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Cacareos contra la globalización

Nuestra televisión pública nos amenaza con un programa más de telebasura, "Voces contra la globalización – Otro mundo es posible", esta vez dirigido al ansia de confirmación de sus prejuicios de la progresía colectivista. Seres moralmente superiores van a recordarnos que, según ellos, otro mundo más socialista es posible (y para ellos deseable): seguramente no entrarán a detallar cómo, ya que implicaría violar múltiples leyes praxeológicas, económicas y éticas; pretenden defender un mundo más justo, lo cual no es sorprendente, ya que incluso sin asesores de imagen puede suponerse que promover la injusticia no está bien visto. Estos propagadores de memeces (memes de baja calidad intelectual) suelen despotricar contra la propaganda comercial, pero es que lo suyo no es adoctrinamiento, no, sino ejercer de profetas con conciencia social crítica.

Son una selección de necios más o menos populares que se toman a sí mismos muy en serio y que conviene consumir con moderación: José Saramago, Adolfo Pérez Esquivel, Carlos Taibo, Eduardo Galeano, Jean Ziegler, José Vidal Beneyto, Sami Nair, Ignacio Ramonet, Jose Bové, María José Fariñas, François Houtart, Manu Chao, Giovanni Sartori, Pedro Casaldáliga, Toni Negri, Avi Lewis, Federico Mayor Zaragoza, Vitorio Agnolletto, David Held, Jeremy Rifkin, Ramón Fernández Durán, Susan George, Jaume Botey. Llamarles necios no es un insulto ni un ataque ad hominem: es una descripción, no hay más que analizar sus argumentos.

Se van a preguntar "¿Quién gobierna el mundo?" (contestarán que los malvados norteamericanos de forma unilateral); "¿Cuál es el poder real de los políticos?" (siempre poco, nunca suficiente, están comprados por los avariciosos empresarios); "¿Sabe usted que el volumen de negocios de una sola multinacional es superior al producto interior bruto de muchos países, incluidos Austria o Dinamarca?" (sí, lo sé ¿y qué? ¿Será que tienen éxito y satisfacen a los consumidores?); "¿Cuál es el papel de los paraísos fiscales que dan cobijo al dinero del crimen o al de la corrupción?" (son refugios fiscales, no paraísos, y también protegen el dinero de personas honradas de la voracidad confiscatoria); "¿Por qué se permite la existencia de estos territorios sin ley?" (como si no tuvieran ninguna ley, y es que los progres han olvidado aquello tan bonito de prohibido prohibir); "¿Cuál es el papel real de organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio?" y "¿Qué pasó realmente en la Argentina para que su economía se viniera abajo?" (difícilmente van a acertar dada su supina ignorancia de economía y ética).

Gracias a ellos vamos a saber en manos de quién están los grandes medios de comunicación y cuál es su papel: seguramente se correrá un tupido velo sobre aquellos de titularidad pública (que curiosamente no emiten programas existentes favorables al liberalismo y la globalización). Nos vamos a enterar de que suceden catástrofes como privatizaciones y deslocalizaciones de empresas (algo malísimo para los países más pobres que las reciben, los pobrecillos son explotados sin saberlo); la sociedad del bienestar en Europa y los derechos laborales se están perdiendo (no es que desaparezcan privilegios, redistribución coactiva e incentivos a la pereza); está triunfando la economía especulativa sobre la economía productiva (pronto no habrá que producir nada, los consumidores comprarán especulación pura) y la política económica neoliberal (seguro que es por la actividad del Instituto Juan de Mariana, con sus millones de seguidores y su exorbitante presupuesto).

Hay miseria en los países desarrollados (pregunten a los pobres dónde prefieren serlo), unos consumen más que otros (tal vez porque producen más), las grandes multinacionales farmacéuticas se niegan a regalar sus medicinas. Hace poco, el presupuesto de Naciones Unidas era seis veces menos que lo que los norteamericanos se gastaron en cosméticos: a ver si conseguimos que sea sesenta o seiscientas veces menos, que los cosméticos al menos son altamente apreciados por las personas libres (evolución, selección sexual, atractivo…). Vamos condenados camino de la extinción, dejándonos unos cuantos millones de especies en la cuneta, y es que los políticos son insensibles con el calentamiento global, un tema del que no hablan nunca. Las culturas se uniformizan, se pierden identidades indígenas: mejor establecer reservas puras de buenos salvajes e impedirles imitar culturas diferentes quizás más exitosas.

Pagamos demasiados impuestos

¿Cree que la gasolina está cara? El principal culpable es el gobierno, que no para de subir el impuesto de hidrocarburos y que este año ingresará por este concepto más de 6.300 millones de euros (más de un billón de las antiguas pesetas). ¿Y cómo usará este montante ZP? ¿En hospitales, escuelas…? Tal vez lo use para un destino no tan social como asumir la impresionante deuda de RTVE, como ya ha anunciado. Pero RTVE aún sale barata comparada con otras televisiones públicas. La más cara de toda España por ciudadano es BTV (Barcelona Televisió), también de los socialistas, que puede llegar a costar a los barceloneses 15 millones de euros el próximo año. Eso sí, los programas son de tanta calidad y elitistas que llegan a emitir informativos en japonés, árabe, chino, ruso, mandinga (idioma del entrañable Kunta Kinte) o amázic, entre otros. Evidentemente, sin subtítulo alguno.

