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¿Recibieron Turquía y Siria un impulso económico con el terremoto?

Lawrence W. Reed. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

Tras el terrible terremoto que asoló Turquía y Siria en febrero, un mito recurrente reclama la sabiduría de Frédéric Bastiat. ¿Quién puede olvidar las impresionantes escenas de devastación: edificios reducidos a montones de escombros, carreteras levantadas y retorcidas, casas arrasadas por el fuego, decenas de miles de muertos y heridos?

¿La destrucción es la creación?

Siempre que ocurren cosas tan malas, alguien afirma que, desde el punto de vista económico, las cosas malas pueden ser realmente buenas. La destrucción, argumentan, requerirá reparaciones y eso significa la creación de nuevos puestos de trabajo. Las catástrofes estimulan la actividad económica, convirtiendo al menos parte del dolor de las pérdidas iniciales en una bendición nacional. O eso nos dicen.

Tras el terrible terremoto que sacudió Kobe (Japón) en enero de 1995, Nicholas D. Kristof publicó lo siguiente en el New York Times: “A pesar de la devastación, algunos expertos dijeron que en cierto modo el terremoto podría dar un impulso a una economía que lucha por recuperarse de una larga recesión”. El gasto necesario para reconstruir el puerto de Kobe, escribió, “puede dar un estímulo a la economía de Japón”. Espero que el Sr. Kristof haya leído algo de Bastiat en los años transcurridos desde entonces.

Una mala idea antigua

Esta noción de que la destrucción es un estímulo económico no es nueva. Después de la Segunda Guerra Mundial, algunos de los que examinaron los restos de Europa Occidental argumentaron que el esfuerzo de reconstrucción levantaría la economía continental. Reflexionando sobre aquellos años, el Primer Ministro británico Harold Wilson explicó una vez el rápido ascenso de Alemania y el estancamiento de Gran Bretaña en estos términos: Alemania tuvo la suerte de que su capacidad manufacturera quedara totalmente aniquilada, mientras que Gran Bretaña seguía utilizando plantas que habían sobrevivido a la guerra. La implicación era que Gran Bretaña estaría mejor hoy si tan sólo Alemania hubiera lanzado muchas más bombas sobre ella en la década de 1940.

Cuando las inundaciones del Medio Oeste de Estados Unidos dejaron tras de sí miles de millones de dólares en pérdidas materiales en 1993, el entonces Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Lloyd Bentsen, declaró abiertamente que la economía del país recibiría un saludable estímulo como consecuencia de ello. Pero es difícil imaginar que los supervivientes de estos terribles sucesos se consuelen con tales garantías. “Me alegro mucho de que mi casa fuera arrasada porque ahora tengo la oportunidad de reconstruirla y estimular la economía”, no es una opinión muy extendida, estoy seguro.

Frédéric Bastiat

Hace casi dos siglos, el economista y estadista francés Frédéric Bastiat enterró este error al contar la historia de una ventana rota. Un joven lanza un ladrillo a través del escaparate de una panadería. Una multitud se reúne alrededor del cristal roto, enfadada por el crimen del delincuente y apenada por la pérdida del panadero, hasta que un extraño pasa por allí y declara: “¡Esto es una bendición! Ahora el panadero comprará una ventana nueva, lo que significará más negocio para el cristalero, que a su vez extenderá la prosperidad en todos los círculos”. Si la multitud creyera realmente al forastero, iría a romper otras ventanas de la ciudad para crear aún más prosperidad.

En palabras del propio gran francés,

Lo que no se ve es que si él [el panadero] no hubiera tenido una ventana que sustituir, podría haber reemplazado sus zapatos gastados o añadido un libro a su biblioteca. En resumen, habría utilizado sus seis francos para un fin que ya no podrá.

Frédéric Bastiat

Bastiat enterró el error pero, como Drácula, siempre hay alguien que lo vuelve a desenterrar.

Lo que es perjudicial o desastroso para un individuo, demostró Bastiat, también lo es para el conjunto de individuos que forman una nación. Nadie podría pensar que una catástrofe natural es una ventaja económica si piensa en primer lugar en las personas cuyos bienes han sido arrasados. El problema de todo esto es que algunas personas no utilizan la cabeza para pensar. Se fijan en un árbol o dos e ignoran el bosque.

Usos alternativos

Pensemos en un ladrón que va casa por casa robando todo el botín que encuentra y luego se lo gasta en el centro comercial local. El hecho de que los propietarios de las tiendas aprecien su negocio no significa que haya ayudado a toda la economía. Cada dólar que el ladrón gasta en el centro comercial es un dólar que no pueden gastar las personas a las que realmente pertenece el dinero.

Si a los ciudadanos de Turquía y Siria les cuesta cien mil millones de dólares reconstruir, son cien mil millones que no tendrán para otras cosas. Mucho se perdió para siempre porque era sencillamente insustituible a cualquier precio. Cualquiera que se limite a observar el aumento de la actividad en el sector de la construcción a medida que la gente gasta para reconstruir y concluya que un terremoto es una especie de bendición económica, no está viendo el panorama completo.

El hecho de que algunas personas que deberían saberlo mejor sigan viendo bendiciones en la destrucción es un indicio de que tenemos mucho que aprender sobre economía. Si Bastiat pudiera hablarnos hoy, probablemente suspiraría, frunciría el ceño y declararía: “¡Ya os lo expliqué hace mucho tiempo!”.

Una visita guiada al pensamiento liberal

Javier Fernández-Lasquetty. Publicado originalmente en Law & Liberty y en Cuadernos FAES.

Mario Vargas Llosa ha publicado un elogio razonado de la libertad bajo el paradójico título La llamada de la tribu. Como él mismo explica, ha tomado de Karl Popper la idea del espíritu tribal que está eternamente presente y que ofrece el falso orden igualitario del grupo identitario, con su jefe, su planificación y su coactividad. A cambio, eso sí, de que no haya individualidad, ni libertad, ni responsabilidad. Vargas Llosa apunta directamente al comunismo y al nacionalismo –valga la redundancia- como modernos imanes que atraen hacia esa antiquísima “tribu” contra la que se erige el individuo soberano.

Vargas Llosa

Este libro merece una expresión de gratitud hacia su autor, cubierto ya de todos los laureles literarios que existen y que él merece, empezando por los Premios Nobel y Cervantes. Este libro es el legado que Mario Vargas Llosa deja en el terreno de las ideas políticas. Uno tiene la impresión de que es una obligación autoimpuesta, como si no quisiera cerrar su bibliografía sin entregar un libro que sirva de guía de las ideas liberales, las que a él le parece que valen la pena. Para ello se sumerge en la obra de siete autores de primera fila. Entra a fondo en sus principales libros, ordena las ideas, selecciona citas, incluso traduce él mismo determinados textos. Lo que ha hecho Mario Vargas Llosa ha debido llevarle tanto trabajo que a los lectores nos lo ha puesto sencillísimo: el libro se lee con facilidad, y con la prosa extraordinaria del maestro se enuncian ideas muy complejas, que no pierden nada de su contenido original.

No son novedades el interés de Vargas Llosa por la política, ni su visión liberal. Mauricio Rojas lo ha sintetizado en Pasión por la libertad. El liberalismo integral de Mario Vargas Llosa (Gota a Gota – FAES, 2011). Ahí están sus artículos, sus comparecencias públicas, e incluso bastantes de sus novelas (Conversación en la Catedral, La fiesta del chivo, entre otras). Muchos tenemos El pez en el agua en la lista de nuestros libros favoritos, con ese relato de la campaña electoral que hizo en 1990 que es una novela trepidante, al mismo tiempo que un manual de política liberal.

Revel, Aron, Popper, Hayek…

Mario Vargas Llosa elogia continuamente la honradez intelectual de los autores a los que trata en La llamada de la tribu, por ejemplo al hablar de Jean-François Revel o de Raymond Aron. La primera honradez intelectual que debe ser aplaudida es la del propio autor. Él mismo explica en la introducción su peripecia intelectual, que se inicia en el marxismo –cuyas obras lee, a diferencia de tantos neomarxistas- pero que se aparta de él a medida que ve en la revolución cubana o en su viaje a la URSS lo que significa el socialismo real. También habla repetidamente de su decepción con Jean-Paul Sartre, de quien era devoto seguidor y de quien, sin negar su inteligencia, deja en el libro citas suficientes para comprender recordar que el padre del existencialismo defendió los campos de concentración soviéticos y negó cínicamente la evidente represión ideológica comunista.

Del rechazo a las dictaduras de cualquier signo al liberalismo pasa –él mismo lo explica- de manera lenta, avanzando como el escalador, agarrando puntos firmes para atreverse a llegar cada vez más lejos. Señala a Popper, Hayek y Berlin como “los tres pensadores modernos a los que debo más, políticamente hablando”. Pero Vargas Llosa escribe dos nombres como definitivos en su llegada al liberalismo, los de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. No oculta – ¡ni tiene por qué hacerlo! – su admiración por los dos grandes políticos liberales de finales del siglo XX, decisivos en la demostración de que la libertad y la responsabilidad superan moral y materialmente al socialismo.

