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La culpa es de Microsoft, por supuesto

Hace unas semanas el mundo sufrió uno de esos eventos luctuosos que encantan a los profetas de hecatombes. Me refiero a la caída de miles de ordenadores con Windows, que tuvo efectos directos en aeropuertos, bancos, hospitales y un sinfín de negocios. Como consecuencia de un fallo de Microsoft, muchas personas vieron cancelados sus vuelos, o pospuestas sus intervenciones quirúrgicas. Un fallo del software se traducía en un fallo “hard” en nuestras vidas. A partir de este punto, la imaginación se puede desbocar y podemos acabar todos en Mad Max o escenarios futurísticos del estilo.

La caída, según parece, se debió a un fallo en la actualización de un programa de seguridad llamado Crowdstrike. A quienes hemos estado cerca del mundo de la informática y los sistemas, lo que nos parece milagroso es que estas cosas pasen con tan escasa frecuencia en relación con la complejidad del aparataje. Eso dice mucho en favor de las empresas dedicadas a este negocio, incluida la propia Microsoft, y eso a pesar de este fallo.

Lo interesante de este evento para mí ocurrió un par de días después, cuando Microsoft afirmó que la citada caída era responsabilidad de la Comisión Europea. Quizá esta sea una afirmación, para muchos, más sorprendente aún que la caída global de sus sistemas. ¿Qué puede tener que ver una institución de la administración pública con el sistema operativo Windows, aparte de ser un usuario más? No obstante, a quienes estamos cerca del mundo de la regulación europea, tampoco esto nos resultó extraño. Es más, personalmente algo así llevaba esperando un tiempo.

La responsabilidad de la Comisión Europea

Microsoft denuncia que el fallo de seguridad se ha debido a unos compromisos que adquirió en 2009 con la Comisión Europea para que ésta no progresara con una investigación de competencia (o antitrust, como le llaman los americanos). Como consecuencia de dichos compromisos, Microsoft se obligaba a dar a los fabricantes de software de seguridad acceso a las funciones de Windows en condiciones no discriminatorias. Esto es, en las mismas condiciones con que el propio Microsoft puede acceder a dichas funciones.

De esta forma, la Comisión Europea buscaba evitar que Microsoft pueda extender su posición dominante (poder de mercado para los economistas) desde el mercado de sistemas operativos. Allí tiene, supuestamente, a otros mercados adyacentes, como pueda ser el de software de seguridad o, en su momento, el de navegadores. Microsoft conoce bien el tema, porque 2008 recibió la mayor multa antitrust de la historia hasta ese momento, precisamente porque la CE consideraba que había abusado de su posición dominante en sistemas operativos para extender su poder a los navegadores de Internet. Es lógico que, como buen gato escaldado, no pusiera demasiadas pegas en la siguiente ocasión que alguien le denunciara.

¿Es entonces culpable la Comisión Europea de lo ocurrido? A primera vista, sí. Era evidente el riesgo para Microsoft de sufrir una fuerte sanción en caso de plegarse a sus dictados. El problema es que dichos dictados no responden a las preferencias de los clientes de Microsoft, sino a las preferencias de unos concretos señores y señoras (seamos paritarios para esto), funcionarios de la Comisión Europea, que no tienen ni idea de lo que demanda el mercado y de lo que hace Microsoft, por muchas páginas que sean capaces de escribir sobre ambas cosas.

Hank Rearden

En contra de esta presunción juega el hecho de que el fallo de Microsoft fue global, no solo ocurrió en la Unión Europea. Si Microsoft consideraba que la configuración exigida por la Comisión Europea era mala para su producto, ¿por qué la utilizó a nivel global? Lo suyo era hacer una versión “cutre” para los europeos, eso sí, cumpliendo con la CE, y otra fetén, como Microsoft cree que tiene que ser, para el resto del mundo. Es fácil entender que pueden perderse economías de escala en el mantenimiento de dos sistemas operativos paralelos en lugar de uno, pero ¿compensarán dichos ahorros la pérdida de calidad del producto a nivel global? ¿No hubieran compensado con creces las indemnizaciones a las que tendrá que hacer frente como consecuencia del fallo ocurrido?

Si Microsoft hubiera actuado pensando en su mercado y en sus clientes en vez de en esquivar una sanción de la Comisión Europea, hubiera luchado con todas sus fuerzas y jamás hubiera negociado voluntariamente la imposición de dicho organismo, una lección que todos los lectores de Ayn Rand aprendemos con Hank Rearden en “La rebelión de Atlas”. Alternativamente, hubiera debido desarrollar una versión capada para la Unión Europea, y posiblemente encarecer el producto en nuestra querida Europa como consecuencia de la pérdida de escala.

La culpa es de Microsoft

Así que sí, por supuesto, la culpa es de Microsoft, por plegarse a alterar su producto al dictado de burócratas, algo que nunca puede terminar bien para la sociedad. La alternativa, quizá heroica, es seguir sirviendo al cliente incluso con la amenaza del gobierno en frente: el cliente sabrá comprenderlo, tarde o temprano, porque la alternativa siempre es peor.

Y sirva lo ocurrido como aviso a navegantes para las principales compañías de Internet (Google, Amazon, Facebook, Apple, Samsung y la propia Microsoft), que ya están siendo acosadas para cumplir con despropósito llamado Digital Market Act. No me cabe duda de que los funcionarios les amenazan con fuertes sanciones si no cumplen las condiciones que la citada norma les impone. Esperemos que sean heroicas en la defensa de los intereses de sus clientes,  presentes y futuros[1], y que no se olviden de que toda la regulación tiene consecuencias inesperadas. Que se lo digan a Microsoft. Bueno, y a todos los ciudadanos europeos y del mundo que se vieron afectados.

Notas

[1] Un ejemplo puede ser Elon Musk, que ya ha denunciado públicamente al comisario Thierry Breton, quien quería negociar con Musk el cumplimiento de otro engendro, el Digital Services Act.

Ver también

Nodos domésticos: tecnología anti frágil para nuestra libertad. (Fernando Parrilla).

Cómo contribuyó la regulación al fiasco de CrowdStrike. (Peter Jacobsen).

A vueltas con el positivismo jurídico (XII): la distinción entre autoridad y potestad

Desde posiciones iusnaturalistas, Álvaro D´Ors[1] hizo una interesantísima distinción entre autoridad y potestad que, creo, es importante traer a colación en estos tiempos de enfrentamientos políticos tan acerados.

En efecto, a nadie se le escapa que, con la formación de grupos humanos, es necesario que se cree un orden de subordinación entre los hombres que integran esos grupos. Pues bien, desde los planteamientos de derecho natural, el hombre debe actuar, en ese contexto social, sin más límites que los que impone la necesidad de la convivencia y cuyo límite vendría establecido por el mismo derecho natural, es decir, se determinaría atendiendo a la propia naturaleza de las cosas, de manera que se constituyan las relaciones -entre las personas entre sí y para con las cosas- más adecuadas para el mejor desarrollo de las personas y de su vida (en línea con los planteamientos, entre otros, de liberales como Rasmussen y Den Uyl a los que nos referíamos en anteriores entregas).

Pero, junto a esos límites, también se imponen una serie de límites que D´Ors denomina “artificiales o convencionales” que el derecho humano impone y que concretan y completan los límites naturales a los que ya nos hemos referido; límites, los artificiales, que pueden ser transitorios, pero que tienden a perpetuarse creando así una suerte de “tradición”.

El sometimiento a la potestad civil

Por todo ello es por lo que, desde esta perspectiva, y para garantizar una adecuada vida en sociedad que permita el pleno desarrollo de la naturaleza del hombre, sociable por propia naturaleza, cada individuo debe acatamiento a la “potestad civil”. Se entiende por tal el poder que es reconocido por el “pueblo a él sometido”. Pero sin olvidar que “el que gobierne tiene el deber natural de contar con el reconocimiento popular para que el pueblo tenga el deber, también natural, de subordinarse a ese poder”.

El origen de ese “reconocimiento”, sin embargo, no siempre es fácil de determinar jurídicamente. Y se trata por los iusnaturalistas como un elemento dado; es decir, como un dato de hecho[2], que obliga a distinguir, en muchos casos, entre lo que es un “acatamiento personal de una potestad y la sumisión a un simple poder de hecho”. D´Ors advierte de que si se reconoce una “potestad”, hay un deber natural de respetarla, mientras que si se trata de un simple poder de hecho, no.

En este punto es importante destacar que, según este planteamiento, la potestad civil puede deslegitimarse cuando quien detenta esa potestad contraviene los preceptos del derecho natural, normalmente porque establece leyes o toma decisiones ejecutivas contra el citado derecho natural[3]. Y es que este es universal e inalterable, como lo es, desde la postura iusnaturalista, la naturaleza del hombre de la que dicho derecho depende, de ahí que, según D´Ors, cuando los hombres infringen este derecho, la naturaleza acaba siempre “prevaleciendo sobre los caprichos insensatos de los hombres”.

Autoridad como “saber socialmente reconocido”

Ello no obstante, D´Ors reconoce que aunque la potestad esté deslegitimada por el abuso de su ejercicio, puede seguir siendo potestad en tanto no le falte el reconocimiento social al que antes nos referíamos, y, por ello, haya que seguir respetándola como tal, “porque no toda potestad es legítima, aunque sea legal, es decir, conforme a las leyes. Incluso a la ley constitucional. Es más, si infringe los deberes constitucionales, y con ello el deber natural que le obliga a cumplirlos, no por ello pierde su carácter de potestad si sigue teniendo a su favor el reconocimiento social”.

Y aquí es donde entra la “autoridad”, entendida como “saber socialmente reconocido, un saber que no participa de la potestad ni depende de ella, sino que, por el contrario, puede declararse en contra de ella denunciando los abusos que ejerce el poder”. Para D´Ors, lo que puede influir para que los abusos en el ejercicio de la potestad la acaben privando del reconocimiento social es, precisamente, su contradicción con la autoridad.

Como a nadie se le escapa, dentro de las obligaciones naturales de la potestad debe estar, precisamente, la creación -o mantenimiento- de tribunales de justicia cuya autoridad pueda decidir sobre los abusos de la potestad (aunque dichos tribunales, no seamos ingenuos, difícilmente serán del todo independientes de la potestad). Así, señala D´Ors, “un gobernante civil que pretendiera convertirse él en juez de sí mismo no es probable que pudiera contar con el reconocimiento social, a causa de tan grave infracción del derecho natural”.

Instituciones que no se han creado expresamente

Pero, junto a los tribunales, D´Ors habla también de otras instituciones. Instituciones que, sin haber sido expresamente organizadas y/o creadas para servir de contrapeso a los abusos de la potestad, tienen, de hecho, autoridad. Y destaca, entre otras, ciertas instituciones académicas, profesionales o técnicas; algunas autoridades exteriores (como las autoridades religiosas, la Iglesia, etc…) o la prensa, que viene a funcionar muchas veces en ese servicio propio de la autoridad, pero cuyas vinculaciones con los grupos que pretenden asumir la potestad, impide reconocerla como tal autoridad.

