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Etiqueta: Adam Smith

La causa última de la riqueza de las naciones: reinterpretando a Adam Smith

Eduardo Blasco, en su serie de notas sobre Substack, publicó un breve comentario sobre Smith y Menger (Carl Menger vs. Adam Smith). Afirmó que Carl Menger critica erróneamente a Adam Smith al hablar del crecimiento económico. Blasco argumentó que Smith postulaba que la causa última de la riqueza de las naciones era la división del trabajo. Menger, sin embargo, criticó erróneamente a Smith al afirmar que la extensión del conocimiento es la causa última de la riqueza de las naciones, mientras que la división del trabajo es sólo uno de los muchos factores que contribuían al progreso, pero no el último.

Blasco malinterpretó a Smith y, en consecuencia, a Menger. De hecho, como demostraré, Adam Smith, Carl Menger y Eduardo Blasco comparten la misma opinión sobre la causa última de la riqueza de las naciones.

El significado de la riqueza de las naciones

Adam Smith sostenía que una nación puede considerarse rica cuando su capital se acumula continuamente y los salarios aumentan. Para él, la verdadera medida de la riqueza de una nación es el grado de bienestar del mayor número posible de sus miembros. La gran obra económica de Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, se dedicó a descubrir cómo alcanzar este objetivo.

Adam Smith comienza su libro afirmando que la mayor parte del progreso de la capacidad productiva del trabajo parece deberse a la división del trabajo (p. 33). Para ilustrar esta afirmación, analizó diferentes formas de fabricación de alfileres y observó que un obrero sin formación en la fabricación de alfileres apenas podría producir un alfiler al día. Sin embargo, una fábrica con diez empleados puede producir 48 000 alfileres al día, es decir, 4800 por persona. Para concluir la descripción, reiteró su afirmación inicial y declaró que

la separación de los diversos trabajos y oficios, una separación que es asimismo desarrollada con más profundidad en aquellos países que disfrutan de un grado más elevado de laboriosidad y progreso.

Smith argumentó que el gran aumento de la productividad es consecuencia de la división del trabajo, ya que la especialización propicia mejoras en cuatro ámbitos:

1) El aumento de la destreza de cada trabajador, ya que aprende a realizar mejor una tarea especializada y limitada.

2) El ahorro de tiempo que de otro modo se perdería al pasar de un tipo de trabajo a otro en la producción no especializada.

3) La invención de numerosas máquinas (p. 38).

4) La especialización permite concentrar la producción en fábricas cada vez más grandes. Cuanto mayor es el establecimiento manufacturero, más mentes se dedican a inventar la maquinaria más adecuada para cada tarea. En consecuencia, es más probable que se produzcan innovaciones (p. 136).

Muchos lectores de Adam Smith dejarán aquí su lectura, afirmando que Smith creía que la división del trabajo era la causa última de la riqueza de las naciones.

Sin embargo, Smith continuó investigando la causa última de la riqueza.  En el segundo capítulo de su libro, argumentó que la división del trabajo es una consecuencia y, por tanto, no es la causa última de la riqueza de las naciones. La división del trabajo surge del trueque y el intercambio. El intercambio es lo que permite la división del trabajo, y no al revés (p. 44).

Sin embargo, ni siquiera la capacidad humana de intercambiar y hacer trueques es la causa última de la riqueza de las naciones.

En el Libro Segundo, dedicado a la naturaleza del capital, Smith explica que la acumulación de capital debe producirse primero para permitir la especialización y la explotación de las oportunidades comerciales. La especialización y la división del trabajo solo pueden comenzar cuando un productor «posee existencias suficientes para mantenerse durante meses o años», hasta que el nuevo producto especializado genere ingresos suficientes para mantener al productor y reponer el capital.  En la naturaleza de las cosas, la acumulación del capital debe preceder a la división del trabajo.  El trabajo puede dividirse más solo en proporción a que el capital haya sido previamente acumulado (p. 356).

Sin embargo, Smith aún no ha llegado a la causa última de la riqueza de las naciones.

En el capítulo 7 del libro I, encontramos la causa última de la riqueza de las naciones según Smith. En este capítulo, explica que la invención y la innovación permiten la acumulación de capital.

Así pues, la causa última de la riqueza de las naciones es la capacidad innata del ser humano para inventar nuevos productos o descubrir nuevos mercados, es decir, la innovación, que hace posible la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo.

Smith ya había insinuado esta solución en el capítulo I, donde elogiaba la división del trabajo. En ese célebre capítulo sobre la fabricación de alfileres, escribió sobre un niño que construyó una máquina para aliviar su carga de trabajo y utilizó este ejemplo para destacar la importancia de la división del trabajo en la creación de riqueza. De hecho, muchos lectores de Smith han repetido esta pequeña historia para apoyar la afirmación de que la división del trabajo es la fuente última de la riqueza de las naciones, ya que fomenta la innovación incremental. No obstante, Smith aclara en las frases siguientes que los inventos y las innovaciones pueden inducir a la especialización por sí mismos y no solo pueden ser consecuencia de la división del trabajo:

No todos los avances en la maquinaria, sin embargo, han sido invenciones de aquellos que las utilizaban. Muchos han provenido del ingenio de sus fabricantes … Y otros han derivado de aquellos que son llamados filósofos o personas dedicadas a la especulación, y cuyo oficio es no hacer nada, pero observarlo todo; por eso mismo, son a menudo capaces de combinar las capacidades de objetos muy lejanos y diferentes.

Adam Smith. La riqueza de las naciones, p 40.

En el capítulo 7, Smith amplía el argumento explicando cómo la inventiva conduce a la acumulación de capital. Distingue dos tipos de tasas de beneficios: extraordinario y corriente o medio. El beneficio extraordinario surge cuando se es el primero en introducir un invento en el mercado o en descubrir un nuevo mercado. Smith pone como ejemplo un tintorero para ilustrar la importancia de la innovación. Este tintorero, que inventó la posibilidad de producir un color determinado con materiales que costaban la mitad que los habituales, pudo disfrutar del beneficio extraordinario gracias a una buena gestión (p. 103).

El innovador disfruta de beneficios extraordinarios hasta que los competidores detectan la oportunidad de obtener beneficios, lo que provoca la aparición de la competencia y reduce los beneficios a niveles habituales o medios. Una característica del beneficio extraordinario es que su magnitud no puede determinarse mediante la investigación científica, sino que depende del éxito del producto innovador. Sin embargo, Smith postuló que la tasa de beneficio corriente es una magnitud que puede determinarse mediante la investigación científica. La tasa media de beneficio corriente es similar al tipo de interés. Ambos están relacionados con la cantidad de capital invertido, pero la tasa de beneficio corriente tiende a ser superior a la tasa de interés (p. 148).

Teóricamente, era difícil determinar la magnitud exacta de la tasa de beneficio, pero sugirió que el tipo de interés podía servir como indicador de la posible tasa media de beneficio. No obstante, un beneficio razonable debería ser suficiente para compensar las pérdidas ocasionales. Basándose en los informes de los comerciantes, Smith estableció que una tasa de beneficio doble de la tasa de interés se consideraba una ganancia buena, moderada o razonable, que representaba la tasa de beneficio normal o corriente en Gran Bretaña (p. 150).

En el capítulo 8 del Libro I queda claro que el beneficio extraordinario resultante de la acción innovadora conduce a la acumulación de capital. En este capítulo, primero se explica que una economía carente de invenciones es una economía estacionaria caracterizada por el estancamiento del beneficio medio y de los salarios, y se utiliza China como ejemplo. Smith describió una economía estacionaria como miserable, regresiva y melancólica, acompañada de una pobreza generalizada (p. 129). Por el contrario, subraya que los inventos y su aplicación con éxito son los motores últimos de la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo, todo lo cual fomenta nuevos inventos e innovaciones.

La acumulación de capital y los beneficios extraordinarios no podrían existir por sí solos, sino que fomentan la competencia por los trabajadores. Smith explica que, para obtener beneficios extraordinarios, el empresario debe contratar nuevos empleados. La competencia por los trabajadores aumenta los salarios y mejora sus condiciones de vida. Smith hizo especial hincapié en que la rentabilidad extraordinaria fue la causa principal del aumento de los salarios y de las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Subrayó que la acumulación de capital crea una demanda adicional de mano de obra y que es la causa del aumento de los salarios.

Al demostrar la relación entre beneficios extraordinarios y salarios más altos, Smith llegó a un circulus angelicus: la esperanza de obtener beneficios extraordinarios impulsa a las personas con actitud empresarial a convertirse en proyectistas. La realización de sus ideas induce la competencia por la mano de obra y causa a una subida de los salarios. Los beneficios extraordinarios permiten la especialización y la expansión de la empresa y fomentan la ampliación del mercado. Sin embargo, una nueva oleada de empresarios copia la idea original y reduce el beneficio extraordinario a un nivel normal. Esta caída de la rentabilidad lleva a nuevas innovaciones para restablecer el nivel de beneficio extraordinario. Esta mejora continua conduce a una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y a la creación de riqueza en las naciones.

Menger: la causa última del progreso de la civilización

Menger utilizó el término «progreso de la civilización» para describir lo que Smith quería decir con «riqueza de la nación». Asimismo, Menger criticó la idea de que la división del trabajo es la causa última del progreso de la civilización y, siguiendo su propia lógica, llegó a la misma conclusión que Adam Smith. Es decir, que la causa última del progreso de la civilización es la inventiva humana y la capacidad de innovar. Menger no utilizó las palabras «invenciones» e «innovaciones», pero expresó lo mismo de forma circunspecta: los seres humanos son capaces de investigar y realizar procesos causales entre los bienes para producir nuevos bienes de consumo.  El progreso de la civilización solo está limitado por el alcance del conocimiento humano de las conexiones causales entre las cosas y por el alcance del control humano sobre ellas. 

En cuanto al incentivo relacionado con la inventiva y la innovación, Menger también describió un proceso de obtención de beneficios similar al que conceptualizó Adam Smith. Al hablar del monopolio, Menger argumentó que la primera persona que introduce un nuevo servicio o producto obtiene un beneficio extraordinariamente alto, como un monopolista. Sin embargo, en el caso del mercado libre, la entrada de nuevos competidores que producen el mismo bien reduce el beneficio al nivel más bajo posible.

Por último, Menger sostenía que todos los seres humanos tienen un rasgo empresarial inherente, pero para convertirse en empresarios hay que tener dominio sobre el capital. Además, sostenía que, cuando no se dispone de capital, el crédito ofrece la oportunidad de que las personas emprendedoras se conviertan en verdaderos empresarios y tomen el control del capital para hacer realidad sus ideas:  Cuanto mayor es el crédito, mayores son las posibilidades de que las personas emprendedoras puedan hacerse con el control del capital y hacer realidad sus ideas.

Menger, al discutir el papel del comercio, argumentó que el comercio y el trueque son consecuencia del descubrimiento de cómo satisfacer mejor los deseos humanos, lo que a su vez es consecuencia de la inventiva y no un rasgo inherente al ser humano. Este argumento profundizó la observación de Smith y dejó claro que incluso el comercio y el trueque son fruto de la inventiva humana.

Blasco: la causa última del progreso del crecimiento sostenible

Eduardo utilizó el término «crecimiento sostenible» para describir lo que Smith quería decir con la expresión «riqueza de la nación», o Menger con la expresión «progreso de la civilización».

En su nota de Substack, Eduardo argumentó que lo que permite el crecimiento sostenible es la creación de capital intangible, que es el “extensión del conocimiento” en el lenguaje técnico de la economía dominante.

Conclusión: a pesar de todas las alegaciones, Smith, Menger y Blasco piensan lo mismo.

¿Cuál es la lección de esta reinterpretación basada en una cuidadosa lectura de los economistas más importantes, como Smith y Menger?

La lección más importante es que, a pesar de las lecturas erróneas ocasionales o superficiales, existe una línea principal de economía, como sostienen Michells y Boettke (2017). Los representantes de esta línea principal tienen una visión unificadora de los procesos económicos, a pesar de sus enfoques diferentes de la economía, sus diferencias, interpretaciones erróneas y términos distintos. Esta visión se centra en la firme creencia en el ingenio humano y en su capacidad para superar los retos mediante el uso del pensamiento, la inventiva y las innovaciones. La libertad es la condición clave para aprovechar el potencial del conocimiento humano.

Libertad personal para actuar y libertad de comercio. Una vez que se dan estas dos libertades, los seres humanos crean las instituciones necesarias a través de ensayos y errores, como los mercados, para promover su interés, que, como postuló Adam Smith, fomenta el interés de todos, no solo el de personas especialmente dotadas o codiciosas. La competencia de los mercados empuja a las personas con talento e inventiva empresarial a trabajar no solo en su propio interés, sino también del sociedad. Como expresó Smith: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio.”

Bibliografía

Menger, C. (1871) Principles of Economics. New York: New York University Press.

Mitchell, M.D. and Boettke, P.J. (2017) Applied mainline economics: bridging the gap between theory and public policy. Arlington, Virginia: Mercatus Center, George Mason University (Advanced studies in political economy).

Smith, A (1776) La Riqueza de las naciones. 1994. Edición. Alianza Editorial: Madrid.

Ver también

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

La economía a través del tiempo (XXII): Adam Smith y la riqueza del maestro griego

En los textos de Adam Smith se puede apreciar otra reflexión interesante sobre los maestros griegos. Hasta el momento, hemos visto la importancia que ha tenido la Antigua Grecia para varios autores de la historia del pensamiento económico. Sin embargo, Smith (1805, p 157) plantea que es posible que exista un legado que no haya llegado hasta nuestros tiempos y que los casos de Platón, Aristóteles y el resto de pensadores conocidos tenían unas características concretas que han provocado que sus ideas se hayan ido transmitiendo. Estas características no son otras que fama y financiación.

En ese sentido, Smith (1805) asegura que el impacto y la influencia de estos pensadores son “superiores a todos los Maestros modernos” (p. 157). Ante esta afirmación, el autor escocés desarrolla una nota a pie de página en la que específica lo que considera que fue la verdadera realidad de los profesores griegos:

Estas circunstancias más parecen efecto de la novedad de la enseñanza que emprendieron los primeros filósofos, y de la ignorancia que en el vulgo reinaba sobre los ramos de aquella literatura, que del impertinente carácter de enseñar con salarios fijos, o con estipendios contingentes, pues esta frívola circunstancia no podía producir toda aquella superioridad ponderada de sus opiniones: o hubiera subsistido el predominio de su doctrina (…) aunque hubieran sido pagados por salarios del Público (pp. 157-158).

