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Cómase a Dolly… si quiere

Como suele suceder, la izquierda siente cierto vértigo cuando deja de controlar la vida de las personas. Dado que su modelo de sociedad es la organización castrense –sumisión a un mando centralizado–, no puede aceptar que la gente tenga libertad para elegir si quiere consumir o no carne clonada. Pero, al mismo tiempo, esa misma izquierda militarista quiere transmitir una imagen de tolerancia hippie alejada de su autoritarismo y su moralismo característicos. Sus pasteleos progresistas no casan bien con la represión y mano dura en que se basa necesariamente su ideología, de ahí que traten de maquillar el pequeño Duce que llevan dentro con toda clase de argumentos aparentemente bienintencionados.

Por ejemplo, Juan López de Uralde, director general de Greenpeace España, asegura que la medida empobrece la biodiversidad para beneficiar sólo a las "grandes corporaciones", y que, afortunadamente, Europa tiene una mayor concienciación en temas de seguridad alimentaria, por lo que no permitirá su comercialización.

Lo cierto es que sólo se me ocurren dos maneras de que una empresa, sea grande o no, pueda obtener grandes beneficios sin satisfacer y mejorar la vida de sus clientes. Una es la subvención pública; la otra es el fraude. En las demás circunstancias todo intercambio es mutuamente provechoso, y no puede sostenerse que las ventajas de la comercialización de la carne clonada sean patrimonio exclusivo de las empresas.

Por supuesto, los intervencionistas tratan de convencernos de que los consumidores, a pesar de que ven ampliada su libertad de elección, saldrán perjudicados, ya que, por un lado, el 64% de los estadounidenses rechaza el consumo de animales clonados y, por otro, el etiquetado no distinguirá entre carne natural y clonada. De nuevo, con este tipo de razonamientos sólo denotan una profunda ignorancia del funcionamiento de la economía.

Pongámonos en el supuesto extremo de que el 100% de la población estadounidense se negara a consumir carne clonada; es más, que mostrara una absoluta repugnancia por la simple idea de deglutirla. ¿Sería necesario prohibirla? Para los socialistas, desde luego, ya que el pueblo soberano se habría manifestado unánimemente en su contra. Ahora bien, ¿para qué prohibir algo que nadie está dispuesto a comprar? Las empresas que, en ese contexto, intentaran vender carne clonada desaparecerían del mercado.

Hoy no existen empresas que fabriquen neumáticos cuadrados, agendas con el calendario revolucionario francés o libros escritos en espiral. ¿Por qué? ¿Porque está prohibida la venta de esos productos? No, simplemente porque prácticamente el 100% de los españoles se niega a pagar por ellos, pues los juzga inútiles. Si el rechazo a la carne clonada es tan mayoritario, ¿por qué no dejar que sus productores se arruinen?

Y aquí llegamos a otra estrafalaria excusa de los prohibicionistas: las etiquetas no distinguirán entre carne natural y carne clonada. En realidad, lo que quieren decir es que las etiquetas no deberán distinguir obligatoriamente entre carne natural y carne clonada. Pero pensemos un poco: si es cierto que más del 60% de los estadounidenses no quiere probar un estafado de carne clonada de ninguna de las maneras, ¿qué sería lo primero que usted haría si fuera distribuidor de productos procedentes de carne natural? ¡Obviamente, anunciarlo con letras bien grandes!

Claro que podemos darle una vuelta al argumento socialista y decir que las empresas venderán sólo carne clonada, ya que les resultará más barato. Entonces, plantéeselo de este modo: si el 60% de los consumidores estadounidenses estuviera deseoso de comprar carne natural, ¿qué sería lo primero que haría usted para convertirse en millonario? Efectivamente: vender carne natural y anunciarlo.

Pues bien, si esto nos resulta tan evidente a usted y a mí, ¿no lo van a entender también millones de estadounidenses? Otra cosa, bastante más probable, es que la oposición de los estadounidenses a la carne clonada sea mucho menor de lo que nos cuentan los medios y, a la hora de la verdad, muy pocos estén dispuestos a pagar un mayor precio por la carne natural.

Eso sí, los gobiernos europeos, para el prohombre de Greenpeace, son mucho más sensatos y no permitirán la venta de carne clonada. Ya se sabe qué entiende la izquierda por sensatez: prohibición, regulación, control, principio de precaución y planificación central. El que se mueva no sale en la foto, y lo que no agrada al líder no llega a las tiendas. Será que la sensatez del Gobierno pasa por considerar a los individuos unos completos insensatos que no saben tomar decisiones; lástima que los políticos apliquen siempre esa lógica… salvo cuando se trata de cosechar buenos resultados electorales.

Es evidente, en definitiva, que las críticas de estos neoinquisidores merecen poca atención intelectual, ya que se asientan en prejuicios contra la libertad y el bienestar de las personas. Con todo, la decisión de la FDA sí debe ser criticada desde un punto de vista liberal, precisamente por venir de donde viene.

