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La leche

Existe cierta tendencia a identificar Estados Unidos con el liberalismo y el capitalismo, tanto entre quienes estamos a favor como quienes están en contra. Sin embargo, desde la época de la Gran Depresión, el gigante norteamericano ha ido sufriendo una lenta pero constante erosión de algunas de las libertades más fundamentales, como son las de producir y comerciar cuándo, cómo y dónde nos dé la gana. Sigue siendo un país próspero porque, en comparación con otras economías, ofrece mucho más campo para innovar, aunque en sectores más estables y antiguos presente tanto o más control estatal que los europeos.

Así, el sector lácteo está protegido por una ley que, en la práctica, supone un estricto control de precios sobre la leche, vaya a ser ésta utilizada para consumir directamente o para elaborar queso, yogur, mantequilla o helado. El asunto funciona a través de fondos regionales donde los granjeros (en 1937, cuando se aprobó la ley) o las grandes empresas lácteas (hoy en día) venden la leche siempre al mismo precio. Un precio superior al que tendrían en el mercado libre. Era tan provechoso el sistema para los productores que no hubo que esperar hasta el verano de 2003 cuando un empresario nacido en Holanda, Hein Hettinga, comenzó a vender leche a unos 20 centavos menos por galón fuera del mismo.

Se aprovechaba así de un agujero en la regulación del sector que permitía a aquellos que embotellaran leche sólo de sus propias vacas operar fuera de los fondos regionales centralizados. La reacción de las grandes empresas lácteas es previsible: se fueron a Washington a impedir que la competencia sirviera mejor a los consumidores ofreciendo leche más barata. Y con los esfuerzos de senadores y representantes de ambos bandos, tres años después han logrado su objetivo. Una nueva ley obligará a Hettinga a pagar a sus competidores por vender su leche fuera del sistema estatal.

Los propulsores del New Deal hicieron leyes pensando que la Gran Depresión había sido causada por el descontrol del mercado libre, de modo que hicieron un buen montón de leyes que pretendían congelar el estado de la economía, eliminando competencia e innovación. Mucha de esa legislación fue eliminada, pero no toda. En aquel tiempo, cerca de un cuarto de los norteamericanos vivían del campo, de modo que no se atrevieron a quitar subvenciones como ésta de la leche. Hoy sólo lo hace un 2%, pero es un 2% que peleará duro para evitar que les quiten sus privilegios, como ha demostrado en este caso. Poco importa que los consumidores de leche, entre los que se encuentran personas de muy bajos ingresos –para los estándares norteamericanos, claro–, salgan perdiendo, teniendo que pagar al menos 1.500 millones de dólares al año, según Citizens Against Government Waste.

Los socialdemócratas de buena fe piensan que el Gobierno es necesario para redistribuir de ricos a pobres, pero lo cierto es que esa redistribución se produce en el mundo real de grupos desorganizados a grupos organizados, que son los que pueden meter presión a legisladores y gobernantes. Y los beneficiarios de privilegios estatales tienden a estar muy bien organizados. Así, resulta impensable que se puedan adoptar medidas como el cheque escolar, porque sindicatos y funcionarios son muy activos defendiendo "sus derechos", es decir, defendiendo su privilegio de esquilmarnos y destrozar la educación de nuestros hijos, y la escuela concertada también lo es y teme la competencia de nuevas escuelas que pudieran fundarse gracias al cheque.

Cosas de adolescentes

Como decía aquel famoso torero cuando le preguntaron por el motivo de que un banderillero suyo hubiera llegado a gobernador civil ("pues ya ve, degenerando, degenerando…"), el llamémosle pensamiento de izquierdas también degenera, pero curiosamente para beneficiar a los mismos a costa de los de siempre.

Los modos alternativos de vida que patrocina la izquierda consisten en vivir a expensas de los demás; por otra parte lo más lógico en una ideología que ha convertido el parasitismo social en una de sus principales reivindicaciones. Porque el llamado estado del bienestar no es otra cosa que la revolución del orden social espontáneo, a través de la imposición estatal de un sistema de compensaciones coercitivas.

Lo de los okupas barceloneses y el cariño que despiertan entre los políticos de la izquierda es otro ejemplo más de cómo la legalidad tiene un carácter marginal en el nuevo régimen patrocinado por ZP. La principal responsabilidad del gobierno es preservar las vidas y propiedades de sus ciudadanos, pero el gabinete friki de ZP prefiere dedicarse a regular el tamaño de las hamburguesas y a reírle las gracias a los vagos antisistema. Las actitudes de estos últimos deben traerles gratos recuerdos de la juventud, pues en el gobierno actual, empezando por el propio ZP, pocos de sus miembros han experimentado alguna vez lo que vulgarmente se conoce como "trabajar".

