Ir al contenido principal

Especulación y redistribución de la riqueza

El diccionario de la real academia de la lengua define especulación como “Operación comercial que se practica con mercancías, valores o efectos públicos, con ánimo de obtener lucro”. Y para la palabra especulador ofrece los siguientes términos como sinónimos o afines: negociante, traficante, bróker, estraperlista, usurero, acaparador, estafador.

La primera definición es bastante neutra; sin embargo, los sinónimos que ofrece como alternativa al término especulador tienen una clara connotación negativa, hasta el punto de equiparar a un especulador con un estafador. 

Creo que la RAE está reflejando correctamente esta acepción de la palabra porque en la sociedad sí que se utiliza la palabra especulador para referirse como tramposo a una persona que realiza una actividad con el único objetivo de obtener lucro, sin importarle en absoluto las consecuencias directas que ello pueda tener para otras personas. De hecho, la especulación junto con la usura, incluso el comercio en general, ha sido moralmente criticado o mal visto por muchas culturas y religiones.

Por ser lo más concreto posible, me voy a referir a la especulación que podríamos llamar de libre mercado, es decir, aquella actividad que consiste en comprar barato y vender caro cualquier tipo de bien que puedan llevar a cabo los agentes libremente y sin ningún tipo de privilegio legal (licencias, concesiones, rescates, socialización de pérdidas, etc).

Qué hace el especulador

Estamos una vez más ante una de esas situaciones descritas por Frederic Bastiat sobre lo que se ve y lo que no se ve. Lo que se ve, efectivamente, es que muy a menudo el objetivo del especulador es única y exclusivamente obtener lucro, sin importarle en absoluto las consecuencias que su actividad puedan suponer para los demás. Creo que es indudable que esto es cierto y no tiene ningún sentido pretender negarlo. Sin embargo, hay una serie de cuestiones muy importantes que no se ven o que poca gente menciona.  

En primer lugar, no se suele ver que el especulador pone en juego su propio capital y si fracasa en su expectativa de evolución del precio debe asumir una pérdida. Es decir, tiene un incentivo totalmente alineado con acertar en el movimiento del precio. En segundo lugar, tampoco se suele dar demasiado bombo a las operaciones fallidas o mediocres de los especuladores, normalmente se suelen destacar mediáticamente aquellas operaciones en las que los especuladores han tenido éxito y a su vez han resultado perjudiciales para algún grupo de personas, pues es este grupo de personas quien suele denunciarlo. 

La función de los precios

En tercer lugar, no se tiene en cuenta la labor positiva de generación de precios y de aportar liquidez que, involuntariamente, quieran o no quieran, proporcionan los especuladores. Damos los precios por sentados y no nos paramos a pensar cómo se generan ni la utilidad coordinadora que proporcionan.

En mi opinión, esto se debe fundamentalmente a dos razones. La primera es que, valga la redundancia, los precios por lo general no suelen tener precio, o lo tienen muy bajo. Es decir, igual que el aire que respiramos, los precios son extremadamente útiles, pero no son escasos, y, por tanto, no tienen valor. Y si no tienen valor, no tienen precio. Como no los valoramos, no somos plenamente conscientes de su utilidad. 

Y la segunda razón es que la utilidad coordinadora de los precios en una economía avanzada, con una profunda especialización y división del trabajo y que tiene una enorme dependencia en el intercambio comercial, no es una función lineal sino exponencial. Y los humanos somos muy malos en procesar funciones exponenciales. Pero la torpeza de nuestros cerebros no niega la tozuda realidad de que los precios son una información extremadamente útil. Tanto es así que sin ellos apenas sería posible crear riqueza. 

Distribuir la riqueza

Y en cuarto lugar, tampoco se tiene en cuenta que la especulación es una forma de distribuir la riqueza que tiende a colocarla en aquellas manos que mejor saben administrarla. Esta afirmación es muy políticamente incorrecta, pero la realidad es que no todos tenemos las mismas habilidades, y preservar y hacer crecer la riqueza es una tarea extremadamente difícil que no todos sabemos ni nos atrevemos a hacer de la misma forma. La riqueza o el capital que se destruye en manos torpes no solo genera pobreza para su propietario, sino que también puede generar pobreza para todos los demás. ¿Por qué? Porque el capital es valioso en tanto en cuanto va a ser útil para satisfacer en el futuro las necesidades del prójimo.

Cabe señalar además que la especulación, con todos sus defectos (asimetría de información, posible manipulación de la oferta, etc), es una forma voluntaria y no violenta de intercambiar riqueza, y que además se desarrolla en el propio contexto de la gestión de la riqueza. En contraposición a otras formas violentas y coactivas de redistribución de la riqueza, cuyo criterio puede ser totalmente ajeno a la diligencia en la gestión de la riqueza -simplemente se la queda el más fuerte o violento- o incluso opuesto a la correcta gestión de la riqueza robándosela a quien la genera para premiar sistemáticamente a aquellos menos hábiles en crearla y administrarla. 

La especulación es, por tanto, la actividad económica por excelencia cuyo éxito depende en última instancia de la satisfacción de las necesidades de los demás. No debemos dejarnos llevar por lo que se ve ni por las intenciones de los especuladores, hay que tener en cuenta también lo que no se ve, los resultados positivos a largo plazo de la especulación en un mercado libre.

Ver también

Especulación, Estado y mercado. (María Blanco).

En defensa de la especulación (I y II). (Manuel Polavieja).

Contra la teoría del decrecimiento

Unas recientes declaraciones de Ursula von der Leyen sobre la supuesta necesidad de adoptar en la UE unas políticas industriales y económicas parcialmente en línea con la Teoría del Decrecimiento me impulsaron definitivamente a escribir este artículo, que llevaba varios meses pensando publicar. Considero que la Teoría del Decrecimiento no necesita excesiva presentación ni explicación para el lector promedio de este tipo de columnas, ya que el decrecimiento es una de las boutades económicas más conocidas de las últimas décadas. Aún así, conviene remarcar en pocas líneas algunos de sus postulados principales.

Teoría del decrecimiento

El núcleo de la Teoría del Decrecimiento se halla en la asunción no probada de que la sostenibilidad medioambiental es incompatible con el crecimiento económico y que, por ende, para maximizar la preservación de los recursos naturales es necesario reducir drásticamente el consumo de bienes y energía lo cual, según los decrecentistas, solo puede lograrse a través de una contracción de la actividad económica a nivel global.

Tan solo escuchando o leyendo brevemente las principales premisas del decrecimiento, nos percatamos no únicamente de que la conclusión o soluciones propuestas por dicha teoría sean innecesarias y contraproducentes, sino que, además, el núcleo de la propia teoría es radicalmente falso. La idea de que el crecimiento económico requiere un incremento de la utilización de recursos naturales es sencillamente contraria a la evidencia. Para hundir dicha premisa basta con observar brevemente como los países desarrollados llevan décadas creciendo mientras su intensidad energética, emisiones de dióxido de carbono y explotación de los principales recursos naturales (como agua o metales) ha caído casi en picado.

Hacerse trampas al solitario

Aunque esta réplica al decrecimiento pueda parecer nítida, me he encontrado muchas ocasiones -sobre todo cuando estaba en la universidad- en las que los defensores del decrecimiento me mostraban un simple gráfico que trataba de demostrar como el PIB nominal a escala global presenta un elevado índice de correlación con la tasa de explotación de recursos naturales para el conjunto del planeta. Pues bien, esto es simplemente hacerse trampas al solitario.

La primera trampa de dicho argumento es que meten todos los recursos naturales en el mismo saco, cuando la composición del cómputo total de recursos naturales ha cambiado casi por completo desde las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial a hoy en día, por ejemplo. Mientras en los 70 el principal recurso natural empleado para la producción industrial y económica era el petróleo (no reciclable), hoy en día la mayoría de los recursos naturales que se emplean son reciclables, haciendo que la comparativa de explotación neta de recursos naturales sea inválida, ya que la destrucción neta de recursos no es ni similar.

Evolución hacia el sector terciario

La segunda trampa del argumento de correlación de los decrecentistas es el hecho de que las tendencias de crecimiento pasadas no son comparables a las actuales, hilando con el párrafo anterior. Por ejemplo, desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta bien entrada la década de los 70, en EEUU el crecimiento económico mostraba una elevada correlación con la intensidad energética de la economía americana y las emisiones de dióxido de carbono.

Mientras tanto, a partir de la década de los 80, esta correlación se desvaneció por completo e incluso se volvió casi inversa. Se incrementó el crecimiento económico, pero reduciéndose de manera notable la intensidad energética y las emisiones de dióxido de carbono. Ello fue debido principalmente a los avances tecnológicos. Esto, además, no es una cualidad exclusiva de EE.UU., sino de la curva de desarrollo de prácticamente todos los países desarrollados hoy en día. El hecho de que conforme los países se terciarizan desarrollan tecnologías y métodos de producción que desacoplan el crecimiento económico de la explotación de recursos naturales, es un claro argumento a favor de mayor crecimiento en países como China e India, para que así alcancen dicho punto.

Hemos conquistado la tecnología

Ante esto, lo que muchos decrecentistas argumentan es que aunque el punto de desarrollo suficiente para que el ritmo de emisiones decreciese se alcanzase, no sería lo suficientemente rápido. Es decir, cuando China, India o multitud de países africanos lleguen al punto de desarrollo como para generar crecimiento a la vez que reducen emisiones, ya sería demasiado tarde y el daño causado al medioambiente sería supuestamente irreversible.

Como se pueden imaginar, este argumento también es falso. La causa principal es que la tecnología que países como EE.UU. o muchos países europeos tuvieron que crear para lograr un crecimiento no intensivo en explotación de recursos ya se encuentra plenamente disponible en el mercado. Es decir, los países emergentes no tienen que volver a inventar dicha tecnología, sino simplemente adoptarla, lo que hace que el proceso sea mucho más rápido y acelere el desarrollo de estas naciones. De hecho, esto no es simple teoría o cavilaciones, sino que ya está ocurriendo en el caso de los paneles solares que China está desarrollando e implantando basados en tecnología de desarrollo americano.

Las consecuencias

Una vez que las premisas de la teoría del decrecimiento han sido desmentidas, conviene analizar cuáles serían las consecuencias primarias de la aplicación de esta teoría, y plasmarlas en algunos números. Un decrecimiento global, asumiendo que esto significara como mínimo mantener el PIB mundial en sus niveles actuales, haría que el 15% de la población se estancara en ingresos por debajo de $1.90 al día y cerca del 25% de la población mundial por debajo de $2.50 al día.

Además, esto congelaría la media de ingresos per cápita global en $17.000 anuales, significando que la mayoría de la población mundial jamás alcanzaría nada ni similarmente parecido a los estándares de vida de los países desarrollados hoy en día. No conviene olvidar tampoco que todo ello requeriría empobrecer explícitamente a los ciudadanos de países con una renta superior a $17.000 al año… y no parece que los ciudadanos de estos países vayan a estar por la labor -lógicamente-.

Por lo tanto, tal y como hemos visto, la Teoría del Decrecimiento no tienen en absoluto sentido ni lógica económica. Dicha teoría parte de unas premisas que son radicalmente falsas, ya que se basan en una manipulación de los datos y el análisis de tendencias y, además, las conclusiones a las que llegan los decrecentistas y las propuestas de política económica que surgen de estas son absolutamente destructivas e irrealizables.

Ver también

Un Nobel contra la pobreza. (Álvaro Martín).

Ayn Rand, la gran conversora

Vivimos tiempos peculiares, en los que un gobernante puede permitirse anunciar recortes drásticos de gasto público y no solo no ser abucheado, sino que además puede ser vitoreado. Es el caso de Javier Milei en Argentina. Podemos correr el riesgo de pensar que estas multitudes han perdido la cabeza, pero también podríamos ser más optimistas y verlo como la prueba de que se puede incursionar en la política con determinadas ideas y que, aunque estas estén muy alejadas de la discusión habitual, tienen la capacidad de imponerse y resultar exitosas en la contienda electoral.

Javier Milei y Ayn Rand

Lo que ha logrado Javier Milei en este tiempo es casi un milagro y buena parte de su éxito no podemos desvincularlo no solo de sus lecturas de Ayn Rand, sino de la aplicación de la doctrina randiana, tanto de manera explícita como implícita. En enero de 2018, cuando ni siquiera soñaba con iniciar la carrera política, Milei se mostraba ya partidario[i] de iniciar La rebelión de Atlas, afirmando que de un lado deberían estar “los defensores de la justicia social y los parásitos” y del otro “los que queremos vivir del fruto de nuestro trabajo”. Concluía, convencido, diciendo que “no importa qué parte del país nos den, la convertiríamos en un verdadero paraíso”.