Ninguna agencia gubernamental debería tener el poder para autorizar o restringir la venta de un producto. No somos libres porque el Gobierno nos lo permita: la libertad no es una licencia política, sino un derecho del individuo frente al poder político. Los individuos han interiorizado de tal manera el mensaje de que el Estado es la fuente de toda autoridad, incluso moral, que parece que, tras la decisión de la FDA, el consumo de carne clonada tiene que ser necesariamente seguro.

Pero los gobiernos también pueden equivocarse; de hecho, lo hacen a menudo. El problema es que sus grandes errores no conllevan su desaparición, al contrario de lo que sucede en el mundo empresarial. Al crecer y desarrollarse sobre el expolio y la mentira, los estados se convierten en frenos a la experimentación y el progreso.

La decisión sobre si un alimento es sano o no debería corresponder a agencias de calificación privadas en régimen de competencia, de la misma manera que Moody’s y Standard & Poor’s tratan de valorar los riesgos de las empresas desde hace prácticamente cien años. Estas empresas de calificación de seguridad alimentaria concederían notas según la salubridad de los productos, para que los consumidores decidieran si quieren pagar una prima por los alimentos más sanos o, en cambio, prefieren otros productos más baratos pero con un riesgo ligeramente superior.

Dado que estas agencias se basarían exclusivamente en su credibilidad, y que los errores en la calificación socavarían su principal activo, destinarían grandes recursos para mejorar sus métodos y reducir las calificaciones equivocadas. De esta manera, los consumidores tendrían acceso a una información fidedigna y podrían decidir qué relación calidad-precio les interesa más.

El modelo actual es una pantomima en la que el Gobierno se arroga toda la sapiencia decisoria y niega al consumidor toda capacidad para decidir qué riesgos asumir. La gente sigue encandilada por la propaganda política y cree que todos los productos autorizados por el Gobierno son necesariamente sanos. Sin embargo, no hay una calificación del riesgo, y los controles, como quedó patente en la crisis de las vacas locas, no son fiables.

Esta ficción estatista ha hecho que las empresas de alimentación se preocupen sólo por pasar los controles públicos y no estén dispuestas a pagar tarifa alguna para que se evalúe la salubridad de sus productos, como sí ocurre con las empresas que quieren obtener financiación y necesitan exhibir a sus potenciales prestamistas el rating de Moody’s o S&P.

El socialismo bloquea la función empresarial allí donde se establece, petrifica el fracaso y convierte a los individuos en irresponsables. Podemos celebrar que el Gobierno de EEUU permita la comercialización de carne clonada, pero no vayamos a creernos que ésta es un producto sano porque lo diga el Estado. Precisamente por ello, todas estas agencias gubernamentales que pretenden evadir a los individuos de la realidad sobran: ni el contribuyente ni el consumidor merecen soportar semejante lacra.

Lo pequeño (a veces) es hermoso

Cada día resulta más difícil que la presentación de un informe sobre propuestas de reforma en un sector sorprenda al auditorio que lo recibe. La monotonía de estos estudios suele ser absoluta: que si hace falta un mayor compromiso político, que si hay que ampliar la financiación, que si hay que multiplicar las infraestructuras, que si hay que racionalizar la producción, que si hay que conducir la demanda con controles de precios o, por poner otro ejemplo típico, que si hay que concienciar a la población del verdadero valor de las cosas con gigantes campañas de información pública. Así que, para hacerse notar, los responsables de estos informes se apuntan a una carrera inflacionista de intervenciones y faraónicos proyectos estatales. ¿Y qué hay del elevado coste de estas medidas? Les da igual. Pocos serán los que identifiquen los problemas futuros con la deuda fruto de la financiación del sinfín de modernos mausoleos, puentes y calzadas imperiales. En cambio, todo el mundo identificará las inmensas pirámides con el político de turno que las erigió. Gallardón sabe bien de qué estoy hablando.

En este contexto, se puede explicar que la reciente presentación un informe sobre los problemas del transporte en el Reino Unido y las medidas de política económica necesarias para solucionarlos haya provocado un maremoto político que ha sacado a todos del muermo que sufríamos en estos eventos. El informe, liderado por Sir Rod Eddington, ex director ejecutivo de British Airways, reconoce los problemas de congestión en el transporte público británico pero rechaza frontalmente las soluciones que consisten en aprobar oceánicos gastos con cargo al contribuyente. En lugar de estas soluciones "a la francesa", Sir Rod asegura que las pequeñas mejoras de la infraestructura ya existente en aquellos puntos concretos en donde se satura es la vía correcta para las reformas de las redes de transporte comunicación.

A los políticos no suele gustarles este tipo de recomendaciones. Con pequeñas mejoras es difícil salir en la televisión y más complicado aún ponerse la medalla de redentor y político omnipotente. Por eso, esta clase de conclusiones en un informe oficial es de una especie en vías de extinción. Para perplejidad de propios y extraños, la segunda recomendación de este sensato caballero consiste en que las infraestructuras se paguen cuando se usen y en función de su escasez relativa. Esta idea tan de sentido común ha dejado outside a políticos y comentaristas del sector de transporte y las comunicaciones. De aplicarse estas dos ideas que acercan los transportes públicos al funcionamiento del mercado y sacan al Estado de los grandes proyectos majestuosos, la privatización de un buen número de servicios e infraestructuras de transporte podrían estar a la vuelta de la esquina, mientras que la iniciativa de mega proyectos como el Eurotúnel quedarían definitivamente en el reino de la propiedad privada y la responsabilidad de quien invierte su propio dinero en la empresa.

