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Una tipología de los argumentos en defensa del capitalismo

Los argumentos en defensa del capitalismo suelen categorizarse en dos grandes tipos: el de los argumentos económicos (utilitarios) y el de los argumentos éticos. A éstos, se les podría agregar una tercera categoría constituida por apelaciones a lo estético, si bien éstas son esgrimidas con mucho menos frecuencia, y a menudo acompañando argumentaciones de los otros dos tipos. Teniendo en cuenta esta especie de mapa sobre el que podemos desplegar las diversas defensas del capitalismo, es posible considerar: (a) la relativa solidez, y (b) el poder de persuasión de cada tipo de argumentollll

Económicos

Atendiendo al aspecto económico, es indudable que la cuestión del rol del Estado es central en los postulados de las diversas escuelas económicas. Existe una miríada de puntos de debate acerca de los efectos de la injerencia de éste en la economía.. No obstante, son pocos los que aún hoy niegan la superioridad de las economías más libres en cuanto a su capacidad de generar riqueza y de reducir la pobreza[i]. Además, si bien es desafiado por algunos, el problema del cálculo económico en una economía planificada teorizado por von Mises ha resultado ser un eficaz argumento a favor del libre mercado[ii]. Las posiciones estatistas más extremas, al menos, han ido atenuando sus pretensiones de eficiencia en ese sentido, y quizás han virado el enfoque de su crítica exclusivamente hacia el parámetro de la desigualdad como problema en sí, cuando no han directamente saltado al ámbito de lo cultural y la política identitaria.

A la correlación entre mayor libertad económica y más riqueza, se le suma la realidad política de la caída del bloque soviético a fines del siglo XX, y del sostenido fenómeno de migraciones de personas huyendo de países con economías altamente controladas. Estas insoslayables evidencias han contribuido a erigir la percepción –incluso en el ámbito popular y mediático- de que el sistema capitalista no ha tenido hasta ahora alternativas superadoras. Sin embargo, lo más frecuente es que esa conclusión se acepte a regañadientes, como un mal menor. Esa actitud establece una predisposición a culpar inmediatamente al libre mercado ante la primera situación de dificultad económica o crisis. Y esto, a su vez, permite granjear fácilmente el apoyo a la implementación y mantenimiento de medidas “correctoras” por parte del Estado. No es infrecuente que esta predisposición a una exagerada reivindicación de medidas keynesianas o filo-keynesianas tenga visos de una especie de marxismo frustrado, más o menos consciente. La compleja relación entre keynesianianos y marxistas ha sido estudiada y criticada[iii].

Éticos

En cuanto a los argumentos éticos, podemos identificar grosso modo los que ponen el énfasis en el valor de la libertad, y los que resaltan el mérito. Ambos subtipos son en sí demasiado vastos para abordar un análisis profundo de ellos. No obstante, podemos señalar que los primeros siempre se basan en el problema de la autoridad política. Una línea es la apelación al intuicionismo ético, que nos indica que no existen motivos para aceptar que el Estado asuma atribuciones coercitivas que nos resultarían inaceptables en el caso de agentes privados. Ésta línea argumental ha sido notablemente expuesta por Michael Huemer, junto a un exhaustivo análisis de los problemas de teorías del contrato social[iv]. Por otro lado, podemos apuntar a la contradicción que yace en la justificación del Estado como corrector de supuestas injusticias producto de un mundo con desigualdades de poder: si los ricos y poderosos son capaces de manejar el ámbito privado, no hay motivos para pensar que no sean capaces de manejar también los hilos del Estado. Y en este último caso, existe el agravante de la sacralización del Estado, que actúa como una falsa justificación mítica de todo lo que se hace en nombre de éste, impidiéndonos detectar y denunciar con claridad los abusos de poder.

La cuestión del mérito se basa, en su aspecto ético, en una concepción de justicia. La principal crítica a la meritocracia en el capitalismo suele estribar en el hecho de que no nacemos con las mismas oportunidades (económicas, intelectuales, físicas, afectivas, etc.), y de que, por tanto, los resultados que obtenemos no reflejan un supuesto merecimiento. Sin embargo, para los defensores de la igualdad resultaría absurdo abogar por un sistema más rígido como el feudal, que de por sí se basa en principios de desigualdad. La alternativa que les queda a estos críticos, es propulsar medidas de justicia social y redistribución de la riqueza.

No es posible resumir aquí todas las aristas que reviste la cuestión de la meritocracia, pero algunas líneas argumentales en defensa del capitalismo son:

  1. La libre competencia introduce un elemento de justicia al remover limitaciones caprichosas propias de sistemas anteriores al capitalismo.
  2. El capitalismo no es culpable de las limitaciones impuestas por el azar que es intrínseco a la vida.
  3. Ser un relativo ganador o perdedor en una determinada jerarquía de mérito no equivale a ser mejor o peor persona. El capitalismo tampoco es culpable de esta interpretación errónea, ya que el someternos a la libre competencia bajo reglas claras no nos impide reconocer que el azar sigue siendo parte de la vida.
  4. Más allá de lo problemática que esta dimensión ética pueda ser, nadie puede declararse libre de aplicar juicios y efectuar decisiones basados en criterios de mérito, sea en el ámbito académico, deportivo, laboral, comercial, etc.
  5. Las jerarquías de competencia son deseables, para identificar el potencial de las personas, e incentivar y optimizar la productividad en cada área[v].

Estéticos

En lo concerniente a lo estético, cabría preguntarnos si el capitalismo es estéticamente superior. Esta cuestión se presenta como más difícil de desentrañar aun que las anteriores. Cuando es aludida por los defensores del capitalismo, suele serlo en contraste con la estética socialista, particularmente en lo arquitectónico o urbano[vi]. Asimismo, encontramos manifestaciones de prácticamente lo contrario, en anticapitalistas que celebran una estética pobrista[vii]. La solidez de estos argumentos es más esquiva, y el poder de persuasión para uno u otro bando suele ser bajo, aunque por cierto surgen aspectos interesantes por estudiar. Entre ellos, cabría explorar el efecto del marketing en las artes, así como las relativas valoraciones de lo cutre, lo tecnológico, lo producido en masa y las marcas.

Evaluación

De los tres tipos de argumento en defensa del capitalismo que delineamos aquí, el económico o utilitario –en particular la correlación del capitalismo con el aumento del PIB- suele ser el de mayor poder de persuasión. Es precisamente éste el que ha logrado instaurar la noción popular de que “al menos el capitalismo es lo mejor que tenemos hasta ahora”. Los argumentos éticos basados en el valor de la libertad parecen ser aun más sólidos, ya que no se basan sólo en correlaciones estadísticas, sino que revelan importantes contradicciones en las posiciones estatistas. También podemos identificar contradicciones en los que atacan a la meritocracia. Sin embargo, contrariamente a lo que se podría esperar, e incluso sin que se los rebata, a menudo estos argumentos no suelen ser atendidos o aceptados en el debate público. Por último, las apelaciones a la estética nos adentran en un terreno más incierto, donde no alcanzan simples comparaciones ostensibles. El poder de persuasión de estas argumentaciones estéticas suele ser el más débil de los tres tipos.

Identificación de la crítica y factores psicológicos

Al argumentar en defensa del capitalismo, es importante identificar el tipo de crítica que se pretende contrarrestar. Si bien es cierto que uno podría simplemente exponer proposiciones en general a favor del capitalismo, lo más frecuente cuando se argumenta en este sentido, es que la argumentación constituya una defensa a una crítica previa. El capitalismo es a menudo vilipendiado como un blanco fácil con mala prensa. Para hacer frente a las críticas con eficacia, es menester indagar y aclarar qué es lo se le critica y por qué. ¿Es el blanco de la crítica la libertad de comerciar, el monopolio, el capitalismo clientelista (crony capitalism), las grandes fortunas (falacia de la tarta fija[viii]), el mercantilismo, la meritocracia, o la competencia (“individualismo egoísta”)? ¿Cuáles son las ideologías o concepciones subyacentes de cada ataque al capitalismo: socialismo, fascismo, nacionalismos, gobierno mundial (globalismo), ambientalismo, pobrismo, victimismos?

Finalmente, al defender el capitalismo, se han de tener en cuenta dos factores eminentemente psicológicos que pueden obrar como motores, no siempre conscientes, de la animadversión hacia el capitalismo. Uno es el stress propio de la vida urbana moderna, y otro es el miedo a competir y fracasar. Sabemos muy bien que los burgos con sus mercados nos ofrecen toda suerte de posibilidades de crecimiento y prosperidad, pero a cambio hemos pagado con la falta de contacto próximo con la naturaleza y una cierta pérdida de paz. Todos albergamos algún grado de añoranza reaccionaria en tiempo o espacio que no es escuchada por la impersonal pujanza del capitalismo[ix]. El miedo a competir, en tanto, constituye una especie de inmadurez, que incluso puede terminar provocando resentimiento y envidia del valeroso. Pero la competencia es inevitable por ser esencial a la vida. También lo es el dolor del fracaso. No obstante, la posibilidad de competir es algo que ha de festejarse cuando se han consensuado reglas claras. La convivencia conlleva la aprender a perder bajo esas reglas. El espíritu deportivo es el espíritu del libre mercado.

