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Vietnam: venciendo la pobreza con economía de mercado

La película Vietnam – Venciendo la pobreza con economía de mercado ganó el premio a “Mejor Documental Internacional” en el ANTHEM Film Festival celebrado en Palm Springs el 14 de junio de 2025. El ANTHEM es el festival de cine libertario más grande del mundo, y este año reunió a 2.000 asistentes. Producida por Tomasz Agencki y por mí, la película fue presentada por el economista estadounidense Mark Skousen y Steve Forbes, editor de la revista Forbes.

Forbes declaró: “Donald Trump debería ver esta película.” Algunos afirman que Trump solo amenazaba a otros países con aranceles altos como estrategia para conseguir aranceles bajos como resultado final. “Amenazó a Vietnam con aranceles del 46 por ciento, pero Vietnam respondió ofreciendo una tarifa recíproca del cero por ciento. ¿Por qué Trump no aprovecha esa oferta?”, preguntó Forbes, crítico implacable de la política arancelaria del expresidente.

El documental muestra cómo Vietnam, que alguna vez fue el país más pobre del mundo, logró reducir el porcentaje de personas que vivían en la pobreza del 80 por ciento a comienzos de 1990, hasta llegar al 3 por ciento actual. A principios de esa década, el producto nacional bruto per cápita en Vietnam era de apenas 98 dólares al año, incluso por debajo del de Somalia o Sierra Leona. Hoy, Vietnam es uno de los países más dinámicos del mundo en términos económicos y, aunque aún se autodenomina “socialista”, su receta para el éxito se basa en principios claramente capitalistas.

Renovación

A finales de los años 80, Vietnam emprendió un programa de reformas económicas conocido como Đổi Mới, que significa “renovación” o “reforma”. Estas medidas introdujeron el derecho a la propiedad privada, abrieron la economía a la inversión extranjera y aplicaron reformas orientadas al mercado en numerosos sectores. Ningún país de tamaño similar ha ganado tantos puntos en el Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation entre 1995 y la actualidad como Vietnam.

La película presenta a varios empresarios exitosos, entre ellos Kao Seu Luc, fundador de la cadena de panaderías más exitosa del país. Originario de Camboya, Luc escapó por poco del régimen de los Jemeres Rojos en los años 70. “Estaba en la lista de ejecución en Camboya y llegué a Vietnam sin dinero, sin contactos, y sin hablar el idioma”, cuenta este empresario hecho a sí mismo.

También aparecen en el documental Xuan Phuong, una de las principales fabricantes de varillas de incienso del país, y el emprendedor Nguyen Quoc Thong, quienes explican que en Vietnam los empresarios y las personas ricas gozan de gran estima. Esta percepción se ve confirmada por encuestas que indican que la envidia social en Vietnam es muy baja, incluso más que en muchos países europeos.

Además de las reformas económicas, el éxito de Vietnam se basa también en factores culturales y en una mentalidad particular: pese a haber sido devastado por guerras con estadounidenses, chinos, japoneses y franceses durante el siglo pasado, el pueblo vietnamita no culpó a otros países por su miseria. Buscó las raíces de su pobreza en sí mismo. Como muestran las encuestas y las entrevistas del documental, los estadounidenses gozan hoy de una imagen muy positiva en Vietnam, a pesar de la guerra devastadora que enfrentó a ambos países.

Cuatro lecciones para otros países

¿Qué pueden aprender los países en desarrollo de Vietnam?

  1. La única salida real de la pobreza es más capitalismo, no la ayuda al desarrollo.
  2. La inversión internacional, el libre comercio y la globalización no son perjudiciales para los países pobres, sino profundamente beneficiosos.
  3. Cuando los empresarios y los ricos son vistos como modelos a seguir y no como chivos expiatorios, inspiran a la sociedad y contribuyen a la recuperación económica de una nación.
  4. La misma regla se aplica a países y a individuos: si culpas a otros de tus problemas y no buscas dentro de ti mismo las razones de tus fracasos, nunca tendrás éxito.

Es cierto que la desigualdad ha aumentado en Vietnam como resultado de las reformas hacia una economía de mercado. Sin embargo, los vietnamitas no consideran esto un problema relevante. Su prioridad sigue siendo superar la pobreza, no alcanzar una mayor igualdad.

Políticamente, Vietnam continúa siendo un Estado de partido único con libertad de expresión limitada. Pero en el plano económico, se ha distanciado claramente de los principios socialistas tradicionales. La carga fiscal y el gasto público son considerablemente más bajos que en la mayoría de países occidentales.

La película se basa en el libro How Nations Escape Poverty (Cómo escapan las naciones de la pobreza), que fue nominado este año al prestigioso Premio Hayek del Manhattan Institute.

Más del Dr. Rainer Zitelmann:

Polonia: del socialismo a la prosperidad  https://www.youtube.com/watch?v=bBIhsZ9GNHc

Las raíces tomistas del pensamiento liberal

Hoy quisiera hablar de un tema que, a primera vista, podría parecer una contradicción: las profundas raíces del liberalismo en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca. A menudo, cuando pensamos en el liberalismo, nos vienen a la mente figuras de la Ilustración, como Locke o Montesquieu, pero lo que busco desvelar hoy es cómo ideas gestadas siglos antes sentaron bases cruciales para la noción contemporánea de liberalismo.

Para entender esto, debemos situarnos en el siglo XIII con Santo Tomás de Aquino, cuya influencia se extendió mucho más allá de su época. Su obra, especialmente su monumental Suma Teológica, proporcionó un marco filosófico y teológico robusto que sería fundamental para futuras generaciones. Aquí es donde entra en juego nuestra segunda protagonista: la Escuela de Salamanca. Esta escuela, compuesta por brillantes teólogos y juristas de los siglos XV y XVI, se consideraba a sí misma profundamente tomista, es decir, seguidora de Santo Tomás. Sin embargo, no hablamos de un tomismo rígido, sino de una reinterpretación y aplicación de sus principios a los nuevos desafíos del siglo XVI, como el descubrimiento de América, la expansión del comercio y la aparición del dinero. Fue en este contexto donde, casi paradójicamente, las ideas de Santo Tomás, filtradas y desarrolladas por la Escuela de Salamanca, sentarían las bases para conceptos que, con el tiempo, derivarían en principios fundamentales del liberalismo moderno.

La importancia de la Ley Natural

Imagina que estás en una clase de introducción a la economía, o simplemente conversando con alguien sobre cómo deberían funcionar las sociedades. A menudo, hablamos de derechos: ¿Tenemos derecho a esto o a aquello? ¿De dónde vienen esos derechos? Pues bien, la historia nos lleva a pensadores muy influyentes, que sentaron las bases para entender estas cuestiones de una forma que, aunque parezca antigua, resulta sorprendentemente relevante para el liberalismo actual, en este caso desarrollando varios principios tomistas.

Santo Tomás propuso algo llamado la Ley Natural. Piensa en ella como una especie de código moral y racional inherente a la naturaleza humana. No es algo que se escriba en un compendio legal, sino algo que podemos descubrir usando nuestra propia razón. Para él, esta ley era una parte de la ley eterna divina, pero lo crucial es que podemos acceder a ella y entenderla con nuestra propia capacidad de razonar. Es como si la naturaleza misma nos diera pistas sobre cómo debemos comportarnos y cómo deben organizarse las sociedades para prosperar.

Lo interesante de esta Ley Natural es que es universal e inmutable. Es decir, es válida para todos, en todas partes y en todo momento. No cambia con las modas o las costumbres de cada pueblo. Y aquí viene lo importante: esta Ley Natural, según Santo Tomás, es el fundamento de todas las leyes que creamos los humanos (lo que llamamos ley positiva). En otras palabras: las leyes que hacemos en nuestros parlamentos o gobiernos deberían estar en sintonía con esta Ley Natural. Si una ley humana contradice la Ley Natural, entonces, en el fondo, no sería una ley justa o correcta.

Pero la cosa no se detiene en Santo Tomás. Varios siglos después, en España, surgieron unos pensadores brillantes en la Escuela de Salamanca, figuras como Francisco de Vitoria y Francisco Suárez. Ellos tomaron las ideas de Santo Tomás y las llevaron un paso más allá. ¿Recuerdas que la Ley Natural es universal? Pues ellos aplicaron esto al ámbito de las relaciones entre diferentes pueblos y culturas, sentando las bases de lo que hoy conocemos como Derecho Internacional.