Ya metido en la arena política, pese a que muchas de sus intervenciones estaban centradas en asuntos de raíz económica —Milei es economista de profesión—, no perdía oportunidad en sus apariciones públicas para reclamar la suya como una propuesta política de raíz moral, porque se apoya en valores. Aprovechaba así, muy a la manera randiana, para señalar a sus adversarios como basados en “valores inmundos”[ii], como la envidia, el odio, el resentimiento, el trato desigual frente a la ley, el robo y el asesinato. De ese conjunto de valores morales “nada bueno puede salir”, concluía.

Empresarios y empresaurios

En sus habituales clases al aire libre con las que fue sumando adeptos, Milei no buscaba conquistar a los asistentes tanto con cifras y porcentajes, sino con esta persuasiva manera de presentar sus ideas como mejores en términos morales. No se limitaba a decir que el capitalismo es un buen instrumento para generar riqueza o hacer crecer el PIB per cápita, sino que subrayaba que su mejor cualidad era que se trata de un sistema justo.

Por eso diferencia a los empresarios prebendarios, los “empresaurios” que solo viven de negocios que se sustentan en su capacidad de influencia sobre los políticos que regulan su sector, de los verdaderos emprendedores, los grandes productores, los creadores, los industriales, los científicos que hacen avanzar el mundo, porque estos son los grandes benefactores de la humanidad. En el sistema actual, a estos últimos se los castiga a través de impuestos siempre crecientes, mientras que a los primeros se los premia a través de concesiones administrativas y legislaciones que limitan la competencia.

La rebelión de Atlas

Cuando Ayn Rand publica La rebelión de Atlas en la década de 1950, presenta un escenario de un país al borde del colapso económico después de años de mal gobierno colectivista, donde los ciudadanos productivos e innovadores son explotados para sostener a aquellos que no trabajan ni producen. Como sabemos, la narración plantea la pregunta de qué sucedería si un día estos individuos decidieran dejar de cargar con el peso del estado sobre sus hombros, similar a la figura de Atlas cansado de llevar el mundo en sus espaldas.

¿No es esta la poderosa metáfora de que se ha servido Javier Milei para llegar tan amplio público? A diferencia de países como Estados Unidos, donde la de Ayn Rand es una obra imaginaria y ficticia, en Argentina, esta historia parece reflejar una realidad palpable, describiendo al país como una rueda atascada con un obstáculo: sin movimiento, o más bien mejor, retrocediendo cada año que pasa.

Corderos y leones

La conversión que Milei ha logrado en parte del pueblo argentino (la parte que produce, con independencia de su nivel de ingresos) podemos asemejarla a la conversión que Ayn Rand ha logrado de miles o millones de personas en todo el mundo a través de su obra literaria. Su constante apelación a los espíritus dormidos de la sociedad se sintetiza en su muy randiana frase “Yo no vengo a guiar corderos, vengo a despertar leones”. El rechazo frontal a la llamada justicia social que ha mostrado en su carrera política no es otra cosa que el mismo rechazo de Ayn Rand al altruismo y a la vez una vindicación del egoísmo virtuoso. “No con la mía”, afirma, en referencia a que con el dinero ajeno todos podemos ser muy generosos y que ese tipo de caridad carece por completo de mérito.

Frente a un lenguaje común que ve como algo malo el individualismo, Milei ha alzado la voz para decir alto y fuerte que lo malo no es el individualismo, sino el colectivismo. Del mismo modo, en un mundo donde las corrientes de pensamiento a menudo se centran en lo colectivo, Ayn Rand destacó en la defensa de la autonomía y la singularidad del individuo. Su enfoque claro y directo en la realidad y la razón resonó en el hombre común que buscaba no solo entender el mundo, sino también forjar su propio camino en él. Si vemos a Ayn Rand como un ejemplo de filósofa popular, al mantenerse como una figura influyente cuyas ideas continúan inspirando y desafiando las percepciones convencionales sobre la vida, la moralidad y la libertad individual, no podemos evitar reconocer a Javier Milei como uno de sus más notables epígonos.


[i] 5 de enero de 2018

[ii] 26 de marzo de 2021

Deuda y política: atrapados en 2010

El titular económico más destacado el pasado 29 de diciembre fue que el IBEX cerraba su mejor año desde 2009. Todos los que tenemos presente qué pasó con la economía española en los primeros años de la década pasada tuvimos un pequeño escalofrío. Y es que 2010 fue el año en el que nos despertamos de un bonito sueño. Ese en que nuestro país tenía superávits, su sector bancario era el más sólido de Europa y aspirábamos a salir de la crisis internacional con una bonita uve, que nos llevase a codearnos con las potencias del G7.

Todo empezó en 2007 con las hipotecas subprime en EEUU. Mientras se desarrollaba la tragedia al otro lado del atlántico, aquí reelegimos a Zapatero a principios de 2008, cuyo ministro de economía, Pedro Solbes, actuaba como supuesta garantía de respeto al equilibrio presupuestario. Pero la fiesta acababa de empezar. En septiembre de ese año quiebra Lehman Brothers y se desata el pánico en todo el mundo.

A principios de 2009 Zapatero decide ignorar a su vicepresidente económico ya que, con una deuda pública por debajo del 40%, pensó que se podía permitir una especie de barra libre fiscal. Esto llevó al Estado a un déficit público del 11,28%. Para hacerse una idea de la barbaridad que cometió nuestro expresidente, en 2020, con medio país paralizado, el déficit no superó esta cifra. Se quedó en el 10,12%.

Desconfianza hacia el Teroro Español

El año 2010 empezó con este dato, unas cajas de ahorros que ya daban señales claras de que no eran dignas del mejor sistema financiero de occidente, y una crisis griega que iba a poner en cuestión que la adopción del euro fuera un camino sin retorno. El señor Mercado decidió que el Estado español ya no era digno de tanta confianza.

El Reino de España había pasado de tener superávits y una economía en crecimiento, a un déficit monstruoso que no impedía que se destruyera empleo como si hubiéramos enchufado una picadora de carne a nuestro mercado laboral. Y a eso se le sumó unas cajas de ahorros y un Banco de España que transmitieron que la digestión de la burbuja inmobiliaria estaba aún sin hacer.

Nuestro país se convirtió en un problema mundial. Parecíamos destinados a ser el Lehman Brothers estatal. El país que al caer se iba a llevar por delante al resto de economías del mundo. Y en mayo sucedió el “ataque a Pearl Harbor”, que es la expresión que Zapatero usó para explicar cómo los líderes de las principales economías del mundo le hacen salir de su burbuja, y asumir que iba a tener que hacer reformas y recortes de gasto. O lo que era lo mismo; que su carrera política había llegado a su fin.

Los protagonistas

Desde ese día y hasta finales de 2012 España siguió siendo un problema para el mundo, Europa y el Euro. Es verdad que compartimos protagonismo con otros países, pero nunca dejamos de tener el foco encima. Nuestra economía sufrió mucho, con caídas del 3% del PIB como la del 2012, y una tasa de desempleo que era simplemente surrealista. La crisis acabó con todos los países con problemas rescatados por la Troika, menos España e Italia, que cumplieron con el expediente para salvar los muebles y doblar el brazo al Bundesbank con el famoso whatever it takes de Draghi.

Sobre este período tormentoso de nuestra historia se ha escrito mucho. Seguramente lo más interesante a estas alturas sea quedarse con los relatos de sus protagonistas. Rodrigo Rato, Pedro Solbes, Rodríguez Zapatero, Luis de Guindos y Mariano Rajoy no quisieron privarnos de su versión de los hechos por medio de su propio libro sobre la crisis de deuda.

Los políticos no son la mejor fuente de información si queremos atenernos a los hechos, pero sí nos dan una idea clara de qué ideas imperaron en el transcurso de una época. Y en una crisis, el catálogo de ideas disponibles en las mentes de los líderes políticos son las que van a marcar el rumbo a tomar.

Pedro Solbes

Empecemos por Pedro Solbes. En su libro Recuerdos publicado en 2013 deja meridianamente claro que toda la responsabilidad sobre la falta de reformas y descontrol del déficit fue de su jefe:

Al presidente le llegaban distintas opiniones sobre la situación y con frecuencia las visiones alternativas a la del ministro de Economía y Hacienda pesaban más en las decisiones de Zapatero. Tenía claras discrepancias con el presidente pero la fundamental era sobre el posteriormente tan repetido debate entre austeridad y crecimiento. En mi visión el equilibrio entre ambos conceptos es fundamental. La austeridad excesiva impide el crecimiento, pero no es posible crecer sin financiación, por ello no perder el control de las finanzas públicas era esencial.

Con la caída de actividad, utilizar el margen existente para aplicar los estabilizadores automáticos (empleo y evolución de ingresos, fundamentalmente) daba ya un claro impulso a la economía por lo que era contrario a medidas discrecionales, sobre todo si no tenían una fecha de caducidad e iban acompañadas de un programa claro y creíble de reformas y de vuelta a la estabilidad. En otro caso existía el riesgo de perder la confianza de los inversores, tema especialmente sensible para un país como el nuestro con una gran dependencia de la financiación exterior.

Frente a ese enfoque, Zapatero prefería la alternativa que defendía que una expansión fiscal adicional era imprescindible y que había mayor margen del que yo proponía; sólo con más gasto se recuperaría el crecimiento y se reequilibrarían las cuentas públicas. En otros puntos también existían aproximaciones distintas: baste citar el papel de los sindicatos, la reforma laboral, los límites de la política de infraestructuras o el coste de las renovables y su financiación.

Mercado laboral

En su enfrentamiento con el presidente llegó a redactar una estrategia de recuperación a principios de 2009 que incluían estas medidas:

En el ámbito laboral, se generalizaban las cláusulas de descuelgue para los convenios de ámbito superior al empresarial por un plazo de dos años. Para impulsar la contratación, se proponía introducir un nuevo contrato indefinido de fomento del empleo para todas las nuevas contrataciones que contemplara una indemnización creciente en función de la antigüedad del trabajador y cuya rescisión recayera únicamente sobre la empresa, sin intervención judicial o administrativa.

Como alternativa se proponía la reintroducción del contrato temporal de fomento del empleo, con una duración mínima de 6 meses y máxima de 5 años y una indemnización por despido de 12 días por año trabajado.

En lo relativo a los salarios, se proponía la congelación del sueldo de los funcionarios durante dos años y la recomendación al sector privado de moverse entre la congelación y una subida máxima del 1 por ciento. También había medidas fiscales. Por un lado, proponíamos una rebaja transitoria del IRPF, sólo por un año, para las rentas más bajas y los autónomos, acompañada de una subida del tipo marginal máximo del 42 al 44 por ciento y de un incremento del tipo reducido del Impuesto sobre Sociedades que se aplicaba a las SICAV. También proponíamos eliminar la deducción de 400 euros y la deducción por nacimiento de hijos para los contribuyentes con menores rentas y subir los impuestos especiales.

Aquélla socialdemocracia

Zapatero rechazó su estrategia y ello llevó a su relevo en el ministerio:

«Pedro, este documento es inaceptable. Lo que propones lleva implícitas dos huelgas generales». Le señalé que si no se llevaban adelante esas propuestas no evitaríamos la huelga general y se produciría en condiciones económicas y sociales mucho más difíciles. La respuesta, no por esperada, me impactó menos.

Podemos ver que Solbes, que había formado parte de los gobiernos del PSOE hasta entonces, tenía una posición sobre las reformas y recortes a realizar más ambiciosa que la del PP por esas fechas.

La visión socialdemócrata que muestra en su libro de memorias, más centroeuropea que peninsular, seguramente le sitúan como el último ministro de Economía que quiso realizar reformas de calado en España. No por imposición de terceros países, sino por convicción propia. Otra cosa es lo que pudo hacer en realidad, que fue muy poco. Pero desde luego su visión de muchos temas iban en la buena dirección. 

Financiación territorial

Por poner un ejemplo, su posición sobre la financiación territorial española podría ser suscrita por cualquier liberal:

Como alguien que procede de la transición prefiero el pacto a la confrontación. Pienso que lo acordado en la Constitución continúa siendo válido. Pero a pesar de los múltiples esfuerzos, de unos y otros, no hemos conseguido un modelo estable de financiación territorial. Pienso que un gasto descentralizado y una participación en los ingresos estatales no va a resolver el problema. Cada Administración debe tener más capacidad de ingreso para hacer frente a sus necesidades de gasto y responder de la misma ante sus electores.

El siguiente protagonista es José Luis Rodríguez Zapatero. El principal responsable de lo sucedido en 2010, y por ello, el que más prisa se dio en publicar un libro exclusivamente para justificarse: El dilema: 600 días de vértigo, 2013.

La política por encima de todo

Zapatero muestra en este libro que su visión política está por encima de la propia realidad.

No está de más retener que el último día de 2009 la prima de riesgo de España estaba en 59 puntos básicos de diferencial con el bono alemán, es decir, estábamos en una cómoda posición que explica la relativa tranquilidad con la que asumí la situación del proceso de consolidación fiscal y de reducción del déficit, dado que los mercados y las agencias de calificación nos consideraban plenamente solventes.