El gobierno actual es un grupito de adolescentes que, de pronto, se ve reunido en torno a la mesa del consejo de ministros decidido a transformar el mundo según su interpretación inmadura de la realidad. Y como el socialismo, al contrario que la derecha, no suele dejar las cosas a medias, la ofensiva contra la propiedad privada, en última instancia lo que nos distingue de las sociedades precivilizadas, se complementa con la decisión de implantar un sistema de desalojo que ríase usted del castrismo. Por supuesto no van a expulsar a los que invaden las casas ajenas, sino a sus propietarios legítimos, que es lo que mola. Y todo con la excusa trasnochada del interés social(ista), que es la jaculatoria con la que los gobiernos disfrazan sus tropelías para que el público, en lugar de correrles a gorrazos, aplauda con ganas.

Mas hay algunas líneas morales que ni siquiera a los ungidos benefactores del género humano les es dado sobrepasar. La gente acepta las chorradas de la paz perpetua y el mejoramiento social de los más débiles porque no tienen un efecto inmediato sobre su patrimonio. Pero cuando llaman a tu puerta a las cinco de la mañana y no es el lechero sino "Los Hombres de Trujillson" (© El Grupo Risa), con una orden de incautación de la vivienda que has comprado para casar al bandarra de tu hijo, como fórmula de ahorro o sencillamente porque te ha salido de las pelotas, las cosas se ven de otra manera. Con el pan de los hijos no se juega. Y con ciertos apéndices menos aún.

Hombres maltratados

El artículo 14 de la Constitución española proclama el derecho a la igualdad y a la no discriminación por razón de sexo. Por su parte, el artículo 9.2 consagra la obligación de los poderes públicos de promover las condiciones para que la igualdad del individuo y de las agrupaciones en que se integra sean reales y efectivas.

La igualdad es, asimismo, un principio fundamental en la Unión Europea. Desde la entrada en vigor del Tratado de Ámsterdam, el 1 de mayo de 1999, la igualdad entre mujeres y hombres y la eliminación de las desigualdades entre unas y otros son un objetivo que debe integrarse en todas las políticas y acciones de la Unión y de sus miembros.

No es mío. Lo he leído en un documento de la página de la Asociación de Mujeres Juristas Themis. Esta asociación se ocupa de informar y defender a las mujeres. Entre una de las motivaciones de su creación quiero destacar ésta:

Lo que más conmovió nuestros sentimientos fue el ensordecedor silencio de las mujeres que no se atrevían a gritar ante nosotros su cotidiana tragedia, su miedo; el aislamiento que alimenta su dependencia, que refuerza la inseguridad y la certeza de su soledad ante las circunstancias: Las mujeres maltratadas.

Los malos tratos es uno de los azotes de nuestros días que más me avergüenza. Destroza familias, destruye a las personas. El daño para la víctima colea durante años, eso si hay una sola víctima, y cuando hay hijos, ya se sabe. Todos excepto el verdugo son víctimas. O excepto la verdugo.

Porque en la última década el caso de los malos tratos a hombres se ha disparado. Según un artículo publicado por Luis Losana en la revista Época del mes pasado, los varones representan el 22% de las muertes en el seno de la pareja y el 44% del total de violencia doméstica, según el anuario estadístico de la Policía de 2005.

La violencia contra el hombre adopta una forma diferente a aquella contra la mujer. El doctor en psicología y profesor por la universidad de Málaga Antonio Videra afirma que la violencia de las féminas es psicológica, sutil y basada en la humillación a través de manipulaciones que tienen por objeto herir al hombre en diferentes aspectos como su sexualidad, su profesionalidad, el trabajo en casa, etc.

Lo que resulta sorprendente es que las mismas personas capaces de compadecerse del silencio de las mujeres maltratadas se muestran hostilmente indiferentes frente a los malos tratos a los hombres siendo ambos iguales ante la ley y la sociedad y teniendo en cuenta que esta igualdad es un principio constitucional y un principio fundamental de la Unión Europea.

Para María José Varela, abogada feminista y miembro de la Asociación de Mujeres Juristas Themis los hombres asesinados por sus parejas no se pueden considerar malos tratos: “No hay que contabilizar a la mujer que mata a su pareja fruto de una patología severa como personalidad esquizofrénica”.

Esta jurista es capaz de afirmar que el maltrato psicológico es quién hace el trabajo de destruir la identidad y personalidad de la víctima. Reconoce que la dificultad para detectarlo está en que no hay huellas visibles que lo delaten y que el límite está en la pérdida de respeto de palabra con gestos de menosprecio, aunque se pretenda después, por parte del agresor, escudarse en la broma o en conceptos que manipulan esa falta de respeto.

Y, en la misma entrevista, afirma brutalmente un poco después: “Hay hombres maltratados en la misma proporción que los negros maltratan a los blancos. Las excepciones no son el problema y por tanto yo no las contemplo.”

Sorprende que adopte la misma actitud que quienes durante mucho tiempo acallaron las voces de las mujeres. Y, lamentablemente, también los hombres víctimas de maltrato psicológico reaccionan como las mujeres hicimos: con miedo y silencio. La psicóloga argentina Silvia Fairman, autora del libro “El hombre maltratado por su mujer (una realidad oculta)” explica:

Cuando en nuestra sociedad el poder ha sido siempre uno de los atributos masculinos, es inadmisible que este hombre reconozca ante sí mismo y ante los demás la estrepitosa caída de su omnipotencia.