Estos pioneros del liberalismo moderno argumentaron que, precisamente por existir una Ley Natural universal, todos los seres humanos tienen derechos inherentes, algo revolucionario para su época, más si tenemos en cuenta que nació al amparo de la era de los descubrimientos. No importaba si eras cristiano o no, si eras de Europa o de América, si eras rico o pobre. Por el simple hecho de ser un ser humano racional, tenías derechos fundamentales. ¿Qué derechos? Pues el derecho a la vida, a la propiedad y a la dignidad, por ejemplo. Estos derechos no te los da un rey ni un gobierno; te los da tu propia naturaleza.

¿Y por qué es tan importante todo esto para el liberalismo moderno? Pues porque esta concepción de derechos universales, basados en la naturaleza humana racional, es uno de los pilares más fuertes del pensamiento liberal. La idea de que tenemos derechos fundamentales que deben ser protegidos y que los gobiernos deben respetar, es una herencia directa de estas ideas. Cuando hablamos de libertad individual, de propiedad privada o de la dignidad de cada persona, en el fondo, estamos bebiendo de estas raíces tomistas y salmanticenses.

Cuándo el rey no es absoluto

Ahora que tenemos clara la idea de la Ley Natural como ese código moral inherente a la existencia humana, podemos avanzar un paso más y ver cómo esta idea influyó en la forma de entender el poder político. Y esto es fundamental, porque el liberalismo, en su esencia, trata de limitar el poder en pos de proteger la libertad individual.

Piensa en los tiempos de Santo Tomás de Aquino. La figura del rey era inmensamente poderosa, casi divina para algunos. Sin embargo, incluso en ese contexto, Santo Tomás introdujo una idea que, aunque sutil para la época, era revolucionaria: el poder del gobernante no es absoluto. ¿Pero por qué? ¿Tuvo una revelación mística? Precisamente por la Ley Natural.

Según Santo Tomás, si existe una Ley Natural universal que podemos conocer con la razón, entonces el rey, por muy rey que fuera, también estaba sujeto a esa ley. Su autoridad no venía de la nada, sino que debía estar orientada al bien común. Es decir, el gobernante no podía hacer lo que le diera la gana; su función principal era gobernar de una manera que beneficiara a toda la comunidad, de acuerdo con los principios de la Ley Natural. Si el rey se desviaba de esto, su legitimidad empezaba a tambalearse.

Pero, como en el caso anterior, la Escuela de Salamanca llevó esta idea mucho más lejos y la hizo más explícita. Los pensadores salmanticenses, como Vitoria y Suárez, eran muy conscientes de la distinción entre el poder temporal (el del rey, el gobierno) y el poder espiritual (el de la Iglesia). Esta distinción ya era un paso importante hacia la idea de esferas de autoridad separadas.

Y lo que es aún más atrevido: llegaron a justificar la resistencia al tirano. Si un gobernante actuaba de forma flagrantemente contraria a la Ley Natural, oprimiendo a sus súbditos o violando sus derechos fundamentales (esos mismos derechos de los que hablamos antes), entonces la gente tenía el derecho, y quizás hasta el deber, de resistirse a ese tirano. Imagina el impacto de esto en una sociedad donde la desobediencia al rey se veía como un pecado gravísimo, en la que solía imperar aquello de que el gobernante estaba ahí por voluntad de Dios.

Aunque estas ideas nacieron en un contexto religioso, sus implicaciones políticas fueron enormes. Esta limitación del poder, basada en principios superiores a la voluntad del gobernante, sentó las bases para dos conceptos que son el corazón del liberalismo político:

  1. La soberanía popular: La idea de que el poder no reside en una sola persona (en este caso el rey) por derecho divino, sino que emana, de alguna manera, del propio pueblo. Si el rey está sujeto a una ley superior y puede ser resistido, ¿no significa eso que su poder depende de algo más que de sí mismo?
  2. El contractualismo: La noción de que el gobierno surge de una especie de contrato o acuerdo entre los gobernados y los gobernantes. Los gobernantes tienen autoridad, sí, pero bajo la condición de que respeten ciertas leyes y derechos. Si rompen ese contrato, pierden su legitimidad. Años después aparecería el contrato social y todo se volvería más complicado.

Así, aunque Santo Tomás y los pensadores de Salamanca no eran liberales en el sentido contemporáneo del término, sus ideas sobre la Ley Natural y la limitación del poder, incluso por motivos teológicos o morales, abrieron la puerta a un mundo de pensamiento donde la autoridad no es absoluta y donde los derechos individuales empiezan a tomar un protagonismo central. ¡Y eso es pura esencia liberal!

Pionero de valor subjetivo

Hemos visto cómo la Ley Natural estableció una base para los derechos y cómo limitó el poder de los gobernantes. Ahora, vamos a explorar una conexión fascinante entre la filosofía tomista, la Escuela de Salamanca y algo que te va a sonar muy familiar: la idea de que el valor de las cosas es subjetivo. Para Santo Tomás de Aquino, un pilar fundamental de la naturaleza humana era el libre albedrío. Es decir, la capacidad de los individuos para elegir, para tomar decisiones libremente. Esta no es solo una cuestión moral o religiosa; tiene implicaciones profundas en cómo entendemos las interacciones humanas, incluidas las económicas. Si somos libres para elegir, nuestras decisiones, nuestros deseos y nuestras valoraciones individuales importan.

Y aquí es donde la Escuela de Salamanca da un salto espectacular. Mientras muchos pensadores de la época estaban anclados en la idea de que el valor de un bien se basaba puramente en su costo objetivo (por ejemplo, cuánto trabajo costaba producirlo, una idea que reaparecerá siglos después con pensadores como Adam Smith y Marx), los salmantinos empezaron a mirar en otra dirección.

Ellos se dieron cuenta de que el valor de un bien no solo dependía de cuánto esfuerzo se puso en hacerlo, sino también de la estimación común de los hombres y de la utilidad subjetiva que las personas le asignaban a ese bien. Piensa en esto como algo muy intuitivo: ¿por qué un diamante es tan valioso? No es porque costó muchísimas horas de trabajo extraerlo (que sí), sino porque la gente lo desea intensamente, le atribuye un gran valor, y es escaso, es decir, estamos antes un supuesto de utilidad marginal. Por lo tanto su valor viene, en gran medida, de la valoración que le damos como individuos y como sociedad.

Esta es una noción embrionaria de valor subjetivo. Significa que el valor no es una cualidad inherente y objetiva de la cosa en sí, sino que se construye a partir de las preferencias, necesidades y estimaciones de los individuos. Y si el valor es subjetivo, entonces el precio justo en un mercado no puede ser algo fijado arbitrariamente, sino que debe surgir de la interacción entre la oferta y la demanda. Si mucha gente quiere algo (alta demanda) y hay poco disponible (baja oferta), su precio subirá. Si nadie lo quiere o hay una abundancia (alta oferta), su precio bajará. Esto es pura lógica de mercado.

¿Te suena esto a algo? Estas ideas, desarrolladas en los siglos XV y XVI, son la semilla de lo que siglos después florecería plenamente en el pensamiento económico liberal y, de manera muy prominente, en la Escuela Austríaca de Economía. Economistas como Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk y Ludwig von Mises, ya en los siglos XIX y XX, harían de la teoría subjetiva del valor la piedra angular de su análisis económico. Para ellos, las acciones y valoraciones individuales son el punto de partida para entender cómo funcionan los mercados y cómo se forman los precios.

Así que, aunque no tenían pizarras interactivas ni modelos econométricos, estos pensadores medievales y renacentistas ya estaban intuyendo principios económicos fundamentales que hoy damos por sentados. El énfasis en el libre albedrío de Santo Tomás, combinado con la perspicacia de los salmantinos sobre la subjetividad del valor y la importancia de la oferta y la demanda, nos muestra una línea directa hacia las ideas liberales de mercados libres y la autonomía del individuo en sus decisiones económicas.

En definitiva, al recorrer el camino desde Santo Tomás de Aquino hasta la Escuela de Salamanca, descubrimos que las ideas fundamentales del liberalismo no surgieron de la nada con la Ilustración. Más bien, echaron raíces profundas en un terreno filosófico y teológico aparentemente distinto. Santo Tomás, con su poderosa articulación de la Ley Natural como un código moral universal y accesible a la razón, y su énfasis en el libre albedrío como una capacidad humana esencial, proveyó el andamiaje. Además, su concepción de un poder limitado, sujeto a principios superiores y orientado al bien común, estableció un precedente crucial.

