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La escuela pública sí tiene ideología… y con la ley Celaá, más

De todas las trampas (y, como explicábamos ayer en Libre Mercado, son muchas) de la ley Celaá, la peor, sin duda, es aquella que tiene que ver con la concertada y el dinero público. Además, es una trampa relativamente exitosa: he discutido alguna vez con amigos liberales que defendían el cierre del modelo concertado con argumentos no tan diferentes a los que emplean los miembros del Gobierno.

El razonamiento viene a ser del tipo:

  • El Estado no debe promover una ideología u otra.
  • En el ámbito de la escuela, eso implica que debe ser imparcial. Las creencias particulares se enseñan en casa.
  • Y con dinero público no debemos financiar esas creencias.
  • Por una cuestión de equidad y para impulsar la igualdad de oportunidades, el Estado sí debe financiar los estudios de todos. Y para eso está la pública.
  • El que quiera algo especial o una educación que encaje con sus creencias, que se lo pague.

En plan burdo, lo podríamos resumir en el siguiente tuit del juez Joaquim Bosch (y lo traigo aquí en parte por esa condición de magistrado y portavoz territorial de Juezas y Jueces para la Democracia):

Los mismos neoliberales que exigen Estado mínimo ahora se enfadan si no se subvenciona por todo lo alto la educación privada o concertada. Libertad de enseñanza es poder optar, pero el que no quiera la pública no puede reclamar el gratis total con el dinero de toda la sociedad.

Pero no lo tomen más que como un ejemplo. En el último mes hemos podido leer declaraciones similares en boca de la propia Isabel Celaá, en columnistas, editoriales de periódicos, etc…

La ‘neutralidad’ de la escuela pública

Hay que ser muy ingenuo para pensar que la escuela pública es neutral. O, incluso, para pensar que puede llegar a serlo. Cojan ustedes el plan de estudios o los libros de texto disponibles en las escuelas rusas, chinas, alemanas, francesas o españolas. A ver qué se encuentran. ¿Neutralidad? No, por supuesto: hay un componente ideológico muy claro en cada una de ellas.

De hecho, no nos tenemos que ir tan lejos. Comparen los contenidos de los manuales que estudian los estudiantes madrileños, catalanes o castellano-leoneses. ¿Iguales? Ni mucho menos. Y no hablamos de lo que tiene que ver con el nacionalismo o la lengua. Ahí las diferencias son abismales. Incluso en asignaturas en teoría neutras (matemáticas, ciencias…) podemos encontrar enfoques, ejemplos, ejercicios, materias complementarias, etc. que no tienen nada que ver entre sí y que contienen mucha carga ideológica.

Por poner un ejemplo muy sencillo, de esos que pasan casi desapercibidos: en los libros de mi hijo de 8 años, yo me he encontrado ejercicios que consistían en “Tacha las imágenes negativas para el medio ambiente”. Y, claro, el dibujo que había que tachar era el de una fábrica. Pues bien, yo creo que el 99% de las fábricas que hay en España son positivas para el medio ambiente: sí, emiten gases contaminantes; y sí, gracias al plástico que se utiliza en esas fábricas no hay que talar miles de árboles y el uso de la energía es mucho más eficiente que si cada uno produjéramos esos bienes en casa. No seamos ingenuos, ideología hay en cada cosa que hacemos, incluso sin darnos cuenta.

Desde el campo liberal, el origen del error está en una famosa y acertada cita de Jefferson:

Obligar a un hombre a pagar contribuciones para la propagación de opiniones en las que no cree es pecaminoso y tiránico; incluso forzar a este hombre a apoyar este o aquel maestro religioso es privarle de la confortable libertad de entregar sus contribuciones a las particulares pasiones que siente son más correctas.

Los padres fundadores norteamericanos vivían en un entorno en el que se mezclaban personas de diferentes confesiones religiosas y sabían que esos pioneros no aceptarían que sus impuestos fueran destinados al sostenimiento de una iglesia que no era la suya.

Pero aquí es donde llega el triple salto mortal dialéctico (con tirabuzón y doble pirueta) que viene a decir que la religión es parte de las creencias privadas de cada familia y tiene que quedar al margen de las aulas… pero los planes de estudio actuales son “neutrales”, “científicos”, “pedagógicos”, “imparciales” y “no están contaminados por creencias particulares”.

Sería risible si el tema no fuera tan grave y la trampa no estuviera tan extendida. Es tan burdo que llama la atención. ¡Y muchos denominados liberales se la creen! O dicen que se lo creen; yo en realidad hace tiempo que he asumido que la mayoría no se lo traga, pero que, como buena parte de lo que se enseña ahora encaja en sus creencias particulares, miran de forma hipócrita para otro lado (son los mismos que bramarían de indignación, y con razón, si a sus hijos los metieran a estudiar religión).

La ‘neutralidad’ de la Ley Celaá

Cojo los siguientes párrafos del muy completo artículo resumen que Olga R. Sanmartín escribió para El Mundo a propósito de la ley Celaá:

  • La ley quiere “reforzar la autoestima” de sus alumnos promoviendo la “diversidad”, la “empatía” hacia los “seres sintientes” y la “educación para el desarrollo sostenible y la ciudadanía mundial”
  • La educación financiera se convierte en el reconocimiento del “papel social de los impuestos y de la justicia fiscal”. La seguridad vial pasará a llamarse “movilidad segura y sostenible”
  • Los alumnos recibirán educación afectivo-sexual ya desde Primaria. Tendrán que “conocer y valorar la dimensión humana de la sexualidad en toda su diversidad”
  • Las actividades complementarias serán gratuitas y, por consiguiente, obligatorias, para blindar las charlas LGTBI ante el pin parental de Vox.
  • Los centros que separan por sexos no podrán recibir ya fondos públicos, pese a que el modelo lo avala el Tribunal Constitucional.
  • Se crea una nueva asignatura de Valores, en donde los partidos de la oposición ven una nueva Educación para la Ciudadanía. Los alumnos estudiarán contenidos de “Memoria Democrática”.
  • La Religión ya no contará para la nota ni para pedir becas.

¿Y aquí no hay ideología? ¿El que quiera ideología o creencias particulares que se las pague? ¿Los que busquen neutralidad a la pública? ¿Cerrar la concertada es lo liberal?

Aquí alguno sacará la carta PSOE: esto es culpa de la ley Celaá, lo que hay que hacer es trabajar para tener una escuela pública neutral. Y no, aunque haya leyes más sectarias que otras (como ésta, por ejemplo, que va mucho más allá de lo que habíamos visto en las últimas décadas), la escuela pública siempre tendrá ideología, como todas las demás escuelas.

Tendrá ideología porque la tendrán los maestros que allí enseñan. Uno de los puntos de la lista de arriba habla de la educación financiera. Lo usaremos como ejemplo con una cuestión de apariencia técnica. Pensemos en una clase sobre qué es el tipo de interés. Parece un tema no sujeto a conflicto. Ahora imaginen dos profesores, uno que comienza su clase diciendo “hoy os explicaré lo que es el tipo de interés para que podáis maximizar vuestros ahorros” y otro que lo hace diciendo “si manejáis bien este concepto, evitaréis que os engañen los bancos”. Las fórmulas matemáticas que escriban en la pizarra serán las mismas… la idea que se lleven sus alumnos a casa no tendrá nada que ver.

Esto no quiere decir que los maestros lleguen cada día a clase pensando: “Hoy les voy a adoctrinar con…”. Los habrá más proclives a hacerlo; otros lo serán menos y preferirán centrarse en los contenidos y en ofrecer herramientas a sus alumnos para que estos piensen por sí mismos. Pero no es el tema de este artículo.

Probablemente, la mayoría de los profesores emplea el 80-90% del tiempo en el aula de forma similar, en el colegio más progresista y en el más conservador que podamos imaginar. Intuyo que, en ambos casos, la mayor parte de las clases se usa en enseñar a sumar o a poner bien las tildes. Tampoco es eso de lo que hablamos, sino de si los padres tienen algo que decir en el ideario de los centros a los que van sus hijos y de si ese ideario puede ser neutral.

Otro tema del que los periodistas sabemos muchísimo: la selección de contenidos. La relevancia que se le da a los temas, el espacio que se le otorga, el enfoque del titular, lo que se cuenta y lo que no, las fotos que acompañan al texto… a menudo son mucho más importantes que la información tratada. Se puede no mentir (en el sentido de no dar datos falsos) y dar una imagen completamente distorsionada de la realidad.

Pues lo mismo ocurre con los planes de estudio. Esos planes los establece el Ministerio, pero la aplicación práctica en el aula la deciden colegios y profesores. No nos hagamos trampa: cada uno, si fuéramos maestros, le daríamos más relevancia a aquello que creemos que la tiene. Y sí, eso también es ideología.

El papel de la religión

Un tema capital es el papel de la religión, una de las grandes trampas de nuestros progresistas y nuestros liberal-progresistas. Es una manipulación que se ha extendido mucho y que comparte una mayoría de la población, incluso muchos creyentes, probablemente en parte como respuesta al predominio que la Iglesia tuvo en la educación durante años. Me refiero a esa idea absurda de que si no hay religión en las aulas lo que allí se enseña es neutral. Pues no, el enfoque ateo o agnóstico de la vida es tan ideológico como el que pueda defender un protestante evangélico de los que interpretan la Biblia de forma literal.

Sé que esto les chocará a muchos ateos-agnósticos liberales, que tienen un largo camino por delante para salirse de su marco mental, porque llevan años viviendo en esa ficción de que lo suyo o no son creencias ¡o son ciencia! Los niños hacen millones de preguntas sobre temas morales y metafísicos: de hecho, para explicar algunas cuestiones, es casi inevitable tomar una postura al respecto. Pero sin añagazas, no hablar a los niños de Dios desde los 6 a los 18 años es una decisión ideológica tan respetable como leerles la Biblia cada día… pero igualmente cargada de subjetividad y creencias.

