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La ley actúa, pero contra la SGAE

La juez no ha visto dolo y por eso no lo ha condenado, explicitando además que, según la antigua Ley de Propiedad Intelectual, el acusado estaba ejerciendo el derecho de copia privada reconocido por la ley. "Entender lo contrario implicaría la criminalización de comportamientos socialmente admitidos y además muy extendidos", argumenta. No creo que a la SGAE le haga mucha gracia leer esto.

El caso es que esto no es lo que se nos decía en verano de 2004, pocos meses después de llegar el PSOE al poder, en una campaña en que se decía que "ahora la ley actúa". La excusa era la modificación del Código Penal que entraba en vigor en octubre, por el que se establecía que "la difusión de contenidos ilegales en Internet es un delito castigado incluso con la cárcel", tal y como indicaba la campaña. Claro que ésta se había realizado con la ambigüedad suficiente como para que todo el mundo entendiera que eso de "contenidos ilegales" se refería a música y películas. Esta sentencia nos recuerda que no era así, al menos en aquel momento.

El problema es que la Ley de Propiedad Intelectual ha cambiado, con el apoyo de todos los grupos políticos, dejando el derecho de copia privada con una formulación tremendamente ambigua. Las conclusiones que cabe extraer de la misma son, según David Bravo, que se permite la copia privada siempre y cuando no se rompan las protecciones anticopia que incorpore el soporte original, porque en tal caso no se habría tenido "acceso legal a la obra". Pero eso, claro, sería la interpretación benigna. Un juez podría llegar a fallar que sólo se pueden realizar copias de originales, que sería otro modo de entender eso del acceso legal.

Lo curioso es que esta ley amplía el canon por copia privada a multitud de soportes que, hasta ese momento, se gravaban a algunos comerciantes minoristas por un acuerdo entre mayoristas y sociedades de derechos de autor. También permite a los productores proteger los originales con mecanismos anticopia. El Código Penal considera delictivas la creación, distribución y posesión de programas de ordenador que puedan servir para eliminar las protecciones a programas de ordenador u obras artísticas. Y la nueva ley, según la interpretación más benigna de un redactado sospechosamente ambiguo, impide ejercer la copia privada si se saltan esos mecanismos.

En definitiva, que la ley aprobada con los votos a favor del PP (que no se nos olvide) nos obliga a pagar un impuesto revolucionario a la SGAE y sus cuates a cambio de un derecho que en esa misma ley, en colaboración con el Código Penal, se prohíbe en la práctica. ¿A alguien le puede extrañar entonces que aparezca en España un "partido pirata"?

Las censuras que vos defendéis

En realidad, sin embargo, las dos situaciones no son en absoluto comparables, y su simple contraposición otorgaría una importante victoria a la demagogia socialista. La COPE sí es víctima de un programado ataque censor; a Rubianes sólo se le impidió que se apropiara del dinero robado a los ciudadanos.

Tengamos presente la diferencia esencial: la COPE es una emisora privada que el Estado pretende acallar porque sus palabras le resultan incómodas; Rubianes es un individuo que pretende lucrarse de unas instalaciones pagadas coactivamente por todos los ciudadanos. O dicho de otro modo: la COPE hacía uso de su propiedad privada; Rubianes quería hacer uso de la propiedad privada ajena.

Es curioso cómo los izquierdistas identifican censura con el rechazo a que los contraten. Cuando recientemente el diario El Mundo se negó a publicar una carta de Rodríguez Ibarra, el PSOE y sus mamporreros dijeron que El Mundo había censurado al presidente extremeño. En teoría, parece ser, El Mundo tiene la obligación de publicar todo lo que recibe, no un derecho a gestionar su propiedad privada como le parezca más oportuno.

Así, cuando decimos que Ibarra fue censurado estamos admitiendo implícitamente la necesidad de que Ibarra haga prevalecer su derecho a la libertad de expresión, forzando a El Mundo a que publique su carta. Justificamos el uso de la violencia para que una de las partes –el presidente extremeño– imponga su voluntad unilateral sobre la otra.