En enero de 2009 Standard & Poor’s ya nos había retirado la triple A. En marzo se tuvo que intervenir la Caja Castilla la-Mancha, en diciembre se tuvo que reestructurar el sector financiero para pasar de cuarenta cajas a quince. Y para entonces ya se sabía que el déficit iba a superar los dos dígitos y el paro iba a situarse en cuatro millones de personas. Una situación muy cómoda, sí.

Riesgo Zapatero

A la postre, para él la prima de riesgo no se basa en la realidad del país que gobernaba, eran otros actores los que se movían entre las sombras:

En el fondo, no deja de ser paradójico que aquellos que elevan la presión sobre nuestra prima de riesgo, con posiciones de venta y desafección, son los que luego determinan la evaluación sobre los efectos de sus propias decisiones, para otorgar mayor o menor grado de solvencia al país. Y lo peor es que, en este mundo abierto y de plena libertad de movimiento de capitales, no cabe recurrir a una segunda opinión o a un tribunal independiente, ni siquiera a un arbitraje.

Las agencias de calificación fueron las malas de la película para la izquierda. Fue la demagogia con la que se intentó tapar la irresponsabilidad de los Estados. Son esas ideas ponzoñosas que confunden a la población hasta el punto de no entender cosas tan básicas como que no puede pedir a alguien que te preste dinero si no le das garantías de que se lo vas a devolver. Y ese clima social, para colmo, sorprende después a los que lo han propiciado:

Viví una gran paradoja. A partir de aquel mayo de 2010, a medida que notaba mayor apoyo de los líderes europeos y generaba más confianza en los grandes inversores internacionales, perdía popularidad entre mis compatriotas. Y, como es fácil de entender, no era una paradoja fácil de sobrellevar.

Zapatero y Merkel

Pero por no pararme en las muchas contradicciones de Zapatero, me voy a quedar con su posición ante la propuesta de Merkel de que en el rescate a Grecia tenían que haber participación privada (quitas):

Respaldé la posición de Trichet. Como presidente del Gobierno de España, no tenía ninguna duda de que así defendía el interés de mi país. Porque, como los hechos demostraron más adelante, sobre todo en el mes de agosto, el efecto en los mercados de deuda de la otra opción podría ser muy negativo, en particular para España y otras naciones europeas.

Pero en el caso de haber tenido que pronunciarme sólo en función de mis ideas, es probable que hubiese secundado la posición de Merkel. Como queda reflejado en las páginas de este libro, no era la primera vez que la crisis me situaba ante dilemas que comprometían el equilibrio entre convicciones y responsabilidad. Y que yo, en soledad, tenía que decantar en una u otra dirección a medida que irrumpían al socaire de la propia crisis.

Te pido prestado, pero no puedes desconfiar

El sector privado tiene que asumir que si presta a un Estado que no es solvente puede no recuperar su capital. Eso es lo moralmente aceptable. Pero todo el libro está repleto de reflexiones e ideas que dicen exactamente lo contrario. Que un Estado no debería estar tan expuesto al escrutinio de sus prestamistas privados. De hecho, acaba el libro con esa reflexión:

¿por qué no abrir un debate sobre posibles reglas de cooperación y arbitraje en el ámbito de los mercados financieros? ¿O es que tenemos que resignarnos a no poder evitar o paliar los riesgos que generan los gigantescos vaivenes que van de la exuberancia a la aversión al riesgo, esos movimientos que tan graves impactos económicos y sociales son capaces de generar?

Es moral que el capital privado corra riesgos, pero no nos podemos resignar a sufrir los efectos que ese riesgo provoca en los tipos de interés del Estado. El típico pensamiento bipolar de los socialistas que tienen que conformarse con ser socialdemócratas.

Luis de Guindos

Pasemos ahora a Luis de Guindos. Actual vicepresidente del BCE, y ministro de economía en los gobiernos de Mariano Rajoy. Contó su experiencia en la crisis en el libro España amenazada en el año 2016.

Al igual que Solbes, De Guindos es técnico comercial y economista del Estado, pero, a diferencia de Solbes, en su libro no se puede leer una sola idea reformista o en defensa del equilibrio fiscal. Todo el libro gira sobre dos temas:

  • Su trabajo técnico y el de su equipo fue clave en parchear los problemas que se fue encontrando durante la crisis, y conseguir con ello no tener que pedir el temido rescate.
  • Recibió una herencia envenenada, principalmente por culpa del Gobernador del Banco de España (MAFO) y por la mala gestión en Bankia de su antiguo jefe: Rodrigo Rato.

De su relato casi no se puede extraer ninguna idea de provecho. Se enteró que sería ministro días antes de jurar el cargo, aunque hacía meses que era sabido que el PP gobernaría en una situación económica catastrófica, pero lo aceptó con naturalidad de fontanero. Según él, salvó a España amenazando a nuestros socios europeos con pedir un rescate de medio billón de euros cuando le exigieron condicionalidad a cambio del rescate bancario. O, dicho de otra forma: estuvo a punto de hacer quebrar a España y media Europa con tal de no hacer reformas de calado en nuestra economía.

Y, en definitiva, se dedicó a ir de un sitio para otro cumpliendo la directriz que le había dado su jefe: no podemos ser rescatados. ¿Qué aportó políticamente? ¿Qué ideas sembró durante sus años en el ministerio? Ateniendo a su testimonio no podemos encontrar nada. Quizá sea el cargo público que mejor define a los gobiernos de Mariano Rajoy.

Mariano Rajoy

Precisamente vamos ahora con su versión. Rajoy relata su paso por la presidencia del gobierno en Una España mejor publicado en 2019. Al igual que de Guindos y Zapatero, el libro refleja la obsesión que tuvieron con que España no fuera rescatada. Leyéndolos, tener el BOE a tu disposición no te permite dar argumentos al capital privado para confiar en tu solvencia. Todo se reduce a convencer a otros países, que sí usan su BOE para ser solventes, de que te ayuden por medio del Banco Central común.

Lo que estaba pasando ya no tenía que ver con los fundamentos de la economía española, que estaba haciendo todas las reformas necesarias para enderezar su rumbo. En realidad, a pesar de nuestras reformas, que todo el mundo alababa y consideraba necesarias, los mercados habían empezado a apostar a corto plazo por la ruptura del euro, y en esa hipótesis Grecia sería la primera pieza en caer, pero España e Italia no iban a aguantar mucho más tiempo. Ese era el pronóstico que se estaba descontando y nada de lo que pudiéramos decir entonces ni de lo que pudiéramos hacer parecían calmar aquella oleada de pánico.

Un caladero de votos

Que el gobierno no estaba haciendo todas las reformas necesarias era algo evidente. Entre otras cosas el propio Rajoy lo confiesa en el libro en muchas ocasiones:

Hemos defendido las pensiones por encima de todo porque son uno de los elementos que mejor definen a la sociedad que queremos; una sociedad solidaria en la que unos cuidamos de otros; una sociedad en la que nadie debe tener miedo, en la que los más débiles o quienes ya no pueden valerse por sí mismos cuentan con protección del conjunto.

Curiosamente el mejor elemento que define a nuestra sociedad es aquel que más votos da a nuestros políticos. Y fue la verdadera razón por la que pedir un rescate era lo único que querían evitar a toda costa. Con el rescate se acababa el sistema de pensiones español tal como lo conocemos, y con él la posibilidad de gobernar del partido que lo pidiera.

Huelga

Además de la defensa de las pensiones, Rajoy confiesa otros vicios del PP que casi nos cuestan la quiebra:

En cualquier caso, nosotros decidimos deliberadamente no hacer una batalla política de aquella jornada. No hubo ataques a las centrales sindicales ni la menor tentación de menospreciar su movilización. Nunca nos planteamos abrir una pugna ante la opinión pública sobre las cifras de participación o la incidencia de los paros.

Carecía de todo sentido tener al país enfangado varios días en una polémica estéril sobre la incidencia de la huelga, prolongar un debate que no interesaba a nadie e irritar gratuitamente a los convocantes y a quienes simpatizaban con ellos. Entendía las razones de los sindicatos y sabía que algunos elementos de la reforma podían recortar su capacidad de interlocución exclusiva, pero no era mi Gobierno el que les estaba quitando poder, sino la propia realidad económica y su extrema complejidad.

“¿Qué hacemos con esta gente?”

A mí me tocaba legislar pensando en el interés general y ello suponía pensar en los trabajadores que tenían empleo, pero también en quienes lo habían perdido y los que todavía corrían el serio riesgo de perderlo. Sabía asimismo que cuanto más abrupta fuera nuestra ruptura, más trabajo nos iba a costar reconstruir los puentes de diálogo, tan necesarios para transitar por aquella difícil coyuntura.

el diálogo social quedaba muy tocado tras aquella huelga general. A la mañana siguiente llamé a la Ministra de Empleo, una mujer admirable que nunca perdió ni la sonrisa ni el ánimo: —Fátima, ¿y ahora qué hacemos con esta gente? —Lo único que podemos hacer, Presidente: invitarlos a desayunar.

Los sindicatos mayoritarios fueron los responsables, junto al gobierno de Zapatero, de una destrucción de empleo sin precedentes. Lo lógico es que el gobierno no solo quisiera entrar en una batalla política con ellos, sino que debería haber aprovechado su situación de debilidad para reformar su papel en la sociedad española. En su lugar, los invitaban a desayunar. No hay mucho más que decir.

Regiones

Rajoy no sólo tiene una visión irreal de los sindicatos, también la tiene de las Comunidades Autónomas:

Concibo España como un país unido y solidario de ciudadanos libres e iguales y, por este motivo, no puedo aceptar que algunos de ellos vean menoscabados sus niveles de vida por los errores de sus dirigentes. Por más que nos puedan irritar ciertos comportamientos políticos, quienes creemos en una España unida no podemos renunciar a actuar en consecuencia.

Esa descripción está muy bien si abogamos por un Estado jacobino (tan de moda en estos días). Pero es totalmente incomprensible en alguien que defiende el régimen de autonomías español. ¿Qué sentido tiene que haya elecciones y gobiernos autonómicos si las políticas de estos no pueden llevar aún menoscabo de los servicios que prestan? ¿Para qué vota la gente entonces?

Pero quizá, la tomadura de pelo más descarada del libro es la defensa que hace Rajoy sobre por qué no quería pedir el rescate, ya que las reformas y los recortes las debía tomar su gobierno y no la Troika:

Pero para pedir sacrificios en momentos de dificultad o para liderar a una sociedad frente a ese tipo de desafíos es preciso un sólido mandato democrático; al menos eso es lo que yo siempre he creído.

No soy yo, es la realidad

Tanto Zapatero, como De Guindos, como Rajoy han escrito cientos de páginas donde no ocultan que todo lo que hicieron desde 2010 a 2012 no fue por sus convicciones sino por necesidad. Si la prima de riesgo no hubiera ascendido a niveles insostenibles no habrían recortado ni reformado nada. Si el Banco Central Europeo hubiera intervenido en nuestra deuda desde el principio sin exigir condicionalidad tampoco se habrían movido.

¿Dónde está el mandato democrático? Con rescate y sin rescate la realidad habría impuesto al Reino de España la política a seguir, ya que sus dirigentes no mostraron ideas que fueran compatibles con la sostenibilidad de las cuentas públicas. Por lo tanto, la única diferencia es que, forzando la mano al BCE a cambio de reformas muy limitadas, se consiguió evitar un rescate que habría supuesto unas reformas más profundas. Esa fue la herencia de Mariano Rajoy. Y es la que refleja en informe de esta casa publicado recientemente.

El último protagonista debería haber sido el primero. Rodrigo Rato publicó el año pasado Hasta aquí hemos llegado. El problema del libro es que prácticamente no entra en detalles de su etapa en el ministerio de Economía y en el FMI, y se centra, como es lógico, en su etapa en Caja Madrid y posterior calvario judicial.

La historia personal de Rato me recuerda a una lección de Warren Buffett donde explicó que unos tipos con los mejores coeficientes intelectuales y gran experiencia hicieron una gran estupidez: but to make the money they didn’t have and didn’t need, they risked what they did have and did need.

¿Qué ideas?

Pero lo que nos interesa es saber qué ideas desliza en su libro sobre las medidas económicas que se tomaron o se pudieron tomar en esa época. Y lo cierto es que no hay nada. Lo que debería ser desconcertante en el ministro de Economía de la época más reformista de la democracia.

Sí hay aspectos interesantes sobre los límites a los funcionarios y su responsabilidad ante sus excesos o la presunción de inocencia. Muy razonable viniendo de alguien que ha pasado por la trituradora judicial española.

Con razón los fiscales anticorrupción presumen de que, «en caso de absolución, nosotros ya hemos ganado cinco a uno: detención, filtraciones, fianzas, embargos y banquillo». Aun así, la Fiscalía Anticorrupción pierde más del 50 % de las causas convirtiéndose en el mayor litigante temerario de España, pero a los fiscales nunca les condenan, ni siquiera en costas, cuando sus denuncias resultan infundadas o incluso con aspectos ilegales, que de todo hay. Ya lo dicen ellos, que siempre ganan.