Los maestros griegos

En ese sentido, el economista afirma que la influencia se debe al estado primitivo de la enseñanza y no tanto a otras variables, pero hace hincapié, posteriormente, al estado concreto de aquellos autores que fueron capaces de sobresalir:

Fuera de ello, aquellos Maestros Griegos de cuyas riquezas adquiridas por su enseñanza se hace mención por los historiadores antiguos fueron muy raros, como un Gorgias, un Hippias, un Platón, un Carneades; pero los Maestros comunes que serían muy numerosos acaso vivirían en más miseria que los nuestros: y si en tiempos presentes hubiera un Platón o un Aristóteles, a lo menos un filósofo que tuviese la fama que ellos tuvieron en la Antiguedad, no dudo que aunque no tuviese salarios públicos adquiriría riquezas inmensas del contingente de sus escolares (p. 158).

Ciudadanos y filósofos

Por tanto, Smith sostiene que la brillantez de estos autores, sumada a las riquezas de las cuales no podían disfrutar la mayoría de sus homólogos coetáneos, es la que ha provocado su trascendencia. No obstante, fue imperativo ser popular para destacar y, por tanto, para sobrevivir con tal dedicación:

Además de esto, hasta que en Grecia se hizo moda entre los poderosos ciudadanos, el estudio de la filosofía y la retórica, ningún maestro pudo subsistir aún en Atenas. Ningún rico republicano merecía el aprecio de su nación, no estando adornado de aquellas preciosas cualidades: siendo prueba incontestable de la riqueza de los discípulos (p. 158).

Así, muy diferente a lo que sostienen algunas creencias populares, el desarrollo de la filosofía griega no aparece en el momento en el que los maestros pueden vivir de rentas y, por tanto, dedicarse a pensar, sino cuando la clase poderosa o adinerada se interesa por tales artes. Es decir, de la misma manera que en la actualidad existen productos y bienes relacionados con clases elevadas, los maestros griegos y sus enseñanzas se convirtieron, según Smith, en una moda entre ricos y, por ello, fueron capaces de trascender e influir, tanto en su tiempo como en los venideros.

Esta visión smithiana puede llegar a transmitir una sensación de inseguridad, puesto que la historia del pensamiento humano, que tanto se sostiene sobre Grecia, no sería más que el producto de unas apetencias arbitrarias de una clase social particular de una época concreta. Otros, sin embargo, pueden decir que el proceso era inevitable o, incluso, que Smith se equivoca en este análisis. Con todo, es importante tener en cuenta la posible disparidad de escuelas que podrían existir en la Antigüedad, una diversidad cuya magnitud no es imaginable al no haber podido sobrepasar los límites de su tiempo.

Bibliografía

Smith, A. (1805) Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (Vol. 4). Valladolid: en la Oficina de la viuda e hijos de Santander.

Serie La economía a través del tiempo

La economía a través del tiempo (XXI): Adam Smith, Grecia y la economía de la guerra

La importancia de Grecia para el pensamiento económico se vuelve a hacer evidente en Adam Smith. El escocés invoca de nuevo, igual que los autores ya mencionados, los antiguos modelos en su obra magna La riqueza de las naciones. En el caso que se analiza en este texto, el autor escocés utiliza a los griegos para estudiar los cambios económicos del ejército, es decir, las diferencias existentes entre los Estados modernos y las comunidades antiguas a la hora de proveer defensa. Smith, en general, considera que la civilización profesionaliza al militar, pudiendo tener estas afirmaciones varias consecuencias, algunas no necesariamente acertadas.

En el Libro V, Smith (1805) comienza a elaborar su análisis explicativo sobre las razones que diferencian el ejército moderno al antiguo en términos económicos:

El número de los que pueden ir a la guerra con respecto al de las demás gentes del pueblo es necesariamente mucho menor en el estado civilizado y culto de una sociedad, que en el inculto y grosero. Como en una Sociedad civilizada los soldados se mantienen enteramente por el trabajo de los que no lo son, es necesario que el número de los primeros no exceda de lo que pueden los segundos cómodamente mantener, después de sustentar conforme al estado de cada uno tanto a sí mismos como a los oficiales públicos del Gobierno civil y político, a quienes están igualmente obligados a sostener (pp. 8-9).

Economía y Ejército en Grecia

Así, como parece lógico, el sector privado debe de generar suficiente como para su propia supervivencia, la del resto de funcionarios del Estado y, para que haya un ejército; debe de sobrar el suficiente monto como para mantenerlo. En cambio, según el pensador, en Grecia la cuestión era diferente:

En los distritos agrarios de la Antigua Grecia, se consideraban soldados, y aún solían, según se dice, salir a la campaña hasta una cuarta o una quinta parte de todo el cuerpo del pueblo. Pero, entre las Naciones civilizadas de Europa, está computado, generalmente, el número de soldados que cada una puede emplear sin arruinar el país que les mantiene, en una centésima parte de todos sus habitantes (p. 9).

En ese sentido, lo que Smith quiere decir es que, de forma irremediable, la civilización, la riqueza y el desarrollo social y económico conducen a liberar a la población de preocupaciones relacionadas con la defensa, la guerra y el ejército. Antes, según sostiene, la responsabilidad defensiva recaía sobre toda la sociedad. Pero los Estados modernos ayudaron a eliminar tal situación:

En todas las repúblicas de la Antigua Grecia era una parte necesaria de la educación impuesta por el Estado a todo ciudadano libre, el aprender ejercicios militares. En toda ciudad había un campo público en que, bajo la inspección de un magistrado civil, se enseñaba a la juventud por varios maestros sus diferentes ejercicios. (…) Y en este establecimiento público consistía todo el gasto que una República griega hacía para preparar a sus ciudadanos para la guerra (pp. 9-10).

El adanismo de Adán

Sin embargo, estas afirmaciones, que relacionan a Grecia con estado primitivo (“inculto y grosero”, les llega incluso a denominar a aquellas comunidades) que obliga por las circunstancias de la producción y de las necesidades económicas a involucrar activamente al pueblo en la guerra, pueden contrastarse hoy con el desarrollo de los Estados modernos, los cuales, en numerosas ocasiones, han creado servicios militares obligatorios para todos los ciudadanos. En España, la mili era obligatoria hasta bien entrada la democracia. En Suiza, lo sigue siendo. Y en dictaduras comunistas, como Corea del Norte, lo mismo.

Por tanto, el análisis de Smith sobre la diferencia entre la profesionalización del ejército dependiendo del grado de avance económico y civilizatorio cae en cierto adanismo, y el tiempo, sobre todo el siglo XX, ha ido invalidándolo. Más bien pareciera que existen dos vertientes en la defensa de los Estados: uno que es, efectivamente, una profesionalización a través del avance tecnológico y la especialización. Otro, que contradice a Smith, que es el relato nacional bajo el que se construyen los Estados modernos, un relato que involucra directamente a todo ciudadano en la protección y defensa de la comunidad política.

Bibliografía

Smith, A. (1805) Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (Vol. 4). Valladolid: en la Oficina de la viuda e hijos de Santander.

Serie La economía a través del tiempo

Viviendo en Ancapia

Este pequeño ensayo, trata de aclarar de forma resumida como una sociedad anarcocapitalista ofrecería los servicios que actualmente monopoliza el Estado.

Primero, se va a tratar de hacer una revisión rápida sobre qué es el anarcocapitalismo. El anarcocapitalismo es un sistema de organización social que se basa en la propiedad privada y el principio de no agresión. Dicha utopía no trata de evitar los problemas como el robo o la violencia, que por desgracia son algo intrínseco al ser humano, sino que busca formas de lidiar con ello en ausencia del Estado.

Como su propio nombre indica, anarcocapitalismo, es la ausencia de un Estado como ente regulador de la vida en sociedad. Al basarse en la propiedad privada, cada individuo es libre de hacer lo que quiera con su vida y con su cuerpo, siempre que dichas acciones que el individuo quiera realizar no atenten contra la propiedad privada de otros individuos.

Parece apropiado en este momento, decir que dentro de la propiedad privada se encuentra la propiedad del cuerpo de cada uno. Por lo que agredir a una persona físicamente significa agredir su propiedad, o, forzarla mediante la fuerza y la coacción a hacer algo que no desea también atenta contra su propiedad privada. Sin embargo, surge la pregunta de ¿Quién prestaría los servicios que actualmente presta el Estado?

El Estado no puede controlar la vida de las personas

Primero se realizará un inciso para explicar por qué el Estado no puede controlar la vida de las personas que viven en un territorio.

El principal argumento contra esto, lo da el premio Nobel de economía F.A. Hayek, con lo que se conoce como el problema de la información. Hayek, sostenía que ningún individuo o grupo de individuos posee toda la información económica necesaria para planificar centralmente un sistema económico (o potencialmente cualquier sistema social). Asumir esta pretensión de conocimientos, cometer la fatal arrogancia del constructivismo racionalista. Para funcionar de forma eficiente, los sistemas requieren de descentralización, en términos económicos, esto significa que los individuos tomen decisiones por si mimos y por su propio interés, intercambiando entre si productos y servicios para obtener un beneficio mutuo, en palabras de Adam Smith:

No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de quien esperamos nuestra cena, sino porque atienden a su propio interés. Nos dirigimos, no a su humanidad, sino al amor de sí mismos, y nunca les hablamos de nuestra necesidad, sino de sus ganancias.

Y dicho intercambio da lugar a los precios de mercado, que son una de las cosas que permiten el cálculo económico.

¿Servicios propios o exclusivos del Estado?

Bien, dichos servicios serían prestados por empresas privadas o particulares. Y se contratarían mediante la firma de contratos, contratos que se tendrían que firmar de manera voluntaria en ausencia de fuerza y coacción. Pues como se ha indicado previamente, el uso de la fuerza y la coacción van en contra de la propiedad privada y el principio de no agresión.

Ahora, se procederá a mostrar algunos ejemplos de cómo el libre mercado, mediante empresarios que utilizan su función empresarial creativa, podrían sustituir al Estado en la prestación de los servicios públicos.

Los servicios por los que se piensa que el Estado es imprescindible, y que no puede ser sustituido por el mercado son los siguientes: Seguridad, defensa del país, sanidad, justicia e infraestructuras.

Seguridad…

Vamos con el servicio de seguridad, con seguridad, se hace referencia a la policía. Actualmente, este servicio lo proporciona el Estado, y lo proporciona mediante las rentas que obtiene de los impuestos. Sin embargo, la seguridad que proporciona el Estado es arbitraria y deficiente. Para demostrar esto, véase el ejemplo que da Rothbard [Extraído de los capítulos 11 y 12 de For A New Liberty]:

Parte de la respuesta se hace evidente si consideramos un mundo en el que la propiedad de la tierra y de las calles es totalmente privada. Pensemos en la zona de Times Square, en Nueva York, una zona con mucha delincuencia en la que la protección policial de las autoridades municipales es escasa. Todo neoyorquino sabe que vive y camina por las calles, y no solo por Times Square, casi en un estado de «anarquía», dependiendo de la normalidad pacífica y la buena voluntad de sus conciudadanos. La protección policial en Nueva York es mínima, un hecho dramáticamente revelado en una reciente huelga policial de una semana cuando, ¡he aquí!, la delincuencia no aumentó en absoluto con respecto a su estado normal cuando la policía está supuestamente alerta y trabajando.

… privada

Ahora veamos que solución privada nos plantea Rothbard [Extraído de los capítulos 11 y 12 de For A New Liberty]:

Los comerciantes sabrían muy bien, por supuesto, que, si la delincuencia fuera galopante en su zona, si abundaran los atracos y los asaltos, entonces sus clientes se desvanecerían y frecuentarían zonas y barrios de la competencia. Por lo tanto, a la asociación de comerciantes le interesaría económicamente ofrecer una protección policial eficaz y abundante, para que los clientes se sientan atraídos por su barrio, en lugar de ser repelidos. Los negocios privados, después de todo, siempre intentan atraer y mantener a sus clientes.

Como vemos, el propio interés de los comerciantes o de las personas que viven en una zona es que dicha zona sea segura, para así poder desarrollar su vida con normalidad. Obviamente, surge la pregunta de quién proporcionaría este servicio. La respuesta a la pregunta es simple, una empresa de seguridad privada contratada por la asociación de vendedores, en el ejemplo de Rothbard, o los habitantes de una zona en concreto.

Con esto podemos concluir el apartado dedicado al servicio de seguridad.

Defensa nacional

El siguiente servicio que monopoliza el Estado y suele pensarse que no se podría suministrar de forma privada es la defensa del país. Actualmente la defensa del país está en manos del Estado. Estos servicios los proporciona, al igual que todos, gracias a las rentas que extrae a los ciudadanos mediante los impuestos. El tema de la defensa nacional es algo que se nos plantea desde el Estado como algo fundamental. Pero como todos los servicios que proporciona el Estado puede ser sustituido y suministrado por el mercado. Además, como dice el profesor Bastos, la defensa es un bien subjetivo. Es decir, para algunos puede haber mucha provisión de defensa y para otras personas hay muy poca. Por lo que en cuanto a la cantidad no es un bien público.

Por otra parte, no es un bien público en el sentido de que no todos los ciudadanos están igual de defendidos. Esto se debe a que la defensa es un bien geográfico. Por ejemplo, una persona que viva en primera línea del frente está peor defendida que una que viva más alejada del frente. Cuando se habla de frente, se habla de las zonas fronterizas del país.

De qué vale que el Estado provea defensa si hay sujetos que no están satisfechos con la cantidad de defensa que reciben. El mercado podría suministrar este servicio mediante mercenarios, que si hay conflicto bélico con un país que no es anarcocapitalista podría servir para la defensa del territorio anarcocapitalista.

Invadir un territorio anarquista

Sin embargo, conquistar militarmente un territorio anarquista es imposible, véase el ejemplo de Polonia en el siglo XVII (Tibor Machan, “anarchism minarchism”), cuando se encontraba en anarquía. Los suecos invadieron Polonia, cuando había aquella especie de anarquía, y no tuvieron nada que conquistar, simplemente vagaban por el país, nadie se les enfrentaba.

Un ejército entero no puede ocupar un país, lo que puede hacer es derrotar una cabeza. Por ejemplo, los nazis conquistaron Francia, conquistaron la cabeza y ellos se pusieron a la cabeza y ya dominan el país. Porque los Estados tienen una estructura muy jerárquica, por lo que basta con poner la cabeza, conservar a los funcionarios. Porque los funcionarios rápidamente cambian de bando. Solo depuran la cabeza y, policía, jueces, etc. Se mantienen los mismos.

