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Sus pensiones no son suyas

Una de las noticias estrella de esta semana ha sido la utilización del dinero del fondo de pensiones para comprar deuda del Estado. La excusa es, por supuesto, el espíritu de "arrimemos el hombro que nos la damos". Este "todos contra el fuego", que es la base de la cooperación y que en España tenemos tan a flor de piel, esta siendo mal utilizado para emplear el dinero de todos de manera, cuando menos, imprudente.

Los malditos especuladores son menos malditos

Algunos economistas que se definen a ellos mismos como críticos y enarbolan banderas de ultra izquierda, como lo es el movimiento de izquierda extrema y radical ATTAC, justifican esta actuación del gobierno. Me refiero a Eduardo Garzón, al que no hay que  confundir con su hermano Alberto, diputado del partido IU.

Con toda  tranquilidad, Eduardo Garzón explica en su blog que, lejos de estar mal, está fenomenal eso de concentrar la deuda comprada con pensiones. Ya que las pensiones que usted paga son invertidas por el gobierno sin que usted diga ni pío, pues qué mejor que hacerlo en deuda española. Cuenta con detalle cuál ha sido la variación en el destino del dinero de las pensiones: de diversificar en deuda de diferentes países hemos pasado a tener un 90% invertido en deuda del Estado español. Y claro, la idea es siempre salvífica: al comprar empujamos la prima de riesgo a la baja porque presionamos aumentando la demanda de títulos españoles, así que, el mercado nos favorece. Nosotros nos lo comemos y nos lo guisamos.

Vamos, lo que toda la vida de Dios se ha llamado especulación y que tantos juicios condenatorios ha suscitado desde el comienzo de la crisis. Los especuladores al parecer eran los culpables de casi todo en España. Sin embargo, cuando quien especula lleva sello oficial, la cosa cambia.

Lo que de verdad está pasando

El artículo de Eduardo Garzón termina explicando que, incluso si España quiebra y esa deuda que hemos comprado con el dinero que habría de sostenernos de mayores no se devuelve, no pasa nada. Primero, porque dónde se ha visto que un Estado quiebre. Grecia, Argentina, etc., no deben ser ejemplos suficientes. La razón que aduce es “que siempre se le terminan ofreciendo facilidades para que ello no ocurra”. Muy convincente no es.

En segundo lugar, porque, en último caso, si no se puede devolver todo el dinero, se puede priorizar y devolver el montante de las pensiones antes que todo lo demás. Es decir, como si las instituciones financieras especialmente las que nos tienen que prestar, no establecieran cláusulas especificando que yo le presto pero usted me devuelve a mi el primero, y firme aquí con sangre que no sé si creerle o le presto a un precio prohibitivo.

Y esos son los argumentos de peso que explican que concentrar el riesgo es bueno.

Pero lo que de verdad está pasando es que el fruto del trabajo de los ciudadanos, que ellos creen que en un futuro ha de pagar su retiro, tras una vida de esfuerzo, se está invirtiendo en un activo de riesgo, como lo es la deuda española. Si no lo fuera no tendríamos los problemas que tenemos. Y, además, estamos concentrando en vez de diversificar el riego, como haría cualquier persona con dos dedos de frente.

Hay un tercer aspecto que resalta Daniel Lacalle y que se refiere específicamente a la deuda. Comprar deuda con el dinero de las pensiones es esconderla, es camuflarla bajo instituciones alfombra, como dice Daniel. Es como esos niños que no saben cómo escaquearse de comer lo que no les gusta y esconden la comida odiada bajo las patatas, en la servilleta y donde pueden. Eso no quiere decir que se han acabado el plato: lo han escondido. Pues de igual forma, el gobierno esconde la deuda que puede en las instituciones que no tienen más remedio que tragar: el fondo de pensiones, las entidades intervenidas…

El problema es el fondo del fondo

En el año 2006, el Instituto Juan de Mariana publicó su primer informe, dirigido por la actual vicepresidenta, Raquel Merino. Se llamaba “Una sociedad de propietarios” y proponía que los ciudadanos nos hiciéramos responsables de nuestra riqueza y nuestros ahorros para no depender del Estado, y menos en una edad en la que uno ya comienza a ser dependiente físicamente. Si encima dependes de la pensión que “el Estado te da”, empleando ese lenguaje envenenado que te hace parecer aún más desprovisto de todo, pues mucho peor.

El informe se preguntaba qué pasaría si cada cual gestionase sus ahorros privadamente de manera que pudiera invertirlos para tener una pensión, tan generada por él como la de ahora, pero sobre la que sí pudiera decidir. Los resultados eran rotundos: las pensiones serían casi el doble. Y a pesar de eso, hay cierta prevención hacia la autogestión de la riqueza individual como alternativa.

Sin ir tan lejos, cada vez que se oye alguna voz clamando por el sistema de capitalización, enseguida te saltan a la yugular con aquello de y qué pasa si hay una crisis, es que hay que dejar que la gente invierta mal y se venga abajo?

Bueno, pues la pregunta realmente es ¿hay que dejar que se invierta mal el dinero de la gente? ¿si lo hace el Estado, que debería crear el marco adecuado para que todos disfrutáramos de la riqueza que fuéramos capaces de generar, es menos malo?