Es que incluso en lo más básico, el 2+2=4, hay ideología. No en la fórmula, pero sí en todo lo que rodea a la ecuación: si el profesor es más o menos exigente con los alumnos que fallan el problema, si manda más o menos deberes para casa, si usa un método más tradicional o más innovador de enseñanza… ¿Que ahí no hay ideología? Saquen el tema en casa en las próximas Navidades y ya verán si todas estas cuestiones son objetivas o es fácil llegar a un consenso.

¿Un acuerdo de mínimos?

Si no nos queremos hacer trampas, sólo hay una solución posible: un acuerdo general entre los grandes partidos para establecer un currículo de contenidos mínimos que sean realmente muy mínimos (lengua, matemáticas, contenidos básicos de historia y ciencias naturales, lengua extranjera y poco más) y que al mismo tiempo otorgue mucha libertad de acción a los centros, tanto públicos como privados (privados puros o concertados). Una libertad que alcanzaría a los contenidos pero también a las técnicas pedagógicas y a los niveles de exigencia.

Y todo esto unido a un formato tipo cheque escolar, que permita a los padres elegir centro.

Además, hay muchas maneras de aplicar ese famoso cheque escolar: por ejemplo, se podrían buscar fórmulas para equilibrar el porcentaje de alumnos desfavorecidos en los centros si se detecta que hay determinados colectivos que no tienen acceso a los colegios que pretenden sus familias.

Voy a copiar por segunda vez en dos días la cita de Víctor Lapuente para El País, aunque sólo sea para que quede claro que ese acuerdo es perfectamente posible.

Si comparas el sistema español con los de nuestro entorno, alcanzar un acuerdo para una educación más inclusiva es fácil. Bastaría con integrar de verdad a la concertada y la pública en una red de centros que compitieran entre sí por unos (idénticos) recursos públicos en pie de igualdad, sin el doping de las aportaciones de los padres. En este pacto todo el mundo cede. El Estado paga más por cada alumno a los colegios concertados y, a cambio, estos ponen en marcha mecanismos para evitar la segregación. Eso sí sería auténtica libertad educativa —de todos los centros para introducir los métodos pedagógicos que creyeran más efectivos y de todos los padres para elegir el mejor colegio para sus hijos sin pensar en el dinero—.

Para lograr este consenso, lo primero es señalar lo obvio: ideología tenemos todos, también los que dicen que con su dinero no quieren pagar aquello en lo que no creen… pero no nos dejan a los demás decir exactamente lo mismo.

Rebajas agresivas

Es habitual que los medios utilicen la expresión “rebajas agresivas” cuando aluden a campañas comerciales que reducen mucho los precios.

La palabra agresión remite a violencia, ofensa, provocación, ataque, lesiones. Pero nada de eso padecemos los que podemos comprar barato, algo que consideramos, con razón, una ventaja o incluso una bendición.

A veces se argumenta que sufren la agresión los competidores de quien acomete las rebajas, porque ellas los expulsan o pueden expulsarlos del mercado. Pero forzar a la gente a que compre más caro para proteger a los que no son competitivos difícilmente puede ser catalogado de plausible.

También se aduce en ocasiones que las rebajas son señuelos, en el sentido de que los compradores consumen porque sí, o incluso que los vendedores los manipulan y les crean necesidades que no son genuinas. Este argumento paternalista y afrentoso trata a la gente como si fuera imbécil.

Por fin, otra forma de retórica parecida a la de las rebajas agresivas es la de la “guerra de precios”. Cada vez que usted vea un titular en ese sentido se referirá a algo que debe de estar mal, porque “amenaza” a productores. El hecho de que siempre beneficia a los consumidores es por regla general ignorado.

El feudalismo peronista de Sánchez para Madrid

Armageddon is just a matter of time, tear down the voice of reason, let the arrows fly, your freedom is just a state of mind”. Gene Simmons.

Esta negociación de presupuestos muestra la aberración en que se ha convertido nuestra política. Unos presupuestos sin credibilidad, que duplican el déficit estructural y expolian a ciudadanos con más impuestos que nunca mientras se dispara el gasto político. Y, ¿qué negocian sus señorías? Aumentar más los gastos y expoliar a los ciudadanos. Ellos siempre gastan poco y usted gana mucho.

La última vileza es que un partido independentista, en vez de exigir una fiscalidad más atractiva para sus ciudadanos, exija peor fiscalidad para los demás. En este caso para los de Madrid. Separatismo centralista.

Las mentiras que se repiten sobre el inexistente “dumping fiscal” de la capital y el impuesto de sucesiones las hemos detallado en varias ocasiones (lean “No hay dumping fiscal”  y “así es el impuesto a la muerte“).

¿Armonización? Es una falacia. No van a armonizar nada. No se va a tocar -ni se debería- el concierto vasco ni el régimen de Navarra, no se va a tocar la fiscalidad especial de Canarias o de Ceuta y Melilla. El único objetivo es expoliar a los madrileños, y con ello también a los andaluces y murcianos, entre otros.

Por ahora se demuestra la visión extractiva y confiscatoria de Sánchez y sus socios de gobierno. Sus voceros repiten una y otra vez que el déficit no importa y la deuda no es un problema, y a la vez suben gastos improductivos e impuestos a todos. Identifican mayores impuestos con más recaudación y después, cuando los suben, se sorprenden de que recaudan poco y de que se dispare el déficit. Ni una sola partida de priorización, de mejora de eficiencia, de control de gasto innecesario.

El 2020 es el año donde usted y yo seremos expoliados fiscalmente hasta niveles nunca vistos mientras sufrimos una crisis sin precedentes cercanos y el gobierno multiplica asesores, gasto y desequilibrios.

A España se le ha concedido un espacio fiscal sin precedentes para crecer y crear empleo y lo están usando para poner más escollos a la creación de puestos de trabajo e inversión y aumentar sus redes clientelares.

Decía Sánchez hace unos años que quería extender el modelo de la Junta de Andalucía del PSOE a toda España, y eso es lo que está haciendo. Pedro Sánchez puso en julio de 2014 como modelo el socialismo andaluz para “cambiar España”, “exactamente igual que hicieron desde Andalucía, hace ya 40 años, otros jóvenes intrépidos socialistas”. Y lo está haciendo.

Pero no le echen la culpa a Gabriel Rufián del despropósito fiscal de la semana. Rufián solo predica a su elector, y la demagogia anti-Madrid es perfecta para esconder la realidad del desastre que han creado en Cataluña con sus veleidades separatistas, aumentos constantes de impuestos y empeoramiento de la seguridad jurídica.

Este plan de expolio y centralismo tributario que solo permite autonomía para gastar más y subir impuestos está en el programa de Sánchez desde hace años. Va en contra de un verdadero sistema autonómico, que es tener más responsabilidad sobre los gastos y mayor autonomía en política fiscal.

Sánchez no busca un modelo autonómico real y eficaz, sino un modelo semifeudal peronista de provincias donde se rinda pleitesía al gran “repartidor de favores” central, Sánchez, se multiplique el peso administrativo y solo funcionen para subir impuestos.

Lo único que hace Sánchez es, de nuevo, poner como responsable mediático de sus veleidades intervencionistas a otro, sea Iglesias, Rufián, Bildu o el PNV, y presentarse como resignado estadista de voz suave y tono melifluo que solo hace lo que le obligan. Pero su intención la dejó muy clara en octubre de 2019 cuando anunciaba “armonizar” impuestos sin pestañear.

¿Por qué ocultan que el ataque va orientado solo a Madrid? Algunas comunidades, incluidas algunas gobernadas por o gracias al PSOE, han aplicado las rebajas fiscales de la Comunidad de Madrid, pero ni ERC ni el Gobierno las acusan de “dumping” ni dicen nada: Extremadura, Cantabria o Castilla-La Mancha tienen la misma fiscalidad o similar a Madrid en Sucesiones.

Armonizar (para Sánchez) es subir impuestos. Y no a los ricos. Además, no financia sanidad ni educación. Supone anular la posibilidad de que las comunidades de régimen común puedan aplicar una política fiscal propia en los impuestos estatales que tienen cedidos. Convierte a las autonomías en entes que solo pueden subir impuestos.

Es un centralismo socialista fiscal obligatorio para todas las Comunidades Autónomas excepto aquellas a las que el ejecutivo de Sánchez aumenta sus excepcionalidades si se portan bien y le apoyan.

De nuevo, supone aumentar las diferencias regionales por adhesión política al avanzar y aumentar la autonomía fiscal de Cataluña, País Vasco y Navarra, mantener los sistemas excepcionales de Ceuta, Melilla o Canarias y, eso sí, expoliar a los madrileños (y con ello a muchos otros).

La falacia de que esto le afecta solo a los ricos se desmonta con los datos. La inmensa mayoría de los damnificados por el Impuesto de Sucesiones, más del 90%, son familias de clase media atacadas por brutales recargos y valoraciones catastrales falsas que convierten a personas de clase media en “grandes patrimonios” con tasaciones infladas, según la plataforma Stop Impuesto de Sucesiones.

Un ejemplo. Un hijo que heredase bienes y derechos por importe de 160.000 euros (incluyendo vivienda habitual), pasaría a pagar un impuesto de 2.220 euros por un activo no líquido y probablemente invendible en muchos casos.

Los hogares madrileños pagarían 2.001 euros de impuestos más al año si vivieran bajo las normas fiscales que impone la Generalitat catalana y que ha supuesto desplazar talento, inversión y empleo a otros países cercanos, como Portugal o Italia, países con una fiscalidad más atractiva, no solo “a Madrid”.