Así, llegamos, desde posturas iusnaturalistas, a la misma conclusión a la que hemos llegado en otras entregas aplicando el sentido común. No sólo es fundamental la independencia judicial, sino también una sociedad civil libre con instituciones que tengan autoridad, en el sentido en el que la hemos definido aquí. Pero para que eso se produzca es necesario que los poderes públicos -la potestad civil- no meta sus sucias manos en ellas.

El drama de nuestro tiempo no es, ya que los tentáculos del poder hayan llegado a todos los sitios, fundamentalmente a través de las subvenciones como principal doblegadora de voluntades, sino que, a pesar de ello, la gente, el “pueblo”, que diría D´Ors, siga reconociéndole “saber” -autoridad- a quienes sí dependen de la potestad. Sin esas autoridades independientes, el poder se siente sin frenos y límites, y el futuro no puede sino ser muy negro.

Notas

[1] D´Ors, Álvaro, “Derecho y sentido común. Siete lecciones de derecho natural como límite del derecho positivo”, Civitas ediciones S.L., Madrid, 2001. Especialmente se ha tenido en cuenta lo señalado en el Capítulo IV del citado ensayo, páginas 91 y siguientes de la edición manejada.

[2]Esta reciprocidad y este reconocimiento de facto es el que ha llevado, como también recuerda D´Ors, a que se tenga la “falsa idea de que entre el gobernante y su pueblo se ha convertido un convenio recíproco”.

[3] También se produce esa deslegitimación cuando la potestad contraviene el conjunto de deberes “artificiales” convenidos entre el pueblo y la potestad que lo gobierna y que D´Ors llama “constitución” en sentido amplio. Y que se ha fijado por la “tradición” a la que antes nos referíamos.

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

Historia de Aragón (VII): Ramiro II el Monje y el nacimiento de la Corona de Aragón

Como vimos en el artículo anterior, Alfonso I fue un rey con una mentalidad mesiánica. Continuó con sus batallas, asediando Bayona y Fraga. En una de esas contiendas acabaría herido y terminaría falleciendo en Poleñino en 1134. La muerte del rey Alfonso trae consigo un problema sucesorio. El rey había fallecido sin descendencia. El único candidato a portar la corona era su hermano Ramiro, pero al haber sido ordenado sacerdote no podía heredar el trono. 

En el asedio de Bayona en 1131, Alfonso I redactaría uno de los testamentos más asombrosos de toda la Edad Media. Ya que no podía legar el reino a su hermano Ramiro, Alfonso dejó sus reinos a las tres órdenes militares más relevantes del momento, el Santo Sepulcro, los Hospitalarios y los Templarios. Estas órdenes tenían muchos territorios en oriente, pero en occidente no había ocurrido algo parecido. El testamento era tan disparatado y ridículo que los nobles de Aragón decidieron tomar las riendas de la situación, nombrando a su hermano Ramiro rey. Ramiro tenía 47 años, había vivido siempre en monasterios y no tenía motivación ni capacidad para gobernar el reino.

A finales de 1134, Alfonso VII de León acudió a Zaragoza, era hijo del primer matrimonio de Urraca, por tanto, hijastro de Alfonso I. Alfonso VII, como tantos otros reyes de Castilla, tenía muchos intereses en incorporar Aragón a su reino. Vino con varios nobles, entre ellos Ramón Berenguer IV, de su presencia quedan muchas reminiscencias en Zaragoza, como el escudo del león. La muerte de Alfonso I supuso la pérdida del reino de Pamplona, que se independiza con García Ramírez.

La estirpe de Ramiro II

La misión principal de cualquier monarca es tener descendencia para trasmitir el reino. Ramiro II buscó una esposa. Debía de ser viuda y noble. Una de las candidatas fue Inés de Poitou, viuda del conde Thouars. Inés era hija de Guillermo IX de Aquitania, que había luchado junto con Alfonso I en la batalla de Cutanda. Del matrimonio entre Inés y Ramiro II nacerá en 1136 Petronila. Un año después de su nacimiento se le preparó la boda con Ramón Berenguer IV. Esta unión matrimonial se convertiría en el acta fundacional de la Corona de Aragón, ya que al Reino de Aragón se le uniría el Condado de Barcelona.

La Corona de Aragón era un conjunto de entidades políticas, ya fueran reinos, condados, marquesados… Ramiro II era el titular de estos estados, pero cada territorio mantenía su independencia institucional. Con la unión de Petronila y Ramón se crea una nueva casa, la casa de Aragón, por lo que el patrimonio de la casa pasará a ser indivisible, debido a la institución pirenaica del matrimonio en casa.

De esta unión dinástica nacerán dos reyes no demasiado relevantes. Por un lado, Alfonso II; y por otro, Pedro II, que morirá en la batalla de Muret en 1213. A éste le sucederá Jaime I, que conquistará Valencia y Mallorca. Su reinado lo estudiaremos más en profundidad en el próximo artículo.

Serie ‘Historia de Aragón’

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (II): tampoco Hayek

Continuando con el artículo anterior de esta serie, en primer lugar quisiera recordar la importancia política y social de este análisis. Tener una buena teoría del valor que explique los precios es crucial para minimizar las injerencias políticas que dificulten la cooperación social. Una teoría que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no será lo suficientemente contundente y dejará vía libre a que otras teorías se utilicen para justificar intervenciones dañinas y así puedan imponerse legislativamente.  

En este sentido, la teoría del valor defendida por los autores austriacos más modernos como Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek o Murray Rothbard, tiene muy serios problemas al sostener tajantemente que la naturaleza del valor es ordinal. Pues en la “batalla” científica creo que este enfoque es atarse las manos a la espalda y ponerse grilletes en los pies al oscurecer innecesariamente la teoría afirmando que es imposible medir el valor. Y además no explica bien la realidad al negar, por ejemplo, que podamos hacer operaciones aritméticas relativas al valor. 

Afortunadamente no todos los autores austriacos tenían una visión ordinal del valor. Es el caso clarísimo de Eugene von Böhm-Bawerk a quien Mises le reprocha defender que el valor es cardinal y medible. Y aunque en este reproche Mises no incluye expresamente a Menger, también apunta a los “fundadores de la teoría subjetiva del valor”. Y por esta razón me he tomado la libertad de volver a utilizar el provocador título de “Mises no comprendió a Menger”. 

La crítica de Mises a Böhm-Bawerk

A continuación citamos la crítica que realiza Mises a los pioneros de la teoría del valor subjetivo y más específicamente a Eugene von Böhm-Bawerk:

No es raro que aquellos auténticos pioneros que no dudaron en abrir nuevos caminos para ellos mismos y para sus seguidores, rechazando decididamente anticuadas tradiciones y modos de pensar, retrocedieran ante las implicaciones de la rígida aplicación de sus propios principios. Cuando esto ocurre, los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Tal es el caso que nos ocupa.

Sobre el tema de la medida del valor, así como sobre otros varios estrechamente relacionados con él, los fundadores de la teoría subjetiva del valor se abstuvieron de desarrollar coherentemente sus propias doctrinas. Esto es especialmente aplicable a Bóhm-Bawerk. Por lo menos es particularmente sorprendente en él, ya que sus argumentos, de los que vamos a ocuparnos, pertenecen a un sistema que tiene todos los elementos de otra solución del problema, en mi opinión, más acertada, con tal de que su autor hubiera sacado de él las últimas consecuencias. (Mises, 1997)

Teoría del valor de Böhm-Bawerk

Uno de los objetivos de mi crítica a Mises y sus seguidores en esta serie, es dejar claro que las ideas de Mises no son necesariamente las de sus predecesores. Percibo muy a menudo que dentro de la escuela austriaca se tiende a asumir que Mises no contradice a sus antecesores, sino que los desarrolla siguiendo su misma línea sin contradicción alguna. Y no, esto no es así.

Y dice muy bien Mises que los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Si Mises cree que sus maestros estaban equivocados, la honestidad intelectual le debe llevar a cuestionarlos y ofrecer otra solución alternativa. Impecable actitud por su parte. Ahora bien, siguiendo ese razonamiento es labor de los que vienen detrás de Mises cuestionarlo a él también, ya sea para retomar el camino señalado por los pioneros anteriores a Mises, o para proponer otras alternativas distintas.

Como el cardinalismo de Böhm-Bawerk ya lo expone Mises claramente, aunque sea para criticarlo, no me voy a detener ahí. Böhm-Bawerk era sin ninguna duda cardinalista, así que en esta entrega vamos a centrarnos en demostrar que también Menger utilizó un enfoque indudablemente cardinalista en su obra principal Principios de Economía Política. Otros autores como Carlos Bondone, Ivan Moscati o anteriormente J. H. McCulloch ya señalaron la cardinalidad de Menger.

J. H. McCulloch sobre Menger

Dice McCulloch:

Un pasaje muy citado en Menger a menudo se utiliza como evidencia de que él era ordinalista, pero su significado es claramente cardinalista si lo leemos en contexto. Solo los economistas de la escuela austríaca posterior, como Mises, Bilimovic y Rothbard, pueden ser considerados como defensores firmes de una posición ordinal. (Traducción libre. McCulloch, 1977)

(Traducción libre. McCulloch, 1977)

Comencemos precisamente con ese tan citado pasaje de Menger, al que el mismísimo Hayek hace referencia en la introducción a Principios de Economía Política como prueba de que Menger era ordinalista:

No es necesario insistir en que las anteriores cifras no persiguen la finalidad de expresar numéricamente la magnitud absoluta, sino sólo la relativa de las correspondientes satisfacciones de necesidades. Si, por ejemplo, designamos con las cifras 40 y 20, respectivamente, la significación de la satisfacción de dos necesidades diferentes, con ello queremos decir simplemente que la primera tiene para el sujeto económico de referencia, doble significación que la segunda.

(Énfasis nuestro, Menger 2012)

Friedrich A. Hayek

Y esta es la interpretación de Hayek de este pasaje:

Aunque algunas veces habla de que el valor es mensurable, de sus explicaciones sedesprende claramente que lo único que pretende decir es que el valor de una mercancía cualquiera puede expresarse poniendo en su lugar otra mercancía del mismo valor. A propósito de las cifras que utiliza para mostrarnos la escala de utilidad, dice expresamente que no sirven para marcar la significación absoluta, sino sólo la relativa de las necesidades (Capítulo V – 3). Los ejemplos que pone permiten ver, ya desde el primer momento, que no está pensando en números cardinales, sino en ordinales (Capítulo III – 2) (Menger 2012)

Friedrich A. Hayek. Introducción a Principios de Economía de Carl Menger.

