Ir al contenido principal

Incluso el intercambio de esclavos generaba riqueza

Como el título del artículo es bastante provocativo, me apresuro a aclarar que considero la esclavitud inmoral y uno de esos fenómenos que ojalá se hubiera ahorrado la humanidad. La esclavitud forzada ha sido una lacra, con independencia de que se puede analizar económicamente haciendo abstracción de sus nefandas características, que es lo que se proponen las siguientes líneas. Lo repito, la esclavitud es inmoral; espero que a nadie le queden dudas sobre mi opinión.

La reflexión que me atrevo a compartir se gestó durante mi reciente viaje por el golfo de Guinea, donde me atrevería a decir que históricamente tiene lugar el origen de la esclavitud comercial. Me explico: obviamente, la esclavización tenía ya unos cuantos milenios de existencia, pero era generalmente consecuencia de las guerras y conquistas entre los distintos poderes. Se esclavizaba a la población de las ciudades derrotadas, por ejemplo, y una vez se aparecían esclavos, estos se comercializaban como cualquier otro bien. Desconozco si ya se practicaba la captura de personas con el objeto de venderlas como esclavos, aunque es fácil suponer que sí.

Concentración del mercado de esclavos

En todo caso, sí se puede aceptar que la masificación del negocio de esclavos tuvo lugar en esta zona. La estructura productiva es bastante conocida: los cazadores de esclavos penetraban tierra adentro y capturaban tribus enteras de indígenas, a quienes luego llevaban a la costa. Una vez aquí, esclavos y esclavas eran internados en las prisiones de castillos y fuertes, de donde eventualmente eran sacados (por la Puerta de No Retorno) y amontonados en bodegas de barcos.

Tras una navegación de cabotaje por la costa africana hasta Senegal, llegaba el momento de cruzar el océano Atlántico. En la otra orilla, terminaba el proceso con la venta de los esclavos. Todo esto se hacía en unas condiciones infrahumanas para las personas esclavizadas, lo que suponía un elevado porcentaje en pérdida de vidas, aunque no tantas como para hacer el comercio insostenible.

Este proceso productivo era inmoral, pero como todo intercambio voluntario, generaba riqueza a todos los involucrados (obviamente no al esclavo, que no entraba libremente en la transacción). De no ser así, no hubiera sido sostenible y no se hubiera producido.

Varias ilustraciones de esa riqueza han llegado a nuestros días. Los más visibles son los formidables castillos, fortalezas y palacios que puntean la costa africana. Se invertía en esta estructura porque las ganancias esperadas eran grandes. No hay país europeo de la época que no estuviera presente de una u otra forma: hay castillos portugueses, ingleses, franceses, daneses, suecos y alemanes. Curiosamente, no hay españoles, está claro que veían mejores negocios en otros sitios, en lugar de esclavizar a las poblaciones africanas. Aunque esto no confiere superioridad moral a nadie, es un hecho verificable históricamente.

Esplendor en los siglos XVII y XVIII

Otros vestigios de épocas pasadas de estas tierras los constituyen los palacios de la cultura Dahomey, y los santuarios Ashanti. Dichas sociedades conocieron su mayor esplendor en los siglos XVII y XVIII. La correlación temporal con el establecimiento de los fuertes antes citados revela la causa: tanto Ashanti como Abomey generaron su fortuna capturando a la gente de tribus rivales para venderla a los tratantes europeos.

Ahora el análisis resulta más agridulce: la esclavización de unas tribus por otras permitió el desarrollo de las segundas de una forma difícilmente imaginable sin el comercio de esclavos. La prueba es que, de momento, no se han encontrado restos relevantes de culturas anteriores, por lo que tiene toda la pinta de que el modo de vida de estas tribus apenas había variado durante siglos antes de la llegada de los portugueses.

Los más avezados se pueden llegar hasta el norte de Togo y Benin, donde encontrarán más patrimonio cultural digno de conocimiento. Aquí le esperan los pintorescos “tatas” (especie de fuertes cilíndricos) de los Batammariba. La tradición de construir tatas en esta zona no es inmemorial, ni mucho menos, comienza en el siglo XVIII. De nuevo, la correlación temporal hace pensar en la causalidad, y uno acierta: los Batammariba huyeron al norte para evitar que los Dahomey los esclavizaran; los tatas se diseñaron de tal forma como protección contra dichos ataques.

Así, parece que la historia antigua de estos países se puede explicar en torno al fenómeno de la esclavitud: consiste básicamente en la estructura productiva para el comercio de esclavos, y en la manifestación arquitectónica de las riquezas atesoradas por las tribus “cazadoras”, o de las construcciones defensivas de otras.

El camino seguido hacia el desarrollo

Alguien podría aventurarse a concluir que, sin la esclavitud, estos territorios no hubieran podido desarrollarse y alcanzar el estatus de que ahora disfrutan. ¿Cómo sería la Ghana actual si los portugueses no hubieran encontrado una fuente de riqueza que hiciera sostenible su presencia en Elmina, aunque fuera una fuente indiscutiblemente inmoral? Podemos imaginar escenarios mucho mejores, cierto, pero también habrá que aceptar que las tribus allí presentes habían sido incapaces de progresar[1] durante miles de años y, por tanto, que era difícil esperar que tal progreso se hubiera producido sin contacto con otras sociedades.

El ejemplo de lo ocurrido en estos países es una prueba de la importancia que tiene el intercambio para la sociedad. El intercambio de bienes, servicios y, por qué no, cultura y costumbres, permite el enriquecimiento de una forma inimaginable para grupos aislados. Este aislamiento era la norma en el golfo de Guinea antes de la llegada de los portugueses.

Si no hubieran encontrado nada o nadie con quién intercambiar, no hubieran invertido en castillos y no se hubieran quedado allí. Por suerte, encontraron algo y alguien para comerciar. Por desgracia, ese “algo” era realmente alguien, y la esclavitud es inmoral.


[1] No quiero decir que el progreso siempre sea mejor. Entiendo progreso como generación de más opciones vitales para los individuos respecto a la situación previa, lo que normalmente ocurre cuando disponen de más riqueza.

Aranceles: una receta infalible para el empobrecimiento

Adam Smith escribió que «el interés de la inmensa mayoría de la población es y debe ser siempre comprar lo que necesita a quien vende más barato. […] Es tan evidente, que esforzarnos en demostrarlo podría parecer ridículo; nunca habría sido puesto en duda si las interesadas falacias de mercaderes y fabricantes no hubieran perturbado el sentido común de la humanidad».

Lamentablemente, el libre comercio nunca ha tenido tanto predicamento entre políticos como entre economistas. Para el político, es más fácil vender remedios proteccionistas que esperar a que las impersonales bondades del libre comercio le generen réditos políticos. Los gobernantes tienden a anteponer su propia popularidad al bienestar de la población, y si para ello tienen que predicar ideas erróneas e implementar medidas empobrecedoras, no dudan en hacerlo.

Donald Trump, recién reinstalado en la Casa Blanca, ha anunciado una extensa batería de aranceles: 25% para Canadá y México, 20% para China, 25% para el acero y aluminio, y diversos aranceles a productos agrícolas. Estas medidas se justifican en nombre del interés de la nación, pero siempre terminan empobreciéndola.

Los aranceles son un impuesto especial sobre los bienes importados cuyas consecuencias no entrañan ningún misterio a quien haya pasado por un curso de economía básica.

El efecto más visible es la transferencia de recursos de los consumidores nacionales y los productores extranjeros hacia los productores nacionales (en forma de menor competencia y mayores precios) y al Estado (en forma de recaudación arancelaria). Esta suele ser la motivación de fondo del proteccionismo: concentrar beneficios en unos grupos de presión nacionales bien organizados, a costa de los desorganizados consumidores. Y los gobernantes, como es habitual, también sacan tajada por los servicios prestados.

Pero aún más importante que esta redistribución de riqueza son las consecuencias que no se ven a simple vista. En primer lugar, los aranceles provocan una destrucción de riqueza neta al impedir que se realicen intercambios que habrían sido mutuamente beneficiosos en ausencia de aranceles. Al subir el precio de los bienes sujetos al arancel, se reduce artificialmente el consumo de dichos bienes: muchas transacciones dejan de tener lugar y, en consecuencia, se produce una pérdida neta de producción.

Y en segundo lugar, también se destruye riqueza neta por la sustitución de formas de producción más eficientes por otras más ineficientes. El uso de procesos productivos que necesitan un mayor uso de recursos provoca el despilfarro de estos recursos, que podrían haberse utilizado en la producción de otros bienes y servicios.

Henry Hazlitt explicaba que esta destrucción de riqueza no sólo perjudica a los consumidores, sino también a todos los demás productores nacionales. Los consumidores, al verse obligados a gastar una mayor parte de su renta en bienes artificialmente encarecidos, pasan a tener menor renta disponible para adquirir otros productos o para realizar inversiones. Por ejemplo, si un arancel encarece los coches importados, las familias tendrán que destinar más dinero a comprar cada vehículo, y tendrán que recortar su consumo en teléfonos móviles, ropa o alimentos, perjudicando a los productores de estos bienes. 