El socialismo, en vez de defender a los ciudadanos de las comunidades autónomas que sufren el impuesto de sucesiones y patrimonio, solo busca hundir a los que no lo sufren. Esa es la verdad del socialismo.

España es un infierno fiscal para el ahorro. En la mayoría de Europa el Impuesto de Sucesiones es residual o inexistente y no se suma a los altos impuestos al ahorro. Y donde se aplica, es mucho menor. España aplica el segundo tipo más alto en Sucesiones de la Eurozona. Aquí se tributa hasta el 34% de la herencia; en la Eurozona, no llega al 12%.

El Impuesto de Patrimonio sólo existe en España. No se aplica en ningún país de la Unión Europea y somos el único país de la OCDE en el que este impuesto se añade al resto de cargas sobre el ahorro. Noruega, Suiza y Holanda son los únicos países de la OCDE que lo mantienen, pero -ojo- sustituye a otro tributo, no se suma a los altos impuestos al ahorro e inversión que ya tiene España, que es lo que pretende Sánchez.

Usar “solo” sucesiones esconde la lista de impuestos adicionales que penalizan el patrimonio. Si sumamos el Impuesto de Patrimonio, el Impuesto de Sucesiones y Donaciones, el Impuesto de Transmisiones Patrimoniales, el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados y el Impuesto de Plusvalía Municipal, encontramos que España recauda el 1,5% del PIB por este concepto (Eurostat 2017).

La media comunitaria es mucho más baja: no llega al 1% del PIB. Y en 2019, cuando se ha eliminado el impuesto de Patrimonio en Francia, España quedó como el único país de Europa que lo mantiene.

Es, además, confiscatorio: la rentabilidad de los activos es menor que lo que se paga por mantener el patrimonio (en Extremadura el tipo máximo es del 3,75%, muy superior a los tipos de interés actuales y la rentabilidad media de los activos).

No solo es así, sino que el sistema de valoración en España (inflando el valor catastral) lleva a pagar unos impuestos exagerados sobre una cantidad completamente desligada del valor de mercado. La diferencia entre valor catastral y precio de mercado ‘infla’ impuestos a inmuebles hasta un 30%, según la Asociación Profesional de Expertos Inmobiliarios (APEI).

En 2007 se renunciaba a 3,4 herencias de cada cien. En 2019, la cifra aumentó a diez de cada cien, según datos del Colegio de Notarios. La principal causa es la imposibilidad de pagar los impuestos. Todo un expolio a familias.

El estado carga impuestos excesivos, inflados y confiscatorios, los ciudadanos renuncian a la herencia, la Comunidad Autónoma se queda el inmueble, lo subasta y ¿quién lo compra en subasta con descuento? Los ricos. Es fabuloso el expolio. Toda una redistribución negativa.

La Comunidad de Madrid recaudó por grandes impuestos (IRPF, IVA, e IIEE) 84.431 millones de euros en 2018, pero la mayoría se queda en la caja común. Madrid sólo recibe el 22,6% de lo que recauda y más de 65.000 millones de euros se van a financiar otras administraciones.

Madrid ha sido capital de España desde 1561 y, pese a la centralidad de siglos pasados, solo en los últimos años ha liderado el crecimiento económico y la creación de empleo en España. Cataluña, motor de crecimiento y riqueza durante décadas, ha sido devastada por el separatismo y las veleidades independentistas añadidas a una fiscalidad confiscatoria y sus políticos quieren culpar de su declive a los demás.

El hecho de que en la Comunidad de Madrid se encuentren las sedes de algunas grandes empresas no genera mayores ingresos a las arcas regionales porque las empresas tributan por el Impuesto sobre Sociedades (que corresponde en su totalidad al Estado), sólo se repercute por IRPF a la Comunidad de Madrid lo correspondiente a la gente que vive en la región. Iberdrola, Mercadona, Inditex y tantas grandes empresas españolas tienen sus sedes en otras regiones.

Impuestos atractivos, mayor recaudación

Un contribuyente medio madrileño con rentas de 20.000 euros al año se ha ahorrado más de 69.000 euros en impuestos, el equivalente a más de tres años de sueldo. El 85% del ahorro fiscal ha correspondido a rentas inferiores a 60.000 euros, y de esa cantidad, el 73% a rentas inferiores a 33.000 euros.

En diez años, la Comunidad de Madrid ha rebajado el IRPF un 25% a las rentas más bajas y un 2,3% a las más altas. Con impuestos más atractivos, recauda más y además es la Comunidad más solidaria. En el periodo 2009-2018 (desde que se aprobó el actual Sistema de Financiación Autonómica), la aportación de la Comunidad de Madrid ha sido de 31.672 millones de euros, casi tres veces la de Cataluña (11.169 millones).

El objetivo de Sánchez con su programa de expolio fiscal no es el crecimiento ni el empleo, si fuera así aplicaría una fiscalidad atractiva en toda España, ni mucho menos la armonización ya que pretende aumentar las diferencias de algunas regiones según su adhesión política. Su único objetivo es el expolio fiscal a familias y ahorradores para mantener un sistema clientelar y extractivo.

No financia estado de bienestar, ni educación, ni sanidad. Con un déficit de más de 94.000 millones en 2021 y una recaudación que sufre por los altos impuestos, que expulsa talento, inversión y empleo. Lo único que hace es extender un sistema fiscal confiscatorio que ataque al ahorro y la inversión para aumentar el férreo control gubernamental, aunque perjudique a los ciudadanos.

La propuesta de Sánchez con ERC es, además, inconstitucional y va contra las normas de fiscalidad. Un impuesto no se fija porque el gobierno considere que recauda poco, y no se puede permitir la sustitución de un impuesto por otro exactamente igual pero más oneroso simplemente por voracidad recaudatoria.

No se construye un estado de bienestar penalizando el ahorro y la inversión y premiando el despilfarro y el endeudamiento improductivo. Así es como se destruye.

El objetivo del socialismo nunca es el progreso, es el control, y por eso no duda en prender fuego al bosque siempre que le permita quedarse como rey de las cenizas.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo (LI): Estado, justicia y división de poderes

La propuesta del Gobierno de España de reformar el sistema de elección de los órganos de gobierno de los jueces ha abierto un debate, más superficial que profundo, sobre el respeto a la división de poderes y sobre el grado de independencia que deberían tener los jueces en un Estado democrático. Ambas partes comparten una misma visión, la de que la justicia debe estar de una forma u otra influida por la parte política del Estado, esto es, partidos, parlamento y Ejecutivo. En lo que difieren es en el grado de control que debe tener y si este debe corresponder casi en exclusiva al partido o partidos mayoritarios o si debe estar compartido con las principales fuerzas de la oposición. De hecho, es más una lucha de poder dentro de la facción política del Estado que una lucha entre estos y los jueces, aunque estos tengan aún algo que decir al respecto. Los jueces en los Estados democráticos modernos hace ya tiempo que están sometidos al control político, y sólo de conseguir la total autonomía en la elección de sus órganos podríamos decir que han conseguido una mejora en su posición relativa.

Por pura lógica política es normal que partidos y políticos quieran controlar a la judicatura. Como ya vimos, los distintos grupos que componen la estructura del Estado luchan y compiten políticamente entre sí, de forma permanente, por el control de lo que Oppenheimer denomina medios políticos. Operan en un medio anárquico y, por lo tanto, necesitan de pactos entre sí para que el Estado pueda funcionar, pero al operar en un entorno en el que la capacidad de obtener recursos está limitada a la capacidad de extracción de los mismos del resto de la sociedad, en muchas ocasiones sus relaciones son de suma cero, esto es, el poder que uno obtiene es a costa del poder de otros. Cualquier cesión de uno de los grupos es para incrementar el poder de otros, con el límite crítico de que la coalición se deshaga y pierdan todos.

Los políticos necesitan jueces independientes en buena medida como forma de legitimación del sistema político democrático, de tal forma que pueda existir la imagen de una división de poderes y de un ente que controle las desviaciones de poder de los gobernantes. Además, sirve como garantía para los integrantes de la clase política que estén en ese momento en labores de oposición para que sus derechos no sean vulnerados. Pero tampoco les interesa que la autonomía de los jueces sea total, pues de serlo estos podrán neutralizar sus políticas (como bien aprendió Roosevelt en el New Deal) o bien incluso destituirlos o inhabilitarlos para su función, como ocurre con frecuencia en muchos países del mundo. Incluso en algunos casos se ha llegado a hablar de golpes de Estado judiciales, algo perfectamente posible pues, como sabemos, el golpe de Estado se produce cuando una facción del Estado se enfrenta a otra. Algunos acontecimientos recientes sucedidos en Brasil no habrían sido posibles sin la participación, entre otros, del juez Moro, luego ministro de Bolsonaro, que contribuyó al apartamiento del poder de Dilma Rouseff y a la inhabilitación de Lula da Silva. Además, una justicia plenamente independiente podría crear un grupo de jueces casi irresponsable, pues no habría poder externo capaz de controlar sus funciones y podríamos caer en una suerte de despotismo judicial. Recordemos que los jueces, por lo menos en nuestro país, cuentan con una enorme autonomía. En primer lugar, porque controlan el acceso a la carrera judicial, esto es, deciden quién puede ser juez y qué requisitos debe tener. En principio está restringido a titulados en Derecho, algo que habría que explicar con calma, porque no se de dónde se deduce que un titulado en Derecho tenga necesariamente  que ser capaz de juzgar mejor que un psicólogo, por ejemplo, sobre determinadas conductas antisociales, o incluso que un economista o un administrador de empresas sobre determinados “delitos” económicos como los derivados de las políticas antitrust.  De la misma forma que un juez jurista recibe apoyo técnico de especialistas jueces de otras áreas de conocimiento, podrían tener apoyo de juristas en casos complicados. Circunscribir la profesión a unos determinados estudios tiene bastante de corporativismo, con el problema de que prima la racionalidad jurídica sobre otras racionalidades, que bien podrían enriquecer la profesión. Pero además de restringir el acceso, los órganos corporativos de gobierno de los jueces son los que establecen los criterios de acceso a la función judicial, esto es, establecen cuáles son las formas en que se puede acceder (examen, práctica profesional, etc.) y en cualquier caso determinan cuáles deben ser los contenidos prácticos o teóricos de dichos requisitos. La carrera habitual de juez prima la capacidad de realización de exámenes sobre cualquier otro considerando, sin tener en cuenta que habilidades no demostrables delante de un tribunal pueden ser tan importantes como la capacidad memorística o de redacción. Muchas profesiones de prestigio y de alta responsabilidad no son seleccionadas por examen o sólo por examen, sino por el desempeño del puesto. Y, por supuesto, así debería ser también en la judicatura. El examen, con su origen en el mandarinato chino, es una forma supuestamente objetiva de selección, siempre y cuando se tuviesen en cuenta otros valores imposibles de medir con una prueba de selección. Por otra parte, la mayoría de los contenidos de las pruebas son de carácter jurídico-legal, y se podría echar en falta destreza en otras áreas de conocimiento relevantes para su función, entre ellas la de evaluar las consecuencias que para la economía, la salud o cualquier otro área relevante de la vida social puedan tener sus decisiones. Algunas sentencias, con razonamiento jurídico impecable, han arruinado sectores enteros (pensemos en las sentencias sobre hipotecas o cláusulas suelo), sin que parezca en ocasiones importarles mucho.