En mi opinión, es mucho más sangrante. Hasta que no dejemos de confiar más en el Estado que en nosotros mismos seremos esclavos.

Tres generaciones de Value Investors: Graham, Buffett y Paramés

Los inversores en valor (value investors) actuales estarían formando la tercera generación de esta genial estirpe: si en la primera destaca su fundador, Benjamin Graham, en la segunda su máximo exponente es Warren Buffett, mientras que en la tercera tendríamos a Joel Greenblatt y a Francisco García Paramés, por citar sólo dos.

Sin la menor duda, de una generación a otra el enfoque necesariamente se ha visto alterado. Se han incorporado nuevas formas de invertir, a primera vista no muy compatibles con las anteriores y, sin embargo, todas ellas conviviendo bajo el mismo paraguas del value investing.

Los inversores aquí englobados han obtenido rentabilidades de dos dígitos durante periodos de tiempo muy largos. Han hecho del análisis fundamental (conocimiento profundo de los negocios y los sectores) su brújula, en lugar de fijarse en los vaivenes de las cotizaciones, las noticias de corto plazo o los sentimientos de mercado. Con todo, un análisis más sosegado dificulta encontrar muchos más puntos en común entres las distintas estrategias empleadas.

Fijémonos en algunos ejemplos. Bestinver, desde la crisis del 2007,ha modificado su filosofía inversora, excluyendo prácticamente todo lo que no sea una combinación de máxima calidad con finanzas sólidas, mientras que antes de esta fecha invertía en un espectro más amplio de negocios si el precio era atractivo. Otro ejemplo nos lo ofrece Peter Lynch, quien, en un año, llegó a tener en su fondo Fidelity Magellan muchos centenares de acciones distintas en cartera. ¿Quiere esto decir que Bestinver no ha seguido el value investment hasta hace cinco años o que Lynch no era unvalue investor?

Por otro lado, bien es sabido que Benjamin Graham, el patriarca que da nombre a esta escuela de inversores, ponía el foco muchas veces en el valor liquidativo de empresas en dificultades (¿dónde queda la calidad del proyecto?), adquiriendo aquellos negocios con patrimonio neto líquido muy superior a su cotización.

Cabe, pues, concluir que si el value investing no es un cajón de sastre, todas las estrategias que enumeramos a continuación tienen que tener algo en común.

  • W. Buffett o Bestinver post 2007: compañías con fuerte posición competitiva y finanzas sólidas, siendo negocios sencillos de entender y de gestionar, cuyas acciones se encuentren a buen precio. Hallamos ejemplos históricos en Coca Cola, Schindler, Procter&Gamble o American Express.
  • Philip Fisher: empresas tecnológicas de crecimiento, siendo éstas de la máxima calidad, pero en mercados, por tanto, no tan maduros como los anteriores. Entre las compañías seleccionadas por Fisher en los 60 estarían Texas Instruments o Motorola. Casos posteriores que entrarían cronológicamente en esta categoría serían Intel, Google o Apple.
  • P. Lynch: empresas en crecimiento a precio razonable a través de la réplica de un modelo que ha funcionado en un mercado local. Sería el caso por ejemplo de cadenas o franquicias de retailing, hostelería, hoteles, etc. Lynch se llenó las manos de dólares con LaQuinta (moteles de carretera de un nivel medio). Otros casos serían los de McDonalds, Inditex, Starbucks, Gap o Wal Mart.
  • Kenneth Fisher: cíclicas con su cotización hundida en los finales de la fase recesiva, con fuerte apalancamiento operativo y posición financiera saneada. K. Fisher fue quien introdujo el price sales ratio como mejor aproximación para la detección de estas compañías. También coincidiría con otra de las estrategias de Lynch (quien prácticamente las empleó todas…). Ejemplos: "nuestro" Terex, Wells Fargo (Bruce Berkowitz a principios de los 90), Jefferies adquirida recientemente por Leukadia…
  • Martin Whitman: oportunidades de asset conversion a través de operaciones corporativas tipo spin-offs, recapitalizaciones, apalancamientos, inversores activistas, etc. Además de Whitman, esta estrategia correspondería con las bazas ocultas de Peter Lynch. También Joel Greenblatt la trata en su You can be a Stock Market Genius.
  • Jim Rogers o John Templeton: invertir aprovechando el fuerte crecimiento de países emergentes que abrazan el mercado, vacunados contra la inoperancia de sistemas económicos autárquicos, inflacionistas y socializantes.

Nuestra tesis es que hay unos elementos comunes detrás de la amalgama de formas de invertir que se acaban de apuntar. A saber:

  1. Disponer de un método de valoración bien afinado (basado, como se ha dicho, en el análisis fundamental y en la inclusión de factores tangibles e intangibles) para, en cada una de esas situaciones, descubrir un fair value o precio objetivo. En este sentido, se aceptarían múltiplos para empresas de calidad o crecimiento bastante superiores a los casos de asset conversion o de cíclicas.
  1. Aplicar un margen de seguridad o descuento sobre ese fair value para decidir el precio de compra. El margen de seguridad será tanto mayor cuanto menor sea la calidad del negocio o más incertidumbres se enfrenten.

Eso es lo más fundamental. Únanse a ello buenas dosis de paciencia para esperar las oportunidades de compra, mucho estudio para conocer bien negocios e industrias y estómago para aguantar la volatilidad del mercado y las caídas que con seguridad se producirán en uno u otro momento en el valor de mercado de la cartera.