No es algo nuevo, algunos hombres ilustres fueron maltratados por mucho que su drama se silenciara: Dalí era maltratado por Gala y Federico Chopin, ya enfermo, por George Sand. En nuestra sociedad no se le da importancia a este fenómeno aludiendo a la superioridad de la fuerza física masculina, pero todos conocemos alguna mujer con “armas de víbora”, capaz de torturar psicológicamente a un hombre y hacer de él un desgraciado. Empeora la cuestión el que al ser un tema tabú no se disponga de estadísticas fidedignas. Por otro lado, este silencio tiene muchos componentes: el trato de la Policía cuando un hombre denuncia es denigrante, la asistencia psicológica a hombres es muy escasa aún, a pesar de los esfuerzos de las pocas asociaciones que les defienden.

La negación de que el terrorismo psicológico en el hogar no nos afecta solamente a nosotras es perjudicial tanto para los hombres como para las mujeres. Perpetuar la autopercepción de la mujer como víctima del hombre e incapaz de infligir algún daño, es equivocada y no contribuye a resolver el problema de la mujer maltratada. Quienes pretenden salvar a la mujer del horror del maltrato ninguneando los derechos del hombre y encumbrándole para siempre como macho abusador solamente consiguen mantenerla en ese estereotipo de sexo débil contra el que tan bienintencionadamente luchan. Y es discriminación.

Dejen de criminalizar a las víctimas

Hemos visto y seguiremos viendo cómo los políticos marean la perdiz diciéndonos que, para que haya más seguridad, necesitamos más policías y endurecer las leyes. Si lo aplican, el remedio será peor que la enfermedad. Uno de los principales problemas es creer que el Gobierno tiene los mismos intereses que nosotros. El Estado no puede garantizarnos nuestra seguridad todos los días a todas horas, pero sí puede imponer un estado policial que se limite a fiscalizarnos. Un ejemplo del libro lo hemos sufrido recientemente en Barcelona, donde la presencia policial ha aumentado con la excusa de la seguridad y el nivel de criminalidad se ha mantenido más o menos igual pero las multas han aumentado casi en un 50%. Está claro que los intereses no son los mismos.

Sólo nosotros y la economía privada nos podemos proteger de los criminales: alarmas, puertas blindadas, habitaciones del miedo, armas y vigilantes privados son respuestas reales a nuestras demandas reales. Sólo el libre mercado es capaz de ajustar la oferta de seguridad con su demanda. Llenar las calles de policías paseando arriba y abajo es actuar de forma ciega, inconsciente, populista, ineficiente y cara. Por ejemplo, el PP catalán querría llegar a un ratio de 5 agentes por cada 1.000 habitantes, ¿por qué 5 y no 6, 4 ó 500? No piense que es el resultado de un estudio de "sabios", simplemente lo dice porque es la media europea. Del mismo modo arbitrario podría haber escogido la de Alemania, el Congo, Colombia o cualquier otro país. Mientras ellos juegan a los chinos, nuestra seguridad pende de un hilo.

En los últimos asaltos que han tenido lugar en Cataluña también comprobamos lo poco que le importa a la administración nuestra seguridad. A las pocas semanas de los atracos a chalés, todos los vecinos se quejaron de lo mismo: la policía sólo estuvo presente después de los crímenes y se fueron con las cámaras de televisión. Fue un espectáculo equivalente a esos simulacros hiperrealistas que nos ofrecen los noticiarios, donde hay víctimas por todas partes y la policía, bomberos o cualquier otro órgano estatal de turno para la seguridad soluciona la situación en un abrir y cerrar de ojos. Es una acción de marketing muy bonita, pero el problema es que a la hora de la verdad esos expertos del estado nunca están aunque se les llame.

En España hace falta un cambio de mentalidad. ¿Qué significa eso de endurecer las leyes? ¿Que si nosotros herimos o matamos a un delincuente en nuestro hogar la ley nos retenga más tiempo en la cárcel por habernos defendido?

La solución real es cambiar para siempre esta perversa ley que criminaliza la defensa de nuestra vida y propiedad. En la anterior oleada de inseguridad la venta de escopetas corredera aumentó un 60%, luego es evidente que la gente no cree en la policía ni en la administración, pero encontramos la contradicción de que si defendemos nuestra vida o propiedad entonces los criminales seremos nosotros. ¿Qué tipo de sistema pervertido es este? La ley ha de volverse justicia y dejar de criminalizar a la víctima.

En el mundo de las ideas, desde los años noventa, se ha levantado todo una bocanada de aire fresco con estudios, libros y estadísticas donde se demuestra que una sociedad con libertad de armas es una sociedad segura. Ahora ya hemos visto empíricamente que los criminales, por más prohibición de armas que haya, siempre van armados; ningún terrorista va a matar con tirachinas. Hoy día, hasta los okupas barceloneses construyen sus propios bazokas y la Policía se los queda mirando. Los nuevos delincuentes van siempre armados e incluso se fabrican sus propias armas de fuego.

