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Trump y el narcoterrorismo en México

Faltan unos cuantos días para que Donald Trump asuma por segunda ocasión la Presidencia de los Estados Unidos, y así comience a cumplir su amenaza de declarar a los carteles mexicanos como “Terroristas” y además, aplicar un arancel del 25% a las exportaciones mexicanas y canadienses, de no concentrarse sus gobiernos en disminuir la llegada de inmigrantes indocumentados a EEUU.

Declarar a los carteles de drogas como terroristas o como Foreign Terrorist Organization o abreviando, FTO, tiene su sustento en la Antiterrorism and Effective Death Penalty Act de 1996, emitida por William Clinton., que se complementa con el apartado 219 de Immigration and Nationality Act, y con el decreto ejecutivo de George W. Bush, del 23 de septiembre de 2001, que permite al Secretario del Tesoro de aquel país el designar como tales a entidades o personas que apoyan a las FTO.

En síntesis, la denominación conlleva la prohibición al gobierno, ciudadanos y corporaciones estadounidenses de dar apoyo a las FTO, declara los miembros de éstas como inadmisibles en EEUU, y susceptibles de deportación, y obliga finalmente, a sus instituciones financieras y bancarias nacionales a retener los fondos de dichas organizaciones y reportarlos al Departamento del Tesoro.

Muchos mexicanos, comenzado por el expresidente López Obrador y ahora hasta los mismos legisladores del partido MORENA en el poder, han sobreactuado y agitado las aguas, señalando que eso implicaría una posible invasión a México por el Ejército estadounidense, en la línea de lo que han señalado el propio Trump y varios senadores republicanos, que han venido exigiendo en los últimos años, una actitud más dura contra los carteles mexicanos del crimen organizado. 

Narcoterrorismo

En respuesta, en un documento que circuló a fines de 2024 entre los legisladores de MORENA, supuestamente elaborado por el propio López Obrador, se advierte de revueltas o alzamientos armados (previsiblemente en México por parte de ciudadanos mexicanos) en caso de que EEUU haga la declaratoria de “narcoterrorismo”.

Esto ha obligado al gobierno mexicano, aún contra sus propios intereses, a sobrerreaccionar y pedir a Trump no hacer tal declaratoria. Tras esto, creo que para sectores en México y EEUU queda la impresión de que tal actitud del gobierno de Claudia Sheinbaum, tiene por objeto defender no la soberanía nacional, sino a los carteles y sus presuntas alianzas con López Obrador, hoy por hoy, factótum último entre bambalinas de la política mexicana.

Ha sido una sobrereacción inapropiada y sin bases. La declaratoria, de hacerse, sólo permitirá al gobierno de Estados Unidos, el negar visas, congelar cuentas, decomisar activos y amenazar con acusaciones de asociación delictuosa a personas dentro de Estados Unidos, que no necesariamente podrían ser acusados sin este procedimiento. No mucho más, ta vez en ese “mucho más”, pueda obstaculizarse con revisiones y trámites el dinámico intercambio comercial entre nuestros países.

Pero no autoriza ni la intervención militar en otro país, la cual requeriría un procedimiento diferente, ni tampoco operaciones extraterritoriales de ajusticiamiento de los cabecillas del crimen organizado mexicano. Pero para hacer esto, el gobierno estadounidense en realidad no la necesita tal declaratoria para proceder como desee, no necesita siquiera el permiso o visto bueno del gobierno mexicano, tal como vimos en el reciente secuestro del jefe narco “El Mayo” Zambada por el FBI, y mucho antes, en 1990, en el de Humberto Álvarez Machaín, por la DEA.

López Obrador

La supuesta postura de López Obrador y de MORENA y sus sectores duros y más ligados al bolivarianismo latinoamericano, obedecería más bien a buscar jugar a “las vencidas” con el gobierno Trump. Les funcionó en 2019, cuando William Barr, el procurador nombrado entonces por Trump, tuvo que guardarse una declaratoria similar. Creen que hacer alharaca y azuzar la indignación nacional, igual les funcionará hoy. Tal vez, pero en el ínter, van dejando en actores políticos clave de EEUU, la impresión de que ejercen una defensa corporativa del narco mexicano, lo que sin duda jugará en contra del país, durante la renegociación del TMEC en 2026. 

Según López Obrador, en el documento señalado, la oposición alienta la intervención militar estadounidense en México. Esa afirmación, aún como hipótesis, es claramente falaz y una mentira deliberada. Reconocer que México está gobernado hoy por un régimen cuasi-criminal y coincidir con Trump en ello, no convierte a los críticos u opositores en traidores a la patria ni significa apoyar una invasión extranjera. Esta percepción alienta al régimen mexicano con ánimo de rentabilidad política.

Aunque la oposición mexicana hoy es casi inexistente y un cero a la izquierda, mi percepción es que el gobierno Sheinbaum es consciente de las progresivas dificultades de la economía mexicana, hoy prácticamente en recesión. Así que desprestigiando aún más a la oposición y culpando a Trump y a los “gringos” de las dificultades del país, está sentando la narrativa para no sufrir un castigo electoral severo en las elecciones legislativas intermedias de 2027, ante el agravamiento de una posible crisis económica en México.

Es más fácil morir asesinado

En realidad, ante el agravamiento de la situación de violencia en México, que alguien haga algo contra los cárteles del narcotráfico se vería como una buena promoción de mexicanos. Al respecto, el pasado gobierno dejó una pesada herencia a Sheinbaum: 200 mil homicidios en los seis años de ese gobierno y más de 100 mil personas desaparecidas. Y en el gobierno de Sheinbaum esta trágica situación no tiene trazas de solucionarse: hoy el homicidio es ya la principal causa de muerte en varones mexicanos de entre 15 y 44 años de edad.

En México es más fácil que te asesinen a que te dé un infarto o mueras por un accidente. Frente a la incompetencia de Sheinbaum y un régimen militarizado fallido que lleva casi siete años diciendo que combate al narcotráfico, sin ningún resultado aparente, excepto el crecimiento exponencial de los homicidios violentos y las masacres reiteradas: en los primeros 100 días del gobierno de Sheinbaum, más de 7 mil familias mexicanas han perdido a un ser querido por homicidio doloso.

Frente a tal desastre y la ineptitud estatal, no es de extrañar que muchos mexicanos vean en las amenazas de Trump, un clavo ardiente al cual aferrarse. Estamos a días de ver si tales amenazas son creíbles y qué significan, pero sea cual sea el resultado: El régimen de izquierda mexicano solo podrá acusarse a sí mismo. 

Historia económica (II): La economía en el s. XVI, población y agricultura

Una de las obras de referencia para entender este periodo es Feudalismo tardío y capital mercantil, de Peter Kriedte. Nos encontramos en un momento de expansión económica, pero también de crecimiento demográfico. La economía de la época era eminentemente agrícola. Dado el crecimiento de la población, se necesitaban más tierras cultivables, por lo que los campesinos fueron conquistando nuevos terrenos, como tierras marginales utilizadas para el pastoreo. Esto provocó la destrucción del equilibrio entre la agricultura y la ganadería, esencial para mantener la fertilidad del suelo.

Las crisis de subsistencia comenzaron a aparecer en el mundo rural, lo que generó una división del trabajo entre la ciudad y el campo. La producción agraria quedó reducida al agro, mientras que la ciudad concentraba la producción de mercancías manufacturadas. Las ciudades comenzaron a crecer en población, importancia y riqueza. Es en este momento cuando los medios artesanales alcanzan su máxima expresión. A pesar de que la división del trabajo entre campo y ciudad era patente, no se puede negar que determinados oficios urbanos y rurales estaban interconectados, no debemos imaginarnos dos mundos estancos sin relación. La ciudad y el campo dependían la una del otro y requerían cierta coordinación productiva.

Otro factor fundamental es que la mano de obra de las ciudades era la excedente del campo. Una ciudad moderna solo podía subsistir si previamente el campo había sido capaz de crear excedentes de población. Por eso el excedente poblacional del mundo rural fue clave para Kriedte. Ya en esta época comenzaron los instrumentos de control poblacional, uno de esos instrumentos era la institución del matrimonio. De esta forma, los Estados atrasaban la edad del matrimonio a través de leyes, atrasando así el nacimiento del primer hijo. En el siglo XVI, el trabajo y la familia eran cuestiones indistinguibles, y pertenecían a una etapa de la vida muy concreta.

El papel de la agricultura

Las sociedades de la baja edad media y los comienzos de la modernidad eran mucho más carnívoras de lo que podríamos creer. Por lo visto, en las últimas etapas de la Edad Media se comía mucha carne, incluso más que ahora. Pero poco a poco los hábitos alimenticios fueron cambiando, siendo la base agrícola esencial en la dieta. El aumento poblacional necesitaba de un aumento de la productividad de la tierra y de la agricultura. En Europa tendremos dos realidades distintas: por una parte, la realidad occidental, que se estaba adentrando en un mundo capitalista y mercantil, y por otro la oriental, que seguía en la economía feudal con una nobleza muy poderosa.

