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Fiebre petrolera

En los 70, en plena crisis petrolera, en la cresta de la ola apocalíptico-ecologista, mucha gente muy seria y otra que no lo era tanto vaticinaba el fin del mundo. Con una literalidad sorprendente, porque decían que nos íbamos a quedar físicamente sin recursos; entre otros, sin el petróleo. Ahora, el termómetro petrolero, con el barril brent superando los 70 dólares, ha vuelto a subir. Los delirios sobre el fin del oro negro reaparecen.

Es una idea antigua, que dijeron ciertos griegos de la era clásica, pero que fue reformulada modernamente por el economista William Stanley Jevons. La idea, de sencilla, parece una tautología: hay una cantidad, consumimos de ella una parte todos los días, luego algún día se agotará. Fin de la discusión, y de paso fin del mundo. Pero algo malo debe de tener esta teoría, que todas las predicciones no han dejado de fracasar.

El U.S. Geological Survey dijo en 1920 que quedaban en el mundo 20.000 millones de barriles de petróleo. Los 3 billones que prevé ahora probablemente tengan que ser revisados al alza. La misma institución dijo en 1939 que el petróleo se agotaría en Estados Unidos en trece años. Pasados doce, en 1951, volvió a decir que al país le quedaban trece de extracción petrolera. En 1972 el Club de Roma dijo en su libro Los Límites del Crecimiento que no habría petróleo más allá de 1992. Ahora produce risa, pero entonces producía miedo.

La realidad es muy otra. Hay más crudo, pero no sabemos dónde sólo porque todavía no nos resulta rentable buscarlo. También están los llamados petróleos raros, que se calculan en unas 240 veces la cantidad de petróleo, lo que nos permitiría llenar los depósitos durante unos 5.000 años; más tiempo del que necesitamos para buscar soluciones alternativas, si es que nos hacen falta. Si por el momento no se ha recurrido a ellos es porque sería necesario un precio sostenido por encima de los 30 ó 35 dólares por barril para invertir en su extracción y tratamiento.

Pero ni siquiera es esa la cuestión. No queremos un barril de petróleo por sí mismo, sino por los servicios que podemos sacar de él. Y gracias a la tecnología podemos conseguir más y mejores servicios con la misma cantidad de recurso. Así, si mejoramos la productividad económica en un 100% de un recurso es exactamente igual a si tuviéramos el doble de cantidad a la vieja tecnología.

Pero la tecnología sólo acude cuando hay dinero, y éste aparece sólo si ve oportunidades de beneficio. ¿Y si resulta que incluso cuando Irán forme parte de la Unión Europea, se firme la paz perpetua entre Israel y los árabes y desaparezcan los Chávez de turno en Iberoamérica el petróleo sigue estando caro? Los beneficios de un mejor uso de ese mineral, la utilización de otras alternativas, etc, serán tan altos que el capital acudirá raudo y veloz. Y entonces tendremos que esperar a otra fiebre petrolera para volver a escuchar nuevos cantos apocalípticos.

Sobre agresores, agredidos y embusteros

Estamos asistiendo en estos días a una entrega más de la tragedia en no sé ya ni cuantos actos de la guerra en Oriente Medio. Una guerra que, efectivamente, no tiene fin, fluctúa sin cesar y mantiene al mundo en vilo y a la región sumida en la miseria y la tiranía. Pero, ¿por qué dura tanto el conflicto? ¿Dónde está el origen? ¿Por qué nunca termina y se reactiva una y otra vez?

En Occidente, especialmente en esa parte de Occidente impregnada de lo francés, esto es, lo muniqués, despachamos el asunto con una simplicidad asombrosa: Oriente Medio está guerra porque un estado agresor y artificial quiere adueñarse de todo lo que le rodea. Un estado que, para colmo, es la sucursal asiática de los Estados Unidos y que, por si eso fuera poco, practica el occidentalismo más aberrante con la democracia y la libertad de mercado como bandera. Ese estado, naturalmente, es Israel. Así de sencillo. Si se desea la paz hay que frenar a ese país o, poniéndose tremendo, hacer que desaparezca. Esto último, lógicamente, no se dice ni en las cancillerías ni en las redacciones europeas, pero se piensa y se pide fuera de los focos de lo políticamente correcto.

Algo tan simple como esto es lo que acarrean en sus conciencias la mayor parte de europeos y la práctica totalidad de periodistas del continente, que dedican lo mejor de su profesión a señalar minuciosamente el nombre de agresores y agredidos. El problema principal de lo simple es que, con cierta frecuencia, suele ser falso. No voy a detenerme a explicar porque, en Oriente Medio, los israelitas son los agredidos y sus vecinos árabes los agresores. No lo voy a hacer porque es algo que salta a la vista y tiene cumplida respuesta haciéndose dos sencillas preguntas: ¿Quién atacó a quién en 1948, 1967 y 1973? ¿Quién siembra el terror y las ciudades israelíes de muertos desde la última fecha?