En primer lugar, no tiene ningún sentido afirmar que Menger no mide porque sólo pretende expresar el valor de una mercancía en términos de otra, cuando medir consiste precisamente en eso: en expresar la magnitud de una cosa en términos de otra. Y en segundo lugar, que una magnitud no sea absoluta no implica que no sea cardinal. Cuando Menger se refiere a las cifras 40 y 20 no se refiere a su orden relativo, es decir, que 40 es ordinalmente más importante que 20. Lo que dice, ¡literalmente!, es que 40 es el doble que 20. Es una relación proporcional y cardinal de magnitud, no de orden.  Lo que aquí trata de aclarar Menger es que la cifra 40 en sí misma no mide nada, que su propósito es únicamente representativo para poder compararla aritméticamente con otra cifra.

Vacas y caballos

Por si el lector pensara que se trata de un lapsus o una mera informalidad aislada a la hora de expresarse por parte de Menger, el anterior no es el único pasaje donde Menger utiliza la aritmética cardinal. En el ejemplo de las vacas y los caballos también dice lo siguiente:

Para mayor claridad, daremos una expresión numérica a la anterior relación. Podremos entonces expresar la significación escalonada de la satisfacción de las necesidades antes mencionadas mediante una serie de cifras, que van descendiendo en proporción aritmética, por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0

[..]

En efecto, para A un caballo sigue teniendo menor valor que la posesión de una nueva vaca (10 el caballo, 30 la vaca), mientras que para B la situación es la opuesta: una vaca valdría 10, un caballo 30 (es decir, tres veces más).

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Aritmética cardinal

Como muy bien reitera Mises, en lo ordinal no cabe la aritmética cardinal. No tiene sentido hablar ni de proporción aritmética, ni del triple, ni de sumar ni de multiplicar (la aritmética ordinal también existe, pero no tiene nada que ver con la cardinal). Y vemos cómo Menger si que trabaja claramente con aritmética cardinal, véase también este otro pasaje donde Menger suma los incrementos de valor que obtienen las partes al intercambiar:

Llamemos A y B a las personas de referencia y designemos por 10a la cantidad del primer bien de que dispone A y 10b a la cantidad del segundo bien, de que dispone B. Llamemos W al valor que la cantidad 1a tiene para A. El valor que tendría 1b para A, caso de que pudiera disponer de él, equivaldría a W + x; llamaremos w al valor que 1b tiene para B y designaremos por w + y al valor que tendría 1a para B. Se ve entonces claro que mediante el traspaso de 1a de la disposición de A a la de B, y a inversa, de 1b de la disposición de B a la de A, éste ganaría el valor x, en tanto que B ganaría el valor y.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Quisiera resaltar que en absoluto cabe interpretar que cuando Menger habla de valorar un bien en términos de otro bien, es decir, que un caballo vale 3 vacas, esté hablando de precios. De ninguna manera. Cuando los granjeros valoran el triple el caballo que la vaca (o viceversa), no proceden a intercambiar tres a uno, sino uno a uno. El precio al que intercambian es un caballo por una vaca, que surge de las valoraciones totalmente distintas de tres a uno. No corresponde concluir que por el simple hecho de valorar un bien en términos de otro bien, sea alguno de los bienes dinero o no, estemos hablando de precios y no de valor.

No hay magnitudes absolutas 

Que las magnitudes de valor a las que se refiere Menger en el primer pasaje que hemos citado sean relativas y no absolutas no es nada distinto, por cierto, a lo que sucede en las ciencias naturales. Si por ejemplo la primera unidad de medida que se le ocurre utilizar al ser humano para medir distancias es un codo o un pie, ¿cuál es la magnitud absoluta de un pie? Ninguna. Podríamos cuantificar el pie en pulgadas, si, pero no salimos del problema ¿cuál es la magnitud absoluta de una pulgada? De nuevo, ninguna. 

Es muy cierto que en economía no existen las magnitudes absolutas de valor, pero es que tampoco existen las magnitudes absolutas en las ciencias naturales. Todo acto de medición es relativo por definición. La medición es una relación entre dos magnitudes: La magnitud a medir y la unidad de medida, y esta última puede ser cualquiera que consideremos conveniente. Cuestión diferente es la constancia de la unidad de medida, que si bien es indudablemente muy conveniente, no es un requisito necesario para poder medir.  El problema de la inconstancia de la unidad de medida lo abordaremos detalladamente en la siguiente entrega.

Una ilustración cardinal

Menger quiere aclarar que eligió, y vuelvo a citar literalmente: “por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0 ”, como podía haber elegido 0, 2, 4, 6, 8 y 10.  Advierte que no pretende afirmar que existan esas cifras en las mentes de los granjeros que intercambian vacas y caballos, de la misma forma que no existe ningún número absoluto en nuestra mente que represente la magnitud absoluta de un metro, lo que manejamos en nuestras mentes son vacas, caballos o metros. Menger solo pretende ilustrar proporciones cardinales relativas. Un caballo puede valer el doble que una vaca igual que una persona puede tener una altura del doble de un metro. Ni en el caso de la altura ni en el caso del valor manejamos magnitudes absolutas, la medida es siempre relativa de una cosa respecto a otra.

Esto lo aclara perfectamente Menger en otro pasaje donde nos explica que la medida del valor, y de cualquier otra magnitud, no es algo que pertenezca a la esencia de la cosa que queremos medir. La medida es un acto humano externo a las cosas, no está en las cosas. De la misma forma que un campo de fútbol no contiene metros ni yardas, el caballo tampoco contiene una utilidad de 2 vacas, sino que nosotros estimamos que en un momento concreto tiene para nosotros un valor relativo del doble con respecto a una vaca. Que lo expresemos a meros efectos ilustrativos como 2 a 1, 40 a 20, o 100 a 50 es, eso, una manera de ilustrar esta relación cardinal.

Determinación cuantitativa

Dice así el pasaje:

Knies reconoce —al igual que muchos de sus predecesores–  que el valor es el grado de utilidad de un bien para alcanzar los fines humanos. No puedo aceptar esta opinión tal como se la plantea, porque aunque es cierto que el valor es una magnitud que puede medirse, la medida no pertenece a su esencia, como tampoco forma parte de la esencia del tiempo o del espacio la circunstancia de que se les pueda medir

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Y en el siguiente pasaje Menger nos explica que la medida de la significación de la satisfacción de nuestras necesidades es la importancia de dicha significación, y que dicha importancia se determina ¡cuantitativamente!  ¿Se puede ser más cardinal que esto?

En principio, y de forma directa, la satisfacción de nuestras necesidades sólo tiene para nosotros una significación que, en cada caso concreto, encuentra su medida en la importancia que para nuestra vida o nuestro bienestar tiene la correspondiente necesidad satisfecha. En un momento posterior trasladamos esta importancia —dentro de su determinación cuantitativa— a aquellos bienes concretos de los que sabemos que dependemos inmediatamente para la satisfacción de las necesidades de referencia, es decir, a los económicos del primer orden, a tenor de los principios expuestos en la sección anterior.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Lo cardinal incluye lo ordinal

Con respecto a todo lo anterior es importante tener en cuenta que lo cardinal incluye, lógicamente, a lo ordinal. Es decir, los números cardinales son un conjunto ordenado. Es evidente que de una valoración cardinal de distintos bienes podemos deducir  automáticamente un orden. De más importante a menos importante, y esto es lo que hace Menger en su famosa tabla. Pero de ahí no procede concluir que su exposición es estrictamente ordinal. Más bien todo lo contrario: La exposición es ordinal ¡porque es cardinal!  

Nótese además, que la implicación cardinal -> ordinal es de una sola dirección. Todo lo cardinal es ordinal por definición, pero no necesariamente al revés. En el turno de la cola de la pescadería no hay relación cardinal entre los ordinales “1º” y “2º”, solo hay orden. No cabe medir la diferencia de ninguna magnitud entre estos ordinales. Ni siquiera la diferencia de tiempo de llegada de los clientes, o la distancia física entre ellos, o que la intensidad de la prisa del segundo sea superior al del primero. Esta diferencias son nociones totalmente ajenas al concepto ordinal del turno. Al pescadero le dan exactamente igual esas diferencias, simplemente atenderá antes al primero que al segundo, nada más. En lo ordinal no hay magnitud ni intensidad, y si no hay magnitud no puede haber diferencia entre las magnitudes.

Magnitud intensiva

De hecho cabe decir que incluso Mises, que aboga radicalmente por el valor ordinal, reconoce claramente que el valor sí es una magnitud. Una magnitud intensiva no cuantitativa, pero magnitud al fin y al cabo. Cuando Mises dice magnitud intensiva se refiere a que dicha magnitud es una cualidad de la cosa, no una cantidad. Pero admite sin ningún problema que puedan existir diferencias de intensidad entre las valoraciones, y que son esas diferencias las que determinan su clasificación ordinal.

Lo que Mises niega es que dicha diferencia de intensidad pueda medirse y que por tanto sólo puede manifestarse al exterior de manera ordinal (prefiero el bien A al bien B). Por tanto, incluso Mises admite cierta cardinalidad “inmedible”, cardinalidad que simplemente no existe en el caso del primer y segundo turno de la cola de la pescadería, donde de ninguna manera cabe hablar de magnitud o intensidad, ni cardinal, ni medible, ni inmedible, ni cuantitativa, ni intensiva.

Dicho en otras palabras, para Mises es totalmente válido afirmar que un bien se valora muchísimo más que otro, aunque no pueda determinarse la diferencia. Que por ejemplo la diferencia de valoración entre el oro y la plata es menor que la diferencia de valoración entre el oro y el plomo. El plomo sería “mucho más Segundo” con respecto al oro que la plata, y estas diferencias de valor son relevantes e influyen a la hora de determinar los precios.

No hay magnitud ordinal

Pero insisto en que en lo estrictamente ordinal no cabe hablar de magnitud o intensidad alguna. No importa que quien te precede en el turno de la pescadería llegue un minuto o una hora antes que tú, o que tenga una prisa más intensa que la tuya. Tu segunda posición en la cola no guarda proporción o relación con ninguna magnitud ni intensidad, una vez eres segundo, eres segundo y ya está. Sin embargo, Mises sí contempla magnitudes de distinta intensidad, por tanto fracasa en su defensa de una estricta ordinalidad del valor y es incoherente al negar tajantemente la cardinalidad, porque en el marco de lo ordinal es totalmente improcedente hablar de magnitudes. Insisto de nuevo:  No existen las “magnitudes ordinales”, ni intensivas ni cuantitativas. 

