Ir al contenido principal

El anhelo de un Bukele en Colombia

Colombia está sumida en una crisis patente. Nada nuevo bajo el sol ahí. Económicamente, el último dato de crecimiento 0,6%, aunque no debería sorprender a nadie. Lo único que ha hecho el gobierno de Petro, hasta la fecha, es dejar clara su intención de asfixiar buena parte del esfuerzo privado por superar la pobreza, lo cual, junto con el efecto regresivo de medidas regulatorias que se tomaron durante el gobierno pasado, hace más palpable la sensación de desesperanza.

Por otro lado, la inmensa mayoría de los habitantes del país se siente a la merced de los criminales comunes -empresas criminales que desafían el monopolio de expropiación del mismo Estado, que cada vez crecen más en número y en coraje. Ello se puede entender, por un lado, por la incapacidad de los individuos de defenderse privadamente -al no haber servicios privados de seguridad efectivos y estar muy restringido el porte de armas; y, por otro lado, porque está terminando ser más atractivo, para cada vez más individuos, conseguir riqueza más arrebatándola que creándola. Ante este estado de cosas, los colombianos comienzan a mirar hacia los otros países, dentro de América Latina, donde se estén experimentando con estrategias nuevas para combatir uno o ambos problemas.

Colombia y la seguridad que no es

No creo que sean tan solo una impresión, sino más una realidad, que es solo una minoría la que se pregunta ¿quién será el Milei Colombiano? ¿Quién es capaz, con una alta comprensión de qué es el mercado, cómo funciona, cómo se le ofusca y cuáles son los efectos de hacerlo, y cómo se echa reversa con tales medidas para comenzar a prestarle atención en el momento que decida comenzar a hablar? Yo, sinceramente, y con pesar, creo que no hay un Milei colombiano -al menos no por ahora.

Para los colombianos, según creo, un personaje como Milei no es tan urgente, puesto que Colombia no es Argentina -aún. No creo que Javier Milei hubiera tenido el avance y la captación de atención tan alta de los individuos sin una inflación como la que ha tenido Argentina, casi que rayando en hiperinflación; ni tampoco sin un estancamiento económico tan generalizado como el que ha venido teniendo ese país desde hace décadas. En Colombia, me atrevo a decir, la preocupación más grande en la mente de los individuos es la de la seguridad. Mejor dicho, la falta de ella en las calles, al interior de las casas, en las ciudades, en las áreas rurales, en todas partes.

Restaurar la seguridad

Es bastante común, ante el aumento del crimen en las ciudades, que cualquier porte de cualquier tipo de bienes, celulares, relojes, etc., está asociado una relativamente alta probabilidad de expropiación privada. El avance de diferentes grupos subversivos también promete en el futuro cercano mayor cantidad de desplazamiento forzoso. Creo que ante esto la pregunta que se hacen los individuos, no siendo quién será el Milei colombiano, es acerca de quién será capaz de utilizar al Estado de la manera más efectiva posible para limitar y reducir la violencia privada en Colombia.

Lo que la gente se pregunta en las calles es quien será el deux ex machina, que a última hora y con trompetero triunfo, llegará a restaurar la tranquilidad de poder volver a recorrer las carreteras sin miedo a ser secuestrado; o de salir a caminar sin ser atracado. Ante esto, la gente se pregunta ¿quién será el Bukele colombiano?

El Salvador de Bukele

Nayib Bukele, presidente de El Salvador desde 2019. Lo conocemos por su estilo carismático, su enfoque juvenil en las redes sociales y su imagen de líder joven y moderno. Antes de su presidencia, fue alcalde de la ciudad de San Salvador, donde implementó programas de seguridad y desarrollo urbano. Bukele, a todas luces un populista, ha generado controversia por sus acciones, incluyendo enfrentamientos con el poder judicial y el uso de la fuerza militar para abordar la criminalidad.

Después de un año de estado de emergencia, durante el cual el Estado tiene la facultad de restringir los derechos de asociación, intervenir en las comunicaciones telefónicas y detener a sospechosos durante largos períodos sin presentar cargos, la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes ha experimentado una drástica disminución, pasando de 35.8 en 2019 a 7.8 en 2022. Y sin extrañarnos mucho, durante este mismo período, la cantidad de personas encarceladas ha aumentado significativamente, pasando de 39,646 en 2018 a 97,525 en 2022.

Reducción de los homicidios en un 78%

Esa reducción de los homicidios en una nada despreciable tasa de ca. 78% ha sido el resultado de un ambicioso plan por parte de Bukele, habiéndolo puesto en marcha casi inmediatamente desde que llegó al poder. La clave ha sido la movilización de recursos. En las primeras etapas, el plan de seguridad de Bukele logró obtener suficiente apoyo para movilizar los recursos necesarios, mediante prácticas cada vez más autoritarias. Por ejemplo, desde las elecciones legislativas de 2021, Bukele ha asegurado el control de al menos 64 de los 84 escaños de la Asamblea Legislativa, lo que le ha permitido aumentar considerablemente el gasto en seguridad sin encontrar mucha resistencia. Además, Bukele tiene influencia sobre la Corte Suprema de Justicia, lo que le ha permitido, al menos temporalmente, evitar posibles acusaciones relacionadas con la implementación de su plan de seguridad.

Específicamente, la administración de Bukele ha aumentado el gasto en seguridad pública y defensa nacional de un promedio anual de 573,136,399 dólares durante el gobierno de Salvador Sánchez Cerén, a 838,450,000 dólares, lo que representa un aumento del 46.39%. Este incremento es aún mayor si se tiene en cuenta el despliegue reciente de las fuerzas armadas en tareas de seguridad pública.

Lo que se espera de un Estado: producción de seguridad

Que un Estado, como El Salvador traslade, a los males, el consumo privado al consumo de factores de producción para la producción de defensa en sus manos, y que con ello disminuya lo que se conoce como crimen común, no debe ser una sorpresa.

La seguridad es uno de los monopolios más caros del Estado y no lo es de manera gratuita. Es más, al Estado lo podemos concebir como el monopolio de la violencia -una definición ampliamente aceptada dentro del libertarismo. No es más que eso el Estado: un grupo minoritario de individuos que, por medio del monopolio de la fuerza que ha ganado, extrae riqueza de la mayoría de los individuos que componen la sociedad, contando, como mínimo, con la aceptación pasiva y resignada de esta mayoría.

Con la única excepción, quizás, de la creación de los EE. UU., ningún Estado fue creado para producir bienes públicos, para controlar externalidades o para subsidiar agonizantes bailes populares que claman por morir. A pesar de todas las teorías que justifican la existencia del Estado como condición de producción de ciertos beneficios a los ciudadanos, ningún Estado se ha creado para producir tales beneficios. Por el contrario, el Estado fue creado como medio de gobierno sobre los individuos, posibilitando la extracción forzosa de recursos de sus bolsillos.

¿Una realidad hobbesiana?

En el desorden descrito por Hobbes, donde el derecho natural de los hombres es de controlar todo aquello que deseen, la vida se convierte en una guerra de todos contra todos, desagradable, brutal y breve. Los fuertes dominan a los débiles, arrebatándoles todo lo que tienen las víctimas, pero los propios fuertes no prosperan en la anarquía hobbesiana porque hay poco que tomar. Nadie produce cuando el producto seguramente será arrebatado de ellos. Incluso bajo condiciones más ordenadas que la escena hobbesiana, la depredación tiene un beneficio limitado porque las personas que han acumulado activos resisten por la fuerza a quienes intentan saquearlos, y las batallas resultantes consumen los recursos tanto de los depredadores como de las víctimas.

La bandolería desorganizada produce una situación en la que nadie prospera porque nadie tiene incentivo para ser productivo. Si los depredadores pueden organizarse, pueden evolucionar hacia pequeñas mafias que puedan ofrecer cierta protección a sus clientes. Esta evolución creará una sociedad más productiva, con más ingresos tanto para los depredadores como para sus presas, pero las mafias tendrán que limitar su toma para que este resultado se produzca. Si la mafia puede asegurar a sus clientes que, a cambio de un pago, estarán protegidos de otros depredadores y se les permitirá conservar una parte sustancial de lo que producen, la producción aumentará y los ingresos de todos podrán aumentar. Sin embargo, las pérdidas debido a las rivalidades entre mafias seguirán siendo soportadas, ya que las mafias competidoras tienen incentivos para saquear a individuos que no contratan con ellas.

Al Estado por la mafia

Si las mafias se organizan aún mejor, pueden establecerse como un Estado. Los depredadores tienen todo el incentivo para pasar de operar como bandidos a operar como Estados, porque los bandidos no pueden garantizarse a sí mismos un flujo de ingresos a largo plazo proveniente de la depredación y porque si la bandolería es desenfrenada, las personas tienen poco incentivo para producir riqueza. Los Estados intentan convencer a los individuos de que limitarán su toma y que protegerán a sus ciudadanos para proporcionar un incentivo a esos ciudadanos para producir. Los Estados reciben más ingresos que los bandidos porque aquellos pueden permanecer en un lugar y recibir un flujo constante de ingresos en lugar de arrebatar una vez y luego marcharse. En tal situación, los individuos también ganan- de alguna manera.

En resumen, el monopolio que tiene el Estado sobre la producción de seguridad es tan solo el resultado de un proceso mediante el cual, la banda criminal del Estado se ha hecho de suficientes medios para proteger a sus súbditos de la competencia en la expropiación de otras bandas criminales, disminuyendo la probabilidad de que los ingresos por este medio disminuyan en el futuro. El monopolio que tiene el Estado sobre la producción de seguridad está diseñado para disminuir las unidades marginales de crimen, para que solo haya un solo crimen sistemático, con un solo oferente.

El Salvador: la certeza de una menor libertad

Así, siendo la vocación del Estado, y de quién esté a su mando, la de aumentar la seguridad estatal para eliminar la competencia en el expolio de riqueza creada por la mayoría, Nayib Bukele ha hecho honor al papel -recreándolo con estelar carisma. No siendo ajeno a lo atractivo de aumentar impuestos -con la excepción de cortarlos a innovaciones tecnológicas, lo cual seguramente tendrá que ver con aplicaciones de iPhone y demás- el ingreso corriente tributario con Bukele ha pasado de ser el 18,1% del PIB al 19,4% en el 2021 (siendo el de Colombia al 2021 un 14,4%).