Prefiero centrarme en el mecanismo del embuste, el que practica con deleite nuestra prensa. En lugar de recibir (o recoger) la información y transmitirla, se decanta por trufarla de ideología hasta la náusea. En este conflicto existen buenos y malos cuyo rol en la historia está predeterminado de antemano. Así, cualquier cosa que haga Israel está mal hecha, y, en el extremo opuesto, haga lo que hagan los palestinos está bien o, como mínimo, es perfectamente explicable. Estas son las reglas. La vida de un niño israelí no es que no valga nada, es que los medios occidentales ni dan la noticia en la que un francotirador palestino vuela la tapa de los sesos a un crío de un asentamiento. Algo así les estropearía la historia y pondría en un aprieto sus roles preestablecidos. Lo peor de todo es la que vida de un niño israelí vale mucho, tanto como la de un niño palestino.

Algo semejante sucede con la televisión. Intoxicada hasta el tuétano por los maestros inmortalizados en Pallywood, un documental que muchos periodistas "escandalizados" con el conflicto deberían ver sin más demora. Lo que aparece en pantalla no es necesariamente lo que sucede, sino lo que a la internacional del embuste le interesa que suceda. Si es preciso adulterar la realidad se adultera, si lo es inventársela, se inventa. Todo sea por que la película siga corriendo y lo actores no se muevan ni un milímetro del papel que les han adjudicado.

Con la razón en su contra y los medios a su favor, los terroristas palestinos y sus contrapartidas árabes pueden seguir cabalgando en el terror y el desafuero durante los años que hagan falta. Siempre encontrarán una mano amiga que se desviva por ellos y exponga ante la audiencia las "buenas" razones por las que mueren y, en voz baja, por las que matan.

Pensiones sin futuro

A medida que pasan los años y uno madura, empieza a pensar menos en el corto plazo y más en lo que sucederá cuando se retire. Normalmente, empezará a ahorrar más para complementar la pensión que se ha ido ganando tras muchos años de trabajo. De cada nómina, le habrán detraído, o mejor dicho sangrado, cientos de euros para cubrir esas prestaciones.

Pero llega un día en el que lee que el Secretario de Estado de la Seguridad Social, Octavio Granado asegura que “los beneficiarios [de las pensiones] van a tener que hacer mayores aportaciones durante periodos de tiempo más largos”. A continuación, conoce que el Gobierno ha pactado con sindicatos y patronal incrementar a quince años el periodo mínimo de cotización.

Entonces, despierta de su feliz sueño y se pregunta si no ha estado haciendo el canelo toda su vida laboral. Si hubiera dispuesto de lo que le han saqueado cada mes, sin pausa, hubiera podido permitirse suscribir un sistema privado de pensiones que le garantizaría, contrato mediante, la percepción de lo asegurado.

El Estado, órgano deífico que se ocupa de su vida, desde que nace hasta que se muere, a pesar de las promesas de velar por usted, incumple reiteradamente su deber de tutela.

Usted ya depende de la ineficacia, del dispendio masivo y del déficit. Usted no es dueño de lo que paga, sino un mero pedigüeño que tiene que lanzarse a la calle a clamar por el dinero que ha depositado en una institución que dice ser el mecanismo que impide que el hombre sea lobo para el hombre.

Mientras se lame las heridas, siente que los lobos tienen más dignidad que las personas que viven sometidas a una dictadura moral en la que se les exige supeditarse a la sociedad, entregar el fruto de su esfuerzo y esperar a que el líder de la tribu reparta las ganancias según el criterio que estime más oportuno.

En el caso de que se queje por la ración que le ha sido entregada, no tendrá más que echarse a su catre y gimotear sin descanso.

Ya ha descubierto la espantosa verdad: el Estado es un parásito que vive a su costa.

Ahora sabe lo que es Matrix. ¿Se atreve a descubrírselo a los demás?

Todos somos Ramoncín

En definitiva, visto que han perdido por completo el respaldo de la sociedad, aunque mantengan el de los políticos, con Rodríguez-Salmones al frente, vuelven a ponerse el cartelito de "víctimas" a ver si sigue colando. ¿El título del manifiesto? "Todos somos Ramoncín".

Ana María es madre de familia y empresaria desde que en 2002 montara una pequeña tienda de informática, llamada Traxtore. No cree que su tienda siga abierta en 2007. En el I Encuentro Nacional de Internautas relata cómo la SGAE le hizo una auditoría y le reclama 66.000 euros por ventas realizadas durante los años 2002 y 2003, antes de que se firmara el célebre acuerdo entre la empresa recaudadora de Teddy y ASIMELEC. Su empresita es una de "las tecnológicas" que, como denuncia Ramoncín (minuto 8), no nos deben dar pena porque ganan demasiado dinero y ellos sólo quieren un poquito, porque el canon es una cosa solidaria y tal. "Me piden el canon con carácter retroactivo y no con las tarifas digitales pactadas, sino con las analógicas que se colocaban en las cintas de audio y vídeo", dice Ana. "Por cada DVD virgen que he vendido me exigen 1,20 euros más IVA; si yo gano 12 con cada tarrina de 100 que vendo, ¿cómo me pueden pedir 120 más IVA por ella?". Pues porque hay que demostrar que todos somos Ramoncín, supongo.