El Suffolk Bank

Andrew Jackson había acabado con el Segundo Banco de los Estados Unidos, y con él se fue durante décadas la institución de un banco central en aquel País. A mediados de los años 30 del siglo XIX comienza la era de “banca libre” en aquel país. Cualquier empresario que cumpliese ciertas condiciones podía crear un banco. Pero estas instituciones tenían importantes limitaciones, como no poder abrir sucursales en otros Estados, o se les obligaba a aceptar bonos estatales como reservas. Sin llegar a ser una era de verdadera libertad económica en el ámbito monetario y crediticio, sí permitió, no obstante, una gran competencia. Ésta favoreció la creación de nuevas fórmulas bancarias. Y también limitó la capacidad de los bancos de crear inflación (es decir, de emitir billetes sin respaldo de oro o plata), ya que cualquier ciudadano podía entregar las notas en su mano y conseguir la cantidad correspondiente de oro, en forma de monedas o lingotes.

Es más, cualquier banco que acumulase las notas emitidas por una entidad distinta podría redimirlas. Una práctica muy inflacionaria ponía en riesgo la solvencia del banco y, por tanto, la continuidad del negocio. Dado que las comunicaciones eran costosas, las notas perdían valor cuanto más lejos estuviesen del banco emisor. Además, a medida que los billetes, en la incesante cadena de intercambios, se alejasen del banco que ponía su sello, toda la buena fama que pudiera tener entre su clientela se iba difuminando. Y, por supuesto, había una creciente incertidumbre respecto de la voluntad o capacidad del banco de aceptar su propio papel y entregar a cambio el dinero (oro) correspondiente. De este modo surgió una clase de comerciantes que compraban papel con descuento y lo conducían al banco emisor para reclamar la cantidad de oro correspondiente.

Boston, como floreciente ciudad comercial, contaba con numerosos bancos, que recibían notas de muchos otras entidades del resto del país. Es en ese contexto en el que adquirió un papel predominante el banco Suffolk. Aquellos country banks cuyas notas perdían valor con la distancia perdían oportunidades de negocio. Suffolk creó un sistema que podríamos llamar de compensación que aportaba seguridad a las transacciones y oportunidades de negocio. Aceptaba las notas por su valor nominal, es decir, por todo el valor de la promesa de pago, a cambio de que los bancos emisores hiciesen depósitos en Suffolk sin interés. Suffolk obtenía como beneficio el interés del préstamo de esos fondos. Y las entidades que eran clientes de Suffolk, por el coste de mantener un depósito en aquel banco, obtenían los beneficios de que sus notas resultaban mucho más líquidas, más aceptables por el mercado, y adquirían una mayor circulación. Por tanto, sus servicios como banco eran más valiosos.

El interés de los bancos por contratar el servicio de Suffolk era evidente. Pero la entidad bostoniana no podía admitir cualquier cliente. Les obligaba a mantener su solvencia. De este modo, en una cadena que va desde la conveniencia del uso de los billetes más la necesidad de que respondan a la cantidad de oro que prometen, hasta las notas del banco Suffold y las de los bancos que contratan sus servicios y de ahí a la relación entre éstas y los depósitos de las entidades, Suffolk logró que prevaleciese una inflación más moderada en su zona de influencia.

No fue una interesante experiencia pasajera, una reliquia para el divertimento de los historiadores. Duró de 1819 a 1859, cuarenta años. Según John Jay Knox, citado por Murray N. Rothbard en su libro A History of Money and Banking in the United States, la experiencia del Suffolk Bank prueba que “se puede confiar en las empresas privadas para la redención de los billetes que circulan, y puede hacerse de un modo más seguro y mucho más económico que el servicio que pudiera proveer el Gobierno”. Rothbard incluso se refiere a Suffolk Bank como un banco central privado.

Esta fórmula para crear confianza en el mercado fue seguida con éxito por otros bancos, atraídos por los enormes beneficios de Suffolk. La competencia acabó por desbordar a la entidad, que acabó por abandonar el esquema que ésta había creado. Otros bancos, no obstante, siguieron realizando la misma labor beneficiosa para la sociedad y para ellos mismos. La Guerra Civil acabó con esta experiencia, y el establecimiento del monopolio del Gobierno de la emisión en 1863 acabó con cualquier posibilidad de retomarlo después de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. Es un ejemplo de cómo los resquicios de libertad respetados por el Gobierno permiten que los empresarios atiendan las necesidades sociales, incluso las más complejas, obteniendo por ello un beneficio.

Rajoy vertebra España… o no

Si hubiera que clasificar la línea política del residente de La Moncloa sobre la nación española habría que buscar entre las categorías más inquietantemente ambiguas: posibilismo, visión a corto plazo, supervivencia. Pero nada sería más certero que definirlo como alguien que sí, puede acabar manteniendo los vínculos comunes mínimos y formales entre españoles durante los próximos años, pero que deja semivacía a la resultante España futura y, sin duda, descoordinada y debilitada tanto hacia dentro como con vistas al exterior.

Hacia el envite nacionalista catalán todo es mano tendida, amago y retirada, tanto en materia lingüística como en lo referido a recursos transferidos. Cuanto más evidente es el beneficio inversor realizado en la otrora próspera Cataluña y su contraste con el de otras comunidades de similar cariz, más agresivos son los independentistas y menos educados y protocolarios sus dirigentes.