El papel creciente de la intervención del Estado de El Salvador, sobre todo halado por el incremento en el gasto público dedicado a la producción de seguridad -con lo cual, lógicamente, con más afán pagan los individuos sus impuestos- se ve reflejando en la disminución de su libertad económica. Así, en el último índice de libertad económica de Heritage Foundation, Bukele “el salvador” ha logrado disminuir el puntaje del país de 61,8 a 56 (siendo el de Suiza, que se tiene por más libre, un 83.8; y Colombia, 63,1).

¿Quién será el Bukele colombiano en las próximas elecciones?

Ante todo, nos resta, entonces, contemplar la pregunta que se está haciendo hoy en día en las calles de las ciudades colombianas, así como esporádicamente en ciertos medios de comunicación. ¿Quién, si alguien, será el Bukele colombiano?

Veamos.

En un país como Colombia, donde todos los partidos políticos tienen al Estado como la única posible fuente de orden y prosperidad económica. Donde la noción de la superioridad ética y moral de la economía de mercado se descarta como un mal chiste. Donde la única estrategia política se reduce a colmar de combustible -ojalá verde- a la furiosa locomotora estatal. Y donde lo que pasa por oposición propone cosas que los socialistas en Alemania tiene por norma en sus plataformas programáticas. En Colombia, el partido de gobierno no escatima esfuerzo para mostrar su odio más latente hacia la libertad individual

¿Quién será el próximo enamorado del poder, que lo único que buscará será cimentarlo más y más, contribuyendo a la tendencia natural del Estado de unificarlo cada vez más en una sola persona, asfixiando aún más la iniciativa privada del proceso de mercado? Cualquiera. Cualquiera quiere ser Bukele. Todos sueñan con ese papel. Tiremos una piedra y con seguridad que veremos como alza la mano con un hilo de sangre en su frente.

La pregunta, entonces, se reduce no aquella, sino a quién será capaz de pintarse el pelo de negro jet y de organizar un concurso internacional de belleza. Y ahí es donde encontramos a los de siempre, amigos de la misma hipocresía, que van desde Álvaro Uribe, hasta Gustavo Petro: amigos en la esencial animadversión por la libertad y el enamoramiento quinceañero por el poder estatal.

Cómo los derechos autoinventados socavan el bien común

Por David Lewis Schaefer. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

El 22 de diciembre, mientras el aeropuerto neoyorquino de LaGuardia se llenaba de viajeros navideños, Tommy Dorfman, un actor que interpretó a un hombre gay en la serie de Netflix Thirteen Reasons Why, pero que luego “salió del armario” como mujer transgénero en 2021, retuvo la línea de Delta mientras “denunciaba” a un empleado del avión por haberse referido a ella intencionadamente con un género erróneo.

El empleado lo hizo, según Dorfman (una “activista transgénero”), al referirse a Dorfman con un pronombre masculino (aunque el empleado se refirió a Dorfman dos veces con pronombres femeninos). Aunque el empleado confundido negó haber cometido el “error” intencionadamente, tuvo que llamar a la policía del aeropuerto para hablar con Dorfman y poner fin al incidente. Sin embargo, los responsables de Delta prometieron investigar el incidente, después de ver el vídeo de TikTok que Dorfman hizo del mismo.

Yo me invento un derecho, tú te adaptas a él

El enfrentamiento de Dorfman con el empleado de Delta ejemplifica el problema que Philip K. Howard aborda en Everyday Freedom: la disposición de muchos estadounidenses a insistir en que los demás respeten sus “derechos” (a menudo autoinventados), de un modo que socava la capacidad de nuestras instituciones, públicas y privadas, para atender las necesidades del país. Empresas como Delta tienen que hacer todo lo posible por no ofender a nadie, para no arriesgarse no sólo a enemistarse con algún bloque de clientes, sino también a las declaren responsables de importantes daños legales.

Según Howard, la adopción de una lista cada vez mayor de normas gubernamentales y corporativas para evitar tales riesgos socava la iniciativa individual. Y el hábito de considerar a cualquier persona con la que uno tenga que tratar profesionalmente (compañeros de trabajo, empleados, jefes, estudiantes, clientes) como un acusador potencial socava el sentido de confianza social que científicos sociales como Edward Banfield y Francis Fukuyama han demostrado que es la condición previa de una política sana.

De nuevo el legado de los años 60′

Howard trabaja como abogado y es presidente de Common Good, una organización no partidista que tiene como objetivo “es sustituir la burocracia por la responsabilidad humana”. Es autor de seis libros anteriores dirigidos a ese objetivo, el más conocido de los cuales es el primero, The Death of Common Sense. Pero mientras que las obras anteriores de Howard estaban dirigidas a promover “estructuras simplificadas que permitan al gobierno cumplir su objetivo sin ahogar la libertad de los estadounidenses”, su volumen más reciente, breve pero poderoso, se centra en lo que ahora considera “el mayor peligro”, que “no es un gobierno ineficaz, sino la corrosión de la cultura estadounidense”.

Howard atribuye lo que considera la “alienación” de los estadounidenses respecto a su país -su “dejar de creer” en él- a la aparición del régimen de “no discriminación” (término mío, no suyo) a partir de los años sesenta, que remodeló las “instituciones sociales y jurídicas […] del país para tratar de eliminar las decisiones injustas de las personas en puestos de responsabilidad”.

El peligro de esclavizar a los hombres en los pequeños detalles

Las estructuras legales resultantes “reflejaban una profunda desconfianza en la autoridad humana, incluso en sus formas más benignas”, como “la autoridad de un profesor en el aula, o el juicio de un directivo sobre quién está haciendo el trabajo, o la autoridad de un rector de universidad para hacer cumplir las normas del discurso civil”. El resultado, como se documenta en los libros anteriores de Howard, fue la sustitución de la responsabilidad individual por el mero “seguir las normas”, junto con la “represión” de la “espontaneidad” en el lugar de trabajo y la “libertad de expresión en el campus”.

Howard es un Tocquevilleano. Cita astutamente la observación de Tocqueville de que “es especialmente peligroso esclavizar a los hombres en los detalles menores de la vida” mediante una supervisión centralizada y burocrática. La represión -todo en nombre del espíritu de igualdad y eficiencia- “enerva” el carácter de los hombres, hasta el punto de que difícilmente están capacitados para ejercer su juicio y voluntad en asuntos de mayor trascendencia política.

Al igual que el politólogo de Harvard Robert Putnam (autor de Bowling Alone), comparte la admiración de Tocqueville por la descentralización administrativa que observó en la vida estadounidense cuando la visitó en 1831-32, junto con nuestra práctica del “arte de la asociación”, mediante la cual los estadounidenses se organizaban en grupos cívicos, benéficos y religiosos voluntarios. En Estados Unidos, observó Tocqueville, los ciudadanos emprendían por su cuenta proyectos públicos que en Francia se habrían dejado en manos del gobierno central. Howard añade la preocupación de que la pérdida de respeto de los estadounidenses actuales por las instituciones rígidas y autoritarias haya conducido a un aumento del egoísmo (o lo que Tocqueville llamaba, en sentido negativo, “individualismo”).

El 78% de los profesores, acusados

Puesto que, como enseñaba John Locke, el objetivo de un sistema jurídico bien construido es ampliar y proteger la libertad (legítima) de las personas, no reducirla, los legisladores tienen que sopesar los beneficios de determinadas políticas y proyectos frente al riesgo de que un pequeño número de personas puedan verse perjudicadas en menor medida. Por ejemplo, cuando la capacidad de las escuelas para disciplinar a los alumnos que se portan mal se ve obstaculizada por la amenaza de demandas judiciales, el resultado es que el derecho de la gran mayoría de los alumnos a aprender se ve obstruido por las continuas interrupciones. Una encuesta de Public Agenda que cita Howard reveló que el 78% de los profesores declararon haber sido acusados por alumnos por haber violado sus “derechos”.

Pasando al otro lado, las rígidas normas impuestas por los sindicatos de empleados públicos (el tema del libro anterior de Howard, Not Accountable) han hecho prácticamente imposible despedir a trabajadores incompetentes o desmotivados por cualquier cosa que no sea un delito violento. Peor aún, y no infrecuentes, son casos como el que cita Howard en el que los trabajadores sociales no pueden rescatar a niños pequeños en peligro de las casas de padres drogadictos debido a los límites legales.

Revolución de los “derechos” de los años 60′

Otra de las recomendaciones dignas de mención de Howard para la reforma institucional es el establecimiento de límites razonables al papel de los jurados en los juicios civiles, como recomendaron juristas eruditos como Oliver Wendell Holmes y Benjamin Cardozo. Aunque la Séptima Enmienda garantiza los juicios con jurado en casos civiles, estos jueces argumentaban que la función de un jurado es decidir cuestiones de hecho (como la veracidad de un testigo o quién se saltó un semáforo en rojo) y no normas de conducta (como la negligencia).

La revolución de los derechos en la década de 1960, observa Howard, dio lugar a un “frenesí de alimentación” para los abogados litigantes, generando no sólo acuerdos absurdamente elevados y reclamaciones exageradas de “dolor y sufrimiento”, sino también precauciones idiotas que las empresas deben tomar ahora. A menudo, como en la mayoría de los casos de responsabilidad por amianto, los fabricantes llegan a un acuerdo a pesar de la ausencia de pruebas del daño. También está el caso del demandante que reclamó 54 millones de dólares a una tintorería por la pérdida de un par de pantalones. (Aunque la tintorería ganó el caso, los costes del litigio la obligaron a cerrar una de sus dos tiendas).