Una de las excusas para que exista un gobierno es la seguridad. Los ejércitos son caros y más si ZP los va enviando por todo el mundo a ocupar países como Haití, Líbano, Afganistán, etc. Si lo miramos detalladamente, el Estado puede asumir esta factura en un momento: con los impuestos al tabaco y alcohol el gobierno puede pagar de sobra el presupuesto asignado al ejército de tierra, aire y armada. Si piensa que esto es la mitad del gasto presupuestario está muy equivocado: las tres partidas son muy inferiores al 2%.

Otra razón para pagar impuestos es la solidaridad. El Estado se ha mostrado siempre especialmente solidario con el dinero de los demás. Así cualquiera. Tal vez usted jamás donaría su dinero a una organización de transexuales, pues el Estado sí. De una mirada rápida, y sólo este verano, el gobierno de ZP ha donado casi 40.000 euros a este tipo de organizaciones. Seguro que sus vacaciones veraniegas no le han costado tanto, siempre y cuando no sea un político. Por otra parte, tal vez usted sí que habría donado dinero a ese colectivo pero jamás lo habría hecho a alguna organización de tipo religioso, pro-judía, pro-palestina, militarista, etc. Evidentemente el Estado sí que lo ha hecho, pero no con el sueldo de ZP, sino con el nuestro. Sería mejor abolir este tipo de "ayudas" forzosas y dejar que fuera la sociedad civil quien donase su dinero libremente a las organizaciones más afines con su moral y sus ideas en lugar de hacer que sean los detractores de éstas quienes las financien.

Si cubrir los mínimos es tan "barato", ¿en qué se gasta nuestro dinero ZP? En enviar dinero a países de dudoso carácter democrático; en controlarnos –la partida para el CNI ha aumentado casi un 15%–, en tapar errores como los despilfarros de años anteriores (deuda), en esas pensiones que si usted tiene menos de 40 años no cobrará, en subvenciones para películas que nadie ve, en cursos de formación que jamás se celebran, en campañas de lavado de cerebro, en subvenciones a organizaciones políticas, en campañas de información sobre el derecho de asilo en España (casi 5 millones de euros para el programa de esta partida), en el Defensor del Pueblo, que va a recibir casi 15 millones de euros, sin haber resultao jamás un problema real, y así un largo etcétera. ¿No cree que nos están tomando el pelo y el dinero?

Marx y Keynes: paralelismos siniestros

Karl Marx fue rudo. John Maynard Keynes refinado. Marx es el padre del socialismo real, Keynes tan solo la coartada intelectual de la socialdemocracia. Escarbando un poco, sin embargo, encontramos demasiadas coincidencias en los escritos de ambos autores como para que se nos pasen desapercibidas.

Es posible que tanto keynesianos como marxistas sostengan que la causa de tales coincidencias no es otra cosa que su adecuación a la realidad. En tal caso, la carga de la prueba sigue recayendo sobre ellos a la hora de explicar no sólo el cúmulo de profecías fallidas de ambos, sino también la incapacidad de conciliar con sus teorías fenómenos como la generalización de las “clases medias”, la estanflación o la imposibilidad del cálculo económico en los sistemas socialistas. Así que repasaremos brevemente alguno de esos fatídicos paralelismos como aviso a navegantes ingenuos que todavía creen que el keynesianismo ha servido para salvar a la economía de libre mercado. Hasta nueve puntos de contacto evidentes nos surgen en una primera aproximación.

El ciclo económico

1. Ambos autores centraron el objeto de su análisis en el ciclo económico de la sociedad de mercado capitalista. Más concretamente se centraron casi en exclusiva en las fases de crisis y depresión, mostrando de ese modo una acusada inclinación anticapitalista.

Keynes no sólo se concentra en el estudio de la depresión (lo que es comprensible en un inglés contemporáneo de los años 20 y 30), sino que llega a creer que este es un estado permanente del que el mercado es incapaz de salir por sí mismo. Así acuña en “La Teoría General” el contradictorio término de equilibrio con desempleo.

Verdaderamente, parece capaz de permanecer en una situación crónica de actividad inferior a la normal durante un periodo considerable, sin ninguna tendencia acusada hacia la recuperación o hacia el completo colapso. Más aún, la evidencia indica que la ocupación plena, o incluso casi plena, es algo que se da raramente y que dura breve tiempo.

Excesiva riqueza

Marx tiene igualmente en mente la depresión cuando habla de la pauperización de las masas y del ejército de reserva de trabajadores. La ortodoxia marxista posterior no estuvo dispuesta a aceptar la posibilidad de alternancia de ciclos de auge y depresión, tan poco adecuada a la teoría de la inevitabilidad del socialismo. Kondratieff fue deportado y asesinado en Siberia poco tiempo después de publicar sus estudios de las series temporales de hasta 28 variables macroeconómicas. Y es que en ellos se ponía de manifiesto, no sólo que los periodos de auge y depresión se sucedían con periodicidad, sino que los primeros eran predominantes en los amplios lapsos de tiempo estudiados, con la consiguiente notable mejora del nivel de vida material en los sistemas capitalistas.