Más allá de la relativa solidez de los argumentos, entonces, no se debe desestimar el aspecto psicológico. No se trata de reemplazar los razonamientos con un enfoque terapéutico, pero sí de comprender que ambos deben complementarse. Muchos nos preguntamos por qué el capitalismo no es atractivo[x]. Aunque nos parezca irracional, hemos de aceptar este fenómeno. Desde luego, la forma de contrarrestarlo será insistiendo con los buenos argumentos. Pero, conociendo la resistencia que suscita el tema, debemos esgrimirlos evitando la petulancia, perfeccionando nuestra retórica, y manteniendo un espíritu de sincera compasión.

[i] Abundan los datos al respecto. Aquí, un ejemplo de índices a nivel mundial: https://www.heritage.org/index/heatmap?version=237. Otro ejemplo: https://www.youtube.com/watch?v=tLd4mF36Yyw&ab_channel=LibertadDigital

[ii] https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1lculo_econ%C3%B3mico#:~:text=En%20su%20primer%20art%C3%ADculo%2C%20Mises,de%20recursos%20en%20la%20sociedad

https://mises.org/library/economic-calculation-socialist-commonwealth/html

[iii] Breves ejemplos desde perspectivas diversas:

https://www.liberalismo.org/articulo/383/32/marx/keynes/paralelismos/siniestros/
https://www.livemint.com/Opinion/ldU1AE1XccYMXQpiPzkW7I/How-Keynes-came-to-mean-socialist-or-liberal.html
https://mises.org/library/keynes-and-ethics-socialism

[iv] https://www.amazon.com/-/es/Michael-Huemer/dp/1137281650

[v] Este último punto no es de carácter ético, sino utilitario.

[vi] Ver ejemplos.

Soriano (6:19):

Y Milei (18:21):

[vii] Ver, por ejemplo, esta insólita loa a paredes mal pintadas y cables amontonados: https://twitter.com/SergioChouza/status/1325494719678459905

[viii] https://www.ivancarrino.com/la-falacia-de-la-torta-fija/ https://www.variantes.net/post/la-falacia-del-pastel-fijo

[ix] Además, en relación a esto, hay un punto complejo respecto de la sostenibilidad del crecimiento. Sabemos que la tarta no es fija, y también que los recursos naturales pueden aprovecharse de manera cada vez más óptima. Pero no está claro que la transfiguración del espacio físico en el planeta sea infinitamente sostenible o reversible (por ejemplo, casi todos vivimos un poco más hacinados que cuando éramos pequeños).

[x] Conferencia de Domingo Soriano: https://www.youtube.com/watch?v=BtN_vviNYUc&ab_channel=SergioSantill%C3%…

El Foro de Sao Paulo y la España de Pablo Iglesias

“Todas las organizaciones de la izquierda concebimos que la sociedad justa, libre y soberana y el socialismo solo pueden surgir y sustentarse en la voluntad de los pueblos, entroncados con sus raíces históricas. Manifestamos, por ello, nuestra voluntad común de renovar el pensamiento de izquierda y el socialismo, de reafirmar su carácter emancipador, corregir concepciones erróneas, superar toda expresión de burocratismo y toda ausencia de una verdadera democracia social y de masas”[1].

Con esas palabras el Foro de Sao Paulo marca un hecho histórico para el socialismo que trasciende las fronteras del esquema político de lo que habían practicado hasta entonces los seguidores de esa ideología. El hecho es, precisamente, la reflexión de la izquierda en la región sobre los elementos de poder que interactúan en las sociedades de Occidente y se articulan para la consecución de sus objetivos, es decir, cómo alcanzar el poder bajo este paradigma de relación política con las banderas de un socialismo reinterpretado de cara a la conquista social, pero que en el fondo cambia poco.

Sabido es que tras la caída del muro de Berlín y el fracaso de la URSS el discurso del socialismo se agota y pretende renovarse dentro de los límites impuestos por el ideario político entonces vigente: había que apostar por el sistema democrático, dejando de lado las armas, y acomodarse a esas reglas de juego para insistir en la “revolución” desde el parlamentarismo y las instituciones democráticas.

Continúa el documento: “El nuevo concepto de unidad e integración continental exige un compromiso activo con la vigencia de los derechos humanos y con la democracia y la soberanía popular como valores estratégicos, colocando a las fuerzas de izquierda, socialistas y progresistas frente al desafío de renovar constantemente su pensamiento y su acción”. En ese punto, hay dos elementos relevantes para el análisis por su importancia a la hora de estudiar los pasos que siguen distintos gobiernos con tintes totalitarios en la región y en España. Por un lado, la instrumentalización de la democracia y la soberanía popular como herramientas para la conquista política del poder total y no como un objetivo para el bien común y, por otro, la renovación permanente del pensamiento y la acción, que es fundamental en su planteamiento para el debate y el surgimiento de ideas hegemónicas en el esquema institucional. Se trata de un proceso de búsqueda de la hegemonía en el liderazgo y en la acción en el sentido puramente gramsciano, que algunos denominan neo-marxismo.

A partir de esas pautas podemos establecer que en los hechos tales planteamientos se traducen en la captura de las ideas y la cultura por una izquierda política que cada vez con menos fingimiento abandona la esencia de la democracia liberal que persigue la igualdad ante la ley de los ciudadanos, la división de poderes, la libertad de los individuos frente a la colectividad, el Estado de Derecho y el respeto de la Constitución y las leyes.

Conocidos son los casos de países con regímenes totalitarios que siguieron este planteamiento hasta el final, Venezuela y Nicaragua son ejemplos claros de un proceso de destrucción autoritaria de las reglas democráticas y la libertad de los individuos. Luego hay ejemplos de países que lo intentaron o continúan en su pretensión como Ecuador o Bolivia. No obstante, en España estas experiencias y, en concreto, las tensiones que se suscitan día a día en el Ejecutivo y en el Congreso de los Diputados deben llamarlos la atención inevitablemente.

Sin duda, el diálogo, la cesión y el consenso son parte de la actividad política en una democracia, el problema surge cuando motivado por intereses espurios se aprovecha de los mecanismos que, precisamente, facilita un régimen democrático para apropiarse de lo “políticamente correcto” a través de la manipulación del lenguaje y la cultura para poner en marcha un proyecto totalitario, o al menos, promoverlo. A través de la estrategia de los golpes blandos el partido político español, Podemos, externaliza una serie de acciones bajo la misma praxis que los regímenes de países al otro lado del charco. Esa idea de encarar el logro socialista totalitario desde el interior de las instituciones y haciendo uso de las herramientas democráticas no es nuevo.

La sutileza a través de la cual los partidos políticos hacen uso de ese radicalismo sin que ello repercuta en su valor social/electoral es un motivo de alarma y a la vez de aprendizaje por los demócratas que creen en la prevalencia de las instituciones frente a la arbitrariedad de las mayorías dominantes, cuestión que hoy es evidente en España. Y es que el socialismo nunca podrá ser adaptado al sistema democrático porque sus principios rectores carecen de analogías. La diferencia entre los líderes de un bando y de otro puede ser la medida de sus escrúpulos, un problema al que se enfrentan los liberales en la pugna política. Por ello la captura del discurso por la parte de los liberales es fundamental para el futuro del debate de ideas.

Sin duda, en España están ocurriendo a pasos agigantados una serie de hechos que ponen de manifiesto un retroceso o, llámese suspensión, de los avances en el plano institucional-democrático. Es democrático ser republicano, el problema es atacar y aprovecharse de las circunstancias y el cargo para pasar por encima de una autoridad vigente que es al fin y al cabo una institución garantizada en la Constitución. La pluralidad de partidos es una pieza clave en una democracia, el problema es cuando existen partidos auspiciados por gente antisistema que se manifiesta abiertamente en este sentido y con este lenguaje, y se depende de ellos para gestionar el Estado. El problema es cuando se insinúa “tumbar el sistema” en nombre de las mayorías absolutas y los pueblos. El resultado de esa pretensión todos lo conocemos.

Por ello, dar la batalla cultural es tan importante y no se acaba. Omitiendo las categorías que suenan tanto los últimos días y más allá de los adjetivos que tanto gustan a los políticos, Pablo Iglesias es comunista y tiene un plan. Sobre ese axioma nadie tiene dudas y hay que actuar en consecuencia. En algunos casos, el conflicto que ignoramos es que sociedades con grandes avances morales y materiales, como la española, dan por sentado el sistema imperante y las consecuencias de ello son terribles. Jamás podemos dar por sentado que la democracia y la libertad son eternas. Por ello, cabe una vez más mencionar aquella frase de Jefferson que dice “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Y añadiría, es la eterna acción.

[1] Declaración de São Paulo. Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe: São Paulo, 4 de julio de 1990.

Informe reforma del sistema de pensiones español

Icono PDFNota de prensa sobre el informe de reforma del sistema pensiones

Madrid, a 18 de noviembre de 2020.-

El actual sistema de pensiones español precisa de una reforma urgente y de calado para resultar sostenible en el futuro, según concluye un informe realizado por los investigadores Francisco Coll, Domingo Soriano y José Francisco López. Así, el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, la conocida como ‘hucha’ de las pensiones, apenas acumula ya 2.000 millones de euros, tras una progresiva e inexorable caída desde 2011 (cuando llegó a atesorar 65.000 millones); y un tercio del gasto público del país se destina al pago de estas prestaciones, lo que las convierte en la partida más abultada (se han presupuestado más de 160.000 millones para 2021), una tendencia que solo se acentuará a tenor de la pirámide demográfica, con una población cada vez más envejecida y falta de reemplazo generacional. Todo ello en un contexto de paro estructural muy elevado (especialmente entre los menores de 25 años, cuyo nivel de desempleo previo a la pandemia rondaba el 30%), y una tasa de sustitución (la relación entre los ingresos brutos medianos de los trabajadores y los de los pensionistas) de las más altas del mundo (de un 70%).