Distinguir entre derechos negativos y positivos

Sin embargo, tengo tres interrogantes o correcciones sobre el argumento de Howard. En primer lugar, al objetar la afirmación del “filósofo” de Harvard John Rawls de que los derechos individuales no deben estar “sujetos al cálculo de los intereses sociales”, Howard no distingue entre la clase limitada de derechos naturales (los “negativos”) que los Fundadores hicieron del propio propósito de nuestro gobierno garantizar, junto con la legislación auxiliar (como la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Derecho de Voto de 1965) diseñada para hacer efectivos esos derechos, y “derechos” ilimitados inventados por jueces, políticos y académicos (como el derecho a vacaciones pagadas autorizado por la Declaración de Derechos Humanos de las Naciones Unidas) que, cuando no carecen simplemente de sentido, permiten a minorías interesadas socavar la voluntad del pueblo, expresada por sus representantes electos.

En segundo lugar, al tener cierta experiencia en el sector educativo, creo que Howard se equivoca al aceptar la frase de que “evaluar a los profesores en función de los resultados de los exámenes transforma las escuelas en cobertizos de instrucción, sin alegría ni curiosidad”. Me temo que desconoce los abusos y negligencias que los profesores titulares de las escuelas públicas, cuyo trabajo no se evalúa de esta manera, han perpetrado con frecuencia contra sus alumnos. Aunque los exámenes estandarizados tienen sus limitaciones, no impiden que los profesores motivados incluyan en sus clases material propio, innovador y estimulante.

Las decisiones de los funcionarios

Por último, el problema de la revolución de los derechos no es que impida a los funcionarios públicos hacer “juicios de valor”, como sostiene Howard. De hecho, es necesario que realicen análisis de costes y beneficios con más frecuencia de lo que lo hacen, para que los proyectos públicos y privados necesarios no se vean bloqueados por una minoría de activistas incapaces de ganar en las urnas y que, en cambio, utilizan el poder judicial para salirse con la suya. Pero eso no es lo que normalmente se entiende por un juicio de valor (esto es bueno, aquello es malo). Para ser más claro, Howard debería haber insistido en que las evaluaciones de los funcionarios deben basarse en hechos.

Pero dejando a un lado estas reservas, Libertades cotidianas es un libro excelente y bien pensado que recomiendo a todos los ciudadanos con bien intencionados. Es un valioso complemento a la amplia obra de Philip Howard en favor del bien público.

Ver también

¿Pueden colisionar los derechos? (Walter Block).

La entelequia de los derechos colectivos. (Irune Ariño).

Declaración universal de los derechos de los políticos. (José Carlos Rodríguez).

Javier Gerardo Milei, Premio Instituto Juan de Mariana 2024

Para el Instituto Juan de Mariana es un honor anunciar que el galardonado con el “Premio Instituto Juan de Mariana 2024 a una defensa ejemplar de las ideas de la libertad” es Javier Gerardo Milei.

El acto de entrega tendrá lugar el próximo 21 de junio durante la Cena de la Libertad del Instituto Juan de Mariana, que se celebrará en el Casino de Madrid.

El director del Instituto, Manuel Llamas, destaca que “Javier Milei ha hecho historia al convertirse en el primer Presidente libertario de la historia, pero, sobre todo, al lograr difundir con éxito y eficacia las ideas de la libertad en un país arruinado por el socialismo durante décadas, además de contribuir enormemente a la divulgación del liberalismo a nivel internacional”.

El Premio Juan de Mariana ha recaído en ediciones pasadas en Luis Reig Albiol (2007), Manuel Ayau Cordón (2008), Anthony de Jasay (2009), Carlos Alberto Montaner (2010), Giancarlo Ibargüen (2011), Mario Vargas Llosa (2012), Carlos Rodríguez Braun (2013), Pedro Schwartz (2014), Robert Higgs (2015), Jesús Huerta de Soto (2016), Alberto Benegas Lynch (h) (2017), Alejandro Chafuen (2018), Antonio Escohotado (2019), Federico Jiménez Losantos (2020), Dalmacio Negro Pavón (2022) y Miguel Anxo Bastos Boubeta (2023).

Javier Milei, el presidente libertario

Javier Milei, economista, académico, se ha convertido en el presidente de la República Argentina. Desde la Casa Rosada, y en unas condiciones muy difíciles, el presidente Milei está haciendo todos los esfuerzos para darle la vuelta al modelo argentino de pobreza. Con el recuerdo de la Argentina liberal que asombró al mundo, pero también sobre la base de una concepción correcta de la teoría económica y una filosofía libertaria, Javier Milei quiere llevar a su país por el camino de la libertad. Un camino que Argentina había abandonado.

Milei no ha llegado a esa posición por casualidad. Se licenció en Economía con las máximas calificaciones. Ha ejercido como profesor en varias universidades, tanto en Argentina como en otros países. Y ha impartido materias como Macroeconomía, Teoría Monetaria, Teoría Financiera y Matemáticas aplicadas a la economía.

Ha combinado su labor académica con una destacada trayectoria en el ámbito privado. Ha trabajado como economista sénior en HSBC y economista jefe en Máxima AFJF, y en instituciones privadas como la Corporación América de Eduardo Eurnekián, entre otras. También ha trabajado como asesor económico del Estado. Y ha colaborado con la Cámara de Comercio Internacional y el Foro Económico Mundial.

Desde 2010 ha combinado sus actividades con una labor periodística en varios medios de comunicación, que han hecho de él una figura nacional, que finalmente le han catapultado a la política.

Es autor de numerosas obras de carácter académico y divulgativo, entre las que cabe destacar Lecturas de economía en tiempos del Kirchnerismo (2014), Desenmascarando la mentira keynesiana (2018), o Pandenomics: la economía que viene en tiempos de megarrecesión, inflación y crisis global (2020).

Sus contribuciones al pensamiento económico las reconoció el Instituto Universitario ESEADE el año 2022 cuando le concedió el doctorado honoris causa. El encargado de hacerle entrega del título no fue otro que Alberto Benegas Lynch, premio Instituto Juan de Mariana a una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad 2017.

Desde la academia, los medios de comunicación y, ahora, la política, Javier Milei se ha convertido en uno de los principales defensores de una sociedad libre. Prueba de ello fue su discurso en el Foro Internacional de Davos, en enero de este año. En el mismo expresó sus ideas sobre las contribuciones de la ciencia económica y sus límites. Explicó cómo el socialismo es capaz de arruinar un país siempre asociado a la riqueza, como es el suyo. Y elogió la labor de los empresarios, auténticos héroes que contribuyen al progreso de las sociedades.

Por todo ello, el Instituto Juan de Mariana le concede este año su mayor galardón.

La Semana de la Libertad

El Premio Juan de Mariana se entrega durante la Cena de la Libertad, acto que se engloba en la Semana de la Libertad que celebra el Instituto. El resto de actividades de dicha Semana están centradas en el campo del conocimiento, la divulgación y el activismo por la libertad, tales como el Congreso de Economía Austriaca o Liberacción, la feria del libro liberal.

Información sobre la Cena de la Libertad

Lugar: Casino de Madrid, calle de Alcalá, 15, Madrid

Horario: 20:30 horas

Dress code: Hombres traje y corbata y mujeres vestido de cóctel

El socialismo es la socialización forzosa

En su discurso en el Foro de Davos, Milei hizo una crítica pertinente y bien elaborada al socialismo y al colectivismo. Sin embargo, este tipo de críticas siempre suscita un viejo debate: ¿qué es el socialismo? Este debate revuelve las emociones de liberales y socialistas. Por lo tanto, presentaré algunas reflexiones sobre el mismo que considero que pueden ayudar a esclarecer el tema:

¿Qué es lo característico del socialismo?

Lo característico del socialismo es la socialización forzosa. Los seres humanos podemos tomar decisiones individualmente o emplear algún mecanismo de acuerdo para tomar decisiones grupales. Por ejemplo, podemos elegir nuestras parejas individualmente o esperar que uno o varios terceros nos asignen una pareja. O podemos administrar nuestro dinero, o socializar la administración de ese dinero para administrarlo bajo el criterio del grupo o del líder. La socialización de nuestros gastos y riesgos puede ser voluntaria, como al contratar un seguro médico en el cual decidimos compartir los gastos médicos con otros. O puede ser forzosa como la sanidad pública en donde se nos obliga a compartir nuestro gasto médico con el resto de la población

La socialización voluntaria, por más extendida que pueda ser, no sería socialismo. Por lo tanto, a pesar de no ser algo muy común, las personas que voluntariamente decidan vivir en comunidades donde compartan sus propiedades y sometan sus decisiones personales al grupo no viven en socialismo. Esto, a pesar de que la socialización excesiva o extendida de las decisiones tiene efectos negativos en la función empresarial. Porque a pesar de que un grupo pueda coordinarse para participar en el mercado, los incentivos empresariales son de peor calidad en las acciones grupales que en las individuales.

La socialización forzosa es un medio

Pero la socialización forzosa no es un fin, es un medio. Ahí yace la diferencia con el libertarismo. El libertario puede querer el fin de las clases sociales, pero no considera que el uso de la fuerza o violencia sea la vía. Los distintos socialismos a lo largo de la historia han buscado alcanzar alguna nueva condición humana como el fin de la desigualdad o las clases sociales. Y han considerado necesario pasar por encima de las preferencias individuales para hacerlo. Por lo tanto, siempre han requerido alguna forma de socialización forzosa. Si el fin es acabar con la desigualdad económica, han enfocado la socialización forzosa en el aparato productivo. Pero si el fin es acabar con la desigualdad por apariencia física, socializarían forzosamente la elección de parejas.

El hecho de que el socialismo siempre tenga consecuencias económicas no implica que siempre deba estar económicamente motivado. Supongamos que por medios políticos se socializa forzosamente la vestimenta y todos deben vestir con los mismos colores y llevar el mismo peinado. Esta medida socialista acabaría con la desigualdad de apariencias. Daría orden y homogeneidad y tendría claras consecuencias económicas. No habría función empresarial en el sector de la vestimenta y la estética personal. Pero la política no estuvo motivada por lo económico, sino por lo moral o estético.

Es evidente que el socialismo no ha terminado y que no hemos conocido todos los tipos de socialismo posibles. Lamentablemente, quedan aún muchas nuevas razones, justificaciones y formas de socializar forzosamente las acciones y decisiones humanas.