Pero qué pasó en Polonia, que no pudieron conquistarla, daban vueltas por el país porque no había nada que conquistar. Y los civiles armados en guerrillas los iba hostigando.

Cuando se trata de conquistar un territorio anarquista por parte de un Estado, éste tiene que ir uno por uno, por lo que la conquista es larga y muy agonizante, en cambio cuando un Estado conquista a otro solo tiene que quitarle la cabeza y sustituirla por una nueva, la del invasor.

Como se ha mostrado, la defensa nacional de un territorio anarquista puede ser hecha por entidades privadas, ya sea mediante el contrato de mercenarios o por medio de la organización de guerrillas. Además, se ha dejado claro, que no se puede conquistar un territorio anarquista de otra manera que no sea yendo uno por uno, pues no hay nada que conquistar, no hay ningún poder que se robar u obtener.

Sanidad

El servicio de sanidad, generalmente se encuentra monopolizado por el Estado hoy en día. Y en los casos en los que no lo está, está muy regulado y controlado por el Estado. Al igual que todos los demás servicios esté es financiado mediante impuestos. Como todos los servicios públicos, se prestan de forma desigual y arbitraria, normalmente coincidiendo con los intereses de políticos o de lobbies que ejercen presión sobre los políticos para obtener ciertos privilegios, esto es lo que se conoce como captura de rentas.

Estos servicios podrían ser prestado por entidades privadas perfectamente, es más, sería prestado de una forma más eficiente y se adaptaría a las demandas subjetivas de los individuos. En un mundo sin Estado, este servicio se obtendría mediante la contratación de seguros de salud privados, en los cuales, el individuo contratante elegiría la póliza que más se adapte a sus necesidades y valoraciones subjetiva.

¿Y quienes no pueden pagarlo?

Pero ahora es cuando surge la pregunta; ¿Y qué pasa con las personas que no pueden permitírselo?

Pues en el caso de estas personas, podrían recurrir a sociedades de ayuda mutua. Dichas sociedades obtienen financiación de sus miembros y de donantes privados. Su función es la de ayudar económicamente a todos sus miembros en caso de necesidad. Un ejemplo sería el de dar subsidios por desempleo durante un tiempo limitado hasta que el beneficiario del subsidio encontrase trabajo, otro ejemplo podría ser el de pagar una cirugía necesaria a uno de sus miembros.

Se ha dicho que esto sería más eficiente que el servicio prestado por el Estado. Esto se debe a que al ser empresas privadas buscan su propio beneficio y para obtener dicho beneficio lo que tienen que hacer es ofrecer a los clientes un buen servicio. Además, debido a la competencia que se da en el libre mercado, los precios de los seguros y de los servicios sanitarios tenderían a bajar.

Justicia

La provisión del servicio de justica es otro de los tantos monopolios que capará el Estado. Y lo hace con la excusa de que es una justicia equitativa, pero la verdad es que hay personas que obtienen tratos de favor en los juicios, por ejemplo, los políticos y grandes empresarios. En muchos países, los políticos no son juzgados por tribunales civiles, sino que son juzgados por tribunales especiales. Lo cual ya rompe la equidad que se hablaba anteriormente. La justicia en un territorio sin Estado se aplicaría de forma privada, como ya se hizo en el mal denominado salvaje oeste. Allí se establecieron policía y jueces privados. (Para más información sobre el Oeste, véase el libro “El no tan salvaje oeste” de Anderson & Hill”).

La policía privada defiende unas leyes, detienen al delincuente y le aplican el castigo o sanción pertinente. Normalmente los castigos que se ponían era la expulsión del criminal del sitio y no permitirle la entrada en ese lugar. Actualmente, nuestra sociedad se basa en dos tipos de pena, la prisión o la multa. Pero el abanico de penas de estas sociedades es mucho más amplio.

El control por parte de la sociedad

Por ejemplo, la idea de la vergüenza, todos los escritos que hay sobre el orden en sociedades tipo favela, donde las leyes del Estado no rigen, aunque se esté dentro de un Estado. Para los delincuentes emplean la vergüenza. Por ejemplo, se empluma al delincuente y se le pasea en burro por la calle, con el objetivo de que éste sea avergonzado.

La figura del juez privado existió en muchas sociedades, en el islam, por ejemplo, tenían la figura del cadí. El cadí no es un juez que tenga el monopolio territorial como ocurre hoy en día. En estas sociedades había hombres santos, basados en leyes, que, en el caso de un conflicto entre dos partes, las partes escogían al cadí. Es decir, las dos partes escogerían de común acuerdo al juez que tenga mejor reputación. Por lo que hay un incentivo al juez a ser santo o a no ser corrupto.

Obviamente el juez puede ser corrupto, pero si el juez es corrupto, pierde fama, pierde el negocio ya que no lo quieren contratar después. Básicamente, en una sociedad sin Estado el papel de un juez sería el de arbitro, y dictaría la sentencia de acuerdo con la ley. Y la sentencia es acatada por la comunidad bajo pena de exclusión del que no cumpla con esa norma.

Infraestructuras

El primer punto que hay que platear es que la planificación central del transporte, al igual que todo tipo de planificación central, se encuentra con el problema de la información descrito al principio.

Las personas directamente responsables y afectadas por los proyectos deberían ser quienes los planificarán, no una entidad burocrática vertical y distante. Los costes de adquirir toda la información local necesaria para calcular una empresa tan complicada son insuperables. Tampoco debería permitirse que quienes invierten en el desarrollo de infraestructuras obliguen a todos los habitantes de una zona geográfica arbitraria (como Estados Unidos) a subvencionar su construcción y mantenimiento. ¿Por qué tienes que pagar por una carretera que nunca verás en San Agustín, Florida? ¿Un puerto en Galveston, Texas? Las personas que desean tal desarrollo deberían asumir el coste total de sus acciones y permitir a los consumidores apoyar o no sus planes en el punto de consumo (es decir, votar con el propio dinero).

Un ejemplo de construcción y financiación de las infraestructuras como las carreteras con inversión privada son las corporaciones de peajes que hubo en Estados Unidos. Los inversores siempre estaban dispuestos a invertir en ellas, aunque no recibiesen beneficios directos, pues recibían gran cantidad de beneficios indirectos como el aumento del valor de su propiedad.

John Majewski

Véase el siguiente ejemplo del historiador John Majewski:

Los accionistas esperaban obtener recompensas por su inversión no tanto a través de los rendimientos directos (como los dividendos y la revalorización de las acciones), sino de los beneficios indirectos (el aumento del comercio y el mayor valor de la tierra)”. Lo que es crucial señalar aquí es que la teoría moderna de los bienes públicos sugiere que sólo el Estado, en su obligación de proporcionar el “bien público” (la piedra angular de la teoría de la primera república de la que se deriva la teoría económica moderna), tiene algún motivo para construir cualquier cosa que proporcione sólo “beneficios indirectos” a una comunidad. El grueso de los economistas ignora abrumadoramente los hechos de la historia, que sugieren lo contrario.

La teoría misesiana de la razón

Sin embargo, el interés propio no era el único motivador detrás de la inversión privada en corporaciones de peajes no rentables. La gente también estaba incentivada por un interés en su comunidad. Es lo que Alexis de Tocqueville denominó “interés propio correctamente entendido”. La racionalidad económica perfecta puede exigir a los inversores que eviten suscribir corporaciones no rentables (como hicieron cada vez más los gobiernos estatales y locales, independientemente del “bien público” que proporcionaban las carreteras). Pero la visión de Mises de la racionalidad explica lo que la racionalidad neoclásica no puede. Para Mises, la “racionalidad” se refería al uso de la razón —o “raciocinio”— para decidir los medios más adecuados para un fin deseado, y el “fin deseado” no tiene por qué ser el beneficio económico.

Si el propósito de la teoría es explicar los fenómenos observables, la teoría misesiana de la racionalidad parece muy superior a la que se enseña en los cursos estándar de economía. A la pregunta de “¿Por qué la gente invirtió en empresas de peajes no rentables?” podemos deducir la respuesta que daría Mises: valoraban más los beneficios personales y comunales que proporcionaban las carreteras que los dividendos de una empresa rentable.

Conclusión

En resumen, el anarcocapitalismo propone una sociedad sin un Estado centralizado, donde la propiedad privada y el principio de no agresión son fundamentales. En esta sociedad, los servicios actualmente provistos por el Estado, como seguridad, defensa nacional, sanidad, justicia e infraestructuras, serían proporcionados por entidades privadas de manera voluntaria y competitiva en el libre mercado.

La seguridad se gestionaría mediante empresas privadas contratadas por asociaciones de individuos o comunidades. La defensa nacional podría realizarse a través de mercenarios o la organización de guerrillas, siendo más difícil conquistar un territorio anarquista. La sanidad se basaría en seguros de salud privados y sociedades de ayuda mutua para aquellos que no puedan pagarlos. La justicia sería administrada por jueces privados y las infraestructuras serían planificadas y financiadas por quienes se benefician de ellas, evitando la imposición de costos a quienes no las utilizan. En una sociedad anarcocapitalista, se buscaría la eficiencia y la adaptación a las necesidades individuales a través de la libre competencia y la cooperación voluntaria, sin la intervención coercitiva del Estado.

Ver también

Anarcocapitalismo y anarcocomunismo, las diferencias fundamentales. (Juan Navarrete).

Anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo. (Francisco Capella).

Más problemas del anarcocapitalismo. (Francisco Capella).

El anarcocapitalismo de Miguel Anxo Bastos. (José Augusto Domínguez).

El anarcocapitalismo pragmático: por qué Rallo y Capella tampoco tienen razón. (Eladio García).

El proyecto intelectual de Carl Menger

Carl Menger nació el 23 de febrero de 1840 en Galicia, una remota y recién adquirida provincia del Imperio de los Habsburgos. Su padre era un abogado de la nobleza y su madre procedía de una familia de comerciantes Checos. Menger estudió derecho en Praga y Viena. Tras licenciarse, trabajó durante media década como corresponsal de bolsa para un periódico gubernamental Vienés, donde observó que la evolución de los precios no guardaba relación con los costes de producción, uno de los principales principios de la entonces escuela clásica británica de pensamiento económico.

Menger, en su libro Principios de Economía, publicado en 1871, demostró que la fuerza motriz de los movimientos de precios eran los juicios de valor subjetivos de compradores y vendedores sobre la utilidad de los productos que intercambiaban, y no el coste de producción del producto. Con su libro, Menger contribuyó a una revolución marginal de la economía, que dio lugar a una nueva base para el pensamiento económico. Por esta razón, Carl Menger sigue vivo en los libros de texto sólo como uno de los fundadores del giro marginal en la ciencia económica.

En los libros de texto, lo más que se le atribuye es la fundación de la escuela austríaca de economía. Y eso que hasta mediados de la década de 1930, la Escuela Austriaca de Economía fue una de las escuelas más importantes de economía. Pero a raíz de la revolución keynesiana quedó relegada a los márgenes de la economía y ahora es una de las escuelas de economía más orientadas al mercado.

Las principales contribuciones de Carl Menger

La obra fundamental de Carl Menger fue más que una refundación de la teoría del valor. El verdadero objetivo de Menger era desarrollar una gran teoría evolucionista orgánica conservadora del desarrollo económico, en la que la determinación del valor basada en juicios de valor subjetivos individuales, la ley de la utilidad marginal y el fenómeno de la marginalidad fueran sólo uno de los bloques intermedios de construcción. De hecho, la obra de Menger es una de las grandes teorías que iluminan el curso del desarrollo social humano.

El concepto original mengeriano de evolución orgánica conservadora ha caído en el olvido. La idea de evolución orgánica pervive en gran medida como legado de Hayek, quién pertenece a la tercera generación de la escuela austriaca de economía.

La teoría evolucionista

La gran teoría evolucionista orgánica conservadora del desarrollo económico no es lo mismo que el conservadurismo político. En particular, no es idéntica a la imaginería difundida a menudo por los adversarios políticos del conservadurismo, que identifica el conservadurismo con la representación de intereses agrarios, clericales, ni a la concepción política sostenida a menudo por quienes se consideran conservadores, que identifica el conservadurismo con el modernismo y la decadencia de las grandes ciudades, con la resistencia al dominio de clase del capital y de los socialistas.

Este distanciamiento del conservadurismo político es tanto más importante cuanto que Menger evitaba tomar posiciones políticas. Casi nunca se pronunciaba sobre cuestiones políticas. Pero sus preferencias personales también muestran que no estaba interesado en una forma de conservadurismo político reformista que “parte de valores antiguos” y busca su transformación conservadora y orgánica. Nunca utilizó el conjuntivo “von” para denotar su rango nobiliario, y no aceptó el título alto-nobiliario que se le ofreció como tutor de Rodolfo, el heredero del trono.

Un período aperturista

Las ideas de Carl Menger (repito, nació en 1840), fueron concebidas en una época en la que las revoluciones de 1848 ya habían roto el dominio del conservadurismo feudal reaccionario. Habían sucumbido los ideales antiprogresistas que pretendían preservar el viejo orden aristocrático en Austria. La juventud de Menger coincidió con la era liberal conservadora del Imperio, la adopción del modelo inglés de libre comercio, industrialización y modernización.

El cambio de modelo a partir de 1848 trajo consigo un progreso sin precedentes. Abrió oportunidades hasta entonces desconocidas para el progreso individual y la movilidad social. El progreso y un pensamiento más liberal trajeron consigo una calma de reconciliación pacífica en la vida publica, cooperación y compromiso entre fuerzas anteriormente en conflicto en el imperio, uno de cuyos elementos fue la reconciliación austro-húngara de 1867. Austria también se abrió espiritualmente después de 1848, cuando se abolió la censura. Fue entonces cuando se publicó por fin en Austria el libro de Adam Smith sobre las causas del enriquecimiento de las naciones.

El libro de Adam Smith fue el primer éxito mundial que explicó y prescribió a los pensadores y políticos de la época los beneficios del libre comercio y les ayudó a comprender cómo Gran Bretaña se convirtió en el país más avanzado, más rico y la mayor potencia del mundo. Inglaterra también proporcionó una buena guía a quienes avanzaban hacia la industrialización y los mercados libres sobre cómo evitar la explosión revolucionaria al tiempo que se garantizaba la libertad económica, y cómo preservar el papel de las élites tradicionales en la sociedad y reconciliarlas con el tercer order emergente.