Bueno, en realidad las razones son más pedestres. Tras el informe del Ministerio de Industria, que pedía la supresión del canon, la SGAE encargó una réplica a una consultora llamada Econlaw a la que calificó de "prestigiosa". El informe venía a decir que los autores no merecen cobrar menos por mucho que los precios de los soportes se reduzcan. "Esa empresa fue fundada tres meses antes de la publicación del informe con el capital mínimo para montar una sociedad limitada. No dudo que se pueda adquirir semejante prestigio en tan poco tiempo, pero suena un poco raro", explica Ana. Quizá es que los accionistas de la misma son todos Ramoncín, también.

Ana no es la más perjudicada, después de todo. A una tienda en Huelva le exigen cerca de medio millón de euros. Es normal, nunca esperaron a la nueva ley para exigir canon por las grabadoras de DVD, las tarjetas de memoria y los reproductores MP3. "El acuerdo lo firman los proveedores con la SGAE y a quienes nos auditan es a los minoristas, que no nos podemos defender. A mí me vinieron con una demanda la semana de Reyes, luego no se presentaron al juicio y ahora me han puesto otro. Esperan agotarme y arruinarme a base de pagar abogados. En cambio, a las grandes cadenas y franquicias ni las tocan", protesta Ana. "Preferiría deber dinero a Hacienda, la verdad, se preocuparían mucho más de que no tuviera que cerrar la tienda para pagarles, me darían facilidades". Ana, de todos modos, ha resultado un hueso más difícil de roer de lo esperado. Ha creado una asociación de minoristas de productos informáticos, una web con toda la documentación de su caso y hasta un cómic donde explica detalladamente hasta qué punto la SGAE nos saca hasta los higadillos. Ella no es Ramoncín.

Ana pedía una cosa. "Veo cierto rubor en los clientes cuando, mientras hacen sus compras, se les habla del canon. Yo lo estoy pasando muy mal y perderé mi negocio así que, por favor, poned una sonrisa de oreja a oreja cuando os descarguéis algo. Dadme esa satisfacción ya que yo y otros como yo os hemos pagado por ese derecho con intereses". No sólo eso. Tened la mula a tope. Mirad mal a los amigos que se compren CDs y DVDs originales. Si tenéis que compraros un producto físico que devenga canon, y no encontráis tienda en España que lo venda sin él, compradlo en Estados Unidos; los gastos de envío pueden compensarse con la diferencia de precio. Todo sea por Ramoncín.

Treinta años de prosperidad para los pobres

Si quiere tener más pobres, sólo tiene que aplicar las recetas socialistas. Si quiere consolidar unas desigualdades de casta, sólo tiene que someter a toda la población al dictado máximo del órgano de planificación central: una clase planificará, otra seguirá sus órdenes inútiles.

Afortunadamente, hace tiempo que el socialismo perdió irremediablemente la batalla académica. Ludwig von Mises demostró en 1920 que la planificación socialista era simplemente imposible por ausencia de propiedad privada y precios de mercado, lo que impedía a los planificadores realizar un cálculo económico racional y asignar correctamente los factores productivos.

Sin embargo, si bien la batalla académica es importante, tanto o más lo es la propagandística. No basta con tener razón: hay que conseguir que los demás sean conscientes de que la tienes. En un mundo controlado por el Estado, la libertad individual sólo será respetada cuando el resto de la población –esa parte de la población que legitima la coacción gubernamental– sea consciente del error intelectual y humano que supone el socialismo. Por desgracia, en nuestra sociedad no se puede ser libre a menos que los demás te permitan serlo.

Uno de los campos donde el socialismo ha difundido con más éxito sus ideas es en la crítica a la globalización. Prácticamente todo el mundo asume que África es pobre por culpa del capitalismo, que es necesario una redistribución internacional de la renta, que las desigualdades y la pobreza aumentan día a día, que las multinacionales controlan el mundo y que las deslocalizaciones empobrecen a Occidente.

La falacia, no obstante, puede ponerse de manifiesto gracias a la teoría económica. En artículos anteriores ya explicamos por qué la planificación central socialista no es la solución sino la causa más inmediata de la pobreza mundial, y por qué la única vía para la creación de riqueza sigue siendo el capitalismo y la globalización.

Aun así, esto no ha evitado que todos hayamos oído el adagio de que "con la globalización los ricos son más ricos y los pobres, más pobres". Prácticamente nadie, empero, se ha puesto a contrastar la validez de semejante afirmación. La propaganda socialista ha conseguido extenderla como una verdad inmutable y evidente.