En los países orientales vemos una refeudalización, conforme occidente se iba volviendo más capitalista, los países de oriente se iban volviendo cada más feudales. No hablamos de masas empobrecidas de campesinos, sino de la existencia de una servidumbre propia de la plena Edad Media. La divergencia ciudad/campo también se dejó ver en oriente, como el caso de Polonia, donde ciudades como Danzing pasaron a ser lugares florecientes con una gran actividad mercantil.

El aumento de la capacidad agrícola vino determinado por tres cuestiones principales: la postergación del barbecho, la explotación agropecuaria rotativa, y el cultivo de forrajes. La combinación de estas actividades permitía aumentar la productividad y seguir alimentando la industria ganadera al mismo tiempo. Cada país se fue especializando en una actividad económica concreta, lo que determinaría, en parte, el desarrollo político y social de la región.

Serie Historia económica

(I) Historiografía y consideraciones previas

Treinta años de la Organización Mundial del Comercio

Por Katrina Gulliver. El artículo Treinta años de la Organización Mundial del Comercio fue publicado originalmente en FEE.

Este mes se cumplen 30 años del inicio de la Organización Mundial del Comercio. La OMC se creó como sucesora del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en vigor desde 1947. El GATT se creó como método para estabilizar y restablecer el comercio tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero el panorama del comercio mundial había cambiado radicalmente en los cincuenta años siguientes (sobre todo con el desarrollo del transporte internacional de mercancías en contenedores). El comercio internacional se había expandido masivamente y los países en desarrollo se estaban convirtiendo en centros manufactureros, deseosos de exportar.

La OMC fue la culminación de años de conversaciones y preparativos, reflejo de la ambición de los políticos por expandir el comercio internacional, pero también por asegurarse de que sus propias naciones obtuvieran el mejor trato posible. Sin embargo, su llegada no fue bien recibida por todos. Las rondas de conversaciones y cumbres de los primeros años de la organización fueron polémicas, tanto dentro de las salas de debate como fuera de los edificios.

La tercera ronda de conversaciones, celebrada en diciembre de 1999 en Seattle, fue testigo de protestas sin precedentes. En lugar de un acontecimiento internacional rutinario, con limusinas diplomáticas y oportunidades para hacerse fotos, hubo escenas de caos en el exterior. Estas estridentes protestas se conocerían en la prensa como la «Batalla de Seattle», que no era precisamente la imagen que el presidente Bill Clinton esperaba ofrecer a la audiencia mundial.

La Organización Mundial del Comercio y el movimiento antiglobalización

Dentro de la reunión también se desataron las pasiones. Como informó entonces el Wall Street Journal:

Dentro de la reunión de la OMC, los delegados de los países en desarrollo, incluidos Pakistán, India y Brasil, amenazaron con bloquear una nueva ronda de negociaciones comerciales, negándose a firmar cualquier acuerdo para iniciar las negociaciones a menos que Estados Unidos y Europa accedieran a sus demandas.

Fuera de la reunión, los equipos SWAT de la policía de Seattle utilizaron gas lacrimógeno, spray de pimienta, perdigones de goma y porras contra los manifestantes que bloqueaban el acceso a la reunión de la OMC, obligando a la organización comercial a cancelar su ceremonia de apertura. Ese mismo día, unos 30.000 sindicalistas se manifestaron en un acto de fervor contra la OMC.

Horrorizado, el alcalde de Seattle, Paul Schell, decretó el toque de queda y llamó a la Guardia Nacional.

Los manifestantes también contaron con apoyo: el sindicato International Longshore and Warehouse Union realizó paros en los puertos de Seattle, Tacoma y Oakland. En Seattle, los manifestantes contaron con el apoyo de varias ONG, en particular grupos de defensa de los derechos laborales y del medio ambiente, que habían planeado las protestas durante meses. La Federación Estadounidense del Trabajo y el Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO) también celebraron una concentración. En Londres, la acción simultánea de los activistas contrarios a la OMC incluyó ataques a la policía, y se cerró una estación de tren.

En retrospectiva, los planificadores de la OMC deberían haberlo visto venir. Los sentimientos antiglobalización habían ido cobrando fuerza en la década de 1990. Dos años antes de las conversaciones de Seattle, se habían producido protestas similares en la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Vancouver.

El sentimiento contrario a la OMC unió a grupos dispares, desde defensores de los derechos de los trabajadores y nacionalistas de derechas hasta ecologistas (y otros muchos simpatizantes). Resulta fascinante ver a manifestantes contrarios a la OMC ondeando la bandera de Gadsden.

La incorporación de China

Pero la OMC fue el resultado de años de trabajo para liberalizar el comercio, espoleado además por el colapso del bloque soviético. Por supuesto, no creó el «libre comercio» en todas partes (si lo hubiera hecho, no habría necesidad de que existiera tal organización). Su objetivo era promover un comercio más libre, al tiempo que permitía a sus miembros presionar en favor de determinadas protecciones nacionales. (En un mundo de verdadero libre comercio, tampoco habría «conversaciones comerciales»). Podemos ser cínicos y pensar que no es más que otra tertulia de buscadores de rentas, como parecen serlo tantos otros organismos internacionales. Pero ha incorporado a más países a las redes de mercados internacionales.

En 2001, China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio, probablemente el mayor cambio en el comercio mundial en décadas, cuando Asia se convirtió en el centro manufacturero mundial, un hecho que sigue causando ondas económicas en todo Occidente. En la actualidad, la OMC cuenta con 166 miembros, que representan el 98% del comercio mundial.

No ha eliminado el problema de los aranceles nacionales, el proteccionismo o la preocupación por la globalización (desde todos los ángulos políticos). Un punto de fricción constante, por ejemplo, han sido las subvenciones agrícolas en la UE y Estados Unidos. Pero supone un paso más en el largo camino del comercio internacional que se inició cuando los primeros barcos partieron en el mundo clásico, para comerciar con mercancías por el Mediterráneo. Hoy todos podemos comprar cosas producidas en todo el planeta: y nuestra vida cotidiana se basa en este nivel de acceso y cooperación.

Feliz cumpleaños, OMC.

Ver también

¿Un nuevo consenso de Washington? (Álvaro Martín).

¿Hay que salvar la Organización Mundial del Comercio? (María Blanco).

Los incendios de Los Ángeles: la historia de un fracaso político

Por Mathew Kilkoyne. El artículo Los incendios de Los Ángeles: la historia de un fracaso político fue publicado originalmente en CapX.

Mientras Los Ángeles arde, con diez muertos y más de 10.000 viviendas destruidas, surge una historia más profunda sobre cómo la burocracia bienintencionada ha convertido un desastre natural en una catástrofe normativa. Los incendios que asolan Pacific Palisades y otras zonas no sólo revelan la vulnerabilidad física de las comunidades de las laderas de California, sino que ponen de manifiesto la debilidad fundamental de intentar sustituir el control político por mecanismos de mercado en la gestión del riesgo.

Las raíces de esta crisis se remontan a 1988, cuando los votantes californianos aprobaron la Proposición 103, una medida electoral superficialmente atractiva que obligaba a las aseguradoras a solicitar la aprobación, mediante audiencias públicas, de cualquier subida de tarifas. Parecía una medida clásica de protección del consumidor: ¿por qué no obligar a las aseguradoras a justificar sus precios? Pero, como nos enseñó Friedrich Hayek, los precios no son sólo números: son señales de información que coordinan comportamientos humanos complejos. Cuando se impide que los precios se ajusten a la realidad, no sólo se modifica el coste de algo, sino que se distorsiona todo el sistema de incentivos e información que ayuda a la sociedad a gestionar el riesgo.

Si los precios no se ajustan a la realidad, la realidad se ajusta a los precios

Esto es exactamente lo que ha ocurrido en California. No sólo se impidió a las compañías de seguros subir los precios, sino que se les impidió utilizar modelos modernos de riesgos catastróficos para evaluar los peligros futuros. En un mundo de riesgos climáticos cambiantes, las aseguradoras se vieron obligadas a navegar mirando por el retrovisor, utilizando datos históricos que se volvían cada vez más irrelevantes con cada año que pasaba.

¿El resultado previsible? Siete de las doce mayores aseguradoras de California simplemente dejaron de suscribir nuevas pólizas. No se puede obligar a las empresas privadas a perder dinero indefinidamente, y si no pueden cobrar precios que reflejen los riesgos reales, abandonarán el mercado por completo. No se trata de codicia, sino de supervivencia económica.

La naturaleza aborrece el vacío, y la política también. Ante la huida de las aseguradoras privadas, California amplió su «aseguradora de último recurso», el Plan FAIR. Las cifras son asombrosas: 458.000 millones de dólares de exposición respaldados por sólo 385 millones en fondos no reservados y 2.500 millones en reaseguro. No se trata tanto de un seguro como de un pensamiento mágico, que pretende que los mandatos políticos pueden sustituir de algún modo a la capacidad financiera real.

Las consecuencias son ahora brutalmente evidentes. El San Francisco Chronicle informa de que sólo la exposición del Plan FAIR en los códigos postales de la zona de incendios de Los Ángeles podría alcanzar los 24.000 millones de dólares, casi diez veces sus recursos totales. Esto no es sólo una brecha; es un abismo. Y es uno que cada californiano en última instancia tendrá que ayudar a llenar.