Una pieza maestra de una gran construcción intelectual

La delimitación del liberalismo y sus autores que Vargas Llosa hace no se adscribe ni limita a ninguna de sus escuelas. Nos presenta una big tent, un espacio amplio de pensadores que tienen como rasgo común la creencia de que el individuo está por encima del colectivo, que la responsabilidad va unida a la libertad, y que la libertad está por encima de todo. El autor peruano y español no enuncia su propia visión del liberalismo. No se identifica con el anarcocapitalismo, sino que cree que debe existir un Estado pequeño, pero fuerte y eficaz, que asegure “la libertad, el orden público, el respeto a la ley, la igualdad de oportunidades”. Es partidario de que el Estado asegure e incluso provea un sistema educativo de alto nivel a todos, pero cree que la competencia y la iniciativa privada deben ser protagonistas también en el terreno educativo. Cuando habla de igualdad de oportunidades deja claro que no la identifica con igualdad en los ingresos y en la renta, consciente de que “esto último sólo se puede obtener en una sociedad mediante (…) un sistema opresivo”.

Rechaza la identificación del liberalismo con lo que llama una “receta económica de mercados libres”, pero cree que la libertad económica es “una pieza maestra” de la doctrina liberal. Por eso reprocha repetidamente a Ortega y Gasset -a quien sin embargo incluye entre los siete pensadores a los que dedica el libro- el que tuviera un pensamiento económico tan raquítico y tan desconfiado hacia el capitalismo.

Unas ideas para los humildes

En el concepto de liberalismo de Vargas Llosa está muy presente la noción de humildad, que se traduce en el empeño en limitar el poder en lugar de aprovecharlo, y se traduce también en la humildad intelectual de no pretender tener verdades dogmáticas e inmutables.

Para el autor es esencial la idea de discusión, de debate; la posibilidad abierta siempre de la refutación, que toma de Popper, o las verdades contradictorias que lee en Isaiah Berlin. Es ese espíritu crítico el que “resquebraja los muros de la sociedad cerrada y expone al hombre a una experiencia desconocida: la responsabilidad individual”. Por eso Vargas Llosa gira siempre en torno a la idea de pluralismo, al que considera una necesidad práctica para la supervivencia de los hombres, y que en nada debe ser confundido con el relativismo, porque siguiendo a Popper “la verdad tiene un pie asentado en la realidad objetiva”.

Vargas Llosa nos habla también de los enemigos del liberalismo. El principal de ellos, el constructivismo. Es en el capítulo dedicado a Hayek en el que más rotundamente denuncia “la fatídica pretensión de querer organizar, desde un centro cualquiera de poder, la vida de la comunidad”. Con no menor severidad rechaza ese otro enemigo del liberalismo, mucho más sinuoso, que es el mercantilismo. También con Hayek y con Adam Smith coloca como opuestos al capitalismo los arreglos de ciertos empresarios y ciertos políticos para proteger a los primeros de la competencia mediante barreras, regulaciones o incentivos proteccionistas.

Siete autores

El libro de Mario Vargas Llosa destila alegría y optimismo. La libertad no conduce al caos, sino que genera ese orden espontáneo hayekiano, basado en las decisiones libres y en la responsabilidad individual. Es el individualismo lo que hace a Vargas ser optimista, a diferencia del pesimismo que le produce el hombre-masa de Ortega, igualado en un ser colectivo en el que abdica de su individualidad. La libertad es la diferencia, y es una libertad que, para el autor, no existe si no es completa: no puede haber libertad si falta la libertad política, o la económica, o la de creación y pensamiento. Por eso el libro es también un respaldo a la democracia liberal y un rechazo a cualquier forma de dictadura.

Para explicar su propio recorrido vital se apoya en siete autores, de los cuales hace un fascinante retrato personal e intelectual. Presta mucha atención a las circunstancias de sus vidas, y también a las personas de su entorno. Adam Smith en sus tertulias, en su vida universitaria, y en su amistad con David Hume. Ortega en la Europa del auge totalitario, en la guerra civil y en la posguerra. Hayek con Mises, pero sin ser igual a Mises. Popper en Nueva Zelanda, en la London School of Economics… y apartándose del atizador que agita Wittgenstein. Aron frente a todos, especialmente en esos días confusos de mayo de 1968. Isaiah Berlin en Washington durante la Segunda Guerra Mundial, o en Leningrado en su noche casta y transformadora con la poetisa represaliada Anna Ajmátova. Revel, en fin, vital, jovial, sagaz y demoledor en la denuncia de los liberticidas.

Claridad y estilo

Hay en el libro una crítica recurrente a los intelectuales, lo que dice mucho de la honradez de pensamiento de Mario Vargas Llosa. Rechaza el elitismo de Ortega y, con Hayek y Popper, coincide en denunciar al intelectual constructivista, o simplemente oscurecedor y tenebrista. Adictos a ese opio de los intelectuales que valientemente denunció Raymond Aron, el escritor peruano concluye –siguiendo a Revel- que “por lo general los pueblos son mejores que la mayoría de sus intelectuales: más sensatos, más pragmáticos, más libres”.

Nos quejamos muchas veces los liberales de que nos faltan claridad, estilo y atractivo para presentar las ideas de la libertad. Al leer “La llamada de la tribu” tenemos por fin entre las manos lo que deseábamos. Sin ser perfecto, sin dejar de ser opinable –refutable, diría su admirado Popper-, lo que ha escrito Vargas Llosa merece ser leído por muchas personas de muchas generaciones. Es imposible encontrar mejor cicerone para hacer un recorrido y disfrutar de un paseo exquisito por ese jardín frondoso, variado y abierto que son las ideas de la Libertad.

Ciudades de 15 minutos

To remove a man who has committed no misdemeanour, from the parish where he chooses to reside, is an evident violation of natural liberty and justice. The common people of England (…) have now, for more than a century together, suffered themselves to be exposed to this oppression without a remedy (…) There is scarce a poor man in England, of forty years of age, I will venture to say, who has not, in some part of his life, felt himself most cruelly oppressed by this ill-contrived law of settlements.

Adam Smith. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations

Últimamente está de moda -curiosamente a la vez en diversas partes del globo… maravillosa “globalización”-, con motivo de ese calentamiento global que nos ha tenido pelados de frío, hablar de las “ciudades 15 minutos” (o “cronourbanismo”, si lo prefieren), una idea  con la que esos políticos  que tanto se  desvelan por nosotros (el insomnio sistemático del Tito Berni y sus comilitones es sólo un ejemplo) tienen, según se nos dice, la intención de conseguir acercar los servicios a los ciudadanos -a un máximo “de 15 minutos andando o en bici”, ya saben, de ahí el apodo- a fin de que no tengamos que movernos para poder ir al médico, a la compra, a trabajar, a estudiar, a disfrutar del ocio o “de la cultura”… o “de la naturaleza”.

Eso sí, parece que habrá algún tipo de limitación -minimísima- a quien “se pase” y utilice, “demasiado”, según qué carretera de salida o entrada de su lugar de residencia a la hora que no le parezca al burócrata de turno (sin esas limitaciones, sinceramente, no tendría sentido que estuviésemos hablando de todo esto y los políticos sólo nos venderían la importante inversión que van a realizar duplicando recursos por nuestro bien y dado que la malévola iniciativa privada no se presta a ello por espurios, inconfesables y malignos intereses… lo de siempre con sifón, vaya).

El objetivo, por supuesto, irrenunciable como pocos, es reducir “la huella de carbono” al facilitarle al ciudadano tenerlo todo a tiro de piedra e impedirle la libertad absoluta de tránsito (hay que embridar al ciudadano, ya saben, que si no, siempre se pasa y sólo quiere fastidiar), pero en una espiral virtuosa donde los efectos colaterales positivos son aparentemente infinitos: beneficios “al pequeño negocio”, mejoras para “la salud de los ciudadanos” (al disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero y permitir una vida más tranquila), una mejor “ habitabilidad”, reforzar los vínculos, reforzar el “sentido de comunidad” a lo Jane Jacobs…  y un larguísimo etcétera. El único inconveniente es que se pisotea la libertad, pequeño detalle, con oscuros resabios del “panóptico carcelario” benthamiano;  pero poco sacrificio me parece si con esas medidas reducimos el CO2, que, según parece, constituye ya el terrorífico 0,04 % –400 partes por millón (sic)-, de la atmósfera.

 Curiosamente es Inglaterra uno de los países en los que con más ganas se están probando estas “nuevas ideas” ya desde los años 60 -con el plan de Barrios de tráfico reducido-, pero sobre todo en los últimos años, con Oxford como espejo en el que poder mirar lo guapos que nos vamos a poner (y que es la ciudad en la que ya ha empezado a haber problemas por algunas restricciones “temporales”, y muy bien intencionadas, en la libertad ambulatoria de sus vecinos).

Por supuesto, la prensa de siempre está dejando claras no sólo las bondades del proyecto, sino la maldad -o estupidez– de los “conspiracionistas” que lo rechazan, injustamente, por considerar que es una vuelta de tuerca más para limitar nuestras libertades. Algún díscolo -aunque son pocos, gracias a Dios-, está que no está, y no se fía de esos “conspiranoicos” que consideran estas futuras “ciudades” un “plan maquiavélico” para encerrarnos, pero tampoco quieren creer a “quienes nos venden este modelo como una alternativa libre de problemas y, sobre todo, libre de ocultas intenciones” -ni fu ni fa, vaya- y limitan los posibles aviesos designios de los ideólogos de esta maravilla a la simple intención de limitar del “vehículo privado” (lo que, visto lo que está ocurriendo en Madrid, por ejemplo, no sería una novedad a la que mereciese dedicar ni un minuto).