Por eso, tras analizar las distintas opciones para poner remedio a esta situación inviable (alargar la edad de jubilación, aumentar la población activa a través de la inmigración y la tasa de empleo, ampliar el periodo de cálculo de la base reguladora, incrementar la productividad para que crezcan los salarios, subir las cotizaciones sociales o realizar transferencias desde la Administración Central vía impuestos), los autores señalan que “ninguna reforma tendrá éxito si no forma parte de un proceso más ambicioso de transformación que abarque los ámbitos fiscal, laboral, de liberalización y unidad de mercado, y el sistema educativo, y no se puede resolver el problema a partir de solo un elemento de la ecuación, ya que no sería ni justo para los afectados ni eficiente desde el punto de vista de los incentivos y la recaudación”.

En consecuencia, plantean un decálogo de medidas que podrían contribuir a equilibrar las cuentas.

Medidas que forman parte de la reforma del sistema de la Seguridad Social

1)    Abrir el debate sobre la fórmula para la revalorización de las pensiones (una alternativa más allá del IPC)

2)    Unificar regímenes (que todos los trabajadores y pensionistas estén sujetos a las mismas reglas)

3)    Ajustar las reglas paramétricas de acceso al sistema (ampliar el período de cálculo de la base reguladora a toda la vida laboral, con un factor corrector que permita al nuevo pensionista excluir los cinco o diez peores años. Estipular un mínimo de 45 años de cotización para cobrar el 100% de la base)

4)    Recuperar el Factor de Sostenibilidad de la reforma de 2013

5)    Establecer una edad de jubilación flexible (de 60 a 75 años): que la decisión la tome el trabajador

6)    Enviar una carta informativa anual a todos los trabajadores de más de 50 años

Medidas encaminadas a incentivar el ahorro

7)    A través de planes de empresa (ajustes en las cotizaciones sociales actuales para trasladar hasta 3-4 puntos a una nueva bolsa de ahorro individual. Empleados y empresas aportarían otros 4 puntos extra)

8)    A través de Sicav para todos (abrir una cuenta de ahorro a largo plazo a todos los mayores de edad)

Medidas dirigidas a reorganizar las cuentas de la Seguridad Social

9) Reclasificación de los gastos e ingresos para una mejor comprensión de las cifras reales relacionadas con las pensiones (reformular la definición de Sueldo Bruto para que incluya las cotizaciones del empleador)

10) Mantener la contributividad del sistema (no destopar las cotizaciones ni incrementar las bases máximas por encima de la subida de las prestaciones)

En definitiva, una propuesta transversal que implica “efectuar ajustes en todos los puntos”, con la vista puesta en que el sistema de pensiones español resulte sostenible a medio y largo plazo.

Sobre las organizaciones promotoras:

Sobre la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad

Creada hace más de 60 años por el primer presidente de la República Federal Alemana, Theodor Heuss, la Fundación Friedrich Naumann por la Libertad ha apostado por España como sede para el sur de Europa para seguir desarrollando acciones para la promoción de los principios liberales y la educación política. La entidad busca fortalecer la cooperación y el diálogo político entre representantes de partidos políticos, instituciones científicas y organizaciones de la sociedad civil de España, Italia, Portugal, Alemania y la Unión Europea, así como desarrollar un enfoque completamente nuevo para la cooperación interregional en el Mediterráneo.

Sobre la Fundación Civismo

Think tank español que trabaja en la defensa de la libertad personal bajo los principios del liberalismo clásico. Mediante su labor investigadora, evalúa los efectos de las políticas económicas y sociales, los comunica a la opinión pública y propone alternativas. Promueve así una sociedad civil activa, que se involucre en el diseño de las políticas públicas, de modo que el ciudadano pueda ejercer su libertad individual, contribuyendo así a la prosperidad colectiva.

Sobre el Instituto Juan de Mariana

Institución independiente española dedicada a la investigación de los asuntos públicos. Su objetivo es convertirse en un punto de referencia en el debate de las ideas y de las políticas públicas con la vista puesta en una sociedad libre. Para acercarse a esa meta, pone en marcha planes de formación, abre y profundiza en líneas de investigación de forma multidisciplinar, y realiza esfuerzos divulgativos y de análisis de la actualidad.

Recursos adicionales:

Presupuestos: presente pomposo y futuro vacío

Afinales del mes de octubre se publicaban los Presupuestos del Gobierno de España para el año 2021 en la página del Ministerio de Hacienda. Bajo el eslogan “España puede”, el Gobierno nos presentaba lo que pomposamente ha bautizado como “los presupuestos para la transformación”. Desde entonces, muchos han sido los analistas que han desmenuzado los capítulos de gastos, las previsiones, las cuentas del Estado. En otras palabras: lo que nos espera.

Además de otros trabajos, a mí me gusta leer los informes que presenta el Instituto de Estudios Económicos (IEE) que preside Íñigo Fernández de Mesa. Fiel a su cita, el IEE publicaba el 11 de noviembre un completo informe señalando las luces y las sombras de unos presupuestos generales muy decepcionantes.

A la grandilocuencia de la retórica gubernamental se le une una descarada falta de respeto a las reglas más básicas de la higiene fiscal, no ya para una declarada liberal, como yo, sino para cualquier economista con dos dedos de frente.

Inevitablemente, viene a mi mente la cita de H.L. Mencken, que he leído en el libro The Myth of the Entrepreneurial State, de McCloskey y Mingardi, recién salido del horno. Mencken afirmaba que “cada elección es una especie de subasta de bienes robados”.

Los Presupuestos de Sánchez lo son. El aumento de la discrecionalidad así lo señala. También se caracterizan por reforzar la dependencia económica y dificultar el progreso económico futuro. En efecto, si se descuentan los efectos previstos de los fondos europeos, que aún no nos han concedido y no hemos ingresado, nos hallamos ante una actuación estatal muy pobretona, que focaliza el grueso del gasto en prebendas electorales disfrazadas de “gasto social”, y deja para lo que nos llegue de la UE la inversión de capital.

Ni siquiera cumplen el rol de “estado emprendedor” que desmontan Deirdre N. McCloskey y Alberto Mingardi en el libro citado. Si la intervención del Estado en el desarrollo tecnológico no es a coste cero, como defienden estos autores, qué se puede decir cuando la expansión del gasto del Gobierno es, en su mayor parte, gasto corriente.

Como bien afirma el informe del IEE, es una expansión “que no se puede justificar” en tanto que contribuye al crecimiento potencial, “al tiempo que, por su naturaleza, tiene un mayor riesgo de convertirse en gasto estructural”. Es decir, el gasto corriente tiende a enquistarse y convertirse en permanente.

El IEE aconseja tener en cuenta este problema y considerar que habrá que ir sustituyendo las políticas de apoyo a corto plazo por otras de rango temporal mayor que fomenten crecimiento y empleo. Para ello, proponen, entre otras cosas, una mejora en la colaboración público-privada o una mayor externalización de los servicios públicos. Anatema. Mucho mejor la discrecionalidad gubernamental. Porque, como todo el mundo sabe, cualquier persona en el ámbito del sector privado es un truhan y en el del sector público es un señor.

Pero, como me comentaba el secretario del IEE, el economista Gregorio Izquierdo, no nos damos cuenta de que un aumento del gasto estructural, teniendo en cuenta que a partir del 2022 la Unión Europea volverá a exigir ajustes de déficit y deuda públicos, significa también un aumento de los impuestos, no solamente de hoy, sino también en el futuro.

La razón es muy simple: si la posibilidad de endeudarse está limitada, los gastos se pagan con ingresos, y esa regla aplica también al presupuesto público.

Es decir, por un lado, hay que ser conscientes de que, por suerte, la mala situación económica se irá suavizando, se irán recuperando niveles de actividad. Seguramente tardemos en volver a los de antes de la pandemia, pero la excepcionalidad no puede prolongarse mucho tiempo.

No ya solamente por el deterioro de las economías, sino también porque se crea un hábito en los gobernantes, que se acostumbran al incumplimiento que hunde frente al rigor que asegura la sostenibilidad. Así que, en un par de años, probablemente, tendremos que cumplir, como todos, con las reglas europeas que tratan de asegurar la estabilidad económica en la región.

Si este Gobierno está propiciando el aumento del gasto estructural, y además se trata de un gasto ineficiente, que no promueve ni a medio ni a largo plazo el crecimiento económico, el Gobierno que esté en ese momento solamente va a tener dos salidas: incumplir o subir impuestos.

Un regalo envenenado del Gobierno bicéfalo Sánchez-Iglesias, quienes, no contentos con arrasar con el estado de derecho en nuestro país, también están echando sal a las raíces del aparato productivo, de manera que, cuando se vayan, esto será un erial. Si se van.

La base del funcionamiento de nuestra sociedad y, probablemente, de cualquier grupo humano, es la combinación de cumplimiento y confiabilidad. Una cosa lleva a la otra. Cumples, me fío. No cumples, no me fío.