Hace 20 años Margaret Thatcher privatizó el sector ferroviario y el resultado ha sido el incremento espectacular del número de pasajeros y las toneladas de carga transportadas gracias a medidas de mejora incremental. Las nuevas recomendaciones de Sir Rod podrían facilitar la extensión de la filosofía thatcheriana y sus parabienes al resto del sector gracias a explicar que lo pequeño es hermoso. Al menos cuando se trata de la intromisión del estado en un sector como el transporte y las infraestructuras.

Hans Kelsen y sus “impurezas”

Hans Kelsen es tenido por el mayor teórico del Derecho del siglo XX. Fue el representante más refinado del moderno positivismo jurídico, corriente ésta que surgió en el siglo XIX como reacción frente a la vasta tradición secular y variopinta del llamado iusnaturalismo. Puso todo su empeño en desprestigiar el Derecho natural como algo irracional y caduco frente a la superioridad del Derecho positivo. El interés principal kelseniano fue delimitar el conocimiento del Derecho como un fenómeno autónomo de cualquier otra consideración psicológica, sociológica, moral (tachada de ilusión) o extra-legal y, así, hacerlo "puro".

En 1934 publicó su contribución más granada y libro fundamental para la filosofía del Derecho: Teoría Pura del Derecho. En ella se afirmaba que la validez de las normas vendría dada por el modo de producción de las mismas y no por su contenido. La teoría kelseniana del escalonamiento normativo implica que toda norma jurídica tiene su validez en otra norma superior hasta llegar a una norma ficticia fundamental (Grundnorm). El problema es que la referida Grundnorm, en la que descansa todo su ordenamiento positivo, no pudo nunca definirse por Kelsen al no poder encontrarle, a su vez, un fundamento último de su validez formal. Una importante carencia aparece, con ello, en el intento de crear una teoría del Derecho completamente formal (“pura”).

Kelsen no concebía más Derecho que el del Estado, que era el emanado de la voluntad del legislador. Con su metodología jurídica, además, vino a equiparar lisa y llanamente el Estado con el Derecho. La barra libre que suponía este poder del Estado tiene mucho que ver con el concepto de soberanía que inspira a casi todos los positivistas jurídicos, que no pueden imaginarse que el legislador tenga límites a su actuación (sobre todo si están legitimados por una mayoría democrática; el lema kelseniano aplicable sería más o menos éste: son muchas las áreas pendientes de ser normativizadas con la legitimidad que dan las urnas).

Ante los excesos eventuales de un poder arbitrario, Kelsen proponía como panacea su estricto y "muy científico" formalismo jurídico que serviría, según nuestro eximio jurista, de límite o freno a cualquier arbitrio político (¡eso sí que era una ilusión!). Las primeras críticas a la Teoría Pura de Kelsen vinieron especialmente tras la llegada democrática al poder del huracán nazi y los subsiguientes efectos devastadores de su actuar. Se pudo constatar entonces que las normas nazis fueron, por desgracia, también actos jurídicamente correctos según los postulados de Kelsen.

Se supo que el iuspositivismo exacerbado podía dar cobertura a fenómenos monstruosos como el nazismo o el estalinismo (estatismos radicales, en suma). Se hizo entonces patente para muchos (no así para Kelsen) la necesidad de repensar las posturas uisnaturalistas tradicionales. La nuez del problema seguía siendo la decantación del criterio válido según el cual podría considerarse una norma justa (o, al menos, no injusta) y adecuada a la naturaleza del hombre. Eso tenía que ver con el contenido de la misma, más que con el modo de producirse. El Derecho natural, al menos en su versión más depurada y actual, tiene, por tanto, todavía algo que decir (1,2, 3, 4).

Por cierto, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero de John M. Keynes fue publicada dos años después de la Teoría Pura del Derecho de Kelsen. Ambas supusieron un soporte ideológico muy conveniente para "los socialistas de todos los partidos", especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. Lord Keynes, por un lado, dio cobertura a la política económica intervencionista y de crecientes déficits públicos y Hans Kelsen proporcionó, por su parte, la teoría jurídica necesaria para llevar esto a cabo. El Derecho y la Economía política contemporáneos se han venido retroalimentando mutuamente desde entonces.

Kelsen, además, estuvo convencido de que el único medio para alcanzar soluciones a los problemas sociales era controlar, a través de mayorías parlamentarias, las libertades económicas (meras ideologías burguesas, según él), creyendo erróneamente, que lo esencial era mantener las libertades políticas. Así pues su positivismo jurídico se presenta, a la postre, como una ideología socialista.

Hans Kelsen, que quería apartar al Derecho de toda ideología o moral, resultó ser al final un ideólogo activo de la comunitaria moral socialista. Como se ve, el pensamiento kelseniano, a pesar de sus pretensiones, tuvo muchas "impurezas".