El problema es que, como atribuyen a Mark Twain, “la historia no se repite, pero rima”, y en este caso esa rima parece consonante y acompañada por la misma melodía de siempre, nada novedosa, por cierto. Y es que los conspiranoicos serán “malos” o “tontos”, pero en esto no están demostrando ser demasiado imaginativos:

Los soviéticos -expertos en todo lo que tenía que ver con la “supervisión”- tenían ya algo que, a mí, paranoide donde los haya, me recuerda a la herramienta de control que ven algunos -aunque sin los afinados mecanismos que permite la tecnología actual-: un sistema de “fiscalización” de la población mediante permisos de residencia y la prohibición a los empleadores de contratar a quien no estuviese en su sitio y no tuviese, por tanto, la “propiska local” (o permiso de residencia) correspondiente. Cierto es que en el paraíso socialista no había gente necesitada, todos eran inmensamente felices y comían perdices -reales o imaginadas- gracias a papacito Estado, con lo que dicho sistema de “control” debía ser pura veleidad, superflua e inútil, de algún burócrata despistado con exceso de celo.

También los nazis crearon barrios cerrados en los que se tenía accesible todo lo que ellos consideraban necesario para la población “acercada”; en ese caso se llamaban guetos, y a quienes ahí vivían se les obligaba a llevar un distintivo en la solapa (distintivo que ya no hará falta, gracias también a las tecnologías de reconocimiento de matrículas o facial). Lo que pasó después con esos guetos es una de las páginas más sórdidas, luctuosas y lamentables de la Historia.

Pero la idea venía ya de antes y recuerda demasiado -a mi mente enferma, ya saben-, a las famosas leyes inglesas -ay, la Pérfida Albión, con ese Oxford que están poniendo tan futurista- de Asentamientos (“Law of Settlements”) -que servían para completar a las “leyes de pobres” de los Tudor-, y por las que los menesterosos en general tenían prohibido mudarse de una “parroquia” a otra sin la autorización formal y escrita de la parroquia de origen (mecanismo de “mera observación”, como otro cualquiera). Y es que eran numerosas, en aquella época, las hordas de mendigos que -como recuerdan entre otros el libertario Albert Jay Nock en su “Nuestro enemigo, el Estado”- habían sido creadas por el latrocinio coactivo del mismo que vino después a establecer las medidas para “solucionar” el problema que había creado, es decir, el Estado:

Los horrores de la vida industrial de Inglaterra (…) se debían a la intervención primaria del Estado por la cual se expropió la tierra a la población de Inglaterra; debido a la eliminación de la tierra de la competencia con la industria de trabajo por parte del Estado. Tampoco el sistema fabril y la “revolución industrial” tuvieron nada que ver en crear esas hordas de miserables. Cuando el sistema fabril vino, esas hordas ya estaban ahí, expropiados

Albert Jay Nock. Nuestro enemigo, el Estado, Unión Editorial 2013, pág. 165.

Se me dirá que exagero y que no es lo mismo: que la finalidad de los casos históricos comentados no tiene nada que ver con lo que pretenden los comunistas de Más Madrid, adalides del ecologismo planetario; o que una cosa es poner orden y racionalidad, y otra prohibir; o que hoy no somos legión quienes queremos cambiar de residencia y no tenemos con qué sustentarnos, sin que haya ninguna amenaza en lontananza de la que debamos preocuparnos.

El Estado era malo, como mucho, antes, por ignorancia e ingenuidad, pero quienes gobiernan han aprendido y ya sí saben cómo velar por nuestro bien:  la IA sólo irá en nuestro beneficio y no hay manera de que se creen hordas de mendigos sin trabajo por las máquinas, sobre todo en un mercado laboral tan bien regulado como el que tenemos; la crisis de deuda, para un Estado con facultad de “imprimir dinero”, no es un problema (lo que les digo, si es que “la vida puede ser maravillosa”); las leyes de bienestar animal, entre otras, que hacen cada vez más difícil la vida en el campo -donde podríamos ser libres, como los mendigos antes de las expropiaciones “tudorianas”-, son por nuestro bien, aunque ahoguen de manera irremediable a quienes allí viven, pero precisamente porque son unos ignorantes a quienes tienes que venir los urbanitas a enseñar cómo se deben hacer las cosas… etc…

Es verdad que no estamos todavía en una cárcel -al menos desde que salimos de los inconstitucionales confinamientos-; pero visto lo visto, y la inclinación natural que tienen quienes nos gobiernan a ir siempre en la misma liberticida dirección, no estoy tranquilo… Además, hay algo incontestable: según el Foro Económico Mundial, ese faro inmerecido que otea, por nosotros, el futuro más furtivo, en 2030 “no tendrás nada”, y serás feliz… ay, los mendigos expropiados ingleses…

Y, quizás de nuevo por la rima, se me viene también a la cabeza otra frase de Adam Smith, relativa a cómo reaccionó la gente ante las Leyes de Asentamiento británicas:

Though men of reflection, too, have some times complained of the law of settlements as a public grievance; yet it has never been the object of any general popular clamour

Adam Smith. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations

Y algo, como un escalofrío, se empeña en recorrer mi espalda.  La idea ya está lanzada… es cuestión de esperar a que a Mr. Overton le dé por pasar por delante de nuestra ventana, o que se presente, “espontáneo” e imprevisto, algún “shock”, a lo Naomi Klein. Y si no, al tiempo.

Y yo me pregunto… si “resilientemente” aceptamos caminar hacia el precipicio liberticida “un, dos, tres pasitos pa´lante, María” para después morir de júbilo por dar “un pasito pa´tras”… antes de volver a avanzar, ¿dónde acabamos?  “Libre, como el ave que escapó de su prisión, y puede, al fin, volar; libre”.

El coche eléctrico: ni es ecológico ni es el futuro

El coche eléctrico es, sin duda, uno de los mantras más repetidos por la izquierda. El cambio climático, junto con el feminismo, la lucha racial, y otros tantos, han sustituido la lucha de clases del marxismo del siglo pasado. La izquierda ha aplicado las tesis de Gramsci a la perfección, controla la hegemonía cultural y controlarás todo. Pero ¿por qué ha sido el coche el objetivo? El automóvil es uno de los logros del capitalismo, frente a la individualidad, la propiedad privada, la autonomía y el sucio petróleo aparece una solución mesiánica, un coche silencioso, ecológico, tecnológico…

La narrativa es perfecta, tan perfecta que en 2035 la Unión Europea prohibirá la venta de coches diésel en Europa, algo que carece de todo sentido por infinidad de razones que a continuación desarrollaremos. Para empezar por mucho que Europa redujera el 100% de sus emisiones de CO2, únicamente representaría un 8% de las emisiones mundiales, China, Estados Unidos e India representan el 50% de las emisiones mundiales, así que sí, irás en bici a trabajar con 35º en verano mientras un americano coge su coche que consume 16 L/100 km, pero recuerda, tú, europeo, utiliza las pajitas de papel y mantén el aire acondicionado a 25º, no seas egoísta.

Los coches eléctricos son caros

Vamos a hablar primero del precio del coche eléctrico, actualmente el precio medio de un Tesla está en alrededor de 40.000 euros (con subvenciones) llegando hasta los 130.000 en algunos modelos. Muy pocas personas en España se pueden permitir un coche de ese precio, si bien es cierto que con el tiempo el precio del coche eléctrico irá bajando, como con cualquier otro bien, por mejora del proceso de producción, eficiencia…Aun con todo, para 2035 es bastante dudoso que los coches eléctricos alcancen los precios de los coches diésel actuales, estas limitaciones de la Unión Europea nos abocan a que la mayoría de la población no pueda tener un vehículo, sólo los ricos podrán tener coches, no sólo eso, sino que van a ser los pobres quienes financien, a través de las subvenciones, los coches de los ricos, el mundo al revés.

 

La contaminación

La gran excusa para implantar el coche eléctrico es la contaminación, pero ¿cuánto contamina el coche eléctrico? Hace dos años, la marca Volvo, realizó un estudio sobre cuanto contaminaba la producción de un coche eléctrico. Según los datos, producir un coche eléctrico contaminaba un 70% más que un coche gasolina, pero en su vida útil podía llegar a compensarlo. Pero cuidado, hay que centrarse en un aspecto importante: el coche eléctrico, como es evidente, tiene que ser cargado, y dependiendo de donde provenga la electricidad contaminará más o menos.

En la última barra vemos como cuánto contaminaría si la producción total de energía fuera mediante energía eólica. En tal caso, se reducirían las emisiones casi a la mitad, pero esto es tremendamente irreal, ¿sólo se recargarían coches cuando hiciera viento?, tenemos que fijarnos en la producción energética con el mix actual de energía, la segunda barra, reduciríamos menos de un 10% de las emisiones. ¿Vamos a cambiar todo el parque móvil para emitir un 10% menos de emisiones? ¿Alguien ha hecho estudios sobre cómo mejoraría el planeta?

La producción de coches

Alguno se preguntará por qué es tan contaminante producir un coche eléctrico. Este es otro tema donde los países europeos son tremendamente hipócritas, un coche eléctrico necesita 17 veces más minerales que el coche convencional, 4 veces más de cobre. Pero es que el coche eléctrico necesita: cobre, níquel, tierras raras, litio, manganeso, grafito y cobalto. Todos estos minerales no se extraen de los árboles, se extraen de las minas, minas que está prohibido abrir en suelo español, nuestro país quiere el coche eléctrico pero los minerales que los extraiga otro.