Si cualquier observador internacional ojea estos Presupuestos, lo normal es que no le parezcamos muy confiables ni ahora ni después. Porque aseguran que el riesgo de incumplimiento de las reglas del club va a ser alto durante mucho tiempo. Y, siendo realistas, ¿quién querría tener un socio así a su lado?

Si unimos las piezas, resulta que estos presupuestos nos hacen más dependientes de la ayuda europea, porque es la encargada de financiar lo relevante, y a la vez, nos sitúa en el grupo de los países poco confiables de cara a esa misma institución que nos tiene que dar dinero. Un despropósito.

Son todos muy listos

Me admira la facilitad con la que la gente, a título personal o como miembros de instituciones o centros de estudio, es capaz de estimar las cifras de crecimiento de los países para dentro de uno, dos y hasta más años. El mundo es un sistema tremendamente complejo (no sólo complicado), interdependiente y en el que los cambios se producen y transmiten a velocidades supersónicas; la previsión de crecimiento es sólo un número, pero un número que resume millones de variables, cientos de miles de millones de decisiones, individuales y/o de grupos. Y aun así, lanzan la cifra, impertérritos y sin pudor, hasta incluyendo decimales, como un órdago intimidante que trata de convencernos de la omnipotencia de esos arcanos que sólo ellos conocen y en los que basan su sabiduría.

Pero el rey está desnudo. Y lo está porque, por mucho que nos dirijan, impongan o amordacen, nadie sabe qué va a pasar con el virus; ni con nuestra estructura productiva; ni con nuestras costumbres; ni con cómo van a reaccionar los políticos, los gurús financieros o los burócratas.

Incluso si el virus hubiese sido diseñado con detalle en un laboratorio, y la información se hubiese compartido con esos aprendices de brujo, no podrían prever ni el clima en cada punto del planeta, ni las medidas que, para controlarlo, vayan a tomar cientos de países distintos, miles de millones de personas diversas: su comportamiento, movimientos, o viajes… ni lo que se va a tardar en obtener una vacuna, ni su grado de efectividad inicial, ni la velocidad con la que se van a testar posibles tratamientos. Ni siquiera sabemos hasta dónde puede resistir la gente, su grado de fortaleza o el punto a partir del cual caeremos, como sociedad, en el desaliento… o en la euforia, cuando esto pase.

Por mucho que nos aleccionen, amordacen o impongan, nadie puede prever en qué medida va a cambiar nuestra concepción del mundo, nuestros intereses, nuestros gustos y nuestras costumbres (pautas de ahorro y de consumo, formas de relacionarnos y de trabajar etc.). Ni siquiera si esos gurús hubiesen hecho antes experimentos con humanos en circunstancias similares sabrían la respuesta.

Tampoco es posible prever qué empresas concretas, subsectores o sectores pueden ser los primeras en caer, y los efectos que su caída puede suponer para el resto, ni el estado en el que van a quedar las demás. ¿Se van a producir cuellos de botella en según qué sectores? ¿Cuánto se tardaría en capitalizarlos (con recursos reales disponibles, no papelitos)? ¿Estará disponible el capital para que eso ocurra o se destinará a otros objetivos? ¿Si hay cambios en las pautas de ahorro y de consumo, cuánto va a tardar nuestro tejido productivo en adaptarse y con qué recursos va a contar para hacerlo? ¿Dejarán los políticos y burócratas que eso ocurra, o seguirán manteniendo, como a zombis, los sectores pasados de moda?

Y es que desconocemos, también, las medidas que van a imponer nuestros políticos y burócratas, aunque tengamos claro por dónde van. Y, aunque tuviésemos certeza sobre el tipo de ayudas y su cuantía, estando como estamos en terreno desconocido, con niveles de deuda nunca vistos y tipos de interés en mínimos, nadie sabe muy bien cuáles son las consecuencias económicas más probables y en qué momento se podrían producir.

Y, por terminar, aunque podríamos seguir, desconocemos los mecanismos que el ingenio humano arbitrará para adaptarse y sobrevivir, como lleva haciendo miles de años, a estas nuevas circunstancias. Innovaciones que, alentadas por una necesidad perentoria, podrán ser más o menos revolucionarias.

Somos miles de millones de personas totalmente interdependientes. Basta un pequeño cambio en el punto más recóndito del sistema para que sus efectos se transmitan, a enorme velocidad, por el resto del planeta; no digamos nada si se trata de un suceso más grave: una vacuna, una innovación, un descubrimiento, un misil que se escapa, un asesinato, la quiebra de un banco, el cierre de una mina… o el pánico.

Todavía si estuviésemos en un momento tremendamente estable, en el que las costumbres aprendidas dirigiesen nuestras vidas sin salirse del carril, quizás entonces… pero no lo estamos. Y, por mucho que se empeñen, riesgo no es igual a incertidumbre. E incertidumbre, se mire donde se mire, es lo único que se ve. Aún así, estos brujos petulantes tienen la desfachatez de tomarnos el pelo haciendo predicciones, que incluyen decimales, y que hasta ellos saben que son falsas. Más que un farol parece un chiste… bastante malo, la verdad.

Antes de ellos, la oscuridad

No hace mucho vi la película de Netflix Enola Holmes (2020), protagonizada por Millie Bobby Brown, que nos cuenta las aventuras de la hermana adolescente del famoso detective Sherlock Holmes (Henry Cavill), en busca de su desaparecida madre, Eudora (Helena Bonham Carter), pero en contra de los deseos de su otro hermano, Mycroft (Sam Claflin)[1]. Sin descubrir la trama, la película, que se ve con agrado aunque no despierta pasiones, muestra el choque de la estricta sociedad victoriana con el feminismo actual, donde la mujer, no es que pretenda igualar sus derechos con los del varón ante la ley[2], sino que les da sopas con honda en prácticamente todo y los desprecia por condescendientes, cultural y socialmente influidos, salvo en algunas honrosas excepciones. La gracia de este tipo de producciones reside en el contraste entre la torpeza del conservador y la inteligencia del progresista, además de la ruptura de roles y mitos, reales o inventados.

Es posible que, para los ojos más jóvenes, este tipo de narraciones se vea como una novedad, savia nueva que alimenta un árbol mustio. Sin embargo, me temo que ni siquiera es así. A finales de los años 60 y, sobre todo, en la década de los 70 del siglo pasado, una serie de películas introducía el feminismo en épocas históricas, incluyendo la victoriana, famosa por una supuesta rigidez moral. Los personajes femeninos de estas películas también estaban dispuestos a demostrar que los hombres, además de condescendientes, eran bastante ingenuos, torpes y llenos de prejuicios hacia las mujeres. Un ejemplo bastante entretenido sería La carrera del siglo (1965). En este caso, sobre todo entrados los 70 y en el cine europeo, eran más dadas a mostrar su cuerpo en ropa interior (corsé principalmente) y, si a la productora y a la actriz les parecía bien, toda la superficie corporal que fuera necesaria. El feminismo de esa época se manifestaba de maneras que el feminismo actual considera inapropiadas, y mostrar el cuerpo desnudo era una de ellas, pues escandalizaba a los más conservadores, a la vez que descubría su íntima hipocresía.

En ambos ejemplos hay un elemento en común que, al estar ante un vehículo de entretenimiento, pasa desapercibido y es la manipulación que se hace del contexto, en este caso el histórico, para adaptarlo a las circunstancias presentes, como la reivindicación del feminismo. El comportamiento de hombres y mujeres en los diferentes siglos responde a contextos personales y colectivos muy concretos y, por tanto, sus comportamientos son coherentes con ellos, no con los actuales, por mucho que nos cueste entender lo que en ese momento era normal, como pueden ser jerarquías sociales, códigos morales o comportamientos, ahora, inapropiados. Incluso los más progresistas se limitaban a romper los límites de esa época, no a adoptar los de esta.

Es posible que, en este punto, más de uno piense que, al fin y al cabo, estamos ante una serie de películas, ante la creatividad del arte y, lógicamente, hay razones para tal manipulación, para estas alteraciones de la realidad y así, generar una respuesta emocional, que es lo que pretende el arte; y eso es cierto. Sin embargo, no siempre la manipulación responde a criterios artísticos, sino que puede hacerse con criterios reivindicativos y, no pocas veces, se pretende la manipulación intelectual de los que lo ven. El arte y la política, el arte y la ideología, el arte y la religión conviven y se alimentan el uno del otro. La producción audiovisual se ha usado con frecuencia para expandir ideas, y artistas de todo tipo han colaborado de buena gana en esta labor.

Durante la Transición, hubo un deslizamiento de muchos actores y actrices hacia la izquierda política, y se creó un nuevo cine, mucho más social, más ‘serio’, más ‘comprometido’, en el que la Guerra Civil y el franquismo quedaban al pie de los caballos, denunciando sus atrocidades y sus disparates, fueran o no reales[3]. La creación de un flujo de dinero público, en forma de subvenciones, hacia las producciones más acordes a estas ideas favoreció la fabricación de un mundo paródico que, poco a poco, se ha ido separando del recuerdo de los que lo vivieron y se ha transformado en la versión de sus enemigos. Exceptuando La Vaquilla (1985) de Luis García Berlanga y Espérame en el cielo (1988) de Antonio Mercero, no recuerdo ninguna producción ambientada en la Guerra Civil o en el posterior franquismo que no muestre de manera bipolar y maniquea a los que vivieron en esa época, a ciertos acontecimientos históricos y políticos, donde los malos siempre son unos y los buenos, los otros.