Estas serían las consecuencias si los aranceles solo se aplicaran sobre bienes de consumo. Pero cuando se aplican a factores productivos, el impacto negativo se extiende en oleadas que alcanzan la totalidad de la economía. Por ejemplo, un arancel al acero hace más ineficiente la fabricación de automóviles, la construcción de viviendas o la producción de un sinfín de productos que emplean acero como factor productivo. Estos bienes tenderán a encarecerse, a producirse en menor medida y a afectar la producción de otros productos, desatando una espiral empobrecedora generalizada.

Pero hay algo aún peor: las medidas proteccionistas nunca vienen solas, sino que siempre generan represalias y desembocan en una absurda guerra comercial. Si EE.UU. impone aranceles a China, México, Canadá o Europa, es esperable que sus gobiernos respondan con sus propias medidas proteccionistas contra productos estadounidenses. Esto multiplica el daño económico para todas las partes y garantiza que nadie quede libre de la catástrofe del proteccionismo. En un mundo tan interconectado como el actual, en el que las cadenas de valor se distribuyen entre múltiples países en función de su ventaja comparativa y tienden a maximizar la eficiencia productiva, los aranceles tiene el demoledor efecto de desintegrar esta enriquecedora división internacional del trabajo. El resultado es un mundo más pobre.

Es evidente que, en parte, los aranceles anunciados por Trump son una herramienta de negociación. Trump busca presionar a otros países para obtener de ellos medidas de control de fronteras, reducciones de sus propios aranceles o de otras barreras comerciales encubiertas. Si el resultado final fuera una mayor libertad comercial, bienvenida sea. Pero la experiencia de su primera legislatura nos dice que no tiene por qué acabar así: incluso planteados como estrategia negociadora, buena parte de estos aranceles terminan quedándose.

Pero incluso si la estrategia de Trump lograra reducir aranceles a largo plazo, aún tendría un efecto perverso: estaría librando la batalla de las ideas a la inversa; estaría evangelizando sobre las bondades del proteccionismo y, por tanto, socavando la esencial batalla de las ideas en favor del libre comercio y el mercado libre. En la primera legislatura de Trump, las ideas proteccionistas calaron en la población lo suficiente para que su sucesor, Joe Biden, terminara por consolidar, y en algunos casos incrementar, medidas contrarias al libre comercio.

En conclusión, subir aranceles es siempre una política económica desastrosa. El proteccionismo solo sirve para alimentar el ego de gobernantes que pretenden venderse como mesiánicos defensores de los intereses nacionales. Pero el precio a pagar es el empobrecimiento de la nación.

El impacto de la inflación sobre las familias españolas

El Instituto Juan de Mariana presenta un nuevo estudio centrado en medir el impacto de la crisis inflacionaria sobre los hogares españoles. Los principales hallazgos de la investigación son los siguientes:

– Bajo la presidencia de Pedro Sánchez, de julio de 2018 a febrero de 2025, la inflación acumula un incremento del 21,3 por ciento. En el caso de los alimentos, la subida observada asciende al 37,9 por ciento. Es la mayor escalada de los precios de las tres últimas décadas.

– Por comparación, el IPC acumulado bajo el gobierno de Rajoy fue de 7,2 puntos porcentuales, lo que supone casi un 70 por ciento menos que durante el mandato de Sánchez. El ritmo de incremento de los precios se ha triplicado desde el dirigente socialista ocupa la presencia del gobierno.

– Si se mide la inflación subyacente, encontramos resultados similares. Dicha rúbrica se ha incrementado un 18,8 por ciento bajo gobierno de Pedro Sánchez, frente a la subida del 7,5 por ciento acumulada durante la Administración Rajoy.

– En tasa anual, el IPC promedio del periodo de gestión de Rajoy asciende al 0,9 por ciento, mientras que el aumento apreciado desde que Sánchez es presidente es tres veces mayor, del 2,6 por ciento, llegándotelo a registrar un pico del 7 por ciento en el dato del IPC para el ejercicio 2022.

– Aunque los salarios se hayan revalorizado un 22,2 por ciento en términos nominales, su evolución una vez se ajustan los precios arroja una mejora testimonial, de apenas un 2 por ciento. Lo que a priori son 6.013 euros de incremento salarial son apenas 663 euros de mejora del poder adquisitivo, de modo que la inflación ha absorbido el 89 por ciento de la subida.

– La decisión de no deflactar el Impuesto sobre la Renta o las cotizaciones sociales para descontar el efecto de la inflación ha tenido un impacto significativo en el poder adquisitivo de los trabajadores. A raíz de esta decisión del gobierno español, el contribuyente promedio paga 2.073 euros más.

– Si tomamos en cuenta el IPC acumulado bajo gobierno de Sánchez y nos fijamos asimismo en el efecto de la progresividad en frío inducida por la no deflactación del IRPF; vemos que el trabajador medio ha perdido 1.410 euros de poder adquisitivo por estos dos motivos. Esto significa que el efecto directo de la inflación y la decisión de no indexar el Impuestos sobre la Renta ni las cotizaciones para descontar la subida de los precios han resultado en un impuesto del 123 por ciento sobre la mejora salarial que podrían haber obtenido los contribuyentes, en caso de que los precios se hubiesen mantenido estables y el IRPF hubiese actualizado según el IPC.

– El nivel de renta per cápita de los españoles suponía el 91,3 por ciento de la renta promedio europea en 2018, cuando Pedro Sánchez llegó al gobierno. Desde entonces, esta rúbrica no solamente no ha mejorado, sino que se ha reducido levemente, hasta caer al 91 por ciento en 2023. España ha caído al puesto 15 del ranking de renta per cápita de la UE y, peor aún, obtiene un resultado crítico en 10 de los 17 indicadores socioeconómicos analizados por la Comisión Europea, puesto que somos el tercer país con mayor riesgo de pobreza, el segundo con mayor cifra de niños en peligro de exclusión social, el segundo con mayor tasa de abandono escolar o el quinto donde menos impacto tienen las transferencias sociales. A esto hay que sumarle que el paro en España casi duplica la media europea, incluso dando por bueno el maquillaje estadístico mediante el cual el gobierno ha reclasificado a cientos de miles de parados efectivos como ocupados. La última Encuesta sobre Condiciones de Vida confirma esta situación y apunta, ademas, que la tasa de pobreza (carecía material severa) ha crecido del 7,7 al 8,3 por ciento entre 2019 y 2024.

– Los hogares que figuran entre el 20 por ciento de menor renta están sufriendo especialmente la incidencia de la inflación. En 2024 gastaron 1.804 euros más para comprar el equivalente a 1.096 euros menos de bienes y servicios. Ha ahí el drama de millones de familias españolas: a raíz de la inflación y a de la política económica, gastan más, pero compran menos. De ahí que a menudo se hable de la inflación como el impuesto invisible.

– El esfuerzo ahorrador de los españoles entre 2018 y 2024 se ha visto mermado por la inflación, que ha reducido en 127.000 millones de euros el poder adquisitivo de los depósitos acumulados en las entidades financieras. En cambio, el gobierno se ha beneficiado del fenómeno inflacionario, aprovechándolo para incrementar la deuda en 419.000 millones y, a través de la subida de los precios, reducir valor real de tales obligaciones.

Para leer el informe completo pincha aquí.

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (V): La escasez

A diferencia de lo que podría parecer, las teorías del valor de Menger y de Mises no son exactamente iguales, y tampoco se podría decir que la teoría de Mises, por ser posterior, elabora en mayor detalle la de Menger. Sobre la cuestión de la escasez, Mises adopta un enfoque mucho más simple que el de Menger.

En principio si la simplificación es pertinente y correcta debería ser más que bienvenida, pues como norma general se puede considerar superior sobre las demás aquella teoría que pueda explicar la realidad de forma más general y/o más simple.

Sin embargo, en este caso la simplificación de Mises parece más bien un retroceso que un avance. Mises se refiere a los bienes económicos como medios para alcanzar un fin. Y en ese sentido, sostiene que los medios son escasos o no lo son, sin detenerse demasiado en matices intermedios. Su enfoque es dicotómico: una vez el hombre percibe que un bien es escaso, lo valora subjetivamente, guiado por su preferencia o deseo. Es, por tanto, un planteamiento cualitativo y genérico del valor, que tiende a considerar los bienes económicos “en bloque”, donde el grado de escasez tiene muy poco protagonismo en la teoría.

Menger, por el contrario, es mucho más minucioso y detallado. Su análisis es cuantitativo y totalmente enfocado en la relación concreta entre la cantidad necesitada y la cantidad disponible. Para Menger, la condición de bien económico (o “medio”, en la terminología de Mises) no es una cuestión de escasez percibida o tácita, sino que está determinada por la magnitud específica de esa relación. Cuanto mayor sea la diferencia entre cantidad necesaria y disponible, mayor será el grado de escasez y, por ende, el valor económico del bien. Menger aporta así un enfoque más granular, que permite graduar la valoración según la intensidad de la escasez. 

Este grado de escasez no es otra cosa que la base matemática de la curva de utilidad marginal. Cuantas menos vacas tiene el ganadero de Menger, mayor valor tiene la vaca marginal.