El caso de Rubianes es similar pero, si cabe, más estrafalario. El otrora Makinavaja se define como "de izquierdas", esto es, como carterista elevado a la enésima potencia bajo la sanción de la legitimidad regia. Rubianes, por consiguiente, defiende el robo, el expolio y la coacción masificada contra los ciudadanos; una forma de subrepticia censura en el uso de nuestro dinero contra la que ningún conmilitón ha levantado la voz, salvo para defenderla.

En esto que el actor reclama una parte de su botín en forma de instalaciones donde representar su obra de teatro, y el Ayuntamiento, por la razón que sea –al fin y al cabo es un arbitrario organismo estatista de los que le gustan a los intervencionistas–, ha rechazado su petición. En lugar de censura deberíamos decir que el buitre de Rubianes no ha podido tener acceso a la carroña, y que ello ha irritado a sus compañeros socialistas. El destino de todos los teatros públicos debería ser su inmediata privatización, y no su existencia para el latrocinio particular de cuatro amiguetes titiriteros a costa del sufrido contribuyente.

Lo más gracioso del tema es que Rubianes representará finalmente su obra en el Auditorio de Comisiones Obreras, esto es, una propiedad privada. Si de verdad estuviéramos en presencia de censura, el Ayuntamiento de Madrid impediría a CCOO ceder su local a Rubianes, del mismo modo que el CAC y el PSOE pretenden impedir que Losantos exprese sus opiniones en la emisora de la Conferencia Episcopal.

La jugada está clara: cuando un socialista no puede hablar donde y cuando quiera, hay que reprimir a los propietarios en nombre de la "libertad de expresión"; cuando un individuo expresa opiniones antisocialistas, hay que reprimir al propietario en nombre de la "convivencia". Ellos se lo guisan y se lo comen, el arbitrismo estatal al servicio del poder y del cercenamiento de la libertad.

Lo cierto es que a Rubianes le ha pasado lo que a los asesinos de Viriato, que Roma no paga a traidores, y nuestro Estado moderno mucho menos. Si el descaro y la hipocresía no corrieran por sus venas, dejaría de defender con altivo orgullo una ideología cuyo objetivo último es nacionalizar todas las propiedades privadas para condenar al ostracismo a todos aquellos que no sean afines al régimen.

Rubianes ha experimentado en su persona qué le ocurriría si todos los teatros españoles fueran públicos. El problema es que su perversa ideología sólo lamenta que los afectados no sean otros; Rubianes nunca defenderá la reducción y deconstrucción del Estado. En realidad no es más que una correa de transmisión del estatismo, del dirigismo y del intervencionismo; una víctima de sus propios demonios.

Ética y convencimiento

La ética es un conjunto de normas sociales de comportamiento universales, simétricas y funcionales. Una vez conocidos sus principios básicos, el derecho de propiedad y los contratos (equivalentes al principio de no agresión) cabe preguntarse por las motivaciones para su cumplimiento. ¿Por qué respetar la propiedad ajena y cumplir con los compromisos contractuales? ¿Por qué no robar, asesinar, violar, estafar?

"Por tu propio bien", responderán algunos; una respuesta paternalista, simple y problemática. El subjetivismo indica que el bien es percibido individualmente, no hay recetas objetivas detalladas que garanticen la satisfacción de todos y es el propio actor quien mejor conoce sus deseos y capacidades. Un sabio puede indicarle a otra persona que le conviene cumplir alguna norma para no arrepentirse en el futuro de su incumplimiento, pero nunca podrá asegurar dicho arrepentimiento. Tal vez el delincuente no teme a la justicia, o al ejército enemigo o al repudio de los demás porque se cree más astuto, más fuerte o más independiente (y tal vez lo sea) y no hay que recordarle las posibles consecuencias y represalias porque ya las ha tenido en cuenta. Hay personas o grupos organizados más fuertes que los demás, y puede merecerles la pena agredir, depredar o parasitar a los débiles desorganizados: la historia de la humanidad está repleta de situaciones de dominación. Tal vez soy mejor guerrero o estafador que productor o comerciante, y no me interesan las normas universales y simétricas, yo quiero estar por encima, y la cosa puede funcionar mientras que no me quede sin riquezas ajenas que saquear.