Todas estas minas son tremendamente perjudiciales para el medio ambiente, se necesitaría multiplicar por 7 la extracción de litio para cumplir los planes de Europa en cuanto a número de coches. Mientras Europa se jacta de que utiliza coches verdes y cero emisiones (mentira) los países del tercer mundo extraen esos contaminantes minerales para producir esos coches.

Autonomía

Vayamos ahora con la autonomía, con 60/70 litros de gasolina, tenemos entre 800/900 kilómetros de autonomía. La mejor autonomía en un coche eléctrico la tiene Tesla con unos 400 kilómetros, según la marca, porque en realidad esa cifra se reduce. Son 400 kilómetros con un ocupante, sin maletas, carretera llana y bien asfaltada, sin calor ni frío extremo, sin aire acondicionado o calefacción, y con el coche nuevo, porque con los años las baterías van perdiendo eficiencia y autonomía, como un móvil.

Es posible que algún dueño de un Tesla de 100.000 euros se tenga que poner el abrigo dentro del coche para poder llegar a su destino sin poner la calefacción. Pero esto no es todo, la rapidez de carga tiene sus límites, la carga rápida de algunos coches eléctricos es de una hora, así que prepárense para tener que hacer viajes mucho más largos. ¿Electrolineras? Hay muy pocas, y dudo mucho que en 2035 haya tantas como gasolineras ahora en España.

Eliminación del diésel

La operación verano consistirá en colas interminables de coches para poder recargar sus baterías, muchos tendrán que hacer noche en algún hotel cercano para recargar el coche. ¿Cargar el coche en la ciudad? otro problema, la mayoría de las casas tendrán que duplicar la potencia contratada para poder cargar su coche, eso los privilegiados que tengan garaje, en España hay 24 millones de vehículos, 12 de ellos duermen en la calle ¿vamos a poner un cargador cada 2 metros en todas las calles de España? ¿cuánto se deteriorarán las baterías de los coches durmiendo todos los días en la calle? Preguntas sin respuesta todavía.

Estos son algunos de los problemas que plantea el coche eléctrico, hay más. Hay dos posibilidades, que la Unión Europea no se haya planteado estas preguntas, de lo contrario no prohibiría la venta de coches diésel para 2035, la otra opción es que sí se lo haya planteado y quiera precisamente eso, que no tengamos coche, independencia y autonomía.

 

¿Qué pensaría Roger Scruton de las ciudades de 15 minutos?

Samuel Hughes. Este artículo ha sido publicado originalmente en CapX.

Desde hace algunos años, los urbanistas utilizan la expresión “ciudades de 15 minutos”. Y durante la mayor parte de ese tiempo, nadie les prestó atención. En los últimos meses, sin embargo, este término ha salido de su rincón especializado para convertirse en objeto de furibundas disputas, tanto en las zonas más oscuras de Internet como dentro del Partido Conservador. Cuando los conservadores hablan del entorno construido, nunca tarda en invocarse el nombre de Roger Scruton. Y como trabajé como ayudante de investigación de Scruton en la Comisión Building Better, Building Beautiful, me llaman para que opine sobre lo que él habría dicho. Así que aquí estoy.

Barrios con poco tráfico

Lo primero que hay que decir sobre las ciudades de 15 minutos es que, a pesar del revuelo que se ha montado en las redes sociales, no son lo mismo que los barrios con poco tráfico. Una ciudad de 15 minutos es aquella cuyos habitantes viven a menos de 15 minutos a pie o en bicicleta de muchas cosas, como tiendas y colegios. Un barrio con poco tráfico (LTN) es aquel en el que las autoridades locales han prohibido el tráfico de paso. Puede haber ciudades a 15 minutos sin LTN, como en la mayoría de las zonas construidas hasta la década de 1930. También puede haber LTN sin ciudades de 15 minutos: en cierto modo, la mayoría de las urbanizaciones de callejón sin salida de la posguerra son así, aunque el tráfico de paso está bloqueado por la estructura de la red de calles y no por bolardos o jardineras. Se puede estar a favor de una cosa y no de la otra sin que ello suponga una incoherencia. Son ideas diferentes.

Lo segundo que hay que decir sobre las ciudades de 15 minutos es que su definición es bastante vaga. La cuestión clave es qué cosas tienen que estar a menos de 15 minutos para que una ciudad merezca el atributo de “15 minutos”. Se abre un abanico de posibilidades que van de lo absurdo a lo sensato.

¿Qué es una ciudad de 15 minutos?

Según una definición tonta, una ciudad de 15 minutos es aquella en la que sus habitantes están a menos de 15 minutos en bicicleta de todo lo que necesitan. Históricamente, muchas ciudades eran así. Google Maps calcula que se puede ir en bicicleta de la Porta Tufi a la Porta Camollia de Siena en 11 minutos, o del Temple Bar Memorial a la Torre de Londres en 12 minutos. Así pues, si hubieran existido las bicicletas, los sieneses y londinenses medievales habrían podido llegar a todo lo que necesitaban en 15 minutos; e incluso sin ellas, no estaban muy lejos.

Pero estas ciudades alcanzaban los 15 minutos siendo muy pequeñas. La Siena medieval tenía unos 50.000 habitantes y el Londres medieval unos 80.000, con niveles de hacinamiento que hoy nos resultarían intolerables. A menos que construyamos muchos rascacielos, no vamos a meter a mucha más gente en una “ciudad de 15 minutos” según la absurda definición.

Ciudades pequeñas

A mucha gente le gusta vivir en ciudades pequeñas. Pero mucha gente también tiene razones para vivir en ciudades más grandes. La razón subyacente es lo que los economistas llaman “efectos de aglomeración”, es decir, a grandes rasgos, el hecho de que las personas suelen ser más productivas cuando viven cerca unas de otras. Un abogado brillante obligado a vivir en una aldea remota puede no ser capaz de utilizar ninguna de sus habilidades distintivas, y de hecho puede ser un muy mal trabajador agrícola.

Si vive en una ciudad pequeña, puede conseguir un buen trabajo en un bufete local. Si viven en Londres, puede que consigan un empleo en una empresa líder mundial, ganando mucho más y contribuyendo mucho más a la economía. Esta es básicamente la razón por la que el suelo en las grandes ciudades de éxito es mucho más caro que en otros lugares: la gente cobra más si es más productiva, puede ser más productiva viviendo en centros urbanos, por lo que está dispuesta a pagar más por vivir en esos lugares.

Una hecatombe

Según esta absurda definición, las ciudades de 15 minutos serían incompatibles con todas las ventajas de aglomeración de las ciudades de más de 80.000 habitantes. Si se aplicara en serio, habría que destruir todas las grandes ciudades del mundo, hundir la economía mundial y sumir en la pobreza a miles de millones de personas. Evidentemente, no es una buena idea.

No ayuda decir que una ciudad debe ser “policéntrica”, de modo que Londres podría seguir existiendo como unidad geográfica, pero dividida en subciudades compatibles en 15 minutos. Según la tonta definición, uno debería poder llegar a todo en 15 minutos. Si es así, ¿qué sentido tiene agrupar todas estas subciudades de 15 minutos? Por definición, sus residentes pueden llegar a todo lo que necesitan sin salir de su unidad de 15 minutos. La razón de ser de las grandes ciudades es que ofrecen a sus residentes al menos algunas cosas que no pueden conseguir en su radio de 15 minutos, ya sean universidades, hospitales, teatros, sedes de empresas o parlamentos.

Hasta aquí la definición tonta. Pero también existe una definición sensata de las ciudades de 15 minutos, según la cual una ciudad cumple el requisito si sus habitantes pueden ir a pie o en bicicleta a una serie de servicios locales. Es plausible que incluya un colegio de primaria y secundaria, una oficina de correos, una tienda de comestibles, una farmacia, un pub, un parque, un patio de recreo, una consulta de medicina general, una iglesia parroquial y una parada de autobús.

Ciudades de más de un cuarto de hora

En este sentido, las ciudades de quince minutos no son necesariamente impracticables. Todas las ciudades del mundo se construyeron así hasta la Segunda Guerra Mundial. Algunos países todavía tienden a construirlas así, como Japón, España y los Países Bajos. Las ciudades así construidas suelen tener muchas ventajas. Existen numerosas pruebas empíricas, que poco a poco se van incorporando al debate público británico a través de organizaciones como Create Streets y Place Alliance, de que contribuyen a la salud y el bienestar de los residentes, además de ser más sostenibles desde el punto de vista medioambiental. También parecen ser ampliamente populares.

Este tipo de ciudades de quince minutos se hicieron más raras en la Gran Bretaña de posguerra por varias razones. Una de ellas fue la ortodoxia urbanística modernista de mediados del siglo XX, según la cual el Estado distribuía los usos residenciales, comerciales y recreativos en pequeñas manzanas ordenadas, unidas por vías arteriales. Otra fue el enorme aumento de la delincuencia en la segunda mitad del siglo XX, que hizo que las viviendas aisladas y dependientes del automóvil parecieran más seguras. La tercera fue la terrible contaminación urbana. Una cuarta fue la prohibición de la intensificación suburbana, que a menudo congelaba las densidades por debajo del nivel en el que podían sostener muchos negocios locales. Pero la planificación modernista está totalmente desacreditada, la delincuencia lleva un cuarto de siglo disminuyendo y el smog urbano es, en gran medida, cosa del pasado. No es de extrañar que resurja el interés por los barrios de 15 minutos.