Por ejemplo, si Crusoe cuantifica que necesita dos litros de agua al día para beber y también cuantifica que puede disponer de más de diez al día sin ningún esfuerzo significativo, para Crusoe el agua no sería escasa y no tendría ningún valor, y esto sería así como consecuencia de este cálculo cuantitativo y no como consecuencia de ninguna “preferencia subjetiva” entendida en su sentido más literal de mero deseo o gusto. A Crusoe no le ha dejado de gustar el agua, ni tampoco ha dejado de necesitar agua.

Por el contrario, si Crusoe estima que solo dispone de un litro de agua fácilmente accesible y necesita dos, ya existe un grado de escasez perfectamente cuantificable: le falta un litro al día, y deberá dedicar tiempo y recursos para obtenerlo. Es razonable pensar que, si la necesidad diaria queda establecida en dos litros, el factor determinante del valor del agua no será el deseo, sino la cantidad disponible. 

Queda demostrado, entonces, que sin modificar un ápice la preferencia subjetiva, el valor puede cambiar radicalmente en función de la cantidad disponible. La teoría de Mises, al conceder un peso desproporcionado a la preferencia subjetiva sobre la escasez, desdibuja —a mi juicio— el núcleo esencial de la revolución marginalista.

Con esto no queremos afirmar en absoluto que la teoría de Menger sea puramente cuantitativa. Nada de eso. Pero su enfoque acota mucho mejor la subjetividad entendida como simple preferencia (o incluso capricho). En Menger “subjetivo” significa sobre todo cuánta cantidad necesita el sujeto, y de cuanta cantidad dispone el sujeto.

Y la preferencia subjetiva se refleja cardinalmente en el cálculo de la cantidad necesitada, como ilustra en su ejemplo del tabaco. Si ya nadie deseara fumar, la cantidad necesitada de tabaco sería cero. Aplicando esto al caso de Crusoe, es también razonable pensar que, si Crusoe valora mucho más que otros la posibilidad de asearse, estimará una necesidad de agua mayor que la que calcularía otra persona en sus mismas circunstancias.

Fijémonos que al final se acaba cuantificando una cantidad necesitada. Es decir, la preferencia subjetiva se puede plasmar perfectamente en una cantidad cardinal concreta, sin importar lo más mínimo que esa preferencia nos pueda parecer racional o irracional.

Por tanto, no resulta realista ni parece ofrecer una buena explicación de la realidad el enfoque de Mises, donde se estima más valioso aquél que se prefiere sobre otro, sin posibilidad alguna de cuantificar cuánto más valioso.

Es mucho más realista el enfoque de Menger, donde se cuantifican las cantidades necesitadas y disponibles, y a partir de ahí pueden obtenerse estimaciones cardinales del grado de escasez de unos bienes frente a otros. Por ejemplo, tras evaluar las cantidades necesitadas y disponibles de agua y comida, puedo estimar que en esta isla la comida es cuatro veces más escasa que el agua, y tiene pleno sentido que planifique mi tiempo y recursos según esa proporción, aunque sea aproximadamente.

Más aún, las cantidades necesitadas pueden ajustarse en función del tiempo y recursos disponibles para llegar a una planificación óptima, renunciando, por ejemplo, a alguna unidad de comida. Y todo ello constituye un cálculo cardinal, no distinto del que se realiza en el ámbito de los precios, pero aquí circunscrito al valor.

Respecto a esto último, como hemos insistido en entregas anteriores de esta serie, conviene recordar que para cuantificar cardinalmente el valor no es necesaria una exactitud total, ni una unidad de medida absoluta o constante. El valor de un bien puede expresarse en términos de otro, como hace Menger de forma sencilla en su ejemplo de las vacas y los caballos.

Sin restarle importancia a la satisfacción de una necesidad en lo que respecta al valor —independientemente de las cantidades disponibles— no debemos olvidar que la revolución marginalista consistió precisamente en identificar la escasez como elemento esencial del valor, popularmente ilustrado con la paradoja del agua (abundante) y los diamantes (escasos). Y la escasez no es otra cosa que la relación cuantitativa y cardinal entre cantidad necesitada y cantidad disponible.

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

(VI) La escala de Mohs

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

Clemenceau y el radicalismo francés, ¿fueron liberales?

Georges Clemenceau (1841-1929), es uno de los políticos franceses más singulares de los dos últimos siglos. Izquierdista declarado, aunque demasiado defensor de la propiedad privada y del mercado para ser bien acogido por el izquierdismo y, a la vez, demasiado anticlerical y estatista, como para ser bien recibido entre conservadores y liberales. Su patriotismo, sentido con ardor jacobino, constituyó un impulso para su carrera política, aunque, como alguien dijo, amó a Francia, sí, pero odió a casi todos los franceses de todas las épocas.

Protagonista del Affaire Dreyfus, que conmocionó y dividió a Francia en 1894 (siguió dividida hasta 1958), Clemenceau fundó el Partido Radical francés (1901), partido fundamental en la Francia del siglo XX. Liberal en lo económico y jacobina en lo político, defendía la propiedad privada y el mercado, aunque era muy estatista, y también defendía la libertad, salvo para los católicos, en la católica Francia. El nombre “radical” procede de la prohibición de la palabra “republicano”, por Luis Felipe de Orleans durante su reinado (1830-1848). Para eludirla, inventaron el nombre de “radical”, que adoptarían los republicanos franceses.

Nació Clemenceau en una familia republicana y jacobina de La Vendeè, región de mayoría conservadora y legitimista durante la Gran Revolución. El País de los Chuanes, los guerrilleros legitimistas que se enfrentaron a la revolución, en 1793-1795, novelados por Balzac. Su padre le educó en un republicanismo y anticlericalismo extremados y le introdujo en la masonería. Clemenceau es muy representativo del radicalismo francés[1] y tuvo mucha influencia en España, como en Alejandro Lerroux -fundador en 1908 del Partido Radical español- y Manuel Azaña.

Un francés en Nueva York

Licenciado en medicina, viajó en 1865 a USA. No ejerció la medicina, pues escribió crónicas del final de la Guerra de Secesión USA (1861-1865), para el Paris Temps. La experiencia americana fue trascendental en su formación política. Paseó por Nueva York en los meses finales de la Guerra Civil, y vivió la conmoción general ante el asesinato de Lincoln, entonces el gran apóstol de la libertad. Al terminar la guerra civil, y para mejorar sus rentas, fue profesor de francés.

Al igual que Tocqueville treinta años antes, Clemenceau admiró la pujanza y el bienestar de América, en relación con Europa. Y, como Tocqueville, creyó que el secreto de ese bienestar eran la libertad y la democracia, que permitían a los individuos desarrollar sus opciones vitales sin las trabas de las sociedades europeas y sus rastros y restos del Antiguo Régimen.

Retorno a Francia

Vuelto a Francia, en 1869, su vocación política le llevó pronto a París. Era una gran ocasión: la crisis final del IIº Imperio francés. En julio de 1870 Napoleón III había declarado la guerra a Prusia, pero el 1 de septiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán y el emperador cayó prisionero. Fue el fin de Napoleón III: el 4 de septiembre de 1870, León Gambetta (1838-1882) proclamó la República.

Desde el primer momento, Clemenceau se unió a la agitación a favor de la República. En ese año fue elegido Alcalde del XVIIIº Distrito de París (Montmartre) y, en febrero de 1871, diputado en la Asamblea Nacional. En ella, se opuso a la paz impuesta por Bismarck, que anexionó Alsacia y Lorena a Alemania.

Regresó a Paris en marzo de 1871 y vio la “Revolución de la Comuna”. Igual que otros republicanos, como Gambetta, intentó la mediación entre el gobierno y los revolucionarios, lo que rechazó el gobierno de Thiers (1797-1877). Al no conseguirlo, renunció a su escaño en la Asamblea Nacional, igual que Gambetta. Los Comunards (comuneros) fueron vencidos por Thiers, en mayo de 1871. Cinco años después, en 1876, Clemenceau volvió a ser elegido diputado y, poco a poco, fue ganando el liderazgo de los entonces dispersos republicanos.

La herencia política de León Gambetta

León Gambetta fue uno de los Padres de la IIIª República francesa y del radicalismo francés: el autor del Programa de Belleville (1869), evangelio del radicalismo francés de la IIIª República. De inspiración jacobina, fue intransigente en los derechos individuales y el sufragio universal.

También incorporó una fuerte orientación anti-católica, especialmente en materia educativa, en la que el radical Jules Ferry (1832-1893), durante sus gobiernos (1879-1885), creó el sistema de educación pública y laica en Francia, centrado en la promoción por el mérito. Al morir Gambetta, el republicanismo radical quedó huérfano.

Mas, en la última década del XIX y la primera del XX, los republicanos fundaron el “Partido Republicano Radical y Radical-Socialista”, el 23 de junio de 1901. Fue el comienzo de la época de esplendor del radicalismo francés, que dio a Francia políticos de fuste, entre los que destacó Clemenceau, líder del radicalismo, por su aura de Héroe del Affaire Dreyfus.