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Le mintieron: su futuro no está asegurado

El Gobierno parece haberse dado cuenta ahora de que cada vez se está jubilando más gente, y que para el 2050 el gasto en pensiones se va a duplicar. Recordemos que las pensiones no se financian con el dinero que usted y su empresa pagaron en su momento –el Estado se lo gastó en otras cosas tan útiles como tanques, subvenciones al cine y cosas por el estilo–, sino que las actuales pensiones las están financiando los jóvenes de ahora. Así, en la actualidad, cada 10 ocupados están manteniendo a 2,4 jubilados, pero en 2050 los 10 trabajadores van a mantener a 6,5. Es cierto que el Gobierno tiene un fondo de reserva que se guarda para cuando las cosas vayan mal, pero éste sólo duraría, a día de hoy, ocho meses.

Además de la nefasta gestión del Gobierno hemos de añadir que siempre surgen imprevistos. Por ejemplo, recientemente el aumento del IPC obligó a la Seguridad Social a hacer un desembolso adicional para cubrir el pago de las pensiones. ¿Y cuáles son las soluciones del Estado? Aumentar la edad de jubilación, la manipulación de la deuda, el aumento la inmigración y las subidas de impuestos. Examinemos cada una de ellas en detalle.

  1. Aunque no se ha propuesto formalmente, hace tiempo que aumentar la edad de jubilación planea en la mente de los políticos. Sólo hay un problema, y es que el 45% de los trabajadores no llegan a la edad legal de jubilación (65 años). El Gobierno ya puede poner la edad de jubilación a los 90 años si quiere, que la medida no servirá de nada porque la tendencia del mercado es la opuesta: jubilar lo antes posible. Por otra parte, también es éticamente inaceptable que, por culpa de la nefasta e irresponsable gestión del Gobierno, tengamos que ser nosotros quienes paguemos sus consecuencias trabajando más. Si esto lo hiciese una empresa privada ya habría cerrado y todos sus directivos estarían en la cárcel; los políticos, en cambio, se suben el sueldo año tras año.

  2. Como el mismo Solbes ha apuntado, uno de los objetivos del gobierno ZP es sanear las cuentas del Estado. ¿Es que los socialistas se han vuelto unos puristas de la gestión pública? No, simplemente se las ven venir. La idea radica en rebajar la actual deuda estatal para volverla a aumentar en unos años y hacer frente así al incremento de las pensiones. Esto no nos permitirá bajar los impuestos ni a corto ni a largo plazo, ya que el gobierno ha destinado parte del potencial superávit a otros gastos adicionales. El aumento de la deuda en el futuro se traduce necesariamente en más impuestos posteriores.

  3. Una de las formas para aumentar la recaudación es que trabaje más gente. La chapuza cortoplacista del Gobierno consiste en hacer entrar a más extranjeros legales para así aplazar el problema de las pensiones a los burócratas del futuro. Como puede ver, es algo propio de grandes estadistas. El problema es que muchos inmigrantes se están dando cuenta de las "grandezas" del Estado del Bienestar y evidentemente optan por cobrar la subvención de turno y trabajar en la economía sumergida. Las excusas del gobierno de crear una "inmigración legal y ordenada" no son más que un acto desesperado para corregir el negro futuro de las cuentas públicas.

  4. Es evidente que las cuentas macroeconómicas de España están pasando por un buen momento, pero muchos indicadores nos están alertando que podría venir una época no tan próspera. Si ahora que macroeconómicamente vamos bien el Estado no es capaz de ahorrar lo necesario, el futuro se podría volver un problema serio. La única solución es aumentar impuestos, lo que de hecho no sería más que una continuación del actual incremento de la presión fiscal.

Es evidente que el Estado no sólo nos tiene como clientes cautivos de su insolvente sistema de pensiones, sino que cuando lo arruina por su negligencia e ineficiencia nos hace pagar a nosotros las consecuencias con más impuestos, reestructurando la sociedad, hipotecando el futuro de nuestros hijos y queriéndonos obligar a trabajar más.

Otros países como Chile, Polonia, Bulgaria o Hungría han optado por la privatización de los planes de pensiones públicos con gran éxito; sin duda sería la mejor medida, pero como la incompetencia y populismo priman en nuestros políticos ansiosos de poder, la mejor solución va a pasar por abrirse planes de pensiones privados donde, al menos, contribuimos si queremos, y para nuestro futuro y no el de otros.

Eugenesia y darwinismo social o el Estado asesino

El siglo XIX fue mucho más que el siglo del laissez-faire: la era victoriana fue la maceta donde germinaron grandes movimientos que sacudieron la filosofía, la política y la ciencia y cuyas luces y sombras, a principios del siglo XXI, aún nos siguen afectando. Durante el siglo XIX nada estaba realmente diferenciado, los grandes descubrimientos científicos se interrelacionaban con los movimientos filosóficos y religiosos que conformaban la moral de las sociedades y, por tanto, buena parte de las políticas de sus gobiernos. Fue en este contexto en el que Charles Darwin, tras viajar en el Beagle dos años y después de varios más analizando sus muestras y observaciones, decidió hacer pública su teoría sobre la evolución de las especies.