Scruton

¿Habría dicho Roger Scruton todo esto? No en estos términos: no me lo imagino hablando de “efecto aglomeración”. Pero Scruton era un filósofo analítico, que creía en dar definiciones claras; era un realista, que desconfiaba de las propuestas frívolas de abolir el mundo moderno; y era un romántico, que respetaba el urbanismo tradicional y la rica vida comunitaria que fomenta. No me cabe duda de que habría rechazado las “ciudades de 15 minutos” con la definición tonta y las habría apoyado con la sensata. Y, en el caso improbable de que se hubiera dado cuenta de que se trataba de una pequeña tormenta en Twitter, habría contemplado con triste perplejidad el actual alboroto en torno a ellas.

Cómo podría el Tribunal Supremo de los EE.UU. acabar con internet

Elijah Gullett. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

La libertad de expresión en Internet ha estado en el punto de mira del Congreso, de expresidentes y de expertos de ambos bandos políticos. Ahora se enfrenta a una nueva amenaza: el Tribunal Supremo.

Dos próximos casos ante el Tribunal Supremo, González contra Google y Twitter contra Taamneh, supondrán un importante desafío a la inmunidad de responsabilidad concedida a los proveedores de servicios de Internet (ISP), ya que los demandantes intentan responsabilizar a los gigantes tecnológicos de los contenidos terroristas publicados en sus plataformas y supuestamente promovidos por sus algoritmos. Al plantear una amenaza a esta amplia inmunidad de responsabilidad, estos casos también suponen una gran amenaza para las protecciones de expresión existentes y para Internet tal y como la conocemos. El Tribunal Supremo debería ponerse del lado de Twitter y Google, manteniendo la inmunidad concedida por la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones de 1996.

Distinción entre plataforma y editor

La Sección 230 protege la libertad de expresión en línea al eximir a plataformas como Google y Twitter de responsabilidad por la expresión de sus usuarios. Los motores de búsqueda y los sitios de redes sociales están protegidos porque se consideran “plataformas” y no “editores”. En virtud de la disposición, los ISP pueden moderar de buena fe los contenidos alojados en sus sitios, pero no se encargan activamente de la curaduría de contenidos. Esta práctica contrasta con la de editores como los periódicos, que seleccionan y editan activamente los contenidos que alojan. La distinción entre editor y plataforma es importante porque tiene importantes consecuencias jurídicas. Si alguien publica contenido difamatorio en Twitter, Twitter no puede ser considerado legalmente responsable, pero si un periódico como The New York Times publica el mismo contenido, podría enfrentarse a graves consecuencias legales.

Las protecciones que ofrece la clasificación de “plataforma” de los ISP son las que hacen posible la Internet moderna, ya que permiten que las empresas de Internet sean económicamente viables. Si un sitio pudiera ser demandado o cerrado por el contenido que publica un usuario, los riesgos serían astronómicos, haciendo casi imposible que un sitio, especialmente una startup, existiera durante un periodo prolongado de tiempo.

Incidencia en el sector tecnológico

Un informe de la Engine Foundation, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la política tecnológica, descubrió que las empresas tecnológicas se enfrentan a grandes costes por demandas, y que sólo los honorarios de los abogados cuestan entre 130.000 y 730.000 dólares por una sola demanda. Por lo tanto, eliminar la inmunidad de responsabilidad derogando o reformando la Sección 230, y abriendo así las plataformas de Internet a una mayor responsabilidad y más demandas, tendría consecuencias desastrosas para la industria tecnológica.

Este cambio de política supondría un duro golpe para las grandes tecnológicas, pero las nuevas empresas tecnológicas y los competidores más pequeños se verían aún más perjudicados, lo que reduciría las posibilidades de elección de los consumidores. Los conservadores se quejan a menudo de que los sitios les silencian o prohíben sus contenidos, pero sin la Sección 230 no tendrían plataformas alternativas como Parlor y Truth Social. Por tanto, además de fomentar el crecimiento de la industria tecnológica, la fórmula de la Sección 230 es la salsa secreta que mantiene la libertad de expresión en Internet.

Una moderación inmoderada

Sin estas protecciones, sitios web como Twitter se verían obligados a vigilar intensamente los contenidos, buscando hasta la más mínima infracción que pudiera considerarse ilegal o difamatoria, todo ello para evitar posibles demandas. Los usuarios de todas las tendencias políticas ya están preocupados por el exceso de moderación, ya se trate de prejuicios anticonservadores o de comunidades minoritarias vigiladas excesivamente por moderadores de contenidos. La eliminación de las protecciones de la Sección 230 multiplicaría por diez la moderación de contenidos, ya que los sitios de redes sociales se apresuran a evitar demandas, lo que no haría sino aumentar estas preocupaciones existentes.

A pesar de los riesgos de la reforma de la Sección 230, está aumentando la presión de todos los bandos para frenar la expresión en línea por medios legales. Republicanos como el senador Josh Hawley y demócratas como Elizabeth Warren se han unido contra la protección de la expresión en línea, presionando para derogar la Sección 230, obligar a los ISP a moderar los contenidos como los políticos consideren oportuno y tomar medidas enérgicas contra la “desinformación“. Incluso el juez Clarence Thomas ha sugerido que es hora de empezar a “emparejar la amplia inmunidad” de la que gozan actualmente las empresas tecnológicas.

Una tradición de libertad

Sin embargo, estas propuestas de reducir o incluso despojar a los ISP de sus protecciones de inmunidad van en contra de la tradición jurídica estadounidense de proteger la libertad de expresión. La sección 230, por otra parte, encaja perfectamente en esta tradición jurídica, que incluye casos como Smith contra California (1959), en el que el Tribunal Supremo decidió que los intermediarios, como las librerías, están protegidos contra la responsabilidad por el contenido de los materiales que transportan. En casos anteriores, el Tribunal se ha inclinado por proteger la libertad de expresión, en lugar de regularla, y debería hacer lo mismo ahora.

Como afirmaron la ACLU y otras organizaciones de defensa de las libertades civiles en su reciente escrito de amicus curiae presentado al Tribunal, fallar en contra de las empresas de González y Twitter podría acabar “amedrentando a las plataformas”, obligándolas a moderar en exceso sus contenidos para eliminar cualquier cosa que pudiera llevarlas ante un juez.

Nuestra búsqueda de la justicia nunca debe ir en detrimento de nuestra libertad civil más básica: la libertad de expresión. En un mundo en el que se cuestiona la verdad y la política es voluble, una Internet libre y abierta es una parte necesaria de la protección de esta libertad. El artículo 230 ha sido la clave de nuestro Internet libre y abierto, y eliminarlo ahora sería una medida profundamente peligrosa.

Un sesgo psicológico contra la economía austriaca

En el que posiblemente es el ensayo seminal sobre como los sesgos psicológicos influyen en nuestras decisiones de inversión[1], el autor Jason Zweig nos explica la conocida como paradoja de Ellsberg, descubierta por dicho investigador.

Tenemos dos urnas delante de nosotros. La primera de las dos (Urna 1) contiene 50 bolas rojas y 50 bolas negras. La Urna 2 contiene también 100 bolas, pero no sabemos cuántas de ellas son rojas y cuántas negras. Te dan una recompensa de 100 Euros si sacas una bola roja, de una de las dos urnas a elegir. ¿Cuál urna escoges?

La mayor parte de la gente, según parece, escoge la Urna 1. Hasta aquí nada raro. Lo interesante ocurre si a continuación les dices a los mismos sujetos que ahora la recompensa se la darás si la bola que sacan es negra. La sorpresa estriba en que la mayor parte de la gente vuelve a elegir la Urna 1. Esto es inconsecuente con la primera decisión, en la que implícitamente la gente estaba asumiendo que la Urna 2 tenía menos de 50 bolas rojas y, por tanto, más de 50 bolas negras. Lo coherente hubiera sido escoger esta segunda urna para, según el sujeto que para sacar una bola roja había elegido la Urna 1, tener más posibilidades de ganar la recompensa.

Ellsberg se encontró con que el “error” persistía después de explicar a la gente que lo que hacían no tenía sentido, e incluso si se les pedía que apostaran dinero a si escogían la urna correcta. Y esto le ocurría no solo a la gente corriente, sino también a economistas y expertos en teoría de decisión.

Años después, nos sigue contando Zweig, otros investigadores hicieron un experimento parecido, usando diferentes barajas de veinte naipes, una con diez rojos y diez azules, y la otra con un número desconocido de cada color. A los sujetos del experimento les medían la reacción de las distintas partes del cerebro en el momento de la decisión. Lo que vieron fue que, cuando el sujeto se planteaba elegir el segundo mazo, se activaba la amígdala y se bloqueaba el caudal. O sea, se activaba el área que genera miedo, y al mismo tiempo se bloqueaba el camino neurológico por el que nos llega el placer asociado a la confianza y el control.