Hemos de insistir a esos políticos que parecen tan interesados en salvar a los criminales que hagan profundos cambios en las leyes e incluso en la constitución para que podamos defendernos de los criminales sin acabar nuestros días en prisión. Es importante dar más importancia a la legítima defensa de nuestras vidas y nuestra propiedad, que se aumente la libertad de armas para la gente decente y que se cambie ya esta pervertida ley que infunde más temor a las víctimas que a los criminales. Mientras el gobierno no haga nada de esto seguirá siendo coautor pasivo de estos atroces crímenes y asaltos. Mientras tanto, si se siente indefenso, cómprese un arma.

Azaña: el ataque laicista contra la libertad

La Constitución de 1931, cuerpo legal básico sobre el que se sustentaba la II República, proclamada el 14 de abril, recogía en su artículo 26 el carácter laico del Estado. A partir de ese momento, tal y como señalaba Manuel Azaña, entonces ministro de la Guerra: "España ha dejado de ser católica". La separación Iglesia-Estado es hoy en día uno de los rasgos característicos de todo régimen democrático, pero entonces tal acontecimiento resultaba ciertamente significativo.

El problema de fondo es que tal afirmación constituía, en esencia, una mera imposición de ley, puesto que la inmensa mayoría de la población se declaraba abiertamente practicante de este dogma de fe. La "cuestión religiosa" a la que aludía Azaña en su discurso, pronunciado ante las Cortes el 13 de octubre de 1931, consistía en resolver una problemática socio-política que derivaba de la instauración de un nuevo régimen, cuyos fundamentos ideológicos no contemplaban la posibilidad de mantener el contexto de convivencia y recíproca complicidad en el que ambas instituciones, la política y la religiosa, se encontraban desde hacía siglos.

Sin embargo, el conflicto que deriva de tal cuestión no radica en la mera separación entre Iglesia y Estado, como consecuencia lógica de la proclamación constitucional de un sistema político laico, de por sí saludable, e incluso deseable, sino más bien de la extralimitación de funciones con que la II República trata de afrontar tal materia. En este sentido, cabe destacar la aplicación de un elevado intervencionismo que choca frontalmente con el ejercicio de determinados derechos fundamentales de inspiración liberal, vulnerándolos plenamente en la práctica: como la libertad de culto, la libertad de enseñanza y el derecho a la propiedad privada.

A) Tal y como establecía el texto constitucional en su artículo 26, "todas las confesiones religiosas serán consideradas como Asociaciones sometidas a una ley especial". Dicha reglamentación disolvía de hecho todas las órdenes religiosas que no se atuvieran al mandato legítimo del Estado o que, en su defecto, "constituyan un peligro para la seguridad del Estado". Así pues, la ley viola directamente la libertad de culto y de asociación. El Estado impone a la sociedad su declarado laicismo.

B) Promulgaba la "prohibición de ejercer la industria, el comercio o la enseñanza". Esta última actividad había sido ejercida por la Iglesia desde hacía siglos, con lo que ello supuso para el mantenimiento y desarrollo de la cultura y el conocimiento (cabe recordar aquí el origen jesuita de la Universidad de Salamanca, al igual que otras muchas a lo largo de nuestra historia).

C) Finalmente, declaraba la "incapacidad de adquirir y conservar, por sí o por persona interpuesta, más bienes que los que, previa justificación, se destinen a su vivienda o al cumplimiento directo de sus fines privativos", así como la "obligación de rendir anualmente cuentas al Estado de la inversión de sus bienes en relación con los fines de la Asociación". Y todo ello, bajo la amenaza real consistente en que "los bienes de las órdenes religiosas podrán ser nacionalizados".

De este modo, la instauración por ley del laicismo estatal resultó incompatible con la existencia de otros derechos fundamentales inviolables propios del ámbito asociativo. La separación Iglesia-Estado resultó, en la práctica, la sustitución de la Iglesia por el Estado y, como consecuencia, la reducción de la libertad del individuo. Puestos a hablar de Memoria Histórica, este hecho constituye uno de los "logros", si bien menores, del republicanismo español.

Celebremos el Instituto Juan de Mariana

Existimos como instituto desde hace un par de años. Escribimos artículos de análisis, ensayo y opinión en prensa escrita y digital, participamos en debates y seminarios, nos invitan a la radio y a la televisión, organizamos conferencias, cursos, escuelas de verano, producimos informes. Nos gusta lo que hacemos, sabemos que es importante y crecemos, aprendiendo juntos a hacerlo cada vez mejor. Con recursos económicos ridículos (realmente patéticos, créame y rásquese un poco el bolsillo si le damos pena y cree usted en lo que hacemos) somos el instituto liberal europeo de crecimiento e impacto más espectacular. Tal vez tenga que ver con nuestro entusiasmo y con que contamos con un arsenal intelectual y ético espectacular: vamos, que somos brillantes y además tenemos razón. Nos lo confirman nuestras abuelas; y amablemente algunos de ustedes.