"Por el bien de los otros" es otra respuesta insatisfactoria. Tal vez los otros no me importan, o tal vez no sé cómo hacerles el bien. Quizás me interesen unos pocos y conozca bien a los más próximos, pero esto no es en absoluto universal. "Para no hacer el mal a otros" es algo más satisfactorio, ya que el principio básico de la ética es éste, y es posible y fácil no agredir a nadie, pero de nuevo tal vez carezco de escrúpulos y el mal ajeno me es indiferente o no me atañe lo suficiente si con ello consigo mi bienestar.

La ética no es lo mismo que la moral, la cual manipula los sentimientos íntimos personales para influir sobre la conducta, tanto para la felicidad individual (evita las tentaciones, piensa a largo plazo) como para la coordinación social (recuerda que vives en un grupo, que a los demás les afectan tus acciones, que la imagen que tienen de ti es importante). La moral es una herramienta de manipulación (lo cual no implica que sea necesariamente nociva), no un ejercicio de racionalización, y no suele ser universal ni simétrica (a menudo se usa para camuflar la opresión); a veces es funcional pero a menudo es disfuncional.

El conocimiento ético permite al menos razonar, argumentar y desmontar múltiples patrañas políticamente correctas cuya difusión y aceptación permiten el mantenimiento de privilegios de unos a costa de otros: la fachada de respetabilidad democrática de la coacción política se desmorona; los grupos de interés parasitarios quedan expuestos como hipócritas que insisten en que todo es por el bien ajeno; las víctimas descubren que defenderse es perfectamente legítimo, y que no deben a nada a nadie; los presuntos e intocables derechos humanos (interpretados en clave socialista) aparecen como supercherías colectivistas para mayor gloria del estado.

Quienes no respetan el derecho de propiedad pueden ser personas que no están dispuestos a tratar a todos en pie de igualdad (quieren leyes especiales para ellos, impuestas mediante la violencia o el engaño), o ignorantes bienintencionados de quienes conviene alejarse y protegerse si se niegan a aprender. Las personas honestas y productivas que comprenden la ética pueden utilizar sus normas para organizarse socialmente de forma justa y eficiente, evitando parásitos y agresores, con sistemas de policía, justicia y defensa merecedores de esos nombres, que disuadan a potenciales criminales y no se utilicen para mantener sistemas de dominación o utopías irrealizables.

Pásmense, la libertad funciona

A esta ardua labor se dedican dos informes anuales, uno elaborado por la Heritage Foundation y el diario The Wall Street Journal, y el otro por los institutos Cato y Fraser. Este último, titulado Economic Freedom of the World (EFW), salió el pasado viernes a la luz pública, en su edición de 2006. Su objetivo es otorgar para cada país una puntuación del uno al diez, en función de la media que obtengan en cinco ámbitos: el tamaño del Estado, la estructura legal y la seguridad de los derechos de propiedad, el acceso a un dinero sano, la libertad de comercio internacional y la regulación del crédito, el trabajo y los negocios.

Año tras año, el país que encabeza ambos informes es Hong Kong (con 8,7 puntos), al que en el EFW le siguen Singapur (8,5), Nueva Zelanda, Suiza, Estados Unidos (8,2), Irlanda y el Reino Unido (8,1). En el extremo opuesto, encabezando la represión económica, varios países africanos. Y otros, que de tan represores no están ni en el informe, como Corea del Norte o Cuba. Sobresaliendo sobre la magra realidad de sus continentes, Chile, que ocupa el vigésimo lugar, y Botswana, 35.

Y a hacer números. Resulta que el cuartil de los países más libres tiene una renta media de 24.402 dólares y un crecimiento real del 2,1 por ciento por cada ciudadano, que vive 77,8 años, mientras que en el cuartil de los más reprimidos hablamos de 2.998 dólares, un descenso del 0,2 por ciento en la renta per cápita, y una esperanza de vida que no pasa de 55 años. Los países más libres progresan más tienen menos trabajo infantil (0,3 por ciento frente a 19,3 por ciento) y luchan más eficazmente contra la pobreza. Pásmense, la libertad funciona.

Lo que nos permite ser moderadamente optimistas, ya que según el mismo estudio, la libertad de los ciudadanos del mundo en el ámbito económico no ha dejado de ampliarse desde el primero de los informes, redactado en 1980. Entonces la media mundial era un 5,1 y el de 2006 (aunque elaborado con datos de 2004, último año para el que hay datos completos y fiables) la media es de 6,5. En este tiempo, de los 102 países controlados por el EFW 98 han mejorado y sólo 4 se han hecho más represores.