2. Tanto Marx como Keynes achacan el desencadenamiento de la crisis a un colapso en la rentabilidad de las inversiones causado por la excesiva acumulación de capital y riqueza en pocas manos y la insuficiente demanda de los compradores. Es la vieja falacia del subconsumo que Hobson otro teórico marxista, tanto haría por popularizar antes que Keynes. La superproducción con falta de demanda, debida a la insuficiente redistribución de la riqueza, hace que los stocks de mercancía se apilen sin encontrar salida.

Se agotan las oportunidades de inversión

3. Tanto Keynes como Marx sostienen que la sociedad capitalista se encamina hacia un punto de máxima entropía, en el que desaparecen las oportunidades de inversión. La eficiencia marginal del capital se iguala a cero de acuerdo con la terminología keynesiana:

Las experiencias posbélicas de Gran Bretaña y de EE.UU. son, verdaderamente, ejemplos reales de cómo una acumulación de riqueza, tan grande que su eficacia marginal, ha descendido más rápidamente de lo que pueda descender el tipo de interés ante los factores psicológicos e institucionales puede interferir, en condiciones principalmente de laissez faire, en un nivel de empleo razonable.

¿Qué explicación encontrarían Marx y Keynes para los crecientes beneficios que año tras año consiguen a día de hoy Google, Intel, Microsoft, Electronic Arts o Genentech, tal y como Xerox, Texas Instruments, Motorota o IBM hicieron hace décadas?

Macroagregados y nominalismo

4. El acercamiento a los problemas económicos simultáneos. Por un lado, la observación de fenómenos muy concretos (por ejemplo, la concentración empresarial y los superbeneficios en la fase de auge, la elevación del tipo de interés por causas monetarias producida en el momento de la crisis o la reducción del consumo en la fase descendente del ciclo) con unas formulaciones teóricas en términos de macroagregados o clases sociales que ocultan lo que realmente está ocurriendo. Keynes es así culpable de retrotraer la economía a una etapa precientífica en la cual los fenómenos económicos no se ligan a las valoraciones y acciones subjetivas.

Bajo espurios términos como burguesía, proletariado, demanda agregada o renta nacional se ocultan los fenómenos reales que quedan sin explicación. El nominalismo omnicomprensivo “lo explica todo sin explicar nada”. Los fenómenos apreciados son erróneamente interpretados llevando a desatinadas conclusiones.

Contra la institución del dinero

5. El punto fundamental de ambas teorías es su ataque incondicional al dinero. En Marx el ataque es explícito. Punto fundamental del programa comunista es la abolición del dinero. A cambio, se propugnan unos bonos horas-trabajo o bien la distribución directa de la producción a través de cartillas de racionamiento. Como paso intermedio para socavar el orden de mercado se defiende la inflación (papel moneda de curso forzoso) y la nacionalización del crédito.

En Keynes el ataque al dinero se enmascara tras una terminología científica: la preferencia por la liquidez y el atesoramiento son los culpables de todos los desarreglos del mundo. El ataque al ahorro burgués es en realidad un ataque a la propia esencia del dinero. Una esencia que otorga soberanía al consumidor para rechazar la producción que no es de su agrado mediante el simple procedimiento de abstenerse de demandar.

El interés como origen del mal

6. Keynes, como Marx, encuentra en el interés el origen de todos los males. Igual que Proudhon, Solvay o Gessel aboga por el crédito gratuito para escapar de la tiranía capitalista. Marx abogaba por la exterminación de los capitalistas; Keynes por la eutanasia del rentista:

Aunque este estado de cosas (un rendimiento suficiente para cubrir el coste de reposición del capital) sería completamente compatible con un cierto grado de individualismo, significaría, no obstante la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de la escasez del capital”.

Aparentemente, Keynes ya estaba al corriente de la diferenciación entre empresario y capitalista y llamó rentista al segundo.

Igualitarismo

7. Marx tilda de anárquico el sistema de producción capitalista. Keynes, igualmente crítico, sostenía que “cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un casino, es probable que la tarea se realice mal“. Por motivos de espacio no trataré aquí esta objeción. Baste decir que las alternativas de planificación central que ambos autores abrazaban produjeron las mayores descoordinaciones, desabastecimientos, corruptelas e ineficacias a gran escala de las que la Humanidad ha tenido noticia.

8. Keynes y Marx defienden una fuerte redistribución de la renta con fines igualitarios –eufemismo para hacer respetable el robo cuando el Estado es el encargado del latrocinio– a través de un impuesto progresivo sobre la renta, la supresión del derecho de herencia y la nacionalización de la inversión (los medios de producción).

Teoría del valor-trabajo

9. La teoría valor-trabajo es explícita en Marx e implícita en Keynes, que utiliza unas fantasmagóricas unidades de salario. El mercado está obligado a absorber toda la producción, independientemente de si esta es deseada o no por el consumidor. No importa qué cantidad se produzca, qué precios se pidan, qué cualidades tenga el producto o cuáles sean los costes incurridos para obtenerla. El consumidor debe comprarlo todo, al precio de coste como mínimo y además le debe gustar. Jamás debe liquidarse un proyecto o despedirse a un trabajador.

