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Arde París

Muchos medios, el lector sabrá que no todos, ocultaban la militancia islámica predominante entre los incendiarios. Francia ha llevado a la práctica con denuedo el multiculturalismo, esa idea según la cual quien llega al país de acogida no tiene porqué integrarse ni aceptar sus normas de convivencia. Como la de no quemar coches, pongo por caso. Ello ha favorecido la creación de inmensos guetos.

Pero esa es sólo una cara del problema. La otra (que sí fue recogida por todos los medios) es económica. Las tasas de paro entre la juventud de los barrios multiculturales podían superar el 50 por ciento. Esperanzas, pocas. Deseos, los de cualquier persona que espera vivir más de dos veces lo que ha vivido. Resultado: una lacerante frustración.

La frustración no justifica el vandalismo, pero ¿qué explicación hay para ella? Haber implantado, hasta donde ha podido, el Estado de Bienestar. Décadas de intelectualidad francesa denostando el mercado libre han logrado imponer su opuesto hasta una profundidad sorprendente. El éxito es total.

Es decir, el fracaso. El de muchos jóvenes que se ven atenazados por el palo y la zanahoria. El primero es el salario mínimo y las regulaciones que desincentivan la contratación de los menos cualificados. La zanahoria son las ayudas sociales, que mantienen a familias de inactivos. Es como si les dijeran: "no permitiremos que te caigas, pero tampoco que te levantes". ¿Se imaginan en esa extenuante posición?

Puede que algún lector me considere algo exagerado, pero los 15.000 jóvenes franceses que van anualmente a Gran Bretaña a trabajar y a montar empresas lo ven exactamente así. Donde llegan, la tasa de desempleo juvenil es la mitad, y tienen la sensación de que pueden hacer cualquier cosa, algo que es más complicado en Francia. Ellos mantienen viva la llama empresarial.

Gracias por fumar

Así que los fumadores son de derechas. Pues ni siquiera ese disparate es lo que mueve la ley del tabaco socialista. Se supone que se escribió para mejorar nuestra salud, pero sustituyendo nuestra capacidad de tomar decisiones por las prohibiciones del Gobierno. Al final, a lo que lleva es a que hasta los hechos más cotidianos nos pueden dejar fuera de la ley. Si van a prohibir hasta a los gordos. Si nuestros comportamientos más íntimos y habituales nos convierten poco menos que en criminales, perdemos nuestra condición de ciudadanos. Todo lo que hagamos está bajo sospecha, con el gran hermano socialista observándonos.

Una sociedad libre tiene soluciones para el conflicto entre quienes quieren fumar y quienes no quieren compartir con ellos el humo del tabaco. Es tan sencillo como que cada dueño decida en su empresa, organización o en su casa (que si nos descuidamos este Gobierno llegará hasta nuestra alcoba) decida dónde y cuándo se permite o prohíbe fumar. Si, pongo por caso, un restaurante está interesado en recibir al mayor número de clientes, fumen o no, intentará ingeniárselas para que pueda quemarse los pulmones a gusto quien quiera sin molestar al vecino. Y si resulta complicado, este deseo está abierto a la carrera de la innovación tecnológica.

Afortunadamente, ante el frenopático afán de controlarlo todo, hay empresarios que se amparan de la libertad que nos queda para ganar dinero, permitiéndonos hacer lo que nos sale del bolo. Como ejemplo, Alexander Schoppmann. Este alemán ha creado la aerolínea Smintair, que recibirá a sus clientes con el mensaje: "recordamos a nuestros pasajeros que fumar está permitido en este vuelo". Además, en lugar de las 559 personas que caben habitualmente en un Boeing 747, ensanchará el espacio hasta estrechar la lista de pasajeros a 138, que irán de Düsseldorf a Tokio y Shanghai. Schoppmann dice que "ya hay personas que dicen querer volar con nosotros, aunque no tienen nada que hacer en China o Japón".

Ahora bien, más que nunca, fumar saldrá muy caro.