La izquierda revolucionaria, que es la que tenemos asentada en el poder en España, y otra izquierda, no tan revolucionaria pero sí muy implicada en la ingeniería social, necesitan cambiar el relato dominante para, con ello, ir creando el hombre nuevo y las ideas que darán pie a una sociedad más adecuada a sus objetivos. Los partidarios de la ingeniería social vivieron con descaro en España hasta el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que inició la revolución. Promovieron la invasión de las instituciones públicas y algunas privadas, implementaron legislación fundamental y, sobre todo, controlaron la cultura y la educación, tanto general como universitaria. Tampoco creo que tuvieran un plan, simplemente era lo adecuado, lo que había que hacer, lo coherente con sus ideas. Con el tiempo, las sucesivas reformas educativas crearon una mayoría de personas con ideas progresistas que, hoy por hoy, son los padres que ahora están lidiando con jóvenes hijos tentados por ideas de las que disfrutaría un miembro del PCUS[4].

La izquierda revolucionaria es mucho más intensa e impaciente. Trabaja sobre un panorama ya moldeado por su predecesora, lo que le facilita ciertas tareas, como un relato medio hecho y muy aceptado, una ideología general más cercana a la suya y cierta base social que acepta, casi sin rechistar, las ideas que le muestra. Sin embargo, hay muchas cosas que molestan a la izquierda revolucionaria, incluyendo sus aliados. Su feminismo choca con el feminismo de las mujeres de los 70 y 80, hasta el punto de que insignes y ya canosas defensoras de la mujer y la igualdad de derechos han chocado frontalmente con las instigadoras del ‘Me Too’ y otros movimientos radicales. Al extremismo le molesta la tibieza, agradece con rapidez los servicios prestados y relega a sus protagonistas al olvido. Ahora que están a punto de fallecer las últimas personas que vivieron y conocieron la Guerra Civil y envejecen las que vivieron en tiempos de Franco, se impone a golpe de perpetración educacional un relato que denigra todo lo que huela a esa época, a la vez que se intenta crear otro discurso que repudia la Constitución y el régimen que crea, al considerarlo una extensión del franquismo. Mientras, Irene Montero descubre la maternidad como si antes nunca una madre la hubiera sentido, a la vez que te cuentan cómo y con quién tienes que emparejarte, cómo debes disfrutar del sexo o en qué condiciones puedes intentar emparejarte o no. No hay historia, no hay sentimientos, no hay emociones más allá de lo que dicen y muestran los revolucionarios. Antes de la izquierda revolucionaria todo era un páramo carente de sentimientos, lleno de seres repugnantes que golpeaban a las mujeres, denigraban a los homosexuales, encarcelaban a los izquierdistas y dirigían la cultura y la educación a las élites del partido, condenando a los demás a la ignorancia. Esta caricatura es, hoy por hoy, la verdad oficiosa que se pretende a través de leyes como la de Memoria Histórica y de Memoria Democrática. En definitiva, antes de ellos, la oscuridad.

[1] La película está basada en la serie de libros de Nancy Springer: ‘The Enola Holmes Mysteries’.

[2] Constitucionalmente, esto es un hecho, pero no opinan así muchas personas y colectivos.

[3] Sigue existiendo, hasta el punto de que ahora los que se declaran abiertamente de derechas, no ya liberales, tienden a ser castigados por el resto, generalmente con el ostracismo profesional, además de tener más difíciles las ayudas públicas. Es más fácil para estos no entrar en polémicas ni en el debate público.

[4] En zonas con mayoría nacionalista, las escuelas han sido invadidas por políticos y militantes de este ala, de forma que la independencia basada en modelos totalitarios y el nacionalismo excluyente son sus referentes. En este caso, habría disfrutado un miembro del NSDAP.

Quebrar el país no es una política social

“Silver linings may disappear but they always shine”. Ronnie James Dio.

Es curioso que nos intenten vender que hundir y quebrar a un país es una política social. Disparar el déficit y hundir la economía productiva no solo ponen en peligro el bienestar de las generaciones futuras, sino que hacen insostenible lo que los radicales de izquierda fingen defender: el sector público.

Estos Presupuestos (lean el análisis completo aquí) no son un “carpetazo a la austeridad” ni “el fin del modelo neoliberal” como repite Pablo Echenique. Son un carpetazo a la solvencia y hacen a España mucho más dependiente de la ayuda del contribuyente alemán.

Curioso que se vanaglorie del final del inexistente modelo neoliberal mientras se suben a la espalda del máximo exponente de sus críticas. Fabuloso éxito de la ultra-izquierda, subordinar toda la economía española a la paciencia financiera de otro país.

Lo que muestran estos Presupuestos es que los hilarantes anticapitalistas de hoy en realidad son los más capitalistas de todos. Subordinan la economía española al fruto del ahorro de otros y al crecimiento del capitalismo mientras se suben el sueldo y se compran mansiones a cargo de los impuestos de los contribuyentes. No son anticapitalistas, son sanguijuelas del capitalismo.

Estos Presupuestos no son el fin de la austeridad. Son la evidencia de que vendrán enormes recortes en el futuro tras el exceso actual, igual que ocurrió en 2009 cuando disparamos el déficit y los desequilibrios porque “tenemos margen”. Los excesos de gasto innecesario de hoy son siempre los recortes de mañana.

Piénsenlo por un momento. El Banco de España y la AIReF han alertado que las estimaciones de estos Presupuestos no son creíbles y que el gasto está disparado. El gasto se eleva más de un 50%, con un déficit que el propio Gobierno reconoce que no bajará del 7% en 2021.

¿Fin de la austeridad y del modelo neoliberal? Hay que tener rostro para decir eso cuando llevan las cuentas públicas al mayor déficit de la Unión Europea en 2020, 2021, 2022 y 2023 en todas las estimaciones.

Ni el apoyo del Banco Central Europeo ni el Fondo de Recuperación de la Unión Europea disfrazan el aumento sin control de subvenciones, gasto político, sueldos de personal de libre designación, estructuras clientelares.

El que piense que el apoyo del BCE y de Europa va a evitar los enormes recortes que van a ser necesarios para equilibrar las cuentas tiene un problema de memoria. El gobierno está haciendo exactamente lo mismo que se hizo en 2009, fiarlo todo a Europa y al BCE, aumentar masivamente el gasto y los desequilibrios, pero esta vez lo hace sin espacio fiscal y con la evidencia de que tras los excesos de 2009 llegaron los ajustes de 2010.

Un país que en las estimaciones de ciencia ficción del Gobierno (crecimiento de más del 9% en 2021) genera un déficit mínimo de 94.000 millones de euros es un país quebrado cuyo Gobierno pone en peligro a los miles de funcionarios y dependientes a los que dice defender.

Estos Presupuestos, además, no tienen nada de social. Suben los impuestos al consumo que son profundamente regresivos y sufren más las clases medias y bajas y la partida que más aumenta es la de gasto discrecional.

Con estos Presupuestos, el Gobierno de Sanchez-Iglesias va a aumentar la deuda en doce meses más que el ejecutivo de Zapatero en tres años, y en dos años la elevarán más que Rajoy en ocho años… Con una enorme salvedad que hace este Presupuesto más peligroso. España en esos ocho años redujo el déficit un 70%. Ahora España aumenta su déficit total y además el estructural (el que se genera con o sin crecimiento) en más de 20.000 millones de euros.

No existe ninguna medida de ingresos que cubra el agujero presupuestario que han creado, y que venía ya de la era pre-covid 19. Recordemos que el Gobierno disparó el déficit en crecimiento, con ingresos récord y se saltó sus propias estimaciones en 7.000 millones de euros.

Cualquier funcionario o pensionista español debería estar muy preocupado por su situación cuando se hunde la solvencia del país y se ataca el sector productivo. Los primeros interesados en tener un sector privado fuerte deberían ser los miembros del sector público, porque sin sector privado no hay sector público que pagar.  

Cualquier ciudadano de este país debería entender a estas alturas que aumentar salvajemente el gasto corriente ni fortalece el crecimiento ni mejora sus perspectivas de empleo, pero además deprime sus salarios reales y su poder adquisitivo.

Los que celebran estos Presupuestos como un éxito porque van a recibir unos cientos de euros de la enorme bola de deuda generada deberían aterrarse ante la evidencia de que perderán miles en el futuro, sea en términos nominales o reales.

Ninguna expansión monetaria o fiscal va a cubrir el agujero de deuda y, con ello, peor crecimiento y empleo, que están generando en la economía.

Pasarle los desequilibrios de gasto político a los contribuyentes europeos no es nada social, sino profundamente anti-social. Hundir la sostenibilidad de los sistemas públicos para perpetuar gasto corriente innecesario es inmoral.

Los Presupuestos son importantes. Unos malos Presupuestos son devastadores.

Descentralizando la lucha contra la pandemia

Hace unas semanas, el Gobierno de España declaró un estado de alarma de seis meses, básicamente con el objetivo de que cada comunidad autónoma pudiera decidir qué medidas aplicar contra la pandemia de la covid, en particular, imponer por sí mismas confinamientos perimetrales o toques de queda, si lo veían útil.