¿No querías seguros caros? Toma dos tazas (o más)

Consumer Watchdog -irónicamente, la misma organización que defendió la normativa de 1988- calcula ahora que cubrir las pérdidas del Plan FAIR podría requerir recargos de entre 1.000 y 3.700 dólares en cada póliza de seguro de California. El intento de proteger a los consumidores del encarecimiento de los seguros acabará obligándoles a pagar mucho más de lo que habrían pagado en un sistema de mercado. Kim-Mai Cutler tiene un hilo fantástico sobre cómo su ley ha creado un sistema que les beneficia a ellos, mientras que genera pérdidas para el resto de Estados Unidos.

Pero las distorsiones van más allá de los precios de los seguros. Al suprimir las señales de precios sobre el riesgo, el régimen regulador de California fomentó el desarrollo en zonas propensas a los incendios, reduciendo al mismo tiempo los incentivos para la prevención de incendios. Cuando se puede obtener un seguro subvencionado independientemente del riesgo, ¿para qué gastar dinero extra en materiales resistentes al fuego o en desbrozar? Cuando los propietarios no asumen el coste total de sus decisiones de ubicación, naturalmente asumen más riesgos de los que asumirían en un mercado libre.

La reconstrucción que se avecina revelará otro nivel de fracaso de la normativa. La incapacidad de valorar el riesgo adecuadamente significa que muchos propietarios descubrirán que su cobertura del Plan FAIR es inadecuada para la reconstrucción. Es posible que los bancos se muestren reacios a conceder préstamos en zonas donde es difícil obtener un seguro. Es probable que el valor de las propiedades disminuya, reduciendo la base impositiva precisamente cuando más se necesitan los recursos públicos. Así es como se agravan los fallos regulatorios: cada intervención crea nuevos problemas que parecen requerir aún más intervención.

Volver al mercado

Hay aquí una profunda lección sobre los límites del control político sobre la realidad económica. El puesto de comisionado de seguros de California se ha convertido en lo que los observadores políticos llaman un «cementerio», porque es imposible conciliar la demanda política de tarifas de seguros bajas con la realidad económica del creciente riesgo de incendios. Esto es lo que ocurre cuando se intenta regular hechos económicos básicos: la realidad siempre acaba ganando, pero el coste del retraso hace que el ajuste de cuentas final sea mucho peor de lo necesario. Uno sospecha, eso sí, que la próxima elección para este cargo bien podría ser caliente.

La solución no es complicada, pero requiere coraje político: California debe restablecer mecanismos de mercado que puedan fijar precios y gestionar riesgos adecuadamente. No va a ser fácil tras un incendio que ha arrasado hogares y vidas, pero es lo que hay que hacer. Significará permitir que las aseguradoras utilicen herramientas modernas de evaluación de riesgos, permitir la fijación de precios basada en el mercado y desarrollar ayudas específicas para las poblaciones verdaderamente vulnerables en lugar de intentar contener los precios para todos.

A medida que las cenizas se asientan, la sombría alternativa ya está quedando clara: un sistema en el que muchos californianos se encontrarán sin seguro, sin cobertura en absoluto o con costes muy superiores a los que habrían pagado en un sistema basado en el mercado, incluyendo la sombría perspectiva de hogares quemados y la dependencia de la buena voluntad y la amabilidad de extraños para recoger los pedazos de sus vidas. Esta es la cruel ironía de las políticas intervencionistas: al intentar proteger a los consumidores de los precios del mercado, acaban exponiéndolos a riesgos y costes mucho mayores.

Los riesgos de anular al mercado

A medida que Los Ángeles inicia su recuperación, el Estado se enfrenta a una disyuntiva: continuar por la senda de la supresión del mercado y ver cómo su sistema de seguros se derrumba por completo, o adoptar reformas que permitan a los mercados fijar el precio del riesgo adecuadamente. Los incendios han dejado devastadoramente claro el coste de elegir mal.

Esto es más que una simple historia de California: es una advertencia sobre los peligros de permitir que los imperativos políticos anulen los mecanismos del mercado. Cuando impedimos que los precios digan la verdad sobre el riesgo y la escasez, no eliminamos la realidad subyacente. Sólo nos aseguramos de que, cuando finalmente irrumpa, las consecuencias serán mucho peores de lo que tenían que ser.

Sin embargo, la crisis de los seguros no es más que la manifestación más visible de una esclerosis normativa más profunda que ha dejado a una de las regiones más ricas del mundo sorprendentemente vulnerable a amenazas totalmente previsibles. El PIB de California la convertiría en la quinta economía mundial si fuera una nación independiente, alberga las principales empresas tecnológicas del mundo y se asienta junto al mayor océano de la Tierra. Sin embargo, no puede suministrar agua a presión a las bocas de incendios ni desplegar tecnología moderna para combatirlos. ¿Cómo hemos llegado a esta absurda situación?

California, rendida ante el ecologismo

Pensemos en las infraestructuras hídricas. California no ha construido un gran embalse nuevo desde 1992, a pesar de haber sumado 10 millones de habitantes. Las normativas medioambientales, sobre todo las que protegen a las poblaciones de eperlano del Delta, han reducido activamente la disponibilidad de agua para el sur de California. El Estado ha dado prioridad a la conservación frente a la ampliación de la capacidad, forzando de hecho un juego de suma cero en el que cada nuevo residente reduce la seguridad hídrica de los ya existentes. Mientras tanto, los proyectos de desalinización se enfrentan a años de revisiones medioambientales y desafíos normativos: la planta de Carlsbad tardó 14 años en aprobarse y construirse, a pesar de utilizar tecnología probada (y eso es una interpretación liberal, el esquema desde la concepción de la idea tardó 24 años en completarse).

Esta parálisis de las infraestructuras sería en cierto modo comprensible si California careciera de recursos. Pero este es un estado que alberga empresas a la vanguardia de la inteligencia artificial, la robótica y los sistemas autónomos. Sin embargo, mientras Silicon Valley desarrolla coches autónomos y robots capaces de realizar operaciones quirúrgicas, los bomberos siguen dependiendo principalmente de helicópteros y aviones pilotados por humanos para suministrar agua a los incendios forestales, igual que hace cincuenta años. ¿Dónde están los enjambres de drones autónomos que podrían suministrar agua de forma continua y precisa? ¿Por qué no utilizamos sistemas basados en inteligencia artificial para optimizar la respuesta a los incendios y predecir su propagación en tiempo real?

La carga de la regulación

La respuesta está en lo que el historiador económico Joel Mokyr denomina «la carga del conocimiento», salvo que en el caso de California no es la carga de adquirir nuevos conocimientos lo que les frena, sino la carga de unos marcos reguladores que hacen casi imposible desplegar nuevos conocimientos. La misma mentalidad reguladora que ha paralizado el mercado de los seguros también ha congelado la innovación en seguridad pública e infraestructuras.

Pensemos en lo que costaría desplegar una red de drones autónomos de extinción de incendios en el condado de Los Ángeles. Probablemente, se necesitarían aprobaciones de la FAA, las autoridades estatales y locales, evaluaciones de impacto ambiental, casi con toda seguridad, audiencias públicas sobre el ruido y la privacidad, estudios sobre el impacto en la fauna y un sinfín de obstáculos normativos. Eso, antes de que necesiten su propio seguro de flota, licencias y tengan que conseguir financiación para financiar la iniciativa. Cada agencia tendría poder de veto efectivo, y ninguna tendría un gran incentivo para decir que sí. Mientras tanto, los incendios no esperan a que concluyan los procesos burocráticos. La gente de ideas empezaría un proyecto y seguiría adelante. Las soluciones se pierden, como lágrimas en la lluvia.

Freno al avance tecnológico

Esto apunta a una idea crucial sobre la relación entre regulación e innovación: el coste de los seguros no es independiente de nuestra capacidad para prevenir y combatir los incendios con eficacia. Si los sistemas autónomos pudieran responder a los incendios con mayor rapidez y eficacia que los equipos humanos, si las infraestructuras inteligentes pudieran mantener la presión del agua precisamente donde se necesita, si la IA pudiera optimizar las rutas de evacuación en tiempo real… entonces las primas de los seguros podrían seguir siendo asequibles aunque aumentaran los riesgos climáticos. Pero para lograrlo hay que permitir que la innovación en seguridad pública avance a la velocidad de la tecnología, no de la burocracia.

En cambio, California ha creado un entorno normativo que impide simultáneamente a las compañías de seguros cobrar las tarifas del mercado e impide el despliegue de tecnologías que podrían reducir los riesgos que impulsan esas tarifas. Este doble vínculo garantiza que el sistema se vuelva más frágil con el tiempo, a medida que aumentan los riesgos, mientras nuestra capacidad para gestionarlos permanece congelada en ámbar.

La trágica ironía es que el régimen regulador de California, aparentemente diseñado para proteger el interés público, en realidad ha impedido el desarrollo de protecciones públicas más eficaces. El mismo estado que es pionero en la circulación de vehículos autónomos por sus carreteras no puede aprobar sistemas autónomos para luchar contra los incendios. La misma región que lidera el mundo en el desarrollo de la IA sigue luchando contra los incendios, principalmente con herramientas y técnicas que serían familiares para los bomberos de hace cincuenta años.