Vota y calla

Si el Estado fuese una empresa privada acumularía cientos o miles de naves industriales de denuncias de sus clientes por continua violación de contrato, uso de información privilegiada, abusos, corrupción, extorsión y falta de transparencia. Sin embargo, pese a las numerosas promesas incumplidas de los políticos legislatura tras legislatura, el creciente poder estatal contra la libertad y propiedad privada y la máxima ineficiencia de los servicios estatales, el Estado omnipotente aún tiene el plebiscito del ciudadano medio. Tal vez la cuestión no radique aquí sino, como decía el Premio Nobel James Buchanan, en que el hombre medio cuando vota no lo hace por un partido, sino contra el otro.

Este tipo de actuación explica muy bien el llamado voto útil, y es que realmente es muy difícil que el programa de un partido político se adapte a las necesidades reales del individuo. El problema del voto útil es que sólo perpetúa el mismo modelo de estado omnipotente. Si un partido se abandera el salvador de su oponente (I, II, III, etc.), y siempre suele ser así ya que los programas de los partidos mayoritarios son prácticamente iguales, puede conseguir movilizar a un gran número de indecisos o desencantados. Es más fácil atacar al corazón del votante que discutir los contenidos del programa.

El votante útil se enfrenta a una gran contradicción, y es que al dejarse llevar por el odio y el corazón en realidad no está haciendo más que dar su soporte a aquello que detesta. ¿Es que tiene sentido que un liberal vote al PP? Ninguno, es absurdo. El PP –y cualquier otro partido español– es un partido abiertamente antiliberal; incluso en ocasiones se ha mostrado más socialista que el propio PSOE en temas como la vivienda o la Ley de Dependencia. Un partido liberal sólo puede ser un partido revolucionario, de ruptura total que instale un laissez faire. Las terceras vías no son más que eufemismos para denominar lo que siempre se ha llamado socialismo y tiranía.

Tal vez ahora, como muestra el nivel de abstención de voto en casi todos los países occidentales, las personas se están dando cuenta que da igual qué partido tome el poder porque todos tienen el mismo modelo tiránico: usurpación masiva de la libertad individual y de la propiedad privada. Como dijera el poeta cubano independentista José Martí y Pérez: "cambiar de amos no es ser libre". Si tuviésemos que escoger entre dos partidos como el maoísta y el estalinista, por más voto útil que intentásemos aplicar el resultado sería igual de nefasto ganase quien ganase. Bueno, quizá el programa del partido maoísta no contaría con deportar a nuestras familias, pero su victoria no nos haría mucho bien.

Aquel que cree en la libertad no puede apoyar unas instituciones que parecen odiar la iniciativa privada, el libre mercado, la libertad individual y la libertad de elección. Los fines actuales de tales instituciones son profundamente tiránicos y antisociales, favorecen al político, al funcionario y grupos de presión y, por tanto, deprimen contundentemente el bienestar del individuo. Seguimos viviendo en una sociedad de oligarcas y privilegiados públicos (consumidor de impuestos). Si en el terreno particular alguien se muestra hostil a nuestra iniciativa el primer paso evidente es prescindir de él, no hacerle caso y no contar con su nefasta colaboración. Si actuamos así en lo personal, ¿por qué el trato (forzoso) con el Estado ha de ser una excepción? La libertad no puede ser impuesta por ningún político, sino que ha de ser aceptada por cada individuo.

Para sentirse libre el primer paso es actuar con libertad uno mismo, y en el marco actual, eso significa vivir de espaldas al estado y evitar toda su maquinaria agresora que atenta contra la libertad individual; eso, evidentemente, significa no votar a aquellos que cuando lleguen al poder seguirán luchando contra nosotros, nuestras familias y la sociedad. No hay ningún partido político que pueda garantizarnos la libertad, y aunque de corazón lo quisieran, al tomar el poder se verían obligados a ceder ante los grupos de presión sociales, económicos y políticos. La compra de votos, los favores, el amiguismo y la corrupción forman una dinámica intrínseca e inevitable de los medios políticos y gobierno. Si vendemos nuestra libertad por el miedo que nos inculcan los políticos como la seguridad, los daños ecológicos que los propios políticos han creado, el vaticinio de catástrofes productivas que jamás se cumplen, los salvadores de nuestra libertad y la propia oposición sólo conseguiremos ser cada vez más dependientes de sus promesas incumplidas, más pobres y menos libres. Votar es el peor voto útil, la indiferencia absoluta hacia el estado y toda su maquinaria de coerción es el primer paso a una libertad individual real.