El conservadurismo austríaco

El pensamiento conservador austriaco, al igual que el conservadurismo inglés, no rechazaba la vía del desarrollo burgués. Bajo la influencia inglesa, el conservadurismo moderado austriaco era más equilibrado y antropológica y epistemológicamente correcto en su pensamiento sobre la libertad, la autoridad, la tradición y la razón que los pensadores de la Ilustración francesa, que se hacían ilusiones filosóficas sobre la posibilidad de una transformación social racional.
El pensamiento público conservador austriaco también era diferente del pensamiento público alemán, donde, como reacción a la Revolución Francesa y a las conquistas Napoleónicas, se hicieron dominantes el conservadurismo reaccionario y antiprogresista, por un lado, y las ideas del poder de la razón pura y del papel cuidador del Estado, por otro.

A diferencia de la filosofía alemana, el pensamiento conservador austriaco partía de la base y construía sus teorías a partir de hechos de la realidad existente. El pensamiento filosófico austriaco también se caracterizó por su visión del mundo como conocible, siguiendo a Aristóteles, y por tanto como susceptible de interpretación y de revelar sus leyes internas, en contraste con la filosofía especulativa alemana, que pretendía explicar los grandes hilos de la historia con un espíritu colectivista.

La idea de un desarrollo orgánico

La obra de Carl Menger también puede considerarse el fundamento económico de la idea conservadora del desarrollo orgánico formulada por Edmund Burke. Menger, al igual que Burke, creía en el desarrollo orgánico, en el desarrollo institucional espontáneo, y rechazaba el concepto ilustrado de formación y transformación racional del mundo. Menger creía que las instituciones se forman y cambian gracias a millones de acciones individuales. Una vez que alguien, o algunas personas, descubren una solución más eficaz, otros pueden adoptar, también puede convertirse en un patrón, y esa forma particular de comportamiento se institucionaliza.

Un elemento clave del concepto de creación de instituciones de Menger es que las instituciones surgen porque las personas cooperan y no actúan solas en el vacío. En otras palabras, Menger no negaba las entidades colectivas, las instituciones que forman una comunidad, sino que trataba de comprender su creación y transformación.

La visión del hombre

Edmund Burke y Carl Menger también comparten una concepción común del hombre: el modelo de hombre realista, basado en la experiencia empírica. Menger intentó crear una ciencia de la economía centrada en el ser humano. Karl Menger, hijo de Carl Menger, señaló en el prólogo a la segunda edición de la obra magna de su padre que, para éste, la naturaleza humana era el punto de partida de toda investigación científica teórica.

Menger consideraba al individuo como un elemento no simple; una partícula del organismo social, que puede situarse y clasificarse en una escala. No cree que esté sujeto al funcionamiento de los mecanismos económicos y sociales, a la rueda de las vastas e inmutables fuerzas intrínsecas. Menger basó su explicación económica del mundo en el hombre real, de carne y hueso. Es decir, un ser imperfecto, pero con deseos y sed de conocimiento, capaz de innovar, tal como lo conocemos de la vida cotidiana.

Para Menger, el hombre es dueño de sí mismo. Es inteligente, tiene voluntad, sabe mejor que nadie cuáles son sus propias necesidades y es capaz y está dispuesto a actuar para satisfacerlas; quiere mejorar su propia suerte. Es capaz de conocer su entorno, de aprender, de adquirir nuevos conocimientos, de descubrir y, por tanto, de mejorar su propio rumbo transformando su entorno.

Un método para la ciencia económica

Por eso, para él, el individuo es la base, la fuente y el fin de todas las instituciones sociales. A partir de esta visión del hombre construyó la cadena causal que parte del hecho de que el hombre busca la seguridad, la satisfacción de sus deseos y, al mismo tiempo, es capaz de aumentar sus conocimientos. Y muestra cómo estas dos cualidades inherentes al ser humano conducen al desarrollo de la propiedad privada, el intercambio y las cadenas de producción cada vez más largas y cortas de productores independientes, cuyo funcionamiento está condicionado al desarrollo de un intercambio basado en la economía de mercado.

La gran teoría evolucionista orgánica de Menger no es, sin embargo, idéntica al conservadurismo pragmatista de Burke, a pesar de todas las similitudes y puntos de partida comunes. Menger creía que la economía se rige por leyes que actúan a través de relaciones causales. Para Menger, la economía es una ciencia teórica cuya tarea consiste en descubrir las leyes y las relaciones causales entre los fenómenos económicos.

Un estudio formal del comportamiento de hombres reales

Menger quiso mostrar cómo la lógica de la división del trabajo y de las complejas cadenas de producción, que se desarrolla en respuesta a los deseos y necesidades humanas de conocimiento, conduce a la economía de mercado y al surgimiento de la sociedad moderna en el contexto de un desarrollo orgánico ininterrumpido. La gran teoría del evolucionismo orgánico de Carl Menger muestra el desarrollo inevitable de la economía de mercado a partir del hombre real de carne y hueso.

La principal tarea de Menger era revelar las leyes generales. Las fuerzas motrices del desarrollo económico. Cómo se desprenden estas leyes de las cualidades inherentes al ser humano. Las leyes económicas que rigen la acción económica del hombre y que, si se tienen en cuenta, servirán mejor a la seguridad, la cooperación y el consiguiente bienestar de los hombres.

El contexto de la obra de Carl Menger

El replanteamiento de la economía centrado en el ser humano de Menger, basado en una visión realista del hombre, era oportuno e importante en la década de 1870. La visión liberal y favorable a la cooperación por medio del comercio entre las naciones estaba siendo contrarrestada cada vez más, tanto en Inglaterra como sobre todo en Alemania, por tendencias que se oponían al modelo inglés de economía de libre mercado, y a la economía clásica que lo había sustentado. Quienes argumentaban contra el libre comercio explotaban la unilateralidad de la visión racionalista del hombre de los clásicos ingleses, basada en el afán de lucro, y el defecto fundamental de su teoría del valor, según la cual en el mercado se producía un intercambio de igual valor, medido por el coste de producción de los bienes.

El libro de Menger Principios de Economía Política fue publicado en 1871 cuando tenía treinta y un años. Su intención era la de restituir los fundamentos ideológicos del libre mercado, sobre una base más sólida que la que habían ofrecido los clásicos. No planteó su libro como una crítica frontal a quienes se oponían al mercado libre, sino como una defensa más fundamentada del mismo.

El papel de Adam Smith

De hecho, a quien sí critica es a Adam Smith, porque entiende que el escocés había llevado a la teoría económica por mal camino, y le había ofrecido a los críticos con una sociedad libre los instrumentos para atacarla. El principal objetivo de Carl Menger era corregir dos de los errores más importantes de la escuela Smith-Ricardiana de economía clásica: su visión unilateral y racional del hombre y su teoría del valor, según la cual el precio de los bienes en el mercado viene determinado a largo plazo por el trabajo necesario para producirlos.

Trató de refundar la economía corrigiendo la visión unilateral del hombre y la teoría errónea del valor de los economistas clásicos ingleses. Y al hacerlo, refutó tácitamente las diversas teorías económicas que limitaban el mercado y se oponían a él. Quiso refundar la economía para hacer inatacable y lógicamente irrefutable el mensaje más importante de la escuela clásica: el mercado, como mano invisible de Dios, es el mejor medio posible para que los pueblos y las naciones se enriquezcan y vivan en paz unos con otros.

Cooperación y progreso

El libre comercio permite que la cooperación a través de la división del trabajo conecte a miles de millones de personas que viven lejos unas de otras. La cooperación sin fisuras entre las personas y las comunidades humanas es un requisito previo para que la humanidad salga de un estado de barbarie y satisfaga en la mayor medida posible la necesidad de seguridad de todos y la satisfacción de sus deseos. La clave para ello, como decía Adam Smith, es nada menos que paz, impuestos bajos y justicia tolerante por parte del Estado. Y el curso natural de las cosas se encargará del resto. Pero cuando los gobiernos interfieren en la vida económica, no sólo impiden el progreso, sino que el gobierno se convierte inevitablemente en un poder tiránico opresivo y arbitrario.

Menger quería demostrar que la aparición del mercado y la producción de bienes para el mercado es una consecuencia lógica del deseo humano de conocimiento y seguridad. El libre mercado es el mejor medio posible para satisfacer los deseos de cada individuo de la forma más eficiente posible. El desarrollo del mercado es una ley general que, a través de vínculos causales, se generaliza inevitablemente, siempre que el Estado no obstruya la lógica del mercado imponiendo instituciones pragmáticas. Pues, según Menger, la intervención del Estado para restringir el mercado conduce al monopolio.

El monopolio impuesto por el Estado reduce el desarrollo económico y limita la posibilidad de que cada individuo satisfaga sus necesidades lo más plenamente posible. Se produce un deterioro del bienestar general. Un reducido grupo de empresarios que se benefician del Estado sólo prosperan a costa de todos los demás.

Conclusión

El libro de Menger forma parte de una serie de grandes exposiciones del mundo del siglo XIX que trataban de desentrañar cómo y por qué surgieron la sociedad de mercado y la sociedad industrial modernas, y de responder cuál era la mejor manera de dirigir esta sociedad insólita, nueva, en constante cambio y, por tanto, a menudo aterradora.

Menger también quería demostrar que una sociedad comercial basada en el intercambio mercantil, cuando el mercado funciona correctamente, no crea un mecanismo que conduzca al empobrecimiento de muchos y al inmenso enriquecimiento de unos pocos. Al contrario. El funcionamiento del mercado garantiza que no puedan crearse monopolios artificiales para proteger la riqueza de unos pocos e impedir el ascenso de muchos. Por esta razón, sostiene Menger, no existen contradicciones internas en la sociedad de mercado que hagan inevitable su colapso.

El mercado proporciona la forma más flexible de cooperación que puede garantizar la necesidad humana de seguridad y novedad en un mundo incierto, difícil de controlar por los individuos. En el mundo mengeriano, la fuerza motriz del desarrollo humano es la cooperación entre las personas y las comunidades humanas, no el conflicto, la lucha de clases antagónicas, como en Marx.

Ver también

¿Metodología? Hablemos de Menger. (Vicente Moreno).

La teoría de Carl Menger sobre la ganancia del empresario. (Andras Toth).

La ambivalencia de Menger sobre el ‘homo oeconomicus’. (Andras Toth).

Más Adam Smith y menos Hans-Hermann Hoppe

Hans-Hermann Hoppe, en respuesta a una pregunta que le hicieron durante el evento que organiza con su Property and Freedom Society, dijo:

Es muy importante en estas réplicas a gente como Krugman que no nos metamos en detalles técnicos, sino que hagamos algunas preguntas casi como un niño. Explícame cómo es posible que el aumento de papelitos haga más rica a una sociedad. Si ese fuera el caso, explícame ¿por qué sigue habiendo pobreza en el mundo? ¿No son todos los bancos centrales del mundo capaces de imprimir tanto papel como quieran? Y ¿crees entonces que la sociedad, el mundo en su conjunto, sería más rico? Estoy seguro de que el tío no puede responder este tipo de preguntas, nadie puede responder este tipo de preguntas.

Hans Hermann Hoppe

Hoppe aquí se equivoca al menospreciar a Krugman. Tras estas declaraciones, me temo que podría dejarle muy mal parado en un debate y dejarle en evidencia y a la escuela austríaca de economía detrás. Y, en parte, con razón, pues gran parte de la escuela austríaca de economía sigue una rama de la teoría cuantitativa del dinero debido al legado intelectual de Ludwig von Mises, quien bebía a su vez de las ideas de David Ricardo.

Austríacos cuantitativistas

El principal problema de la teoría cuantitativa del dinero, que podemos observar ha mantenido gran parte de los teóricos monetarios de la escuela austríaca, es que asume que la demanda monetaria es constante. Podemos ver este error en la comprensión del dinero claramente expresado por Murray Rothbard (2009, 766) cuando dice que:

Por lo tanto, una de las leyes económicas más importantes es: Toda oferta de dinero se utiliza siempre al máximo y, por lo tanto, no se puede obtener ninguna utilidad social aumentando la oferta de dinero. (Énfasis en el original)

Murray N. Rothbard

Hoppe se equivoca al pensar que ningún “aumento en la impresión de papelitos” puede hacer a una sociedad más rica. Tendría razón si pensamos que estamos en una situación de equilibrio. Si en una economía la oferta de liquidez iguala la demanda de liquidez, cualquier expansión de la oferta es cierto que no generará riqueza, sino que aumentará los precios proporcionalmente a las unidades monetarias creadas. Pero las economías no se encuentran en situación de equilibrio y, de estarlo, ese estado no sería estático—algo que, irónicamente, explica muy bien la economía austríaca. Por tanto, la creación de sustitutos monetarios nos puede ahorrar tres tipos de costes.

Papelitos que crean riqueza

En primer lugar, si solo tuviésemos unas cantidades contadas de oro, digamos cincuenta monedas de oro para una economía de cuarenta millones de personas, muchos de los intercambios que los individuos querrían llevar a cabo no podrían realizarse. Pues cincuenta monedas no se mueven de una forma lo suficientemente rápida de mano a mano para que esos cuarenta millones de personas puedan hacer todos los intercambios necesarios. Por tanto, poder crear papelitos en esta ocasión generaría riqueza. La gente podría pagar a crédito y llevar a cabo más intercambios que si no pudiese imprimir estos papelitos.

En segundo lugar, y adelantándome a la posible réplica de que también se podría crear riqueza minando más oro sin necesidad de imprimir papelitos, hay que remarcar que esta impresión requiere de menos recursos que la extracción de oro. En una economía con restricciones sobre el ejercicio bancario donde se obligase a la fuerza a los intermediarios financieros a operar con un coeficiente de caja del 100%, el coste anual de minar oro, según los cálculos de Milton Friedman (1960), serían del 2,5% del PIB. Si se estima que esa economía creciese al 3%, el 75% de su crecimiento sería dedicado a la extracción de oro.

Por otro lado, según los cálculos de Lawrence White (1999, 46-48), el coste de la producción de oro en una economía donde además se pudieran imprimir esos papelitos sería del 0,05% del PIB. Unas cuantas veces más barato. Por lo que, otra vez, esa creación de papelitos estaría volviendo a generar riqueza.

Flexibilidad en la creación de crédito

En tercer lugar, tenemos el hecho de que la creación y destrucción de estos papelitos es muy flexible y nos permite cambios en la oferta de liquidez ante movimientos de la demanda. Si la demanda de liquidez de los individuos de una economía aumenta (se reduce), que también aumente (se reduzca) la oferta monetaria es beneficioso, pues suavizará—o hasta evitará—las variaciones en el valor del dinero y así nos protegerá ante posibles inflaciones o deflaciones.