La actitud hacia "la nueva realidad vasca" no es muy diferente en las filas del partido popular, aunque para mantener las formas y acostumbrarnos a que el nacionalismo radical e institucional sea una realidad por muchos años, son alcaldes del PP y dirigentes de grado medio quienes se expresan conciliadoramente, seguidos de débiles desautorizaciones de Basagoiti. Por el otro frente, los gestos hacia Artur Mas se reparten entre la meliflua crítica de Sánchez Camacho y la oferta de diálogo de Rajoy.

Nada hay en la actitud del gobierno nacional, así como en la del Rey, que nos haga pensar que su estrategia, si es que lo que hacen y no hacen pueda llevar ese nombre, sea más que una resistencia blanda que incluya el envío de ríos de recursos a Cataluña y miradas a otro lado en una comunidad donde la sangre de las víctimas del terrorismo aún no se ha secado.

Tal y como podemos entender que es la esencia de la actitud del gobierno, se espera que el desafío catalán acabe paniaguado en 2014 y que el radicalismo en el País Vasco se enrede en la gestión diaria de las instituciones. Pero en el mejor escenario de ese planteamiento se les ha permitido a los nacionalistas de ambos lados penetrar a sus sociedades con mensajes de desafección y, a los españoles, aprender una actitud hacia su nación tan difusa, débil y falta de convicción como el propio gobierno de Rajoy está dando a entender.

 Y si no es de esta, lo intentarán con más descaro aún, si cabe, en la siguiente ocasión.

Una década de petróleo barato

Lejos están ya los tiempos en los que el barril de petróleo Texas se vendía a casi 150 dólares. El 14 de julio de 2008 el barril alcanzó su máximo histórico situando el precio del crudo WTI en unos insoportables 145,1 dólares por barril. A partir de ese momento el precio del crudo empezó a descender, primero tímidamente y, a raíz de la quiebra de Lehman Brothers y el posterior derrumbe bursátil, de un modo radical.

Seis meses más tarde, en enero de 2009 el barril había bajado hasta el umbral de los 40 dólares. El respiro duró poco. El petróleo volvió a subir, aunque no de manera tan pronunciada. Desde hace tres años el precio del barril de referencia en Estados Unidos se sitúa en la franja comprendida entre los 80 y los 100 dólares. Ahora bien, todo indica que, conforme avance la presente década el precio del petróleo irá descendiendo paulatinamente.

Una perspectiva que comparten casi todos los especialistas en esta materia prima.

EEUU, más petróleo que nunca

El primero de los indicadores que invitan al optimismo es la producción en Estados Unidos, que no hace sino aumentar desde años. Las nuevas reservas descubiertas y, sobre todo, tecnologías de extracción como la fracturación hidráulica que hace veinte años eran impensables, van a convertir al gigante americano en un país autosuficiente desde un punto de vista energético en cuestión de pocos años. Los expertos creen que, para 2020, esta autosuficiencia petrolera se habrá alcanzado.

No es un trecho demasiado largo el que le separa de este autoabastecimiento. En 2012 Estados Unidos extrajo el 83% del petróleo que consumió, un porcentaje de autosuficiencia petrolera que no se daba desde hace más de 20 años. Si la producción sigue aumentando a este ritmo, dentro de sólo siete años Estados Unidos extraerá de la tierra más crudo que Arabia Saudí. Las implicaciones globales de esto último son de primera magnitud.

Si la economía norteamericana no necesita importar petróleo de Oriente Medio el equilibrio de poder en la región se alterará sustancialmente en tanto que el papel de Washington tenderá a disminuir. Eso significa menos intervenciones militares y, por ende, menos gasto. El coste de la guerra de Irak desde 2003 supera ya a los 800.000 millones de dólares, una cantidad que aumenta cada día y pasa a engrosar la billonaria deuda pública americana.

La producción mundial aumenta

El aumento en la producción de crudo de Estados Unidos contribuye al que se registra a nivel mundial cada año. Desde 2010 se extrae más petróleo cada año. En 2011 se extrajeron más de 72 millones de barriles al día frente a los 66 millones y medio que se extrajeron en 2001. Para 2020 se calcula que se extraerán 110 millones de barriles diarios, justo el doble que en 1987. Que cada vez se extraiga más petróleo no debería ser noticia. La industria petrolera gana en eficiencia cada año y la carestía de la última década ha provocado que se saque más petróleo que nunca.

Entre 1991 y 2011 la producción de petróleo mundial aumentó un 21%. Lo que también ha crecido, y mucho, es su consumo en ese mismo periodo, básicamente por la incorporación de China al mercado mundial y el espectacular crecimiento de economías que permanecían estancadas como la de la India.

China ralentiza su economía… y su consumo

Y es aquí donde entra la segunda parte de la ecuación. El gigante asiático ha pasado de consumir unos dos millones de barriles al día en 1990 a consumir más de nueve millones en 2011, un incremento del 350%.