Regulación e innovación

Esto apunta a una verdad más amplia sobre la regulación y la innovación: no basta con generar nuevas tecnologías, se necesita un entorno regulador que permita que esas tecnologías se desplieguen de manera que resuelvan problemas reales. California ha creado un sistema que destaca en lo primero, al tiempo que impide activamente lo segundo.

El camino a seguir requiere no sólo reformar la normativa sobre seguros, sino replantearse fundamentalmente cómo regulamos la innovación en seguridad pública e infraestructuras. Deben existir marcos que permitan evaluar y aprobar rápidamente las nuevas tecnologías sin dejar de garantizar la seguridad, algo más parecido a cómo regulamos el software que a cómo regulamos los puentes. Cada nuevo enfoque debe dejar de verse como una amenaza que hay que contener y la innovación debe considerarse esencial para la seguridad pública.

Porque, en última instancia, la elección no está entre la regulación y el caos, sino entre las normativas que fomentan la innovación y las que la impiden. La crisis actual de California demuestra el coste de elegir mal. Un enfoque verdaderamente progresista de la seguridad pública aprovecharía las extraordinarias capacidades tecnológicas del estado para proteger a sus ciudadanos, en lugar de permitir que la esclerosis normativa mantenga esas capacidades encerradas en los laboratorios de investigación y en la imaginación de la gente mientras Los Ángeles arde.

Ver también

California en la oscuridad. (José Ignacio del Castillo).

La distancia que hay del Camp Nou a California. (Domingo Soriano).

Ocupen su localidad. (José Carlos Rodríguez).

Los europeos ya no pueden comprar coches, pero tienen un cargador único para su móvil

Me apresuro a aclarar que ninguna de las frases que componen el título es de mi coleto, yo me he limitado a intercalar la conjunción adversativa que las une para formarlo. La primera la pronunció hace un mes el señor Luca de Meo, que es el presidente de la patronal europea de fabricantes de coches, además de CEO de Renault, y fue titular en diversos medios[1].

La segunda procede de un ufano anuncio que la Comisión Europea hizo el 28 de diciembre mediante la red X: “Una Unión, un cargador” es el slogan. A partir de ese día, todos los aparatos electrónicos vendidos en la UE tenían que incorporar un puesto USB-C para su carga. Ello implica para los europeos “mejor tecnología de carga, menos e-desperdicios, y menos lío para encontrar el cargador necesario”, nos dicen en el mismo mensaje. También fue noticia en numerosos medios, en más que la primera, aunque aquella resulte más llamativa.

Es difícil interpretar de forma positiva la primera frase: lo que nos dice de Meo no es que los europeos no quieran comprar coches, sino que cada vez se lo pueden permitir menos. ¿Es porque los europeos son más pobres, o porque los coches son más caros? De Meo se inclina por esta última causa. En cuanto a la segunda frase del título, aquí sí aparece algo positivo a primera vista para el ciudadano europeo, que gracias a la Comisión Europea se encontrará con un futuro más sencillo y más verde a la hora de cargar sus dispositivos electrónicos.

¿Qué tienen en común entonces ambas frases que hayan impulsado a un servidor a combinarlas en el mismo título? Pues que ambas son consecuencia de un mismo tipo de intervención regulatoria en el mercado, lo que los economistas llaman fijación de mínimos de calidad.

Las soluciones del mercado no intervenido

En el mercado no intervenido, las condiciones de una transacción son fijadas libremente por las partes. Una de dichas condiciones y muchas veces la única negociable, es el precio. A las autoridades les gusta mucho intervenir en los precios fijando máximos y mínimos, y es por ello que las consecuencias de la regulación de precios están muy estudiadas y son conocidas sobradamente por todo el mundo, menos, parece, por aquellos que toman la decisión de regular.

De la misma forma que se pueden establecer regulatoriamente límites al precio que pueden acordar las partes, el Estado también interviene en otras de las variables de la transacción. Por ejemplo, se pueden establecer regulatoriamente ciertas características del producto. Esto son los llamados mínimos de calidad.

La obligación que tienen los productos de consumo duradero de dar un periodo mínimo de garantía es un mínimo de calidad. Otro ejemplo lo constituye, precisamente, la obligación implícita en la segunda frase del título de este artículo: que todos los productos electrónicos incorporen un puerto USB-C.

El establecimiento de mínimos de calidad, como cualquier intervención en el mercado, tiene consecuencias. Estas son bien conocidas por los economistas. La fijación de mínimos de calidad supone un incremento de los costes en la elaboración del producto, por lo que tenderá a hacer que suban los precios del mismo. Dicha subida hará que determinados individuos, los compradores marginales, queden excluidos del acceso al producto o servicio.

Productos más caros

En el hipotético caso de que los consumidores demandaran y valoraran adecuadamente ese mínimo de calidad, los efectos sobre el mercado serían irrelevantes: el producto es más caro, pero satisface mejor las necesidades de los clientes, y lo que ha pasado es que el regulador ha acertado con lo que quería y valoraba la gente.

Obviamente, el caso hipotético descrito, si bien es teóricamente posible, es milagroso que ocurra, simplemente por los incentivos del regulador frente al emprendedor. Este último se beneficia si acierta con la configuración adecuada del producto, algo que no le pasa al regulador. Idénticamente, el emprendedor padece los costes de equivocarse en tal diseño, mientras que el regulador no soporta los costes de imponer los mínimos de calidad.

En suma, lo normal es que la consecuencia de la fijación de mínimos de calidad sea el encarecimiento del producto por incorporar características que el consumidor no valora suficientemente como para pagar el diferencial.

Aquí es donde enlazamos con la frase de Luca de Meo y primera parte del título de este artículo. Y es que los coches europeos están sujetos a intensas y crecientes mínimos de calidad. Aquí entran cosas tan anecdóticas como las sucesivas obligaciones de llevar chalecos reflectantes, triángulos de avería o sirenas de señalización, así como los requisitos relacionados con la protección del medio ambiente. Todo ello hace que el precio de los coches se acreciente sin que el comprador perciba una mayor utilidad del vehículo[2], por lo que es más remiso a comprarlo y prefiere buscar alternativas para satisfacer las necesidades que el vehículo privado satisfaría.

Menos innovación

La situación que denuncia de Meo tiene una causa clara: la regulación de mínimos de calidad impuesta por la Comisión Europea a los vehículos. Y es este mismo tipo de regulación la que inicia su andadura para los aparatos electrónicos con el cargador universal.

Que nadie se engañe, sus efectos serán los mismos: el encarecimiento del producto sin beneficio correlativo para el consumidor. Puede que a mucha gente le parezca fenomenal esto del cargador único; las ventajas son claras. Lo que no vemos son los costes, tanto estáticos como sobre todo dinámicos, ocasionados por el desincentivo a innovar en puertos de carga. Y si todo para aquí, la cosa puede quedarse en anécdota, como cuando nos obligaron a llevar chalecos reflectantes en el coche.

No parará aquí, claro que no. Y dentro de unos años me temo que tendré que rescatar este artículo y reescribirlo con otro título, tal vez este: “Los europeos ya no pueden comprar teléfonos móviles, pero su roscón de Reyes tiene más naranja confitada.”.

Notas

[1] Por ejemplo, en El Mundo

[2]la regulación que viene eleva en un 40% el precio de los vehículos” nos dice de Meo en la noticia citada.

Ver también

La regulación en la telefonía móvil: las antenas. (Alberto Illán Oviedo).

De nuevo, Mises no comprendió a Menger IV: la escala de Mohs

Hoy retomo esta serie en primer lugar para analizar si las escalas numéricas que utiliza Menger podrían interpretarse como escalas ordinales, de manera análoga a la escala de Mohs de dureza de los minerales. Y en segundo lugar haré una reflexión sobre la imposibilidad de explicar plenamente la planificación económica por parte de la teoría ordinal del valor.

La escala de Mohs es muy sencilla, ordena la dureza de los minerales de 1 a 10 de manera que el menos duro, el talco, tiene un valor uno y el más duro, el diamante, tiene un valor de 10.  La lógica de la escala de Mohs es que los minerales de mayor dureza pueden rayar a los de menor dureza, pero no al revés.  Esta escala no mide proporciones de dureza, es decir, la dureza no tiene por qué variar en la misma intensidad entre el mineral 1 y el 2, que entre el mineral 4 y 5.  No cabría, por tanto, hablar de proporciones.  Simplemente, un mineral es más duro que otro, nada más. Esta escala no nos dice cuánto más duro es uno que otro. Tampoco tendría sentido realizar operaciones de suma o resta aritmética con estos números.

La escala de Mohs

¿Podríamos interpretar las escalas de valores de Menger como ordinales aplicando la misma lógica que la escala de Mohs?  En mi opinión, rotundamente no.  Como ya hemos expuesto en las entregas anteriores de esta serie, Menger alude constantemente a expresiones como “la medida del valor”, “determinación cuantitativa de la importancia de una necesidad”, “el valor es una magnitud que puede medirse”, “diferencia del valor de los bienes y la medida de los mismos”, “la diferencia de la magnitud del valor”, “Diferencias de la magnitud de la significación de cada una de las satisfacciones de necesidades”, etc. No continúo enumerando expresiones de este tipo para no aburrir al lector. 