Es pues probable que jueces formados de forma semejante y fuertemente corporativizados no sean los mejores jueces (valga la redundancia) de sí mismos, y que tiendan a elegir entre ellos a los que mejor se adecuen a sus propios valores. Otras profesiones también relevantes no escogen a sus representantes ni a sus órganos de gobierno, y no tiene por qué pasar nada grave, salvo que se proponga que todas las profesiones lo hagan. En última instancia es un problema de responsabilidad, pues en caso de una mala praxis y de llegar el caso de un conflicto, unos jueces absolutamente independientes sería juzgados por compañeros con los que no es raro que tengan alguna relación (buena o mala) y, por tanto, su neutralidad puede verse alterada. Sería necesario algún tipo de control externo también en esta profesión. La justicia no estatal allí donde existió no tenía este tipo de problemas, pues era externa al poder político y operaba habitualmente en un marco de libre elección. En la llamada justicia de cadí, como la describe Weber, el juez usualmente era una persona altamente respetada por sus conocimientos, recto juicio, nobleza o santidad, y operaba de forma independiente al poder político, y sus veredictos eran acatados por las partes debido precisamente a su reputación de ecuanimidad. Los criterios de justicia no venían pautados por normas o procedimientos escritos, sino que se confiaba en el buen criterio del juez, que responde con el prestigio de sus sentencias De ser sus sentencias venales o parciales perdería su reputación, y con ello la propia capacidad de ejercer de juez. No dudamos que este modelo no haya estado sujeto a corruptelas o fraudes, como cualquier otra actividad comercial, pero los incentivos funcionan y mucho en contra de tales prácticas. De hecho, la propia posibilidad de escoger al juez (o bien como en el oeste americano preestatal, que cada parte escoja a uno y haya un tercer juez escogido por consenso) y que este no opere obligatoriamente de forma monopolista contribuye a mejorar la calidad de las sentencias. Es más, que el juez sea ajeno al poder estatal contribuye mucho a la limitación del poder del mismo, puesto que los agentes estatales podrían pasar por actores que estos no pueden controlar fácilmente, y de hacerlo supondría una gran pérdida de reputación para ambos. A su vez, los jueces verían limitada su discreción o su venalidad por el propio sistema de competencia que faculta a las partes a hacer uso de otros de ser menester. En el caso de crear algún tipo de órgano de control de los jueces dentro del propio aparato del Estado, sea en el Ejecutivo, sea en el legislativo, se corre el riesgo de que ese órgano se acabe subordinando a la propia legislatura y elimine lo que se pretendía establecer, el principio de una justicia independiente.

Otra cuestión que puede plantearse es como se garantizaría la ejecución de una sentencia en una supuesta sociedad de propiedad privada. Antes de analizarlo debemos tener en cuenta que incluso en una sociedad con justicia estatal no hay ninguna garantía de que las sentencias sean cumplidas, y más si afectan a alguna de las otras ramas del Gobierno. Creo recordar que el presidente Jackson de los Estados Unidos se negó a cumplir una sentencia judicial, y los jueces no pudieron hacer nada al no tener un aparato coactivo a sus servicio. Y sin llegar a este extremo es bien sabido que existen decenas de sentencias judiciales durmiendo el sueño de los justos, haciendo honor al viejo lema de los virreyes españoles de Indias, aquello de “acátese pero no se cumpla”. Si eso ya es así en una sociedad estatalizada, cabría pensar que en una sin esta cualidad la ejecución de las sentencias sería mucho más difícil. Es cierto que se podrían dar problemas, sobre todo al no estar acostumbrados a este modelo, pero en cualquier acción judicial ya partiríamos con el a priori de que no existen instituciones monopolistas que se encarguen de tal función y, por tanto, se haría necesario idearlas. De hecho, haciendo arqueología intelectual, podemos ver cómo se resolvían los conflictos judiciales en estas situaciones. Por ejemplo, en caso de que una de las partes no tenga los medios para hacer cumplir las resoluciones, algunos pueblos antiguos recurrían a la venta del derecho a alguien que sí contase con los medios de hacerlas cumplir. Algo semejante hacemos a día de hoy cuando vendemos una deuda a una agencia encargada de cobro de morosos o alquilamos sus servicios.  También pueden ser usados mecanismos diversos de exclusión social al incumplidor. Las viejas técnicas de marcado, propias de la justicia antigua, podrían ser usados en casos así usando los modernos medios informáticos. Es de prever que en una sociedad sin justicia penal estatalizada no todos los delitos se castigarían como ahora con penas de prisión, pues no todos los delitos implican igual riesgo de daño físico para el resto de la sociedad. No es lo mismo un asesino que un estafador por internet, por ejemplo, y mientras que el último podría resolver su caso con restitución o castigo pecuniario, del primero si que podría discutirse la privación de libertad. No soy penalista ni experto en ética, por lo que no me atrevo a ponderar cuáles deberían ser las penas apropiadas a cada delito. No sé si sería admisible algún tipo de trabajo forzoso para financiar la restitución del daño. No es imposible técnicamente y resolvería muchos problemas de financiación del sistema penal, por lo que el debate vendría de si es admisible éticamente o no.

Lo que sí sé es que existen muchas formas factibles de hacer justicia sin hacer uso del Estado, y más con la tecnología actual. Muchas de ellas se han usado y se usan para estos menesteres, por lo que el debate no es de factibilidad sino de legitimidad en su uso. Y por aquí debería discurrir el debate.

La ley de Lucas Beltrán del sector público

Hay libros que, de vez en cuando, te sacan una sonrisa, te inquietan, te producen terror o te hacen reír. El libro de Carlos Rodríguez Braun publicado por LID Editorial, Diccionario Incorrecto de la Nueva Normalidad, genera todas esas reacciones en el lector.

Se trata exactamente de eso: un diccionario, escrito en clave irónica, en el que se explica el nuevo significado de términos económicos, se esbozan semblanzas de personajes como Barbra Streisand o los Clinton y se explica la función de organismos tan importantes como la ONU o el Banco Central Europeo. No espere corrección política, no la hay.

Pero, además de una sonrisa, me ha producido una enorme nostalgia encontrarme con la Ley Lucas Beltrán, cuando he llegado a los términos “sector privado” y “sector público”. Lucas Beltrán fue un importante economista catalán, liberal, al que tuve la suerte de conocer en sus últimos años de vida.

Quienes le trataron, además de por su compromiso con sus ideas, le recuerdan por ser una buena persona. La Ley de Lucas Beltrán es la siguiente: se llama sector privado a lo que es controlado por el sector público y se llama sector público a lo que no es controlado por nadie.

Así es. Nos hemos acostumbrado a que los medios informativos nos cuenten el impacto de la subida del IVA en el cultivo de la remolacha, los problemas relacionados con las viviendas de protección oficial, el fracaso del plan de ayudas al jamón ibérico, la propuesta de rescate de Abengoa, o que como recuerda el sindicalista Pepe Álvarez, “el Gobierno no ha tenido capacidad de gestión en la crisis del coronavirus”.

¿Quién controla la eficiencia y la limpieza de la gestión pública? Existen tapaderas, comisiones, pantallas reflectantes que nos distraen, pero la verdad es que no lo contrala nadie. La Ley de Lucas Beltrán en España es implacable.

Las consecuencias son devastadoras desde muchos puntos de vista: el deterioro del estado de derecho y la pérdida económica son dos de los efectos más importantes de la ausencia de lo que los anglosajones llaman accountability y que se suele traducir por rendición de cuentas.

La Escuela de la Elección Pública ha estudiado profusamente los problemas derivados del mal funcionamiento de las instituciones públicas y privadas por esta causa. Es lo que se conoce como el problema de la agencia o del principal agente. Básicamente se llama principal a la persona o institución que encarga una misión a un agente, que, a su vez, puede ser una persona o una institución. La manera de que los incentivos perversos por parte del agente sean minimizados es una de las cuestiones estudiadas por esta corriente de pensamiento económico.