Naturalmente somos humanos e imperfectos, y sabemos que no se puede contentar siempre a todo el mundo. Así como tenemos seguidores tenemos también críticos, faltaría más. No sólo entre los colectivistas enemigos de la libertad humana: también los hay que se autocalifican como verdaderos liberales (y tal vez lo sean pero es difícil saberlo porque no acaban de definir con precisión qué significa para ellos este término) y nos consideran desde inútiles hasta muy nocivos para la causa liberal.

Algunos insisten en que debemos hacer política, utilizar lenguaje político, sobre todo en los medios de comunicación de masas, para convencer a la gente de que no siga comprando ideas equivocadas que conducen a la servidumbre: creen que es la única o al menos la mejor estrategia. Pero si se conoce el liberalismo se sabe que casa bastante mal con la política, que entendida como la gestión coactiva y fraudulenta del colectivismo es la negación de la libertad individual.

Si nos invitan desde un medio audiovisual público o privado seguramente participaremos en la medida de nuestras posibilidades. Sabemos que nuestras ideas son chocantes para la mayoría, que fácilmente generan rechazo, así que conviene ir con cuidado, sobre todo porque no somos animales televisivos. Sabemos que la tele no es un aula ni una revista académica: no hay que ser muy listo para entender la diferencia. Para algunos recurrir a la ciencia económica en un debate televisivo es una actitud elitista esencialmente antiliberal (¿insinúan que agredimos violentamente a los contrincantes?); quizás les duele que en el Instituto Juan de Mariana muchos prefiramos la corrección intelectual y la honestidad argumentativa al éxito político y mediático. Estamos abiertos al debate ideológico y estratégico crítico y constructivo, pero no estamos dispuestos a cualquier cosa para triunfar. Preferimos ser sinceros y acertados a demagógicos y populares, nos gusta más la persuasión intelectual racional y coherente que la manipulación emocional. No nos interesan las ficciones éticas: nos preocupa la ética de verdad, defender el derecho de propiedad, la no agresión, el cumplimiento de los contratos. El avance así es más lento y difícil pero mucho más sólido.

Si la audiencia no nos entiende intentaremos simplificar, explicar y enseñar desde el nivel más bajo que sea necesario, pero sin engañar, ni mentir, ni insultar al adversario. Preferimos que los que ahora son ignorantes algún día lleguen a darse cuenta de quiénes les están estafando. Hay muchos obstáculos importantes: el ideario liberal se basa en que la opinión pública es éticamente irrelevante, que lo importante es la decisión individual pacífica en el ámbito del derecho de propiedad; las ideas instintivas de muchos seres humanos son colectivistas porque surgieron evolutivamente para adaptarse a entornos ancestrales muy diferentes de los actuales (pequeñas tribus o bandas seminómadas), y esas emociones siguen allí aunque sean disfuncionales e inadecuadas en el mundo moderno de sociedades extensas abiertas y dinámicas; el liberalismo es muy minoritario y no nos ayudan precisamente en las escuelas y los medios de comunicación de masas.

Los críticos que aseguran que los liberales austriacos españoles somos políticamente inútiles, incapaces de cambiar una sola conciencia, de modificar una sola corriente de opinión y que no hacemos avanzar la causa de la libertad desde las aulas y los foros académicos; tal vez no nos conocen muy bien. Una gran mayoría de los miembros fundadores de este instituto tenemos algo en común: haber conocido a un académico brillante y entusiasta, Jesús Huerta de Soto, quien jamás hace política ni participa en debates audiovisuales (y comete el imperdonable pecado de ser radicalmente anarcocapitalista y trabajar en una universidad pública, como otros influyentes e inmoderados liberales); pero crea una escuela creciente, motivada e ilusionante.

Necesitamos también políticos y comunicadores liberales para ganar la decisiva batalla de la opinión pública. Algunos políticos liberales, en quienes tenemos grandes esperanzas, incluso tienen poder de gobierno, y los criticamos cuando no ejercen de forma compatible con la libertad. Algunos comunicadores liberales (no hay solamente uno) tienen éxito de audiencia, pero tal vez lo consiguen renunciando en parte al liberalismo para proponer un conservadurismo estatista más asumible por muchos ciudadanos: educación, sanidad y pensiones públicas estatales; no hablar de la despenalización de las drogas o de la eutanasia, porque la audiencia es muy sensible; no criticar educadamente y con argumentos la religión, que ofendes a muchos y ahora necesitamos estar todos juntos frente a los socialistas; y la unión política de la nación es un bien que no admite discusión (el nacionalismo liberal es imposible).