En fin, Keynes no hizo más que actualizar el pensamiento socialista, dando las mismas interpretaciones de la realidad que pensadores anteriores a él como los mercantilistas, Sismondi, Roedbertus, Proudhon, Marx o Gessel proponiendo sin ambages la nacionalización del dinero, el crédito y la inversión (el capital) para el establecimiento de una nueva utopía totalitaria.

Leer en liberalismo.org

Ética del crimen

"El aumento de la criminalidad y la intolerancia resultan, entre otras causas, de un individualismo insolidario en avance permanente". ¿Quién se imaginan que ha sentenciado de esta guisa? ¿Quizá Rodríguez Zapatero o, mejor aún, el inefable Pepiño Blanco? ¿No podría ser algún intelectual orgánico como Sabina o un progresista ilustrado como Saramago?

Si cree que esta frase proviene de alguno de los próceres citados, lo sentimos pero se ha equivocado. Esta idea ha brotado de las nuevas generaciones del Partido Popular, lo cual viene a demostrar que el socialismo cala en todos los partidos. Lo decía Carlos Rodríguez Braun precisamente hace unos días en las jornadas que organizó este Instituto en Tenerife: no podemos confundir liberalismo con PP ni socialismo con PSOE porque de ninguna manera esa equivalencia es aceptable. El caso que comentamos viene a probar que Braun vuelve a tener razón.

Pero si le dedicamos una pensada a esta idea de los jóvenes peperos podemos descubrir que encubre toda una filosofía de la irresponsabilidad y, como veremos, una apología de la delincuencia.

La delincuencia deja de ser la consecuencia de un acto ilegal para convertirse en una respuesta a la falta de solidaridad. Dicho de otro modo, la culpa, en lugar de ser atributo del sujeto es predicable de la sociedad porque, como es evidente, nunca es suficientemente solidaria como para evitar que la gente tenga que delinquir. Y además, comprende otra importante idea, que el delito es el resultado de la pobreza.

Ahora podemos entender un poco mejor lo que quieren decir los cachorros de la derecha.

Por un lado, que la gente es irresponsable y por otro, que la culpa de todo la tenemos quienes nada hemos hecho por evitar que esa persona, por supuesto, pobre hasta las cejas, actuara de ese modo. El veredicto es terrible. Quienes estamos trabajando, somos culpables. Quienes no agredimos, ni robamos ni violamos a nadie, somos culpables. Los culpables, en cambio, por negación de la lógica, no lo son y los inocentes por el contrario, se convierten, bajo este prisma, en sus contrarios. El ser y el no ser, se confunden, la nada es algo y el algo es nada.

¡Estupendo comienzo revolucionario para un ideario de centro derecha!

Pero, desgraciadamente, aún hay más.

ETA, bajo esa perspectiva, sería una pobre organización criminal a la que la insolidaridad ha abocado a la lucha armada. Hasta el término "lucha armada", deberá ser aceptado puesto que no cabe duda alguna de quien coge un fusil es para aplacar el hambre. Cuando Zapatero, como ha recordado Jorge Valín, llegó a señalar en el Financial Times que la causa del terrorismo es consecuencia de las "enormes desigualdades" no se podía imaginar que los chicos que jalean a Rajoy, asumieran su discurso con tanto entusiasmo.

Seguro que al enterarse de esta noticia, más de una lágrima recorrería su rostro. "¡Al fin, al fin, la derecha se tornaba cabal!", podría decir para sí. De haber dedicado a la lengua española un par de tardes, quizás lo único que el presidente les podría achacar es no haberse expresado mejor. Con decir que "la insolidaridad provoca delincuencia" podrían haberse ahorrado una intrincada paráfrasis y explicar mejor su más que dudoso espíritu liberal, al que aparentemente se consagran con fervor.

Pensemos que de ser ciertas las palabras del monclovita y de sus nuevos seguidores, la extrema necesidad, permitiría a los pobres robar, a los terroristas matar y qué se yo, aplicando el viejo principio marxista, "de cada quien según sus capacidades a cada cual según sus necesidades", hasta justificar que alguien viole a otro ser humano.

Instituir la insolidaridad como la medida de todas las cosas implica destruir la esencia de la libertad, la responsabilidad. Dado que los hombres son irresponsables porque siempre es un tercero el que les empuja a actuar, el ser humano se convierte en un autómata, un animal sin capacidad de razonar. En definitiva, un esclavo de sus pasiones. Y como la pulsión más inmediata del hombre es la de alimentarse y reproducirse, señores, con este lema de las nuevas generaciones, tenemos todo un programa político que les puede permitir captar votos… de todos los sitios menos de quienes todavía creen que los hombres son racionales, responsables, libres y que no son culpables de lo que hagan otras personas.

¿Lo incluirá el PP entre las medidas que planteará en las futuras elecciones nacionales?

Google reconoce su fracaso en el vídeo

El gigante de las búsquedas se había especializado hasta ahora en compras pequeñas, generalmente de empresas que ofrecían un producto interesante y prometedor que se complementaba bien con la gama de servicios de Google y al que hacían crecer dentro de la compañía. Así, a lo largo de los últimos años adquirió Blogger, Picasa, Writely, Deja News (ahora Google Groups), Applied Semantics (cuya tecnología aplicó a sus servicios publicitarios), Kaltix (Google Personalized Search), Keyhole  y Zipdash (Google Maps) o Urchin (Google Analytics).