Por ejemplo, los estudiosos del sector público analizan si la privatización en la provisión de determinados bienes y servicios a la ciudadanía generan incentivos peores o mejores que la provisión de éstos por la administración pública.

La transparencia, los términos del contrato, y otras cuestiones son fundamentales a la hora de evitar comportamientos indeseados. Un paso más allá en estos estudios nos lleva a considerar la aparición de organismos especializados en velar por la eficiencia del desempeño de los agentes, se trata de los fórums, un conjunto de instituciones más conocidos como reguladores. Quién no se ha planteado siguiendo esta línea argumentativa quién vigila al vigilante, a fin de cuentas.

Pero mi planteamiento no es exactamente ese. Yo sitúo a la ciudadanía, a los pagadores de impuestos que mantenemos a los gestores públicos, como el principal. Nosotros delegamos en el Gobierno, que actúa como agente, la provisión de defensa, seguridad, justicia y todo lo que prometieron en su programa electoral. Existen, además, unos “reguladores” que deberían vigilar el desempeño de los gobernantes desde diferentes puntos de vista: se aseguran de que son económicamente eficientes, dicen la verdad, cumplen la Constitución.

La Ley de Lucas Beltrán nos recuerda que esos fórums, esos vigilantes del sector público, no funcionan. Existen nominalmente y nos cuestan mucho dinero, porque tienen un organigrama abultado, y hacen como que hacen muchas cosas. Incluso instituciones como el Tribunal de Cuentas, que presenta informes alarmantes y denuncia atropellos en las cuentas públicas, ve su labor menoscabada por el poco caso que se hace de sus recomendaciones. ¿Por qué no ahorrarnos el dinero de la impostura?

Pero, como hacen los estudiosos de la elección pública, hay que responder con sinceridad a varias preguntas para poder entender el fenómeno que reflejaba magistralmente el profesor Lucas Beltrán en su ley.

¿Por qué el principal, es decir, los ciudadanos, mostramos una especie de apatía colectiva a la hora de pedir responsabilidades a nuestro agente, es decir, las administraciones públicas? ¿Por qué manifestamos una preocupante indiferencia ante la nula efectividad de los vigilantes del agente, a pesar del sangrado presupuestario que suponen? Y, sobre todo, ¿cómo hacer para solucionar la disonancia cognitiva fruto del conflicto entre nuestro comportamiento y nuestras creencias, más allá de la justificación del vampirismo gubernamental?

Los expertos dicen que, para amortiguar la disonancia cognitiva, o bien se modifican las creencias, o bien se modifican la actitud y el comportamiento. En este caso se trata de una actitud terriblemente irresponsable. ¿Estamos los ciudadanos preparados para asumir la responsabilidad de nuestra desidia? ¿O preferimos delegar la vigilancia en partidos políticos que miran por sus propios intereses, digan lo que digan, y ondeen la bandera que ondeen? ¿Exigimos que se dote de verdadero significado a esas instituciones que velan por el buen funcionamiento de la democracia o solamente nos quejamos? ¿Le damos importancia a estas cuestiones?

La negligencia en la vigilancia de la libertad y la ausencia de mirada crítica a quien, en realidad, está a nuestro servicio, explica que seamos tan buenos justificando el abuso de poder al que somos sometidos, el expolio económico que padecemos desde hace lustros, exactamente igual que las personas dependientes justifican las relaciones vampíricas que sufren. Al sector público no lo controla nadie y por eso hace lo que hace: porque puede.

Hayek nació en Austria y también fue economista austriaco

Últimamente, me intereso mucho más por lo más filosófico de la economía, esto es, campos como la metodología o epistemología. En ese sentido, he podido encontrar una gran variedad de textos y posiciones dentro de la economía austriaca, todos ellos, además, de gran profundidad. El mismo Rothbard (1971) confirma nuestra idea cuando dice que la Escuela Austriaca se ha considerado a sí misma, desde sus inicios, una escuela filosófica que ha centrado muchos de sus esfuerzos intelectuales en la epistemología y la metodología de la ciencia económica, a la vez que otros muchos economistas ni se planteaban la cuestión. Y es que, en realidad, es raro encontrar a un economista austriaco que no haya escrito sobre metodología. Todos tienen algo que decir, por mínima que sea su originalidad.

Teniendo tantos pensadores escribiendo sobre la materia, es prácticamente imposible que no haya discrepancia entre todas las posiciones. Para la Escuela Austriaca,  ya conocemos muchos de los debates internos; de aquellos autores que quieren unirla y aquellos que pretenden la “deshomogeneización” entre determinados pensadores (véase Salerno (1993)). Por mi parte, encuentro mucho más fructífera la unión de autores y la mezcla de aquellas teorías acertadas que tiene cada uno, más aún, si unas permiten corregir fallos en otras y, por tanto, mejorarlas. Por supuesto, muchos argumentarán que por qué hemos de contar con ciertos autores para la Escuela Austriaca si ni siquiera podemos considerarlos austriacos. He ahí que la primera cuestión que debemos resolver es: ¿qué caracteriza a un economista como austriaco?

Recientemente, mi amigo Eduardo Blasco escribía un artículo en su sección planteando la cuestión de si Hayek podía ser considerado austriaco o no. Blasco enumeraba las características que para el profesor Huerta de Soto convertían a un economista en austriaco, destacando posteriormente que Hayek no cumplía con dos de ellas, siendo la más relevante su rechazo a la praxeología como método para la ciencia económica. Si consideramos que la praxeología es el elemento diferenciador de la Escuela Austriaca, es lógico concluir que Hayek no debería ser considerado austriaco, estrictamente hablando. Sin embargo, me gustaría reconsiderar esa norma, puesto que creo que no termina de ser precisa.

Por un lado, la Escuela Austriaca nace antes de que lo haga la praxeología como tal. Por tanto, debe haber algo previo a la praxeología que hiciese que economistas como Menger o Wieser se diferenciaran del resto de economistas. En este caso, y de acuerdo con Selgin (1990), ese elemento diferenciador es la defensa de la existencia de leyes universales y necesarias en economía, en contra de aquellos que abogaban por una ciencia económica de leyes contingentes (por ejemplo, historicistas alemanes). Por su parte, White (1977) enfatiza que el elemento diferenciador es el subjetivismo, que es común a todos aquellos que se dicen austriacos. He de decir que ambos requisitos, por sí mismos, no me parecen suficientes. Sin embargo, creo que juntos sí nos permiten reconocer si un economista es austriaco o no. ¿Por qué? Pues porque, si nos fijáramos solo en la defensa de las leyes universales, podríamos considerar austriacos a economistas como Frank Knight, que si bien defiende un método axiomático deductivo, plantea de igual manera una teoría del capital muy alejada del subjetivismo y que, por ello, ha sido intensamente criticada por austriacos. De la misma manera, podríamos entender que cualquiera que defienda el subjetivismo, incluso aquel que niega la existencia de una realidad o verdad, podría ser austriaco. Menger, como iniciador de esta escuela, destacó por defender la existencia de leyes exactas y entender los fenómenos económicos subjetivamente: ¿dejaría de ser plenamente austriaco por no haber abogado explícitamente un método axiomático deductivo o la praxeología como tal? ¿Cuáles son los fundamentos de la praxeología sino la defensa de la existencia de leyes exactas y una visión subjetivista de la acción humana?

Hayek es un claro defensor del subjetivismo y también lo es de la existencia de leyes exactas. En su polémico paper “Economics and Knowledge”Hayek (1937) no rechaza la praxeología de lleno, simplemente considera que es insuficiente para tratar todo el contenido de la ciencia económica. Y esto es algo que los propios praxeólogos comparten. Por ejemplo, Mises especifica que para hacer teoría económica es necesario recurrir a subsidiary axioms (término empleado por Rothbard), como las teorías de la ley de asociación de Ricardo o la desutilidad del trabajo, que no son a priori, sino que se derivan de la experiencia (Mises, 1998). Es más, extremo-aprioristas como Rothbard justifican epistemológicamente el axioma de la acción en la observación, en una experiencia amplia (él se refiere a inner experience)distinta a la de laboratorio característica del empirismo, pero que sigue siendo experiencia igualmente (Rothbard, 1952).

Hayek defiende la existencia de teorías que no son refutables por la experiencia sensible, sino que dependen de su consistencia lógica, es decir, se vuelven a priori (Hayek, 1952). El problema con Hayek tiene que ver con sus consideraciones acerca del rol de la praxeología en la economía; es decir, de las limitaciones de la praxeología. Razón no le falta cuando considera que la cuestión del conocimiento disperso y la coordinación no pueden abordarse de manera apriorística, sino que son cuestiones empíricas (Hayek, 1937). Para Hayek, la situación de equilibrio, que es una construcción imaginaria que nos permite elaborar teorías económicas, solo es posible si los individuos se coordinan. Sabemos que la coordinación es algo que no podemos asegurar a priori, sino que es necesario observar cómo los individuos, haciendo uso de su conocimiento disperso, son capaces de actuar en función de complejas instituciones y mecanismos para que finalmente alcancen la coordinación. Por tanto, para poder suponer el equilibrio en economía, necesitamos de conocimiento a posteriori, empírico; las implicaciones a priori derivadas del axioma de la acción no son suficientes, en palabras de Hayek.  

Sin embargo, Hayek se equivoca al confundir la noción de equilibrio con la cuestión de la coordinación, llevándole esto a afirmar tan rotundamente que la ciencia económica es totalmente empírica. Selgin (1990) resalta el error de Hayek en un brillante ensayo que considero la mejor defensa actual de la praxeología y del método austriaco que he leído hasta el momento. Selgin deja claro que es un error considerar equilibrio y coordinación como equivalentes, tal y como hace Hayek, y afirma que suponer la tendencia equilibradora sí es posible mediante el exclusivo empleo de conocimiento a priori, esto es, deducido lógicamente del axioma de la acción. Subsanado este error, creo que Hayek, de acuerdo a sus escritos, no tendría nada que objetar al uso de la praxeología en economía.  De esta manera, salvaríamos el inconveniente que le impide convertirse en economista austriaco a ojos de muchos, tanto defensores como detractores de la praxeología, pues también hay muchas personas que buscan la deshomogeneización de Hayek para convertirlo en puro empirista.