La conclusión de estos (y supongo otros muchos) experimentos es que los seres humanos tenemos una gran aversión, miedo si se quiere, a la incertidumbre. Este miedo nos hace actuar muchas veces de forma ilógica y contra nuestros intereses, como ocurre en el experimento de las unas antes descrito. Es un sesgo psicológico que nuestro cerebro ha desarrollado evolutivamente, o sea que ha permitido la supervivencia en determinados momentos de la evolución, por lo tan malo no será. Pero en momentos concretos, y más en la actualidad en que ya no existen las mismas amenazas a la supervivencia que hace millones de años, nos juega malas pasadas.

¿Cómo luchar contra la incertidumbre? Una forma bastante efectiva es poner números. En el ejemplo de las bolas, saber su número la reduce considerablemente, y preferimos la opción sobre la que tenemos información cierta hasta el punto de ser inconsecuentes.

Los números nos dan certidumbre y actúan también como “ancla” para nuestras decisiones. Pero puede ocurrir que esos números no tengan sentido, por mucha certidumbre psicológica que nos generen. Zweig nos demuestra con datos algo que todos intuimos: que los analistas de Bolsa son lamentables en sus predicciones. Y, sin embargo, los inversores prefieren una predicción precisa, aunque errónea, a una vaga pero correcta[2]. Dicho de otra forma, vamos a tender a fiarnos más de alguien que diga que la Bolsa va a subir este año un 5,3%, que de quien nos diga que la Bolsa va a subir en los próximos meses.

¿Puede afectar este sesgo psicológico, que todos tenemos, a la forma de abordar la teoría económica y de hacerla comprender a terceros? Me temo que sí, puesto que el enfoque que consiga producir números, aunque sean absurdos, podrá aprovechar esa ventaja que le da el sesgo para parecer más rigurosa.

Herramientas como la estadística, la econometría o incluso la aplicación de técnicas de Machine Learning, permiten a los economistas neoclásicos la obtención de resultados numéricos para magnitudes económicas y sus relaciones. Consiguen que sus modelos den lugar a números que mostrar al mundo. Todo ello lo basan en un modelar al ser humano como computador optimizador, modelo les permite poner sus hipótesis económicas en formato matemático, y obtener deducciones que contrastar con la realidad.

Frente a ello, la teoría económica austriaca asume un ser humano innovador, creativo, que tiene que descubrir la información, y que dista de ser un computador. Como no podemos anticipar cómo reaccionará el ser humano ante cada circunstancia, el economista austriaco renuncia a las matemáticas para explicar la economía. Utiliza la lógica, en su denominación de praxeología.

De hecho, la incertidumbre es consustancial a la teoría económica austriaca. Las únicas predicciones que puede hacer un economista austriaco, nos dice Hayek, son de patrones de comportamientos en el caso concreto de imposiciones regulatorias por los Estados. No se puede predecir, científicamente, nada de lo que ocurrirá en un mercado no intervenido. Ni se puede predecir, ni mucho menos cuantificar.

Y es por ello que el sesgo psicológico contra la incertidumbre, lo es también contra la economía austriaca. El teórico neoclásico va a ser capaz de sacar un número de sus modelos: por ejemplo, “el IPC bajará un 2,35% durante 2023”. Esa frase da certidumbre, aunque todos sepamos racionalmente que es imposible predecir el IPC, y que con todo el dinero que han introducido los bancos centrales en los últimos años, lo normal sería que el IPC se disparara, en lugar de bajar.

El análisis racional y lógico te lo proporciona la economía austriaca, pero el número y la certidumbre te lo dan la neoclásica. ¿Por cuál tenderá a inclinarse nuestro cerebro? Ahora ya sabemos que seremos atraídos irresistiblemente por ese número, aunque carezca de sentido, sepamos que realizar tal previsión no es posible, y además sea racionalmente contraria a la teoría económica.

Ello también nos proporciona una explicación a la pasión que tienen los economistas por el “cientifismo”, por llevar a la teoría económica al método científico de las ciencias naturales. Y es que en las ciencias naturales sí que están alineados el sesgo psicológico con el avance científico. Para que luego digan los de ciencias que lo difícil es lo suyo.


[1] Zweig, Jason: Your money and your brain, 2006.

[2]analysts are lousy at predicting corporate earnings; yet investors prefer a precise but wrong forecast over a vague but accurate one”. Los datos que muestran dicha incapacidad predictiva se refieren no solo a beneficios corporativos, sino en general a evolución de mercados.

Bitcoin y el derecho de propiedad

Muchos defensores de Bitcoin utilizan términos como inconfiscable o incensurable, y en mi opinión son términos demasiado absolutos. Mucho más prudente sería decir “difícil de confiscar” y “resistente a la censura”. No niego que estos términos pueden estar bien para transmitir estas ideas de manera más simple y gráfica en un contexto informal, pero si queremos tratar estas cuestiones con detenimiento y rigor, creo que hay que ser cuidadoso.

La aportación de Bitcoin

En mi opinión, lo que Bitcoin aporta que no existía antes es una forma de poseer valor que en muchos aspectos es un orden de magnitud más conveniente y barata que otras formas que existían hasta entonces. El simple conocimiento de una clave es suficiente para poder disponer de unidades de Bitcoin, ya sea para atesorarlas o para transmitirlas.  

Nótese que la propiedad y la posesión son cosas distintas. Si yo firmara un contrato con un custodio de Bitcoin en Suiza, quien tiene la posesión material de los Bitcoin es el custodio, pero quien tiene la propiedad en sentido jurídico soy yo.

Prefiero utilizar el verbo poseer y no el término propiedad porque no quiero meterme en camisa de once varas, ya que la propiedad en sentido jurídico es un asunto mucho más complejo y que depende de la filosofía del derecho que aplique cada uno, y en este sentido no existe una sola visión, cada escuela tiene su propia interpretación. Unos dirán que la propiedad es lo que el Estado diga que es tuyo, pues es el que en última instancia tiene la fuerza, otros dirán que la propiedad es un derecho natural del individuo.

Por lo tanto, prefiero quedarme en el simple hecho de la posesión material de Bitcoin, es decir, la capacidad técnica o material de tenerlos o transmitirlos. 

Autocustodia no implica soberanía

Lo que voy a decir a continuación puede que a muchos bitcoiners les parezca una blasfemia, pero la cruda realidad es que el estado tecnológico de bitcoin para la autocustodia está tan verde, que dependiendo de la cantidad y de las circunstancias particulares de cada uno, Bitcoin puede ser bastante más difícil de confiscar o robar si está custodiado por un tercero especializado que sí está custodiado por uno mismo. Es decir, hoy por hoy la autocustodia no implica necesariamente mayor “soberanía”. 

La autocustodia además tiene un mayor riesgo de cometer un error y pegarse un tiro en el pie, sobre todo en el estadio técnico actual. Aunque también hay que decir que si bien es mucho menos probable que un tercero especializado en custodia cometa algún error, por otro lado es un objetivo mucho más rentable de atacar por parte de los amigos de lo ajeno porque al tratarse de un custodio siempre va a poseer mucha más cantidad de Bitcoin que los usuarios individuales. Y por amigo de lo ajeno no me refiero solo a ladrones, también a presidentes de la democracia más avanzada del mundo, como Roosevelt y su orden ejecutiva 6102 o “expropiese ese oro”, al más puro estilo Chávez.

Posesión y libertad

En todo caso, sí que creo que esta nueva manera de poseer valor sienta las bases para mayores cotas de libertad y esperanza para recuperar terreno frente al totalitarismo estatal. Al estar la posesión estructurada a través de software, es infinitamente más barato que toda la infraestructura que necesita un Estado para proporcionar seguridad jurídica y garantizar la posesión de los bienes de sus ciudadanos (legisladores, registradores de la propiedad, jueces, abogados, notarios, tribunales, cárceles, armas, cuerpos de policía, ejército, etc).

La moneda fiat no escapa de estos costes. Por ejemplo el valor de los Euros en  las cuentas corrientes de nuestros bancos tienen una enorme dependencia de que en caso de ser necesario puedan ejecutar las hipotecas que tienen en su activo, y para eso es necesario un sistema jurídico que garantice la propiedad de los inmuebles porque si la propiedad sobre un inmueble o cualquier otro bien es incierta, su valor también será incierto, el sistema también debe habilitar al banco ejercer cualquier otro derecho de cobro contra el hipotecado o cualquier otro deudor del banco. 

El papel de la seguridad jurídica

En general, como la moneda fiat está esencialmente respaldada por créditos que están en los activos de los bancos, evidentemente es esencial que exista una gran seguridad jurídica para que estos créditos tengan valor, es decir, que haya una razonable certidumbre de que los deudores paguen sus deudas.  Por eso los países que tienen poca tradición en el cumplimiento de los contratos y/o pobre seguridad jurídica tienen monedas fiat de mala calidad o incluso pésimas. Y al contrario, los países con gran seguridad jurídica y gran tradición en el cumplimiento de los contratos suelen tener monedas fiat relativamente mucho más sólidas. 

No habría que caer en el error de afirmar que con Bitcoin termina la necesidad de seguridad jurídica. Eso sería un disparate porque Bitcoin sirve para ser intercambiado en algún momento por otros bienes que necesitamos, y para poder disfrutar de muchos de esos bienes sí que es imprescindible la seguridad jurídica. Eso sí, que haya que incurrir en estos costes, no implica que la moneda fiat y el sistema bancario no supongan un coste adicional porque ya aprovechan la infraestructura que tendría que existir igualmente sin ellos. El coste existe igualmente en la proporción que corresponda junto con el que sería imputable para garantizar la seguridad jurídica en todos los demás ámbitos.