El espíritu radical

¿Qué representó el radicalismo? En los debates habidos entre 1889 y 1891, a propósito del Primer Centenario de la Gran Revolución (1789-1889) y, ante las voces críticas que surgieron entonces sobre los excesos revolucionarios, Clemenceau acuño una expresión que se ha mantenido vigente como la posición “progresista” tópica para enjuiciar la obra revolucionaria de 1789: la revolución es un “bloque” del que se acepta todo (incluido el Terror), o todo se rechaza (incluida la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano), y no caben opciones intermedias. Una argumentación utilizada todavía hoy.

En sus relaciones con los políticos, incluido su propio partido, se le fue creando un mote que le acompañaría siempre: el Tigre. Clemenceau era temido por su ironía y su contundencia en la calificación (o descalificación) de sus rivales. La agresiva mordacidad que utilizó con profusión desde los primeros momentos de su entrada en política, contribuyó a su fama, especialmente de “tumba-gobiernos”, pero también le granjeó muchos enemigos.

Su protagonismo en el Caso Dreyfus (1894-1902), el oficial judío acusado falsamente de espiar para Alemania, elevó la fama de Clemenceau a cotas sólo superadas en 1918, tras la victoria en la Iª Guerra Mundial. Fue en el diario de Clemenceau, L´Aurore, donde Zola publicó su célebre artículo “J´acusse”, el 13 de enero de 1898; el mismo título del artículo fue sugerido por él. La exitosa defensa de Dreyfus le valió el más general reconocimiento. El caso Dreyfus sirvió a los radicales de justificación para dictar su dura e incivil legislación anti-católica de 1905 (Combès) y de 1907-1909 (Clemenceau), en un país de abrumadora mayoría católica. Una legislación que envenenó la política francesa de la primera mitad del siglo XX, y que se resolvería a partir de 1958, ya en la Vª República, con la “solución” del gaullista y judío Michel Debré: la República era laica, pero Francia era católica, y ambas realidades debían respetarse.

Un debutante veterano

A partir de 1902, los radicales accederían al gobierno, tras la victoria electoral del Bloque de Izquierdas que encabezaban. Clemenceau fue uno de los primeros ministros radicales de Francia. Un partido de izquierda con tendencias socializantes, pero no obrerista, ni marxista, lo que le facilitó una posición central para dirigir los destinos de la IIIª República francesa, pues podía coaligarse con la izquierda o la derecha, sin problemas.

En febrero de 1906, cayó el Gobierno de Combès, que fue sustituido por el también radical Sarrien. Este nombró a Clemenceau ministro del Interior. Tenía entonces 65 años, pero su energía fue desbordante en su enfrentamiento con el sindicalismo de la CGT. La CGT era un sindicato revolucionario que utilizó entonces con profusión la huelga general, y hasta el atentado terrorista, para subvertir el orden republicano. Cemenceau, tras fracasar sus intentos de acuerdo con la CGT, defendió el orden frente a los disturbios y se ganó el mote de “rompe-huelgas”. No ilegalizó a la CGT, por entender sagrada la libertad de asociación, si bien debía arrestarse y juzgarse a los dirigentes promotores de los desórdenes. Sarrien dudó en mantenerle ante la envergadura de las protestas.

En octubre de 1906, Sarrien dejó el gobierno, mas la defensa que hizo Clemenceau de su política le llevó a ser primer ministro en sustitución de Sarrien, y se mantuvo de “premier” hasta 1909. Después, continuó desempeñando cargos ministeriales hasta 1913. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, volvió a ser un crítico feroz: fustigó la incompetencia del mando militar, las decisiones equivocadas, el sacrificio inútil de miles de vidas… pero Clemenceau no era un pacifista, sus denuncias eran las de un activo propagandista de la victoria.

El Gobierno de la Victoria

En noviembre de 1917 la situación militar de Francia era dramática y la derrota se vio como posible. Clemenceau, con 76 años, fue entonces nombrado de nuevo primer ministro y configuró un gobierno de su confianza llamado “el Gobierno de la Victoria”. Clemenceau fue rotundo al explicar su política ante la Asamblea Nacional: “En política económica, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; en política interior, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; en política exterior, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; y en política educativa, judicial, de finanzas o laboral, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra”.

En la Segunda Batalla del Marne (julio de 1918), cuando pareció que los alemanes tomarían París, Clemenceau se dirigió a la nación y al mundo desde la capital: “Lucharemos delante de París, lucharemos en París y lucharemos detrás de París (…), nunca nos rendiremos”. Seguro que Churchill leyó ese discurso, pues lo copió para sus vibrantes alocuciones en las horas más difíciles de Inglaterra en la IIª Guerra Mundial. Clemenceau desplegó una gran actividad: visitó los frentes, confraternizó con la tropa, elevó la moral de retaguardia y combatió el derrotismo. Y logró alguno de sus objetivos militares: la creación del Mando Supremo Aliado unificado.

El 11 de noviembre de 1918 Alemania pidió el alto el fuego: era la victoria, y él, “le Père de la Victoire”. Ningún estadista francés ha sido tan popular como lo fue Clemenceau en los días siguientes a la victoria. Pero él no era un diplomático. Su intransigencia en las negociaciones de paz, en Versalles, le valdrá un nuevo mote, “le perdre de la victoire” (perdedor de la victoria). La durísima actitud de Clemenceau en las negociaciones de paz se ha considerado siempre una de las causas de la IIª Guerra Mundial.

La retirada

La popularidad ganada con la victoria le facilitó acceder a Academie Française (1919), pero no duró mucho. En 1919, anunció su candidatura a la Presidencia de la República. Entonces le pasaron factura sus viejos enemigos y se recordó su historial de crítico feroz. En enero de 1920, retiró su candidatura por falta de apoyos. Fue una gran decepción: dimitió de primer ministro y abandonó la política activa.

Hasta su muerte, en 1929, vivió años amargos, pero lúcidos y fecundos, en los que escribió tres interesantes obras: Demóstenes, que rescató del olvido al último defensor de la democracia ateniense antigua, Grandezas y Miserias de una Victoria, defensa de su actuación en la Iª Guerra Mundial, ante los ataques recibidos del General Foch en sus memorias, y también Au Soir de la Pensée (en el ocaso del pensamiento).

Notas

[1] El radicalismo dominó la política de la IIIª República francesa, entre 1902 y 1940. Fundamental en la resistencia anti-alemana (1940-1945), siguió siendo importante en la IVª República (1945-1958), aunque dejó de ser la principal fuerza de la izquierda. Durante la Vª República, desde 1958, se acentuó su declive, aunque conoció un momento postrero de brillo cuando Jean-Jacques Servan-Schreiber (1924-2006), último gran líder radical, intentó darle un giro liberal, entre los años 1969 y 1972.

En 1972, el radicalismo se escindió con la aparición de la llamada “izquierda radical” y el partido continuó su declinar hasta hoy que, reunificado, aún existe, pero ya con muy escasa influencia. Y queda una duda: ¿fue el radicalismo liberal?   

Te mintieron. Los impuestos no son para sanidad y educación, son para USAID

Tu ne cede malis, sed contra audentior ito era la frase predilecta de Ludwig von Mises. Los impuestos son un robo y, como tal, un mal (innecesario) y más que nunca, debemos repetir esta verdad y luchar contra ellos. El asunto de la USAID vino a destapar una cuestión subterránea. Un asunto que afronta cada vez más debate, y que la sociedad debe tratarlo con urgencia. Los impuestos.

La Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) creada en su momento por la administración Kennedy en 1961, fue el centro de atención días atrás debido al destape propiciado por Musk como cabeza del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE).

El escándalo, para nada, es su cierre (que de hecho no sucedió), como quieren hacernos creer determinados sectores del más rancio estatismo. Tampoco lo es el despido de casi diez mil empleados públicos. El verdadero escándalo es cómo es que se permitió durante tanto tiempo un funcionamiento tan absurdo como fraudulento. La toma de conocimiento sobre el destino de los fondos y verdaderos programas que se financiaban salieron a la luz luego de la auditoría de Elon Musk.

Muchos medios de comunicación se rasgaban las vestiduras con titulares amarillistas con frases como que el recorte de fondos “sacude a Latinoamérica” o “deja importantes programas sociales” afuera, etc. (nótese como siempre la palabra -social- aparece cuando los buenistas intervienen).

Muchos programas tenían nombres pomposos, altruistas o de aparente importancia. Y muchos otros nombres directamente lo que realmente eran, sin ningún tipo de reparo o pudor alguno. La realidad era que muchos de esos programas a los que se les destinaba millones de dólares que las familias estadounidenses pagaban con el sudor de su frente eran:

Programas que financiaba la USAID con los dólares de los ciudadanos estadounidenses

Circuncisiones “gratis” alrededor del mundo (no era gratis, la estaba financiando un trabajador en el estado de Iowa o un granjero en Minnesota). Programas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión, por sus siglas en inglés) que ya todos saben lo perniciosos que son y cómo atentan contra el verdadero mérito. De estos últimos estaba lleno. 20 millones para emitir “Plaza Sésamo” en Iraq. Musicales DEI en Irlanda. Una ópera transgénero en Colombia. Entrenamiento de género a periodistas en Sri Lanka. Cirugías de cambio de sexo en Guatemala. Programas LGTB en Serbia. 4 millones de dólares para que Ben Stiller se saque fotos con Zelenski (muy importante para el desarrollo). 50 millones de dólares para el envío de condones a Mozambique. La lista es casi interminable, y la mayoría de los programas, basura ideológica.