Pero ya existía Google Video. De hecho, este servicio nació antes que YouTube. Según anuncian, tanto uno como otro se mantendrán activos, algo natural ya que la marca YouTube se ha convertido en una de las más atractivas y conocidas en Internet. En mayo, servía un 43% del tráfico total de los sitios web especializados en vídeos, frente al 6,5% de Google, situado en el quinto lugar. La empresa, conocida y famosa por su capacidad de innovación, fue batida por unos novatos en el negocio. ¿Por qué?

La virtud de Google, y de todas las empresas que tienen éxito en la red, es que logran solucionar necesidades de los usuarios y consiguen ganar dinero por ello. Pero hay que fijarse en el orden de prioridades: primero los internautas y luego la pasta. YouTube compartía esa filosofía. Sus creadores, Chad Hurley y Steve Chen, crearon la compañía después de una fiesta en la que varias personas llevaron sus cámaras de vídeo pero no encontraron un modo sencillo de compartir sus grabaciones con los demás asistentes. Así, tal y como ha reconocido Eric Schmidt, se convirtió en un "claro ganador en la red y en el lado social del vídeo". Google Video, en cambio, pareció nacer más bien como una plataforma en la que ganar dinero subiendo vídeos y poniéndoles un precio, del que Google se llevaba parte, que para eso los aloja. De ahí su quinta posición, un lugar harto vergonzoso para una empresa tan puntera en un mercado que se presume goloso en el futuro.

El vídeo en Internet está creciendo. Acabo de ver que uno de los primeros vídeos que subí, naturalmente a YouTube, sin ninguna publicidad aparte de una anotación en mi blog, ha sido visto casi 100.000 veces. La mayor parte de las grabaciones en este exitoso sitio web están perfectamente descritas para poder ser accesibles en las búsquedas, de modo que cualquiera que quisiera hacer publicidad contextual podría hacerlo con facilidad. Google es un gran experto en ese campo y seguramente sea ahí donde veremos grandes novedades en YouTube. Hay que reconocer a sus gestores que, al menos, han tenido la cintura de darse cuenta de su error y corregirlo lo mejor que han podido, es decir, recurriendo a la chequera. Pero resulta preocupante que el gigante californiano se haya visto superado precisamente por no haberse centrado en el usuario, algo que lo había caracterizado siempre. Puede que éste sea el primer síntoma realmente grave de debilidad de Google. Seguro que veremos muchos más en el futuro.

Boicot al cine español

En el libre mercado cada persona es remunerada según su capacidad para servir las necesidades ajenas. Cuanto más diligente sea un individuo en satisfacer a los consumidores mayor será su recompensa y, por consiguiente, sus posibilidades de consumir o invertir. El problema surge cuando un sujeto quiere obtener más riqueza de la que ha creado. Aunque el ser humano sólo conoce un método para ello: apropiarse de lo ajeno, tenemos a nuestra disposición dos nombres distintos para describirlo: robo y subvención.

La diferencia fundamental entre ambos es que la subvención es una apropiación canalizada por el Estado. Es un método mucho más limpio, cómodo y efectivo: en lugar de utilizar la pistola y el pasamontañas, basta tomar unas copas con el ministro de turno para que dé salida a la pertinente partida presupuestaria.

La industria corporativa del cine español, esa amalgama de aburguesados vividores cuyos referentes morales son Ho Chi Min, el Che y otros genocidas varios, hace tiempo que ha optado por chupar del bote de la subvención. Incapaces de hacer películas que agraden a los españoles, se han resignado a vender sus productos caducados a los políticos.

De nuevo, el Estado es utilizado en contra de la mayoría para beneficio de una elite bandolera que se considera moral e intelectualmente superior. Poco les importa que la mayoría de los españoles queramos disfrutar de muchas películas yanquis y que prefiramos guardarnos los seis euros en el bolsillo antes que ver el último bodrio del cine nacional. Su propuesta de Ley del Cine supone una apuesta decidida por atacar, manejar y controlar las decisiones libres de los españoles.

Pretenden encarecer los costes del doblaje y las entradas de cine. Dado que no pueden competir con el cine yanqui, desean destruirlo. No respetan nuestros gustos, son tan intolerantes como sus líderes intelectuales: su único interés es dar rienda suelta a su desatada codicia, enriquecerse a toda costa; a nuestra costa.

De ahí que sea necesario darles donde más les duele: en la cartera. Podrán robarnos el dinero, podrán obligarnos a pagar más por ver las películas que realmente queremos ver, podrán aliarse con los políticos para conseguir por la fuerza lo que no logran con su (escaso) talento, pero de momento no podrán forzarnos a engrosar sus escuálidas cifras de audiencia.

Mi propuesta es simple y llana: un boicot total al cine español mientras no se retire esta propuesta o mientras los participantes en las películas afectadas no retiren su apoyo a tales medidas.

El boicot es uno de los instrumentos pacíficos que las sociedades libres tienen para repeler los comportamientos ajenos que consideran inapropiados. En este caso no se trata ya de una conducta "desagradable", sino de un ataque frontal a nuestra libertad.