Estos comunicadores pueden despertar en muchas personas el interés por el liberalismo, y gracias que les damos por ello y lo mucho que les debemos, pero hace falta alguien más académico para llenarlo de ideas, propuestas y contenidos. Además no conviene olvidar que ellos también tienen críticos que los rechazan personalmente de forma visceral, lo cual no facilita la difusión del liberalismo en esos sectores. Nosotros no luchamos contra personas sino contra ideas erróneas y nocivas, preferimos pensar, al menos inicialmente, que la gente está equivocada antes de juzgarles como indeseables de aviesas intenciones. Aunque es más cómodo no tener principios claros y consistentes y adaptarse como hacen muchos políticos a lo que quieran las masas votantes (o al menos una facción de ellas), no nos parece mal intentar definir con precisión qué es la libertad y simultáneamente defenderla con argumentos. Preferimos no aparentar que tenemos razón con cualquier táctica que se tenga a mano, correcta o incorrecta, honesta o tramposa (erística); preferimos tener razón y demostrarlo con algo de rigor intelectual.

Nos gusta llegar a la gente y convencerlos, no nos contentamos con circunloquios onanistas. Sabemos que estamos rodeados de estatistas pero no tememos su contagio, por el contrario pretendemos salir a la calle e inculcarles el muy simbiótico meme de la libertad. No somos una panda de corporativistas empeñados en defendernos unos a otros; somos muy tolerantes, tenemos mucho sentido del humor y no somos una secta (por lo menos la última vez que miré mi cuenta bancaria seguía intacta, tenía algo de pelo aunque poco y no me habían prohibido ver a mi familia): en todo caso somos una quinta… de amigos liberales.

Algunos de nosotros (no todos, que conste), ahora que nadie puede enterarse, somos anarcocapitalistas, lo cual suena realmente mal (minarquista es simplemente críptico). Es algo tan malo que algunos críticos insisten en que somos perjudiciales para la causa y que hay que atacarnos y excomulgarnos. Preferiríamos que nos dejaran explicarnos y debatir ideas; no somos alucinados, estamos muy bien de la cabeza y contamos con pensadores muy brillantes, con perdón.

Algunos de nuestros miembros incluso se atreven a afirmar que no son de la escuela austriaca de economía y no los expulsamos de forma fulminante. Unos pocos creen que vestimos de tiroleses en la intimidad. Somos bastante acogedores y no somos tan tontos como para no darnos cuenta de que habrá gente que no quiera ser acogida. No trabajamos por la megalomanía de ninguna prima donna; sí discutimos vehementemente entre nosotros, pero hay que estar aquí para verlo y poder participar.

En breve celebraremos nuestra fiesta anual. Enhorabuena. Aquí estamos. Si quieres apoyarnos, contamos contigo.

El traslado político de la CMT

Aunque no sea la única causa ni quizá la más importante, no tengo dudas de que la enorme descentralización que tuvo lugar, principalmente y pese a lo que se diga, durante las dos legislaturas del ogro maligno Aznar (de 607.000 a 235.000 funcionarios) tuvo un gran peso en el gran salto adelante de la economía madrileña. Sin embargo, parece evidente que dicha descentralización debe hacerse sin comprometer la labor de dichos organismos.

Para contentar a la grey nacionalista catalana, Montilla se llevó la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones a Cataluña con tanta prisa como incompetencia, de modo que el Tribunal Supremo ha declarado nulo el decreto del traslado. Sin embargo, eso sólo servirá, previsiblemente, para que el Gobierno elabore un nuevo decreto ajustado a derecho, si es que Clos es capaz de enmendar las chapuzas de su predecesor. La decisión ha conllevado un enorme gasto de personal (18 millones de euros en indemnizaciones) e inmobiliario, pues de un local en propiedad se ha pasado a otro en alquiler que cuesta millón y medio de euros al año. Y sabedores de los costes, ¿cuáles han sido los beneficios?

Parece evidente que el organismo no está trabajando mejor por estar en Barcelona. Es más, lo hace peor, porque tiene que contratar a los funcionarios que antes tenía a sus órdenes, personas con experiencia y muy especializadas, a través de subcontratas. Hace unos días supimos que la nueva CMT está pagando hasta un millón de euros al año a una empresa consultora pública que tiene en nómina a varios de los técnicos del organismo que no se trasladaron a Barcelona, donde sólo el 40% de los trabajadores proviene de la plantilla original de Madrid. Así pues, el traslado ha sido caro y no ha servido para mejorar la calidad de la labor del organismo; al contrario, se han visto obligados a pagar fuera lo que antes tenían dentro, pues los nuevos empleados parece que carecen de la capacidad suficiente para realizar las tareas de la CMT.

Así pues, parece que el único beneficio es la satisfacción de la clase política catalana, que puede mostrar la cabeza de la CMT como trofeo. Y esa es quizá la principal razón para no trasladar organismos públicos a Barcelona o Bilbao. No tiene ningún sentido premiar a las élites políticas menos comprometidas con el bien común de todos los españoles; si de descentralizar se trata, lo mejor será hacerlo a ciudades como, no sé, Logroño, Cáceres, Granada, Valencia, Zaragoza, Valladolid, Murcia o Santander. Si no, nadie podrá evitar pensar que decisiones como la de la CMT no son más que chanchullos políticos que arruinan la carrera profesional de algunos a cambio del engorde de los privilegios de los nacionalistas. Yo, por de pronto, apoyo el inmediato traslado de, por ejemplo, Trujillo y el Ministerio de la Vivienda a, no sé… ¿Teruel también existe?