Todo esto está muy bien. A los economistas, en general, les gusta jugar con números, buscando todas las combinaciones posibles, y tratando de acercarse con ellas a la verdad, aunque sea sin mirarle a la cara. Porque esto de vivir en sociedad, de lo que la economía es su aspecto más fundamental, es un conjunto interrelacionado de complejos procesos que no se dejan tomar medidas como lo haría un maniquí. Pero tenemos la ventaja, como observadores, de que están protagonizados por personas. Y sabemos de lo que hablamos. Por ello mucho economistas, desde antiguo, no han necesitado de los buenos informes sobre el estado de la libertad económica en el mundo para saber que cuanto más libres, mejor.

Once de septiembre

Cinco años, y todos tenemos la sensación vivir un cambio histórico. Hemos despertado de un sueño que comenzó con el derrumbe histórico del socialismo y que dibujaba una humanidad entrelazada por el comercio, liberada de promesas totalitarias y del enfrentamiento de bloques. Resulta que las culturas tienen consecuencias, y que el Islam, con sus enseñanzas de expansión y subyugación del infiel por medio de la violencia, da en sus líderes más conscientes y más pulcros en sus convicciones islámicas a auténticos criminales. En 1998 Ben Laden lanzó su "Declaración de un Frente Islámico para la Yihad contra los judíos y los cruzados", compartida por muchos otros con distintos términos. Tres años después llevó la declaración a su mayor éxito.

Estados Unidos, que todavía no está aquejado como la enferma Europa, de la corrupción de su orgullo, ha respondido. Ha lanzado dos guerras, una en Afganistán, otra en Irak. Su éxito ha sido no más que relativo, al menos en esta última, pese a haber derrocado al dictador. No ha logrado una paz duradera, mantenida por los propios iraquíes.

Si por algo merece la pena luchar es por la libertad; ninguna causa como esa. Y el terrorismo tiene en la que aún mantenemos su fuente permanente de odio: su causa, que es también la nuestra. El problema está en que el Estado no conoce libertad que no desee invadir, y la lucha contra un enemigo externo es el argumento más inmediato y más convincente para satisfacerse. En Estados Unidos, en Gran Bretaña, en otros países, hemos visto cómo se introducen medidas represoras, controladoras, fiscalizadoras de los ciudadanos. Quizá no demasiado importantes, pero siempre yendo un paso más allá, para jamás rectificar. Porque, como el terrorismo es un enemigo permanente, la excusa también lo es. Hace cinco años aceptamos una guerra que no conocerá fin hasta que el Islam no abandone el medievo como ideal y acepte en su abrumadora mayoría la limitación de sus creencias por las necesidades de una sociedad abierta y libre. Y necesitarán siglos.

Pero mientras no podemos responder permitiendo que nuestros políticos actúen como si fueran agentes del terrorismo, limitando nuestras libertades en nombre de ellas mismas. ¿Por qué no confiar en el poder y la capacidad de adaptación y respuesta de la sociedad sin tutelas?

¿Quién debería ahorrar agua?

Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de las democracias con fuerte carga estatal es el reparto de culpa. Resumiendo, cualquiera de nosotros, como entidad que forma parte de la sociedad, tenemos culpa de todos los males que la afectan menos de los que producimos nosotros mismos. De esos, por supuesto, la tienen los demás. Así, el delincuente no es culpable del delito, sino la sociedad que no ha sabido dotarle de los medios y recursos suficientes para impedir que los perpetre. En lo medioambiental, este curiosa filosofía también está vigente aunque con ciertos matices. La culpa es de todos salvo de los que luchan por un medio ambiente más saludable y esa lucha se mantiene dentro de los parámetros que manejan las organizaciones ecologistas.

A finales del verano, la sequía debería ser algo que entre dentro de la normalidad, sobre todo si este es el segundo o tercer año que la padecemos. Que los pantanos estén en límites preocupantes no debería sernos extraño pero nos lo venden como una catástrofe y lo peor de todo, nos aseguran que somos los culpables de la situación ¡porque desperdiciamos agua! Este tipo de generalizaciones es ante todo insultante pero responde a la lógica de lo políticamente correcto por dos razones, una de carácter moral y otra de carácter económico.