De hecho, los pocos estudios decentes que se han efectuado sobre el tema arrojan unos datos diametralmente opuestos a los pregonados por los sicofantes del estatismo. En concreto, son dignos de mención los debidos a Surjit Bhalla y a Sala-i-Martin.

Bhalla, en su famoso análisis Imagine There’s No Country: Poverty, Inequality and Growth in the Era of Globalization, concluye que en el año 2000 la desigualdad en el mundo era menor que en cualquier período posterior a 1910, y que tan sólo en la década de los 90 la pobreza mundial se redujo en un 25,6%.

Las conclusiones del economista neoclásico Xavier Sala-i-Martin son igualmente impactantes, y han sido recientemente resumidas en un artículo para FAES. Sus datos permiten ilustrar a la perfección las sólidas conclusiones teóricas alcanzadas gracias a una teoría económica correctamente desarrollada.

Así, comprobamos que desde 1970 hasta 2000, y a diferencia de lo que afirman los socialistas, el número de pobres –definiendo "pobre" como aquella persona que gana menos de 826 dólares al año– ha disminuido desde 1.200 millones a menos de 800. La reducción es todavía más espectacular si tenemos en cuenta que durante ese período la población mundial se ha doblado, de modo que en términos relativos la pobreza ha pasado de representar un 37% de la población mundial a menos del 13%.

Las desigualdades, por otro lado, también se han reducido en estos 30 años, tomemos el indicador que tomemos. Tanto el Índice Gini, el coeficiente de Atkinson o la fracción de la renta de los más ricos y más pobres nos proporcionan una conclusión idéntica.

Aun así, conviene recordar que la desigualdad es una preocupación tan típicamente socialista como superflua. Por ejemplo, las desigualdades han aumentado en China, porque los pobres "sólo" han aumentado sus rentas un 10% mientras que los ricos lo han hecho un 20%. ¿Significa esto que la situación ha empeorado? Todo lo contrario: la igualdad sólo puede alcanzarse cuando igualamos a toda la población en la miseria más absoluta. Y, sin duda, la búsqueda de la igualdad a través del Estado es una receta infalible para seguir siendo pobres.

Así mismo, todos aquellos que desprecien la renta per cápita como indicador del desarrollo económico seguramente apreciarán que Sala-i-Martin les ofrezca otros indicadores concluyentes: la esperanza de vida ha pasado de 60 a 67 años, la mortalidad infantil se ha reducido del 10 al 6%, la alfabetización se ha incrementado del 64 al 80%, y el acceso al agua potable ha aumentado desde el 25 al 85%. ¡Todo esto en tan solo 30 años!

Los socialistas ni siquiera tienen espacio para argumentar que la globalización no ha jugado un papel positivo en este proceso. Los países que se han globalizado durante el período 1980-2000, como ya habíamos anticipado teóricamente, han reducido su pobreza en 500 millones de personas; los que, por el contrario, se han replegado sobre sí mismos, cerrando sus fronteras y atacando el libre mercado, han incrementado el número de pobres en 80 millones.

De hecho, hoy en día la pobreza mundial se concentra fundamentalmente en África, cuando hace 40 años aquejaba sobre todo a los países asiáticos. Sin embargo, mientras estos últimos han levantado ligeramente el pie opresivo del Estado sobre los empresarios, África ha continuado atacando la propiedad privada con tanto o más ahínco. El resultado ha sido que mientras el resto del mundo ha reducido la cantidad de pobres, África los ha visto multiplicarse.

En definitiva, el camino para lograr el progreso económico es claro: capitalismo y propiedad privada. Las redistribuciones internacionales –como el 0’7% o la Tasa Tobin– sólo incrementan el intervencionismo estatista y, por tanto, la pobreza. Hemos de desmantelar los sistemas arancelarios y las subvenciones occidentales; los africanos son capaces de aprender a andar por sí solos si los europeos y sus caudillos políticos –alimentados por los europeos– se lo permiten.

Por supuesto, los socialistas se oponen a que los africanos sean libres. Su finalidad no es reducir la pobreza, sino incrementarla para así poder azuzar las "contradicciones" internas del capitalismo, favorecer su ansiada "lucha de clases" y establecer finalmente su dictadura del proletariado.

Si Marx se equivocó acerca del rumbo del libre mercado, habrá que imponer la miseria mediante la planificación estatal; sólo así seguirá el poder en manos de políticos, burócratas y demás fauna estatal. Para el socialismo, los muertos, ya sea por inanición o por represión, nunca han supuesto un obstáculo a sus aspiraciones totalitarias.