Aparte de las anteriores expresiones de carácter teórico, también hay otros pasajes donde Menger se pone manos a la obra con ejemplos prácticos realizando cálculos aritméticos sobre el valor como proporciones, sumas o restas. Ya comenté en entregas anteriores el ejemplo de las valoraciones cardinales de vacas y caballos por parte de los granjeros, y hoy traigo este otro pasaje donde Menger realiza cálculos sobre el valor de los bienes de orden superior:

Supongamos, para dar una expresión numérica a lo que venimos diciendo, que el valor previsible del producto disponible al cabo de un año equivale a 100 y que el valor de la disposición sobre la cantidad de los correspondientes bienes económicos de orden superior dentro del año (el valor de la utilización del capital) equivale a 10. Es claro entonces que en el momento actual el valor de la totalidad de las cantidades suplementarias de bienes de orden superior requeridas para la producción del mencionado producto, excluida la  utilización del capital correspondiente, no equivale para un sujeto económico a 100, sino sólo a 90. Si el valor de la utilización del capital fuera 15, entonces el otro valor sólo sería 85.

El valor que para cada uno de los individuos económicos concretos tienen los bienes es, como ya hemos dicho varias veces, la base principal de la formación del precio

Carl Menger. Principios de economía política, p 219.

No son magnitudes absolutas

Queda meridianamente claro que Menger habla de valores y no de precios, pues subraya que el valor de los bienes de orden superior que está calculando es la base para la formación del precio.

No debemos caer en el error de pensar que por esas expresiones numéricas de 100, 85 o 90 Menger se está refiriendo a magnitudes absolutas. Como en el ejemplo de las vacas y los caballos, las valoraciones las hacemos en términos de unos bienes con respecto a otros. Igual que la distancia la cuantificamos de una cosa, la distancia a medir, con respecto a otra que utilizamos para cuantificarla (pasos, pies, metros, etc).

Para medir, solemos utilizar como referencia el valor marginal que, en un momento concreto, para nosotros tiene el dinero. Y de nuevo, medir el valor en términos de dinero en absoluto implica que estemos hablando de precios.  Si yo voy a un mercadillo y tengo en mente que la camisa que quiero comprar vale 100 unidades monetarias para mi, solo estaré dispuesto a comprarla por 99 unidades o menos.  Es decir, para mí el valor es 100, y el precio será el más bajo posible, inferior a 99.  Podría ser 80, 20 o incluso 5, el precio más bajo posible que consiga negociar con el vendedor.

¿Era Menger cardinalista?

Para concluir con el artículo de hoy, quisiera hacer una reflexión al margen de la discusión de si Menger es cardinalista o no. Y es que no resulta concebible que podamos planificar nuestra actividad previsora sin tener, como afirma Mises, la menor noción de la diferencia de la magnitud de valor que otorgamos a cada uno de nuestros fines o necesidades.

En este sentido, también me gustaría hacer referencia al argumento de Carlos Bondone, que es quien ha inspirado todos mis artículos sobre la medida del valor. Hasta donde yo llego a entender, Bondone sostiene que sólo es medible el valor que se refleja en los bienes, pero no sería medible el valor de satisfacer necesidades. Humildemente, creo que el mismo argumento podría servir para medir la importancia de la satisfacción de necesidades, pues estamos hablando en todo caso de la misma magnitud. Tal y como explica Menger, el valor es la importancia que asignamos a nuestras necesidades que luego proyectamos en los bienes.

Si Crusoe tiene más de una necesidad, ¿cómo consigue distribuir los recursos y esfuerzo que dedica a satisfacer unas necesidades u otras? En un primer momento, e independientemente de que posteriormente pueda reajustar o no, Crusoe planifica. Sabemos que no actúa como un Ñu, que simplemente satisface la necesidad que más le urge instintivamente y, una vez satisfecha, pasa a la siguiente. No, Crusoe planifica de cara al futuro y esto sin duda lo deja muy claro el propio Mises. Planifica su necesidad de escapar de la isla, su necesidad de comer, de beber, intenta procurarse de remedios para eventuales heridas o enfermedades que pudieran surgir, etc.

Precisión y cardinalidad

Según Mises, Crusoe no podría determinar mayores cantidades concretas de recursos y esfuerzo a una necesidad que a otra porque es imposible que pueda calcular diferencias en la importancia de estas necesidades.  Cualquier plan que haga se limitaría a dedicar algo más de recursos a una necesidad que a otra por orden de importancia, pero la argumentación de Mises conduce irremediablemente a que ese “algo más” sólo podría ser arbitrario o especulativo aunque él no lo afirme expresamente, y es más que evidente que esto no es así.

Que si Crusoe dedica aproximadamente 5 veces más esfuerzo a buscar comida que a buscar agua, pues con toda seguridad será porque para él el valor de la comida es más o menos 5 veces superior al del agua en función de su estimación cuantitativa, más o menos precisa o acertada, de las cantidades necesitadas y disponibles de agua y comida.

Quiero subrayar que “5 veces superior” no tiene por qué ser una cuantificación exacta.  La inexactitud en absoluto niega la cardinalidad. Por poner un ejemplo, cuantificar una distancia en pasos es una cuantificación cardinal, incluso aunque se cuantifique de un vistazo sin ni siquiera molestarse en recorrer la distancia contando los pasos.  Recordemos que el argumento de Mises no es que no se pueda cuantificar por un problema de inexactitud o imprecisión.

La posición de Mises

No, Mises niega de manera tajante y rotunda cualquier posibilidad de cuantificación proporcional o aritmética del valor o la realización de cualquier cálculo, y lo hace en numerosas ocasiones a lo largo de su obra. A continuación cito uno de sus pasajes más claros y contundentes en ese sentido:

En la esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le asemeje.

Ludwig von Mises. La acción humana. p 146.

En definitiva, una teoría que no es capaz de explicar bien la realidad, no es una buena teoría. Y la teoría ordinal del valor de Mises es incapaz de explicar por qué Crusoe decide asignar y distribuir cantidades específicas de recursos o esfuerzo a cada necesidad en proporción a su importancia.

Bibliografía
Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

¿Es moralmente correcto permitir el sufrimiento ajeno?

La mente del hombre es su herramienta básica de supervivencia. La vida se le da, la supervivencia no. Su cuerpo se le da, el sustento de éste no. Para permanecer vivo ha de actuar, y antes de poder actuar tiene que conocer la naturaleza y el propósito de su acción. No puede obtener su alimento sin un conocimiento de lo que es alimento y de la manera de obtenerlo. Para permanecer vivo, tiene que pensar.

Todo lo que es apropiado para la vida de un ser racional es lo bueno; todo lo que la destruye es lo malo.

Fragmento del Discurso de Galt en La Rebelión de Atlas

La moralidad objetivista

Para el objetivismo, la moralidad comienza con la vida como el estándar último de valor. El propósito moral del hombre es actual racionalmente para preservar su propia vida y lograr la felicidad, ya que cada hombre es un fin en sí mismo y existe para sí mismo.

Ayn Rand escribió:

El hombre debe vivir para su propio beneficio, sin sacrificarse a sí mismo por otros, ni sacrificar a otros para sí mismo

Ayn Rand. La virtud del egoísmo

Esto no significa ignorar a los demás ni causar sufrimiento, pero sí implica que nadie tiene el derecho de exigir sacrificios por parte de otros. 

La moralidad objetivista es un código de valores basado en la razón, cuyo propósito es permitir que el individuo viva y prospere. No implica subordinar la vida de uno al bienestar de los demás, sino actuar en interés propio de manera racional, respetando los derechos y libertades de los demás.

Rand critica duramente el altruismo, entendido como la idea de que el sacrificio por los demás es la esencia de la moralidad. El altruismo niega el valor intrínseco del individuo, convirtiendo a las personas en medios para los fines de otros y como dijo Rand, no puede haber nada más inmoral que eso: “No puede haber algo más inmoral que pedir a un hombre que se sacrifique por otro” (La Virtud del Egoísmo).

La moral altruista

Los sistemas colectivistas (de moral altruista) utilizan el sufrimiento como justificación para intervenir coercitivamente en la vida de los individuos. El altruismo obligatorio lleva al uso de la fuerza y a la violación de los derechos, lo que destruye tanto la libertad como la prosperidad. Esto puede verse en países con sistemas de bienestar coercitivo.

Por ejemplo, en algunos estados europeos, los altos impuestos redistributivos han desincentivado la productividad, ya que los más talentosos o trabajadores se ven obligados a sostener a quienes no contribuyen, reduciendo así la motivación para innovar y trabajar más y haciendo que muchos emprendedores y empresas innovadoras decidan instalarse en países que no les penalicen tanto, lo que ha generado una masiva fuga de talentos y de capital de países europeos a países con más libertad como Estados Unidos.