Una contracción de la demanda de liquidez sin su correspondiente disminución de la oferta provocaría inflación. Una expansión de la demanda de liquidez sin un correspondiente aumento de la oferta, deflación. Por esto mismo Antal Fekete dice (2017, 43) que un patrón oro que operase bajo un coeficiente de caja del 100% no era más que “una quimera”. Y es que para aumentar la oferta monetaria tenemos dos opciones: o solo oro u oro y papelitos. Como hemos visto, la primera es mucho más costosa que la segunda.

Incluso si se optase por una opción aún más drástica y se prohibiese además toda extracción de oro para no tener que destinar tanta parte del PIB en esta actividad y hasta si hubiese una cantidad aparentemente suficiente de monedas de oro que pudiesen circular en la economía (más de las cincuenta anteriormente mencionadas), se estaría dejando de crear riqueza si no se creasen papelitos para hacer frente a los aumentos en la demanda de liquidez. Esto se debe a que los cambios en el valor del dinero, tanto los aumentos como los descensos generalizados de precios, son costosos.

La inflación, pero también la deflación

Los austríacos esto lo tienen muy claro con lo que respecta a la inflación, pero parece ser que no tanto cuando se habla de deflación. Un sistema como el que Rothbard y Hoppe proponen es demasiado rígido y al no poder imprimir papelitos, se genera deflación. Si tenemos la ecuación cuantitativa en la cabeza (M*V=P*Q), un aumento en la demanda monetaria—la cual tiende a aumentar con el tiempo, debido a que con el aumento de sus ingresos reales la gente cada vez demanda más liquidez—sin aumentos en M, llevarán consigo disminuciones en P; es decir, deflación. Esta sería una deflación monetaria (por el lado monetario de la ecuación, M*V).

Un ejemplo de esto sería lo que Milton Friedman y Anna Schwartz (1963) llaman la Gran Contracción, los primeros años de la Gran Depresión. Para Friedman y Schwartz fue la mala gestión de la oferta monetaria por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos lo que exacerbó y prolongó la depresión. Según su análisis, la Reserva Federal no solo falló en prevenir la contracción de la oferta monetaria, sino que a través de sus políticas contribuyó activamente a ella.

La deflación real

No obstante, no sólo la deflación monetaria nos debería preocupar. También la deflación real; la causada por aumento de producción. La deflación real sigue siendo un problema pues aun así nos encontramos con diversos costes. Por un lado, los costes de carta. Estos son los costes asociados ya no solo a literalmente cambiar los precios en las cartas de los restaurantes, sino otros gastos como el tiempo dedicado a pensar cómo cambiar los precios, la información contable errónea o los costes de renegociación de contratos.

Por otro lado, la rigidez de los precios y en especial, del salario. Diversos estudios empíricos han demostrado que os individuos calculan en términos nominales (Hoffman 2019, 19-40). La deflación hace que los beneficios de las empresas disminuyan nominalmente, lo que aumenta el riesgo de quiebra si los salarios no disminuyen en consecuencia; los individuos, sin embargo, pueden mostrarse reticentes a negociar recortes salariales (pues calculan en términos nominales), lo que conduce a despidos que no reflejan la situación real de la economía. Y despedir a trabajadores productivos debido a la falta de flexibilidad de los precios genera ineficiencias. En este caso, también, con la creación de papelitos se crearía riqueza. ¿Entonces, tanto la deflación como la inflación tienen costes? Sí, por eso el ideal sería la estabilidad de precios.

Adam Smith

¿Se les pude culpar a Rothbard y a Hoppe de no saber que la creación de papelitos podía generar riqueza? Pues sí, porque esto es algo que ya sabía—y dejó escrito—Adam Smith.

Adam Smith, en su La riqueza de las naciones (1776), al hablar sobre el dinero en el y los sustitutos monetarios Libro II, capítulo 2, dice que:

Cuando el papel moneda reemplaza al oro y la plata, la cantidad de materiales, herramientas y subsistencias que puede suministrar todo el capital circulante puede aumentar por el valor total del oro y la plata que antes se empleaban en su compra. El valor de la gran rueda de la circulación y distribución se añade a los bienes que circulan y son distribuidos a través suyo. La operación se parece en alguna medida a la del empresario de una gran fábrica que, como consecuencia de alguna innovación mecánica, retira su vieja maquinaria y suma la diferencia entre su precio y el de la nueva a su capital circulante, al fondo del que provee a sus trabajadores con materiales y salarios.

Alas de Dédalo

Y que:

El dinero de oro y plata que circula en cualquier país puede muy bien compararse con una carretera, que aunque permite la circulación y el transporte hacia el mercado de todos los pastos y cereales del país, no produce nada de ninguno de ellos. La juiciosa acción de los bancos proporciona, si puedo emplear una metáfora tan violenta, una especie de carretera aérea, y permite que el país convierta una gran parte de sus carreteras en buenos campos de pastos y cereales, con lo que incrementa de forma muy considerable el producto anual de su tierra y su trabajo.

Debe advertirse, sin embargo, que aunque el comercio y la industria del país puedan ser algo mayores, jamás estarán tan seguros cuando viajan, por así decirlo, suspendidos por las alas de Dédalo del papel moneda, como cuando viajan apoyados en el sólido suelo del oro y la plata. Además de los accidentes a los que se hallan expuestos por la torpeza de quienes dirigen los billetes, corren otros muchos riesgos, de los que ni la prudencia ni la destreza de tales directores los pueden librar.

Construcción de carreteras

Es decir, leyendo a Adam Smith—que recomiendo hacer a través de mi artículo—podemos entender mejor cómo a veces la creación de sustitutos monetarios, esos papelitos que Hoppe decía, crean riqueza para la sociedad. Son como unas carreteras aéreas que sirven para transportar bienes. Es decir, estas carreteras son un bien de capital que produce servicios de liquidez y se sostienen sobre los papelitos creados. Al igual que las carreteras convencionales, las terrestres, construirlas puede generar riqueza. Puede conectar dos puntos, facilitando el transporte e iniciando nuevas rutas de intercambio. Con los papelitos igual.

También puede ser que estemos construyendo muchas carreteras. El mercado nos castiga con ello, salvo que operemos bajo restricciones presupuestarias laxas—como los bancos centrales—y estemos en pérdidas constantes refinanciados mediante una socialización de las pérdidas. No va a ser menos al construir demasiadas carreteras aéreas mediante papelitos, existen mecanismos en el mercado como el reflujo de Fullarton para evitar que esto pase.

Adam Smith disfrazado por Rothbard

Los bancos tampoco construirán demasiadas pocas de estas carreteras, porque entonces dejando de obtener los beneficios de ser el que ha creado los papelitos sobre el que las carreteras aéreas se sostienen. Con la disciplina del mercado, veríamos una tendencia hacía la creación de carreteras que más beneficio generase; y, con ello, mayor riqueza.

Estas carreteras no sólo crean riqueza al conectar dos puntos nuevos y permitir más intercambios, sino también al descongestionar las convencionales y estas podrán usarse para fines más deseados, igual que el oro que podrá emplearse como catalizador facilitando la acumulación de capital. Además, en caso de mayor tráfico, estas son más baratas de construir, por lo que no tenemos que dejarnos una gran parte del fruto de nuestra producción en construirlas. Gracias a estas carreteras, las economías pueden intercambiar más y fácilmente y así crecer más.

Igual si Rothbard no hubiera hecho una interpretación tan torticera de Adam Smith, más austríacos se atreverían a leerle y a aprender de él.

Referencias

Fekete, Antal E. 2017. Critique of Austrian Economics in the Spirit of Carl Menger. Aarschot, Belgium: Pintax cvba.

Friedman, Milton. 1960. A Program for Monetary Stability. Nueva York, Estados Unidos: Fordham University Press.

Friedman, Milton y Schwartz, Anna Jacobson. 1963. A Monetary History of the United States, 1867-1960. Princeton, Estados Unidos: Princeton University Press.

Hoffman, Michael. 2019. Monetary Kaleidics. Autopublicado.

Rothbard, Murray N. 2009. Man, Economy, and State with Power and Market. 2ª ed. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Smith, Adam. 1776. The Wealth of Nations. Londres, Reino Unido: W. Strahan and T. Cadell.

White, Lawrence. 1999. The Theory of Monetary Institutions. Malden, Estados Unidos: Blackwell Publishers.

Ver también

Teoría cuantitativa del dinero. (Jon Alekoa).

Rallo contra Mises. Una reconstrucción necesaria de la teoría monetaria. (Ignacio Moncada).

Antonio Escohotado, el dilema del tranvía y Adam Smith

El otro día vi un fragmento de la entrevista entre Antonio Escohotado y Pablo Iglesias en el que este último le reprochaba que el único país que ha utilizado bombas nucleares contra otro país ha sido Estados Unidos. Escohotado responde que esa decisión se tomó para salvar más vidas, pues de no haberlo hecho, no hubiera habido doscientos mil muertos, sino dos millones de japoneses, más unos dos cientos mil americanas, pues los japoneses no se hubieran rendido y la guerra hubiese continuado. La visión que le da Escohotado al problema es similar a una versión del dilema del tranvía.

El dilema del tranvía

El dilema del tranvía es un experimento mental filosófico, planteado en su versión moderna por Philippa Foot. Este experimento mental dice lo siguiente: “Un tranvía sin posibilidad de frenarse se dirige por una vía en la que hay cinco personas atadas que no se pueden liberar y morirán si el tranvía les pasa por encima, tú puedes apretar un botón que lo hará cambiar a carril donde hay una persona atada que morirá. ¿Pulsarías el botón o dejarías que el tranvía siguiese su recorrido original?”

Pues bien, esta disyuntiva que le plantea Escohotado a Iglesias puede verse como una versión del dilema del tranvía: o demás morir a millones de personas o pulsas el botón, lanzas las bombas nucleares y mueren doscientas mil personas. Puede parecer que en este caso la decisión está clara, pero si hay algún motivo por el que este sea de los problemas más populares de la filosofía y por los que se ha planteado a lo largo de la historia de diversas formas es porque no hay una respuesta clara.

Acción y responsabilidad

En el planteamiento original yo siempre me niego a pulsar el botón, prefiero dejar morir cinco personas que matar a una. Yo no las puse allí, no las até a las vías, encendí el tranvía, olvidé asegurarme de que los frenos del tranvía iban y los cientos de otros factores que se tienen que dar para que el problema sea realista; yo solo me encontraba allí.

Y aunque con mi acción pueda salvar cuatro vidas—realizando un cálculo utilitarista pensando que cada vida cuenta lo mismo y restando la vida que muere por mi acción a las cinco que salvo—esa persona que muriese sí que lo haría como consecuencia de mis acciones. De todos modos, yo no la puse allí y no es mi culpa que se encontrase en esa situación. Sin embargo, sí que sería parte responsable de su muerte de apretar el botón. En el caso de no hacer nada, no se me puede responsabilizar de causar ninguna muerte.

Esta no parece ser la opción mayoritaria. Según una encuesta, el 90% de las personas pulsarían el botón en el problema original dejando morir a uno. La decisión de pulsar el botón parece ser la mayoritaria entre los filósofos también.

Adam Smith y la disonancia cognitiva

No obstante, no creo que tanta gente “pulsaría el botón” si modificáramos un poco el enunciado del problema y lo planteásemos de la siguiente manera: “En un hospital hay cinco personas que morirán mañana si no se les trasplanta a cada una uno de los siguientes órganos: un corazón, un hígado, un riñón, otro riñón y varios litros sangre. En el hospital hay un familiar de un paciente en una sala de espera que es compatible para donar sangre y órganos a los cinco anteriores y tiene un corazón, un hígado y dos riñones sanos.

Si fueras un médico del hospital, ¿administrarías una inyección letal indolora para matarle y poder extraerle los órganos y la sangre que salvarán a las cinco personas? Si has dicho que sí en el planteamiento anterior, aquí también deberías decir que sí. Y no creo que el 90% de las personas dijeran que sí a esto.

¿Cómo puede ser esto? ¿Qué es lo que nos mueve a decidir en algunos casos de una forma y en otros de otra? ¿A qué se debe esta disonancia cognitiva por nuestra parte? Adam Smith dio una respuesta a esto. Adam Smith es conocido como el padre de la ciencia económica. No obstante, Smith era un filósofo moral. Su obra La teoría de los sentimientos morales (1759) es su único otro libro escrito junto a La riqueza de las naciones (1776). Constituye un tour de force de filosofía moral. En este libro presenta una versión del dilema del tranvía—aunque de manera no intencionada—y una posible explicación a por qué elegimos en estos casos como lo hacemos. La cuestión se plantea en la parte III, capítulo 3 De la influencia y autoridad de la conciencia.

Mi dedo meñique y otros males

Adam Smith (1996[1759], 259-260) plantea lo siguiente:

Supongamos que el enorme imperio de la China, con sus miríadas de habitantes, súbitamente es devorado por un terremoto, y analicemos cómo sería afectado por la noticia de esta terrible catástrofe un hombre humanitario de Europa, sin vínculo alguno con esa parte del mundo. Creo que ante todo expresaría una honda pena por la tragedia de ese pueblo infeliz, haría numerosas reflexiones melancólicas sobre la precariedad de la vida humana y la vanidad de todas las labores del hombre, cuando puede ser así́ aniquilado en un instante.

Si fuera una persona analítica, quizá también entraría en muchas disquisiciones acerca de los efectos que el desastre podría provocar en el comercio europeo y en la actividad económica del mundo en general. Una vez concluida esta hermosa filosofía, una vez manifestados honestamente esos filantrópicos sentimientos, continuaría con su trabajo o su recreo, su reposo o su diversión, con el mismo sosiego y tranquilidad como si ningún accidente hubiese ocurrido. El contratiempo filas frívolo que pudiese sobrevenirle daría lugar a una perturbación mucho más auténtica.

Si fuese a perder su dedo meñique mañana, no podría dormir esta noche; pero siempre que no los haya visto nunca, roncará con la más profunda seguridad ante la ruina de cien millones de semejantes y la destrucción de tan inmensa multitud claramente le parecerá algo menos interesante que la mezquina desgracia propia.

Adam Smith. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial. pp 259-260.