El boicot, por tanto, no sería sólo una reacción más que comprensible ante sus maniobras ofensivas, sino un instrumento digno contra su corrupta utilización del poder político. Frente a su cobro coactivo debe estar nuestro rechazo voluntario a sus películas.

Es cierto que muy probablemente ningún cineasta vaya a cambiar su lucrativa postura por el hecho de perder unos pocos espectadores. Pero cometeríamos un gran error si creyéramos que esto supone un fracaso del boicot. No. El boicot triunfará cada vez que un individuo decida no pagar en el cine por ver una película de esta panda, cada vez que dejemos de concederles el más mínimo respeto como artistas –y pasemos a considerarles como lo que son: unos parásitos del sistema político– y cada vez que sus cifras de audiencia pierdan un espectador. Estos hechos en sí mismos ya representarían el triunfo del boicot; nuestro triunfo frente a sus artimañas y exacciones.

Si son incapaces de respetarnos –de aceptar nuestras decisiones y nuestras preferencias–, que no nos pidan que vayamos a ver sus películas. No queremos ser cornudos y apaleados.

¿Por qué Hitler invadió la URSS?

Es un lugar común que el mayor error de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial fue invadir la URSS. Si no se hubiesen metido en aquel berenjenal, se dice, Hitler habría concluido con éxito la aventura militar de 1939-40 doblegando la resistencia inglesa e imponiendo un nuevo orden en el continente. Tal vez, años más tarde, nazis y soviéticos se hubiesen visto las caras en una nueva e inevitable confrontación, pero Alemania estaría ya en condiciones de plantarse frente a la mole rusa con ciertas garantías y el dominio alemán en Europa sería incontestable.

Si es así, que no lo es, el gran interrogante radica en saber por qué el invicto Hitler se embarcó en una campaña que tenía perdida de antemano complicándose de paso una guerra que le iba viento en popa. La explicación más habitual a algo, aparentemente, tan irracional es incidir en la locura del Führer que, borracho de triunfo tras aplastar a Francia, se sintió llamado por la historia a liquidar de un plumazo el imperio bolchevique que estaba poblado, además, por eslavos inferiores llamados únicamente a servir al nuevo amo ario. Para ello ignoró los consejos de sus generales y se dejó llevar por un optimismo enfermizo, sobreestimando sus propias fuerzas e infravalorando las del adversario.

Lo cierto es que Hitler no pensó en ningún momento que la invasión de Rusia iba a complicarle la guerra sino a hacérsela mucho más llevadera. Estaba convencido –él y todo su Estado Mayor– que, más tarde o más temprano se terminaría formando una entente, parecida a la de la Primera Guerra Mundial, formada por los Estados Unidos, Rusia e Inglaterra. Si, anticipándose, eliminaba a uno de sus futuros enemigos, la tentativa quedaría conjurada para siempre. El problema, su problema, es que sólo estaba en guerra con uno de ellos, con el Reino Unido. Con Estados Unidos existía una relación tensa pero pacifica, y a la Rusia de Stalin le unía un pacto de no agresión gracias al cual había invadido Polonia a placer.

Lo lógico, visto desde hoy, es que hubiera intensificado su ofensiva contra Inglaterra, pero Alemania no estaba preparada para mantener los ataques aéreos, y mucho menos para efectuar un desembarco en las costas británicas. La Inglaterra de 1940 era una potencia mundial, mucho más poderosa que Rusia y dotada de una Armada realmente temible. Las islas británicas, por añadidura, carecían de valor estratégico para los nazis. Era un archipiélago periférico y aislado que, debidamente controlado, poco o nada podía hacer por interponerse en los planes de Hitler.

Rusia, por el contrario, se antojaba en Berlín como un desastre sin paliativos en lo militar. La derrota del Ejército Rojo en Finlandia durante el invierno de 1939 frente a un puñado de guerrilleros emboscados en la taiga venía a demostrarlo. Stalin había decapitado a la cúpula militar en las purgas de 1937-38 y el armamento con el que contaba el Ejército Rojo era bastante peor que el del alemán. Por último, las llanuras rusas eran el campo de batalla ideal para la táctica preferida de los estrategas del Reich: la blitzkrieg, un tipo de ataque novedoso, rápido, letal e imposible de frenar.

A diferencia de Inglaterra, Rusia sí era estratégico, y mucho. A espaldas del Reich todo era Unión Soviética, miles de kilómetros de frontera virtualmente indefendibles. Prácticamente todo el petróleo que Alemania consumía procedía de los yacimientos del Mar Caspio. Esto, junto a la industria pesada y, sobre todo, el feraz campo ucraniano, podían poner en jaque mate a la máquina bélica alemana si Stalin decidía aliarse con Inglaterra.

En el Berlín de 1940 se pensaba, naturalmente, que los eslavos eran seres inferiores pero, por encima de la ideología, los generales de Hitler estaban persuadidos de que, amén de lo anterior, los pueblos que convivían de mala manera en el seno soviético estaban muy desmotivados tras 20 años de miseria y hambrunas. Esto llevaría a bielorrusos, ucranianos o lituanos a recibir a los invasores como liberadores o, en el peor de los casos, a no ofrecer resistencia.

Vistas así las cosas, que es como estaban entonces, lo más oportuno era entrar en Rusia cuanto antes y quitarse el problema de en medio. Hitler, efectivamente, era un peligroso desequilibrado mental, pero no planificó la campaña de Rusia bajo el influjo de la locura. Midió bien sus pasos y estaba convencido de que iba a ganar.