Quisiera destacar que en la segunda edición de Principios de Economía Política que Menger estuvo revisando cuidadosamente durante décadas, los anteriores pasajes que hemos citado quedan inalterados. Es decir, después de presenciar aún en vida el debate entre Bohm-Bawerk y Cuhel, no modificó ni puntualizó ninguno de todas estos pasajes claramente cardinalistas. Incluso incorpora una nueva nota para aclarar el doble significado que en casi todos los idiomas atribuimos a la palabra valor. Utilizamos este término indistintamente tanto para referirnos al valor (subjetivo) como para referirnos al precio de un bien. Esta nota, es, en mi opinión un clarísimo apoyo a la postura de Bohm-Bawerk en el debate con Franz Cuhel sobre la medición cardinal del valor de un bien en términos de otros bienes.

Teoría del valor: comparación con otros bienes

Dicha nota dice así:

No podríamos entendernos con otros tratando cuestiones económicas si no pudiéramos distinguir la importancia a la que llamamos valor según su extensión y especificar su medida de una manera comprensible para los demás. Un medio inmediato (un tipo de medida) para medir el valor presupone un alto grado de abstracción, aunque el valor sea un fenómeno muy familiar; dado su carácter subjetivo, esta medida no sería absoluta y válida para todas las manifestaciones del valor y, por lo tanto, no serviría al propósito práctico que hemos definido.

Es natural, por lo tanto, que los seres humanos hayan intentado hacer comprender a los demás la significación de la importancia que ciertos bienes tienen para ellos, no a través de unidades de medida, sino mediante el valor que otros bienes tienen para ellos. Por lo tanto, en lugar de describir a una tercera persona la magnitud de la importancia que un bien tiene para nosotros, preferimos indicar otros bienes que ellos conocen y cuyo valor es igual, para nosotros, al de los bienes mencionados. De esta manera, los demás pueden entender la magnitud de la importancia que tiene para nosotros el bien del cual se quiere establecer el valor. Decimos así que un bien determinado vale para nosotros tanto como diez fanegas de trigo o treinta táleros.

(Traducción libre. Menger, 2013)

Unos bienes comparados con otros

Menger nos explica que cuando nos referimos al valor subjetivo, no al precio, lo hacemos también en términos de otros bienes. Esta cuestión la analizaremos con detalle en la siguiente entrega. Pero es importante darse cuenta que cuando pensamos que un bien vale para nosotros treinta táleros (“vale” en un sentido de valor subjetivo) no se trataría de un precio porque a igualdad de valor no hay ganancia en el intercambio. No tiene sentido económico intercambiar y por tanto nunca se llegaría a dar ese precio. En todo caso, si yo soy el dueño de ese bien, el precio resultante que podría resultar de esa valoración sería 31 táleros o más, pero nunca 30.

Hemos demostrado que la teoría del valor de Menger es cardinalista, y que para Menger el valor es medible. Así lo expone a lo largo de su obra, y además así lo afirma explícitamente. En la siguiente entrega abordaremos el problema de la inconstancia de la unidad de medida y trataremos de demostrar que el enfoque cardinalista explica mejor la realidad y que en lugar de arrinconar la magnitud del valor como algo oscuro e incognoscible, nos aporta luz a la hora de explicar la causalidad de los precios desde un punto de vista totalmente subjetivista y siguiendo fielmente el camino iniciado por Carl Menger.

Con este enfoque podremos superar el modelo dominante de oferta y demanda basado en costes para explicar los precios y abrimos además la posibilidad de corroborar matemáticamente la teoría del valor subjetivo, corroboración que en mi opinión lleva a cabo con gran éxito Carlos Bondone en su trabajo Teoría Económica Subjetiva Solidaria.

Bibliografía
Ver también

El lenguaje económico (II): las matemáticas. (José Hernández Cabrera).

Ordinalidad, cardinalidad, e intensidad de las preferencias. (Fernando Herrera).

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIII, IV

Cómo la reacción frente a la inmigración debilita la democracia

Por Garett Jones. El artículo Cómo el retroceso de la inmigración debilita la democracia fue publicado originalmente en CapX.

En Europa, hemos visto el patrón una y otra vez desde 2015:

  • La inmigración masiva poco cualificada provoca una reacción violenta.
  • El contragolpe fortalece a los partidos nacionalistas, que entonces consiguen el 10, 20, 30 por ciento de los escaños en la legislatura
  • Los partidos políticos normales crean un cordón sanitario, una especie de promesa de no hacer negocios con los malos
  • Finalmente, la política nacional se convierte en un enorme caos, más volátil, más díscola, más contenciosa que antes.
  • Durante casi una década hemos visto versiones de esto en Bélgica, Francia, Alemania, Suecia y los Países Bajos. Todo el proceso se inicia con el primer paso -las oleadas de inmigración masiva poco cualificada- y el proceso suele desembocar en el último paso: una versión peor de la política nacional.

Se ha vertido mucha tinta culpando a los malos, los nuevos partidos nacionalistas, por su papel en el empeoramiento de la política europea. Y no cabe duda de que entre ellos hay más de la cuota habitual de malos actores con malos motivos, incluso para los estándares de la política electoral. Pero mientras Europa siga siendo democrática, permitiendo elecciones libres y que personas de todos los puntos de vista se presenten a las elecciones, estos partidos nacionalistas van a presentarse y van a ganar escaños.

Contra el cordón sanitario

En lugar de sumarme a las quejas sobre los partidos nacionalistas -una tarea digna de otro momento-, quiero explicar por qué el cordón sanitario es malo. Y no lo hago para animar a los partidos normales a empezar a cerrar acuerdos con la extrema derecha. En lugar de eso, voy a argumentar que el cordón sanitario es tan malo, tan destructivo para la buena gobernanza democrática, que los países europeos deberían recortar masivamente su nivel de inmigración poco cualificada. Los países europeos deberían dejar de alimentar el motor del declive democrático. Eso no será divertido, no te hará amigos en las altas esferas y será más difícil tener Ubers baratos y comidas de Deliveroo.

Pero a largo plazo, y puede que incluso a corto plazo, mejorará tu democracia. La razón es sencilla: las democracias funcionan por mayoría, y es más difícil llegar a un acuerdo del 50% cuando ya has decidido que no puedes tratar con el 25% de tu parlamento.

La política es el arte del compromiso. E incluso en una democracia sana estamos acostumbrados a ver lo difícil que es llegar a un acuerdo suficiente sobre los detalles de la legislación para conseguir algo significativo. Pero si has decidido que el 25% de los legisladores están fuera de lugar, eso significa que necesitas un acuerdo de dos tercios entre los legisladores restantes para conseguir una mayoría que te permita aprobar algo.

Los costes de negociación

Piensa en el esfuerzo que supone conseguir que el 67% de los legisladores se pongan de acuerdo en algo: es incluso más de lo que se necesita para acabar con un obstruccionismo en el Senado de EE.UU., ¡sólo necesitan el 60%! Los países que se adhieren a un cordón sanitario están aceptando los elevados costes de las negociaciones políticas, las mayores fricciones políticas y el patrón de fracasos repetidos de la gobernanza de coalición que conlleva.

Mis difuntos colegas de la Universidad George Mason, Gordon Tullock y el Premio Nobel James Buchanan, subrayaron que cuando se pasa de la regla de la mayoría a este tipo de regla de la supermayoría, aumentan los costes de negociación para llegar a un acuerdo. Y, en la práctica, eso significa que muchos buenos acuerdos no se llevarán a cabo, de modo que la lata se queda en el camino y reina el statu quo. Arreglar las carreteras, reformar el ejército, decidir la edad de jubilación nacional… todo se vuelve más difícil cuando tienes que alcanzar el 51% utilizando sólo el 70% u 80% de la legislatura.

El caso del Reino Unido

Por ahora, el Reino Unido puede parecer inmune a estos problemas, con los laboristas disfrutando de una enorme mayoría parlamentaria y un sistema de mayoría relativa que dificulta la obtención de escaños a los partidos marginales. Pero hay que tener en cuenta cuánto capital político se ha invertido en la gestión de la reacción contra la inmigración, incluso antes del reciente estallido de disturbios de extrema derecha. Reform UK ya se ha superado y no es probable que desaparezca. Algunos conservadores están discutiendo abiertamente si necesitan formar una coalición con Reform para recuperarse electoralmente, mientras que otros quieren mantener un cordón sanitario a toda costa. Y Reforma, o sus sucesores, supondrán un reto aún mayor si los partidarios de la reforma electoral ganan terreno.

Sí, las democracias tienen muchas formas de debilitarse, y los elevados costes de un cordón sanitario son sólo una más. Pero es una que aparecerá en docenas, quizá cientos de pequeñas formas. Es como la obesidad: sabes que es mala, pero nunca puedes estar seguro de que un resultado negativo concreto -un derrame cerebral, un ataque al corazón- sólo haya ocurrido porque el tipo era obeso mórbido. Literalmente, le podría haber pasado a cualquiera.

El factor de la inmigración poco cualificada

Así que no esperen que diga que esta o aquella mala ley, esta o aquella reforma eternamente retrasada, se debieron a la reacción política contra la inmigración poco cualificada. Esto no funciona así. En lugar de eso, hay que mirar el panorama general, comprobar qué países están cayendo en un patrón inusual de esclerosis política y volatilidad política. Sospecho que un buen estadístico puede encontrar pruebas de lo que digo, pero tú también puedes verlo, si simplemente miras a tu alrededor.

La reacción política ante la inmigración poco cualificada empeora la democracia, pero es posible acabar con esa reacción. Si los partidos normales toman la dura decisión de recortar mucho la inmigración poco cualificada -quizá cambiando mucho hacia un programa que favorezca mucho la inmigración altamente cualificada- dejarán de alimentar el motor del declive. Y para terminar con un tópico que tiene muchas posibilidades de ser cierto, acabar con la reacción violenta de la inmigración dará a Europa más posibilidades de construir un futuro más armonioso y próspero.

Ver también

Los males de la empresa pública: cómo el metro de Nueva York se convirtió en una pesadilla

Por Gregory Bresiger. El artículo Los males de la empresa pública: cómo el metro de Nueva York se convirtió en una pesadilla se publicó originalmente en el IEA.

La historia importa en el debate sobre la empresa pública, especialmente en el ruinoso metro de Nueva York. Y es que el sistema de metro a lo largo de generaciones es sobre todo una historia de fracasos. El sistema de metro de la Gran Manzana es un ejemplo de los males de la empresa estatal. De hecho, el metro ha sido malo durante tanto tiempo que pocos saben que hubo un tiempo en que el metro era “una maravilla de la ingeniería”. Era un sistema en el que la empresa privada prestaba un servicio excelente, ganaba dinero y mejoraba la vida de los neoyorquinos.