Esto conecta directamente con los gobiernos socialdemócratas, que son mayoría hoy en el mundo, los cuales justifican las políticas de redistribución de riqueza como un medio para reducir el sufrimiento. Sin embargo, al obligar a unos a sacrificar los frutos de su trabajo para beneficio de otros, se viola el principio de intercambio voluntario y el derecho a la propiedad privada.

Robarle el fruto de su trabajo a quien se lo ha ganado para dárselo a quien no se lo ha ganado, en lugar de aliviar el sufrimiento generan nuevos problemas como resentimiento y falta de seguridad jurídica de una parte y falta de incentivos y dependencia de la otra parte. Esto desemboca en una disminución del bienestar general. Esto puede observarse en países como Argentina, donde los subsidios sociales han generado generaciones dependientes del Estado en lugar de fomentar la autosuficiencia. Lo que demuestra que intentar aliviar el sufrimiento mediante coerción no solo es inmoral, sino que a menudo empeora la situación para todos.

Cuando se fuerza al hombre a actuar sin recompensa, se lo convierte en un esclavo; y cuando se recompensa a alguien sin esfuerzo, se lo convierte en un parásito.

Ayn Rand. La virtud del egoísmo

¿Debemos permitir el sufrimiento?

Como han concluido muchos filósofos en la historia, la vida es sufrimiento. El sufrimiento, en mayor o menor medida, es intrínseco a la vida humana y, por tanto, sólo podemos esperar no volver a sufrir nunca más cuando estemos muertos. 

Aceptar que las personas a nuestro alrededor van a sufrir es reconocer una realidad objetiva. Teniendo esto en cuenta, es irracional pensar que vamos a poder eliminar el sufrimiento humano del mundo. Como dice Ayn Rand en La Rebelión de Atlas: “El hombre no puede escapar de la realidad; puede ignorarla, pero no puede ignorar las consecuencias de ignorarla.” Esta cita subraya que es irracional esperar que el sufrimiento desaparezca por completo, ya que forma parte de la existencia humana.

Los intentos de eliminar el sufrimiento de la sociedad sólo nos pueden conducir a sistemas colectivistas de “altruismo coercitivo” donde los derechos individuales son sacrificados en nombre del “bien común”. 

En estas sociedades la libertad es sustituida por la fuerza con el objetivo de eliminar el sufrimiento; pero como este es un objetivo irracional e imposible el resultado termina siendo una sociedad sin derechos individuales, sin libertad y en la que paradójicamente habrá más sufrimiento que antes; ya que al sufrimiento intrínseco a la vida humana habrá que sumar ahora el causado por la pérdida de libertades y derechos. 

Paternalismo

Un ejemplo reciente de este fenómeno es la expansión de políticas paternalistas por algunos gobiernos que prohíben actividades supuestamente “dañinas” como consumir alimentos azucarados, fumar en lugares privados o se limita fuertemente la libertad de expresión en redes sociales. Aunque justificadas como medidas para proteger a la población, estas restricciones eliminan la autonomía personal y crean resentimiento, demostrando que la “protección” puede convertirse en una forma de opresión.

Cuando esto sucede, los gobernantes (apoyados por la masa irracional) lejos de darse cuenta de su error y recapacitar, redoblan sus esfuerzos. Argumentando que se necesita más de la misma medicina para poder ayudar a los necesitados. Eliminan más derechos individuales y libertades para supuestamente ayudar a los que están sufriendo. Esto genera una espiral descendente en la que cada vez hay más cosas prohibidas y se pierden más derechos, mientras que el sufrimiento de “los necesitados” nunca se reduce.

Y es que no es posible que deje de haber necesitados; en cualquier sociedad que imaginemos siempre habrá gente que sean considerados “los necesitados” porque estas valoraciones se dan por comparación con el resto de la sociedad.  De este modo hay necesitados en países pobres como Sudán o Burundi, pero también los hay en los países más ricos de la tierra como Noruega o Suiza. Obviamente, los pobres de Suiza viven no ya mucho mejor que los pobres de Sudán, sino mucho mejor que las clases altas de Sudán. Del mismo modo que una persona de clase baja hoy en España tiene un nivel de vida muy superior al de los reyes de hace 200 años.

Conclusión

El objetivismo no niega la posibilidad de ayudar a otros, pero insiste en que la ayuda debe ser un acto voluntario. Permitir el sufrimiento ajeno no es inmoral si se respeta el derecho de cada individuo a ser responsable de su propia vida. Intentar eliminar el sufrimiento de manera coercitiva, en cambio, sí que es inmoral, ya que implica el uso de la fuerza y convierte a unas personas en medios para los fines de otros.

La virtud no consiste en sacrificarse por los demás, sino en vivir de manera racional y productiva para el beneficio propio.

Ayn Rand. La virtud del egoísmo
Ver también

El sufrimiento como coartada. (José Antonio Baonza Díaz).

Casuística ética y liberalismo. (Francisco Capella).

¿Hablaron los austriacos de economía ambiental?

Si hay una crítica que ha calado fuerte entre los economistas austriacos a lo largo de los últimos años, ha sido la relacionada con que no exista una teoría austriaca homogénea sobre la economía ambiental. Cabe resaltar, llegados a este punto, como ya he hecho en otras ocasiones, que no me considero un economista austriaco, aunque comparta ciertas visiones de la economía con esta escuela.

Lo que sí considero es el hecho de que, aunque comparta con la crítica que no existe una teoría austriaca homogénea de la economía ambiental, sí disponemos de suficientes elementos teóricos en la literatura austriaca para describir lo que sería una visión austriaca de la economía ambiental, sobre todo en lo relacionado con teorías de las externalidades, como es la contaminación ambiental. Para ello es necesario explicar la economía ambiental, en primer lugar, para después analizar cómo encajan algunas premisas y teorías de la escuela austriaca con las principales cuestiones de que trata esta rama de la economía.

La economía ambiental surge dentro de la economía neoclásica a partir de las teorías de la eficiencia y las teorías pigouvianas de la economía del bienestar, sobre todo en lo referente a las externalidades y sus costes. En muchas ocasiones hemos escuchado y leído críticas de la escuela austriaca a ciertos elementos de estas teorías, sobre todo en lo referente a las políticas públicas que se proponían a partir de ellas.

Externalidades y medio ambiente

Tal y como hemos comentado, la economía ambiental se desarrolla a partir de las teorías de las externalidades, poniendo el foco en la maximización de la eficiencia de la utilización de recursos ambientales, cuyo grado máximo se alcanzaría, hipotéticamente, por la asignación de recursos obtenida a través del punto de equilibrio general en un mercado competitivo en el que la totalidad de los costes sean internalizados. Las ineficiencias ocurrirían cuando los costes sociales asociados a los efectos externos de ciertas actividades de consumo o producción fueran plenamente incorporados al coste o precio de la producción o consumo de dicho bien, respectivamente, como podría ser el caso de la contaminación del agua o del aire.

Por lo tanto, partiendo de esta hipótesis, el valor total de la producción para la sociedad puede verse incrementado estabilizando el nivel de producción y consumo de los bienes contaminantes al nivel en el que se hallaría si el coste de las externalidades se viera plenamente reflejado en el precio (por ejemplo, aplicando un impuesto extraordinario a los carburantes contaminantes equivalente al coste de la contaminación generada por estos). En este escenario, por lo tanto, la reasignación de recursos se tornaría eficiente, de tal manera que se produciría o consumiría una menor cantidad de bienes contaminantes y más de los que no lo son, debido a su menor coste proporcional.

La Escuela Austríaca

Sin embargo, la Escuela Austriaca no comparte esta manera de verlo, ni mucho menos las recomendaciones de políticas públicas que surgen de ella por varios motivos. En primer lugar, la Escuela austriaca considera que la eficiencia es praxeológica, es decir, es un objetivo individual y no un problema de maximización, como tradicionalmente se ha tratado en economía. (No comparto la visión de los austriacos aquí, ya que nos cambiaría absolutamente todo lo que sabemos sobre productividad, pero eso es otro tema). Para los austriacos, por lo tanto, desde el punto de vista de las políticas públicas, la eficiencia social se debe entender como el nivel al que las instituciones legales y políticas facilitan la consistencia y cohesión entre los objetivos que los actores individuales persiguen y los medios que consideran óptimos para lograrlos.

Por otro lado, vuelve la sempiterna discusión sobre costes sociales y valor. Para los austriacos, como bien sabemos, los costes y el valor son puramente subjetivos, por lo que los costes sociales y el valor social de algo no se puede calcular de manera agregada. En cambio, en la economía neoclásica, el enfoque tradicional se basa en identificar situaciones donde el beneficio marginal privado de una actividad es superior a su coste marginal social y viceversa, para potenciar un tipo de situaciones y desincentivar las otras. Claramente, este enfoque neoclásico requiere de comparaciones de utilidad interpersonales y agregación de preferencias o juicios valorativos individuales, lo cual los austriacos consideran metodológicamente incorrecto y, por lo tanto, inductor de conclusiones y recomendaciones inválidas.

Contra la economía neoclásica

En tercer lugar, otro debate en el que los austriacos siempre están enfrentados a la economía neoclásica y que se halla en el núcleo de la economía ambiental es el de la eficiencia de Pareto, que deriva de la posibilidad, en la economía neoclásica, de que exista un equilibrio general competitivo, pero que para los austriacos es simplemente una construcción teórica sin respaldo e irrelevante como baremo de análisis para fenómenos reales.