La primera es la típica moral anticapitalista, el desarrollo en el que nos hemos embarcado es totalmente insostenible y por tanto llenar piscinas privadas, regar hectáreas de campos de golf, bañarnos en vez de ducharnos, hasta usar el retrete como papelera improvisada es algo inadmisible, es un derroche que estamos pagando ahora y en el futuro. Este sencillo mensaje ha calado y no solo en los ciudadanos sino en los políticos que nos gobiernan lo que es mucho más peligroso. La segunda razón, de carácter económico, es la ausencia del libre mercado. Al no existir, surge el concepto del despilfarro. El precio del agua se establece desde las administraciones, la gestión es pública o semipública y se prohíbe o dificulta la actividad empresarial que no se controle gubernamentalmente por lo que se impide que se desarrollen nuevos o alternativos sistemas de transporte de agua y sobre todo un mercado del agua que nos permita ahorrar de forma voluntaria, igual que ahorramos en la cesta de la compra sin que nadie nos obligue, cuando suben los precios y gastar más, si lo deseamos, cuando bajan. Así que como por definición las Administraciones Públicas no pueden equivocarse, salvo puntual e infrecuentemente, debe ser el administrado el que no cumple con parte de su contrato social.

Pero lo cierto es que las Administraciones Públicas despilfarran y mucho. Según datos de 2003 del Ministerio de Medio Ambiente, el 77% del agua usada en España lo hace la agricultura, el 18% el consumo urbano y el 5% restante la industria. Además, y según datos del INE, las redes públicas de distribución perdieron ese año el 18,7% del agua disponible en fugas, roturas, etc. Es decir, que las Administraciones Públicas, de las que depende directa o indirectamente la gestión de las redes de abastecimiento en la que se pierde casi el 19% de lo que vierte a la red, nos dicen que somos culpables de la sequía y de la situación insostenible.

Pero esto puede ser aún más irónico: los ayuntamientos se vanaglorian de sus parques públicos. No hace mucho, en el madrileño municipio de Leganés se instaló un sistema "inteligente" que permitía el riego ahorrando un 40% de agua. Situado al sur de Madrid, esta población soporta un tórrido verano, por lo que el sistema tendría su lógica si no fuera porque se aplica a unas praderas que no son precisamente plantas que necesiten poco agua. ¿No sería mejor plantar otras especies vegetales más adecuadas al clima, ahorrándonos el sistema de riego? ¿O es que las praderas son únicamente inmorales cuando lo que se riega es un campo de golf?

Pero lo más sangrante es el uso agrícola del agua. En España, el 77% del agua lo consume la agricultura. Sólo subvencionando la agricultura se consigue que ciertos productos sean "rentables" y sin esas ayudas el agua que se utiliza para sacar adelante todas esas producciones se podría usar en otras cosas. El problema se multiplica si observamos que, precisamente por la ayuda pública, muchos agricultores no invierten en el ahorro de costes y desperdician esta agua con sistemas ineficientes de riego, intensificando el problema de la sequía. De forma directa o indirecta, el Estado es uno de los mayores despilfarradores de agua y, no contento con ello, ahora mismo varias autonomías han creado nuevas tasas que se adelanten a la nueva Directiva Marco del Agua, que estará vigente en 2010, dentro de poco más de tres años. Y luego dicen que somos nosotros los que desperdiciamos agua.

¡Al suelo, que viene la ONU!

Si por algo se ha distinguido la ONU desde su creación, ha sido por su condescendencia hacia las tiranías y su escrupulosa censura de las democracias liberales más acosadas por ellas. Desde 1948, una cuarta parte de sus resoluciones han ido destinadas a sancionar, advertir, castigar y condenar enérgicamente al estado de Israel. Por el contrario, hasta la fecha tan sólo cuatro estados árabes han merecido la reprimenda onusina. Viva la equidistancia.

Pero en el caso de las guerras entre el Líbano e Israel, la muchachada de Annan ha superado todas las plusmarcas en materia de indecencia. Ahora que el Padre Koffi nos lleva de excursión por aquellas tierras, bueno será recordar los principales hitos de la ONU en el sempiterno conflicto libanés.