En junio de 1941 dio comienzo la Operación Barbarroja. El generalato nazi, que se las prometía tan felices, se dio de bruces con la realidad y la guerra mundial inauguró su teatro de operaciones más mortífero e inhumano. Un ejemplo perfecto de cómo en la guerra no hay nada seguro y como una decisión equivocada, sólo una, puede llevar a colapso definitivo.

Globalización y cayucos

El mercado es un proceso sorprendente, porque pone orden en este mundo, que en ocasiones parece caótico. Uno de los resultados más notables es que iguala los salarios de los trabajadores que aportan el mismo valor. La renta que reciben por su aportación se determina por el valor descontado de su productividad marginal (VDPM), es decir, por el valor actual de su contribución a la producción. Si el VDPM es el mismo para dos trabajadores distintos, su salario tenderá a igualarse. Global como es la economía, este proceso de igualación de rentas se extiende por el mundo. Y lo hace por dos caminos.

El primero de ellos consiste en que el capital acude a los países poco productivos y por tanto con salarios bajos. Si el país de acogida le ofrece seguridad, el capital crea proyectos en los que el trabajador puede aportar más valor, y por tanto puede generar mayores rentas. Es lo que conocemos por deslocalización, pero que más bien debiera llamarse re-localización.

El segundo es el camino inverso. Son los trabajadores quienes vienen a los países en los que hemos acumulado capital y en los que su esfuerzo, por tanto, va a ser más productivo. La inmigración tiene su causa en el deseo de millones de personas de mejorar su situación, una aspiración legítima y profundamente humana.

Relocalización y migración no son dos imágenes especulares del mismo proceso, ya que con el inmigrante viajan sus expectativas y capacidades, sus valores y su cultura. Llegan para formar parte de las sociedades de acogida, con sus propias normas de convivencia. El capital tiene detrás una idea que le anima y le da vida, pero no tiene que cruzarse con extraños en la calle, llevar a sus hijos al colegio o tratar con otros compañeros de trabajo. La inmigración se enfrenta al rechazo del extraño por una parte de los naturales del país y a la pretensión de imponer su propia cultura a la de acogida, por otra parte de quienes llegan. El capital no entiende de eso.

Por esas razones, la vía más efectiva para limitar los problemas que puedan surgir con las migraciones viene del librecambio, de la globalización. Si abrimos nuestras fronteras a los bienes que puedan producir en sus propios países, muchos de ellos no tendrán que cruzarlas para ganarse la vida en tierras extrañas. La lamentable decisión de la Comisión de dar una nueva vuelta de tuerca al ominoso proteccionismo europeo dificultando la entrada del calzado asiático no va precisamente por ese camino.

En interés de nuestra sociedad, debemos abrir las fronteras a los bienes de fuera. Porque nuestra cesta de la compra será más variada y barata y porque el desarrollo de los países pobres hace menos necesaria la emigración. Pero tampoco queramos frenarla. Es deseable que sea lo más ordenada posible, pero la poderosa fuerza del legítimo deseo de progresar nos tiene vedado ser demasiado estrictos.

No nos conviene, además. Los trabajadores que llegan no nos roban oportunidades de trabajo, ya que no nos pertenecen mientras no las hagamos nuestras. Y no deprimen los salarios. El trabajo que ellos no hagan se queda por hacer y por su ausencia habrá proyectos que no se pongan en marcha. Por tanto, su aportación les hace a ellos y nos hace a los demás más ricos.

Los intelectuales y el capitalismo

¿Qué lleva incluso a los que han visto los libros fuera de la estantería a rechazar mayoritariamente las sociedades libres y preferir el socialismo o, al menos, la tutela del Estado?

Un amigo me sugiere que se identifican con el progreso e identifican a éste con la izquierda. Pero esa es una explicación que quedó obsoleta con la caída del muro. Tiene que haber algo más. Otra entiende que, simplemente, la izquierda tiene más y mejores razones que las que pueda jamás aportar el liberalismo. Pero es que no es así; hay al menos razones igual de buenas para preferir la libertad a otros valores que para no hacerlo. ¿Qué es, entonces?

Ludwig von Mises cree que es el resentimiento que nace del contraste entre lo que un intelectual piensa de su valía y la recompensa que le da el mercado. Ellos, con lo listos que son y lo que saben, tienen derecho a ser recompensados. Los intelectuales siempre han hablado de su propia labor como la más importante de todas, y su sesgada opinión ha quedado registrada desde hace dos milenios y medio. Realmente se lo creen. Pero en el mercado no ganan nada al lado de los empresarios, que se enriquecen produciendo cosas de lo más vulgar. Nozick añade que en el colegio fueron los primeros, pero que una vez en el mercado las cosas cambian.

Pero hay algo más. El mercado es un proceso espontáneo, que actúa sin que nadie le diga lo que tiene que hacer o por dónde no debe ir. Es complejo y muy pocos intelectuales han hecho un verdadero esfuerzo por comprenderlo. De éstos, no todos lo han logrado. El resto desconfía de ese caos y tiene ideas muy claras de cómo mejoraría la sociedad si un poder central potente controlara la situación bajo la sabia y desinteresada guía de… de ellos mismos, sin ir más lejos. Quizás en una sociedad así obtengan la recompensa que realmente merecen.