La diversidad del socialismo

El socialismo no es solamente Marxismo o Leninismo. Curiosamente, este es un error que cometen los socialistas cuando les conviene. Cuando se implementa un socialismo «a medias» en el que no se estatizan el 100% de los medios de producción y se mantienen algunos negocios bajo gestión privada, entonces, «no es verdadero socialismo». Y dicha afirmación es incorrecta, no se trata de verdaderos socialismos, se trata de modelos socialistas que compiten. No cabe duda de que en sus debates internos la izquierda reconoce abiertamente que el socialismo es extenso y diverso, pero de cara a los liberales o conservadores, defienden que existe un verdadero y falso socialismo.

Además, se puede ser verdaderamente socialista, pero ser menos socialista que otros. Cualquier modelo político que implique alguna forma de “socialización forzosa” es hasta cierto punto un modelo socialista, del mismo modo que cualquier modelo que permita la existencia de capital en manos privadas y la libertad de decidir sobre su uso es hasta cierto punto un modelo capitalista. Por lo tanto, es correcto decir que se es más o menos socialista o capitalista, ambos modelos están enfrentados, pero si se centran en aspectos diferentes de la vida humana pueden coexistir. Lo que ocurre generalmente es que hay ámbitos como la educación que son muy socialistas en todo el mundo y ámbitos como la vestimenta que son muy capitalistas.

El enemigo del liberalismo

Algunos liberales intentamos que en la definición de socialismo este contemplado todos los posibles enemigos que podamos tener. De allí la idea de que existen socialistas en todos los partidos o de que el concepto de socialismo debe abarcar tanto al intervencionismo o las políticas redistributivas como el aspecto regulatorio o las políticas de control social. Los liberales no queremos empresas públicas, pero tampoco queremos empresas privadas altamente reguladas que tengan una libertad de acción mínima.  

Por lo tanto, muchas veces buscamos definir socialismo de manera tal que abarque ambas cosas. Esto molesta a muchos socialistas que buscan demostrar que no quieren que le achaquen los fallos producto de la hiperregulación del mercado porque su ideal sería la ausencia total de mercado. No obstante, la regulación estatal que existe actualmente en el mundo emplea la socialización forzosa, por lo tanto, es socialista.

La deseconomización del socialismo

Por ejemplo, la prohibición de las drogas por parte del Estado es socialista, no porque se justifique bajo el concepto de salud pública o porque restringa el libre mercado de las drogas y, por tanto, la función empresarial, sino porque se impone a todas las personas sin excepción y la medida responde a los criterios de la mayoría o del gobierno. Esto implica que nadie puede drogarse, aunque se haga responsable de ello. Igualmente, si en una discoteca en particular se prohíben las drogas, la misma prohibición no es socialista porque es una decisión del dueño de la discoteca sobre su propiedad, que afecta a otros, pero que no se impone sobre terceros no involucrados, por ejemplo, otras discotecas que si acepten drogas.  

El socialismo ha tendido a deseconomizarse y a centrarse más en los ámbitos político, personal y de la vida privada. Pero el problema no radica en sus fines, que, aunque no sean deseables, pueden ser aceptables si se persiguen con los medios adecuados. El socialismo se define por sus medios, algo que sólo podemos ver desde el libertarismo, porque los socialistas han aceptado y normalizado absolutamente sus medios violentos y son incapaces de cuestionarlos.

Ver también

Sobre economía y socialismo. (Fernando González San Francisco).

Estructuras de vida social y teoría económica. (Fernando Herrera).

Juan de Mariana y Francisco Suárez

Las obras de Juan de Mariana y de Francisco Suárez, entre 1610 y 1614, fueron igualmente quemadas en París, Londres y otros sitos, pero hubo diferencias entre ellos. Diferencias apreciables entre la Defensa Fidei de Suárez, en relación con De rege ets regis institutione de Mariana, que no se debieron sólo a determinadas estrategias, o a “tacticismos”, propios de la coyuntura histórica de la época, como muchas veces se ha dicho.

El pensamiento político de Juan de Mariana (1536-1624) se ajusta al comúnmente compartido entre los autores de la Escuela Española clásica, también denominada Escuela de Salamanca, cuyo máximo exponente fue el igualmente jesuita Francisco Suárez (1548-1617). Pero el pensamiento de Mariana ofrece características que le distinguen de otros de sus coetáneos y que, aunque no lleguen a contraponerlo con ellos, le apartan de las líneas generales definidas por Vitoria (1483-1546) o Suárez en la neo-escolástica.

Historia y agustinismo político

Una de esas peculiaridades es que, pese a su doctorado en teología, Mariana fue uno de los pocos clásicos españoles que llegó a la teoría política a través de la historia y no sólo desde la teología. En su pensamiento destaca el influjo del erasmismo de Luis Vives (1492-1540) y del pensamiento político italiano, recibidos en sus primeros estudios alcalaínos. Y también por el recibido directamente en Italia de Maquiavelo (1469-1527), aunque fuese contrario a éste, y de Guicciardini (1483-1640), que también combinaron historia y teoría política. No fueron las únicas. Cicerón (106-43 a. C.), Tito Livio (59 a.C.-17 d.C), Tácito (55-120) y los estoicos son citados por Mariana en su obra.

Mas la principal influencia recibida por Mariana procede de la escolástica, de San Agustín (354-430) y de Santo Tomás (1224-1274), así como de las precisiones de Duns Escoto (1266-1308) a Santo Tomás. Un agustinismo recibido también desde el erasmismo de Juan Luis Vives, al que se ha hecho referencia, y del Renacimiento que, en general, tuvo una mayor inspiración platónica.

Tiranicidio

La defensa del tiranicidio de Mariana destaca por su contundencia. Los escolásticos y neo-escolásticos admitían con ciertas reservas el tiranicidio en el caso de “usurpadores”, dentro de una resistencia a la usurpación que podía llegar al derrocamiento y hasta al tiranicidio. Pero, en caso de que el Príncipe legítimo deviniera tirano al abusar de su poder, se debía apelar más a medios pacíficos para disuadirle y la resistencia debía organizarse mediante acuerdos de los representantes legítimos del pueblo.

En tal supuesto de Príncipe legítimo que deviniese tirano, había que diferenciar también el caso de una tiranía “moderada”, del de una “grave”. Sólo en este último caso había consenso general sobre el tiranicidio. Así pensaban la mayor parte de los neo-escolásticos y monarcómacos (partidarios de la monarquía limitada) calvinistas y católicos. 

Luteranismo: el derecho divino del Rey

De otra parte, luteranos y anglicanos nunca consideraron la tiranía un problema, pues sostenían que el rey gobernaba por derecho divino, ya que el poder lo recibía directamente de Dios. Por eso, y por influjo de Okham (1285-1347), con las salvedades apuntadas en los calvinistas, para los protestantes, la desobediencia y la resistencia a un gobernante, incluso despótico, era igualmente y a la vez delito y pecado, pues no sólo era el gobernante, sino también el ungido por Dios. Salvo que el monarca fuese católico.

Mariana dio un giro revolucionario a las concepciones previas y contemporáneas de la tiranía y del tiranicidio. Mariana fue más lejos que sus coetáneos al admitir el tiranicidio, tanto en el caso de usurpadores, para el que no oponía apenas limitaciones, como para el caso del gobernante legítimo convertido en tirano, siempre que se hubiesen agotado los medios pacíficos para su enmienda. Con una única reserva: la calificación de tirano no podía quedar al libre arbitrio del particular que cometiese el tiranicidio, sino que debía venir de una declaración colectiva de los representantes del pueblo o, si ya no fuesen posibles las reuniones públicas por el despotismo, sería suficiente con que la tiranía fuera notoria.   

El poder se basa en el consentimiento

La teoría de Mariana del tiranicidio se funda en su concepción democrática de la titularidad del poder, común a los escolásticos, pero formulada de modo más radical que en ningún otro hasta él. Su fundamento, más que contractualista es histórico. En el capítulo I de su De Rege et Regis Institutione sostuvo que la sociedad civil surgió de un indefinido estado de naturaleza primitivo, inmediatamente posterior a la caída, caracterizado por la precariedad. La debilidad de los hombres de ese estadio elemental de civilización, además de su sociabilidad natural, les empujaron a constituirse en sociedad y someterse a un poder que instaurase la paz y la justicia. La legitimidad del poder se basa, pues, en el consentimiento de los ciudadanos. Por eso Mariana, como los monarcómacos, valoró mucho las instituciones medievales limitativas del poder.

Mariana compartía el pesimismo de San Agustín, que no creía que la humanidad comprendiese la justicia, ni poseyese la voluntad de practicarla. Por eso su visión de la política es pragmática. Pero no compartía la teorización tomista sobre la naturaleza y el impacto del pecado original en la ley natural, la sociedad civil y la autoridad política. Para Santo Tomás, la ley natural quedó dañada por el pecado, pero no modificada o degradada. Por eso la sociedad civil y la autoridad política eran para Santo Tomás fruto de la ley natural, que superó casi sin cambios la caída. Mariana, por el contrario, pensaba que el pecado original sí afectó, y muy profundamente, a la ley natural y a la sociedad en sus bases. 

La cuestión clave: el pecado original

Para Mariana, el pecado original trazó a la humanidad un rumbo descendente que, poco a poco, la alejó del estado natural de los primeros hombres. Todos los esfuerzos humanos para “mejorar” nacieron como reacción a la corrupción derivada del pecado, es decir, tanto la sociedad organizada, como la ley positiva o la autoridad política fueron frutos de esa reacción contra la corrupción producida por el “mal”. No llega Mariana a separarse de Santo Tomás y Francisco Suárez, con los que coincide en la sociabilidad del hombre. Mas, para Mariana, el pecado no fue sólo el origen del mal, sino también el de la virtud humana, con sus flaquezas.

También difiere Mariana del tomismo, y de Suárez, en el origen de la propiedad, del señorío y de la sociedad. Su agustinismo determinó el modo de comprensión de Mariana de la ley natural. Ésta, tras la caída, es simplemente la ley que comparten hombres y bestias y poco más, casi el instinto natural. La ley natural, pues, no pudo ser el origen ni el impulso para el paso desde los grupos familiares, hasta la sociedad civil. Esta se construyó mediante la ley positiva del hombre, siempre afectada por el pecado. Los hombres crearon las leyes positivas, ante todo, para protegerse de las transgresiones, abusos y crímenes de sus gobernantes.