Tal y como conocemos a través de los escritos de Mises, la acción humana se prolonga en el tiempo, con acumulación de conocimiento y generando oferta y demanda constantes y permanentemente cambiantes, por lo que el equilibrio de Pareto en un instante determinado del tiempo resultaría irrelevante. Por ello, manteniéndose fieles a la teoría del valor y coste subjetivos, los austriacos rechazan de frente emplear el equilibrio-eficiencia de Pareto en cualquier análisis, torpedeando la base de flotación teórica de gran parte de la economía ambiental moderna.

Por lo tanto, aunque está claro que no existe una teoría unificada y homogénea de la economía ambiental por parte de la escuela austriaca, sí que existen unos principios, sobre todo metodológicos, que consolidan su oposición a la visión al respecto de la economía neoclásica y, por lo tanto, a la mayoría del policy making actual sobre la cuestión.

Ver también

La deshumanización del medio ambiente. (Adriá Pérez Martí).

Sólo el libre mercado protegerá al medio ambiente. (Daniel Lacalle).

Propiedad privada y medio ambiente. (Juan José Mora Villalón)

Clara Campoamor

La trayectoria de Clara Campoamor (1888-1972), la “sufragista española”, simboliza como pocas esa primavera de la esperanza, pronto mutada en invierno de la desesperación, que fue la IIª República española (1931-1936). Ella misma, uno de los personajes menos y peor tratados por la historiografía política del siglo XX, resulta inclasificable en ese experimento de ilusiones defraudadas que terminó siendo la IIª República española. Más liberal que izquierdista para las izquierdas y demasiado republicana para las derechas, la figura de Clara Campoamor, se alza solitaria, casi aislada, como era inevitable que le sucediese, en el complejo siglo XX español, a quien fue demócrata y liberal consecuente a lo largo de su vida.

Como recoge Luis Español en la semblanza hecha en su introducción a La Revolución Española vista por una republicana, Clara Campoamor tuvo que afrontar una niñez y adolescencia difíciles. En 1898 murió su padre y tuvo que ayudar a su madre a sostener las cargas familiares, desempeñando desde los trece años varios oficios.

Posteriormente, desde 1909, se abrió camino a través del funcionariado, primero del Cuerpo de Correos y Telégrafos del Ministerio de la Gobernación (en San Sebastián) y, en 1914, retornó a Madrid como profesora especial de taquigrafía y mecanografía en las Escuelas de Adultos. Trabajó, además, como auxiliar mecanógrafa en el Servicio de Construcciones Civiles del Ministerio de Instrucción y fue secretaria de Salvador Cánovas, director del conservador La Tribuna, iniciando sus colaboraciones en la prensa, como en el Nuevo Heraldo, El Sol y El Tiempo.

El Ateneo

De vuelta a Madrid, se abrió ante sus ojos un mundo nuevo. El funcionariado le daba una posición económica modesta, pero segura, en el tiempo en el que Europa se debatía en la Primera Guerra Mundial y, en España, se asistía a la progresiva descomposición de la Restauración. En 1916 comenzó a asistir al Ateneo de Madrid. Fueron para ella años de gran actividad, participando en la vida ateneísta en una época paulatinamente convulsa, tanto en la Docta Casa, como en España.

En el Ateneo tomó contacto con otras feministas, como Carmen de Burgos y, entre 1921 y 1924, formó parte de la mesa de la Sección de Pedagogía. En el Ateneo, descubriría además su interés por la literatura, las artes y las ciencias… Y en el Ateneo llegó a ser la primera mujer en ocupar un puesto en su Junta de Gobierno, al ser elegida en la candidatura encabezada por Gregorio Marañón, en marzo de 1930.

En 1921 se matriculó en bachillerato, título que obtuvo en 1922. A continuación, se matriculó en la Facultad de Derecho, licenciatura que concluyó en 1924. En 1925 ingresó en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid y fue la primera mujer que defendió una causa ante el Tribunal Supremo. En ese mismo año ingresó también en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Para Clara Campoamor, el advenimiento de la República, en 1931, significó la posibilidad no solo de formular sueños y promesas, sino de alcanzar también realidades. A su juicio, y al de muchos españoles, la república había abierto las ventanas de la nación al porvenir. Veía la República como una gran oportunidad histórica para España y la apoyó con entusiasmo sincero, al igual que otros muchos.

Ciudadana antes que mujer

En junio de 1931, se celebraron las elecciones a Cortes Constituyentes de la República, que redactarían la Constitución republicana. Un buen número de directivos del Ateneo fueron elegidos diputados, como Manuel Azaña. Clara Campoamor también había sido elegida, pero no como candidata del partido de Azaña, del que había formado parte desde sus inicios, sino por el Partido Radical, ya que Azaña no quiso que fuese candidata por su partido. La exclusión de Clara Campoamor por Azaña en junio de 1930, en la candidatura que le hizo presidente ateneista, volvía a producirse en junio de 1931, pero esta vez en las candidaturas a Cortes Constituyentes.

En España, ella fue y sigue siendo la más célebre defensora de los derechos de la mujer desde planteamientos liberales. Durante la IIª República Española se afilió al Partido Radical (Alejandro Lerroux) y fue diputada en las Cortes Constituyentes de 1931. Allí desempeñó un papel trascendental para la aprobación del sufragio femenino, con su presentación y defensa. Su propuesta, muy debatida, topó con la oposición de otros partidos, incluido el suyo, aunque ninguno de los conservadores. Argumentó que la igualdad era un principio liberal básico y que el sufragio femenino era crucial para garantizar la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres. Su defensa apasionada del sufragio femenino -“Señores diputados: yo, antes que mujer soy ciudadano”- resulto imprescindible para su aprobación en la legislación española.

El voto para las mujeres

La defensa del voto de la mujer en el proyecto de Constitución de la IIª República española, constituyó su mayor éxito, personal y político a la vez: había alcanzado fama nacional y se había ganado la simpatía de la opinión pública. También fue protagonista de la Ley de Divorcio (1932) y la abogada de divorcios muy sonados, como el de Valle Inclán. Mientras mantenía su actividad política, se unió a la masonería en 1932, en la Logia Reivindicación de Madrid (logia femenina). Se desconoce la fecha de su iniciación, pero constan testimonios documentales en el expediente abierto durante el franquismo en el Tribunal de Represión del Comunismo y la Masonería, que la impidió regresar de su exilio.

Su actuación política no se limitó a la consecución del voto de la mujer. También tuvo ocasión de participar en la acción de los gobiernos republicanos, entre 1933 y 1935, como directora general de Beneficencia (Ministerio del Interior). Y fue, además, autora de una ingente obra periodística, como articulista de prensa, luego recogida en diferentes volúmenes, así como de una amplia obra ensayística de muy variada temática. En todos estos escritos se muestra Clara Campoamor como se definió a sí misma siempre: humanista, liberal y feminista.

¿Encasillar a Clara Campoamor?

La fama y el éxito le dieron popularidad, pero también enemigos. En las elecciones de 1933 no fue reelegida. No obstante, el republicano histórico Alejandro Lerroux, que dominaba entonces la política española, la nombró directora general de Beneficencia (Ministerio del Interior). Pese a la dedicación con la que se ocupó de esos cometidos, dimitiría en noviembre de 1934, por la represión de la Revolución de Asturias. La campaña propagandística desarrollada por las izquierdas sobre las represiones causó una conmoción a la que no fue ajena. Su dimisión la completó con la baja en el Partido Radical, en 1935. Ese mismo año, con la mediación de Santiago Casares Quiroga, intentó unirse a Izquierda Republicana, nuevo partido de Azaña. Se denegó su admisión. Azaña, en 1935, volvió a excluir a Clara Campoamor, esta vez de Izquierda Republicana.

¿Cuál fue el pensamiento político de Clara Campoamor? Si se repara en las fuerzas políticas que más la reivindican hoy, parecería que su ideología estaría muy próxima al socialismo y, en todo caso, no hay duda de que, entre el gran público, se tiende a considerarla izquierdista. Así, quien consiguió el voto femenino en España ha terminado alcanzando un pedestal construido por la izquierda socialista.

Algo posible sólo por el escaso conocimiento y desinterés general sobre sus obras y sobre su trayectoria. Por eso es pertinente preguntarse si su adscripción izquierdista es real, o si su reciente reivindicación por la izquierda es una falsificación (una más), casi un secuestro de su figura, al calificarla de persona izquierdista o próxima al socialismo. Como se ha dicho, ni las izquierdas por liberal, ni las derechas por republicana, tuvieron nunca mucha estima por Clara Campoamor.

Democracia, ley y libertad

Fue en el liberal Ateneo fue donde surgió y se desarrolló su conciencia política, participando activamente en la vida ateneísta y ocupando posiciones preminentes en la Docta Casa, como integrante de la Mesa de la Sección de Pedagogía (1920) y, en marzo de 1930, como primera mujer elegida para la Junta de Gobierno del Ateneo. Ella misma se definió liberal y acabó representando y defendiendo las aportaciones y valores del liberalismo, las instituciones democráticas y el respeto a la ley, así como la educación e instrucción pública para la promoción social por el mérito, manteniendo siempre sus convicciones republicanas.