Pronto la supervivencia del más apto, término que no fue acuñado por Darwin sino por el filósofo británico Herbert Spencer, o la selección natural, que sí se le debemos al naturalista, dieron el salto de lo meramente biológico al campo de la filosofía y de la naciente sociología. Francis Galton, además de primo de Darwin, fue un hombre de ciencia polifacético. Sus estudios sobre herencia ayudaron a desarrollar lo que se conocería décadas después como genética. Además, destacó en estadística, cartografía, geografía y meteorología, donde llamó la atención sobre el papel de los anticiclones. Pero aparte de todo esto e imbuido por los escritos de su primo, fundó y promovió la eugenesia, pseudociencia que propugna la mejora de la especie humana. Galton aseguraba que:

Mi objetivo general ha sido tomar nota de las variadas facultades hereditarias que tienen las personas, para averiguar hasta qué punto la historia puede haber mostrado si es practicable o no la sustitución del ineficiente género humano por unas líneas mejores, y valorar si sería o no nuestro deber realizarla, poniendo en juego los esfuerzos que puedan ser razonables, con el fin de ampliar los límites de la evolución con mayor rapidez y menos agotamiento que si dejáramos que los acontecimientos siguieran sus propio curso.

Galtón y otros consideraban que dentro de la Humanidad, los diferentes grupos combatían entre sí mediante mecanismos de competencia darviniana, de forma que los más exitosos eran los portadores de las características más avanzadas y "perfectas" y, por tanto, los más aptos y lógicamente, el futuro. Sus estudios sobre genealogías de personajes eminentes o el estudio comparativo de gemelos criados por separado fueron convenciendo a cada vez más gente. No sólo las personas con enfermedades hereditarias o socialmente rechazables como la epilepsia, sino las que padecían problemas como el alcoholismo o incluso aquellas que por circunstancias variadas tenían que practicar actividades como la mendicidad o la prostitución, pronto se pusieron en el punto de mira de sus partidarios. Por supuesto, la raza era otro factor demasiado importante para desecharlo y es que el racismo en esa época no era un concepto tan denostado como en la nuestra.

En Alemania, y a partir de la década de los 60 del siglo XIX, el morfólogo Ernst Haeckel, otro sobresaliente hombre de ciencia con un oscuro perfil político, destacó por su defensa del darwinismo en cuya personal interpretación encontró la justificación "científica" para el racismo. Según él, razas, grupos y nacionalidades evolucionaban respondiendo a su entorno, avanzando a través de una lucha competitiva. Heackel dio así contenido al monismo, filosofía que en la política propugnaba un Gobierno fuerte y centralizado como fuerza impulsora del progreso humano mediante la competencia racial, el sacrificio del grupo y la guerra internacional. Galtón y Heackel, incluso el propio Darwin, creían como mucha gente en esa época en la jerarquía racial y por supuesto, asignaban el escalón más alto a la propia.

Las justificaciones sociales también encontraron su lugar. El criminólogo italiano Cesare Lombroso hablaba de imbéciles morales refiriéndose a aquellos individuos que no habían alcanzado un adecuado grado de evolución, por lo general locos peligrosos, asesinos natos y epilépticos, encontrando así una explicación para los comportamientos antisociales. Semejante tesis tuvo también buena acogida en la población, sobre todo cuando se percibía un incremento del crimen y de cierta inestabilidad social. En Francia, Georges Vacher de Lapouge abogaba por la competencia entre razas por encima de la competencia entre individuos.

La eugenesia tenía dos formas de llevarse a cabo. La primera era evitar que determinados grupos se aparearan entre sí. Este sistema segregacionista se definió como eugenesia positiva y permitía en teoría salvaguardar los supuestos caracteres positivos de los individuos superiores. La segunda, la eugenesia negativa, consistía bien en que no pudieran reproducirse quienes formaran parte de los grupos considerados inferiores, es decir, en su eliminación como sujeto reproductor, bien en su asesinato, acelerando de esta manera el que desde su punto de vista era el proceso natural. Ambos sistemas encontraron lugar en las políticas de los gobiernos de muchos países occidentales. El darwinismo social había encontrado una herramienta perfecta para su máxima expresión, mucho más poderosa que la simple y execrable opinión de un ciudadano con mayor o menor poder o influencia: había encontrado el Estado.

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A propósito de Howard Roark

Cuántas veces rechazan tu creatividad, tus propósitos, dándote con la puerta en las narices, sin más justificación que el recelo, la rutina o la envidia. Los pretextos de esta amplia clase de obstaculizadores son casi siempre los mismos: "quieres aislarte del mundo", "sólo se pueden imitar los modelos históricos", "no puedes aprender a sobrevivir sino aprendes a transigir". Incluso pueden descalificarte por completo: "eres un egoísta, un impertinente, demasiado seguro de ti mismo".