Colocar peones en Cajas de Ahorros

Quizá la lección más importante del libro de Rato es para aquellos que mantienen una visión romántica de la política. Cuenta que él llegó a Caja Madrid gracias a que Mariano Rajoy y Zapatero pactaron su nombramiento para pasar por encima del candidato que Esperanza Aguirre había pactado con el Partido Socialista de Madrid. Esas eran las cajas de ahorros españolas, que por suerte ya no existen, y esos son sus partidos políticos, que por desgracia siguen existiendo tal cual.

Hemos entrado en 2024 y podría tirarme a la piscina pronosticando que este año volveremos a tener una crisis de deuda como la del 2010. Existen algunos indicios que podrían apuntar a ello: el fin de la compra del BCE de nuestra deuda, la vuelta al pacto de estabilidad y crecimiento, tipos de interés en niveles muy altos con una deuda récord, el motor europeo alemán en dificultades, un presidente del gobierno que, como Zapatero, antepone sus golpes de efecto políticos a los criterios económicos más elementales, o un nuevo ministro de Economía subordinado a la política.

Nada sustancial ha cambiado

Lo cierto es que nadie sabe lo que pasará este año. Lo que sí sabemos es qué ideas fueron las que primaron en 2010, y que esas ideas no han cambiado nada desde entonces. Somos un país que lleva tanto tiempo trampeando las reglas que nos imponen desde fuera, que ya no tiene más política que la huida hacia delante, sorprendidos de que la temida Europa no nos termine de parar los pies.

Hoy en día existe una nostalgia algo artificial sobre una España industrial que se abría camino en el mundo en la segunda mitad del siglo XX. Más nos valdría recordar que para aspirar a eso hace falta financiación exterior, y que esta no va a llegar mientras seamos un país cuya deuda pública esté intervenida. Tiene que calar en la opinión pública una premisa que no hace tanto tiempo defendía hasta un ministro de Economía del PSOE: no se debe gastar más de lo que se ingresa. Y hay que reformar todo lo que haga falta para llegar a ese fin.

Es el “no hay plata” de Javier Milei en una situación mucho menos dramática. Pero si algo aprendimos en 2010, y hemos repasado intensivamente desde el año 2020, es que las cosas se pueden poner muy mal, muy rápido. No nos podemos permitir llegar a otra crisis con unos políticos sin ideas o con ideas nocivas. No podemos seguir atrapados en mayo de 2010.

Ver también

La peor crisis desde los años 70′. (Manuel Llamas).

La gran trampa de los bancos centrales. (Ignacio Moncada).

Por qué la inversión de la curva suele anticipar una recesión. (Juan Ramón Rallo).

Comienza una política de cielos abiertos en Argentina

Ya está en vigencia el decreto de necesidad y urgencia 70/2023, el que trabaja sobre múltiples áreas, pero contiene un eje común en la desregulación de los mercados. La posible privatización de Aerolíneas Argentinas (AA) como una aerolínea de bandera deficitaria corre por otro camino, mientras se abre la competencia para que ingresen al país algunas empresas low-cost.

Breve historia de Aerolíneas Argentinas

Fundada por un decreto de Juan Domingo Perón en 1950, Aerolíneas Argentinas dispuso hasta diciembre de 2023 de un monopolio en el país. AA ha mostrado en su historia una dinámica poco frecuente. En 1979 se transformó en sociedad del Estado. En 1990, en el marco de una ola de privatizaciones de aerolíneas en toda Latinoamérica, fue privatizada, reteniendo el Estado la deuda, y cayendo la empresa bajo el consorcio español Iberia. Más tarde, en 2001, comenzó un proceso de ampliación de la participación en manos de funcionarios españoles, traspasando finalmente la aerolínea al Grupo Marsans. Finalmente, en julio de 2008, AA fue parte de la ola de renacionalizaciones del gobierno de los Kirchner. Volvió a la administración pública.

Bajo la gestión de Mauricio Macri se impulsó el inicio de una política de cielos abiertos, habilitando el aeropuerto de El Palomar y permitiendo que empresas low cost, como Flybondi, fundada en 2016, compitieran con la aerolínea bandera, Aerolíneas Argentinas. Pero el proceso se interrumpió rápidamente con el gobierno de Alberto Fernández quien decidió cerrar aquel aeropuerto en 2020, lugar que utilizaban frecuentemente las aerolíneas de bajo costo y le dio prioridad a la aerolínea estatal. Fue durante su mandato también que LAN -una empresa que llegó a cubrir el 10 % de los vuelos de cabotaje en Argentina- abandonó el país.

Vuelta a los cielos abiertos

Los problemas sindicales continúan. Los crecientes subsidios a la aerolínea también. Los altos costos en este mercado siguen haciendo prohibitivo el acceso al servicio. La escasez de vuelos a los múltiples destinos y mala calidad de los viajes —representados en demoras y cancelaciones de vuelo— resulta en una consecuencia obvia.

Sin embargo, debemos observar aquí dos problemas diferentes: por un lado, el de su privatización o nacionalización. Ya forma parte de la agenda pública argentina de 2024 qué hará el nuevo gobierno con una empresa que hoy es financiada en una alta proporción por recursos tributarios, y no precisamente por los pasajeros que gozan del servicio. Javier Milei comentó en campaña y también ahora que entró en ejercicio su mandato la intención de reprivatizar la compañía, lo que también quedó planteado como una posibilidad -entre varias empresas estatales deficitarias- en el DNU.

Por otro, la apertura y desregulación del mercado. Que Aerolíneas Argentinas sea pública o privada resulta irrelevante, en comparación con la necesidad de desregular el mercado e ir hacia una política de cielos abiertos. Basta observar que tanto en EEUU como en diversos países de Europa se cuenta con aerolíneas estatales o de bandera y, sin embargo, el servicio es superior tanto en costo como en calidad.

Cielos abiertos y desregulación en los EE.UU, Chile, Gran Bretaña y Europa

Los mentores del actual Presidente de la Argentina, Alberto Benegas Lynch (h) y Martín Krause, dan en la tecla cuando afirman que “el cambio no se circunscribe a la venta de una empresa estatal ni a su paso a manos privadas, sino al marco regulatorio de la actividad que permite o restringe el funcionamiento del mercado. Es la competencia real o potencial la que incentiva a los agentes del mercado, en este caso las compañías aéreas, a reducir tarifas, ofrecer más servicios y mejorar la eficiencia. En la Argentina, en particular, por ser un país de grandes extensiones, las alternativas de transporte aéreo accesibles resultan de fundamental importancia”.

Los mitos en este campo son numerosos. La desregulación, para los mal informados, traería aparejado: 1) “el caos, la confusión y la incertidumbre”, 2) destruiría empleos, 3) resultaría en monopolios, 4) haría a los cielos menos seguros, 5) se incrementarían las pérdidas de equipaje, la sobreventa de asientos, las demoras en las salidas y llegadas de vuelos, 6) bajaría la calidad de las comidas y otros servicios en vuelo, y 7) habría una congestión en los aeropuertos.

El ejemplo de los Estados Unidos y Canadá

La evidencia empírica, sin embargo, contradice estas hipótesis. Herbert G. Gruble desarrolla precisamente un estudio comparado de la desregulación americana y la regulación canadiense, durante el período 1979 y 1988, y muestra sus conclusiones: “La performance comparativa de las aerolíneas de Canadá y EE. UU. entre 1979 y 1988 otorga una muy rara oportunidad de estudiar los efectos de los cambios en una política económica importante. Casi como un experimento de laboratorio, la industria de un país ha continuado operando en un entorno regulado, mientras que en el otro se enfrentó a políticas totalmente diferentes, […]

Los datos apoyan fuertemente el análisis teórico de los efectos de la desregulación. La mayor competencia en EEUU llevó a una notable reducción de los costos y tarifas en relación con los de Canadá. Tan espectaculares son los resultados que otras diferencias entre los dos países no pueden explicarlos. Generalmente, la desregulación aérea provee mayores beneficios a los consumidores”.

Chile y Europa

El caso chileno, también puede ilustrar la cuestión. Un trabajo de Jorge Asecio, publicado por el Instituto Libertad y Desarrollo, explica: “La incorporación de nuevas empresas prestatarias de servicios, así como la incorporación al mercado de nuevos y más modernos equipos de vuelo, que se adaptan mejor a los requerimientos de la demanda y presentan costos medios más bajos, aseguran un incremento de los niveles de demanda conocidos”. Además, agrega Asecio, “Las características del mercado llevaron a la autoridad a aplicar una política que permitiera generar condiciones de competencia, con lo cual se han obtenido incrementos de frecuencia, servicios a más bajo costo y una mayor cobertura aérea de nuestro país”.

En el caso de Inglaterra, la privatización de la British Airways es todavía recordada por el prestigio alcanzado en la calidad de sus servicios. El hecho de que las aerolíneas británicas compitan entre sí, como con aerolíneas extranjeras, dio como resultado que las tarifas de los vuelos que se originan en el Reino Unido sean, en general, más bajas que en los demás países europeos.

Por último, una mención especial merece el “Tratado de Cielos Abiertos para Europa”. Los 24 países miembros se resistieron durante un tiempo bastante prolongado a la desregulación, pero hoy disfrutan de los beneficios de una política de cielos abiertos entre Europa y EEUU, pudiendo volar libremente de un país a otro, y en muchos casos, a menores costos que en automóvil, autobuses o ferrocarril.

Primeros pasos en Argentina para la desregulación

El DNU 70/2023 abre el mercado nuevamente para la Argentina, derogando y modificando decretos y leyes para facilitar el ingreso de más líneas aéreas. Entre otros aspectos, el DNU modificó el código aeronáutico, por el cual se elimina el mecanismo de audiencia pública para otorgar rutas aéreas y se derogó el decreto 1654/2002 que permitía establecer bandas tarifarias. Al colocar precios mínimos, el gobierno de Alberto Fernández jugó en favor de Aerolíneas Argentinas y en detrimento de la existencia de empresas low cost.

La desregulación ya empieza a mostrar sus efectos. Con la entrada en vigencia del DNU 70/2023 el Ministerio de Infraestructura confirmó este jueves nuevas rutas aéreas que conectan destinos de la Argentina y otros países. JetSmart, Flybondi, Paranair y GOL son las primeras empresas low cost que entran en esta política de cielos abiertos, a las que se irán sumando otras nuevas, con precios accesibles y fomentando la competencia.

El nuevo gobierno informó que la primera empresa en aprovechar el nuevo marco regulatorio es Flybondi con vuelos de Aeroparque a Mar del Plata, que cuenta con el 90% de ocupación, con frecuencias los lunes, miércoles, viernes y domingo. Además, informaron sobre la ampliación de la oferta de esa misma empresa para conectar la Argentina con Brasil.

Por otro lado, desde de marzo JetSmart unirá Buenos Aireas con Concepción. Paranair volará desde Córdoba a Asunción del Paraguay, con frecuencias los miércoles, viernes y domingo. Gol, por su parte, iniciará el 1 de abril vuelos desde Ezeiza a Bogotá. Es apenas el inicio de una transformación del mercado aeronáutico argentino.

Ver también

Decálogo de un plan integral y urgente para Argentina. (Adrián Ravier).

Entreabriendo los cielos. (Francisco Moreno).

Por qué flaquea el mercado de vehículos eléctricos

John Miltimore. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

El mes pasado, Ford anunció que reducía a la mitad su objetivo de producción de su vehículo eléctrico más popular, la camioneta F-150 Lightning. Bloomberg News informó de que la planta insignia de la compañía en Dearborn, Michigan, tiene ahora la intención de producir 1.600 vehículos por semana en 2024, frente a los 3.200 de 2023.

La medida se produce apenas unos meses después de que Ford anunciara que iba a rebajar los precios del Lightning en 10.000 dólares. Y aunque la compañía citó la reducción de “los costes de las materias primas de la batería y el trabajo continuo en el escalado de la producción y el coste” para su recorte de precios, se está volviendo dolorosamente obvio que la baja demanda de vehículos eléctricos fue el principal catalizador.

Durante el verano, numerosas noticias mostraron que los fabricantes habían sobrestimado enormemente la demanda de vehículos eléctricos en el mercado, lo que se reflejaba en un exceso masivo en los concesionarios.

Muchos especularon con que el exceso se debía a la restricción de la oferta monetaria tras una serie de subidas de los tipos de interés de la Reserva Federal. El problema con esta hipótesis era que el exceso de vehículos eléctricos era incluso mayor que el de coches de gasolina. Como Axios informó en su momento, se ha acumulado una oferta de 92 días de vehículos eléctricos en los lotes de los concesionarios, que es “casi el doble de la media del sector.”

Una inversión masiva de capital. ¿Un error?