Su intransigente defensa del derecho al voto de la mujer, pese a la oposición de la izquierda y hasta de muchos de su propio partido, logró implantar en España el sufragio universal, para hombres y mujeres, a partir de 1931. A cambio, pagó un elevado precio por ello, como su progresivo aislamiento y soledad en la IIª República. En 1933, las izquierdas la culparon de su derrota electoral: era la primera vez que las españolas votaban a Cortes y habían ganado las derechas.

Era una acusación insostenible, pero la siguieron culpando de la derrota de 1933. Incluso, cuando en las elecciones de febrero de 1936, votaron de nuevo las mujeres, y los resultados, pese a los fraudes denunciados (y recientemente acreditados), dieron una mayoría inicial al Frente Popular, lo que desmentía totalmente que el voto femenino fuese derechista y clerical. Había suscitado la inquina de muchos izquierdistas que la miraban con rencor.

El Partido Radical

A partir de 1935, año en el que abandonó el partido Radical y se le denegó el ingreso en la recién creada Izquierda Republicana de Azaña, Campoamor se convirtió en una republicana sin partido. Su citado El voto femenino y yo: mi pecado mortal, lo escribió como defensa y reivindicación de su actuación y de su lucha en las Cortes Constituyentes de 1931, en favor de los derechos de la mujer. Pero también constituye un desolador retrato de la soledad política en la que había quedado. Soledad que ya no la abandonaría nunca, pues proseguiría durante la guerra civil, primero, y durante su posterior exilio en Argentina y Suiza, después.

La secuencia revolucionaria iniciada por el Frente Popular tras las elecciones del 16 de febrero de 1936, y su creciente aislamiento político, terminaron de desengañarla de la República que tantas esperanzas le suscitó en 1931. La primavera de 1936 la sorprendió en Madrid, donde asistió como testigo más que cualificada y progresivamente alarmada, a los prolegómenos y las primeras manifestaciones sangrientas de la violencia de lo que ella denominó “la Revolución Española. En el verano de 1936, mientras se organizaban los frentes de batalla, en la retaguardia de la zona del Frente Popular se producían toda clase violencias y crímenes izquierdistas contra cualquier posible adversario, real o imaginario, lo que relató con detalle en su citada obra La Revolución Española vista por una republicana.

Huyendo del Madrid republicano

El estallido de la guerra civil española, en julio de 1936, y el ambiente revolucionario de Madrid, donde sabía que contaba con enemigos izquierdistas poderosos, como los socialistas Indalecio Prieto y Margarita Nelken, la llevaron a escapar de la capital para evitar represalias del Frente Popular. Consiguió hacerlo, logrando llegar hasta Lausana (Suiza), tras un azaroso viaje en el que estuvo a punto de ser asesinada. En Lausana, apartada de los grupos de exiliados españoles y sus disputas, mantuvo una vida de expatriada hasta su muerte, en 1972.

Clara Campoamor huyó de Madrid, en septiembre de 1936, a Suiza, como se ha dicho. El exilio de la guerra civil española (1936-1939) no sucedió en 1939, al final de la contienda. El exilio español comenzó en 1936, y seguiría en 1937 y 1938, en constante goteo. A finales de 1936, ya había una larga lista de intelectuales españoles exiliados en el extranjero, huidos del terror del Frente Popular. Un exilio que se incrementaría en 1939.

Españoles eminentes

Ver también

Administración Trump/Elon. ¿El inicio del ‘effective accelerationism’?

En unos días comienza la presidencia de Trump y podemos predecir que no va a seguir unos patrones normales. A Donald le acompañará esta

vez un vicepresidente que tiene un ideario muy claro y poco convencional en el partido republicano. Pero también se ha rodeado de una serie de personajes exitosos del mundo de la tecnología, cuyo mayor exponente es Elon Musk.

Desde que Elon compró Twitter, su influencia en la política de EE.UU. y, por extensión, de todo occidente, no ha hecho más que crecer. Pero es muy fácil quedarse en los memes y los atracones de post que lanza cada vez que se interesa por un tema, y pasar por alto lo importante: todo lo que hace tiene un propósito que se fundamenta en su visión del mundo.

Una forma de aproximarse a esta visión es analizando el manifiesto publicado a finales de 2023 por Marc Andreessen, fundador de Netscape Communications y gran inversor, que ha decidido, como muchos otros, subirse al carro de Trump después de años de apoyar al partido Demócrata.

El manifiesto tecno optimista es un documento con una fuerza excepcional. En él se van desgranando las bases del effective accelerationism. Una filosofía que promueve el desarrollo tecnológico como forma de resolver los problemas a los que se enfrenta la humanidad. Puede parecer simple optimismo, pero hay mucho más.

Manifiesto de Andreessen

Si algo ha marcado la década de 2010 ha sido el cinismo. Me imagino que por eso Andreessen empieza su manifiesto con esta cita de Walker Percy:

You live in a deranged age — more deranged than usual, because despite great scientific and technological advances, man has not the faintest idea of who he is or what he is doing.

Todo el progreso económico y tecnológico no vale nada si la sociedad no percibe un propósito detrás de él. Y la desconexión entre estos avances y lo que las personas perciben como importante es un problema enorme.

Para corregirlo empieza por explicar las dos herramientas más poderosas que tiene el ser humano a su disposición: la tecnología y el mercado.

La tecnología es la que nos permite crecer. Sin ella la población se habría quedado estancada en unas docenas de millones de personas.  Y sin ella no habríamos podido acceder al 90% de los recursos de nuestro planeta.

El mercado es el sistema que permite que el ser humano se organice. Se cita a David Friedman para explicar que las personas actuamos por tres razones: amor, dinero y fuerza. El amor no escala, y la fuerza ha fracasado a la hora de crear sociedades ricas y funcionales. Solo nos queda avanzar en el camino del dinero. Es la única forma que ha demostrado ser exitosa para conseguir que las personas se preocupen por otras personas a las que no conocen.

La máquina tecno-capital

Una vez introducidas las dos herramientas, nos habla de cómo trabajan juntas: the Techno-Capital Machine.

The techno-capital machine makes natural selection work for us in the realm of ideas. The best and most productive ideas win, and are combined and generate even better ideas. Those ideas materialize in the real world as technologically enabled goods and services that never would have emerged de novo.

Su tesis central es dejar a esta máquina trabajar liberándola de todas las ataduras que tiene actualmente. Tenemos a nuestro alcance acceder a una fuente enorme de inteligencia, por medio del desarrollo de la IA, y para ello podemos hacer uso de una fuente de energía que dominamos, pero que no se ha podido desarrollar en todo su potencial: la fisión nuclear.

El desarrollo de ambas podría llevar a una época de abundancia, que sería la base de nuevos desarrollos tecnológicos que eclipsaran a los que disponemos ahora.

Como puede parecer demasiado utópico, aclara lo siguiente:

However, we are not Utopians.

We are adherents to what Thomas Sowell calls the Constrained Vision.

We believe the Constrained Vision – contra the Unconstrained Vision of Utopia, Communism, and Expertise – means taking people as they are, testing ideas empirically, and liberating people to make their own choices.

Esto es de vital importancia. La máquina tecno capitalista no es un ente central y ajeno a la sociedad. Es la sociedad trabajando de forma libre. Nada que no sirva a las personas puede sobrevivir sin coacción central.

Tecno optimismo

Y como todo representante de la libertad, tiene sus mismos enemigos. En el manifiesto aparecen listados, pero podemos reducirlos tal como hizo Ayn Rand: aquellos que no producen nada, pero que aspiran a dirigir la vida de los que sí lo hacen.

Como hemos visto, el tecno optimismo es una forma de liberalismo enfocada en el potencial de la humanidad para alcanzar nuevas cumbres si progresa con libertad y un propósito claro.

Se podría argumentar que la libertad es un fin, no un medio para otro propósito. Pero lo cierto es que los individuos trabajan mejor juntos si tienen un propósito común. Que este sea el avance tecnológico de nuestra especie dentro de un sistema que respete la libertad de cada individuo parece un buen equilibro. Por otro lado, el liberalismo siempre va a ir de la mano del progreso económico. Si la tarta deja de crecer, la sociedad pasa a jugar un juego de suma cero, y ahí los colectivistas siempre van a llevarse el gato al agua.

En fin, veremos cuánto de esta filosofía está presente en la nueva administración estadounidense. Pero siendo un observador europeo, uno no puede más que sentir una sana envidia. Esperemos que con el ejemplo de Estado Unidos las cosas empiecen a cambiar por aquí y podamos unirnos a ellos en un futuro.

Como dice Andreessen, es tiempo de ser optimistas. Es tiempo de construir.

Ver también

La importancia (liberal) de crear valor para los demás. (Ignacio Moncada).

Papá, ¡quiero ser como Peter Thiel, no como Stuart Mill! (Raquél Merino Jara).

En defensa de la desigualdad. (Pablo Martínez Bernal).