Wal-Mart y sus enemigos

Realicen un repaso mental conmigo. ¿Cuántas veces no han escuchado alguna de estas críticas contra el sistema de mercado libre? Los márgenes entre los precios que pide el mercado a los consumidores y los que ofrece a los fabricantes y productores son enormes, los intermediarios se llevan la parte del león sin aportar apenas valor, el sistema capitalista es ineficiente por su anarquía y podría realizarse una distribución planificada por el gobierno de forma mucho más económica (esto ya se oye menos tras el caótico experimento socialista, pero estuvo muy en boga hace décadas), el mercado se olvida de los pobres, los precios de los productos están inflados por culpa de las marcas que venden bienes intrínsecamente no muy distintos de los genéricos con altas primas, la competencia de precios es una ilusión pues existe colusión entre los empresarios para evitar que estos desciendan, los trabajadores no participan en los beneficios que genera su empresa, la soberanía del consumidor es un mito…

Imaginen ahora un empresario que, punto por punto, se dedica a poner en solfa todas esas cuestiones. Que lo hace de forma sistemática y durante más de tres décadas. Iniciando sus actividades a pequeña escala y terminando por poderlo hacer de forma global. Pues sorpréndase porque ese empresario ha existido y tras su fallecimiento su compañía sigue funcionando de acuerdo con las líneas maestras fijadas por su creador. Para quien aún no lo haya adivinado, estoy hablando de Sam Walton y de su empresa Wal-Mart.

Cuando Wal-Mart abrió su primer establecimiento, el margen medio que cargaban los minoristas sobre las mercancías vendidas era del 45% y los costes de distribución representaban el 5% del precio de venta. Con su forma de operar Wal-Mart bajó esa cifra al 30% y al 3% respectivamente. Su propuesta de valor de “siempre precios bajos” y “satisfacción garantizada” se fundamentaba sobre la idea de que es posible reducir sistemáticamente los márgenes unitarios si se consigue mayor volumen y rotación. Es decir, puede llegar a ser más rentable vender con un margen por unidad de 3 en vez de 5 si se logra elevar el número de unidades vendidas por periodo de 10 a 25 (50 en el primer caso, 75 en el segundo). Es más, al incrementar las ventas y el beneficio total con un volumen de inversión similar, el retorno sobre la inversión también aumenta. Además de vender al menor precio posible la clave para vender mucho es mover mercancía que tenga buena salida. Es decir, vender lo que más guste al consumidor. ¿Quién dijo que el consumidor no es soberano?

Pero Wal-Mart todavía iba a ser capaz de reducir aún más los precios e incrementar la satisfacción del cliente con dos nuevas ideas. Por un lado, a través de la popularización de las “marcas blancas” ponía en juego su reputación (tan buena o mejor, pero más barata para el consumidor) en sustitución de la de los fabricantes. Por otro lado, con un impresionante sistema logístico de distribución y transporte iba a ser capaz de llevar cuenta de –y poner en el menor tiempo posible en los estantes– aquellas mercancías que más demandadas estaban siendo por los clientes. Los más beneficiados por todo ello serían las personas de menos ingresos que verían reducido el coste de la cesta de la compra en más de una tercera parte.

Seguramente el pueblo con más multimillonarios por cada mil habitantes de los EE.UU. es Bentonville (Arkansas) donde Wal-Mart tiene su sede social. El número de millonarios se corresponde con el de trabajadores de Wal-Mart que llevan el suficiente tiempo en la compañía como para haber visto multiplicar el valor de las acciones que la empresa viene entregando a sus empleados con más de un año de antigüedad como parte de su sueldo. Desde que Wal-Mart salió a bolsa en 1971 hasta la muerte de su fundador Sam Walton, 20 años después, la cotización de la acción se multiplicó ¡por más de 1.000 veces! (han leído bien), convirtiendo en multimillonarios no sólo a gerentes, compradores o encargados de almacén, sino también a camioneros y cajeras de la compañía.

Pese a la bestial campaña en su contra auspiciada al unísono por sindicatos –que no han conseguido penetrar la compañía–, izquierdistas radicales y progres de clase alta, una reciente encuesta llevada a cabo por RasmussenReports.com (la única encuestadora que obtuvo un 100% de acierto en las últimas elecciones norteamericanas) mostraba que el 70% de la población tiene un buen concepto de Wal-Mart –porcentaje que se elevaba al 80% entre los trabajadores y ex trabajadores de la compañía así como entre familiares y conocidos de estos–. ¿Se imaginan un partido político o sindicato de esos que dicen “representar al pueblo” con ese nivel de aceptación? Otro dato significativo de dicha encuesta es que, entre los detractores de la compañía, prima la gente de elevados ingresos. En resumidas cuentas, que unos trabajadores no sindicados lleguen a multimillonarios trabajando en una compañía que ha elevado el poder de compra de los menos pudientes en una tercera parte, consiguiendo a la vez enriquecer a sus accionistas y todo ello sin ningún programa socialista de redistribución o fomento es algo que las élites de la izquierda sencillamente no pueden tolerar.