¿Multinacionales explotadoras?

Los movimientos anti-globalización acusan a las multinacionales de explotar a los trabajadores en los países pobres o en desarrollo y en buena medida las responsabilizan de los males que aquejan a esas naciones. Pese a la buena voluntad de muchos de sus integrantes, los movimientos anti-globalización o alter-globalización yerran en el grueso de sus críticas y hacen un flaco favor al progreso de los pueblos menos desarrollados cuando se oponen a la extensión y a la profundización del libre de comercio.

Lo primero que hay que entender es que la pobreza es el estado natural del hombre y que para salir de ella es preciso acumular capital, elevando así la productividad del trabajo. El trabajador francés o estadounidense es más productivo que el trabajador vietnamita no porque sea más trabajador o más inteligente, sino porque se sirve de multitud de bienes de capital (instalaciones e infraestructuras, equipamiento y tecnología, etc.) y tiene una formación más especializada. La productividad de los vietnamitas aumentará conforme vayan acumulando capital. Una mayor productividad resulta en una mayor producción, así como en la producción de bienes antes irrealizables, y de la mano de este fenómeno vienen las mejoras en las condiciones del trabajo, la reducción de la jornada laboral o la escolarización de los hijos. Los salarios altos, las buenas condiciones de trabajo, etc. son, por tanto, fruto del desarrollo. Sólo cuando una sociedad es lo suficientemente productiva puede permitirse tales cosas. De este modo no tiene sentido exigir el pago de salarios altos y el cumplimiento de estándares laborales occidentales en aquellos lugares donde la productividad es más baja. Ninguna multinacional va a trasladarse a China o a Vietnam para pagar a los trabajadores más de lo que producen, por mucho que los grupos anti-globalización insistan en que ése es el precio o el salario "justo".

La acumulación de capital es el antídoto contra la pobreza (lo cual presupone, naturalmente, un entorno institucional que no obstaculice este proceso). Así es como prosperó Europa durante la Revolución Industrial y, en tiempos más recientes, los llamados tigres asiáticos. La ventaja de los países en desarrollo contemporáneos es que pueden capitalizarlos desde fuera, no hace falta que creen ellos solos todo el capital como tuvo que hacer Europa durante la Revolución Industrial, produciendo y ahorrando "desde cero". Las empresas extranjeras, atraídas por los bajos salarios y las escasas regulaciones, pueden aportar el capital y acortar ese proceso, pueden acelerar la acumulación de capital y hacer que prosperen más deprisa de lo que prosperó Occidente en su momento.

Las multinacionales en los países pobres o en desarrollo, sobre todo las del sector textil, son acusadas de pagar salarios de miseria, ofrecer unas condiciones laborales pésimas o emplear mano de obra esclava. Lo cierto es, sin embargo, que los estudios realizados muestran que las multinacionales pagan salarios más elevados que las empresas autóctonas, a menudo mucho más elevados. También ofrecen mejores condiciones de trabajo y compensaciones no-monetarias. En un clarificador artículo publicado en The American Enterprise, el economista Jagdish Bhagwati destaca el estudio de Paul Glewwe sobre los ingresos de los trabajadores vietnamitas en 1997-98 en empresas autóctonas y en empresas extranjeras (estando la mitad de los trabajadores ubicados en el sector textil). El estudio revela que los trabajadores empleados en las empresas extranjeras y en las joint ventures obtienen casi el doble de ingresos que el empleado medio de una empresa vietnamita. Estudios de este tipo se han llevado a cabo en Bangladesh, Mexico, Shanghai, Indonesia y otros lugares, llegando a conclusiones similares.

Algunos detractores admiten que las multinacionales pagan salarios más altos, pero apuntan que la explotación se da en las empresas subcontratadas, concentrando su crítica en la industria textil. Benjamin Powell y David Skarbek, en un estudio que abarca a 10 países en desarrollo, han comparado los salarios pagados en la industria textil (donde supuestamente tiene lugar esta explotación) con el ingreso per cápita nacional, concluyendo que en 9 de los 10 países dicho salario excede el ingreso per cápita. En la República Dominicana, Haití, Honduras y Nicaragua los salarios de la industria textil son entre tres y siete veces superiores al ingreso per cápita nacional. Powell y Skarbek han estudiado también 43 casos de compañías particulares y sus empresas subcontratadas que han sido acusadas por los activistas, encontrando que la inmensa mayoría paga el salario medio del país o un salario superior (y que en cualquier caso 41 de ellas pagan más de un dólar al día y la mayoría pagan más de dos dólares al día, las cantidades consideradas como umbral de la pobreza). Ello sin tener en cuenta las compensaciones no-monetarias (los empleados de Nike en Indonesia, por ejemplo, reciben asistencia médica y comida además del salario).

