es a lo que aspiramos todos en mayor o menor grado? Sin duda, por eso jugamos a la lotería, invertimos nuestros excedentes en productos de inversión o buscamos mil y una fórmulas para conseguir la mayor de las utilidades trabajando lo menos posible.

La expresión renta o ingreso "no ganado" la califica nuestro autor como un mal del capitalismo. El término se basa en el concepto marxista de la explotación y obtención del "derecho a todo el producto del trabajo". Esta visión de la economía es muy relativa, por ejemplo, ¿si nos toca la lotería hemos de darlo todo al Estado? Si nos arriesgamos en Bolsa para financiar una empresa y ésta consigue altos beneficios subiendo su cotización bursátil, ¿por qué hemos de renunciar a parte de nuestra ganancia? El riesgo lo hemos asumido nosotros, el Estado nos lo arrebata porque sí. Éste no se arriesga, sólo nos amenaza y consigue beneficios de esta forma, y estos ingresos del Estado, además de ilegítimos, sí que son totalmente "no ganados".

Las herencias son algo similar a los ejemplos anteriores. Son el traspaso voluntario de capital de titularidad privada de unas manos a otras. El término clave es voluntario. Lo traspasamos porque lo hemos ganado con nuestro trabajo y explotación de nuestro stock de capital anterior. Al hacer la herencia, lo cedemos porque nos da la gana sin que nadie salga perjudicado en todo el proceso. No hay vulneración alguna a la igualdad social®, esa marca registrada cuyo uso reclaman tener en exclusiva los que se creen más buenos y superiores a todos nosotros. Ganar dinero no es un acto criminal; regalarlo tampoco. No tiene sentido alguno que se penalice el traspaso de capital voluntario de un propietario a otro.

Lo que sí es un crimen es robar el dinero a la gente honrada. Los impuestos son esto, un robo, tanto el de sucesión como cualquier otro. No importa cómo quieran llamarlo o disfrazarlo los amantes de la omnipotencia estatal. Si usted cree que los impuestos son pagados voluntariamente, haga el siguiente experimento económico. En su próxima declaración de renta, escriba: "Este año no me va bien regalarles mi dinero porque el Euribor ha subido mucho y voy muy justo". Después se lo envía a Hacienda. Las fuerzas del estado se le tirarán encima en barrena asaltando sus cuentas bancarias, multándole y enviándole hombres armados a su casa. Según nuestro autor, tal acción "civilizada" podría hacerse legítimamente en nombre de la igualdad social®.

Fíjese que ninguna entidad privada actúa así. Para una empresa privada los contratos han de ser voluntarios y las dos partes, oferente y demandante, han de salir ganado en su operación. De lo contrario, la empresa no ofrece el producto y/o el consumidor no compra. Nada que ver con la forma de financiarse que tiene el Estado: no hay acuerdos ni contratos, sólo se benefician él y los grupos de presión que reciben sus dádivas. Por ejemplo, los actores, alguna escuela árabe que ha tenido que ser cerrada después de tirar en ella 18 millones de euros, países como Bolivia o los consejeros de las empresas más incompetentes del Estado, como RTVE, entre muchas otras bondades. ¿Y cómo se le llama a todo esto? Igualdad social®. El nombre es muy bonito, pero el contenido es totalmente perverso y antisocial en su esencia.

Para nuestro autor, la eliminación del impuesto de sucesiones es una excusa para "asfixiar la acción estatal". No debe estar muy asfixiado el Estado cuando representa casi el 40% del PIB y se gasta el 40% de nuestro trabajo y producción. Durante casi cinco meses al año trabajamos gratis para el Estado. Contabilizando desde enero de este año, aún nos faltan dos meses para empezar a ganar algo para nosotros mismos. Por tanto, es tiempo de abolicionismo fiscal por más que les pese a algunos. De no hacerlo así, la igualdad social® nos acabará hundiendo en la miseria.

Progres, váyanse a Cuba

Las listas de distribución de correo son una de las mejores formas de estar al día y saber lo que se cuece en ciertos ámbitos. Una de mis favoritas es la Sexualities del Latin American Studies Association, gestionada por Adan Griego de la californiana universidad de Stanford. Lo malo de las listas es que junto a la información valiosa uno también recibe las mayores barbaridades. La libertad de expresión no es gratis, y yo estoy dispuesto a pagar su precio, aunque también puedo protestar cuando me plazca.

El pasado siete de marzo recibí un texto vía ese grupo cuyo titular anunciaba: "En lo que respecta a los derechos gays, ¿está Cuba por delante de los EE.UU?". La pieza provenía del USA Today y estaba firmada por DeWayne Wickham.

El artículo señalaba el gran movimiento que el "rígido" (sic) Gobierno de Fidel Castro estaba protagonizando a favor de los derechos de los homosexuales. Entre otros grandes hitos, el autor señala la producción y "visionado" de la película Fresa y Chocolate, el declive en la persecución de gays, la aparición de un personaje homosexual en un culebrón y el proyecto gubernamental de "dar a las parejas de personas del mismo sexo algún tipo de estatus".