Estos conceptos, aunque nacidos de una visión teológica del mundo, fueron el trampolín para que los brillantes pensadores de la Escuela de Salamanca innovaran de manera radical. Ellos expandieron la Ley Natural para fundamentar derechos universales inherentes a todo ser humano, incluso justificando la resistencia al tirano. Y en el ámbito económico, se atrevieron a considerar la subjetividad del valor, entendiendo que los precios justos emergían de la oferta y la demanda, y no de criterios arbitrarios. Así, mucho antes de que el término liberalismo existiera siquiera, estas mentes ya estaban gestando las semillas de la libertad individual, los derechos humanos, la limitación del poder estatal y los principios del mercado libre que hoy consideramos distintivos del pensamiento liberal.

Sobre el anarcocapitalismo (VI): ¿para qué sirve el anarcocapitalismo?

Una pregunta que muchas veces se hace es si sirven para algo nuestras teorías, más allá del conocimiento o del mero disfrute intelectual. No es una ideología pensada para ayudar al gobernante a tomar decisiones u orientar sus políticas (ya he señalado anteriormente que es muy difícil afrontar este programa desde el propio estado); por lo tanto, son conocimientos difícilmente aplicables en trabajos gubernamentales, aunque me consta que muchos trabajadores públicos comparten estas visiones.

Tampoco es un saber práctico, como la medicina, la ingeniería o muchas ramas del derecho que permitan obtener ingresos en el mercado. ¿Sería entonces solo una teoría, muy bien explicada, pero sin relación alguna con la realidad? Esto es, consistiría en una suerte de utopía, eso sí, argumentada desde la teoría económica austríaca y la filosofía política del anarquismo. Algo de esto, sin duda, hay, pero creo que tiene bastante más utilidad de lo que a simple vista parece.

A estas doctrinas se acostumbra a llegar desde una aplicación a todos los ámbitos de la vida social de los principios económicos liberales, en especial los de la escuela austríaca, aunque algunos, muchos menos, lleguen desde la teoría política. Esto implica una crítica al intervencionismo en todos los ámbitos, sin excluir ninguno, a diferencia de los liberales clásicos que reservaban al estado algunos espacios.

Conocer las ideas del anarcocapitalismo implica, por lo tanto, tener nociones básicas de economía austríaca, algo que sí es de mucha utilidad a personas de otros oficios e incluso a empresarios e inversores, además de a muchos economistas graduados, cansados de la falta de realismo de los modelos formales que dominan los currícula académicos en nuestra universidad. También implica, causado por los numerosos debates que tenemos con los defensores de otros idearios, sean estos lejanos o próximos a los nuestros, un conocimiento de la lógica de funcionamiento de los estados modernos.

Se trata de entender la política sin romanticismos, sin edulcorar, y también sus inconsistencias, de tal forma que también sirve de advertencia a quienes confíen en las promesas del gobierno. Por ejemplo, un inversor que quiera planificar una cartera aprendería mucho sobre cómo los estados llevan a cabo sus políticas impositivas, incumpliendo promesas o haciendo lo contrario de lo prometido. También pueden detectar ciclos económicos o procesos inflacionarios, sabiendo que estos son deliberadamente causados, aun en sus inicios, permitiéndoles tomar posiciones y defenderse de sus efectos.

Incluso podrá aprender su doble lenguaje y aprenderá a predecir sus consecuencias, pues en muchas ocasiones la realidad es todo lo contrario de lo que dicen. Véase, por buscar ejemplos cercanos, cuando niegan una crisis económica en ciernes, cuando minimizan las posibles consecuencias de una pandemia, diciendo que van a ser unos pocos casos, o explicando cuáles son las verdaderas causas de un apagón. Estudiar los principios de la razón de estado nos llevará a aprender que la salvación del estado es la ley suprema y que engañar al pueblo por el bien de la república no solo es legítimo, sino conveniente.

Esto no es algo nuevo, sino algo conocido desde hace siglos por todos aquellos que estudian la teoría del estado desde una perspectiva no normativa. Recomiendo un viejo libro, durante siglos oculto: Oráculo Manual, de Baltasar Gracián o su traducción moderna, Las 48 leyes del poder de Robert Greene. La concreción práctica es que cualquier delito u ofensa, penado si el que lo comete es un individuo privado, si es cometido por el estado se transforma casi inmediatamente en un acto virtuoso.

Otro debate podría ser el de si es útil para ayudar a los gobernantes en la toma de decisiones políticas. Primero hay que resaltar que la influencia de los economistas en la determinación de la política económica es relativamente menor de lo que se acostumbra a pensar, porque el proceso de toma de decisión política no sigue el orden comúnmente aceptado sino el inverso. Esto es, el orden lógico sería estudiar y analizar un problema económico, luego comparar y valorar las posibles soluciones alternativas al mismo y finalmente, tras el estudio y el análisis, aconsejar al político la que entienden como mejor. El buen político, según el pensamiento dominante, se dejará aconsejar y adoptará esa medida en aras del bien común.

Muchas veces la realidad no se ajusta a ese modelo. Lo más frecuente es que el actor político tome una decisión, muchas veces en tiempo real y sin análisis previo, y luego encargue a algún economista de su círculo de asesores que la justifique y argumente de cara a la opinión pública. Una vez establecido este principio no podemos negar el papel que juegan las ideas, incluso en la formación de intereses del propio político. Este es normalmente una persona que trae consigo alguna cosmovisión y lo normal es que la aplique; lo mismo acontece con los actores económicos relevantes en el país. Y estas ideas son habitualmente las dominantes en su propia época.

Lo que sí es probable es que el decisor político encuentre funcional alguna teoría que le pueda servir para justificar sus decisiones y se abra así un proceso de cambio en el mundo de las ideas. Fue lo que aconteció con el keynesianismo. Las propuestas de Keynes ya habían sido ensayadas por Hoover, antes de ser formuladas de forma elaborada por el economista inglés, y este encontró en ellas una legitimación científica a lo que él entendía como una necesidad de hacer algo ante la Gran Depresión de 1929.

Lo extraño es el caso del presidente argentino, Javier Milei, quizá por la relativamente escasa presencia de economistas o científicos sociales entre los puestos políticos de primer nivel, en el que un profesor de economía con ideas claras decide llevar a cabo un programa fuertemente influido por ideas anarcocapitalistas y elaborar políticas influidas por ese ideario. Es más frecuente que algún gobernante convencional encuentre en las ideas del liberalismo económico argumentos para poder movilizar al electorado y justificar un cambio con las políticas fracasadas del pasado, aunque después esos cambios se sustenten en bien poco. Ya hemos visto a numerosos políticos que se presentaron con plataformas liberales —en España tenemos experiencia en eso— y, una vez conseguido el triunfo, abandonarlas a la primera dificultad que se encontraron, y no solo eso, dejar a sus países con un nivel de impuestos y regulaciones mayor que el que habían recibido en herencia.

El liberalismo moderado puede ser más razonable y menos utópico que las propuestas libertarias, pero me gustaría saber cuáles han sido sus logros con tanta sensatez y buen tino. En España o Francia, con el supuestamente liberal Macron, no dejan de subirse los impuestos, incrementarse las regulaciones o alterar los mercados laborales, sin que encuentren contestación seria por parte de las fuerzas que dicen representar estas sensibilidades.

No solo eso, colaboran entusiastas con las regulaciones impuestas desde la Unión Europea, con todas sus agendas y sus proyectos centralizadores, en la línea de instaurar un estado europeo, cada vez más autoritario y antidemocrático, con todo lo que esto implicaría para la posibilidad de instaurar reformas verdaderamente liberales, que por definición solo pueden ensayarse a pequeña escala, y solo después ser imitadas si procediese. No sé quién es más utópico al final, pues los reformistas liberales no solo no han conseguido revertir el estatismo sino que parecen haberlo acentuado, y por cierto con medidas nuevas, como el decrecimiento, o las regulaciones energéticas o ambientales promovidas por la UE.

Los idearios anarcocapitalistas, en cambio, pueden paradójicamente servir para conseguir reformas liberalizadoras, de lograr que estas se difundiesen entre sectores significativos de la sociedad. Muchos historiadores económicos afirman que las reformas de corte socialdemócrata que se llevaron a cabo en muchos países occidentales durante el siglo XX respondían al temor de sus gobiernos a que triunfasen programas comunistas en sus países.

De la misma forma, la existencia de propuestas ancap podrían hacer que los gobiernos acepten reformas tibias, pero en una dirección liberalizadora ante el temor de que triunfen programas en esa línea. Además, si las propuestas son de máximos, como en el caso argentino de Milei, la negociación se haría sobre términos mucho más concretos, quedando el punto medio más escorado hacia propuestas libertarias que si se partiese desde el centro liberal.