Huelga decir que este no era el plan. Tras un año récord de ventas de vehículos eléctricos en 2021, muchos fabricantes de automóviles apostaron fuerte por el futuro de los VE. Ford, por ejemplo, anunció en 2022 que aumentaría el gasto en vehículos eléctricos a 50.000 millones de dólares hasta 2026 -un incremento de más del 50%- y crearía una nueva división de vehículos eléctricos.

En retrospectiva, el movimiento de Ford parece absurdo, teniendo en cuenta la caída de la demanda de vehículos eléctricos. Pero para ser justos, las cosas parecían muy diferentes a principios de 2022. Los vehículos eléctricos estaban experimentando un segundo año consecutivo de récord de ventas, y pocos analistas predecían que esa tendencia perdería fuerza en 2023.

Al contrario, en abril, la Agencia Internacional de la Energía publicó un informe que proyectaba un aumento del 35% en las ventas mundiales de VE en 2023, citando la fuerte demanda del mercado en “China, Europa y Estados Unidos.” Además, Ford podría confiar en las exenciones fiscales del gobierno para impulsar la demanda en EE.UU., donde los consumidores pueden recibir hasta 7.500 dólares en créditos fiscales al comprar un nuevo VE.

A pesar de los incentivos fiscales, los consumidores no están adoptando los vehículos eléctricos con la rapidez prevista por los analistas: se espera que los vehículos eléctricos representen sólo el 9% de las ventas de vehículos ligeros en 2023, según EV Hub, un proyecto de Atlas Public Policy que realiza un seguimiento de las ventas de vehículos eléctricos.

Un símbolo político

Es probable que la noticia de que el mercado de los vehículos eléctricos está atravesando dificultades emocione a algunos y enfurezca a otros. En cierto sentido, es extraño. ¿Por qué iban a alegrarse los consumidores por el éxito o el fracaso de un producto? Pero tiene más sentido una vez que uno se da cuenta de que el vehículo eléctrico se ha convertido en cierto modo en un símbolo político, defendido por quienes los ven como un producto virtuoso que puede proteger a la humanidad del cambio climático y con la oposición de muchos que resienten su estatus fiscal preferente.

Dejando a un lado la política, no hay nada intrínsecamente malo en los vehículos eléctricos. Muchos VE son fantásticos, aunque todos tienen contrapartidas, como cualquier producto. Por ejemplo, el Tesla Model Y Long Range tiene una aceleración fuera de lo común (pasa de cero a cien en 4,8 segundos) y una velocidad máxima impresionante (135 mph). Tiene una gran autonomía (330 millas), capacidad para siete personas e incluso puede conducirse solo.

Las desventajas de los vehículos eléctricos

¿Los contras? Bueno, el precio del Model Y empieza en 48.000 dólares. No es, ni mucho menos, el vehículo más caro de Tesla (el Model X Plaid cuesta el doble), pero no es barato, y el precio aumenta con los accesorios. La inasequibilidad no es el único inconveniente de los vehículos eléctricos (más adelante hablaremos de ello), pero es una de las principales razones por las que los estadounidenses han tardado tanto en adoptarlos.

“Hemos analizado los precios de los vehículos eléctricos en Estados Unidos durante 13 años y, en dólares ajustados a la inflación, el precio medio de un VE no ha bajado, sino que ha subido”, afirma Ashley Nunes, investigadora asociada de la Facultad de Derecho de Harvard, en un reportaje de la BBC publicado en noviembre. “[D]ependiendo del día, una diferencia entre 15.000 y 20.000 dólares… es bastante fácil averiguar qué opción van a elegir [los consumidores]”.

Esta preocupación está justificada

Por supuesto, hay otras ventajas y desventajas. No se trata sólo de que los VE tiendan a tener una autonomía mucho menor que los coches de gasolina. También está la cuestión de dónde cargar el vehículo cuando se queda sin combustible.

Este es uno de los principales problemas para los estadounidenses. Un estudio realizado por el Instituto de Política Energética de la Universidad de Chicago y el Centro de Investigación de Asuntos Públicos de Associated Press-NORC reveló que el 77% de los encuestados citó la falta de estaciones de carga como razón para no comprar un VE, sólo superada por el elevado coste (83%).

Un análisis de McKinsey & Company muestra que EE.UU. tendría que multiplicar por 20 su infraestructura de recarga para disponer de suficientes estaciones de carga y cumplir el objetivo del Gobierno federal de que los vehículos eléctricos representen el 15% de todos los vehículos en 2030.

¿Incompetencia manifiesta?

Algunos podrían ver en la reticencia de los consumidores estadounidenses a adoptar más rápidamente los vehículos eléctricos un defecto del sistema económico del país, pero en realidad es un punto fuerte.

La economía, por encima de todo, es el estudio de cómo se asignan los recursos escasos. Dado que las economías son infinitamente complejas, los recursos se asignan de forma más eficiente a través de las fuerzas del mercado, que implican a compradores y vendedores que poseen conocimientos locales y toman decisiones racionales (como no comprar un VE si no puedes permitírtelo o alimentarlo de forma fiable).

Un rápido vistazo a la historia y unas nociones básicas de economía demuestran que la planificación central nunca puede igualar la eficiencia de los mercados, y esta tesis se ve reforzada por los torpes esfuerzos del Gobierno federal para obligar a los estadounidenses a comprar vehículos eléctricos.

Infraestructuras

Incluso cuando el gobierno federal renuncia a cientos de millones de dólares cada año debido a los créditos fiscales para las nuevas compras de vehículos eléctricos, ha demostrado una gran incompetencia a la hora de proporcionar la infraestructura necesaria para apoyar estos vehículos.

La Ley de Inversión en Infraestructuras y Empleo del Presidente Biden, aprobada en 2021, asignaba 7.500 millones de dólares a la financiación de infraestructuras de recarga. Su objetivo era construir 500.000 estaciones públicas de recarga de vehículos eléctricos en todo Estados Unidos.

Pero, como informó Político a principios de este mes, no se ha construido ni una sola estación de carga con esta iniciativa. ¡Cero! Aunque se han adjudicado contratos a muchos estados, sólo dos -Pennsylvania y Ohio- han empezado a construirlas. Además, el gobierno federal está impidiendo activamente la construcción de estaciones de recarga en el lugar quizá más obvio y conveniente: las áreas de descanso.

La desventaja medioambiental de los vehículos eléctricos

Algunos podrían argumentar que esta ineficacia es desafortunada pero necesaria, ya que hay que abandonar los combustibles fósiles para salvar a la humanidad del cambio climático, pero este argumento falla por varias razones. Para empezar, los vehículos eléctricos tienen su propia huella de carbono, y no es pequeña. De hecho, los vehículos eléctricos consumen mucho más CO2 que los coches de gasolina.

Hace unos años, investigadores alemanes calcularon que se necesitan 30.000 libras de CO2 para producir una sola batería de Tesla. Mientras tanto, los ejecutivos de Volvo han admitido que su popular C40 Recharge debe recorrer unos 70.000 kilómetros antes de que su impacto de carbono sea inferior al de su homólogo de gasolina (a menos que funcione con electricidad producida únicamente a partir de energía eólica, lo que no va a suceder).

Huella de carbono

La elevada huella de carbono de los vehículos eléctricos puede compensarse si los vehículos circulan el tiempo suficiente porque generan menos CO2 durante su ciclo de vida. Pero, independientemente de cómo se analicen los datos, está claro que los vehículos eléctricos no son la panacea ecológica que muchos han llegado a creer. Según The Wall Street Journal, un cambio completo de los coches de gasolina a los vehículos eléctricos reduciría las emisiones mundiales de CO2 en un 0,18%.

Además, los vehículos eléctricos conllevan otras contrapartidas medioambientales a las que rara vez se presta atención, como las enormes cantidades de cobre, litio, cobalto y otros minerales que se extraen mediante la minería a cielo abierto y otros procesos que requieren un uso intensivo de la tierra (y de mano de obra).

El verdadero “capitán” del barco

En resumidas cuentas, el mercado estadounidense de vehículos eléctricos es un caos que, según muchos analistas, empeorará antes de mejorar. Y los fabricantes de automóviles como Ford, que apostaron fuerte por el futuro de los vehículos eléctricos, probablemente sufran, al menos a corto plazo. No tenía por qué ser así.

La tecnología de los vehículos eléctricos -especialmente motores y baterías- está mejorando rápidamente, y es probable que hubiera surgido un mercado para los vehículos eléctricos incluso sin las muchas intrusiones federales que han añadido confusión al mercado.

La decisión de Ford es un recordatorio importante de quién es el verdadero jefe en una economía de libre mercado. No es Ford. Y desde luego no es el gobierno federal.

“Los capitalistas, los empresarios y los agricultores son decisivos en la dirección de los asuntos económicos. Llevan el timón y dirigen el barco. Pero no son libres de marcar su rumbo”, explicaba el economista Ludwig von Mises en su obra Burocracia. “No son supremos, son sólo timoneles, obligados a obedecer incondicionalmente las órdenes del capitán. El capitán es el consumidor”.

Ford haría bien en empezar a escuchar a los verdaderos capitanes de la economía y prestar menos atención a las promesas de políticos y burócratas que intentan guiar el barco.

Ver también

Confiemos en el mercado para acabar con los nuevos coches de combustibles fósiles desde 2030. (Lynsey Jones).

¿Tiene futuro el coche eléctrico? (Alberto Illán Oviedo).

Dejemos que mueran los zombies. (Andy Mayer).

El asesinato del coche eléctrico. (José Carlos Rodríguez).

¿Tienen sentido los imperios desde el punto de vista económico?

Por Kristian Niemietz. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

¿Por qué empezó la Revolución Industrial en el noroeste de Europa? ¿Por qué Occidente se industrializó mucho antes que el resto del mundo? La mayoría de los economistas sostienen que esto ocurrió porque Occidente desarrolló un conjunto de instituciones excepcionalmente propicias para el crecimiento económico. Especialmente el Estado de Derecho, la seguridad de los derechos de propiedad, unos sistemas jurídicos imparciales y eficaces y la libertad contractual.

Se trata, por supuesto, de una explicación muy general y amplia, que aún deja mucho margen para el desacuerdo, por ejemplo, sobre el papel de los factores culturales, la geografía, los acontecimientos desencadenantes externos o las políticas económicas específicas. Pero es la explicación del mínimo común denominador.

¿Para qué estudiar historia si podemos decir que ha sido por el saqueo?

La explicación más de moda, sin embargo, es que Occidente se enriqueció gracias al saqueo y la explotación coloniales.

Como suele ser el caso, Owen Jones, en The Guardian, es quien mejor expresa la opinión de moda:

El capitalismo se construyó sobre los cadáveres de millones de personas desde el principio. […] El capital acumulado de la esclavitud […] impulsó la revolución industrial […]

[El dinero manchado de sangre del colonialismo enriqueció al capitalismo occidental. […]

Occidente está construido sobre la riqueza robada a los subyugados, a un inmenso coste humano”.

Esta idea no es nueva. Pero ha experimentado un renacimiento en los últimos dos años, a raíz del “Gran Awokening”. Fue, por ejemplo, el sentimiento que impulsó el derribo de la estatua de Colston en Bristol en 2020, como explicó más tarde uno de los organizadores:

Gran parte de la prosperidad de la que goza hoy el Reino Unido […] se debe a atrocidades históricas”.

Zarah Sultana, diputada por Coventry Sur (que, debido a sus opiniones anticapitalistas de moda, es también toda una superestrella en las redes sociales), también se hizo eco de esta idea:

La riqueza que enriqueció al Imperio Británico y lo estableció como superpotencia mundial significó el asesinato, la destrucción y la brutalización de personas en todo el mundo”.

Adam Smith contra el imperio

Uno puede entender por qué esta idea ha vuelto a despegar: se sitúa en la intersección de dos de las ideologías más en boga de nuestro tiempo, a saber, el progresismo woke y el anticapitalismo. Es una historia sobre gente blanca -hombres blancos, en su mayoría- oprimiendo a gente no blanca, que también se duplica como una historia de “pecado original” del capitalismo.

Pero, ¿es cierto que el imperialismo enriquece a los países? ¿Tiene sentido económico?

Esta cuestión ya se debatía acaloradamente en el apogeo del imperialismo. Adam Smith creía que el Imperio Británico no superaría una prueba de coste-beneficio:

Su pretendido propósito era fomentar las manufacturas y aumentar el comercio de Gran Bretaña. Pero su efecto real ha sido elevar la tasa de ganancia mercantil y permitir a nuestros comerciantes dedicar a una rama del comercio, cuyos beneficios son más lentos y distantes que los de la mayor parte de otros comercios, una proporción mayor de su capital de lo que habrían hecho de otro modo […].

Gran Bretaña no obtiene más que pérdidas del dominio que asume sobre sus colonias”.