Las tropas de interposición de la ONU entre el Líbano e Israel (UNIFIL) han estado operando en la frontera durante 28 años. En todo este tiempo, los cascos azules no han interceptado ni una sola de las infiltraciones de Hezbolá en suelo israelí para cometer atentados. En el año 2000, las cámaras de vigilancia dispuestas por las tropas onusinas grabaron el secuestro de tres soldados israelíes por parte de terroristas de Hezbolá ante las narices de la UNIFIL, sin que ninguno de sus soldados moviera un sólo dedo. Para mayor ultraje, los terroristas llevaban uniformes de la UNIFIL, que no es algo que se venda normalmente en las tiendas de Beirut. Cuando Israel descubrió que el secuestro había sido grabado por sus cámaras, solicitó a la ONU la entrega de las cintas con el fin de identificar a los culpables. Koffi, desde su altura moral, se negó en redondo a entregar las grabaciones hasta que fue obligado por una resolución casi unánime del Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica, que vinculaba la colaboración de la ONU en la investigación al mantenimiento del apoyo financiero norteamericano. Finalmente, Koffi accedió a la entrega de las cintas (la pela es la pela, especialmente en la ONU), no sin antes manipular las imágenes para que no fueran reconocidos los rostros de los culpables. En 29 de enero de 2004, los terroristas de Hezbolá devolvieron a Israel los cuerpos de los tres soldados asesinados. Misión cumplida.

Como es conocido, el pasado mes de julio terroristas de Hamás y de Hezbolá se infiltraron en territorio israelí, asesinando a varios soldados y secuestrando a un joven cabo y otros dos militares. En respuesta a la agresión, el ejército israelí desató una operación militar en la franja de Gaza y el Líbano. Como siempre, la izquierda internacional desató su habitual campaña contra Israel por su escasa capacidad de diálogo con los "milicianos" árabes. La ONU, para no ser menos, exigió también el cese de las operaciones militares. A juicio de Koffi Anan, las exigencias de la resolución 1701 son garantía suficiente de que Israel no será de nuevo atacado desde el Líbano. La mencionada resolución establece la prohibición de que el Líbano compre armas y munición a ningún país extranjero sin la aprobación de su gobierno. Al parecer, al bueno de Koffi le ha pasado desapercibido el hecho de que Hezbolá forma parte del gobierno democrático del Líbano, por lo que difícilmente va a negarse a sí mismo ninguna autorización.

Pero vayamos al meollo de la cuestión ¿Qué dice la doctrina de la ONU en materia de secuestros? Para conocerlo no hay más que leer con atención el documento "Convención Internacional contra la toma de rehenes" fechado en 1979, que reza: "Cualquier persona que rapte o detenga, y amenace con matar, herir o seguir reteniendo a otras personas con el fin de coaccionar a una tercera parte, a saber, un Estado, una organización internacional intergubernamental, una persona natural o jurídica o un grupo de personas, para que actúe o se inhiba de actuar como condición explícita o implícita para la liberación del rehén, incurre en la ofensa de toma de rehenes según la definición de esta Convención".En el caso de que el secuestro se produjera por parte de una organización de un país extranjero, "el Estado soberano del territorio del cual fue tomado el rehén tomará cuantas medidas considere oportunas con el fin de mitigar la situación del rehén, y en concreto asegurar su liberación, y tras su liberación, facilitar, cuando sea relevante, su partida". Se les escapó añadir "…salvo que los rehenes sean judíos, en cuyo caso el estado soberano del cual fue tomado el rehén deberá limitarse a aceptar la agresión sin más".

Y mientras tanto, el Partido Popular sigue prisionero de su complejo hegeliano. Al parecer, el razonamiento de los cerebros del partido ha sido el siguiente: 1.- Grupos terroristas secuestran y asesinan a varios soldados de Israel. 2.- La izquierda española se pone inmediatamente de parte de los agresores. Posición del PP: Darle todos los votos al PSOE para que contribuya a la inmoral equidistancia patrocinada por la ONU. Es decir, tesis, antítesis y síntesis. Hegel en estado puro. Y todo para que la Historia evolucione a través de esta curiosa dialéctica.

Lo que no parece entrar en la cabeza de los dirigentes populares, es que cuanto más "evoluciona" la política, más se aparta de los principios que supuestamente a ellos les toca defender. Si es que remotamente creen que les corresponde defender alguno, que esa es otra.