Además, según afirma Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, "tenemos que redefinir el concepto de matrimonio" pues "el socialismo debe ser una sociedad en la que nadie sea excluido". El autor considera irónico que un Gobierno "llamado totalitario" expanda los derechos de los homosexuales mientras que a su juicio en los Estados Unidos se está produciendo justo lo contrario.

Una de las causas de este cambio reside en el papel desempeñado por Mariela Castro, sobrina del dictador –lo de dictador es mío, no de Wickham– y presidenta del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba. Otro factor es la estrategia cubana de defenderse de los "intentos norteamericanos por derrocar el gobierno comunista y reemplazarlo por una democracia al estilo de la de los EE.UU."

El artículo finaliza con las conocidas fórmulas de apoyo al régimen castrista: "El tira y afloja de 50 años de Cuba con los EE.UU es una lucha ideológica. Es una competición entre los ideales socialistas de este país y los esfuerzos norteamericanos por imponer su voluntad en esta isla nación (…) su resultado dependerá de la guerra de trincheras en la que Cuba lucha por los corazones y las mentes de su pueblo, tanto de los heteros como de los gays."

Uno puede ser comunista, castrista o lo que le guste. Algunos incluso afirman continuamente que en Cuba se vive mejor que aquí, aunque nadie se atreve a dar el paso de la emigración al paraíso socialista. No voy a decir nada que no se sepa sobre el inmenso océano de hipocresía que inunda el llamando "pensamiento progresista" en Occidente. Pero usar la represión y el intento fallido de genocidio –uso la definición actual del término, que incluye tanto a grupos políticos como a homosexuales– que los gays cubanos han sufrido bajo el régimen comunista cubano, a fin de redactar una pieza de propaganda y de paso presentar al presidente Bush como una amenaza para los derechos humanos rebasa con creces los límites no sólo de la profesionalidad, sino también de la moral.

Artículos como el reseñado son un insulto para las decenas de miles de gays y lesbianas cubanos asesinados, torturados y encarcelados desde que Castro, su amigo Che Guevara, sangriento representante de la homofobia más cerril, y los otros decidieron que los homosexuales éramos una excrecencia de la sociedad burguesa, y por tanto deberíamos desaparecer. Y si no lo hacíamos por propia voluntad, ya se encargarían ellos de echar una mano a la madre naturaleza, que al final ha dado la razón a quien la tenía. Lo mismo sostuvieron muchos marxistas sobre el judaísmo, aunque por fortuna hoy en día son pocos los socialistas que se atreven a defender estas ideas. No obstante, el precio en vidas que ha costado sacarlos de su delirio ha sido bien alto.

Celebro que el Gobierno de Cuba haya decidido que ya no hace falta ir cazando y matando homosexuales, aunque todo dependa del capricho de la sobrinita del dictador. No quiero ni pensar lo que ocurriría si mañana la señora se enemistara con un gay o, por ejemplo, discutiese con alguno sobre la elección de restaurante donde tomar el brunch dominical; ¿hay de eso en Cuba más allá de los hoteles para extranjeros y las mansiones de los dirigentes comunistas? Vamos, que a la mínima la situación puede volver a empeorar.

Hay que ser muy miope o poseer mucha mala fe para alabar a un régimen político en el que los principios rectores de la política se reducen a los antojos de la familia dirigente y a su proyecto de perpetuación en el poder sine die. No me gusta que Bush haya intentado reformar la constitución de su país para evitar el matrimonio gay, aunque a Wickham se le olvida mencionar que el presidente sí se muestra partidario de legislar para que las parejas gays no sean discriminadas en asuntos fiscales, de herencia y demás. Y en todo caso, digan lo que digan él y sus partidarios, son el pueblo libre y los tribunales de justicia los que en último caso decidirán, no el humor con que se levante alguna sobrinísima.

Entre un Bush o un miembro de Hazteoir.org y un comunista cubano –o un islamista de esos que le encantan a ZP, Zerolo y Moratinos– yo lo tengo muy claro. ¿Quién de ellos me considera una persona y por tanto ser racional y valioso en mí mismo? ¿Quién de ellos considera que poseo unos derechos y libertades inviolables que no pueden ser cercenados sin causa justa y razonada? ¿Quién de ellos se atendría a negociar conmigo? ¿En quién debo confiar en caso de llegar a un acuerdo?

Exhortar a los gays cubanos a decirle a Mariela Castro "Señora, quédese usted con sus derechos" sería apelar a un heroísmo rozando lo temerario. De todas formas, lo que sí les digo a tod@s l@s "mari progres" hispan@s y foráne@s es que su apoyo al totalitarismo no tiene ninguna gracia. Como mínimo, resulta trágico. Como máximo, es un viaje hacia el suicidio en el que espero no encuentren muchos compañeros de viaje. Se puede ser marica –y a mucha honra– pero no imbécil.