En conclusión: se usaban millones de dólares, dinero de los estadounidenses, para financiar agendas ideológicas en el extranjero. Nadie puede explicar, de manera razonable, por qué un trabajador o empresario estadounidense tiene que pagarle los profilácticos a un sujeto del otro lado del mundo. (Aplica para cualquier país de origen y destino del recurso).

Irwin Schiff, activista y escritor estadounidense, expresaba que, si quieres que los políticos irresponsables gasten menos, entonces debes darles menos para que gasten. Le asiste la razón.

Pero yendo un poco más allá, incluso si aquellos programas de asistencia para el desarrollo internacional fuesen más coherentes con el pretendido desarrollo, como podría ser la obra de infraestructura hídrica en algún país de África (cuestión que también es rechazable). Así y todo, no deja de ser totalmente injusto. No es justo para el pagador de impuestos y al mismo tiempo no es efectivo para el país receptor de esas supuestas ayudas. A mayor abundamiento, cabe remitirse al artículo de Peter Bauer titulado Ayudas que Matan. Tema que puede quedar para otro artículo.

No se trata de corrupción. El problema son los impuestos en sí mismos.

Muchas veces solemos leer o escuchar que el problema no son los impuestos, sino el mal uso del dinero de los ciudadanos (el dinero público no existe) o la corrupción de los gobernantes. Esto es también un error.

El problema raíz de todo esto es que parece que olvidamos la definición de los impuestos. Exacción pecuniaria -sin contraprestación alguna-. Es decir, si nos basamos estrictamente en la definición, es: te robo dinero a cambio de nada. Luego podrá venir otro sin fin de justificaciones más o menos altruistas y que tengan mayor o menor aceptación en la ciudadanía. Pero esa es otra historia. La realidad es que estas justificaciones se usan para que el robo sea más sencillo y menos resistido.

Todo va a una gran bolsa de dinero que discrecional y arbitrariamente el gobierno de turno hace uso de esos fondos para lo que se le antoja. Esto es indistinto de si se vota o no el presupuesto estatal.

A diferencia del precio que se paga por un bien o un servicio, en el caso de los impuestos, no es posible establecer de manera alguna un nexo causal preciso entre el impuesto pagado y el bien público recibido. Tal es así, y esto es tan cierto, que gobernantes y estatistas de todos los colores se esfuerzan permanentemente en repetir y repetir que los impuestos los pagamos para tener salud, educación, carreteras, y seguridad. Curioso es que estos conceptos representan los menores porcentajes de gastos en los presupuestos públicos.

Frank Chodorov lo dice muy claro: “No es verdad que los servicios serían imposibles sin los impuestos. Esa afirmación viene negada por el hecho de que los servicios aparecen antes de que se introduzcan los impuestos … No es el costo de los servicios lo que obliga a los impuestos, es el costo del mantenimiento del poder político”.

Es el hecho de mantener una casta política, y un enorme ejército de funcionarios y agentes en tareas y funciones que, de vivir en una sociedad sin coacción, basada en relaciones y vínculos voluntarios (proceso de mercado) no existirían en esos roles, o no tendrían tales tareas. En definitiva, observamos en la sociedad una enorme cantidad de gente que vive del fruto y esfuerzo de otros.

La inexistencia de ese nexo causal es el segundo grado de injusticia e ineficiencia de los impuestos. Sin embargo, en círculos de tributaristas, la pregunta salvadora y solucionadora de problemas siempre gira en torno a lo mismo: ¿y si ahora gravamos a los superricos? ¿Y si inventamos el IVA personalizado así, el sistema es más “justo”? ¿Y si establecemos otro impuesto verde? Siempre es igual porque lo observan desde el paradigma equivocado.

Sucede muchas veces también que los “académicos” que más propugnan estas cuestiones son de estirpe de funcionarios. Entonces, resulta lógico, según su perspectiva, que defiendan la existencia de impuestos a capa y espada porque constituyen su fuente de vida y se desgarran las vestiduras cuando detectan evasión fiscal, porque para ellos, es lo peor que puede pasar en una sociedad.

Afirmar hoy en pleno 2025 -con el alcance al conocimiento que tenemos- la dañina frase Wendelliana “Los impuestos son el precio que pagamos por vivir en una sociedad civilizada” Puede ser porque se es muy ignorante, o muy estúpido, o bien por conveniencia (vivir de lo que producen otros, es decir de impuestos) Muchas veces es una combinación de las tres.

Volviendo a la cuestión de la USAID, de las ayudas y el financiamiento de programas en el exterior, siempre es muy sencillo ser generoso y solidario con el dinero ajeno. Son siempre los mismos quienes se suben al pedestal moral para hacer filantropía con los dólares del vecino. Eso sí, el dinero propio es sagrado.

Zona especial Elon

Ante el éxito de DOGE en controlar el despilfarro en el gasto público, el Partido Demócrata ha lanzado una campaña centrada en el lema I didn’t vote for Elon Musk. No ha tenido el éxito que esperaban, ya que ha sido aprovechada por multitud de personas, que no eran votantes tradicionales del Partido Republicano, para remarcar que su voto sí ha sido motivado por la promesa de Trump de dar a Elon un papel principal en su administración.

Y es que Elon Musk no es un empresario convencional. Mucha gente ya se está percatando de ello, pero seguramente estemos lejos de ser conscientes del papel trascendental que puede interpretar en los próximos años. Y no solo en su influencia en el actual gobierno de Estado Unidos, sino por proyectos tan interesantes como Starbase. El proyecto de ciudad del espacio de SpaceX en Texas, que busca establecer un municipio autosuficiente cerca de Boca Chica para empleados y familias, enfocado en el desarrollo del cohete Starship, con viviendas, escuelas y servicios esenciales, respaldado por una gran inversión en infraestructura tecnológica.

Fundar una ciudad vinculada a una empresa no es algo nuevo. De hecho, era habitual en otros tiempos, donde la industria era intensiva en mano de obra, y era común que una sola empresa necesitará un ejército de obreros lo suficientemente grande como para formar su propia población. Pero Starbase no solo va a ser una ciudad para albergar a los trabajadores de SpaceX, sino que va a ser una población donde la filosofía del mejor empresario del mundo va a estar presente en cada detalle.

Por desgracia, esto no quiere decir que vaya a escapar de la regulación estatal y federal. Starbase estará supeditada a los burocratas de Texas y de Washington, así que habrá que ver si la filosofía que ha hecho que sus empresas sean exitosas sobrevive a su filtro. Como dijo una vez Ronald Reagan:

Me he preguntado muchas veces cómo serían los Diez Mandamientos si Moisés hubiera tenido que pasarlos por el Congreso de los Estados Unidos.

Para evitar esto, Balaji Srinivasan propuso hace unos días crear la Special Elon Zone (SEZ). Consistiría en dotar a Starbase (o un territorio mayor) de soberanía plena respecto a su regulación. ¿Por qué iba a hacer Texas o Estados Unidos algo así? Por China. El país asiatico está aventajando a Estados Unidos en varios campos. Es una tendencia clara que todos podemos ver, pero que nadie sabe muy bien cómo revertir. La administración Trump está desplegando una política que ataca por dos frentes: guerra comercial y desregulación de sectores claves como la inteligencia artificial, los cripto activos y la energía.

La estrategia tiene dos problemas:

El primero es claro: una guerra comercial puede ser atractiva cuando eres un país tan poderoso como Estados Unidos y compras la filosofía de ser una República, no un Imperio. Incluso puede salir bien a corto plazo cuando te enfrentas a unos líderes mundiales tan mediocres como los canadienses, mexicanos o europeos. Pero no deja de ser una guerra, y en ellas todo el mundo pierde. Por no hablar de las consecuencias imprevisibles que puede traer.

El segundo problema es que aún cuando tus medidas vayan en la buena dirección, si tu enemigo te saca demasiada ventaja, no va a ser suficiente. La capacidad de producción de China no tiene rival. Occidente hace mucho que perdió la batalla, como Alemania va a demostrar en los próximos años. La única forma de revertir la situación es tomar medidas excepcionales. ¿Y qué hay más excepcional que dotar a tus mejores empresarios de libertad plena para hacer aquello que mejor saben hacer?

A mucha gente le puede parecer ciencia ficción, pero cada vez hay más movimientos que apuntan a crear este tipo de zonas. En 2019 se inició el proyecto de Regulación Cero en el estado de Idaho, bajo la dirección del gobernador Brad Little, con el objetivo de reducir la carga regulatoria y fomentar un entorno más favorable para los negocios y los ciudadanos. De momento está siendo un éxito a la hora de atraer población y negocios a su territorio. Si nos vamos un poco más lejos, en Egipto se está impulsando con fondos privados el proyecto Ras el-Hekma, que busca transformar la costa norte de Egipto en una ciudad moderna, con hoteles, resorts, escuelas, hospitales y un aeropuerto internacional.