Además, habría que recordar que algunos desarrollos tecnológicos actuales parten de las ideas ancap. Por ejemplo, buena parte del desarrollo de la criptografía en internet se debe a la oposición de muchos programadores a la interferencia del estado en el mundo digital. Steven Levy, en su libro ya clásico Cripto: cómo los informáticos libertarios vencieron al gobierno y salvaguardaron la intimidad en la era digital, relata cómo los libertarios de los 90 se opusieron a la pretensión de Al Gore de permitir al gobierno federal acceder sin trabas a las comunicaciones de internet.

Fruto de ello fue el desarrollo de técnicas criptográficas adecuadas para proteger la intimidad de las comunicaciones. En esta línea, la aparición del blockchain y la moneda basada en esta tecnología, el bitcoin, también puede ser explicada como una reacción frente al poder estatal, en este caso el que se deriva de su monopolio de la creación de moneda. Cansados de la continua manipulación del dinero por parte de los gobiernos, uno o varios programadores (aún no está claro quién es Satoshi Nakamoto) pensaron una plataforma digital que permitiese crear una moneda independiente de cualquier poder político, y de ahí surgieron el bitcoin y otras criptomonedas.

No nacieron como activo de especulación o como inversión, sino como herramienta para limitar y reducir el poder estatal. Y no tengo duda de que desde el anarcocapitalismo no dejarán de aparecer nuevas propuestas en esta línea, haciendo buena la idea de que para la práctica no hay nada mejor que una buena teoría.

Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’

El (mal) pasante Bolaños y los jueces huelguistas

Dentro de la cohorte de edecanes del dictador Pedro Sánchez Pérez-Castejón, sobresale un peón que emula los delirios de grandeza de su valedor, llamado Félix Bolaños García[1]. Nada más asaltar el poder su superior en junio de 2018, accedió al cargo de secretario general de la Presidencia del Gobierno, con categoría de subsecretario, al mismo tiempo que su jefe inmediato, Iván Redondo Bacaicoa, un consultor político externo al PSOE maestro en convertir la inanidad en mantras propagandísticos, era nombrado director del gabinete, con categoría de secretario de estado.

Durante al menos un año y medio, el enrevesado organigrama burocrático diseñado para desplegar las malas artes del entonces incipiente caudillo[2], atribuyó al ínclito Félix Bolaños, entre otras, la competencia para “la asistencia a los distintos órganos de la Presidencia del Gobierno en materia de administración económica, personal, mantenimiento y conservación, medios informáticos y de comunicaciones”. Si bien el galimatías de competencias solapadas quedaba bajo la supervisión del director del Gabinete de la Presidencia, esta asignación de tareas, tendrá unas inesperadas implicaciones en relación con la contratación administrativa de Cristina Álvarez Rodríguez como ayudante para los negocios privados de la esposa del presidente del gobierno.

Esta situación administrativa se mantuvo hasta la crisis de gobierno de julio de 2021, en la que fueron destituidos el ministro de transportes y secretario de organización del PSOE, José Luís Ábalos Meco y el director del gabinete Iván Redondo, así como la vicepresidenta primera Carmen Calvo Poyato. En la estela de esta última emergió Bolaños como ministro de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, después de haber dirigido en 2019 – sin bajas aparentes – las operaciones de exhumación, traslado y re inhumación de los restos de Francisco Franco Bahamonde al alimón con la inefable Dolores Delgado García.

En un claro gesto totalitario, como resultado de la última remodelación de gobierno en 2023, se desgajó de sus funciones la cantinela de “Memoria democrática” y se le añadió, nada menos, que el título de Justicia. Pedro Sánchez agrupaba así a los tres poderes clásicos del Estado de Derecho, con el afán de someterlos por delegación a sus órdenes, cual Calígula posmoderno.

Por otro lado, el ministro por triplicado compagina su puesto en el ejecutivo con su escaño en el Congreso de los diputados de esta décimo quinta legislatura.

Pues bien, acaso por su experiencia como pasante en el área de derecho laboral del reputado bufete de abogados Uría y Menéndez y posteriormente Letrado del Banco de España, Félix Bolaños García está orgulloso de dirigir las maniobras para asaltar el Poder Judicial y las iniciativas legislativas para instaurar un nuevo régimen político, donde el auto ungido “bloque progresista”, amalgamado por el PSOE con retales diversos de partidos secesionistas y neocomunistas, se postula para detentar el poder omnímodo y perpetuo en lo que ha venido en conocerse durante siglos como España. Tan  antidemocrático y totalitario proceder rechaza la posibilidad de la alternancia política en el gobierno, so capa de que la vuelta de un gobierno de  “ la derecha y la ultraderecha” supondría un retroceso en los “avances sociales” conseguidos.

El pseudoargumento repetido hasta la náusea por las terminales del gobierno asombrará a los estudiosos del futuro, pero no al reducto inasequible al desaliento que, dependiendo de la región española donde resida, se ha sometido a la disonancia cognitiva desplegada por la cofradía de pícaros que sustenta al gobierno. A pesar de su grosera falsedad, la parte de la sociedad que tradicionalmente se identificaba con “la izquierda” mantiene en jaque la propia continuidad de la comunidad política llamada España y desprecia las ideas de libertad, tolerancia y respeto del pluralismo ideológico en una sociedad democrática que parecieron inspirar al régimen político de la Constitución de 1978.

A los pasos ya dados ( asalto al Tribunal Constitucional para convalidar el proceso deconstituyente, la Fiscalía, el Tribunal de Cuentas etc) se transitan otros para controlar el Poder Judicial, amputando la relación entre jueces de instrucción y las unidades de policía asignada a las tareas de investigación criminal, cercenar el ejercicio de la acción popular en el proceso penal así como permitir el acceso a la judicatura a advenedizos sin una formación contrastada para colonizar y promocionar a los fieles del nuevo movimiento en la judicatura desde las primeras etapas.

En resumen, estas medidas legislativas pendientes se articulan mediante:

  1. La proposición de Ley Orgánica de garantía y protección de los derechos fundamentales frente al acoso derivado de acciones judiciales abusivas (¡!). Crítica del ICAM.
  2. Proyecto de ley para modificar el acceso a las carreras judicial y fiscal, y
  3. Anteproyecto de reforma del estatuto orgánico del Ministerio Fiscal.

Es por esto por lo que no puede sorprender la convocatoria conjunta de las principales asociaciones judiciales y fiscales a la realización de un paro el pasado 11 de junio, una concentración este sábado a las puertas del Tribunal Supremo e, incluso, justificado por estado de necesidad constitucional, una huelga en la Justicia para los próximos 1, 2 y 3 julio, para el caso de que estas reformas no se retiren.

Notas

[1] En uno más de los episodios bochornosos que riegan esta nueva década ominosa, y, al mismo tiempo, reveladores de la vanidad narcisista de sus actores, este individuo se felicitaba a las puertas del Congreso de los Diputados por el acuerdo al que había llegado – Santos Cerdán León, Carles Puigdemont Casamajó  y el “mediador” Francisco Galindo Vélez, mediante- para la aprobación de la Ley de (Auto) amnistía.

[2] El Real Decreto 419/2018, de 18 de junio, por el que se reestructura la Presidencia del Gobierno, estuvo vigente desde el 19 de junio de 2018 hasta el 29 de enero de 2020.

Impuestos, Argentina, y otro paso más en la dirección correcta

“La tributación constituye la matriz común que une a las sociedades democráticas con los sistemas totalitarios” bien afirmaba Imre Kertész, sobreviviente de Auschwitz y Premio Nobel de Literatura año 2002. El pasado mes de mayo, el Gobierno argentino de Javier Milei, ha dado otro paso más en la dirección correcta: adoptar medidas que sean acordes al modelo de la libertad y que respeten el carácter absoluto de la propiedad privada y privacidad de las personas.

Cuestión que debemos defender y que muchos autodenominados tributaristas (sobre todo aquellos que dependen del sector público) no logran, o quieren, comprender. Porque no logran entender la Ley Natural y sus consecuencias lógicas derivadas. (Llegando a decir así que la propiedad privada no es absoluta, sino relativa porque -justamente- los impuestos existen. Alterando la secuencia lógica causa-efecto e incurriendo así en una triste suerte de razonamiento circular del que no saben salir)

No existe el impuesto neutro, ni mucho menos el impuesto justo. Lo único justo sería la inexistencia del impuesto. Pero en las coordenadas de lugar y tiempo de la civilización humana actual aún debemos soportar las cargas tributarias como sedimento de nuestras épocas más oscuras de guerra y esclavitud.