Así era hace un siglo, cuando los neoyorquinos estaban orgullosos de sus metros y los accionistas estaban encantados de poseer acciones de los metros, así como de los ferrocarriles privados. Hoy todo el mundo está de acuerdo en que tanto el metro como los ferrocarriles de pasajeros son un desastre. Pero no hay acuerdo sobre cómo arreglarlos. No se discute que la agencia estatal que gestiona el metro ha despilfarrado miles de millones. La mala gestión del gobierno a lo largo de generaciones, y diferentes gobiernos de ambos partidos ha perjudicado a todos. Ha hecho que viajar en metro sea una experiencia terrible y peligrosa. Pero el problema es antiguo y se ha enconado durante generaciones.

De la “maravilla” de gestión privada a la “crisis” de la gestión pública

“No hay duda de que nuestros metros están en crisis después de décadas de falta de inversión e inacción”, escribió el contralor de la ciudad de Nueva York, Scott Stinger, en un informe de 2017, uno en el que advirtió que los pasajeros están frustrados.

“La Autoridad de Transporte Metropolitano (MTA)”, escribió el contralor del estado de Nueva York, Thomas DiNapoli, en un informe reciente, “se enfrenta a su mayor desafío en décadas”. Los usuarios, advertía, “están abandonando el sistema por otras alternativas de transporte”. Los informes estatales, incluido el de DiNapoli “Perspectivas financieras de la Autoridad de Transporte Metropolitano (MTA)”, constataron que los metros y ferrocarriles de Nueva York gestionados por el Estado, incluidos el Ferrocarril de Long Island y Metro North, también tienen un “servicio en deterioro”. Eso es algo que los viajeros veteranos saben desde hace décadas.

Sin embargo, el mayor problema del metro es otro que nunca se menciona en ningún informe gubernamental. Es el analfabetismo histórico. También es la falta de contabilización de décadas de mala gestión municipal/estatal. Es la esencia de toda “empresa” gubernamental; una contradicción en los términos. Es la ignorancia de cómo el sistema de metro pasó de ser una maravilla de la ingeniería gestionada de forma limitada por el sector privado a una pesadilla controlada por fuerzas políticas. Los males fueron el resultado de décadas de regulación gubernamental destructiva de las empresas privadas de gestión y, más tarde, de la explotación directa por el gobierno.

El mito del fracaso del sector privado

El mito del fracaso del sector privado es propugnado hoy por muchas élites políticas y mediáticas de Nueva York y de todo el país. Se trata de dirigentes que apoyan diversos planes empresariales gubernamentales. Curiosamente, algunas de estas élites incluso afirman ser amigas de las fuerzas del mercado. ¿Por qué su defensa de las burocracias gubernamentales sin esperanza? Insisten, a pesar de los repetidos fracasos gubernamentales a lo largo de generaciones, en que sólo el sector público puede hacer ciertas cosas, como gestionar las empresas de transporte de las grandes ciudades.

Uno de los argumentos contra la privatización que esgrimen hoy los dirigentes neoyorquinos es que gestionar los trenes es algo que “sólo puede hacer el gobierno”. Su segundo argumento contra las empresas privadas de transporte es económico. Suelen esgrimirlo incluso los supuestos amigos del libre mercado: Las líneas privadas no pueden obtener beneficios. Me lo han dicho incluso representantes del Manhattan Institute, considerado defensor del laissez-faire. Insisten en que la privatización del metro no es una opción. (Esto me recuerda la queja del economista austriaco Ludwig von Mises: “Incluso muchos de los críticos del socialismo suenan como socialistas”).

“El metro no da dinero”

“El metro no da dinero”, me dijo hace años Nicole Gelinas, miembro del Manhattan Institute. Pero la historia no apoya precisamente a Gelinas. De hecho, las líneas privadas de metro ganaron dinero en sus primeros años. Las líneas privadas también perdieron dinero más tarde. Su historia es similar a la de los ferrocarriles privados de pasajeros. En su día fueron rentables, pero más tarde se vieron abocadas a la quiebra por el exceso de regulación desde los años treinta hasta los sesenta. Curiosamente, fue la misma historia que la de los ferrocarriles privados de mercancías. Sin embargo, después de que muchas se vieran en números rojos en la década de 1970, las líneas privadas de mercancías resurgieron en la década de 1980 tras la desregulación.

Aunque el metro de Nueva York nunca fue de propiedad privada, las empresas privadas de transporte operaron en los primeros treinta y seis años del metro en virtud de un contrato de franquicia con la ciudad. La mejor de las empresas privadas de transporte, la Interborough Rapid Transit Company (IRT), generó grandes beneficios durante los primeros veinte años del sistema. Desde sus comienzos en 1904 hasta la década de 1920, la IRT estuvo en números negros.

Por ejemplo, en el informe anual de la IRT de 1917, la empresa de transportes declaró unos ingresos netos de 23,2 millones de dólares. Esto suponía un aumento de 1,5 millones de dólares respecto al año anterior. La IRT también era una buena inversión. Pagó unos 7 millones de dólares en dividendos, según el informe financiero anual del 30 de junio de 1917.

Pingües beneficios

Incluso en la década de 1920, cuando los controles de precios y el aumento de los costes como resultado de la inflación de la Primera Guerra Mundial empezaban a reducir y finalmente destruir los beneficios, cuando los operadores privados demandaron sin éxito subir las tarifas, el metro seguía ganando dinero. Sin embargo, los responsables del IRT advirtieron que, sin la posibilidad de subir los precios, acabarían ocurriendo cosas malas, y así fue.

La sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU. de 1929 Gilchrist vs. IRT afirmaba que la tarifa de cinco céntimos no podía subirse a siete céntimos. En la misma, los documentos judiciales documentaron algo que la empresa gubernamental nunca haría: el IRT seguía ganando dinero. “Para el año fiscal en curso, que terminó el 30 de junio de 1928, las cifras de los seis primeros meses están disponibles, y muestran un superávit neto que asciende a 3.687.000 dólares, que supera el superávit de los seis meses correspondientes del año fiscal anterior en 1.609.000 dólares”, según los documentos judiciales.

¿Alguien se imagina que un metro o un ferrocarril público generen pingües beneficios? Lo dudo. Aun así, Gelinas, de derechas, y otros de izquierdas, siguen abogando por más “inversiones” públicas (llámenlo por lo que es: más gasto y más deuda) mediante impuestos aún más altos a usuarios y conductores, así como más subvenciones públicas. Esto incluye emisiones de bonos, algo que ha contado con apoyo bipartidista.

Un artículo rechazado por las élites mediáticas de las empresas estatales

En este último caso se encontraban tres emisiones de bonos de tránsito de la Segunda Avenida a lo largo de medio siglo. Se suponía que cada una de ellas garantizaría un nuevo metro de la Segunda Avenida que cubriría Manhattan. La historia de esta línea plagada de problemas es una costosa broma gastada a los contribuyentes neoyorquinos. El metro de la Segunda Avenida que funciona ahora es un cascarón del proyecto original prometido en la década de 1940: tres paradas de las 18 previstas.

La MTA, junto con otras agencias gubernamentales que gestionan trenes, autobuses y otros medios de transporte, debería pasar a la historia. Pero esto sólo puede ocurrir cuando se comprende que los constantes fracasos del metro o de Amtrak no son sólo titulares de hoy. Los responsables de Amtrak prometieron grandes beneficios cuando se hicieron cargo en los años setenta. Los defensores del metro prometieron en los años 40 que al menos alcanzaría el punto de equilibrio, promesas incumplidas hace tiempo. Es un patrón histórico que se repetirá mientras los distintos niveles de gobierno controlen directa o indirectamente las empresas de transporte. El sistema también sobrevivirá mientras la mayoría de la gente no sepa nada de la desastrosa historia de las empresas estatales (No te preocupes. Este artículo y otros similares han sido rechazados en casi todas partes por las élites mediáticas de las empresas estatales).

La era dorada… y privada

Varios niveles de gobierno están haciendo lo que han hecho muchas veces desde que el gobierno se hizo cargo formalmente de los metros en la década de 1940. Proporcionarán miles de millones más en dinero de los impuestos para la ya sobreapalancada MTA. Esta última es una agencia estatal defectuosa. Tiene su sede en la parte más cara de la ciudad, en el centro de Manhattan.

Los defensores del actual sistema estatal suelen decir que el sector privado fracasó en el metro de Nueva York. Y es cierto que hacia el final de la era de la gestión privada del metro, estas empresas perdían dinero y el servicio disminuía. Por tanto, dicen los partidarios de la empresa pública, ésta no debería intervenir en el sistema.

Sin embargo, incluso la mayoría de los historiadores del metro -que casi todos defienden que el metro debe seguir bajo control público- coinciden en que en los primeros años del metro las empresas de gestión privada tuvieron un gran éxito; que fue una época dorada para el metro.

Esta última fue aproximadamente los primeros 20 años del sistema, desde 1904 hasta aproximadamente mediados de la década de 1920, cuando los sistemas de gestión privada del metro fueron esenciales. De hecho, admiten que la construcción de estas líneas habría sido imposible sin financiación privada porque la ciudad estaba alcanzando sus límites de endeudamiento. Pero la excelencia del sistema de construcción privada fue algo más que financiera. El metro original, al igual que el primer sistema de Pennsylvania Railroad o New York Central, era extraordinario.

La historia del Metro de Nueva York

Los primeros metros comenzaban en el Bajo Manhattan y recorrían varios kilómetros hacia el norte. Muchos han escrito que se consideraban “una maravilla de la ingeniería”. De hecho, los neoyorquinos habían estado “una vez enormemente orgullosos” de sus metros, escribió Robert Caro en su biografía del megaconstructor Robert Moses, Power Broker. Los primeros metros también dieron dinero. Hasta que los controles de precios los destruyeron. Los primeros metros también hicieron la ciudad más habitable. Todo ello se detalla en el libro Tunneling to the Future: The Story of the Great Subway Expansion That Saved New York, de Peter Derrick, que trabajó como consultor de la MTA.

Escribió que los primeros metros, los gestionados por empresas privadas, permitían a la gente desplazarse desde los barrios marginales cercanos a sus lugares de trabajo en el bajo Manhattan a barrios más sanos en el norte o en otros distritos como el Bronx, Brooklyn o Queens. A la mayoría de los neoyorquinos les encantaba el metro, escribió Caro sobre los días de gloria antes de que el metro empezara a caer bajo el control del gobierno en las décadas de 1950 y 1960. Pero antes de eso, el éxito del sistema no sólo ayudó a desarrollar la economía de la ciudad; un sistema de metro bien gestionado ayudó a despejar los barrios marginales.

Mientras sufrimos cada vez más políticas socialistas en la nación y en Nueva York, tenemos cada vez más retrasos en el metro, al mismo tiempo que Amtrak se hunde en el abismo del transporte. Depende de nosotros -los pasajeros, los ciudadanos sobrecargados de impuestos y los que creen en la propiedad privada- aprender la sencilla lección de la historia de las empresas gubernamentales de transporte en Nueva York y en el resto de la nación.