El Estado ya lleva demasiado tiempo diciéndonos lo bueno y humanitario que es, y así nos insta a que le votemos, nos callemos, y le dejemos en paz durante cuatros años, pero ellos son incapaces de dejarnos en paz y en libertad. Sus acciones chocan frontalmente con sus palabras, sólo nos quieren para su bienestar y para tomar la maquinaria de la fuerza y el poder. Va siendo hora que seamos nosotros quienes les digamos a esos burócratas que quienes se han de callar son ellos, y que lo mejor que pueden hacer teniendo en cuenta su máxima bondad auto–atribuida es dejar sus puestos de planificadores sociales y dictadores de la producción para empezar a trabajar de verdad para la gente en empresas privadas. Qué planifiquen sus vidas, no las nuestras.

¡Vaya semanita!

Cuando escuché las crónicas de los telediarios vespertinos sobre lo acontecido en las elecciones norteamericanas lo cierto es que me asusté. Debacle, catástrofe, desastre sin precedentes o el fin de una era, fueron algunas expresiones utilizadas para sintetizar los efectos de la derrota republicana. Alarmado llamé a mi amiga Joanne, natural de Virginia y residente en ésta, para ofrecerle asilo político en mi casa, pero rápidamente me tranquilizó asegurándome que los medios de comunicación españoles tal vez habían exagerado un poco. De hecho, los argumentos con que los demócratas habían vencido son completamente distintos a los que la izquierda europea, no digamos la española, esgrime con fiereza en las contiendas electorales, así que no es de prever que a corto plazo se declare la dictadura de los soviets desde las escalinatas del Capitolio.

Reducir la derrota del Great Old Party a los efectos de la posguerra de Irak es no conocer la realidad del electorado norteamericano. Es cierto que la mayoría de la población se manifestaba en las encuestas descontenta con la marcha de la posguerra de Irak, como también lo es que, por delante de este asunto, ha habido otros motivos que han determinado el cambio de voto como el elevado gasto público o los últimos escándalos en la administración Bush. Un estudio de campo hecho público unos días antes de la consulta electoral por expertos del partido republicano lo dejaba bastante claro: La mayoría de electores confiaba más en los demócratas que en el GOP para bajar los impuestos (42% frente al 29%), reducir el déficit público (47-22) y limitar el gasto de la administración (38-21).

Por otra parte, en los resultados individuales también se aprecia este sesgo que relativiza los efectos electorales de la guerra iraquí. Por ejemplo Joe Lieberman, firme defensor de la intervención en Irak, aplastó en Connecticut a Ned Lamont ("Ned the red"), furioso partidario de la huida preventiva, y de los cinco congresistas republicanos que votaron contra la guerra de Irak, tres de ellos han perdido su asiento en la cámara de representantes.

La clave de la derrota electoral está en que el votante conservador se siente traicionado en multitud de asuntos por sus representantes políticos. Por tanto no se trata de que los partidarios de Bush se hayan sentido fascinados súbitamente por la oferta electoral de la izquierda americana, sino que exigen a su presidente llevar a cabo las políticas conservadoras que le auparon a la presidencia. Quienes se han vuelto de centroizquierda no son los votantes republicanos, sino sus líderes políticos; por eso han sido castigados. El partido republicano se comprometió en 1994 reducir el gasto público y lo ha duplicado desde que Bush está en la Casa Blanca, prometió reducir el tamaño del gobierno y lo ha aumentado más del doble, aseguró que suprimiría el departamento de educación y devolvería las competencias a los distintos estados y en cambio ha duplicado los fondos destinados a este órgano federal. En otros países, pongamos España, el incumplimiento de las promesas electorales no tiene la menor relevancia; en los Estados Unidos sí.

El partido de Bush ha perdido estos comicios por alejarse de su base electoral. Es una lección que sin duda resultará valiosa de cara a las próximas presidenciales. Convendría además que algún partido conservador europeo, sin ánimo de señalar, extrajera también alguna enseñanza de lo ocurrido esta semana a sus colegas del otro lado del charco. Las traiciones a los principios se pagan muy caro. No sólo en los Estados Unidos.