Un bosque de mentiras

Las cenizas alcanzaron desafiantes la desembocadura del río Miño, treinta o más kilómetros desde el origen del incendio, empujadas por la brisa del mar y la desidia pública generalizada. Quien estuvo allí lo pudo comprobar. Las llamas lo inundaron todo. La fachada atlántica de Galicia fue durante diez largos días de agosto una brasa permanente, una confusión de humo y errores. El suceso ha sido ciertamente lamentable y con secuelas difíciles de reparar. Ahora, después del desastre, queda todo lo demás; es decir, comenzar casi desde cero: los paisajes, la propiedad, las mentalidades, el futuro.

Los incendios en Galicia recuerdan a la tragedia de los comunes, pero, al contrario que estos últimos, los montes gallegos sí tienen propietarios con derecho a excluir a terceros de su disfrute así como a utilizar los recursos forestales simultáneamente. Numerosas montañas de Galicia pertenecen a comunidades de vecinos, agrupaciones de precaria identidad entre lo particular y el Estado, de eficacia limitadísima ante las crisis, que no poseen (ni quizá poseerán) el apasionamiento en defensa de lo propio que los bienes privados llevan implícitamente consigo, ni fuerza coercitiva estatal alguna. En ocasiones, estas etéreas comunidades de montes son plataforma de intereses entre sus directivos además de opaca fuente de recursos económicos para éstos. Las comunidades seguirán fallando ante contingencias de cierta magnitud.

Llama poderosamente la atención la falta de reflejos de los dirigentes españoles en paliar los efectos de esta clase de calamidades, acercándose a los ciudadanos que más sufren la devastación, comprendiendo de primera mano las claves de la desesperanza. El gobierno Aznar también se bloqueó inicialmente en el incidente del Prestige (y pagó un precio político por ello), pero la inoperancia del actual jefe regional gallego ante los fuegos de agosto alcanzó cotas inimaginables. Él mismo justifica su pusilánime actuación en un discurso televisado que da razón al título de este comentario. El anterior presidente Fraga consideraba los incendios como un ataque contra su persona: su mensaje fue creíble, atenuó las quemas y obtuvo réditos electorales durante largo tiempo. "¿Por qué nos hacen esto a nosotros?", se habrán preguntado compungidos en la reciente mayoría legislativa gallega. Los profesores universitarios de izquierdas en Galicia achacan los fuegos a una conspiración innominada, una especie de santa compaña derechista contra el árbol. Andan desorientados –gobierno, intelligentsia progre, medios afines– y no saben dónde disparar su receta de agravios.

En cualquier caso, más allá del juego político, algo hay que hacer. Fijar la propiedad con la máxima precisión posible, disolver los entramados comunitarios en claroscuro, elevar los años de prisión para derrumbar psicológicamente a los pirómanos, espolear a una opinión pública demasiado tiempo instalada en el cinismo, alentar las iniciativas emprendedoras atrayentes en el entorno rural, someter a subasta o concurso público los terrenos comunales que agonizan con aseguramiento de obligaciones y derechos para todos, urbanizar de una vez por todas el campo que anda siempre sobrado de maleza y con falta de personas que den cuenta cada día del deleite de la naturaleza que les toca ver y vivir.

Más farmacias no significan un mercado libre

La advertencia ya fue lanzada también a Italia, y el gobierno de Romano Prodi lo está intentando con las quejas de costumbre. Evidentemente no provienen de los consumidores, sino de farmacéuticos que ven como sus abultados márgenes de beneficios pueden empezar a caer en beneficio de la competencia y el consumidor.

Como siempre, la CE no tiene idea alguna de lo que significa liberalizar. Liberalizar no significa introducir más empresas en un sector sino desregular, abolir leyes, impuestos y abrir el mercado a cualquiera que quiera arriesgar su capital en montar un negocio. Es el consumidor el auténtico soberano y sólo él ha de decidir qué empresa sigue y cuál cierra, qué productos se han de vender y cuáles no. En definitiva, somos nosotros quienes hemos de condicionar la oferta y no un funcionario de Bruselas.