No hay beneficios, ni los habrá

No hay beneficios y nunca los habrá hasta que el gobierno salga del negocio del transporte. Samuel Gompers, un líder obrero conservador del siglo pasado, dijo que el mayor crimen que los capitalistas podían cometer contra los trabajadores era “no ganar dinero”. Esta acusación de no obtener beneficios podría hacerse contra generaciones de dirigentes neoyorquinos que lucharon por un control cada vez mayor del metro, pero sin que nadie les pidiera cuentas de por qué el tren E llega tarde, por qué la delincuencia está fuera de control bajo tierra y por qué los contribuyentes desembolsan cada vez más. Hoy el sistema estatal es un desastre. Incluso sus partidarios coinciden en que es un lastre para la economía.

Stringer, antiguo interventor municipal muy crítico con el metro, pero desde luego no partidario de ninguna privatización, afirmó en su informe que el mal servicio de metro perjudica a la economía de la zona. Según él, las pérdidas oscilan “entre 170 y 389 millones de dólares” al año. No hay esperanza de cambiar eso hasta que se invierta la revolución de 1940 y la empresa pública, sea cual sea la forma que adopte, sea vista como lo que es y siempre ha sido: Un atroz y costoso fracaso.

Ver también

La gran relevancia de la India para el futuro de la economía global

Uno de los temas más comentados en los círculos económicos antes del verano -y tras la prolongada ralentización de la economía china- ha sido el papel que desarrollará en la economía global la India durante las próximas décadas. El debate se debe principalmente a sus elevadas tasas de crecimiento y a su tamaño. Muchos análisis sobre la India ponen el horizonte en el año 2050 en el cual, estiman, se podrán ver mucho más claros los efectos de las dinámicas económicas actuales tanto de la India y China como de Occidente.

Estos análisis, como puede ser por ejemplo el del National Council of Applied Economic Research (NCAER), estiman que, aunque no es probable que la India sea una superpotencia en términos de PIB per cápita en 2050, simplemente a causa del tamaño del país sí lo será en términos absolutos. Puede plantar cara en muchos aspectos a gigantes como China o EE.UU. Por lo tanto, es de crucial importancia analizar no solo cómo van a llegar ahí, sino en qué condiciones y cuáles serán las implicaciones de ello para la economía global.

En términos poblacionales, el análisis más sólido es el efectuado por Naciones Unidas. Estima que, para el año 2050, la India pasará a tener una población de 1.670 millones de personas, frente a los 1.320 millones de China o los 380 millones de EE.UU. La de este último país será menos de un 25% de la población india. Simplemente observando este dato seremos capaces de percibir como, por capacidad poblacional, la India será cada vez más capaz de influir en materia sociopolítica a escala global. Ello, unido a su fuerte crecimiento económico, presenta multitud de aristas para la economía y la política globales.

Población y crecimiento

Por poner algunos números sobre la mesa, si la India creciera a una tasa media del 5% anual hasta 2050 (siendo esta tasa menor a la media estimada para este país de 1990 a 2030, del 6,3%) y EE.UU. creciera a su media anual estimada del 2,3% hasta 2050, en términos absolutos la economía india igualaría a la norteamericana al llegar la década de los 50 del presente siglo; al menos en términos de paridad de poder adquisitivo (PPP).

Sin embargo, esto no significa que la India fuese más fuerte económicamente, ya que EE.UU. seguiría teniendo una muchísimo mayor productividad o mayor potencial tecnológico, por nombrar algunos factores. Además, nada parece indicar que el músculo manufacturero indio vaya a mejorar, ya que ha comenzado incluso a reducir su peso sobre PIB antes siquiera de llegar a un peso de las manufacturas sobre PIB similar al de China (lo que muestra un claro infradesarrollo de la industria india respecto a sus comparables futuros).

Independientemente de todo ello, a raíz de su tamaño geográfico y peso poblacional, por poco que crezca, durante las próximas décadas es más que evidente que la India pasará a ser lo que hoy consideramos una superpotencia, afectando de manera decisiva a la economía global con sus decisiones y movimientos en materia política y económica.

Desafíos

Sin embargo, durante los próximos años, la India se encontrará también muchos desafíos que pueden prevenir en parte que este escenario cristalice y que podría perjudicar no solo a la India, sino a la economía mundial. Un ejemplo de ello son las deficientes estimaciones de crecimiento futuro realizadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y publicadas en su World Economic Outlook en el mes de abril del presente año, en el cual se plasmaba que la desaceleración económica global se podría ver incluso empeorada por el incremento de medidas proteccionistas y aislacionistas que serían aplicadas en EE.UU. ante la cada vez más inminente victoria de Donald Trump.

Por otro lado, el FMI incluye en sus estimaciones de ralentización del crecimiento el efecto del cambio climático, el cual a futuro suprimiría una parcela cada vez mayor del incremento del PIB. A todo ello habría que sumar la posibilidad de una continuación e incluso intensificación de la presente Guerra Fría entre las potencias occidentales-atlantistas y el lado sinoruso, ya que esto incrementaría la inestabilidad comercial, bloqueando gran parte de las cadenas de valor internacionales, y supondría grandes trabas al crecimiento.

El papel del comercio exterior

Además, si los indios desean poder plantarles cara a los estadounidenses -aún en términos absolutos- en 2050, esto significa que su economía deberá crecer al año el doble que la media global, como mínimo. La segunda derivada de todo esto es que las exportaciones también lo deberán hacer a un ritmo que sea el doble que el incremento del PIB global si no se quiere reducir el peso del comercio internacional en la economía india.

A este respecto, muchas estimaciones situación el peso potencial del comercio exterior sobre la economía de la India entre el 15 y el 45% del PIB indio, lo que significa que aún tienen mucho camino que recorrer. Por poner un ejemplo, en términos globales, si calculamos el valor total de las exportaciones indias sobre el valor total de las exportaciones a nivel mundial de todos los países, veremos que representa tanto solo un 2,2% de la tarta, mientras en el caso de China alcanza el 17,6%, señalando que la India, con su estructura económica actual y futuro aún tiene mucho potencial de desarrollo en materia de comercio exterior.

Desde la política

Sin embargo, si la política económica del gobierno de la India lo facilita, el país no debería tener muchas dificultades para crecer en el mercado exterior debido a múltiples ventajas. En primer lugar, la India mantiene -dentro de unos márgenes- buenas relaciones comerciales y políticas tanto con China como con Occidente, algo que sitúa al país en una posición estratégica y muy favorable a la hora de negociar acuerdos comerciales.

De hecho, si, como decimos, en un futuro la India adquiere tamaño económico suficiente podría incluso servir de país bisagra en negociaciones para acuerdos comerciales multilaterales, lo que incrementaría su relevancia dentro de organizaciones supranacionales como el FMI o la Organización Mundial del Comercio (OMC). Por lo tanto, el primer interesado en explotar su comercio internacional es la propia India.

Todo ello dependerá del devenir político de la India y de las decisiones que tome su gobierno. Desde un punto de vista económico, el país debe centrarse en mantener la estabilidad, garantizar la seguridad jurídica, aplicar políticas de atracción de inversión interna o externa, mejorar el sistema educativo (con foco en el universitario), invertir en infraestructuras críticas para la industria o fortalecer su independencia energética, entre muchas otras cuestiones.

Ver también

La destrucción de la economía alemana. (Álvaro Martín).

Cambio de tercio en la economía europea. (Álvaro Martín).

Sagasta, el liberalismo de la restauración

Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903) fue Primer Ministro nada menos que en siete ocasiones, aunque muchas veces sólo se le recuerda por el desastre de 1898, cuando España perdió Cuba, Guam y Filipinas. Hombre polifacético, Sagasta fue Ingeniero de Caminos, periodista, orador, estadista, masón, miembro de varias órdenes… Y también fue ministro de todo, excepto de Hacienda, a pesar de que era hombre de números, ingeniero brillante y compañero de aula de José Echegaray, el gran matemático y primer Premio Nobel de Literatura de España, tan pronto como en 1904 (los Premios Nobel se crearon en 1901).

Su padre, Clemente Mateo-Sagasta, era un vascongado liberal que se había trasladado a la localidad riojana de Torrecilla de Cameros, en 1824, tras la caída del Gobierno Constitucional, en 1823. No fue voluntariamente, pues le desterraron de Vizcaya, de donde procedía, por ser partidario de la Constitución de Cádiz. Su hijo Práxedes nació el 21 de julio de 1825. Poco sabemos de sus primeros años, pero su padre participó como voluntario de la tropa liberal reunida en Torrecilla, en inteligencia con Espartero, para recuperar Logroño, pues en los primeros compases de la contienda, en septiembre de 1833, había quedado en manos carlistas.

Más de dos mil quinientos discursos

De Sagasta dijo Azorín que nunca leyó o escribió un libro, una exageración del noventayochista alicantino. Sagasta lector lo fue y mucho. Y aunque nunca escribió un libro, fue desde 1856 y durante muchos años uno de los más destacados columnistas del diario La Iberia, que llegó dirigir entre 1863 y 1866. También fue toda su vida un devorador de letra impresa con fecha de caducidad, la prensa. Podrá decirse que Sagasta no escribió mucho, pero lo que es seguro que puede decirse es que nunca paró de hablar en su vida pública: sólo en las Cortes, pronunció 2.542 discursos, de ellos, 1695 en el Congreso, del que también fue presidente, y 847 en el Senado. Ningún gobernante constitucional del siglo XIX habló tanto.

Lástima que no escribiese ningún libro, porque no ha habido, ni seguramente habrá, ningún político español que haya conocido tantos secretos de Estado, algunos no desvelados al día de hoy -como el asesinato de Prim-, ni que haya tenido una trayectoria como la suya: diputado en Cortes en 34 legislaturas, presidente del Congreso y siete veces Primer Ministro con dos dinastías, las de Saboya y Borbón, y con una República, amén de dos regencias.

El rapto

Romántico como su siglo, Sagasta se enamoró solo una vez y fue un amor muy apasionado. Consta que, siendo ya Ingeniero de Caminos, cuando trabajaba en la Delegación de Obras Públicas de Zamora, raptó a una recién casada al salir de la iglesia, donde el padre, coronel retirado, la había matrimoniado con un capitán. La dama de Sagasta, Dª Angelita Vidal, tenía entonces unos 20 años. Y ambos vivieron en virtuoso pecado hasta que murió el marido de ella, en enero de 1885, 35 años después del rapto. Y entonces pudieron por fin contraer matrimonio, en febrero de 1885. Sesenta años tenía el novio y cincuentaisiete la novia. Tarde, pero ¡triunfó el amor! A la ceremonia también asistieron los hijos, ya mayores, de la pareja.