Dicho esto, en el marco de las medidas gobierno nacional, la Agencia de Control y Recaudación Aduanero (ARCA), anunció una serie de modificaciones que tienen como objetivo proteger la privacidad de las personas, cuestión sumamente importante y que constituye una fuerte señal indicadora del brillante y nuevo camino político argentino.

Se derogan así varios regímenes de información y se amplía el umbral de otros con el fin de enfocar los recursos del estado en grandes contribuyentes y estructuras de evasión sofisticadas. Se espera que, a la brevedad, y cuando se tengan las mayorías parlamentarias correspondientes, la Argentina realice una reforma tributaria integral que sea más respetuosa con la propiedad privada de sus habitantes. Fomente el ahorro y constituya suelo fértil para el emprendimiento y las inversiones. Una reforma que le permita alejarse de ser el infierno tributario que ha sido, producto de gobiernos socialistas, (de buenos y malos modales) y acercarse a ser una jurisdicción de baja o mínima tributación. Cualquier persona en su sano juicio prefiere el paraíso al infierno.

Entre las medidas que se detallan más abajo, se encuentra también la simplificación del régimen de declaración del Impuesto a las Ganancias (renta), con la idea de reducir la presión fiscal indirecta. Es decir, el inestimable y valiosísimo tiempo que dedican las personas a cargar y rellenar un sinfín de formularios para determinar la materia tributaria. Esto incluye que se prescindirá de cargar información relativa sobre consumos y patrimonio de los ciudadanos, defendiendo así la privacidad de estos.

  • Compras con tarjeta y billeteras virtuales: ya no se informarán a ARCA, protegiendo la privacidad de los consumos personales.
  • CITI Escribanos: los escribanos ya no reportarán operaciones notariales de $10M o más a ARCA.
  • Compraventa de autos usados: los concesionarios ya no deben informar estas operaciones a ARCA.
  • Pago de expensas: las administradoras de consorcios dejan de reportar estos pagos a ARCA.
  • COTI (venta de inmuebles): los vendedores o agentes inmobiliarios ya no deberán reportar las propiedades a la venta a ARCA.
  • Consumos relevantes de servicios: las empresas de luz, agua, gas y telefonía ya no reportarán consumos a ARCA.
  • Además, se establece la prohibición a los bancos de solicitar DDJJ de impuestos nacionales, pudiendo las personas negarse y acudir a Defensa del Consumidor

Como si estas medidas fueran poco, además, se han actualizado (y elevado sustancialmente) los umbrales de información para los regímenes que aún quedan en vigencia. Por citar dos ejemplos, de informar todos y cada uno de los montos de extracciones en efectivo a solo extracciones que superen los diez millones de pesos (8.333 dólares al tipo de cambio actual). Y para el caso de constitución de plazos fijos de 1 millón a 100 millones de pesos (833 dólares a 83.000 dólares en el caso de personas físicas).

A quienes desesperan, pero con especial dedicación a quienes, estando callados en gobiernos anteriores, vociferan ahora, solo cabe decir que no se puede arreglar el desastre generado por años del virus estatista de manera tan sencilla. Sobre todo, cuando aún existen adictos al Leviatán. Cada paso dado en la dirección correcta es motivo de celebración. No se pueden deshacer los desastres del socialismo en un día, de la misma manera que no se puede tener un físico atlético de la noche a la mañana. Es un camino que debe transitar, y si es en la dirección correcta, cada paso vale, y mucho.

Ver también

Abolir la banca: la disparatada propuesta de MAFO

¡Acabemos con los bancos! Es lo que sugiere Miguel Ángel Fernández Ordóñez (MAFO), exgobernador del Banco de España, en su libro Adiós a los bancos: Una visión distinta del dinero y la banca.

Para evitar las crisis bancarias, MAFO propone una revolución monetaria: sustituir los medios de pago creados por los bancos por un nuevo dinero digital, emitido de forma centralizada por un ente bajo control estatal. Este nuevo dinero digital sería similar a las actuales reservas emitidas por los bancos centrales, pero con una gran diferencia: no serían pasivos del ente emisor, sino activos reales, unidades virtuales en un registro centralizado que no serían pasivo de nadie ni estarían respaldadas por activo alguno.

En este sistema, cada ciudadano podría realizar sus cobros y pagos utilizando estas unidades virtuales, prescindiendo así de los bancos. Para MAFO, la banca desaparecería sin necesidad de prohibirla: considera (a mi juicio, erróneamente) que sería incapaz de competir contra su nuevo sistema digital centralizado.

Según Fernández Ordóñez, la gran ventaja sería contar con un dinero completamente “seguro”: al no ser promesas de pago, como los depósitos bancarios actuales, no tendrían riesgo de impago nominal. El nuevo sistema, por tanto, no podría colapsar como le pasa al sistema actual cuando estalla una crisis bancaria. Las crisis, según él, quedarían conjuradas para siempre.

El exgobernador acierta parcialmente en su diagnóstico. El sistema bancario actual disfruta de privilegios que, para maximizar sus beneficios, lo llevan a operar de forma ilíquida e inestable, como un castillo de naipes sostenido artificialmente por la refinanciación perpetua del banco central.

La solución propuesta por MAFO parece lógica y tentadora. Pero esconde una verdad incómoda: el exgobernador del Banco de España nunca entendió el papel esencial que cumple la banca en el sistema monetario. Su propuesta crearía un sistema monetario disfuncional y, de paso, arrasaría con nuestras libertades.

En un sistema monetario sano, los bancos cumplen un papel vital. La propiedad fundamental de un buen dinero es la estabilidad de su valor para realizar los pagos y cobros diarios, y para ello es importante que su oferta se ajuste constantemente a la demanda monetaria. Esta demanda nunca es constante, sino que fluctúa continuamente para liquidar los millones de pagos que se producen a diario. El sistema monetario “respira”, como dice Perry Mehrling, expandiendo y contrayendo los medios de pago a lo largo de cada día, absorbiendo estas oscilaciones de la demanda. Y no solo hay que absorber las fluctuaciones de demanda diarias, sino también las oscilaciones estacionales, y las imprevistas y abruptas variaciones causadas por cambios en la incertidumbre económica.

Para que el sistema monetario funcione correctamente, es imprescindible que la banca responda, de forma descentralizada, emitiendo o retirando sustitutos monetarios que absorban estas fluctuaciones de la demanda monetaria. Este es el papel primordial del sistema bancario.

Si la banca desapareciera, como propone MAFO, también desaparecería esta función clave. Ninguna autoridad central puede realizar esta tarea, por problemas de incentivos y de información. Su incentivo, al no emitir promesas de pago que tiene que honrar, es a expandir la oferta para financiar al Estado, generando un sistema crónicamente inflacionario. Pero incluso aunque no tuviera este problema de incentivos, tampoco podría disponer en tiempo real de la información dispersa necesaria para realizar esta función estabilizadora.

De hecho, el diseño propuesto por MAFO ni siquiera contaría con las herramientas para intentarlo. El nuevo ente emisor no tendría activos en su balance para defender el valor de este nuevo “dinero seguro”. Podría crear nuevas unidades monetarias y ponerlas en manos del Gobierno, pero no podría retirarlas del mercado ni defender su valor vendiendo activos financieros, divisas fuertes u oro, como hacen incluso los disfuncionales bancos centrales actuales.

En resumen, el sistema monetario que propone MAFO, sin banca y centralizado por una autoridad estatal sin balance, sería incapaz de realizar una de las funciones esenciales del sistema monetario: la de ajustar continuamente la oferta de medios de pago a su demanda real. El problema actual de la banca no es su existencia, sino operar bajo reglas distorsionadas por la intervención política.

El sistema actual es disfuncional, pero no porque los bancos expandan y contraigan el volumen de medios de pago, sino porque lo hacen adquiriendo de forma sistemática activos ilíquidos, como deudas a largo plazo o de alto riesgo. Esto hace que el sistema bancario actual sea frágil, incapaz de honrar sus promesas de pago ante una pérdida generalizada de confianza, de no ser por el rescate del banco central. Además, por su propio funcionamiento, el sistema actual provoca distorsiones acumulativas en la estructura productiva, causando los ciclos económicos.