Nótese que aquí estamos ante algo más excepcional: un país (Emiratos Árabes Unidos) al que le sobra liquidez, acordando con otro país con problemas financieros, el alquiler de un territorio con una inmejorable localización para crear una zona especial de negocios. Egipto mantiene la soberanía, pero Emiratos podrá tener una gran fuente de ingresos explotando la privilegiada costa mediterránea egipcia al estilo de Abu Dabi.

A muchas personas esto les parecerá horrible. Para los estados nación la soberanía de su territorio no es negociable, pero la realidad se empeña en dejar obsoletos los sistemas rígidos que el hombre edifica. Y esta no va a ser una excepción. Adaptarse o desaparecer. Esa ha sido siempre la regla que la naturaleza nos impone. Y, como le gusta decir a Elon Musk: la única regla son las leyes de la física. Todo lo demás es una recomendación.

‘Call for papers’ para el XVIII Congreso de Economía Austríaca del Instituto Juan de Mariana

Los días 28 y 29 de mayo tendrá lugar el XVIII Congreso de Economía Austríaca del Instituto Juan de Mariana. El Congreso se celebrará de manera presencial en la sede madrileña de la Universidad Francisco Marroquín (C/ Arturo Soria, 245).

El Congreso está concebido como un espacio de debate abierto sobre las más recientes aportaciones académicas en los ámbitos de la economía, la política, la sociología, la filosofía y la ética en la tradición de la Escuela Austríaca de Economía o desde posiciones que la complementen y enriquezcan.

En concreto, se han seleccionado cuatro ejes temáticos sobre los que se articulará el Congreso: “Liberalismo, sociología y política”, “Teoría económica y monetaria”, “Políticas públicas” y “Fundamentos de la ciencia social”.  En torno a los mismos habrá presentaciones de comunicaciones, mesas redondas y conferencias magistrales.

El Congreso está abierto a la participación de académicos, profesionales y estudiantes a través de la presentación de comunicaciones. Aquellas personas interesadas pueden enviar una propuesta de comunicación siguiendo las normas y fechas establecidas en esta convocatoria. El procedimiento de aceptación de comunicaciones mantendrá y ampliará los progresos que ya dimos en años anteriores con el objetivo de ofrecer mayor rigor y transparencia en la selección de las investigaciones presentadas durante el mismo.

Por supuesto, la asistencia a este Congreso es libre y gratuita y promete contar con muy agradables sorpresas también en las mesas redondas y conferencias magistrales.

Esperamos con este Congreso poder contribuir al avance de las investigaciones en la tradición de la Escuela Austríaca de Economía e impulsar su máxima divulgación.

Fechas relevantes para la presentación de comunicaciones

●          Envío de abstracts: 30 de marzo

●          Aceptación abstracts: 7 de abril

●          Envío de trabajos: 28 de abril

●          Aceptación de trabajos 12 de mayo

●          Re-envío de trabajos corregidos (en su caso), 26 de mayo

No se podrán presentar trabajos que no hayan sido entregados a tiempo.

A partir de este momento queda abierto oficialmente el plazo de recepción de las comunicaciones académicas para quienes deseen participar en el Congreso.  El envío de abstracts y trabajos, así como de cualquier duda de índole académica u organizativa, se harán a través de esta dirección: eventos@juandemariana.org.

Coste de inscripción para la presentación de comunicaciones

El coste de inscripción es de 120 euros por autor de cada contribución. Para los miembros del Instituto Juan de Mariana el coste será de 30 euros por autor de cada contribución.

 

Una vez aceptado el abstract por el Comité Científico, se deberá realizar el ingreso correspondiente en la cuenta del Instituto del Banco Santander: 0030 1005 18 0000576271 (IBAN ES16 0030 1005 1800 0057 6271). Deberá indicarse en el concepto del ingreso o transferencia: «XVIII CEA – nombre de quien realiza el abono».

Resultados curriculares
  • Certificado de participación en el Congreso
  • Publicación del paper presentado como capítulo de libro en una editorial Q1 del ranking de SPI (Scholarly Publisher Indicators in Humanities and Social Sciences).
 
Premio Friedrich Hayek 2025

El Comité Científico valorará los diferentes trabajos presentados y otorgará un premio de 1.000 euros a la comunicación que tenga una mayor calidad desde el punto de vista académico.

 
Normas de envío de abstracts

1. Los trabajos han de ser originales y podrán presentarse en español o inglés.

2. Serán aceptados trabajos tanto de reflexión como de revisión teórica o de investigación empírica. Todos los trabajos tienen que relacionarse con alguna de las líneas temáticas del Congreso: “Liberalismo, sociología y política”, “Teoría económica y monetaria”, “Políticas públicas” y “Fundamentos de la ciencia social”.

3. El resumen deberá tener entre 300 y 400 palabras, y, además, se deberá incluir la bibliografía que se va a utilizar para la elaboración del paper.

4. Se permite un máximo de tres autores por trabajo

Normas de envío de trabajos

Template, al estilo Procesos de Mercado

1. Los trabajos no podrán superar los 50.000 caracteres con espacios, incluyendo cuadros de texto, tablas, etc. y notas al pie (17 páginas aproximadamente).

2. El trabajo será enviado en formato Word tanto para el texto como para los gráficos. Habrá de enviarse en Times New Roman.

3. Cada original incluirá en una primera página independiente, el título del trabajo en español y en inglés y el nombre del autor o autores, junto con su dirección y teléfono y su afiliación académica o profesional; un resumen del trabajo de aproximadamente 150 palabras en español y en inglés; una lista de palabras clave (al menos dos y no más de cinco), así como las referencias correspondientes a la clasificación del Journal of Economic Literature (JEL), ambas también en ambos idiomas.

4. El contenido del trabajo deberá comenzar en una nueva página. Las diferentes secciones en las que se estructure el artículo se numerarán de forma correlativa (1, 2, 3…), siendo el punto 1 la sección de introducción. Los apartados incluidos dentro de cada sección se numerarán con dos o tres dígitos (p.e. 2.3, 2.3.1).

5. El texto y símbolos que se desee aparezcan en cursiva deberán ir en ese tipo de letra o, en su defecto, subrayados.

6. Los cuadros y gráficos incluidos en el trabajo deberán presentarse en blanco y negro, irán numerados correlativamente y deberán ser originales, incluyendo además su título y fuente.

7. Las citas bibliográficas que aparezcan en el texto (ya sea en el cuerpo principal o a pie de página) deben presentarse indicando, entre paréntesis, el apellido del autor, el año de publicación y el número de páginas. Ejemplo: (Mises, 1940, pp. 479-482) o Mises (1940, pp. 479-482)

8. Las notas irán numeradas correlativamente y voladas sobre el texto, incluyéndose su contenido a pie de página y a espacio sencillo.

9. La bibliografía utilizada irá al final del artículo bajo el epígrafe REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS, ordenadas alfabéticamente por autores y de acuerdo con las normas de estilo establecido por las Normas APA actualizadas (Edición 7).

10. Los apéndices irán al final del artículo después de las Referencias bibliográficas.

No más billetes dorados a España

Por Mark Nayler. El articulo No más billetes dorados a España fue publicado originalmente por FEE.

La iniciativa española Visado de Oro, que concede la residencia en España (y en la UE) a los extranjeros que adquieran una propiedad por valor de al menos 500.000 euros (524.000 dólares), finalizará el 3 de abril. El régimen fue introducido por el Gobierno conservador de Mariano Rajoy en 2013 para fomentar la inversión extranjera, pero según el presidente socialista del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha convertido el mercado inmobiliario español en una sucursal de la Bolsa.

Sánchez pretende atajar una crisis inmobiliaria que ha visto aumentar los precios de los alquileres un 80% en la última década. Al anunciar la prohibición de los Visados de Oro el pasado mes de abril, afirmó que «la vivienda es un derecho, no un negocio especulativo», en referencia a la Constitución española, que establece que «todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna y adecuada.» Sánchez afirmó que el 94% de los Visados de Oro concedidos en España están «vinculados a la inversión» en lugares como Valencia, Barcelona, Madrid, Málaga, Alicante y Baleares, donde es «casi imposible encontrar una vivienda digna para quienes viven y trabajan y pagan impuestos.» Pero es poco probable que prohibir este sistema de residencia por inversión mejore la situación de la vivienda en España: al igual que una reciente propuesta de Sánchez que castigaría a los compradores de segunda vivienda, es un diagnóstico erróneo del problema.

El Gobierno español da la impresión de que los titulares del Visado de Oro, en su mayoría rusos, chinos o iraníes, están arrebatando a los españoles grandes cantidades de propiedades. Pero las propiedades adquiridas al amparo de este régimen son inasequibles para la mayoría de los hogares españoles de clase media, por no hablar de los jóvenes españoles que luchan por permitirse unos alquileres en alza. Francisco Iñareta, portavoz del portal inmobiliario Idealista, afirma que menos del 0,1% de los 4,5 millones de viviendas vendidas entre 2013 y 2022 lo fueron a través del programa Golden Visa, y que por tanto su eliminación no tendrá «ningún impacto en el mercado inmobiliario [español].»