¿Puede mantenerse este incremento indefinidamente? Definitivamente no. Los especialistas creen que China demandará menos materias primas en los próximos diez años. El FMI, sin ir más lejos, es de la opinión que las sobreinversiones chinas en infraestructuras e inmuebles tocarán a su fin más pronto que tarde. A fin de cuentas no se puede levantar una ciudad nueva todos los años simplemente porque llega un momento en que nadie la demanda.

En los últimos diez años las autoridades chinas han potenciado un modelo de crecimiento basado en el desarrollismo a gran escala. El país se ha llenado de autopistas, ferrocarriles, puentes, presas, puertos, centrales eléctricas y un largo etcétera de infraestructuras que, una vez terminadas, no exigen nuevas y costosas inversiones. La nueva China, por resumirlo de un modo sencillo, estará “concluida” durante esta década.

El Gobierno puede seguir alentando la construcción de nuevas infraestructuras y de nuevos barrios residenciales plagados de rascacielos en sus gigantescas ciudades, pero entonces tendrá que sufrir en carne propia la ley de los rendimientos decrecientes. El coste de cada nueva infraestructura tenderá a ser mayor que el beneficio que de ella se obtenga.

China seguirá creciendo, eso es prácticamente seguro, pero de otro modo necesariamente menos intenso en consumo de materias primas. Eso es una buena noticia para todos. Para los chinos porque entrarán en una fase de desarrollo más sofisticada, y para el resto del mundo porque la energía barata es un requisito imprescindible para que la alicaída e hiperendeudada economía mundial termine levantando el vuelo tras varios años de incertidumbre.

De impuestos y servicios

Uno de los errores más comunes del ciudadano medio es pensar que tiene derecho a tal o cual servicio público porque está al día en el pago de sus impuestos. Y es que los impuestos tienen como característica principal que no necesitan de una contrapartida del Estado para ser cobrados.

Dicho de forma más clara: los impuestos son aquello que el Estado nos puede quitar simplemente por el hecho de que tiene que pagar los gastos que provoca su existencia con el dinero ajeno.

Como los que defienden el Estado no son idiotas, hay toda una maraña de argumentos para intentar defender que gracias al sustento de ese mastodóntico Estado podemos llevar una vida digna sin morirnos de hambre, ser esclavizados o devorados por fieras salvajes.

El hecho es que si esto fuera así no sería necesario tener el sistema impositivo que tenemos. Bastaría con un sistema de tasas por las cuales pagáramos los servicios estatales que disfrutamos de forma transparente.

Por ejemplo, igual que la empresa pública de turno cobra el servicio que nos da al llevarnos agua potable a nuestro domicilio, se nos factura una tasa fija para poder disponer de él, más el consumo que realizamos del mismo, el resto de servicios se podrían cobrar exactamente igual. A saber, si la función de la policía es proteger la vida y propiedades de los ciudadanos, nada más fácil que cobrar una tasa fija por propiedad y persona a proteger, más el coste del servicio que puntualmente nos presten en un momento dado.

A la gente le puede parecer una barbaridad que la policía te cobre si les llamas, pero es lo que hacen los bomberos desde hace años y nadie ha muerto quemado por falta de fondos. Las compañías de seguros se pueden hacer cargo sin mucho problema de la mayoría de intervenciones policiales, y las más complejas siempre pueden ser absorbidas por la parte fija del servicio, liberando así del pago de investigaciones costosas de forma individual.

Y si esto se puede hacer con algo tan delicado como la policía, con más razón se puede aplicar al resto de los servicios públicos.

Una posible crítica es que al crear una tasa por cada servicio se complicaría el pago de impuestos. Cualquiera que haya hecho una declaración de la renta sabe que este argumento se cae por su propio peso, ya que el sistema actual es el más complicado de los posibles. En todo caso las tasas se pueden cobrar de forma conjunta por propiedad o persona sin mucha dificultad.

Por ejemplo, si existen tasas sobre personas físicas sobre seguridad, medioambiente, sanidad y justicia, siempre se pueden cobrar por la misma administración de forma conjunta y con la misma periodicidad. Es lo que hacen muchos ayuntamientos y no parece que a la gente se le complique mucho la vida por ello.

Así que una vez que hemos visto que no habría ningún problema en que el Estado financiara sus maravillosos servicios de forma que sus sufridos contribuyentes supieran qué están financiando y por cuánto le sale broma, habrá que empezar a pensar por qué prefiere un sistema impositivo opaco que separa totalmente los servicios de su financiación.

Y a poco que pensemos nos encontramos con la excusa de siempre: la dichosa justicia social, igualdad socialista o como la queramos llamar.

Volviendo al ejemplo anterior, si un sujeto A, con una renta de 20.000 euros paga 200 €, un 1% de su sueldo, por tener un servicio de policía, mientras que un sujeto B, con una renta de 200.000 € paga una tasa igual, que supone un 0,1% de todo lo que gana, la injusticia, se dice, es manifiesta.