¿Tiene la pensión asegurada?

El sistema es un fraude piramidal y los compromisos de los sucesivos gobiernos con respecto a las partidas que los trabajadores se ven forzados a entregar al Estado son palabras que se lleva el viento.

Esta semana el gobierno, la patronal y los sindicatos han sellado un pacto para la reforma de las pensiones. Dicho pacto no es más que la renuncia unilateral de pagar a una parte de los contribuyentes las prestaciones por jubilación que se les había prometido. A partir de ahora, las personas que hayan trabajado 14 años con la promesa de una pensión se habrán quedado sin nada. Y no se crean que alguien les va a devolver la enorme suma de dinero que han pagado para sostener este bochornoso sistema público de pensiones. Vamos, un fraude como la copa de un pino. Si un agente privado dijese ahora Diego donde dijo ayer Digo de esta forma, vería como sus huesos iban derechitos al calabozo. Pero como los estafadores son quienes tienen las riendas del Estado aquí no pasa nada de nada.

Lo triste del asunto es que no podíamos esperar otro resultado de la reunión de estos tres lobbies que se esfuerzan noche y día por buscar rentas ajenas. A fin de cuentas, el sistema piramidal de pensiones se parece mucho al juego de las sillas. Mientras suena la música todos contentos. El estribillo machacón se encarga de decirnos que el juego es solidario y justo, que garantiza un modelo social avanzado y que cualquier alternativa es abominablemente egoísta. Pero cuando la música deja de sonar, una parte de los españoles se quedan con el culo al aire. Se trata de una minoría que empieza a protestar denunciando la inmoralidad del sistema o, al menos, de la decisión. Pero el gobierno, los sindicatos y la patronal se encargan en seguida de apretar el botón de "play" y subir el volumen de la música para acallar las críticas. La letra de la canción nos cuenta que la modificación del número de sillas "no es fruto de una respuesta a ninguna situación de crisis", que la culpa es de la población que ha decidido dejar de crecer al ritmo que precisa el fraude piramidal y que por eso han tenido que retirar sillas.

Si a alguien se le ocurre sugerir que cualquier método para hacer cuadrar las cuentas del sistema es perverso por necesidad ya que o bien supone el incumplimiento de un pacto en el que la víctima entró de forma forzosa o bien implica reclutar a un mayor porcentaje de trabajadores obligados a participar en el sistema fraudulento, los tres grupos de interés que sellan las "reformas" y cambian las reglas del juego le acusarán de agorero, catastrofista y mentiroso. Cualquier cosa antes de reconocer que el sistema público de pensiones es una aberración desde cualquier perspectiva desde la que sea analizado y que el único sistema ética y económicamente sólido es aquel a través del cual las personas ceden voluntariamente una parte de su renta para que sea capitalizada de modo que pueda reemplazar el día de mañana la pérdida de rentas del trabajo debido a su avanzada edad.

El fraude Kioto

La temperatura de la Tierra se determina casi en su totalidad por el comportamiento del sol, pero también está condicionada por el efecto invernadero, que aporta 153 watios por metro cuadrado. De ellos, 150 se deben al vapor de agua y los otros 3 a otros gases, principalmente el CO2. Sólo una parte de éste es producido por el hombre. Con estos datos, ¿le parece que es la actividad del hombre la que causa el calentamiento global?

Los ecologistas y los gobiernos dicen estar preocupados por el calentamiento global, pero no hablan del principal regulador del clima, el sol. En sus homilías sólo se refieren al efecto invernadero, pero jamás al vapor de agua, pese a que depende de él casi en exclusiva. Sólo les interesa el CO2, y de éste sólo el que producimos nosotros, cuando a la Tierra le da exactamente igual uno que otro. Siendo así, ¿podemos seguir pensando que es la temperatura de la Tierra y no nuestra economía lo que les interesa?

La ONU pasa del calor del sol, pasa del vapor de agua y pasa del CO2 natural. Del producido por nosotros sólo se ha centrado en determinadas economías y de ellas en algunos sectores. Sobre esta parte insignificante de los factores que condicionan la temperatura de la Tierra tenía dos opciones:

  1. Favorecer la libertad económica, con ella el desarrollo económico y social y el tecnológico. Y con la tecnología, una mayor producción con menores emisiones de CO2.
  2. Controlar la economía por medio de un sistema de racionamiento (el protocolo de Kioto) que busque reducir directamente las emisiones de CO2, a costa de nuestra libertad, de nuestra economía y del desarrollo tecnológico.

Por algún motivo que el lector podrá adivinar, la ONU ha optado por que los gobiernos tengan aún más control sobre la industria. Incluso sueñan con que Kioto sea la antesala de un gobierno mundial. Los beneficios de su mayor poder se los llevan los políticos, mientras que la pérdida de libertades y de la economía y el empleo nos la llevamos la sociedad. ¿Valdría la pena? Según la propia ONU, si Estados Unidos se uniera, si todos los países cumplieran el protocolo y si sus redactores no fueran demasiado optimistas sobre la efectividad de su propio invento, retrasaríamos el calentamiento previsto para 2100 hasta 2106. Todo un éxito.