Otras estadísticas avalan el argumento de Iñareta. De las 87.000 compras de inmuebles por extranjeros en 2023 (aproximadamente el 14% del total de ventas de inmuebles en España ese año), sólo unos 4.200 eran extracomunitarios que adquirieron casas de 500.000 euros o más. En otras palabras, sólo el 0,7% de todas las transacciones inmobiliarias en España en 2023 estaban vinculadas al régimen Golden Visa.

En enero de este año, Sánchez anunció otra medida destinada a ahuyentar a los compradores extranjeros: un impuesto del 100% a los no comunitarios que compren segundas residencias en España. Esta propuesta está lejos de convertirse en ley, pero si lo hiciera, equivaldría a una prohibición para todos los compradores excepto los más ricos. Eso es exactamente lo que ha pedido la alianza de izquierdas Sumar, el socio de coalición menor de los socialistas: una prohibición de la compra de viviendas que no vayan a ser habitadas, similar a la que se ha extendido recientemente en Canadá.

Esta medida no sólo afectaría a los compradores extranjeros, sino también a millones de españoles: El 14% de los hogares españoles posee una segunda vivienda, la tasa más alta de la UE. Los inversores españoles que compran propiedades en zonas turísticas y las convierten en alquileres vacacionales también han escapado, por alguna razón, al escrutinio del Gobierno, pero si tales inversiones están disparando el precio de la vivienda, como afirma Sánchez, tienen tanta culpa como los compradores extranjeros.

El impuesto del 100% propuesto para las segundas residencias y la prohibición de los Visados de Oro parecen diseñados para disuadir a los grandes patrimonios extranjeros de invertir en España, pero, irónicamente, este grupo de compradores será el menos afectado. En el primer caso, serían los únicos que podrían permitirse un impuesto tan punitivo; y en el segundo, la revocación de la residencia automática para la compra de propiedades de alto standing sólo elimina algo que de todos modos no interesa a los inversores extranjeros. Los inversores extracomunitarios que no tienen intención de trasladarse a España, pero que compran allí para beneficiarse de la distancia, no se verán disuadidos por la prohibición de los Golden Visas.

Un tipo específico de solicitantes de Visado de Oro podría verse desalentado por la prohibición: los que realmente quieren vivir en España, en lugar de especular o adquirir la residencia en la UE, y que esperaban eludir la vía normal para obtener la residencia. Si siguen empeñados en España, ahora tendrán que pasar por el mismo proceso que todos los demás para obtener la residencia: la prohibición servirá como prueba de su compromiso. Pero no es creíble sugerir que este grupo específico de compradores extranjeros esté provocando la crisis inmobiliaria española. Como dice Iñareta, «el problema de la vivienda en España -tanto en venta como en alquiler- no está causado por los Vosados de Oro, sino por la creciente falta de oferta y el aumento exponencial de la demanda».

Según un estudio reciente, en España deberían construirse 200.000 nuevas viviendas al año para satisfacer la demanda, aproximadamente el doble del ritmo de construcción actual. Entre los obstáculos para lograrlo figuran la falta de suelo edificable, un gran parque de viviendas sobrantes de la crisis financiera de 2008-13 (la mayoría de las cuales necesitan ahora ser rehabilitadas o demolidas) y unos procedimientos administrativos largos y complicados. Sánchez ha creado recientemente un organismo llamado Empresa Pública de Vivienda, a través del cual ha prometido construir miles de viviendas asequibles más, pero está buscando la solución en el lugar equivocado. Las 200.000 viviendas anuales necesarias tendrían muchas más posibilidades de construirse si el Gobierno se centrara en reducir las barreras normativas a la promoción.

Los compradores extranjeros que no estén interesados en España, sino que sólo quieran una segunda residencia al sol y/o la residencia en la UE -y con ella la libertad de viajar dentro de la zona Schengen sin fronteras- empezarán a buscar en otra parte. En respuesta a las preocupaciones de seguridad de la UE, especialmente tras la invasión rusa de Ucrania, Irlanda, los Países Bajos y Portugal han puesto fin recientemente a sus programas de Golden Visa. Quedan cinco vías de inversión para obtener la residencia en la UE, tres de las cuales ofrecen opciones inmobiliarias.

Grecia ya ha aumentado su popularidad entre quienes buscan un Golden Visa de la UE, especialmente en Estados Unidos: el número de solicitantes estadounidenses pasó de 302 al mes cuando Sánchez anunció la prohibición de España el pasado abril a 383 en noviembre. A cambio de una inversión de 250.000 euros en inmuebles griegos, los solicitantes obtienen la residencia durante cinco años.

Chipre concede la residencia permanente por una inversión inmobiliaria de al menos 300.000 euros, aunque recientemente ha despojado a varios magnates rusos de sus Golden Visas. En Malta, la compra de un inmueble por el mismo valor también garantiza la residencia permanente, mientras que el pasaporte maltés puede obtenerse con una inversión inmobiliaria de 700.000 euros y una donación de 10.000 euros a una organización benéfica nacional.

Hungría relanzó su programa Golden Visa en julio del año pasado, tras suprimirlo en 2017. La nueva versión recompensaba originalmente una inversión inmobiliaria de 500.000 euros con un permiso de residencia de diez años, pero se suprimió en enero. Quedan dos opciones: una inversión de 250.000 euros en un fondo inmobiliario o una donación de un millón de euros al sector educativo. El programa italiano tampoco ofrece opciones inmobiliarias. En su lugar, una inversión de al menos 2 millones de euros en bonos del Estado, 500.000 euros en bonos de empresas (que se reduce a 250.000 euros para las startups), o una donación de 1 millón de euros a proyectos públicos asegura la residencia durante cinco años.

La puerta trasera de los HNWI a la UE sigue abierta. Todo lo que ha hecho Sánchez es enviar un mensaje hostil a los compradores e inversores extranjeros sin aportar ninguna mejora significativa a la situación de la vivienda en España. La prohibición de los Visados de Oro tendrá el mismo impacto en el mercado inmobiliario español que el propio régimen: ninguno.

40 años de ‘El club de los cinco’, de John Hughes

Por Bradley J. Birzer. El artículo 40 años de ‘El club de los cinco’, de John Hughes fue publicado originalmente en Law & liberty.

Uno de los héroes más importantes, pero menos reconocidos de la era Reagan fue el cineasta John Hughes. Hughes, amigo íntimo de P. J. O’Rourke, escribió, dirigió y/o produjo un montón de películas, entre ellas Dieciséis velas, Ferris Bueller’s Day Off y Pretty in Pink. Nacido en Lansing, Michigan, y criado durante su adolescencia en un suburbio del norte de Chicago, la carrera de Hughes comenzó escribiendo chistes para cómicos famosos, así como escribiendo regularmente para National Lampoon.

No sería exagerado afirmar que Hughes dio a conocer al mundo las carreras cinematográficas de Michael Keating, Molly Ringwald, Anthony Michael Hall y Macaulay Culkin. Otros, como Kevin Bacon, John Candy y Steve Martin, también se beneficiaron enormemente. Hughes también escribió varios guiones bajo seudónimos, especialmente bajo el nombre de Edmond Dantes, y sería imposible exagerar su influencia en Hollywood desde 1982 hasta 1993. Después de 1993, Hughes se convirtió en una especie de J. D. Salinger y se centró casi exclusivamente en su papel de marido y padre. Murió relativamente joven de un ataque al corazón en 2009.

Pero Hughes hizo algo más que grandes películas: expresó un espíritu de época. «Nunca volveremos a ver a alguien como él», dijo a la muerte del director el economista y cómico Ben Stein, otro amigo íntimo. «Era el Wordsworth de la generación de posguerra de los suburbios estadounidenses. Era un gran, gran, gran genio y tan amigo y gran padre de familia como poeta». Verdaderamente, Hughes definió la clase media de la América de Reagan.

Sin embargo, de todas sus películas, su mayor logro fue El club de los cinco, de 1985. Tenía 17 años cuando la vi por primera vez en el cine. Recuerdo que salí del cine completamente asombrado de que un adulto -como Hughes- pudiera definir y entender tan bien a mi generación. A día de hoy, cuarenta años después, la película me sigue afectando al nivel más profundo imaginable. Es cierto que crecí en un pueblo no muy diferente de Shermer, Illinois (el escenario ficticio de la película), y crecí en una familia disfuncional.

También es cierto que tenía la misma edad que los personajes de la película y que me parecía mucho a Brian, el friki que no podía hacer correctamente el proyecto de su taller. Así que, con todas estas «concesiones», la película cuarenta años después me parece profundamente autobiográfica. Es cierto que nunca probé drogas ilícitas e ilegales en el instituto ni en la universidad, pero todo lo demás parece fiel a mi experiencia. Afirmaré tan rotundamente en 2025 como lo hice en 1985 que ningún adulto entendió a mi generación, la Generación X, mejor que John Hughes. Captó a la perfección el desprecio que sentíamos por los Baby Boomers.