Por supuesto, la meta-medida fue saludada con gran debate y polémica, y no es para menos, porque como mínimo parece una forma torticera de declarar una situación de este estilo; por otro lado, por muy ingenuo que uno quiera ser, hay una posibilidad muy real que los políticos que gobiernan España en estos momentos utilicen tal vehículo para fines muy distintos de los que se pretenden.

Pero, si dejamos de lado estas prevenciones (cosa que quizá no habría que hacer, pues pueden ser mayores los daños que vengan de ahí que los beneficios que se obtengan por las razones que ahora explicaré), hay que reconocer que este sí parece un paso en la buena decisión. Me refiero, a dejar que sean las CC. AA. las que tomen las medidas para detener la pandemia amparándose en las competencias que asume el Gobierno como consecuencia de la declaración  del citado estado de alarma, y que a continuación descentraliza.

En efecto, por mucho que se le llame pandemia, la enfermedad se contagia localmente, pues precisa de la proximidad de los individuos para su progreso. Por tanto, es evidente que las situaciones en cada área geográfica van a ser completamente distintas en función de determinados parámetros, como la densidad poblacional u otros. Si esto es así, no tiene sentido que se tomen medidas nacionales o supranacionales, incluso quizá regionales, para detener la extensión de la enfermedad. Y, sin embargo, es lo que han hecho todos los países europeos y muchos otros, empezando por España.

La única razón por la que se han tomado medidas a nivel nacional es porque esa es la jurisdicción geográfica de los gobiernos que han tomado las medidas. Algo que, en España, se reproduce cuando miramos a nivel de comunidad autónoma. ¿Por qué se cierra Castilla-León y no Cantabria? Pues porque así quedaron definidas las respectivas comunidades autónomas cuando se definieron a mediados de los 70, no porque el virus siga patrones de comportamiento distintos según las fronteras políticas.

Por ello, hay que valorar adecuadamente este primer paso descentralizador del gobierno español. Obviamente, no es la solución ideal, pero sí un avance en la dirección correcta.

Dos son las principales ventajas que presenta el nuevo modelo respecto al anterior de absoluta centralización. La primera ya se ha apuntado: mejor adaptación a cada realidad regional, aunque con los límites descritos también hace un párrafo. Si la comunidad es suficientemente pequeña, quizá este grado de descentralización sea suficiente: La Rioja, el País Vasco o Murcia, pueden ser lo suficientemente homogéneas para que sus decisiones estén suficientemente adaptadas a la realidad. Pero, al mismo tiempo, Andalucía, Castilla-La Mancha o Aragón, son demasiado extensos y heterogéneos como para que el grado de adaptación sea válido. El camino adelante pasaría porque las CC. AA. descentralizaran las decisiones a nivel de comarcas o de municipios, y así sucesivamente.

La segunda ventaja tiene un potencial quizás mayor. En efecto, al no ser una decisión centralizada, cada una de las CC. AA. puede tratar de innovar en sus medidas, aplicando distintas posibles soluciones a los problemas planteados. Así, en vez de una entidad haciendo pruebas, nos encontramos con 17, por lo que las probabilidades de que alguien acierte son mayores. Y si alguien acierta, las demás CC. AA. podrán tratar de aplicar el mismo remedio en sus casos. Evidentemente, con la ceguera ideológica que aflige a muchos de sus mandatarios, hay posibilidades de que opten por mantenella y no enmendalla, pero sin duda lo pagarán en las elecciones. A modo de ejemplo, solo hay que ver lo que está pasando con la hostelería en Cataluña a la vista de los resultados obtenidos por los métodos menos invasivos utilizados en la Comunidad de Madrid.

En el fondo, aunque disfrazado con otros términos, estoy hablando del sano ejercicio de la competencia, aplicado en este caso a las medidas contra la covid. Si el Gobierno central se queda con el “monopolio” de la lucha contra la covid, sabemos por teoría económica que la innovación se resentirá (aparte de la eficiencia, por supuesto). Al haber abierto el “mercado” tenemos al menos 17 competidores tratando de hacerlo bien.

Además, me atrevería a decir que contrariamente a lo afirmado por Mises en su burocracia respecto a la falta de incentivos para innovar en ese tipo de organizaciones, no sería el caso aquí, pues tenemos a políticos actuando como emprendedores, y sí que internalizarían tanto los beneficios como las pérdidas por sus decisiones, siempre en términos electorales.

Una vez más, si vas descentralizando más el ámbito de las decisiones, mayor número de competidores entrará al “mercado” (en este caso, por ejemplo, los municipios) y también cabe esperar una solución con más probabilidad.

Obviamente, en el extremo, o sea, en la situación ideal, somos cada uno de nosotros los que adaptamos las medidas a nuestra protección e innovamos en cómo hacerlo, con los éxitos extendiéndose por imitación, y los fracasos olvidándose rápidamente y con los costes concentrados en la persona que se ha equivocado en la decisión, y no en toda la sociedad.

Pero dejemos de soñar. De momento, limitémonos a dar la enhorabuena al Gobierno por una medida acertada y cerremos los ojos sobre las verdaderas razones que les pueden haber llevado a tomarla, que me temo serán algo más tenebrosas que las que acabo de describir.

Mises no comprendió a Menger

Si Bitcoin no ha tenido la acogida merecida en la escuela austriaca, es en buena medida por las interpretaciones de Mises que lejos de construir sobre las sólidas y claras ideas de Menger, trata de corregirlas de forma poco acertada. Empecemos con la crítica que le hace Mises a Menger:

Pero hasta ahora se ha descuidado una cuestión: ni Menger ni ninguno de los muchos investigadores que han tratado de seguirle han intentado realmente resolver el problema fundamental del valor del dinero […]; pero no han dado una contestación a la pregunta clave: ¿cuáles son los determinantes del valor de cambio objetivo del dinero? Menger y Jevons ni siquiera han llegado a tocar el problema (Mises, 1997, p. 91. El énfasis en esta y las demás citas es siempre mío)

Esta afirmación, con todos los respetos, es un auténtico disparate.  Toda la obra de Menger y en particular su libro Principios de Economía Política consiste en demostrar de manera metódica y concienzuda que no hace falta ninguna teoría adicional para dar explicación al valor del dinero[1] distinta de la teoría del valor subjetivo aplicable a cualquier bien.

En mi opinión una de las razones por las que Mises no comprende a Menger se debe a que no prestó la suficiente atención al significado que Menger le da al término “mercancía”.  Puede parecer una cosa bastante tonta, pero después de haber pasado mucho tiempo analizándolo creo que no lo es en absoluto.  Menger es muy riguroso cuando se refiere a mercancías, hasta el punto de dedicarle un capítulo completo, el capítulo VII titulado “Teoría de la Mercancía”. Y este rigor se debe a que para Menger el dinero es la mercancía por excelencia, siendo mercancía cualquier bien destinado al intercambio. Veamos la definición de Menger:

Con todo, la ciencia económica necesita, para sus exposiciones, de una denominación que incluya a todos los bienes económicos susceptibles de intercambio, sea cual fuera su masa, corporeidad, volumen, movilidad, su carácter como producto del trabajo o la persona que los ofrece. De ahí que un gran número de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancías los bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio. (Menger, 2012, Capítulo VII -1)

Por mercancía Menger se refiere a cualquier tipo de bien.  Puede ser intangible e incluso puede ser inicialmente un bien no económico (no escaso) de ahí que ponga el término “económicos” entre paréntesis.  Esto sería por ejemplo el caso de artilugios como conchas o piedras talladas que muchas tribus fabricaron con el único propósito de ser medios de cambio, que adquirirían carácter económico en el momento en que fueran demandados por otros individuos que aprecien sus cualidades como medio de cambio (transportable, difícil de falsificar, escaso, etc).   Bitcoin nunca fue el primer bien cuya utilidad es ser exclusivamente medio de cambio, esto viene de muy atrás tal y como explica Nick Szabo al referirse a lo que él llama collectibles. Szabo, por cierto, es el creador de Bitgold, que es el sistema que sirvió de base para crear Bitcoin.

Continúa Menger:

A partir de dicho concepto de mercancía, entendido en su sentido científico, se puede comprender de inmediato que el carácter de mercancía no es una propiedad intrínseca del bien en cuestión, sino sólo una especial relación de la misma hacia aquella persona que dispone de ella, una relación cuya desaparición entraña, a su vez, la desaparición del carácter de mercancía de los bienes mismos. Y así, un bien deja de ser mercancía en el instante mismo en que el sujeto económico que dispone de ella renuncia a su intención de venderla o bien pasa a manos de una persona que no tiene intención de intercambiarla, sino de consumirla (Menger, 2012, Cap. VII – 1).