La cesión de la libertad

La mitología que acompaña al proceso democrático es un poderoso tranquilizante que se administra a los ciudadanos desde los poderes públicos y que, como excelente ejercicio de marketing, tiene un éxito sin precedentes. La evolución de la democracia en Europa y en España en particular, es un proceso aceptado y voluntario de cesión de nuestra libertad a cambio de una sensación de estabilidad que no es tal, pero que así se percibe.

Desde el pasado 1 de noviembre, fecha de las elecciones autonómicas en Cataluña, hasta la primavera de 2008 cuando se celebren las Elecciones Generales, si no se produce ningún adelanto, España vivirá en una campaña electoral continua donde los partidos políticos y sus preclaros representantes nos prometerán que si les votamos viviremos mucho mejor. Las elecciones autonómicas, municipales y generales se han convertido en tedioso procesos donde reina la promesa y cuya única finalidad es asegurarnos que lo que debería solucionar nuestra responsabilidad personal, el uso responsable de nuestra libertad, será cubierto por un Estado cada vez más hipertrofiado.

La comparativa de los programas electorales suele ser decepcionante, pues la coincidencia en los elementos clave es un hecho. Sus promesas en sanidad, educación, atención social, infraestructuras son copias donde las variaciones son simples detalles que, más allá de las polémicas políticas o mediáticas, seguirán siendo irrelevantes. Todos construirán nuevos medios de transporte público, todos favorecerán los colegios y los institutos públicos, todos construirán algún que otro hospital. A lo sumo, alguno implicará a la empresa privada un poco más que el otro.

Cedemos nuestra libertad al no elegir una educación adecuada para nuestros hijos, cogiendo sin criticar la que nos ofrecen, cedemos nuestra libertad al no elegir la mejor atención sanitaria que nos permitan nuestros recursos para nosotros y para los nuestros, cedemos nuestra libertad al dejar que los poderes públicos atiendan a colectivos mal llamados desfavorecidos, algunos de los cuales que terminan convirtiéndose en receptores de prestaciones públicas que viven en una ilegal, y hasta cierto punto lógica, economía sumergida. Cedemos nuestra libertad cuando pensamos que nuestras necesidades básicas están resueltas.

Porque esa parte del contrato social que parece llevar unido el simple depósito de un voto en una urna, es seguramente la falacia más aceptada por la ciudadanía pero también la más refutable. Nuestra libertad, nuestra responsabilidad se convierte en moneda de cambio en todo proceso electoral y la democracia deriva hacia el populismo. Pero este populismo es muy peligroso pues nuestros dirigentes se encargan de legitimarlo con la peregrina pero muy aceptada idea de que el proceso electoral les avala y que pasado cierto tiempo el ciudadano elector tendrá oportunidad de cambiar de voto. Pero un voto no es cheque en blanco que permite al político elegido hacer lo que desee. Si todos tenemos responsabilidades, las suyas deben ser mucho mayores y más vigiladas.

Resulta extraño que hasta ahora nadie se haya planteado verificar el porcentaje de cumplimiento del programa electoral de cualquier partido con responsabilidad de gobierno. Es imposible que el Estado cubra todas nuestras necesidades, pero no ya sólo porque esto sea económicamente inviable, no porque sea moralmente discutible, sino porque estas son cada vez mayores, porque sistemas y procedimientos que hace unos años no existían o eran muy costosos y exclusivos, hoy se incorporan a nuestra vida encareciendo el sistema.

Sin embargo, la cesión es un hecho aceptado y defendido por buena parte de la ciudadanía y esto no debería desecharse. Una educación pública y unos medios de comunicación controlados a través de licencias y cercanos al poder son poderosas máquinas que generan ideas vacuas pero potentes. Solidaridad, sostenibilidad, responsabilidad social, medio ambiente, alianza de civilizaciones son algunos de los más frecuentes que funcionan a modo de justificaciones.

Que, en palabras de Churchill, la democracia sea la peor forma de gobierno excepto todas esas otras formas que han sido probadas de vez en cuando, no le confiere el don de la infalibilidad. Es nuestro deber vigilar y denunciar con cualquier medio a nuestro alcance. El acto responsable no es introducir un voto en una urna sino la continua vigilancia, la petición continua de responsabilidades a este simple gestor de ciertos intereses, un papel muy diferente al del iluminado director de nuestro futuro en el que ha terminado mutando el dirigente público. No es por tanto extraño que desde posiciones liberales se pida, no sólo el control de lo público, sino su reducción o incluso su desaparición, en definitiva, la devolución de nuestra libertad.