Si acaso, como último punto, quedaría por tratar otra acusación vertida contra Hayek en referencia a su concepto de orden espontáneo. No obstante, prefiero reservarla para mi próximo artículo a fin de evitar extenderme en exceso hoy. Por el momento, nos quedamos con la idea de que Hayek sí debería ser considerado economista austriaco en función a los requisitos de (1) subjetivismo y (2) creencia en leyes exactas en los fenómenos humanos.

Referencias

Hayek, F.A. (1937). Economics and Knowledge. Economica, 4(13), 33-54.

Hayek, F. A. (1952). The Sensory Order: An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. The University of Chicago Press.

Mises, L.v. (1998). Human Action: A Treatise on Economics. Ludwig von Mises Institute.

Rothbard, M. N. (1956). In Defense of “Extreme Apriorism”. Southern Economic Journal 23: 315-318.  

Rothbard, M. N. (1971). Ludwig von Mises and the Paradigm of Our Age. Modern Age, 370-379. 

Salerno, J.T. (1993). Mises and Hayek Dehomogenized. The Review of Austrian Economics, 6(2), 113-146.

Selgin, G. A. (1990). Praxeology and Understanding: An Analysis of the Controversy in Austrian Economics. Ludwig von Mises Institute.

White, L.H. (1977). The Methodoloy of the Austrian School Economists. Center for Libertarian Studies.

Shelby Steele contra el “pensamiento poético”

Un año después de la creación del movimiento Black Lives Matter, Michael Brown moría tras el disparo de un policía. Es una historia como tantas otras, pero esta causó un enorme revuelo en los Estados Unidos. No era Michael Brown, ni era Darren Wilson; se trataba de todos los negros del país, víctimas de todos los policías blancos. Aquel agosto de 2014 queda para la historia social de los Estados Unidos. Las protestas por la muerte de George Floyd han llegado a tanto por el antecedente de Brown, y por la polarización política en el mandato de Donald Trump. Cualquier historia sobre la politización de las relaciones entre razas en los Estados Unidos tendrá que pasar obligatoriamente por los acontecimientos que desembocaron en la muerte de Michael Brown.

Los medios de comunicación lo hicieron en su momento. Hoy, Michael Brown es una referencia en los departamentos de documentación de los medios, un punto de partida para los analistas, una encrucijada para estudiosos de toda laya. Uno de ellos es Shelby Steele. Licenciado en Ciencia Política y en Sociología, es la encarnación de la evolución de muchos negros en los Estados Unidos. Su abuelo paterno nació esclavo en Kentucky. Su padre fue camionero, y su madre trabajadora social. Su hermano gemelo Claude tiene una brillante carrera universitaria.

El interés de Steele por el caso de Brown es fácil de entender. Es un experto en la comunidad negra en los Estados Unidos y le ha dedicado varios libros. El último se titula White guilt: how blacks and whites together destroyed the promise of the civil rights era. Su obra sobre el joven negro no es un libro, sino un documental basado en su investigación del caso, y dirigido por su hijo, Eli Steele. Busca dar respuesta la pregunta ¿qué mató a Michael Brown? Pues así se llama el documental: What killed Michael Brown?

No parece una pregunta pertinente, ya que sabemos cuál es la respuesta: el racismo institucional mató a Michael Brown. Darren Wilson sólo apretó el gatillo. ¿Cuántas veces se habrá impuesto una fábula conveniente a la ideología del momento y que nada tiene que ver con la realidad? Aquí está Disidentia para dar testimonio de multitud de ejemplos. Y este es uno más.

De hecho, para Steele, “Michael Brown representa, más incluso que Trayvon Martin, Freddie Gray y otros, la distorsión de la verdad, de la realidad”. Brown, se dijo y se dice, ha sido “ejecutado”, “asesinado”. Su caso fue, dice Steele y recoge Jason Riley en un artículo en el WSJ, “un apabullante ejemplo de la verdad poética, de las mentiras que una sociedad puede asumir en la búsqueda del poder”. En el “microcosmos” de las relaciones entre razas, dice Steele, “la verdad no tiene ninguna opción. Está sofocada por las políticas de victimización”.

Su documental revive los hechos, acude a las pruebas forenses, a los atestados policiales, a las consideraciones del jurado, y todo indica que Darren Wilson no se saltó la ley, que actuó siempre dentro de ella. Y que su comportamiento entra dentro de los protocolos de la policía, y se explica por ellos y las circunstancias del caso, sin la necesidad de añadir una animadversión racial de la que no hay pruebas.

Steele también revisita Ferguson, la ciudad que vio nacer y morir a Brown. Una ciudad anegada por la solidaridad del movimiento negro, y tocada por la varita de las políticas progresistas que iban a elevar a la comunidad negra por encima de su realidad de 2014. Pero el autor no ha encontrado nada de eso. El crimen está en alza (en un país en que el crimen desciende), las casas por tanto valen menos, y la educación produce hoy la misma desesperación que entonces.

Amazon Prime, que iba a incluir este documental en su catálogo, optó por retirarlo. Adujo que el documental no alcanzaba sus estándares de calidad, que es como se llama al, este sí, racismo institucionalizado. Lo explica el autor en una entrevista, así: “Usted se ha atrevido a tratar a los blancos en América como seres humanos, y no como verdugos. Y nosotros, como una gran empresa, hemos invertido en la corrección política de ver a los negros como víctimas. Usted les ve como algo más complejo que eso. Y eso es intolerable”. Y añade su visión de la victimización como estrategia para acceder al maná del Estado: “Esta es la idea de que los negros son las víctimas de los blancos. Y esta es nuestra avenida, como minoría, a los beneficios públicos, al poder […] Somos víctimas de la maldad de los Estados Unidos. Y esto nos confiere una autoridad moral que nos otorga un poder en bruto. Y utilizaremos ese poder para extorsionar a instituciones como Amazon, que necesitan nuestro visto bueno para que su marca pueda presentarse como inocente de racismo”.

Un documental bien hecho, a cargo de un autor reconocido, y cuyo propósito es restituir lo que ocurrió frente a lo que llama “verdad poética”. La censura no tenía sentido, y Amazon Prime ha acabado por rectificar. La polémica ha beneficiado al documental, como pasa siempre, y ha entrado como una bala en las primeras posiciones.

La moral de la cancelación ha afectado también a la Hoover Institution, think tank al que pertenece Shelby Steele, y que está vinculada a la Universidad de Stanford. Parece que la veterana institución va a capear el temporal. Sería una desgracia que un centro de pensamiento que ha alzado la voz contra la corrección política acabase cayendo en ella. En definitiva, el pensamiento poético tiene un lado brutal, que nada tiene de poético. Pero en este caso su poder no ha sido suficiente para acallar una importante voz de los Estados Unidos.

Venezuela: ¿hasta dónde se puede retroceder?

A pesar de que el mundo no ha parado de crecer en los últimos doscientos años, ningún país escapa de las recesiones, depresiones económicas y, en algunos casos, prolongados períodos de involución económica asociados al atraso tecnológico. A lo largo de la historia, imperios, países y ciudades han sufrido la decadencia, el estancamiento y hasta la disolución o desaparición, de cuya existencia solo nos han arrojado luces los arqueólogos. Sociedades  que parecían destinadas a la eterna grandeza han visto cómo sus soportes económicos e institucionales se han desplomado y nunca vuelven a alcanzar su antiguo esplendor.

En su libro ¿Por qué manda Occidente… por ahora?, Ian Morris, doctor en Historia de la Universidad de Cambridge, nos recuerda que “Occidente desencadenó en su Revolución Industrial la impresionante energía del vapor y el carbón y, al hacerlo, cambió el mundo para siempre. Fábricas, ferrocarriles y barcos de guerra provocaron que Occidente se hiciera con el poder en el siglo XIX y el desarrollo de los ordenadores y las armas nucleares en el siglo XX garantizaron su supremacía global”. Sin embargo, considera Morris, que el traspaso de poder y riqueza de Occidente a Oriente en el siglo XXI es probablemente tan inevitable como el movimiento en dirección opuesta de Oriente a Occidente en el siglo XIX.

El desarrollo capitalista ha provocado que la humanidad viva su época de mayor abundancia en todos los órdenes. Nunca el mundo había conocido tal grado de riqueza y satisfacción de necesidades. Esto no significa que el crecimiento y la prosperidad no se haya visto entorpecido en países y sociedades que han escogido el camino equivocado, dejándose dominar por los cantos de sirena de ideologías engañosas, que prometieron y siguen prometiendo atajos que conducen a resultados demoledores cuyas consecuencia ya nos son familiares.

En el caso de América Latina es emblemático el ejemplo de Argentina, país que a finales del siglo XIX era considerado como el más rico del mundo. Para el año 1895 Argentina tenía un PIB per cápita de 5786 dólares, seguido de Estados Unidos y Bélgica. Según datos de Bloomberg, este país pasó de ser la economía más rica a ser la segunda más miserable, solo por detrás  de Venezuela. A pesar de sus crisis y recuperaciones, su drama se agudizó a partir de la llegada al poder de un teniente coronel “aliado de los trabajadores” y con un repertorio de “buenas intenciones”. Por supuesto, la solución fue la misma que aplican los populistas cuando llegan al poder, aumento desatado del gasto público y toda clase de políticas intervencionistas que se han prolongado en el tiempo y repetido incesantemente por todos los gobiernos que lo han sucedido, cuya herencia ha sido el vergonzoso puesto que hoy ocupa Argentina entre los países más libres y prósperos del planeta.