Mejor disolverlo

Creía que Gran Bretaña estaría mejor si disolvía su Imperio:

Gran Bretaña no sólo se vería inmediatamente liberada de todos los gastos anuales del establecimiento de la paz en las colonias, sino que podría establecer con ellas un tratado de comercio que le aseguraría efectivamente un comercio libre, más ventajoso para la mayoría de la población, aunque menos para los comerciantes, que el monopolio del que disfruta actualmente”.

El defensor liberal del libre comercio Richard Cobden estaba de acuerdo:

Nuestra fuerza naval, en la estación de las Indias Occidentales […], ascendía a 29 buques, con 474 cañones, para proteger un comercio que superaba los dos millones anuales. Esto no es todo. Una fuerza militar considerable se mantiene en esas islas […]

Añádase a esto nuestro gasto civil y los gastos de la Oficina Colonial […]; y encontraremos […] que todo nuestro gasto, en gobernar y proteger el comercio de esas islas, excede, considerablemente, la cantidad total de sus importaciones de nuestros productos y manufacturas”.

La política clientelar (Public Choice)

Si el imperialismo era una actividad deficitaria, ¿por qué Gran Bretaña y otros imperios coloniales europeos lo practicaron durante tanto tiempo? Smith y Cobden lo explicaron en términos de política clientelar (o economía de elección pública, como diríamos hoy). Obviamente, alguien se beneficiaba, aunque la nación en su conjunto no lo hiciera. Y los beneficiarios estaban mejor organizados políticamente que los que pagaban la factura.

Esta argumentación proto-pública contra el imperialismo no se limitaba a los liberales políticos. Otto von Bismarck, Ministro Presidente de Prusia y futuro Canciller del Imperio Alemán, odiaba a los liberales de la tradición Smith-Cobden, pero rechazaba el colonialismo en términos que casi le hacen parecer uno de ellos:

Los supuestos beneficios de las colonias para el comercio y la industria de la madre patria son, en su mayor parte, ilusorios. Los costes que implica la fundación, el apoyo y, sobre todo, el mantenimiento de las colonias […] superan muy a menudo los beneficios que la madre patria obtiene de ellas, aparte del hecho de que es difícil justificar la imposición de una carga fiscal considerable a toda la nación en beneficio de ramas individuales del comercio y la industria” [la traducción es mía]”.

Michael Parenti

En sus escritos sobre la economía del imperialismo, incluso Michael Parenti, un politólogo marxista-leninista (que es, por razones obvias, popular entre los hipsters de Twitter), suena casi como un economista de la elección pública:

Los imperios no son propuestas perdedoras para todos. […] Las personas que cosechan los beneficios no son las mismas que pagan la factura.

Las transnacionales monopolizan los beneficios privados del imperio mientras que asumen muy poco, o nada, del coste público. Los gastos necesarios […] los pagan […] los contribuyentes.

Así ocurrió con el imperio británico en la India, cuyos costes […] superaron con creces lo que ingresó en el tesoro británico.

No hay nada irracional en gastar tres dólares de dinero público para proteger un dólar de inversión privada, al menos desde la perspectiva de los inversores”.

Entonces, ¿quién tiene razón?

Esto nos lleva a una situación curiosa. Los progresistas woke de hoy no están de acuerdo con su camarada Parenti sobre la economía del imperio, pero sí lo están con los antiguos imperialistas británicos, que sostenían que el Imperio era vital para la prosperidad de Gran Bretaña.

Estoy terminando un artículo sobre la economía del imperio para el Institute of Economic Affairs, en el que examino datos históricos sobre los costes y beneficios del imperialismo. No creo que sea demasiado spoiler si digo que el bando Smith-Cobden-Bismarck-Parenti tenía razón. La mayoría de los proyectos imperialistas fueron, con toda probabilidad, deficitarios. El imperialismo fue una locura que Occidente pudo permitirse porque hizo bien otras cosas, pero una locura al fin y al cabo.

Ver también

El misterio de la revolución industrial. (Albert Esplugas).

El mito del ‘gran enriquecimiento’. (Fernando Herrera).

Los cercamientos y las revoluciones económicas. (José Carlos Rodríguez).

La crítica de Rallo a Mises: Paradigmas Monetarios Austriacos Enfrentados

En Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises, Juan Ramón Rallo desarrolla una visión alternativa sobre la teoría del valor del dinero y de los medios fiduciarios, así como su influencia en el ciclo económico. Desde Ludwig von Mises, ha proliferado dentro de los pensadores de la Escuela Austriaca una aproximación teórica hacia las ideas de la Escuela Monetaria del siglo XIX, que se opuso a la emisión de los medios fiduciarios, desde billetes de banco hasta depósitos a la vista.

En este sentido, Mises, Murray N. Rothbard, Jesús Huerta de Soto, Hans Hermann Hoppe y muchos otros adoptaron estas posturas desde el punto de vista metodológico de la Escuela Austriaca, argumentando en favor de un coeficiente de caja del cien por cien para depósitos a la vista y equivalentes. Más allá de los problemas que pueda generar este tipo de sistema bancario, es muy relevante entender que todas estas posturas quedan enraizadas en una teoría del valor del dinero y de los medios fiduciarios específica.

En su libro, Rallo trata de deconstruir la teoría monetaria de Mises premisa por premisa. Desde la teoría cuantitativa del dinero, hasta la teoría del ciclo económico. Y es que Rallo pertenece a esa otra vertiente de la Escuela Austriaca, heredera de la Escuela Bancaria del siglo XIX en el ámbito monetario. Aquí encontramos a economistas como George Selgin, Lawrence White, Antal Fekete y el propio Rallo, los cuales han enfatizado la importancia de un sistema donde la emisión de medios fiduciarios en un mercado competitivo sea flexible para evitar descoordinaciones económicas como la deflación o el descalce de plazos.

Sobre la definición científica del dinero

Cualquier teoría monetaria que se precie debe responder a la pregunta de qué es el dinero. Aunque esta pregunta pueda parecer sencilla a priori, esta definición ha de conseguir explicar todos los tipos de dinero, desde la moneda fiat hasta el dinero mercancía. La definición de Mises, la más extendida en la academia, es que el dinero es un “medio de cambio generalmente aceptado”. En su libro, Rallo critica esta definición por su baja precisión, dado que no tiene en cuenta el papel de los medios fiduciarios con respecto al activo real (en palabras de Perry Mehrling, la jerarquía natural del dinero) y nunca se llega a explicar en qué consiste la aceptación general del dinero o de medios de cambio secundarios.

Sin embargo, el problema del que adolece la definición de Rallo es el papel de patrones monetarios basados enteramente activos financieros, y no solo una combinación de activos reales con medios fiduciarios –esto sería el caso de la moneda fiat. Respecto a esta cuestión, Rallo argumenta que el dinero fiat sería un medio de cambio secundario y no dinero en sentido estricto. No obstante, todas las propiedades que Rallo atribuye al dinero –el activo real sobre el que se emiten los sustitutos monetarios– pueden ser cumplidas por la moneda fiat. A saber, la transferencia inter e intratemporal de liquidez.

El papel de la moneda fiat

No es que la definición de Rallo sea deficiente, pues es compatible con la jerarquía natural deldinero. Y no lo concibe como una estructura meramente horizontal y homogénea en las que los sustitutos monetarios actúan cual activo real –en términos de Mises, un sustituto monetario perfecto–, sin ninguna diferencia entre ambos.

Sin embargo, no solo un activo real puede ser dinero en sentido estricto, sino también patrones monetarios cuya base la constituyan activos financieros, como es el caso de la moneda fiat. En otras palabras, el dinero en sentido estricto sería todo activo real y financiero que se sitúa en la cúspide de esta jerarquía natural, a partir de la cual se emiten sustitutos monetarios y otros activos financieros. O, dicho de otra manera, sería aquel “medio de cambio que ya no necesite ser intercambiado ulteriormente por otros medios de cambio indirectos para terminar adquiriendo los bienes finales deseados” (Rallo, 2019), sea este oro, Bitcoin o moneda fiat no redimible en otro activo real.

Sobre el ahorro real y los medios fiduciarios en el ciclo económico

Una de las tesis centrales de la teoría monetaria de Rallo es que la emisión de medios fiduciarios no es ni condición necesaria ni suficiente para generar el ciclo económico tal y como es entendido por la Escuela Austriaca, siempre y cuando se preserve la liquidez de estos activos financieros. De cualquier otra manera, se produciría una descoordinación debido al decrecimiento de la calidad de los activos financieros –que puede suceder por vulnerar la Regla de Oro de Mises, con el sistema bancario incurriendo en un descalce de plazos.

Esto es porque podrían emitirse sustitutos monetarios que no respondan a una mayor demanda de dinero en sentido estricto, bien sea por motivo de transacción, especulación o precaución. Por otro lado, teóricos como Huerta de Soto (2020) y Bagus (2023) defienden que ninguna emisión de medios fiduciarios puede llegar a canalizar ahorro real, porque, para para ellos, el ahorro únicamente puede producirse renunciando a “bienes presentes”, en la terminología de Mises.

Ahorro real…

Por ello, toda expansión crediticia de medios fiduciarios generaría un alargamiento artificial de la estructura productiva, conduciendo a la realización de proyectos empresariales insostenibles en el tiempo, que en última instancia acabarían siendo liquidados una vez se manifiestan las distorsiones reales causadas por esta expansión de los medios fiduciarios.

Sin embargo, la cuestión reside en si toda emisión de medios fiduciarios no respaldada por activos reales conduce necesariamente al ciclo económico porque, en ese caso, tendríamos que asumir que los medios fiduciarios no pueden constituir ahorro real, lo cual no es cierto. Toda emisión de medios fiduciarios supone renunciar a bienes presentes en algún momento del tiempo –no necesariamente en t=0–, por lo cual no podemos afirmar que los medios fiduciarios no pueden ser ahorro real.

y medios fiduciarios

A partir de aquí, la teoría de la liquidez y su teoría cualitativa sobre las consecuencias de la emisión de los medios fiduciarios en las economías modernas es más compresible, pues no existe ninguna razón para aducir que los medios fiduciarios no son ahorro real. En el fondo, que los medios fiduciarios sean ahorro real o no se reduce a si la emisión de estos responde a una demanda exógena a los propios emisores. En caso contrario, si la demanda de sustitutos monetarios estuviera determinada por el propio sistema bancario, entonces no habría razón para defender la banca libre con reserva fraccionaria, pues en ese caso la emisión de medios fiduciarios únicamente generaría distorsiones macroeconómicas como las descritas por Hayek, Huerta de Soto y, en general, la teoría austriaca del capital y del ciclo.

Dicho de otra forma, si todo medio fiduciario que se introdujera al sistema bancario fuera empleado cual sustituto monetario perfecto, entonces el tipo de interés se vería reducido provisionalmente hasta que se manifestara que los sustitutos monetarios generados ex novo no respondían a un incremento de la demanda monetaria. En ese caso, no cabría afirmar que la demanda de dinero en sentido extenso no existiera ontológicamente, sino que el sistema bancario sería incapaz de responder dinámicamente ante las variaciones de esta.

Teoría del ciclo

Por esta razón, no es correcto afirmar que la banca con reserva fraccionaria pueda generar medios fiduciarios con nueva demanda monetaria, sino que, hasta que se manifiesta que tales medios fiduciarios han perdido cualitativamente su valor –para ello, sería necesario un entorno de banca libre sin leyes de curso forzoso sobre estos–, los agentes económicos lo continúan empleando como un sustituto monetario perfecto. El mismo Huerta de Soto (2014) admite que un sistema bancario libre con reserva fraccionaria frenaría esta expansión crediticia no respaldada por su demanda cuando dice que “if there exist many free Banks that are not supported by a central bank, credit expansión will stop much earlier than in an environment in which the central bank orchestrated and drove it”.

Con todo, existe la posibilidad de que los bancos lleven a cabo un proceso de expansión crediticia paralelamente, maximizando la cantidad de medios fiduciarios emitidos en el sistema económico. En esta coyuntura, lo más probable es que si el precio de los bienes de consumo sube en términos de los medios fiduciarios –es decir, que el poder adquisitivo de estos se reduce–, todos estos acabarán cotizando con descuento, ya que la demanda pasará a canalizarse a los activos reales en los que los activos financieros son convertibles –suponiendo, de nuevo, que la calidad de los medios fiduciarios de todo el sistema bancario se ha deteriorado.

Jesús Huerta de Soto

Si, por el contrario, los agentes económicos emplean los nuevos medios fiduciarios para demandar bienes de orden superior –a saber, aquellos más alejados del consumo final–, entonces es cierto que se engendraría el inicio de un ciclo económico, pero siempre y cuando estos activos financieros hayan perdido parte de su liquidez –esto es, la teoría del ciclo económico que he expuesto previamente. En suma, siempre y cuando se preserve la coordinación inter e intratemporal de los agentes económicos, entonces la expansión crediticia daría lugar a una producción sostenible basada en el ahorro real.