¿Está a favor de los mileuristas?

Evidentemente Sala-i-Martín se quedó atónito ante tan estúpida pregunta. Cuando le pidió a la reportera que le aclarara la cuestión ésta fue incapaz ya que ni ella misma sabía que podía significar.

A la progresía en este país le encanta encajar las cosas en tópicos y discriminar a la gente por lo que tiene, lo que es (hombre o mujer, negro o blanco) o lo que gana. En esta visión elitista y casi racista no dudan en declarar amigos y enemigos para simplificar las cosas olvidando la enorme complejidad de los actos humanos y sus circunstancias. La pregunta de nuestra reportera lo demuestra a la perfección, ¿cómo se puede estar a favor o en contra de un grupo social según su renta?

La gente no está predestinada por el hecho de ser mujer u hombre, blanco o negro, mileurista o millonario, sino por lo que es capaz de aportar a los demás con su esfuerzo, sacrificio y capacidad de innovación. Las cosas no son gratis; casi siempre nos las hemos de ganar con tiempo y esfuerzo porque de no ser así eso significaría que alguien está viviendo a costa de la producción de otra persona, y si todos anhelamos vivir a expensas del dinero de los demás sin dar nuestra contrapartida sólo conseguiremos crear una sociedad de oportunistas irresponsables abocados a la ruina general.

Cuanto mayor sea el esfuerzo y trabajo del individuo más posibilidades va a tener de conseguir una mayor felicidad material. Creer en absurdos tales como que el Estado, o cualquier otra forma de coacción masiva, es la solución a la felicidad material de las personas sólo hará que unos pocos puedan cometer atrocidades contra el resto de la población sin llegar jamás a una solución real.

El mileurista de hoy puede ser el millonario de mañana si se lo propone, y no haciendo manifestaciones, sino alcanzando hitos cada día y trabajando muy duro en una empresa privada o en su propio negocio, tal y como hicieron nuestros padres, porque pocos tienen el privilegio de ser adinerados en su juventud.

De hecho, un mileurista cobra algo más de 17.000 euros anuales brutos, y de aquí, casi el 20% es incautado automáticamente por el estado por diferentes conceptos. ¿Qué recibe a cambio el mileurista de la administración? Nada. Tal vez la auténtica injusticia del mileurista se llame Estado, y la pregunta más acertada de nuestra periodista sería: ¿cree si eliminásemos los impuestos aliviaríamos a lo mileuristas y se podrían convertir más fácilmente en gente de dinero y éxito? Sin duda.

La guerra de Corea o cómo se expande el comunismo

El 25 de junio de 1950 el ejército de Corea del Norte cruzó por sorpresa la frontera del paralelo 38, línea que los aliados habían fijado tras la guerra para delimitar las áreas de ocupación soviética y americana. La idea de los aliados occidentales era reunificar el país después de que se celebrasen elecciones libres, pero eso no entraba en los planes de Stalin. Muy al contrario, lo que rondaba por la cabeza del tirano soviético era enquistar el conflicto reproduciendo el mismo patrón que en Alemania: una nación, dos estados, dos sistemas y la determinación de rendir al oponente tomando ventaja de las oportunidades que las democracias ofrecen siempre a los que no creen en ellas, como es el caso de los comunistas.

La idea de Stalin era que Kim Il Sung, un partisano sanguinario que había pasado la guerra exiliado en Moscú, hostigase a sus vecinos sin enredarse en un conflicto abierto que probablemente tenía perdido de antemano. De esta manera, poniendo a los norcoreanos comunistas en pie de guerra, el Kremlin fijaba con cola la frontera coreana y apartaba de la mente de Truman la idea de unificar Corea desde Seúl, donde, en 1948, unas elecciones habían dado la victoria al partido prooccidental.