Para desmontar esta creencia sólo hay que razonar un poco. Para empezar, el servicio de partida que da la policía a estos dos sujetos es el mismo, porque no hay ningún indicio que permita sostener que proteger la vida del sujeto A es menos costoso que proteger la del sujeto B. Por lo tanto tildar de injusto pagar la misma cantidad por un servicio igual, es bastante delirante. Y hay un pequeño detalle que se le olvida a los defensores de la justicia social, y es que una cosa son las tasas que se pagan individualmente, y si todos somos iguales no tiene sentido que estas sean distintas, y otras las que se pagan por propiedades. Y aquí es donde la desigualdad de las tasas se cae por su propio peso, ya que esos 200.000 euros de renta del sujeto B pueden ir destinados, bien a un depósito bancario, bien a una propiedad. Y, mira por dónde, tanto uno como otro sí que están bajo la tasa de propiedades. Y no hace falta decir que un banco pagaría bastante más de 200 € como tasa de seguridad, con lo que el sujeto B tendría que hacer frente a un coste mayor por garantizar la seguridad de sus propiedades, al ser éstas superiores a las del sujeto A.

Como última y desesperada crítica siempre se puede recurrir a las personas que no pueden afrontar el pago de ninguna tasa por carecer de medios para ello. Como argumento es bastante absurdo porque al ser servicios del Estado nada impide que éste libere de pagar, total o parcialmente, a las personas que cumplan ciertos criterios, repartiendo el coste de esta medida entre los que sí están en disposición de pagarla.

Por supuesto este razonamiento no le vale a ningún socialista, porque el fin de cobrar impuestos nunca ha sido el de prestar servicio público alguno, sino el de controlar toda la actividad de la población para poder sacar provecho de cada céntimo de riqueza que se genere, y así hacer crecer el Estado, no porque sea necesario, sino simplemente porque todavía queda riqueza que se puede rapiñar para alimentarlo.

James Buchanan y los límites del poder político

 A los 93 años, nos ha dejado uno de los pensadores más originales, rigurosos y liberales del s. XX: el premio Nobel de Economía James Buchanan. Acaso la falta de perspectiva nos impida ponderar adecuadamente la pérdida, pero me atrevería a decir que hoy ha muerto un gigante intelectual que, en materia de teoría política, está a la altura, si no por encima, de Friedrich Hayek.

La principal contribución de Buchanan fue ofrecernos algo que los liberales, quizá por una mezcla de desinterés y repugnancia, no están muy habituados a hacer: un análisis económico (o mejor dicho, praxeológico) del origen, la naturaleza y el funcionamiento del Estado al objeto de, posteriormente, estudiar cuáles son los mecanismos más efectivos para limitar su poder.

El punto de partida de Buchanan, sobre el que desarrolla buena parte de sus ideas, es que la acción individual no es más eficiente en todos los campos del mercado. En ocasiones es menester actuar de manera colectiva y coordinada para minimizar los costes de la convivencia social (las externalidades que las acciones de unos acarrean sobre los demás) o para producir determinados bienes que nos benefician a todos y que son difícilmente divisibles (el alumbrado público, por ejemplo). En tales supuestos, una cierta acción colectiva se impone como necesaria, y en los avatares de esa acción colectiva es donde Buchanan coloca su justificación del Estado: habrá decisiones colectivas que los distintos individuos puedan alcanzar mediante acuerdos voluntarios (comunidades de vecinos, por ejemplo), pero habrá otras que, debido al enorme número de personas implicadas, habrá que tomar sin que todas ellas puedan estar de acuerdo, esto es, habrá que abandonar el principio de unanimidad que rige en un mercado libre y pasar al principio mayoritario.

Sin embargo, es aquí precisamente comienzan los problemas: "Por definición, la regla mayoritaria implica el gobierno de la mayoría, esto es, el gobierno sobre la minoría, la cual es coaccionada para aceptar decisiones que sus miembros no desean". Buchanan no idealiza al Estado como una suerte de acuerdo social voluntario y pacífico donde todos sus miembros alcanzan un idéntico nirvana de felicidad con la búsqueda de un abstracto bien común: al contrario, en su libro Los límites de la libertad describe perfectamente cómo los Estados surgen, en su etapa preconstitucional, de la depredación, la guerra, la dominación y la esclavización de los fuertes sobre los débiles, quienes terminan rindiéndose y cediendo parcelas de su propiedad y de sus libertades a un ente parasitario superior –el Estado– para que, en todo lo restante, les deje vivir:

El acuerdo que pone fin a las hostilidades puede ser similar a un contrato de esclavitud, donde el débil acepta producir bienes para el fuerte a cambio de que le permita retener algo por encima del nivel de subsistencia.

Siendo ése el origen del Estado, no es de extrañar que Buchanan muestre su preocupación acerca de cómo limitar el Estado para que éste no se convierta en un rodillo por el que las mayorías, organizadas consciente o inconscientemente en torno a coaliciones espontáneas, las burocracias asentadas y los grupos de presión, exploten a las minorías (el famoso rent seeking). La democracia no es el mecanismo por el que cada cual perseguirá un abstracto bien común –que debería quedar circunscrito a la mejor provisión de esos bienes que requieren de cierta acción colectiva–, sino donde cada individuo tratará de maximizar su bienestar personal a costa de los demás. A evitar este escenario hobbesiano dentro del Estado dedica, precisamente, la obra que le confirió una mayor fama: El cálculo del consentimiento, coescrita con Gordon Tullock. Pero tampoco aquí Buchanan se muestra ingenuamente optimista con la naturaleza del Estado:

Conviene enfatizar que ningún sistema de organización social en el que los hombres puedan actuar libremente puede impedir la explotación del hombre por el hombre o de un grupo por otro grupo.