El Leviatán

En todo caso, lo anterior no quita que para el caso concreto de Bitcoin hayamos dado un paso de gigante en la capacidad individual de poseer valor, y lo que este avance puede suponer en términos de libertad frente al Estado. Recupero aquí una cita de Hobbes que muy a menudo utiliza acertadamente mi compañero en esta casa Alvaro D. María:

Una quinta doctrina que tiende a la disolución del Estado afirma que cada hombre particular tiene una propiedad absoluta en sus bienes, y de tal índole que excluye el derecho del soberano. Cada persona tiene, en efecto, una propiedad que excluye el derecho de cualquier otro súbdito, y la tiene solamente por el poder soberano sin cuya protección cualquier otro hombre tendría igual derecho a la misma. Pero si el derecho del soberano queda, así, excluido, no puede realizar la misión que le fue encomendada, a saber: la de defenderlos contra los enemigos exteriores y contra las injurias mutuas; en consecuencia, el Estado cesa de existir.

Thomas Hobbes, Leviatán (Capítulo XXIX – De las causas que debilitan o tienden a la desintegración de un Estado)

Ferrovial como síntoma de España

La semana pasada éramos conocedores de que Ferrovial trasladará su sede de España a los Países Bajos a través de una fusión con Ferrovial Internacional, una filial propiedad al 100% de Ferrovial y ya domiciliada en los Países Bajos. Tras conocerse la noticia, el Gobierno de España estallaba en exabruptos hacia Ferrovial y, especialmente, hacia su presidente ejecutivo, Rafael del Pino Calvo-Sotelo, llegando incluso el presidente del Gobierno a calificarle de “desleal” en una rueda de prensa oficial.

El traslado de la sede social a los Países Bajos por parte de Ferrovial y las incendiarias, innecesarias y absolutamente infantiles críticas por parte del Gobierno de España no son más que un síntoma de nuestro país: un gobierno que legisla al ritmo que marcan sus socios más radicales y sin pensar en las posibles consecuencias y que, cuando dichas consecuencias aparecen decide hacerse notar alzando la voz, pero sin mover un dedo por solucionar el problema.

Demonizar a los empresarios no es buena idea

Antes de entrar a analizar las razones que podrían haber llevado a Ferrovial a tomar esta decisión cabe mencionar la que sería mi posición con respecto a cualquier empresa que tome una decisión similar: ha sido el Consejo de Ferrovial el que ha propuesto a sus accionistas trasladar la sede social a los Países Bajos, y los accionistas se hallan plenamente en su derecho de tomar la decisión de hacerlo si esto es lo que mejor conviene a sus intereses particulares, y esperemos que así siga siéndolo siempre.

Hay multitud de diferencias de carácter fiscal y competitivo que podrían llevar a cualquier empresa -y más a una con un enorme volumen de negocio internacional como Ferrovial, con más del 80% de su facturación total teniendo lugar fuera de España- a querer trasladar su sede social a los Países Bajos. Entre ellos, el principal motivo es, sin duda, que, a diferencia del presente Gobierno de España, el de los Países Bajos no se dedica día tras día a demonizar a sus empresarios y al tejido productivo nacional utilizándolos a la par de chivo expiatorio para todos los problemas y de cajero automático para tapar agujeros fiscales. Mientras tanto, en los Países Bajos encontramos un marco legislativo y regulatorio más estable y flexible, como a continuación veremos.

Me cuesta mucho entender de qué se queja el Gobierno de España con la marcha de Ferrovial, ya que han sido precisamente ellos los que, con su legislación y fiscalidad extractiva han incentivado a que multitud de empresas planteen mover su sede social a otro país con una fiscalidad más atractiva, sobre todo en caso de tener una elevada proporción de la cifra de negocio allende de nuestras fronteras.

La fiscalidad

El primer beneficio de trasladar la sede social a los Países Bajos lo encontramos en lo relativo a la fiscalidad sobre los dividendos de las filiales. Mientras en España el 95% de dichos ingresos están exentos de tributar (antes de 2021 era el 100%), en los Países Bajos se encuentran plenamente exentos. De hecho, la decisión del Gobierno de España de eliminar la completa exención es algo excepcional entre sus homólogos europeos, ya que lo normal dentro de la UE es una completa exención fiscal sobre los dividendos de las filiales internacionales para prevenir la doble imposición.

Además, Rafael del Pino Calvo-Sotelo y varios miembros del Consejo de Ferrovial podrían verse personalmente beneficiados por la decisión en el plano tributario (lo cual es plenamente legal y legítimo). Cabe destacar que el gobierno corporativo de Ferrovial no se alteraría por la absorción, ya que su marco se ajustará al actual una vez completada la fusión excepto por las modificaciones que requiera la normativa local de los Países Bajos. Por ello, el Consejo de Ferrovial Internacional tendrá exactamente los mismos miembros que el actual de Ferrovial.

Muchos miembros de dicho Consejo se verán beneficiados con el cambio de sede, ya que lograrán esquivar el “impuesto a las grandes fortunas” ya aprobado por el ejecutivo sanchista y que pretende recaudar 1.500 millones incidiendo en 23.000 contribuyentes españoles con un patrimonio individual de más de 3 millones de euros. Con la fusión, muchos miembros del Consejo podrían verse beneficiados y esquivar prácticamente dicho nuevo tributo.

Financiarse en los Estados Unidos

Por otra parte, y en contra de lo que han comentado algunos analistas, Ferrovial no tendría por qué perder a muchos de sus directivos con esta operación, ya que en base a la normativa europea del 30%, Ferrovial podría ofrecer el 30% de los salarios de sus empleados internacionales libres de impuestos, lo que incentivaría a que muchos directivos se trasladaran a Países Bajos.

Otro de los aspectos más comentados esta semana ha sido el de si realmente tiene sentido estratégico trasladar la sede social a Países Bajos por el deseo de Ferrovial de cotizar en Estados Unidos, y la respuesta es un rotundo sí.

Un marco jurídico estable

Debemos tener en cuenta que los Países Bajos tienen una muy elevada calificación crediticia y un marco jurídico de los más estables de Europa, siendo estos dos factores de los más importantes para los inversores institucionales internacionales, que en el caso de Ferrovial son más del 93%. Para estos inversores el riesgo país es crucial, y, por ello, si Ferrovial permanecía en España esto podía repercutir muy seriamente en sus costes de financiación, especialmente cuando en el último año su deuda no vinculada a proyectos de infraestructuras ha incrementado en 486 millones de euros en total, acercándose a una calificación BBB que puede ser peligrosa en algunos mercados.

A este respecto, si comparamos las calificaciones crediticias de España y Países Bajos, veremos que son un factor diferencial a tener en cuenta. Mientras España tiene calificaciones situadas entre el A de S&P y el BAA de Moody’s -situándose muy lejos en ambos casos del AAA máximo-, los Países Bajos reciben una calificación mínima de AA+ por parte de S&P y máxima de AAA según Moody’s, lo que muestra su excelente solvencia. Por lo tanto, es absolutamente comprensible que si Ferrovial quiere tranquilizar a sus inversores y expandirse a nivel internacional trate de reducir el coste de su financiación minimizando el factor del riesgo país.

El gobierno español es el responsable

Por último, y más allá del entramado legislativo y fiscal del país, encontramos que los Países Bajos se hallan varios escalones por encima de España en cuento a dinamismo y competitividad empresarial, lo cual siempre es un factor muy positivo de cara al mercado internacional.

Por ejemplo, en el Informe de Competitividad Global publicado por el Foro Económico Mundial, los Países Bajos se sitúan en cuarta posición para la transformación económica, tan solo por detrás de Finlandia, Suecia y Dinamarca, mientras España se halla más de 10 puestos por debajo. Otros índices, como el elaborado por el Institute for Management Development, sitúan a los Países Bajos como el segundo mejor en rendimiento económico y el cuarto mejor en eficiencia empresarial, mientras España no se clasifica dentro del top 10 en ninguno de estos indicadores.

Por lo tanto, está claro que ha sido el propio gobierno de España, con sus múltiples políticas extractivas y ataques frontales a la creación de valor y riqueza, el que ha terminado por expulsar a Ferrovial de España. Dicha empresa simplemente ha hecho lo que debía hacer, que es defender los intereses de sus accionistas, que se hallan muy alejados de la ineficiencia y la extracción fiscal españolas.

Cómo y por qué Italia introdujo los confinamientos en Occidente

La eficacia de una propaganda política depende esencialmente de los métodos empleados y no de la doctrina en sí. Las doctrinas pueden ser verdaderas o falsas, pueden ser sanas o perniciosas, eso no importa. Si el adoctrinamiento está bien conducido, prácticamente todo el mundo puede ser convertido a lo que sea.

Aldous Huxley

  • Los confinamientos ante pandemias no tienen precedentes en la historia contemporánea
  • Las pandemias de 1918, 1957 y 1968, sin confinamientos, no produjeron daños económicos
  • Todos los estudios rigurosos no han mostrado más beneficios que perjuicios de los confinamientos
  • Italia introdujo el experimento de los confinamientos en Occidentes por razones políticas. Sus vínculos y acuerdos con China no tenían parangón en ningún país europeo en 2020

Al contrario de lo que podamos pensar, y de lo que nos hayan hecho pensar, el confinamiento de poblaciones enteras ante la aparición de un patógeno no tiene precedentes. No, al menos, en la era contemporánea. Históricamente con razón el Nobel de Química en 2013 Michael Levitt criticó los confinamientos de 2020 como una ‘estrategia medieval’.