La solución pasa por que los bancos se limiten a emitir medios de pago contra activos líquidos, seguros y a corto plazo, calzando sus activos con sus pasivos. Es lo que ocurre cuando los bancos tienen que competir entre sí sin privilegios, sin rescates ni la respiración asistida del banco central. Esta era la esencia de la doctrina de las letras reales, un mecanismo que permitía adaptar la oferta monetaria a las fluctuaciones de la demanda sin fragilidad ni distorsiones.

Además de este problema fundamental, a la propuesta de MAFO se le suman los peligros que comparte con las otras variantes de dinero fíat digital que pretenden implantar las autoridades monetarias. Centralizar el sistema de pagos en una entidad estatal otorgaría al Estado un poder descomunal: sabría cuánto gastamos, cuánto ahorramos y a quién pagamos; podría decidir qué pagos estarían permitidos y cuáles no; podría establecer fecha de caducidad para el dinero, confiscar nuestros fondos, aplicar multas automáticas, restringir el ahorro o imponer tipos de interés negativos. La propuesta de MAFO pondría en serio riesgo nuestras libertades más básicas, sacrificadas en el altar de una todopoderosa entidad monetaria estatal.

La solución, por tanto, no es abolir la banca, sino reformarla correctamente. El remedio contra los males del sistema monetario actual pasa por la banca libre, sin privilegios ni refinanciación estatal perpetua, y por un dinero sano y que no esté controlado por el poder político; un remedio que garantizaría el buen funcionamiento de la economía y sería respetuoso con nuestra libertad.

Un laberinto invisible: cómo la burocracia marginaliza

Actualmente, en la mayoría de los países es fácil encontrar entornos burocráticos y fiscales tan complejos, opacos y ambiguos que resulta prácticamente imposible encontrar asesores expertos, internos o externos a la administración, que puedan orientarnos con certeza a surfear esos entornos.

Cualquiera que haya interactuado con la administración pública y con Hacienda sabe de primera mano que los propios funcionarios que atienden al ciudadano suelen tener un conocimiento limitado y generalista de los procedimientos. Los casos particulares casi nunca tienen respuestas claras ni inmediatas, por lo que debemos recurrir a asesores externos que deben estudiar a fondo cada caso solo para ofrecernos una orientación parcial, casi siempre vulnerable a ser contradicha por otra norma, por otro funcionario o por otro experto. La experiencia común de enfrentarse a la burocracia está marcada por la incertidumbre, la sensación de culpa o el temor constante a estar cometiendo —sin saberlo, ni quererlo— una ilegalidad.

El falso culpable

Parte de la crítica más habitual al mercado — la convicción de que genera o acentúa desigualdades — presupone que el sistema de precios margina a quienes menos tienen: pobres, discapacitados y diferentes. Como contraparte surge la idea de que las políticas de inclusión, el Estado del Bienestar y el socialismo son esfuerzos por darle un lugar a aquellos que no lo tienen en sociedades jerarquizadas y capitalistas.

La realidad, sin embargo, desmiente el relato estatista. En el mercado, quienes no consiguen generar valor pueden quedar temporalmente excluidos, pero emergen de forma espontánea mecanismos de asistencia privada, altruismo y apoyo mutuo. El Estado inclusivo, por su parte, no solo fracasa a menudo en rescatar de la marginalidad a los que realmente no pueden producir —por vejez o discapacidad—, sino que además margina a individuos plenamente capaces de crear valor: inmigrantes, pequeños empresarios, minorías étnicas o religiosas

El mercado, apoyado en la creatividad empresarial, genera vías para que quienes enfrentan barreras de idioma, diferencias culturales o baja productividad encuentren nichos donde intercambiar. En contraste, el Estado erige una maraña de normas diseñadas para un ciudadano “modelo” que bloquean la cooperación entre aquellos que se apartan del estándar. Así, un trabajador que no maneja el idioma local o con discapacidad, incapaz de competir en atención al cliente con la misma eficacia que un local cualificado, queda fuera del mercado formal porque el salario mínimo le impide pactar una remuneración acorde con su productividad. La inclusión administrativa se convierte, paradójicamente, en un mecanismo de exclusión.

El Castillo de Kafka

En su novela El castillo, Kafka cuenta la historia de un agrimensor que llega a un pueblo porque, supuestamente, ha sido solicitado desde el Castillo para realizar un trabajo profesional. El problema es que el protagonista nunca logra confirmar si efectivamente ha sido llamado, y queda atrapado en una burocracia restrictiva, opaca e interminable que no le da una negativa clara, pero tampoco una autorización. No se le prohíbe explícitamente trabajar, integrarse ni marcharse, pero tampoco se le permite hacerlo realmente. Ha gastado de su propio dinero para cumplir con el encargo que cree haber recibido, pero nunca es compensado, porque su caso no se resuelve. Kafka nos muestra cómo la burocracia puede convertir a un individuo en un simple expediente, robándole su libertad y dejándolo en una situación de espera eterna, duda, exclusión, impotencia y alienación.

¿Cómo se forma ese Castillo kafkiano?

La burocracia kafkiana es el resultado de una combinación perversa: por un lado, el racionalismo positivista que aspira a construir una sociedad ordenada, impersonal y abstracta, regida por normas que prometen control y eficiencia; por el otro, una práctica política marcada por la arrogancia de los planificadores, el deseo de autopreservación política a través del favorecimiento de los funcionarios públicos, las luchas de poder, la obsesión identitaria, el cortoplacismo electoral y la sobrelegislación.

La burocracia se presenta como la garantía de orden frente al caos, como el camino institucional que deben transitar todos para alcanzar la justicia y la igualdad. Pero en la práctica, las oficinas públicas son entornos desordenados, confusos e ineficientes. El ciudadano debe comportarse como si estuviera ante una maquinaria perfectamente calibrada: debe llegar puntual, con originales y copias, con el expediente completo y en el formato requerido. A cambio, recibe caos e irracionalidad: retrasos, información contradictoria y oculta.

Usted debe presentar una declaración fiscal, aunque nadie le pueda explicar exactamente cómo hacerla bien. Pero si la hace mal, será sancionado, porque el Estado sí sabrá cómo debió haberla hecho. Usted debe actualizar su expediente porque “no hay registro suyo”, aunque el mismo Estado sabrá inmediatamente si ha cambiado de domicilio o empleo. La administración exige comportarse como si fuera ciega, pero cuando quiere todo lo ve.

La burocracia como trampa

Es la burocracia, en todo sentido, paradójica: dice buscar agilidad, pero retrasa; promete orden, pero desordena; presume de racionalidad, pero opera con lógicas absurdas, laberintos y callejones sin salida.

Un ejemplo personal ocurrido esta misma semana en España: como parte de un visado, se me asigna un NIE (número de identificación de extranjero), que debo “activar” dentro del primer mes tras mi entrada al país a través de la toma de huellas en la Policía Nacional. Para hacer esa toma de huellas, debo conseguir una cita (que no se consigue fácilmente), que solo se puede obtener a través del sistema Cl@ve, una plataforma digital que permite identificarse ante la administración. Sin embargo, para registrarse en Cl@ve, es necesario tener un NIE válido, ¡el mismo que solo se valida tras la toma de huellas!… Y con mecanismos como este, la burocracia lleva a la ilegalidad a inmigrantes legales.

Y este tipo de bucles no es una excepción, es la norma. Lo primero que debe hacer un inmigrante en España es empadronarse. Pero para empadronarse debe demostrar que vive en una vivienda de larga estancia. No puede hacerlo desde un hotel, un alquiler temporal ni un Airbnb. Ahora bien: ¿quién en España le va a ofrecer un alquiler de larga estancia a un inmigrante recién llegado, sin cuenta bancaria, sin historial laboral ni registros administrativos?

Esto fuerza al inmigrante a engañar a la administración para poder sortear los trámites. Y lo más absurdo es que la administración lo sabe. Acepta únicamente a quienes la engañan “adecuadamente”. Incluso los propios funcionarios lo dejan entrever con frases como: “No hay citas, tiene que buscar un gestor”, o “No puede empadronarse en un alquiler temporal, tiene que encontrar otra alternativa, aunque esa sea su residencia real”.          

Así funciona el castillo kafkiano: no prohíbe abiertamente la inmigración legal, por ejemplo, pero hace inviable lograrla sin violar sus propias reglas.