La decisión de un hombre benévolo

Es decir, parece que Adam Smith afirma que si en la vía por la que circula el tranvía hubiese doscientos millones de personas y en la otra vía alternativa estuviese tu dedo meñique, no pulsaríamos el botón dejando morir a toda esa gente antes que perder el meñique. Pero no, no dice esto. Inmediatamente después de este extracto, como si previese esta crítica, Smith clarifica que, aunque me disgustase más la idea de perder mi dedo meñique que la de la muerte de doscientos millones de personas, si estuviese en la posición de pulsar un botón para salvarles a costa de mi dedo meñique, lo haría. Smith (1996[1759], 260) dice:

Entonces, para prevenir esa mísera desdicha, ¿sería capaz un hombre benévolo de sacrificar las vidas de cien millones de sus hermanos, siempre que no los hubiese visto nunca? La naturaleza humana siente un escalofrío de terror ante la idea y el mundo, en su mayor depravación y corrupción, jamás albergó a un villano tal que fuera capaz de sostenerla.

Adam Smith. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial. p 260.

El hombre interior

Aquí es donde Smith da la explicación de por qué, independientemente de que un resultado nos preocupe más que otro, elegimos ante problemas morales como lo hacemos:

Pero, ¿cuál es la diferencia? Cuando nuestros sentimientos pasivos son casi siempre tan sórdidos y egoístas, ¿cómo pueden ser nuestros principios activos frecuentemente tan nobles y desinteresados? Cuando estamos invariablemente mucho más íntimamente afectados por lo que nos pasa que por lo que le pasa a los demás, ¿qué es lo que impele a los generosos siempre y a los mezquinos muchas veces a sacrificar sus propios intereses a los intereses más importantes de otros?

No es el apagado poder del humanitarismo, no es el tenue destello de la benevolencia que la naturaleza ha encendido en el corazón humano, lo que es así capaz de contrarrestar los impulsos más poderosos del amor propio. Lo que se ejercita en tales ocasiones es un poder más fuerte, una motivación más enérgica. Es la razón, el principio, la conciencia, el habitante del pecho, el hombre interior, el ilustre juez y arbitro de nuestra conducta.

Y termina el párrafo diciendo que:

Lo que nos incita a la práctica de esas virtudes divinas no es el amor al prójimo, no es el amor a la humanidad. Lo que aparece en tales ocasiones es un amor más fuerte, un afecto más poderoso: el amor a lo honorable y noble, a la grandeza, la dignidad y eminencia de nuestras personalidades.

La autoimagen

Es decir, la manera en que actuamos se debe, no a que estemos preocupados por lo que pensarán los demás de nosotros, sino por lo que pensará ese espectador imparcial. Este concepto se desarrolla a lo largo de su libro La teoría de los sentimientos morales. Ese observador no es un espectador real, sino fruto de mi imaginación y que, de hecho, es uno mismo. Nos preocupa, en última instancia, lo que pensaremos nosotros de nosotros mismos. Actuamos pensando en la persona que queremos ser y en la idea de persona que tenemos de nosotros mismos.

Desde luego no mataría a la persona sana para utilizar sus órganos y salvar a cinco personas. Creo que no pulsaría la palanca en el caso original para matar a uno y dejar morir a cinco. Dudo de qué haría en el planteamiento de Escohotado, si mataría a doscientas mil personas para no dejar morir a más de dos millones. Y, sin duda, me cortaría el meñique antes de dejar que muriesen doscientas mil personas. Todo depende de la imagen que tengo de mí mismo. Estos problemas nos recuerdas que no hay una moral objetiva. No todos tenemos la misma imagen de nosotros mismos o pensamos que son las mismas cosas las que nos hacen virtuoso. De este modo, al actuar pensando en ese espectador imparcial que nos estará juzgando, tomaremos decisiones diferentes.

Bibliografía

Smith, Adam. 1996[1759]. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial.

Ver también

De los sentimientos morales a la riqueza de las naciones. (Fernando Herrera).

‘La vida humana está sobrevalorada’. (Fernando Herrera).

Normas éticas universales, simétricas y funcionales. (Paco Capella).

El legado y la vigencia de Adam Smith a los 300 años de su nacimiento

Comencemos hablando de quien fue Adam Smith. De sus virtudes intelectuales a una temprana edad. Luego pasaremos a comentar y destacar sus grandes legados. No sólo en el pensamiento económico moderno, sino en la vigencia tanto teórica como práctica de sus principales líneas de pensamiento en el campo de la economía y la política actual.

Universidad de Glasgow

Adam Smith (5 de junio de 1723 – 17 de julio de 1790) Nació en Escocia. Según sus datos biográficos, Smith poseía una prodigiosa memoria y vocación por el estudio, facultades que le facilitaron el ingreso en la Universidad de Glasgow. En este centro, se apasionó por las matemáticas. Una vez graduado, obtuvo una beca para el Balliol College de Oxford, donde concluyó brillantemente sus estudios a la temprana edad de los 23 años, con un perfecto dominio de la filosofía clásica y sus máximos representantes: Platón, Aristóteles y Sócrates.

Durante los dos años siguientes a su graduación, profundizó en diferentes disciplinas desde la retórica a la economía, pasando por la historia, e inició su trayectoria como escritor de éxito publicando artículos en la Edimburgh Review.

Después de haber destacado como un docente excepcional en la Universidad de Glasgow, en el año 1758 fue nombrado decano de la Facultad de Filosofía de esta institución, rodeado de un gran prestigio. De hecho, valdría la pena mencionar, a título anecdótico, que son muchos los que afirman que Voltaire, afamado escritor francés y exponente de la Ilustración, solía enviarle a sus mejores alumnos como expresión de su reconocimiento y admiración.

Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones

Durante estos mismos años, Adam Smith formó parte de un selecto grupo en Glasgow conformado por intelectuales, científicos, comerciantes y hombres de negocios, un caldo de cultivo propicio para intercambiar ideas e información que posteriormente conformarían sus obras sobre filosofía y economía. Entre las cuales se pueden mencionar como las más destacadas, su Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, principalmente y la Teoría de los sentimientos morales, entre otras obras.

Dicho esto, Adam Smith es considerado el padre de la economía moderna, por ser el precursor de esta disciplina al darle a la misma su carácter científico y distinguirla del resto de las demás ciencias. Pasando así a ser uno de los máximos exponentes de la economía clásica.

Teoría de los sentimientos morales

Smith en su primer gran libro titulado Teoría de los sentimientos morales, publicado en el año 1759, siendo esta su obra maestra desde una perspectiva filosófica, enunciaba los principios de la naturaleza humana, que según él guiaban el comportamiento social del hombre, a través, de su famosa teoría de “la mano invisible” proposición que sostiene que el hombre sin saberlo y sin proponérselo, orientaba el propio interés personal en función del bienestar de la sociedad en general, en términos materiales. Cabe destacar que el citado libro comienza explorando las conductas humanas, en las que en ningún lugar aparece el egoísmo con un rol principal, es importante resaltarlo a la luz de las críticas que de forma tergiversada han venido repitiendo a lo largo de los últimos años 240 años los enemigos del libre mercado. 

En cambio, Smith narra el proceso del ser humano como un sentir de empatía y ponerse en el lugar del otro como su mayor virtud, y no desde una posición egoísta donde el ser humano es visto como un explotador del hombre per se, inmerso en un juego suma-cero donde lo que gana uno el otro lo pierde.  Pues según este, el ser humano actúa de manera empática de forma natural, aun cuando no tenga beneficio de ello.

Francia

Es importante resaltar que en el año 1764, Adam Smith se instala en París, fue donde conoció a François Quesnay, economista y fundador de la escuela fisiocrática, una corriente ideológica fiel seguidora de la célebre máxima “laissez faire laissez passer” dejar hacer, dejar pasar”, que sitúa al margen la intervención del Estado en la economía, y destaca la existencia de una ley natural que podía asegurar el buen funcionamiento del sistema económico. La influencia de esta escuela sobre Smith fue patente, y se vio fuertemente reflejada en su máximo tratado económico antes mencionado titulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones” publicado en el año en 1776, es considerado el primer libro moderno de economía política, es decir, en este se aplicaban a la economía por vez primera los principios de investigación científica.

Adicionalmente, el libro fue una continuación del tema iniciado en su obra filosófica, donde mostraba cómo el juego espontáneo del egoísmo y empatismo humano bastaría para aumentar la riqueza de las naciones, si los gobiernos no interviniesen con sus medidas; en el desempeño de la economía. Siguiendo con este orden de ideas primarias, Adam Smith aplica estos principios al desarrollo de las teorías económicas sobre la división del trabajo, el mercado, la moneda, la naturaleza de la riqueza, el precio de las mercancías, los salarios, los beneficios y la acumulación del capital.

Cuatro principios de Adam Smith

Es importante destacar el rol fundamental, que han tenido a la luz del proceso de la globalización, el éxito del libre mercado global en generar riquezas, cuatro de los principios fundamentales expuestos por Smith en su Ensayo sobre “la riqueza de las naciones“, como los son el de las ventajas del libre mercado, el uso del dinero y los precios como el mecanismo que determina el funcionamiento de la economía, la división del trabajo y el desarrollo de la teoría de las ventajas absolutas posteriormente modificado por David Ricardo con su teoría sobre las ventajas comparativas.  Siendo estos postulados el mayor legado existencial que ha determinado los parámetros teóricos y prácticos bajo los cuales se ha desarrollado, a pesar de los tropiezos y dificultades históricas, el libre comercio mundial, desde el año 1945.

La aplicación de estas premisas teóricas, has traído aparejada la creación de mayor riqueza, por medio de la optimización en la localización y desempeño de los factores de producción globales, en función, de las ventajas comparativas y competitivas de las naciones bajo un esquema de libre comercio mundial, por un lado, y por el otro, en la diversificación de la producción de bienes y servicio, redundando en una   mejor calidad y menores precios de los mismos. De igual forma, esta dinámica ha estimulado la innovación y la invención tecnológica en función del progreso material de la humanidad.

¿Pensaba Smith en un hombre egoísta?

En lo referente a las críticas realizadas a Adam Smith por su idea de la libertad de los mercados, y al margen de las imperfecciones de los mismos, sea por barreras naturales o artificiales, creadas estas últimas por la misma intervención estatal. Smith, paradójicamente en su época, nunca creyó que el mercado fuese perfecto o funcionase automáticamente por arte de magia. Admitiendo que un mercado de comercio totalmente libre era una utopía. Así como tampoco apoyó un sistema anárquico, sin normas ni leyes, sino una economía de mercado, donde se permitiera en libre comercio, con una mínima intervención estatal que garantizase el funcionamiento óptimo del mismo, y donde el respeto a los derechos individuales tanto políticos como económicos y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley serían piezas fundamentales.

Otras de las críticas dirigidas hacia Adam Smith, ya arriba señaladas, pero que sería pertinente volver a remarcar, es la de considerar al ser humano como un individuo frío y egoísta, sin ninguna ética y solo preocupado por sus intereses materiales. Nada más lejos de la realidad, como ya lo hemos distinguido anteriormente. Pues Smith fue precisamente catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow, donde sostuvo en su ya citada obra «Teoría de los sentimientos morales» que el sentimiento del ser humano de la empatía, como su mayor virtud, produciría un beneficio en función social y no particular.

Sólidos cimientos

Los cimientos sobre los cuales se han sustentado los ataques distorsionadores a los idearios económicos y políticos de Adam Smith, han tenido más que fundamentos cientificos-empiricos serios, unos de índole políticos e ideológicos, que han resultado ser unos fracasos irrefutables en la historia contemporánea de la humanidad. Pues para muestra un botón y a título de evidencia existencial irrebatible nos planteamos la siguiente interrogante ¿Es que acaso el ascenso de China como potencia económica de alcance global, fue el producto de las vetustas, fracasadas y obsoletas, teorías económicas provenientes del pensamiento marxista-leninista, defensora de la propiedad colectiva y el control estatal de la economía a través de la planificación central? ¿O lo es principalmente de los fundamentos básicos de su contraparte ideológica y filosófica, el liberalismo defensor del libre mercado, sustentado en las originarias teorías económicas y filosóficas de Adam Smith? 

Proteccionismo, ni para la seguridad nacional ni para los sectores estratégicos

Nacho Raggio decía este lunes que el liberalismo es una forma sofisticada de nihilismo. Que él te puede curar (si eres liberal) y que un país debe poder abastecerse por completo, especialmente ciertos sectores estratégicos. Aunque no lo diga Raggio, entiendo que el argumento es que o bien por seguridad nacional (menciona la geopolítica) o bien por las externalidades positivas que obtenemos de la producción de ciertas industrias, el proteccionismo está a veces justificado. Según Raggio, se debe “aplicar proteccionismo para defender nuestros intereses”.

Los intereses ¿de quién?

El primer problema con esto es que no están claros de quienes son los intereses que hay que defender. Si son los intereses de todos los españoles, entonces el libre mercado es lo mejor. El libre mercado puede dañar a ciertos productores. A aquellos cuya mercancía sea más barata importar que producir nacionalmente; es decir, aquellos cuyas líneas de producción son más costosas y, por tanto, los recursos utilizados estarían mejor destinados a otras líneas de producción. También es verdad que con la liberalización del mercado laboral a estos debería costarles menos de lo que les costaría en otros casos encontrar nuevos trabajos. No obstante, todos somos consumidores, pero no todos somos productores de aquello cuya producción nacional es más costosa que la importación. Por tanto, a simple vista parece que los intereses de la mayoría están mejor salvaguardados con el libre mercado.

Digamos que la solución que propone Raggio es que sea el gobierno el que decida cuáles son estos sectores estratégicos que merecen ser defendidos. Cualquiera con un mínimo de cultura política española podrá suponer lo muy diferentes que serían estos si la selección la hace el PSOE o el PP. O el PSOE con la coalición de izquierdas o el PP con Vox. ¿Cómo es posible que estos intereses estén tan claros si por un pequeño margen pueden cambiar tanto? Según las últimas encuestas, PP y Vox sumarían 179 diputados y PSOE más la coalición que les invistió en 2020, 158.

¿Patatas y mantequilla?

¿No se da cuenta Raggio que los sectores estratégicos los eligen políticos? ¿No se da cuenta de que igual que estos pueden elegir los que él cree que son necesarios, un gobierno del PSOE podría terminar defendiendo sectores que Raggio crea que no deberían defenderse? Pero es que, incluso si los políticos son los de tu color, estos se ven sometidos a incentivos perversos.

Todos los productores domésticos intentarán decir que su producto es vital para la seguridad nacional. Puede que Raggio tuviese solo en mente la producción de alimentos, ¿pero qué alimentos? Técnicamente, podemos sobrevivir a base de patatas y mantequilla. Si esto es todo lo que necesitamos, ¿por qué no defender solo las industrias nacionales de estos dos productos?