Más adelante, alguien confía en el proyecto y te ofrece un empleo para desarrollar tus propuestas. Pero no es suficiente: los encargos no llegan, el negocio languidece. No lideráis aún la tendencia, os habéis anticipado a vuestro tiempo, faltan recursos y contactos. Los pronósticos sombríos se confirman. Aún así, no te doblegas, sigues convencido. Te preparas para recorrer el desierto. Comienza la supervivencia, los trabajos alimenticios sin vocación. En una de esas ocupaciones conoces a la persona que amarás durante toda tu vida. Ella o él te desean; no obstante matrimonian con quien le da mayor bienestar. Un día regresará a ti, será otra historia pendiente. En este momento lo que más te preocupa es la inexistencia de un socio que crea en ti. Por fin, sorpresivamente, lo conoces. Comienza el éxito, la confianza profesional. La flamante prosperidad pronto será acechada por la maledicencia; tendrás que defenderte en público, justificando ante el soviet de rencorosos tu afán de superación.

El Manantial, la película dirigida por King Vidor en 1949, refleja esta circunstancia vital de conquista de la libertad. Gary Cooper interpreta de forma espléndida a Howard Roark, el héroe de Aynd Rand en su novela del mismo título. Las palabras de Roark en su alegato final tienen el mejor sonido posible para muchos:

El hombre no puede sobrevivir si no es a través de su mente. Llega al mundo desarmado, su cerebro es su única arma. La mente es un atributo del individuo. Es inconcebible que exista un cerebro colectivo. El hombre que piensa, debe pensar y actuar por sí solo. La mente razonadora no puede actuar bajo ninguna forma de coacción. No puede estar subordinada a las necesidades, opiniones o deseos de los demás, no puede ser objeto de sacrificio.

Descarga The Fountainhead y aprecia su mensaje en todo aquello que pueda resultarte (resultarnos) útil. Comentémosla. Recomendémosla: no hay demasiado cine liberal del que echar mano. Olvidémonos del aire retro de alguna de sus escenas y quedémonos con lo esencial: la determinación de Roark en su libre albedrío, la amortización de incomprensiones externas, la satisfacción –sin perjuicio objetivo a terceros– de hacer más por ti.

La titiritera del PP ataca de nuevo

La cómplice de Teddy Bautista ha criticado el plan antipiratería por el que usted y yo pagamos las campañas de la SGAE no porque se malgaste dinero público en esos menesteres, sino porque ha fracasado. Escandalizada por las cada vez más exiguas cifras del cine español, ha acusado a la piratería a través de Internet de ser la responsable de "una caída de espectadores y recaudación del cine español alarmante" y reclamó un pacto con las empresas de telecomunicaciones para luchar contra ese "delito".

Según la inteligencia preclara de la responsable de Cultura del partido de Rajoy, Internet es culpable de que la gente cada vez acuda menos al cine español. Por eso mismo ha aumentado en recaudación y porcentaje el cine estadounidense. No hay más que pasarse por los sitios web con enlaces para descargar películas con eMule o BitTorrent, a las que imagino que cerrará Calvo en cuanto aprueben su ley fascista, para ver que no tienen nada más que películas españolas, mientras que los grandes estrenos de Hollywood pasan completamente desapercibidos, cuando no despreciados y escarnecidos. Mientras grandes masas de fans enfervorecidos se bajan Azuloscurocasinegro, la última de Superman es ignorada vilmente.

Cuando la diputada no está ocupada llamando, literalmente, ladrones y mafiosos a sus votantes, pergeña leyes que ayuden a que una parte importante de la población española, la que copia música y películas para uso personal, cometa un delito que hace medio año no existía. Pero dado que dichas leyes parecen estar redactadas al alimón entre ella y Carmen Calvo, sólo cabe esperar que se les cuelen errores como el que me envía Ana. La nueva ley incluye una disposición transitoria que especifica las cifras que se han de pagar por el canon por copia privada. Primero especifican una cifra distinta dependiendo de si se trata de un DVD de datos o de vídeo, una diferencia que imagino que sólo se podrá averiguar consultando a un astrólogo. Pero lo más gracioso es que para uno especifican un canon de 0,30 euros la hora y para otro 0,70 euros… ¡pero la misma cantidad por minuto, es decir, 0,011667 euros! Será que disponen de un sistema matemático avanzado al que sólo tienen acceso legisladores escogidos.

Mientras las empresas y trabajadores del entretenimiento (culturales, dirán) sigan empeñados en parar el reloj de la historia en beneficio propio, sus acciones tendrán al menos el efecto colateral y completamente involuntario de permitirnos ver qué políticos están a su servicio y no al de sus votantes. Por el momento, no hay muchos que salgan bien parados. Pero pocos podrán presentar una hoja de servicios tan lamentable como la diputada Rodríguez-Salmones.

Por cierto, me dice Ana que el juicio que le ha puesto la SGAE comienza el 15 de enero. Crucemos los dedos.

La deshumanización del medio ambiente

En el análisis dominante sobre los problemas del medio ambiente hay un error de fondo que no deja enfocar adecuadamente las posibles soluciones. Parte del la premisa errónea de que la política puede resolver los problemas que el mercado o los individuos no son capaces de solventar. Como en muchos otros debates, la política debe prevalecer sobre la economía.