No obstante, algo tiene el liberalismo que no acaba de seducir más que a una minoría de los intelectuales. Será que su visión un tanto pesimista de la naturaleza humana nos iguala a todos mucho más de lo que habitualmente se cree, y no da al estudioso, al escritor, al artista una categoría especial, a la que se creen naturalmente acreedores, mientras que el socialismo alimenta ambiciones sólo al alcance de los hombres más extraordinarios. El liberalismo es para los modestos.

La gripe social

Llega la gripe y, como todos los años, las autoridades –políticas– sanitarias nos cuentan que hay dosis de la nueva vacuna para todas aquellas personas que la necesitan. Olvidan que el año pasado lo dijeron y al final no hubo para todos los que creían necesitarla. Sin embargo, ellos siguen pensando que la cantidad de vacunas de las que disponía la SS era óptima. Lo que ocurrió es que los individuos la demandaron de manera irracional por la desinformación –creada por los propios políticos– sobre la gripe aviar.

Irracional o no, lo cierto es que en nuestro país el estado determina quién debe vacunarse y quién no. Y no lo determina en función de que unos puedan coger el virus y otros no, porque lo cierto es que todos podemos contraer la gripe. Lo deciden en base a sopesar el riesgo de contraerlo en función de cada profesión o edad frente al coste de la vacuna.

Esta discriminación se podría llevar a cabo en función de los antecedentes gripales de cada paciente o alguna otra variable más o menos arbitraria. Pero ninguna de las reglas de discriminación puede satisfacer a todos en su condición de ciudadano, paciente y contribuyente. Y es posible que la regla elegida lo logre en menor medida que ninguna otra. El análisis coste-riesgo (o coste-beneficio) sólo lo puede realizar el individuo (y sólo si paga por la vacuna) porque tanto el coste (de financiarlo) como el riesgo (la probabilidad de contraer la gripe en relación a la desutilidad del padecimiento) son netamente subjetivos.

La administración gratuita de vacunas hace que la demanda supere la oferta y que el aparato estatal busque formas arbitrarias de simular un análisis coste-beneficio y así poder discriminar y racionar a gusto. Los estatistas dirán que los contagios son problemas de salud social, estatal o pública y no individual. Su propagación afecta al resto de la sociedad. Vamos, que estar vacunados tiene externalidades positivas. En fin, lo mismo ocurre con la cortesía o con la higiene y afortunadamente nadie defiende hoy en día que el Estado nos tenga que limpiar el culo. Es curioso observar cómo primero eliminan el precio de mercado y luego se ponen a discriminar al tiempo que dicen que hay para todos.

A quienes llevan las riendas del estado les molesta tremendamente que sean los individuos quienes decidan quién se vacuna y tratan de forzar las cosas al límite. Pero no queda ahí el intento de control social. Tampoco les gusta que haya gente, pueblos o comunidades que se vacunen de cosas que no se dan gratis en el resto del sistema de la SS. Ejemplos familiares para quienes sean padres son la vacuna de la varicela o el famoso Prevenar. Los seguros privados médicos las recomiendan mientras que la SS repite una y otra vez que el riesgo no justifica el desembolso. Seguro que a más de un político y a muchos burócratas les gustaría prohibirlas (a estos últimos les salva que son los únicos que pueden elegir entre sanidad pública o privada y eligen en un 85% la que no produce el Estado para el que trabajan), pero tampoco es cuestión de enseñar los colmillos no sea que el paciente vaya a ver que detrás de la bata de bondadosos médicos sin fronteras se esconde el lobo feroz.

Tengo más de un amigo que confió en las recomendaciones vacunales de la SS y –¡Dios mío!– qué mal lo han pasado hasta que los chiquillos pasaron la varicela. ¿Quién es el Estado para decidir que los 70 euros que puede costar cualquiera de estas vacunas es mucho o poco en comparación con una semana de lloros, gritos, dolores, picores o fiebre?

Ahora la Comunidad de Madrid ha decidido ampliar las vacunas que ofrece a sus ciudadanos. La decisión es tan arbitraria como la de no hacerlo, pero los efectos que ha provocado tienen su gracia. "Qué insolencia", parecen exclamar alarmados los consejeros de sanidad de las demás comunidades y la propia ministra, que sí han dicho en medio de su indignación que "todo el Estado ha de trabajar por consenso". Les falta explicar el gran "daño" que causará la decisión: mostrará a los madrileños que con un pinchacito más (que cuesta menos de 100 euros) puedes ahorrarte un mal trago y que sus políticos no eran tan benefactores como pensaban. Después de todo, los ciudadanos pagan obligados una SS que es un robo y sus dirigentes ni te pagan la vacuna ni te dejan que las compañías que las fabrican te informen sobre las ventajas de inyectártelas. Puede ser que en esta ocasión la competencia política no vaya a reducir el gasto público pero al menos parece que sí ayudará a desenmascarar las mentiras y mostrar a las claras por qué no quieren que nos podamos informar en el campo de los medicamentos. Con suerte, algún día superaremos la gran gripe social de nuestro tiempo: el estatismo.