Quizá Raggio vea obvio que esto no sería suficiente y que tendríamos que asegurar la producción nacional de muchos más productos de alimentación, a fin de cuentas, es geopolítica. ¿De cuáles? ¿Tenemos que ser capaces de producir aguacates en España a pesar del gran coste de producción que eso supondría? ¿Tenemos que producir de todo sin importar el coste? ¿O solo de aquello que los políticos consideren vital para la subsistencia? Igual si tenemos un gobierno del PSOE decide que todos tenemos que poder vivir a base de langostinos y cigalas. Pero, ¿sería esto realmente necesario y una cuestión de seguridad nacional?

La protección del pelo de cabra en Angola

También habría que preguntarse que por qué solo alimentos. Raggio no lo dice explícitamente, pero ambas fotos de su hilo hablan sobre alimentación. ¿Por qué no también proteger la industria del acero? ¿No es también necesaria para la defensa nacional? O la producción de microchips. En Estados Unidos, desde 1954 hasta 1993, el gobierno consideraba que el mohair, la fibra procedente del pelo de la cabra de Angora, era vital para la defensa nacional, puesto que era usada para la producción de uniformes militares.

Durante cuatro décadas, los productores de mohair recibieron millones de dólares anuales en subsidios. Puede parecer ridículo, pero era un caso real. Y lo sigue siendo. En 2002 volvieron los subsidios a esta industria, los cuales están regulados por el Marketing Assistance Loan Program del 2014 Farm Act.

Externalidades positivas

La otra razón que interpreto que da Raggio para defender el proteccionismo es que ciertas industrias generan externalidades positivas. Para este caso, no obstante, el proteccionismo no sería la mejor política, sino los subsidios. El problema con este argumento es que este proteccionismo en un área de especial interés puede ser contraproducente, pues, puede traducirse en que entren menos de esos bienes al mercado nacional y sean de peor calidad.

Si lo que te preocupa es que quieres que tus ciudadanos puedan disfrutar de ese bien, entonces querrán que tengan la mejor opción disponible. Si crees que producirlo tú te genera unas externalidades positivas al, por ejemplo, estar entrenando a tus ciudadanos en la producción de microchips, tendrás que defender por qué estas externalidades superan los beneficios de que los consumidores nacionales puedan hacerse con los microchips de una mejor calidad a un menos precio.

Otro problema es el decidir cuáles son estas industrias clave. El gobierno y los burócratas que industrian generarán spillovers positivos. Si se equivocan y deciden proteger una industria que después no tendrá demanda, lo pagamos todos. Por ejemplo, Raggio puede pensar que las nuevas gafas de Apple son el futuro y que tenemos que defender a los productores de alternativas a estas. Si se equivoca, pagamos todos, dañando así los intereses nacionales.

La ley de asociación de Ricardo

Como decía Adam Smtih:

El conceder el monopolio del mercado nacional a la producción nacional, en cualquier arte o industria, equivale en alguna medida a dictar a los ciudadanos particulares la manera en que deberían emplear sus capitales, y en todos los casos resulta una intervención inútil o perjudicial. Si la producción nacional puede llegar al mercado tan barata como la extranjera, es evidente que la intervención es inútil. Si no puede hacerlo, será generalmente perjudicial. La máxima de cualquier prudente padre de familia es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar. El sastre no fabrica sus zapatos, sino que se los compra al zapatero. El zapatero no se hace sus vestidos, sino que recurre al sastre. El granjero no intenta hacer ni unos ni otros, sino que acude a esos artesanos. Todos ellos comprenden que les resulta más conveniente emplear su esfuerzo de forma de tener alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar lo que necesitan con una parte del producto de su esfuerzo, o lo que es lo mismo: con el precio de una parte. Lo que es prudente en la conducta de una familia nunca será una locura en la de un gran reino.

Adam Smith, Una investigación sobre el origen y las causas de la riqueza de las naciones. Libro 4, capítulo 2.

Esto nos debe recordar a la ley de asociación de Ricardo.

La sabiduría intemporal de Adam Smith

Richard M. Ebeling. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

La principal contribución de Adam Smith a la comprensión de la economía fue, sin duda, su demostración de que, bajo un acuerdo institucional de libertad individual, derechos de propiedad e intercambio voluntario, la conducta interesada de los participantes en el mercado podía ser coherente con una mejora general de la condición humana.

La aparición de un sistema social de división del trabajo hace que los hombres sean interdependientes para cubrir las necesidades, las comodidades y los lujos de la vida. Pero en el orden de mercado libre y competitivo, cada individuo sólo puede acceder a lo que otros en la sociedad pueden suministrarle ofreciéndoles a cambio algo que valoren más que lo que se les pide a cambio.

Así, como explicó Adam Smith, como si de una “mano invisible” se tratara, cada individuo se ve guiado a aplicar sus conocimientos, capacidades y talentos de forma que sirvan a los deseos comerciales de los demás como medio para cumplir sus propios objetivos y propósitos. Además, no sólo se demuestra que la necesidad de regulación y control gubernamental de los asuntos económicos es innecesaria para la mejora de la sociedad, sino que Smith llegó a argumentar que dicha intervención gubernamental era perjudicial para los avances más exitosos en la vida material y cultural humana. (Véase mi artículo El aire de paradoja de Adam Smith).

Libertad individual y comercio entre naciones

En el centro de las críticas de Adam Smith al mercantilismo del siglo XVIII, con su presunción de la necesidad de una dirección y planificación políticas de las actividades económicas para el equilibrio y la prosperidad, estaba su insistencia en que ese paternalismo político no era necesario ni en el comercio interior ni en la compraventa de importaciones y exportaciones entre países.

Adam Smith sostenía que era superfluo y contraproducente que el gobierno intentara gestionar y dirigir la importación o exportación de bienes y servicios para mantener una supuesta balanza comercial “favorable”. Cada individuo trata de minimizar los costes en que debe incurrir para alcanzar sus objetivos y fines. Sólo fabrica en casa lo que es menos costoso de fabricar que comprar a otros. Y compra los bienes deseados a otros sólo cuando esos otros pueden proporcionárselos a un coste menor en recursos, mano de obra y tiempo, que si el individuo intentara producir esos bienes deseados mediante sus propios esfuerzos autosuficientes.

Comercio para el mutuo beneficio

Así, se compran bienes a productores de otros países sólo cuando éstos pueden ofrecerlos a un coste inferior al de fabricarlos en el propio país. Y, a su vez, uno compra esos bienes producidos en el extranjero suministrando al vendedor extranjero algún bien o servicio a un coste menor que si intentara producirlo en su propia tierra.

Cuando los gobiernos, a través de regulaciones y controles, obligan a producir en casa un producto que podría comprarse más barato en el extranjero, están desviando recursos y mano de obra escasos hacia usos despilfarradores e ineficientes. El resultado debe ser que la riqueza de esa nación -y el bienestar material de sus ciudadanos- se reduce en la medida en que deben dedicarse más recursos y mano de obra a fabricar bienes deseados de los que podrían obtenerse mediante un sistema libre de división internacional del trabajo y de intercambio pacífico y mutuamente beneficioso. Por lo tanto, es más prudente para la prosperidad de la propia nación dejar la producción y el comercio a las acciones interesadas de sus ciudadanos individuales.

Monopolio en el mercado interno

Como explicó Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776)

Otorgar el monopolio del mercado interno a los productos de la industria nacional, en cualquier arte o manufactura particular, es en cierta medida dirigir a los particulares en la forma en que deben emplear sus capitales, y debe ser, en casi todos los casos, una regulación inútil o perjudicial. Si el producto de la industria nacional puede comprarse allí tan barato como el de la industria extranjera, la regulación es evidentemente inútil. Si no se puede, por lo general debe ser perjudicial.

La máxima de todo amo de familia prudente es no intentar nunca fabricar en casa lo que le cueste más hacer que comprar. El sastre no intenta hacer sus propios zapatos, sino que se los compra al zapatero. El zapatero no intenta hacer su propia ropa, sino que contrata a un sastre. El agricultor no intenta hacer ni lo uno ni lo otro, sino que emplea a esos diferentes artífices.

A todos ellos les interesa emplear toda su industria de una manera en la que tengan alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar con una parte de su producto, o lo que es lo mismo, con el precio de una parte de él, cualquier otra cosa para la que tengan ocasión.

Lo que es prudencia en la conducta de toda familia privada apenas puede ser locura en la de un gran reino. Si un país extranjero puede suministrarnos una mercancía más barata de lo que nosotros mismos podemos fabricarla, es mejor comprársela con parte del producto de nuestra propia industria, empleado de una manera en la que tengamos alguna ventaja…

Ciertamente, no se emplea con la mayor ventaja cuando se dirige hacia un objeto que puede comprar más barato de lo que puede fabricarlo (…). La industria de un país, por lo tanto, es desviada de un empleo más ventajoso a uno menos ventajoso, y el valor de cambio de su producción anual, en lugar de incrementarse, de acuerdo con la intención del legislador, debe necesariamente disminuir por cada regulación de este tipo.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La propagación de falsas nociones de conflicto entre naciones

Todo lo que era necesario, argumentaba Adam Smith, era dejar a los hombres libres para seguir sus propios intereses, y la producción y la prosperidad se producirán en las direcciones y formas más ventajosas para los miembros de la sociedad en su conjunto, ya sea que el comercio esté orientado hacia la demanda y la oferta nacional o extranjera.

¿Quiénes fueron a menudo los instigadores y los beneficiarios de las restricciones comerciales a las importaciones y de las subvenciones a las exportaciones? Adam Smith fue mordaz en sus críticas a los fabricantes, comerciantes e intereses agrícolas especiales que deseaban mantener o ganar cuota de mercado y mayores beneficios, restringiendo la libre circulación de bienes y servicios entre países a través de la acción gubernamental.

Capitalismo de amiguetes

Adam Smith advertía que los que hoy se suelen llamar “capitalistas amiguetes” acuden al gobierno en busca de favores, privilegios y protecciones frente a la competencia extranjera y nacional. Con ese fin, popularizan falacias y malentendidos sobre los beneficios mutuos del comercio entre naciones. Dijo Smith:

El comercio, que naturalmente debería ser, entre las naciones, como entre los individuos, un vínculo de unión y amistad, se ha convertido en la fuente más fértil de discordia y animosidad. La caprichosa ambición de reyes y ministros no ha sido, durante el presente siglo y el precedente, más fatal para el reposo de Europa, que los celos impertinentes de comerciantes y fabricantes.

La violencia y la injusticia de los gobernantes de la humanidad es un mal antiguo, para el cual, me temo, la naturaleza de los asuntos humanos apenas puede admitir remedio. Pero la rapacidad mezquina, el espíritu monopolizador de los comerciantes y fabricantes, que no son, ni deberían ser, los gobernantes de la humanidad, aunque tal vez no pueda corregirse, puede evitarse muy fácilmente que perturbe la tranquilidad de nadie más que de ellos mismos.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La prosperidad mutua de las naciones es beneficiosa para todos

Smith advirtió de los “sofismas interesados” de quienes deseaban intervenciones y protecciones anticompetitivas en el sector privado a través del poder político de los gobiernos, creando falsas nociones de que el comercio es un juego de suma cero en el que si una parte gana la otra debe haber perdido, o que las importaciones y el déficit comercial son intrínsecamente perjudiciales para el bienestar material de una nación. Había que refutar estas distorsiones y errores para que se entendiera mejor que “en todos los países siempre interesa y debe interesar a la mayor parte del pueblo comprar lo que quiera a quien lo venda más barato”.

Además, el éxito material de los socios comerciales existentes o potenciales nunca es una amenaza para el bienestar de la propia nación. Al contrario, cuanto más prósperas sean otras naciones, mayores serán las oportunidades comerciales para vender la propia producción especializada como medio para adquirir el verdadero beneficio del comercio: la obtención de importaciones que los proveedores extranjeros pueden poner a disposición a costes más bajos y mejores calidades y variedades que si uno tuviera que depender simplemente de las habilidades y recursos laborales de su propia nación. “Una nación que quisiera enriquecerse mediante el comercio exterior”, dijo Adam Smith, “es ciertamente más probable que lo haga cuando sus vecinos son todos naciones ricas, industriosas y comerciales”. Intentar empobrecer a otras naciones es una forma segura de socavar el ascenso de la propia nación hacia una mayor prosperidad.

Abolir las restricciones comerciales para la prosperidad y contra los privilegios

El mejor medio de asegurar el acceso a los beneficios del comercio internacional y de debilitar, si no eliminar por completo, la influencia de aquellos grupos de intereses privados que desean utilizar al gobierno para sus propios fines a expensas del resto de la sociedad, es abolir de la manera más expeditiva todas las barreras a la libertad de comercio entre las naciones.

Había una serie de excepciones y circunstancias en las que Adam Smith aceptaba la intervención del gobierno en las pautas del comercio. Y argumentó que cuando las industrias han estado seguras durante mucho tiempo detrás de barreras comerciales que les han proporcionado posiciones de monopolio, para evitar graves trastornos en las circunstancias económicas a los empleados en estos sectores de la economía podría ser deseable reducir las barreras comerciales gradualmente en lugar de todo a la vez.

El poder del propio interés

Pero también hizo hincapié en que, aunque la libertad de comercio se estableciera en poco tiempo, el desplazamiento incluso de un número significativo de trabajadores se remediaría pronto con empleos alternativos, ya que las ganancias económicas derivadas de poder comprar a bordo una variedad de bienes menos caros proporcionarían los medios financieros para demandar muchos bienes que antes los consumidores no podían permitirse a los precios de monopolio protegidos anteriormente. O como lo expresó Smith de forma más general

El esfuerzo natural de cada individuo por mejorar sus propias condiciones, cuando se le permite ejercerlo con libertad y seguridad, es un principio tan poderoso que por sí solo, y sin ayuda, no sólo es capaz de llevar a la sociedad a la riqueza y la prosperidad, sino de superar cien obstáculos impertinentes con los que la locura de las leyes humanas con demasiada frecuencia entorpece sus operaciones.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Los prejuicios del público y el poder de los intereses

A pesar de la contundencia y lo convincente de sus argumentos contra el mercantilismo, Adam Smith distaba mucho de confiar en que sus ideas y las de otros como él lograran alguna vez poner fin a esta versión dieciochesca de la planificación central y, en su lugar, instaurar un “sistema de libertad natural” con libertad de comercio.