Deja claro que él en todo momento se refiere al significado científico del término mercancía, y por tanto es así como hay que entender todo su trabajo:

De lo dicho se desprende una doble conclusión: en primer lugar, que con la alusión genérica al dinero como “mercancía” no se avanza ni un solo paso en el intento de explicar la posición peculiar del dinero en el círculo de las mercancías; y, en segundo lugar, que la opinión de quienes niegan el carácter de mercancía del dinero “porque el dinero, en cuanto tal, y sobre todo bajo la forma de moneda acuñada, no sirve para ningún fin de uso” es insostenible (prescindiendo además del desconocimiento de la importante función del dinero que esta afirmación encierra), ya por la sencilla razón de que esta objeción es aplicable también a la cualidad de mercancía de todos los restantes bienes. Efectivamente, ninguna “mercancía”, en cuanto tal, sirve para fines de uso, al menos en su forma o presentación comercial (en barras, balas, paquetes, etc). Para poder ser usado, todo bien debe dejar de ser mercancía, debe perder la forma normal con que aparece en el mercado (hay que diluirlo, romperlo, partirlo, trocearlo, desempaquetarlo, etc.). Los metales nobles aparecen en barras y monedas acuñadas y la circunstancia de que para que se les pueda emplear en sus diferentes usos haya que empezar por despojarles de estas formas de circulación no justifica de ningún modo que se ponga en duda su carácter de mercancía. (Menger, 2012, Cap. VII – 1 nota al pie 5)

Aquí Menger condena como insostenible la opinión que más tarde elaboraría Mises con total claridad y rotundidad. Para Menger una moneda o lingote de oro es una mercancía precisamente porque no se consume, mientras que para Mises una moneda de oro es mercancía ¡¡por la razón contraria!!, es mercancía según Mises porque el oro podría consumirse (electrónica o joyería).  Volvemos a Mises y constatamos cómo clasifica el dinero en diferentes categorías, una de ellas es el “dinero-mercancía”:

Podemos llamar dinero-cosa o dinero-mercancía (Sachgeld) a aquel tipo de dinero que es al mismo tiempo una mercancía (Mises, 1997, p.34)

En Menger sería una redundancia hablar de “dinero-mercancía” porque para él todo dinero es mercancía por definición. Recordemos la cita de más arriba: “con la alusión genérica al dinero como “mercancía” no se avanza ni un solo paso en el intento de explicar la posición peculiar del dinero en el círculo de las mercancías”.  Por tanto sólo cabe interpretar que Mises no utiliza el mismo significado que Menger para la palabra mercancía, y se está refiriendo aquí a que el material del que está hecho ese “dinero-mercancía” tiene una utilidad distinta a la de ser medio de cambio.

Con respecto al valor del dinero, dice Mises lo siguiente:

Cuando explica el valor de los bienes, el economista puede y debe limitarse a considerar como dado el valor de uso subjetivo, dejando la investigación de sus orígenes al psicólogo; pero el problema real del valor del dinero comienza sólo cuando se constata que no tiene valor de mercancía, es decir en el momento de rastrear los determinantes objetivos de su valor subjetivo, ya que el dinero no tiene valor subjetivo alguno sin un valor de cambio objetivo […] Al revés que las mercancías, el dinero nunca puede usarse a menos que posea un objetivo valor de cambio o poder de compra (Mises 1997 p.72)

Aquí queda ya meridianamente claro que para Mises el valor de una mercancía necesariamente implica una utilidad distinta a ser medio de cambio, mientras que para Menger lo que caracteriza a una mercancía es precisamente ser medio de cambio, es decir, que no es necesario que tenga otros usos distintos a ser medio de cambio.

Con este análisis no trato en absoluto de defender que Menger utilizara un significado correcto de mercancía y Mises otro incorrecto.  Aunque sí quiero insistir en que Menger fue muy cuidadoso al definir el término mercancía dedicándole un capítulo entero, cosa que Mises no hizo.  Lo relevante de usar significados distintos son las siguientes implicaciones:

  1. Para Menger el carácter de mercancía no es una cualidad intrínseca del bien, sino sólo una especial relación de la misma hacia aquella persona que dispone de ella. Esto implica que bienes como la moneda fiat, Bitcoin o los collectibles de Szabo son mercancías según Menger.
  2. Para Mises el carácter de mercancía si que es una cualidad intrínseca del bien, y además acota su significado a bienes que han de tener si o si utilidad no monetaria.  Acotación que en ningún momento hace Menger.  Quiero resaltar además que el hecho de que Menger ponga como ejemplos de mercancía bienes con utilidad no monetaria (piel de oso, etc) no sería de ninguna manera justificación para decir  que Menger coincide con Mises en la idea de que una mercancía debe tener una utilidad distinta de la monetaria.  Los ejemplos son eso, ejemplos, y no se puede pretender que sean exhaustivos.  Lo relevante científicamente son los conceptos.

De lo anterior se deduce que Mises no acaba de asimilar la Teoría del Valor Subjetivo expuesta por Menger en lo que se refiere al dinero, pues necesita atarlo a lo que él denomina valor de uso objetivo tal y como demuestra el significado que le da al término “mercancía” y sobre todo tal y como demuestra su afirmación de que el dinero sólo puede valorarse en el supuesto de que previamente tenga un cierto valor de cambio objetivo debido a otro uso distinto de ser medio de cambio.

A partir de ahí comienza lo peor de lo peor de Mises, que es requerir que el dinero ha de poseer valor objetivo de cambio antes de ser útil como dinero:

En efecto, puesto que el dinero, al revés que los otros bienes, sólo puede realizar su función económica cuando posee un valor de cambio objetivo, el análisis de su valor subjetivo requiere previamente el de su valor de cambio objetivo. En otras palabras, la teoría del valor del dinero nos retrotrae del valor de cambio subjetivo al valor de cambio objetivo. (Mises, 1997, p.76.)

Pero, como dijimos anteriormente, el valor de uso subjetivo del dinero, que coincide con su valor de cambio subjetivo, no es otra cosa que el valor de uso anticipado de las cosas que con él se van a comprar. El valor subjetivo del dinero tiene que medirse por la utilidad marginal de los bienes por los cuales puede cambiarse. (Mises, 1997, p.84)

En este último párrafo Mises confunde la utilidad del dinero con su precio.  El valor de los medios de cambio, incluido el dinero, no es el valor de las cosas que con él se van a comprar, sino que deriva del valor añadido que proporcionan los intercambios que dichos medios facilitan.  Menger deja claro que en un intercambio el bien que recibes es más valioso que el bien que entregas.  De ese incremento de valor es de dónde deriva el valor de los medios de cambio (lo que Menger denomina mercancías) aunque no tengan ningún uso distinto a ser de medio de cambio, pues los medios de cambio son una herramienta que facilita incorporar esa diferencia de valor.

Los bienes cuya única utilidad es ser medio de cambio derivan su valor de los costes que ahorran en el intercambio con respecto a las alternativas disponibles para intercambiar (trueque u otros medios de cambio) y también de los nuevos intercambios que posibilitan. Los costes o limitaciones de los medios de cambio los detalla Menger minuciosamente en el Capítulo VIII de Principios de economía política “La Capacidad de venta de las mercancías”. 

Estos costes dependen de cualidades como la cantidad ofrecida con respecto a la demandada (escasez), la divisibilidad, costes políticos, transportabilidad, durabilidad, costes de almacenamiento, etc. Cuanto menores sean los costes que implica utilizar el medio de cambio, mayor será el valor añadido neto que se obtiene de dicho intercambio. Ese valor neto (subjetivo) es la razón por la que se demanda dicho medio de cambio.

Y este valor del medio de cambio no se distingue en nada al valor que le damos al servicio de un broker o intermediario comercial, un periódico de anuncios clasificados, wallapop, una lonja o una bolsa de valores.  Nos facilitan el intercambio y por ello los demandamos e incluso estamos dispuestos a pagar una comisión por utilizarlos, porque el valor añadido que nos proporciona el intercambio es mayor que la comisión que pagamos.

La necesidad de intercambiar es una necesidad como otra cualquiera, y cualquier bien que satisfaga esa necesidad es útil y por tanto valioso. Estos bienes son los medios de cambio y son útiles ya solo por eso, independientemente de que además pudieran tener otras utilidades o no. No es necesaria ninguna teoría especial para analizar el valor de los medios de cambio ni tampoco para el dinero más allá de la teoría que expone Menger para cualquier otro bien.  Y por descontado que no es necesario ningún teorema ad-hoc, como el teorema de regresión.

En conclusión, Mises no entendió a Menger porque no puso en relación el valor de  intercambiar[2] con la utilidad que tienen los medios de cambio para permitir incorporar el valor que nos proporcionan dichos intercambios de manera más eficiente y barata[3]. Este valor cobra mucha más importancia si tenemos en cuenta además la cantidad de intercambios que de otra manera nunca se producirían sino es gracias al abaratamiento que los medios de cambio proporcionan.  

Por reducción al absurdo, ¿Cuál sería nuestra riqueza si no pudiéramos intercambiar entre nosotros en absoluto? Muy pequeña, probablemente una riqueza de supervivencia.  Supongamos que todos sabemos que intercambiando seríamos infinitamente más ricos y que alguien inventa un bien cuya única utilidad es posibilitar el intercambio, ¿Qué demanda tendrían las unidades de ese bien y qué relación tendría su valor con respecto a toda la riqueza adicional que permitirá crear?

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Agradecimientos:

A mi maestro Carlos Bondone por revisar este trabajo, pero sobre todo por ayudarme a entender, entre otras muchísimas cosas, que el intercambio es un bien económico en sí mismo, idea central de la conclusión.

A Fernando Nieto también por revisar este trabajo, pero sobre todo por ayudarme a entender la función de los medios de cambio como herramientas que maximizan el valor de los intercambios, también concepto fundamental de mi conclusión.