Pero, ¿funciona confiar en la libertad económica de la sociedad? Los políticos dirán que no, desde luego, pero al efecto invernadero sí le parece funcionar. De 1997, cuando se creó el protocolo de Kioto, a 2003, la economía estadounidense ha seguido desarrollándose, cambiando unas tecnologías por otras más efectivas y que emiten menos, y el resultado es que en esos años ha aumentado las emisiones de CO2… en un 0,007 por ciento. España, en los mismos años, ha aumentado un 24 por ciento.

Kioto es un fraude. No le extrañe, por tanto, que les guste tanto a nuestros políticos y en particular a nuestro Gobierno. Innecesario, insignificante para la Tierra y perjudicial para la sociedad, Kioto es el triunfo de la política sobre el ciudadano.

Gasto sanitario y esperanza de vida

Los apologistas del estatismo suelen despreciar las enseñanzas de la teoría económica y, para ello, suelen adoptar una postura empirista que, supuestamente, refute las conclusiones apodícticas de la praxeología.

Así, sabemos que la teoría económica nos informa de que el sector privado es más eficiente que el público, esencialmente por una cuestión de cálculo económico, incentivos y recopilación de información. Sin embargo, muchos intentan demostrar que la teoría económica falla y para ello recopilan y componen incesantemente datos para tratar de buscar causalidades detrás de lo que son meras simultaneidades.

Un caso típico es el que relaciona el gasto sanitario con la esperanza de vida. Sabido es que en EEUU la esperanza de vida es similar, o incluso más baja, que en otros países occidentales, mientras que su gasto sanitario es muy superior. Dado que el sistema sanitario estadounidense es privado y el del resto de países público, una conclusión simplista nos llevaría a afirmar que el sector público es más eficiente a la hora de proveer la sanidad. Con un gasto mucho menor obtenemos unos resultados similares.

El último libro de Arnold Kling, Crisis of Abundance, resulta iluminador para entender cómo la izquierda pretende darnos gato por liebre. En realidad, lo que las estadísticas no nos dicen es que la calidad de la sanidad estadounidense es mucho mayor que la europea y, por tanto, el mayor gasto sólo refleja esa mayor calidad.

La cuestión que a la mayoría de la gente se le vendrá a la cabeza será: ¿Y por qué esa mayor calidad no se traduce en una mayor esperanza de vida? La explicación está muy relacionada con el abuso y mal uso de los agregados estadísticos.

La mayor parte del gasto sanitario diferencial entre EEUU y Europa proviene de lo que Kling ha denominado premium medicine, esto es, la expansión del uso de especialistas y de capital físico de alta tecnología (como la tomografía computerizada o la visualización por resonancia magnética). Así, por ejemplo, sobre una muestra de 1.000 habitantes, los estadounidenses realizan cada año 1.400 visitas a especialistas, tienen un gastroenterólogo por cada 30.000 habitantes (Canadá uno por cada cien mil), el porcentaje de angioplastias duplica el de Francia, el de bypass triplica el de UK y cada año se realizan 24 millones de visualizaciones por resonancia magnética y 50 millones de tomografías computerizadas.

Las características esenciales de esta premium medicine que prevalece en EEUU y no en Europa son dos: a) es muy cara, b) no altera generalmente el diagnóstico. Es fácil entender el punto a), sin embargo, el b) requiere una explicación adicional.

La premium medicine tratar de conocer por anticipado la aparición de enfermedades o de perfilar el diagnóstico. Esto significa que sólo en muy pocos casos será realmente determinante en prolongar la esperanza de vida del paciente.

Utilicemos el ejemplo de Kling. Si un paciente acude a la consulta con tos, el médico puede adoptar tres posiciones: 1º no tratar al paciente (dos aspirinas y reposo), 2º tratar al paciente de acuerdo con su experiencia histórica o 3º utilizar la premium medicine (pruebas biomédicas, rayos X y consulta por especialistas). La sanidad europea utiliza esencialmente los métodos 1 y 2, la estadounidense el tercero.

La cuestión es que sólo un porcentaje muy pequeño de pacientes sufrirá complicaciones por un mal diagnóstico, esto es, muy pocos verán agravada su tos originaria en bronquitis.

Imaginemos que el tratamiento especializado cuesta 1.000 dólares y que el porcentaje de personas cuya tos degenerará en bronquitis es de 2 por cada 1.000 pacientes. En este caso, necesitaremos gastar un millón de dólares para salvar un 0’2% más de vidas. Como vemos, el gasto agregado se incrementa mucho para salvar la vida de muy pocas personas, ya que todos los pacientes deben someterse a unas pruebas especializadas que sólo en muy pocos casos serán de utilidad.