La burocracia crece, se atornilla y marginaliza

Lo más duro de todo es que la burocracia no retrocede: solo crece, se enreda y se vuelve más opaca. Cada año, nuevos aspectos de la vida humana quedan sometidos a regulaciones, licencias, autorizaciones o trámites. Cada ministerio, cada municipio, cada departamento aprovecha su cuota de poder para justificar su existencia, crear nuevos cargos y expandir su control. Es la forma más directa y estable que tiene el Estado de mantenerse necesario y que tiene el gobierno de prolongar su vida política.

Cuando la burocracia ya es demasiado grande, se vuelve intocable: aplica la lógica del too big to fail. Cerrar oficinas, eliminar procedimientos o reducir personal implicaría una sacudida económica que ningún político está dispuesto a asumir. El costo electoral de cortar con décadas de mala administración es altísimo: implica pagar los errores acumulados de todos los que vinieron antes. Así que se patea la bola un poco más hacia adelante, siempre.

Finalmente, la burocracia marginaliza porque todos estos actores regulando a la vez solo pueden generar esquemas imposibles de satisfacer, son tantos los intereses y aspiraciones que busca satisfacer la burocracia que simplemente ´´se enreda sola´´ y no puede hacer otra cosa que homogenizar para intentar agilizar. Y en medio de esa maraña, el individuo queda reducido a un trámite, a un expediente que se pierde, se retrasa o se resuelve con suerte. Pero detrás de cada expediente hay un proyecto de vida, una familia, un emprendimiento o un simple deseo de trabajar y contribuir. Aspiraciones que son viables económica y socialmente, pero que son frustradas políticamente, filtradas por un sistema que ha hecho de la exclusión su norma silenciosa.

Un respeto por la teoría económica

La teoría económica es la ciencia que explica los fenómenos económicos. La física y la biología tratan de explicar fenómenos naturales. Tan ciencia es la primera como las otras, aunque lógicamente no se pueda usar la misma metodología para estudiar unos fenómenos y otros.

Una característica fundamental de las ciencias naturales es que permiten de alguna manera predecir el futuro. En los fenómenos naturales, estamos bastante seguros de que en las mismas condiciones las mismas causas provocarán los mismos efectos. Es esta característica la que nos permite desarrollar tecnologías para satisfacer mejor nuestras necesidades, a partir del conocimiento científico.

Dado que los económicos son fenómenos con causa en el ser humano, y que no se puede, por tanto, asumir la constancia en las relaciones causa-efecto, su aplicación a desarrollos tecnológicos está muy limitada, si es que es posible. Lo que no es óbice para que pueda ser de utilidad en muchos contextos. Por ejemplo, para determinar cuál es el funcionamiento del mercado que más conviene a la sociedad.

Este es precisamente el ámbito del derecho de competencia o, como le llaman los americanos, antitrust. El derecho de competencia asume que existe un funcionamiento óptimo para los mercados, y vigila que los agentes presentes en el mismo no hagan acciones que distorsionen tal operación. Por ejemplo, se encarga de vigilar las concentraciones entre empresas, pues en su paradigma de mercado ideal menos competidores es peor que más competidores.

No es el momento de discutir aquí qué paradigma de mercado ideal es el más adecuado para juzgar estas operaciones empresariales. Sobre eso hay mucho escrito, incluida alguna aportación de un servidor. Pero en lo que sí deberíamos estar de acuerdo es que es la teoría económica la que ha de informar dicha cuestión, y no una encuesta o un lanzamiento de dados.

Imaginen que queremos diseñar un avión. ¿A quién se le ocurriría hacerlo a votos? ¿Alguien se montaría en un avión que hubiera sido diseñado a base de preguntar a la población sobre los problemas técnicos confrontados?

Pues bien, esto mismo, no con un avión, sino con las operaciones de concentración, es lo que han hecho recientemente algunas autoridades administrativas. Me refiero, en primer lugar, a la encuesta que el gobierno de España hizo al respecto de la fusión BBVA – Banco de Sabadell. Como he tratado de explicar, si dicha operación será buena o no para la sociedad (en términos económicos, incrementará el bienestar social), es algo que solo se puede determinar desde la teoría económica, y no preguntando a los españoles qué opinan al respecto.

Aún así, no cabe esperar mucho más del gobierno social-comunista-nacionalista que tiene como rehén a los españoles. Es solo otra más en un cúmulo de decisiones políticas ideológicas, y al menos de esta no cabe esperar un apagón eléctrico.

Más preocupante resulta que la misma técnica de sondeo sea utilizada por la Dirección General de la Competencia (DGCOMP) de la Comisión Europea. Al fin y al cabo, estos funcionarios sí son supuestamente tecnócratas y no políticos. Y bien orgullosos que se muestran de su pureza científica a la hora de tomar decisiones de derecho de competencia, para ellos siempre sólidamente basadas en lo que ellos consideran ciencia.

Pues bien, estos señores, ante el clamor del sector empresarial europeo de que tienen que cambiar la forma de hacer las cosas, se han marcado una consulta pública sobre las directrices de fusiones horizontales (esto es, las que se producen entre dos empresas que compiten en el mismo sector, como es el ya citado caso de BBVA y Banco de Sabadell).

Se trata de un cuestionario extremadamente complejo, con muchos conceptos económicos que, sin embargo, se somete al común de los mortales como si fuéramos todos expertos en teoría económica. Además, la lectura del cuestionario revela que está preparado para sacar porcentajes de voto, resultados en que valdrá lo mismo la respuesta del premio Nobel Jean Tirole (si decide participar en la encuesta) que el mío (que no participaré), o que el de Cristiano Ronaldo (que supongo que tampoco).

Dejo aquí un par de preguntas de las decenas que componen la encuesta, para mostrar las inquietudes de la DGCOMP:

¿Cuáles deberían ser los indicadores estructurales y las características del mercado utilizados por la Comisión para evaluar la probabilidad de efectos contrarios a la competencia en fusiones horizontales? Explíquenos su opinión sobre el papel y nivel de la cuota de mercado y concentración, así como sobre otros indicadores estructurales o características del mercado que considere pertinentes.[1]

¿En qué circunstancias pueden las fusiones afectar negativamente a la capacidad e incentivos de la empresa fusionada para innovar (por ejemplo, fusión entre grandes innovadores, adquisición de un innovador, adquisición de un insumo crítico para que otras empresas innoven)?[2]

La lectura de ambas dos, de las más comprensibles que uno se topa en los documentos, revela con absoluta claridad que se han de responder científicamente desde la teoría económica, y no aleatoriamente a base de opiniones o feelings. Y, sin embargo, ahí quedan expuestas a las inclemencias de la opinión pública, sin ningún respeto por lo que tengan que decir los científicos que han dedicado carreras y vidas a conocer el tema.

Insisto: ¿alguien se montaría en un avión que hubiera sido diseñado por este método? Pues parece que nos van a obligar a todos a vivir en mercados optimizados con criterios que vengan de esta consulta.

Acabo de decir que estas consultas públicas o encuestas son una falta de respeto a la teoría económica. Pero no es verdad: en realidad, lo que revelan con absoluta claridad es el fondo que subyace en el derecho de competencia, una disciplina que se presume como técnica, sujeta a la teoría económica, pero que todos sabemos que es tan política como cualquier otra decisión gubernamental o administrativa.

En otras palabras, aunque las decisiones de antitrust se vendan como algo eminentemente técnico, en que teoría y evidencia empírica son las guías, realmente son decisiones políticas que se justifican con la pseudociencia económica que constituye el mainstream de la disciplina. Por ello, los supuestos “científicos” de la DGCOMP no tienen reparos en preguntar sobre el tema a la opinión pública.

El derecho de competencia solo pasará a ser técnico cuando se radique en una teoría económica sólida y válida, esto es, se libere de los paradigmas neoclásicos de competencia perfecta e ideas similares como el Structure-Conduct-Performance. Entretanto, a nadie extrañe que la DGCOMP pretenda analizar los fenómenos económicos a base de encuestas: ¿acaso no somos democracias? Pues que se decida todo a votos, pero también cómo diseñar aviones. Que seamos una democracia completa, no limitada por la ciencia.