Otro país cuyo caso es mundialmente conocido, por ser la última víctima del populismo socialista ha sido Venezuela. En el caso de este país ya no se habla de la “década perdida” sino de la década de gigantesco retroceso impulsada por el fracaso de la revolución bolivariana y el socialismo del siglo XXI. Según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), calcula que la caída del PIB para este año será del 18%, para el FMI la caída estará entre un 15% y un 20%. Con estas cifras, la gestión desastrosa de Nicolás Maduro completará 7 años de gobierno con una caída del 70% de la producción del país. Igualmente, el país será campeón en desempleo, inflación, con el precio del dólar acercándose al millón de bolívares y el salario de un ingeniero de Petróleos de Venezuela en 5 dólares.

Pero esta debacle económica que ha alcanzado a destruir no sólo la capacidad de producción del país, arrasado con su infraestructura, servicios sociales, aeropuertos, avenidas y hasta la forma de vestir del venezolano, también se complementa con un retroceso democrático que convirtió al país en una dictadura de corte mafioso, socialista y con aspiraciones totalitarias. La debacle económica ha sido asoladora. Hace 20 años, cuando el chavismo llegó al poder, había en el país 12.700 industrias y actualmente solo sobreviven menos de 2.500. Nunca antes en América Latina se había visto un régimen involutivo que haya conducido a un país a los niveles de violencia, pobreza y miseria que ha sufrido Venezuela en las últimas dos décadas. En cualquier aspecto que analicemos de la vida cotidiana del país, nos vamos a encontrar con la presencia de la decadencia y el retroceso tecnológico. Por ejemplo, el impacto de la destrucción de la industria petrolera ha repercutido no solo en los ingresos fiscales del país, sino directamente en la vida diaria del venezolano. En lo que respecta al gas doméstico (que antes llegaba a todos los hogares, distribuido por empresas privadas que entregaban e instalaban los cilindros en cada casa por remota que fuera), a partir de 2007, durante el afán expropiador del propio Hugo Chávez, tanto las grandes empresas procesadoras como las distribuidoras domésticas pasaron a manos del Estado. Ahora, aunque los ciudadanos amanezcan en las colas para comprar sus cilindros de gas, se vuelven a sus casas hartos de esperar sin ver satisfecha su demanda. Como todos los productos que regula el Gobierno, siempre queda la oportunidad de acudir al mercado negro donde una bombona o cilindro puede conseguirse en 30 dólares, con un precio regulado 0,30 dólares.

Los venezolanos, ante esta situación tan desesperante, se han visto obligados a adquirir cocinas eléctricas, pero las largas interrupciones en el suministro de energía tampoco lo hace una alternativa segura. Ante esta situación no es extraño ver en ciudades como Caracas a ciudadanos cargar cajas de madera, árboles secos de los parques o bajar de la montaña con leña y hacer fogones en las terrazas, casas o apartamentos entre nubes de humo y exponiéndose a sufrir problemas respiratorios. Esto pasa en el país con las octavas reservas de gas más grandes del mundo, certificadas en 197,11 millones de pies cúbicos. Pero Maduro promete que a partir de las elecciones del 6 de diciembre podrá tomar decisiones que resuelvan la carencia y la involución.

El ‘lenguaje’ del ahorro, la realidad de los costes y la trampa de las pensiones

Estamos enredados en una trampa. No es que vayamos hacia ella y podamos hacer algo por evitarla. Es que tenemos los dos pies bien metiditos en la zona embarrada y las arenas movedizas nos van engullendo poco a poco.

Lo explicaba hace unos días, en este mismo periódico, José García Domínguez con su precisión característica y desde una perspectiva más keynesiana (creo que Pepe no sólo me permitirá el calificativo, sino que lo celebrará): “El sistema de pensiones vigente en nuestro país es completamente inviable en el tiempo, algo que todo el mundo sabe. Y alterar de modo profundo su naturaleza es absolutamente imposible, algo que no todo el mundo sabe pero que debería saber. (…) Tratar de desmantelar ahora el sistema de reparto, el mismo que todos los cálculos actuariales serios consideran abocado a la quiebra segura e inevitable en torno al año 2030, constituirá una quimera. Es empresa imposible”.

Firmo cada palabra. Quizás lo del “sistema” es lo único que me escama. No es un sistema: es, simplemente, la principal partida de gasto del Estado español (de eso trata nuestro último Economía para quedarte sin amigos). Pero vamos, yo he usado el mismo concepto cientos de veces: es lo que tienen las ficciones políticas, que acaban poseyéndonos un poco a todos.

Dice García Domínguez al final de su columna que la productividad nos podría salvar. Y es cierto, pero con matices. ¿Consigamos un país más rico y podremos pagar prestaciones igual de generosas que las actuales? Sí y no.

Hace unos días, presentábamos el informe “Las pensiones en España. Una propuesta real y sostenible” (del que he sido co-autor, junto a Francisco Coll y José Francisco López, para la Fundación Naumann, Civismo y el Instituto Juan de Mariana). Perdonen la autocita, pero incluíamos un apunte al respecto que creo que es importante:

El incremento de la productividad se perfila como una ayuda clave para el sistema de pensiones, pero no resolvería el problema fundamental que espera a los futuros pensionistas: la caída de la tasa de sustitución (relación pensión/salario).

Lo explicaremos con un ejemplo (con cifras no reales):

  • Imaginemos que el sueldo medio en un país es de 3.000 euros al mes, incluyendo el coste de las cotizaciones sociales a cargo de la empresa
  • Las cotizaciones sociales para la jubilación ascienden al 25% de ese salario
  • Si en ese país hay 3 trabajadores por cada pensionista, la pensión media equivaldrá al 75% del salario. En este caso, 2.250 euros al mes
  • Supongamos que, a lo largo de un par de décadas, se dispara la productividad y el sueldo se eleva, en términos reales, un 50%, hasta los 4.500 euros al mes
  • Las cotizaciones sociales se mantienen en el 25% del salario total. Pero la tasa de dependencia ha empeorado y ahora sólo hay dos trabajadores por pensionista. Por lo tanto, la pensión media ahora asciende al 50% del salario medio: 2.250 euros al mes.
  • El incremento de la productividad sí ha sido muy positivo. Ha permitido que la pensión se mantenga en 2.250 euros al mes. Sin esa mejoría de la productividad y los salarios, la prestación media habría bajado hasta los 1.500 euros al mes (el 50% de 3.000 euros)
  • Pero no ha tenido ningún impacto en la tasa de sustitución: al final, la relación entre la pensión media y el salario medio (si no tocamos las cotizaciones o hay ingresos extra vía presupuestos) dependerá fundamentalmente de la ratio entre el número de trabajadores y el de pensionistas.

¿Un incremento de la productividad puede ayudar a mantener la tasa de sustitución? Porque esa es lo que todos tenemos en la cabeza cuando pensamos en nuestra pensión futura: cómo será mi prestación en relación a mi salario. Sí, podría, pero no es sencillo:

  • Por una parte, al tener sueldos más altos, en teoría se podrían subir las cotizaciones sin hacerles tanto daño a esos trabajadores del futuro (solución con las patas cortas; estarías dañando la misma competitividad que te ha permitido crecer)
  • Ese país más rico también recaudará más impuestos normales (IRPF, IVA, IS, especiales…). Con ese extra de recaudación podría incrementar las transferencias de desde los PGE hacia la Seguridad Social y subir la ratio Gasto en Pensiones / PIB. Si hay más pensionistas respecto al total de población, la única forma de mantener la tasa de sustitución individual de cada uno de ellos es dedicar más parte de la renta total del país a esta partida. ¿Posible? Sí, pero ni sencillo ni barato. De hecho, viendo cómo va a evolucionar la tasa de dependencia, parece casi imposible subir el porcentaje del PIB destinado a pensiones en la medida que sería necesaria para mantener la tasa de sustitución de cada pensionista.
  • Mejora demográfica: ese país más productivo atrae inmigrantes jóvenes y muy cualificados, de los que ganan sueldos altos y cotizan por el máximo. Sería el mejor escenario desde un punto de vista financiero y fiscal. Hasta ahora, España no se ha caracterizado por su capacidad para lograr que los ingenieros holandeses o los desarrolladores informáticos canadienses se vengan a vivir aquí.

En resumen, sí: la subida de la productividad es nuestra mejor baza. Pero ni es fácil, ni resolvería todos nuestros problemas ni hemos hecho nada en los últimos años que nos invite al optimismo al respecto.

El ahorro

La productividad actúa como el asidero socialdemócrata (y esto no lo digo como crítica a la columna de García Domínguez, que me parece muy realista; sino porque es la típica buena solución de la que a veces olvidamos los matices). En el bando liberal, ese papel lo cumple el ahorro. Nos encanta… y por eso no siempre recordamos sus peros.