Kim Il Sung, sin embargo, no era de esa opinión. Fanático y engreído como pocos dictadores del siglo XX lo fueron, desató una campaña relámpago al estilo de las de la Wehrmacht en la guerra mundial. En pocas semanas ocupó Seúl y buena parte de la península ensanchando de este modo las fronteras de su República Popular. Como obsequio a sus vecinos, pasó a cuchillo a todos los opositores al comunismo que encontró con vida. A Washington la ofensiva de Kim Il Sung le cogió con el pie cambiado y en pleno repliegue de tropas. Truman había ordenado una retirada ordenada de Corea tras las elecciones, y en esas estaban los militares americanos cuando sobrevino la invasión.

La guerra había sido buscada a propósito por Corea del Norte saltándose las normas más elementales normas de Derecho Internacional y sin apoyo popular alguno. Si los coreanos habían decidido ser libres, Kim Il Sung les iba a demostrar que vivían en el error, que su destino ineluctable era el comunismo aunque fuese por la fuerza de las armas y a través del asesinato masivo de civiles. Sólo en Corea del Sur perecieron un millón, lo que unido a los dos que se dejaron la vida en la república norteña, hizo de esta guerra una de las más letales de la historia para la población civil.

La reacción norteamericana fue fulgurante. Apoyado sobre una ONU que aún le era propicia, Truman envió al general MacArthur para que estrangulase la acometida comunista cortando su retaguardia. El laureado general desembarcó en Inchón y, en pocos meses masacró al entusiasta ejército de Kim Il Sung forzando su retirada más allá del paralelo de la discordia. En este punto la guerra se le había ido de las manos a Stalin y al propio Kim Il Sung, que no había medido adecuadamente la reacción de los Estados Unidos. Para Mao, en cambio, la de Corea era una buena oportunidad de convertirse en una potencia militar de fuste, independiente de la URSS y preparada mental y materialmente para mirarse cara a cara con los norteamericanos.

Esto tampoco lo había previsto Stalin. Accedió a la intervención china convencido de que, si los chinos ponían los muertos –un millón en menos de tres años–, él podría capitalizar la inversión mutando el vasallaje chino en una relación privilegiada con Moscú que impidiese que China y Estados Unidos llegasen alguna vez a entenderse. La realidad fue muy distinta. China aprovechó el conflicto para formar y entrenar un espléndido ejército y armarse hasta los dientes con la tecnología que el gobierno soviético le puso en bandeja a coste cero.

En el verano de 1953 se firmó el armisticio, que no el tratado de paz. La guerra de Corea, al menos oficialmente, no ha terminado. La frustración de los norteamericanos fue intensa porque no habían conseguido nada práctico en la refriega y su ejército había perdido a 34.000 de sus mejores hombres. Una minucia insignificante en comparación con la de chinos y coreanos, pero cantidad suficiente como para replantearse toda su política asiática. Stalin no llegó a ver el final pero naufragaron sus planes de anexionar toda Corea al bloque socialista. Su miopía estratégica ayudó al alumbramiento del gigante militar chino, único beneficiado por la guerra que, en poco más de diez años, rompió formalmente con su padrino.

Con todo, la consecuencia más visible de aquella absurda y cruenta guerra fue el inicio del rearme a gran escala que no se frenaría hasta el colapso de la Unión soviética en los años 90. Stalin, en uno de sus juegos macabros, había partido el mundo en dos y lo había convertido en un polvorín.

Para Corea fue una tragedia humana de dimensiones incalculables. Millones de muertos, cientos de miles de mutilados y desplazados. Un país en ruinas y dividido de por vida. La herida fue tan profunda que hoy, 56 años después, sigue abierta en el corazón de la península coreana, uno de los pocos lugares del mundo donde la guerra fría aún no ha concluido.

Cuba como modelo

No sé cómo les irá a los animales salvajes, que tanto importan al Fondo Mundial para la Vida Salvaje (WWF), con el modelo socioeconómico del país caribeño pero a los seres humanos les produce una espantosa alergia.

Según estos admiradores de la interminable sostenibilidad del socialismo real cubano el planeta está al borde de la catástrofe: "la Humanidad utilizará el equivalente a los recursos naturales de dos planetas en el año 2050, si es que esos recursos disponibles no se han agotado para entonces" (sic). El movimiento ecologista lleva décadas anunciando grandes desastres para financiar unos proyectos más políticos que ecológicos y, como muestra un reciente informe del Observatorio de Medios, la práctica parece estar en pleno auge en nuestro país.