También amó dos ciudades, Logroño y Madrid. En la capital de España estudió, vivió y se consagró y, en Madrid, dejó el Centro Riojano, fundado en 1901 y del que fue Primer Presidente de Honor. También en Logroño dejó rastros indelebles, como el monumental Puente de Hierro sobre el Ebro para el ferrocarril, y una larga saga de políticos riojanos, los “sagastinos”, que rigieron el Ayuntamiento de la ciudad y la Diputación Provincial durante el último cuarto del siglo XIX y los primeros treinta años del siglo XX.

Muchos de los sagastinos pasaron también a Madrid. Fue el caso de Tirso Rodrigáñez Sagasta, Miguel de Villanueva, o los Amós Salvador, padre e hijo. Todos ellos fueron Ministros de España en alguna ocasión y también intervinieron en la vida madrileña. Amós Salvador (padre) fue Vicepresidente 1º del Ateneo de Madrid, en varias ocasiones, y Tirso Rodrigáñez fue el Segundo Presidente del Centro Riojano de Madrid.

O’Donnell

Uno de los gestos más recordado de Sagasta tuvo lugar al inicio de su carrera política, en 1856, en los enfrentamientos del final del Bienio Progresista (1854-1856), entre el liberalismo radical -la Milicia Nacional-, y el liberalismo moderado, representado por las tropas de O’Donnell. Don Práxedes, tras haberse batido en las calles al frente de los milicianos nacionales, volvió a las Cortes, a su escaño de diputado por Zamora, para una última resistencia. Y quiso el destino que, estando en el uso de la palabra, cayera a su lado un cascote de las bombas que O’Donnell lanzaba contra la Carrera de San Jerónimo. Sagasta, con calma y serenidad, cogió un pedazo de la metralla aún caliente y dijo a la presidencia: “Pido que conste en acta”. Y constó, claro. Estos rasgos de majeza ayudan a labrar famas muy perdurables.

Con la Revolución de 1868 Sagasta llegó a ministro. Formó parte del Gobierno Revolucionario de Prim de ese año, como Ministro de Gobernación. Y no hay dudas. Fue ése el primer Gobierno de España del que hay una fotografía, y ahí, en la foto, está Sagasta. No fue fácil para él sortear las alternativas revolucionarias del Sexenio.

Tras la Revolución de 1868, que destronó a Isabel II, otros se mantuvieron en la línea miliciana y conspiratoria tradicional del progresismo de cuartelazos. Pero Sagasta atravesó los primeros momentos de la Gloriosa Revolución con Prim, para volver al gobierno, pero con Amadeo de Saboya. Antes había impuesto el silencio sobre el asesinato de Prim, su jefe. Quizá porque Sagasta sabía demasiado o, quizás, porque previó que María de las Mercedes de Orleans, hija de uno de los organizadores del asesinato de Prim, Montpensier, podría llegar a ser reina de España, como efectivamente sucedió.

Amadeo de Saboya

Cuando organizó las primeras elecciones del reinado de Amadeo de Saboya, a requerimientos del monarca sobre la limpieza en el escrutinio electoral, Sagasta le dijo al Rey: Serán todo lo limpias que en España puedan ser. Como todos saben, los seis gobiernos de Amadeo de Saboya, en los dos años de su reinado, no lograron asentar la nueva monarquía, ni acallar las armas, y la crisis política y social fue en aumento entre 1871 y 1872. Ante ese panorama, el cada vez más agobiado Amadeo I, presentó finalmente su renuncia a la Corona española, el 11 de febrero de 1873.

Por un curioso azar de la política, tanto Cánovas como Sagasta quedaron fuera de las Cortes republicanas en 1873. Dos años después, en 1875, y gracias al concurso de Sagasta -aunque poco se insiste en ello-, Cánovas pudo construir el edificio de la Restauración, hecho de alternancia partidista, liberalismo compartido y limitada afición a la democracia. Menos sincero que Cánovas, Sagasta resultaba mucho más llevadero en el trato personal. Se cuenta la anécdota de que, al morir asesinado Cánovas, en 1897, al final de los funerales, Sagasta dijo a los personajes principales que allí se congregaron: Ahora que ha muerto el gran hombre, ya podemos tutearnos.

Gobierno en la I República

Entre esos vaivenes políticos, también presidió el último gobierno de la efímera I República española, en 1874. La República de 1874 fue una iniciativa del general Serrano para establecer la República sobre bases más cabales que el federalismo cantonal. Un intento poco estudiado y probablemente una de las más interesantes experiencias políticas de España en el siglo XIX, que sería malogrado por el retraso de las operaciones militares, que impidió la victoria final sobre los carlistas en el mismo año de 1874. Pero el frío otoño de 1874, que obligó a suspender las operaciones militares a finales de octubre, facilitó que prosperase la conspiración del general Martínez Campos para hacer Rey a Alfonso XII. El Pronunciamiento de Martínez Campos, el 29 de diciembre de 1874, se dio contra un gobierno presidido por Sagasta.

Sagasta dejó entonces de ser un liberal-progresista extremado, comandante de la Milicia Nacional y anticlerical que había sido, y pasó a ser un hombre de gran formalidad, gran componedor y astuto maniobrero, cuyo lema fue: “No hay orden sin libertad ni libertad sin orden”. Su enrevesada y a veces contradictoria trayectoria ideológica es fiel reflejo de la seguida por casi toda la izquierda liberal española en la segunda mitad del XIX. Sagasta no cambió más de lo que lo hizo su base social y tal vez por eso la representó tan cabalmente durante tantos años. Pero es que sus bases sociales cambiaron realmente mucho en el último tercio del siglo XIX. No fue fácil su pase desde la izquierda liberal, hasta la jefatura indiscutible del Partido Progresista, tras rebautizarlo como fusionista, en 1876. Fue el líder de los posibilistas, lejos de exaltados y republicanos.

Ley del Sufragio Universal Masculino

No tuvo el verbo de Castelar, ni la clarividencia de Cánovas, pero supo convertirse en el Viejo Pastor para el desorientado progresismo en 1875. Además, en lo personal, fue hombre de honradez intachable, de afabilísimo trato y con una valentía que lo hizo muy popular. Los azares del destino se conjugaron casi siempre a su favor y, ya que los molinos del destino muelen extraordinariamente fino, no cabe duda de que la fortuna estuvo de su parte en muchas de las crisis trascendentales. El veterano líder aprovechó las posibilidades de la Restauración, para hacer leyes renovadoras. Sagasta creó la Abogacía del Estado y logró la aprobación de la Ley del Sufragio Universal Masculino, del Código Civil, de la Ley de Asociaciones, de la Ley de Régimen Local, del Matrimonio Civil, la Ley de Prensa y otras de gran calado.

Pero, como al principio se apuntó, casi lo que más se ha discutido sobre Sagasta han sido las circunstancias y su comportamiento al frente del Gobierno, cuando España entró en la Guerra contra los Estados Unidos, en 1898, con el resultado conocido por todos y lamentado por muchos. Su sexta llegada al Gobierno, en 1897, fue por expresa petición personal de la Regente María Cristina, con la que Sagasta tenía magnifica relación. La causa de esa petición de la Regente era tan lógica como sombría: tras el asesinato de Cánovas por el anarquista Angiolillo, que pretendía vengar los fusilamientos de Montjuich (1896-97), denunciados en la prensa europea como un renacer de la Inquisición, la reina creía que sólo un liderazgo fuerte, como el de Sagasta, podría superar la difícil situación de España.

La pérdida de Cuba

Sagasta nunca rechazó el poder, pero entonces, además, se sintió en la obligación de ocuparlo. Entre sus más jóvenes ministros estuvo Antonio Maura que, años antes, había preparado un audaz e inteligente plan de autonomía para las colonias. Sagasta quiso aplicarlo, lo que decidió a los Estados Unidos, y a los rebeldes cubanos, a desatar su ofensiva final en 1898: si triunfaba la autonomía, perderían la guerra. Así lo pensaron norteamericanos y cubanos. Y que USA empujó a una España, militarmente inferior, a una guerra suicida, como la del 98, nadie puede tampoco dudarlo. La explosión del Maine -como dice Carlos Alberto Montaner en su novela Trama– fue una excusa proporcionada por los cubanos a los norteamericanos para declarar la guerra. Aunque sin esa excusa, hubieran encontrado otra.

Es falso que los altos mandos militares y civiles españoles no supieran que, en 1898, Estados Unidos tenía mucha más fuerza, en recursos, población, barcos y cercanía a Cuba. Pero es cierto que lo ignoraron. Nadie plantó cara a la demagogia política y periodística, que caricaturizó hasta la náusea el conflicto y no permitió la entrega o la venta de Cuba, que fue el ultimátum de Estados Unidos. Antes que vender o regalar, se optó por hacer una guerra para perderla. En esos momentos desplegó sus altas dotes, las que le habían dado la fama de “político de las horas difíciles”. Sagasta no se sintió feliz del encargo recibido para pilotar aquella crisis. Durante las discusiones en las Cortes, tras el desastre, los partidos echaron sobre Sagasta el fardo de la derrota, cuando casi todos habían propiciado la guerra y muy pocos se opusieron a ella.

Panteón de Hombres Ilustres

No murió en la Presidencia del Gobierno por un mes. El último gobierno de Sagasta cayó el 6 de diciembre de 1902. El falleció el 5 de enero de 1903. Sus restos reposan en el Panteón de Hombres Ilustres de Atocha, en Madrid. Acompañado de liberales de la primera época, como Mendizábal, Olózaga, Calatrava, Muñoz Torrero, Martínez de la Rosa y Argüelles, junto con otros liberales de la siguiente generación del XIX, como Ríos Rosas. Y con ellos yacen también para siempre los restos de los últimos liberales de ese siglo, como su gran adversario, Cánovas, así como Eduardo Dato y Canalejas, los tres asesinados. Un conjunto de sepulcros de gran belleza y simbolismo, que vale la pena visitar.

Españoles eminentes

Emilio Castelar y Ripoll: el tribuno de la democracia

Juan Álvarez y Méndez (Mendizábal).

Liberalismo y romanticismo: Donoso Cortés.

José Larraz y el concepto de Escuela de Salamanca.

Nodos domésticos: tecnología anti frágil para nuestra libertad

El mes pasado una empresa poco conocida fuera del sector de la informática alcanzó su pico de popularidad. CrowdStrike liberó una nueva versión de su software para Windows con un error que provocaba un bucle infinito en el reinicio del sistema operativo. Cientos de miles de servidores y estaciones de trabajo de multitud de empresas dejaron de estar operativas en cuestión de horas. Curiosamente, los ordenadores particulares no se vieron apenas afectados al no hacer uso del software de CrowdStrike, ya que se trata de una herramienta de ciberseguridad orientada a empresas.