La formulación parece sencilla: si la tasa de sustitución de las pensiones públicas va a caer (desde un 75-80% hasta un 55-60%), la única forma de que el trabajador actual pueda mantener su nivel de vida tras la jubilación es el ahorro particular. De hecho, a mí me gusta tanto esta solución que en nuestro informe hemos planteado dos propuestas para impulsarla:

  • Incentivar el ahorro a través de planes de empresa, un poco al modo británico, con planes de suscripción por defecto (te puedes salir si quieres, pero si no haces nada, el Estado te apunta). Nuestra idea consiste en realizar ajustes en las cotizaciones sociales actuales para trasladar hasta 3-4 puntos (la mitad de contingencias comunes y la otra mitad de desempleo) a una nueva bolsa de ahorro individual. Empleados y empresas aportarían otros 3-4 puntos extra.
  • Sicav para todos: abrir una cuenta de ahorro a largo plazo a todos los españoles de 18 a 65 años. Además, para los actuales menores de edad, esa cuenta de ahorro tendrá un extra: cuando cumplan 18 años, les hacemos un pequeño regalo de 1.000 euros, como empujoncito estatal para incentivar el ahorro. La regulación de estas cuentas sería similar a la de las Sicav o los fondos de inversión: mientras no se retiren, los beneficios no tributan y el propietario puede mover el dinero entre todo tipo de activos (siempre dentro de la cuenta). Por supuesto, habría incentivos fiscales para el dinero ingresado cada año en la cuenta y, si se mantiene el ahorro hasta la jubilación, se podría plantear que tanto la aportación inicial como los rendimientos apenas tributen.

He hablado con varios amigos del tema y, en general, les encantan las dos ideas. Lo de los planes de empresa (ese segundo pilar mítico de las pensiones, del que tanto se habla, pero sobre el que no se hace nada) y la cuenta de ahorro. Y celebro que les gusten: las hemos planteado porque nos parecían dos buenas formas de avanzar hacia esa “Sociedad de propietarios” que es la base de cualquier páis próspero a medio plazo (aquí, un enlace al informe con ese título que Raquel Merino, María Blanco y Juan Ramón Rallo firmaron hace ya 14 años para el Instituto Juan de Mariana: un documento excelente para el que esté interesado en estos temas).

Eso sí, también hay que hacer una advertencia desde el principio: como con la productividad, esto ni es gratis ni sencillo. Que sí, que nos encanta el lenguaje del ahorro… pero nos olvidamos a menudo, en nuestro día a día y en lo que tiene que ver con las cuentas públicas, en la micro y en la macro, de que ahorrar consiste en dejar de gastar hoy para tener más mañana.

En este caso, además, con un añadido que está muy claro en la columna de Pepe y en el que tiene toda la razón: mientras tanto, hay que seguir pagando las pensiones de los actuales jubilados.

El salario neto de un trabajador medio español es un 40% inferior a lo que paga el empresario en concepto de coste laboral total. Y no hablamos de un millonario, sino de un sueldo medio de 26.500 euros al año (aquí, todos los detalles). Hay 13.500 euros de diferencia entre los 34.500 euros que abona la empresa hasta los apenas 21.000 euros que recibe en su banco el empleado: y el 70% de esa diferencia se debe a las cotizaciones sociales (aunque es verdad que para sueldos más elevados el porcentaje de esa brecha fiscal que se debe al IRPF es mayor).

No todo lo que se paga en cotizaciones va destinado a las prestaciones de jubilación. Pero en un cálculo un poco de números gordos, podemos asumir que unos 22-25 puntos de nuestro coste laboral total va dirigido a esta cuestión.

Y aquí es donde volvemos al tema del ahorro. ¿Podemos destinar 6-8 puntos de sueldo a los planes de empresa? ¿Puede la Seguridad Social quitarse dos puntos de cotizaciones? ¿Estamos dispuestos a reducir nuestro neto en otros dos puntos? Y la “sicav para todos”, ¿cómo la vamos a llenar?

Esta misma semana hemos publicado este informe y estas propuestas. Por lo tanto, sí, pienso que podemos responder de forma afirmativa a todas estas preguntas. También creo que sería positivo a medio plazo para la inversión y el crecimiento. Pero no me engaño. Habría que tomar decisiones difíciles: recortes en otras partidas de los PGE, cambios en la fórmula de revalorización de las actuales pensiones e incremento de las tasas de ahorro de los hogares (lo que implicaría, repetimos, menos gasto salvo que haya salarios mucho más altos). ¿Estamos dispuestos a asumir esos costes? Aquí soy más pesimista: creo que como sociedad no aceptaremos nada que implique sacrificios a corto plazo hasta que nos llegue el hachazo, un poco a la griega. Suena muy bonito lo de la productividad-reformas y el ahorro-largo plazo… pero hay que aceptarlo, lo usamos más como excusa que como plan.

La deuda importa. Y mucho

“They started to fight when the money got tight and they just didn’t count on the tears”. Billy Joel.

Bruselas ha vuelto a mostrar la inconsistencia de las cuentas públicas presentadas por el Gobierno español. En su informe sobre los Presupuestos suspende al ejecutivo tanto en los gastos como en los ingresos.

El presupuesto, según Bruselas, es el peor de Europa en cuanto a cálculo de gastos. El Gobierno de Sánchez infraestima el gasto en 20.000 millones de euros, según Bruselas. No solo eso.

Según Bruselas España es también el país que peor calcula los ingresos, recuerda que han inflado en 1.000 millones al menos las estimaciones por nuevas figuras fiscales y que hay partidas de ingresos sin justificar. Todo esto es especialmente relevante ante un aumento de deuda sin precedentes.

El Gobierno de España endeuda al país en 630 millones al día, más que ninguna economía de la eurozona. De hecho, según el IIF, España es el país de la eurozona que más rápidamente se endeuda.

Es fácil decir que todo esto es por la pandemia, pero la realidad es que el Ejecutivo español se ha negado a priorizar gastos y gestionar de manera prudente y ha aumentado de manera peligrosa el déficit estructural -el que se genera crezcamos o no-, hasta casi duplicarlo.

Todo esto importa, y mucho. España se mete en un agujero anual sin precedentes y depende al 100% de la paciencia y generosidad de Europa. Pero el efecto placebo de los bajos tipos de interés y la liquidez del BCE disfrazan el riesgo durante un tiempo, pero no lo eliminan.

Usar el espacio fiscal puede ser un arma de doble filo. Si España usa el espacio fiscal que nos ha concedido la Unión Europea para crear empleo, crecer y fortalecer el tejido productivo se mantiene la solvencia del país, y luego se reduce el déficit y con ello, el riesgo. El problema es que el Gobierno de España está consumiendo el espacio fiscal para aumentar desequilibrios estructurales, como refleja Bruselas en su informe, y perpetuar gasto no esencial y la grasa burocrática.

La deuda improductiva acumulada significa menos crecimiento, menos productividad y con ello menos salarios reales y menos crecimiento de empleo en el futuro. Si además se usa el déficit para aumentar gasto corriente y burocrático, se cercena la capacidad del país de salir adelante y se pone en peligro la sostenibilidad de los servicios públicos, algo que ya alerta Bruselas también.

El aumento de deuda desbocado de España ni le está pasando a todo el mundo ni se está usando de la misma mala manera. No es solo un problema de que España aumente su deuda más que sus comparables y, además, que vaya a tener el mayor déficit de la Unión Europea en 2020, 2021, 2022 y 2023 según las estimaciones de consenso de Focus Economics y Bloomberg.

Es que el Gobierno de España está despilfarrando el espacio fiscal en gasto corriente mientras, a la vez, sube impuestos y pone más escollos a la creación de empleo y crecimiento. Doble efecto negativo.

Los países líderes de nuestro entorno se están endeudando también, aunque no al nivel tan preocupante de España, pero todos reconocen que se debe usar el espacio fiscal para crecer más y crear empleo más rápidamente. Por eso los países líderes han aumentado el endeudamiento haciendo tres cosas:

– Priorizar gasto corriente eliminando gasto innecesario para acomodar el gasto sanitario.

– Bajar impuestos y ayudar con fondos directos a las empresas para preservar el tejido productivo y empresarial.

– Bajar cargas fiscales y burocráticas para crear más empleo y recuperar los trabajaos perdidos lo antes posible.

El Gobierno de España es el único de la Unión Europea que no ha hecho ninguna de estas cosas, sino -y eso es lo que aterra- lo contrario. Aumentan gasto corriente y despilfarro de época de bonanza como si la crisis no existiese, suben impuestos al consumo y la inversión y ponen escollos burocráticos y mantienen las subidas de cargas fiscales al trabajo de 2018 y 2019.

Por eso la deuda de España no es “igual” que la de otros países. Ni en cantidad ni en calidad. No solo porque nos endeudamos más y más rápido que nuestros comparables, sino porque la deuda improductiva que acumula el Gobierno de España es la que la inmensa mayoría están asumiendo. Deuda improductiva que no solo no genera crecimiento y empleo futuro, sino que lo detrae.

El Gobierno de España acumula más deuda improductiva para financiar gasto innecesario y además pone escollos a los tejidos productivos que ralentizan y empeoran la recuperación.

La deuda no es un apunte contable, como dicen algunos. Lo desmonté en su momento en este artículo sino que, además se está acumulando deuda improductiva, es decir, aquella que no genera ningún apalancamiento y fortalecimiento posterior.

El uso indiscriminado de todos los mecanismos de crédito de la Unión Europea para sostener una burocracia y gasto corriente de época de bonanza no es una política social, porque genera dos problemas a medio plazo: estancamiento y riesgo de insolvencia.

El que se crea que esto lo soluciona el BCE eternamente tiene un problema con la realidad y con la historia (¿nos hemos olvidado de que el BCE no evitó las crisis anteriores ni el estancamiento posterior?).

Aterra pensar que el Gobierno de España piense que este enorme despilfarro de espacio fiscal no es una oportunidad perdida que vendrá a generar mayores problemas en el futuro. La política del avestruz ya generó que España se enfrentara a 2020 con menos capacidad fiscal por haber aumentado gastos y déficit en bonanza.

Más deuda no significa más políticas sociales ahora, significa menos crecimiento, menor fortaleza del empleo y menor crecimiento de la productividad en el futuro. Y lo vamos a sufrir todos, excepto los miembros del Gobierno, que se benefician del reguero de millones para gasto discrecional y burocrático.