El influjo agustinista en Mariana, a través de Duns Escoto (1266-1308), se aprecia en su valoración de la ley natural. Escoto se separó de Santo Tomás, como Mariana de Suárez, al considerar que el pecado original la degradó y transformó hondamente. Escoto sostuvo que, antes de la caída, todo era poseído en común por ley de naturaleza, pero dejó de ser así después del pecado. La propiedad, el señorío y la sociedad fueron instituidos por la ley positiva, no por la ley natural.

Temerás al pueblo

Mariana fue más allá que Francisco Suárez al postular un estado de naturaleza anterior a la institución del gobierno, similar al definido después con pesimismo por Hobbes (homo homini lupus), o por Rousseau, con más optimismo (el buen salvaje). Y, además, se anticipó a Locke al afirmar que los hombres abandonaron el estado de naturaleza para formar gobiernos, con el fin de preservar sus derechos, especialmente la propiedad.

Mas, como se ha dicho, lo más destacable de Mariana fue su innovación creativa de la teoría escolástica del tiranicidio, en la que difiere de Francisco Suárez, mucho más moderado. Es la leyenda del jesuita conspirador y propagandista del regicidio que se extendió por toda Europa. Y sus escritos se convirtieron en modelo de la resistencia a la opresión y al despotismo. Frente a las objeciones al tiranicidio de protestantes y católicos, Mariana oponía que era imprescindible que los gobernantes temiesen al pueblo y fuesen conscientes de que, si gobernaban de modo tiránico, podría pedírseles cuentas por sus abusos.

Francisco Pi y Margall (1824-1901) pese a considerarlo como un partidario de la teocracia, admiró su defensa de los valores constitucionales y de las libertades personales. Seguramente, en su edición de las Obras Completas de Juan de Mariana (1854), que preparó para la Biblioteca de Autores Españoles (BAE) de Rivadeneyra, Pi y Margall se basó también en las consideraciones de Juan de Mariana sobre el estado de naturaleza y en su intransigente denuncia de la tiranía, para intentar presentarle casi como un “revolucionario”, pese a lo forzada que pueda parecer hoy esa categorización.

Ver también

El pensamiento político de Juan de Mariana. (Pedro López Arriba).

Suárez, de moda. (León Gómez Rivas).

Francisco Suárez en Lisboa y Ávila. (León Gómez Rivas).

Juan de Mariana, un intelectual contra la tiranía. (Eduardo Fernández Luiña).

Breve aproximación al liberalismo en España

El liberalismo español es un movimiento político y filosófico de gran relevancia a lo largo de la historia del país. Aunque su origen se remonta al siglo XIX, su influencia y presencia en la sociedad española continúan hasta el día de hoy. El liberalismo se caracteriza por su defensa de la libertad individual, los derechos humanos, el Estado de derecho, la separación de poderes y la economía de mercado. Estos principios son fundamentales para el desarrollo y consolidación de la democracia liberal en España.

En España, el liberalismo tuvo sus primeros influjos en el siglo XVIII, durante el periodo de la Ilustración. Los ilustrados españoles, como Jovellanos y Campomanes, abogaron por la implementación de reformas políticas y económicas, promoviendo la tolerancia religiosa, la modernización de la agricultura y la industria, y la educación como vía para el progreso.

La Constitución de 1812

Sin embargo, fue en el siglo XIX cuando el liberalismo español adquirió un protagonismo especial. Durante el reinado de Fernando VII, se promulgó la Constitución de 1812, conocida como la “Pepa”, que establecía una monarquía constitucional y garantizaba derechos fundamentales como la libertad de expresión y la igualdad ante la ley.

Tras un periodo de inestabilidad política, durante el cual se sucedieron diferentes pronunciamientos militares, en 1834 se creó la figura de los liberales progresistas, liderados por personajes como Mendizábal y, más tarde, el general Espartero. Estos sectores impulsaron la desamortización de los bienes eclesiásticos, la modernización del país y la mejora de las condiciones de vida de las clases populares.

El liberalismo español tuvo su apogeo durante la Primera República (1873-1874), amparada en parte por la Constitución de 1869. Fue un régimen republicano y reconocía derechos como el sufragio universal y la libertad de asociación. Sin embargo, la inestabilidad política y la falta de consenso llevaron al fin de esta experiencia republicana en España.

Con el establecimiento de la Restauración Borbónica y la llegada de la monarquía de Alfonso XII, el liberalismo español encontró un nuevo cauce en el Partido Liberal liderado por Sagasta. Durante este periodo, se llevaron a cabo importantes reformas como la Ley del Sufragio Universal Masculino, que ampliaba el derecho al voto a un sector más amplio de la sociedad.

El siglo XX

El siglo XX estuvo marcado por diferentes etapas políticas en España, entre las que destacan la dictadura de Miguel Primo de Rivera y, posteriormente, la Guerra Civil y la dictadura franquista. Durante la dictadura, el liberalismo estuvo prácticamente ausente, pero tras la muerte de Franco, España vivió una transición hacia la democracia en la que los principios liberales fueron fundamentales.

Con la aprobación de la Constitución de 1978, España se estableció como un Estado democrático y de derecho, garantizando derechos y libertades individuales. En este sentido, movimientos políticos y orgánicos fueron actores importantes en la de la actual Constitución.

En la actualidad, el liberalismo español continúa siendo una corriente política relevante. Aunque con matices considerables, algunos partidos políticos de tendencia liberal que defienden ideas como la reducción del tamaño del Estado, la liberalización de la economía, la reforma de la administración pública y la defensa de los derechos individuales.

Asimismo, el liberalismo ha encontrado eco en la sociedad civil, a través de organizaciones y movimientos que promueven la libertad individual, el emprendimiento y la igualdad ante la ley.

En conclusión, el liberalismo en España es un movimiento político y filosófico que ha dejado una importante huella en la historia y la sociedad españolas. Sus principios de libertad individual, derechos humanos y economía de mercado son fundamentales para el desarrollo y consolidación de la democracia liberal en el país, y continúan siendo relevantes en la actualidad.

Ver también

¿Liberalismo en Ortega? (Antonio Nogueira).

Clara Campoamor. (José Carlos Rodríguez).

La libertad en Francisco Ayala. (José Carlos Rodríguez).

A vueltas con el positivismo jurídico (VIII): relaciones del liberalismo con el iusnaturalismo

Dentro de esta serie, vamos a tratar de analizar, ahora, las relaciones que se dan entre las posturas liberales y el iusnaturalismo y el positivismo jurídico, partiendo del liberalismo como “la corriente de pensamiento cuyo valor central es la libertad de cada individuo para desarrollar sus propios proyectos vitales respetando ese idéntico derecho en los demás[1]”, y que exige un marco jurídico dentro del que conciliar los distintos intereses. En la entrega de hoy vamos a hacer un breve repaso de los planteamientos filosóficos que subyacen en el surgir de las revoluciones liberales en la historia para, en entregas sucesivas, enfrentar sus planteamientos de fondo con el iusnaturalismo y, sobre todo, con el positivismo jurídico.

Chandran Kukathas

Decía Chandran Kukathas que el liberalismo se diferencia de otras filosofías políticas en que

(R)echaza la idea de un orden social, orgánico y espiritualmente unificado en el que los intereses del individuo estén en perfecta armonía con los intereses de la comunidad. Los individuos tienen diferentes fines; no existe un objetivo único y común que todos deban compartir; y, necesariamente, estos fines entran en conflicto. El problema, desde un punto de vista liberal, es regular más que erradicar estos conflictos[2].

Chandran Kukathas. The Liberal Archipelago: A Theory of Diversity and Freedom.

Animal social

Como es sabido, el Antiguo Régimen era, precisamente, un régimen corporativo en el que los distintos cuerpos sociales se agrupaban según criterios orgánicos y donde cada uno desempeñaba su función. El hombre era considerado por los pensadores, a partir de la aristotélica cosmovisión teleológica de la naturaleza seguida por Santo Tomás, un ser “naturalmente político” que se unió con otros, desde un inicio, para reproducirse, creando, a partir de ahí, estructuras sociales cada vez más amplias (familia, aldea, ciudad-estado):

De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre[3].

Aristóteles.

Ese Antiguo Régimen quiebra con las revoluciones liberales, si bien el sustento ideológico y filosófico es previo, y con él se va configurando el planteamiento que pasa de la visión orgánica de la sociedad, a un planteamiento individualista.

La quiebra comienza, de manera clara, ya con el nominalismo, que no conoce “definiciones”, por ser convencionales, y que, por tanto, niega la existencia real de la ciudad, que no es más que una palabra para connotar a un grupo de individuos, negando también la existencia real de relaciones.

Al totalitarismo desde el individuo

Pero es sobre todo Hobbes quien, para justificar el absolutismo, arranca su análisis de la Política a partir del individuo. Lo hace influido por el nominalismo y adoptando el método “resolutivo compositivo” de Galileo y la regla cartesiana de “dividir cada una de las dificultades en tantas partes como fuera posible para resolverlas mejor”.

El hombre deja de ser un ser “naturalmente político” y debe ser considerado por el pensador en su “estado de naturaleza”, es decir, como un ser separado, independiente, solo, sin lazos jurídicos con los demás, es decir, sin ninguna ley común (si bien capaz e incluso propenso a crear una asociación política, es decir, sociable); y, por tanto, en un estado de violencia, guerra y miseria perpetua natural del que sólo puede salir a partir de una invención del espíritu: la del estado como potencia superior encargada de crear el orden social, y que se describe con el mito del “contrato social”.

Contrato social: de la legitimación a la justificación

La concepción del derecho, según la entendían los clásicos -desde Aristóteles y pasando por los jurisconsultos romanos-, cambia, pues, de manera radical: el derecho no será ya la solución justa -que busca la justicia- aplicada por el juez que busca soluciones que den a cada uno lo que le corresponde en el grupo social, sino el conjunto de leyes creadas por voluntad del poder estatal para instaurar el orden social necesario para superar el estado de naturaleza. Es decir, con ese cambio se está pasando del derecho natural al positivismo jurídico, si bien la fundamentación filosófica de este último se irá afinando con el paso de los años.