En A Critical Note of Fractional-Reserve Banking, Huerta de Soto (2014) critica que el enfoque del equilibrio monetario es estrictamente macroeconómico, basado en un análisis que, lejos de ser austriaco, se aproxima al monetarista y keynesiano. Sin embargo, aunque ha habido autores monetarios que han adoptado este método para abordar la defensa de un sistema monetario elástico basado en activos reales y financieros, podemos expresar la demanda de dinero en sentido estricto en términos de utilidad marginal y de eficiencia dinámica (Ibidem), compatible con el método de la Escuela Austriaca.  

El equilibrio monetario desde el punto de vista de la eficiencia dinámica

Tal y como señala Huerta de Soto (2010), la eficiencia en un sistema se alcanza cuando, dentro de un marco institucional que respete los principios generales del derecho, no existan obstáculos al ejercicio de la función empresarial. De esta manera, esta podría exhibir su pleno potencial creativo para resolver los desajustes existentes entre los agentes económicos, alcanzando mayores cotas de desarrollo social. En un sistema monetario elástico funcionaría de forma análoga: los bancos, en plena competencia entre ellos, tratarían de emitir la cantidad óptima de medios fiduciarios para que su valor no decrezca, manteniendo el equilibrio monetario, en el cual la utilidad marginal de la unidad monetaria se mantiene constante y, por ende, su poder adquisitivo.

Este equilibrio monetario, que no debe asociarse al enfoque neoclásico estático, es plenamente compatible con una concepción dinámica de los procesos de mercado. Bajo este enfoque, los emisores de medios fiduciarios –o, dicho de otra forma, los intermediarios financieros– tratarán de emitir la cantidad óptima para poder captar financiación sin que estos –ya sean billetes o depósitos a la vista– coticen a descuento en el mercado.

Es más, únicamente un entorno de banca libre sin leyes de curso forzoso ni regulación de cualquier tipo podrá ser eficiente en alcanzar el equilibrio monetario a lo largo del tiempo. No se trata de que exista una cantidad de dinero (en sentido amplio) óptima que deba ser hallada mágicamente por el sistema bancario, sino que solo la función empresarial de carácter eminentemente creativo en un entorno de competencia alcanzará lo que en cada momento será la cantidad de medios de pago necesaria para que los precios no se distorsionen por variaciones en el lado monetario.

Bibliografía

Bagus, P. (2023). Anti-Rallo: Una Crítica a la Teoría Monetaria de Juan Ramón Rallo.

Huerta de Soto, J:

Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos (1994 [2020]). Unión Editorial.

A Critical Note on Fractional Reserve Banking (2010 [2014]) en The Theory of Dynamic Efficiency. Routledge.

Mises, L. V. (1912 [2012]). La Teoría del Dinero y el Crédito. Unión Editorial.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.

Hayek, F.A. (1976). The Denationalisation of Money. Institute of Economic Affairs.

El maldito señoreaje

Si usted tuviera una piedra en el zapato, no tardaría ni diez minutos en darle solución. Pero las colectividades o las naciones pueden tardar años, décadas o siglos aguantando, a pesar de que la piedra le desangre casi hasta la muerte. Tal es el caso del señoreaje, que más que piedra parece una verdadera tachuela en la economía de un pueblo.

Antes no había señoreaje. La gente comercializaba con oro puro, monedas de todos tamaños. El gramo de oro compraba lo mismo con el paso del tiempo, no se devaluaba. Por comodidad el metal áureo se cambió por documentos y luego por billetes. La confianza era absoluta pues todos sabían que un dólar billete estaba respaldado por un gramo de oro. Era un sistema monetario perfecto.

Eso no impedía que los precios se movieran: si la cosecha trigo era abundante, seguramente bajaba de precio; si la cosecha de algodón era raquítica, su precio se elevaba. Eran las benditas señales que los inversionistas necesitaban para saber dónde colocar su dinero o dónde no invertir. A nadie se le ocurría pedir que se produjera más oro para incentivar la inversión, porque ese metal no se produce por capricho de nadie. Si Juan necesitaba dinero, es decir, oro porque visualizaba un gran negocio, lo podía conseguir ofreciendo una tasa de rendimiento atractiva y seguramente ganaría la voluntad de uno o varios para prestarle dinero.

Meter al Gobierno en el dinero

Ciertamente en un solo país había billetes de un dólar con muchas figuras estampadas, es porque cada banco podía imprimir sus propios billetes. No era idea tan mala homogenizar para que todo billete de un dólar llevara solo el retrato de Mike Mouse, el de diez dólar la cara de Washington, el de cien dólares la cara de Donald Trump, etc. Pero eso lo podía hacer una empresa o un banco privado especial y por acuerdo de los emisores. No era necesario dejarle la tarea al gobierno. Igualmente, ese que tuviera la imprenta podría ser quien resguardara el volumen total de oro, pero estrictamente no era necesario, así se hizo y no había mayor problema mientras hubiera estricta correspondencia entre el volumen  de oro y la cantidad de billetes respaldados.

Sin embargo, el gobierno se introdujo al sistema monetario y logró que la sociedad le dejara esa letal tarea: Cuidar el oro y manejar la imprenta. Nadie sospechaba que se estaba cometiendo un gran error que produciría enormes daños: Pobreza, estancamiento, distorsión, mafias, gobiernos autoritarios, monarcas que declararían guerras a los vecinos, sometimiento de muchos ante el poder de pocos. Nacía la Banca Central como monopolio de Estado. Y tales fueron los resultados inevitables de dejar el monopolio del dinero en manos del Estado, o mejor dicho, de los audaces bandidos que se adueñaran del aparato de Estado.

Bola de nieve

La tentación es enorme. El nuevo gobernante, que había logrado el poder a codazos y sombrerazos, le urgía quedar bien con el pueblo. Había prometido construir hospitales, escuelas, dar agua potable a todo el pueblo, pavimentar calles y carreteras. Ofrecimientos costosos que eran imposibles de cumplir con los escasos impuestos. El gobernante necesitaba dinero, mucho dinero. Primero subió los impuestos, lo que le ganó antipatías de comerciantes, consumidores y empresarios, pero no recabó suficiente; luego, pidió dinero prestado a sus propios gobernados, por lo que les tuvo que ofrecer atractivos rendimientos, una locura pues los gobiernos no producen ganancias, por lo que pedía más dinero prestado para pagar las deudas vencidas.

Se convirtió en una bola de nieve que crecía y crecía. Llegó el momento en que los bancos privados recababan dinero de inversionistas solo para prestarle al gobierno. Y es que se acuñó la idea de que un gobierno nunca puede quebrar, mientras que prestarle a una empresa privada es correr altos riesgos.

El “efecto tequila”

Pero ni con todos los impuestos, ni con los instrumentos de inversión a buenas tasas de interés se lograba la masa de recursos para cumplir las promesas de gobierno. Entonces se da cuenta de la imprenta del Banco Central. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Basta ordenarle que el banco Central imprima tantos millones de pesos a cambio de un pagaré del mismo gobierno. Es una fuente infinita e inagotable mientras haya papel periódico y tinta para imprimir dinero.

Ahora hasta puede quedar bien con los ancianos ofreciéndoles una pensión mensual, y también con las madres solteras, y con los deportistas y los estudiantes. El gobernante ya puede presumir que tiene el remedio para eliminar la pobreza dando un salario universal a todos los ciudadanos. “Jamás un gobernante había hecho tanto por los pobres”. Estas políticas causaron tanta alegría que Milton Friedman, Premio Nobel de Economía 1976 le llamó el “efecto tequila”. Era como tomar tanto alcohol que hoy te pone alegre y mañana viene la resaca, el dolor de cabeza, el cuerpo tembloroso, la sensación desgraciada.

Es el resultado del señoreaje. Es decir, de producir dinero sin respaldo de oro, en realidad es un sistema de robo sutil y furtivo, de despojarle al ciudadano de sueldo fijo su poder adquisitivo y sin que se percate de ello. El trabajador solo verá que con su sueldo mensual ya no puede comprar lo de la quincena anterior. Todos los precios se elevaron debido a la sobredemanda ejercida por la sobreproducción de dinero ordenada por el gobernante. Surge el sindicalismo, las huelgas, paros, marchas, bloqueos y violencia desenfrenada.

Parar los precios a martillazos

Para detener la subida de precios, el gobierno anuncia la congelación de precios. La gente le aplaude pero pronto se dará cuenta de que las tiendas se quedan vacías pues los productores prefieren cerrar sus negocios porque a esos precios congelados nadie les vende la materia prima.

El señoreaje, es decir, la estafa de producir dinero sin respaldo, necesariamente produce la elevación de precios, luego la pérdida del poder adquisitivo, la gente tienen que correr a hacer compras pues a la mañana siguiente los precios estarán más elevados, es una locura.

Si el señoreaje es una política maldita para los ciudadanos de cualquier país latinoamericano, llámese Argentina, Brasil o México peor aun cuando se trata, digamos en el caso del señoreaje referido a los Estados Unidos de América y Argentina, solo por poner un ejemplo.

Señoreaje en dólares

En efecto, USA tiene el derecho de señoreaje, igual que todos los países que tienen su propia moneda. El Banco Central de USA se llama Fondo de la Reserva Nacional (FED) fundado en 1913. El gobierno de USA tiene el derecho de pedir prestado a la FED a determinada tasa de interés, muy baja, por cierto. Pide, digamos 100, a un año. Luego, tendrá que pagar, digamos 101 cumplido el plazo. Para ese entonces, pide 200, paga 101 y le quedan 99 para gastar. Cuando tenga que pagar 200, pide 400, paga 202 y le quedan 198 para gastar, pero ahora su deuda es de 400; por lo tanto pedirá 800 y así, el cuento se repite una y otra vez.

Ahora tiene la fama de ser USA el país más endeudado del mundo, pero eso no le preocupa en absoluto, pues tiene el derecho de señoreaje, es como si la bolsa izquierda le debe a la bolsa derecha, nada de qué preocuparse, tiene la imprenta en sus manos y sus ciudadanos nada reclaman, puede seguir así ad infinitum. Además, los dólares norteamericanos son aceptados en casi todo el mundo a pesar de no tener respaldo en oro.

El dólar americano es fiat money, es decir, dinero de confianza, la gente confía en que tienen poder adquisitivo y hasta los usa como moneda de reserva para protegerse y conservar su poder adquisitivo ante monedas domésticas peor manejadas. La gente prefiere ahorrar en dólares aun guardándolos debajo del colchón. Es un fenómeno de privilegio del dólar norteamericano que no lo tienen los quetzales de Guatemala, los soles de Perú o los sucres de Ecuador. ¿Cuánto durará ese privilegio del dólar? No lo sabemos, aunque parece que ya lo está perdiendo.

Señoreaje en el contexto internacional

Ahora me refiero al señoreaje del dólar y los empréstitos internacionales a los países latinoamericanos. Un ejemplo: El gobierno de Argentina pide un préstamo, digamos, mil millones de dólares. El gobierno de USA muestra su amistad y le manda mil millones de dólares.  Solo tiene que meter papel y tinta a la imprenta para imprimir mil millones de dólares y enviarlos a Argentina, a una tasa del 1% anual. “Yo ser muy bueno con los gauchos”. El gobierno de Argentina se siente muy bien, pues ahora puede imprimir dinero argentino equivalente a mil millones de dólares, siguiendo el acuerdo de Bretton Woods (1944) de imprimir solo si tienes respaldo de divisas, o sea, dólares que deberían quedar guardados en una bóveda.

Sin embargo, el gobierno argentino siente que los puede usar en lugar de tenerlos guardados, para comprar aviones, helicópteros, tanques y ametralladoras “para defender a Argentina ante posibles invasiones de otro país”. Ya se gastó todos los dólares que recibió a manera de préstamo. Pasó el año y el Tío Sam pide que le reintegre Argentina los mil millones de dólares. Argentina contesta “debo, no niego; pago, no tengo”. El generoso Tío Sam contesta: “no te preocupes, me puedes saldar la deuda mandándome un millón de vacas lecheras”. Y Argentina, buen pagador, le manda un millón de vacas lecheras. Queda saldada la deuda y Argentina queda sin leche para los niños.

Bienes a cambio de papelitos

Aunque ficticio, el cuento es para señalar el super-super negociazo que hizo el gobierno de USA con los argentinos. Por derecho de señoreaje, bastó que USA metiera a la imprenta papel periódico y tinta para imprimir mil millones de dólares y en un año, ese papel impreso se convirtió en un millón de vacas lecheras. Ni siquiera el mago más maldito podría haber realizado tal maravilla. En realidad, se trata de un despiadado despojo del dueño de la imprenta que tiene toda la facultad de producir dólares sin límite.

La conclusión de esta historia es que ningún gobierno latinoamericano debería tener el derecho de endeudarse ni dentro ni fuera de su país y menos con USA que tiene la maquinita de impresión. Es criminal prestar dinero cuando lo puedes producir sin límite y es abusar de la ignorancia y estulticia del gobernante latinoamericano.