A lo máximo a lo que aspira Buchanan es a estudiar qué diseño constitucional minimiza los costes de la convivencia social al tiempo que garantiza que la acción colectiva pueda desarrollarse eficientemente (especialmente, entendiendo el rule of law como un bien público que el Estado debe amparar y proveer). Y las conclusiones a las que él y Tullock llegan son las de un sistema parecido al que implantaron los Padres Fundadores en EEUU, pero con controles deliberadamente orientados a evitar el crecimiento del sector público: ámbitos de actuación constitucionalmente muy escasos y delimitados, descentralización administrativa, contrapesos de poderes, limitación normativa del déficit y de la acuñación de moneda o ampliación de los ámbitos de democracia directa en detrimento de la acción política.

No obstante, ni siquiera el propio Buchanan tenía plena confianza en que el Leviatán fuera a mantenerse dentro de sus fronteras sin una continuada revolución constitucional por parte de la ciudadanía para volver a meter en vereda a un Gobierno que por su perversa naturaleza tenderá a crecer. Una revolución constitucionalcontinua que él mismo calificaba de ingenua e improbable, pero no por ello menos necesaria para salvaguardar la libertad y el funcionamiento pacífico de la sociedad. Lo cierto, con todo, es que si esa revolución constitucional continua no puede darse, entonces el Estado se vuelve indeseable; pero, si puede darse, entonces probablemente se vuelva innecesario.

En el fondo, pues, la obra de Buchanan constituye una profunda crítica a la organización política realmente existente. Lejos de idealizar la noble y abnegada tarea del político, del burócrata o del votante, muestra por qué un Estado que no se halle enormemente constreñido degenerará, como decía Bastiat, en un monstruoso mecanismo por el que todo el mundo tratará de vivir a costa de los demás. Sí, los mercados fallan a veces, pero los Gobiernos fallan casi siempre y de formas mucho más devastadoras para la sociedad.

Por fortuna, esta semilla analítica sembrada por Buchanan no ha caído en saco roto: desde que en 1983 se convirtiera en la cabeza más visible de la George Mason University, un nutridísimo grupo de liberales , austriacos y no austriacos, está continuando el camino despejado por él, mejorando y llevando su análisis institucional hacia campos donde las formas de organización coactiva no es que sean pequeñas y limitadas, sino simplemente inexistentes.

Descanse en paz James Buchanan, por sus enormes contribuciones a la libertad en un mundo cada día más necesitado de ellas.

El pueblo suizo no se deja desarmar

Y si a día (de hoy) son tan libres los suizos es porque ellos mismos están tan bien armados.

El príncipe (cap. XII), Nicolás Maquiavelo

Hace casi dos años que los suizos votaron en referéndum si se debía prohibir o no el guardar en casa los fusiles automáticos que el ejército les proporciona tanto a los que hacen el servicio militar obligatorio como a los que forman parte de la reserva.

La iniciativa de quienes llamaban a "deponer las armas" y a que fueran depositadas en arsenales públicos estaba apoyada por una nutrida coalición formada por el partido verde, los socialdemócratas, los ecologistas, organizaciones feministas, iglesias protestantes y católica, asociaciones de trabajadores sociales y un elenco de otras 70 ONG más. También se pretendía endurecer mucho más la posibilidad de obtener cualquier licencia de armas y abogaba por crear un registro centralizado de datos sobre la propiedad de armas a nivel federal, dado que sólo existían por cantones.

En la última década varios sucesos trágicos muy mediáticos parece que han influido en el cambio de opinión de los suizos al respecto. El más sonoro fue en 2001, cuando un ciudadano irrumpió armado en el Parlamento cantonal de Zug y acabó trágicamente con la vida de 14 personas antes de suicidarse.

En la campaña previa a la votación un anuncio en contra de la prohibición de las armas rezaba "¿Monopolio de las armas para los criminales? No." Los prohibicionistas, por el contrario, diseñaron un cartel en el que aparecía un oso de peluche abatido y sangrando con una bala clavada en el torso. Karin Jenni, portavoz de la Asociación para la Protección contra la Violencia de Armas, confesó que su victoria dependía en buena medida de si lograban movilizar el voto femenino y el de los jóvenes. Por su parte, Dora Andres, presidenta de la Asociación de tiro suiza, declaró que los clubs deportivos de tiro son uno de los pilares de encuentro y esparcimiento comunitario de muchas poblaciones del país, junto con las bandas de música, coros y clubs de gimnasio, y que prefería que sus vecinos siguieran relacionándose de esta forma y no a través de Facebook. Además, la competición anual de tiro al blanco, la famosa Feldschiessen, reúne cada año a más de cien mil personas en un solo fin de semana.

Joseph Lang, parlamentario del Partido Verde y uno de los activistas helvéticos más comprometidos contra las armas, declaró que era ridículo alegar que se guardasen las armas en los hogares por motivos de seguridad nacional ya que ¿quién iba a atacar a Suiza a estas alturas de la historia? En 2004 se redujo el tamaño del ejército suizo y, por tanto, tocaba ahora desarmar los hogares. En cambio, el informático e instructor de tiro Erich Sutter denunciaba que se pretendiera desarmar a ciudadanos entrenados para defender el país pero no a los criminales. Elsa Kurz, de la organización Stop Suicides radicada en Ginebra, aducía que si se hacía más difícil el acceso a las armas de fuego los suicidios disminuirían; para ella era una cuestión de salud pública. Estaban, pues, divididos.