Pero para poder legitimar ese “contrato social” debemos dar por hecho que el hombre es libre, es decir, que puede hacer cuanto quiera, para su propia conservación, en el estado natural. Con ello se va consolidando la noción de derecho subjetivo que ya partía de Occam, aunque el término -derecho subjetivo- no se generalice hasta el siglo XIX.

Y es que el cambio de cosmovisión que surge con el nominalismo, y el nuevo “método” de análisis cartesiano (que lleva a estudiar la cuestión a partir del individuo aislado) tiene otra consecuencia importante en el campo del derecho: En efecto, mientras que para los clásicos el “jus” era lo que “es justo” en relación con los otros (un correcto reparto de debes y haberes a cada uno en relación con los demás), el hombre solitario del estado de naturaleza ya tiene un derecho subjetivo sin necesidad de estar unido a los demás, que es el de la libertad.

John Locke

John Locke, sin embargo, trata de hacer una síntesis entre los planteamientos hobbesianos y la Escuela de derecho natural “moderno” de Grocio. El neerlandés trata de fundar un derecho natural independiente de la religión y basado en la naturaleza y en la razón. Locke hace esa síntesis tomando de este el intento de derivar de la ley natural una serie de derechos subjetivos que no serían sino los medios necesarios para cumplir con los deberes dados por Dios, y que no son otros que el de conservación, crecimiento y multiplicación de la especie, para lo cual la propiedad es un requisito necesario.

Así, junto a la libertad (y la posibilidad de establecer contratos), implícita en el planteamiento de Hobbes, se justifica el origen natural de otro derecho subjetivo, el de propiedad, como necesario para crecer y prosperar. Con ello, el contrato social, con Locke, no tendría ya como objeto constituir una serie de derechos más allá del de libertad, ya que esos derechos, como hemos visto, ya existirían, sino crear un poder con medios y fuerza para garantizar dichos derechos.

Tres principios y Kukathas

Precisamente los liberales actuales hablan de tres “principios” básicos de justicia necesarios para crear un marco jurídico necesario que permita la conciliación entre los proyectos vitales de las distintas personas. Como explica Juan Ramón Rallo[4], son, precisamente, el principio de libertad (in dubio, pro libertate), el de propiedad (Quod ante nullius est id natural ratione occupanti conceditur) y el de autonomía contractual (Pacta sunt servanda). Y con dicha postura se asemejan al planteamiento lockeano, que deriva “derechos” (mientras Rallo habla de “principios”) del planteamiento de derecho natural que hace Hugo Grocio.

En la próxima entrega analizaremos con más detalle la crítica que, desde posturas iusnaturalistas clásicas se podría hacer a este planteamiento liberal. No quiero terminar sin apuntar otra de las ideas que señala Kukathas en el libro antes citado, que nos sirva de pórtico a la siguiente entrega:

La teoría propuesta en este trabajo defiende una especie de liberalismo político, no porque no haga suposiciones sobre la naturaleza humana o los intereses humanos. Más bien, intenta dar cuenta de lo que es importante para todos los seres humanos con el fin de explicar por qué un orden político liberal (del tipo descrito en estas páginas) es uno que todas las personas pueden tener razones suficientes para aceptar. Pero intenta hacerlo sin apelar a las concepciones morales sustantivas que algunos pensadores liberales han tratado de defender[5].

Chandran Kukathas. The Liberal Archipelago: A Theory of Diversity and Freedom.

Notas

[1] Rallo Julián, Juan Ramón. Contra la renta básica (Deusto) (Spanish Edition) (p. 24). Deusto. Edición de Kindle.

[2] Chandran Kukathas. The Liberal Archipelago: A Theory of Diversity and Freedom (Oxford Political Theory) (Posición en Kindle128-130). Edición de Kindle.

[3] Aristóteles. Aristóteles II (Biblioteca Grandes Pensadores) (Spanish Edition) (p. 266). Gredos. Edición de Kindle.

[4] Rallo Julián, Juan Ramón. Contra la renta básica (Deusto) (Spanish Edition) (pp. 25-30). Deusto. Edición de Kindle.

[5] Chandran Kukathas. The Liberal Archipelago: A Theory of Diversity and Freedom (Oxford Political Theory) (Posición en Kindle 347-349). Edición de Kindle.

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

Historia de Aragón (I): Los pilares del reino de Aragón

Aragón comenzó siendo un pequeño condado dependiente del Imperio de los francos. Conforme pasan los siglos, esa estructura condal va alcanzando unas cotas de autonomía que lo acabarán convirtiendo en el reino de Aragón. Es a partir del S.XI cuando se constituye como tal y va adquiriendo una serie de instituciones. Este tendrá cuatro pilares fundamentales que lo definen.

El Rey y la curia

El primer pilar es el rey. La monarquía es una institución unipersonal, Los reyes medievales eran reyes por la gracia de Dios, es decir, la facultad de gobernar un reino se da por la gracia divina. Se produce una sacralización de la figura real. En una sociedad donde cerca del 95% de la población no sabía ni leer ni escribir, la gestualidad y la interpretación de los signos es fundamental. El rey está rodeado de símbolos, iconos, señales… La iconografía es muy importante y el rey la necesitaba para hacerse respetar y diferenciar con respecto a los demás. Algunos de estos símbolos eran las armas, que representaban al rey como el garante de la defensa. El cetro representaba la justicia. Y el orbe representaba su poder sobre el mundo.

En un primer momento, ya con Sancho Ramírez, empezamos a tener documentos de un grupo de notables que se reúne junto al rey, se denominaba curia, se trataba de una especie de consejo formado por los individuos más importantes del reino, que asesoraban al rey y firmaban junto a él los documentos. La curia del rey estaba formada por los nobles, figuras que han recibido un título de nobleza, se les denomina señores, y a los más importantes se les llama mayores. Junto a la nobleza también encontramos a los obispos, abades y otros cargos eclesiásticos importantes. Esta curia, a partir de 1134, se irá transformando en una institución denominada como cortes, no sólo había nobles, laicos y eclesiásticos, sino también representantes de las ciudades.

El Justicia de Aragón

Frente al crecimiento de las ciudades y burguesía, las relaciones sociales cambian y con ellas las formas de poder y gobierno. En las cortes encontramos a los nobles, a la Iglesia, y a las universidades, que son instituciones formadas por hombres libres organizadas políticamente a partir de la autoorganización de las ciudades. Todas las cortes de Europa tenían estos tres brazos, pero las cortes de Aragón tenían la peculiaridad de tener cuatro brazos, ya que la nobleza estaba dividida en dos, alta y baja nobleza.

El cuarto de los pilares era el Justicia, ya con Alfonso el batallador aparece un noble dentro de la curia que ostentaba este cargo. En las cortes de Ejea de 1265 se estableció que el Justicia fuera una especie de mediador, que aplicase la ley cuando hubiera un pleito jurídico entre el rey y el reino o entre los cuatro brazos de las cortes. El Justicia era el garante de que se cumpliera la ley en Aragón.

Los fueros

Otro de los pilares fundamentales es la ley, que estaba recogida en los fueros. Existía una gran diversidad de fueros en todo el reino, no había una unidad jurídica como puede existir en mayor o en menor medida ahora. En primer lugar, encontramos los fueros de carácter burgués, que se basaban en cuestiones de índole económica, el primer fuero burgués es el de Jaca (1076-1077), que intentaba regular las actividades económicas de la ciudad.

En segundo lugar, encontramos los fueros militares, cuando existía una tensión fronteriza importante el territorio solía ser objeto de la concesión de fueros militares, el objetivo de estos fueros era defender la frontera incentivando a la población a que habitara en esos lugares. Y, en tercer lugar, los fueros concejiles, que son concedidos a un lugar para que los hombres organicen el territorio y la defensa. En estos fueros concejiles se hace gran hincapié en la libertad de organización del concejo, y, por otro lado, en la propiedad privada. Los fueros se sistematizaron y compilaron con Jaime I, en 1247.

La diputación del General

A todas estas instituciones hay que sumar la diputación del general (un quinto pilar del reino), un órgano administrativo que se encargará en cada territorio de la hacienda. Cada reino dentro de la Corona de Aragón necesitará su propia hacienda. En principio este organismo era sólo para la recaudación y administración de impuestos.

Todas estas instituciones fueron perdiendo importancia con los Austrias, aunque se mantuvieron. No será hasta después de la guerra de sucesión española cuando, por el apoyo de la Corona de Aragón al archiduque Carlos, se le retiren los fueros con los Decretos de Nueva Planta.

Ver también

Los movimientos antifiscales como motor de la historia. (Juan Navarrete).

Los límites del conocimiento y la humildad de un economista de Nobel

Por Samuel Gregg. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Hace medio siglo, un economista en gran parte olvidado recibió la inesperada noticia de que había sido galardonado con el Premio Sveriges Riksbank de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel. Friedrich Hayek también se sorprendió al ver que compartía el sexto Premio Nobel de Economía con Gunnar Myrdal. Las opiniones decididamente socialdemócratas del economista sueco no podían estar más alejadas de la visión liberal clásica de Hayek.

Sin embargo, estos dos improbables galardonados tenían algo en común. Como señalaba la Real Academia Sueca de las Ciencias en su comunicado de prensa en el que anunciaba los galardonados con el Nobel de Economía de 1974, una de las razones por las que ambos recibieron el Premio fue “su penetrante análisis de la interdependencia de los fenómenos económicos, sociales e institucionales”. Myrdal, por ejemplo, había escrito sobre las relaciones raciales en América desde un punto de vista interdisciplinario. Su trabajo en este campo fue citado en la sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU. en el caso Brown contra el Consejo de Educación.

Hayek: A Life, 1899-1950

Como ilustran Bruce Caldwell y Hansjoerg Klausinger en Hayek: A Life, 1899-1950, Hayek había dado su propio giro extraeconómico a finales de la década de 1930, cuando el economista austriaco trató de entender por qué el mundo buscaba la salvación a través de un mayor control estatal sobre la economía y la sociedad en general. Este proceso se aceleró cuando Hayek se incorporó al Comité de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago en 1950.