Por ejemplo, liberalizar no es lo que pretende hacer Italia. De momento, y si no cambia nada, los nuevos establecimientos tendrán que contar con el consejo de uno o más farmacéuticos colegiados (para vender aspirinas, ya me dirá usted), estará prohibido realizar ofertas promocionales y el tema de los descuentos queda algo oscuro ya que, según el nuevo Decreto Ley, deberán realizarse de "forma transparente", entre otros puntos totalmente intervencionistas y prohibicionistas.

El sector de las farmacias, y el farmacéutico también, tiene un sinfín de normativas que perjudican a los empresarios del sector y al consumidor teniendo que desembolsar, ambos, un precio más alto del que se daría en un mercado totalmente libre.

Que las farmacias se equiparen a cualquier otro comercio es un avance que parece mentira que los euroburócratas no hayan exigido antes a los gobiernos, pero esto no es, ni mucho menos, suficiente para el bienestar material de los consumidores ni de los nuevos empresarios porque sigue habiendo un altísimo grado de intervención.

Como dijera el poeta americano Walt Whitman, "el mejor gobierno es el que deja a la gente más tiempo en paz", y no parece que la "liberalización" de la CE quiera dejarnos en paz, sino que sigue queriendo meterse en nuestras vidas y elegir por nosotros.

Eduque a sus hijas con The Sims

Ya he comentado las posibilidades que tienen de enseñar a nuestros niños a resolver problemas. Últimamente me ha sorprendido ver que incluso hay quien opina que pueden enseñar valores morales.

Los juegos de ordenador, entre otras muchas cosas, ponen de relieve la diferencia entre niños y niñas, algo que quizá siente mal a los bienpensantes de la progresía, que continúan obedeciendo ese dogma de fe que dicta que ser iguales en derechos significa que hombres y mujeres somos iguales de hecho. A los hombres nos gustan más los juegos violentos y, en el caso de los que permiten varios jugadores, las relaciones sociales entre nosotros son más del tipo "pero mira que inútil eres", "caray que buena puntería", "te voy a dar pa’l pelo" y similares. Dado que los hombres hemos sido tradicionalmente los primeros en adaptarnos a la tecnología de los ordenadores –doy fe de la escasa presencia femenina en mi facultad de Informática, que ignoro si se ha corregido desde que la dejé–, los creadores de juegos han sido principalmente hombres, y sus productos dirigidos a ese mercado.

De vez en cuando, no obstante, un juego da la campanada y vende lo que no está en los escritos por haber logrado acceder al mercado femenino. El más exitoso entre ellos ha sido The Sims, que ha vendido unos 60 millones de copias, su secuela y sus expansiones. Este juego nació como una variación del simulador de ciudades SimCity, en el que se creaban unos ciudadanos virtuales (los sims) que vivían y trabajaban en la población que estábamos creando y evaluaban tu trabajo como alcalde perpetuo. The Sims acercó el foco a estas personas y nos permitió adoptar sus vidas, conseguir amigos y pareja, trabajar, tener hijos, etcétera. Vivir una vida virtual, en definitiva. Y en esa vida virtual, la clave del éxito son los valores tradicionales.

Glenn Reynolds, creador del popularísimo blog Instapundit, alaba por ello las virtudes educativas de The Sims en su libro An army of Davids, a raíz de escuchar un día a su hija de diez años decir a sus amigas que "tienes que tener un trabajo para comprar comida y cosas, y si no vas a trabajar te despiden, y si te gastas todo el dinero tienes que ganar más". Gracias a ese juego, su hija sabe hacer un presupuesto familiar y preocuparse cuando éste es negativo. The Sims enseña que las decisiones que tomamos tienen consecuencias y que éstas no son necesariamente buenas, y el mundo en que se desarrolla es un mundo donde las virtudes de la clase media, el trabajo duro, el ahorro y la planificación a largo plazo, ofrecen dividendos. Seguramente sea más de lo que enseñan en la escuela. Es más, como comenta medio en broma, medio en serio, "¿qué más puede desear un padre que un juego que enseñe a su hija que si te casas con un perdedor probablemente lo seguirá siendo toda su vida?". Y no es el único en pensar cosas parecidas.

No es que sea conveniente que dejen la escuela para jugar, claro. Pero sí al menos para que empecemos a ver la cara oculta de los juegos, que desgraciadamente no es la mala sino la buena. Jugar con muñecas nunca ha sido tan divertido y educativo desde que éstas son virtuales.