El hecho de que las multinacionales paguen salarios más elevados (y ofrezcan mejores condiciones laborales, etc.) no es sino el corolario inexorable de la competencia entre empresarios y el aumento de la productividad. Las multinacionales que llegan deben ofrecer mejores salarios y condiciones laborales para captar a los trabajadores, de lo contrario estos permanecerían donde estaban. Al mismo tiempo, el aumento de la productividad es el que permite que haya un margen para elevar los salarios y mejorar las condiciones de trabajo. En China los salarios están aumentando un 14% al año, pero eso solo sucede porque la productividad aumenta un 20%, consecuencia de abrazar la globalización y empezar a acumular capital.

El caso a favor de la globalización y la capitalización desde fuera, a través del desembarco de multinacionales y capital foráneo, es evidente. Pero lo dicho tampoco debería llevarnos a desestimar cualquier acusación lanzada contra una multinacional, pues no olvidemos que vivimos en un mundo plagado de intervenciones estatales y no es extraño que haya empresas que busquen cobijo en ellas para lucrarse a costa de los demás.

Economía de guerra

La justificación filosófica para invadir Irak fue la guerra preventiva, que es el principio de precaución del Protocolo de Kioto, pero llevado al terreno del enfrentamiento entre Estados. La idea es: actuemos ahora antes de que sea demasiado tarde. El problema con este planteamiento es que no podemos saber de antemano si habrá un "demasiado tarde" o si nuestro plan podrá completarse con éxito.

Hay más: G. L. S. Shackle decía que hay un tipo de fenómenos que resultan autodestructivos, es decir, que al producirse cambian la situación de manera tal que no se pueden volver a repetir tal como tuvieron lugar. Y ponía a las guerras como ejemplo. Esto también hace más difícil que se puedan prever todas las consecuencias de una guerra, o siquiera las más importantes.

Pero, bajando al terreno de Irak, hay cosas que tampoco se han hecho bien. No se sabe si porque Estados Unidos es un país básicamente liberal y de éxito, una vez derrocado el tirano local han ido a probar… el intervencionismo más acendrado. Es más, la gestión militarizada. El socialismo, en suma.

El resultado no ha sido muy brillante. Lo primero fueron las colas en las gasolineras de uno de los primeros productores de petróleo del mundo. Y es que se han impuesto precios máximos, una medida que parece maquiavélicamente ideada para crear el caos.

Como a un precio por debajo del de mercado no hay oferta suficiente para todos los que querrían adquirirlo, tiene que arbitrarse otra forma de asignarla. Un esforzado militar en un despacho tiene que decidir qué es más y menos importante. No es la situación ideal. El Ejército no ha sabido ni poner en marcha muchas de las plantas de electricidad, que es la sangre de las sociedades modernas.

Quizá lo que haya faltado en Irak sea un cargamento de buenas ideas.

Navidades progresistas

Es un desasosiego mortecino e inútil, pero con el que muchos quieren convertir nuestras conquistas contra la miseria en argumentos para sentirnos mal. Son las navidades progresistas, que convierten estos días, que debieran ser de celebración, en un motivo más para sentirnos culpables por ser como somos y vivir como lo hacemos. Curiosamente, si hay algo típicamente cristiano es el sentimiento de culpa existencial; los progres se han ido a quedar con lo peor del cristianismo, para rechazar todo lo que tiene de bueno.

Quizá lo más molesto de los progresistas es lo aburridos que resultan. Nos dicen permanentemente lo malos que somos y critican que tengamos en nuestros planes consumir más. ¿Pero qué más les dará? Y si les pica, que se amuelen. Consumir es de lo más moral y bueno que podemos hacer, porque consiste nada menos que en satisfacer directamente nuestras necesidades y nuestros deseos. Y, por fortuna para la gente, en lugar de hacerles caso, cada vez consumimos más, porque cada vez somos más ricos.

La consigna anticonsumista se repite más que cualquier anuncio de unos grandes almacenes y, como todo mantra progre, tiene ese tono de reproche de curilla antiguo que lo hace tan encantador. Es un mensaje negativo por todos los poros, porque… si no debemos consumir, ¿qué hacemos con el resto de nuestra renta? Ahorrar, se supone. ¿Por qué, entonces, no lanzan el mensaje positivo de fomentar el ahorro aunque sea en navidades? Porque esto de ahorrar e invertir, lo de crear riqueza, no les va. Una sociedad de propietarios es una sociedad compuesta por personas independientes, con los medios suficientes como para tomar sus propias decisiones y esa mera idea les produce horror. Así que tampoco transforman su anatema sobre el consumo en una llamada al ahorro.

Al final, quién lo diría, el ideal ciudadano de unas navidades progres es Scrooge, ese huraño personaje del Cuento de Navidad, de Dickens. Lo de comprar regalos (esa cosa de pensar en los demás y demostrárselo con un presente) es sucio consumismo capitalista, pero no gastarse un chavo y no contribuir así a la rueda consumista es virtud progre sin parangón. Scrooge sería un héroe del ecologismo, que adoptaba los comportamientos más miserables con tal de no gastar electricidad. Incluso renunciaba a la división del trabajo, al capitalismo, vaya, haciendo por sí mismo todo lo que pudiera. Todo un icono progresista que los fieles de esa religión, eso sí, no parecen imitar.