Un tema común que marcó la exploración de Hayek de temas como la psicología, la ciencia política y el derecho fue la convicción de que las ciencias sociales, incluida la economía, habían tomado un rumbo equivocado cuando intentaron seguir lo más de cerca posible los métodos empleados en las ciencias naturales. Lo que Hayek llamó “cientificismo” había distorsionado la economía al centrarla en lo que es medible y observable. Si bien esto podía funcionar en las ciencias físicas, Hayek sostenía que una confianza excesiva en esta metodología estaba abocada a producir conclusiones engañosas cuando se aplicaba al tipo de interacciones y conocimientos humanos que constituyen el objeto de la economía. Es un tema sobre el que Hayek volverá continuamente, entre otras cosas porque afecta a la naturaleza de la economía y a su potencial para contribuir al bienestar humano.

“Vieja” y “nueva” economía

Friedrich Hayek no fue el único economista que lamentó el giro cientificista de la economía de posguerra tras los esfuerzos de los discípulos de Keynes por concentrar la disciplina en macroagregados cuantificables que, según creían muchos economistas de posguerra, podían proporcionarles la información que los gobiernos y los tecnócratas necesitaban para dirigir y gestionar la economía. Wilhelm Röpke, compañero de Hayek en el liberalismo de mercado, escribió largo y tendido sobre el mismo tema. En un ensayo de 1952, “Keynes y la revolución en la economía”, Röpke observó que la “nueva economía” encarnaba una lógica totalmente distinta a la de la “vieja economía” (prekeynesiana). Sin embargo, fue Hayek quien exploró más sistemáticamente los orígenes filosóficos de este cambio y sus consecuencias políticas y económicas.

La más famosa de las incursiones de Hayek en este terreno fue su artículo de 1945 en la American Economic Review The Use of Knowledge in Society. Su objetivo inmediato era la tesis de economistas de izquierdas como el socialista polaco Oskar Lange de que la planificación económica era compatible con el funcionamiento del mecanismo de los precios. En este sentido, el artículo de Hayek se inscribía en el debate sobre el cálculo socialista que se venía librando desde los años veinte.

The use of knowledge in society

Lo que diferenciaba al artículo de Hayek de 1945 era que abordaba algunas de las cuestiones epistemológicas subyacentes que impulsaban este debate: sobre todo, la perenne cuestión de lo que la razón humana puede saber realmente. En opinión de Hayek, éste era el punto decisivo que hacía de la planificación económica un ejercicio generalmente ineficaz y potencialmente peligroso.

“Hoy en día”, afirmó Hayek en 1945, “es casi una herejía sugerir que el conocimiento científico no es la suma de todos los conocimientos”. Sin embargo, subrayó, existen otros tipos de información, gran parte de la cual es específica de los individuos. Entre ellas está “el conocimiento de las circunstancias particulares de tiempo y lugar”. Hayek observó que la posesión de esta información tácita y, por lo tanto, en gran medida incalculable, da a “prácticamente cada individuo […] cierta ventaja sobre todos los demás, en el sentido de que posee una información única de la que se puede hacer un uso beneficioso, pero de la que sólo se puede hacer uso si las decisiones que dependen de ella se dejan en sus manos o se toman con su cooperación activa”.

Hacer caso omiso de todo lo importante

Esta situación también plantea importantes retos a la planificación económica pública, en la medida en que no puede seguir el ritmo de los continuos cambios e intercambios de información a los que reaccionan constantemente los individuos en el nivel micro de lo que Hayek denomina “la economía del conocimiento”. Ningún planificador puede conocer la enorme cantidad de factores cambiantes (entre los que destacan las preferencias siempre cambiantes de miles de millones de individuos que reaccionan a los interminables cambios de precios) que afectan a los precios de millones de bienes y servicios en un momento dado.

El énfasis postkeynesiano en cotejar y actuar sobre macroagregados de las limitadas formas de información que sí se prestaban a la medición desalienta positivamente a los gobiernos y tecnócratas a pensar siquiera en estas incógnitas en primer lugar. Esto está destinado a conducir a errores políticos significativos, sobre todo porque implica, como escribió Friedrich Hayek, una voluntad de “asumir el problema y hacer caso omiso de todo lo que es importante y significativo en el mundo real.”

Un tipo de reivindicación

En las tres décadas que siguieron a la publicación del ensayo de Hayek de 1945, las economías occidentales disfrutaron en general de un crecimiento económico constante, un bajo desempleo y una inflación baja. En contra de Hayek, parecía que los gobiernos ayudados por los formados en la nueva economía podían dirigir con éxito la vida económica hacia la realización de fines predeterminados muy precisos. La “vieja economía”, personificada por Hayek y algunos liberales de mercado, parecía muerta.

La confianza en estas proposiciones empezó a debilitarse a finales de los años sesenta, a medida que una economía occidental tras otra empezaba a experimentar lo que los practicantes de la “nueva economía” habían considerado un escenario improbable: un elevado desempleo acompañado de una inflación creciente. Estas circunstancias y la concesión del Premio Nobel a Hayek en 1974 hicieron que se volviera a prestar atención a la crítica del ya anciano economista a la planificación y a las ideas económicas alternativas con las que estaba asociado.

A nadie le habría sorprendido que Hayek hubiera aprovechado su discurso del Nobel para detenerse en los problemas económicos inmediatos de la década de 1970 o para hacer una retrospectiva del tipo “te lo dije”. Sin embargo, Hayek decidió profundizar en las cuestiones epistemológicas abordadas en su artículo de 1945 y en otros trabajos, sobre todo en su ensayo en tres partes “El cientificismo y el estudio de la sociedad”, publicado en Economica en 1942, 1943 y 1944. Esto es lo que hace que la conferencia de Hayek para el Premio Nobel, “La pretensión del conocimiento”, sea una de sus contribuciones intelectuales más importantes y por qué merece la pena leerla detenidamente 50 años después de que Hayek la pronunciara en Estocolmo.

La arrogancia se paga cara

Friedrich Hayek comenzó su discurso con la polémica observación de que se estaba pidiendo a los economistas que salvaran al mundo libre de la “inflación acelerada” que, insistía Hayek, había sido el resultado de políticas que “la mayoría de los economistas recomendaban e incluso instaban a los gobiernos a seguir”. Para Hayek, esto era sintomático de hasta qué punto la profesión económica había “hecho un desastre”.

Hayek sostenía que un elemento central de esta crisis económica era “la actitud ‘cientificista'” que subyacía en la economía de posguerra. Durante tres décadas, sostenía, los economistas habían insistido en que existía “una simple correlación positiva entre el empleo total y el tamaño de la demanda agregada de bienes y servicios”. Esto, añadía Hayek, llevó “a la creencia de que podemos asegurar permanentemente el pleno empleo manteniendo el gasto monetario total en un nivel adecuado”.

Medible no es sinónimo de importante

Para Hayek, sin embargo, lo importante era que debajo de esta convicción había una gran dependencia de totalidades de “datos cuantitativos”. Pero la capacidad de tales datos, según Hayek, para captar fenómenos tan complicados como la inflación y el desempleo era “necesariamente limitada”. Hay, reconocía Hayek

un gran número de hechos que no podemos medir y sobre los que, de hecho, sólo disponemos de información muy imprecisa y general. Y como los efectos de estos hechos en un caso particular no pueden ser confirmados por pruebas cuantitativas, son simplemente ignorados por aquellos que han jurado admitir sólo lo que consideran pruebas científicas: a partir de ahí proceden alegremente sobre la ficción de que los factores que pueden medir son los únicos relevantes.

Friedrich Hayek. La pretensión del conocimiento, 1974.

Dicho de otro modo: que no se pueda medir algo no significa que no exista o que no sea importante. Hayek argumentaba que calcular grandes agregados de ese número limitado de cosas que se prestan a la medición, y luego tratar de desarrollar teorías para explicar las relaciones entre tales agregados, estaba destinado a producir explicaciones para, por ejemplo, el aumento de la inflación que no prestaban suficiente atención a lo que estaba sucediendo en el nivel micro de la economía.

Sólo Dios lo conoce

Hayek ilustra este punto examinando el fenómeno de cómo se forman los precios y los salarios en una economía de mercado. “En la determinación de estos precios y salarios”, explicó Hayek, “entran los efectos de la información particular que posee cada uno de los participantes en el proceso de mercado, una suma de hechos que en su totalidad no puede ser conocida por el observador científico ni por ningún otro cerebro”. En consecuencia, los economistas no pueden saber, por sofisticado que sea el modelo econométrico, “qué estructura particular de precios y salarios igualaría en todas partes la demanda a la oferta.”

Esto no significa que Hayek pensara que utilizar las matemáticas en economía fuera una pérdida de tiempo. Esas técnicas, observaba, pueden ayudar a trazar pautas generales. Sin embargo, no pueden encapsular todo lo que determina la formación de los precios, porque ningún modelo puede captar toda la información que interviene en la formación de los precios.

Friedrich Hayek señaló que los filósofos del derecho natural del siglo XVI, como los jesuitas Luis Molina y Juan de Lugo, que estudiaron en la Universidad de Salamanca, comprendieron perfectamente este problema. Destacaron, comentó Hayek, “que lo que ellos llamaban pretium mathematicum, el precio matemático, dependía de tantas circunstancias particulares que nunca podía ser conocido por el hombre, sino que sólo lo conocía Dios.”

Sin humildad no hay libertad

Ahí radicaba la importancia normativa y política de la conferencia de Friedrich Hayek. En el fondo, era un llamamiento a los economistas para que evitaran la arrogancia fomentada por el cientificismo. No se trataba sólo de mantener la integridad de la disciplina como ciencia social. También se trataba de ser realistas sobre el poder predictivo de la economía: un realismo que debería desalentar las expectativas poco realistas de los gobiernos y los ciudadanos sobre lo que la economía, la política económica y los economistas pueden hacer.