Las empresas asumen un mayor rol

Más allá del aprendizaje que las compañías van a hacer de este suceso, la lección que todos podemos extraer de lo ocurrido es que los procesos desasistidos excesivamente centralizados nos vuelven frágiles. Y esa fragilidad puede llevar a accidentes graves o a que otros agentes saquen provecho de nosotros.

Pertenezco a una generación que en su infancia tuvo la suerte de poseer los primeros ordenadores personales. Eran máquinas aisladas que obligaban a ser responsable de cada uno de los elementos que se ejecutaban en ellas. Era muy común que cualquier error te supusiera horas de investigación para ser resuelto.

Aunque muchos recordamos aquellos tiempos con mucho cariño, la universalización de los ordenadores y, sobre todo, de los smartphones y tablets cambiaron radicalmente la forma de utilizar los sistemas operativos. Hoy en día con extraer el dispositivo de la caja e indicar nuestra cuenta de usuario no se precisa de más configuración.

… y el Estado las utiliza como guiñoles

Esto no debería ser un problema en un mundo ideal. Cualquier persona es libre de acordar con una empresa delegar la gestión de determinados servicios para no tener que dedicar su tiempo a entender cómo funcionan y dónde acaban sus datos. El problema es que hace mucho tiempo que los Estados occidentales aprendieron que las empresas privadas eran la mejor vía para limitar los derechos individuales. Así que delegar nuestros dispositivos, que es donde volcamos gran parte de nuestra vida, nos hace muy vulnerables.

La Unión Europea está comenzando una batería de medidas que hacen urgente tomar conciencia de esta realidad. Las CBDCs, las amenazas de sanción a la plataforma X por no plegarse a la censura y propuestas como Chat Control no dejan lugar a dudas. A los burócratas europeos no les gusta la descentralización que ha supuesto internet en la generación y consumo de información. Y todo apunta a que han decidido mirar a China para buscar formas de volver a un statu quo más cómodo.

Elon Musk nos ha conseguido algo de tiempo gracias a su heroica compra de Twitter, pero no sabemos cuánto va a durar. Su apoyo a Trump es un arma de doble filo, y aunque en noviembre volviéramos a tener al republicano en la Casa Blanca, eso no garantiza que la Unión Europea no desate totalmente las hostilidades contra su plataforma X.

Cypherpunks

Por suerte tenemos de nuestro lado más herramientas, como explicó muy bien el profesor Bastos. Los cypherpunks allanaron el camino para que nuestras comunicaciones por internet puedan seguir siendo confidenciales. Pero para poder mantener este logro vamos a tener que eliminar a las empresas de la ecuación.

Para que dos dispositivos puedan comunicarse entre sí por internet se necesita que ambos estén encendidos y conectados a la red al mismo tiempo (comunicación síncrona), o que un servidor haga de intermediario (comunicación asíncrona). Aunque cada vez es más común que nuestros dispositivos estén siempre encendidos, hemos heredado la necesidad de disponer de servidores centralizados que hagan de intermediarios en nuestra comunicación. Nos facilita las cosas. Las vuelve cómodas.

Pero hay una solución que puede ser casi igual de sencilla, y que elimina a las empresas de la ecuación: tener tu propio servidor en casa. Disponer de un ordenador constantemente encendido y conectado a internet que sirva de servidor central para todos los dispositivos que quieras conectar a él, y sea tu pasarela para comunicarte con el mundo.

Nodos domésticos

A los bitcoiners les sonará bastante natural. Para participar en la red de Bitcoin (BTC) es muy recomendable tener tu propio nodo. Un nodo no es otra cosa que un servidor de BTC ejecutándose las 24 horas del día para tener siempre actualizada la cadena de bloques. El objetivo es que cualquier operación que hagas en la red pueda ser canalizada a través de él, sin que ningún tercero pueda monitorizar tu actividad.

Es la red de cientos de miles de nodos de BTC la que está doblegando a políticos y Estados. No hay razón para que no se pueda replicar lo mismo para establecer un sistema de comunicaciones libre de la interferencia estatal.

La tecnología ya existe, solo hay que aprender a utilizarla. Los mini PC, ordenadores con un procesador cuyo consumo es igual al de una pequeña bombilla led, se pueden combinar con Tor, protocolos como Nostr y aplicaciones como SimpleX. Ello nos permitiría tener comunicaciones privadas y contenido en texto, audio o vídeo incensurable.

No va a ser un camino de rosas, pero es prometedor. Normalmente, oponerse a un Estado censor conlleva unas herramientas y destrezas mucho más difíciles de adquirir. Aquí estamos hablando de un hardware de poco más de cien euros y pasar una docena de horas viendo tutoriales. Y una vez configurado, es el servidor (del tamaño de una caja de puros) el que va a trabajar 24 horas al día para garantizar tu libertad de expresión y la confidencialidad de tus comunicaciones. Y gracias a empresas como Umbrel o Start9 cada vez será más sencillo.

Vamos a una época donde el conocimiento y las herramientas van a marcar unas diferencias enormes en la vida de las personas. Tener educación financiera, poseer BTC y tener tu propio nodo pueden ser lo que dé libertad a un individuo en las próximas décadas. Las tres cosas están al alcance de cualquiera con una conexión a internet. Vale la pena ir familiarizándose con las tres. Es posible que en unos años no sea tan fácil acceder a este tipo de información.

Ver también

Privacidad y fungibilidad en bitcoin. (Manuel Polavieja).

Nuevos ataques contra la libertad y la privacidad. (Manuel Polavieja).

Starmer revela su vena autoritaria

Por Mark Johnson. El artículo Stramer revela su vena autoritaria se publicó originalmente por CapX.

No sería descabellado afirmar que el último gobierno laborista tuvo un historial accidentado en materia de libertades civiles. Lo que empezó con una Ley de Derechos Humanos, concebida para proteger nuestros derechos y libertades, acabó con los carnés de identidad, el despliegue masivo de cámaras de vídeovigilancia, la introducción de órdenes civiles nuevas y punitivas, como las órdenes de búsqueda y captura, los intentos de erosionar el juicio con jurado y la introducción de largos periodos de detención sin juicio para los sospechosos de terrorismo. La llamada guerra contra el terror cambió materialmente la sociedad británica y, como consecuencia, nos hizo a todos menos libres.

En sus primeros días en el gobierno, la administración de Keir Starmer parecía mostrar un partido que había pasado página. Instigados por Tony Blair en un artículo de opinión en el Times a reintroducir una versión digital de sus queridos carnés de identidad, los ministros insistieron en que no querían seguir por ese camino. Pero anoche Starmer, ex abogado de derechos humanos, nada menos, reveló por primera vez su vena autoritaria con una medida tan imprudente como visceral.

Carnets de identidad andantes

En una declaración sobre las desagradables escenas de desorden público en Southport, el nuevo Primer Ministro prometió un “mayor despliegue de la vigilancia por reconocimiento facial”, entre otras medidas, diseñadas para acabar con los agitadores de extrema derecha en las calles y en Internet. En un momento en el que sintió que había que hacer algo, acuciado por los jefes de policía decididos a promocionar sus herramientas de vigilancia al estilo chino, Starmer se lanzó a ciegas a la oscuridad y tiró de la primera palanca que encontró. Sin tener en cuenta las consecuencias para nuestros derechos, libertades o la sociedad en general, promovió el despliegue de una de las formas más invasivas de tecnología de vigilancia disponibles en la actualidad.

En realidad, los controles de identidad analógicos son poco necesarios cuando el reconocimiento facial en vivo nos convierte a todos en carnés de identidad andantes. Esta forma de vigilancia digital escanea indiscriminadamente los rostros de multitudes. Nos comprueba, nos identifica, nos rastrea y compara nuestros rostros con bases de datos de personas de interés. Esta es la tecnología del Partido Comunista Chino y del Kremlin, con el primero convirtiendo el concepto de privacidad en algo del pasado en la China actual.

Mientras tanto, en los países democráticos de todo el mundo, los gobiernos optan por restringir o incluso prohibir por completo el uso de la tecnología de reconocimiento facial en vivo. Irónicamente, el día en que Starmer anunció la expansión de esta tecnología de vigilancia invasiva, la UE comenzó a legislar para prohibir su uso en todas las circunstancias, salvo en unas pocas.

Hay que temer aunque no tengas nada que ocultar

Pero Gran Bretaña no es Rusia ni China, clamarán muchos. Nuestra complacencia como país con una orgullosa historia de preservación de nuestras libertades, crea las condiciones perfectas para su erosión. El tópico de que “si no tienes nada que ocultar, no tienes nada que temer” no ayuda a disipar las dudas sobre el uso del reconocimiento facial en vivo.

A principios de este año, dos ciudadanos inocentes fueron detenidos tanto por la policía como por versiones privadas de estos sistemas. Se les acusó de ser delincuentes y se les obligó a demostrar que no lo eran; una inversión total de la presunción de inocencia. Ninguno de los dos había hecho nada malo. Y ambos fueron identificados erróneamente por la vigilancia de reconocimiento facial en directo. El 74% de las “coincidencias” faciales de los sistemas de reconocimiento facial de la policía británica son incorrectas, por lo que está claro que no se trata de una herramienta eficaz en la lucha contra la delincuencia.

¿Dónde está el riesgo de que haya un gobierno autoritario?

Mientras tanto, la declaración de Starmer y su impulso a una mayor vigilancia por reconocimiento facial se producen en ausencia total de legislación específica que sancione su uso, o de una consulta formal al Parlamento. Esto es incomprensible, dado el impacto que la proliferación de esta tecnología tendría sobre nuestras libertades y nuestra sociedad en general. El año pasado, 65 diputados y parlamentarios pidieron que se detuviera por completo el reconocimiento facial en vivo en el Reino Unido, pero Starmer no ha pensado en pedir permiso a nuestros representantes elegidos democráticamente al abrir la puerta a una mayor vigilancia basada en la inteligencia artificial.

Muchos de los que temen a la extrema derecha y a las horribles escenas que vimos en Southport el martes por la noche están preocupados por la posibilidad de que, en el futuro, un movimiento de este tipo alcance tal prominencia en nuestra sociedad que sea capaz de tomar las riendas del poder e imponernos un gobierno autoritario o incluso dictatorial. Son temores legítimos. Sin embargo, ante la amenaza de agitadores que pueden poner en peligro nuestra democracia, la respuesta no puede ser imponer soluciones que en sí mismas socavan nuestros derechos y libertades. Este Gobierno debería aprender de las batallas innecesarias y a menudo fallidas de la era Blair, y replantearse esta decisión autoritaria.

Ver también

Un gobierno pandémico. (José Carlos Rodríguez).

El gigante asiático ha despertado también en el campo de la inteligencia artificial (II). (Jaime Juárez).