Según esta idea, son los individuos de la casta superior, los funcionarios y políticos, los que determinan qué se considera un problema medioambiental. A partir de entonces, la sucesión en cadena del dominó intervencionista empieza a sobrevenirse y un nuevo mercadeo de presiones y favores políticos nace ex nihilo.

Pero, para ello, es fundamental crear el problema y trasladarlo de manos privadas siempre más hábiles (según el teorema sobre la imposibilidad del socialismo) a manos burocratizantes. Condición sine qua non es la deshumanización del medio ambiente. En lugar de considerar las relaciones y problemas del ser humano con otros seres humanos en la naturaleza como un escenario más del juego de la vida, se diviniza a la naturaleza como un ente independiente y superior. No obstante, el problema medioambiental es un problema de planes de acción individuales contrarios entre sí, y no un problema que nada tiene que ver con las personas que interactúan en la naturaleza.

Esto tiene un corolario teórico al respecto que, casualmente, está sustentado en las teorías neoclásicas de los profesores Pigou y Coase. Sobre estas ideas, la solución otorgada por los políticos y economistas intervencionistas se sostiene en la maximización del bienestar general. Considerando los recursos dados y la imaginación congelada, la asignación de los bienes debe ser tal que el beneficio marginal individual no debe sobrepasar el coste marginal social. Es decir, no importa quién sea el propietario que soporta ese coste –puesto que es un coste de y para la sociedad–, sino que existe un problema con variables independiente de los auténticos protagonistas. Esto permite que en lugar de hacer hincapié en quien sufre una consecuencia indeseada en su propiedad, tal como podría ser el aire contaminado o residuos tóxicos, el verdadero protagonista (el individuo) ve anulada su importancia en pos de maximizar el bienestar del grupo (algo indefinido).

Así, se relativiza hasta tal punto el concepto de coste, que éste ya no tiene que ver nada con la propiedad y, por tanto, con la valoración de las personas, sino que se difumina deshumanizándolo y quitándole subjetividad. Y sin subjetividad, no hay un concepto real de coste, sino un concepto político-ingenieril.

Si una empresa vierte residuos tóxicos en la parte alta de un río, que perjudica a otra empresa situada más abajo de éste, la solución a este conflicto no pasa por permitir contaminar si se compensa al perjudicado con una cantidad fijada por la ley o los tribunales, ni tampoco en penalizar al que echa residuos con multas o impuestos, sino en permitir que el propietario del río paralice por completo la acción del emisor de residuos o en imponerle lo que él considere justa compensación: sin propietarios no hay ni siquiera contaminación, puesto que no se atacan los planes legítimos de nadie.

Solo permitiendo el surgimiento y desarrollo de los derechos de propiedad (libertad) se podrán fijar precios de mercado reales para la contaminación y eliminar o compensar el daño que generan a los auténticos afectados (los propietarios), de modo que se resuelvan los problemas medioambientales adecuadamente entendidos.

España con su cine

De las veinticinco películas más vistas del año, tan sólo cuatro son españolas, y de ellas sólo dos están entre las diez más vistas. Se trata de "Alatriste", en cuarto lugar, y "Volver", en séptimo. Hasta aquí llegó la riada del talento.

Si la gente hubiera decidido dejar de ver películas españolas sencillamente porque en su mayoría son una castaña, la solución no sería demasiado complicada. Bastaría con eliminar las subvenciones para que el ingenio de los cineastas empezara a conectar con los gustos del público. Sin embargo, quizás la fuerte ideologización del mundo del cine y de las artes, casi siempre escorado a la extrema izquierda, haya tenido también algo que ver en este pequeño desastre.

Durante la segunda parte de la guerra del golfo, los artistas se pusieron del lado de la izquierda y salieron a la calle a gritarle asesino al gobierno que nos había metido en el conflicto de las cuatro íes (ilegal, injusto, inmoral e ilegítimo). Cuatro años más tarde, las tropas españolas siguen en diversos escenarios de la guerra contra el terrorismo, incluido Irak, en cuyas aguas la fragata Alvaro de Bazán ha dado cobertura a las naves de guerra norteamericanas. De la platajunta "Cultura para la guerra" nunca más se supo.

En las últimas elecciones generales, la ofensiva de la izquierda contra su adversario político alcanzó cotas nunca vistas en una democracia. Los artistas, y en lugar preferente los actores y cineastas, fueron la vanguardia en todas las algaradas, a cual más violenta. Una de estas representantes de la cultura afirmó en una entrevista que quienes votaban al PP eran unos hijos de puta. Bien, es su opinión. Gran parte de la gente a la que iba dirigido el piropo opina que lo que hacen nuestros artistas es una mierda y por eso no van a ver sus películas. Es otra opinión.