En los años 70 Paul Ehrlich, el gurú de Al Gore, afirmaba en base a las mismas teorías que "antes del año 2000 unos 65 millones de norteamericanos perecerían por inanición." El Club de Roma, por su parte, nos anunciaba un gran colapso para mediados de este siglo. Como nadie anuncia una catástrofe si no es para decir que tiene la redentora solución, nos explicaron que había que había que congelar las inversiones y el crecimiento de la población con medidas brutales. Por eso no es sorprendente que WWF también vea en el crecimiento de la población uno de los principales problemas de la actualidad. No entienden que cuando sólo habían unos miles de habitantes en el planeta la escasez era insoportable y que precisamente ha sido gracias al aumentó de la población en un entorno de libertad de comercio y división del trabajo como se ha reducido paulatinamente.

En 1798 Robert Malthus ya afirmó que, a finales del siglo XIX, 70 millones de personas morirían en Inglaterra debido a que la población crecería más deprisa que la producción alimenticia. Como decía Carl Menger, fundador de la Escuela Austriaca de Economía, el problema de Malthus consistía en que no entendía lo que era un bien económico y, por lo tanto, no podía saber qué era la escasez, cómo reducirla y cómo generar riqueza. WWF y todos los neomaltusianos combinan esa misma ignorancia con la fatal arrogancia del ideario intervencionista.

En Los Límites del Crecimiento El Club de Roma afirmaba que la sostenibilidad "requiere poner en tela de juicio muchas libertades humanas". Ahora WWF nos muestra que Cuba es el ejemplo a seguir.

Masoquismo socialista

Tras apreciar que en el mundo actual, el Islam predica la ablación, la tortura a las mujeres y la jihad, no podíamos esperar que el PSOE se lanzara con frenesí a la difusión de la religión de Mahoma, creando "el Grupo Federal Árabe Socialista con la intención de abrir un espacio de reflexión sobre la realidad de esta cultura y de fomentar el entendimiento y el conocimiento mutuo".

Semejante descubrimiento ha hecho dudar de la erudición del gran Kuenhelt-Leddhin, quien halló que el padre del socialismo actual es el Marqués de Sade, porque, más que sadismo, que fue la forma de actuar del comunismo mundial, ahora, lo que parece caracterizar a la izquierda es el masoquismo.

Sobre todo, cuando Zapatero se ha definido como feminista radical avant la lettre. Seguro que cuando lo dijo, no tenía en mente la Azora IV, versículo 3 del Corán que reza así: "Los hombres están por encima de las mujeres. A aquellas cuya desobediencia temáis, amonestadlas, golpeadlas."

Lo trágico del caso no es que este Partido, aun sosteniendo que el 11-M fue cosa de islamistas radicales, cobije a la religión genocida, sino que para hacerlo asegure, a través de Zerolo, que a su partido "le preocupan igual los condenados a muerte en Estados Unidos que las lapidaciones de mujeres en Irán". Si a alguien le quedaba alguna duda de que todavía hay gente que dice llamarse demócrata pero que desprecia los derechos individuales, aquí tiene una buena prueba de este tipo de pensamiento testicular.

Es preocupante que los Estados Unidos sean para el partido del Gobierno un país más infame que el propio Irán, al que, por cierto, el representante especial de Rodríguez Zapatero en la "Alianza de Civilizaciones" ha tenido a bien apoyar en su carrera nuclear.

Con esta revolución de los valores, la lectura del Corán tiene que ser un verdadero placer para los homosexuales, a los que el mismo Zerolo parece despreciar cuando dice tener empatía por los "reclusos gays de El Cairo" igual que "por los presos de Guantánamo". Este símil es tan asqueroso como mostrar la misma tristeza por la muerte de un etarra cuando estaba colocando una bomba que por el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Aún más grave que estas depravadas comparaciones se encuentra el inmenso desprecio con que Zerolo trata a los que, por ser homosexuales como él, son castigados en los países musulmanes con penas que van desde los 100 latigazos a la lapidación.