Calibrar correctamente tales expectativas era, para Hayek, crucial por dos razones. En primer lugar, Hayek insistía: “El conflicto entre lo que en su estado de ánimo actual el público espera que la ciencia consiga para satisfacer las esperanzas populares y lo que realmente está en su mano es un asunto grave”. Las esperanzas exageradas llevan a los votantes a imaginar que los gobiernos pueden obtener resultados económicos simplemente accionando diversas palancas intervencionistas, y a los líderes políticos y tecnócratas a comportarse como si pudieran hacerlo. Esa es una receta para la decepción y, potencialmente, para profundas perturbaciones en el cuerpo político.

El “empeño fatal”

La segunda razón de la preocupación de Friedrich Hayek era, en una palabra, civilizacional. Cuando la economía y la política económica están infectadas por el virus del cientificismo, empezamos a imaginar que podemos mejorar el orden social a voluntad mediante un control descendente. Ese “empeño fatal”, como lo describió Hayek, alimentado por la negativa a reconocer “los límites insuperables de su conocimiento”, puede convertir a alguien “no sólo en un tirano sobre sus semejantes, sino que bien puede convertirlo en el destructor de una civilización que ningún cerebro ha diseñado, sino que ha crecido a partir de los esfuerzos libres de millones de individuos”.

Desde este punto de vista, la importancia de la conferencia de Hayek sobre el Nobel iba más allá de la economía. Fue más bien un llamamiento genérico a algo que parece perpetuamente en suspenso: la humildad intelectual y política. Para Hayek, el éxito de la mejora de la sociedad a través de la economía o de cualquier otra ciencia social pasaba por aceptar que existen ámbitos de la vida humana de los que, según dijo a su auditorio de suecos en 1974, “no podemos adquirir el conocimiento completo que haría posible el dominio de los acontecimientos”.

En el momento en que Friedrich Hayek pronunció estas palabras, volvían a ponerse de moda las dudas sobre la capacidad de la planificación gubernamental para dominar los asuntos económicos. A los seis años de su conferencia, Ronald Reagan y Margaret Thatcher estaban en el poder y prometían una ruptura decisiva con las políticas intervencionistas de la posguerra.

Friedrich Hayek: el valor de la humildad intelectual

Ese mundo parece muy distante del actual. Gran parte de la derecha se ha unido a la izquierda insistiendo en que el gobierno puede y debe ser utilizado para obtener resultados económicos muy específicos, a través de medios como los bancos centrales activistas, el proteccionismo, la política industrial y una mayor regulación. Incluso el control de los precios está siendo considerado por todo el espectro político.

La dificultad de muchas de estas políticas es que niegan la observación de Hayek de que no somos dioses ni Dios y que, por lo tanto, ni los economistas ni los funcionarios del gobierno poseen las cualidades divinas que necesitarían para superar las graves limitaciones creadas por el problema del conocimiento. Tales eran las convicciones de Friedrich Hayek a este respecto que expresó sus dudas durante su discurso en la cena del banquete del Nobel sobre la prudencia de crear un premio Nobel de economía en primer lugar. Entre otras cosas, Hayek temía que confiriera “a un individuo una autoridad que en economía ningún hombre debería poseer”.

La humildad no suele encontrarse entre quienes intentan construir el cielo en la tierra o quieren salvar el mundo mediante la tecnocracia. Sin embargo, es algo que nos mantiene en contacto con la realidad sobre la economía, la sociedad y nosotros mismos. Eso es lo que hace que el mensaje del Nobel de Hayek sobre nuestra capacidad de conocimiento sea un ejercicio tan poderoso de revelación de la verdad para todos los tiempos.

Ver también

El alfarero y el jardinedo: dos enfoques contrapuestos. (Ángel Martín Oro).

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico. (Vicente Moreno).

¿Ha quedado Hayek Obsoleto? (José Carlos Rodríguez).

Competencia, propiedad intelectual y Taylor Swift

Por Frances Lasok. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Taylor Swift ha monopolizado los corazones y las mentes de las jóvenes durante más de una década, y ha consolidado su estatus de icono musical preeminente de nuestra era al ganar su cuarto Grammy al Mejor Álbum el pasado fin de semana. Pero dado que la competencia es tan importante en las artes como en el libre mercado, ¿hasta qué punto debería preocuparnos el dominio de Miss Americana?

La carrera de Taylor Swift es un ejemplo de la tensión entre la propiedad intelectual y el libre intercambio de ideas. A los 15 años firmó un contrato con Big Machine Records [BMR] por el que cedía a la compañía los derechos de los masters de sus seis primeros álbumes. Swift y BMR se separaron más tarde y, en 2019, BMR fue adquirida por un holding propiedad de un hombre llamado Scooter Braun, socio de Kanye West, con quien Swift ha mantenido una sonada disputa.

El derecho del artista a controlar su obra

Swift publicó su horrorizada reacción en Instagram, acusando a Braun de “acoso incesante y manipulador” y declarándose “triste y asqueada”. Pero la compañía de Braun tenía indiscutiblemente los derechos de los álbumes originales, y cualquiera que quisiera licenciar las canciones tendría que pagarle un canon. La respuesta de Swift fue volver a grabar sus antiguos álbumes para recuperar la propiedad de su trabajo anterior. Hoy, las “versiones de Taylor” son a menudo más populares entre los fans que las grabaciones originales, y el imperio Swift vale más de 1.000 millones de dólares. La chica de al lado ha ganado.

Hay muchas maneras de contar la historia de Taylor Swift. Un individuo contra una corporación, o una mujer contra un hombre poderoso. Pero su postura era que, como artista, tenía derecho a controlar su obra. No está claro cuáles serán los efectos de su acción: puede que se endurezcan las cláusulas de regrabación. Pero en una industria con una historia de misoginia plagada de ejemplos desagradables de artistas atrapados en largos contratos, Swift adoptó una postura contundente. Pero el asunto también plantea una pregunta: ¿en qué momento la creación de un individuo se convierte en propiedad de una empresa?

Las muñecas Bratz

Es una cuestión que se puso a prueba en un caso relacionado con otro producto consumido principalmente por niñas: las muñecas Bratz. Yasmin, Chloe, Jade y Sasha, con sus cabezas grandes, labios carnosos y faldas diminutas, salieron al mercado a mediados de la década de 2000. Los padres las odiaban, los adolescentes las adoraban y las ventas se dispararon, presentando la primera competencia seria a Barbie, que entonces tenía una cuota de mercado estimada del 75%. Los creadores de Barbie, Mattel, respondieron sacando las muñecas MyScene, sospechosamente similares, y MGA, los propietarios de Bratz, interpusieron una demanda. Hasta aquí, se trataba de una batalla convencional de propiedad intelectual: ¿en qué momento utilizar el mismo concepto de una muñeca cabezona y a la moda se convierte en copia?

Pero entonces llegó el giro. Mattel contrademandó a MGA, alegando que tenía derechos sobre las Bratz, porque su creador, Carter Bryant, tenía un contrato de exclusividad con la empresa cuando ideó el diseño. Tras muchas disputas legales, MGA salió victoriosa. Pero las Bratz llevaban demasiado tiempo fuera de las estanterías y de la escena. Y Barbie había derrotado a Yasmin, Chloe, Jade y Sasha en la batalla que importaba, que es la que se libra por el dominio del mercado.

Usar la propiedad intelectual contra la competencia

Las grandes empresas pueden actuar de muchas maneras para impedir la competencia utilizando la propiedad intelectual: demandas que ponen a las empresas en estado de alerta hasta que la empresa más pequeña se queda sin dinero, adquisiciones asesinas en las que las empresas más pequeñas son compradas simplemente para ser cerradas. Pero una forma barata es bloquear el talento, impidiendo que surjan nuevas ideas y nuevas empresas: cuando una empresa deja de proteger sus derechos sobre sus productos y limita la competencia controlando a una persona.

Hoy, en el mundo empresarial, este debate tiene lugar en la batalla sobre las cláusulas de no competencia. En 2020, el Gobierno británico emprendió una revisión de las cláusulas de exclusividad y no competencia, proponiendo limitar el uso de las cláusulas de no competencia a tres meses en un intento de impulsar tanto la innovación como la competencia. En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comercio está revisando la existencia de las cláusulas de no competencia.

Aunque su finalidad es proteger los secretos comerciales de una empresa, en la práctica pueden utilizarse para imponer limitaciones a los empleados, no sólo para crear nuevas empresas, sino simplemente para encontrar trabajo en el mismo sector. No es necesario que una empresa gane un caso para evitar que se marchen los talentos: cuando un jugador es mucho más grande y poderoso que el otro, a veces basta con la amenaza de una acción legal.

Plástico de ojos saltones

La propiedad intelectual ha evolucionado como cualquier otro derecho codificado. Las distinciones que se hacen en ella son sutiles: un debate en apelación en el caso MGA contra Mattel fue la distinción entre las ideas de Bryan y sus diseños. Sobre estos últimos Mattel tenía indiscutiblemente derecho. En el caso de Taylor Swift, existe un poderoso argumento para afirmar que una superestrella mundial es legítimamente el producto de un equipo. La línea entre un individuo y un producto, o entre un individuo y un secreto comercial, puede ser increíblemente difusa.

La propiedad intelectual es una parte crucial de la competencia, como forma de proteger a las pequeñas empresas frente a los gigantes. Pero la ley también puede utilizarse para limitar la competencia, y cuando se cruza la línea y la legislación sobre competencia se utiliza para limitar a los individuos, la ley debería modificarse.

La Barbie-Bratz que podría parecer irrelevante sobre el papel: plástico de ojos saltones contra plástico de ojos saltones. Pero cuando las tiendas pidieron que sólo hubiera existencias de la muñeca Bratz blanca “Chloe”, el director general de MGA, Isaac Larian, respondió que las tiendas podían comprar todas las muñecas Bratz o ninguna. Y mientras Barbie, Sindy y Polly Pocket eran rubias y de ojos azules, cuando Mattel lanzó MyScene para competir con las Bratz, las muñecas eran étnicamente diversas y los consumidores tenían más opciones. La libertad de competir es importante.

Ver también

Taylos Swift nos muestra por qué debemos sacudirnos la propiedad intelectual. (Benjamin Seevers)