Notas

[1] What should be the structural indicators / market features used by the Commission to assess the likelihood of anticompetitive effects in horizontal mergers? Please provide your view on the role and level of market share and concentration levels, as well as other structural indicators / market features you consider relevant.” Pregunta 3 del cuestionario B. Traducción propia

[2]In what circumstances can mergers negatively impact the ability and incentives of the merged company to innovate (e.g. a merger between strong innovators, acquisition of an innovator, acquisition of an input critical for other companies to innovate)?” Pregunta 3 del cuestionario C. Traducción propia

La economía a través del tiempo (XXVIII): los griegos y la indignidad del holgazán

Famosa es la frase de San Pablo que reza “el que no trabaje, que no coma” (2 Tes 3,10), una cita que se ha empleado para rebatir a aquellos que trataban de relacionar el cristianismo primitivo con una especie de idea escatológica extrema con un apocalipsis inminente. En ese caso, el apóstol deja claro que no hay que sentarse a esperar el fin, como si todo hubiera perdido sentido en este mundo, sino que es necesario trabajar y esforzarse, aquí y ahora. Además, esto también desmonta las interpretaciones liberales y marxistas que han querido presentar a los primeros cristianos como una especie de abolicionistas del trabajo. Con todo, la idea es común a varios periodos de la Antigüedad. En el caso que atañe a este apartado, los griegos primitivos ya consideraban la holgazanería como algo indigno y el trabajo como algo dignificador. Esto es algo que se ve de forma muy clara en Hesíodo (2006).

Es más, el trabajo humano se percibía como un elemento colaborativo, algo que diferenciaba del resto de animales. La “ley” que los dioses habían impuesto “a los peces, fieras y aves voladoras” era “comerse los unos a los otros, ya que no existe justicia entre ellos; a los hombres, en cambio, les dio la justicia, que es mucho mejor (Hesíodo, 2006, 78)”.

Esa justicia, propia de los humanos y que les aleja de aprovecharse unos de otros, tiene su base en una virtud: “El sudor que pusieron delante los dioses inmortales (Hesíodo, 2006, 79)”. Así, los griegos se centran en un consejo para ser justos:

Tú recuerda siempre nuestro encargo y trabaja (…) para que te aborrezca el Hambre y te quiera (…) Deméter (…) y llene de alimento tu cabaña; pues el hambre siempre acompaña al holgazán. Los dioses y los hombres se indignan contra el que vive sin hacer nada, semejante en carácter a los zánganos sin aguijón, que consumen el esfuerzo de las abejas comiendo sin trabajar. Pero tú preocúpate por disponer las faenas a su tiempo para que se te llenen los graneros con el sazonado sustento (Hesíodo, 2006, 80-81).

Es decir, Hesíodo (2006) pone el foco de forma insistente en la necesidad de trabajar y en su virtuosismo, afirmando que “si trabajas, te apreciarán mucho más los inmortales, y los mortales; pues aborrecen en gran manera a los holgazanes (81)” o que “el trabajo no es ninguna deshonra; la inactividad es una deshonra” (81).

Toda esta apología del trabajo no se hace con el único objetivo de animar al receptor de la época a seguir dicha virtud con rectitud, sino que también tiene un componente de reprimenda hacia los envidiosos. Lo deja claro el autor en las siguientes líneas, cuando pone de manifiesto lo siguiente: “Si trabajas pronto te tendrá envidia el indolente al hacerte rico. La valía y la estimación van unidas al dinero (Hesíodo, 2006, 81)”.

Es decir, con un soslayado insulto, el griego deja plasmada una crítica contundente a los que suelen practicar la envidia, y deja claro que la concepción social del rico, influida por este contravalor, es inversamente proporcional a su éxito. Palabras que se adaptan a numerosos contextos y que pueden relacionarse con los modernos defensores de la meritocracia y del esfuerzo como bases de la economía.

Hesíodo recalca que el trabajo tiene su recompensa y que es el origen de la riqueza. Y sentencia: “Una vergüenza denigrante embarga al necesitado, una vergüenza que hunde completamente a los hombres o les sirve de gran provecho, una vergüenza que va ligada a la miseria igual que la arrogancia al bienestar (Hesíodo, 2006, 81)”. En definitiva, para el autor, el trabajo hace dignos a los hombres, porque produce riqueza y calma las necesidades. La holgazanería, por contra, es la que causa el malestar y la escasez.

Bibliografía

Hesíodo (2006). Teogonía. Biblioteca Gredos

Serie La economía a través del tiempo

Historia económica (VII): las técnicas mercantiles, las áreas comerciales y la acumulación de capital

El mercantilismo, el cual ya se había implantado en potencias comerciales como los Países Bajos en el siglo XVII, no llegaría a España hasta el siglo XVIII. Por aquel momento, España contaba con una balanza comercial negativa, ya que exportaba materias primas e importaba productos manufacturados, pero esto, como ya sabemos todos (menos Trump) no tiene por qué ser negativo per se.

Con el descubrimiento del nuevo mundo, comenzó a llegar gran cantidad de oro y plata a Europa. Es difícil calcular la cantidad, pero se estima que, en torno a las 16.000 toneladas en el siglo XVI, 23.000 en el siglo XVII y 32.000 en el siglo XVIII. Se ha hablado mucho de la inflación generalizada de los precios debido a la llegada de la plata a Europa y, en concreto, a España. Pero si se estudia con detenimiento, el momento de mayor llegada de metales con las mayores subidas en los precios no coinciden tal como podríamos pensar. El profesor de la Universidad de las Hespérides, Daniel Fernández, explica el tema con una gran precisión en su último libro, Dinero.

En este momento comienzan a aparecer los pagarés y letras de cambio como métodos de pago. Las letras de cambio fueron muy útiles para los pagos y ferias internacionales. En la Corona de Aragón surgen las tablas de depósito, vinculadas a los concejos para comprar productos como el trigo. La función de las tablas de depósito era la custodia de joyas o dinero. Los juros se convertirán en la primera versión de deuda pública en la Corona de Castilla. Conocidos desde el siglo XIII, su colocación a cambio de dinero en efectivo no se iniciaría hasta el siglo XIV. Había tres clases de juros: vitalicios, perpetuos y al quitar, estos dos últimos idénticos en la práctica, puesto que nunca se amortizaban.

No se pueden entender las actividades comerciales sin las sociedades por acciones, e incluso avanzado el siglo XVII, en países como Inglaterra comienzan a surgir las compañías de comercio, que tenían una serie de ventajas fiscales, además de monopolios. Había varios tipos de compañías:

  • Por un lado, tenemos las compañías de tipo fraternas, que se comenzaron a popularizar en Venecia. Consistía en la administración común del patrimonio familiar y gestión de éste con fines comerciales por parte de la familia, también se le denomina compañía entre hermanos.
  • En las compañías propiamente dichas entran en juego las acciones. Cada socio invierte un capital durante un tiempo determinado, puede darse la circunstancia de que haya un administrador de alguno de los socios, por lo que recibía un salario a cambio.
  • La compañía comandita son sociedades que duran un tiempo determinado, dependen de un socio activo (comanditario), quien gestiona la compañía en nombre del resto de socios pasivos que sólo aportan capital. Adquieren importancia porque el socio inversor podía invertir capital sin caer en prácticas no morales, pues la usura era pecado y el comercio era considerado indigno en muchas ocasiones y momentos.

Por otro lado, también debemos hablar de las ferias y los mercados. Las ferias tenían mayor o menor importancia dependiendo de su tamaño. Teníamos ferias locales, regionales o ferias internacionales. A lo largo de los siglos XVI y XVII se desarrolló una serie de actividades industriales y comerciales muy significativas. Este tipo de actividades triunfaron mucho más en las áreas políticas donde había mayor libertad y menores cargas impositivas. Los mercados coloniales eran muy importantes en esa economía, y gracias a su existencia se logró la acumulación de capital necesaria para la industrialización.

Uno de los ejemplos de comercio colonial fue el triángulo atlántico, la conexión del viejo al nuevo mundo. De Europa se iba a África para comprar esclavos que luego serían vendidos en América, y de América nuevamente a Europa con metales preciosos y otras materias primas. Entre 1661 y 1710, Inglaterra exportó la mitad de los esclavos a América, Portugal el 28%, Francia el 15% y lo restante a otros países como Dinamarca, Holanda, etc.

La balanza comercial de Europa con Asia fue negativa para el viejo continente, las importancias en Asia superaron con creces los productos que exportaban los europeos. Entraron en juego dos productos esenciales que fueron el té y el café. Entre 1778 y 1800 representaban casi un 23% de las importaciones, el té se convirtió en la bebida nacional inglesa a partir del siglo XVIII, hasta hoy.

La edad moderna engendró la primera economía mundial. En el siglo XVI el centro de la economía mundial estaba representado por España, Portugal e Italia; sin embargo, en el siglo XVII ese centro pasó al noroeste de Europa, a países como Inglaterra, Países Bajos y parte de Francia. Esto forma parte del auge y caída de las grandes potencias, temática tratada de una manera brillante por Paul Kennedy.

Serie Historia económica