La sanidad europea considera que no "sale rentable" incrementar el gasto de todos los europeos para salvar la vida de un porcentaje residual de personas. La racionalidad de los socialistas es simple: unas pocas vidas no valen miles de millones de euros.

La cuestión, obviamente, debería ser si cada persona quiere pagar ese dinero extraordinario para prevenir la improbable aparición de enfermedades graves. Sólo en ese caso, cuando cada cual destina su dinero a los fines que maximizan su bienestar, podemos hablar de eficiencia, aun cuando en términos agregados el incremento del gasto sanitario total no se traduzca en un incremento proporcional de la esperanza de vida.

Y es que esta última depende de muchos otros factores aparte de los pocos meses o años que una medicina más especializada consiga alargar. Pensemos tan sólo en los hábitos alimenticios, en el clima o en la mortandad juvenil por accidente de tráfico. Todo ello ejerce una influencia mucho más determinante sobre la esperanza de vida que el efecto marginal de un mayor gasto sanitario.

Por supuesto en el caso estadounidense el gasto sanitario no se debe por completo a una libre elección de los individuos. La extensión de los seguros sanitarios para todo tipo de tratamientos (derivado de los incentivos fiscales, los subsidios a determinados seguros y de la prohibición de subir salarios durante el New Deal que provocó una competencia empresarial por salarios en especie) que diluye el coste entre todos los asegurados y la extremada cautela de los médicos para evitar los litigios por negligencia, han llevado al abuso de la premium medicine.

Pero en todo caso no debemos olvidar el hecho fundamental: la sanidad privada no es más ineficiente que la pública, sino más bien todo lo contrario. El gasto sanitario es mayor porque ofrece mejores servicios que, aun cuando en términos agregados no se traduzcan en mejores resultados, sí salvan la vida de muchas personas.

La necesidad de una privatización del mastodóntico Estado de bienestar europeo sigue siendo tan necesaria como la teoría económica nos permite deducir. La sanidad pública es un vertedero de ineficiencia que sólo multiplica las redes clientelares en torno al Estado al enorme precio de retrasar el progreso sanitario y encarecer sus servicios. A largo plazo, no hay nada que reduzca tanto la esperanza de vida como la coacción sistemática del Estado y la represión de la libertad.

El mito de Kyoto

Sin embargo, el gobierno piensa perseverar en el fiasco con el nuevo Plan Nacional de Asignación de Emisiones 2008-2012. Cuatro mitos extendidos por políticos, el lobby ecologista y algunos empresarios sin escrúpulos están tapando los ojos del público.

El primer mito consiste en la afirmación según la cual los EE.UU. están aislados en su rechazo a restringir obligatoriamente las emisiones de CO2 mediante Kyoto. Nada más lejos de la realidad. La verdad es que sólo hay 26 países que se han comprometido a racionar frente a más de 150 que no lo han hecho.

El segundo mito afirma que Kyoto es vital para detener el calentamiento global. Lo cierto es que no lo es. Es más, en caso de que realmente estemos asistiendo a un peligroso calentamiento del planeta provocado por el hombre, algo que los científicos siguen sin ver claro, el protocolo de Kyoto no puede cambiar las cosas. Y es que su efecto estimado por los expertos, en el hipotético e ilusorio caso de que todos los países cumplieran el compromiso pactado, es de una ínfima reducción de 0,07 grados centígrados.

El tercer mito nos cuenta que el coste será reducido. Se trata de una mentira nada piadosa. Justo antes de poner en marcha el mercado de derechos de emisiones a comienzos de 2005 Narbona aseguró que el coste nunca sería superior a 85 millones de euros anuales para toda la industria. Pasado un año las empresas españolas han tenido que pagar casi 300 millones; 3,5 veces más de lo que la ministra prometió que sería la factura máxima. Y eso no es nada. Diversas proyecciones del actual incumplimiento record de nuestro país (48% por encima del compromiso) al periodo 2008-2012 arrojan cifras cercanas a los 2000 millones de euros anuales. Para colmo, ha habido empresas papeleras, cerámicas y cristaleras que han sido cerradas por las administraciones públicas por no contar con los absurdos derechos de emisión.

Por último, la mitología imperante dice que no hay otra forma de afrontar el problema del calentamiento. Tonterías. Entre 1997 y 2003 mientras que España incrementó las emisiones en un 24%, EE.UU. tan sólo añadía un 0.007% a las suyas. Mientras España y Europa fracasaban aplicando el método coactivo del racionamiento que distorsiona toda la economía, EE.UU. confió en el crecimiento económico, la acumulación de capital y el incremento de productividad que permiten una reducción espontánea de las emisiones gracias al avance tecnológico. Una vez más el mercado puede ayudarnos a solucionar lo que el fanatismo ecologista sólo está empeorando.