Otras epidemias

Por ejemplo, en 1968-69 EEUU sufrió la pandemia de la gripe de Hong Kong y jamás se consideraron confinamientos. Tampoco el uso de máscaras por la población. Y se mantuvo una normalidad, tal como la celebración del histórico Festival de Música de Woodstock, un hito en la historia del movimiento hippy norteamericano.

Lo mismo podemos decir de la pandemia de gripe H2N2 de 1957-58. El abordaje de ambas pandemias fue tan alejado de cualquier medida extrema y totalitaria que apenas las recordamos. Tampoco la famosa pandemia de gripe española de 1918, la que mayor tasa de mortalidad ha producido a nivel global en la era contemporánea, generó ninguna respuesta de confinamientos poblacionales.

Es por ello que la respuesta al covid19 sí ha producido enormes y profundos daños económicos, pero vagamente la gripe española. No fue el virus, sino el desastre evitable de los confinamientos y los cierres. Los economistas Efrain Benmelech y Carola Frydman escribieron sobre la pandemia de 1918: “la gripe española apenas dejó marca en el agregado de la economía norteamericana. Incluso según algunas estimaciones la economía creció en 1919 un 1%.

El modelo chino

El covid19 desató una estrategia extrema sin precedente alguno en la historia moderna de la salud pública. La respuesta a por qué se hizo reside simplemente en una dictadura comunista que impuso su modelo. Hasta 2020, ni siquiera la OMS establecía en los protocolos de respuesta a pandemias víricas los confinamientos poblaciones como una opción sensata y científica. Igual que había descartado por cierto el uso de máscaras de acuerdo a la mejor evidencia.

Por supuesto toda estrategia cincelada por una dictadura tiene su propaganda, y los medios (en su inmensa mayoría bien regados con millones de dinero público) justificaron las medidas extremas bien con 4.000 vidas salvadas en nuestro país o bien con 450.000 poco después sin importar la incongruencia, usando los mismos tipos de modelos cocinados que el Imperial College en Reino Unido en marzo de 2020 se sacó de la manga para intentar dar aspecto científico a los confinamientos. Mientras se crearon modelos para justificar lo que la acción política de entonces quería. Se ignoraron todos los estudios robustos, minuciosos y basados en evidencias que desde 2020 echaban por tierra la utilidad de los confinamientos.

Lockdown files

Por cierto, los medios españoles parecen apenas hacerse eco de la publicación por The Telegraph, el principal y más prestigioso rotativo británico, de los Lockdown Files, Documentos o Trama del Confinamiento. Estos documentos dan para un reportaje en sí mismo, y han puesto contra las cuerdas al gobierno británico. Demuestran, con más de 100.000 mensajes, que las medidas de restricciones, confinamientos, mascarillas no se basaron en ciencia y evidencia sino en poder, política y control.

Mientras, el propio ministro de Sanidad se mofaba de los ciudadanos víctimas de los encierros. Todo ello, según confirma el Telegraph, con la cómplice colaboración de medios como la BBC para azuzar en la población un clima de medio y pánico que generase obediencia.

Mortalidad y confinamiento

  • Ya en mayo de 2020, la periodista de Bloomberg Elaine He publicó ‘Los datos del experimento del confinamiento en Europa ven la luz’ que usaba un baremo de la U. de Oxford sobre lo estricto de cada confinamiento en cada región o país. Tras comentar los diferentes enfoques de distintos países europeos y de EEUU, afirma “como se observa en los gráficos, hay muy poca correlación entre lo estricto de los confinamientos y la capacidad para reducir la mortalidad”
  • The Lancet analizó en verano 2020 datos de 50 países. Halló correlación de mortalidad covid con obesidad o tabaquismo, pero ninguno con que la población estuviera confinada.
  • Frontiers in Public Health en noviembre de 2020 presentó un análisis de 160 países durante toda la primavera verano y otoño de ese año. Concluyeron: “La adherencia a las medidas establecidas para combatir la pandemia como los confinamientos no tiene relación con la tasa de mortalidad”
  • La Universidad de Tel Aviv en Israel recopiló para otoño de 2020 los datos de movilidad que Apple publicó para millones de usuarios de iPhone. El estudio no halló ninguna correlación de la tasa de mortalidad de un área dada con lo estricto de un confinamiento ni con su duración.

Universidad de John Hopkins

En 2022 el debate de los confinamientos lo cerró un estudio de la U. John Hopkins (finalmente la prensa sí dio cuenta del mismo, como aquí ABC, o aquí La Razon) que concluyó que en el mejor de los casos la mortalidad covid la redujeron un ínfimo 0.2%, ello claro sin tener en cuenta toda la mortalidad total extra que generaron.

Pero, ¿por qué precisamente Italia fue el abanderado occidental de los confinamientos que hizo a los demás países imponer dicha estrategia medieval? No fue sin duda casualidad. Y las razones profundas y verdaderas para entenderlo no residen en la epidemiología de febrero de 2020 sino realmente en otra cuestión: la política.

Cómo Xi Jinping cerró el mundo

El columnista y abogado de San Francisco Michael P. Senger realiza una labor de investigación encomiable en su best-seller que traducido se leería como “Encantador de serpientes: Cómo Xi Jinping cerró el mundo”. En él, establece las claves para entender el papel fundamental de Italia para desatar en Occidente entero como un dominó la espiral de encerrar a las poblaciones en sus casas a pesar de no tener ni precedentes históricos ni evidencia científica. Imponiendo por tanto un modelo de corte dictatorial sin ciencia ni ética. Y para resumirlo, nos ceñiremos objetivamente a hechos, sucesos y eventos contrastados y contrastables.

Italia, desde el inicio de su república en el siglo XIX ha sabido mantener una democracia formal con un grado elevado de corrupción endémica propio de otro tipo de países. En 2013, el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo empezó a despuntar como un partido populista, una plataforma política que estableció tempranos vínculos e influencias de China que no hizo sino reforzarlas conforme fue ganando poder, tal como incluso reconocía el New York Times hablando de las alianzas de Italia con China justo un año antes de todos estos eventos, en marzo de 2019.

Italia

En 2018 Giuseppe Conte, del Movimiento 5 Estrellas, había logrado ser nombrado primer ministro de Italia. Y no por casualidad pronto Italia fue el primer país europeo en firmar un acuerdo de infraestructuras sin precedentes en nuestro continente con el país comunista.

Justo el mismo día en que se cierra ese acuerdo, el 23 de marzo de 2019, el entonces ministro italiano de sanidad, el también miembro del 5 Estrellas Giulia Grillo firmó un acuerdo bilateral China-Italia denominado ‘Plan de Acción de Cooperación Sanitaria’.

En realidad, ese plan era una continuación de la cooperación sanitaria iniciada por el antiguo primer ministro italiano miembro del Partido Comunista del país en el año 2000, Massimo D’Alema. Para 2019, D’Alema servía a la estructura del Partido Comunista de China y lideraba un nuevo partido italiano, el Articolo Uno.

En septiembre de 2019, Roberto Speranza debuta como nuevo ministro de sanidad siendo miembro del partido Articolo Uno y justo un mes después el primer ministro Conte visita las oficinas de Technogenetics, una empresa china en Italia que desarrollaría semanas después los primeros test PCR que se usaron en Wuhan. Es difícil no asombrarse de este cúmulo de acontecimientos que resulta hoy imposibles analizarlos como casualidad.

Diplomacia china

El 8 de noviembre de 2019 el ministro de sanidad Speranza firmó un acuerdo de implementación del arriba mencionado acuerdo de cooperación sanitaria de meses atrás y el día 23 de ese mes el fundador del Movimiento 5 Estrellas Beppe Grillo tuvo un largo encuentro con el embajador chino del que nunca trascendió nada.

El 21 de febrero de 2020 Lombardía anunció el primer confinamiento al estilo de China, y dos días después fue la primera vez que un país occidental declaró legalmente un confinamiento en la historia moderna.

El 9 de marzo Italia declara por primera vez un confinamiento nacional, al poco de lo cual enviados de China recomiendan a las autoridades italianas las más duras medidas posibles. A partir de entonces comenzó una avalancha de pánico y desinformación coordinada desde China en Italia y muchas imágenes de muerte e incluso camiones militares con cadáveres que luego se demostraron noticias o imágenes falsas, falsas, falsas y falsas.

Fiarse del Gobierno no es una buena idea

Es difícil saber si algún día conoceremos toda la verdad o la parte esencial de ella, o al menos la llegará a conocer nuestra generación, sobre las manipulaciones, los fraudes y las mentiras que condujeron a encerrar a docenas de millones de personas en el mundo a partir de 2020 y que produjo tal catástrofe social, y ello sin haber además tenido ninguna utilidad para lo que se justificaron.

Si algo deberíamos haber aprendido de aquellos sucesos es que el Gobierno y las autoridades públicas son muchas veces las últimas personas y organizaciones en que se puede confiar. Como algún liberal en las redes acuñó durante 2020, ‘la mejor teoría de la conspiración es creer que el Gobierno está para cuidar de ti’.