El Consejo federal (el gobierno colegiado) suizo se posicionó en contra de la prohibición y declaró que no tenía miedo a que sus ciudadanos estuvieran armados. Los helvéticos llevaban siglos demostrando saber convivir pacíficamente con las armas y pedirles ahora que depositasen sus armas en arsenales representaría una falta total de confianza hacia sus conciudadanos. Como se ve, el país alpino es una isla con respecto a Europa en muchos sentidos.

La visión de los suizos -a diferencia de la de los estadounidenses- es que su libertad y responsabilidad de mantener armas en casa es más por motivos de defensa nacional que por razones de seguridad personal (que también, aunque en menor medida). No existe un registro de cuántas armas del ejército están involucradas en los asesinatos acaecidos cada año, pero la tasa de homicidios por armas de fuego es allí relativamente baja: en 2009 fue de 0,3 por cada 100.000 habitantes. La tasa de suicidios en Suiza, empero, es alta y sí se sabe que las armas del ejército tienen un papel relevante.

Con todo y con ello, el resultado del referéndum fue que un 56,3% de los votantes dijeron que no a tal prohibición. Asimismo, 20 de los 26 cantones que componen la Con(federación) se posicionaron claramente en contra. Los referendos constitucionales como éste requieren mayoría tanto de votantes como de cantones para llevarse a cabo.

El pueblo suizo quiso así preservar su larga tradición nacional de mantener armados los domicilios particulares. A esto se añade una extendida afición por la práctica del tiro deportivo muy arraigada allí, habiendo varios cientos de clubs de este tipo. Se calcula, pues no se sabe con exactitud, que pueden existir en los hogares de este país alpino de unos ocho millones de habitantes tal vez unos tres millones de armas (entre fusiles por servicio activo de la milicia, fusiles antiguos del ejército que representan casi la mitad del total, las de los cazadores, deportistas y coleccionistas con licencia; esto sin contar con las armas de los cuerpos y fuerzas de seguridad del país). Como se ve, por tradición defensiva -que no agresiva- y por afición, Suiza es un país neutral armado hasta los dientes. Es el tercer país del mundo con mayor proporción de armas tras EEUU, Yemen y a la par con Finlandia. Son neutrales y pacíficos pero no pacifistas; la diferencia es importante.

Me parece una decisión valiente el que un pueblo haya votado que no a los deseos buenistas de imponer severas restricciones a la libertad de armas. No entro en razones utilitaristas (sirven de seguridad privada y disuasión a los malhechores) ni en motivos de defensa nacional (existe una atípica conscripción en dicho país). Lo que de verdad me maravilla es el nivel cívico alcanzado en aquella nación para que su gobierno confíe la custodia responsable de armas de asalto a aquellos que han pasado por una adecuada instrucción militar, para que no se considere a sus ciudadanos armados una amenaza para la sociedad y para que aquéllos, habiendo participado en acalorados debates en pro y en contra, se opongan mayoritariamente a la prohibición de mantener armas en sus domicilios privados.

El gobierno australiano confiscó las armas a sus ciudadanos en 1996, el partido laborista hizo lo propio con los británicos un año después. En octubre de 2005, por el contrario, los brasileños votaron en referéndum mayoritariamente en contra de los abolicionistas de la venta de armas, pues la gente honrada no deseaba verse inerme ante los criminales. En enero de 2006 el parlamento italiano aprobó una ley para el libre uso de las armas de fuego en defensa propia. El control de armas de propiedad civil en la mayoría de los países es muy restrictivo, aun así, el grado de violencia y muerte por armas de fuego persiste en todos ellos. Tiendo a pensar que las estadísticas de muertes por armas de fuego tienen más que ver con las condiciones culturales y los valores asumidos por la población de cada país que con la prohibición o severa restricción gubernamental hacia las armas.

El 8 de enero de 1959 Fidel Castro pronunció un encendido discurso en la base aérea militar de Columbia, hoy Ciudad Libertad (sic), al entrar triunfante en la Habana como líder de la revolución. Ese alegato ha pasado a la historia con el nombre "Armas, ¿para qué?" y fue el comienzo para, una vez logrado el poder de la isla mediante las armas, dejar al pueblo cubano totalmente desarmado por primera vez en su historia.

George Mason, muñidor de la Declaración de Derechos de Virginia, lo tuvo meridianamente claro cuando afirmaba que un hombre armado es un ciudadano, el desarmado es, en cambio, un súbdito. En esa misma línea, la asociación ProTell, versión helvética de la NRA, es apoyada de forma natural por la mayoría de los suizos que no acaba de entender el empeño de algunas personas por erosionar la legitimidad de los ciudadanos honrados para poseer armas.

La libertad de tener (y portar) armas de los civiles horroriza en general a nuestros coetáneos. De todas las libertades, tal vez sea la de las armas (convenientemente regulada, por descontado) una de las más incomprendidas debido al particular y predominante concepto de libertad sin responsabilidad que existe hoy, por desgracia, entre los miembros de las sociedades socialdemócratas.

A pesar de que Suiza es detestada por los progres, la democracia helvética nos da muchas lecciones, entre ellas, la que nos enseña que ya que el pueblo tiene el poder, debería también guardar las armas.