En un reportaje sensacional, Libertad Digital cuenta este y otros detalles que seguro que serán obviados por el ricitos de ébano de la izquierda caviar, aunque cite copiosamente un informe de Amnistía Internacional que reconoce que en los 24 países de la Liga Árabe, los homosexuales son continuamente mancillados y vejados, cuando no abiertamente asesinados por sus Gobiernos.

Para estos "hermanos", no existe "entendimiento". Para estas personas, el olvido es la moneda de cambio.

Este el socialismo que, al margen de sus injerencias en la propiedad y en la libertad empresarial, ha optado por bendecir el salvajismo sin pudor. ¿Seguirá llamándose socialismo con rostro humano?

Amazon.es y el precio fijo del libro

Un Amazon en español con centros logísticos en nuestro país e Hispanoamérica tendría un enorme mercado potencial. Nuestro país es la cuarta potencia editorial del mundo. Hubo varios proyectos de aprovechar la ausencia de la compañía de Jeff Bezos en España, pero datan de la burbuja y ciertamente se comportaron como las empresas de la época, gastando dinero a manos llenas e ingresando poco. Aún se recuerda la campaña publicitaria de Diversia, que comenzó ¡antes de que funcionara la página! Actualmente lo que tenemos son las tiendas online de las grandes librerías –como la Casa del Libro o El Corte Inglés– que, desde luego, carecen de la calidad, comodidad y buen precio del gigante norteamericano del comercio electrónico.

Las razones para al ausencia de Amazon en nuestro mercado son muchas. No somos un país amigo del comercio electrónico, aunque sea cada vez más común ver en las oficinas de correo los paquetes con sonrisa de la empresa de Bezos. Tampoco es que seamos muy proclives a eso de la lectura, motivo por el cual se ponen en marcha regularmente ridículos planes ministeriales para fomentarla, que fracasan, lo que no impide que lo vuelvan a intentar porque, claro, el dinero público no es de nadie. A pesar de ello, Amazon podría triunfar en nuestro país si la ley no le impidiera hacer los enormes descuentos que tan bien conocemos quienes compramos en sus tiendas en Estados Unidos y el Reino Unido.

Normalmente, las restricciones al mercado existen porque un grupo de presión exitoso ha logrado convencer a la administración de la necesidad de las mismas. El Estado, como explicó genialmente Carlos Rodríguez Braun, no redistribuye de ricos a pobres sino de grupos desorganizados a grupos organizados. Generalmente, claro está, estos lobbys no suelen actuar nunca exponiendo de forma clara y cruda su propio interés, habitualmente pecuniario. Con respecto a los libros, los principales beneficiarios son los editores, pero ponen la excusa de la pequeña librería "portadora de la cultura" para intentar convencer a los incautos, y vaya si lo consiguen.

La economía básica nos enseña que rebajar el precio de un bien permite que se venda más, de modo que si realmente se quisiera fomentar la lectura –tal y como nos aseguran que hará la nueva Ley del Libro– nada mejor que liberalizar su precio, permitiendo a las librerías aplicar el descuento que gusten. Así nos harían un favor a los consumidores de libros, que podríamos ahorrarnos nuestro buen dinero, que en algunos casos se gastaría en otras obras que a los precios actuales no habríamos adquirido. Eso, desde luego, se entiende perfectamente desde el Ministerio, pues cuando un grupo de presión mayor –las autonomías– es quien tiene que costear en parte o totalmente los libros de texto, curiosamente, y pese al sin duda enorme daño que hará a las pequeñas librerías y por tanto a la "cultura", según sus argumentos, han decidido acabar con el precio único de los mismos.

La edición y la remuneración al autor suponen aproximadamente la mitad del precio que pagamos por un libro. Una librería online como Amazon tendría, por tanto, un espacio enorme para hacer grandes descuentos que compensaran los gastos de envío y aun así obtener beneficios y reducir el precio final al cliente. Una tienda virtual de la calidad técnica de Amazon, con sus recomendaciones generadas por las opiniones y las compras de los clientes, posiblemente haría más por fomentar la venta de libros poco conocidos de editoriales pequeñas que todos los inútiles planes de lectura de todas las administraciones públicas. Pero que no se nos olvide que el Estado lo hace por nuestro bien, como siempre.