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Bibliografía

Bondone, Carlos (2020), Teoría Económica Subjetiva Solidaria – 3a Edición

Menger, Carl (2012) [1871] , Principios de Economía Política, Bubok Publishing

Mises, Ludwig Von (1997) [1912], La Teoría del Dinero y del Crédito. Unión Editiorial

Nieto, Fernando (2020) Exchange Friction Formula. Publicado en Twitter

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[1] Normalmente en este punto utilizaría el término más general “Moneda” según la taxonomía de Bondone (2020, p. 71).  Excepcionalmente usaré el término “Dinero” utilizado por Menger y Mises.

[2] Bondone, 2020, p.34  “El intercambio es un bien económico”

[3] Nieto, 2020 “Un medio de cambio será utilizado y atesorado durante un determinado periodo de tiempo, siempre que sirva para reducir los costes de un intercambio, ayudando a maximizar el valor neto creado por el intercambio”

Trump vs Biden: ¿unas elecciones robadas?

Mucho hemos tardado en saber que Joe Biden es el nuevo presidente de los Estados Unidos, y ni siquiera eso lo podemos dar por seguro. Ya hemos vivido esta situación en 2000, cuando tuvimos que esperar cinco semanas para saber que 537 votos de diferencia convertían a George W. Bush en el 43 presidente de la república.

Pero quizás nos tengamos que remontar un poco más atrás, al recuento en Cook County, en Chicago, en las elecciones presidenciales de 1960. La maquinaria política demócrata, que conocía los vericuetos para obrar malabarismos con los votos allí, volvió a funcionar para arrojar una ventaja escasa, pero suficiente, en el Estado de Illinois: 8.858 votos.

Por otro lado, Kennedy había elegido como candidato a la vicepresidencia al senador Lyndon Johnson, a quien abierta y sinceramente aborrecía, porque necesitaba la victoria de Tejas. Lo que Kennedy necesitaba de Johnson no era su popularidad en el Estado, sino su acreditada capacidad para manipular las elecciones.

Nixon llegó a la conclusión de que le habían robado la presidencia en sus narices. Cierto o no, ese era el convencimiento del vicepresidente Nixon. Pero una cosa es dar por seguro que algo ha ocurrido y otra probarlo, y como Nixon no contaba con las pruebas, se tragó su orgullo, engulló su ambición y reconoció a John F. Kennedy como presidente.

¿Estamos ante eso? ¿Le ha robado la maquinaria demócrata la presidencia a Donald J. Trump? Es verdad que hemos visto situaciones extraordinarias en estas elecciones.

Judicial Watch ha realizado un estudio muy sencillo, en su concepción: La organización comparó el número de votantes que tienen el derecho legal de ejercer el voto, con el número de esos votantes que se han registrado para poder hacerlo. Lógicamente el número de votantes registrados será igual o menor a todos los que tienen el derecho de hacerlo. Pero Judicial Watch observó que en 352 condados, pertenecientes a 32 Estados de los Estados Unidos, había más votantes registrados de los que legalmente pueden ejercer el voto. Suman 1,8 millones de votantes fantasma. Por supuesto, nada impide que en el resto de condados no se produzca el mismo tipo de fraude, sólo que en ellos no ha llegado tan lejos como para registrar más votantes de los que tienen derecho.

Por otro lado, una comisión de los partidos liderada por Jimmy Carter y James Baker III, en 2005, alertó sobre las enormes posibilidades de cometer fraude en el voto por correo. Las principales preocupaciones del informe eran la intimidación y la compra de votos.

Esto demuestra que el sistema de recuento de votos es muy débil en los Estados Unidos, y que las opciones para manipularlo no son pocas. Pero no demuestran que Biden haya llegado a la presidencia de forma ilegítima. Aún así, es aún pronto para que Trump siga el ejemplo de Nixon y le conceda al chorlito Joe Biden (“Obama y yo hemos creado el programa más extenso y comprensivo de fraude electoral en América”, dijo hace días) que es él el vencedor de la elección.

Pero hay numerosos casos que, como poco, nos deben hacer frotarnos los ojos. En 47 condados del Estado de Michigan, el sistema informático contaba los votos a Donald Trump como si fueran votos a Joe Biden. Así, 6.000 votos que fueron a un candidato habían sido asignados a otro. En Georgia se ha registrado el mismo error de software, y con el mismo sesgo. En el condado de Chatham, en Georgia, se recibieron miles de votos por correo después de las siete de la tarde que fija el plazo máximo. Y luego se mezclaron con los votos válidos. También está en disputa.

En Michigan, los funcionarios comenzaron a contar votos por correo a pesar de no estar presentes los inspectores de ambos partidos, como señala la ley del Estado. Trump le sacaba a Biden una ventaja de 67.000 votos con el 99 por ciento escrutado. Literalmente el recuento de última hora es lo que, en principio, le llevó a remontar esa desventaja y le ha otorgado sus 16 votos electorales.

En un suburbio de Pennsylvania, el servicio postal de los Estados Unidos no selló decenas de miles de votos en la fecha prevista. El juez del distrito otorgó, contraviniendo las leyes del Estado, una extensión del plazo de tres días para realizar esa labor. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha ordenado que se mantengan separados los votos recogidos fuera de plazo.

Pero vamos a acercarnos un poco más a los votos por correo. Se dice que el aumento del voto por correo se debe al temor de la gente mayor a la amenaza del COVID. Este planteamiento no casa con que con que a más edad del votante aumenta el voto hacia el presidente Trump. A partir de aquí, seguiremos un análisis de la web The Red Elephants.

Sabemos que el voto por correo ha favorecido a Joe Biden en varios Estados clave. La diferencia es espectacular, y en realidad desafía lo que podemos esperar del comportamiento electoral. En Pennsylvania el voto por correo a Biden ha superado al entregado a la candidatura de Trump por 60,5 puntos, según informa The New York Times. Hay que recordar que el día de las elecciones, Trump sacaba una ventaja a su rival de casi 800.000 votos. El recuento de los votos por correo hizo desaparecer esa diferencia. Y cuando Biden supera a Trump por unos pocos miles de papeletas, (con noticias como “dos nuevas sacas de papeletas en Pennsylvania de 23.277 votos para Biden”), los medios calcularon que el medio millón largo del resto de votos por correo le daban el Estado al demócrata.

Se dan más situaciones extrañas en Pennsylvania, como la participación récord de los ciudadanos de 90 o más años, que triplica el mejor dato registrado en los últimos doce años y multiplica por un factor de seis la media. Un estudio denuncia que hay 21.000 muertos que han participado en estas elecciones.

Sigamos. En Michigan, la diferencia entre Biden y Trump en voto por correo, siempre según The New York Times, es de 37,9 puntos. Pero según la NBC, un 41 por ciento de las solicitudes de voto por correo eran de votantes republicanos, por un 39 por ciento de demócratas (la mayoría del resto serían votantes registrados como independientes). En Wisconsin, un 43 por ciento de las solicitudes de voto a distancia era de votantes republicanos, por un 35 por ciento de los demócratas.

Una de las características más sanas del sistema político estadounidense es que los electores cambian el voto en las elecciones presidenciales, en las legislativas, y en las de gobernadores de Estado. Aunque la mayoría vota en bloque, un número significativo de votantes optan en tal o cual elección por votar por un partido diferente o, lo que es más común, por la abstención. De hecho hay ciertos comportamientos interesantes que se repiten, como que en las primeras elecciones a mitad de mandato los electores le suelen dar la espalda al partido del presidente. Bien porque llegue el desencanto, bien porque no quieren que acumule demasiado poder. En las elecciones de 2018 se volvió a cumplir esa norma: aunque el Partido Republicano mantuvo el Senado, los demócratas recuperaron la Casa de Representantes.

Dicho todo eso, sorprende sobremanera la diferencia de voto a los partidos en las elecciones legislativas, sobre las que no recae sospecha alguna de fraude, y en las presidenciales. Y todos en el mismo sentido: la diferencia en el Partido Republicano es pequeña, y entra dentro de los márgenes normales, pero Biden recibió en Michigan y Georgia una diferencia a su favor muy llamativa.

Hay más casos sospechosos de fraude electoral. Lo que es chocante es que van todos en el mismo sentido. No merece la pena seguir recogiéndolos. Es difícil saber hasta dónde llegan, si su reconocimiento permite una corrección, si esa corrección será ordenada por los tribunales, y si ésta llevará a proclamar a Donald J. Trump como el vencedor. No creo que se dé esa situación: Kamala Harris se convertirá en la 47 presidenta de los Estados Unidos.

Donald Trump llegó a la Casa Blanca, todos lo recordarán, para acabar con la democracia. Y probablemente le expulsen del poder en unas elecciones plagadas de irregularidades, todas a favor del mismo candidato. Y el Partido Demócrata, que alcanza la Casa Blanca para restaurar la malherida democracia en los Estados Unidos, no tiene nada que decir al respecto.

Pero lo más grave no es eso. Lo grave es que todas estas cuestiones están sub iudice: tienen que resolverse en los tribunales. El proceso electoral está sometido a la ley, y los tribunales son los encargados de asegurarse de que las elecciones no contravienen las leyes. Pero nadie ha esperado a los veredictos de los jueces. Son los medios de comunicación, no el sistema electoral sometido a la ley, los que han elegido a Joe Biden. Y eso sienta un precedente peligrosísimo en los Estados Unidos. Podría suponer nada menos que el fin de la democracia en América.