Criado en un hogar de clase media, las películas de Hughes describían a menudo -a veces de forma positiva y a veces negativa- las complejidades de clase en el Medio Oeste estadounidense y, sobre todo, como decía Stein, en la América suburbana. Algunos han criticado y otros han elogiado a Hughes por proyectar una visión reaganesca de la experiencia estadounidense. Aunque O’Rourke, un republicano de tendencia libertaria, admitió que él y Hughes nunca habían hablado de política, lo más probable es que Hughes fuera en gran medida apolítico al estilo conservador. Quizá de forma un tanto célebre y algo displicente, Ferris Buller dice lo que Hughes probablemente sentía:

No es que apruebe el fascismo… o cualquier -ismo. En mi opinión, los ismos no son buenos. Una persona no debería creer en un ismo. Debería creer en sí mismo. Cito a John Lennon. No creo en los Beatles, sólo creo en mí’. Buena observación. Después de todo, él era la morsa.

Sin embargo, no es sorprendente que lo que más marcó a Hughes en su cine fueran los conflictos culturales y de clase, no los políticos. Algunas de sus películas eran absurdas y pueriles, como «Dieciséis velas», mientras que otras eran profundamente emotivas y clásicas, como su remake de «Milagro en la calle 34». Algunas eran meditaciones tontas sobre la rebelión adolescente, como Ferris Bueller’s Day Off, mientras que otras, como Pretty in Pink, eran meditaciones serias sobre lo mismo.

Como he tenido ocasión de escribir en otro lugar,

Sus películas eran a partes iguales perspicaces visiones de la condición humana, burlas de la autoridad inmerecida e inmerecida, comedia slapstick, introducciones a lo mejor de la música popular, exámenes de estrechas amistades y desarrollo de personajes completos. Además de estos rasgos y temas, Hughes casi siempre escribió sus historias en torno a personas creativas atenazadas por la presión de grupo y los deseos sociales de conformidad. Sus películas terminan felizmente, pero no sin grandes luchas.

Permítanme explicar por qué este punto de vista hughesiano expresaba el espíritu de la Generación X con cierto detalle y matiz. No odiábamos a todos los adultos, y no odiábamos toda la autoridad adulta, pero despreciábamos desesperadamente la autoridad falsa e inmerecida. Los primeros Baby Boomers eran ricos y decadentes, y habían pasado sus años universitarios predicando sobre el amor mientras marchaban contra la conscripción. Sin embargo, a la hora de la verdad, eran meros autoritarios en las aulas. Puedo decir honestamente que siempre he odiado el liberalismo moderno. Para mí -y para muchos de mi generación- los liberales eran los que predicaban las virtudes de Jesús pero practicaban las burlas del diablo. Eran los peores hipócritas y los más abyectos autoritarios. Proclamaban el individualismo, pero exigían conformidad.

Brillantemente, El club de los cinco gira sólo en torno a siete personajes: Brian (el cerebrito), John (el delincuente), Andrew (el deportista), Allison (el caso perdido), Claire (la reina del baile), el Sr. Vernon (el profesor) y Carl (el conserje). Al principio y al final de la película, vemos también a varios padres (y a unos cuantos hermanos), pero en realidad los padres sólo sirven para mostrar que la generación adulta está desvinculada o rota. Toda la historia transcurre entre las 6:56 de la mañana y poco después de las 4:00 de la tarde del 24 de marzo de 1984, en el suburbio ficticio de Shermer, Illinois, en Chicago. La película, estrenada un año después, narra presumiblemente los hechos desde la perspectiva de un curso académico futuro.

El escenario en sí es una brillante paradoja. El edificio del instituto, Shermer High School, es una monstruosidad al estilo de Stalin: unos enormes bloques de hormigón y unas pocas ventanas macizas. Sin embargo, la biblioteca del instituto, en la que los alumnos se ven obligados a cumplir su castigo, es moderna pero bastante hermosa, llena de largas mesas de trabajo, libros, revistas, plantas y estatuas.

La trama es bastante sencilla. Cinco estudiantes se castigan (bueno, una acude al castigo porque no tiene nada mejor que hacer ese día) un sábado. Dos de los estudiantes se conocen entre sí, pero el resto son desconocidos. Casi de inmediato se ven sorprendidos por un brutal e indiferente profesor, el Sr. Vernon -supuestamente el subdirector, aunque esto nunca se dice explícitamente en la película-, que los vigila durante el sábado. Aunque normalmente los cinco estudiantes habrían estado enfrentados entre sí -cada uno representando un aspecto diferente de la vida en el instituto-, la sorprendente bravuconería y autoridad machista de Vernon los une en oposición. Lenta y orgánicamente, los cinco se unen en un grupo cohesionado al final de la película. Sin embargo, nunca se unieron fácilmente, sino, a veces, muy a su pesar. A lo largo del día, empiezan a ver la vida desde la perspectiva de los demás. Al final, sin embargo, los cinco están unidos en su oposición a Vernon, y se nombran a sí mismos El Club de los cinco.

Querido Sr. Vernon, aceptamos el hecho de que hayamos tenido que sacrificar un sábado entero en detención por lo que sea que hayamos hecho mal. Pero creemos que está loco al hacernos escribir una redacción diciéndole quiénes creemos que somos. Nos ves como quieres vernos, en los términos más simples, con las definiciones más convenientes. Pero lo que hemos descubierto es que cada uno de nosotros es un cerebro, y un atleta, y un caso perdido, una princesa y un criminal. ¿Responde eso a tu pregunta? Atentamente, El club de los cinco.

Aunque Vernon se presenta al principio como Harry el Sucio, un policía duro, los alumnos lo desaniman al instante burlándose de su ropa. Vernon nunca se recupera de esta reacción inicial. En casi todos los sentidos, Vernor representa lo peor de la generación del Baby Boomer. No sólo su ladrido autoritario es exagerado, sino que a lo largo de la película descubrimos que es espeluznante, hurgando en los archivos privados de otros profesores. Verdaderamente, no es Harry el Sucio.

La película termina con una leve relectura de esta carta, los alumnos se marchan -prometiendo reconocerse el lunes siguiente como amigos- y el criminal, Judd Nelson, levanta el puño en señal de victoria mientras cruza el campo de fútbol con la canción «Don’t You Forget About Me», interpretada por Simple Minds, sonando por encima de todo, y aparecen los créditos.

Aunque hay momentos tontos en la película -como cuando los cinco estudiantes se ponen a bailar espontáneamente-, la mayor parte de la película es profundamente intensa, pasando de una revelación dramática a otra. Hughes ha sido elogiado con razón, no sólo por un servidor, sino por numerosos críticos que reconocen que comprendió de forma única la perspectiva de la Generación X. Pero la gran lección de la película es la siguiente: la verdadera amistad nace de la vulnerabilidad de unos ante otros.

Nada de esto debe sugerir, sin embargo, que Hughes estuviera exento de críticas negativas. El New York Times criticó la película en el momento de su estreno, tachando el guión de inverosímil y la evolución de los personajes de poco creíble. El Wall Street Journal coincidió con el Times, afirmando que las obras de teatro no deberían ser películas y las películas no deberían ser obras de teatro.

Desde entonces han surgido críticas negativas desde todos los rincones de la cultura pop. Muchos tachan sus películas de demasiado blancas, demasiado homófobas y, en ocasiones, descaradamente racistas. De todos los críticos, el más interesante es Molly Ringwald, la estrella de cine que Hughes hizo famosa. En el New Yorker y otros medios, Ringwald ha escrito y hablado sobre lo posesivo que podía llegar a ser Hughes en su relación, lo necesitado que estaba y el terrible rencor que guardaba. Ringwald también cree que gran parte de El club de los cinco es misógina. Afirma:

Pero ahora no pienso en el hombre, sino en las películas que ha dejado. Películas de las que me siento orgulloso en muchos sentidos. Películas que, como sus escritos anteriores, aunque en mucho menor grado, también podrían considerarse racistas, misóginas y, en ocasiones, homófobas. Las palabras «maricón» y «maricona» se usan con desenfreno; el personaje de Long Duk Dong, en «Dieciséis velas», es un estereotipo grotesco, como otros escritores han detallado mucho más elocuentemente de lo que yo podría hacerlo.

Sin embargo, lo que estos críticos pasan por alto es el ingenio de Hughes y su determinación de permitir que la Generación X hable por sí misma. Casi todos los héroes de las películas de Hughes son marginados, aunque sean de clase media, blancos y heterosexuales. Los críticos también pasan por alto (o desprecian) que Hughes sabía exactamente lo hipócritas que podían ser los radicales de los Baby Boomers, especialmente en su autoritarismo hippy y su conformismo. No era progresista.

Sean cuales sean las críticas, sin embargo, el legado de Hughes permanece intacto. Como P. J. O’Rourke y Ben Stein, contemplamos maravillados el arte que creó. Hughes fue para el mundo artístico lo que Reagan fue para el mundo político. ¿Era perfecto? Por supuesto que no. ¿Era un genio? Por supuesto. Ambos perdurarán.