Paradójicamente, la mayor afluencia de espectadores a las salas que proyectaban películas españolas se produjo durante el mandato del Partido Popular, que mantuvo la riada constante de subvenciones para engrasar la maquinaria, no fuera que los artistas se ofendieran y les llamaran fachas. En 2001 y 2003 las películas españolas fueron vistas por veintiséis y veintidós millones de espectadores respectivamente (en 2006 la cifra ha bajado a quince). No tengo claro que este hecho sea un mérito del que el PP deba sentirse especialmente orgulloso, especialmente después de ver cómo le devolvieron el gesto los beneficiarios de estas ayudas entre el 11 y el 14 de marzo de 2004. ¿Cuándo aprenderán que la cinematografía española, como Roma, no paga a traidores? Seis millones de espectadores lo han captado perfectamente sólo en este año 2006. No parece que sea tan difícil.

Metáforas

Si cruzamos el resentimiento intercultural que aflora en una sociedad "mestiza" con el clásico resentimiento que vertebra la visión marxista de la pirámide social, la doctrina del polilogismo que diría Mises, obtenemos una matriz de agravios que hace las delicias del moralista posmoderno. Una sociedad así necesita enmendarse y para ello nada mejor que un gobierno que sepa educar, un gobierno progresista que sea capaz de darle una moral construida sobre la empatía y la responsabilidad social.

El lingüista cognitivo George Lakoff sostiene que, dado que los seres humanos asimilamos las ideas complejas mediante metáforas que las acercan o descomponen en ideas más cercanas y sencillas, entendemos, siquiera inconscientemente, un orden complejo, como es una nación, en términos muy cercanos, familiares. Así, sostiene que los modelos de una estructura familiar idealizada fundamentan, metafóricamente, las concepciones políticas básicas más comunes: progresismo y conservadurismo.

Hasta aquí se parece bastante a la teoría de las visiones, utópica y trágica, de Thomas Sowell. Para Lakoff la visión progresista se representa, metafóricamente, con el modelo familiar del Padre "Educador" (nurturant parent family), mientras que la cosmovisión conservadora es representada por el modelo del Padre "Estricto" (strict parent family). Sendos modelos tienen diferentes prioridades morales lo que se traduce a efectos políticos en el papel que cada una reserva al Estado. Papá Estado o, mejor aún, Mamá Estado, puesto que Lakoff interpreta el mundo en clave femenina (nurturant) desde esa atalaya utópico-educadora. En su ensoñación progresista la economía debe servir a los fines morales promovidos por el gobierno y por lo tanto estar intervenida hasta el tuétano. En descarnado contraste, la visión estricta es desechada por ser culpable de todos los males derivados de su incondicional defensa del libre mercado y de la meritocracia.

Un cuento más de buenos y malos del que Steven Pinker da buena cuenta en las páginas de The New Republic. En definitiva, lo que persigue Lakoff es dar a los progres americanos un nuevo "marco conceptual" con el que puedan construir un mensaje radicalmente distinto al de los conservadores (y aquí incluye a los anarcocapitalistas), hasta el punto, nos dice Pinker, de que puede resultar ininteligible para sus potenciales votantes.

Si me he acordado de Lakoff en estas fechas prenavideñas es porque pensaba que precisamente los progres están convertido la Navidad en una metáfora en la que podemos reconocernos una buena parte de los liberal-conservadores que venimos "eclosionando" en España. Y es que volviendo al resentimiento que señalaba al comienzo del artículo, los progres a lo Lakoff están empecinados en solucionar problemas que sólo existe en sus agendas y aprovechan cualquier resquicio que les da la actualidad para atacar al mercado y a la libertad. Terrorismo islamista y multiculturalismo son hoy día relatos permanentes, palancas con las que bolcheviques resentidos, en expresión de Horacio Vázquez Rial, todavía tratan de cambiar el mundo o por lo menos hacerlo tambalear.

Y en esto llega la Navidad, ofendiendo a propios y extraños. Hay que vengarse. Deberían comenzar buscando algún nombre, algún ingenioso y grosero neologismo, cuanto más vejatorio mejor, con el que señalar la grave coincidencia que traen estas fechas: júbilo cristiano y alegría consumista. Cierto que el júbilo no es exclusivo de los cristianos, al menos no en Occidente. En Inglaterra los católicos, los musulmanes e incluso la propia iglesia anglicana, sin reparar en la alegría que su modesta alianza llevará a la Moncloa, están de acuerdo en que no hay nada ofensivo en la vindicación navideña. Oiga, y protestan en pandilla. Y no sólo ellos. Y es que escuchando a iluminados de variado pelaje y ocupación uno puede llegar al convencimiento de que la Navidad debería pasar a la clandestinidad; no sólo debería perder el favor del Estado, sino ser efectivamente perseguida con leyes, mientras los intelectuales subvencionados redescubren la estolidez de Oscar Wilde y nos ilustran a todos con nuevos remakes de "El alma del hombre bajo el socialismo".

Como Capella ya ha dejado claro que en el Instituto Juan de Mariana hay fenotipos diversos de un meme común que se define por su defensa "del derecho de propiedad, la no agresión y el cumplimiento de los contratos" entiendo que no todos los liberales compartan ni mi agnosticismo escéptico ni mi renovada ilusión por la celebración navideña. En lo que sí estaremos de acuerdo, espero, es en desear que por una vez nos toque mañana la lotería. Aunque sea monopolio del estado.