Dolarización a título gratuito

Finalmente, podemos concluir que, en caso de llevar a cabo la política de dolarizar a Argentina u otro país, no debe hacerse mediante créditos de USA. La dolarización, que aún hoy día tiene ventajas, debe ser completamente gratuita, salvo el pago por el papel, la tinta y el transporte. Si se usaran las reservas del país latinoamericano, o el petróleo como se hizo en parte en el Ecuador, o por dólares en manos de los propios argentinos, se estaría cometiendo un error fatal. Si no se consigue el apoyo de USA para una dolarización sin costo, es mejor no dolarizar, y basta dejar que circule libremente el dólar, euro, yen u otra moneda que quieran usar los ciudadanos.

Basta con mantener invariable la masa monetaria de pesos argentinos, es decir, no imprimir ni un peso más, salvo para sustituir billetes deteriorados, para compactar dinero o para fraccionar. De esta manera, el peso argentino se transformará en una moneda fuerte y confiable en poco tiempo. Eliminado el señoreaje se estaría quitando esa maldita piedra en el zapato.

Ver también

Oferta monetaria, inflación y señoreaje. (Jon Aldekoa).

Teoría fiscal del nivel de precios. (Jon Aldekoa).

¿Pueden colisionar los derechos?

Abstract:

La tesis de este documento es que cuando los derechos de propiedad están clara y plenamente especificados, es imposible que entren en conflicto. Si parece que lo hacen, entonces uno de esos “derechos”, o tal vez ambos, es impropio. Por ejemplo, cuando se invocan los llamados “derechos positivos”. Sin embargo, hay una excepción a esta regla general: cuando se produce un comportamiento delictivo.

Palabras clave: Derechos; propiedad privada; contrato; libertad

Categoría JEL: P48

(English version here).

Normalmente, los derechos no pueden entrar en conflicto. Si parecen hacerlo, es porque al menos uno de ellos, quizá ambos, están mal especificados, no son válidos o son improcedentes. Normalmente, esas aparentes incompatibilidades entre derechos pueden conciliarse mediante la adhesión a los derechos de propiedad privada. O, dicho de otro modo, la falta de derechos de propiedad privada plenamente especificados es la causa de un número aparentemente interminable de supuestos choques de derechos.

Alarde de nazis en Skokie

Veamos algunos ejemplos. ¿Debería permitirse a los nazis desfilar en Skokie, Illinois? Es el hogar de miles de judíos, muchos de los cuales aún lucen números tatuados en el dorso de sus muñecas, cortesía del tiempo que pasaron en campos de concentración. Pero todas las personas, incluidos los nazis, tienen derecho a entrar en la vía pública; dado que es impropio que el gobierno discrimine a las personas en función de sus puntos de vista (estos nazis no son culpables de ningún delito, supongamos, arguendo), y que a otros se les permite desfilar de vez en cuando, es difícil ver por qué a ellos, de entre todos los demás que quieren desfilar, se les debería prohibir hacerlo.

La causa del problema, por supuesto, es que hay calles públicas. Si todas fueran privadas, se acabaría el problema: el propietario decidiría, y entonces sus beneficios y pérdidas dependerían de a quién complaciera o insultara. En las salas de reuniones privadas de los hoteles no se producen estos choques de derechos. Los propietarios deciden quién alquila sus locales, y ahí se acaba el asunto.

Derecho a no ser discriminado

He aquí una posible respuesta a lo anterior: Esta solución propuesta es demasiado simple y, por tanto, pasa por alto muchas cosas. Por ejemplo, consideremos la afirmación de que “en las salas de reuniones privadas de los hoteles no se producen este tipo de choques de derechos”, pero por supuesto que se producen. Por ejemplo, el derecho de propiedad privada del hotelero A queda anulado por el derecho del cliente B a no ser discriminado. Si argumentas que el hotelero A comete un delito al discriminar, entonces tu alegación está planteando la cuestión de qué es delictivo, no sólo cosas fáciles como el asesinato, sino también cosas minuciosas como elegir a tu clientela. ¿O quiere derogar la Ley de Derechos Civiles de 1964? Esa es una colina difícil en la que morir.

¿El cliente B tiene derecho a no ser discriminado? Esto viola la idea libertaria de la libre asociación. Nadie debe ser obligado a asociarse con otro en contra de la voluntad de ambos. Todas las asociaciones deben ser voluntarias.

Los homosexuales discriminan a la mitad de la raza humana en cuanto a intereses amorosos, asociaciones sexuales, etc. Los heterosexuales también son igualmente culpables de discriminar a la mitad de la raza humana en términos de intereses amorosos y parejas sexuales. Los únicos que no son culpables de tal discriminación son los bisexuales. La Ley de Derechos Civiles de 1964, si se llevara a su conclusión lógica, nos obligaría a todos a convertirnos en bisexuales.

El caro gusto por la discriminación

La respuesta obvia a esta crítica devastadora de esta malvada promulgación de 1964 es que la ley propiamente dicha sólo prohíbe la discriminación en el ámbito comercial, no en el personal. Así pues, podemos discriminar a quien queramos en términos de amistades, intereses amorosos, etc. Sólo prohibimos hacerlo en el ámbito comercial. Pero eso es algo más que una curiosidad pasajera. La violación, el asesinato, el robo van contra la ley en ambos ámbitos. ¿Por qué habría de ser diferente cuando se trata de discriminación? Si es una violación de derechos, debería ser una violación de derechos holus bolus, sin excepciones gigantescas como las que se ofrecen en este caso.

Otro argumento, filosóficamente más débil, contra la postura de la libre asociación en la que nadie tiene derecho a no ser discriminado, es el utilitarista: las personas que son víctimas de la discriminación se verán perjudicadas económicamente por ello. Se trata de una afirmación empírica y manifiestamente falsa.

¿Por qué la discriminación es impotente para perjudicar realmente a los destinatarios de esta práctica? Porque cada vez que tiene éxito, crea munición para su propia desaparición. Por ejemplo, consideremos el caso en que algunos hoteleros discriminan a los pelirrojos. Esto significa que la curva de oferta de plazas hoteleras disponibles para ellos se ha desplazado hacia la izquierda. Esto implica que tendrán que pagar más de lo que habrían pagado por ese alojamiento. De ser así, los beneficios aumentarán para los establecimientos dispuestos a atenderlos. Esto significa que los que no tengan ese “gusto por la discriminación” prosperarán y podrán expulsar del negocio a los discriminadores.

Una comunidad de propietarios

O supongamos que muchos empresarios deciden que los empleados zurdos son menos productivos de lo que realmente son. Como consecuencia, la demanda de servicios se desplaza hacia la izquierda. Sus salarios bajan. Pero su productividad no ha cambiado ni un ápice. Por lo tanto, la contratación de estos trabajadores permite obtener más beneficios de los que se obtendrían en caso contrario. Por consiguiente, las empresas que muestren este “gusto por la discriminación” saldrán perdiendo en la lucha competitiva.

He aquí otro ejemplo. El fornicador del jardín delantero practica este acto sexual cerca de la acera, pero dentro de su propiedad. Los niños de la zona se horrorizan, los caballos se asustan y los propietarios vecinos se horrorizan. ¿No tienen estos últimos derecho a exigir que se prohíba este tipo de actividad? Pero, ¿qué pasa entonces con los derechos de estos juerguistas al aire libre? La respuesta, una vez más, son los derechos de propiedad privada respaldados mediante contrato.

Creemos una comunidad de propietarios, una urbanización cerrada, un condominio o una cooperativa de varios cientos de viviendas. Sus representantes elegidos democráticamente pueden promulgar normas relativas no sólo a este tipo de actividades, sino a todas las que deseen: colores de la pintura exterior, tipos de vallas permitidas, prohibidas, incluso el tipo de cortinas o persianas venecianas que deben emplearse. Así, la gente se ordenará según sus gustos y no habrá más enfrentamientos. En el ámbito libertino, este tipo de comportamiento podría incluso exigirse… semanalmente.

Uniformes escolares

Del mismo modo, en la educación, ¿deberían permitirse o exigirse los uniformes escolares? ¿Qué pasa con el juramento a la bandera y el canto de la Star Spangled Banner? ¿Cómo abordar si la teoría crítica de la raza debe o no figurar en el plan de estudios? Todos estos conflictos pueden desterrarse con la privatización de estos institutos de aprendizaje. Entonces, de nuevo, los clientes patrocinarán a los empresarios cuya oferta se acerque más a la suya, y los beneficios los obtendrán las empresas que mejor reflejen y promuevan la satisfacción del consumidor.

Si A tiene un derecho, B tiene una obligación. En el caso de los derechos negativos, todo va bien. A tiene derecho a no ser asesinado, violado, secuestrado, robado, etc. Por tanto, B tiene la obligación de abstenerse de cometer estos delitos. En cambio, los llamados derechos positivos son una cornucopia de incompatibilidades. Si C tiene derecho a comida, ropa, cobijo, compañía, etc., entonces D tiene la obligación de proporcionar estas cosas a C. Pero, ¿qué pasa con los derechos de C a que le dejen en paz, a que no le roben, a que no le obliguen a relacionarse con gente que detesta? Choque de derechos, allá vamos. La solución, por supuesto, es prohibir todos los llamados derechos positivos. O, como mínimo, reconocer que esta fuente de derechos en conflicto son los llamados derechos positivos.

Cuándo hay colisión de derechos

Hay otro ámbito en el que los derechos chocan de verdad: la criminalidad. E secuestra al hijo de F y le pide un rescate. Si F paga a E, E tendrá más dinero para cometer sus fechorías en el futuro. Por otro lado, si F se niega a entregar el gelt, su hijo morirá. ¿Debería el gobierno prohibir el pago de rescates? Supuestamente, esto reduciría el número de secuestros en el futuro. Pero, ¿qué pasa con el derecho de F a recuperar a su hijo?

Lo mismo ocurre cuando G, el atracador, atraca a H y le exige dinero en el cajero automático local. Si H accede, da poder al delincuente G. Si H se niega, se abroga su derecho a no ser asesinado.

Sería injusto calificar de delincuentes a quienes pagan a secuestradores o atracadores. Actúan bajo coacción. Sería supererogatorio, por encima de las exigencias del deber de resistencia. Pero la ley no debe exigirnos que seamos héroes.

Así pues, realmente hay colisión de derechos, pero sólo cuando ocurre algo adverso: por ejemplo, derechos positivos y comportamiento delictivo.

Referencias

Becker, Gary. 1957. The Economics of Discrimination, Chicago: The University of Chicago Press

Epstein, Richard A. 1992. Forbidden Grounds: The Case Against Employment Discrimination Laws, Cambridge: Harvard University Press

Herrnstein, Richard J., y Murray, Charles. 1994. The Bell Curve: Intelligence and Class Structure in American Life, Nueva York: The Free Press

Levin, Michael. 1982. “Is Racial Discrimination Special?”, Policy Review, Vol. 22, otoño, pp. 85-95

Levin, Michael. 1984. “Comparable Worth: The Feminist Road to Socialism“, Commentary, septiembre.

Levin, Michael. 1987a. Feminism and Freedom, Nueva York: Transaction Books.

Levin, Michael. 1997. Why Race Matters, Westport, CT: Praeger.

Mattei, Eric. 2004. “Employment at Will“. 28 de abril.

McMaken, Ryan. 2021. “The Equality Act’s Attack on Religion Is Really about Private Property Rights“.

Raimondo, Justin. 1996. “Civil Rights for Gays?” The Free Market 14, no. 1 (enero)

Rockwell, Jr., Llewellyn H. 2003. “Freedom and Discrimination” The Free Market. Vol. 21, No. 4.

Rockwell, Jr., Llewellyn H. 2014. “What Exactly Is ‘Racism’?” July 2.

Rothbard, Murray N. 1978. For a New Liberty, New York: Macmillan

Sowell, Thomas. 1975. Race and Economics. New York: Longman

Sowell, Thomas. 1981. Ethnic America. New York: Basic Books.

Sowell, Thomas. 1982. “Weber and Bakke and the presuppositions of ‘Affirmative Action,’” Discrimination, Affirmative Action and Equal Opportunity, Walter E. Block and Michael Walker, eds., Vancouver: The Fraser Institute.

Sowell, Thomas. 1983. The Economics and Politics of Race: An International Perspective. New York, Morrow.

Sowell, Thomas. 1984. Civil Rights: Rhetoric or Reality. New York: William Morrow.

Sowell, Thomas. 1994. Race and Culture: A World View. New York: Basic Book

Sowell, Thomas. 2015. “On ‘rich bastards.’” January 17.

Ver también

¿Prohibición del tabaco en los bares? Es una cuestión de derechos (de propiedad). (Juan Morillo).

Normas, propiedad y contratos. (Francisco Capella).

Un primer análisis económico del derecho desde un punto de vista austríaco. (Santiago Dussan).

Derechos y prohibiciones. (Alberto Illán Oviedo).