Su pesimismo se debía, según él, a dos influencias y fuerzas de la sociedad: Los prejuicios del público, es decir, la dificultad de hacer comprender al ciudadano de a pie la lógica del mercado y los beneficios de la “mano invisible” de las consecuencias imprevistas. Y el poder de los intereses, con lo que se refería a los grupos de intereses especiales que se benefician de los privilegios y favores del gobierno, y que se resistirían a todos y cada uno de los intentos de reducir o eliminar las regulaciones y redistribuciones del gobierno que les benefician a costa de los demás.

Los prejuicios del público

En palabras del propio Adam Smith

Esperar, en efecto, que la libertad de comercio se restablezca alguna vez por completo en Gran Bretaña, es tan absurdo como esperar que se establezca en ella una Oceana o una Utopía.

No sólo los prejuicios del público, sino lo que es mucho más inconquistable, los intereses privados de muchos individuos, se oponen irresistiblemente… El miembro del parlamento, que apoya cada propuesta para fortalecer este monopolio, está seguro de adquirir no sólo la reputación de entender el comercio, sino una gran popularidad e influencia con un orden de hombres cuyo número y riqueza los hace de gran importancia.

Si se opone, por el contrario, y más aún si tiene autoridad suficiente para poder desbaratarlas, ni la más reconocida probidad, ni el más alto rango, ni el más grande servicio público, pueden protegerlo de los más infames abusos y detracciones, de los insultos personales, ni a veces del peligro real, proveniente del insolente atropello de monopolios furiosos y decepcionados.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

El comercio como vía para mejorar la sociedad civil

Afortunadamente, para la mejora material y cultural del mundo, Adam Smith se equivocó en esta predicción. En el lapso de una vida, entre su muerte en 1790 y mediados de la década de 1840, Gran Bretaña abolió prácticamente todas sus restricciones al comercio interior y exterior, poniendo en su lugar un sistema de libre empresa y libre comercio. Y a través del ejemplo y el éxito de Gran Bretaña con una libertad de comercio altamente irrestricta, muchos otros países de Europa se vieron influenciados a seguir el mismo curso, si bien tal vez no tan radicalmente como en Gran Bretaña o en Estados Unidos. En otras palabras, Adam Smith había subestimado el poder de sus propias ideas.

Los beneficios del comercio y el intercambio, argumentaba Adam Smith, no eran sólo las mejoras materiales en la condición del hombre. También servía como método para civilizar a los hombres, si por civilización se entiende, al menos en parte, la cortesía y el respeto por los demás, así como la lealtad a la honradez y el cumplimiento de las promesas.

Comercio y convivencia

Cuando los hombres tratan entre sí de forma cotidiana y regular, pronto aprenden que su propio bienestar exige de ellos sensibilidad hacia aquellos con quienes comercian. Perder la confianza de los socios comerciales puede acarrear perjuicios sociales y económicos para uno mismo.

El interés propio que guía a un hombre a mostrar cortesía y consideración hacia sus clientes, bajo el temor de perder su negocio en favor de algún rival con modales o etiqueta superiores a los suyos, tiende con el tiempo a interiorizarse como “comportamiento adecuado” habituado hacia los demás en general y en la mayoría de las circunstancias. A través de este proceso, la orientación hacia el otro que el intercambio voluntario exige de cada individuo en su propio interés, si quiere alcanzar sus propios fines, fomenta la institucionalización de la conducta interpersonal que suele considerarse esencial para una sociedad bien educada y una civilización culta.

Civilización

Adam Smith explicó este importante y fortuito beneficio de la sociedad comercial en sus Lectures on Jurisprudence (1766):

Siempre que se introduce el comercio en cualquier país, la probidad y la puntualidad lo acompañan. . . Es mucho más reducible al interés propio, ese principio general que regula las acciones de todo hombre, y que lleva a los hombres a actuar de una determinada manera desde el punto de vista de la ventaja, y está tan profundamente implantado en un inglés como en un holandés.

Un comerciante teme perder su carácter, y es escrupuloso en el cumplimiento de cada compromiso. Cuando una persona hace tal vez 20 contratos en un día, no puede ganar tanto esforzándose por imponerse a sus vecinos, ya que la sola apariencia de un tramposo le haría perder.

Cuando las personas rara vez tratan entre sí, nos encontramos con que están algo dispuestas a engañar, porque pueden ganar más con un truco inteligente de lo que pueden perder por el daño que hace a su carácter. . . Dondequiera que los tratos sean frecuentes, un hombre no espera ganar tanto por un solo contrato como por la probidad y puntualidad en el conjunto, y un comerciante prudente, que es consciente de su interés real, preferiría perder lo que tiene derecho a perder antes que dar cualquier motivo de sospecha.

Cuando la mayor parte de las personas son comerciantes, siempre ponen de moda la probidad y la puntualidad, y éstas son, por tanto, las principales virtudes de una nación comercial.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

El comercio y el fin del feudalismo

Adam Smith también explicó cómo la aparición espontánea del comercio y las oportunidades de intercambio entre países extranjeros y ciudades lejanas con el campo redujeron lentamente el poder de los señores feudales y los príncipes sobre quienes vivían y trabajaban en sus tierras, poniendo así en marcha los procesos que iniciaron el desarrollo de la sociedad civil con sus concepciones más modernas de los derechos individuales y el poder descentralizado.

En el entorno autosuficiente del señorío medieval, la única o principal fuente de las necesidades y lujos deseados por el señor del señorío era la producción de los habitantes de su finca y del entorno inmediato de la aldea. Los impuestos y diezmos que percibía no tenían otra salida que el empleo de los varios centenares de personas sobre las que gobernaba.

Al mismo tiempo, los gastos del Señor representaban para estos arrendatarios de sus tierras y para el artesano de la aldea prácticamente toda la demanda y los ingresos que podían obtener en cualquier momento. Así pues, su obediencia y sumisión al Señor del Señorío no sólo se basaban en su autoridad política y en la propiedad de la tierra, sino también en su total dependencia de su buena voluntad a la hora de gastar su riqueza en los bienes y servicios que producían, en parte para pagar los impuestos y diezmos que debían al Señor.

La emergencia del comercio

Pero con la aparición del comercio y el intercambio desde fuera de los confines de la propiedad del Señor, éste podía ahora adquirir los bienes deseados fuera de su propia comunidad. Esto debilitó su control de dependencia y obediencia sobre los que vivían y trabajaban en su propiedad. Al mismo tiempo, un mercado cada vez mayor fuera de la finca significaba que los artesanos del pueblo y los arrendatarios agrícolas ahora podían encontrar otros mercados para sus bienes además del Señor. Esto reducía su dependencia de la gracia y el gasto del Señor para su propia supervivencia y modesto sustento.

Adam Smith explicó que esta creciente independencia económica del Señor sirvió como elemento crucial para que la gente comenzara a sentir su libertad de su dominio sobre ellos, y a exigir libertad formal en sus relaciones con la autoridad política sin el temor, nunca más, de su dominio sobre su existencia material.

El silencioso e indiferente funcionamiento del comercio

En palabras de Adam Smith en La riqueza de las naciones:

En un país que no tiene comercio exterior, ni ninguna de las manufacturas más refinadas, un gran propietario, no teniendo nada por lo que pueda intercambiar la mayor parte del producto de sus tierras, que está por encima del mantenimiento de los cultivadores, consume la totalidad en hospitalidad rústica en casa…”.

Por lo tanto, está rodeado en todo momento de una multitud de criados y dependientes, que… alimentados enteramente por su generosidad, deben obedecerle, por la misma razón que los soldados deben obedecer al príncipe que les paga…”. Los ocupantes de la tierra dependían en todos los aspectos del gran propietario, tanto como sus criados. . . En un país donde el excedente de una gran propiedad debe ser consumido en la propiedad misma… un arrendatario… depende del propietario tanto como cualquier sirviente o criado, cualquiera que sea, y debe obedecerle con tan poca reserva….

El funcionamiento silencioso e indiferente del comercio y las manufacturas extranjeras proporcionó gradualmente a los grandes propietarios algo por lo que podían intercambiar todo el excedente de sus tierras, y podían consumirlo ellos mismos sin compartirlo ni con los arrendatarios ni con los criados.

Cuando los grandes propietarios de tierras gastaban sus rentas en mantener a sus arrendatarios y criados, cada uno de ellos mantenía enteramente a sus propios arrendatarios y criados. Pero cuando las gastan en el mantenimiento de comerciantes y artífices, pueden, todos ellos juntos, tal vez mantener un número de personas tan grande… o mayor que antes.

Cada uno de ellos, sin embargo, por separado, contribuye a menudo muy poco al mantenimiento de cualquier individuo de este gran número. Cada comerciante o artífice obtiene su subsistencia del empleo, no de uno, sino de cien o mil clientes diferentes. Por lo tanto, aunque en cierta medida está obligado con todos ellos, no depende absolutamente de ninguno.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Una revolución no diseñada

El cambio lento, pero radical, en las relaciones entre los lores y los plebeyos era un ejemplo, decía Adam Smith, de esos casos de acciones humanas que transforman la sociedad, pero que no son instancias de ningún designio humano intencional.

Una revolución de la mayor importancia para la felicidad pública fue de esta manera provocada por dos órdenes diferentes de personas, que no tenían la menor intención de servir al público.

Gratificar la vanidad más infantil fue el único motivo de los grandes propietarios. . . Por un par de hebillas de diamantes, tal vez, o algo tan frívolo e inútil, cambiaban el mantenimiento, o lo que es lo mismo, el precio del mantenimiento de mil hombres durante un año, y con ello todo el peso y la autoridad que ello les daría.

Los mercaderes y artífices, mucho menos ridículos, actuaron meramente con vistas a su propio interés, y en pos de su propio principio de mercachifles de convertir un penique dondequiera que se pudiera conseguir un penique. Ninguno de ellos tenía ni conocimiento ni previsión de la gran revolución que la insensatez de los unos y la industria de los otros estaban provocando gradualmente.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Prosperidad, independencia y libertad

John Miller, otro filósofo escocés que había sido alumno de Adam Smith en la Universidad de Glasgow, destacó cómo este cambio en las relaciones entre los señores feudales y los plebeyos fomentó el espíritu y la política de libertad y democracia en su propio libro, Orígenes de la distinción de rangos, publicado en 1779, tres años después de la aparición de La riqueza de las naciones de Smith. Explicaba Miller

“Cuanto más avanza una nación en opulencia y refinamiento, tiene ocasión de emplear a un mayor número de mercaderes, de comerciantes y de artífices; y como el pueblo inferior, en general, se hace así más independiente en sus circunstancias, comienza a ejercer esos sentimientos de libertad que son naturales a la mente del hombre…”.

Mientras que, por estas causas, la gente de bajo rango avanza gradualmente hacia un estado de independencia, la influencia derivada de la riqueza disminuye en la misma proporción…”.

“Así, mientras menos personas están bajo la necesidad de depender de él, él se hace cada día menos capaz de mantener dependientes; hasta que al final sus domésticos y sirvientes se reducen a aquellos que están meramente al servicio del lujo y la pompa, pero que no son de ninguna utilidad para apoyar a la autoridad…

No cabe duda de que estas circunstancias tienden a introducir un gobierno democrático. Puesto que las personas de rango inferior se encuentran en una situación que, en lo que respecta a la subsistencia, las hace poco dependientes de sus superiores; puesto que ningún orden de hombres continúa en posesión exclusiva de la opulencia; y puesto que todo hombre industrioso puede abrigar la esperanza de ganar una fortuna; es de esperar que las prerrogativas del monarca y de la antigua nobleza se vean gradualmente socavadas, que los privilegios del pueblo se extiendan en la misma proporción y que el poder, acompañante habitual de la riqueza, se difunda en cierta medida entre todos los miembros de la comunidad.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La contribución de Adam Smith a la causa de la libertad y la prosperidad

No se puede exagerar la importancia de Adam Smith en la formulación de las ideas y percepciones de ese “sistema de libertad natural” que ayudó a fomentar la comprensión del funcionamiento del orden de libre mercado y sus prerrequisitos institucionales de libertad individual, propiedad privada, asociación voluntaria y competencia pacífica y sin restricciones. O como dijo en 1853 el destacado economista del siglo XIX y divulgador de las ideas económicas John R. McCulloch: “Adam Smith tiene un derecho incuestionable a ser considerado el verdadero fundador del sistema moderno de Economía Política… La Riqueza de las Naciones debe situarse en el rango más alto de las obras que han contribuido a liberalizar, ilustrar y enriquecer a la humanidad”.

En La riqueza de las naciones reunió muchas de las ideas sobre la naturaleza humana, el orden espontáneo, los mercados competitivos y un gobierno más limitado que habían formado parte de los temas centrales de los filósofos morales escoceses. Única en la contribución de Smith y de los escoceses en general es también la idea de que cualquier grado de libertad que se haya adquirido en Occidente no ha sido el resultado de un proceso lineal planificado a partir de algún “primer principio” articulado.

Las consecuencias no intencionadas de los acontecimientos

La libertad, tal y como hoy entendemos su significado y contenido, surgió en gran medida como consecuencia no intencionada de una serie de acontecimientos históricos únicos en determinadas partes de Europa, cuyo significado y resultado completos, los actores individuales de este drama de siglos de duración, a menudo han tenido poca o ninguna idea de las implicaciones que sus propias decisiones e interacciones estaban ayudando a provocar.

Debería hacernos apreciar los procesos históricos que han fomentado la libertad, y modestos en nuestra arrogancia demasiado frecuente de que está en manos de algunos remodelar a los hombres o rehacer la sociedad en alguna concepción enrarecida de un “mundo mejor”, todo según un diseño de ingeniería social. Hacemos más por mejorar las condiciones de la humanidad cuando permitimos que cada individuo sea libre de utilizar sus propios conocimientos y habilidades, como mejor le parezca en un entorno en el que los precios de mercado y los incentivos competitivos le orientan sobre cómo aplicarse en el sistema social de división del trabajo.

El reconocimiento de Friedrich A. Hayek

O como dijo el economista austriaco Friedrich A. Hayek con motivo del bicentenario de la publicación de La riqueza de las naciones en 1976:

El reconocimiento de que los esfuerzos de un hombre beneficiarán a más gente, y en conjunto satisfarán mayores necesidades, cuando se deje guiar por las señales abstractas de los precios en lugar de por las necesidades percibidas, y que por este método podemos superar mejor nuestra ignorancia constitucional de la mayoría de los hechos particulares, y podemos hacer el uso más completo del conocimiento de circunstancias concretas ampliamente dispersas entre millones de individuos, es el gran logro de Adam Smith.

Friedrich A. Hayek. New studies on Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas